Por quién doblan las campanas

Del Blog Profesor Jonk

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un 
pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se
lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, 
o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, 
porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, 
nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; 
doblan por ti.

John Donne (1572-1631)

“Por quién doblan las campanas” es la novela de Hemingway sobre la guerra civil española. En el mes de abril de 1937 la República lanza un ataque fallido sobre las posiciones enemigas de La Granja y Segovia, en plena sierra de Guadarrama, vertientes de Madrid y Segovia. 

 Desde el Puerto de Navacerrada, controlado por la República, hasta La Granja, en manos de los franquistas, se extiende una extensa tierra de nadie. Un grupo de guerrilleros dirigidos por el dinamitero norteamericano Robert Jordan, desde una cueva junto a Siete Picos, planea volar el Puente sobre el río Eresma para truncar el avance de los nacionales. 

El capítulo 27 de la novela recoge la anónima, tantas veces repetida, historia de un día en la vida, en la muerte, de cinco guerrilleros republicanos que tomaron una colina en la sierra de Guadarrama. Este capítulo sirvió de inspiración a la banda Metallica para su mítico tema del mismo nombre que la novela.

For Whom The Bell Tolls es la tercera canción del segundo álbum de estudio de Metallica, Ride the Lightning; la introducción del tema fue realizada por Cliff Burton, con bajo eléctrico y distorsión que le hacen parecer una guitarra, y para el sonido de la campana se utilizó un yunque. En las versiones en directo de la canción, la banda suele comenzar con un solo de bajo en memoria de Burton, que falleció con solo 24 años en un fatal accidente que tuvo el autobús de la banda en el trayecto de Estocolmo a Copenhague, camino de su próximo concierto, programado para el 27 de septiembre de 1986.

Make his fight on the hills in the early day/ Libraron su guerra sobre las colinas desde el amanecer  

Constant chill deep inside/ con una ansiedad crónica en lo más profundo de su interior

Shouting gun on they run through the endless gray/ mientras gritan las armas ellos corren a través de una grisura interminable

On they fight for their right, yes, but who’s to say? ellos luchan por su verdad, sí, pero a quien cabe decírselo

Sierra de Guadarrama. Una colina. Cerca de Segovia. Cerca de La Granja. Hace frío. Aún hay restos de nieve. Hay que llegar a la cresta de la colina. Cinco hombres. Cinco milicianos. Tres están heridos. El más joven solo tiene dieciocho años. Espolean al único caballo. Sí, es la Guerra Civil Española. Ni la mejor ni la peor. Una guerra. Otra más. Tan justificada, tan digna, tan estúpida, tan cruel, tan absurda como cualquier otra. 

For a hill, men would kill, why? They do not know / Por una colina, el hombre es capaz de matar, el por qué, ellos no lo saben

Wounds test their pride / las heridas ponen a prueba su orgullo

Men of five, still alive through the raging glow/ los cinco hombres aún vivos entre un resplandor furioso

Gone insane from the pain and they surely know/ el dolor les enloquece y seguramente son conscientes de ello

Galopa el caballo. La muerte no tiene ideología. No tiene compañeros, no tiene camaradas. Jadea el caballo. Ya llegan a la colina. Una colina fea y enferma, como un absceso. El pus somos los humanos. Hay que encajonarse entre dos rocas. Colocar y mimar las ametralladoras. La muerte exige una disciplina y una estética. El caballo está exhausto. El caballo está herido. Una bala para el caballo. Una bala quirúrgica, tierna. Ya está, ya pasó. Gracias por todo compañero. Un último servicio como parapeto. El espinazo para apoyar el cañón mirando al horizonte, al enemigo que no se ve pero que aguarda. La muerte y lo muerto nos hará valernos para matar y morir. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continua su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Resistir y fortificar es vencer dice el slogan. La Pasionaria dice que es mejor morir de pie que vivir de rodillas. No estamos de rodillas. Estamos de barriga. Ninguno verá ponerse el sol esta tarde. Ellos son ciento cincuenta. Solo queda llevarse a algunos de compañeros de viaje. Porque ellos son valientes, pero también estúpidos. Siempre hay alguno que no tiene paciencia. Paradójicamente disponer de un armamento tan moderno, te da una confianza que te vuelve loco. 

Take a look to the sky just before you die/ echa un vistazo al cielo justo antes de morir

It is the last time he will / por última vez

Blackened roar, massive roar fills the crumbling sky / un estertor negro, un estertor pleno envuelve un cielo que se derrumba

Shattered goal fills his soul with a ruthless cry / el objetivo fallido engulle su espíritu con un grito implacable

Hace un cielo de comienzos de verano. El Sordo, el cabecilla, está seguro de que es la última vez que lo ve. No siente miedo de morir, pero le irrita hacerlos en una colina que no tiene más objeto que ser un lugar para morir. Se tenga miedo o no, es difícil aceptar el propio fin. El Sordo lo acepta; pero no encuentra alivio en la aceptación. Si es preciso morir, y lo va a ser, se puede morir, y aunque no tiene importancia no gusta nada: Morir no tenía importancia ni se hacía de la muerte ninguna idea aterradora. Pero vivir era un campo de trigo balanceándose a impulsos del viento en el flanco de una colina. Vivir era un halcón en el cielo. Vivir era un botijo entre el polvo del grano segado y la paja que vuela. Vivir era un caballo entre las piernas y una carabina al hombro, y una colina, y un valle, y un arroyo bordeado de árboles, y el otro lado del valle con otras colinas a lo lejos.                                                                                                

 La adaptación cinematográfica (1942) fue estrenada 
en 1978 en España y en versión íntegra en 1998, tuvo 
9 nominaciones al Oscar. El rodaje duró 24 semanas 
(de julio a octubre de 1942). Las primeras 12 en Sonora 
Pass, Sierra Nevada. Las últimas 12 en California. La carga
ideológica de la novela se edulcora en la película por las
presiones franquistas y de una conservadora administración
norteamericana, que recordemos que en esos momentos 
es aliada de Stalin, a la que no le interesa reflejar las atrocidades 
del bando republicano, lo que acaba convirtiendo el film en 
una entretenida peli de amor y aventuras.

Stranger now are his eyes to this mystery / Ahora son sus ojos extraños a este misterio

He hears the silence so loud / el silencio le resulta atronador 

Crack of dawn, all is gone except the will to be / una grieta en el amanecer, todo ha desparecido excepto el deseo de ser

Now they see what will be blinded eyes to see / ahora solo ven que solo hay ojos ciegos para ver.

Cuando uno está cercado no puede esperar más que la muerte. No queda más que llevarse a alguien por el camino. Triste y nervioso consuelo. Pero con algo hay que matar el tiempo. Los últimos tragos de vino y provocar al enemigo para que alguna pieza muerda el cebo. Que parezca que estamos muertos. La impaciencia es una enfermedad con una altísima cuota de mortalidad. No hay nada que angustie más al enemigo a punto de vencer que aguardar sitiando a hombres que cree que ya están muertos. Siempre le toca a alguno asomar la cabeza para ver si queda algún enemigo vivo. Y siempre tiene que haber una cabeza de turco. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continua su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Siempre se busca un voluntario: —Tengo miedo, mi capitán –respondió con dignidad el soldado. Y comienzan las blasfemias y el baile hasta que un imprudente da el paso al frente. Y ahí es donde aguarda la presa herida que por última vez se siente cazador: Mira qué animal. Mírale cómo avanza. Ese es para mí. A ése me lo llevo yo por delante. Ese que se acerca va a hacer el mismo viaje que yo. Vamos, ven, camarada viajero. 

La impaciencia te ha matado. Luego llegan los aviones y la colina queda desolada. No queda nadie vivo en la cima, ni El Sordo (que ya ha emprendido el viaje con su última presa), ni Ignacio, ni nadie… salvo el muchacho, Joaquín, desvanecido con cara de no haber entendido nada, con la ceniza del miedo en los ojos. Un viejo soldado franquista le ve y le remata, rápido, sin aspavientos, casi con la misma ternura animal con la que el Sordo mató a su caballo. «Qué cosa más mala es la guerra», se dice mientras de santigua y baja la cuesta rezando cinco padrenuestros y cinco avemarías por el descanso del alma de su camarada muerto. El impaciente. Ese al que no soportaba.

Nunca pienses que una guerra… no es un crimen – Ernest Hemingway


Ver original en el Blog de Profesor Jonk

La vespa



Publicado por Juan Tallón en la Revista Jot Down

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Julio Cortázar (1914-1984)

Le tomó gusto a moverse por París en bicicleta, pero cuando sintió la felicidad verdadera, y además casi muere, fue el día que reunió dinero para comprar una Vespa de segunda mano. La moto era un viejo sueño, y como los sueños largamente acariciados, una tarde estuvo a punto de fallecer, igual que el protagonista de El crepúsculo de los dioses, cuyo mayor deseo siempre fue tener una piscina, y cuando al fin la consiguió, se ahogó en ella.

El grave accidente de Cortázar sobre la moto, una tarde de primavera, a su modo también simbolizó un tipo de felicidad, pues inspiró su cuento «La noche boca arriba». Se trató de un «accidente muy tonto del que estoy muy orgulloso», confesaba en 1980 a los alumnos de la Universidad de Berkeley, a los que ese día impartía una clase sobre el cuento fantástico. Para no matar a una viejita que se atravesó en la calzada, Julio intentó frenar y desviarse, y al final «me tiré la motocicleta encima». La investigación policial iba a aclarar que la anciana confundía el verde con el rojo y creyó que podía bajar y empezar a cruzar la calle en el momento que habían cambiado las luces del semáforo.

Sucedió el 14 de abril de 1953. Cortázar vivía en París desde 1951, cuando el gobierno francés le concedió una beca de diez meses para ampliar estudios. Preparó una maleta de circunstancias, aunque para quedarse a vivir allí toda la vida, y el 15 de octubre, lunes, embarcó en el Provence. Metidos entre la ropa, se llevó unos pocos libros, que le robarían en la Cité Universitaire, donde se alojó en los primeros meses, y un solo disco. Era «un viejísimo blues de mi tiempo de estudiante, que se llamaba “Stack O´Lee Blues”, y que me guarda toda la juventud», le detalla por carta a su amigo y maestro Fredi Guthmann. Había tenido que vender íntegramente su discoteca de jazz —unos doscientos discos de primera línea—, que había empezado a armar en 1933, en los días que se reunía con sus amigos en un sótano, «con una vieja victrola a cuerda, para escuchar a Louis Armstrong y Duke Ellington». Resultó desgarrador deshacerse de algo tan importante, pero estudió el asunto «metafísicamente» y descubrió que su deseo de conservar los discos «obedecía al maldito sentimiento de propiedad que es la ruina de los hombres».

En el fondo, Cortázar estaba soltando lastre para empezar su vida desde cero. Aunque llegó a París convencido de que «se puede uno arreglar con una comida diaria», no tardó en conseguir pequeños empleos con los que completar el presupuesto de la beca. Esta, además del alojamiento, incluía quince mil francos mensuales, así que la primera misión era «encontrar algún trabajo (lo más rutinario posible, no hago cuestión de preferencias), que, sin robarme el día entero, me diera otros quince mil francos».

Entretanto, la bicicleta, a la que llamaba Aleluya, lo lleva a todas partes, a veces bajo la lluvia, pero incluso eso le parece un lujo bellísimo, con el que cualquier escritor que comienza sueña. En una de las primeras cartas a su abuela materna, Victoria Gabel de Descotte, le relata cómo transcurren sus días en la ciudad, y cómo copia libros suyos, lee obras ajenas, bebe leche pasteurizada y vino tinto (para quitarse el gusto de la leche) y hasta «me plancho las camisas como un rey; la gente me para en la calle para felicitarme». Pero, sobre todo, pasea en bicicleta, sin importar que llueva. «Es muy linda la lluvia en bicicleta».

En el verano de 1952, cuando al fin reúne el dinero suficiente, Cortázar se hace con una Vespa que le permitirá viajar a las ciudades próximas a París. En junio, ansioso de visitar Bourges, tuvo que hacer autostop y subirse a nueve coches para completar el viaje. La moto puso fin a esos suplicios. Un muchacho médico que se volvía a la Argentina «me ha vendido su Vespa por una suma ridícula», le cuenta a su amigo Eduardo Jonquières en septiembre de ese año. «Tengo mi carte grise y empiezo a moverme en París. Te imaginas que cuando la domine, podré aprovechar los fines de semana para conocer l’Île-de-France palmo a palmo. Planeo ya viajes cortos de entretenimiento: Versailles, Fontainebleau, mi dulce Provins, Etampes, Reims, Rouren…».

La moto gastaba menos de tres litros de mezcla cada cien kilómetros, y pronto se volvió un modo de habitar la ciudad y de olvidar los problemas de un Cortázar que vivía al filo del abismo. «A veces, andando en la Vespa por el centro, me asalta una sensación de irrealidad casi angustiosa. ¿Qué es esto? ¿Qué hago yo aquí? Y entonces me río y se me pasa. El futuro se lo dejo a los empleados de banco y a los señores con planes de vida y ambiciones». La moto se convirtió en un sitio en el que sucedían cosas, como el día que llevó a Daniel Devoto, amigo de juventud, a comprar objetos de menaje a Montparnasse. Esa jornada, Daniel —que estuvo casado con Mariquiña del Valle-Inclán, hija del autor de Tirano Banderas— adquirió una enorme palangana para lavarse los pies (según decía) y poner a remojo las camisetas; dos platos de cerámica, varios tenedores y cuchillos, y una escudilla. Además, le regaló un cuchillo de abrir ostras a Cortázar, que a su vez agasajó a Devoto con un enorme jabón Cadum. «Cargados con todo esto (y un calentador eléctrico adquirido en la rue de la Gaité) nos volvimos a la Cité Universitaire en la Vespa. Puedes imaginarte el espectáculo —le contaba a Jonquières—, y lo que parecía Danny con la boina, el poncho y la palangana, instalado en el asiento trasero y agarrado de mi cintura como un ahogado a una tabla».

Pero entonces, llegó el 14 de abril de 1953. Ese día «me puse la Vespa de sombrero, para no matar a una vieja idiota que se me cruzó en una esquina cuando yo cruzaba con todo derecho y las luces verdes». Cortázar realizó una maniobra brusca para no matarla y voló con la moto. Los sesenta kilos de hierro le cayeron encima, «reduciéndome a un sándwich entre el asfalto y el Scooter». ¿Resultado? La cara rota, y una doble fractura de la pierna izquierda. La policía lo trasladó al hospital Cochin. En el siguiente mes y medio de convalecencia, con la pierna rota, con una infección, una casi fractura de cráneo y una fiebre espantosa, «viví muchos días en un estado de delirio en el que todo lo que me rodeaba sumía contornos de pesadilla». En uno de esos momentos, con temperaturas de cuarenta grados, «de golpe vi todo lo que venía», y lo que le vino fue «La noche boca arriba», un cuento donde su protagonista circula en motocicleta cuando ve a una mujer parada en una esquina que se lanza a la calzada, a pesar de las luces verdes, y ya es tarde para las soluciones fáciles. El texto le fue ordenado. «No tuve más que escribirlo. Aunque lo crean una paradoja —les decía a sus alumnos en Berkeley— les digo que me da vergüenza firmar mis cuentos porque tengo la impresión de que me los han dictado, de que yo no soy el verdadero autor».


Borges

Imagen: Alicia D’Amico
Borges, el escriba (‘Poesía completa’)

Hay raras ocasiones en la historia de la literatura, en la historia de esta rara, cotidiana magia de símbolos, en que uno de sus intérpretes logra no equivocar jamás la melodía. Existen, sin embargo, para nuestra gratitud estupefacta, esos escribas. De alguna forma incomprensible (incomprensible) son capaces de enhebrar símbolo a símbolo, página tras página y sin errar, una música secreta en la que cupiera el Universo; una canción interminable que fuera muchas y una sola… Y algo que fuera apenas, también, el silbido de un ciego a la sombra silente de algún patio. Un ciego derruido y gigantesco en el crepúsculo, símbolo ya sólo de sí mismo, sonriendo lento y cómplice a ese Dios que, “con magnífica ironía”, le otorgó al mismo tiempo “los libros y la noche”.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez, a cuenta de otro bromista genial, Gilbert Chesterton, que “no hay una página suya que no nos depare alguna felicidad”. Bien: no hay una sola página, un solo verso en la Poesía completa de Jorge Luis Borges, que no nos depare alguna o varias felicidades, que no nos regale generosamente una grieta, una abertura por la que mirar un Cosmos que resulta ser un espejo que resulta ser el rostro de quien lee, esfumado ya Borges, el escriba (ese infinito avatar que llamamos Borges), de entre ese rostro y ese espejo: como una carcajada feliz desvaneciéndose.

Hemos dicho traductor, hemos dicho escriba; porque, sí: el artista radical, no el prestidigitador de feria, se sabe apenas un traductor menesteroso entre ciertas voces, que no son suyas, y el silencio. El poeta apenas inventa nada: “La poesía no es menos misteriosa que otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu…”, defiende en el prólogo de Elogio de la sombra (1969). Esta convicción del artista como auditor más o menos frecuente del otro lado de la realidad tangible hace torcer el gesto a muchos, y enarbolar sonrisitas cínicas a otros: sus ‘megustas’ en Facebook y sus prosías al gin-tonic y la nada se lo paguen. Borges nunca dio clases para el parvulario. Pero siquiera un verdadero niño, concreto como es, libre y limpio de dogmas respecto a lo que es la vida que se respira y siente y toca, puede intuir (de manera absolutamente empírica) que una obra que no trate de hacer oído de alguna forma hacia el misterio (hacia el misterio doméstico de estar vivo, sin ir más lejos) es una obra muerta. “…Pero toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir. La triste mitología de nuestro tiempo habla de la subconsciencia (…) los griegos invocaban la musa, los hebreos el Espíritu Santo; el sentido es el mismo”, remata el prólogo a la entera compilación, redactado poco antes de morir.

POESIA COMPLETA-JORGE LUIS BORGES

“El escritor (…) debe ser leal a su imaginación y no a las meras circunstancias efímeras de una supuesta ‘realidad’. La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”, insiste en el introito a La rosa profunda (1975). Comunicar un hecho preciso; tocarnos físicamente. Su compatriota Alejandra Pizarnik –una de las más altas embajadoras del misterio del idioma castellano, mucho más joven que Borges pero dimitida de esta vida antes que él– le entrevistó en una ocasión y consignó después, en algún lugar de sus diarios, el trastorno que le causó la implacable precisión de Borges a la hora de bautizar la realidad: “Terror que me usurpa toda el alma”, le oyó decir, por ejemplo. Y ella no pudo desprenderse de esa frase, como del eco de un campanazo.

Los ojos del sueño

Éste, éste es el temblor continuo en Borges, sea por el eco y la textura física del verso o por el peso subyugante de la historia (increíblemente precisa) que narra: Borges siempre narra algo, y siempre parece estar fundando el mundo en cada verso. Pero no con los ojos del día, sino con los ojos ciegos (no es un chiste) que tocan sin ver las certezas del sueño. Se tiene con Borges, con la poesía de Borges (pero hasta sus relatos colosales no son más que poemas que transigen a otro ritmo y otra longitud para poder contarse bien), se tiene, con una abrumadora mayoría de estos poemas, la sensación alerta de tantear con los ojos del sueño una verdad que no deja nunca de decirse, y que jamás terminará de revelarse del todo. (En los claroscuros, la detonación de los contrarios, la conciliación de los polos, el Todo que es Nada y vuelve a serlo todo, sabe siempre Borges encontrar su melodía: como todos los sabios desde, al menos, Lao Tse).

La palabra sueño cifra el álgebra toda de Borges. La intuición de que la realidad que percibimos no es sino otra capa más del laberinto inextricable de la vida (de la Vida en toda su inabarcable Vastedad); hasta la certidumbre indemostrable, pero irreparable, de que el Tiempo es un sueño y de que ese Sueño es la medida que el Tiempo usa para vivirnos. El sueño es otro laberinto de Borges, y la vida la escalera de niebla que nos va llevando de una a otra estancia de la biblioteca, sin cesar, sin principio ni final, siendo uno y todos al mismo tiempo, pues todos los hombres serían todos los hombres alguna vez. El Tiempo nos está soñando, y nosotros soñándolo a él: “…Sentir que la vigilia es otro sueño / que sueña no soñar y que la muerte / que teme nuestra carne es esa muerte / de cada noche, que se llama sueño… [de modo que sólo queda] …convertir el ultraje de los años / en una música, un rumor y un símbolo”.

Ya desde su primerísimo libro, Fervor de Buenos Aires (1923), esa intimidad silente, el diálogo secreto con una ciudad que existe y no existe a la vez, pues la sueña al vivirla y viceversa. No deja de ser exótico que un poeta dedique sus primeros libros al amor a una ciudad, y no al de una mujer, al de un hombre, al de sus muertos o sus fantasmas más testarudos; y bien: es que su cosmogonía no le deja ni desde los veintitantos años ceñirse sólo a un aspecto del mandala de su vida, del ajedrez que ya va entretejiendo su memoria y su anhelo. De modo que Buenos Aires es ya, desde el principio, el lugar del Aleph en que ver todo su Tiempo junto: “No nos une el amor sino el espanto; / será por eso que la quiero tanto”, escribiría mucho después, en espiral siempre hacia el origen.

Los temas, los temas en Borges: “fantasmas hambrientos”, precisó él mismo (implacable) en alguna ocasión. Los espectros insaciables de Borges serán, ya lo hemos dicho, por encima de todo y de todos, el sueño y el tiempo, el Tiempo y el Sueño; la conjetura cósmica. Los laberintos y los patios, el tigre y el ajedrez, los crepúsculos y Buenos Aires, el Norte y las espadas, la música y los heterónimos no son sino hermosos arabescos que remiten una y otra vez a ese mismo único asunto, que es también, a qué decirlo, el asunto único de todos nosotros, los invitados a este festival de humilde trascendencia que es la obra entera de Borges. Rara vez un escriba así, dijimos al principio: rara vez, también, un artista que sepa armonizar de tal forma el sutil equilibrio entre la erudición y la emoción, la conjetura y la aventura; ése del que depende hacer al lector un cómplice insobornable, y no un mero espectador maravillado o abrumado o confundido por trucos que en realidad ni le tocan ni se notan ni traspasan.

Él solo es una “vasta literatura”, como dijera él mismo sobre Quevedo. Y de Quevedo heredó Borges cierto oído, cierto ritmo y ciertas notas. El argentino fue –es– un sonetista magnífico, muy astuto a la hora de desarrollar sus temas con una resonancia que remite frecuentemente, de manera subterránea, a nuestro siglo llamado de Oro; habiéndose escrito ayer, resulta antiguo, y siendo antiguo resulta atemporal: Quevedo ahí al fondo, de forma tenaz, cuando dicta por ejemplo que “Sólo una cosa no hay. Es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria / y cifra en Su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido…”. “…sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido: / esa fragua, esa luna y esa tarde”.

Un oído proverbial para verter en cada poema, como en un cántaro, el cántico que escucha. Discípulo de Quevedo, pero también del abuelo Walt Whitman y su verso libre, o mejor dicho verso desatado, interminable como los ríos de América.

“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición…
(…) Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo…

(El amenazado, de ‘El oro de los tigres’)

‘En las grietas’

En el prólogo a La cifra, ya en 1981 [sólo con sus prólogos, con un puñado de frases, se podría dictar una cátedra sobre cómo escribir poesía, o sobre cómo no escribirla] finge confesar su incapacidad para “la curiosa metáfora”. Finge, porque él mejor que nadie supo alguna vez qué es una metáfora y cómo funciona esa orfebrería. Pero entendemos lo que quiere decir: en muchas ocasiones no es una metáfora al uso lo que hace: es una declaración, una testificación, un señalar a la pared blanca para informar de que es efectivamente blanca, y no una manera de remedar el blanco; lo más cercano a descifrar el enigma. Es verdad, no son metáforas; son visiones fulgurantes que sin llegar a compararse con nada son exactas como un número: son descubrimientos. Lo que hay entre “los dos crepúsculos” (el alba y el ocaso) es una servidumbre; “la silenciosa amistad de la luna” no es un juego de palabras, es una ley o un anhelo de todos. Y así: “las pequeñas magias del miedo” (porque el miedo engaña siempre), “la ignorante aurora” (pues siempre es inocente, la aurora, de lo que sucedió ayer), “el olvido, que es el modo más pobre del misterio”; “la lluvia… una cosa / que sin duda sucede en el pasado”… y hasta el gato, habitante de un Tiempo propio: “el dueño / de un ámbito cerrado como un sueño”.

Descreía de escuelas, de corrientes, de clasificaciones literarias (“artificios didácticos”), pero su poética es diáfana. La existencia le susurra en sueños su caligrafía encriptada, y la visión no es la visión sino el símbolo de lo que se oculta detrás. Es un oráculo, y al mismo tiempo sólo un ciego mirando sin ver las estrellas: como todos los hombres, pero sintiendo la palpitación sagrada, el secreto vínculo, la reunión. Son las sagradas escrituras de cualquiera de nosotros, que podemos ser (acaso fuimos, seremos) Alonso Quijano sabiéndose soñado por un soldado pobre y manco, Boabdil despidiéndose de la tarde de la Alhambra, y la Alhambra misma, el guerrero remoto del norte y de la bruma, Sherezade y su relato infinito, y aquel que algún día desfallecerá en el amor imposible de Matilde Urbach. Es una voz adormecida susurrándonos que, pues todo morirá, todo vivirá siempre, y todo lo que tanto importa no importa nada. Algunos verán con horror esta serenidad; otros, la más limpia redención ante un universo que no necesitamos entender, a la postre, para sabernos parte gozosa y trágica de la trama incognoscible:

Para una versión del I-Ching

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable

cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
Nada nos dice adiós. Nada nos deja.

No te rindas. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro

puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.

Por Miguel A. Ortega Lucas

Maria Victoria Atencia

Hablando de… María Victoria Atencia

Escribe en el prólogo de «Ex Libris» el poeta Guillermo Carnero refiriéndose a la evolución de la escritura de la poeta; en su segundo momento creativo.

«Ha desaparecido todo rastro de pensamiento «idílico» …………….

Ha habido importantes transformaciones como son cierta desazón imprecisable, la constatación del transcurso del tiempo, en lo que tiene de pérdida de vida propia, y el predominio de la reflexión ética sobre la contemplación del mundo externo.

Además, existe una persistente ocultación de las motivaciones reales y biográficas, que dan razón de mayor calidad y elaboración literaria (no en cuanto a manipulaciones retóricas, sino a una elaboración intuitiva que realiza la sensibilidad en una labor de connotación de referentes biográficos que, sin embargo, no van a ser nombrados directamente).

El poema se vuelve breve y sintético, se hace parábola y símbolo.

Así se llega a la clave de la poesía contemporánea —continúa Guillermo Carnero—:

Decirse el autor a sí mismo sin nombrar directamente ni el yo ni su propia historia. El lenguaje romántico es omitido en su manifestación más elemental, presente, sin embargo, en la selección de determinados elementos objetivos desde una perspectiva de resonancias afectivas.

La expresión literaria se ve enriquecida tanto para el autor como para el lector, evitando la reincidencia en los tópicos del lenguaje del yo lírico enfrentado a permanentes cuestiones propias de la existencia humana. Precisamente, la expresión poética existe gracias a la distancia entre esas cuestiones y su formulación indirecta. De la tensión entre decirse y no nombrarse; ese doble juego de fuerzas.

El poema no existiría si el yo del autor no seleccionara intuitivamente los disfraces por medio de los que va a expresarse ocultándose, como tampoco existiría si el recurso a la no subjetividad llevara tan solo a la instalación de un decorado desprovisto de motivaciones personales.


París, punto y aparte

 

—Supongo que te sonará Woodstock… —dijo Gunhilda haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza—

—Me lo imaginaba, lo viviste de cerca, en el mejor sitio posible, aquella época hippy… Cuéntame qué recuerdos te quedan de todo aquello. Visto en perspectiva, pienso que allí había una especie de espiritualidad, una filosofía de vida, un ímpetu de cambio de la sociedad… Yo, estoy segura de que hubiera participado, si hubiera estado allí.

—Woodstock, vamos a decir, que fue el punto álgido de aquella época. Llovió torrencialmente y aún y todo nos mantuvimos entre el barro, confiando en nuestro poder, seguros de conseguir que parase la lluvia, seguros de que llegaríamos a dominar todas las fuerzas de la naturaleza, de que conseguiríamos cambiar el mundo, de que conquistaríamos definitivamente la paz y la libertad. Fue como un espejismo. Yo por mi parte —tenía veintinueve años entonces— me daba cuenta de que se iba desmoronando nuestra fuerza pacifista. Aunque el mensaje continuaba vivo, sin embargo, las respuestas a las preguntas que nos hacíamos entonces y a las que todavía hoy se hace la humanidad, siguen estando —como decía Dylan— flotando en el viento. Por allí pasaron músicos como Joan Báez, Janis Joplin, The Who y muchos otros, ¡Ah! Y Hendrix., Jimmy Hendrix con una actuación final memorable. Fue una experiencia muy fuerte que nos dejó “tocados” en muchos sentidos a todos los de nuestra generación.

Aquel momento supuso un punto y aparte en mi vida. Preparaba el salto a Europa con mis amigos, en realidad iba a ser un viaje de iniciación para todos; para Leo y Daniella —la familia de él era italiana y los abuelos de Daniella vivían en una isla griega. También para Martin que era de origen francés y había estudiado Arte en Canadá, —habíamos preparado la tesis con el mismo tutor— pero su sueño era volver a Europa e instalarse en París. Él y yo nos queríamos mucho, pero yo no estaba dispuesta a comprometerme con nadie, simplemente disfrutábamos de una convivencia amable y divertida. Lo único que teníamos previsto era la fecha de inicio del viaje, volaríamos de San Francisco a Nueva York y de allí a Madrid.

—¿Quieres decir que no teníais una ruta predeterminada? ¿Unos tiempos de estancia en cada país? Debe de ser difícil compaginar los intereses de cuatro personas sobre la marcha, ¿no?

—Sí, en realidad no fue nada fácil. En Madrid alquilamos una furgoneta preparada para poder vivir los cuatro, pero el viaje se truncó antes de lo previsto. Discutíamos con Leo constantemente porque la droga estaba haciendo estragos en él y no quería darse cuenta.

—¡Qué me dices!, —le interrumpí, y cómo es que accedisteis a viajar con él si teníais el problema encima?

—En cierto modo, además de que todos queríamos viajar a Europa, lo aceptamos pensando en que podríamos ayudarle a descolgarse lejos de aquel ambiente, y que las nuevas “rutinas”, —si un viaje de amigos por el mundo puede tener algo de “rutinario”— le devolverían el interés por vivir. Su novia Daniella nos necesitaba en esos momentos y nosotros nos volcamos con la idea.

—Eso es verdadera amistad, Gunhilda. Supongo que hace falta mucho coraje y generosidad para llevar adelante un proyecto de ese calibre.

—La verdad es que sí. Pero estuvimos dispuestos a ello. Había entre nosotros un cariño y una camaradería que podía con todo, y lo más importante era que confiábamos en nosotros mismos… y en él—.

Madrid y Barcelona fueron dos grandes ciudades en las que nos encontramos cara a cara con el Arte de los grandes maestros. Visitamos museos, pero también descubrimos la arquitectura en las calles, la vida bohemia, la nocturnidad, la buena comida, las fiestas populares… Veníamos de otro mundo y estábamos impresionados. A lo largo de la ruta francesa por la Costa Azul, además de conocer ciudades como, Saint Tropez, Cannes, Niza o Montecarlo en Mónaco, íbamos parando en pequeños pueblos costeros, en algunos encaramados a las rocas —nos encantó Éze—, nos bañamos, incluso dormimos alguna noche al aire libre en playas paradisíacas, visitamos las ruinas romanas en Arlés y, de verdad que ahora no puedo recordar los nombres de los pueblos medievales que visitamos con sus coloridos mercados en los que comprábamos frutas y verduras frescas para las comidas. Nos perdíamos por carreteras comarcales serpenteantes y, con todas las ventanillas abiertas y nuestra música preferida a tope, nos dejábamos seducir por los aromas y el color de los campos de lavanda. Nos encantaban las charlas con los lugareños. En general nos recibían con amabilidad, a veces compartíamos unos vinos con ellos —quizás por la curiosidad que sentían por nosotros— y nos hacían recomendaciones de rincones especiales de sus pueblos que no aparecían en las guías de viajes.

A pesar de lo maravilloso que pueda parecer contado ahora, no fue fácil. Ya te lo he dicho antes. —suspiró Gunhilda como necesitando un descanso—. Leo desaparecía a ratos entre calles, y más de un día nos lo encontrábamos, al volver a la furgoneta, “colgado” casi sin pulso. Lo mismo de siempre, a urgencias, a esperar a un diagnóstico de sobra conocido y volver a darle otra oportunidad a su arrepentimiento apenas convincente. Pero lo teníamos que hacer por él y por Daniella. Llegó un momento en el que nos planteamos seguir cada uno nuestro camino porque Leo, aunque —cuando estaba centrado— nos agradecía el esfuerzo que estábamos haciendo, se escudaba en que le fallaba la voluntad —como si la fuerza de voluntad fuera ajena a él—. La tensión llegó a convertir aquel ambiente en irrespirable. Decidimos llegar juntos hasta Florencia y allí reconsiderar el viaje.

Pero no llegamos a destino. Entrando en Italia recordé que la madre de mi amiga Rita que era italiana, además de otras recomendaciones me había hablado especialmente de la famosa Pigna, el casco antiguo de San Remo. Daniella y Leo se excusaron y prefirieron ir por su lado para solucionar algún contencioso que les ocupaba aquella tarde. Paseamos Martin y yo por las callejas iluminadas como de cuento, por el puerto y los jardines, nos comimos una pizza auténtica y cuando volvimos a la furgoneta nos encontramos con Daniella viendo la televisión arrebujada en el sofá cubierta con una manta.

—¿Qué pasa Daniella? —preguntamos a la vez, asustados. ¿Dónde está Leo?

—Hemos discutido. Ha dicho que volverá más tarde, que necesitaba estar solo.

—Pero… ¿Dónde se supone que lo has dejado? —Preguntó Martin— ¿Por dónde habéis andado? ¿Estaba bien o estaba tocado? ¡Ostias, me cago en la puta…! —explotó Martin dando un golpe en la mesa— Me voy a ver si lo encuentro. Vosotras esperar aquí, ¿vale?

Daniella estaba como traspuesta, no tenía ganas de hablar de nada y yo respeté su silencio, me senté a su lado y la abracé, sin saber qué más hacer. La espera se hizo eterna, salimos a la calle a respirar por los alrededores de la furgoneta, estábamos en un parque bien iluminado donde había grupos de jóvenes sentados en el césped con su propia juerga. Cuando ya no quedaba nadie, nos fuimos a dormir aunque ninguna de las dos podía conciliar el sueño.

Martin entró en la furgoneta solo, su cara era el gesto del dolor, de la rabia, de la furia, de la crispación.

—¡No ha podido superar la última dosis de heroína! —balbuceó—

Y lloró, lloró de desesperación durante muchas horas aquella noche tumbado boca abajo en la cama. La muerte de Leo nos hundió en la negrura de la culpabilidad. Nosotros habíamos fracasado y él estaba muerto. Nunca hasta aquel momento habíamos pensado en ello. Nos habíamos embarcado en el viaje sintiéndonos solidarios, poderosos, triunfantes; nos creíamos capaces de dominar todas las pasiones… Y ahí estábamos sin comprender nada. Habíamos fracasado. ¡Leo había muerto!

La policía italiana nos ayudó con los trámites, telegrafió a la familia y el consulado de Estados Unidos en Milan resolvió que el cuerpo quedara enterrado en el cementerio de la ciudad. Fue más doloroso todavía saber que los padres renunciaban al traslado de su hijo a casa…

Daniella optó por volver a San Francisco y Martin y yo no estábamos en condiciones de continuar el viaje hacia ninguna parte, estábamos noqueados. Pasamos noches en blanco hablando de nuestras opciones, nos sentíamos como náufragos en una isla desierta en mitad de un océano de inseguridades. Quizás nuestra salvación fue entonces estar juntos en aquellos momentos de ruina total.

—Gunhilda, —dijo un Martin derrumbado al que nunca había visto antes así— estamos a ochocientos kilómetros de París. Sugiero que contactemos con mi familia allí. —Siento que estamos necesitando algún tipo de protección, aunque solo sea temporal, el desapego familiar me pesa ahora como una losa… —dijo con una media sonrisa mirándome y esperando mi respuesta—

—Podría hablar con ellos para ver si nos pueden buscar algún sitio para dormir cerca de su casa y nos quedamos con ellos unos días. Estoy seguro de que nos vendrá bien a los dos descansar un poco.

No tengo muy claro si accedí por él o por mí. Estábamos tan consternados y desorientados que nos daba igual ir hacia el norte o hacia el sur, despertar o morirnos.

Vivían en Villene sur Seine, un pequeño pueblo a media hora escasa de París. Durante el viaje Martin me fue hablando de ellos. Eran un matrimonio con un hijo, —la mujer hermana de su padre—. Habían mantenido buena relación con ellos a pesar de la distancia. Martin y su primo Fabian habían sido compañeros de juegos de pequeños, después tomaron caminos diferentes. Martin se marchó con sus padres a Canadá donde ellos se establecieron y él estudió Bellas Artes. Terminó el último curso y la tesis en Standord. Fabian, sin embargo, vivió la revolución del 68 en París, era una persona muy especial, con una gran sensibilidad por el Arte, se ganaba algún dinero vendiendo cuadros en la calle además de ayudar a sus padres en la tienda de las flores. En aquella época vivía solo porque la pareja con la que había compartido los dos últimos años decidió marcharse a vivir a Sudáfrica y él no estaba dispuesto a seguirla. Se identificaba bien con la vida bohemia de París.

Nos recibieron con cariño y respeto. Comprendieron bien la situación por la que estábamos pasando y su compañía nos ayudó a ir superando el duelo. Fueron unos días de descanso, de reflexión y de charlas filosóficas interminables visitando la Provenza francesa. Nos hicieron valorar y disfrutar del ambiente familiar al que, en realidad, no estábamos acostumbrados. La forma de vida, su ritmo, sus intereses, sus preocupaciones, eran bien distintas a lo que habíamos vivido hasta entonces. Les ayudábamos un rato por las mañanas en los trabajos del campo y después de comer y descansar un rato salíamos a pasear por los alrededores.

Desde allí había media hora en coche hasta el centro de París, y la tienda de las flores de los tíos de Martin estaba en la calle Saint Péres. en pleno Barrio Latino. La ciudad tuvo mucho que ver con nuestra recuperación. Nos fue conquistando día a día hasta que llegó un momento en el que decidimos instalarnos. Tuvimos mucha suerte de encontrar una buhardilla en alquiler en la plaza de los Vosgos que se acababa de quedar vacía. Vendimos la furgoneta a cambio de un coche convencional y nos dedicamos a buscar trabajo.

—¡Mamá Louise! —exclamé—. Sentí un escalofrío al oìr su voz al otro lado del teléfono—.

Noté la emoción en sus palabras, aunque su voz me llegaba desde lejos. La última vez que habíamos hablado fue desde Madrid para que supiera que ya habíamos llegado a Europa. Me contó que ya estaba trabajando en el proyecto del Ártico y vivía en Bergen. Se alegró de saber que estaba más cerca… La conversación me dejó pensativa unas cuantas horas después.

A Fabian se le abrió el cielo hablando con Martin sobre sus expectativas de futuro cuando le contó que su deseo era el de instalarse a vivir en París y buscar un trabajo relacionado con las Bellas Artes. Una noche terminando de cenar su tío dio unos toques con el tenedor en su copa, llamando nuestra atención y pidió que le prestáramos atención. Se dirigió a nosotros con voz grave.

—Martin, he hablado con mi mujer y con mi hijo. Quiero que sepas que estaríamos en condiciones de ofrecerte un puesto de trabajo en París. El local de las flores será de Fabian cuando nosotros no estemos y está amortizado. Hay metros suficientes como para ampliar el negocio y se le podría dar un giro actualizado contando con tu participación.

Martin me miró en silencio. —Yo no tenía mucho que decir allí—, pero me sorprendió muy gratamente la propuesta y sonreí encogiéndome de hombros. Vi el brillo en sus ojos antes de acomodarse en la silla y volver la mirada hacia su familia para responder con tranquilidad.

—Bien, —dijo, como pensándolo— Parece una buena idea en principio. Tendríamos que preparar un proyecto y estudiarlo juntos. Puede interesarme y agradezco de verdad que contéis conmigo.

El padre de Fabian nos invitó a brindar. La conversación continuó hasta bien entrada la noche. Formarían un tándem perfecto en el arte floral y la decoración de eventos.

A solas en la habitación hicimos el amor apasionadamente, la magia de las caricias invadía cada poro de nuestra piel desprotegida, el deseo brotaba como un animal insaciable en toda su locura… Aquella noche —continuó Gunhilda con una sonrisa nostálgica— hicimos arder el fuego con los restos del pasado. —Y continuó— París a su lado iba a cambiar radicalmente mi vida. Fue la experiencia más intensa que he vivido nunca —antes y después de aquellos días— Nos instalamos en una buhardilla en la Plaza de los Vosgos. Yo les ayudaba en la floristería con las gestiones, presupuestos y permisos para las obras, hasta que encontré un trabajo de dependienta en una tienda de delicatessen en uno de los mercados cercanos. Solo me duró dos meses porque una tarde, al salir, me abordó un chico —o quizás sería mejor decir un hombre, calculé que era algo mayor que yo, era de aspecto elegante y pulcro con una melena corta bien cuidada—.

—¡Hola! Me dijo atrayendo mi mirada. ¿Puedo interrumpirte?

Por un momento pensé que querría venderme algo…

—Me llamo David Holder, quizás te suene mi apellido porque veo que tu trabajo, de alguna forma, está relacionado con el mío.

—Pues ya lo siento —dije excusándome—

Se le veía educado y cercano, de esas personas que te hacen sentir cómodo a su lado. Recordé de repente que lo único que me sonaba de su apellido era una empresa fabricante de macarons —esos dulces típicos franceses—. No podía creer que aquel hombre del que yo había oído hablar tanto los dos últimos meses, estuviera ante mí solicitándome una cita. Dudé y dije:

—Bueno, ya me has interrumpido…. —Él sonrió.

—Comprendo que te parezca raro este encuentro. El tema es que he venido observándote durante días en tu puesto de trabajo y pienso que eres la persona que necesito para nuestra empresa. Disculpa que haya sido tan directo. Me gustaría hablar contigo tranquilamente del tema.

Acepté su compañía, todavía aturdida, mientras caminábamos por las estrechas calles a esa hora de la tarde en la que los comercios estaban a punto de cerrar y las cafeterías y los salones de té con sus terrazas iluminadas se llenaban de ambiente. No me invitó a sentarnos.

Se despidió tomándome de la mano y haciendo una leve reverencia. —tengo que reconocer que me sorprendió, pero me gustó; tampoco estaba acostumbrada a aquello— Quedamos en que me recibiría en su despacho de los Campos Elíseos el día siguiente al terminar mi jornada. Me ofreció un sobre con información de la empresa, la historia de la familia fundadora y un cuidado catálogo de sus productos. Me quedé parada viéndolo marchar; —parada como si alguien me hubiera tocado con una varita mágica y no supiera qué hacer—. Subí las escaleras de casa despacio mientras leía incrédula: “La historia de las “tea-rooms” de París está ligada íntimamente a la familia Ladurée. Todo empezó en 1862 cuando…”

Había empezado mi futuro…


firma

Música y marihuana

Yo temía el momento de volver de vacaciones. Procuraba que nuestros planes turísticos terminaran cada día unos minutos antes, para poder acudir a mi encuentro con la mujer que llevaba en su interior el libro que yo deseaba escribir. También notaba en ella una ilusión creciente, una especie de complicidad, que se hacía más intensa a medida que llegaba a la narración de su propia vida.

Los reflejos de su juventud asomaban entre sus canas y sus cuidadas arrugas.

—Recuerdo que te conocí pegada a una botella de Bourbon —le dije.

Mi comentario le hizo soltar una amplia carcajada.

—¡Es verdad! Tienes razón —dijo, mientras reíamos juntas—. A dejar la bebida me ayudaste tú, ya es hora de que lo sepas, mi querida amiga.

—No sé si yo he podido influir de alguna manera, pero el mérito en estas cosas es del que toma la decisión, así es que es todo tuyo; espero que cada día vayas sintiéndote mejor.

Le tomé de las manos y le pedí que siguiera con su relato. Se me estaban agotando los días de vacaciones. Hasta tal punto estaba yo embarcada en su historia, que estuve madurando la idea de pedir un permiso sin sueldo y quedarme, algún tiempo más en el valle, cuando mis amigos viajaran de vuelta.

Mis recuerdos de infancia —continuó con su mirada encendida—tienen más que ver con mis abuelos que con mis padres. No fui consciente de todo esto hasta pasados varios años. Sin embargo, era una niña feliz rodeada de amigos, lejos del ruido de las ciudades, la naturaleza era el paisaje de mis juegos, tal y como le hubiera gustado a mi madre. —Gunhilda se quedó pensativa unos segundos—.

En aquella época —continuó— yo pensaba que Ulma era mi madre y, de alguna manera lo era, aunque ella cada noche me contaba cuentos de historias verdaderas y también de leyendas de Noruega. Juntas rezábamos por Louise, la mujer que se había marchado no hacía mucho tiempo en un barco, para buscar una casa donde vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos para que algún día pudiéramos volver a verla.

Ulma cuidaba también de los abuelos. Ella les atendía como si fueran su propia familia. No tengo conciencia del momento en el que nos despedimos de ellos definitivamente. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí recuerdo el encuentro, al bajar del barco, con aquella mujer que lloraba desconsoladamente abrazándome, y yo no entendía por qué.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad, en una de las casitas agrupadas entre bosques y caminos y lagos. Ulma preparaba cada mañana el desayuno para las tres y después me acompañaba al colegio. Mamá Louise nos despedía soplando besos desde las palmas de sus manos, sin dejar de mirarnos, largo rato, mientras desaparecía en sentido contrario.

—Ulma, estoy pensando en cambiar de trabajo. —escuché decir un día a mamá Louise mientras cenábamos—. Estoy madurando la idea de dejar la enseñanza.

—¿Qué dices, Louise? —dijo Ulma espantada— Apenas han pasado unos meses desde el final de la guerra. Ahora que por fin hemos conseguido la estabilidad que nunca habíamos tenido, ¿se te ocurre ahora hacer saltar todo por los aires de nuevo?

—Precisamente por eso, la guerra ha terminado y el país parece recuperarse; algo se está moviendo. Habrá oportunidades de trabajo y a mí me gustaría dedicarme a algo más directamente relacionado con la naturaleza en lugar de a teorizar sobre ella en las aulas. Siento que ya he cumplido con esta etapa y ahora necesito reiniciar nuestra vida: la tuya, la de la niña y la mía. No me niegues que siga apostando por ello.

—Estaré contigo siempre que me necesites. —Dijo Ulma con un suspiro y una sonrisa maternal.

Así fue cómo cambió mi vida, —dijo Gunhilda, dando una palmada alegre en la mesa— Sí querida, ahí comencé a madurar.

A mamá Ulma la perdimos cuando yo tenía doce años. Hasta entonces no había sido del todo consciente de la fortaleza y del amor incondicional que me habían ofrecido aquellas dos mujeres. Dejé de comer, no quería ir al colegio, me refugié con mi tristeza por primera vez en brazos de mamá Louise. La muerte no entraba en mi esquema mental, odié a los médicos cuando dijeron que no podían hacer nada por ella… y la dejaron morir así, sin más, en el frío de una habitación de hospital. No sirvieron de nada nuestros besos…

Quizás alguna vez eché en falta tener un padre. Eso era cuando veía a mis amigos del colegio aprendiendo a jugar al béisbol. Me quedaba algunas tardes después de las clases, mirando embobada a los hombres; y a los niños muerta de envidia. Yo no tenía padre que me enseñara a jugar. Decidí por entonces que lo que yo deseaba era tener un hermano mayor…

—Recuerdo aquellas sensaciones como si fueran hoy… —añadió una Gunhilda risueña— Un poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera —y sonrió dedicándome un guiño.

Desde que me quedé sola con mamá Louise fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz, apasionada…, me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, de las religiones y también de las guerras… —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa— De la maldad de la crueldad y del miedo…

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en Setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Me parecía mentira mi propia historia. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida de mi nacimiento rodeada de muerte, o haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente, porque no pudo soportar el horror de los crímenes cometidos —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su puesto en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como responsable en el Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; las secuoyas, los glaciares, las reservas de las tribus indias. También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras hablaba por teléfono con mi amigo Thomas—.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado mi amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora sé que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la oscuridad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Porque yo iba a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era profesor, compañero de trabajo de mi madre que podía tener treinta años más que yo pero que fue el primer hombre con el que yo me sentía como una verdadera mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto, aunque simpático y con sentido del humor, atento y atractivo hasta no poder soportar su presencia cerca porque yo temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía soportar los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me mirara, a la vez, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el por qué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestras quejas y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad. Era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Era todo un personaje, recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la Guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de los soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía total en la que me distancié de mi madre, no soportaba sus críticas y sus recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y algo de libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, pero posiblemente pasen algunos años. Quizás sea mi último destino. Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que contar con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de atreverme a pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿va alguno más de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


firma

Turner

La pintura de Turner, aunque trágica, me resulta luminosa.

Por otra parte, tengo que reconocer mi admiración por la obra de María Victoria Atencia, su caudal creativo que me remite a los signos y sonidos de otro tiempo.

Recreo aquí la perfecta combinación lograda por esta imagen del pintor y el texto de la poeta.

Hay siempre una galerna en el rincón del lienzo por donde el mar se rompe que nos fuerza a adentrarnos en busca de la vida, aunque después las olas devuelvan nuestros restos contra el embarcadero…

Maria Victoria Atencia

 


Sombra

«…Cuando llegue el otoño, con rescate y silencio,
tú no marchitarás…»
Claudio Rodríguez


«Sombra de la amapola»

ANTES de que la luz llegue a su ansia
muy de mañana,
de que el pétalo se haga
voz de niñez,
vivo tu sombra alzada y sorprendida
de humildad, nunca oscura,
con sal y azúcar,
con su trino hacia el cielo,
herida y conmovida a ras de tierra.

Junto a la hierbabuena,
este pequeño nido
que está temblando, que está acariciando
el campo, dentro casi
del surco,
amapola sin humo,
tú, con tu sombra, sin desesperanza,
estás acompañando
mi olvido sin semilla.
Te estoy acompañando.
No estás sola.


Claudio Rodríguez
Fotografía @mjberistain

Arturo Pérez-Reverte

Agradezco a Veset la publicación de este texto.

Título: MI CONFUSA IMAGEN DE ARTURO PÉREZ-REVERTE

Derivas

Con frecuencia uno no debe esperar coherencia en los comportamientos, las personas somos contradictorias, dependientes de nuestras circunstancias en todo momento, no siempre las expectativas son confirmadas y ello ocurre no sólo por imprevistos externos sino por nuestros propios cambios de enfoque. En los escritores ocurre de forma más acusada porque quien escribe ficción es llevado por su mano hacia terrenos imprevistos, hacia simpatías convenientes o hacia conclusiones necesarias en su trama. También, en ocasiones, existen personas que por su naturaleza actúan frecuentemente de forma contradictoria.

Hace mucho tiempo, cuando terminé de leer ‘El húsar’, decidí seguir los trabajos de Arturo Pérez-Reverte . Tras ese pequeño gran relato, disfruté con ‘La tabla de Flandes, ‘La piel del tambor’, ‘La carta esférica’ , ‘La reina del Sur’ o con las aventuras del capitán Alatriste. Pérez-Reverte es de esos escritores afortunados que tienen el talento esencial del narrador y lo saben utilizar.

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Escritura

Descubro el dolor de la primavera
en el límite confuso del camino.

Hemos transitado la misma tierra, recorrido estos caminos tantas veces… Hemos sentido crujir el dolor de la primavera bajo nuestros pies en la inocencia de que nos traería un verano luminoso, de que el otoño sería uno de los momentos más hermosos del proceso natural de la vida, de que la conciencia de la muerte nos iluminaría el tránsito natural hacia una nueva oportunidad de nuestro ser. Y que descansaríamos bajo el paisaje nevado de un invierno que envolvería al mundo mientras se regenerara para hacerlo resurgir en una nueva existencia…

Observo esta piedra y me siento a su lado a reflexionar.

¿Qué significan esos signos?
¿Quién, por qué los escribió?

¡Qué importa!

Contemplando la escritura pienso en signos sagrados de alguna huella humana que hoy me convoca. Mensajes llegados de otras latitudes que volaron como cuerpos evanescentes, nocturnos, porque la vida amenazara con borrarlos.

Sobre sus trazos trazo líneas figuradas con las yemas de mis dedos intentando descubrir su significado. No comprendo.

Entonces recuerdo palabras de uno de mis poetas preferidos:

HERMANDAD

Duro poco y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba; las estrellas escriben.
Sin entender comprendo,
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

Octavio Paz

Fotografía Bowey Yang


Agua

No bebo agua. No lo tengo prohibido, es más; lo tengo recetado por mi médico de familia. Trata de convencerme diciéndome que mis riñones son la parte más importante de mi organismo, pero no sabe que la parte más importante de mí, es el corazón. No bebo agua por prescripción médica, bebo agua porque sé que soy agua y que necesito reponer mi energía. El agua debería de ser mi alimento esencial, mi alimento preferido, pero siento decir que, hasta la fecha, mi alimento preferido es el chocolate. ¡No puedo evitarlo!


Bebo agua corto fruta
Hundo las manos en los follajes del viento
Los limoneros riegan el polen del verano
Pájaros verdes rasgan mis sueños
Me voy con una mirada
Una amplia mirada en la que el mundo vuelve a ser
Bello desde el principio a la medida del corazón.

Poema del poeta griego Odysséas Elytis. (Premio Nobel Literatura 1979)

Del Blog de Triana, con mi agradecimiento.
Imagen de autor desconocido.


Materia y Luz

He buscado y he hallado cosas, valores o temas como la tolerancia, el diálogo con la luz, el aroma de las piedras, la luz negra… en el espacio sin tiempo de Chillida Leku y en los materiales con los que el Artista materializaba su obra.

Acero, Granito, Hierro, Yeso, Alabastro, Madera, Tierra, Tinta negra, Papel

Oxidación, Exfoliación, Humectación

Espacio, Tiempo, Materia, Espíritu, Resonancia, Gravedad, Límite, Vacío

Sueño, Utopía, Unión, Intuición,

Paz, Tolerancia, Fraternidad, Libertad

Caserío, Hogar, Raíces, Interior, Frondosidad, Escuchar, Viento, Luz

Y la música…

de Vivaldi, Mozart y especialmente de Bach, que muestran su relación con la armonía, el ritmo y el sonido.


Más allá, lo profundo es el aire (de Cántico)

Este verso de su gran amigo el poeta Jorge Guillén, conecta con el Artista que lo interpreta y lo trabajará en su obra como «vacío».

en su primera escultura en alabastro titulada «Mendi huts» (montaña vacía)

en el interior del granito respetando, por contraste, su exterior rugoso natural.

en la contraposición de lleno y vacío de su escultura titulada «Buscando la luz» (en sentido físico, poético y espiritual)

en su proyecto irrealizado en la montaña Tindaya en Fuerteventura. «Su espacio interior no sería visible desde fuera, pero los que penetraran en su corazón verían la luz del sol y de la luna, dentro de una montaña vacía volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente»

Sus palabras…

me siento como un árbol que está adecuado en su territorio, pero con los brazos abiertos al mundo

forjar un hierro es luchar contra él

doy mayor valor al conocer que al conocimiento

necesito el peso para rebelarme contra él

prefiero esculpir antes que modelar, las esculturas brotan del yeso seco

tengo las manos de ayer, me faltan las de mañana

Consciente de que la materia iba hacia abajo por ley natural, intuía que el espíritu iba hacia arriba, trabajaba la idea de dar ligereza a las voluminosas masas de piedra o acero dotándolas de una espiritualidad que las elevara por encima de su ser.


Fotografía @mjberistain
Apuntes de la Guía General de Chillida Leku

Ante el espejo

«Escribo poesía porque no escribo un Diario»,
contesté con humildad cuando me preguntaron por qué escribía. MJB

Rescato de Babelia la voz de una de las mujeres que se dedica a la investigación, estudio y divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

Del texto de ANNA CABALLÉ escritora, crítica literaria y profesora universitaria española.
Su línea de investigación es el estudio y la divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

ANDRÉ GIDE FUE NOVELISTA, POETA, VIAJERO Y PREMIO NOBEL (1947)
LA OBRA DE SU VIDA FUE SU MONUMENTAL DIARIO ÍNTIMO

André Gide logró dejar una huella imborrable en la literatura autobiográfica del siglo XX.
En España, nombres como Jaime Gil de Biedma, Juan Goytisolo, Carlos Barral o Terenci Moix fueron deudores de su obra, en la que alternó la crónica política del tiempo convulso que le tocó vivir con la exposición de sus dilemas mas íntimos.

Gide reflejó en su escritura el conflicto entre deber y placer, “Lejos de negar o de ocultar su uranismo, lo declara, y casi podría decirse que se jacta de él. Dice que las mujeres nunca le han gustado más que espiritualmente, y que solo ha conocido el amor con los hombres”

André Gide (1869-1951) tiene 18 años y está en clase de retórica en París, en la Escuela Alsaciana. Lleva un diario desde el 4 de octubre (1887). Es su primer cuaderno. Meses después mantiene una importante conversación con un compañero de clase que, como él, siente con intensidad su vocación literaria. Se llama Pierre Louis. Los dos jóvenes intercambian confidencias sobre sus respectivos proyectos y Louis le lee algunos pasajes de su diario. Gide queda vivamente impresionado y se reprochará no haberse tomado con la debida seriedad su vocación: “Ayer noche vi a Louis y me dio vergüenza. Tiene el valor de escribir y yo no me atrevo. ¿Qué es lo que me falta? Y, sin embargo, cuántas cosas bullen en mí y reclaman cristalizar en el papel. ¡Tengo miedo! Tengo miedo de que al poner por escrito la frágil y fugaz idea la eche a perder, le dé la rigidez de la muerte, como esas mariposas a las que se extienden las alas sobre la mesa y que solo son bellas cuando vuelan” (15 de mayo de 1888).

Louis también dará cuenta de la conversación con Gide en su diario y ahora disponemos de la oportunidad de conocer los dos ecos generados por un mismo encuentro. Pero es que el diario de Gide es uno de los casos más fantásticos que se conocen en relación con los estudios sobre el género, pues una amiga suya, Maria Van Rysselberghe (la Petite Dame), tomaría la decisión en 1918 de llevar un diario paralelo al del autor de El inmoralista y lo mantuvo hasta la muerte del escritor, en 1951, asumiendo el papel de un Eckermann frente a Goethe. La función de sus cuadernos queda definida en una anotación de 1927: “He emprendido estas anotaciones con la idea de que puedan servir de fuente, de referencia, de testimonio a aquellos que un día quieran escribir la verdadera historia de André Gide”. Es decir, que el Diario del escritor se convierte en el centro generador de una pléyade de otros diarios —Charles du Bos, Martin du Gard, Eugène Dabit, Pierre Herbart, Louis Guilloux…— en los que resuena tanto su voz autorial como su influencia. Incluso la que en 1895 sería su esposa, Madeleine Rondeaux, llevó un diario en su adolescencia donde aparece su primo, del que estaba profundamente enamorada. Cuántas veces la realidad va más allá de la ficción y es más interesante, pues esa sinergia creada en torno al diario gideano realiza espontáneamente, como señala Philippe Lejeune en Un journal à soi, el sistema del “punto de vista múltiple” que se halla en el centro narrativo no solo de su obra más reconocida, Los monederos falsos (1925), sino de muchos otros ejercicios narrativos: anteriormente, por ejemplo, había remodelado su diario de adolescencia atribuyéndoselo a su héroe y alter ego en los Cahiers d’André Walter (1891).

Es decir, estamos ante un caso verdaderamente prodigioso de irradiación del diario gideano; uno de los esfuerzos más completos que han podido tentar a un hombre para comprenderse a sí mismo y explicarse ante los demás. Una simple muestra de su vasta influencia nos la proporcionan poetas como Carlos Barral y, sobre todo, Jaime Gil de Biedma, ambos autores de sendos diarios escritos bajo su modelo e inspiración, por no hablar de Juan Goytisolo o Terenci Moix.

Soy una entusiasta defensora de las ediciones íntegras de los diarios, aunque tengan miles de páginas (casi diría que mejor). Es la única manera de hacerse con el verdadero ritmo de una práctica caracterizada por la reflexividad. La única manera de ahondar en la frecuencia, los hábitos, el ritmo, la modulación de los temas que van surgiendo y las constantes que vertebran la escritura. Nada mas fluctuante que el ritmo de un diario, sometido a todas las variaciones de la vida cotidiana: la única manera de poder apreciarlo es dejarse llevar por sus ondulaciones, sus reiteraciones, sus caídas de ánimo, los éxtasis, las incertidumbres. “No vale la pena escribir el diario cada día, cada año; lo que importa es que en determinado periodo de la vida sea muy preciso y escrupuloso. Si he dejado de escribirlo durante largo tiempo es porque mis emociones se estaban volviendo demasiado complicadas” (3 de junio de 1893). Complicación para Gide significa riesgo de caer en una excesiva elaboración de sus sentimientos y, por tanto, falta de autenticidad. El que fue poeta de la vida y de la energía se interrogará siempre sobre la sinceridad de su escritura. Y es que la máquina gideana no conoce el reposo, la satisfacción, la tranquila explotación de los logros. De modo que su diario todo lo admite, todos los temas y vivencias caben en él, porque a todo estaba abierta su mente: “Recurro a este cuaderno para aprender a exigirme más”.

En el caso de Gide, basta leerle para que nos guíe hasta el fondo de lo que nos dice, —al no distinguir entre la vida y la obra, concibe esta última como “la vida de la vida”— se libra a la entrega moral de ser quien es hasta las últimas consecuencias. Además de sus muchas lecturas y viajes —incluidos los que hizo al Congo y a la URSS para terminar denunciando el colonialismo y el estalinismo—, de sus encuentros con figuras como Oscar Wilde o Marcel Proust, su amistad con Paul Valéry y Francis Jammes, y su papel al frente de La Nouvelle Revue Française, cruzando su Diario de punta a cabo descubrimos el conflicto que le condujo a convertirse en un pensador sobre la moral recibida y en un escritor implacable consigo mismo: la vivencia de la (homo) sexualidad.

Educado bajo la férula de su madre, la adinerada Julie Rondeaux, una mujer inteligente, suprema gobernanta de todo lo que ocurría en la casa familiar y acostumbrada a regirse por el principio del deber, Gide recibirá una educación basada en el aprendizaje de la sumisión. Del acatamiento a las normas exigidas por el conformismo burgués y que su madre representa como nadie. Negro sobre blanco: en este contexto de excelso puritanismo, el sexo es pecado, la carne es impura por naturaleza y la ley cristiana impone considerar el cuerpo como un saco de inmundicia. He aquí el drama íntimo de Gide: si no quiere perder el amor de su reverenciada madre, debe odiar tanto su cuerpo como la voluptuosidad que muy tempranamente anida en él. O bien debe aprender a mentir, a disimular, a enfrentarse a la pena negra que siempre causa lo que sabemos que debemos ocultar a los demás. Principio del deber vs. instinto del placer. Tanto en un caso como en el otro, Gide es o se ve culpable, es decir, un traidor a la gran causa familiar y de clase.

El largo ejercicio de desdoblamiento del yo que cruza su escritura le conducirá en un primer momento a una solución de compromiso por la que se siente feliz: deseo y amor, se dirá, son dimensiones distintas, mientras el primero aspira a la consumación, el segundo busca la duración. El deseo le conducirá a los brazos de jóvenes con los que experimentará la alegría del encuentro; el amor se lo garantiza el matrimonio contraído con su prima Madeleine Rondeaux, una especie de ancla ante la lava ardiente de su pasión. Esta es la teoría. En la práctica, la esperada comunión espiritual absoluta con su esposa —un matrimonio nunca consumado— exigiría enormes sacrificios y frustraciones por ambas partes. Exigiría el silencio. El hombre capaz de librarse a la aventura y a la franqueza de la amistad con una audacia inaudita, expuesta en Si la semilla no muere, es el mismo que practicará la diplomacia, la censura y la prudencia con su esposa —lo define como una “mutilación impía”—. Ambos sufren y callan, aunque Gide hará de su nomadismo el reverso de la frustración conyugal: “Solo deseo viajar”.

Consecuencia de la explosión diarística en Francia en torno a 1880, en algunos escritores germinaría la idea de escribir un diario y publicarlo “en caliente” (el caso paradigmático es el de Léon Bloy), convirtiéndose en cierto modo aquella escritura privada en una obra literaria. Indudablemente supuso una actitud moderna que conllevaría, sin embargo, un cambio estructural —una obra se construye, dispone de comienzo y cierre, tiene en cuenta el horizonte de lectura de su tiempo, mientras que un diario se acumula y puede no contemplarlo en absoluto—. Gide no pudo resistirse a la posibilidad de publicar sus cuadernos en vida, porque le permitía proyectar su voz en otro registro, aumentando la potencia de la polifonía literaria que constituye toda su obra y, en definitiva, seguir experimentando. De modo que en 1939 el Diario se publicaba, cuidadosamente censurado, en La Pléiade. Fue necesario un añadido póstumo en 1954, pero aquella edición contenía deturpaciones textuales de todo tipo. La edición de Debolsillo nos ofrece ahora la oportunidad de sumergirnos en aquel proyecto existencial que para el gran moralista francés fue explicarse y explicar a los demás las muchas contradicciones de su vida.

Ver el texto completo en la publicación de ANNA CABALLÉ en Babelia, El País. marzo 2021


El secreto está en la síntesis

Dice Jose María Guelbenzu: EL SECRETO ESTÁ EN LA SÍNTESIS

Se refiere al libro de Chris Offutt titulado «Lejos del bosque». Incluyo este texto entre mis páginas porque me ha resultado interesante su explicación sobre la escritura de cuentos.

Este breve volumen de cuentos no tiene desperdicio. Es también engañoso porque su aspecto hace pensar al lector que es una literatura sencilla, sin complicaciones; sencilla sí es, pero complicaciones las tiene todas. El aspirante a escritor tiende a pensar que esta manera de contar, a base de frases breves y cortantes que casi no dejan tomar aire y con un asunto central ya muy trajinado —la nostalgia del origen, la salida de la tierra natal, la imposibilidad del regreso e incluso el mismo regreso—, no ha de ser muy difícil a poco que uno se ciña con variantes a un cliché mental muy trajinado también.

Eso mismo he visto que les ocurría a muchos pre-escritores después de leer a Raymond Carver. Carver parecía escribir a la buena de Dios, sin preparación artillera alguna, pero tras muchos intentos de imitación descubrían que el enemigo —la escritura— seguía incólume, sin que la hubieran alcanzado ni de refilón siquiera con una frase.

Uno de los cuentos de Chris Offutt, el titulado ‘Prácticas de tiro’, comienza así: “Ray puso un leño sobre el bloque de madera y alzó el pesado mazo. El fresno seco se quebró sin dificultad. Sustituyó el mazo por el hacha y cortó listones finos que se curvaron alrededor de los nudos y cayeron al suelo. El esfuerzo aflojó la tensión que se había vuelto crónica desde su regreso a las montañas. Hacía ya varios años que se había ido de Kentucky y ahora deseaba haberse quedado en Detroit, en la cadena de montaje de la fábrica Chrysler”.

En este párrafo se ha contado una vida, un modo de vida y una idea de la vida. Nada menos. Es capaz de mostrar con precisión el ejercicio de un oficio y el resumen de la existencia del personaje; sólo hay que mostrar el trabajo y la historia del personaje de modo que la veamos físicamente; y todo con llaneza, como pedía maese Pedro, sin adornos ni explicaciones innecesarias. Cuando el aspirante a escritor emulaba a Carver siempre descubría que quizá no lo había hecho del todo mal, sólo que la magia carveriana no aparecía por ninguna parte. El secreto está en la síntesis de la experiencia y en el dominio de la sugerencia y de la elipsis. El párrafo que acabo de traer aquí no tiene su gracia en la brusquedad expresiva ni en la simplicidad de palabra, sino en lo que su apariencia delata.

Offutt es uno de esos tipos nacidos en una localidad inimportante y cerrada que abandona para ver qué hay más allá por el mundo y ejercer cualquier oficio que le produzca unos dólares. Y aprende gracias al paso del tiempo y afinando la mirada sobre la especie humana. La mirada es el arma más poderosa del escritor, la que le permite seleccionar y elegir y, después, trabajar con la expresión por la palabra.

Chris Offutt clava la mirada en historias inimportantes que contienen la conciencia elemental de la existencia, desgarradoras, emocionantes; y en un modo de relato que se instala en el cruce de la emoción con la sobriedad. Parece un narrador lacónico, pero golpea los sentimientos del lector y lo sacude para mostrarle la hondura singular e irrepetible de toda condición humana, valiéndose de unos personajes que llenan una buena parte de la mejor literatura: los perdedores. Sus relatos son poderosos y universales en su simplicidad por la misma razón que lo son los cuentos de Chéjov, tras el que se suceden todos los cuentistas americanos, de O. Henry y Ambrose Bierce a HemingwaySalinger o Tobias Wolff. Offutt pertenece a esa ya gloriosa tradición por derecho propio y este libro es una muestra perfecta de lo que digo.

Lejos del bosque Chris Offutt
Traducción de Javier Lucini
Sajalín, 2021. 128 páginas. 15 euros

Crítica Literaria: Jose María Guelbenzu
Publicado en Babelia – Marzo 2021


El Teatro de la poesía

Original publicado en el Blog de arena

Dice nuestro común amigo Borgeano:

Hace unos días, una amiga de la casa, Isabel Fernández de Quirós, quien presentó su nuevo libro de poemas Aire que rompe la niebla ―lo hizo, acorde a los tiempos que vivimos, de manera virtual; así que tenemos un excelente registro de ello. Quien quiera verlo puede acceder aquí y oír su poesía en su propia voz―, me dijo algo que me pareció perfecto como síntesis de lo que es la poesía: «Cada poema es una obra de teatro en miniatura, cuanto mejor se interprete más tocará el corazón del escuchante».

Poetikon

Yo siempre he abogado por la lectura poética en voz alta, cosa que sé que no es algo original, pero que de todos modos no siempre es compartido o aceptado (desde aquella tarde en que Tomás de Aquino vio a Anselmo leyendo sin mover los labios, día en que cambió la historia de la lectura para siempre, leer fue considerado un acto íntimo, personal y, sobre todo, silencioso. Después uno ve que sólo se cambió un hábito por otro y que el hábito terminó transformándose poco menos que en una superstición). Como sea, Isabel había dado en el clavo: la lectura poética en voz alta nos permite acceder a ciertas capas de sentido que a veces la lectura silenciosa nos veda. La puesta en escena, si se me permite la expresión, hace que pasemos a formar parte del poema y que éste pase a formar parte de nosotros mismos.

Claro está, esto nos permite, también, diferenciar un buen poema de uno malo (si los versos no están bien armados, medidos o musicalizados se hacen evidentes los ripios y los tropiezos) pero, sobre todo, nos permite, y esto es lo más importante, acceder mucho más profundamente a aquellos poemas buenos. Borges, creo que en el prólogo a su volumen de poesía completa, dice que el poema no está en el conjunto de signos impresos en una hoja, sino en el diálogo que se crea entre esos signos y el lector. La idea es hermosa y, por supuesto, altamente poética: el poema en sí no está ni en el libro ni en el lector, está en el puente que se teje entre ambos; y para ello se hace necesario este teatro en miniatura del que habla Isabel. Saber (aprender a) convertirnos en el ser capaz de transformar esos símbolos en poesía ya es motivo suficiente como para justificar, aunque sea por unos momentos, nuestra existencia.


Esta entrada pretende ser un homenaje a estas dos personas, Borgeano e Isabel, a quienes admiro profundamente por la calidad de sus diálogos y la profundidad de los temas que tratan. Agradezco sinceramente que nos permiten acercarnos a ellos desde esta ventana virtual.

imagen de portada pexels


La noche interrumpida

Jose María Guelbenzu escribe una reseña que define como «un edificio firma y lleno de resonancias» sobre esta novela de Rebecca West. La guardo entre mis páginas por la invitación que para mi supone leerla y por si a ti, que que has llegado hasta aquí, te interesa.


Rebecca West es una escritora inglesa cuya obra literaria ocupa un lugar de primer orden en la mejor literatura del siglo XX. Periodista, ensayista y novelista, publicó varios libros excepcionales: Cordero negro, halcón gris (Ediciones B), un mítico libro de viajes sobre la desmembración de Yugoslavia; Un reguero de pólvora, acerca de los juicios de Núremberg, y El significado de la traición, de las implicaciones éticas y morales de la traición, soberbio ensayo centrado en los fascistas ingleses y los espías ingleses de la Guerra Fría (ambos en Reino de Redonda). Su gran aportación a la literatura universal es la trilogía La familia Aubrey (Seix Barral) y la novela El regreso del soldado (Seix Barral, de próxima aparición). Estas novelas pueden medirse sin duda con la obra de una Iris Murdoch e incluso de la misma Virginia Woolf o la de algunos de sus coetáneos como E. M. Forster. Feminista admirable, de ideas socialistas y alejada de toda intransigencia fanática, era una mujer de considerable cultura y, por supuesto, inteligencia. La noche interrumpida es el segundo volumen de la trilogía de Aubrey y narra el paso de la infancia (tratado en el primer volumen) a la edad adulta en los cuatro jóvenes protagonistas.

La familia Aubrey se compone de un padre, Piers, hombre culto, extravagante e inconstante, siempre apurado económicamente debido a su mala cabeza; Clare, la madre, una excelente pianista apreciada por ­Brahms y ya retirada; sus hijos Cordelia, Mary y Rose (la narradora) y el pequeño Richard Quin, y Kate, la criada constante. Además, un grupo de secundarios entre los que destacan el bondadoso señor Morpugo, la señorita Beevor, la prima de la madre, Constance, y su hija Rosamund y el tío Len con su esposa y su hija Nancy. Todos ellos personajes trazados con un vigor y una penetración admirables.

A primera vista puede parecer una “novela de formación”, modelo alumbrado por el Romanticismo, pero se separa inmediatamente de esa convención. En primer lugar, porque es una obra del “crecimiento”, pues no se limita presentar a sus personajes desde sus hechos y actitudes, sino que se introduce en el mismo ser de su crecimiento y lo construye de adentro hacia afuera. Es mucho más que un bildungsroman, debido a las profundas y entreveradas complicaciones psicológicas, propias de la modernidad, que van conformando la esencia de ese “crecimiento” juvenil, complicaciones que aportan una sólida base de pensamiento a la novela (y aquí debo aclarar que, si bien creo que toda novela de fuste ha de tener pensamiento, también considero condición indispensable “que no se le deba notar”). Eso es justamente lo que consigue la propia narratividad del texto, pues tampoco es una “novela de ideas”. El poderoso análisis y desarrollo del “crecimiento” queda imbricado en la propia narratividad de la novela. El paso del bloque familiar a la individualidad de los hijos es el sustento de ese crecimiento, que va mucho más allá de la anécdota: contiene en sí el pensamiento de la autora, lo integra en la propia expresión literaria, interactúa a la perfección con el mundo en torno y lo sitúa en una dimensión creativa del más alto nivel.

El libro tiene una construcción ordenada, no complicada, y lo que destaca de inmediato es la riqueza expresiva tan impresionante sostenida por un lenguaje no menos rico no sólo en palabras y expresiones, sino en las descripciones y las imágenes literarias tan acabadas y precisas. Como ejemplo citaré la descripción del vuelo de una bandada de estorninos en la página 381, de un virtuosismo prodigioso. En otros muchos casos las descripciones están cargadas de un sentido que va más allá de la propia belleza de la descripción. Y no me resistiré a ejemplificar el poder de sus expresiones con un ejemplo: al referirse a un admirado profesor de música, al que, aunque algo le disgustase en los ejercicios de sus alumnos, ni siquiera entonces dejaba de apreciar sus habilidades musicales, dice: “Su oído era de una honestidad tal que ni su mente era capaz de doblegarla”. Y este es el momento de ponderar el esfuerzo de los traductores por trasladar a nuestra lengua la formidable carga expresiva del texto; es una escritura que tiene como exigencia referente a Henry James, a quien la autora ha leído con extrema exigencia.

Es una novela dividida en ocho partes, cada una de las cuales responde a una situación, lo que la convierte en una novela contenida. Ahí reside su encanto y su precisión. La novela está, como se suele decir en el argot literario, soberbiamente “amueblada”. La elección de narrador, siempre un punto fuerte en Rebecca West, es un acierto. Todo el juego de sentimientos que se entretejen en la novela la sostienen sobre una potente escritura de palabras que levantan la historia a semejanza de un edificio complejo y firme, pero lleno de resonancias que van quedando en la sensibilidad del lector con una convincente emoción y veracidad. Rebecca West pone entre ella y la parte de su propia realidad familiar en la que se apoya una firme distancia que la aleja de cualquier riesgo de caer en el relato de sí misma, una distancia a la que no es ajena su dominio de la palabra, pues con ella, y no con otro medio, es con lo que consigue establecerla: todo un acto de fe en la fuerza y la verdad del lenguaje.

Imagen Rodin


Solo un juego de palabras


Leo y releo en estos días de confinamiento. Y me detengo en cualquier punto del paisaje. Y retrocedo y así no termino nunca de terminar un libro que realmente me interesa; especialmente los relacionados con las vidas y circunstancias de los poetas a los que admiro.

Hablamos de Aleixandre, (más tarde os diré quién es el que habla…)

Aparece a última hora de la tarde, justo para llegar a tiempo a cenar. Parece cansado del viaje, pero las chispas en sus ojos siguen igual de azules y de vivas. Tan poco invasor, tan religiosamente atento a lo que le decimos, siempre me hace gracia la vehemencia que este hombre pone, de repente, en el relato más trivial. En cualquier revuelta del diálogo se le acelera la palabra, casi jadea, como si entre frase y frase tuviera que sumergirse, borboteando, para calar al fondo de la historia. Hoy nos contaba su paseo hasta la oficina de telégrafos, recién llegado, preguntando aquí y allá, y el inocente trayecto de manzana y media tomaba una solemnidad y una intensidad insospechadas. Lo oscuro de la noche y de los transeúntes, las ráfagas del viento y de los automóviles, la zarabanda de las luces, todo componía una especie de fantasmagoría, de realidad espectral —figuraciones y figuras—, a punto de perder pie definitivamente. Y el tono, y las inflexiones de la voz y el gesto, el inoíble pianissimo, suscitaban la idea de una expedición tremenda, misteriosamente significativa, lo mismo que la bajada de Orfeo a los infiernos.

Nunca le había oído leer poesía en público y me pareció admirable. Es además un estupendo explicador, que sabe perfectamente insinuar en los oyentes la atmósfera del poema. Aleixandre es un gran poeta.

J.Gil de Biedma


DESPUÉS DEL AMOR

Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,
como el silencio que queda después del amor,
yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo
hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.
Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir retraído.
Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace un instante,
en desorden, como lumbre cantaba.
El reposo consiente a la masa que perdió por el amor su forma continua,
para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de la llama,
convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites se rehace.

Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios,
delicadamente desnudos,
se sabe que la amada persiste en su vida.
Momentánea destrucción el amor, combustión que amenaza
al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,
sólo cuando desprendidos de sus lumbres deshechas
la miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la vida,
la silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad
nos llamaba.
He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,
opulento de su sangre serena, dorado reluce.
He aquí los senos, el vientre, su redondo muslo, su acabado pie,
y arriba los hombros, el cuello de suave pluma reciente,
la mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa nacido,
y la frente donde habita el pensamiento diario de nuestro
amor, que allí lúcido vela.
En medio, sellando el rostro nítido que la tarde amarilla caldea sin celo,
está la boca fina, rasgada, pura en las luces.
Oh temerosa llave del recinto del fuego.
Rozo tu delicada piel con estos dedos que temen y saben,
mientras pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.

V. Aleixandre


Reedición/Gil de Biedma

Jaime Gil de Biedma es uno de mis poetas de culto. Leo y releo sus textos, su tormentosa y corta vida poética y sin embargo de tal intensidad… —no es el único, pero sí muy interesante para mi—. He encontrado esta reseña de la reedición de «Las personas del verbo» que dejo entre mis apuntes por si a alguien pudiera interesarle. Ver el texto completo en el Blog Encuentros de Lecturas.


¿Noche aún?
Mas de antemano todo converge hacia el día.
Para exaltar su verano, el Alba, dudosa,
fía su claridad de rocío en tanto pálpito umbrío
bajo el azul, que después —lo sé bien— presidirá.

Canta el reloj. ¿Qué hora es?
La hora de una verdad.

Jaime Gil de Biedma
Poema titulado «Fe del Alba»
del libro «Retrato del Artista»


El volumen del libro «Las personas del verbo» comprende los libros Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968) y se completa con un apéndice con los Versos a Carlos Barral por su poema Las aguas reiteradas, que incluye seis poemas dedicados a su amigo.

La mayor novedad de esta reedición es el prólogo de James Valender, algo más de 30 páginas que constituyen un intenso e indispensable análisis de la poesía de Gil de Biedma, un poeta esencial en la literatura española de los últimos cuarenta años. Hay además en ese estudio introductorio una visión global de la evolución armónica e integrada de los tres libros que constituyen Las personas del verbo y una explicación contundente de las razones que le llevaron a dejar de escribir poesía después de los cuarenta años.

“En el campo de la reflexión ética – señala Valender en su prólogo- su actitud difícilmente podría ser más trangresora. De hecho, junto con Cernuda, y siguiendo la tradición crítica de figuras como Baudelaire, Nietzsche y Proust, el autor de Poemas póstumos es uno de los grandes moralistas que ha tenido la lírica española moderna: sus implacables indagaciones en la conducta humana, sus despiadadas exploraciones del trato que cada quien establece consigo mismo y con los demás, permiten muy pocas ilusiones al respecto, al revelar un panorama de egoísmo, de inconsciencia y de hipocresía del todo desolador.”

La búsqueda del tono, de una voz propia, le plantea un reto a Gil de Biedma. Su preocupación poética es conseguir una modulación expresiva en la que se reconcilien el lenguaje hablado y el lenguaje poético y para ello tuvo muy presentes los modelos de la poesía moderna francesa, de Gérard de Nerval a Baudelaire, y de la lírica inglesa de Wordsworth, Browning, Yeats, Eliot o Auden.

Browning o Tennysson, y después Pessoa, Eliot o Borges crearon personajes para atribuirles otra vida, para explorar otras dimensiones de lo humano. Gil de Biedma tuvo bastante con ese complejo personaje que se llamaba Jaime Gil de Biedma, con el que practica un juego de espejos, de ironía y de máscaras. Eso explica – para empezar- el título que el autor elige para su obra. Esas personas que viven en el poema y a las que se refería al sesgo en su conocida declaración: «Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.”

Al integrarse en esa tradición, que es en gran medida también la de Luis Cernuda, el autor de Las personas del verbo se suma a la llamada poesía de la experiencia, entendida no como mera imitación de la realidad, sino como el simulacro de una experiencia.

Hay un artículo de Gil de Biedma, “Como en sí mismo al fin”, que está recogido en El pie de la letra, su volumen de ensayos, y que debería figurar como prólogo o epílogo de cualquier edición de su poesía. Allí se pueden leer estas líneas:

“Un poema moderno no consiste en una imitación de la realidad o de un sistema de ideas acerca de la realidad – lo que los clásicos llamaban una imitación de la naturaleza-, sino en el simulacro de una experiencia real.”

“Lo que pasa en un poema- declaraba Gil de Biedma en una entrevista – jamás le ha pasado a uno. Como decía Auden, los poemas son anteproyectos verbales de vida personal.”

De algo parecido hablaba Miguel J. Flys cuando se refería a la biografía espiritual adulterada de Cernuda en la primera edición de La realidad y el deseo.

Y como en Cernuda, encontrar una voz personal es sobre todo cuestión de tono. Encontrar ese tono, modular la voz que habla en el poema es, junto con el desarrollo rítmico de su unidad melódica, la clave de un buen texto poético.

Y esa es también una clave esencial para ver su evolución: la búsqueda y el desarrollo de esa tonalidad. Si Compañeros de viaje es la historia de una despertar, el viaje a la madurez vital, Moralidades representa su madurez poética, el logro de ese tono que se proyecta en Poemas póstumos sobre la conciencia del tiempo y la pérdida de la juventud.

A partir de ese momento muere el personaje, es decir, calla el poeta. Ahora, veinticinco años después de que Gil de Biedma dejara de escribir, se reedita este libro fundamental en el que se siguen mirando muchos lectores y muchos poetas jóvenes.

Autor del texto Santos Domínguez


Voy a dejar de escribir

23 Jul 2017/ARTURO PÉREZ-REVERTE
CARTA A UN JOVEN ESCRITOR

Pienso en ti mientras tecleo estas líneas. Recuerdo tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito —quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso— que me enviaste alguna vez. Recuerdo tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.

Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro —Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas—, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas.»Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí.»

Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. No te doy nombres, pero basta con que mires alrededor, tanta joven promesa de hace unos años convertida en triste presente. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso. No fue el mío, desde luego, ni es el de casi nadie.

No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.»Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto.»

Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos —los hay nobles e innobles—, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.

Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra trabajando. Y recuerda un principio básico: un buen escritor, si tiene talento, tenga éxito o no lo tenga, es aquél que se muestra a sí mismo en su obra. Un mal escritor es el que muestra a todos aquellos escritores que le gustaría ser, y no puede.»Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas.»

Nadie puede ser escritor si no ha sido y sigue siendo lector. El día que dejes de serlo, incluso aunque te halles en la cima del éxito, estarás muerto o empezarás a morir como escritor, aunque tú mismo no lo sepas. Leer te mantiene afiladas las herramientas, lúcida la mirada, fértil la mente. Y a tu edad es más que una necesidad básica; es un requisito imprescindible. Durante toda su vida, hasta el final, un escritor necesita a sus maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas, por supuesto, tiene excusa para ignorar.

Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea —relato, éste, de una modernidad asombrosa— y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador —el astuto Ulises— buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Áyax de Sófocles.»Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo.»

Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 500 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio.

Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el Islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.»Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo.»

La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése. Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas. Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración. Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo. Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía.

Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda. Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa. Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte. Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos. Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías. Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo.

Y sobre todo, recuerda cuál es la clave maestra de todo: un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia. Lo demás son cuentos chinos. Si no tienes nada que contar o si no sabes cómo hacerlo, dedícate a otra cosa. Te ahorrarás perder el tiempo y hacérnoslo perder a los lectores. Al fin y al cabo, escribir no es obligatorio. Nadie te fuerza a ello.

Suerte, amigo mío. Tanta como merezcas. Y te mando un abrazo.

Gracias Señor Pérez Reverte.


Librerías de viejo

Una de las cosas que más me gusta hacer cuando salgo de viaje es adentrarme en su parte antigua (histórica). En esta ocasión en la que viajé a Italia y muy en especial a la ciudad de Nápoles no pudo ser de otra manera, ya que es una de las más extensas de Europa, y realmente interesante.

El casco histórico de Nápoles, el más extenso de Europa, alberga testimonios de distintos estilos y períodos que abarcan desde la fundación, en el siglo VIII a.C., de la colonia griega Parténope, hasta la sucesiva dominación romana, desde el período Suevo-Normando hasta el reinado de la Casa de Anjou, desde el imperio aragonés hasta los reyes de Francia, para concluir con el período de Garibaldi y el reino de Italia.

Visitar el centro histórico de Nápoles significa atravesar veinte siglos de historia. Las calles, las plazas, las iglesias, los monumentos, los edificios públicos y los castillos custodian un conjunto de tesoros artísticos e históricos de un valor excepcional, hasta el punto de haberse ganado, una gran parte de él (alrededor de 1000 hectáreas) su inclusión, en 1995, en la World Heritage List de la UNESCO.  

Fuente: Agenzia Nationale Turismo

¿Por qué se me ocurrió ir a Nápoles? Es cierto que he visitado ya algunas otras ciudades importantes del país pero ésta, en este momento especial de mi vida, me atraía especialmente por su colorido, su bullicio, la simpatía y frivolidad de su gente, la PIzza, su música, el mar, su costa amalfitana, el Vesubio, su café, la Ópera, la Galería Umberto, el Museo Arqueológico, sus castillos, la maravillosa escultura en mármol del «Cristo Velato» de Giuseppe Sanmartino en la Iglesia de Sansevero. Además, la ciudad tiene un tamaño que la hace «paseable» a pesar de su caótico tráfico. Todo eso y probablemente mil cosas más que no tuve tiempo de disfrutar durante los diez días que pasé dentro de su piel. Le prometí al vendedor de flores de la esquina del Café Gambrinus que volvería…

Pero iba a referirme aquí a sus librerías de viejo. No tengo mucho que decir. Es cuestión de ir allí y adentrarse en ellas como un «sagu», o pequeño ratón. Nadie reparará en tí a no ser que te lo propongas. Su olor, sus colores, su «orden». No puedo explicar la sensación de pequeñez que siento ante tanto conocimiento contenido entre sus paredes, pensando en los cientos de almas que han leído y estudiado sus páginas. Solo voy a incluir algunas imágenes que dicen mucho de las horas que dediqué a vagabundear entre ellas.

Por cierto que conseguí un ejemplar, actual (2013), del libro titulado «Adriano l’antichità immaginata» de Marguerite Yourcenar. No fue fácil, es una joya. En él se recoge documentación, textos y fotografías, que la autora fue acumulando durante el tiempo que dedicó a la creación de su obra Memorias de Adriano, que es uno de mis libros de culto.

Solo quería mostrar algunas imágenes de las librerías, pero hablar de Italia es siempre fascinante…