Las leyes del amor

“La poesía es hija del gran fracaso del amor”
Antonio Machado

 

Me asusta escribir la palabra “fracaso”.
Me incomoda cuando escucho a alguien pronunciarla. Tiene un fuerte componente despectivo, además del negativo. (es mi opinión).

Pienso que hay tanta vida detrás de ella, tantas ilusiones, tanto amor, tanto trabajo, tanto riesgo, tanta perseverancia, tanta humildad, que aplicarla a un ser humano es como un castigo o una condena para alguien que lo ha intentado todo por… (no voy a utilizar la palabra “triunfar” porque me resulta de un hedonismo superfluo) —decía que lo ha intentado todo— por alcanzar “un ideal”,  sea trabajar por un proyecto, optar a una mejor situación personal o profesional en su vida o en la de los demás. —No voy a hablar de conseguir ser amado por la mujer a la que se ama, o ser amada por el hombre al que se ama—. Podríamos pensar en tanta gente que aspira a sobrevivir porque el mundo en el que ha nacido ha podido resultarle complicado, hostil, aterrador, y que seguramente no se lo mereció nunca…

Dice el poeta…

“La primera ley del amor es que está destinado a morir, como todo lo que vive”.

“Que dure un día, un año, un mes
es marginal en el amor”.

“El compromiso es la segunda ley, según dice el poeta. Ven o vete”.

“Sé involuntaria, Sé febril,
No pidas, Arrebata y exige,
Resuella busca abrasa brama gime…
En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable”.

“La pasión amorosa, la experiencia erótica”.

“Tu piel contra mi piel, eso es lenguaje
Todo cuando pretenda enmudecerlo
maldito sea”.

“El amor no dura, y cuando cesa, duele”.

“Sufrir con humildad el fracaso de un amor no es tan solo un camino para llegar, alguna vez, hasta el futuro con buena salud amorosa; es reconocer que el sufrimiento es la única prueba de que aquello fue verdad, que la herida ha cercenado la dicha pero ha vuelto olorosa la memoria. Pues la memoria del amante merece y puede ser de sándalo.”

 

Referencias: Las Rubáiyátas de Horacio Martín (Félix Grande)
Imagen: El cambur


 

 

La desmemoria

Hace solo unas horas he descubierto un Blog al que he llegado por medio de una reseña que se ha hecho de la obra de mi amiga y gran poeta Isabel Fernández Bernaldo de Quirós, a raíz de la reciente presentación de su cuarto libro de poesía titulada “La senda hacia lo diáfano”, publicada por Editorial Vitruvio.

En este caso quiero referirme a la persona que firma el blog: Carlos Alcorta.
“carlosalcorta – Literatura y Arte”

A él agradezco el haberme animado a reflexionar sobre un tema que estos días me he aventurado a incluir en alguno de mis escritos, llamado en términos poéticos “desmemoria”, como un estado “voluntario y temporal” entendido como ayuda para la sanación emocional.

***

«Quien vive sin memoria no ha salido aún del paraíso». Ese estado virginal, esa referencia a la pureza resulta conmovedora porque revela un estado anterior al pecado y a la penitencia que este lleva aparejada, pero, por más que poéticamente vivir sin memoria resulte una metáfora de la inocencia, del paraíso perdido, no deja de ser un impedimento que coarta el futuro y tergiversa el presente al mostrar una visión sesgada de la existencia.

La memoria es fundamental para consolidar ese proceso en construcción permanente que llamamos identidad, pero, además, la memoria posee una función colectiva, histórica, de suma importancia para reconocernos en lo ajeno, en el prójimo, en el otro, incluso para que ese otro se reconozca, a su vez, en nuestra mirada. Quien vive sin memoria vive como si no estuviera despierto del todo, vive de espaldas a la realidad y renuncia a aquello que Thoreau llamó “la herencia del mundo”. Por eso no es conveniente dejar que crezcan a nuestro alrededor las zarzas del olvido. El olvido ningunea a las personas e invisibiliza acontecimientos, aviva la ausencia y espolea la ignorancia, por más que olvidar sea necesario para asimilar la crudeza de la realidad: «Olvidar —escribe Carlos Castilla del Pino— es una forma, económicamente necesaria, de disolver aquella parte de nosotros que, por diversas razones (algunas conocidas, otras ni siquiera cognoscibles), no toleramos. Cada recuerdo (de alguien, sobre algo y en algún lugar) es un Yo. Entre uno y otro Yo se abren fisuras, que a menudo se suturan mediante recuerdos o seudorecuerdos (las imprecisamente denominadas “ilusiones de la memoria”)».

Deducimos de lo dicho más arriba que, al menos, hay dos tipos de olvido. Uno olvido inconsciente que cauteriza las heridas y ejerce un efecto salvífico y otro de consecuencias nocivas, un olvido voluntario que actúa como un disolvente cuyo fin es deshacerse de todo aquello que, por una razón u otra nos resulta molesto o antipático. Las instituciones, los organismos públicos y privados, la colectividad en general suelen ser quienes emplean esta treta con mayor prodigalidad, pero sin ostentar el monopolio; no es infrecuente encontrar individuos que cultivan ese absentismo evocativo.



Carlos Alcorta – Literatura y Arte

extractado de la reseña sobre el libro de Manuel Arce titulado “Un árbol solitario”
Imagen: Cara de mujer de Picasso

 

Largo exilio

Saber que me añoras no es un lugar
para comer de tus manos peregrinas,
ni la intemperie una circunstancia
que me amarre al dulce festival
de tus palabras como a una tabla de náufrago.

Renunciar puede ser un acto de amor,
inmisericorde, pero acto de amor, al fin.

El resultado de un largo exilio
entre tu pecho y el mío
cuando ya nada estremece,
ni tan siquiera el roce aventurado
de tus manos hurgando en el bolsillo de mi abrigo.

Porque hay distancias que de tan cercanas duelen,
como la fría luminiscencia del neón por los tejados
o la intermitencia cansina de los semáforos sin alma
cada vez que te busco por las ciudades del mundo
y renuncio,
porque no sé cómo explicarte que no quiero encontrarte.

@mjberistain


 

Más allá

Mis brazos insisten en abrazar el mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde…
A. Pizarnik

 

Volver al paisaje desangrado
para rasgar las dulces vestiduras
de la desesperanza.

Y en las mañanas soleadas
volver al jardín de las lágrimas,
desnudarme del miedo a la soledad
y bailar con la música del viento
hasta abrazar la desmemoria
entre el aleteo de las flores más frescas.

@mjberistain

 

El espíritu del Jazz

Tomo este documento de la Revista de Música Codalario.com

“La diferencia entre la composición y la improvisación es que en la composición dispones de todo el tiempo necesario para decidir qué decir en 15 segundos, mientras que en la improvisación solo tienes 15 segundos”. Steve Lacy

                     

   Por Juan José Silguero

Desde el punto de vista de la interpretación, el jazz se caracteriza por la improvisación. A su vez, la improvisación musical se puede definir como el arte de crear la obra musical en el mismo momento de su ejecución, una creación que, evidentemente, solo es posible mediante el conocimiento y el dominio de una serie de convenciones musicales que le son propias, ya sea en forma de escalas o giros armónicos característicos, como mediante un fraseo, un sentido rítmico y un sonido que hace rápidamente identificables a sus ejecutantes, tal y como a algunas personas se las reconoce enseguida por su voz o sus andares.

   Pero la improvisación no la inventó el jazz… ni mucho menos. Los grandes compositores del pasado también la utilizaron con frecuencia, ya fuese como íntima “divagación” musical, como foco de ideas -tal y como el escritor sabe dejarse llevar por el libre vuelo de su fantasía y utilizarla más tarde-, o, en última instancia, para el simple disfrute del gran público, siempre tan agradecido con aquello que abarca con facilidad.

Lo que a ninguno de ellos se le ocurrió pensar es que una improvisación musical, por inspirada que fuera, pudiese considerase algún día como arte profundo y trascendente, más allá de su mera distracción…

   Beethoven, por ejemplo, que era un incansable trabajador, despreciaba abiertamente esa forma de expresión musical, y achacaba su encanto a la infantilidad del público, y a su escasa preparación. Por cierto que Beethoven era un magnífico improvisador, tanto que, al llegar a Viena, se hizo famoso mucho antes por sus improvisaciones que por sus composiciones. En cambio, podía tardar más de un año en componer una sonata.

   Este dato resulta particularmente revelador.

   La improvisación jazzística (al igual que cualquier otro tipo de improvisación en realidad) puede llegar a resultar tan encantadora e hipnótica como uno pueda imaginar; urgente, sugerente, sugestiva incluso…

   Pero nada más.

   Pretender considerarla como arte imperecedero solo por lo sofisticado de su expresión y lo espontáneo de su discurso resulta tan miope y absurdo como tratar de establecer el tamaño de una obra literaria por el simple dominio de la palabra del autor o, aún peor, por su conocimiento de la sintaxis.

   La improvisación de jazz, de hecho, no contiene en sí misma mucho mayor valor artístico -entendiendo como tal aquel que incluye trascendencia- que el de una conversación fluida e interesante, esto es, más bien escaso.

Por un motivo sencillo: la obra de arte perdurable, inmortal, no solo se sustenta en la imaginación y la inspiración espontánea del artista (que también), sino, sobre todo, en su elaboración práctica y especulativa, empírica y filosófica, a lo alto y a lo ancho de la misma podríamos decir, esa que solo es posible mediante una férrea disciplina intelectual, emocional y nerviosa, y que utiliza como material de construcción la intuición artística; la misma, en definitiva, que solo el artista genial es capaz de identificar y de atrapar (algunas veces, no siempre), y llevar a cabo mediante una inversión de tiempo y un esfuerzo extraordinario.

   Pues, si de verdad hay algo que exige ese incognoscible milagro, ese regalo de los dioses, es tiempo. También amor por cierto, y paciencia, y constancia… pero sobre todo tiempo, montañas de tiempo, mucho más allá del simple genio del artista.

   La obra de arte se proyecta hasta cotas mucho más elevadas que las proporcionadas por el mero dominio del medio, el buen gusto, o el discurso ingenioso y encantador.

   “¡Pero el jazz es complejo!” claman otros, “¡difícil de hacer!”.

   En efecto, su lenguaje resulta más elaborado que el de otros tipos de música (lo cual tampoco es para rasgarse las vestiduras, por cierto), pero no es menos cierto que su representación final tampoco se distingue gran cosa, en cuanto a dificultad se refiere, de lo exigido por muchas otras disciplinas, ya sea la del propio lenguaje como la de los números, por poner solo dos ejemplos.

Pero, incluso aunque así fuese… incluso aunque se tratase del más complejo de los medios, del más intrincado de los lenguajes… ¿Por ser difícil habría de ser grande? Complejidad no significa calidad, no es así como funciona. Y, aunque siempre suceda más o menos lo mismo –aquello que mejor hacemos pretende nuestra vanidad que también sea lo más difícil de hacer–, lo cierto es que no tiene por qué coincidir, ni siquiera en su aspecto formal.

   En cambio, y con sorprendente frecuencia, lo complejo es tomado por lo profundo, del mismo modo que se toman por profundas las aguas revueltas, solo porque en ellas no se alcanza a ver el fondo…

   Se tiene, por ejemplo, y erróneamente, por más inteligente y sagaz al juego del ajedrez que al de las damas (como ya señalara Poe en su día), dada la multiplicidad de sus movimientos y lo intrincado de sus posibilidades. Pero una mayor complejidad no garantiza una mayor penetración; sino más bien al revés. El peligro de perderse entre la madeja de la técnica es mayor cuantos más elementos contiene. Así, el humilde jugador de damas y sus sencillos movimientos, por no depender de lo múltiple sino de la simple y desnuda capacidad de sus facultades imaginativas, se ve obligado a llegar mucho más lejos en su abstracción que el frívolo ajedrecista y la inagotable versatilidad de sus movimientos complejos.

El valor de la complejidad tampoco tiene demasiado que ver con el de la estética, por cierto, por más que la acomplejada jactancia de tantos creadores pretenda lo contrario… El tortuoso Iago siempre será pobre frente a la belleza modesta y sencilla de la joven Desdémona. La misma creatividad no es más que accesoria, mero material de construcción, por carecer de toda utilidad hasta el preciso momento de su elaboración artística. Y hasta la forma musical se diluye por la propia naturaleza del discurso improvisatorio, dando lugar a obcecaciones o a banalidades, antes que a verdaderas ideas musicales.

   “El demasiado improvisar vacía tontamente la imaginación” decía Víctor Hugo.

   Y tenía razón.

   La palabra, por sí sola, no es arte, por ingeniosa y sofisticada que sea.

   El sonido tampoco.

   La perfección del medio, en definitiva, por elaborado que resulte, no es directamente proporcional a la calidad artística de la obra, a Dios gracias. Muchas de las maravillosas mazurkas de Chopin son de una simplicidad musical desconcertante. En cambio, todas ellas contienen ese sello incomprensible y genial del arte, ese que se manifiesta a través de una voz seductora, secreta, haciendo intuir al oyente la presencia de un paraíso desconocido y cercano… el mismo que se desliza, inexorable, sobre carriles de acero, en línea recta hacia el corazón humano.

   ¿En qué lugar reside ese sello? ¿De qué depende?

   Nadie lo sabe.

   Lo que sí se sabe (al menos los grandes lo han sabido siempre) es que el contenido artístico perturbador e inabarcable, eterno, requiere de un esfuerzo creador mucho mayor que el de la simple inspiración fugaz, por extraordinaria que ésta sea. Cabe recordar, una vez más, que los grandes artistas se han caracterizado siempre y sin excepción por ser también los más grandes trabajadores, por mucho dominio que tuvieran de sus herramientas. La chispa divina existe, por supuesto que existe, tal y como existe la arcilla. Ambas han de ser trabajadas. Pretender situar la interpretación de jazz a la altura de las grandes creaciones por su simple dominio técnico y su creatividad, por su encantadora lírica y sus giros inesperados realmente parece tan pueril y arbitrario como considerar una inspirada y fluida conversación de sobremesa como obra de arte.

   Pero resulta que el jazz se desenvuelve en ese medio que contiene las cosas más exquisitas… ese que es capaz de hacer fascinante hasta el más somero de los discursos. Además, se lleva a cabo con aparente complejidad, sensuales timbres y extravagancias gestuales…

   Su atractivo, aunque solo sea por incomprensión, está garantizado.

Ver original en la Revista de Música Codalario.com



La ternura por los sofás

 

Dejaré que los sofás ahuequen los signos de la desesperanza
que la ternura salte por encima de las camas
y las almohadas y las alfombras vuelen
desafiando a los vacíos.

Otras luces llamarán a las puertas de los desheredados como tu y como yo
las risas sortearán las ramas deshojadas de los efímeros inviernos
habrá música insomne, imperfecta dicha de los que están naciendo
ante los ojos del mundo enmascarado, hasta su suerte, Amor… hasta su suerte.

Jubilosos versículos recitarán los titiriteros en las fiestas de guardar,
alcanzarán el arco solar, alimentarán nuevas células y su inacabable procreación.

Ser, ¿hasta dónde?, ¿desde dónde, Amor?

Somos moléculas ínfimas de un espectáculo cósmico. No hay inconveniencias. Somos movimiento. Somos aire, briznas de nada suspendidas ante la metamorfosis de los planetas.

Cenizas… Y lluvia,

Volver al filo de la nada, a la invariable incertidumbre de la eternidad, a la invariable certidumbre de la muerte, a la única verdad, al silencio absoluto.

¿A qué te aferras, Amor?

A las manos de una madre que acaricia con última debilidad las de su hijo… mientras
su alma se desliza sigilosa hacia la nada…

 

@mjberistain
imagen de internet


 

Ser culto y ser inteligente

“Ser culto” y “ser inteligente” se consideran estados distintos del intelecto. Uno se refiere a la “cultura” que posee una persona y el otro tiene connotaciones un tanto más científicas, como una característica casi fisiológica que puede medirse y cuantificarse.

Así, alguien es culto por los libros que ha leído y recuerda, por la calidad de su vocabulario, por las películas que ha visto e incluso por los viajes que ha realizado. Culto es aquel que se ha cultivado, como un campo, para obtener para sí los mejores frutos de la civilización. Desde una perspectiva en la que se combinan los proyectos más ambiciosos de Occidente —de los valores de la antigüedad clásica al humanismo del Renacimiento, el cristianismo y la Ilustración—, una persona culta también es compasiva, empática, solidaria, amable y quizá hasta sabia. En pocas palabras, hay toda una corriente de pensamiento que ha defendido que el ser humano se vuelve tal sólo gracias a la cultura.

La inteligencia, por otro lado, se ha pensado y estudiado sobre todo como una cualidad inherente al hombre como especie. Nuestra inteligencia es resultado de la evolución y, por lo mismo, todos los individuos la tienen. Desde un punto de vista científico, la inteligencia explica que seamos capaces de leer o ver una película, pero también sumar o restar cantidades, y que podamos manejar un automóvil o atrapar una pelota

Curiosamente, por razones que no son del todo claras pero quizá se expliquen por el clasismo de ciertas sociedades, en ciertas circunstancias la cultura y la inteligencia pueden aparecer enfrentadas. Dado que la cultura se convirtió en un bien asociado a las clases privilegiadas —la nobleza o la burguesía, por ejemplo—, también se ha utilizado como una suerte de discriminador, una forma de distinguir entre una persona que tuvo acceso a dicha cultura —a ciertos libros, ciertas escuelas, ciertos viajes— y otra que no. Cuando la cultura se usa de esa manera, es previsible que se convierta en una categoría deleznable.

De ahí que surja entonces el “ser inteligente” como una especie de defensa: quizá no todos seamos cultos, pero indudablemente todos somos inteligentes. Para algunos no tener cultura se compensa con el hecho de, por ejemplo, poder resolver problemas con facilidad, o vivir con sencillez, sin crearse esos laberintos absurdos en los que a veces se mete la gente culta.

Sólo que ninguna categoría es mejor que otra. Desafortunadamente, es cierto que tanto la cultura como la inteligencia están relacionadas con la desigualdad inevitable del sistema de producción hegemónico. La desnutrición, por ejemplo, tiene efectos sobre el desarrollo cognitivo de un niño, y sabemos bien que hay sociedades más desnutridas que otras. Igualmente la cultura, a pesar de todos sus sueños humanistas, se ha convertido en un producto de consumo, lo cual provoca que surja y se destine a personas que puedan adquirirla.

Quizá por eso hay un punto en el que ser inteligente parezca más atractivo que ser culto. ¿Para qué cultivarse, si la cultura también sirve para humillar y diferenciar? ¿Para qué cultivarse si, con eso, también se alimenta esa maquinaria despiadada de producción-consumo-deshecho? Conflictos en donde la cultura está involucrada y, por eso mismo, no parece probable que sea un camino para solucionarlos.

¿Y la inteligencia? Quizá ahí se encuentren otras posibilidades. A pesar del dicho de Proust —“Cada día atribuyo menos valor a la inteligencia”—, quizá la inteligencia sea ese salvoconducto que nos lleve fuera de las posturas falsas y los simulacros de la cultura contemporánea.

En general no se conoce la diferencia entre ser inteligente y ser intelectual”.
¿Y cuál es esa diferencia?

El gesto de tributar la cultura a la autenticidad para aceptar así que, a lo sumo, podremos responder dos o tres preguntas en la vida, poco más o poco menos, y será suficiente, y será más auténtico que todas esas preguntas que dicen responder las personas cultas y los intelectuales.

Extracto del artículo publicado por Cultura Inquieta a partir de la obra de Samuel Becket.
Imagen de “culturizando.com”