En la isla

 

En la isla a veces habitada de lo que somos,
hay noches mañanas y madrugadas en las que no necesitamos morir.
Entonces sabemos todo lo que fue y será.
El mundo aparece explicado definitivamente y nos invade una gran serenidad, y se dicen las palabras que la significan.
Levantamos un puñado de tierra y lo apretamos entre las manos.
Con dulzura.
Ahí se encierra toda la verdad soportable: el contorno, el deseo y los límites.
Podemos decir entonces que somos libres, con la paz y la sonrisa de quien se reconoce y viajó infatigable alrededor del mundo, porque mordió el alma hasta sus huesos.
Liberemos lentamente la tierra donde ocurren milagros como el agua, la piedra y la raíz.
Cada uno de nosotros es de momento la vida.
Que eso nos baste.

 

José Saramago.


 

Con latir de faro

 

La lluvia apagaba los truenos

Ya no llorabas entonces,
los ojos vacíos,
de muertes prematuras,
inconclusas,
y un latir de faro en el corazón
tras las desgarraduras,
naufragando entre rumores
de papel y mapas
de océanos inciertos.

La locura
sabe dibujar la esperanza
entre los sueños pequeños.


@mjberistain


 

Escalofríos

 

Nada más cerrar la puerta de mi casa anhelando un descanso después de varios días de viajar en plan nómada por el desierto del Sahara, sonó el timbre.

Casi no me había dado tiempo a soltar la gran mochila y las bolsas con las últimas compras inevitables hechas en el aeropuerto antes de tomar el avión de vuelta. Ni el abrigo. Lo dejé todo en el suelo y abrí porque la llamada me resultaba familiar.

Allí estaba él, con el pelo alborotado, como siempre, con esa mirada entre torva y simpática, como pidiendo permiso para entrar y casi entrando sin pedir permiso. Llevaba entre manos varios recortes de periódicos que me entregó mientras declaraba que aquella noticia era uno de los mayores descubrimientos de la historia. (?)

Ah, y una botella de vino tinto Rivera de Duero, Reserva del 2014.

No entiendo por qué curiosa razón últimamente me estoy encontrando o relacionando con personas a las que les interesa mucho el tema del universo; Astronomía, Astrofísica, Cosmología. De verdad que no sé qué ven en mí que les anime a darme conversación sobre estas cosas más allá de que haya podido dedicarme algunas noches a contemplar e intentar fotografiar las estrellas desde los campamentos del desierto.

 

¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

Así titula el diario “El Mundo”, en concreto el científico del Instituto de Astrofísica de Andalucía D. Jose Luis Gómez el texto que acompaña a la fotografía de un “agujero negro” tomada por una red de telescopios repartidos por toda la superficie terrestre (Chile, la Antártida, Hawai, México, Estados Unidos y en España Sierra Nevada en Granada) —lo que equivale a tener un telescopio tan grande como la tierra—.

¿Que se siente ante la imagen de lo invisible?

“Alegría, emoción contenida y satisfacción por un trabajo impecable que nos ha permitido enseñarle al mundo que los agujeros negros ya no son sólo cosas de películas de ciencia ficción, sino de ciencia de la de verdad. De la que se hace cuando juntas los esfuerzos de más de doscientos investigadores por todo el mundo trabajando el unísono para un objetivo común.

Cómo expresar con palabras aquel momento histórico del 25 de julio de 2018 en el “Black Hole Initiative” de la Universidad de Harvard, en Boston, cuando por primera vez vimos la primera imagen de la sombra de un agujero negro. La imagen de lo invisible, de la completa ausencia de luz rodeada de un anillo luminoso.

Sentí escalofríos al ver que una de las predicciones más extravagantes de la teoría de la relatividad, los agujeros negros, existen de verdad. Una puerta sin retorno fuera de nuestro universo. Seguimos ilusionados por el trabajo que queda, encaminado a la obtención de mejores imágenes, de otros agujeros negros, y de esta manera entender cada vez mejor cómo funciona la gravedad”.

 

Confieso que vivo en la ignorancia sobre el mundo del que formo parte, del que quizás yo misma sea una pequeñísima partícula de algo que no llego a comprender por mucho que me empeñe en ello. Y de la misma forma que pueda temerse a la muerte evitando hablar de ella, o viceversa, que se pueda convivir espiritualmente con la idea de una vida sucesiva en diferentes estratos, mis reflexiones y razonamientos únicamente alcanzan para compartir esa expresión del autor de este texto cuando se refiere a las emociones que le embargan ante la confirmación de la existencia de agujeros negros que abren nuevos horizontes más allá de nuestro universo. Habla de alegría, de emoción contenida y satisfacción por el trabajo impecable de la ciencia…

Yo, de verdad que, de momento siento “escalofríos”…

Puaff… en qué lío me ha metido mi vecino…

 

Tomado de astroyciencia.com

La astronomía es una ciencia que estudia los objetos del espacio exterior a la Tierra.
La cosmología investiga el origen y la evolución del universo con las herramientas que le proporcionan la física y las matemáticas.
Y la astrología no es estrictamente una ciencia, sino una tradición milenaria que se propone interpretar los sucesos de la vida humana a la luz de los astros.

Ver: El Mundo, Teresa Guerrero, Salud y Ciencia. y Artículo de Rafael Bachiller

 

Esa obstinada luz

 

Por fin me he dado cuenta
de que todo en ti me recuerda
a un tren perdido.

Tendí todos los gritos
en los raíles vacíos que siempre supe
que no llegarían a ninguna parte.

Porque “no es de ahora esta luz”,
es tu luz de siempre
alertándome del peligro
que acecha cuando aparejas el aire
brillando tus ojos como peces de luz;
esa obstinada luz
penetrando a jirones por las persianas
resbalando por las palabras
que escribí y no pronunciaré,
esa obstinada luz
llegando en oleadas, deslizándose azul
hasta el alta mar de la locura.

Sigo buscando en el hueco de mis manos
las líneas de la soledad para romperlas.

Esa luz,
esa obstinada luz que no es de ahora…

 

@mjberistain

 

El tercer aliento

 

Eterna
creí la juventud durante el tiempo
aquel en el que fui joven de verdad.
El natural estado
me pareció del mundo y de los hombres.
me faltaba perspectiva.

Poco después temí perderla,
adelanté su duelo, lloré incluso su muerte
en conmovidos versos que a nadie conmovían,
exponiendo a la burla mi sentimiento puro.
Seguía siendo demasiado joven.

Desde entonces,
me he despedido de ella muchas veces
con dolor verdadero.

Y sin embargo, ahora,
cuando por fin podría alimentar
mi temor con motivos razonables,
ya no albergo temor.
Y aunque estoy bien seguro
de que vuelve a fallar mi perspectiva,
desde esta vuelta del camino
se me antoja sin duda que lo justo
sería confesarse agradecido
por lo larga y hermosa que va siendo
la breve juventud.

 

Poema de Vicente Gallego

Imagen: Autor desconocido

 


 

La gran belleza

 

 

Viajar es útil, ejercita la imaginación
Todo lo demás es desilusión y fatiga
Nuestro viaje es enteramente imaginario
Ahí reside su fuerza
Va de la vida y la muerte
Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado
Es una novela, nada más que una historia ficticia.
Y además, cualquiera puede hacer otro tanto
Basta cerrar los ojos
Está en la otra parte de la vida.

Louis-Ferdinand Celine
“Viaje al fin de la vida
Tomado del Blog de Jose Raúl Pérez Vergara

 

 

“Siempre se termina con la muerte. Pero primero ha habido una vida escondida bajo el bla, bla, bla, bla…

Todo está ahí, escondido, resguardado bajo la frivolidad y el ruido, y el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo, los demacrados e inconsistentes destellos de belleza.

La decadencia, la desgracia y el hombre miserable, todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo bla, bla, bla, bla… 

En otros lugares hay otras cosas. A mi no me importan los otros lugares, así pues, que empiece la novela… En el fondo es solo un truco, sí, solo un truco.”

 

 

Reflexión final de la película “La gran belleza”


 

Tamarindos

 

No siento mis piernas. Deben de estar cruzadas, la una sobre la otra, allá abajo. No puedo verlas. No las echo en falta. Solo necesitaría saber que están conmigo, allá abajo. Allí a donde en este momento no puede llegar mi mirada. Estoy postrada en la cama. Nada ni nadie me retiene, ni limita. Mis brazos están cruzados sobre mi pecho. Tampoco los siento. Los dedos cruzados. Deben de estar cruzados —sí me impone, sin embargo, que sea la forma con la que se les entierra a los muertos—. Siento un terror tranquilo. No puedo ni deseo moverme. Mi garganta está cerrada, seca. También mi boca está seca. No siento la lengua. Bueno, sí, la imagino pegada al paladar, inútil, seca.

Quiero llamarle por teléfono. Busco el mío entre todos los teléfonos negros que están tirados en el suelo, muchos, todos negros.  Me imagino —solo me imagino que lo estoy buscando—.  Solo mi mente lo busca porque no puedo moverme. Y no lo encuentra. Decide que el mío no está. Angustia. Y yo necesito hablar con él. Es urgente. No me siento controlada por él. Solo quiero evitar que sufra. Solo quiero que no se preocupe cuando se levante para ir a trabajar y al venir a mi cama a darme un beso, como todas las mañanas, se de cuenta de que no estoy, y eso le preocupe. Le quiero. No quiero preocuparle. Pienso; solo puedo pensar y llamarle, sin mover la lengua.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —grito en silencio como si fuera una oración, con insistente suavidad.

Vuelvo a intentarlo, pronuncio mentalmente una letanía en forma de ruego. ¡Por dios! que pueda oírme, solo eso, y si no me oye, que allá donde esté intuya que le estoy llamando, porque le necesito. Le necesito únicamente para que no se preocupe por mi. Estoy tranquila. Aunque no sé si estoy al borde de la muerte o es solo una situación de alucinación debido a la última pastilla que tomé anoche.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —sigo gritando con más vehemencia pero en silencio.  Y no me responde, pero sé que está ahí, a mi lado.

Son las cinco y cincuenta y tres de la mañana. Debes de estar muy cerca de mí porque, aunque tengo los ojos cerrados, me llega una tenue iluminación gris azulada parecida al color de tus ojos que va tiñendo las cortinas blancas. La pastilla ha debido de hacer su efecto pero no sé hasta dónde me llevará en este trance. Quizás no vuelva más y me quede así contigo. ¿Por qué no? Solo quería decirte que no te preocuparas si hubieras venido esta mañana a darme el beso de buenos días.

Porque ha sido imposible, durante toda la noche, terminar de engalanar el salón de actos para la fiesta de fin de carrera. Me ofrecí a colocar farolillos de tela blanca enjaretada en cables que colgarían discretamente de los tamarindos como única iluminación. Habíamos llenado el salón de tamarindos.  Tamarindos torcidos, viejos y rotos —como decía yo cuando era pequeña y que tu me enseñaste a amar y a disfrutar como de tantas otras cosas—  mucho más avejentados de lo que estaban cuando tu estabas con nosotros. Pero que siguen siendo mis árboles preferidos. A ti y a mí nos encantaba pasear entre ellos en días de lluvia, a ellos también les complacía vernos, éramos de los pocos que se atrevían a salir a la calle —porque en aquellos días no había ni gente ni niños ni perros por los parques— y así aliviábamos aquella soledad húmeda y triste del paseo. Nunca he tirado la toalla, tu lo sabes. Me resistía a abandonar, toda la noche. He pasado muchas horas intentándolo antes de darme cuenta de que te ibas a preocupar si no me encontrabas en la cama cuando vinieras a darme el beso de buenos días.

Ha llegado mi amigo Paco a hacerme el relevo. Menos mal que venía con trozos de sábanas viejas fruncidas y unas gomas elásticas de esas que cortan el pelo cuando te las pones muy prietas en la coleta y hemos conseguido colgar farolillos en algunos tamarindos. Con las luces del salón apagadas y sólo con las de los farolillos encendidas nos hemos sentado en el suelo a contemplar el efecto en el ambiente, y con él he sentido que “todo estaba bien”.

—¡Aitá!, ¡Aitá! — son las cinco y cincuenta y siete de la mañana. Ya semi-consciente me gusta escucharme repetir en voz alta esa palabra que te invoca. Estarías a punto de levantarte si hoy tuvieras que ir al trabajo. Y yo de recibir tu beso.

Abro a medias los ojos entre la maraña de sábanas y edredón que casi me cubren la cabeza y ante mí, muy cerca, veo desenfocado algo oscuro, casi negro, que reconozco. Mi móvil. Pero no me muevo. Escucho con atención los ruidos que me llegan al oído izquierdo —el otro lo tengo pegado a la almohada— como si alguien o algo estuviera dando pequeños arañazos a mi alrededor al ritmo de mi respiración. Me sorprendo al reconocer el sonido leve de la lluvia afuera. No tengo muy claro si voy a poder levantarme y, en el caso de que pudiera levantarme, si tendría la confianza suficiente como para tenerme en pié. Decido que deseo salir de allí, salir y echar a correr; echar a correr lo más rápido posible hasta encontrarte lejos de esta larga y desesperante pesadilla*.

@mjberistain

 

Incluyo un pequeño artículo sobre los Tamarindos o Tamarices.
De cualquier manera, y sea como sea, seguiré llamándoles “tamarindos” hasta el fin de mis días porque seguramente seré una de las últimas románticas que ha convivido con ellos desde niña. Dejo para futuras generaciones la enmienda.

 

*A propósito, nadie mejor que Borges pudiera explicar este término. Incluyo uno de los capítulos del libro Siete Noches que recoge algunas de sus Conferencias; en concreto el titulado
“La pesadilla”