Material de derribo

El sueño es lo que queda registrado primero en la impresión de la vigilia y después en el relato de la consciencia. No existe (es decir, no se queda, no perdura) si no es en ese relato, el lenguaje es su única materia.

Del Blog Trianarts

En Las mil y una noches soy una niña rubia con flequillo y larga trenza casi hasta el culo que deja escapar su “pelota” y corre tras ella y recorre las calles de su ciudad, todas sus calles bajo la lluvia y no puede expresar lo que siente porque no puede respirar y va dejando notas escritas en pequeños trozos de papel porque solo quiere eso, recuperar su “pelota”, ese es su deseo y su libertad.

Quizás sea un sueño, quizás el recuerdo de un sueño recurrente que sigue persiguiéndome desde que era una niña rubia con flequillo y larga trenza.

Yo estaba en Zumaia, la pequeña ermita en lo alto del acantilado, allí cerca del cielo, contando estrellas. Allí perdí el álbum de mis fotos de niña… Después, todo era oscuro y yo esperaba al alba entre el clamor de las olas de un mar roto y las nubes del alma que cantaban.

Material de derribo.

Vuelvo a veces con la vida a cuestas al desierto temblor de la playa, con ramas de cerezo enciendo un fuego silencioso que el mar refleja, aprieto el corazón entre mis brazos y escucho las voces del tiempo que arden lentamente en el azul infinito. La noche despliega entonces sus alas y muestra su cara más bella.

Inextinguible hoguera.


(Collage para un sueño)

La música del mar

El viento sacude las enaguas amarillas del otoño. Busca la boca desnuda de los bosques con pasión de enamorado. Desde el centro del pueblo llega un murmullo de voces infantiles por las estrechas pendientes empedradas. Hay hombres viejos sentados aquí y allá que parecen apacentar las horas. Las ventanas se tornan con lenta indiferencia filtrando finos hilos de luz silenciosos por las grietas. Se va haciendo tarde.

No tengo prisa, todo es un sueño. Llevo una vieja mochila al hombro.

Las sombras me siguen como afilados cuchillos negros. He subido hasta la cima con mi corazón a cuestas. Escucho el latir de las piedras, hogueras de estrellas se abrasan en el mar y estallan en el acantilado. Todo es un sueño. La noche ha borrado los caminos, el tiempo, los nombres…

En la lejanía navega indecisa mi vieja mochila.

Late el corazón apretado a las piedras, a las estrellas, al mar que rompe en el acantilado…

@mjberistain

Pájaros de plata

Y tu, de qué lado de mi cuerpo estabas alma, que no me socorrías?

J.A.Valente

El frío se ciñe a la cintura de la noche. Nubes de sombras dibujan en las calles esquinas tristes y tristes luces de ciudad en parques de penumbra y fuentes de piedra mutiladas. Sombras como mentiras piadosas suenan sobre el asfalto, imágenes temblorosas que se duplican en los charcos…

Por unas pocas monedas tu voz se hace milagro y el tiempo se detiene.

Por unas pocas monedas tu voz se hace milagro; melodía luminosa como una rosa recién cortada al silencio.

¿Qué queda del humo de los inviernos, del intenso aroma de las flores marchitadas, de los árboles desnudos o del vuelo de los pájaros de plata buscando en el horizonte el esplendor de lejanas latitudes?

Caminaba mirando al mar sobre la memoria de los días y estoy aquí, quieta en mí, sentada en el suelo junto a ti, contigo, en esta noche que se escapa.

Digo tiempo y acaso sueño. Llego tarde al trabajo con gotas de escarcha en las pestañas al filo de la alborada.

@mjberistain


El concierto de las almas bellas

Mi agradecimiento por este texto descubierto en el Blog de Jerónimo Alayón en sábado, abril 10, 2021 que incluyo entre mis paginas con mi agradecimiento.


Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura;  la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas… En pocas palabras, aquella época era tan parecida a la actual…

Charles Dickens

Llevo dos semanas sin poder escribir para esta columna, atascado en mi silencio, un silencio sobrevenido por tanto que vivimos: la pérdida de los amigos arrebatados por este virus, el horror de las noticias ya tan cercanas, la desmesura del poder sin contrapesos… tanto ante lo cual la palabra calla en su crisálida de silencio… Un dolor cuya parte más visible es aquella que llaman sobrecogimiento.

Dos semanas en barrena. La gente suele tenerme por alguien fuerte, pero no creo que lo sea. Con frecuencia me precipito, y más últimamente; pero en mi caída, siempre, hay un punto en que surge en mí con vertical desafuero una rebeldía, y abro las alas, cuando ya todos me dan por perdido… abro las alas. Nunca tendré el vuelo elegante y majestuoso del águila o del cóndor. Lo mío es una extraña mezcla de Ícaro con Orfeo, una cosa rara que quizá solo yo entienda, pero que hace esto que soy: aquel que en la caída siente dentro de sí nostalgia por el cielo que un día fue su hogar.

Hay personas en las que habita una luz especial, inextinguible, portentosa, que hace pulso contra la oscuridad circundante. Una luz que se hace esbelta en cada nueva lucha y, aunque a ratos se oville, al cabo se despliega más inmensa e intensa que antes. Es el fulgor de las almas bellas, que tienen la rara prerrogativa de no conformarse con esparcir brillo y calidez, sino que son capaces de encender otras luces, de crear otros portentos luminiscentes.

Y cada vez que lo hacen, el mundo es cruzado por un fulgor que otros pueden ver. Por un instante todos sabrán dónde está el todo. Y aunque luego pudieran regresar a la oscuridad, cada uno llevará en su interior el recuerdo de esa luz y sabrá caminar a tientas hacia el horizonte del alba, hacia el amanecer de un nuevo día.

Son las almas bellas aquellas que son capaces de tocar otras almas, de encender otras luces, de provocar que otras almas generen en sí luz y calor. Hacen posible el milagro de la vida, una vida que estando más allá de lo material, garantiza, sin embargo, que lo material sea posible. Las almas bellas son, en su concierto, el alma del mundo, aquella en cuyo centro, como un sol invicto, está la poesía en tanto que belleza y materia de todo arte; y en su concierto tiene lugar la sinfonía de un orden inclinado a la belleza: la armonía de los espíritus. Yo vivo por ello.

Magnífico momento, en este ahora y en este aquí, para pensar, pensarse y escribir. Magnífico momento para escribir será siempre aquel en el que debamos caminar por el borde ontológico de nuestro ser, entre el riesgo de caer y la fortuna de ascender, mirando a un algo que anhelamos sin saber qué es y que está más allá de nosotros, llamándonos desde el «claro del bosque», que decía María Zambrano, aguardando a sorprendernos en él desde la «belleza abismada».

Yo creo firmemente en que nunca la belleza será más alta que cuando la podamos avistar desde ese último borde de nosotros mismos, y yo vivo para y por ese momento en el que, como decía Hölderlin, se «abre el cielo de la perfección ante el amor anhelante», el avistamiento de la belleza absoluta…

Y quizás, en ese borde ontológico de nosotros, miremos más bien hacia la eternidad interior, a donde, como decía Novalis, conduce «el camino misterioso»: «Es en nosotros, y no en otra parte, donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro». Quizás en esa última frontera del ser descubramos que no hay un allá ni un acá, sino un todo. Quizás no haya más camino hacia la belleza que el del misterio porque este la oculta amorosamente en su seno, y ella espera a revelársenos incluso en la ruina del mundo, solo si tenemos dentro la suficiente sensibilidad como para resonar con ella, escuchar su voz asordinada y reconocerla en medio de la niebla.

Magnífico momento este para alzar el vuelo como rebeldía contra la caída en barrena. Magnífico momento para afinar la cuerda del alma tensándola hasta niveles jamás imaginados —porque nunca se romperá— y producir la nota imposible. Magnífico momento para mirar a lo más alto desde lo más hondo de nuestro ser y cruzar el tiempo como una flecha capaz de surcar todas las eternidades. Magnífico momento para decir un no, sólido como un dolmen, a los funestos que intentan ahogarnos en su estéril noche. Magnífico momento este porque la vida es eso, el momento, cuando cabe toda en él y podemos decir como Rilke: «Y en tus ojos, que nunca parpadean, / el espacio soy yo».

Libertad

Cayó extenuada a mis pies. No podía volar y me seguía con gran dificultad, dando pequeños pasos detrás de mí.

La recogí y durante varios días la acomodé en el invernadero. Le di cuidados y alimento, poco a poco fui animándola a salir de su refugio hasta que conseguí que diera pequeños paseos a mi lado por el jardín. Un día, antes de volver al invernadero, voló hasta mi hombro. Supe entonces que ya estaba recuperada.

Quiero escribir libertad pero no me sirve con la tinta negra de mi pluma.

Quiero escribir la palabra libertad con tinta blanca sobre papel blanco, sin márgenes,

y dejarlo volar desde mi ventana.

Hacia el mas allá;

hacia el mas allá del ancho mar de la esperanza…

@mjberistain
Fotografía Iñaki Peñalba


Si alguna vez…

A Charo, mi fan “antipoeta”.

Si alguna vez al recordarme
sintieras una suave brisa
que despeinara tus sentidos.

Si alguna vez te llegara
a acariciar el silencio
la orilla de un mar en calma

Si alguna vez escucharas
el estruendo de la marea
cuando rompieran sus olas
contra el acantilado,
si una fina lluvia entonces
enturbiara tu mirada.

¿Reconocerías
en los labios de tus lágrimas
el sabor a sal?

Si alguna vez alguna imagen
de amor o de clamor, o su naufragio
llegara a tu memoria…

@mjberistain

Túnicas de luz

Por querer, querer…

quiero que el olvido vuelva y me sueñe tormentas,

lunas iluminadas, sol ardiente, veranos

con fragancias de manzanas y desnudos gestos

bajo túnicas de luz, quietud en la penumbra

perfil de amor que deslumbra, respirar el dolor

dulce de los sentidos, estertor de las piedras

en lechos de sábanas blancas recién planchadas.

Por querer, querer,

quiero poder soñar sin que duelan las palabras

cuando hablemos de soledad, quiero poder soñar.



@mjberistain


Al sur de la nostalgia

Al sur de la nostalgia

nace abril tras el naufragio

de los inviernos.

No ha muerto, hoy nace abril.

Nace como un cielo incierto

herido de calima, sed

y soledad.

No ha muerto, hoy nace abril.

Hay sauces que mecen brisas

y olivos en tierras yermas,

Hay un silencio que rompe

al renacer nuevas noches

primaverales.

Duelen heridas de pronto

escucho en la lejanía

respirar al mar; mi tiempo

contra el tiempo,

sé que hoy no lloverá; lo sé

pero no sé por qué lo pienso…

@mjberistain



Ante el espejo

“Escribo poesía porque no escribo un Diario”,
contesté con humildad cuando me preguntaron por qué escribía. MJB

Rescato de Babelia la voz de una de las mujeres que se dedica a la investigación, estudio y divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

Del texto de ANNA CABALLÉ escritora, crítica literaria y profesora universitaria española.
Su línea de investigación es el estudio y la divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

ANDRÉ GIDE FUE NOVELISTA, POETA, VIAJERO Y PREMIO NOBEL (1947)
LA OBRA DE SU VIDA FUE SU MONUMENTAL DIARIO ÍNTIMO

André Gide logró dejar una huella imborrable en la literatura autobiográfica del siglo XX.
En España, nombres como Jaime Gil de Biedma, Juan Goytisolo, Carlos Barral o Terenci Moix fueron deudores de su obra, en la que alternó la crónica política del tiempo convulso que le tocó vivir con la exposición de sus dilemas mas íntimos.

Gide reflejó en su escritura el conflicto entre deber y placer, “Lejos de negar o de ocultar su uranismo, lo declara, y casi podría decirse que se jacta de él. Dice que las mujeres nunca le han gustado más que espiritualmente, y que solo ha conocido el amor con los hombres”

André Gide (1869-1951) tiene 18 años y está en clase de retórica en París, en la Escuela Alsaciana. Lleva un diario desde el 4 de octubre (1887). Es su primer cuaderno. Meses después mantiene una importante conversación con un compañero de clase que, como él, siente con intensidad su vocación literaria. Se llama Pierre Louis. Los dos jóvenes intercambian confidencias sobre sus respectivos proyectos y Louis le lee algunos pasajes de su diario. Gide queda vivamente impresionado y se reprochará no haberse tomado con la debida seriedad su vocación: “Ayer noche vi a Louis y me dio vergüenza. Tiene el valor de escribir y yo no me atrevo. ¿Qué es lo que me falta? Y, sin embargo, cuántas cosas bullen en mí y reclaman cristalizar en el papel. ¡Tengo miedo! Tengo miedo de que al poner por escrito la frágil y fugaz idea la eche a perder, le dé la rigidez de la muerte, como esas mariposas a las que se extienden las alas sobre la mesa y que solo son bellas cuando vuelan” (15 de mayo de 1888).

Louis también dará cuenta de la conversación con Gide en su diario y ahora disponemos de la oportunidad de conocer los dos ecos generados por un mismo encuentro. Pero es que el diario de Gide es uno de los casos más fantásticos que se conocen en relación con los estudios sobre el género, pues una amiga suya, Maria Van Rysselberghe (la Petite Dame), tomaría la decisión en 1918 de llevar un diario paralelo al del autor de El inmoralista y lo mantuvo hasta la muerte del escritor, en 1951, asumiendo el papel de un Eckermann frente a Goethe. La función de sus cuadernos queda definida en una anotación de 1927: “He emprendido estas anotaciones con la idea de que puedan servir de fuente, de referencia, de testimonio a aquellos que un día quieran escribir la verdadera historia de André Gide”. Es decir, que el Diario del escritor se convierte en el centro generador de una pléyade de otros diarios —Charles du Bos, Martin du Gard, Eugène Dabit, Pierre Herbart, Louis Guilloux…— en los que resuena tanto su voz autorial como su influencia. Incluso la que en 1895 sería su esposa, Madeleine Rondeaux, llevó un diario en su adolescencia donde aparece su primo, del que estaba profundamente enamorada. Cuántas veces la realidad va más allá de la ficción y es más interesante, pues esa sinergia creada en torno al diario gideano realiza espontáneamente, como señala Philippe Lejeune en Un journal à soi, el sistema del “punto de vista múltiple” que se halla en el centro narrativo no solo de su obra más reconocida, Los monederos falsos (1925), sino de muchos otros ejercicios narrativos: anteriormente, por ejemplo, había remodelado su diario de adolescencia atribuyéndoselo a su héroe y alter ego en los Cahiers d’André Walter (1891).

Es decir, estamos ante un caso verdaderamente prodigioso de irradiación del diario gideano; uno de los esfuerzos más completos que han podido tentar a un hombre para comprenderse a sí mismo y explicarse ante los demás. Una simple muestra de su vasta influencia nos la proporcionan poetas como Carlos Barral y, sobre todo, Jaime Gil de Biedma, ambos autores de sendos diarios escritos bajo su modelo e inspiración, por no hablar de Juan Goytisolo o Terenci Moix.

Soy una entusiasta defensora de las ediciones íntegras de los diarios, aunque tengan miles de páginas (casi diría que mejor). Es la única manera de hacerse con el verdadero ritmo de una práctica caracterizada por la reflexividad. La única manera de ahondar en la frecuencia, los hábitos, el ritmo, la modulación de los temas que van surgiendo y las constantes que vertebran la escritura. Nada mas fluctuante que el ritmo de un diario, sometido a todas las variaciones de la vida cotidiana: la única manera de poder apreciarlo es dejarse llevar por sus ondulaciones, sus reiteraciones, sus caídas de ánimo, los éxtasis, las incertidumbres. “No vale la pena escribir el diario cada día, cada año; lo que importa es que en determinado periodo de la vida sea muy preciso y escrupuloso. Si he dejado de escribirlo durante largo tiempo es porque mis emociones se estaban volviendo demasiado complicadas” (3 de junio de 1893). Complicación para Gide significa riesgo de caer en una excesiva elaboración de sus sentimientos y, por tanto, falta de autenticidad. El que fue poeta de la vida y de la energía se interrogará siempre sobre la sinceridad de su escritura. Y es que la máquina gideana no conoce el reposo, la satisfacción, la tranquila explotación de los logros. De modo que su diario todo lo admite, todos los temas y vivencias caben en él, porque a todo estaba abierta su mente: “Recurro a este cuaderno para aprender a exigirme más”.

En el caso de Gide, basta leerle para que nos guíe hasta el fondo de lo que nos dice, —al no distinguir entre la vida y la obra, concibe esta última como “la vida de la vida”— se libra a la entrega moral de ser quien es hasta las últimas consecuencias. Además de sus muchas lecturas y viajes —incluidos los que hizo al Congo y a la URSS para terminar denunciando el colonialismo y el estalinismo—, de sus encuentros con figuras como Oscar Wilde o Marcel Proust, su amistad con Paul Valéry y Francis Jammes, y su papel al frente de La Nouvelle Revue Française, cruzando su Diario de punta a cabo descubrimos el conflicto que le condujo a convertirse en un pensador sobre la moral recibida y en un escritor implacable consigo mismo: la vivencia de la (homo) sexualidad.

Educado bajo la férula de su madre, la adinerada Julie Rondeaux, una mujer inteligente, suprema gobernanta de todo lo que ocurría en la casa familiar y acostumbrada a regirse por el principio del deber, Gide recibirá una educación basada en el aprendizaje de la sumisión. Del acatamiento a las normas exigidas por el conformismo burgués y que su madre representa como nadie. Negro sobre blanco: en este contexto de excelso puritanismo, el sexo es pecado, la carne es impura por naturaleza y la ley cristiana impone considerar el cuerpo como un saco de inmundicia. He aquí el drama íntimo de Gide: si no quiere perder el amor de su reverenciada madre, debe odiar tanto su cuerpo como la voluptuosidad que muy tempranamente anida en él. O bien debe aprender a mentir, a disimular, a enfrentarse a la pena negra que siempre causa lo que sabemos que debemos ocultar a los demás. Principio del deber vs. instinto del placer. Tanto en un caso como en el otro, Gide es o se ve culpable, es decir, un traidor a la gran causa familiar y de clase.

El largo ejercicio de desdoblamiento del yo que cruza su escritura le conducirá en un primer momento a una solución de compromiso por la que se siente feliz: deseo y amor, se dirá, son dimensiones distintas, mientras el primero aspira a la consumación, el segundo busca la duración. El deseo le conducirá a los brazos de jóvenes con los que experimentará la alegría del encuentro; el amor se lo garantiza el matrimonio contraído con su prima Madeleine Rondeaux, una especie de ancla ante la lava ardiente de su pasión. Esta es la teoría. En la práctica, la esperada comunión espiritual absoluta con su esposa —un matrimonio nunca consumado— exigiría enormes sacrificios y frustraciones por ambas partes. Exigiría el silencio. El hombre capaz de librarse a la aventura y a la franqueza de la amistad con una audacia inaudita, expuesta en Si la semilla no muere, es el mismo que practicará la diplomacia, la censura y la prudencia con su esposa —lo define como una “mutilación impía”—. Ambos sufren y callan, aunque Gide hará de su nomadismo el reverso de la frustración conyugal: “Solo deseo viajar”.

Consecuencia de la explosión diarística en Francia en torno a 1880, en algunos escritores germinaría la idea de escribir un diario y publicarlo “en caliente” (el caso paradigmático es el de Léon Bloy), convirtiéndose en cierto modo aquella escritura privada en una obra literaria. Indudablemente supuso una actitud moderna que conllevaría, sin embargo, un cambio estructural —una obra se construye, dispone de comienzo y cierre, tiene en cuenta el horizonte de lectura de su tiempo, mientras que un diario se acumula y puede no contemplarlo en absoluto—. Gide no pudo resistirse a la posibilidad de publicar sus cuadernos en vida, porque le permitía proyectar su voz en otro registro, aumentando la potencia de la polifonía literaria que constituye toda su obra y, en definitiva, seguir experimentando. De modo que en 1939 el Diario se publicaba, cuidadosamente censurado, en La Pléiade. Fue necesario un añadido póstumo en 1954, pero aquella edición contenía deturpaciones textuales de todo tipo. La edición de Debolsillo nos ofrece ahora la oportunidad de sumergirnos en aquel proyecto existencial que para el gran moralista francés fue explicarse y explicar a los demás las muchas contradicciones de su vida.

Ver el texto completo en la publicación de ANNA CABALLÉ en Babelia, El País. marzo 2021