ENTRE SILENCIOS Y COLORES

DLEA


Me tiene intrigada.

Sigo en mis trece de conseguir dominar el espacio que me separa del estado de Flow. Comprendo que no sepas de qué estoy hablando. Intento darte unas pistas. Por poner un ejemplo, siempre he querido ser un «director de orquesta» que, además de organizar un selecto y virtuoso grupo de músicos a su dictado, «siente» mientras dirige a Mahler oa Beethoven. (Que quede claro que mi envidia no es maligna; es solo creativa).

Se produce un silencio en el auditorio, algunas toses sofocadas por parte del público antes de que comience la música. El director levanta la batuta (o sea, en el caso que analizo sería ese fenómeno de enfrentarse al papel en blanco), y el aire de la sala cambia. Una especie de éxtasis emocional. Cien músicos y cientos de personas aguantan la respiración, todas las miradas coinciden en el mismo punto, en ese lugar en el que convergen la memoria de los ensayos, tantas partituras y páginas coloreadas emborronadas, tantas lágrimas y sueños descoloridos. Sin embargo, ese punto de convergencia es, asimismo, ilusión fundada en horas de dedicación y estudio, es esperanza a la que nunca dejaremos escapar. Es una emoción que respira hasta lo más profundo y vuela a lo más alto en equilibrio libre mientras la música va desplegándose en el tiempo.

Dicen que en una sinfonía de Mahler (por cierto uno de mis preferidos), el director se siente como si navegara por un paisaje emocional inmenso donde cada uno de sus gestos pudiera abrir una nueva puerta a otra atmósfera iluminada. Por otra parte si hablamos de Beethoven el director de orquesta quizás siente una energía concentrada, volcánica, empujando la música hacia adelante con una fuerza inevitable. 

Son dos poderosos ejemplos. En este caso alguien empieza a sentirse como Beethoven cuando quiere sentirse como Mahler. Craso error. El aspirante a artista investiga sobre las razones de su obsesión y el motivo de su disgusto que no comprende, cuando dedica tantas horas de su vida al estudio de las técnicas y a llenar de manchas de colores sus papeles acuarelables.

¡Ah! Es el estado de flow… 

Ese momento íntimo, esa sensación de «fluir», algo que acontece, que se alcanza por medio de la concentración, una sensación difícil de describir. Una luminosidad en la quietud perfecta del alma, por la que el director de orquesta siente que la música no está siendo interpretada, sino revelada, y deja de ser un controlador para convertirse en un canal espiritual por el que sucede la única verdad.

Cuando aparece el estado de «flujo», ocurre algo especial; la conciencia del tiempo se disuelve…


Fotografía de JAV

HAMMERSHOI

EL PINTOR DEL SILENCIO


Del Blog del Museo Thyssen Bornemisza, tomo prestados algunos detalles que me interesan especialmente sobre el pintor Vilhelm Hammershøi (1864–1916)
(Actualmente exposición de su Obra en el Museo)

Se trata de uno de los grandes nombres de la pintura danesa y una figura esencial del arte escandinavo moderno. Conocido como el maestro de los interiores silenciosos, su obra cautiva por su atmósfera enigmática, su luz tenue y su inconfundible paleta de grises. Sus cuadros transmiten calma, espera y recogimiento. Su contemplación nos habla del ritmo lento, contenido y vibrante del artista.

Los espacios parecen suspendidos en el tiempo, como si el mundo se hubiera detenido durante unos segundos. Por eso muchos lo llaman «el pintor del silencio»

La paleta de Hammershøi es extremadamente limitada, ocres, negros, grises, pero precisamente ahí reside su fuerza: la luz y las líneas se vuelven protagonistas absolutas.

Pintaba siempre los mismos interiores, gran parte de su obra transcurre en un mismo lugar: su apartamento de Copenhague. Cada cuadro es distinto, aunque el escenario sea el mismo y las puertas entreabiertas son un motivo clave, habitaciones conectadas que generan profundidad y misterio.

Apenas hay objetos decorativos, los interiores están casi vacíos. Nada distrae la mirada: el espacio, la luz y el silencio son los verdaderos protagonistas. Sus cuadros apenas tienen narrativa, no existen elementos anecdóticos que den pie a construir una historia.

Su esposa fue su principal modelo: Ida Ilsted aparece en numerosos cuadros, casi siempre de espaldas o absorta, contribuyendo al clima de misterio. Él era extremadamente reservado, tenía fama de hombre silencioso y poco dado a la vida social, algo que muchos relacionan con el carácter introspectivo de su obra. Le interesaban más los espacios que las personas. Aunque incluía figuras humanas, nunca dominan la escena. El verdadero protagonista suele ser el espacio vacío.

«Lo que me lleva a escoger un motivo son, en gran medida, las líneas que contiene, lo que llamaría la actitud arquitectónica de la imagen. Y luego la luz… «

No buscaba simbolismos explícitos. él nunca explicó significados ocultos. Prefería que cada espectador interpretara su obra libremente.



HA APARECIDO MI SOMBRA…

Libro de Mayte Gómez


Ha aparecido mi sombra!!!

Está sucediendo mientras leo en la publicación de Babelia (El País) de hoy mismo… 

La boca llena de trigo de Mayte Gómez Molina: la historia de una mujer pintora -Anna- bloqueada creativamente. A Aïda Camprubí le ha entusiasmado: «se palpa lo difícil de ser un ser social, espejo de los celos y frustraciones de los demás, a la intemperie del amor afilado del resto».


Mayte Gómez Molina se levanta a las cinco de la mañana para ponerse a escribir, antes de desarrollar una jornada laboral al uso. El primer capítulo de La boca llena de trigo aparece tímidamente, con intención de cuento. El formato es tan reducido como el tiempo del que dispone, pero la historia se convierte en novela cuando le dan dos meses entre un trabajo y otro. Escribe urgentemente en ese impasse antes de mudarse a Karlsruhe y convertirse en una grenzgänger —cruzadora de fronteras— para ir a diario al Institute Art Gender Nature en Basilea, donde tutela bajo la dirección de Chus Matínez. Allí ambas se dedican a acompañar a estudiantes en su entrenamiento del pensamiento crítico. Tienen un programa tan inteligentemente hilado, que parece otro regalo de la ficción. O de la brujería, si nos ceñimos a la línea de investigación elegida para este curso.

La boca llena de trigo es su la ópera prima de la autora, si no se supiera de antemano que su carrera en el arte digital es una forma de narrativa y que ya ha publicado varios poemarios.

Al contrario que ella, Anna, la pintora protagonista de este libro, está bloqueada y no puede cargar con las responsabilidades de los encargos. “A veces, la única forma de descansar es ponerse a trabajar” le achaca una amiga, y que para perder el miedo hay que pasar a través de él. Así ocurren las revelaciones, lejos del misticismo, en pleno cotidiano.

La escritura va de resarcirse. Anna pinta —o imagina pintar— todos los cuadros que la escritora no pudo materializar mientras estudiaba Bellas Artes en Granada. Gómez Molina ha decidido pintar a través de la escritura y muchas de las escenas se conectan con sus mímicas plásticas. Pero sobre todo leemos aquí, incluso olemos, la podredumbre de las ilusiones que no se han podido sacar a ventilar. Es el malditismo del talento, lejos del viaje del héroe y más cerca de la experiencia femenina.

Anna es un cuerpo avergonzante para el exterior y avergonzado dentro de ella misma. Se palpa lo difícil de ser un ser social, espejo de los celos y frustraciones de los demás, a la intemperie del amor afilado del resto. Siempre preocupado entre el ocupar demasiado y el desaparecer del todo. No todas las amistades son benignas ni frugales. Y cuando una narradora consigue ponernos tan adentro de la cabeza de la protagonista, el resto de personajes pasan peligrosamente alrededor, desestabilizando nuestra posición con la velocidad de un coche de carreras. Aprendemos así, a volantazos, que nuestro sostén y posición en el mundo son precarios y que el intrusismo laboral y el vital vienen de una misma raíz: la incapacidad de encajar del todo en las reglas de otros.

Sin comentario.


Escritoras JENN DíAZ

Barcelona


Como diría un amigo querido, este Blog es como «mi Diario en mitad de la plaza del pueblo». Efectivamente así es, y su contenido viene de hace muchos años. Me encanta darle vueltas de vez en cuando y encontrarme con estas joyas que guardé con mucho «sentido», no importa la edad, ni la suya ni la mía, sino su «valor» que permanece…

Alrededor de la persona que escribe libros
siempre debe haber una separación de los demás.
Es una soledad.
Es la soledad del autor, la del escribir.
Para empezar,
uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea.

Marguerite Duras


Jenn Díaz nació en Barcelona, está considerada como una de las plumas destacadas de la generación de autores nacidos en la década de los ochenta.
Este artículo fue publicado en la revista Jot Down y titulado:

 
«Las mujeres que no se aburren también son peligrosas...»

En la mayoría de repasos literarios, de listas con escritores, de recorridos por la escritura de países, culturas, estilos o generaciones, el número de mujeres que aparecen siempre es muy pobre. Tanto es así, que acostumbro a leer los artículos que recogen este tipo de inventarios en diagonal, siguiendo la línea de nombres escritos en negrita para comprobar si se ha colado alguna mujer: no, aquí tampoco.

Entonces me retan: hazlo tú. Y me digo que sí, que voy a escribir un artículo, un contraartículo de ¿Hay que aburrirse mucho para escribir bien? pero solo con escritoras, y me doy cuenta de que no se me vienen nombres a la cabeza. No recuerdo ni una sola mujer que se aislara para escribir, que se marchara a otra ciudad, que tuviera un lugar preferido para desarrollar su escritura. Igual es solo un momento de duda, pero no, no se me ocurren. No se me viene a la mente ninguna escritora que se aburriera mucho para escribir bien, porque las escritoras que he leído, las historias de las escritoras que he leido, siempre han estado vinculadas a su vida cotidiana. No diré que más vinculadas a su vida que a su obra, pero sí de un modo parecido. Empiezo a pensar, siempre que intento dar alguna explicación a la falta de protagonismo femenino, en todo lo que leí en Un cuarto propio, de Virginia Woolf, porque funciona como una pequeña biblia femenino-literaria que consultar cuando no entiendo algo. Me pregunto por qué, primero, no hay tantas mujeres en las listas, y segundo, por qué yo tampoco sé dar un artículo de correspondencia a Ramón Lobo utilizando el mismo tema, pero desde el otro lado, desde este lado.

Veo una pequeña hilacha woolfiana por la que decido seguir. La mujer ha pasado por varios estados con respecto al arte, y el primero de esos estados es el de incompatibilidad. No hay filósofas, por ejemplo. Y de según qué años, tampoco escritoras, que son las que me interesan para intentar este artículo. ¿Por qué esa incompatibilidad entre la mujer y el arte en según qué sociedades? En la conferencia que dio Woolf sobre las mujeres y la novela, recogida en lo que ahora conocemos como «Una habitación propia» o «Un cuarto propio», según la edición, Virginia dio la respuesta a algunas de las preguntas, además de lanzar la máxima de que una mujer para escribir necesita dinero y un espacio propio e íntimo para poder hacerlo. El hombre nunca escribió como rebeldía, sino que escribía porque podía y sabía hacerlo. El curso natural de esa escritura iba en función del talento, el tiempo, la sensibilidad y el dinero que tuviera cada escritor, pensador, filósofo o teórico. La mujer, cuando empezó a escribir, lo hizo en la mayoría de casos a escondidas: físicamente o bajo un nombre masculino. La manera de desarrollarse ambas escrituras es distinta y por eso la evolución también lo es, de ahí que a veces se caiga en la etiqueta de escritura masculina y escritura femenina. Virginia Woolf, que me va a acompañar en todo este discurso porque es prácticamente el suyo, sabía que cuando el hombre ya escribía de forma artística, es decir, cuando el hombre escribió como un escritor y no como un hombre que se explica a través de la literatura, la mujer empezaba a utilizar el mismo medio para la autoexpresión.

Virginia explica muy bien cómo el hombre utiliza la escritura como objeto de arte, y la escritura no necesita de nada más, se sostiene sola. Es literatura. Cuando el hombre ya está a la altura del arte literario, la mujer empieza a escribir sobre sí misma. No siempre en diarios, a veces también en forma de ficción, velando su propia realidad. Si en el mismo momento de la historia la mujer está un escalón por debajo del hombre con respecto al motivo por el cual escribe, es normal que vaya mucho más retrasada y le cueste más florecer. Inspeccionar el interior de los personajes parece una tarea más femenina, porque en realidad era lo que hacía la escritora: inspeccionar el interior del personaje, que era el suyo. Mientras que el hombre podía hacerlo o no, porque tenía más recursos para escribir y exploraba, investigaba.

Si la escritora estaba todavía procesando la escritura de autoexpresión para evolucionar a la literatura, es lógico que en el repaso sobre hombres que buscaban un lugar apartado de los placeres y la inmediatez para poder concentrarse, no haya nombres femeninos.

La mujer que escribía todavía se estaba despojando de todos los prejuicios que le suponía escribir, porque no era lo normal. No solo escribía condicionada por su situación de mujer que escribe, sino que sabía que no será bien recibida. Por eso Alfonsina Storni no era bien recibida por las lectoras y Pardo Bazán tuvo que modificar la línea de su biblioteca para mujer porque reclamaban recetas o consejos y no textos sobre el feminismo. Me voy a permitir un ejemplo para ilustrar esta desigualdad: la literatura es el placer sexual, y la escritura es la procreación. Bien, mientras el hombre ya disfrutaba de un placer sexual con respecto a la literatura, ya era capaz de crear, la mujer todavía estaba anclada en el sexo como método para procrear, de modo que, si en la cama se le exigía algo que no fuera una postura cómoda para quedarse después embarazada, sino que le pedían que fuera sensual, por ejemplo, no sabía hacerlo. La escritora primero tenía que superar el momento de la autoexpresión, tenía que superar la escritura personal para dar paso al objeto literario, artístico. No es tan fácil. Parece que me estoy alejando cada vez más del artículo de Ramón Lobo, pero acabaré reconduciendo toda esta teoría que alimenta Virginia Woolf desde su breve ensayo sobre la mujer que escribe.

Si la escritora estaba todavía procesando la escritura de autoexpresión para evolucionar a la literatura, es lógico que en el repaso sobre hombres que buscaban un lugar apartado de los placeres y la inmediatez para poder concentrarse, no haya nombres femeninos. La mujer todavía estaba asimilando su propia escritura, desenmascarándola del Yo para darle importancia al arte, que lo único que importara fuera la novela, el personaje, y no el mensaje que quiere mandar. Para decidir que necesita una concentración mayor para crear, antes tenía que ponerse a crear, y los primeros pasos de la mujer que escribía no era de creación, sino de asimilación de sí misma. Debía despojarse antes de las moralejas, de los personajes que se rebelaban, de las mujeres que destacaban. Estaban demasiado ocupadas defendiéndose a través de su escritura para poder darle el carácter literario que merece una buena novela.

No, no se me venía a la mente ninguna mujer que se marchara a una ciudad para concentrarse y escribir, porque las mujeres que he leído no solo combinaban lo doméstico con lo literario, sino que durante décadas (ya más cercanas) la escritura era su vía de escape, la literatura era usada por las mujeres. “Yo escribí mi salida”, dice Jeanette Winterson en su autobiografía ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Marguerite Duras, Carmen Martín Gaite, Jeanette Winterson, Ana María Matute. Estas cuatro escritoras (a excepción de Duras, que sí tenía una casa en la que se encerraba) escribían para liberarse de algo que era íntimo, y por mucho que se alejaran de los vicios y las ciudades que reclaman tu atención, el motivo de su escritura era demasiado personal para aislarse. Los conflictos maternales, la homosexualidad, la soledad, el problema con la bebida, la muerte de una hija, superar el provincianismo o perder la custodia de tu hijo al divorciarte en una sociedad machista, hacían que la obra de estas mujeres estuviera teñida de su realidad. Así que no solo no se aburrían para escribir bien, sino que necesitaban de su vida cotidiana para nutrir lo que estaban escribiendo. De ahí que se acabe diciendo que las mujeres solo escriben de experiencias propias y sean incapaces de inventar.

En el caso de Frida Kahlo (me permito una excepción entre las escritoras), Clarice Lispector o Sylvia Plath, no podían tomar la decisión de irse a un refugio artístico para poderse concentrar, porque la vida de sus maridos tenía un protagonismo muy fuerte en las suyas, y lo único que hacían era perseguirles.

Entonces intento darle una explicación lógica: la mujer va un paso por detrás porque empezó más tarde y en unas circunstancias poco favorables. Lo que necesitaban las mujeres no era irse lejos del vicio de una ciudad llena de posibilidades, como les pasaba a los hombres, sino aislarse del ruido de su vida cotidiana y, a un tiempo, utilizar ese ruido. Por eso el lugar al que recurrían las escritoras era la habitación propia y no la biblioteca del Museo Británico (Vargas Llosa) o la grisura londinense (Canetti). Solo querían un momento, un momentito por favor, y dejar a un lado todo lo que estaban viviendo para poder escribirlo y después, inmediatamente, seguir viviéndolo. Por otra parte, se esperaba de ellas que no renunciaran a su papel de mujer para ponerse a escribir, pero eso nos aleja de la escritura y nos acerca a lo social.

Así, el siguiente paso con respecto a la literatura, una vez superada la autoexpresión y dando paso a un objeto literario que no necesita excusas, es todavía un territorio poco explorado por la mujer escritora: los ensayos. Martín Gaite reflexionaba sobre la escritura, los cuentos y la literatura en «El cuento de nunca acabar» y Marguerite Duras tiene un breve texto publicado que se llama «Escribir». No hay muchas escritoras que publiquen libros divagando acerca de ello, o que tengan en el mercado un libro como «Autobiografía de papel», de Félix de Azúa. La mujer todavía está ahondando, superada la escritura que busca en el Yo, en el material puramente literario: detenerse y buscar explicación, lógica o teórica a todo ese proceso creativo significa haber superado una serie de obstáculos que todavía no están conseguidos. Mientras la mujer esté utilizando la literatura como exorcismo para superar metas que el hombre ya ha rebasado, no podrá pasar al siguiente nivel literario.

Ahora, antes de leer en diagonal los artículos con repasos literarios en los que no aparezcan mujeres, me preguntaré si la mujer ya está preparada para la enumeración, si el tema que se trata es un territorio explorado por la mujer, o si por lo contrario es uno de esos estados que nos llevan de ventaja los hombres y lo único que nos falta es, además de la habitación propia y el dinero, un poco de tiempo. Al artículo de Ramón Lobo no le faltaban escritoras (bueno, alguna), es a la mujer a la que le falta un paso más con respecto al arte por el arte, sin justificaciones. Cuando la mujer se crea merecedora, como Virginia Woolf en sus excursiones a la biblioteca o Marguerite Duras comprando una casa solo para ella y su escritura, de alejarse de todo para crear, aparecerá en las listas de mujeres que se aburren mucho para escribir bien.


Artículo de Jenn Díaz 

BUENOS DÍAS MUNDO

del Blog LO REAL MARAVILLOSO


En el horizonte se dibuja un mar oscurecido, profundo y misterioso, pero también azul de esperanza. La vela se abre como un sueño que avanza, y la figura solitaria en la embarcación se convierte en símbolo de quienes, aun en medio de la incertidumbre, deciden seguir navegando.

Cada reflejo en el agua es promesa de claridad, cada ráfaga de viento es impulso de fe. Así comienza la jornada: con la certeza de que, aunque la noche se resista y pretenda atraparnos, siempre habrá un azul que nos sostenga y nos invite a abrir nuestras velas a la vida.

Buenos días, con la esperanza desplegada como velas al viento…


ESCRITORAS HAN KANG

Premio Nobel de Literatura 2024, hoy en Barcelona


Han Kang, «No leer nos vuelve inflexibles y limita nuestros sentimientos»

La escritora surcoreana, que acaba de publicar en España ‘Tinta y sangre’, visita Barcelona para participar en las celebraciones de Sant Jordi. «Me hace mucha ilusión este día, saber que hay una ciudad llena de gente que ama los libros»

Hay escritores que construyen una obra y otros que, casi sin proponérselo, levantan un territorio moral propio. La escritora surcoreana Han Kang (Gwangju, 1970) pertenece a esta segunda estirpe, la de quienes escriben no tanto para contar el mundo como para someterlo a una forma de interrogación constante. Su llegada a Barcelona, en la antesala de Sant Jordi, -ayer ofreció una charla en el Centre de Cultura Contemporània (CCCB) en la que se arrancó incluso a saludar en catalán: «bona tarda a tothom»- tiene algo de acontecimiento silencioso, acorde con una autora cuya obra ha convertido la fragilidad, el dolor y la memoria en materiales de indagación literaria de primer orden.

«Me han hablado sobre el día de Sant Jordi, lo conozco desde hace tiempo, y tengo muchas ganas de verlo con mis propios ojos», ha comenzado diciendo la escritora, que participará mañana en firmas y varios encuentros con lectores. «Los que amamos la literatura tenemos inevitablemente una parte silenciosa, creo yo, pero me emociona mucho saber que hay una ciudad llena de gente que ama los libros«, ha añadido.

De hecho, la escritora trabajó durante años como librera y ha defendido sin ambages la importancia de los libros y la lectura. «Tanto amor tenía por la literatura que abrí una librería, eso lo dice todo, ¿no?», ha asegurado. «Siempre me fascinó el concepto de escritor, cómo alguien se lanza a responder preguntas, a cuestionarse qué es ser humano y escribir con eso obras preciosas», recuerda la autora, que confiesa que ya de pequeña supo «que quería ser como ellos, parte de esa comunidad«.

En este sentido, Han ha afirmado que el veloz mundo actual puede ser un enemigo. «En nuestro día a día, muchas veces estamos muy ocupados y no tenemos tiempo para leer, ¿verdad?», ha preguntado. «Pero cuando dejamos de leer, nos volvemos más inflexibles, menos humanos. No leer limita nuestros sentimientos, hace la vida más gris. Cuando estoy un tiempo sin leer, intento esforzarme y hacerlo para poder recuperar todos esos sentimientos que quizás haya perdido por no haber leído durante un tiempo», ha explicado.

La concesión del Premio Nobel en 2024 no ha alterado sustancialmente la naturaleza de su literatura, la escritura como forma de resistencia íntima dedicada a responder preguntas difíciles, pero sí ha desplazado su centro de gravedad, lo que durante años fue un secreto a voces, una de las prosas más radicales y precisas de la narrativa contemporánea, ha pasado a ocupar un primer plano inevitable.

Sin embargo, en Han no hay épica del reconocimiento. Su escritura sigue instalada en ese lugar incómodo donde el lenguaje parece avanzar a tientas, como si cada frase midiera el alcance de lo que puede, y no puede, decirse. «A pesar de haber recibido ese galardón, tan importante y tan valioso, nada dentro de mí ha cambiado y vivo diariamente con los mismos pensamientos y sensaciones internas que antes de recibirlo», ha apuntado con sencillez.

«Si hay algo diferente», ha concedido, «es que cuando voy por la calle la gente de repente me habla o me quiere abrazar. Entonces me sorprendo y me quedo un poco confusa, pero sé que lo hacen con buenas intenciones», ha asegurado con cierta vergüenza. «Pero como para mí, al final y al cabo, son desconocidos… eso es nuevo, por lo demás sigo igual, sigo escribiendo y sigo viviendo».

Lo que sí parece haber cambiado más es el mundo. Preguntada por el complejo contexto internacional, cada vez más represivo y violento, la escritora ha asegurado rotunda: «Estamos viviendo épocas más oscuras, es una verdad difícil de rechazar que todo el mundo sabe. La historia siempre se repite, ¿no?, y las situaciones actuales, también se vivieron en el pasado, pero es verdad que estamos llegando a un pico de oscuridad«, ha valorado sombría.

«Aún así, una de las cosas que más me sorprende es que siempre al otro lado hay personas que intentan sobrevivir y se cuidan y se curan las heridas», ha recordado antes de hablar de un tema constante también entre la oscuridad de muchos de sus libros, la esperanza. «La esperanza no es algo tan frágil ni imposible como nos hacen creer. Tenemos que esforzarnos en ella, aferrarnos a ella», ha defendido.

Una tarea en la que, ha asegurado, nos puede ayudar el arte. «A través del arte y la literatura las personas nos volvemos más sensibles, y esto nos permite ponernos en el lugar de la vida en vez de en el lugar de la muerte. Nos hacen más tolerantes y empáticos para que podamos sentir a piel más viva los sufrimientos que tienen los demás», ha reflexionado. «En este mundo de desgracias repetitivas y dramáticas tenemos que intentar sufrir también por los demás. Aunque nosotros no seamos participantes directamente de ese dolor, creo que la literatura y el arte siempre están del lado de la vida y están haciendo su trabajo de poner a las personas que los disfrutan en el lugar de la vida».

Pausada y sonriente, la escritora ha charlado también sobre su último libro publicado en España, Tinta y sangre (Random House, como toda su obra), novela escrita entre sus dos grandes obras y publicada originalmente en 2010, en la que la autora surcoreana explora cómo podemos sobrevivir en un cosmos regido por el dolor, recurriendo al arte, la memoria, los afectos y la búsqueda de la verdad. «Resumiendo, diría que hablaría sobre una mujer que dedica toda su vida a descubrir y poder probar que la muerte de su amiga, que era casi como una hermana de sangre para ella, no fue un suicidio», ha condensado Han.

«Por eso tiene un toque de misterio, detectivesco, como un thriller, aunque no sigue las pautas tradicionales. Al fin y al cabo, esta novela trata principalmente del amor«, ha confesado. «A pesar de estar llena de los sufrimientos y aflicciones que todos podemos tener a lo largo de nuestra vida, la idea era demostrar que aún así merece la pena vivir. Quería transmitir ese mensaje, por eso creo que es una novela llena de amor», afirma. Y ante las risas del público, dice: «se están riendo, ¿es porque no están de acuerdo?«, bromea.

Más allá de este nuevo-viejo título, desde la irrupción internacional que supuso La vegetariana, con la que obtuvo el Booker International, hasta títulos posteriores como La clase de griego o Imposible decir adiós, la escritura de Han ha ido perfilando una poética reconocible, atenta al cuerpo como territorio de conflicto, al lenguaje como límite y a la violencia como una presencia que rara vez se manifiesta de forma directa, pero que condiciona la vida cotidiana de manera persistente.

Pero reducirla a esos temas sería empobrecerla, pues lo verdaderamente distintivo en su obra es la forma en que esa materia se traduce en una prosa que rehúye el énfasis, que avanza con una claridad engañosa y que, en su aparente serenidad, contiene una tensión difícil de disipar. Nacida en Gwangju, ciudad marcada por la violencia de la represión militar que atraviesa de forma explícita libros como Actos humanos, Han Kang ha construido una obra en la que la experiencia histórica y la percepción individual se entrelazan sin jerarquías, dando lugar a una narrativa que no busca tanto explicar el trauma como hacerlo perceptible en su complejidad y en sus zonas de sombra.

«Todo humano vive en este mundo con un cuerpo físico, y pienso que eso es un elemento muy importante en nuestras vidas, por lo que cuando estoy escribiendo le doy mucha importancia a los sentidos», ha explicado la escritora sobre su forma de narrar. «Cuando describo lo que están sintiendo los personajes, intento sentirlo yo también con mi propio cuerpo, a piel viva, para poder describirlo más detalladamente. En lugar de escribir ‘estuvo ansioso o estuvo angustiado’, me gusta poder transmitir las corrientes eléctricas que todos realmente sentimos al tener esas sensaciones».

«Estoy escribiendo mi libro más personal, uno que habla de mi familia
y siempre dudo de si podré terminarlo»

Además de la plasticidad de su escritura, hay algo, en última instancia, profundamente contemporáneo en la forma de narrar de Han, pero no en el sentido epidérmico del término, sino en su capacidad para captar una sensibilidad atravesada por la fragilidad, el duelo y la necesidad de sentido. Que esa voz resuene ahora en Barcelona no responde tanto a la lógica de la actualidad como a la persistencia de una obra que, sin hacer ruido, ha ido ocupando un lugar central en la literatura de nuestro tiempo.


Autor: Andrés Seoane
Fuente: Diario El MUNDO


RESTOS DEL INVIERNO

LUCES Y SOMBRAS



Herida, la hoja recuerda el viento, los bosques que la mecían besando la lenta luz de la tarde



Restos de transparencia en su mirada; raro destello



Escucha afuera la lluvia; una música de hojas y de címbalos



Observa, a su alrededor, la secreta impostura del movimiento…



Silenciosa, mira el tránsito ligero de las nubes, la curva de las ramas, la imposible geometría de los pájaros…



Ninguna era más bella durante aquel fugaz momento en el que me amabas.
¡Resucítame con tus palabras…!



Textos basados en Palabras de Ángel González
fotografía@mariajesusberistain

ANTES DEL GESTO

PINCELES Y PALETINAS


Parece que contienen la respiración cuando entro por la mañana, todavía con legañas, y me miran de reojo…

Esta noche ha sido horrible, dura y larga. Pienso en cómo tiene que ser una noche a la intemperie de los tiempos, cubierta por el polvo y los cascotes de las ruinas de tu propia casa, escuchando al vecino del segundo llorar y moquear con desconsuelo mientras el estruendo y el humo de las bombas se recrean bajo un cielo apagado e inerte.

Pero mi discurso de hoy no tenía intención de empezar así, lo siento.

Decía que me miran de reojo, ahí dignos ellos, pinceles y paletinas como si fueran los reyes del mambo esperándome, jactándose de que hoy será un gran día para jugar conmigo. ¡Bellacos!

Pero, como decíamos ayer, me siento como ese director de orquesta que dirigirá, en breves, a Mahler. Preparados los participantes de mi orquesta, bastante aseados; es la norma, aunque a veces se despistan y aparecen con los pelos rígidos y coloreados después del trabajo de la víspera. Así que nos encontramos en el lugar de convergencia. Hoy navegaremos juntos hacia la intensidad de ese paisaje emocional del «Mood o fenómeno del Flow». Ese instante en el que el gesto (en el caso pictórico) deja de ser forzado. Desde la tarima paseo la mirada por el espacio, reconociendo a cada uno de ellos; el silencio logra la conexión necesaria para saber que debemos actuar superconcentrados y, al mismo tiempo, sentirnos profundamente libres. (Nadie pregunta cómo). No pensar en el público, ni en uno mismo. La música sucederá, será revelada; únicamente existirá ella desplegándose en el tiempo. 

Abro los ojos en la ducha a ver si consigo que entre la cordura por alguna grieta de mis sueños hasta el cerebro. El papel blanco me espera con sus mejores galas: la pureza que sugiere el color blanco. Medito unos momentos, respiro despacio, pienso en no pensar. Siento el vacío y el poder en mi interior discutiendo, mientras unas gotas de negro caen sobre la hoja impoluta debido a la turbulencia de mis gestos ¡cielos! la resistencia del «ego». Quiero interpretarlo como un error (no como un fastidio) que, sin duda, según me lo han explicado, puede utilizarse para dar origen a mi obra abstracta de hoy. La paletina me mira con ojos de culpa y desconsuelo. Le recuerdo que su participación es básica y fundamental, que es mi herramienta preferida hoy, que la aceptación es un poder divino para llegar a alcanzar el Flow.

Lo cierto es que el arte nos hace vivir una experiencia creativa común: la búsqueda personal interior y ese diálogo que se establece en la paz, armonía y equilibrio como una resonancia emocional. Es la sensación de fluir en un magma (es lo que siento cuando nado en mar abierto). Abre un espacio interior hacia el crecimiento, creer en uno mismo aparece como sorpresa. Se convierte en espejo de gozos y sombras. El magma como símbolo de resiliencia y transformación, de aceptación y pasión, de evolución personal.

Como dice la IA, «el magma espiritual representa el fuego interno necesario para transmutar la energía negativa en fuerza positiva y estabilidad».



EL FLOW DEL DIRECTOR DE ORQUESTA

Colección: ENTRE SILENCIOS Y COLORES
(Mis cuadernos de Flow)


Me tiene intrigada.

Sigo en mis trece de conseguir dominar el espacio que me separa del estado de Flow. Comprendo que no sepas de qué estoy hablando. Intento darte unas pistas. Por poner un ejemplo, siempre he querido ser un «director de orquesta» que, además de organizar a un selecto y virtuoso grupo de músicos a su dictado, «siente» mientras dirige a Mahler o Beethoven. (Que quede claro que mi envidia no es maligna; es solo creativa).

Se produce un silencio en el auditorio, algunas toses sofocadas por parte del público antes de que la música comience. El director levanta la batuta (o sea, en el caso que analizo sería ese fenómeno de enfrentarse con el papel en blanco), y el aire de la sala cambia. Una especie de éxtasis emocional. Cien músicos y cientos de personas aguantan la respiración, todas las miradas coinciden en el mismo punto, en ese lugar en el que convergen la partitura, la memoria de los ensayos, tantas partituras y páginas coloreadas emborronadas, tantas lágrimas y sueños descoloridos. Sin embargo, ese punto de convergencia es, asimismo, ilusión fundada en horas de dedicación y estudio, es esperanza a la que nunca dejamos escapar. Es una emoción que respira hasta lo más profundo y vuela a lo más alto en equilibrio libre mientras la música va desplegándose en el tiempo.

Dicen que en una sinfonía de Mahler (por cierto uno de mis preferidos), el director se siente como si navegara por un paisaje emocional inmenso donde cada uno de sus gestos pudiera abrir una nueva puerta a otra atmósfera iluminada. Por otra parte si habláramos de Beethoven el director de orquesta quizás siente una energía concentrada, volcánica, empujando la música hacia adelante con una fuerza inevitable.

Son dos poderosos ejemplos. En este caso alguien empieza sintiendo como Beethoven cuando quiere sentir como Mahler. Craso error. El aspirante a artista investiga sobre las razones de su obsesión y el motivo de su disgusto que no comprende, cuando dedica tantas horas de su vida al estudio de las técnicas y a llenar de manchas de colores sus papeles acuarelables.

Ah! Es el estado de flow…

Ese momento íntimo, esa idea de «fluir», algo que acontece, que se alcanza por medio de la concentración, una sensación difícil de describir. Una luminosidad en la quietud perfecta del alma, por la que el director de orquesta siente que la música no está siendo interpretada, sino revelada, y deja de ser un controlador para convertirse en un canal espiritual por el que sucede la única verdad.

Cuando aparece el estado de flow, ocurre algo especial; la conciencia del tiempo se disuelve…


PRIMAVERA DE LOS PUEBLOS ABANDONADOS




CREACIÓN INTUITIVA

Pintar de adentro hacia afuera: una guía para la creación intuitiva


Crear arte se basa tanto en la intuición como en la técnica. Al adoptar un enfoque intuitivo, puedes impregnar tu obra de emoción personal y espontaneidad. Mi objetivo es guiar tu proceso pictórico con principios que te ayuden a pintar desde dentro hacia fuera.

1. Aviso

El primer paso para pintar intuitivamente es tomarse un momento para observar todo acerca de su trabajo en progreso:

  • ¿Qué te llama la atención? Identifica los elementos que te gustan y los que no.
  • ¿Cómo te hace sentir la pintura? Considera las emociones que evoca y los recuerdos que te trae.
  • ¿Qué te gustaría más o menos? Reflexiona sobre qué deberías enfatizar o atenuar.

En la búsqueda de revelar y ocultar la belleza, las piezas de interés, la emoción y el significado, recuerda que el contraste juega un papel fundamental. Es más fácil identificar la oscuridad cuando hay algo de luz. De igual manera, la calma se percibe mejor cuando se yuxtapone al caos. A veces, las pinturas surgen de forma natural, mientras que otras necesitan el suave impulso de los principios del diseño para guiarlas.

2. Considere los principios de diseño

Incluso al adoptar la pintura intuitiva, considerar los principios fundamentales del diseño puede enriquecer tu trabajo. Estos principios son las herramientas unificadoras que pueden transformar tu pintura en una obra maestra cohesiva. Entre ellos se incluyen:

  • Equilibrio: asegúrate de que ninguna parte de tu obra de arte sobrepase al resto.
  • Contraste: utilice contrastes de color, forma y textura para crear interés visual.
  • Énfasis: Resalte el punto focal de su pintura para atraer la mirada del espectador.
  • Movimiento: Guía la mirada del espectador a través de la obra de arte utilizando líneas y formas.
  • Patrón: Repetir elementos para crear una sensación de consistencia y ritmo.
Los elementos visuales - Patrón
  • Ritmo: Crea ritmo visual variando la repetición de elementos.
  • Unidad: asegúrate de que todas las partes de tu pintura trabajen juntas para transmitir un mensaje cohesivo.
  • Variedad: agregue variedad para mantener al espectador interesado con diferentes colores, formas y texturas.

Para quienes trabajan con cera fría, este medio se presta naturalmente a añadir textura, línea, forma, color y valor. Observa tu pintura actual y considera si alguno de estos principios se puede acentuar más:

  • Textura: Juega con las capas y superficies.
  • Línea: utilice líneas para crear estructura o dirección.
  • Forma: Experimente con formas geométricas u orgánicas.
  • Color: Ajusta tu paleta de colores para agregar armonía o contraste.
  • Valor: Trabajar la claridad o la oscuridad para añadir profundidad.

Al incorporar incluso uno de estos principios, puede elevar su trabajo y ayudar a que su pintura «cante» a medida que los elementos se comunican y resuenan entre sí.

En resumen, combinar la intuición con los principios del diseño puede resultar en un proceso pictórico más enriquecedor y gratificante. Ya sea que tu arte surja de forma natural o con un poco de persuasión, estas pautas pueden ayudarte a crear obras hermosas, significativas y genuinamente tuyas.



Referencia: https://www.lisamannfineart.com/

HORIZONTES


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NADA HAY EN MÍ,

SINO ESOS HORIZONTES

QUE CONTEMPLAN LOS SUEÑOS

DESDE UN MAR

QUE ACASO YA NO EXISTE…


Texto Ritornello
Imágenes – Acuarelas @mjberistain_arts

POÉTICAS MARINAS

DE LO ESPIRITUAL EN EL ARTE



AVE FÉNIX

Poema de José Emilio Pacheco


Arde en la hoguera de su propio vuelo.

Bajo el cuerpo de lumbre ella es sol.
Su resplandor la atrae y la convierte en ceniza.

Viaja a su íntima noche, se asimila
al leve polvo errante de los muertos.

Pero entre lo deshecho se rehace.
Toma fuerzas del caos, se teje en luz

y amanece en la llama indestructible.


Texto: José Emilio Pacheco
Imagen de portada: Acuarela @mjberistain

El frío del Ártico


Localicé un pequeño piso dedicado a acoger a estudiantes en una calle cercana al puerto. De puntillas Me acerqué a la pequeña ventana en alto del ático que me ofrecieron como única solución porque todavía no se había acabado el curso; aún quedaban días hasta que la mayor parte de los estudiantes volvieran a sus países de origen y entonces podrían hacerme un hueco más adecuado para un alquiler de largo plazo. La señora Magritt —así le había dicho que la llamara— era la típica mujer nórdica —calculé que tendría alrededor de sesenta años— fuerte, alta, rubia y poderosa parecía una persona dispuesta a acogerme en su casa sin preguntar demasiado. En principio nos habíamos entendido bien. Sin embargo, en aquella habitación el frío del ártico se colaba por el pequeño ventanuco de cristales sencillos, pendientes de limpiar, desde el que podía verse una pequeña franja de mar y el trajín diario del mercado. Es cierto que había una pequeña estufa de hierro negra con una salida directa al tejado que confirmé que estaba en uso y aquello me tranquilizó un poco. Aquel panorama añadido a la acogida de Maggrit consiguieron que la sensación de fría soledad no fuera tan aguda.

Un estremecimiento me recorrió entera  cuando me senté encima de la cama. Apoyé mis pies descalzos sobre la mochila que había dejado tirada de cualquier manera en el suelo de  habitación y no encontré nada dentro de mí para salvarme de la desolación que sentía. Curiosamente me di cuenta de que nunca había necesitado a mi madre y ahora me encontraba perdida, como si uno de los pilares de mi vida se hubieran desmoronado cayendo sobre mí y dejándome atrapada entre sus restos.  Había dejado el armario abierto de par en par pero no me sentía con fuerzas para organizarme. Lo cierto es que tampoco llevaba tanto equipaje como para necesitarlo. Ahora no. Mañana, ¡quien sabe!, pero poco a poco fui entendiendo que estaba ante una etapa nueva en mi vida y que cualquier cosa que hiciera marcaría mi camino hacia un futuro incierto.  Y solo iba a depender de mí hacerlo a mi manera. Por primera vez en la vida tenía que vérmelas conmigo misma a solas. El frío del Ártico dolía, me había pillado sin abrigo.

Hablábamos por teléfono con frecuencia. Nathan retomó rápidamente sus clases en la Universidad, y al atardecer continuaba con sesiones especiales con algunos de sus alumnos que solían celebrar en un bar bastante acogedor y reservado del centro.

—Sé que necesitas tu espacio y sé que también necesitas tiempo. Yo también. —me dijo una tarde de sábado que nos encontramos para pasear con tranquilidad.

—El próximo martes expongo en el Paraninfo de la Universidad un  trabajo sobre el cambio climático —mientras me ofrecía un sobre con una invitación al Acto— Además de que el tema nos concierne a todos, sería interesante que te acercaras —me dijo—.  Y a mí me gustaría especialmente.

—Sonreí. Lo cierto es que me gustó la propuesta. Además todavía no me había comprometido en ninguna de las dos opciones de trabajo que me habían interesado. Valoraba por una parte el quedarme en la ciudad, y por otra, alejarme de él e instalarme en el pequeño pueblo de Flam (donde yo había nacido)  y dedicarme a implementar un interesante proyecto turístico. —No lo había comentado con él—.

—Allí te presentaré a gente con la que estoy seguro que conectarás porque veo que podéis tener aficiones comunes y son grupos muy activos tanto a nivel cultural como deportivo.
Los inviernos aquí son largos, tu lo sabes —me dijo— y tienes tiempo para organizarte si es que tu opción, según dices, va a ser quedarte en Noruega.

—Al terminar habrá un pequeño ágape para favorecer el encuentro y el cambio de impresiones entre los asistentes. Será genial, ya lo verás.

La claridad de la noche de aquel sábado de primavera provocó un tumulto de imágenes cruzadas en mi cabeza. Me levanté mil veces de la cama para ver el cielo que no terminaba de oscurecerse; solo palidecía el azul cobalto…


 

 

 

La palabra, lugar de encuentro

Dice Amparo Amorós:


El pensamiento de María Zambrano es un pensamiento poético no solo por ser discurso de lo poético y sobre lo poético, sino, ante todo, porque se produce como toda razón que elige la poesía como forma, es decir, avanza en imágenes. Ellas son como las piedras que salpican la corriente del río y permiten al pie, apoyándose de una en otra, ganar la orilla opuesta, esa que nos sitúa del otro lado de las cosas, no para alejarnos de ellas, sino para recuperarlas en la distancia que permite la perspectiva. Y es, además, un pensamiento poético porque en él cuenta menos la meta que el trayecto. Hay pensamientos que nos urgen a seguirlos a determinado punto de arribo, que nos fuerzan a «concluir» (que es, en definitiva, una forma de acabamiento). El de María, en cambio, se diría que se limita a acompañarnos en el camino y, al paso, nos lo sugiere suavemente, sin prisa por llegar a parte alguna, porque ese camino del pensar, como el camino «machadiano», tiene valor en sí mismo y no en función del término al que nos conduce.

 

… Miraba el mar tardes enteras, hasta que me di cuenta de que alguien aguardaba y llamaba calladamente. Alguien que habría de venir, un hombre quizás desde los abismos de las aguas. Siempre me entendí muy bien con los pescadores y con los que habían surcado el mar tantas veces que ya era su patria. Alguien habría de venir sobre las aguas, y cuando la claridad de la primera alba se fundía con el mar dejando oscura la tierra, salía de mis sueños violentamente creyendo que podía venir en ese silencio en que la tierra se retira, se borra. Antes de la luz de la aurora. Antes de la aurora me despertaba. Con el rosa de la aurora resucita la tierra, el mundo de la sangre, del fuego, de la sequedad del deseo y de las cosas opacas. Aparecía ya la sangre en esa luz ni siquiera blanca, unas gotas de sangre celeste diluidas en la aurora y comenzaba el día y la historia, el hombre de la tierra hijo de esa herida celeste. Mientras que el que me despertaba llegaría caído de la luz, nacido de la luz en las profundidades de las aguas. Tan solo un instante haría vibrar el aire. Un pájaro, extendidas sus alas inmensas, por un instante se detuvo suspendido, un ave desconocida y que volví a ver. Pero yo salía de mi sueño por el rumor de sus alas, antes del día y de su luz.


María Zambrano (Fragmento)

 

 

BONJOUR, JE T’AIME


No es tiempo de dormir para siempre,
levantaré las persianas —yo te hablaba—
para que vuelvas a ver el sol y la lluvia
el mar y los caballos correr por las laderas.

Prometía cumplir mis promesas.
Hubo dioses que obraron el milagro.
A ellos cada nueva mirada y la nueva vida
al ver que se abrían tus ojos sin lágrimas.

Miré al cielo —bonjour je t’aime—


 Imagen, obra de Picasso
Poema @mjberistain

Maldito lunes


 

Se desperezó sin saber muy bien dónde estaba. Solo recordaba el momento de la firma.

—Señorita, puede usted firmar aquí. —sonó su voz aflautada.

—Y usted aquí, Señor. —carraspeó.

Lilith  no había estado en disposición de polemizar con aquel personaje de aspecto aristócrata venido a menos, con su peluquín mal colocado y evitando la mirada directa de los clientes con la excusa de acabar rápido aquel trámite rutinario, debido al exceso de trabajo en su despacho de notario.

La pantalla del ordenador llevaba parpadeando sin parar los últimos días intentando encontrar destinos exóticos para su huída. Lugares imposibles, islas salvajes, desérticos trozos de tierra, de arenas, que nunca antes había sabido situar en los mapas.  No había habido manera de acertar con la música durante la búsqueda de información para su viaje iniciático. Estaba inquieta, excitada. Ni Cohen, ni Queen, ni Mozart ni Celentano la habían inspirado en aquellos momentos. Desistió. Se recogió el pelo en un moño mal hecho  y decidió tomarse un baño de espuma perfumado. Después, se había sentado en la alfombra mordisqueando un pedazo de pan duro mientras en el televisor un documental de viajes de National Geographic había captado su atención. Se quedó allí, apoyada la espalda en el sofá. Enseguida Kaisser se tumbó a su lado.

Un individuo sucio de protuberantes mejillas rojas y nariz aplastada y granulosa, con un palillo asomando de la comisura de su boca sebosa, a donde acudía de vez en cuando alguna mosca, observaba la escena desde una mecedora apostada debajo del típico porche desvencijado de las películas de vaqueros. Los caballos se habían removido relinchando al escuchar los tiros que también les habían despertado a Kaisser y a ella. Eran las dos y cuarto de la madrugada.

—Kaisser… —murmuró somnolienta—.

La miraron unos ojos legañosos, quizás sin verla, pero con afecto, agradeciendo la caricia de la mano que le revolvía la cabeza.

La noche había resultado ser una sucesión de escenas del mejor Western en las que ella interpretaba el papel de «femme fatale». Vestía corpiños ajustados de colores dejando dos botones abiertos en su escote que animaban a los clientes a acercarse y alentaban el consumo continuo de cervezas y de ron hasta que caían rendidos a sus pies. Llevaba las faldas muy amplias y volanderas que dejaban a la vista puntillas de recio algodón blanco. Sus largas piernas semi cubiertas hasta los muslos sugerían con sus movimientos obscenos el deseado trofeo que centelleaba en su ropa íntima con frivolidad.

Le costó despertarse, a pesar de que a través de las persianas de colaban los rayos de una mañana luminosa y fresca. De repente se dio cuenta de que era lunes. ¡Maldito lunes! Ya no llegaba a tiempo a la oficina, se había quedado dormida en el último momento antes de que sonara el despertador con el que nunca se entendía. Pensó en tirarlo por la ventana, pero lo haría al volver del trabajo; no era momento de andar con tonterías. Se lavó como los gatos,  hizo un amago de cepillarse los dientes, —por supuesto que menos de tres minutos—, se ahuecó el pelo con los dedos, cogió el bolso al vuelo y saltó por encima de su perro que, atravesado en el pasillo en posición de alerta máxima, la esperaba para salir a la calle.

—¡Mierda! Tiró el bolso al suelo y cogió la cadena por si se encontraban con algún vecino por el camino. Kaisser ya estaba en el portal cuando ella se precipitó estrellándose contra la pared del descansillo del segundo.

—¡Mierda! —asestó un latigazo a la barandilla de las escaleras con la cadena del perro, lo cual hizo que la vecina del segundo (a la que apodaban «windmill» por su vocación de revolotear por la vecindad, sin cortarse después en contar a los vecinos todo lo que acontecía en aquella comunidad) saliera en camisón arropada con una gran bufanda apolillada atada al cuello para ver qué es lo que había ocurrido.

El perro  subió en dos saltos y se echó encima de la vecina consiguiendo que miss windmill perdiera su precario equilibrio y terminase también sentada en el suelo de la escalera.

—Si, si, —contestó Karla, involuntariamente despótica— el tobillo, si, el tobillo… mientras tiraba del collar de Kaisser intentando evitar un desastre mayor.

—Oh! le duele, verdad?, eso es que se ha hecho un esguince o en el peor de los casos una rotura de ligamentos o quizás se le ha astillado algún hueso o… —por favor cállese de una puta vez, murmuró Karla con los dientes apretados mientras la solícita miss windmill refería los peores pronósticos—. Yo también me caí una vez…  Le ayudaré a entrar en casa y le prepararé un café con unas tostadas y llamaré a un médico para que vengan a buscarle con una ambulancia.

Hubiera gritado con toda su alma. Estaba dolorida, por supuesto, y contrariada y  arrebatada de rabia. Veía desvanecerse sus planes de escaparse del mundo, por lo menos de manera inmediata como había pretendido. Despidió a la señora «windmill» agradeciéndole su ayuda, aunque hubiera preferido pegar un portazo en sus narices. Antes, había tenido que jurarle que ella misma se ocuparía de tomar un taxi e ir a urgencias, lo que le había costado casi tres cuartos de hora para convencerla y quitársela de encima.

Se tumbó en la cama intentando rebajar la tensión del momento. Llamó a la oficina para anunciar que no iría aquella mañana, por lo menos. No era solo que necesitaba unas vacaciones, lo que necesitaba era irse, desaparecer de aquel ambiente obsesivo y viciado que venía siendo su vida. Se había propuesto desmadejar aquella bola de enredos, desanudarla de su cuerpo, desterrar aquella ansiedad que la había acompañado, como una mala conciencia, ocupando el otro lado de su cama los últimos años. No le dio tiempo a dormirse. Sonó el timbre del portal, insistente. No esperaba a nadie, y menos a aquellas horas, así que pensó que no sería nadie conocido. Sin embargo la curiosidad le animó a acercarse a la pantalla del telefonillo para comprobar quién, desde abajo, había llamado a su casa.

—¡Inconfundible! —le dijo a Kaisser.

Apoyaba su brazo izquierdo contra la pared de tal manera que casi ocultaba su cara aunque su gesto le delataba.

—¿Qué demonios hacía allí a esas horas? ¿No había quedado todo meridianamente claro y definitivamente cerrado el día de la firma? El estupor la hizo retroceder unos pasos a la pata coja, y apoyarse en la pared del hall de entrada mientras pensaba en cómo interpretar aquella visita intempestiva y prepararse para lo que pudiera venir. Desde el quicio de la puerta de la cocina Kaisser la miraba con la cabeza ladeada y ojos compasivos.

—Ya habíamos hablado de esto tu y yo, de que podía ocurrir; ¿no es cierto?. El doberman hizo un ademán de complicidad con la pata sin dejar de mirarle.

Pulsó el botón de apertura de la puerta del portal. Esperó a que subiera el ascensor.

—La señora windmill me ha llamado para decirme que me necesitabas…

—Te he despertado, amor?

—¡No!


 

@mjberistain

 

 

 

 

 

 

LA BELLEZA DE LO ABSTRACTO

Recreación poética



TEXTO: Recreación @mjb de un poema de Patrick Jenings
IMAGEN DE PORTADA: @mjb_arts

Yves Klein


Este francés fue un artista, hombre del espectáculo e inventor que creó un tono que nunca había existido antes. ¿Cómo pudo lograrlo?

Un día de verano en 1947, tres muchachos estaban sentados en una playa de Niza en el sur de Francia. Para matar el tiempo, decidieron hacer un juego y repartir el mundo entre ellos. Uno eligió el reino animal, otro el reino de las plantas.

Antes de tumbarse y contemplar el infinito azul del cielo, el tercer joven escogió el reino mineral. Luego, con la alegría de alguien que ha decidido repentinamente qué destino darle a su vida, se dirigió a sus amigos y anunció: «El cielo azul es mi primera obra de arte».

Ese hombre era Yves Klein, a quien el crítico de arte Peter Schjeldahl de la revista estadounidense New Yorker describió en 2010 como «el último artista francés de gran impacto internacional». En un período de creatividad prodigiosa que duró desde 1954 hasta su muerte en 1962, por un tercer ataque cardíaco, a los 34 años, Klein definió el curso del arte occidental.

Lo hizo gracias a su compromiso con el poder espiritualmente edificante del color: dorado, rosa, pero sobre todo azul. De hecho, su devoción cromática era tan profunda que en 1960 patentó un color de su invención, que llamó International Klein Blue (azul Klein internacional, en español).

Nacido en 1928, hijo de padres pintores, Klein siempre mostró una tendencia por la espectacularidad. Le encantaba la magia así como los rituales arcanos de la mística orden Rosacruz —un movimiento esotérico de origen medieval— cuya influencia se manifestó posteriormente en su trabajo. Después de pasar un año y medio aprendiendo judo en Japón a principios de 1950, finalmente se instaló en París y se dedicó al arte. Su primera exposición de pinturas monocromáticas en varios colores se llevó a cabo en las salas de exhibición de una casa editorial parisina en 1955.

Su corta carrera se caracterizó por la abundancia de gestos radicales, muchas veces con el toque de su talento para el espectáculo. Por ejemplo, para celebrar la inauguración de una exposición individual en 1957 lanzó 1001 globos azules llenos de helio en el distrito de St-Germain-des-Prés de París.

Al año siguiente, hizo una exposición que ahora se conoce como ‘The Void’, que consistía sólo en una galería vacía pero que atrajo a una multitud de 2.500 personas, que tuvo que ser dispersada por la policía.

«Salto al vacío», su famosa fotografía en blanco y negro de 1960, muestra a Klein elevándose desde el parapeto de un edificio como un superhombre. Y como todos los actos de magia, la fotografía es en realidad un truco en el que la lona que en realidad sostenía a Klein no se ve.

Tal vez su performance más notorio tuvo lugar en marzo de 1960, en la inauguración de su exposición «Antropometrías de la Época Azul» en París. En esa ocasión Klein apareció ante el público vestido con un frac blanco, dirigiendo a tres modelos desnudas que se cubrían con una pintura azul pegajosa.

Mientras tanto, nueve músicos tocaban su Sinfonía monótona-silencio, que consistía en una sola nota interpretada durante 20 minutos, seguida por otros 20 minutos de silencio. Los cuerpos de las modelos pintadas eran impresos en un lienzo blanco, lo que Klein describió como «pinceles vivientes».

«El genio de Klein es cada vez más evidente», dice Catherine Wood, curadora de arte contemporáneo y performance del conocido museo londinense Tate Modern. «Ha sido tildado por algunos historiadores de arte como un charlatán o, debido al uso que hacía de modelos desnudas, como convencional y sexista, pero sus estrategias eran juguetonamente críticas y han adquirido una influencia significativa para las nuevas generaciones, Se podría decir que era un bromista crítico como Duchamp».

Ampliando el espectro

A pesar de su influencia en el arte conceptual, Klein estaba más preocupado por el color. En 1956, mientras estaba de vacaciones en Niza, hizo experimentos con un aglutinante polimérico para preservar la luminiscencia y la textura en polvo de un pigmento ultramarino en crudo todavía inestable, su patentado International Klein Blue (IKB) en 1960.

En 1957 Klein inauguró una exposición en Milán, que incluía 11 pinturas monocromáticas azules sin enmarcar, que marcó el comienzo de su «Revolución Azul». A partir de este momento el francés empezó a incorporar el IKB en todo tipo de objetos, como esponjas, globos y bustos de Venus. Incluso sus ‘pinceles vivientes’ sumergieron su carne en el IKB.

Yves Klein
El ministro del Interior francés, Manuel Vallas, visitó una exposición de Yves Klein
en Saint-Paul-de-Vence, en el sur de Francia en 2013.

Los historiadores de arte siguen debatiendo la importancia del azul ultramarino de Klein. Para algunos, representa una ruptura con la abstracción llena de angustia, tan popular después de la Segunda Guerra Mundial. Las pinturas monocromáticas planas en blanco, pintadas mecánicamente utilizando un rodillo, parecían repeler el arte expresionista.

Para otros expertos las pinturas monocromáticas sin profundidad de Klein y la obsesión con ‘el vacío’ son expresiones de la amenaza de un holocausto nuclear. «Es absolutamente necesario darse cuenta de que, sin exageración alguna, vivimos en la era atómica», dijo Klein una vez, «En la que toda la materia física puede desaparecer de la noche a la mañana para dejar su lugar a lo que podemos imaginar como lo más abstracto».

Como el artista dijo una vez: «Al principio no hay nada, luego hay un profundo vacío y después de eso una profundidad azul».

Sin duda, sus pinturas monocromáticas ricas y radiantes comparten una característica singular: todas tienen una calidad vertiginosa que parece que nos succiona de la realidad hacia otra dimensión inmaterial. Mirarlas es comparable a meditar bajo un cielo azul profundo, algo que Klein quizás intuyó cuando era joven, en esa playa de Niza en 1947.

«De todos los colores que utilizó Klein, el azul ultramar se convirtió en el más importante. A diferencia de muchos otros colores, que crean bloqueos opacos, el azul ultramar reluce y brilla, aparentemente abriéndose a reinos inmateriales. Las pinturas monocromáticas azules de Klein no son pinturas, sino experiencias, pasadizos que conducen hacia el vacío», explica Kerry Brougher, curador de la gran retrospectiva Yves Klein: With the Void, Full Powers, en el Museo Hirshhorn de Washington DC, en 2010.



*Alastair Sooke es crítico de arte de The Daily Telegraph. Escribe ampliamente pero no exclusivamente sobre arte moderno y contemporáneo y escribe y presenta documentales en televisión y radio para la BBC.

Puedes leer la nota original en inglés en BBC Culture