Por quién doblan las campanas

Del Blog Profesor Jonk

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un 
pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se
lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, 
o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, 
porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, 
nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; 
doblan por ti.

John Donne (1572-1631)

“Por quién doblan las campanas” es la novela de Hemingway sobre la guerra civil española. En el mes de abril de 1937 la República lanza un ataque fallido sobre las posiciones enemigas de La Granja y Segovia, en plena sierra de Guadarrama, vertientes de Madrid y Segovia. 

 Desde el Puerto de Navacerrada, controlado por la República, hasta La Granja, en manos de los franquistas, se extiende una extensa tierra de nadie. Un grupo de guerrilleros dirigidos por el dinamitero norteamericano Robert Jordan, desde una cueva junto a Siete Picos, planea volar el Puente sobre el río Eresma para truncar el avance de los nacionales. 

El capítulo 27 de la novela recoge la anónima, tantas veces repetida, historia de un día en la vida, en la muerte, de cinco guerrilleros republicanos que tomaron una colina en la sierra de Guadarrama. Este capítulo sirvió de inspiración a la banda Metallica para su mítico tema del mismo nombre que la novela.

For Whom The Bell Tolls es la tercera canción del segundo álbum de estudio de Metallica, Ride the Lightning; la introducción del tema fue realizada por Cliff Burton, con bajo eléctrico y distorsión que le hacen parecer una guitarra, y para el sonido de la campana se utilizó un yunque. En las versiones en directo de la canción, la banda suele comenzar con un solo de bajo en memoria de Burton, que falleció con solo 24 años en un fatal accidente que tuvo el autobús de la banda en el trayecto de Estocolmo a Copenhague, camino de su próximo concierto, programado para el 27 de septiembre de 1986.

Make his fight on the hills in the early day/ Libraron su guerra sobre las colinas desde el amanecer  

Constant chill deep inside/ con una ansiedad crónica en lo más profundo de su interior

Shouting gun on they run through the endless gray/ mientras gritan las armas ellos corren a través de una grisura interminable

On they fight for their right, yes, but who’s to say? ellos luchan por su verdad, sí, pero a quien cabe decírselo

Sierra de Guadarrama. Una colina. Cerca de Segovia. Cerca de La Granja. Hace frío. Aún hay restos de nieve. Hay que llegar a la cresta de la colina. Cinco hombres. Cinco milicianos. Tres están heridos. El más joven solo tiene dieciocho años. Espolean al único caballo. Sí, es la Guerra Civil Española. Ni la mejor ni la peor. Una guerra. Otra más. Tan justificada, tan digna, tan estúpida, tan cruel, tan absurda como cualquier otra. 

For a hill, men would kill, why? They do not know / Por una colina, el hombre es capaz de matar, el por qué, ellos no lo saben

Wounds test their pride / las heridas ponen a prueba su orgullo

Men of five, still alive through the raging glow/ los cinco hombres aún vivos entre un resplandor furioso

Gone insane from the pain and they surely know/ el dolor les enloquece y seguramente son conscientes de ello

Galopa el caballo. La muerte no tiene ideología. No tiene compañeros, no tiene camaradas. Jadea el caballo. Ya llegan a la colina. Una colina fea y enferma, como un absceso. El pus somos los humanos. Hay que encajonarse entre dos rocas. Colocar y mimar las ametralladoras. La muerte exige una disciplina y una estética. El caballo está exhausto. El caballo está herido. Una bala para el caballo. Una bala quirúrgica, tierna. Ya está, ya pasó. Gracias por todo compañero. Un último servicio como parapeto. El espinazo para apoyar el cañón mirando al horizonte, al enemigo que no se ve pero que aguarda. La muerte y lo muerto nos hará valernos para matar y morir. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continua su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Resistir y fortificar es vencer dice el slogan. La Pasionaria dice que es mejor morir de pie que vivir de rodillas. No estamos de rodillas. Estamos de barriga. Ninguno verá ponerse el sol esta tarde. Ellos son ciento cincuenta. Solo queda llevarse a algunos de compañeros de viaje. Porque ellos son valientes, pero también estúpidos. Siempre hay alguno que no tiene paciencia. Paradójicamente disponer de un armamento tan moderno, te da una confianza que te vuelve loco. 

Take a look to the sky just before you die/ echa un vistazo al cielo justo antes de morir

It is the last time he will / por última vez

Blackened roar, massive roar fills the crumbling sky / un estertor negro, un estertor pleno envuelve un cielo que se derrumba

Shattered goal fills his soul with a ruthless cry / el objetivo fallido engulle su espíritu con un grito implacable

Hace un cielo de comienzos de verano. El Sordo, el cabecilla, está seguro de que es la última vez que lo ve. No siente miedo de morir, pero le irrita hacerlos en una colina que no tiene más objeto que ser un lugar para morir. Se tenga miedo o no, es difícil aceptar el propio fin. El Sordo lo acepta; pero no encuentra alivio en la aceptación. Si es preciso morir, y lo va a ser, se puede morir, y aunque no tiene importancia no gusta nada: Morir no tenía importancia ni se hacía de la muerte ninguna idea aterradora. Pero vivir era un campo de trigo balanceándose a impulsos del viento en el flanco de una colina. Vivir era un halcón en el cielo. Vivir era un botijo entre el polvo del grano segado y la paja que vuela. Vivir era un caballo entre las piernas y una carabina al hombro, y una colina, y un valle, y un arroyo bordeado de árboles, y el otro lado del valle con otras colinas a lo lejos.                                                                                                

 La adaptación cinematográfica (1942) fue estrenada 
en 1978 en España y en versión íntegra en 1998, tuvo 
9 nominaciones al Oscar. El rodaje duró 24 semanas 
(de julio a octubre de 1942). Las primeras 12 en Sonora 
Pass, Sierra Nevada. Las últimas 12 en California. La carga
ideológica de la novela se edulcora en la película por las
presiones franquistas y de una conservadora administración
norteamericana, que recordemos que en esos momentos 
es aliada de Stalin, a la que no le interesa reflejar las atrocidades 
del bando republicano, lo que acaba convirtiendo el film en 
una entretenida peli de amor y aventuras.

Stranger now are his eyes to this mystery / Ahora son sus ojos extraños a este misterio

He hears the silence so loud / el silencio le resulta atronador 

Crack of dawn, all is gone except the will to be / una grieta en el amanecer, todo ha desparecido excepto el deseo de ser

Now they see what will be blinded eyes to see / ahora solo ven que solo hay ojos ciegos para ver.

Cuando uno está cercado no puede esperar más que la muerte. No queda más que llevarse a alguien por el camino. Triste y nervioso consuelo. Pero con algo hay que matar el tiempo. Los últimos tragos de vino y provocar al enemigo para que alguna pieza muerda el cebo. Que parezca que estamos muertos. La impaciencia es una enfermedad con una altísima cuota de mortalidad. No hay nada que angustie más al enemigo a punto de vencer que aguardar sitiando a hombres que cree que ya están muertos. Siempre le toca a alguno asomar la cabeza para ver si queda algún enemigo vivo. Y siempre tiene que haber una cabeza de turco. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continua su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Siempre se busca un voluntario: —Tengo miedo, mi capitán –respondió con dignidad el soldado. Y comienzan las blasfemias y el baile hasta que un imprudente da el paso al frente. Y ahí es donde aguarda la presa herida que por última vez se siente cazador: Mira qué animal. Mírale cómo avanza. Ese es para mí. A ése me lo llevo yo por delante. Ese que se acerca va a hacer el mismo viaje que yo. Vamos, ven, camarada viajero. 

La impaciencia te ha matado. Luego llegan los aviones y la colina queda desolada. No queda nadie vivo en la cima, ni El Sordo (que ya ha emprendido el viaje con su última presa), ni Ignacio, ni nadie… salvo el muchacho, Joaquín, desvanecido con cara de no haber entendido nada, con la ceniza del miedo en los ojos. Un viejo soldado franquista le ve y le remata, rápido, sin aspavientos, casi con la misma ternura animal con la que el Sordo mató a su caballo. «Qué cosa más mala es la guerra», se dice mientras de santigua y baja la cuesta rezando cinco padrenuestros y cinco avemarías por el descanso del alma de su camarada muerto. El impaciente. Ese al que no soportaba.

Nunca pienses que una guerra… no es un crimen – Ernest Hemingway


Ver original en el Blog de Profesor Jonk

Bienvenidos al Virtuceno

Prometo que solo quise enterarme del significado de la palabra «VIRTUCENO» que era la primera vez que la encontraba. Me topé con este artículo que guardo aquí entre mis cosas, porque no voy a saber explicarlo con la misma claridad. Y eso que me está poniendo los pelos de punta. Si, ya sé que diréis que qué demonios me importa a mí que ya no estaré para vivirlo. Pero es cierto que nuestra propia vida ya se va viendo afectada por cambios radicales y temor a desastres incalculables. Se asfixia nuestro planeta, o nuestro mundo, gracias a nuestra intervención de unos pocos siglos.

Ahí lo dejo, por si os interesa leerlo.


La pandemia de la Covid-19 acelera el cambio de época como un hito de final de un período e inicio de otro, del mismo modo que el Antropoceno ha sido la era del homo sapiens

Por Juan Carlos Casco Casco

Los últimos grandes cambios, los nuevos fenómenos universales y decisivos son tan recientes que todavía no tienen nombre. El autor de este artículo, un experto en Educación, Innovación y Prospectiva, un pensador, estudioso e investigador del cambio, y un hombre sabio, ha acuñado un término feliz para designar esta nueva era que parece estar empezando ahora para la Humanidad, el Virtuceno. En este esclarecedor trabajo, que muestra la hondura y el alcance de su pensamiento, nos da las claves de este nuevo mundo que ya está aquí, y que el lector podrá identificar sin esfuerzo.

Acabamos de inaugurar una nueva era: el Virtuceno. Un acontecimiento acelerado por la irrupción del coronavirus. Las eras geológicas y climáticas tardaron miles de millones de años en modificar la faz de la Tierra; la irrupción del ser humano, en una ínfima fracción de tiempo, ha producido cambios extraordinarios a escala planetaria. En los últimos 13.000 años (Holoceno), ha alterado los ecosistemas y la fisonomía de la superficie terrestre. Desde el siglo XVIII, el impacto ha sido brutal, hasta el punto de dejar ya una huella indeleble en sus capas (estratigrafía) y acuñarse el término Antropoceno para este exiguo período. Sin embargo, el cambio más radical es el que se está produciendo en las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI, caracterizado por la virtualidad y la creación de realidades inmateriales a partir de ceros y unos. Es el Virtuceno.


EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS DEL ANTROPOCENO EMPEZÓ OTRO GRAN FENÓMENO CIVILIZATORIO SIN PRECEDENTES. EL SALTO, DESDE LA CREACIÓN DE REALIDADES FÍSICAS DEL SAPIENS, A LA PRODUCCIÓN MASIVA DE REALIDADES Y MUNDOS INMATERIALES, UNA CLARA DERIVA HACIA LA DESMATERIALIZACIÓN DE SUS CREACIONES.


El deseo irrefrenable del Sapiens por habitar mundos imaginarios e inventar realidades que no existen nos traslada al Virtuceno, un universo de espacio sin lugares físicos, donde construimos nuestras identidades, trabajamos, aprendemos, jugamos, viajamos, creamos, tejemos relaciones y nos emparejamos. Una deriva que puede frenar la destrucción del planeta iniciada en el Antropoceno, y evitar así la crisis ecológica.

IMPACTO SOBRE LA TIERRA

La Tierra tiene 4.500 millones de años, la mayor parte de ellos correspondientes a la era Arcaica. Si nos remontamos a tiempos más “recientes”, en los últimos 540 millones de años aparece ya la historia de la vida compleja en el planeta, desde el Paleozoico (era de los peces), Mesozoico (era de los reptiles) y Cenozoico (era de los mamíferos).

En la última fracción del Cenozoico, que representa los últimos 2,5 millones de años (Cuaternario), es cuando aparecemos nosotros, los humanos, aunque el periodo de hominización se iniciara unos millones de años atrás.

Habitaremos espacios carentes de lugares físicos. RTVE
Habitaremos espacios carentes de lugares físicos. RTVE

El Holoceno comienza hace unos 13.700, un período dominado por Sapiens y caracterizado por el desarrollo de la agricultura y la civilización (nacimiento de las ciudades, construcción de edificios, obras de ingeniería, transformación de los ecosistemas naturales, etc.).

Las últimas centurias del Holoceno están marcadas por la irrupción de la Revolución Industrial en el siglo XVIII, produciendo un impacto tremendo sobre la superficie del planeta: extracción masiva de recursos naturales, modificación de cauces naturales, crecimiento de las ciudades, extinción de especies, desaparición de ecosistemas, calentamiento global, etc. Unos acontecimientos que llevan a Paul Crutzen a referirse a esta nueva era geológica como Antropoceno.


ESTE NUEVO UNIVERSO COMPLEJO, EN LUGAR DE CONSTRUIRSE CON ACERO Y HORMIGÓN, SE HACE CON CEROS Y UNOS.


Pero es en las últimas décadas del Antropoceno cuando empieza a producirse otro gran fenómeno civilizatorio sin precedentes, caracterizado por el salto de Sapiens, como creador de realidades físicas, a la producción masiva de realidades y mundos inmateriales, una clara deriva hacia la desmaterialización de sus creaciones. Todo un universo complejo que, en lugar de construirse con acero y hormigón, se hace con ceros y unos. A esta nueva era la denomino Virtuceno, y aunque algunos de sus rasgos definitorios ya son visibles, aún está por ver el impacto que dejará en el planeta y su estratigrafía.

LOS NUEVOS RASGOS DEL VIRTUCENO

Esta nueva era que llamamos Virtuceno tiene unos rasgos propios que la caracterizan:

– Materias primas inmateriales basadas en los datos, que sustituyen en importancia a otras como el carbón o el petróleo.
– Deslocalización de la producción, pasando de los grandes complejos fabriles a la producción personalizada y la fabricación del producto allí donde se consume (fabricación aditiva).
– Evolución hacia la producción personalizada.
– Digitalización y robotización total de la producción.
– Evolución de la dualidad productor y consumidor a la figura del prosumidor (productor + consumidor).
– Creación de espacios sin lugares.
– Trabajo sin presencia física.
– Aprendizaje sin espacios.
– Experiencias sensoriales inmersivas y virtuales como réplica de todas las actividades humanas.
– Relaciones humanas no físicas.
– Conectividad total entre humanos, humanos y máquinas, humanos y objetos, y en el futuro entre humanos y mundo animal.
– Ubicuidad.
– Identidad virtual de los individuos.
– Propensión al consumo de experiencias antes que de productos o servicios.
– Especialización inteligente.
– Avance de la economía circular (reutilización de productos y utilización de los residuos como materias primas).

CINCO CLAVES QUE MARCAN LA LLEGADA DEL VIRTUCENO

1.- Evolucionamos desde Homo sapiens a Homo cuanticus.

2.- El futuro ya ha llegado y no nos hemos dado cuenta.

3.- Vamos a la desmaterialización de nuestros cuerpos.

4.- La mayor parte de la humanidad trabajará en la Cuarta dimensión.

5.- Evolucionamos a un mundo de gigantes tecnológicos y consumidores zombies.

SALTO EVOLUTIVO

El Virtuceno marca un hito en la deriva imparable iniciada por Sapiens, un salto en el proceso evolutivo de la especie, con implicaciones para el planeta con la suficiente jerarquía para definir una nueva era, que, además de cambiar la fisonomía de las cosas, también está cambiando su forma física, evolucionando hacia la hibridación ser humano/máquina, donde Sapiens cada día está agregando nuevas prótesis a su cuerpo hasta hacerlo irreconocible, e incluso afanándose fascinado por el deseo de trasladar su mente a un software y, de esta manera, abandonar definitivamente su identidad de primate.

El acero, el cemento, el petróleo se sustituyen por ceros y unos. RTVE


La deriva del Antropoceno ha puesto en riesgo el planeta. Aún está por ver el impacto del Virtuceno: ¿Será el punto de inflexión que evite la crisis ecológica? ¿Al convertir una parte importante de nuestras vidas en digitales, seremos capaces de frenar la destrucción y el consumo de recursos finitos? ¿Será la época que marque el fin de una vida predadora y el inicio de un consumo sostenible? Son todavía interrogantes por resolver.

La crisis del coronavirus de 2020 representa un hito importante en este proceso, un acelerador histórico que ayuda a precipitar los acontecimientos que definen el Virtuceno, al someternos a un “simulacro global y forzado”, del que vamos a aprender y sacar conclusiones para iniciar una nueva andadura como especie.


LA CRISIS DEL CORONAVIRUS DE 2020 NOS SOMETE A UN “SIMULACRO GLOBAL Y FORZADO”, DEL QUE VAMOS A APRENDER Y SACAR CONCLUSIONES PARA INICIAR UNA NUEVA ANDADURA COMO ESPECIE.


El estilo de vida predador practicado por 7.700 millones de personas sobre el planeta nos obliga a crear réplicas virtuales del mundo físico en todas las facetas de la vida (oficinas virtuales, aulas virtuales, asistencia sanitaria virtual, hospitales virtuales, compras virtuales, fabricación de objetos en el lugar de consumo, viajes virtuales, celebraciones virtuales, encuentros virtuales, juegos virtuales, creaciones virtuales de toda naturaleza, recreaciones de mundos virtuales…). La gran industria que está en marcha en este momento se basa en la sustitución de las realidades físicas por ceros y unos, en la antesala ya de un paradigma cuántico.

La velocidad con la que el Virtuceno se abrirá paso dependerá de la calidad de las experiencias inmersivas que seamos capaces de recrear con las tecnologías disponibles, y la capacidad de involucrar en ellas a los cinco sentidos, de su fuerza para construir escenarios seductores que nos enamoren. Y eso no va a ser un problema, porque la mente humana tiene ventanas de seguridad por la que es fácilmente hackeable, al no ser capaz de distinguir entre realidad y ficción cuando una experiencia está bien creada.

Evolucionamos hacia la hibridación ser humano-máquina. RTVE


Igual que la realidad virtual es capaz de seducir, captar la atención y robar el tiempo de nuestros jóvenes, que ya han decidido habitar en Internet y vivir en el Virtuceno, lo hará también con los más adultos y los viejos, los trabajadores, los estudiantes, los médicos, los profesores… La convergencia tecnológica (nanotecnología, biotecnología, infotecnología, cognotecnología), junto al big data, los algoritmos, la inteligencia artificial, la realidad aumentada, los videojuegos… Todo eso va a avanzar hacia el desarrollo de mundos y experiencias donde la mente humana no sabrá discernir si son reales o virtuales, y, además, le dará igual. En ese momento, habremos entrado ya en pleno Virtuceno, seremos seres de otra época histórica y hasta de una nueva era geológica, capaz de revertir los efectos devastadores del Antropoceno.

La realidad es que el tiempo histórico y el tiempo geológico se han acelerado; hemos entrado en una deriva en la que los cambios que tardaban millones de años en eclosionar se precipitan en décadas. Los antiguos griegos tenían un nombre para este tiempo: Kairós (tiempo en el que ocurren las cosas importantes).

Bienvenido al VIRTUOCENO.

¡Adelante!

(Juan Carlos Casco Casco es un experto y consultor en Prospectiva, Educación y Emprendimiento de prestigio internacional y actividad en España y en diferentes países de Europa y Latinoamérica).


Adiós Pablo

Adiós a Pablo Milanés, autor de una de las canciones de amor más bonitas de todas las épocas, y de otras que han acompañado momentos especiales de mi vida.

Mereció dos Grammy Latinos por mejor álbum de cantautor (2006) y excelencia musical (2015).

Su voz era «cancionera, de patio, serenata y jardín, pero también de plaza fuerte y solidaria,
voz de isla infinita y tierra firme (…) dulce y a la vez poderosa»

(dijo a AFP José María Vitier, pianista, compositor y su colaborador cercano)

Durante su carrera artística grabó decenas de discos, musicalizó películas y a poetas como César Vallejo, Nicolás Guillen y José Martí. En 1985, Joan Manuel Serrat, Ana Belén, Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez y otros, le rinden un homenaje en el álbum Querido Pablo.


La elegancia de una habitación vacía

Mathilda llegó a París con veinte años, después de haber vivido la muerte de su amigo Nick por una sobredosis de heroína mientras recorrían Europa. Era su viaje de iniciación y todo se truncó en un paraje ruinoso de la costa mediterránea, cerca de la frontera con Italia.

Quiso olvidar su última mirada, juró que nunca más lo nombraría. Su boca no podría olvidar, sin embargo, el último beso en sus labios fríos.

Había subido andando los dos últimos pisos hasta llegar al ático porque el ascensor solo llegaba hasta el quinto. Mientras subía despacio, contando las escaleras, le dio tiempo a pensar en darse la vuelta e intentar buscarse la vida de otra manera. No podía imaginarse otra cosa a corto plazo y necesitaba empezar a sobrevivir.

Sonó el carrillón de la iglesia del cementerio en el que se había parado unos segundos a tocar el mármol de uno de los panteones. Frío. Pensó en él y quiso que aquella fuese la última vez.

La hizo reaccionar la ronquera del viejo timbre de bronce. Se ahuecó el pelo y se alisó el vestido negro que había comprado en un mercadillo de barrio para la ocasión. Correcta, sin más —pensó— en el instante en el que se abría la gran puerta de madera maciza y el hombre le tendía una mano a modo de bienvenida y le miraba con una sonrisa afable. Mathilda le hizo un gesto animándole a pasar a la única habitación de la casa.

Una habitación vacía, con luz natural. Una gran habitación de techo alto, con una sola ventana que daba al cementerio. Las paredes estaban pintadas de blanco puro, con el único ornamento de las tres tuberías que bajaban por una de las esquinas. Y una puerta (que probablemente daría a la zona de servicio). Nada más.

¡Ah, sí! Una pequeña mesa con un flexo y algunos papeles sobre ella, dos sillas viejas de madera y un escaso camastro cubierto con una sábana blanca sobre el suelo de madera apolillada.

—Tranquila. Ponte cómoda, voy a poner un nuevo carrete en la cámara.

Y le ofreció una sábana blanca.

—Esto es muy sencillo. Haz lo que quieras —le dijo—. Yo solo estoy aquí para capturar algunos momentos. No poses. ¿Te gusta ser fotografiada?

Ela respondió conteniendo unas lágrimas ácidas que le corroían la garganta.

—Es mi primera vez.

—Tranquila, es muy sencillo —le repitió—. Solo tienes que hacer lo que quieras. No poses.

—Ya.

—Vamos a hacerlo muy fácil. Son las dos de la tarde. Estamos en una habitación vacía, el día es gris, la luz es bonita. Imagina que estás sola en casa, humm…, que es domingo y que esperas a alguien, o que no esperas a nadie, que estás escuchando música y que te encuentras de buen humor o no, quizás estás malhumorada, cansada, o taciturna… Hay una silla, haz lo que quieras. Yo solo estoy aquí para capturar algunas imágenes. De vez en cuando puede que te haga algún comentario sobre tu colocación, será por aprovechar mejor la luz. Puedes hablarme, o no hablar. Haz lo que quieras.

Mathilda se apoya de espalda en la pared, junto a la ventana, y deja caer despacio la sábana que hasta ahora ha cubierto su desnudez. Baja la cabeza y mira de soslayo hacia afuera, hacia el cementerio, no quiere mirar al fotógrafo; piensa que no debe mirarlo. Trata de centrarse en la situación que él ha propuesto. No le resulta difícil mostrarse ahora abatida y deambular por allí. Ella y la luz. La luz y ella en aquella habitación vacía y blanca. Se mueve despacio, se para, se cubre el pecho, con sus brazos, luego el pubis con sus manos. Se sienta en el suelo, busca el contraluz, se esconde de la escandalosa luz directa. Está consiguiendo fluir en el espacio vacío. Escucha de vez en cuando, como en un lejano eco, la voz serena con la instrucción precisa del fotógrafo: baja un poco la cabeza, quiero una mirada retadora. ¡Perfecta! Mira ahora con complicidad a la cámara, ahora hacia el suelo como ausente, acerca tu mano derecha a la ventana… un, dos, tres, cuatro…, bien, quiero captar esto, espera un segundo…

¡Voilà!


(PULSAR PARA VER Recreación sobre el vídeo Jeanloup y el desnudo)

JeanLoup Sieff (1933-2000) fue un prestigioso fotógrafo francés de origen polaco.

Inicialmente trabajó en fotografía de prensa y más tarde se especializó en fotografía de moda, paisaje, retrato y desnudos. Fotografía siempre en blanco y negro resaltando los contrastes, y acentuando las formas. (Cherry Catalán – Cultura Inquieta)

Capta lo efímero y lo transforma en una realidad duradera.

«La belleza de una mujer está hecha de fragancias de verano en su hombro, de una mirada de claroscuro en sus ojos, pero también de una nuca frágil, de unas encías sonrientes, de una espalda arqueada y de unas nalgas curvadas».

Así se explica Jean Loup la existencia de dios y a ella se entrega y rinde homenaje en su obra a las milagrosas curvas que le han inspirado.

Trabaja en una habitación vacía frente a un cementerio. Cuatro paredes pintadas de blanco puro. Es un estudio pequeño, vacío, pero con luz, la luz está ahí, incluso cuando el día es gris.

«La fotografía es luz; todo es lo mismo…»

«La confluencia en el tiempo de una determinada luz y un determinado momento fugaz».

«Algunas cosas te hacen reaccionar. El momento adecuado puede ser un detalle, una nuca o lo que sea. La fotografía está ahí para inmortalizar esa pequeña y tenue emoción provocada por un cuerpo o una determinada luz».

Su obra está en el Museo Pompidou y en Museo de Arte Moderno en París, así como en el Museo Ludwig en Colonia (Alemania)

Fuentes: Cultura inquieta y Wikipedia.


La fotografía perfecta nunca llega

MANUEL OUTUMURO (Fotógrafo)

Querido Diario, repito con este nombre. Hace dos años asistí a una exposición de su obra en La Lonja. Quedé admirada de sus imágenes. Dejo el enlace que entonces le dediqué:

Hoy descubro con placer un artículo en El País, escrito por LETICIA GARCÍA, que nos habla del premio recibido por Manuel Outumuro el pasado mes de octubre en Nueva York. Se trata del Premio Lucie a la creación de moda, considerado el óscar de la fotografía.

Extraigo algunas de las líneas del artículo:

El pasado mes de octubre, Manuel Outumuro (Ourense, 73 años) volvía a Nueva York, donde vivió durante cinco años, para recoger el Premio Lucie a la creación de moda, un galardón considerado el oscar de la fotografía y que anteriormente han recibido Ellen von Unwerth, Jean-Paul Goude y Roxanne Lowit, entre otros. Es el primer español en lograr la mención.

“Y pensar que cuando llegué allí trabajaba limpiando mesas y de repente me vi en el Carnegie Hall rodeado de personas a las que llevo una vida admirando…”

comenta al teléfono desde su estudio barcelonés. “Anne Morin, comisaria de Vivian Maier, que recibió el Lucie a comisaria del año, fue la que propuso mi nombre al jurado. Tú no puedes presentar ninguna candidatura, son ellos los que te eligen. Me dijeron después que me habían votado por unanimidad”,

Comenzó haciendo retratos. El fotógrafo recuerda, de entre sus muchos proyectos en los últimos 30 años, “la colección de fotografías de trajes históricos de Balenciaga”, que posteriormente se convirtió en el catálogo oficial del museo en el pueblo de pescadores de Getaria, en el País Vasco. Pero si hay un hito en la carrera de Outumuro no es el de haber retratado a los personajes nacionales e internacionales más relevantes, ni el de haber recibido una decena de premios…

“Creo que fue mi primera exposición retrospectiva en el Museo del Diseño de Barcelona, Outumuro Looks, en 2009. El día anterior a la inauguración me paseé por las seis salas y me puse a llorar. Ver mis fotografías colgadas en un museo, convertidas en objetos artísticos, fue de las cosas más emocionantes que he vivido”

“Me considero más artesano que artista, pero con el tiempo me he dado cuenta de que la fotografía, la moda, la artesanía en general, también son artes”.

Tras más de 30 años de trayectoria y un oscar de la fotografía en su haber, a Manuel Outumuro no se le pasa por la cabeza retirarse.

“No hasta que encuentre la fotografía perfecta, y eso es algo imposible, porque la fotografía perfecta nunca llega”.



La vespa



Publicado por Juan Tallón en la Revista Jot Down

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Julio Cortázar (1914-1984)

Le tomó gusto a moverse por París en bicicleta, pero cuando sintió la felicidad verdadera, y además casi muere, fue el día que reunió dinero para comprar una Vespa de segunda mano. La moto era un viejo sueño, y como los sueños largamente acariciados, una tarde estuvo a punto de fallecer, igual que el protagonista de El crepúsculo de los dioses, cuyo mayor deseo siempre fue tener una piscina, y cuando al fin la consiguió, se ahogó en ella.

El grave accidente de Cortázar sobre la moto, una tarde de primavera, a su modo también simbolizó un tipo de felicidad, pues inspiró su cuento «La noche boca arriba». Se trató de un «accidente muy tonto del que estoy muy orgulloso», confesaba en 1980 a los alumnos de la Universidad de Berkeley, a los que ese día impartía una clase sobre el cuento fantástico. Para no matar a una viejita que se atravesó en la calzada, Julio intentó frenar y desviarse, y al final «me tiré la motocicleta encima». La investigación policial iba a aclarar que la anciana confundía el verde con el rojo y creyó que podía bajar y empezar a cruzar la calle en el momento que habían cambiado las luces del semáforo.

Sucedió el 14 de abril de 1953. Cortázar vivía en París desde 1951, cuando el gobierno francés le concedió una beca de diez meses para ampliar estudios. Preparó una maleta de circunstancias, aunque para quedarse a vivir allí toda la vida, y el 15 de octubre, lunes, embarcó en el Provence. Metidos entre la ropa, se llevó unos pocos libros, que le robarían en la Cité Universitaire, donde se alojó en los primeros meses, y un solo disco. Era «un viejísimo blues de mi tiempo de estudiante, que se llamaba “Stack O´Lee Blues”, y que me guarda toda la juventud», le detalla por carta a su amigo y maestro Fredi Guthmann. Había tenido que vender íntegramente su discoteca de jazz —unos doscientos discos de primera línea—, que había empezado a armar en 1933, en los días que se reunía con sus amigos en un sótano, «con una vieja victrola a cuerda, para escuchar a Louis Armstrong y Duke Ellington». Resultó desgarrador deshacerse de algo tan importante, pero estudió el asunto «metafísicamente» y descubrió que su deseo de conservar los discos «obedecía al maldito sentimiento de propiedad que es la ruina de los hombres».

En el fondo, Cortázar estaba soltando lastre para empezar su vida desde cero. Aunque llegó a París convencido de que «se puede uno arreglar con una comida diaria», no tardó en conseguir pequeños empleos con los que completar el presupuesto de la beca. Esta, además del alojamiento, incluía quince mil francos mensuales, así que la primera misión era «encontrar algún trabajo (lo más rutinario posible, no hago cuestión de preferencias), que, sin robarme el día entero, me diera otros quince mil francos».

Entretanto, la bicicleta, a la que llamaba Aleluya, lo lleva a todas partes, a veces bajo la lluvia, pero incluso eso le parece un lujo bellísimo, con el que cualquier escritor que comienza sueña. En una de las primeras cartas a su abuela materna, Victoria Gabel de Descotte, le relata cómo transcurren sus días en la ciudad, y cómo copia libros suyos, lee obras ajenas, bebe leche pasteurizada y vino tinto (para quitarse el gusto de la leche) y hasta «me plancho las camisas como un rey; la gente me para en la calle para felicitarme». Pero, sobre todo, pasea en bicicleta, sin importar que llueva. «Es muy linda la lluvia en bicicleta».

En el verano de 1952, cuando al fin reúne el dinero suficiente, Cortázar se hace con una Vespa que le permitirá viajar a las ciudades próximas a París. En junio, ansioso de visitar Bourges, tuvo que hacer autostop y subirse a nueve coches para completar el viaje. La moto puso fin a esos suplicios. Un muchacho médico que se volvía a la Argentina «me ha vendido su Vespa por una suma ridícula», le cuenta a su amigo Eduardo Jonquières en septiembre de ese año. «Tengo mi carte grise y empiezo a moverme en París. Te imaginas que cuando la domine, podré aprovechar los fines de semana para conocer l’Île-de-France palmo a palmo. Planeo ya viajes cortos de entretenimiento: Versailles, Fontainebleau, mi dulce Provins, Etampes, Reims, Rouren…».

La moto gastaba menos de tres litros de mezcla cada cien kilómetros, y pronto se volvió un modo de habitar la ciudad y de olvidar los problemas de un Cortázar que vivía al filo del abismo. «A veces, andando en la Vespa por el centro, me asalta una sensación de irrealidad casi angustiosa. ¿Qué es esto? ¿Qué hago yo aquí? Y entonces me río y se me pasa. El futuro se lo dejo a los empleados de banco y a los señores con planes de vida y ambiciones». La moto se convirtió en un sitio en el que sucedían cosas, como el día que llevó a Daniel Devoto, amigo de juventud, a comprar objetos de menaje a Montparnasse. Esa jornada, Daniel —que estuvo casado con Mariquiña del Valle-Inclán, hija del autor de Tirano Banderas— adquirió una enorme palangana para lavarse los pies (según decía) y poner a remojo las camisetas; dos platos de cerámica, varios tenedores y cuchillos, y una escudilla. Además, le regaló un cuchillo de abrir ostras a Cortázar, que a su vez agasajó a Devoto con un enorme jabón Cadum. «Cargados con todo esto (y un calentador eléctrico adquirido en la rue de la Gaité) nos volvimos a la Cité Universitaire en la Vespa. Puedes imaginarte el espectáculo —le contaba a Jonquières—, y lo que parecía Danny con la boina, el poncho y la palangana, instalado en el asiento trasero y agarrado de mi cintura como un ahogado a una tabla».

Pero entonces, llegó el 14 de abril de 1953. Ese día «me puse la Vespa de sombrero, para no matar a una vieja idiota que se me cruzó en una esquina cuando yo cruzaba con todo derecho y las luces verdes». Cortázar realizó una maniobra brusca para no matarla y voló con la moto. Los sesenta kilos de hierro le cayeron encima, «reduciéndome a un sándwich entre el asfalto y el Scooter». ¿Resultado? La cara rota, y una doble fractura de la pierna izquierda. La policía lo trasladó al hospital Cochin. En el siguiente mes y medio de convalecencia, con la pierna rota, con una infección, una casi fractura de cráneo y una fiebre espantosa, «viví muchos días en un estado de delirio en el que todo lo que me rodeaba sumía contornos de pesadilla». En uno de esos momentos, con temperaturas de cuarenta grados, «de golpe vi todo lo que venía», y lo que le vino fue «La noche boca arriba», un cuento donde su protagonista circula en motocicleta cuando ve a una mujer parada en una esquina que se lanza a la calzada, a pesar de las luces verdes, y ya es tarde para las soluciones fáciles. El texto le fue ordenado. «No tuve más que escribirlo. Aunque lo crean una paradoja —les decía a sus alumnos en Berkeley— les digo que me da vergüenza firmar mis cuentos porque tengo la impresión de que me los han dictado, de que yo no soy el verdadero autor».


Sentir

Ya sé que ahora no se escriben cartas como lo hacíamos hace tan solo cincuenta años. ¿Qué es el tiempo me pregunto? ¿Qué es el tiempo más allá de ese tramo de vida en el que uno va de un lugar a otro, si ya está marcado desde siempre su destino? No hay lugar para las dudas. Nadie nos pidió opinión de si así lo deseábamos.

Pero tacho la primera línea de este texto y me reinvento. Cada uno tiene sus propias tristezas y no seré yo la que comparta las mías. Siento una calma blanca, a pesar del duro cautiverio. Guardaré mi angustia en algún rincón de la casa, quizás allí consiga encontrar todo lo que he perdido estos días. Aunque pensándolo bien, seguro que no me hace falta. Estoy hablando de cosas no de caricias. Puedo prescindir de las primeras, jamás de las segundas. He perdido mis mallas negras, una zapatilla de deporte blanca, las gafas…, y estoy segura de que no las escondí para no encontrarlas, como hice con el chocolate o los bombones que me regalaron antes de entrar en alarma. Pero lo más duro de todo esto es haber perdido la magia del encuentro con mis hijos, los mordiscos amorosos o el calor de sus abrazos. Sueño cada noche con sus besos. Como cantaban Victor Manuel y Ana Belén, a dónde irán los besos que guardamos, que no damos…

Me levanto de la silla frente al ordenador, desasosegada. Procuro estirar de vez en cuando las piernas y camino pasillo arriba, pasillo abajo como lo hacía Gabriel García Márquez por el río (como símbolo de amor sin final) en su novela «El amor en los tiempos del cólera». ¿Sabremos vivir este tiempo? Recorro mis propias huellas una y otra vez. Ya no quiero atajos, quiero caminar despacio y pienso que toda la prisa que nos hemos dado en llegar hasta aquí nunca tuvo sentido. El tiempo es solo un camino, ya lo dijeron otros poetas; más nos valiera entenderlo y valorar lo que tenemos a nuestro lado. Sabemos que el amor va muriendo cuando no se le presta atención. Y no hay repuesto. No vale de nada tatuar en las paredes los nombres del olvido, ni iluminar sus sombras ni quitar el polvo de los retratos antiguos; os lo digo.

Que la alegría es ese momento en el que la vida nos tira piedritas a la ventana, como decía Benedetti, para recordarnos que estamos vivos.


@Mjberistain

Simply falling


There goes my heart again
All of this time i thought we were pretending
Nothing looks the same when your eyes are open
Now you’re playing these games to keep my heartbeat spinning
You show me love, you show me love
You show me everything my heart is capable of
You reshape me like butterfly origami

You have broken into my heart
This time i feel the blues have departed
Nothing can keep me away from this feeling
I know i am simply falling for you

I’m taking time to envision where your heart is
And justify why you’re gone for the moment
I tumble sometimes, looking for sunshine
And you know this is right when you look into my eyes
You show me love, you show me love
You show me everything my heart is capable of
And now i can’t break away from this fire that we started

There my heart goes again
In your arms i’m falling deeper
And there’s nothing to break me away from this…


Iyeoka Ivie Okoawo, (1975) conocida simplemente como Iyeoka, es una cantante, poeta, activista y educadora estadounidense de origen nigeriano que se mueve en terrenos cercanos al soul, blues o jazz.
Wikipedia


Imagen: UndergroundSun

El malecón

Despiertas madrugadas de bahías
dormidas.

Te haces añicos en las sienes
de los planetas.

Te multiplicas en espejos
de furiosas espumas blancas
como cántico de agua exhausta.

¿Cuál es tu mensaje, Madre?

Si las gaviotas de tiza
se han borrado de los mapas
y solo quedan rastros gangrenados
del mundo, mientras escribimos
en la arena las notas más negras
de una sinfonía para un futuro discordante.


@mariajesusberistain
Fotografía Mikel Gardey

La poeta del desnudo

Ruth Bernhard,

por Cartier Bresson no es un reloj | Feb 26, 2018 | Descubriendo fotolibros | 3 Comentarios

Ansel Adams dijo de ella que era “espectacular, la más grande fotógrafa de desnudos”. Sin embargo, la inmensa mayoría de las veces, el nombre de Ruth Bernhard no suele aparecer cuando se habla de los grandes maestros de la fotografía del siglo XX. Fue miembro del famoso grupo F64 junto al propio Ansel Adams y otros históricos como Edward WestonImogen CunninghamMinor White y Dorothea Lange.

Nacida en Berlín en 1905, hija única del famoso diseñador Lucian Bernhard, Ruth fue consciente muy pronto del menosprecio con el que las mujeres eran tratadas en el mundo artístico. Lo veía en el comportamiento de su propio padre:

“Le admiraba, pero me dejó muy claro que los chicos eran más importantes que las chicas… Y para él, los padres eran aún más importantes”.

ruth bernhard

Ruth Bernhard

Con el tiempo y su especial atención a los desnudos femeninos, Bernhard quiso, a través de su trabajo, reivindicar el papel de la mujer y dignificar la figura femenina.

“La mujer ha sido blanco de muchas cosas sórdidas y ordinarias, especialmente en fotografía. Mi misión ha sido elevar y apoyar la imagen de la mujer con una devoción infinita”.

perspective

Perspective II (1967). Foto: Ruth Bernhard.

Sus padres se separaron cuando ella tenía sólo dos años y Ruth quedó al cuidado de su padre, un reconocido diseñador y artista alemán que volvió a casarse cuando su hija tenía ocho años.

“De niña sentía una gran curiosidad por la evolución y la continuidad de la vida. Mi interés por la vida de las plantas, la belleza del mar y el estudio de los animales estaba directamente relacionado con mi visión del cuerpo humano… Se me ocurrió que nosotros somos una especie de contenedores de semillas, en la medida en que nuestros cuerpos representan el pasado, el presente y el futuro; la progresión de la raza humana. Mis fotografías representan esa filosofía. El cuerpo, por supuesto, es el objeto seminal del que brota la vida”.hojas

Two Leaves (1952). Foto: Ruth Bernhard.

La joven fotógrafa vivió con su padre y su madrastra, convertida, de golpe, en la mayor de cinco hermanos, en un hogar repleto de obras de arte. Su padre era un perfeccionista casi patológico, muy exigente con todo el mundo, y especialmente con sus propios hijos.

“Le enseñé mi primer portfolio, que constaba de 12 fotografías. Me dijo, ‘esta no me gusta’, y yo le pregunté: ‘¿y las otras once?’. ‘Son perfectas’, me respondió, ‘pero eres mi hija, ¿no?’”

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Shell (1942). Foto: Ruth Bernhard.

Influida por su padre y por la importante presencia que el arte y el diseño tuvieron en su niñez, Bernhard estudió Historia del Arte y tipografía en la Academia de Bellas Artes de Berlín antes de trasladarse a Nueva York, en 1927, donde ya vivía su padre.  A través de él conoce a Ralph Steiner, editor gráfico de la revista femenina ‘The Delineator’, y comienza a trabajar para como asistente suya. Gana 45 dólares a la semana y con ese dinero compra su primera cámara, una de placas 8×10. Experimenta durante meses, su trabajo gusta a los amigos diseñadores de su padre y empieza a recibir sus primeros encargos comerciales.

En esta época, Bernhard ve la fotografía como algo mecánico, no como un arte.  Entiende que lo artístico está en el objeto fotografiado, no en el fotógrafo.

wet silk

Wet Silk (1938). Foto: Ruth Bernhard.

Publica sus primeras fotografías en 1931, una serie titulada ‘Lifesavers’. Durante esta época comienza a ser consciente de la importancia de la luz a la hora de hacer una buena fotografía. Prefiere trabajar por las noches y se compra un juego de luces de estudio. Pasa horas y horas tratando de lograr la perfección del objeto fotografiado.

La luz es mi inspiración, mi pintura y mi pincel. Es tan vital como la propia modelo. Profundamente significativa, acaricia las curvas y líneas superlativas esenciales. En la luz reconozco la energía de la que depende toda la vida en este planeta”.

sand dune

Sand Dune (1967). Foto: Ruth Bernhard.

1934 fue el año en el que Bernhard hizo su primera incursión en la fotografía de desnudos. Fue fruto de la casualidad, como casi todo en su vida. Ruth estaba fotografiando unos enormes cuencos de acero para un diseñador industrial y tenía su estudio lleno de ellos.

“Creo recordar que eran para cocinas de hoteles o algo así. Yo tenía una amiga que era bailarina y apareció justo cuando estaba haciendo fotos de aquellos cuencos y le dije, ‘¿por qué no te metes en uno?’ Fue algo imprevisto y nos divertimos un montón”.

Embryo

Embryo (1934). Foto: Ruth Bernhard.

En una de las imágenes que tomó Bernhard aquel día puede verse el cuerpo de la bailarina agazapado en un enorme cuenco sobre un fondo en sombras. Con el tiempo, se convirtió en una de las imágenes más conocidas y laureadas de la fotógrafa estadounidense, la que marcó un punto de inflexión en su trayectoria artística. La llamó, acertadamente, ‘Embryo’ (embrión).

“Al reconocer la presencia de la modelo como un símbolo eterno y sensual de la vida y la existencia, experimento mi propia identidad. Como mujer, me identifico totalmente con mis modelos”.

embryo2

In the circle (1934). Foto: Ruth Bernhard.

1935 es otra de las fechas importantes en su biografía. Un día, mientras pasea con su pasea con su padre por la playa de Santa Mónica, en California, Bernhard se encuentra con Edward Weston. Ve el trabajo de Weston queda profundamente impresionada:

No estaba preparada para ver sus fotos. Fue apabullante, como una luz en la oscuridad. Allí, ante mí, estaba la prueba indiscutible de lo que yo siempre había creído posible: un artista de una intensa vitalidad cuyo medio de expresión era la fotografía. Me di cuenta de que lo que importa es la persona que utiliza la herramienta y no la herramienta en sí. Eso me hizo llorar… Me pasé un año sin hacer fotos, exceptuando las sesiones que hacía para cumplir con mis encargos comerciales, que eran mi sustento. Pero me di cuenta de que la fotografía sería mi lenguaje”.

Pepper #30 (1930). Foto: Edward Weston.

Bernhard vuelve a Nueva York y escribe a Weston. El fotógrafo le responde poco después:

“Bernhard, tiene usted un ojo excelente. (…)  Me halaga que mis fotos le resultaran estimulantes, también usted lo fue para mí. Algún día volveremos a vernos… ¿puede que en Nueva York? Cariñosamente (esta palabra está en español en el original), Weston.”

nude 227 weston

Fue el inicio de un fructífero y continuo intercambio de cartas. A través de Weston, Bernhard descubre el profundo potencial expresivo y artístico de la fotografía. Se hacen amigos y se cartean con intensidad durante meses, hasta que Ruth decide trasladarse a la costa oeste para trabajar con él.

La influencia de Weston es más que evidente en la obra de Bernhard: la suavidad y simplicidad de sus composiciones, el protagonismo de las formas, la pureza y suavidad de las líneas, la expresividad de las sombras…Foto: Edward WestonFoto: Ruth Bernhard

Estar con Edward fue una experiencia maravillosa. El tiempo se detenía. La experiencia más intensa que un ser humano puede tener es aquella en la que el tiempo deja de existir. Deja de ser algo efímero para permanecer contigo y llenar cada momento; para que puedas darte tú mismo, en tu totalidad, y dedicarte a tu trabajo u obra. Pocas personas en nuestra civilización actual experimentan algo así. Otras conocen esta sensación solo bajo circunstancias muy concretas. En mi vida, sólo la he experimentado cuando estaba inmersa en mi trabajo o en compañía de unos pocos amigos. Uno de ellos era Edward. Aún hoy aprendo de su recuerdo; aprendo a no ser codiciosa, a que a través de la propia visión uno puede poseer toda la belleza, a no distraerme con pequeñeces, a tener fe en nuestros propios dones y a usarlos con respeto y amor”.

triangles

Triangles (1946). Foto: Ruth Bernhard.

Ruth Bernhard era además una fotógrafa concienzuda y reflexiva. A veces pasaba días trabajando meticulosamente en una composición concreta para después hacer una única toma.

“En mi vida, como en mi trabajo, siempre he estado impulsada por un gran anhelo de perfección y de armonía más allá del ámbito de la experiencia humana. A través de los símbolos y la luz, he querido alcanzar la esencia del ser con el Universo”.

double vision

Double vision (1973). Foto: Ruth Bernhard.

Su fotografía más famosa la tomó en 1964, y fue también fruto del azar. Había comprado una ampliadora, una Omega D-2, y acababa de desembalarla. La caja en la que venía estaba tirada en su estudio, lista para sacarla más tarde con el resto de la basura. Había contratado a una modelo para otro trabajo que estaba haciendo y cuando la chica llegó le propuso meterse en la caja. El cuerpo de la modelo encajaba perfectamente. La foto se llamó ‘In the box-horizontal’ (En la caja-horizontal).

in the box 1962

In the box (1962). Foto: Ruth Bernhard.

En esa misma sesión hizo otra fotografía, también famosa, diferente de la anterior: ‘In the box-vertical’.

“Le dije a la chica, ‘¿por qué no sujetas la caja, así, hacia arriba, con tus brazos?’ Éramos muy buenas amigas y confió en mí. Siempre me han interesado las formas. La parte sexy o erótica jamás me ha interesado”.

in the box vertical

In the box-vertical (1962). Foto: Ruth Bernhard.

En 1961, Bernhard comienza a dar clases privadas de fotografía en un estudio situado en la parte trasera de su casa. Enseña, entre otras cosas, talleres titulados “Photographing de Nude” (Fotografiar la desnudez) y “The Art of Feeling” (El arte de sentir).

“No me considero profesora. Me veo más como una jardinera que cultiva un suelo fértil animando a los estudiantes a que sean más conscientes de su potencial creativo. El énfasis debe estar en el sentimiento, la autoexpresión y el crecimiento”.

Angles, 1969

Angles (1969). Ruth Bernhard.

“Los estudiantes que se adentran en el arte de fotografiar la desnudez siempre se sorprenden de lo difícil que es… El fotógrafo tiene que ser muy consciente de la diferencia entre mirar con sus propios ojos y mirar con la visión impersonal de la lente elegida. Dar clases sobre fotografiar desnudos fue una especie de experimento para mí. No sabía si iba a ser capaz de enseñar algo que para mí funciona de manera tan intuitiva”.

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Silk (1968). Foto: Ruth Bernhard.

Ruth Bernhard fotografió desnudos durante más de 50 años, con una sensibilidad, maestría y elegancia difícilmente superables. Murió en San Francisco en 2006, a los 101 años.  Ted Hartwell, responsable de fotografía del Instituto de las Artes de Minneapolis, cuenta que visitó a Ruth Bernhard en su casa pocos años antes de su muerte. Allí se fijó en una pequeña fotografía pegada en la puerta del frigorífico. Era una imagen de la joven propia Bernhard, de joven, hecha por Edward Weston. “¡Y la tenía allí! ¡En la puerta del frigorífico! ¡Increíble! ¡Aquella foto valía una fortuna!”

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Ruth Bernhard (1935). Foto: Edward Weston.

Es algo tan básico… El ser humano es una parte inocente de la naturaleza. Nuestra civilización ha distorsionado este atributo universal que nos permite sentirnos a gusto en nuestra propia piel. El resto de animales tienen abrigos que ‘aceptan’ con naturalidad, pero la raza humana aún tiene que asimilar la desnudez.

NOTA: Las fotografías de desnudos incluidas en este post y pueden encontrarse, con otras más, en el libro Ruth Bernhard: Eternal Body de la editorial Chronicle Books.

Dónde comprar el libro:


Comprando el libro en Amazon desde este enlace, ayudas al mantenimiento de este blog.


BOB DYLAN

PUBLICADO EL 

MÚSICA DE BOB DYLAN – BLONDE ON BLONDE – I WANT YOU.

PUBLICADO EN LA REVISTA QUÉ LEER
Octubre 13, 2016

RAZONES POR LAS QUE LA ACADEMIA LE CONCEDIÓ EL NOBEL DE LITERATURA A
BOB DYLAN

Un premio a la “tradición de habla inglesa” de la poesía de los letristas. Así definió la Academia Sueca el Nobel de Literatura que le entregó, este jueves, al cantautor estadounidense Bob Dylan.

En el anuncio oficial, la vocera de la Svenska Akademien destacó que el jurado había valorado al músico, de 75 años y toda una leyenda del rock, por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.

Pero el anuncio tomó a muchos por sorpresa, no sólo porque desbancó a otros favoritos desde hace años -entre ellos, el novelista japonés Haruki Murakami, el keniano Ngugi wa Thiong’o o el destacado poeta sirio Adonis-, sino porque por primera vez el galardón máximo de la literatura fue a manos de un compositor de canciones.

También Dylan había figurado en las listas que especulan sobre los potenciales ganadores, pero muchos observadores pensaban que la Academia no incursionaría en un género popular como el rock.

“Es un gran poeta en la tradición de habla inglesa, un sampler increíble y original que encarna la tradición y que por 54 años se ha dedicado a eso, reinventándose constantemente y creando una nueva identidad”, detalló Danius.

El autor de canciones como “Golpeando las puertas del cielo” y álbumes convertidos en clásicos como “Highway 61 Revisited” recibirá su medalla y los 8 millones de coronas suecas (más de US$900.000) en una ceremonia el 10 de diciembre.

El de Dylan es el Nobel número 109 en el campo de las letras y el número 259 para Estados Unidos.

En Literatura, el último estadounidense en recibirlo fue Toni Morrison, en 1993, en una lista que también integran plumas como Sinclair Lewis (1930) o William Faulkner (1949).

“Si uno quiere empezar a escuchar o leer (a Dylan), debería iniciarse con ‘Blonde on Blonde’, el disco de 1966 que tiene varios clásicos y es un ejemplo extraordinario de su brillante modelo de rima, de su armado de estribillos y de su pensamiento pictórico”.

A la hora de responder sobre si este premio representa una ampliación radical en los criterios de selección de la Academia, Danius señaló:

“Puede parecer así, pero si miramos para atrás, bien atrás, uno descubre a (los poetas griegos) Homero y Safo, que escribieron textos poéticos o piezas que estaban hechas para ser escuchadas, representadas, a veces acompañadas con música. Y aún hoy leemos a Homero y a Safo y los disfrutamos.”

“Es lo mismo con Bob Dylan: puede ser leído y debe ser leído”.

Fuente: bbc.com
Imagen: AccuSoft Inc.


A orillas de mi sien

Mi casa está destartalada
miro al cielo y la luna se deshace
entre flecos primerizos del día

Las flores de la terraza están mustias
repiten su dogma de sopor
frente al miedo a morir sin amor

Me cuesta traspasar la línea opaca
del horizonte, mis ojos pálidos
cruzan caóticos, líneas en sombra

Inquietud vertical de espejos rotos
dibujan el desamparo de la luz
difusa y a veces indescifrable

A orillas de mi sien tus manos
sucesivo silencio de relojes
de arena; tu rostro, reconocible.


@mjberistain

Borges

Imagen: Alicia D’Amico
Borges, el escriba (‘Poesía completa’)

Hay raras ocasiones en la historia de la literatura, en la historia de esta rara, cotidiana magia de símbolos, en que uno de sus intérpretes logra no equivocar jamás la melodía. Existen, sin embargo, para nuestra gratitud estupefacta, esos escribas. De alguna forma incomprensible (incomprensible) son capaces de enhebrar símbolo a símbolo, página tras página y sin errar, una música secreta en la que cupiera el Universo; una canción interminable que fuera muchas y una sola… Y algo que fuera apenas, también, el silbido de un ciego a la sombra silente de algún patio. Un ciego derruido y gigantesco en el crepúsculo, símbolo ya sólo de sí mismo, sonriendo lento y cómplice a ese Dios que, “con magnífica ironía”, le otorgó al mismo tiempo “los libros y la noche”.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez, a cuenta de otro bromista genial, Gilbert Chesterton, que “no hay una página suya que no nos depare alguna felicidad”. Bien: no hay una sola página, un solo verso en la Poesía completa de Jorge Luis Borges, que no nos depare alguna o varias felicidades, que no nos regale generosamente una grieta, una abertura por la que mirar un Cosmos que resulta ser un espejo que resulta ser el rostro de quien lee, esfumado ya Borges, el escriba (ese infinito avatar que llamamos Borges), de entre ese rostro y ese espejo: como una carcajada feliz desvaneciéndose.

Hemos dicho traductor, hemos dicho escriba; porque, sí: el artista radical, no el prestidigitador de feria, se sabe apenas un traductor menesteroso entre ciertas voces, que no son suyas, y el silencio. El poeta apenas inventa nada: “La poesía no es menos misteriosa que otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu…”, defiende en el prólogo de Elogio de la sombra (1969). Esta convicción del artista como auditor más o menos frecuente del otro lado de la realidad tangible hace torcer el gesto a muchos, y enarbolar sonrisitas cínicas a otros: sus ‘megustas’ en Facebook y sus prosías al gin-tonic y la nada se lo paguen. Borges nunca dio clases para el parvulario. Pero siquiera un verdadero niño, concreto como es, libre y limpio de dogmas respecto a lo que es la vida que se respira y siente y toca, puede intuir (de manera absolutamente empírica) que una obra que no trate de hacer oído de alguna forma hacia el misterio (hacia el misterio doméstico de estar vivo, sin ir más lejos) es una obra muerta. “…Pero toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir. La triste mitología de nuestro tiempo habla de la subconsciencia (…) los griegos invocaban la musa, los hebreos el Espíritu Santo; el sentido es el mismo”, remata el prólogo a la entera compilación, redactado poco antes de morir.

POESIA COMPLETA-JORGE LUIS BORGES

“El escritor (…) debe ser leal a su imaginación y no a las meras circunstancias efímeras de una supuesta ‘realidad’. La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”, insiste en el introito a La rosa profunda (1975). Comunicar un hecho preciso; tocarnos físicamente. Su compatriota Alejandra Pizarnik –una de las más altas embajadoras del misterio del idioma castellano, mucho más joven que Borges pero dimitida de esta vida antes que él– le entrevistó en una ocasión y consignó después, en algún lugar de sus diarios, el trastorno que le causó la implacable precisión de Borges a la hora de bautizar la realidad: “Terror que me usurpa toda el alma”, le oyó decir, por ejemplo. Y ella no pudo desprenderse de esa frase, como del eco de un campanazo.

Los ojos del sueño

Éste, éste es el temblor continuo en Borges, sea por el eco y la textura física del verso o por el peso subyugante de la historia (increíblemente precisa) que narra: Borges siempre narra algo, y siempre parece estar fundando el mundo en cada verso. Pero no con los ojos del día, sino con los ojos ciegos (no es un chiste) que tocan sin ver las certezas del sueño. Se tiene con Borges, con la poesía de Borges (pero hasta sus relatos colosales no son más que poemas que transigen a otro ritmo y otra longitud para poder contarse bien), se tiene, con una abrumadora mayoría de estos poemas, la sensación alerta de tantear con los ojos del sueño una verdad que no deja nunca de decirse, y que jamás terminará de revelarse del todo. (En los claroscuros, la detonación de los contrarios, la conciliación de los polos, el Todo que es Nada y vuelve a serlo todo, sabe siempre Borges encontrar su melodía: como todos los sabios desde, al menos, Lao Tse).

La palabra sueño cifra el álgebra toda de Borges. La intuición de que la realidad que percibimos no es sino otra capa más del laberinto inextricable de la vida (de la Vida en toda su inabarcable Vastedad); hasta la certidumbre indemostrable, pero irreparable, de que el Tiempo es un sueño y de que ese Sueño es la medida que el Tiempo usa para vivirnos. El sueño es otro laberinto de Borges, y la vida la escalera de niebla que nos va llevando de una a otra estancia de la biblioteca, sin cesar, sin principio ni final, siendo uno y todos al mismo tiempo, pues todos los hombres serían todos los hombres alguna vez. El Tiempo nos está soñando, y nosotros soñándolo a él: “…Sentir que la vigilia es otro sueño / que sueña no soñar y que la muerte / que teme nuestra carne es esa muerte / de cada noche, que se llama sueño… [de modo que sólo queda] …convertir el ultraje de los años / en una música, un rumor y un símbolo”.

Ya desde su primerísimo libro, Fervor de Buenos Aires (1923), esa intimidad silente, el diálogo secreto con una ciudad que existe y no existe a la vez, pues la sueña al vivirla y viceversa. No deja de ser exótico que un poeta dedique sus primeros libros al amor a una ciudad, y no al de una mujer, al de un hombre, al de sus muertos o sus fantasmas más testarudos; y bien: es que su cosmogonía no le deja ni desde los veintitantos años ceñirse sólo a un aspecto del mandala de su vida, del ajedrez que ya va entretejiendo su memoria y su anhelo. De modo que Buenos Aires es ya, desde el principio, el lugar del Aleph en que ver todo su Tiempo junto: “No nos une el amor sino el espanto; / será por eso que la quiero tanto”, escribiría mucho después, en espiral siempre hacia el origen.

Los temas, los temas en Borges: “fantasmas hambrientos”, precisó él mismo (implacable) en alguna ocasión. Los espectros insaciables de Borges serán, ya lo hemos dicho, por encima de todo y de todos, el sueño y el tiempo, el Tiempo y el Sueño; la conjetura cósmica. Los laberintos y los patios, el tigre y el ajedrez, los crepúsculos y Buenos Aires, el Norte y las espadas, la música y los heterónimos no son sino hermosos arabescos que remiten una y otra vez a ese mismo único asunto, que es también, a qué decirlo, el asunto único de todos nosotros, los invitados a este festival de humilde trascendencia que es la obra entera de Borges. Rara vez un escriba así, dijimos al principio: rara vez, también, un artista que sepa armonizar de tal forma el sutil equilibrio entre la erudición y la emoción, la conjetura y la aventura; ése del que depende hacer al lector un cómplice insobornable, y no un mero espectador maravillado o abrumado o confundido por trucos que en realidad ni le tocan ni se notan ni traspasan.

Él solo es una “vasta literatura”, como dijera él mismo sobre Quevedo. Y de Quevedo heredó Borges cierto oído, cierto ritmo y ciertas notas. El argentino fue –es– un sonetista magnífico, muy astuto a la hora de desarrollar sus temas con una resonancia que remite frecuentemente, de manera subterránea, a nuestro siglo llamado de Oro; habiéndose escrito ayer, resulta antiguo, y siendo antiguo resulta atemporal: Quevedo ahí al fondo, de forma tenaz, cuando dicta por ejemplo que “Sólo una cosa no hay. Es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria / y cifra en Su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido…”. “…sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido: / esa fragua, esa luna y esa tarde”.

Un oído proverbial para verter en cada poema, como en un cántaro, el cántico que escucha. Discípulo de Quevedo, pero también del abuelo Walt Whitman y su verso libre, o mejor dicho verso desatado, interminable como los ríos de América.

“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición…
(…) Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo…

(El amenazado, de ‘El oro de los tigres’)

‘En las grietas’

En el prólogo a La cifra, ya en 1981 [sólo con sus prólogos, con un puñado de frases, se podría dictar una cátedra sobre cómo escribir poesía, o sobre cómo no escribirla] finge confesar su incapacidad para “la curiosa metáfora”. Finge, porque él mejor que nadie supo alguna vez qué es una metáfora y cómo funciona esa orfebrería. Pero entendemos lo que quiere decir: en muchas ocasiones no es una metáfora al uso lo que hace: es una declaración, una testificación, un señalar a la pared blanca para informar de que es efectivamente blanca, y no una manera de remedar el blanco; lo más cercano a descifrar el enigma. Es verdad, no son metáforas; son visiones fulgurantes que sin llegar a compararse con nada son exactas como un número: son descubrimientos. Lo que hay entre “los dos crepúsculos” (el alba y el ocaso) es una servidumbre; “la silenciosa amistad de la luna” no es un juego de palabras, es una ley o un anhelo de todos. Y así: “las pequeñas magias del miedo” (porque el miedo engaña siempre), “la ignorante aurora” (pues siempre es inocente, la aurora, de lo que sucedió ayer), “el olvido, que es el modo más pobre del misterio”; “la lluvia… una cosa / que sin duda sucede en el pasado”… y hasta el gato, habitante de un Tiempo propio: “el dueño / de un ámbito cerrado como un sueño”.

Descreía de escuelas, de corrientes, de clasificaciones literarias (“artificios didácticos”), pero su poética es diáfana. La existencia le susurra en sueños su caligrafía encriptada, y la visión no es la visión sino el símbolo de lo que se oculta detrás. Es un oráculo, y al mismo tiempo sólo un ciego mirando sin ver las estrellas: como todos los hombres, pero sintiendo la palpitación sagrada, el secreto vínculo, la reunión. Son las sagradas escrituras de cualquiera de nosotros, que podemos ser (acaso fuimos, seremos) Alonso Quijano sabiéndose soñado por un soldado pobre y manco, Boabdil despidiéndose de la tarde de la Alhambra, y la Alhambra misma, el guerrero remoto del norte y de la bruma, Sherezade y su relato infinito, y aquel que algún día desfallecerá en el amor imposible de Matilde Urbach. Es una voz adormecida susurrándonos que, pues todo morirá, todo vivirá siempre, y todo lo que tanto importa no importa nada. Algunos verán con horror esta serenidad; otros, la más limpia redención ante un universo que no necesitamos entender, a la postre, para sabernos parte gozosa y trágica de la trama incognoscible:

Para una versión del I-Ching

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable

cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
Nada nos dice adiós. Nada nos deja.

No te rindas. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro

puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.

Por Miguel A. Ortega Lucas

La construcción de un sueño

Siempre hay tiempo para un sueño.

Siempre es tiempo de dejarse llevar
por una pasión que nos arrastre hacia el deseo.

Siempre es posible encontrar la fuerza
necesaria para alzar el vuelo y dirigirse hacia
lo alto.

Y es allí, y solo allí, en la altura, donde
podemos desplegar nuestras alas en toda su
extensión.

Solo allí, en lo más alto de nosotros mismos,
en lo más profundo de nuestras inquietudes,
podremos separar los brazos, y volar.

Autora Dulce Chacón


Así es su LUZ

Estoy totalmente de acuerdo con este pequeño pero bonito texto de Luz Sánchez Mellado que me permito traer a mi parcela, con su referencia, por supuesto.

Es que hay varias cosas que me han gustado de él y quiero compartirlas con mi otro yo. (Si estáis por ahí cerca, o al otro lado de mis espejos, también podéis transformaros en ese «duende» con el que comparto hasta mis sueños. Ahi voy…

Hola, ¿qué tal?

Hoy os proponemos conocer a fondo a una rockera, una diva rockera.

A Luz Casal (Galicia, de 63 años) la están peinando y maquillando para nuestro encuentro en la sala de caracterización del Teatro Real, en Madrid, entre los afeites, las pelucas y los trajes de época a los que recurren los artistas para convencernos sobre el escenario de que son otros, en otros mundos, en otros tiempos. Cuando llego, Luz me saluda cariñosa, bromea con la coincidencia de nuestros nombres, me recuerda la primera y última vez que nos vimos, en una entrevista antes de la pandemia, y algunas cuitas de las que entonces hablamos y quedaron pendientes, como si hubiera sido ayer mismo. Así es ella. En vivo, a pelo, la gran diva de la canción parece frágil. Es luego, frente a la cámara, y en escena, cuando se crece tres palmos y te convence de que es otra, en otras vidas, en otros mundos, pero en el nuestro, sin más atrezo que su aura y su voz prodigiosa. Al final, le pide al maquillador que le pinte los labios de rojo. Luz no necesita más luz. La lleva puesta.

LUZ SÁNCHEZ-MELLADO

Parece que sean términos opuestos diva y rockera (diva versus rockera) ¿puede ser?

La caracterización de los artistas para convertirse en otro, en otro personaje, o en uno de sus propios yoes ocultos

Luz tiene su propia luz cuando aparece, su impronta es acogedora y amable a pesar de la dureza de sus características físicas, de su fisonomía, de sus gestos faciales, sin conocerla apuesto a que es una mujer que genera confianza en el otro

Dices: así es ella

Fragilidad denotan muchos artistas sin maquillaje, pero Luz es fuerte y firme, tiene determinación en sus opiniones, aunque no lleve los labios pintados

Confusa la frase: Es luego, frente a la cámara, y en escena, cuando se crece tres palmos y te convence de que es otra, en otras vidas, en otros mundos, así, sin más atrezo que su aura y su voz prodigiosa…)

Luz es eso, una persona luminosa…


Maria Victoria Atencia

Hablando de… María Victoria Atencia

Escribe en el prólogo de «Ex Libris» el poeta Guillermo Carnero refiriéndose a la evolución de la escritura de la poeta; en su segundo momento creativo.

«Ha desaparecido todo rastro de pensamiento «idílico» …………….

Ha habido importantes transformaciones como son cierta desazón imprecisable, la constatación del transcurso del tiempo, en lo que tiene de pérdida de vida propia, y el predominio de la reflexión ética sobre la contemplación del mundo externo.

Además, existe una persistente ocultación de las motivaciones reales y biográficas, que dan razón de mayor calidad y elaboración literaria (no en cuanto a manipulaciones retóricas, sino a una elaboración intuitiva que realiza la sensibilidad en una labor de connotación de referentes biográficos que, sin embargo, no van a ser nombrados directamente).

El poema se vuelve breve y sintético, se hace parábola y símbolo.

Así se llega a la clave de la poesía contemporánea —continúa Guillermo Carnero—:

Decirse el autor a sí mismo sin nombrar directamente ni el yo ni su propia historia. El lenguaje romántico es omitido en su manifestación más elemental, presente, sin embargo, en la selección de determinados elementos objetivos desde una perspectiva de resonancias afectivas.

La expresión literaria se ve enriquecida tanto para el autor como para el lector, evitando la reincidencia en los tópicos del lenguaje del yo lírico enfrentado a permanentes cuestiones propias de la existencia humana. Precisamente, la expresión poética existe gracias a la distancia entre esas cuestiones y su formulación indirecta. De la tensión entre decirse y no nombrarse; ese doble juego de fuerzas.

El poema no existiría si el yo del autor no seleccionara intuitivamente los disfraces por medio de los que va a expresarse ocultándose, como tampoco existiría si el recurso a la no subjetividad llevara tan solo a la instalación de un decorado desprovisto de motivaciones personales.


París, punto y aparte

 

—Supongo que te sonará Woodstock… —dijo Gunhilda haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza—

—Me lo imaginaba, lo viviste de cerca, en el mejor sitio posible, aquella época hippy… Cuéntame qué recuerdos te quedan de todo aquello. Visto en perspectiva, pienso que allí había una especie de espiritualidad, una filosofía de vida, un ímpetu de cambio de la sociedad… Yo, estoy segura de que hubiera participado, si hubiera estado allí.

—Woodstock, vamos a decir, que fue el punto álgido de aquella época. Llovió torrencialmente y aún y todo nos mantuvimos entre el barro, confiando en nuestro poder, seguros de conseguir que parase la lluvia, seguros de que llegaríamos a dominar todas las fuerzas de la naturaleza, de que conseguiríamos cambiar el mundo, de que conquistaríamos definitivamente la paz y la libertad. Fue como un espejismo. Yo por mi parte —tenía veintinueve años entonces— me daba cuenta de que se iba desmoronando nuestra fuerza pacifista. Aunque el mensaje continuaba vivo, sin embargo, las respuestas a las preguntas que nos hacíamos entonces y a las que todavía hoy se hace la humanidad, siguen estando —como decía Dylan— flotando en el viento. Por allí pasaron músicos como Joan Báez, Janis Joplin, The Who y muchos otros, ¡Ah! Y Hendrix., Jimmy Hendrix con una actuación final memorable. Fue una experiencia muy fuerte que nos dejó “tocados” en muchos sentidos a todos los de nuestra generación.

Aquel momento supuso un punto y aparte en mi vida. Preparaba el salto a Europa con mis amigos, en realidad iba a ser un viaje de iniciación para todos; para Leo y Daniella —la familia de él era italiana y los abuelos de Daniella vivían en una isla griega. También para Martin que era de origen francés y había estudiado Arte en Canadá, —habíamos preparado la tesis con el mismo tutor— pero su sueño era volver a Europa e instalarse en París. Él y yo nos queríamos mucho, pero yo no estaba dispuesta a comprometerme con nadie, simplemente disfrutábamos de una convivencia amable y divertida. Lo único que teníamos previsto era la fecha de inicio del viaje, volaríamos de San Francisco a Nueva York y de allí a Madrid.

—¿Quieres decir que no teníais una ruta predeterminada? ¿Unos tiempos de estancia en cada país? Debe de ser difícil compaginar los intereses de cuatro personas sobre la marcha, ¿no?

—Sí, en realidad no fue nada fácil. En Madrid alquilamos una furgoneta preparada para poder vivir los cuatro, pero el viaje se truncó antes de lo previsto. Discutíamos con Leo constantemente porque la droga estaba haciendo estragos en él y no quería darse cuenta.

—¡Qué me dices!, —le interrumpí, y cómo es que accedisteis a viajar con él si teníais el problema encima?

—En cierto modo, además de que todos queríamos viajar a Europa, lo aceptamos pensando en que podríamos ayudarle a descolgarse lejos de aquel ambiente, y que las nuevas “rutinas”, —si un viaje de amigos por el mundo puede tener algo de “rutinario”— le devolverían el interés por vivir. Su novia Daniella nos necesitaba en esos momentos y nosotros nos volcamos con la idea.

—Eso es verdadera amistad, Gunhilda. Supongo que hace falta mucho coraje y generosidad para llevar adelante un proyecto de ese calibre.

—La verdad es que sí. Pero estuvimos dispuestos a ello. Había entre nosotros un cariño y una camaradería que podía con todo, y lo más importante era que confiábamos en nosotros mismos… y en él—.

Madrid y Barcelona fueron dos grandes ciudades en las que nos encontramos cara a cara con el Arte de los grandes maestros. Visitamos museos, pero también descubrimos la arquitectura en las calles, la vida bohemia, la nocturnidad, la buena comida, las fiestas populares… Veníamos de otro mundo y estábamos impresionados. A lo largo de la ruta francesa por la Costa Azul, además de conocer ciudades como, Saint Tropez, Cannes, Niza o Montecarlo en Mónaco, íbamos parando en pequeños pueblos costeros, en algunos encaramados a las rocas —nos encantó Éze—, nos bañamos, incluso dormimos alguna noche al aire libre en playas paradisíacas, visitamos las ruinas romanas en Arlés y, de verdad que ahora no puedo recordar los nombres de los pueblos medievales que visitamos con sus coloridos mercados en los que comprábamos frutas y verduras frescas para las comidas. Nos perdíamos por carreteras comarcales serpenteantes y, con todas las ventanillas abiertas y nuestra música preferida a tope, nos dejábamos seducir por los aromas y el color de los campos de lavanda. Nos encantaban las charlas con los lugareños. En general nos recibían con amabilidad, a veces compartíamos unos vinos con ellos —quizás por la curiosidad que sentían por nosotros— y nos hacían recomendaciones de rincones especiales de sus pueblos que no aparecían en las guías de viajes.

A pesar de lo maravilloso que pueda parecer contado ahora, no fue fácil. Ya te lo he dicho antes. —suspiró Gunhilda como necesitando un descanso—. Leo desaparecía a ratos entre calles, y más de un día nos lo encontrábamos, al volver a la furgoneta, “colgado” casi sin pulso. Lo mismo de siempre, a urgencias, a esperar a un diagnóstico de sobra conocido y volver a darle otra oportunidad a su arrepentimiento apenas convincente. Pero lo teníamos que hacer por él y por Daniella. Llegó un momento en el que nos planteamos seguir cada uno nuestro camino porque Leo, aunque —cuando estaba centrado— nos agradecía el esfuerzo que estábamos haciendo, se escudaba en que le fallaba la voluntad —como si la fuerza de voluntad fuera ajena a él—. La tensión llegó a convertir aquel ambiente en irrespirable. Decidimos llegar juntos hasta Florencia y allí reconsiderar el viaje.

Pero no llegamos a destino. Entrando en Italia recordé que la madre de mi amiga Rita que era italiana, además de otras recomendaciones me había hablado especialmente de la famosa Pigna, el casco antiguo de San Remo. Daniella y Leo se excusaron y prefirieron ir por su lado para solucionar algún contencioso que les ocupaba aquella tarde. Paseamos Martin y yo por las callejas iluminadas como de cuento, por el puerto y los jardines, nos comimos una pizza auténtica y cuando volvimos a la furgoneta nos encontramos con Daniella viendo la televisión arrebujada en el sofá cubierta con una manta.

—¿Qué pasa Daniella? —preguntamos a la vez, asustados. ¿Dónde está Leo?

—Hemos discutido. Ha dicho que volverá más tarde, que necesitaba estar solo.

—Pero… ¿Dónde se supone que lo has dejado? —Preguntó Martin— ¿Por dónde habéis andado? ¿Estaba bien o estaba tocado? ¡Ostias, me cago en la puta…! —explotó Martin dando un golpe en la mesa— Me voy a ver si lo encuentro. Vosotras esperar aquí, ¿vale?

Daniella estaba como traspuesta, no tenía ganas de hablar de nada y yo respeté su silencio, me senté a su lado y la abracé, sin saber qué más hacer. La espera se hizo eterna, salimos a la calle a respirar por los alrededores de la furgoneta, estábamos en un parque bien iluminado donde había grupos de jóvenes sentados en el césped con su propia juerga. Cuando ya no quedaba nadie, nos fuimos a dormir aunque ninguna de las dos podía conciliar el sueño.

Martin entró en la furgoneta solo, su cara era el gesto del dolor, de la rabia, de la furia, de la crispación.

—¡No ha podido superar la última dosis de heroína! —balbuceó—

Y lloró, lloró de desesperación durante muchas horas aquella noche tumbado boca abajo en la cama. La muerte de Leo nos hundió en la negrura de la culpabilidad. Nosotros habíamos fracasado y él estaba muerto. Nunca hasta aquel momento habíamos pensado en ello. Nos habíamos embarcado en el viaje sintiéndonos solidarios, poderosos, triunfantes; nos creíamos capaces de dominar todas las pasiones… Y ahí estábamos sin comprender nada. Habíamos fracasado. ¡Leo había muerto!

La policía italiana nos ayudó con los trámites, telegrafió a la familia y el consulado de Estados Unidos en Milan resolvió que el cuerpo quedara enterrado en el cementerio de la ciudad. Fue más doloroso todavía saber que los padres renunciaban al traslado de su hijo a casa…

Daniella optó por volver a San Francisco y Martin y yo no estábamos en condiciones de continuar el viaje hacia ninguna parte, estábamos noqueados. Pasamos noches en blanco hablando de nuestras opciones, nos sentíamos como náufragos en una isla desierta en mitad de un océano de inseguridades. Quizás nuestra salvación fue entonces estar juntos en aquellos momentos de ruina total.

—Gunhilda, —dijo un Martin derrumbado al que nunca había visto antes así— estamos a ochocientos kilómetros de París. Sugiero que contactemos con mi familia allí. —Siento que estamos necesitando algún tipo de protección, aunque solo sea temporal, el desapego familiar me pesa ahora como una losa… —dijo con una media sonrisa mirándome y esperando mi respuesta—

—Podría hablar con ellos para ver si nos pueden buscar algún sitio para dormir cerca de su casa y nos quedamos con ellos unos días. Estoy seguro de que nos vendrá bien a los dos descansar un poco.

No tengo muy claro si accedí por él o por mí. Estábamos tan consternados y desorientados que nos daba igual ir hacia el norte o hacia el sur, despertar o morirnos.

Vivían en Villene sur Seine, un pequeño pueblo a media hora escasa de París. Durante el viaje Martin me fue hablando de ellos. Eran un matrimonio con un hijo, —la mujer hermana de su padre—. Habían mantenido buena relación con ellos a pesar de la distancia. Martin y su primo Fabian habían sido compañeros de juegos de pequeños, después tomaron caminos diferentes. Martin se marchó con sus padres a Canadá donde ellos se establecieron y él estudió Bellas Artes. Terminó el último curso y la tesis en Standord. Fabian, sin embargo, vivió la revolución del 68 en París, era una persona muy especial, con una gran sensibilidad por el Arte, se ganaba algún dinero vendiendo cuadros en la calle además de ayudar a sus padres en la tienda de las flores. En aquella época vivía solo porque la pareja con la que había compartido los dos últimos años decidió marcharse a vivir a Sudáfrica y él no estaba dispuesto a seguirla. Se identificaba bien con la vida bohemia de París.

Nos recibieron con cariño y respeto. Comprendieron bien la situación por la que estábamos pasando y su compañía nos ayudó a ir superando el duelo. Fueron unos días de descanso, de reflexión y de charlas filosóficas interminables visitando la Provenza francesa. Nos hicieron valorar y disfrutar del ambiente familiar al que, en realidad, no estábamos acostumbrados. La forma de vida, su ritmo, sus intereses, sus preocupaciones, eran bien distintas a lo que habíamos vivido hasta entonces. Les ayudábamos un rato por las mañanas en los trabajos del campo y después de comer y descansar un rato salíamos a pasear por los alrededores.

Desde allí había media hora en coche hasta el centro de París, y la tienda de las flores de los tíos de Martin estaba en la calle Saint Péres. en pleno Barrio Latino. La ciudad tuvo mucho que ver con nuestra recuperación. Nos fue conquistando día a día hasta que llegó un momento en el que decidimos instalarnos. Tuvimos mucha suerte de encontrar una buhardilla en alquiler en la plaza de los Vosgos que se acababa de quedar vacía. Vendimos la furgoneta a cambio de un coche convencional y nos dedicamos a buscar trabajo.

—¡Mamá Louise! —exclamé—. Sentí un escalofrío al oìr su voz al otro lado del teléfono—.

Noté la emoción en sus palabras, aunque su voz me llegaba desde lejos. La última vez que habíamos hablado fue desde Madrid para que supiera que ya habíamos llegado a Europa. Me contó que ya estaba trabajando en el proyecto del Ártico y vivía en Bergen. Se alegró de saber que estaba más cerca… La conversación me dejó pensativa unas cuantas horas después.

A Fabian se le abrió el cielo hablando con Martin sobre sus expectativas de futuro cuando le contó que su deseo era el de instalarse a vivir en París y buscar un trabajo relacionado con las Bellas Artes. Una noche terminando de cenar su tío dio unos toques con el tenedor en su copa, llamando nuestra atención y pidió que le prestáramos atención. Se dirigió a nosotros con voz grave.

—Martin, he hablado con mi mujer y con mi hijo. Quiero que sepas que estaríamos en condiciones de ofrecerte un puesto de trabajo en París. El local de las flores será de Fabian cuando nosotros no estemos y está amortizado. Hay metros suficientes como para ampliar el negocio y se le podría dar un giro actualizado contando con tu participación.

Martin me miró en silencio. —Yo no tenía mucho que decir allí—, pero me sorprendió muy gratamente la propuesta y sonreí encogiéndome de hombros. Vi el brillo en sus ojos antes de acomodarse en la silla y volver la mirada hacia su familia para responder con tranquilidad.

—Bien, —dijo, como pensándolo— Parece una buena idea en principio. Tendríamos que preparar un proyecto y estudiarlo juntos. Puede interesarme y agradezco de verdad que contéis conmigo.

El padre de Fabian nos invitó a brindar. La conversación continuó hasta bien entrada la noche. Formarían un tándem perfecto en el arte floral y la decoración de eventos.

A solas en la habitación hicimos el amor apasionadamente, la magia de las caricias invadía cada poro de nuestra piel desprotegida, el deseo brotaba como un animal insaciable en toda su locura… Aquella noche —continuó Gunhilda con una sonrisa nostálgica— hicimos arder el fuego con los restos del pasado. —Y continuó— París a su lado iba a cambiar radicalmente mi vida. Fue la experiencia más intensa que he vivido nunca —antes y después de aquellos días— Nos instalamos en una buhardilla en la Plaza de los Vosgos. Yo les ayudaba en la floristería con las gestiones, presupuestos y permisos para las obras, hasta que encontré un trabajo de dependienta en una tienda de delicatessen en uno de los mercados cercanos. Solo me duró dos meses porque una tarde, al salir, me abordó un chico —o quizás sería mejor decir un hombre, calculé que era algo mayor que yo, era de aspecto elegante y pulcro con una melena corta bien cuidada—.

—¡Hola! Me dijo atrayendo mi mirada. ¿Puedo interrumpirte?

Por un momento pensé que querría venderme algo…

—Me llamo David Holder, quizás te suene mi apellido porque veo que tu trabajo, de alguna forma, está relacionado con el mío.

—Pues ya lo siento —dije excusándome—

Se le veía educado y cercano, de esas personas que te hacen sentir cómodo a su lado. Recordé de repente que lo único que me sonaba de su apellido era una empresa fabricante de macarons —esos dulces típicos franceses—. No podía creer que aquel hombre del que yo había oído hablar tanto los dos últimos meses, estuviera ante mí solicitándome una cita. Dudé y dije:

—Bueno, ya me has interrumpido…. —Él sonrió.

—Comprendo que te parezca raro este encuentro. El tema es que he venido observándote durante días en tu puesto de trabajo y pienso que eres la persona que necesito para nuestra empresa. Disculpa que haya sido tan directo. Me gustaría hablar contigo tranquilamente del tema.

Acepté su compañía, todavía aturdida, mientras caminábamos por las estrechas calles a esa hora de la tarde en la que los comercios estaban a punto de cerrar y las cafeterías y los salones de té con sus terrazas iluminadas se llenaban de ambiente. No me invitó a sentarnos.

Se despidió tomándome de la mano y haciendo una leve reverencia. —tengo que reconocer que me sorprendió, pero me gustó; tampoco estaba acostumbrada a aquello— Quedamos en que me recibiría en su despacho de los Campos Elíseos el día siguiente al terminar mi jornada. Me ofreció un sobre con información de la empresa, la historia de la familia fundadora y un cuidado catálogo de sus productos. Me quedé parada viéndolo marchar; —parada como si alguien me hubiera tocado con una varita mágica y no supiera qué hacer—. Subí las escaleras de casa despacio mientras leía incrédula: “La historia de las “tea-rooms” de París está ligada íntimamente a la familia Ladurée. Todo empezó en 1862 cuando…”

Había empezado mi futuro…


firma

Música y marihuana

Yo temía el momento de volver de vacaciones. Procuraba que nuestros planes turísticos terminaran cada día unos minutos antes, para poder acudir a mi encuentro con la mujer que llevaba en su interior el libro que yo deseaba escribir. También notaba en ella una ilusión creciente, una especie de complicidad, que se hacía más intensa a medida que llegaba a la narración de su propia vida.

Los reflejos de su juventud asomaban entre sus canas y sus cuidadas arrugas.

—Recuerdo que te conocí pegada a una botella de Bourbon —le dije.

Mi comentario le hizo soltar una amplia carcajada.

—¡Es verdad! Tienes razón —dijo, mientras reíamos juntas—. A dejar la bebida me ayudaste tú, ya es hora de que lo sepas, mi querida amiga.

—No sé si yo he podido influir de alguna manera, pero el mérito en estas cosas es del que toma la decisión, así es que es todo tuyo; espero que cada día vayas sintiéndote mejor.

Le tomé de las manos y le pedí que siguiera con su relato. Se me estaban agotando los días de vacaciones. Hasta tal punto estaba yo embarcada en su historia, que estuve madurando la idea de pedir un permiso sin sueldo y quedarme, algún tiempo más en el valle, cuando mis amigos viajaran de vuelta.

Mis recuerdos de infancia —continuó con su mirada encendida—tienen más que ver con mis abuelos que con mis padres. No fui consciente de todo esto hasta pasados varios años. Sin embargo, era una niña feliz rodeada de amigos, lejos del ruido de las ciudades, la naturaleza era el paisaje de mis juegos, tal y como le hubiera gustado a mi madre. —Gunhilda se quedó pensativa unos segundos—.

En aquella época —continuó— yo pensaba que Ulma era mi madre y, de alguna manera lo era, aunque ella cada noche me contaba cuentos de historias verdaderas y también de leyendas de Noruega. Juntas rezábamos por Louise, la mujer que se había marchado no hacía mucho tiempo en un barco, para buscar una casa donde vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos para que algún día pudiéramos volver a verla.

Ulma cuidaba también de los abuelos. Ella les atendía como si fueran su propia familia. No tengo conciencia del momento en el que nos despedimos de ellos definitivamente. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí recuerdo el encuentro, al bajar del barco, con aquella mujer que lloraba desconsoladamente abrazándome, y yo no entendía por qué.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad, en una de las casitas agrupadas entre bosques y caminos y lagos. Ulma preparaba cada mañana el desayuno para las tres y después me acompañaba al colegio. Mamá Louise nos despedía soplando besos desde las palmas de sus manos, sin dejar de mirarnos, largo rato, mientras desaparecía en sentido contrario.

—Ulma, estoy pensando en cambiar de trabajo. —escuché decir un día a mamá Louise mientras cenábamos—. Estoy madurando la idea de dejar la enseñanza.

—¿Qué dices, Louise? —dijo Ulma espantada— Apenas han pasado unos meses desde el final de la guerra. Ahora que por fin hemos conseguido la estabilidad que nunca habíamos tenido, ¿se te ocurre ahora hacer saltar todo por los aires de nuevo?

—Precisamente por eso, la guerra ha terminado y el país parece recuperarse; algo se está moviendo. Habrá oportunidades de trabajo y a mí me gustaría dedicarme a algo más directamente relacionado con la naturaleza en lugar de a teorizar sobre ella en las aulas. Siento que ya he cumplido con esta etapa y ahora necesito reiniciar nuestra vida: la tuya, la de la niña y la mía. No me niegues que siga apostando por ello.

—Estaré contigo siempre que me necesites. —Dijo Ulma con un suspiro y una sonrisa maternal.

Así fue cómo cambió mi vida, —dijo Gunhilda, dando una palmada alegre en la mesa— Sí querida, ahí comencé a madurar.

A mamá Ulma la perdimos cuando yo tenía doce años. Hasta entonces no había sido del todo consciente de la fortaleza y del amor incondicional que me habían ofrecido aquellas dos mujeres. Dejé de comer, no quería ir al colegio, me refugié con mi tristeza por primera vez en brazos de mamá Louise. La muerte no entraba en mi esquema mental, odié a los médicos cuando dijeron que no podían hacer nada por ella… y la dejaron morir así, sin más, en el frío de una habitación de hospital. No sirvieron de nada nuestros besos…

Quizás alguna vez eché en falta tener un padre. Eso era cuando veía a mis amigos del colegio aprendiendo a jugar al béisbol. Me quedaba algunas tardes después de las clases, mirando embobada a los hombres; y a los niños muerta de envidia. Yo no tenía padre que me enseñara a jugar. Decidí por entonces que lo que yo deseaba era tener un hermano mayor…

—Recuerdo aquellas sensaciones como si fueran hoy… —añadió una Gunhilda risueña— Un poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera —y sonrió dedicándome un guiño.

Desde que me quedé sola con mamá Louise fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz, apasionada…, me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, de las religiones y también de las guerras… —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa— De la maldad de la crueldad y del miedo…

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en Setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Me parecía mentira mi propia historia. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida de mi nacimiento rodeada de muerte, o haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente, porque no pudo soportar el horror de los crímenes cometidos —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su puesto en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como responsable en el Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; las secuoyas, los glaciares, las reservas de las tribus indias. También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras hablaba por teléfono con mi amigo Thomas—.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado mi amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora sé que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la oscuridad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Porque yo iba a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era profesor, compañero de trabajo de mi madre que podía tener treinta años más que yo pero que fue el primer hombre con el que yo me sentía como una verdadera mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto, aunque simpático y con sentido del humor, atento y atractivo hasta no poder soportar su presencia cerca porque yo temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía soportar los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me mirara, a la vez, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el por qué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestras quejas y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad. Era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Era todo un personaje, recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la Guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de los soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía total en la que me distancié de mi madre, no soportaba sus críticas y sus recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y algo de libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, pero posiblemente pasen algunos años. Quizás sea mi último destino. Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que contar con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de atreverme a pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿va alguno más de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


firma

El Dahls

De nuevo volvía a mirar los mapas, las distancias, la situación, consultaba compulsivamente los datos meteorológicos en la zona durante las estaciones de primavera y verano y no lo apuntaba porque tenía una fe ciega en sí misma, había retenido siempre todos los datos que leía y escuchaba o veía a su alrededor, había sido como una máquina «tragadatos», tenía una memoria prodigiosa y además sabía que estaba capacitada para gestionarlos con relativa facilidad y velocidad. No es que hubiera sido una niña prodigio; no, eso nunca se lo plantearon las personas que la educaron o las que más tarde la conocieron, pero ella sabía de sí misma mucho más de lo que dejaba entrever en público.

Eran las cuatro de la tarde y estaba aturdida. Sí.

Las cuatro de la tarde.

Se incorporó de nuevo para comprobar que no se había equivocado de hora. La luz de la tarde empezaba a caer, los papeles ya se le habían caído al suelo antes, el mug de chocolate que afortunadamente se sostenía boca arriba y al que le quedaba como un tercio de líquido sin beber, presentaba un aspecto poco apetecible porque hacía rato que tenía marcada en color oscuro la línea hasta donde había estado lleno. Se arrebulló en la manta y cerró los ojos. No quería saber nada de nada. Ni de nadie.

Adiós a las agencias de empleo, adiós a las oficinas de turismo, adiós a las clases particulares para niños impertinentes, adiós a los puestos del mercado donde todos eran inmigrantes que solo venían a ganarse un dinero para largarse cuanto antes a viajar por el mundo, adiós a las clases de música y a las clases particulares de canto para mayores, y a la dirección de coros (por supuesto que también para mayores). Adiós a la universidad, no quería depender de él. No. Eso lo tenía claro. Sencillamente no.

Se dio la vuelta, desparramó su cuerpo boca abajo soltando un grito enfurecido que afortunadamente quedó amortiguado por la almohada. En realidad, sus vecinos no tenían la culpa de nada de lo que a ella le rondaba por la cabeza.

¡Ja!, estaba simplemente desequilibrada. Los meses estaban pasando por delante de ella sin que se atreviera a intervenir de manera activa en la nueva vida que se le presentaba. No quería ni pensar en la palabra depresión, pero ahí estaba, sumida en un pozo negro del que no sabía cómo salir. Nunca hubiera pensado que le afectaría tanto la muerte de su madre. En realidad, y si era capaz de reflexionar sobre ello, el hecho era que esa circunstancia siendo desequilibrante, sin embargo, no era lo único que la tenía incapacitada. Había sido un cúmulo de situaciones vividas en serie desde su ruptura voluntaria con su vida anterior. Había huido de Estados Unidos sin un proyecto de vida claro. Su viaje iniciático había terminado en tragedia y ahora se daba cuenta de que había sido un riesgo meditado y aceptado por el grupo el de embarcarse en aquel proyecto para ayudar a su amigo a desengancharse de la droga. El altruismo no había sido suficiente para evitar el fatal desenlace y eso les había marcado a todos profundamente, pero ella sentía su propio dolor como una gran carga emocional difícil de superar. Después de aquello, le había costado recuperar su estado de ánimo y vivió algunos episodios amorosos ilusionantes, escarceos como meros momentos de alivio y diversión, pero sin ningún sentido, hasta que tuvo que enfrentarse al dramático hecho de la muerte de su madre y al inquietante reencuentro con Nathan…

Estaba agotada.

Sonó el móvil que estaba en el suelo. Calculó que estaba a una distancia de por lo menos cuatro pasos de su cama. Lo miró con cara de desprecio, no tanto porque le incomodara una llamada de algún amigo como por la distancia que tenía que salvar para atenderlo que le obligaba a levantarse. Justo cuando decidió poner un pié en el suelo, se hizo el silencio. No retrocedió y pensó que era buena señal; no retroceder. Siempre se lo había dicho su madre: «un paso atrás… ni para tomar impulso». Sonrió con cierta nostalgia. Estaba sola, si, pero tenía gente alrededor con quienes compartir afectos y risas y sexo y otros momentos especiales, fiestas y encuentros culturales, y viajes. Había logrado hacerse un hueco en el ambiente de la universidad.

—Hey,  preciosa. Cómo vas con tus entrevistas? Hace días que no sabemos nada de ti.

Su voz sonó impetuosa y alegre.

—Vamos a ir esta tarde a ensayar al Dahls y de paso a tomar unas cervezas. No hace falta que digas nada, te esperamos.

Escuchó el monótono del móvil antes de poder pensar en una excusa.

No podía hacerles la faena de faltar. El grupo lo componían cuatro voces, dos hombres; John y Lucas y dos mujeres Ofelia y ella misma. Además, contaban con colaboraciones de guitarra, bajo, batería y saxo. Cada uno de ellos era indispensable. Además, la fecha de grabación de la maqueta se acercaba y ya se había perdido demasiado tiempo dando largas con su duelo. Se revolvió el pelo delante del espejo, se lavó los dientes y salió sin pensar en más. El estudio estaba a pocas manzanas de su apartamento. Intentó estirar la piel de su cara dándose pequeños pellizcos en las mejillas y esbozando una sonrisa fingida que no le dio mal resultado, incluso se hizo gracia a sí misma. Las luces del atardecer daban a la ciudad un aspecto festivo y trató de tararear los nuevos temas mientras conseguía un taxi para llegar antes que los demás y entonarse un poco.

La cerveza fría le entró directa en vena. Alguien la cogió desde atrás por la cintura y le gustó sentirse enroscada por el abrazo de John —conocía sus manos grandes y sus gestos poderosos—. La ilusión de compartir otra cerveza y dejarse animar por el fino sentido del humor de su amigo se vino abajo cuando entró como un huracán Ofelia dando todo tipo de explicaciones sobre algo a lo que no prestaron atención, porque ya se sabía, las excusas eran su fuerte y por principio general siempre llegaba tarde a todas partes.

Lucas comenzó dando unos pequeños toques rítmicos con su pie derecho en el suelo del local, impaciente. Pidió que suavizaran las luces para dar un ambiente más profesional, aunque fuese un ensayo, algo así como de mayor intimidad. Estaba harto de sentir que era únicamente él quien se tomaba en serio el grupo. Había compuesto la mayor parte de los temas que iban a incluir en el disco y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de que quedaran perfectos. Confiaba más en los músicos que en las voces que para ese momento llevaban ya un par de cervezas encima cada uno. Se sorprendió al escuchar la voz suavísima de Gunhilda sugiriendo más que cantando


El Ártico

La línea invisible que separa en el mar de Noruega el círculo polar ártico está señalada en tierra por un pequeño poste que sostiene una tabla de madera con una inscripción y una exigua bandera apenas perceptible desde el barco. Lo recuerdo como si fuera este mismo momento, mis madres Ulma y Louise abrazándome en el medio de sus cuerpos señalándome el cruce al Ártico, subida yo a un peldaño del casco del barco al que no me dejaban subir sola. Vuelvo a recordarlo con añoranza de momentos vividos cuando aún no sabía apreciarlo. Me consuela a veces, cuando hablo con mis amigos, el saber que esta sensación la hemos vivido todos de una u otra manera. Solo nos damos cuenta de la suerte que hemos tenido cuando ello se ha convertido nada más que en un precioso recuerdo.

—¿Alguna vez te has parado a oler la nieve?

Se había dado la vuelta repentinamente lo que provocó que yo que iba mirando al suelo —lejos en mis ensoñaciones siguiendo sus pasos— casi me topara con él causando un desequilibrio del que nos salvamos gracias a los bastones que hacía tan solo unos días había decidido que teníamos que llevar en nuestras excursiones por la montaña. Acepté más por él que por mí, aunque más tarde entendí que eran de gran ayuda en determinadas situaciones.

Ya he dicho que yo seguía sus pasos. Y eran días de felicidad compartida. Él había vuelto a ser aquel profesor al que le apasionaba organizar viajes y excursiones y rodearse de gente que tuviera curiosidad por la naturaleza o la historia de su país. Entonces, que tenía más tiempo disponible, se pasaba las tardes estudiando planos y libros de historia, de biología, tomando apuntes en folios que llenaba con una letra desordenada y difícil de descifrar para cualquier otro ser humano que no fuera él mismo. Me daba mucha paz mirarlo desde el salón, la puerta de su despacho acostumbraba a dejarla entreabierta porque decía que así me sentía cerca. Algunas veces me pedía que revisara sus borradores manuscritos antes de pasarlos al ordenador.  Aquello me llenaba de una sensación íntima de felicidad, aunque me costaba deducir el significado de determinados garabatos y signos en los márgenes o entre las líneas de aquellas páginas y tenía que recurrir irremediablemente a él para darles sentido. Él sonreía condescendiente y yo me arrimaba a su costado mientras él besaba mis ojos. Eran unos segundos de plenitud. Descubrí que aquél era el sentido de mi vida.

Tiré los palos al suelo. Me agaché e hice una bola de nieve con mis manos enguantadas y me las acerqué a la cara como para oler la nieve.

—¿A qué huele la nieve? —Dime, Profesor, ¿a qué huele la nieve? y se la pasé por la cara empujándole con mi cuerpo hasta que perdió el equilibrio y terminamos los dos en el suelo nevado entre quejas y risas.

Hubo un tiempo, sin embargo, que me marché de Bergen. Trabajé en el centro de Oslo, en un amplio local en la zona del puerto, franquicia de una de las firmas internacionales más lujosas de ropa de caballero. Tenía cinco empleados y personalmente me ocupaba de la dirección y gestión de la propia franquicia, así como de trámites con la casa matriz. Viajaba y disfrutaba de la relación social que aquel estatus me aportaba. La idea había sido, cómo no, de mi amigo Enric que era emprendedor por naturaleza y hombre de negocios quien me había animado a salir de mi estado de inquietud permanente. Aunque yo amaba profundamente a Nathan, trataba de evitar una relación de dependencia por parte de los dos.  Ello no impedía que compartiéramos muchos momentos divertidos, interesantes y entrañables. Enric y yo fuimos socios durante un tiempo largo, además de amigos.

El accidente de avioneta de Nathan fue lo que hizo que se abortaran todos mis planes de futuro. Decidí que me ocuparía de él. En aquellos momentos el no pudo opinar sobre la cuestión.

Todavía había luz afuera, hacía frío y el edredón nos cubría a los dos escasamente. Me lamenté de su tamaño, lo que hizo que —a regañadientes, con aquella sorna que me descolocaba siempre de mis posiciones de verticalidad en la vida— me apretara hacia él para ofrecerme la cálida acogida de su abrazo. ¡Tantas veces había soñado con momentos como éstos!

— Ya veo que no pensaste en volver a compartir tu cama.

Me quedé recogida en posición fetal a su lado sin pretender dar ni un paso más. El yacía boca arriba leyendo lo que parecía ser un guion, a juzgar por el esquema de sus páginas, aunque yo no alcanzaba a leer su contenido. Parecía realmente interesado porque además me había pedido unos minutos de silencio para terminarlo. Yo contaba las hojas que le quedaban entre los dedos de su mano izquierda tres, dos… y sin poder reprimirme desplegué mi cuerpo y me abracé a él que soltó los papeles como pájaros espantados que miraban desde el aire cómo nosotros enredados también caíamos a trompicones de la cama y nos rendíamos en la alfombra.

—¿Volarás conmigo? —preguntó más tarde, cuando el latido salvaje de nuestros corazones había cedido y dormitábamos uno junto al otro.

Había un brillo en sus ojos que yo desconocía hasta aquel momento. Imaginé entonces que ya nunca más lloraríamos juntos, quizás habíamos cruzado la fina línea del miedo a la culpa y nos habíamos tropezado inevitablemente con la pasión, tan cercana, y tan esquiva a la vez. Agotados nos abrazamos como si aquel momento formara parte de una despedida, más que de un deseado primer encuentro.

Sonaron las notas de un carrillón a lo lejos.

—Tendremos que cenar algo —dijo Nathan dándome unas suaves palmadas en la espalda.

No quería moverme de allí, podía sentir el fluir lento de nuestras sangres hermanadas. Me había desarmado su entrega y aquella luz que se acababa de encender en su mirada limpia y solícita, agradecida.

Intenté salir de la situación de alguna manera con levedad. Aceptando su idea pregunté:

—¿Has dicho volar en serio?

—Nunca te había visto tan preciosa. Esa sonrisa relajada por fin en tu boca, y tu vestido nuevo revoloteando por mi alfombra…

Todavía no había amanecido y apenas circulaban vehículos por la ciudad. Nathan había quedado con su amigo Joe —el profesor Williams— en el puerto, junto al museo Norway Fisheries para pasar el día juntos. Se conocían desde hacía muchos años y ahora que Joe se encontraba en Bergen dando unas conferencias sobre el cambio climático iban a aprovechar para disfrutar de alguna actividad juntos. Convinieron en contratar una excursión de día en hidroavión. Sobrevolar el cielo noruego despegando desde el mar tenía que ser una experiencia emocionante. Disfrutar desde el aire de la belleza de la ciudad de Bergen y la naturaleza que la envolvía, de su espectacular puerto, de las cadenas montañosas nevadas, de los glaciares, de las pequeñas aldeas salpicando las zonas de los fiordos, los inmensos bloques de hielo rumbo al Norte. Estaban ilusionados con la idea, aunque Nathan no había conseguido que yo me animara a compartirla. Había preferido dejar a los dos amigos vivir su experiencia y compartir sus recuerdos solos después de tanto tiempo. Habían desayunado tranquilamente en el hotel intercambiando anécdotas de su vida en común e historias de su etapa posterior. Joe estaba a punto de dejar la docencia y de quedarse únicamente con aquellas conferencias que le llevaran a lugares a los que él mantenía verdadero interés por conocer.

El agua salpicaba los cristales de la cabina del hidroavión a medida que avanzaba alzando el vuelo. El piloto, después de todas las recomendaciones de rigor, se volvió hacia ellos haciéndoles con el dedo pulgar en alto la señal de «todo en orden, señores, volamos hacia el Círculo Polar Ártico».

Fuga de monóxido de carbono en la cabina de la avioneta.