El viaje

«… —Míralo todo bien;
eso que pasa
no volverá jamás
y es ya igual que si nunca hubiese sido…»

Ángel González



Gracias al corazón por el que vivimos,

gracias a sus ternuras, a sus alegrías

y a sus temores,

la flor más humilde al florecer

puede inspirar ideas

que, a menudo, se muestran

demasiado profundas para las lágrimas.

A nada renuncies

porqué la belleza subsiste siempre en el recuerdo…

De William Worthsworth


A la sombra del Mar

Amar es un lugar.
Perdura en lo más hondo: es de dónde venimos.
Y también el lugar donde queda la vida.

Joan Margarit

A la sombra del Mar

Amar es un lugar,

una alegría extraña

en el camino de la libertad

entre silenciosos haces de luz

que profanan las persianas,

polvo de estrellas

que cruzan la belleza de la nada

cuando aún no ha despuntado

por el horizonte de los sueños

la certeza de vivir un día más.


@mjberistain

Amar es un lugar
entre la vida y la muerte
en el que uno aprende a escribirse
a sí mismo —decía el poeta—.


Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Con emoción y mi agradecimiento más sincero a Isabel por este Texto en relación a mi último libro publicado “Cuerpos Acantilados”.

Transcribo:

Hoy dejo paso en este deambular mío por los caminos de la buena poesía a la gran amiga y poeta María Jesús Beristain. “Cuerpos acantilados” es su segundo poemario (“Apuntes de salitre” era el primero, también editado por Vitruvio) y del que pudimos gozar de su presentación el pasado mes de febrero vía online en www.nuevoateneoonline.com y que podemos seguir actualmente en la plataforma de Youtube.

Si intensa y pasional fue su primera obra, si ya no nos dejó indiferentes su elegancia y madurez poética, no podíamos esperar menos de CUERPOS ACANTILADOS, libro que comienza citando unos versos de José Hierro que ya nos preparan para los que han de venir: “Imaginar y recordar/ Hay un momento que no es mío / …”

El libro está dividido en dos apartados: “Alma de blues” y “Clamor”. En el primero de ellos alterna o integra —según los casos— la prosa poética con el verso y es el mas amplio en títulos. La poesía de María Jesús es el cuerpo del acantilado sobre el que las olas de la vida rompen con la fuerza de una resaca emocional, pero también arena en la que el mar se remansa. En ella, el recuerdo, la experiencia, y el amor, son faros confesionales que evitan naufragios. Con su voz de mar, su lenguaje desnudo, su hondura y autenticidad, María Jesús Beristain ha logrado que “Cuerpos acantilados” sea un libro de imprescindible lectura. De ahí mi recomendación.

Querida María Jesús, alma de blues, enhorabuena, mucho éxito, y gracias por este maravilloso libro.

Comparto dos poemas:

LITORAL

No dejaré que me deslumbre la luz
del imposible,
ni su queja, ni su congoja,
ni el valor de su palabra escrita
en los márgenes de cualquier poema.

Vivo
como litoral errante,
aquí y ahora,
en la voz desgarrada de la palabra libertad,
y sangro salitre entre las altas crestas
y la tragedia de los bajos fondos
del mar y sus silencios.

MIGRACIÓN

Llevo una herida que no sangra,
a veces duele dulcemente
cuando me miro en los espejos
y pienso que la vida es solo un capítulo
breve de algo que nadie entiende,
a veces duele sin compasión,
tiñe el día con el color plomizo
de las bombas agazapadas
entre las ruinas de la memoria
y se hace difícil respirar.
Llega otro amanecer batiendo aguas;
niños solos, mujeres, hombres
que lamen las costas, las rocas,
las playas hoyadas por el hambre,
sucias de sol y soledad.

La muerte acecha y jirones de banderas ondean lacias
por los pasillos y salones en fiestas de guardar
entre baúles y ataúdes de abrazos abandonados.

María Jesús Beristain es autora de un interesantísimo blog (MJB Literaria / mjberistain.com). Si no habéis tenido ocasión de visitarlo os recomiendo que lo hagáis; en él encontraréis su pequeño-gran mundo artístico, el personal, como núcleo de su creatividad tanto literaria como fotográfica, así como el mundo artístico de otros autores. Toda una joya. Según su autora “mi blog es como el diario que no escribo”.

Gracias, mi querida amiga
Isabel Fernández Bernaldo de Quirós


Material de derribo

El sueño es lo que queda registrado primero en la impresión de la vigilia y después en el relato de la consciencia. No existe (es decir, no se queda, no perdura) si no es en ese relato, el lenguaje es su única materia.

Del Blog Trianarts

En Las mil y una noches soy una niña rubia con flequillo y larga trenza casi hasta el culo que deja escapar su “pelota” y corre tras ella y recorre las calles de su ciudad, todas sus calles bajo la lluvia y no puede expresar lo que siente porque no puede respirar y va dejando notas escritas en pequeños trozos de papel porque solo quiere eso, recuperar su “pelota”, ese es su deseo y su libertad.

Quizás sea un sueño, quizás el recuerdo de un sueño recurrente que sigue persiguiéndome desde que era una niña rubia con flequillo y larga trenza.

Yo estaba en Zumaia, la pequeña ermita en lo alto del acantilado, allí cerca del cielo, contando estrellas. Allí perdí el álbum de mis fotos de niña… Después, todo era oscuro y yo esperaba al alba entre el clamor de las olas de un mar roto y las nubes del alma que cantaban.

Material de derribo.

Vuelvo a veces con la vida a cuestas al desierto temblor de la playa, con ramas de cerezo enciendo un fuego silencioso que el mar refleja, aprieto el corazón entre mis brazos y escucho las voces del tiempo que arden lentamente en el azul infinito. La noche despliega entonces sus alas y muestra su cara más bella.

Inextinguible hoguera.


(Collage para un sueño)

La música del mar

El viento sacude las enaguas amarillas del otoño. Busca la boca desnuda de los bosques con pasión de enamorado. Desde el centro del pueblo llega un murmullo de voces infantiles por las estrechas pendientes empedradas. Hay hombres viejos sentados aquí y allá que parecen apacentar las horas. Las ventanas se tornan con lenta indiferencia filtrando finos hilos de luz silenciosos por las grietas. Se va haciendo tarde.

No tengo prisa, todo es un sueño. Llevo una vieja mochila al hombro.

Las sombras me siguen como afilados cuchillos negros. He subido hasta la cima con mi corazón a cuestas. Escucho el latir de las piedras, hogueras de estrellas se abrasan en el mar y estallan en el acantilado. Todo es un sueño. La noche ha borrado los caminos, el tiempo, los nombres…

En la lejanía navega indecisa mi vieja mochila.

Late el corazón apretado a las piedras, a las estrellas, al mar que rompe en el acantilado…

@mjberistain

Pájaros de plata

Y tu, de qué lado de mi cuerpo estabas alma, que no me socorrías?

J.A.Valente

El frío se ciñe a la cintura de la noche. Nubes de sombras dibujan en las calles esquinas tristes y tristes luces de ciudad en parques de penumbra y fuentes de piedra mutiladas. Sombras como mentiras piadosas suenan sobre el asfalto, imágenes temblorosas que se duplican en los charcos…

Por unas pocas monedas tu voz se hace milagro y el tiempo se detiene.

Por unas pocas monedas tu voz se hace milagro; melodía luminosa como una rosa recién cortada al silencio.

¿Qué queda del humo de los inviernos, del intenso aroma de las flores marchitadas, de los árboles desnudos o del vuelo de los pájaros de plata buscando en el horizonte el esplendor de lejanas latitudes?

Caminaba mirando al mar sobre la memoria de los días y estoy aquí, quieta en mí, sentada en el suelo junto a ti, contigo, en esta noche que se escapa.

Digo tiempo y acaso sueño. Llego tarde al trabajo con gotas de escarcha en las pestañas al filo de la alborada.

@mjberistain


El concierto de las almas bellas

Mi agradecimiento por este texto descubierto en el Blog de Jerónimo Alayón en sábado, abril 10, 2021 que incluyo entre mis paginas con mi agradecimiento.


Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura;  la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas… En pocas palabras, aquella época era tan parecida a la actual…

Charles Dickens

Llevo dos semanas sin poder escribir para esta columna, atascado en mi silencio, un silencio sobrevenido por tanto que vivimos: la pérdida de los amigos arrebatados por este virus, el horror de las noticias ya tan cercanas, la desmesura del poder sin contrapesos… tanto ante lo cual la palabra calla en su crisálida de silencio… Un dolor cuya parte más visible es aquella que llaman sobrecogimiento.

Dos semanas en barrena. La gente suele tenerme por alguien fuerte, pero no creo que lo sea. Con frecuencia me precipito, y más últimamente; pero en mi caída, siempre, hay un punto en que surge en mí con vertical desafuero una rebeldía, y abro las alas, cuando ya todos me dan por perdido… abro las alas. Nunca tendré el vuelo elegante y majestuoso del águila o del cóndor. Lo mío es una extraña mezcla de Ícaro con Orfeo, una cosa rara que quizá solo yo entienda, pero que hace esto que soy: aquel que en la caída siente dentro de sí nostalgia por el cielo que un día fue su hogar.

Hay personas en las que habita una luz especial, inextinguible, portentosa, que hace pulso contra la oscuridad circundante. Una luz que se hace esbelta en cada nueva lucha y, aunque a ratos se oville, al cabo se despliega más inmensa e intensa que antes. Es el fulgor de las almas bellas, que tienen la rara prerrogativa de no conformarse con esparcir brillo y calidez, sino que son capaces de encender otras luces, de crear otros portentos luminiscentes.

Y cada vez que lo hacen, el mundo es cruzado por un fulgor que otros pueden ver. Por un instante todos sabrán dónde está el todo. Y aunque luego pudieran regresar a la oscuridad, cada uno llevará en su interior el recuerdo de esa luz y sabrá caminar a tientas hacia el horizonte del alba, hacia el amanecer de un nuevo día.

Son las almas bellas aquellas que son capaces de tocar otras almas, de encender otras luces, de provocar que otras almas generen en sí luz y calor. Hacen posible el milagro de la vida, una vida que estando más allá de lo material, garantiza, sin embargo, que lo material sea posible. Las almas bellas son, en su concierto, el alma del mundo, aquella en cuyo centro, como un sol invicto, está la poesía en tanto que belleza y materia de todo arte; y en su concierto tiene lugar la sinfonía de un orden inclinado a la belleza: la armonía de los espíritus. Yo vivo por ello.

Magnífico momento, en este ahora y en este aquí, para pensar, pensarse y escribir. Magnífico momento para escribir será siempre aquel en el que debamos caminar por el borde ontológico de nuestro ser, entre el riesgo de caer y la fortuna de ascender, mirando a un algo que anhelamos sin saber qué es y que está más allá de nosotros, llamándonos desde el «claro del bosque», que decía María Zambrano, aguardando a sorprendernos en él desde la «belleza abismada».

Yo creo firmemente en que nunca la belleza será más alta que cuando la podamos avistar desde ese último borde de nosotros mismos, y yo vivo para y por ese momento en el que, como decía Hölderlin, se «abre el cielo de la perfección ante el amor anhelante», el avistamiento de la belleza absoluta…

Y quizás, en ese borde ontológico de nosotros, miremos más bien hacia la eternidad interior, a donde, como decía Novalis, conduce «el camino misterioso»: «Es en nosotros, y no en otra parte, donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro». Quizás en esa última frontera del ser descubramos que no hay un allá ni un acá, sino un todo. Quizás no haya más camino hacia la belleza que el del misterio porque este la oculta amorosamente en su seno, y ella espera a revelársenos incluso en la ruina del mundo, solo si tenemos dentro la suficiente sensibilidad como para resonar con ella, escuchar su voz asordinada y reconocerla en medio de la niebla.

Magnífico momento este para alzar el vuelo como rebeldía contra la caída en barrena. Magnífico momento para afinar la cuerda del alma tensándola hasta niveles jamás imaginados —porque nunca se romperá— y producir la nota imposible. Magnífico momento para mirar a lo más alto desde lo más hondo de nuestro ser y cruzar el tiempo como una flecha capaz de surcar todas las eternidades. Magnífico momento para decir un no, sólido como un dolmen, a los funestos que intentan ahogarnos en su estéril noche. Magnífico momento este porque la vida es eso, el momento, cuando cabe toda en él y podemos decir como Rilke: «Y en tus ojos, que nunca parpadean, / el espacio soy yo».

Libertad

Cayó extenuada a mis pies. No podía volar y me seguía con gran dificultad, dando pequeños pasos detrás de mí.

La recogí y durante varios días la acomodé en el invernadero. Le di cuidados y alimento, poco a poco fui animándola a salir de su refugio hasta que conseguí que diera pequeños paseos a mi lado por el jardín. Un día, antes de volver al invernadero, voló hasta mi hombro. Supe entonces que ya estaba recuperada.

Quiero escribir libertad pero no me sirve con la tinta negra de mi pluma.

Quiero escribir la palabra libertad con tinta blanca sobre papel blanco, sin márgenes,

y dejarlo volar desde mi ventana.

Hacia el mas allá;

hacia el mas allá del ancho mar de la esperanza…

@mjberistain
Fotografía Iñaki Peñalba


Si alguna vez…

A Charo, mi fan “antipoeta”.

Si alguna vez al recordarme
sintieras una suave brisa
que despeinara tus sentidos.

Si alguna vez te llegara
a acariciar el silencio
la orilla de un mar en calma

Si alguna vez escucharas
el estruendo de la marea
cuando rompieran sus olas
contra el acantilado,
si una fina lluvia entonces
enturbiara tu mirada.

¿Reconocerías
en los labios de tus lágrimas
el sabor a sal?

Si alguna vez alguna imagen
de amor o de clamor, o su naufragio
llegara a tu memoria…

@mjberistain

Túnicas de luz

Por querer, querer…

quiero que el olvido vuelva y me sueñe tormentas,

lunas iluminadas, sol ardiente, veranos

con fragancias de manzanas y desnudos gestos

bajo túnicas de luz, quietud en la penumbra

perfil de amor que deslumbra, respirar el dolor

dulce de los sentidos, estertor de las piedras

en lechos de sábanas blancas recién planchadas.

Por querer, querer,

quiero poder soñar sin que duelan las palabras

cuando hablemos de soledad, quiero poder soñar.



@mjberistain


Al sur de la nostalgia

Al sur de la nostalgia

nace abril tras el naufragio

de los inviernos.

No ha muerto, hoy nace abril.

Nace como un cielo incierto

herido de calima, sed

y soledad.

No ha muerto, hoy nace abril.

Hay sauces que mecen brisas

y olivos en tierras yermas,

Hay un silencio que rompe

al renacer nuevas noches

primaverales.

Duelen heridas de pronto

escucho en la lejanía

respirar al mar; mi tiempo

contra el tiempo,

sé que hoy no lloverá; lo sé

pero no sé por qué lo pienso…

@mjberistain



Ante el espejo

“Escribo poesía porque no escribo un Diario”,
contesté con humildad cuando me preguntaron por qué escribía. MJB

Rescato de Babelia la voz de una de las mujeres que se dedica a la investigación, estudio y divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

Del texto de ANNA CABALLÉ escritora, crítica literaria y profesora universitaria española.
Su línea de investigación es el estudio y la divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

ANDRÉ GIDE FUE NOVELISTA, POETA, VIAJERO Y PREMIO NOBEL (1947)
LA OBRA DE SU VIDA FUE SU MONUMENTAL DIARIO ÍNTIMO

André Gide logró dejar una huella imborrable en la literatura autobiográfica del siglo XX.
En España, nombres como Jaime Gil de Biedma, Juan Goytisolo, Carlos Barral o Terenci Moix fueron deudores de su obra, en la que alternó la crónica política del tiempo convulso que le tocó vivir con la exposición de sus dilemas mas íntimos.

Gide reflejó en su escritura el conflicto entre deber y placer, “Lejos de negar o de ocultar su uranismo, lo declara, y casi podría decirse que se jacta de él. Dice que las mujeres nunca le han gustado más que espiritualmente, y que solo ha conocido el amor con los hombres”

André Gide (1869-1951) tiene 18 años y está en clase de retórica en París, en la Escuela Alsaciana. Lleva un diario desde el 4 de octubre (1887). Es su primer cuaderno. Meses después mantiene una importante conversación con un compañero de clase que, como él, siente con intensidad su vocación literaria. Se llama Pierre Louis. Los dos jóvenes intercambian confidencias sobre sus respectivos proyectos y Louis le lee algunos pasajes de su diario. Gide queda vivamente impresionado y se reprochará no haberse tomado con la debida seriedad su vocación: “Ayer noche vi a Louis y me dio vergüenza. Tiene el valor de escribir y yo no me atrevo. ¿Qué es lo que me falta? Y, sin embargo, cuántas cosas bullen en mí y reclaman cristalizar en el papel. ¡Tengo miedo! Tengo miedo de que al poner por escrito la frágil y fugaz idea la eche a perder, le dé la rigidez de la muerte, como esas mariposas a las que se extienden las alas sobre la mesa y que solo son bellas cuando vuelan” (15 de mayo de 1888).

Louis también dará cuenta de la conversación con Gide en su diario y ahora disponemos de la oportunidad de conocer los dos ecos generados por un mismo encuentro. Pero es que el diario de Gide es uno de los casos más fantásticos que se conocen en relación con los estudios sobre el género, pues una amiga suya, Maria Van Rysselberghe (la Petite Dame), tomaría la decisión en 1918 de llevar un diario paralelo al del autor de El inmoralista y lo mantuvo hasta la muerte del escritor, en 1951, asumiendo el papel de un Eckermann frente a Goethe. La función de sus cuadernos queda definida en una anotación de 1927: “He emprendido estas anotaciones con la idea de que puedan servir de fuente, de referencia, de testimonio a aquellos que un día quieran escribir la verdadera historia de André Gide”. Es decir, que el Diario del escritor se convierte en el centro generador de una pléyade de otros diarios —Charles du Bos, Martin du Gard, Eugène Dabit, Pierre Herbart, Louis Guilloux…— en los que resuena tanto su voz autorial como su influencia. Incluso la que en 1895 sería su esposa, Madeleine Rondeaux, llevó un diario en su adolescencia donde aparece su primo, del que estaba profundamente enamorada. Cuántas veces la realidad va más allá de la ficción y es más interesante, pues esa sinergia creada en torno al diario gideano realiza espontáneamente, como señala Philippe Lejeune en Un journal à soi, el sistema del “punto de vista múltiple” que se halla en el centro narrativo no solo de su obra más reconocida, Los monederos falsos (1925), sino de muchos otros ejercicios narrativos: anteriormente, por ejemplo, había remodelado su diario de adolescencia atribuyéndoselo a su héroe y alter ego en los Cahiers d’André Walter (1891).

Es decir, estamos ante un caso verdaderamente prodigioso de irradiación del diario gideano; uno de los esfuerzos más completos que han podido tentar a un hombre para comprenderse a sí mismo y explicarse ante los demás. Una simple muestra de su vasta influencia nos la proporcionan poetas como Carlos Barral y, sobre todo, Jaime Gil de Biedma, ambos autores de sendos diarios escritos bajo su modelo e inspiración, por no hablar de Juan Goytisolo o Terenci Moix.

Soy una entusiasta defensora de las ediciones íntegras de los diarios, aunque tengan miles de páginas (casi diría que mejor). Es la única manera de hacerse con el verdadero ritmo de una práctica caracterizada por la reflexividad. La única manera de ahondar en la frecuencia, los hábitos, el ritmo, la modulación de los temas que van surgiendo y las constantes que vertebran la escritura. Nada mas fluctuante que el ritmo de un diario, sometido a todas las variaciones de la vida cotidiana: la única manera de poder apreciarlo es dejarse llevar por sus ondulaciones, sus reiteraciones, sus caídas de ánimo, los éxtasis, las incertidumbres. “No vale la pena escribir el diario cada día, cada año; lo que importa es que en determinado periodo de la vida sea muy preciso y escrupuloso. Si he dejado de escribirlo durante largo tiempo es porque mis emociones se estaban volviendo demasiado complicadas” (3 de junio de 1893). Complicación para Gide significa riesgo de caer en una excesiva elaboración de sus sentimientos y, por tanto, falta de autenticidad. El que fue poeta de la vida y de la energía se interrogará siempre sobre la sinceridad de su escritura. Y es que la máquina gideana no conoce el reposo, la satisfacción, la tranquila explotación de los logros. De modo que su diario todo lo admite, todos los temas y vivencias caben en él, porque a todo estaba abierta su mente: “Recurro a este cuaderno para aprender a exigirme más”.

En el caso de Gide, basta leerle para que nos guíe hasta el fondo de lo que nos dice, —al no distinguir entre la vida y la obra, concibe esta última como “la vida de la vida”— se libra a la entrega moral de ser quien es hasta las últimas consecuencias. Además de sus muchas lecturas y viajes —incluidos los que hizo al Congo y a la URSS para terminar denunciando el colonialismo y el estalinismo—, de sus encuentros con figuras como Oscar Wilde o Marcel Proust, su amistad con Paul Valéry y Francis Jammes, y su papel al frente de La Nouvelle Revue Française, cruzando su Diario de punta a cabo descubrimos el conflicto que le condujo a convertirse en un pensador sobre la moral recibida y en un escritor implacable consigo mismo: la vivencia de la (homo) sexualidad.

Educado bajo la férula de su madre, la adinerada Julie Rondeaux, una mujer inteligente, suprema gobernanta de todo lo que ocurría en la casa familiar y acostumbrada a regirse por el principio del deber, Gide recibirá una educación basada en el aprendizaje de la sumisión. Del acatamiento a las normas exigidas por el conformismo burgués y que su madre representa como nadie. Negro sobre blanco: en este contexto de excelso puritanismo, el sexo es pecado, la carne es impura por naturaleza y la ley cristiana impone considerar el cuerpo como un saco de inmundicia. He aquí el drama íntimo de Gide: si no quiere perder el amor de su reverenciada madre, debe odiar tanto su cuerpo como la voluptuosidad que muy tempranamente anida en él. O bien debe aprender a mentir, a disimular, a enfrentarse a la pena negra que siempre causa lo que sabemos que debemos ocultar a los demás. Principio del deber vs. instinto del placer. Tanto en un caso como en el otro, Gide es o se ve culpable, es decir, un traidor a la gran causa familiar y de clase.

El largo ejercicio de desdoblamiento del yo que cruza su escritura le conducirá en un primer momento a una solución de compromiso por la que se siente feliz: deseo y amor, se dirá, son dimensiones distintas, mientras el primero aspira a la consumación, el segundo busca la duración. El deseo le conducirá a los brazos de jóvenes con los que experimentará la alegría del encuentro; el amor se lo garantiza el matrimonio contraído con su prima Madeleine Rondeaux, una especie de ancla ante la lava ardiente de su pasión. Esta es la teoría. En la práctica, la esperada comunión espiritual absoluta con su esposa —un matrimonio nunca consumado— exigiría enormes sacrificios y frustraciones por ambas partes. Exigiría el silencio. El hombre capaz de librarse a la aventura y a la franqueza de la amistad con una audacia inaudita, expuesta en Si la semilla no muere, es el mismo que practicará la diplomacia, la censura y la prudencia con su esposa —lo define como una “mutilación impía”—. Ambos sufren y callan, aunque Gide hará de su nomadismo el reverso de la frustración conyugal: “Solo deseo viajar”.

Consecuencia de la explosión diarística en Francia en torno a 1880, en algunos escritores germinaría la idea de escribir un diario y publicarlo “en caliente” (el caso paradigmático es el de Léon Bloy), convirtiéndose en cierto modo aquella escritura privada en una obra literaria. Indudablemente supuso una actitud moderna que conllevaría, sin embargo, un cambio estructural —una obra se construye, dispone de comienzo y cierre, tiene en cuenta el horizonte de lectura de su tiempo, mientras que un diario se acumula y puede no contemplarlo en absoluto—. Gide no pudo resistirse a la posibilidad de publicar sus cuadernos en vida, porque le permitía proyectar su voz en otro registro, aumentando la potencia de la polifonía literaria que constituye toda su obra y, en definitiva, seguir experimentando. De modo que en 1939 el Diario se publicaba, cuidadosamente censurado, en La Pléiade. Fue necesario un añadido póstumo en 1954, pero aquella edición contenía deturpaciones textuales de todo tipo. La edición de Debolsillo nos ofrece ahora la oportunidad de sumergirnos en aquel proyecto existencial que para el gran moralista francés fue explicarse y explicar a los demás las muchas contradicciones de su vida.

Ver el texto completo en la publicación de ANNA CABALLÉ en Babelia, El País. marzo 2021


Un palazzo en Nápoles

No era una broma, como de costumbre, que la hora prevista para el despegue del avión hacia Italia se retrasara más de noventa minutos.  Jo lo sabía bien. Estaba acostumbrado a viajar por todo el mundo, y en tantas ocasiones, que había conseguido merecerse el tratamiento de VIP en las mejores líneas aéreas internacionales. Pero, ni aún así conseguía eludir las largas esperas ni tampoco pasar algunas noches en las más selectas “poltronísimas” de los aeropuertos, especialmente cuando se trataba de viajar a Italia —uno de sus destinos preferidos  (profesionalmente hablando)—. Porque aquella era la primera vez que elegía Italia, en concreto la ciudad de Nápoles para una breve escapada particular.

El taxista le estaba esperando en la puerta de salida del aeropuerto con un gran letrero en el que destacaba su apellido sobre las cabezas de la multitud. Le molestó tener que bracear entre aquella marea humana con su gran maleta de rueditas y su mochila de cuero negro a su espalda hasta conseguir sentirse a salvo cuando cerró la puerta trasera del taxi negro que lo esperaba aparcado, bastante más allá de lo lógico —pensó—.

—Empezamos mal Jo, —se dijo a sí mismo mientras arrastraba con dificultad su pesada maleta de pequeñas ruedas y cargaba a la espalda con el peso de su ordenador y equipo fotográfico en su mochila de cuero negro. Tantas veces había pensado que cuando se jubilara viajaría ligero de equipaje, que se maldecía a cada paso siguiendo los del taxista, que ni por un momento hizo amago de ayudarle.

Confirmó que la dirección que aparecía iluminada en la pantalla del ordenador de a bordo coincidía con la de su contrato. Respiró.

Pero solo pudo respirar unos segundos. Se agarraba al cinturón de seguridad como a una tabla salvadora ante los bandazos que daba el coche entre acelerones y frenazos que el taxista italiano —sin alterarse—ejecutaba con maestría a pocos milímetros de otros coches y motos que compartían las calles; todos ellos exigiendo el desalojo inmediato de todo ser viviente que pudiera interponerse en su camino. Solo las ambulancias con sus estridentes sirenas sonando imparables por toda la ciudad parecían tener preferencia en aquel “maremagnum”. Era una heroicidad para cualquier ciudadano de a pié elegir el mejor momento para cruzar de una acera a otra sin acabar debajo de las ruedas de algún despiadado vehículo a motor.

Jo había tenido suerte en la vida. Era de una buena familia y, además, adinerada. Su propia profesión de arquitecto había añadido valor a su vida social y a su patrimonio. Hacía muchos años que viajaba solo. Se jactaba de ser un espécimen asocial y con muchas manías difíciles de compartir. Se acababa de jubilar hacía apenas dos meses. Era la primera vez que había contratado él mismo su viaje y su estancia en la ciudad a través de un operador turístico por internet. Como casi todo el mundo, pero había puesto una sola condición: quería hospedarse en un sitio especial, algo así como lo pudiera ser un “Palazzo” napolitano.

El taxista paró el coche haciéndose un hueco con autoridad desafiante entre los cientos de turistas que a esa hora ocupaban la plaza peatonal del Jessu. Abrió el capó para que su cliente pudiera descargar su equipaje y le indicó, con un  grotesco movimiento de su cabeza, la calle por la que tenía que continuar andando hasta llegar al “Palazzo” que tenía reservado para su estancia de cinco días en la ciudad. Tuvo que caminar más de trescientos metros por una angosta calle adoquinada y sucia por la que no podía dar un solo paso sin tener que esquivar a la ingente marea de personas que a esas horas se movían sin prisa, como si de una peregrinación se tratara, hacia ningún lugar concreto. Maldijo al taxista varias veces, y no pudo evitar, soltar un exabrupto —¡no jodas!—cuando, al llegar a su destino, uno de los “carabinieri” que estaban aparcados en una esquina con sus deslumbrantes motos, le señalaba el inmenso portón de la entrada al edificio del “Palazzo”.

Originalmente el edificio debió de estar pintado de un elegante color rojo pompeyano representativo de la cultura napolitana, pero en aquel momento presentaba un aspecto decadente, sucio y medio abandonado, con la pintura ajada y descascarillada en la fachada. El gran portón de madera, desvencijado. Lo peor fue descubrir la gatera  que suponía ser la entrada de personas y pequeños animales. Tuvo que maniobrar con su gran maleta y agachar la cabeza para poder pasar al interior de un sórdido patio en el que, de una pequeña garita atendida por un anciano ciudadano, debía de recoger las llaves de su apartamento. Y subir andando tres tramos de escaleras, de once peldaños cada uno.

Se tiró al sofá de estilo Luis XIV, agotado. El recibidor habría sido digno de una mansión italiana, solo que entonces estaba reconvertida en casa turística. El espacio era de techos muy altos, un gran ventanal en una de las paredes daba a la plazoleta por la que había entrado —miró hacia ella con cara de estupor—. Era luminoso y estaba decorado en tonos neutros y con pocos muebles auxiliares clásicos además del sofá. Un secreter sobre el que se exponían, en un mural, fotografías y postales de sonrientes huéspedes que habían pasado por allí, una mesita con un tocadiscos de los años sesenta, y un aparador con una silla a su lado, tapizada en tela buena. Dos alfombras persas sobre el suelo de mármol. La pared principal la ocupaba un gran cuadro enmarcado, con un colorido paisaje onírico de la bahía napolitana.

El único de los tres apartamentos que había sido ocupado para aquella semana era el suyo y era el mejor que tenía el Palazzo. Resultó ser silencioso, completo, sencillo y limpio. Le hizo el efecto de un bálsamo merecido. Durmió, sin tan siquiera acordarse de su “temazepan”.


Le despertó la llamada de una campanilla. No sabía dónde se encontraba. Consiguió ponerse el albornoz mientras hacía acopio de neuronas para situarse en el mundo. Ah, sí —pensó— en Italia, concretamente en Nápoles, y en mi Palazzo —consiguió articular con ironía—.

Abrió la puerta a medias.

—¡Buoniorno caro Jo!

Le sorprendió el timbre grave de su voz.

Medía casi dos metros. Se hizo paso con soltura empujando la puerta hacia el interior del recibidor  y dejó sobre el aparador de la entrada una bandeja de bollos recién horneados.  Sus facciones masculinas y la efusividad de su apretado abrazo lo desestabilizaron hasta hacerle retroceder. Solo entonces pudo mirarle cara a cara.

Jo pestañeó varias veces intentando hacerse cargo de la situación.

—¡Ti ho portato delle Sfogliatella Napolitana come benvenuto!.

Jo, no podía dar crédito a lo que veía. De pie en mitad del recibidor, con la puerta todavía sin cerrar, intentaba descifrar la duda de si trataba con un hombre o con una mujer. Pensaba en cómo responderle  y de qué manera hablarle a aquel personaje que le había invadido en su temporal intimidad. Tardó unos minutos en pronunciar una sola palabra mientras seguía con la vista, anonadado, los rápidos movimientos de aquel personaje, tan rápidos como su forma de hablar y gesticular por la habitación. No pudo evitar observar aquel cuerpo por detrás, cuando se subió a una pequeña escalera, estirándose para alcanzar un “long play” de la balda sobre la que había colocados unos veinte discos.  Sobre ellos, escrito a mano con pintura de colores en la pared, se leía un mensaje en grandes letras que decía: “Don’t worry. Be happy”.

Jo, arqueó las cejas, cerró la puerta y cabeceó para espabilarse.

Sonó Adriano Celentano en el tocadiscos. Subió el volumen y se volvió con satisfacción hacia Jo como esperando alguna respuesta.

—Buoiorno, respondió Jo, a secas.

Retiró su gran melena pelirroja rizada de la cara en un movimiento afectado claramente femenino. Le invitó a Jo a sentarse a su lado en el sofá Luis XIV que, según le contó, había tapizado su padre que vivía en Pescara, un pueblo al otro lado, en el Adriático. Y que tenía una hija.

—Ajá, —Jo asintió amablemente con un movimiento de su cabeza, dando signos de que estaba interesado en aquel discurso, al mismo tiempo que trataba de enmascarar su perplejidad.

Vestía un buzo sedoso de pantalones anchos, estampado con dibujos geométricos en colores azules negros y blancos. Muy ajustado al cuerpo y desabrochado hasta el punto exacto de despertar la concupiscencia de cualquiera. Jo no pudo evitar dirigir una mirada esquiva al canalillo de su escote, y a los pezones pronunciados que destacaban bajo la tela sedosa.  Resolvió que podrían ser el resultado de una operación de tipo “Premium”. No acertaba, sin embargo, a hacer un buen diagnóstico. Aquel culo plano y la estrechez de sus caderas —a las que él hubiera añadido unos treinta centímetros— le confundían. Pensó que era muy difícil que pertenecieran a una mujer, en especial a una mujer napolitana.

Había mucho de simpático descaro en sus maneras. Le contó que su marido trabajaba en la construcción pero que ahora ya no vivían juntos. Que su hija era estudiante en Londres. Y que ella era la Donna del  “Palazzo”, —remarcó la última frase irguiéndose en el sillón Luis XIV y acercándose seductoramente hacia él—.

Recibió el “curnicello” de regalo de las grandes manos de la Donna que le apretaba las suyas con tal afecto que casi se podía interpretar como verdadero. Le explicó, con su grave voz afectada, que era un “pisello”;  el símbolo de la virilidad y fertilidad y que favorecía la prosperidad, su color rojo se vinculaba a la sangre y al fuego que eran los símbolos del poder y la vida.

Jo mintió cuando se excusó diciéndole que se le hacía tarde para llegar al tour que tenía contratado para ir a Pompeya y al Vesubio aquel día. Se malvistió, le agradeció sus atenciones y salió a la calle a respirar. Trató de evitar el encuentro con la Donna los días siguientes, pero no fue posible. A pesar suyo, oía el crujir de las maderas de las escaleras cuando la Donna llegaba y, unos segundos más tarde, la música napolitana que le indicaban que ella estaba allí antes de que él amaneciera.

Jo se familiarizó con el ambiente urgente, colorido y caótico de la ciudad de Nápoles, y comprendió que eran precisamente parte de sus encantos, a lo que había que añadir su enorme interés histórico y cultural además de la belleza de su paisaje. 

Tuvo que reconocer en TripAdvisor que también lo había sido la hospitalidad de la Donna. ¡Faltaba más!.


@mjberistain

NOTAS: Ver en “Notas sobre Nápoles”

The most beautiful song

Most beautiful song you’ve never heard

Ábreme a la vida,

a la música más hermosa del mundo

bajo las entrañas de un mar en calma,

Ábreme

a la ciega danza de sus algas

de luminosa y plácida belleza,

ritmos que convocan en el alma

sortilegios y leyendas

de evanescente y cristalina esencia.

Porque naufrago

en la exhausta ruina de las ciudades

de un mundo yerto que ya no conmueve.

Quiero huir del paraíso de dioses

pecaminosos,

de los salvajes gritos de sus hordas,

de sus solemnes tragicomedias.

Ábreme a la vida

a la música más hermosa del mundo

bajo las entrañas de un mar en calma,

rumoroso,

donde sibilas silban las sílabas

de las melodías más bellas jamás cantadas.

@mjberistain

Imagen de la colección de Karlos Giménez (músico y poeta)
Música “Most beautiful song you’ve never heard”“Redemption”


El secreto está en la síntesis

Dice Jose María Guelbenzu: EL SECRETO ESTÁ EN LA SÍNTESIS

Se refiere al libro de Chris Offutt titulado “Lejos del bosque”. Incluyo este texto entre mis páginas porque me ha resultado interesante su explicación sobre la escritura de cuentos.

Este breve volumen de cuentos no tiene desperdicio. Es también engañoso porque su aspecto hace pensar al lector que es una literatura sencilla, sin complicaciones; sencilla sí es, pero complicaciones las tiene todas. El aspirante a escritor tiende a pensar que esta manera de contar, a base de frases breves y cortantes que casi no dejan tomar aire y con un asunto central ya muy trajinado —la nostalgia del origen, la salida de la tierra natal, la imposibilidad del regreso e incluso el mismo regreso—, no ha de ser muy difícil a poco que uno se ciña con variantes a un cliché mental muy trajinado también.

Eso mismo he visto que les ocurría a muchos pre-escritores después de leer a Raymond Carver. Carver parecía escribir a la buena de Dios, sin preparación artillera alguna, pero tras muchos intentos de imitación descubrían que el enemigo —la escritura— seguía incólume, sin que la hubieran alcanzado ni de refilón siquiera con una frase.

Uno de los cuentos de Chris Offutt, el titulado ‘Prácticas de tiro’, comienza así: “Ray puso un leño sobre el bloque de madera y alzó el pesado mazo. El fresno seco se quebró sin dificultad. Sustituyó el mazo por el hacha y cortó listones finos que se curvaron alrededor de los nudos y cayeron al suelo. El esfuerzo aflojó la tensión que se había vuelto crónica desde su regreso a las montañas. Hacía ya varios años que se había ido de Kentucky y ahora deseaba haberse quedado en Detroit, en la cadena de montaje de la fábrica Chrysler”.

En este párrafo se ha contado una vida, un modo de vida y una idea de la vida. Nada menos. Es capaz de mostrar con precisión el ejercicio de un oficio y el resumen de la existencia del personaje; sólo hay que mostrar el trabajo y la historia del personaje de modo que la veamos físicamente; y todo con llaneza, como pedía maese Pedro, sin adornos ni explicaciones innecesarias. Cuando el aspirante a escritor emulaba a Carver siempre descubría que quizá no lo había hecho del todo mal, sólo que la magia carveriana no aparecía por ninguna parte. El secreto está en la síntesis de la experiencia y en el dominio de la sugerencia y de la elipsis. El párrafo que acabo de traer aquí no tiene su gracia en la brusquedad expresiva ni en la simplicidad de palabra, sino en lo que su apariencia delata.

Offutt es uno de esos tipos nacidos en una localidad inimportante y cerrada que abandona para ver qué hay más allá por el mundo y ejercer cualquier oficio que le produzca unos dólares. Y aprende gracias al paso del tiempo y afinando la mirada sobre la especie humana. La mirada es el arma más poderosa del escritor, la que le permite seleccionar y elegir y, después, trabajar con la expresión por la palabra.

Chris Offutt clava la mirada en historias inimportantes que contienen la conciencia elemental de la existencia, desgarradoras, emocionantes; y en un modo de relato que se instala en el cruce de la emoción con la sobriedad. Parece un narrador lacónico, pero golpea los sentimientos del lector y lo sacude para mostrarle la hondura singular e irrepetible de toda condición humana, valiéndose de unos personajes que llenan una buena parte de la mejor literatura: los perdedores. Sus relatos son poderosos y universales en su simplicidad por la misma razón que lo son los cuentos de Chéjov, tras el que se suceden todos los cuentistas americanos, de O. Henry y Ambrose Bierce a HemingwaySalinger o Tobias Wolff. Offutt pertenece a esa ya gloriosa tradición por derecho propio y este libro es una muestra perfecta de lo que digo.

Lejos del bosque Chris Offutt
Traducción de Javier Lucini
Sajalín, 2021. 128 páginas. 15 euros

Crítica Literaria: Jose María Guelbenzu
Publicado en Babelia – Marzo 2021


«… Escucha
la honda respiración del mar
ya dentro de tu sangre…»

No digas nada Lesbia
y piensa solo en ti.
Deja tu cuerpo suelto
igual que en abandono
en medio de este mar
que ahora mismo te envuelve
bajo no sé qué vientos
de frescor y dulzura
que tu piel acarician
entre un olor a sal
más antiguo que el mundo.
Pero no digas nada:
piensa en ti y solo ansía
como yo unos instantes
de silencio y de amor.

José Agustín Goytisolo

Del Blog Trianarts. En recuerdo al poeta catalán en el aniversario de su muerte.


El Teatro de la poesía

Original publicado en el Blog de arena

Dice nuestro común amigo Borgeano:

Hace unos días, una amiga de la casa, Isabel Fernández de Quirós, quien presentó su nuevo libro de poemas Aire que rompe la niebla ―lo hizo, acorde a los tiempos que vivimos, de manera virtual; así que tenemos un excelente registro de ello. Quien quiera verlo puede acceder aquí y oír su poesía en su propia voz―, me dijo algo que me pareció perfecto como síntesis de lo que es la poesía: «Cada poema es una obra de teatro en miniatura, cuanto mejor se interprete más tocará el corazón del escuchante».

Poetikon

Yo siempre he abogado por la lectura poética en voz alta, cosa que sé que no es algo original, pero que de todos modos no siempre es compartido o aceptado (desde aquella tarde en que Tomás de Aquino vio a Anselmo leyendo sin mover los labios, día en que cambió la historia de la lectura para siempre, leer fue considerado un acto íntimo, personal y, sobre todo, silencioso. Después uno ve que sólo se cambió un hábito por otro y que el hábito terminó transformándose poco menos que en una superstición). Como sea, Isabel había dado en el clavo: la lectura poética en voz alta nos permite acceder a ciertas capas de sentido que a veces la lectura silenciosa nos veda. La puesta en escena, si se me permite la expresión, hace que pasemos a formar parte del poema y que éste pase a formar parte de nosotros mismos.

Claro está, esto nos permite, también, diferenciar un buen poema de uno malo (si los versos no están bien armados, medidos o musicalizados se hacen evidentes los ripios y los tropiezos) pero, sobre todo, nos permite, y esto es lo más importante, acceder mucho más profundamente a aquellos poemas buenos. Borges, creo que en el prólogo a su volumen de poesía completa, dice que el poema no está en el conjunto de signos impresos en una hoja, sino en el diálogo que se crea entre esos signos y el lector. La idea es hermosa y, por supuesto, altamente poética: el poema en sí no está ni en el libro ni en el lector, está en el puente que se teje entre ambos; y para ello se hace necesario este teatro en miniatura del que habla Isabel. Saber (aprender a) convertirnos en el ser capaz de transformar esos símbolos en poesía ya es motivo suficiente como para justificar, aunque sea por unos momentos, nuestra existencia.


Esta entrada pretende ser un homenaje a estas dos personas, Borgeano e Isabel, a quienes admiro profundamente por la calidad de sus diálogos y la profundidad de los temas que tratan. Agradezco sinceramente que nos permiten acercarnos a ellos desde esta ventana virtual.

imagen de portada pexels