Temor de lluvia


Esa luz del amanecer tan pura me da miedo,
llueve, pero hoy creo que es un error del universo
todo tan puro, tan absolutamente hermoso…

Siento el aliento del desapego
ulular entre sonrisas saciadas de pétalos
y espinas en el jardín saqueado.

Debe de esconder algo así como
la punta de lanza de un amor que mata
con afilado instinto de posesión.

Temo la lluvia que también se fosiliza
en las sienes de los relámpagos
y en su hiriente belleza quebradiza.


Venías

Venías, ave, corazón, de vuelo,
venías por los líquidos más altos
donde duermen la luz y las salivas
en la penumbra azul de tu garganta.

Ibas, que voy
de vuelo, apártalos, volando
a ras de los albores más tempranos.

Sentirte así venir como la sangre,
de golpe, ave, corazón, sentirme,
sentirte al fin llegar, entrar, entrarme,
ligera como la luz, alborearme.

Autor: Jose Ángel Valente
Imagen internet


El Tiempo

Hoy diría que fue una gota de “Tiempo puro”:
Tiempo sin tiempo, aquella noche de Diciembre
en que, años atrás, nevaba…

¿Qué extraño licor nos hervía en el cuerpo,
pues reíamos, mientras envueltos en grandes abrigos
veíamos caer la nieve?

Bailábamos, bailábamos simplemente sin movernos,
ebrios de nosotros, de la noche, de la nieve
que caía helando, como si fuera todo un gran palacio
constelado de luz y de cristales.

Las calles estaban completamente blancas,
y el frio era más fuerte y la nieve más dulce,
y reíamos elegres y jubilosos
cual si sonasen violines fascinantes
y no existiera un mañana.

Pero un instante, casi llegando a casa,
entre las calles blancas, y el júbilo nuestro
y la soledad inmensa, sentí un suave amago,
un punto de melancolía…
no fui menos feliz por ello, y entré gozoso en casa.

Mas, ahora sé que aquel toque era el Tiempo.
El Tiempo que cerraba la puerta y que se iba
para que hoy —tantos años depsués—
sepa que fui dichoso allí…

Porque el Tiempo se escapó del tiempo,
y no sentimos que importase nada,
más que aquellos instantes vivos
y el violento perfume de nuestra propia gloria…

La felicidad nunca se posee cuando se anhela.
El Tiempo no lo eliminas voluntariamente.
y pues el ansia está ahí, y el deseo está ahí
y el fuego brilla todavía,
hay que morir de sed —morir de sed— junto a la fuente.

Autor: Luis Antonio de Villena
(extracto de Intento rehabitar la dicha)
Imagen: Isabel Muñoz


Solo un juego de palabras


Leo y releo en estos días de confinamiento. Y me detengo en cualquier punto del paisaje. Y retrocedo y así no termino nunca de terminar un libro que realmente me interesa; especialmente los relacionados con las vidas y circunstancias de los poetas a los que admiro.

Hablamos de Aleixandre, (más tarde os diré quién es el que habla…)

Aparece a última hora de la tarde, justo para llegar a tiempo a cenar. Parece cansado del viaje, pero las chispas en sus ojos siguen igual de azules y de vivas. Tan poco invasor, tan religiosamente atento a lo que le decimos, siempre me hace gracia la vehemencia que este hombre pone, de repente, en el relato más trivial. En cualquier revuelta del diálogo se le acelera la palabra, casi jadea, como si entre frase y frase tuviera que sumergirse, borboteando, para calar al fondo de la historia. Hoy nos contaba su paseo hasta la oficina de telégrafos, recién llegado, preguntando aquí y allá, y el inocente trayecto de manzana y media tomaba una solemnidad y una intensidad insospechadas. Lo oscuro de la noche y de los transeúntes, las ráfagas del viento y de los automóviles, la zarabanda de las luces, todo componía una especie de fantasmagoría, de realidad espectral —figuraciones y figuras—, a punto de perder pie definitivamente. Y el tono, y las inflexiones de la voz y el gesto, el inoíble pianissimo, suscitaban la idea de una expedición tremenda, misteriosamente significativa, lo mismo que la bajada de Orfeo a los infiernos.

Nunca le había oído leer poesía en público y me pareció admirable. Es además un estupendo explicador, que sabe perfectamente insinuar en los oyentes la atmósfera del poema. Aleixandre es un gran poeta.

J.Gil de Biedma


DESPUÉS DEL AMOR

Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,
como el silencio que queda después del amor,
yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo
hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.
Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir retraído.
Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace un instante,
en desorden, como lumbre cantaba.
El reposo consiente a la masa que perdió por el amor su forma continua,
para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de la llama,
convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites se rehace.

Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios,
delicadamente desnudos,
se sabe que la amada persiste en su vida.
Momentánea destrucción el amor, combustión que amenaza
al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,
sólo cuando desprendidos de sus lumbres deshechas
la miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la vida,
la silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad
nos llamaba.
He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,
opulento de su sangre serena, dorado reluce.
He aquí los senos, el vientre, su redondo muslo, su acabado pie,
y arriba los hombros, el cuello de suave pluma reciente,
la mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa nacido,
y la frente donde habita el pensamiento diario de nuestro
amor, que allí lúcido vela.
En medio, sellando el rostro nítido que la tarde amarilla caldea sin celo,
está la boca fina, rasgada, pura en las luces.
Oh temerosa llave del recinto del fuego.
Rozo tu delicada piel con estos dedos que temen y saben,
mientras pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.

V. Aleixandre


La china


“Al salir, pagó el café que se le había olvidado tomar…” (Truman Capote)

Una lluvia aburrida se había instalado en la ciudad cayendo incansable desde lo alto de un cielo plomizo como el de ayer y el de anteayer, como posiblemente el de la próxima semana según los partes meteorológicos que ya no sabían cómo explicarlo de forma diferente cada día. Se había hecho de noche. Al volver la esquina vomitó. Tiró el periódico empapado en una papelera y se dejó allí colgado el paraguas. No tuvo la precaución de arrancar la página de los anuncios antes, pero tampoco le importó.

Pasaban los días y por muchos esfuerzos que hacía no veía ninguna posibilidad de encontrar un trabajo como el que pensaba que merecía de acuerdo con su historial profesional, su preparación académica y el estatus de su familia. Le quedaban pocos días para cumplir cincuenta años y aunque ese aspecto, en condiciones normales de mercado, hubiera podido ser considerado, en un hombre, como un buen fichaje para cualquier empresa, se encontraba defraudado, solo, como una isla desierta en mitad de un océano hostil. Tampoco había querido llamar a las puertas de los amigos. La realidad era que no había dicho que se encontraba en semejante situación. Cómo iba a imaginárselo nadie a su alrededor. Era del todo increíble aún admitiendo que entonces los puestos directivos de las empresas se regían más por movimientos políticos y eran menos estables o más dinámicos que en otros tiempos. Ya no servía de nada el pasado. Servía saber venderse para un futuro impredecible. Alguna vez escuchó que era fundamental saber vender humo…

Ocupaba un apartamento en el decimoquinto piso de uno de los miles de horribles edificios a los que llamaban rascacielos que se amontonaban en un barrio bajo de las afueras de la ciudad. Se miró al espejo del ascensor, estaba roto, y sus trozos garabateados con frases y dibujos obscenos. Aún pudo darse cuenta de que su aspecto físico era demoledor. Su calvicie prematura, su piel y su mirada desvaídas, sus cejas caídas en diagonal que le daban un aspecto lastimoso, sus hombros deformados por el peso de los días sin ver el sol. Todo ello no solo maltrataba su espíritu sino que, además, anulaba su poder de camuflaje; traspasaban todas las líneas de fuego de sus tripas y de sus venas hasta asomarse al exterior de su cuerpo sin condescendencia. Sin embargo, aquella tarde oscura la china del último bar al que había llegado tambaleándose para tomarse un café bien cargado le había mirado con detenimiento, con piedad o conmiseración, o, no sabía muy bien cómo interpretar aquella mirada apaisada que apenas dejaba entrever lo que él pensó que eran unos seductores ojos negros que le habían aturdido durante un instante. Quizás, para ella, era imposible mirar de otra manera. Se demoró después aferrado a la barra del bar observándola mirar al resto del personal que se movía alrededor de él entrando deprisa, consumiendo deprisa y saliendo deprisa, y pensó que se estaba volviendo loco. Además, Margot había decidido quedarse a vivir en un pueblo del sur en una comunidad de gente bohemia, artistas en su mayoría. Se había dedicado a la danza, había sido bailarina  profesional y ahora estaba retirada por una lesión de espalda. Su vida de pareja definitivamente estaba rota. Afortunadamente les habían unido pocas cosas durante su vida juntos, aparte del buen sexo mientras vivieron el encanto de los primeros meses. Se habían conocido en un viaje de empresa descubriendo la Antártida en un crucero de lujo, pero pronto aquel hielo imponente, aquél azul frío, y el silencio como un gran vacío de cristales afilados se habían instalado en su relación irremediablemente.

Se sintió viejo por primera vez en su vida. Había escogido aquel país, aquella ciudad para comenzar de nuevo porque nadie le conocía. Se sentía un tanto ofuscado, era cierto,  pero aquel mundo que le rodeaba se le antojaba un campo de exterminio, la gente uniformada en gris caminando lóbregamente sobre el polvo de un satélite desconocido que estaba cubierto con una gran bola de plástico reciclado, como un cielo plateado del que se desprendían como lluvia punzantes hilos de lava y de ceniza.

El bar estaba cerrado, la china oliendo a perfume de Pachuli permanecía sentada en el zócalo de la puerta a su lado. Sujetaba con sus dos manos una jarra llena de café bien cargado ya frío, y miraba a los viandantes que se desplazaban apresuradamente, intentando evitar los charcos, bajo la luz todavía mortecina de otra madrugada lluviosa para llegar a tiempo a sus quehaceres diarios. Cuando le sintió moverse, aventuró:

—Buenos días señor, le estaba esperando. Ayer se marchó usted sin tomarse el café…


@mjberistain


El infinito en un junco

GUILLERMO ALTARESMadrid – 04 NOV 2020 – 14:41 CET

Irene Vallejo, escritora y filóloga zaragozana de 41 años, ha ganado este miércoles el premio Nacional de Ensayo por El infinito en un junco (Siruela), una obra sobre la historia de los libros que ya se ha convertido en el éxito editorial del año. Las posibilidades de que un ensayo erudito de 430 páginas, escrito con un lenguaje evocador y preciso por una autora poco conocida, se transformase en un superventas eran escasas. Sin embargo, desde que llegó a las librerías, la obra ha ido sumando ediciones, acumulando críticas positivas de autores como Alberto ManguelCarlos García Gual o Mario Vargas Llosa y recogiendo premios, como el Ojo Crítico en la categoría de narrativa.

Sin embargo, en marzo, cuando el ensayo estaba en pleno auge, llegó el confinamiento, y su editora, Ofelia Grande, temió que se parase en seco porque se trata de una obra que depende mucho del ecosistema de las librerías literarias y de las recomendaciones personales. Pero ocurrió todo lo contrario: este viaje al mundo clásico, que en un mismo párrafo puede mezclar Taxi Driver con Demóstenes y se lee como una novela de aventuras, siguió encontrando sus lectores. Este mismo miércoles su editorial anunció que había imprimido ya 100.000 ejemplares y que ha firmado 26 contratos de traducción. Ya ha salido en catalán y en portugués. Según el informe confidencial de la consultora Gfk, que publicó este diario, había vendido 50.549 ejemplares desde su lanzamiento hasta finales de agosto, ocupando el puesto número 11, el primero para un ensayo, en la lista de las obras más exitosas del mercado editorial español.

“Sigo perpleja por esta acogida y por todo lo que está sucediendo en torno a este libro”, explica por teléfono desde Zaragoza Irene Vallejo, colaboradora desde febrero de El País Semanal, donde publica una columna cada dos semanas, y de El Heraldo de Aragón. “Muchos lectores me dicen que hay un sentimiento de pertenencia, quién lo lee hoy siente que forma parte de esa aventura épica, del esfuerzo para que todo ese bagaje de libros, poemas, siga avanzando hacia el futuro”.

“Luis Landero lo definió como un ‘ensayo de aventuras’ y eso es lo que intenté hacer”, prosigue Vallejo. “Era consciente de que el tema no era novedoso, porque existen muchos libros sobre bibliotecas y libros. Lo que podía aportar era a través de la escritura, trazando un experimento que transcurriese en los territorios fronterizos entre la ficción y el ensayo. Me gustaría pensar que es un cruce entre Montaigne, y su capacidad de dirigirse de tú a tú al lector, con Las mil y una noches y sus historias que se enredan con otras historias”.

En su fallo, el jurado del premio nacional se pronuncia en un sentido parecido y sostiene que ha elegido esta obra “por ofrecer un viaje personal, erudito e instructivo por la historia del libro y de la cultura en el mundo antiguo, que transmite un sentimiento de colectividad en el que tanto la propia autora como quien la lee se reconocen”.

Doctora en Filología Clásica, Irene Vallejo compatibilizó durante años la escritura con la enseñanza, aunque ahora se dedica solo a la literatura. Es autora de las novelas La luz sepultada y El silbido del arquero y de los libros infantiles El inventor de viajes y La leyenda de las mareas mansas. Vallejo escribió gran parte de El infinito en un junco por las noches, en un momento personal complicado, como si ese mundo clásico le proporcionase un refugio. En estos tiempos difíciles, muchos lectores han encontrado una acogida similar en sus páginas.

El helenista, traductor y ensayista David Hernández de la Fuente, autor entre otros ensayos de Vida de Pitágoras (Atalanta) y El despertar del alma (Ariel), relaciona el éxito de Vallejo con el empuje que han logrado otros autores, como la británica Mary Beard, el español Carlos García Gual o el italiano Nuccio Ordine, que escriben sobre el mundo clásico y que han llegado a un público que va mucho más allá de la academia. “Es un libro espléndido y muy necesario”, señala Hernández de la Fuente. “No me ha sorprendido su éxito porque es excelente, está muy bien documentado y todavía mejor escrito y, sobre todo, porque me consta que en el público hay un gran anhelo de saberes humanísticos e históricos. Solo hay que ver la cantidad de publicaciones y revistas de historia en los quioscos, los documentales sobre la antigüedad, las novelas y ficciones históricas en cine y televisión… Nuestra época demanda esa vuelta a los clásicos, pero necesitamos voces como la de Irene Vallejo que sepan reivindicar con fuerza lo que Nuccio Ordine llama ‘la utilidad de lo inútil’: la perentoria necesidad del arte, la literatura, la historia y la filosofía en nuestro mundo hipertecnologizado y obsesionado por la economía de lo inmediato”.

Mosaico de la Villa de los Papiros, en Pompeya.
Mosaico de la Villa de los Papiros, en Pompeya.

La invención de los libros

El infinito en un junco, que tiene como subtítulo La invención de los libros en el mundo antiguo, arranca a medio camino entre una novela de acción y un relato de Dino Buzzati, con mensajeros saliendo hacía todos los rincones del mundo conocido para buscar libros con los que nutrir la gran Biblioteca de Alejandría. A partir de ahí, con constantes idas y vueltas desde el pasado al presente, mezcladas con recuerdos personales y reflexiones filosóficas, construye la historia de uno de los inventos más extraordinarios de la humanidad: la palabra escrita.

Recorre bibliotecas clásicas, como la que alberga los llamados Papiros de Herculano, pero también está lleno de detalles poco conocidos y de ángulos insólitos, como cuando revela las corrientes de rebeldía femenina en el mundo griego. “Las primeras en sublevarse habrían sido hetairas, es decir, prostitutas de lujo, las únicas mujeres verdaderamente libres de la Atenas clásica”, escribe y explica que estaban obligadas a pagar impuestos y que, por lo tanto, eran dueñas de sus bienes.

Resulta muy emocionante el capítulo que dedica a los libreros como profesión de riesgo, a todos aquellos que se han jugado su vida y su libertad, desde las guerras de religión hasta la librería Lagun de San Sebastián, para que la gente pudiese escoger sus propias lecturas. Si hay una pulsión que late en las páginas de este ensayo es la reivindicación, desde los versos de Homero hasta la Biblioteca de Sarajevo, de la profunda relación entre la cultura y la libertad.