Hoy es mi cumpleaños

Hoy es el día de mi cumpleaños y no soy practicante. Me he despertado muy temprano, bueno, eso no es verdad, en realidad, es que no he podido dormir casi durante la noche. He dado un beso suave a mi mujer y a mis hijos y he salido sigiloso de casa para no despertarles. Las calles, ya se sabe, están en silencio a esas horas, estremece el ruido del motor de cualquier vehículo, incluso el de un taxi híbrido que pase cerca, y las luces de los semáforos parpadean ansiosas de que llegue el día para poder lucirse con todos sus colores. Hoy es el día de mi cumpleaños y el de mi hermano Xabi.

Estoy solo, sentado en el tercer banco de la iglesia, el sacerdote que hacía guardia ha comprendido mi extraña visita y ha encendido unas pocas luces tenebres en el altar mayor para que me sintiera más cómodo. Las vírgenes y los santos de mi alrededor dan vueltas en mi cabeza en una especie de danza descabellada con sus túnicas volando vertiginosamente como si fueran murciélagos. Tampoco sonríen. Yo intento no hacerles caso porque desconozco las costumbres de los murciélagos y de los santos, o mejor dicho, desconozco las de los murciélagos y he olvidado las de los santos. Me mantengo en silencio. Cuando han vuelto a sus pedestales miro al Buen Pastor, allí arriba, de pie dentro de su hornacina escasamente iluminada por el sacerdote —que, por cierto, me ha explicado que él era el párroco y que el sacerdote al que le tocaba hacer guardia era un anciano y ese día que llovía le había excusado de levantarse tan temprano—. Junto a Jesús, el buen pastor, se encuentra, pegada a su túnica, su oveja preferida. Los observo sin decir nada. Unos segundos más tarde, me doy cuenta de que el gesto de mi cara va encolerizándose más y más y no puedo evitarlo. Necesito acusarle y no me atrevo. Cuando era un niño solía hablarle desde dentro y le daba las gracias por cómo me enseñaban cosas nuevas en casa y en el colegio.

—Hijo mío, tienes que ser siempre agradecido a la vida —me decían—, Dios nos la da y Dios nos la quita—.

Dejé de estar de acuerdo con aquella frase desde el día que cumplí los ocho años —aunque tengo que reconocer que mi vida es un regalo sin que yo entienda muy bien a quién debo de agradecérsela, además de a mis padres—. Siempre he sido muy respetuoso con los mandatos de mis mayores y he seguido haciéndolo hasta hoy. Y hoy, después de muchos años, que no sé cómo se puede perdonar a un dios, siento la necesidad de encararme al Buen Pastor y acusarle de que me robó lo que más quería y que sigo sintiéndome como si fuera la mitad de mí mismo. Que no sé si soy capaz de olvidar la faena que me hizo aquel día cuando el camión se vino encima de mi hermano. Él me mira desde lo alto y, aunque no acierto a comprender lo que ocurre, lloro hasta que se me acaba el tiempo para no llegar tarde al trabajo. Me levanto del banco y, despacio, camino por el gran pasillo de la iglesia que ya está abierta a esa hora para los fieles aunque todavía no ha entrado nadie. Desde la puerta me vuelvo a mirarle.

—Cuida de él, —le digo condescendiente, porque estoy seguro de que esa oveja que tiene a su lado,  en el alma, lleva tatuado el nombre de mi hermano.

Agarraba la mano de mamá pensando que, en cualquier momento mi hermano bajaría del cielo y se agarraría también a su otra mano y nos marcharíamos juntos los tres a casa. —Porque no he dicho que papá tampoco estaba ya con nosotros, se lo llevó una repentina y rara enfermedad que los médicos no pudieron diagnosticar a tiempo—.
Yo evitaba mirar a nadie, no quería besos ni abrazos de esos pegajosos que dan los mayores a los niños intentando hacerles sonreír. Mantenía mi cabeza gacha, había admitido salir a la calle con aquella horrible gabardina, sin capucha para la lluvia, que había sido de mi padre y con la que mamá —por no desprenderse de ella porque, según decía, era de muy buen tejido—, había conseguido confeccionar dos iguales para nosotros. Admití ponérmela aquel día aunque me sentía como un fantasma. Pero, desde que no estaba mi hermano, yo procuraba no hacer llorar a mamá por mi culpa, así que, en principio, casi siempre hacía lo que ella me mandaba.

No entiendo por qué mamá y yo no nos marchamos de allí corriendo nada más terminar la misa. Ella quiso quedarse a recibir el pésame de los presentes y además que yo estuviera con ella, sin moverme, a su lado. Yo entendí que necesitaba mi protección y curiosamente me sentí importante, como cuando mi hermano y yo nos cogíamos por los hombros de camino al colegio. Las telas húmedas de las chaquetas y gabardinas de la gente me rozaban la cara al ir a abrazar a mi madre, yo solo miraba a los zapatos recién embetunados y brillantes de las personas que pasaban a acompañarle en el sentimiento. Un movimiento extraño, un leve apretujón de su mano me hizo levantar la mirada y la vi. Venía despacio por el pasillo cuando ya no quedaba prácticamente nadie en la iglesia. Ella sola. Le seguían a cierta distancia sus padres. No puedo decir de qué color eran sus zapatos o si eran de charol, ni si llevaba sombrero ni collar de ámbar colgando de su cuello sobre su pecho, ni lazos de raso marcando su cintura cayendo sobre su vestido almidonado como cuando los domingos nos encontrábamos con ellos en el Buenpas, en la misa mayor de las doce. Descubrí que su mirada había perdido el brillo que yo recordaba, que su melena larga y rubia caía oscura y lacia sobre sus hombros deshilachándose desordenada en largas tiras tristeza. No nos dijimos nada, nuestras madres se besaron. Me di cuenta de que mamá lloraba suavemente cuando se dirigió a mí diciéndome bajito: vámonos a casa.

La tía Úrsula, que era religiosa, no nos dejaba ni a sol ni a sombra y había pedido al convento un permiso para acompañarnos y que no estuviéramos solos, al menos durante los primeros días después del accidente. Mamá se negaba sin fuerzas. En un momento de despiste de mi tía, tiré de la mano de mi madre y al oído le dije que quería estar solo con ella. Recuperó un poco su determinación —De hecho, creo que fué aquella una de las pocas sonrisas que le he visto dirigirme desde que tengo uso de razón— y consiguió hacerle comprender que necesitábamos estar los dos juntos y solos. —De nuevo sentí aquel día, que yo era importante, especialmente para ella—.

No fui al colegio los días siguientes. Todos me parecían días de fiesta aunque no teníamos nada que celebrar. Los amigos llamaban al timbre por las tardes para que saliera a jugar con ellos a las txapas, al pañuelito o al corro, pero, cuando sonaba, yo me escondía debajo de mi cama porque sabía que mamá vendría a mi cuarto para avisarme por si acaso yo no lo había oído. Yo lloraba y le decía que me dolía la pierna y que no podía correr. No quería comer. Ni tan siquiera quería la merienda, hasta que conseguí que, de acuerdo con el médico, me metieran en el cuerpo fuertes dosis de hígado de bacalao porque solo así se conseguiría que recuperara mis fuerzas y mi ánimo. Ver a mamá que compartía conmigo el asqueroso contenido oscuro de aquel horrible y pegajoso frasco me hizo más soportable la medicina, porque la farmacéutica me había dicho en secreto que también ella la necesitaba.

Hoy es mi cumpleaños y el recuerdo más fuerte que tengo de mi vida de niño, aparte del día de la muerte de mi hermano, es el del primer día que salí a la calle para volver al descampado a jugar con nuestros amigos.

—¡Xabi!, ¡Xabi!… —corrían emocionados todos a mi encuentro.

Xabi —su nombre— se clavaba en mi pequeño estómago cada vez que lo escuchaba de aquellas voces inocentes, paralizándome. A duras penas había conseguido mantenerme en pie mientras me abrazaban. —Si hubiera sido yo, solo hubiera deseado el abrazo de Laura—, pero aquel día Laura se había quedado apartada del grupo, mirándome con el azul de sus ojos apagado, y yo me quedé callado, compungido, sin saber qué hacer.

—¡Venga Xabi!, que te estábamos esperando, a qué quieres que juguemos hoy —dijo con falso desparpajo, para animarme, el gordo del grupo, que, por cierto, se llamaba Tontxu.

Los demás se fueron uniendo a su iniciativa. Mientras se ponían de acuerdo en por qué juego íbamos a empezar, mi ánimo volaba como una paloma blanca hacia el cielo. Allí estaba mi hermano y sentí que me guiñaba el ojo.

—¡Vamos!, —escuché su voz bajita como si me estuviera hablando al oído. Incluso sentí en mi cuerpo un fuerte empujón que hizo que me tropezara al ir a unirme al corro, no al lado  de Laura pero de forma que pudiera mirarla de reojo.

 

@mjberistain
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El Txapas

Cuando llegaba el verano y mamá guardaba las maletas y los zapatos de cuero bien limpios con crema nivea en el desván, se organizaban encuentros de amigos en el descampado del barrio. Los chicos sacábamos nuestros juguetes a la calle y las chicas se vestían de colores porque también sus madres habían guardado los largos uniformes azules para que los utilizaran el curso siguiente sus hermanas menores.

A mí me gustaba Laura, tenía una larga melena rubia que cuando la aventaba la brisa del sur a mí me parecía que volaban con ella todos mis sueños. Se parecía a mamá. No era la más simpática del grupo, en realidad era la más seria, pero yo no dejaba de mirarla cuando estábamos sentados haciendo corro, porque procuraba ponerme, si no podía ser junto a ella, por lo menos tenerla a un lado para poder verla de vez en cuando mirándola de reojo. La verdad es que no me atrevía a hacerlo de frente. Mi corazón latía más fuerte cuando ella salía a jugar con nosotros. De vez en cuando nuestras miradas se encontraban y me sonreía con sus ojos azules brillando, el problema era que a veces, en vez de a mí, yo le veía sonreír de la misma forma a mi hermano, pero yo pensaba que solo era porque en realidad no nos reconocía. Xabi había nacido antes que yo y eso le daba cierto rango, un aire de listo que yo admiraba y le dejaba hacer, aunque no aguantaba que se hiciera más amigo que yo de Laura. Cuando íbamos hacia casa discutíamos pero él negaba que estuviera enamorado como yo.

En el grupo le llamábamos el txapas. No le costaba ningún esfuerzo hacerse querer, era simpático, juguetón, era el que decidía a qué íbamos a jugar cada día; a guardias y a ladrones, o al chorro-morro-pico-tayo-qué, al escondite o a txapas. Lo del pañuelito era lo que a mí me gustaba más porque podía coincidir que me tocara salir corriendo para pillarlo antes de que llegara a la línea central la contraria —porque solíamos jugar chicos contra chicas—. Cuando le tocaba el turno de salir a Laura, me emocionaba verla venir corriendo hacia mí desde el otro lado y, como yo era más rápido, me quedaba tocando el pañuelo sin llevármelo y esperaba, solo hacía un amago de llevármelo para que ella lo agarrara de verdad y se lo llevara corriendo orgullosa hacia su lado. Lo mejor era traspasar la línea centra, perseguirla y pillarla por detrás y que me mirara de cerca sofocada y sonriente. Era la suerte la única oportunidad que yo tenía de tocarla. Cuando jugábamos a txapas las chicas no jugaban con nosotros, se marchaban a jugar a txingos o a la cuerda o a cromos y mi hermano, como sabía que yo me aburría un poco, me regalaba una txapa de las que él había fabricado para animarme. Las txapas de mi hermano eran las mejores, las hacía con cromos de colores de los ciclistas del equipo del Bidasoa. Dibujábamos carreteras y hacíamos montañas con la tierra a modo de circuito que tenían que recorrer las txapas hasta llegar a la meta. El que ganaba la carrera se llevaba de premio una txapa de cada uno del grupo. Muchas veces ganaba Xabi y eso me gustaba porque, como ya he dicho, yo le admiraba y le quería porque después me regalaba a mí la mitad de sus txapas nuevas. Nos queríamos mucho, a veces íbamos al cole agarrados del hombro, yo me sentía entonces tan importante como él.

Aquella tarde Laura se quejaba de que no estaba bien. Mi hermano al levantarse rápidamente del suelo para acompañarla a casa, dio un resbalón en la tierra que nos deshizo la pista de carreras y los dos desaparecieron entre calles. Al cabo de un rato empezamos a inquietarnos porque Xabi no aparecía, se estaba haciendo de noche. Me fui a por él antes de que mi madre saliera a buscarnos. Desde el quinto piso la madre de Laura me gritó que Laura estaba en la cama pero que Xabi se había marchado hacía mucho rato. Pensé que podíamos habernos cruzado por el camino al descampado y volví esperando encontrármelo allí con los demás chavales.

Quise morir cuando ví a Xabi debajo de las grandes ruedas de —lo que años más tarde sabría que había sido— un camión Pegaso 3046 rodeado de gente que gritaba y lloraba, las txapas que él solía guardar en el bolsillo izquierdo de su pantalón estaban esparcidas por el suelo manchadas de gasolina. A su lado vi con espanto a mi madre destrozada por el llanto y, como si hubieran sido macabras pistas de carreras de txapas, las trazas alargadas y negras del frenazo. Hacía mucho frío cuando me acosté en el asfalto a su lado. Quise decirle que le dejaba a Laura para él, que él era el líder, que no era justo que se separara de mí, y le pedí que me dejara a mí ahí debajo del camión en su lugar, y que él corriera a jugar a las txapas porque todos los amigos le estaban esperando.

Total, nadie nos distinguiría…

@mjberistain


Se trata de un tipo de juegos populares que comparten el uso de chapas (tapón corona) o tapones de botella como fuente primaria de recursos. En ocasiones, las chapas se utilizan como simulación de eventos deportivos, como pudieran ser carreras de ciclismo o partidos de fútbol.1​ Las chapas se pueden decorar interiormente con fotografías recortadas de revistas, cromos o dibujos en papel, representando el equipo al que pertenecen.2

  • Se dibuja con una tiza un circuito o camino lleno de curvas,3​ rectas, o estrechamientos. También se puede hacer una “carretera” sobre tierra, usando las manos o una madera. Se marcan con líneas la salida y la meta.
  • Cada jugador coloca su chapa en la línea de salida. Por turnos, cada participante impulsa con un dedo su chapa (diversas técnicas), intentando avanzar el máximo recorrido sin salirse del circuito.
  • Si después de tirar, la chapa queda dentro del circuito marcado, se deja donde está. En caso de que haya salido del circuito, retrocede al lugar desde donde tiró y espera un nuevo turno.3
  • El circuito puede complicarse con pequeños obstáculos que dificulten la carrera,4​ como piedras, palitos, etc.
  • El primer jugador que consiga llegar a la meta será al ganador de la carrera.5

Fuente: Wikipedia


Cráteres

Antes de que se cumpla la primavera de los besos
quiero que sepas que existe un camino a la deriva entre las flores
y un manantial de luz que se mueve entre los gestos y gotea con el exacto sonido,
definitivo, de una lágrima que se estrella contra el suelo.

Qué haremos con las sombras de lo que fuimos cuando llegue el desaliento,
qué haremos con el alborozo de los espejos
cuando tu piel y mi piel se rasgaban al filo de la lujuria lacerante de los andenes.
Qué haremos con la pasión desgastada tendida al sol como un viejo vestido de novia.

Qué haremos con el silencio sembrando cráteres de cenizas y oscuridad
donde antes florecía el fuego. Qué haremos con los abrazos tatuados, con las huellas
que dibujábamos en los caminos y que alguien —que no seremos nosotros—
pisará si se abrirán fauces insomnes de un dolor azul infinito.

Qué haremos con la alegría del perdón cuando ya el amor no nos pertenezca.

@mariajesusberistain
fotografía de Steve Zasadny


Luces de papel



Observo tus pequeños dedos rompiendo los papeles de colores,
deshaciéndolos en círculos, color azul y color naranja
porque te dijo un día mamá que esos colores se querían,
fresa porque es el yogur que le gusta a tu hermano,
verde porque adoras los trajes de camuflaje
y el color de la piel de los dinosaurios,
amarillo que te suena a helado de vainilla
y el rojo,
que te recuerda al fuego que sale por las fosas nasales de los monstruos
que pueblan a veces tus sueños y los tebeos de tu abuelo.

Es la noche de cristal,
hemos colgado las luces de papel por todas partes,
la luna nos sonríe y nos vamos a dormir.


@mariajesusberistain

Rumor para una canción de cuna

Hubiera querido estar contigo aquella tarde
la lluvia y la luna limpiaban el cansancio
de un nocturno casi consumido.

Hasta el diablo asomó su morro sobre el cerro
creyendo que era a él a quien esperabas.

Tantas veces te preguntabas a qué venía ésto,
a qué la vida sino desengaño, tus heridas
lacerantes susurrando espanto
mientras amamantabas a los hijos de tu vientre
amordazados hasta la intemperie de tus sueños
y que luego se dormían sobre el barro
tus manos delirando caricias en su piel renegrida
que a veces adornabas con guirnaldas de flores blancas.
Porque pensabas que la ilusión era vivir
un futuro que no sabías cómo explicárselo.
Era el destiempo en tus pechos persiguiéndote
como un calendario solemne hacia la muerte
en cualquier lugar, lejos de los nombres
todavía palpitantes de otros cuerpos
que se abrazaron a las brasas de la incivilización.

Nada esperabas, los desiertos, las zarzas
las escombreras y la sed reduciéndote
a una realidad de despojos amantísimos.

Ayer supe que habían encontrado tu cuerpo
sin edad, dormida, desorientada
con un trozo de mapa arrugado entre las manos.
Quién dijo que el mundo era pequeño como un pañuelo
y que la caridad se anunciaba en cada aurora
y el amor no había que pagarlo,

y después…

esa luz de tristeza y ese silencio en el bosque de agua
—rumor para una canción de cuna—
que se emitiría en los informativos de los países pudientes.

Pensaste que quizás,
solo así y solo quizás,
fuera posible que tus hijos sobrevivieran.

@mariajesusberistain









Corazón de hojalata

Hace frío…

El blanco inunda el exterior de las ventanas. Un chorro de humo sale en tropel de un tubo de escape de uno de los edificios de al lado. Distingo en la lejanía desenfocadas las luces de la madrugada; las farolas abrazadas por la escarcha y una nube grisácea invadendo la atmósfera por encima del descolorido discurrir lento del tráfico que busca a ciegas su destino.

Tengo el corazón helado como si fuera un corazón de hojalata.

Brotan las lágrimas como pequeñas piezas preciosas de un puzzle cristalino —ámbar, nácar, coral— que hiela el aire. No caen al asfalto ni a los jardines, ni a los estanques ni a los ríos y sé que en ningún caso llegarán al mar. Un inmenso vacío recoge la ingravidez de su vuelo silencioso como un magma de rocas efusivas que se funden en la niebla.

Despierto.

¿Quién calentará ahora la vida?

mjberistain
Imagen por Andoni Narvaiza.
Ver: https://medium.com/@AndoniNarvaizza/coraz%C3%B3n-de-hojalata-86b6ac32c42


Como hacía a veces

Vuelves con tu recuerdo al costado del invierno
vestida la mirada de escarcha y frutos nuevos.

Amanecí —sería ayer— lejos de los siglos
de los espejos y de los libros
con una perezosa rutina de horas quietas.

Miraba los cuadros colgados de las paredes,
el mar sonaba como hacía a veces
desde la atalaya de tus pies dormidos.
Quise parar el viento en la ventana,
las hordas de lluvia que clamaban
como caballos aventurados por las playas
desabrigadas. Pero no pude.

Vuelves con tu recuerdo y sin abrigo
—tus pies descalzos, tus pies fríos—
a la escasa luz blanca de este enero tardío
que viste de sol las orillas de las alfombras.

Yo te espero tras la ternura de los espejos
donde el mar suena como hacía a veces…






@mariajesusberistain