Por quién doblan las campanas

Del Blog Profesor Jonk

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un 
pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se
lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, 
o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, 
porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, 
nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; 
doblan por ti.

John Donne (1572-1631)

“Por quién doblan las campanas” es la novela de Hemingway sobre la guerra civil española. En el mes de abril de 1937 la República lanza un ataque fallido sobre las posiciones enemigas de La Granja y Segovia, en plena sierra de Guadarrama, vertientes de Madrid y Segovia. 

 Desde el Puerto de Navacerrada, controlado por la República, hasta La Granja, en manos de los franquistas, se extiende una extensa tierra de nadie. Un grupo de guerrilleros dirigidos por el dinamitero norteamericano Robert Jordan, desde una cueva junto a Siete Picos, planea volar el Puente sobre el río Eresma para truncar el avance de los nacionales. 

El capítulo 27 de la novela recoge la anónima, tantas veces repetida, historia de un día en la vida, en la muerte, de cinco guerrilleros republicanos que tomaron una colina en la sierra de Guadarrama. Este capítulo sirvió de inspiración a la banda Metallica para su mítico tema del mismo nombre que la novela.

For Whom The Bell Tolls es la tercera canción del segundo álbum de estudio de Metallica, Ride the Lightning; la introducción del tema fue realizada por Cliff Burton, con bajo eléctrico y distorsión que le hacen parecer una guitarra, y para el sonido de la campana se utilizó un yunque. En las versiones en directo de la canción, la banda suele comenzar con un solo de bajo en memoria de Burton, que falleció con solo 24 años en un fatal accidente que tuvo el autobús de la banda en el trayecto de Estocolmo a Copenhague, camino de su próximo concierto, programado para el 27 de septiembre de 1986.

Make his fight on the hills in the early day/ Libraron su guerra sobre las colinas desde el amanecer  

Constant chill deep inside/ con una ansiedad crónica en lo más profundo de su interior

Shouting gun on they run through the endless gray/ mientras gritan las armas ellos corren a través de una grisura interminable

On they fight for their right, yes, but who’s to say? ellos luchan por su verdad, sí, pero a quien cabe decírselo

Sierra de Guadarrama. Una colina. Cerca de Segovia. Cerca de La Granja. Hace frío. Aún hay restos de nieve. Hay que llegar a la cresta de la colina. Cinco hombres. Cinco milicianos. Tres están heridos. El más joven solo tiene dieciocho años. Espolean al único caballo. Sí, es la Guerra Civil Española. Ni la mejor ni la peor. Una guerra. Otra más. Tan justificada, tan digna, tan estúpida, tan cruel, tan absurda como cualquier otra. 

For a hill, men would kill, why? They do not know / Por una colina, el hombre es capaz de matar, el por qué, ellos no lo saben

Wounds test their pride / las heridas ponen a prueba su orgullo

Men of five, still alive through the raging glow/ los cinco hombres aún vivos entre un resplandor furioso

Gone insane from the pain and they surely know/ el dolor les enloquece y seguramente son conscientes de ello

Galopa el caballo. La muerte no tiene ideología. No tiene compañeros, no tiene camaradas. Jadea el caballo. Ya llegan a la colina. Una colina fea y enferma, como un absceso. El pus somos los humanos. Hay que encajonarse entre dos rocas. Colocar y mimar las ametralladoras. La muerte exige una disciplina y una estética. El caballo está exhausto. El caballo está herido. Una bala para el caballo. Una bala quirúrgica, tierna. Ya está, ya pasó. Gracias por todo compañero. Un último servicio como parapeto. El espinazo para apoyar el cañón mirando al horizonte, al enemigo que no se ve pero que aguarda. La muerte y lo muerto nos hará valernos para matar y morir. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continua su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Resistir y fortificar es vencer dice el slogan. La Pasionaria dice que es mejor morir de pie que vivir de rodillas. No estamos de rodillas. Estamos de barriga. Ninguno verá ponerse el sol esta tarde. Ellos son ciento cincuenta. Solo queda llevarse a algunos de compañeros de viaje. Porque ellos son valientes, pero también estúpidos. Siempre hay alguno que no tiene paciencia. Paradójicamente disponer de un armamento tan moderno, te da una confianza que te vuelve loco. 

Take a look to the sky just before you die/ echa un vistazo al cielo justo antes de morir

It is the last time he will / por última vez

Blackened roar, massive roar fills the crumbling sky / un estertor negro, un estertor pleno envuelve un cielo que se derrumba

Shattered goal fills his soul with a ruthless cry / el objetivo fallido engulle su espíritu con un grito implacable

Hace un cielo de comienzos de verano. El Sordo, el cabecilla, está seguro de que es la última vez que lo ve. No siente miedo de morir, pero le irrita hacerlos en una colina que no tiene más objeto que ser un lugar para morir. Se tenga miedo o no, es difícil aceptar el propio fin. El Sordo lo acepta; pero no encuentra alivio en la aceptación. Si es preciso morir, y lo va a ser, se puede morir, y aunque no tiene importancia no gusta nada: Morir no tenía importancia ni se hacía de la muerte ninguna idea aterradora. Pero vivir era un campo de trigo balanceándose a impulsos del viento en el flanco de una colina. Vivir era un halcón en el cielo. Vivir era un botijo entre el polvo del grano segado y la paja que vuela. Vivir era un caballo entre las piernas y una carabina al hombro, y una colina, y un valle, y un arroyo bordeado de árboles, y el otro lado del valle con otras colinas a lo lejos.                                                                                                

 La adaptación cinematográfica (1942) fue estrenada 
en 1978 en España y en versión íntegra en 1998, tuvo 
9 nominaciones al Oscar. El rodaje duró 24 semanas 
(de julio a octubre de 1942). Las primeras 12 en Sonora 
Pass, Sierra Nevada. Las últimas 12 en California. La carga
ideológica de la novela se edulcora en la película por las
presiones franquistas y de una conservadora administración
norteamericana, que recordemos que en esos momentos 
es aliada de Stalin, a la que no le interesa reflejar las atrocidades 
del bando republicano, lo que acaba convirtiendo el film en 
una entretenida peli de amor y aventuras.

Stranger now are his eyes to this mystery / Ahora son sus ojos extraños a este misterio

He hears the silence so loud / el silencio le resulta atronador 

Crack of dawn, all is gone except the will to be / una grieta en el amanecer, todo ha desparecido excepto el deseo de ser

Now they see what will be blinded eyes to see / ahora solo ven que solo hay ojos ciegos para ver.

Cuando uno está cercado no puede esperar más que la muerte. No queda más que llevarse a alguien por el camino. Triste y nervioso consuelo. Pero con algo hay que matar el tiempo. Los últimos tragos de vino y provocar al enemigo para que alguna pieza muerda el cebo. Que parezca que estamos muertos. La impaciencia es una enfermedad con una altísima cuota de mortalidad. No hay nada que angustie más al enemigo a punto de vencer que aguardar sitiando a hombres que cree que ya están muertos. Siempre le toca a alguno asomar la cabeza para ver si queda algún enemigo vivo. Y siempre tiene que haber una cabeza de turco. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continua su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Siempre se busca un voluntario: —Tengo miedo, mi capitán –respondió con dignidad el soldado. Y comienzan las blasfemias y el baile hasta que un imprudente da el paso al frente. Y ahí es donde aguarda la presa herida que por última vez se siente cazador: Mira qué animal. Mírale cómo avanza. Ese es para mí. A ése me lo llevo yo por delante. Ese que se acerca va a hacer el mismo viaje que yo. Vamos, ven, camarada viajero. 

La impaciencia te ha matado. Luego llegan los aviones y la colina queda desolada. No queda nadie vivo en la cima, ni El Sordo (que ya ha emprendido el viaje con su última presa), ni Ignacio, ni nadie… salvo el muchacho, Joaquín, desvanecido con cara de no haber entendido nada, con la ceniza del miedo en los ojos. Un viejo soldado franquista le ve y le remata, rápido, sin aspavientos, casi con la misma ternura animal con la que el Sordo mató a su caballo. «Qué cosa más mala es la guerra», se dice mientras de santigua y baja la cuesta rezando cinco padrenuestros y cinco avemarías por el descanso del alma de su camarada muerto. El impaciente. Ese al que no soportaba.

Nunca pienses que una guerra… no es un crimen – Ernest Hemingway


Ver original en el Blog de Profesor Jonk

París, punto y aparte

 

—Supongo que te sonará Woodstock… —dijo Gunhilda haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza—

—Me lo imaginaba, lo viviste de cerca, en el mejor sitio posible, aquella época hippy… Cuéntame qué recuerdos te quedan de todo aquello. Visto en perspectiva, pienso que allí había una especie de espiritualidad, una filosofía de vida, un ímpetu de cambio de la sociedad… Yo, estoy segura de que hubiera participado, si hubiera estado allí.

—Woodstock, vamos a decir, que fue el punto álgido de aquella época. Llovió torrencialmente y aún y todo nos mantuvimos entre el barro, confiando en nuestro poder, seguros de conseguir que parase la lluvia, seguros de que llegaríamos a dominar todas las fuerzas de la naturaleza, de que conseguiríamos cambiar el mundo, de que conquistaríamos definitivamente la paz y la libertad. Fue como un espejismo. Yo por mi parte —tenía veintinueve años entonces— me daba cuenta de que se iba desmoronando nuestra fuerza pacifista. Aunque el mensaje continuaba vivo, sin embargo, las respuestas a las preguntas que nos hacíamos entonces y a las que todavía hoy se hace la humanidad, siguen estando —como decía Dylan— flotando en el viento. Por allí pasaron músicos como Joan Báez, Janis Joplin, The Who y muchos otros, ¡Ah! Y Hendrix., Jimmy Hendrix con una actuación final memorable. Fue una experiencia muy fuerte que nos dejó “tocados” en muchos sentidos a todos los de nuestra generación.

Aquel momento supuso un punto y aparte en mi vida. Preparaba el salto a Europa con mis amigos, en realidad iba a ser un viaje de iniciación para todos; para Leo y Daniella —la familia de él era italiana y los abuelos de Daniella vivían en una isla griega. También para Martin que era de origen francés y había estudiado Arte en Canadá, —habíamos preparado la tesis con el mismo tutor— pero su sueño era volver a Europa e instalarse en París. Él y yo nos queríamos mucho, pero yo no estaba dispuesta a comprometerme con nadie, simplemente disfrutábamos de una convivencia amable y divertida. Lo único que teníamos previsto era la fecha de inicio del viaje, volaríamos de San Francisco a Nueva York y de allí a Madrid.

—¿Quieres decir que no teníais una ruta predeterminada? ¿Unos tiempos de estancia en cada país? Debe de ser difícil compaginar los intereses de cuatro personas sobre la marcha, ¿no?

—Sí, en realidad no fue nada fácil. En Madrid alquilamos una furgoneta preparada para poder vivir los cuatro, pero el viaje se truncó antes de lo previsto. Discutíamos con Leo constantemente porque la droga estaba haciendo estragos en él y no quería darse cuenta.

—¡Qué me dices!, —le interrumpí, y cómo es que accedisteis a viajar con él si teníais el problema encima?

—En cierto modo, además de que todos queríamos viajar a Europa, lo aceptamos pensando en que podríamos ayudarle a descolgarse lejos de aquel ambiente, y que las nuevas “rutinas”, —si un viaje de amigos por el mundo puede tener algo de “rutinario”— le devolverían el interés por vivir. Su novia Daniella nos necesitaba en esos momentos y nosotros nos volcamos con la idea.

—Eso es verdadera amistad, Gunhilda. Supongo que hace falta mucho coraje y generosidad para llevar adelante un proyecto de ese calibre.

—La verdad es que sí. Pero estuvimos dispuestos a ello. Había entre nosotros un cariño y una camaradería que podía con todo, y lo más importante era que confiábamos en nosotros mismos… y en él—.

Madrid y Barcelona fueron dos grandes ciudades en las que nos encontramos cara a cara con el Arte de los grandes maestros. Visitamos museos, pero también descubrimos la arquitectura en las calles, la vida bohemia, la nocturnidad, la buena comida, las fiestas populares… Veníamos de otro mundo y estábamos impresionados. A lo largo de la ruta francesa por la Costa Azul, además de conocer ciudades como, Saint Tropez, Cannes, Niza o Montecarlo en Mónaco, íbamos parando en pequeños pueblos costeros, en algunos encaramados a las rocas —nos encantó Éze—, nos bañamos, incluso dormimos alguna noche al aire libre en playas paradisíacas, visitamos las ruinas romanas en Arlés y, de verdad que ahora no puedo recordar los nombres de los pueblos medievales que visitamos con sus coloridos mercados en los que comprábamos frutas y verduras frescas para las comidas. Nos perdíamos por carreteras comarcales serpenteantes y, con todas las ventanillas abiertas y nuestra música preferida a tope, nos dejábamos seducir por los aromas y el color de los campos de lavanda. Nos encantaban las charlas con los lugareños. En general nos recibían con amabilidad, a veces compartíamos unos vinos con ellos —quizás por la curiosidad que sentían por nosotros— y nos hacían recomendaciones de rincones especiales de sus pueblos que no aparecían en las guías de viajes.

A pesar de lo maravilloso que pueda parecer contado ahora, no fue fácil. Ya te lo he dicho antes. —suspiró Gunhilda como necesitando un descanso—. Leo desaparecía a ratos entre calles, y más de un día nos lo encontrábamos, al volver a la furgoneta, “colgado” casi sin pulso. Lo mismo de siempre, a urgencias, a esperar a un diagnóstico de sobra conocido y volver a darle otra oportunidad a su arrepentimiento apenas convincente. Pero lo teníamos que hacer por él y por Daniella. Llegó un momento en el que nos planteamos seguir cada uno nuestro camino porque Leo, aunque —cuando estaba centrado— nos agradecía el esfuerzo que estábamos haciendo, se escudaba en que le fallaba la voluntad —como si la fuerza de voluntad fuera ajena a él—. La tensión llegó a convertir aquel ambiente en irrespirable. Decidimos llegar juntos hasta Florencia y allí reconsiderar el viaje.

Pero no llegamos a destino. Entrando en Italia recordé que la madre de mi amiga Rita que era italiana, además de otras recomendaciones me había hablado especialmente de la famosa Pigna, el casco antiguo de San Remo. Daniella y Leo se excusaron y prefirieron ir por su lado para solucionar algún contencioso que les ocupaba aquella tarde. Paseamos Martin y yo por las callejas iluminadas como de cuento, por el puerto y los jardines, nos comimos una pizza auténtica y cuando volvimos a la furgoneta nos encontramos con Daniella viendo la televisión arrebujada en el sofá cubierta con una manta.

—¿Qué pasa Daniella? —preguntamos a la vez, asustados. ¿Dónde está Leo?

—Hemos discutido. Ha dicho que volverá más tarde, que necesitaba estar solo.

—Pero… ¿Dónde se supone que lo has dejado? —Preguntó Martin— ¿Por dónde habéis andado? ¿Estaba bien o estaba tocado? ¡Ostias, me cago en la puta…! —explotó Martin dando un golpe en la mesa— Me voy a ver si lo encuentro. Vosotras esperar aquí, ¿vale?

Daniella estaba como traspuesta, no tenía ganas de hablar de nada y yo respeté su silencio, me senté a su lado y la abracé, sin saber qué más hacer. La espera se hizo eterna, salimos a la calle a respirar por los alrededores de la furgoneta, estábamos en un parque bien iluminado donde había grupos de jóvenes sentados en el césped con su propia juerga. Cuando ya no quedaba nadie, nos fuimos a dormir aunque ninguna de las dos podía conciliar el sueño.

Martin entró en la furgoneta solo, su cara era el gesto del dolor, de la rabia, de la furia, de la crispación.

—¡No ha podido superar la última dosis de heroína! —balbuceó—

Y lloró, lloró de desesperación durante muchas horas aquella noche tumbado boca abajo en la cama. La muerte de Leo nos hundió en la negrura de la culpabilidad. Nosotros habíamos fracasado y él estaba muerto. Nunca hasta aquel momento habíamos pensado en ello. Nos habíamos embarcado en el viaje sintiéndonos solidarios, poderosos, triunfantes; nos creíamos capaces de dominar todas las pasiones… Y ahí estábamos sin comprender nada. Habíamos fracasado. ¡Leo había muerto!

La policía italiana nos ayudó con los trámites, telegrafió a la familia y el consulado de Estados Unidos en Milan resolvió que el cuerpo quedara enterrado en el cementerio de la ciudad. Fue más doloroso todavía saber que los padres renunciaban al traslado de su hijo a casa…

Daniella optó por volver a San Francisco y Martin y yo no estábamos en condiciones de continuar el viaje hacia ninguna parte, estábamos noqueados. Pasamos noches en blanco hablando de nuestras opciones, nos sentíamos como náufragos en una isla desierta en mitad de un océano de inseguridades. Quizás nuestra salvación fue entonces estar juntos en aquellos momentos de ruina total.

—Gunhilda, —dijo un Martin derrumbado al que nunca había visto antes así— estamos a ochocientos kilómetros de París. Sugiero que contactemos con mi familia allí. —Siento que estamos necesitando algún tipo de protección, aunque solo sea temporal, el desapego familiar me pesa ahora como una losa… —dijo con una media sonrisa mirándome y esperando mi respuesta—

—Podría hablar con ellos para ver si nos pueden buscar algún sitio para dormir cerca de su casa y nos quedamos con ellos unos días. Estoy seguro de que nos vendrá bien a los dos descansar un poco.

No tengo muy claro si accedí por él o por mí. Estábamos tan consternados y desorientados que nos daba igual ir hacia el norte o hacia el sur, despertar o morirnos.

Vivían en Villene sur Seine, un pequeño pueblo a media hora escasa de París. Durante el viaje Martin me fue hablando de ellos. Eran un matrimonio con un hijo, —la mujer hermana de su padre—. Habían mantenido buena relación con ellos a pesar de la distancia. Martin y su primo Fabian habían sido compañeros de juegos de pequeños, después tomaron caminos diferentes. Martin se marchó con sus padres a Canadá donde ellos se establecieron y él estudió Bellas Artes. Terminó el último curso y la tesis en Standord. Fabian, sin embargo, vivió la revolución del 68 en París, era una persona muy especial, con una gran sensibilidad por el Arte, se ganaba algún dinero vendiendo cuadros en la calle además de ayudar a sus padres en la tienda de las flores. En aquella época vivía solo porque la pareja con la que había compartido los dos últimos años decidió marcharse a vivir a Sudáfrica y él no estaba dispuesto a seguirla. Se identificaba bien con la vida bohemia de París.

Nos recibieron con cariño y respeto. Comprendieron bien la situación por la que estábamos pasando y su compañía nos ayudó a ir superando el duelo. Fueron unos días de descanso, de reflexión y de charlas filosóficas interminables visitando la Provenza francesa. Nos hicieron valorar y disfrutar del ambiente familiar al que, en realidad, no estábamos acostumbrados. La forma de vida, su ritmo, sus intereses, sus preocupaciones, eran bien distintas a lo que habíamos vivido hasta entonces. Les ayudábamos un rato por las mañanas en los trabajos del campo y después de comer y descansar un rato salíamos a pasear por los alrededores.

Desde allí había media hora en coche hasta el centro de París, y la tienda de las flores de los tíos de Martin estaba en la calle Saint Péres. en pleno Barrio Latino. La ciudad tuvo mucho que ver con nuestra recuperación. Nos fue conquistando día a día hasta que llegó un momento en el que decidimos instalarnos. Tuvimos mucha suerte de encontrar una buhardilla en alquiler en la plaza de los Vosgos que se acababa de quedar vacía. Vendimos la furgoneta a cambio de un coche convencional y nos dedicamos a buscar trabajo.

—¡Mamá Louise! —exclamé—. Sentí un escalofrío al oìr su voz al otro lado del teléfono—.

Noté la emoción en sus palabras, aunque su voz me llegaba desde lejos. La última vez que habíamos hablado fue desde Madrid para que supiera que ya habíamos llegado a Europa. Me contó que ya estaba trabajando en el proyecto del Ártico y vivía en Bergen. Se alegró de saber que estaba más cerca… La conversación me dejó pensativa unas cuantas horas después.

A Fabian se le abrió el cielo hablando con Martin sobre sus expectativas de futuro cuando le contó que su deseo era el de instalarse a vivir en París y buscar un trabajo relacionado con las Bellas Artes. Una noche terminando de cenar su tío dio unos toques con el tenedor en su copa, llamando nuestra atención y pidió que le prestáramos atención. Se dirigió a nosotros con voz grave.

—Martin, he hablado con mi mujer y con mi hijo. Quiero que sepas que estaríamos en condiciones de ofrecerte un puesto de trabajo en París. El local de las flores será de Fabian cuando nosotros no estemos y está amortizado. Hay metros suficientes como para ampliar el negocio y se le podría dar un giro actualizado contando con tu participación.

Martin me miró en silencio. —Yo no tenía mucho que decir allí—, pero me sorprendió muy gratamente la propuesta y sonreí encogiéndome de hombros. Vi el brillo en sus ojos antes de acomodarse en la silla y volver la mirada hacia su familia para responder con tranquilidad.

—Bien, —dijo, como pensándolo— Parece una buena idea en principio. Tendríamos que preparar un proyecto y estudiarlo juntos. Puede interesarme y agradezco de verdad que contéis conmigo.

El padre de Fabian nos invitó a brindar. La conversación continuó hasta bien entrada la noche. Formarían un tándem perfecto en el arte floral y la decoración de eventos.

A solas en la habitación hicimos el amor apasionadamente, la magia de las caricias invadía cada poro de nuestra piel desprotegida, el deseo brotaba como un animal insaciable en toda su locura… Aquella noche —continuó Gunhilda con una sonrisa nostálgica— hicimos arder el fuego con los restos del pasado. —Y continuó— París a su lado iba a cambiar radicalmente mi vida. Fue la experiencia más intensa que he vivido nunca —antes y después de aquellos días— Nos instalamos en una buhardilla en la Plaza de los Vosgos. Yo les ayudaba en la floristería con las gestiones, presupuestos y permisos para las obras, hasta que encontré un trabajo de dependienta en una tienda de delicatessen en uno de los mercados cercanos. Solo me duró dos meses porque una tarde, al salir, me abordó un chico —o quizás sería mejor decir un hombre, calculé que era algo mayor que yo, era de aspecto elegante y pulcro con una melena corta bien cuidada—.

—¡Hola! Me dijo atrayendo mi mirada. ¿Puedo interrumpirte?

Por un momento pensé que querría venderme algo…

—Me llamo David Holder, quizás te suene mi apellido porque veo que tu trabajo, de alguna forma, está relacionado con el mío.

—Pues ya lo siento —dije excusándome—

Se le veía educado y cercano, de esas personas que te hacen sentir cómodo a su lado. Recordé de repente que lo único que me sonaba de su apellido era una empresa fabricante de macarons —esos dulces típicos franceses—. No podía creer que aquel hombre del que yo había oído hablar tanto los dos últimos meses, estuviera ante mí solicitándome una cita. Dudé y dije:

—Bueno, ya me has interrumpido…. —Él sonrió.

—Comprendo que te parezca raro este encuentro. El tema es que he venido observándote durante días en tu puesto de trabajo y pienso que eres la persona que necesito para nuestra empresa. Disculpa que haya sido tan directo. Me gustaría hablar contigo tranquilamente del tema.

Acepté su compañía, todavía aturdida, mientras caminábamos por las estrechas calles a esa hora de la tarde en la que los comercios estaban a punto de cerrar y las cafeterías y los salones de té con sus terrazas iluminadas se llenaban de ambiente. No me invitó a sentarnos.

Se despidió tomándome de la mano y haciendo una leve reverencia. —tengo que reconocer que me sorprendió, pero me gustó; tampoco estaba acostumbrada a aquello— Quedamos en que me recibiría en su despacho de los Campos Elíseos el día siguiente al terminar mi jornada. Me ofreció un sobre con información de la empresa, la historia de la familia fundadora y un cuidado catálogo de sus productos. Me quedé parada viéndolo marchar; —parada como si alguien me hubiera tocado con una varita mágica y no supiera qué hacer—. Subí las escaleras de casa despacio mientras leía incrédula: “La historia de las “tea-rooms” de París está ligada íntimamente a la familia Ladurée. Todo empezó en 1862 cuando…”

Había empezado mi futuro…


firma

Música y marihuana

Yo temía el momento de volver de vacaciones. Procuraba que nuestros planes turísticos terminaran cada día unos minutos antes, para poder acudir a mi encuentro con la mujer que llevaba en su interior el libro que yo deseaba escribir. También notaba en ella una ilusión creciente, una especie de complicidad, que se hacía más intensa a medida que llegaba a la narración de su propia vida.

Los reflejos de su juventud asomaban entre sus canas y sus cuidadas arrugas.

—Recuerdo que te conocí pegada a una botella de Bourbon —le dije.

Mi comentario le hizo soltar una amplia carcajada.

—¡Es verdad! Tienes razón —dijo, mientras reíamos juntas—. A dejar la bebida me ayudaste tú, ya es hora de que lo sepas, mi querida amiga.

—No sé si yo he podido influir de alguna manera, pero el mérito en estas cosas es del que toma la decisión, así es que es todo tuyo; espero que cada día vayas sintiéndote mejor.

Le tomé de las manos y le pedí que siguiera con su relato. Se me estaban agotando los días de vacaciones. Hasta tal punto estaba yo embarcada en su historia, que estuve madurando la idea de pedir un permiso sin sueldo y quedarme, algún tiempo más en el valle, cuando mis amigos viajaran de vuelta.

Mis recuerdos de infancia —continuó con su mirada encendida—tienen más que ver con mis abuelos que con mis padres. No fui consciente de todo esto hasta pasados varios años. Sin embargo, era una niña feliz rodeada de amigos, lejos del ruido de las ciudades, la naturaleza era el paisaje de mis juegos, tal y como le hubiera gustado a mi madre. —Gunhilda se quedó pensativa unos segundos—.

En aquella época —continuó— yo pensaba que Ulma era mi madre y, de alguna manera lo era, aunque ella cada noche me contaba cuentos de historias verdaderas y también de leyendas de Noruega. Juntas rezábamos por Louise, la mujer que se había marchado no hacía mucho tiempo en un barco, para buscar una casa donde vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos para que algún día pudiéramos volver a verla.

Ulma cuidaba también de los abuelos. Ella les atendía como si fueran su propia familia. No tengo conciencia del momento en el que nos despedimos de ellos definitivamente. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí recuerdo el encuentro, al bajar del barco, con aquella mujer que lloraba desconsoladamente abrazándome, y yo no entendía por qué.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad, en una de las casitas agrupadas entre bosques y caminos y lagos. Ulma preparaba cada mañana el desayuno para las tres y después me acompañaba al colegio. Mamá Louise nos despedía soplando besos desde las palmas de sus manos, sin dejar de mirarnos, largo rato, mientras desaparecía en sentido contrario.

—Ulma, estoy pensando en cambiar de trabajo. —escuché decir un día a mamá Louise mientras cenábamos—. Estoy madurando la idea de dejar la enseñanza.

—¿Qué dices, Louise? —dijo Ulma espantada— Apenas han pasado unos meses desde el final de la guerra. Ahora que por fin hemos conseguido la estabilidad que nunca habíamos tenido, ¿se te ocurre ahora hacer saltar todo por los aires de nuevo?

—Precisamente por eso, la guerra ha terminado y el país parece recuperarse; algo se está moviendo. Habrá oportunidades de trabajo y a mí me gustaría dedicarme a algo más directamente relacionado con la naturaleza en lugar de a teorizar sobre ella en las aulas. Siento que ya he cumplido con esta etapa y ahora necesito reiniciar nuestra vida: la tuya, la de la niña y la mía. No me niegues que siga apostando por ello.

—Estaré contigo siempre que me necesites. —Dijo Ulma con un suspiro y una sonrisa maternal.

Así fue cómo cambió mi vida, —dijo Gunhilda, dando una palmada alegre en la mesa— Sí querida, ahí comencé a madurar.

A mamá Ulma la perdimos cuando yo tenía doce años. Hasta entonces no había sido del todo consciente de la fortaleza y del amor incondicional que me habían ofrecido aquellas dos mujeres. Dejé de comer, no quería ir al colegio, me refugié con mi tristeza por primera vez en brazos de mamá Louise. La muerte no entraba en mi esquema mental, odié a los médicos cuando dijeron que no podían hacer nada por ella… y la dejaron morir así, sin más, en el frío de una habitación de hospital. No sirvieron de nada nuestros besos…

Quizás alguna vez eché en falta tener un padre. Eso era cuando veía a mis amigos del colegio aprendiendo a jugar al béisbol. Me quedaba algunas tardes después de las clases, mirando embobada a los hombres; y a los niños muerta de envidia. Yo no tenía padre que me enseñara a jugar. Decidí por entonces que lo que yo deseaba era tener un hermano mayor…

—Recuerdo aquellas sensaciones como si fueran hoy… —añadió una Gunhilda risueña— Un poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera —y sonrió dedicándome un guiño.

Desde que me quedé sola con mamá Louise fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz, apasionada…, me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, de las religiones y también de las guerras… —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa— De la maldad de la crueldad y del miedo…

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en Setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Me parecía mentira mi propia historia. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida de mi nacimiento rodeada de muerte, o haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente, porque no pudo soportar el horror de los crímenes cometidos —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su puesto en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como responsable en el Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; las secuoyas, los glaciares, las reservas de las tribus indias. También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras hablaba por teléfono con mi amigo Thomas—.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado mi amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora sé que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la oscuridad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Porque yo iba a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era profesor, compañero de trabajo de mi madre que podía tener treinta años más que yo pero que fue el primer hombre con el que yo me sentía como una verdadera mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto, aunque simpático y con sentido del humor, atento y atractivo hasta no poder soportar su presencia cerca porque yo temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía soportar los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me mirara, a la vez, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el por qué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestras quejas y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad. Era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Era todo un personaje, recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la Guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de los soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía total en la que me distancié de mi madre, no soportaba sus críticas y sus recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y algo de libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, pero posiblemente pasen algunos años. Quizás sea mi último destino. Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que contar con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de atreverme a pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿va alguno más de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


firma

El Dahls

De nuevo volvía a mirar los mapas, las distancias, la situación, consultaba compulsivamente los datos meteorológicos en la zona durante las estaciones de primavera y verano y no lo apuntaba porque tenía una fe ciega en sí misma, había retenido siempre todos los datos que leía y escuchaba o veía a su alrededor, había sido como una máquina «tragadatos», tenía una memoria prodigiosa y además sabía que estaba capacitada para gestionarlos con relativa facilidad y velocidad. No es que hubiera sido una niña prodigio; no, eso nunca se lo plantearon las personas que la educaron o las que más tarde la conocieron, pero ella sabía de sí misma mucho más de lo que dejaba entrever en público.

Eran las cuatro de la tarde y estaba aturdida. Sí.

Las cuatro de la tarde.

Se incorporó de nuevo para comprobar que no se había equivocado de hora. La luz de la tarde empezaba a caer, los papeles ya se le habían caído al suelo antes, el mug de chocolate que afortunadamente se sostenía boca arriba y al que le quedaba como un tercio de líquido sin beber, presentaba un aspecto poco apetecible porque hacía rato que tenía marcada en color oscuro la línea hasta donde había estado lleno. Se arrebulló en la manta y cerró los ojos. No quería saber nada de nada. Ni de nadie.

Adiós a las agencias de empleo, adiós a las oficinas de turismo, adiós a las clases particulares para niños impertinentes, adiós a los puestos del mercado donde todos eran inmigrantes que solo venían a ganarse un dinero para largarse cuanto antes a viajar por el mundo, adiós a las clases de música y a las clases particulares de canto para mayores, y a la dirección de coros (por supuesto que también para mayores). Adiós a la universidad, no quería depender de él. No. Eso lo tenía claro. Sencillamente no.

Se dio la vuelta, desparramó su cuerpo boca abajo soltando un grito enfurecido que afortunadamente quedó amortiguado por la almohada. En realidad, sus vecinos no tenían la culpa de nada de lo que a ella le rondaba por la cabeza.

¡Ja!, estaba simplemente desequilibrada. Los meses estaban pasando por delante de ella sin que se atreviera a intervenir de manera activa en la nueva vida que se le presentaba. No quería ni pensar en la palabra depresión, pero ahí estaba, sumida en un pozo negro del que no sabía cómo salir. Nunca hubiera pensado que le afectaría tanto la muerte de su madre. En realidad, y si era capaz de reflexionar sobre ello, el hecho era que esa circunstancia siendo desequilibrante, sin embargo, no era lo único que la tenía incapacitada. Había sido un cúmulo de situaciones vividas en serie desde su ruptura voluntaria con su vida anterior. Había huido de Estados Unidos sin un proyecto de vida claro. Su viaje iniciático había terminado en tragedia y ahora se daba cuenta de que había sido un riesgo meditado y aceptado por el grupo el de embarcarse en aquel proyecto para ayudar a su amigo a desengancharse de la droga. El altruismo no había sido suficiente para evitar el fatal desenlace y eso les había marcado a todos profundamente, pero ella sentía su propio dolor como una gran carga emocional difícil de superar. Después de aquello, le había costado recuperar su estado de ánimo y vivió algunos episodios amorosos ilusionantes, escarceos como meros momentos de alivio y diversión, pero sin ningún sentido, hasta que tuvo que enfrentarse al dramático hecho de la muerte de su madre y al inquietante reencuentro con Nathan…

Estaba agotada.

Sonó el móvil que estaba en el suelo. Calculó que estaba a una distancia de por lo menos cuatro pasos de su cama. Lo miró con cara de desprecio, no tanto porque le incomodara una llamada de algún amigo como por la distancia que tenía que salvar para atenderlo que le obligaba a levantarse. Justo cuando decidió poner un pié en el suelo, se hizo el silencio. No retrocedió y pensó que era buena señal; no retroceder. Siempre se lo había dicho su madre: «un paso atrás… ni para tomar impulso». Sonrió con cierta nostalgia. Estaba sola, si, pero tenía gente alrededor con quienes compartir afectos y risas y sexo y otros momentos especiales, fiestas y encuentros culturales, y viajes. Había logrado hacerse un hueco en el ambiente de la universidad.

—Hey,  preciosa. Cómo vas con tus entrevistas? Hace días que no sabemos nada de ti.

Su voz sonó impetuosa y alegre.

—Vamos a ir esta tarde a ensayar al Dahls y de paso a tomar unas cervezas. No hace falta que digas nada, te esperamos.

Escuchó el monótono del móvil antes de poder pensar en una excusa.

No podía hacerles la faena de faltar. El grupo lo componían cuatro voces, dos hombres; John y Lucas y dos mujeres Ofelia y ella misma. Además, contaban con colaboraciones de guitarra, bajo, batería y saxo. Cada uno de ellos era indispensable. Además, la fecha de grabación de la maqueta se acercaba y ya se había perdido demasiado tiempo dando largas con su duelo. Se revolvió el pelo delante del espejo, se lavó los dientes y salió sin pensar en más. El estudio estaba a pocas manzanas de su apartamento. Intentó estirar la piel de su cara dándose pequeños pellizcos en las mejillas y esbozando una sonrisa fingida que no le dio mal resultado, incluso se hizo gracia a sí misma. Las luces del atardecer daban a la ciudad un aspecto festivo y trató de tararear los nuevos temas mientras conseguía un taxi para llegar antes que los demás y entonarse un poco.

La cerveza fría le entró directa en vena. Alguien la cogió desde atrás por la cintura y le gustó sentirse enroscada por el abrazo de John —conocía sus manos grandes y sus gestos poderosos—. La ilusión de compartir otra cerveza y dejarse animar por el fino sentido del humor de su amigo se vino abajo cuando entró como un huracán Ofelia dando todo tipo de explicaciones sobre algo a lo que no prestaron atención, porque ya se sabía, las excusas eran su fuerte y por principio general siempre llegaba tarde a todas partes.

Lucas comenzó dando unos pequeños toques rítmicos con su pie derecho en el suelo del local, impaciente. Pidió que suavizaran las luces para dar un ambiente más profesional, aunque fuese un ensayo, algo así como de mayor intimidad. Estaba harto de sentir que era únicamente él quien se tomaba en serio el grupo. Había compuesto la mayor parte de los temas que iban a incluir en el disco y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de que quedaran perfectos. Confiaba más en los músicos que en las voces que para ese momento llevaban ya un par de cervezas encima cada uno. Se sorprendió al escuchar la voz suavísima de Gunhilda sugiriendo más que cantando


El Ártico

La línea invisible que separa en el mar de Noruega el círculo polar ártico está señalada en tierra por un pequeño poste que sostiene una tabla de madera con una inscripción y una exigua bandera apenas perceptible desde el barco. Lo recuerdo como si fuera este mismo momento, mis madres Ulma y Louise abrazándome en el medio de sus cuerpos señalándome el cruce al Ártico, subida yo a un peldaño del casco del barco al que no me dejaban subir sola. Vuelvo a recordarlo con añoranza de momentos vividos cuando aún no sabía apreciarlo. Me consuela a veces, cuando hablo con mis amigos, el saber que esta sensación la hemos vivido todos de una u otra manera. Solo nos damos cuenta de la suerte que hemos tenido cuando ello se ha convertido nada más que en un precioso recuerdo.

—¿Alguna vez te has parado a oler la nieve?

Se había dado la vuelta repentinamente lo que provocó que yo que iba mirando al suelo —lejos en mis ensoñaciones siguiendo sus pasos— casi me topara con él causando un desequilibrio del que nos salvamos gracias a los bastones que hacía tan solo unos días había decidido que teníamos que llevar en nuestras excursiones por la montaña. Acepté más por él que por mí, aunque más tarde entendí que eran de gran ayuda en determinadas situaciones.

Ya he dicho que yo seguía sus pasos. Y eran días de felicidad compartida. Él había vuelto a ser aquel profesor al que le apasionaba organizar viajes y excursiones y rodearse de gente que tuviera curiosidad por la naturaleza o la historia de su país. Entonces, que tenía más tiempo disponible, se pasaba las tardes estudiando planos y libros de historia, de biología, tomando apuntes en folios que llenaba con una letra desordenada y difícil de descifrar para cualquier otro ser humano que no fuera él mismo. Me daba mucha paz mirarlo desde el salón, la puerta de su despacho acostumbraba a dejarla entreabierta porque decía que así me sentía cerca. Algunas veces me pedía que revisara sus borradores manuscritos antes de pasarlos al ordenador.  Aquello me llenaba de una sensación íntima de felicidad, aunque me costaba deducir el significado de determinados garabatos y signos en los márgenes o entre las líneas de aquellas páginas y tenía que recurrir irremediablemente a él para darles sentido. Él sonreía condescendiente y yo me arrimaba a su costado mientras él besaba mis ojos. Eran unos segundos de plenitud. Descubrí que aquél era el sentido de mi vida.

Tiré los palos al suelo. Me agaché e hice una bola de nieve con mis manos enguantadas y me las acerqué a la cara como para oler la nieve.

—¿A qué huele la nieve? —Dime, Profesor, ¿a qué huele la nieve? y se la pasé por la cara empujándole con mi cuerpo hasta que perdió el equilibrio y terminamos los dos en el suelo nevado entre quejas y risas.

Hubo un tiempo, sin embargo, que me marché de Bergen. Trabajé en el centro de Oslo, en un amplio local en la zona del puerto, franquicia de una de las firmas internacionales más lujosas de ropa de caballero. Tenía cinco empleados y personalmente me ocupaba de la dirección y gestión de la propia franquicia, así como de trámites con la casa matriz. Viajaba y disfrutaba de la relación social que aquel estatus me aportaba. La idea había sido, cómo no, de mi amigo Enric que era emprendedor por naturaleza y hombre de negocios quien me había animado a salir de mi estado de inquietud permanente. Aunque yo amaba profundamente a Nathan, trataba de evitar una relación de dependencia por parte de los dos.  Ello no impedía que compartiéramos muchos momentos divertidos, interesantes y entrañables. Enric y yo fuimos socios durante un tiempo largo, además de amigos.

El accidente de avioneta de Nathan fue lo que hizo que se abortaran todos mis planes de futuro. Decidí que me ocuparía de él. En aquellos momentos el no pudo opinar sobre la cuestión.

Todavía había luz afuera, hacía frío y el edredón nos cubría a los dos escasamente. Me lamenté de su tamaño, lo que hizo que —a regañadientes, con aquella sorna que me descolocaba siempre de mis posiciones de verticalidad en la vida— me apretara hacia él para ofrecerme la cálida acogida de su abrazo. ¡Tantas veces había soñado con momentos como éstos!

— Ya veo que no pensaste en volver a compartir tu cama.

Me quedé recogida en posición fetal a su lado sin pretender dar ni un paso más. El yacía boca arriba leyendo lo que parecía ser un guion, a juzgar por el esquema de sus páginas, aunque yo no alcanzaba a leer su contenido. Parecía realmente interesado porque además me había pedido unos minutos de silencio para terminarlo. Yo contaba las hojas que le quedaban entre los dedos de su mano izquierda tres, dos… y sin poder reprimirme desplegué mi cuerpo y me abracé a él que soltó los papeles como pájaros espantados que miraban desde el aire cómo nosotros enredados también caíamos a trompicones de la cama y nos rendíamos en la alfombra.

—¿Volarás conmigo? —preguntó más tarde, cuando el latido salvaje de nuestros corazones había cedido y dormitábamos uno junto al otro.

Había un brillo en sus ojos que yo desconocía hasta aquel momento. Imaginé entonces que ya nunca más lloraríamos juntos, quizás habíamos cruzado la fina línea del miedo a la culpa y nos habíamos tropezado inevitablemente con la pasión, tan cercana, y tan esquiva a la vez. Agotados nos abrazamos como si aquel momento formara parte de una despedida, más que de un deseado primer encuentro.

Sonaron las notas de un carrillón a lo lejos.

—Tendremos que cenar algo —dijo Nathan dándome unas suaves palmadas en la espalda.

No quería moverme de allí, podía sentir el fluir lento de nuestras sangres hermanadas. Me había desarmado su entrega y aquella luz que se acababa de encender en su mirada limpia y solícita, agradecida.

Intenté salir de la situación de alguna manera con levedad. Aceptando su idea pregunté:

—¿Has dicho volar en serio?

—Nunca te había visto tan preciosa. Esa sonrisa relajada por fin en tu boca, y tu vestido nuevo revoloteando por mi alfombra…

Todavía no había amanecido y apenas circulaban vehículos por la ciudad. Nathan había quedado con su amigo Joe —el profesor Williams— en el puerto, junto al museo Norway Fisheries para pasar el día juntos. Se conocían desde hacía muchos años y ahora que Joe se encontraba en Bergen dando unas conferencias sobre el cambio climático iban a aprovechar para disfrutar de alguna actividad juntos. Convinieron en contratar una excursión de día en hidroavión. Sobrevolar el cielo noruego despegando desde el mar tenía que ser una experiencia emocionante. Disfrutar desde el aire de la belleza de la ciudad de Bergen y la naturaleza que la envolvía, de su espectacular puerto, de las cadenas montañosas nevadas, de los glaciares, de las pequeñas aldeas salpicando las zonas de los fiordos, los inmensos bloques de hielo rumbo al Norte. Estaban ilusionados con la idea, aunque Nathan no había conseguido que yo me animara a compartirla. Había preferido dejar a los dos amigos vivir su experiencia y compartir sus recuerdos solos después de tanto tiempo. Habían desayunado tranquilamente en el hotel intercambiando anécdotas de su vida en común e historias de su etapa posterior. Joe estaba a punto de dejar la docencia y de quedarse únicamente con aquellas conferencias que le llevaran a lugares a los que él mantenía verdadero interés por conocer.

El agua salpicaba los cristales de la cabina del hidroavión a medida que avanzaba alzando el vuelo. El piloto, después de todas las recomendaciones de rigor, se volvió hacia ellos haciéndoles con el dedo pulgar en alto la señal de «todo en orden, señores, volamos hacia el Círculo Polar Ártico».

Fuga de monóxido de carbono en la cabina de la avioneta.


Nathan

Me costó darme cuenta de que era él. Caminaba inmersa en mis pensamientos y notaba que aquellos días me importaba muy poco todo lo que ocurría a mi alrededor, más allá de la conciencia de que debía de hacer algo especial para salir de aquella situación de absurda apatía en la que me encontraba. Mis reuniones para encontrar trabajo seguían un curso interesante, pero eso no me bastaba, no me apetecía salir de casa, tampoco podía concentrarme en mis lecturas favoritas. Escribía y enseguida despreciaba mis anotaciones que garabateaba después con saña. Llenaba la basura con cientos de folios arrugados casi sin estrenar. Repasaba insistentemente en mi agenda los nombres de las personas con las que había tenido relación a lo largo de mi vida, buscando alguien que pudiera serme útil, alguien que me aportara una cierta claridad ante aquella luz siniestra que me tenía invadida íntimamente.

Más que verlo, lo intuí. Lo intuí borrosamente al otro lado del cristal sucio del coche que estaba detenido en la acera opuesta a la mía, en la que yo esperaba que me diera paso el semáforo. Las luces de warning de su coche estaban parpadeando. Tuve un arrebato de huir de allí, de echar a correr en dirección contraria. No tenía previsto el encuentro con él de forma tan inesperada.

—Sería yo capaz de hablar primero? —Y qué le diría más allá de «hola, ¿cómo estás»?

—Sentí mis pies hundirse en el suelo como si me hubiera metido en un foso de alquitrán. Titubeé, intenté zafarme de aquel lodo pesado y negro que me inmovilizaba hasta la mente. Le miré pretendiendo que él no se hubiera dado cuenta de que yo estaba allí, al otro lado de la calle, y que me encontraba en una situación difícil. Sabía que, en cualquier otro momento, de haberse percatado, hubiera venido solícito a ayudarme. Leía. Parecía entretenido, atento a un documento que tenía apoyado en el volante. El coche no se movió cuando las luces del semáforo en verde le dieron paso.

Abrió despacio la puerta del coche y salió mirando a los dos lados, asegurándose de su propia seguridad ante el arranque del resto de vehículos. Se movía mirándome con una leve sonrisa, mientras yo me dirigía hacia él atacada por una sorprendente timidez que me había trasladado a la época de mi adolescencia. El paso de peatones parecía alargarse infinitamente, hubiera dicho que eran miles las rayas blancas que nos separaban, pero ya estaba en sus brazos.

Comprendí que todo lo que pudiéramos hacer juntos a partir de aquel momento no sería malo ni dañino. No nos quedaba otro recurso que el de amarnos por encima de todo. En mi interior sabía que mi madre comprendería y aprobaría nuestra situación. Yo era joven, adoraba a este hombre desde que era casi una niña y poco había cambiado en mis sentimientos con respecto a él durante los últimos años. Le adoraba y le respetaba. Esos motivos habían sido determinantes, por los que yo me había mantenido al margen de su vida de pareja y que, a mi pesar, fueron los que habían provocado la distancia que había terminado por deteriorar la relación con mi madre Louise.

Pero callé y me abandoné a su abrazo.

No puedo decir que lo encontrara envejecido, aunque su pelo se había convertido en una maraña de finos hilos blancos que se le desordenaban dándole un aire bohemio del que yo creo que él siempre había presumido. Seguía teniendo un porte altivo y sus gestos despaciosos denotaban una gran seguridad en sí mismo. Murmuró mi nombre varias veces, pegada su boca a mi oído izquierdo.

Nos sentarnos en el Café de los Artistas y tomamos un café tranquilo.

—Por cierto —dijo— hablo como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para nosotros.

—¿Tienes prisa? —Mi contestación se esfumó en el aire mientras con su brazo derecho me conducía hacia la puerta del lado del copiloto de su coche. Lo cierto es que me dejé llevar sin oponer ninguna resistencia.

A pesar de sus esfuerzos por mostrarse recuperado, el dolor seguía enraizado en su pecho. Habían sido largos días de despedidas, acompañando muchas noches de insomnios y de sueños cortos y despertares asustados en los que el miedo algunas veces y la aceptación otras, mi madre necesitaba del consuelo y la paz que aquel hombre era capaz de aportarle. Yo le notaba cansado, pero aún intentaba animarme también a mí. Efectivamente —me contó— que había desaparecido de la universidad unos días sin dejar pistas de su paradero porque necesitaba distanciarse del mundo sin interrupciones. Y que yo era una de ellas.

—¿interrupciones? Me sorprendió aquella palabra para definirme como a una de las que tendría que enfrentarse.

Pero que antes de dar cualquier paso —continuó diciendo— tenía que deshacer la maraña de pensamientos que habían quedado trabados en su cerebro. Sentía que con la desaparición de mamá su vida culminaba, pero yo estaba allí y no sabía muy bien cómo interpretar aquella presencia. Juró que hubiera querido huir también y, de hecho, había huido, lejos, a una isla del sudeste asiático, pero había resultado una retirada realmente corta para la grandeza del problema que presentía que tendría que abordar con madurez tarde o temprano.

Me refugié en la manta que suelen poner en las sillas de las cafeterías a disposición de los clientes para que puedan estar confortables en el exterior. No tenía frio, pero a ratos los escalofríos recorrían mis inseguridades, especialmente cuando no sabía qué decir. Escuchaba porque suponía que eso era lo único que él necesitaba de mí entonces. Que yo le escuchara. Hubo varios silencios difíciles, pero mi intuición me fue llevando por un camino que yo en mi interior ya tenía recorrido. Creo que quería dejar claro que yo era algo postizo en su vida, y que por mucho que me apreciara quería vivir el tiempo que le quedara sin ataduras, no estaba dispuesto a perder ni un ápice de su libertad, no quería vivir ninguna relación sentimental ni compromiso que no fuera consigo mismo, quería vivir su duelo en soledad.

—Por supuesto —añadió, cogiéndome de las dos manos y mirándome fijamente a los ojos —yo siempre voy a estar ahí cuando tú me necesites…

No lloré, ni eché a correr. Me quedé paralizada ofreciéndole una sonrisa comprensiva que, sin embargo, sentía que hería profundamente mis estructuras emocionales.

Sobre la mesa, el reflejo de los últimos rayos de sol se interpuso entre nosotros iluminando las tazas de café vacías y el platillo con los últimos restos del brownie que habíamos compartido. Sonreíamos, agarrados de las manos. Él con la satisfacción de haber mostrado sus cartas con delicadeza y determinación, y yo con una claridad diáfana en mi mente y una tristeza casi infantil en el fondo de mi corazón incomprendido.

Me llevó a su casa. Había puesto a la venta el piso que había compartido con Louise y había alquilado un apartamento amplio limpio y desordenado, como a él le gustaban las cosas. Daba al mar. Cerré los ojos apretada al cristal del ventanal centrándome en el movimiento y la cadencia de las olas que llegaban y reventaban en espumas contra las rocas del paseo. Conseguí recuperar el ritmo de mi respiración. Estaba un poco asustada. Había libros por todas partes, algunos que habíamos compartido, literatura; los clásicos, filosofía y poesía, historia, cientos apilados en columnas en el suelo, unos cuantos abiertos sobre la mesa de centro del salón y varios más sobre la mesilla en su dormitorio.

—No pasará nada, te lo prometo. Es lo único que se me ocurrió decir en aquel momento.

En silencio me cogió de la cintura empujándome suavemente hacia afuera de la habitación. Me sentí íntima e irremediablemente vinculada a aquel hombre, o en realidad lo estaba ya desde antes de conocerlo. Se estaba produciendo un incendio en mi interior y sentí el calor en su cuerpo cuando me arrimó hacia él con ternura y nos besamos con toda la honradez y el dolor que nos reunía.


@mberistain

Tiempo de siluetas nuevas


Dejaba pasar los días, como si estuviera de vacaciones. Recorrí despacio los alrededores aprovechando la bonanza de aquella primavera cálida y colorida. Conseguía así aliviar el tedio de la tristeza sin saber muy bien qué hacer conmigo misma. Pretendía estar sola pero, por otra parte, al cabo de algunos minutos que me resultaban eternos y vacíos, mi ángulo vital se estrechaba como si entrara en un túnel negro inacabable.

Me planteaba cada día un nuevo destino aprovechando las actividades programadas para turistas en la zona. Tuve la suerte de coincidir, en una de las excursiones, con un grupo de personas que venían desde varios puntos de España a hacer treeking acompañados de un monitor. Estaban instalados en el pueblo de Flam en pequeñas cabañas de madera del camping en la misma orilla del fjordo. Pensé que era una señal. Yo había nacido allí.

Inicialmente no quise compartir con nadie el desbordamiento de mi presión sanguínea que alteraba todo mi cuerpo. Después de una animada charla al final de la primera jornada, me animaron a unirme a sus planes, y aunque me hice de rogar, me acorralaron entre todos y su arrebatadora simpatía no me permitió dudar. Acepté. Durante quince días que duró su visita al país, compartí con ellos mucho más que la montaña. Terminé cambiándome a su cabaña a pesar de la cara de poker que me puso la de la agencia de alquileres cuando le pedí el cambio. Fueron días de juegos, chistes y confidencias, de peleas de almohadas y de música, unos cantaban mejor que otros pero todos jaleábamos a modo de acompañamiento. Era curioso que apenas se bebía alcohol en aquel grupo exceptuando a Juanma, Eric y yo misma que nos moríamos por tomarnos una buena cerveza fría a última hora de la tarde cuando volvíamos de las excursiones. Tengo que reconocer que las dos mejores cervezas que he tomado en mi vida han sido con ellos, la primera allí un día que nos quedamos rezagados del grupo y nos metimos en uno de los pubs con música en vivo donde pasamos un rato muy especial los tres, y otro cuando estando en África años más tarde, pedimos que nos llevaran al desierto tres cervezas bien frías, y lo conseguimos. Aquello, más tarde lo reconocimos, fue un placer de dioses… Porque tengo que decir que aquella relación con el grupo continuó  durante algunos años más hasta que sus situaciones familiares fueron cambiando.

La hora del desayuno era gloriosa. Los chicos se ocupaban de estudiar las rutas; los mapas compartían la mesa del comedor con las tostadas y la mantequilla, las mermeladas, los huevos, el bacon y el café humeante. Había que esquivar la revolución de mochilas y botas esperando por los suelos. A pesar del alboroto, de fondo podía oírse el murmullo de un pequeño aparato de radio que se esmeraba en retransmitir las noticias del mundo sin que ninguno de nosotros le hiciera demasiado caso, mientras Enric, que no perdía un minuto y solía ponerse en modo autista, se afanaba punteando en su guitarra y ensayando acordes para sus nuevas composiciones lo que hacía que nunca terminara su desayuno a tiempo de marchar. Las chicas a medio vestir y sin peinar eran las que organizaban el picnic y trataban de dejar lo más recogida posible la casa antes de salir a pasar el día fuera.

Yo no dejaba de pensar en Nathan. Me había despedido descuidadamente de él cuando decidí tomarme un tiempo para situarme de nuevo en el mapa del mundo, si es que en algún momento de mi vida fui capaz de sentirme ciudadana de algún sitio en concreto. Entonces más que nunca sentía el desarraigo, algo así como la falta de raíces. Tenía una vaga idea de dónde venía, no porque no lo hubiera escuchado, sino porque quizás en aquellos momentos yo era una criatura inmadura viviendo cómodamente, demasiado bien, podría decir, como para que una historia semejante a la que me contaban me pudiera haber conmovido o mínimamente interesado; la guerra, algo detestable y ajena —yo pensaba— a mi vida real.

Durante aquellos días no pude dedicarme a reconocer la zona en la que se habían producido los acontecimientos que habían coincidido con la época de mi nacimiento. Pero sí fue creciendo en mí el interés por conocer detalles de la vida de mis antepasados,  aunque no los tuviera en mis recuerdos.

—Qué recuerdos guardaba yo en realidad? —¿Alguna vez me había preocupado de ellos?

La realidad era que no, que no me había interesado nada más que por mi propia existencia y la de mis amigos. Había sido una época de sueños e ilusiones que nos podíamos permitir, por supuesto que con la connivencia de nuestros padres —en mi caso tengo que hablar de mis dos madres—. Supuse siempre que también ellas fueron felices porque no les causé demasiados problemas, especialmente con las drogas, que era entonces una realidad muy cercana y una de las causas de los dramas de la sociedad en que vivíamos. Casi podría decir ahora que en nuestra actitud juvenil sí había una cierta displicencia hacia lo pasado, nuestra rebeldía nos llevaba a buscar caminos nuevos, a inventar otros o a reinventarnos convencidos de ser una nueva generación que estábamos en el mundo para cambiarlo.

Al atardecer solía pasarme por la oficina de turismo y entablé amistad con Jenny, una chica holandesa que se había instalado allí desde principios de año porque su pareja era directivo de una de las compañías de transbordadores y barcos de pasajeros  que operaba en la zona de fjordos. Me di cuenta de que me atraía la idea de participar profesionalmente en los proyectos turísticos en Noruega. Había muchas posibilidades de trabajo, empecé a sentirme capacitada e ilusionada. Las conversaciones que mantuve durante varios días con la pareja me facilitaron una reunión con la Dirección de una de las empresas que más me interesaba conocer.

Llamé a Nathan. No respondió al teléfono. Lo intenté en varias ocasiones durante las semanas siguientes y siempre obtuve el mismo resultado. Llamé a la secretaría de la Universidad pero me dijeron que no podían darme tal información. Todavía quedaban fechas para terminar el curso y me resultó un tanto sorprendente su ausencia. Pensé que él también podría estar de viaje en algún país exótico o con dificultades de cobertura, o que sencillamente se hubiera querido desconectar durante un tiempo para rehacerse del drama o para reflexionar sobre su futuro. Respeté su silencio.

Fueron sucediéndose los días sin noticias, intentaba no pensar en él y, aunque lo hubiera necesitado, podría decir que, interesadamente para que me facilitara el encuentro con el entonces responsable de Turismo en el gobierno —con el que sabía que tenía una muy buena relación, según él mismo me había comentado— quise demostrarme a mí misma que podría seguir adelante sin su ayuda. No deseaba necesitarlo. Sin embargo en mi interior había una fuerza, una especie de magnetismo que me desordenaba las ideas. Se estaba generando una lucha apasionada entre mi voluntad y mi pensamiento. Un deseo urgente de buscarlo, y no solo de buscarlo por dondequiera que estuviera, sino de encontrarlo. De encontrarme con él. Sentía que teníamos mucho que decirnos, que habían quedado cosas pendientes, sin cerrar, esa historia soterrada que nos había mantenido incomunicados durante bastantes años y que de repente afloraba en la superficie ante el drama compartido. Algo parecía haberse enquistado en nuestros corazones y ni tan siquiera habíamos sido capaces de mirarnos a los ojos. Sentía como si las ciudades y los pueblos a mi alrededor se estuvieran derrumbando y no había consuelo posible para la ansiedad ni para la soledad. Aquel amor platónico que algún día sentí por él era ahora un amor moribundo, probablemente quedó herido en el lecho de muerte de mi madre. Mis manos entrelazadas con las suyas en los últimos momentos me hicieron consciente de la vida que me había regalado con su valentía y tenacidad. Ella y Ulma. Y yo, como una niña mimada que había pasado por su lado durante todos aquellos años sin tan siquiera dedicarles un poco de admiración y ternura. Lo único que les había dedicado —hablando en el caso de Ulma hasta entonces— había sido una inmensa tristeza por su ausencia en esos días grises que parecen una oscura eternidad después de perderla.

—¿Y con mi madre Louise? —¿Iba a hacer lo mismo con ella?

Recostada mi cabeza en su cama, apoyé mi brazo por encima de su pecho. Sentí el leve latido de su corazón, casi agotado. Conseguí derramar allí mi suficiencia y mi soberbia en un llanto silencioso mientras acariciaba sus ojos apagados, su expresión dulce, su precioso pelo y sus manos perfectas. Pensé que me hubiera gustado haber heredado algo de ella, algo más que su apellido, algo como su coraje, como su corazón y cerré los ojos cuando ella los cerró.

Esperé un tiempo, no puedo precisar cuánto, lo único que sentía era un frío mortal que me impedía el movimiento, estuve bloqueada hasta que entró el médico seguido de Nathan para hacer la visita diaria.

Salí al jardín, me tumbé en la hierba, el día era también frío pero lo único que aprecié fueron las siluetas desordenadas de una imagen desenfocada, como mi propia vida. Y lloré, lloré dejando que brotara de mi boca, como de una arteria rota, toda la furia de las palabras más fuertes que conocía.


@mjberistain

La castañera

Es el mes de enero. Es noche de luna llena. Las tribus indias la llamaban luna de hielo, luna vieja o luna del lobo. Era cuando los lobos aullaban más en las zonas cercanas a las aldeas.

Hace frío, voy protegida por un abrigo raído que heredé de mis hermanos mayores. Gracias a que llevo una gran bufanda y un gorro de lana que tejió alguna de mis abuelas, consigo escapar del destemple que me hace llorar cada vez que se levanta una racha de viento y azota la ciudad.

Llevo días sin comer apenas, solo castañas, y algunas flores marchitas. Si puedo, evito ir a las parroquias a pedir, supongo que tienen emergencias más importantes. Al fin y al cabo, yo estoy acostumbrada a vivir así.

Mantengo conversaciones con el señor Manuel, el de la esquina de la Catedral, para sustituirle cuando se jubile. El hombre está muy abotargado ya por el efecto de la «quimio» y la radioterapia, y siente que le quedan pocos días. Aunque vive solo y está enfermo, no quiere morir. Todos los inviernos, desde que no está su padre, ha abierto el pequeño puesto de castañas que, además de ganarse la vida, le ha hecho muy feliz.

Desde que le conocí en Nochebuena, le visito cada día. Hemos llegado a tener una bonita relación de amistad. Yo le traigo castañas que he ido acumulando en un saco durante el otoño para que él no tenga que salir al monte. Últimamente va necesitando menos cantidad porque la gente ya no consume como cuando empezó en esta profesión. Ahora se compran castañas por capricho y porque son baratas —diez castañas por un euro—, ya no se comen por necesidad de calentarse las manos y el estómago como era entonces. Don Manuel las mantiene calientes y crujientes, revolviéndolas de vez en cuando con su vieja espumadera negra, para tenerlas a punto cuando algún cliente se acerca a su caseta.  Aprendo muchas cosas con él, me enseña a preparar las brasas, a cortar y asar las castañas, a ser amable, a sonreír a las personas que pasan alrededor, a no ser huraña a pesar de que mi vida siempre haya estado rodeada de negro.

Cada noche cuando cierra la caseta me anima a que, si vuelvo a verle algún día, venga con una florecilla de cualquier jardín público, o una hoja caída de algún árbol, o una fina brizna de hierba. Él está convencido de que llevo una luz muy especial dentro de mi corazón y eso es lo que me va a servir para ser feliz de aquí en adelante, pero tengo que aprender a sonreír —me dice siempre, con la inmensa ternura de sus ojos negros—. Y él, cada vez que pasa alguien cerca de nosotros, me da un pequeño empujón con su brazo para recordármelo. Eso sí que me hace sonreír.

Es un hombre bueno Don Manuel. Cuando le conocí le ofrecí mi cuerpo a cambio de un poco de dinero y se negó. Cerró la caseta y me trajo un bocadillo caliente del bar más próximo. A mí también me da pena que se tenga que morir ahora. Es como un ángel de la guarda conmigo, ahí enrollado en su gran abrigo negro, con sus manos hinchadas y rotas de heridas que oculta debajo de sus gruesos guantes de lana. Ahora prefiere que sea yo quien prepare los conos de papel de periódico con las castañas calientes para los clientes. Él se ocupa de guardar el dinero en una caja negra que, según me explicó, era de madera de ébano que le había traído un cliente de uno de sus viajes a la India. Porque a Don Manuel le gusta trabajar la madera en sus ratos libres haciendo pequeñas tallas, sobre todo de flores, que luego se las regala a los niños. Hoy me ha regalado sus guantes cortados. Como me quedan tan grandes, me abrigan mucho. Me ha permitido darle un abrazo.

—¿Por qué te marchaste del pueblo? Allí tendrías comida y trabajo en la granja, con los animales y la huerta, y seguramente con el cariño de tus hermanos.

Don Manuel espera que le conteste, aunque le hago una mueca de contrariedad.

Después de lo que me está ayudando creo que le debo una explicación, así que un poco a mi pesar le explico que me escapé de la escuela porque la directora decía que me quería. Cuando se terminaban las clases me llevaba a su despacho y me pegaba.

—Ay, niña, —me dice, moviendo la cabeza a un lado y al otro— algo mal habrías hecho…

—No, Don Manuel, se lo prometo. Ella decía que era para que aprendiera a portarme como una buena mujer, y que si no me servían sus golpes aprendería con los que me iba a dar mi marido cuando me casara si seguía siendo tan terca.

—Mis hermanos se reían de mí, yo era la única chica de la familia y me hacían ocuparme de la casa y de sus cosas porque no teníamos padres. Mi madre había muerto durante mi parto y mi padre se ahogó, unos años más tarde, intentando salvar a las personas de los pueblos de los alrededores durante la gran inundación que arrasó la comarca.

Don Manuel se calla cuando hablamos de estas cosas, y su mirada se pierde en la nada y yo entonces no sé lo que piensa, pero estoy segura de que tiene que ser algo bueno.

—Mañana, —me dice— tendrás que abrir tú la caseta, están las llaves y toda la documentación en orden en el fondo de la caja negra. También están las tallas de madera para los niños y las flores que me traes y que guardo secas. Abrígate bien. Ocúpate de abrir las castañas, acuérdate cómo; con un par de cortes como si fueran cruces mientras prende el fuego y preparas las brasas. Haz bien las cuentas cada noche. No tengas prisa, despacio pequeña, tienes toda una vida por delante.

Hace frío mientras camino hacia el albergue. Acaricio la cabeza a un perro lobo que parece perdido y que ladra lastimosamente al lado de un banco vacío. Una luna de hielo ilumina la plaza y la caseta en la esquina de la Catedral.


@mjberistain
Fotografía de Macarena Azqueta


Libros en papel

 

Cuando el Kindle, el lector de ebooks de Amazon, llegó a España, yo, personalmente, era una descreída. Como lectora entusiasta, incluso lectora que había sufrido mudanzas con libros, no podía entender como podías acabar prefiriendo leer en algo electrónico.  En fin, un libro es un libro, decía yo (que sí, entonces ya tenía mucho amor por la tecnología, pero no en los libros, ¡por favor!). Sin embargo, me compré un Kindle. ¿Por qué?, os preguntaréis. Bah, tenía un cheque regalo y se quedaba en muy poco dinero (y bueno, confieso, había probado un e-reader unas semanas antes – uno de Sony – y la experiencia de leer en tinta electrónica me había gustado).

Años después, debo confesar que amo a mi e-reader. Bastante. Olvidarme el e-reader cuando me voy de viaje me parece una tragedia sin igual y la tinta electrónica el mejor invento del mundo. Y lo del envío instantáneo de libros me ha hecho tan feliz tantas veces que debería cambiarme el nombre y ponerme Whisper-sync de segundo nombre. El Kindle es uno de los dispositivos más importantes de todos los que tengo (bueno, podéis cambiar el Kindle por cualquier otro e-reader de buena calidad y de tinta electrónica en vuestras declaraciones de amor).

Y, sin embargo, sigo comprando libros. Libros en papel, me refiero, porque siguen existiendo momentos en los que acabas prefiriendo un libro en papel.

CUANDO ES UNO DE TUS AUTORES FAVORITOS
Hay una cierta fidelidad a según ciertos autores y cuando lanzan al mercado un libro nuevo, necesitas tenerlo. Tenerlo de manera tangible. Poco importa que tener el ebook sea más inmediato (si compráis libros en inglés o en algún otro idioma extranjero, que tienes que esperar a que lleguen físicamente a la librería en la que los compras lo entenderéis mejor) porque sabes que de ese escritor quieres tener un libro físico.

CUANDO ES UNA EDICIÓN FASCINANTE
Estás en una librería, tienes esa edición de ese clásico tan bonito entre manos y te preguntas ¿por qué debería comprarlo en papel y gastarme 20, 15 o 10 euros en este libro si está en ebook en Project Gutenberg? No puedes evitarlo: las ediciones fascinantes tienen ese poder sobre ti. (Personalmente odio a todos los editores que reeditan los libros de Jane Austen en ediciones cada vez más bonitas y cuidadas porque cuando ya los tienes en papel te sientes un poco mal y huyes antes de comprarlo)

CUANDO ES UNA DE ESAS EDITORIALES QUE HACEN LIBROS BONITOS
¿Existe alguna editorial que odias cuando lanzan una oferta de algún ebook de los que han publicado? Sí, esas editoriales independientes que publican libros que ya no solo por su contenido sino también por su continente son bonitos, increíblemente bonitos. Cuando tienes algo así al otro lado, con esas sobrecubiertas cuidadas, ese papel de calidad, hasta esa tipografía estupenda, algo en ti sufre cuando acabas comprando la versión electrónica.

CUANDO ES UN LIBRO QUE AMAS, VERDADERAMENTE AMAS
¿Soy la única persona a la que esto le ocurre? Cuando un libro entra en la categoría de títulos que amo, sé que los quiero tener en papel. Es irracional, porque al fin y al cabo si lo tengo en ebook sigue siendo mío y sigo pudiendo leerlo 20 veces.

CUANDO LO VAS A REGALAR (O CUANDO TE LO VAS A AUTORREGALAR)
Aunque hay iniciativas para hacer que los ebooks se puedan convertir en algo tangible (aquí una y aquí otra) al menos de forma momentánea, lo cierto es que cuando haces un regalo (¿y qué mejor regalo que un libro?) siempre te sientes mejor dando algo físico y que se puede empaquetar, romper el envoltorio con emoción, escribir una dedicatoria en la primera página y esas cosas.

CUANDO LO QUE QUIERES ES TODAS ESAS COSAS QUE VAN ASOCIADAS A UN LIBRO
Y por esas cosas ahí están el oler a libro (sí, ¡los libros huelen a algo!), el ver como se dobla el canto a medida que los lees (aquí seguro que podemos abrir un debate sobre si eso os gusta o no) o por poder luego mirarlo con arrobo en tu biblioteca personal

CUANDO ENTRAS EN UNA LIBRERÍA
Ese invento terriblemente diabólico de una tienda llena de libros en la que puedes pasarte tanto tiempo curioseando entre las estanterías y de la que es casi imposible salir de manos vacías.

LIBROPATAS.COM


Artículo de Raquel C. Pico