El impermeable azúl

«La última vez que te vi fue hace más de dos años…

Hoy releo este pequeño texto que escribí entonces. Aparto despaciosamente las lágrimas que me asaltan y recibo con respeto tu abrazo de silencio.»

Caminabas cabizbajo embutido en tu viejo impermeable azul de hombros gastados; las manos eternamente en los bolsillos. Te imaginé con una finísima rama de tamarindo entre los labios.

Entre sombra y sombra iluminaban tu figura hilos de luz amarillenta de las antiguas farolas del paseo. Una lluvia persistente se escurría desde tu gorro hasta la bruma de tus ojos casi cerrados contra el viento. Arrastrabas tus pasos con ritmo quejumbroso y lento como el de aquellas viejas canciones de piano bar, luchando tal vez, a corazón abierto, contra un futuro comprometido.

Leía estos días un artículo de Rosa Montero en el que decía:

… la enfermedad solo adelantó cruelmente esa decadencia que todos los humanos hemos de afrontar. A medida que cumples años, a medida que envejeces, te vas acercando a los confines del mundo. El pasado tira de ti como si llevaras a la espalda una mochila de piedras y empieza a asustarte mirar hacia adelante. Dentro de poco comenzará la edad de la heroicidad.

Todavía estamos a tiempo. Quiero decirte que respeto tu silencio; sin ganas, comprende que, a alguien necesito decirle que me gustaría acompañarte en el camino, también en esta etapa de la vida, como en aquellos años en los que nos crecían pequeños poemas por cualquier esquina y subrayábamos con tinta temblorosa frases que nos identificaban y que nos hubiera gustado poder firmar.

¿Te acuerdas?

Bueno, en realidad, esto es sólo una reflexión. Soy consciente de que esta pregunta es pura retórica porque se la estoy haciendo a la página en blanco con quien mantengo una relación de soledad estrecha desde que tú no revisas mis papeles.

Porque, escribir era como subirse a una cometa con cintas de colores en manos de un niño sin saber por dónde le llevará el aire. Era volar muy alto y caer de bruces y remontar el vuelo a duras penas, una vez y otra vez con las alas hechas trizas, hacia una nueva dimensión.

Éramos arrogantes, sin experiencia. Jugábamos a ser poetas, «si es que se puede llamar poesía a eso de escribir en líneas que no llegan al borde de la cuartilla». —como decía Leonard Cohen—. Había algo misterioso y bello en envolver con endecasílabos las cenizas de vida que quemábamos. Compartíamos versos, espacios en blanco e incluso los puntos suspensivos hasta que la pena, la desilusión o los miedos caían derrotados.

Sé que prefieres hacer el camino en silencio, a solas, —ya me lo has dicho—.  Aunque reconozco un punto de dolor y decepción en mi amistad, respeto tu libertad. 

Me gustaría acompañarte en el camino…

Prometería no incomodarte.  Llevarte té caliente y pastas de naranja cuando tu ánimo flaqueara. No te daría conversación, sólo me sentaría algún rato contigo a escuchar tus silencios, o a leerte poemas conocidos, y cuando te recuperaras, tu sonrisa sería mi amuleto. Me marcharía despacio en dirección contraria a tu destino.

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@mjberistain

Una corta Primavera

En el campo la primavera era muy corta, así que, antes de entrar en aquel voluminoso edificio, me entretuve unos instantes en oler y tocar algunas flores. Observé detenidamente sus colores, aunque en mi retina aparecían difusos, como si una lluvia de miedo me invadiera con suavidad imperceptible ante las pocas personas con las que me crucé subiendo los peldaños que me separaban del desastre.

—Pase a esta sala, por favor, señorita. Enseguida vendrá alguien a atenderle.

Abrió una puerta casi cuadrada, blanca. Busqué como una posesa la fuente de luz, una ventana, quizás, más que por la luz, fue por tener controlada la huida; la posibilidad de poder escapar de allí en un momento determinado. Me flaqueaba el espíritu. Y me temblaba el cuerpo. Posiblemente no estaba preparada para vivir aquel momento. Había asientos de plástico unidos en hileras a lo ancho de las inmensas paredes. Una gran columna cuadrada cerca de una esquina y una exigua mesita vacía a su lado eran el resto del mobiliario, todo blanco. No había relieve. Yo me tambaleaba. Busqué asiento en aquellas hileras de plástico vacías y tuve problemas para elegir uno de ellos. La luz de frente, la luz a las menos diez, la luz a las y veinte… ¡La luz, por dios!, ¿qué me importaba de dónde venía aquel día la luz si estaba ciega de horror?

Si hubiera estado allí mi madre Ulma todo hubiera sido distinto. ¡Cómo la echaba en falta, incluso después de tantos años!

—Buenos días, —se escuchó una voz demasiado fuerte.

Le seguí por los interminables pasillos de puertas numeradas a uno y otro lado. Aquella pulcritud inhumana me exasperaba. Mamá yacía tranquila. No supe interpretar muy bien su posible diagnóstico hasta que detuve mi mirada en sus ojos cansados, de color amarillo. Me tomó de la mano y la acercó a su pecho. Literalmente caí sobre ella con toda la gratitud que, solo en aquel momento, fui consciente de que se la debía.

Afuera se había quedado Nathan.

A pesar de que era una persona acostumbrada a destacar por su personalidad, su gran humanidad y sentido del humor, era un hombre comedido, aunque comprometido, y especialmente respetuoso. Nos habíamos abrazado en un fatídico instante contenido y nuestras miradas se habían entendido. Como en otras ocasiones. Pero de eso hacía ya muchos años.

La ventana de la habitación daba a un pulcro jardín dispuesto por parterres en los que convivían en armonía flores de variados colores, en plena floración entonces; brotes de jacintos, tulipanes, macizos de rododendros y bellísimos árboles, sauces de un verdor brillante y algunos robles definiendo un camino en la realidad apenas frecuentado. Sí se podía, sin embargo, disfrutarse desde las ventanas cerradas del hospital. La música suave apaciguaba las emociones y favorecía el dormitar levísimo de los enfermos que esperaban su final. Todo estaba escrito y firmado por cada uno de los pacientes y sus familiares. Pensé, en algún momento, que también esas horas o días podían ser un tiempo feliz. Tiempo de reencuentros y despedidas, tiempo de reconocimiento y tiempo de verdades que ya no serían a medias sino verdaderas. Pensé que era una suerte poder llegar allí consciente y rodeado de las personas a las que alguna vez amaste y te amaron, y poder despedirte de ellas antes de emprender el viaje a una nueva vida. Eso, independientemente de que tuvieras convicciones religiosas, fueras creyente o no. Desde aquella ventana pasamos lentos atardeceres y madrugadas. La belleza de la escarcha que cubría la parte sombría del jardín nos hacía imaginar la fragancia que más tarde aspirábamos. Aprovechábamos los momentos de aseo de mamá para descansar y tomarnos un café caliente juntos, hablábamos en voz muy baja para no interrumpir la paz de aquella naturaleza.

—¿Vendrás conmigo a casa?

Nunca, hasta ese momento, había escuchado de Nathan una propuesta semejante. Tampoco me lo había planteado. ¿Qué sería cuando mamá ya no estuviera entre nosotros? Yo era un alma libre. Así me habían educado y así quería seguir viviendo. Pero ¿qué hacía ahora en Noruega, mi país de origen, sin un proyecto, sin mis amigos que se habían desparramado por Europa después de la experiencia del viaje iniciático que nos marcó a todos con la muerte de Leo. La idea de volver a Estados Unidos no entraba en mis planes.

Tengo que reconocer que me invadía una gran tristeza y soledad sin saber muy bien a qué se debía cada una de ellas y sin poder formular una sencilla queja a nadie. Solía encontrar a Nathan con la cabeza baja ocultando su pena sobre el lado del corazón de mamá cuando ella dormitaba. Yo apenas le tocaba el hombro y volvía a dejarles solos. No supe calcular las horas que habíamos pasado juntos cuando mamá nos dejó vacíos.

Deambulé por las calles de Bergen sola. Estaba destemplada. La ciudad empezaba a despertar entonces, el ruido de los camiones de reparto, los olores de fuel y de pescado de los barcos que descargaban en el puerto y que el viento no disipaba me hicieron acercarme a una nueva realidad, la de una ciudad pequeña y acogedora en comparación con lo que había vivido hasta entonces. Sus gentes, eran una multitud de razas compartiendo espacios y cultura en equilibrada convivencia. Por supuesto que los oficios menos valorados por los nórdicos eran ocupados por inmigrantes negros, latinos o chinos. Sin embargo, el ambiente de la ciudad era agradable, las conversaciones parecían amigables, y el movimiento de trabajadores se podía decir que era disciplinado y eficiente. Los camiones de limpieza, apenas aparentes, hacían brillar el asfalto de las calles del centro y la ciudad amanecía resplandeciente como cualquier otro día. Pero para mí no era cualquier día. Todo había sido repentino y tan rápido que no había tenido tiempo ni ganas de reflexionar, no había sido capaz de encajar estas nuevas piezas en el difícil puzzle de mi vida. Grises, blancos. Blancos, grises. Evitaba, a toda costa, incluir los negros. No me hubieran dejado mis madres. Mi mente automáticamente los viraba a grises: gris oscuro, gris medio, gris neutro, gris claro… Ella, junto con Ulma, habían procurado llenar mi vida de color desde el momento en que me tuvieron en sus manos, y yo no iba a decepcionarles. Pensé en la voz grave y triste, entrecortada de Nathan. Pensé en sus palabras, pensé también en su soledad y en la mía. ¿Era un disparate?

Decidí no coger el funicular para subir al monte Floyen sobre la ciudad, casi era mediodía, caminé despacio, el día era fresco entre la arboleda. La inmensidad del fiordo y la ciudad allí abajo, rodeada de sus siete montañas y con el océano tan próximo me envolvieron con una naturalidad generosa.

@mjberistain


Amar lo gris

Me instalo en esta tarde tranquila
sin afán de nada,
esta tarde tranquila en la que amar
lo gris, lo no tan brusco ni glorioso;
perderme en mi interior sin ambiciones
asumir la penumbra y deslizarme.

Reflexiono en mi cuarto
mientras parece innecesaria
cualquier exaltación.

Me concentro en la absoluta calma,
solo escucho los ruidos de casa conocidos,
me miro los dedos de los pies.

Es solo el tiempo lento, el oleaje
que me eleva despacio hacia mí mismo,
un dejarme arrastrar por la marea.

Existir, todo y nada,
ese instante tan mío que ahora habito.

Extractado de Setiembre 27
Autor Vicente Gallego

Chateau d’Abbadie

De «Andanzas por La Corniche»

El Chateau d’Abbadie es un lugar de excepción erigido sobre los acantilados escarpados de Hendaya, en Francia. Para Antoine d’Abbadie, hombre de ciencias, etnólogo, geógrafo y astrónomo, el castillo fue construido en un estilo neogótico entre los años 1860-1870, de acuerdo con la visión de tres grades arquitectos de la época.

En 1895, con el ánimo de que su obra tuviera continuidad, el castillo fue donado a la Academia de Ciencias. Con la colaboración y ayuda del Centro nacional de investigación científica, se mantuvo la actividad como observatorio de astronomía hasta 1975. En aquel momento, debido a la evolución de la tecnología y a la aparición de satélites, la Academia, considerando su obsolescencia, decidió cerrarlo definitivamente.

Antoine D’Abbadie se dedicó durante sus últimos años a la realización de un catálogo de estrellas.

El castillo está clasificado como monumento histórico y Casa de Ilustres gracias a las ricas colecciones científicas, archivos y mobiliario original que representan en su conjunto un patrimonio cultural considerable representativo del siglo XIX francés.

Actualmente es un centro cultural científico abierto al público.

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Antoine d’Abbadie (1810-1897) nació en Dublín de madre irlandesa y padre de alma vasca. Era un gran observador. Además, un gran viajero. Enamorado de la geografía y de la astronomía realizó la primera cartografía de Etiopía después de pasar once años en el país. Se dedicó a estudiar las formaciones geodésicas, se interesó por los problemas de la variación de la vertical, de la micro sismicidad, de las fuentes del Nilo o de la cartografía celeste.

Fue defensor ardiente y difusor de la lengua y cultura vascas. Publicó, en colaboración con Agustín Chao «Estudios Gramaticales sobre la lengua vasca». Años más tarde creó en el pueblo de Urrugne las fiestas vascas. Gracias a sus investigaciones sobre el pueblo vasco se le otorgó, a su muerte, el título de Aitá (padre) de los vascos.

Fuentes: aquitaineonline y decouvrir Chateau Observatoir


Metálica

Este título que se me ha ocurrido utilizar para esta serie de imágenes, no tiene nada que ver con aquella película de Stanley Kubrick que recuerdo de allá por los años 90 del siglo XX.

O, ahora que lo pienso, quizás si. En mi cajón desastre he encontrado algunas fotografías que, hasta ahora no he sabido muy bien qué hacer con ellas. En principio no parecían tener cabida entre los hilos de mi escueta imaginación, aunque reconozco que no es que vaya progresando adecuadamente, es que me lo estoy currando eso de abrir los ojos y la mente a lo inexplorado hasta el momento. Y, de verdad que voy descubriendo cosas. Así es que quizás sí tiene que ver con aquella sensación con la que salí del cine al ver semejante barbarie que no sabía cómo ubicar en mi vida.

Por cierto, se titulaba La chaqueta metálica.

Así que he despertado a mis fotos esta madrugada y, aún con legañas, he vuelto a mirarlas, a buscar entre sus pixels y a bailar con ellos. Y lo que he encontrado ha sido esto que me ha resultado «sugerente» al menos. Ya he dicho que últimamente ando por caminos no asfaltados…


Originalmente son fotografías realizadas en Hondalea Donosti San Sebastian

Inquieta

De «Andanzas por La Corniche»

Si, tengo que reconocer que estoy algo inquieta.

Estos últimos días he salido con mi cámara fotográfica a explorar bosques.

Nunca lo había hecho antes hasta que un día conocí a Mari. En aquella ocasión sentí una extraña energía, luego nada. Fue como un fogonazo. No me atreví a comentarlo con nadie.

«Mari es la diosa principal de la mitología vasca precristiana. Es una divinidad de carácter femenino que habita en todas las cumbres de las montañas vascas, recibiendo un nombre por cada montaña.» 

Creí haberme encontrado con una de las «sorgiñas» (brujas) buenas que poblaban mis cuentos de niña.

Nadie lo supo hasta hoy. Sin embargo, yo habité durante unas horas con ella en uno de sus bosques. No en uno cualquiera, sino en uno de sus más visitados, aunque yo estoy segura de que era su bosque preferido. Ese al que discretamente solía retirarse cuando necesitaba meditar o reflexionar, o sencillamente disfrutar del silencio o del folclore que le proporcionaban sus amigos los Basajaun.

«Basajaun o Baxajaun, es el Señor del Bosque o el «Señor Salvaje»: Son personajes de la mitología vasco-navarra y aragonesa de prodigiosa talla y fuerza que los primeros pobladores de aquellas tierras encontraron habitando en los montes y bosques más remotos.​«

Yo le creí cuando me mostraba los rostros de los espíritus del bosque camuflados en los troncos de los árboles y ocultándose entre las ramas, le creí cuando bajábamos al río y los identificaba en las piedras, o entre las algas mientras se recreaban en el agua cristalina de las pozas.

Mari proyecta una energía silenciosa y breve. Han pasado muchas lunas desde que la conocí y hoy reconozco su fuerza en los leves empujones que me va propinado sin que apenas los note, pero que me hacen avanzar por nuevas rutas de leyenda.

Estoy inquieta porque algunos de estos personajes se van colando en mis fotografías y todavía no sé muy bien cómo dirigirme a ellos o cómo tratarlos cuando ella no está cerca…

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Amor a la madera

Pablo Zuriarrain

Me fijé en sus ojos pequeños semicerrados, escrutadores, al otro lado de la mesa. Llevaba puesta la txapela y, en aquel momento, con un gesto que me pareció de cansancio, se la quitó dejando al descubierto el aspecto de una persona entrañable.

Afuera, en el castillo Torre Luzea (torre defensiva de estilo renacentista edificada en el siglo XV), se inauguraba la primera exposición individual de su obra tallada en madera.

Calculé su edad. Pero ¿qué importaba eso en aquel momento?

Había emoción, brillo en su mirada al recordar sus inicios en la escultura. No hubo un momento concreto. Él jugaba con lijas y restos de las maderas cortadas, con virutas y con el polvo que se acumulaba en la carpintería de su padre. Después, continuó su estela dedicándose profesionalmente a la madera.

Sabía, él sentía que allí dentro, en cada tronco, en cada bloque de madera que sostenía entre sus manos, había algo, algo que estaba por descubrir y que le estaba destinado.

«Quizás un sueño…» —decía, mientras explicaba una de sus esculturas.

«Eramos pocos, pero en cada trozo de tierra que habitábamos hablábamos lenguas distintas. Sin embargo, nuestras raíces procedían del mismo árbol, fuertes como las de uno de nuestros robles centenarios.»

Y allí estaba, figuradamente el roble, y Pablo. Y Pablo acariciando la estructura de su obra que nos hablaba de naturaleza y de humanidad. Un único bloque de madera abriéndose en diversos troncos elevándose hacia el cielo. Y sobre cada uno de ellos, colocada de forma abstracta, una piedra simulando una cabeza humana.

«Todo tiene un sentido. Quería significar que el entendimiento entre los hombres es posible.»

Para completar su obra saldría de aquel «nuestro» pequeño trozo en el mundo y conseguiría traer piedras desde alguno de los países más lejanos.

Mientras lo explicaba, recordándolo, sus ojos pequeños brillaban y su mirada se hacía más y más profunda. Y alzaba sus hombros y sonreía como queriendo excusarse porque a él, sencillamente, le parecía inevitable amar la madera, era lo que llevaba haciendo toda su vida.

Continuamos hablando de lo hermoso de la creación, de la emoción que puede sentirse al dejarse llevar por la fuerza del mensaje que la materia le tiene reservado. En su caso, casi con pudor, se reconocía como el artista que era, como único impulsor de que el mensaje, su fuerza, pudiera salir a la luz para ser compartido.

Las obras que presenta en esta exposición nacen del amor a la madera, de la generosidad de su entrega a ella desde que era un niño. Entonces camuflada entre sus juegos y que hoy continúa con una gran ilusión y dedicación engrandeciéndole como persona y como escultor.

Le deseo que éste sea el primer peldaño de ese podium que merece entre los artistas más destacados de nuestra tierra.


Litoral

De «Andanzas por La Corniche»

Explorando nuestras costas voy encontrando pequeñas playas y calas casi inaccesibles entre los bosques que bajan serpenteando desde la carretera hasta las orillas del mar. He estado observando las mareas, y ha habido días en los que he procurado acercarme a las orillas en horarios intempestivos. A esos momentos en los que las rocas quedan al descubierto y yo buscaba algo desconocido.

Estas imágenes son resultado de la observación de las rocas y del descubrimiento de raras imágenes que han ido configurando un proyecto nuevo cerca del mar. Las rocas, sus formas y tamaños, texturas, sugerencias de objetos y personajes, o un cromatismo que en sí mismo me descubre su gran belleza abstracta.

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Las fotografías han sido tomadas en las playas de piedras Lafitenia y Sénix en Acotz.

El ratón Pérez

“Nunca habría podido imaginar que en el mundo hubiera niños tan pobres, durmiendo en el suelo y comiendo apenas un mendruguito -musitó Buby”. Quien no se lo podía imaginar era un niño de ocho años apodado Buby por su madre la reina regente de España María Cristina, viuda de Alfonso XII. Aquel niño, años después, habría de convertirse en rey con el nombre de Alfonso XIII. Así fue la estrecha relación entre Buby I y el Ratón Pérez que plasmó el escritor jesuita Luis Coloma Roldán (1851-1915) en el cuento que expresamente escribió.

La calle del Arenal de Madrid discurre en ligera cuesta abajo entre la Puerta del Sol y la Plaza de Isabel II. Es una de las calles históricas primordiales de la ciudad y de las más transitadas. En esa calle vivieron personajes ilustres y otros, también ilustres, acudían a sus cafés tertulianos, o a un teatro como el Eslava o a una iglesia como la de San Ginés de Arlés. Era paso obligado de comitivas reales y lugar de atentados, como el que a punto estuvo de costarle la vida al rey Amadeo I de Saboya. En un tiempo, allá a finales del siglo XIX, un hombre emprendedor, Carlos Prast, abrió una tienda en la casa del número 8, dedicada a confitería y a ultramarinos, ubicada a uno y otro lado del portal de acceso al edificio, hoy de llamativo color verde. Fue una tienda famosa en Madrid a finales de siglo XIX por la exquisitez de sus productos, siempre concurrida, razón por la que debió de pensar en ella un escritor como el padre Luis Coloma Roldán (1851-1915) para establecer la morada de su más famoso personaje: el Ratón Pérez, que vivía acomodado con su familia en una caja metálica de galletas, colocada en lo más alto de una repisa perdida del almacén del sótano. El Ayuntamiento de Madrid no ha querido estar al margen de esa vivienda de leyenda entre los niños y decidió oficialmente hace ya unos cuantos años colocar en la fachada una placa amarilla romboide indicando la presencia en la casa del ratón. Ya dentro del amplio portal, cercado por pequeñas tiendas, hay sobradas muestras de recuerdo del cuento y de la historia que encierra, incluida una estatuilla del Ratón Pérez al pie de una de las dos farolas.

Luis Coloma Roldán

La historia del cuento fue un encargo personal de la reina regente María Cristina a Luis Coloma como regalo para su hijo, el todavía niño Alfonso XIII, cuyo apodo en familia era Buby. El cuento empezaba diciendo que había un joven rey de 6 años años llamado Buby I, que una noche mientras cenaba sintió las molestias propias de la caída del primer diente. Las preocupaciones de su madre y de los médicos de la corte por qué solución tomar no se hicieron esperar, pero nadie se ponía de acuerdo, hasta que uno determinó arrancárselo con un pequeño tirón. “El médico dio un tironcito. No le hizo falta mucho esfuerzo y el diente salió enseguida. Buby hizo algún puchero.” Todos los presentes alabaron el diente, y mientras unos querían exponerlo en un museo, otros que fuese a la entrada de palacio. En medio de la discusión hubo de intervenir el propio Buby: “Que no, que me lo llevo yo, porque soy Rey, pero sobre todo, porque es mío.” Mandó entonces que se fuesen y que lo dejasen solo porque se quería ir a la cama. Puso, eso sí,  el diente debajo de la almohada, a la espera de que se cumpliese lo que había oído contar de la existencia del Ratón Pérez, “el roedor que por la noche recoge los dientes de los niños y les deja algún obsequio, monedita o similar.” 

Buby, aquella noche, se había propuesto aguantar despierto, a la espera de que apareciese el ratón a cumplir su cometido, pero Buby acabó vencido por el sueño. Al cabo de un rato, en medio del silencio de palacio, el ratón pudo llegar al dormitorio real, y enseguida, hurgando bajo la almohada, encontró el diente, pero en ese momento algo hizo que Buby se despertara.  El ratón, sorprendido al principio, lo saludó muy cortés con profunda reverencia. Buby comprendió que se trataba de un “ratón de mundo, con buena educación y don para tratar con cualquier tipo de gente.” El rey niño, en vez de volverse a dormir, se levantó de la cama y se vistió apresurado con intención de acompañar por Madrid al Ratón Pérez, que se mostró encantado. “Dejadme acompañaros en vuestro trabajo, esta misma noche. Por favor, quiero conocer el Madrid que recorréis a diario”, suplicó Buby. En esto, Pérez dio un salto y se colocó en el hombro del niño, metiéndole la punta de la cola por la nariz. “El Rey estornudó y por hechizo quedó convertido en un ratón.”

Abandonaron palacio por varios agujeros y escondrijos hasta desembocar en las canalizaciones y alcantarillas de la ciudad. Los dos llegaron a la guarida del ratón en la calle Arenal. Luego, tras cargar Pérez con una bolsa roja, se fueron por los mismos conductos subterráneos a la cercana calle Jacometrezo, hoy mucho más corta que antaño cuando los derribos de construcción de la Gran Vía. Iban a casa de un niño llamado Gilito, que también acababa de perder su primer diente. Vivía en lo más alto, en la buhardilla, pero Gilito que era muy pobre dormía en el suelo, lo que hizo reflexionar a Buby, acostumbrado él a todos los lujos y comodidades de palacio. “Nunca habría podido imaginar que en Madrid hubiera niños tan pobres, durmiendo en el suelo y comiendo apenas un mendruguito.” Pérez recogió el diente y lo puso en la bolsa roja que traía, depositando una moneda de oro bajo la almohada. Buby, imitándolo, solo pudo dejarle unas pocas monedas porque no llevaba más. Luego se volvieron los dos a palacio. Cuando Buby se disponía a agradecer la aventura nocturna, el ratón Pérez volvió a meterle la punta de la cola en la nariz, lo que hizo que Buby dejase de ser ratón y se transformase en el niño rey que dormía plácidamente. Pérez regresó a su casa de la calle Arenal. Transcurrió el resto de la noche y ya cuando el sol daba en palacio por la Plaza de Oriente,  la reina despertó a Buby, que le contó la aventura que él creía haber soñado.


Extractado del Blog de Carlos Villas-Valle

Permanencia


La hierba luminosa deja crecer el aliento de otros seres,
árboles, flores silvestres, pájaros, nosotros…

Silencio
miradas detenidas
palabras calladas
lenguaje único
una paz atmosférica alcanzando el cielo.

La piedra del camino,
el cuerpo quieto
y el corazón ambulante
que busca una salida,
grietas…
al abrazo de otra piedra.

¿Qué significa una grieta?
¿Tendrán alma las piedras?

Desciendo hasta el fondo de los años
en ilusión de permanencia…


@mjberistain

Turner

La pintura de Turner, aunque trágica, me resulta siempre luminosa.

Por otra parte, tengo que reconocer mi admiración por la obra de María Victoria Atencia, su caudal creativo que me remite a los signos y sonidos de otro tiempo.

Recreo aquí la perfecta combinación lograda por esta imagen del pintor y el texto de la poeta.

Hay siempre una galerna en el rincón del lienzo por donde el mar se rompe que nos fuerza a adentrarnos en busca de la vida, aunque después las olas devuelvan nuestros restos contra el embarcadero…

Maria Victoria Atencia

 


A orillas de mi sien

Mi casa está destartalada
miro al cielo y la luna se deshace
entre flecos primerizos del día

Las flores de la terraza están mustias
repiten su dogma de sopor
frente al miedo a morir sin amor

Me cuesta traspasar la línea opaca
del horizonte, mis ojos pálidos
cruzan caóticos líneas en sombra

Inquietud vertical de espejos rotos
dibujan el desamparo de la luz
difusa y a veces indescifrable

A orillas de mi sien tus manos
sucesivo silencio de relojes
de arena; tu rostro, reconocible.

@mjberistain



Unsteady

Esta es una historia que me ha tocado el corazón buscando imágenes en blanco y negro. Las fotografías de Shira Gold, sin darme cuenta, me han atrapado y me han llevado al lado oscuro de la vida. Allí he llorado a solas.

Esperé ilusionada su llegada, se me hizo muy largo el tiempo hasta tocarla con mi pequeño corazón. Con ella aprendí lo que era compartir y, por educación, conocimos valores como la generosidad, el respeto, la honestidad, la humildad, la bondad, la solidaridad. No siempre supimos aplicarlos en nuestra vida juntas, aunque quizás sí lo intentamos algunas veces. Y a pesar de las amenazas de los mayores de que si nos portábamos mal la una con la otra iríamos al infierno, cometimos pecados —que nos tocaba confesar entonces— como la ira, la rabia, la envidia, la soberbia… Tuvimos una infancia feliz, yo la amaba.
Pero a medida que fuimos creciendo, los vientos nos fueron dispersando y la balanza perdió su inestable equilibrio. Tuvimos hij@s y niet@s, la muerte arrasó las profundas raíces que nos habían mantenido erguidas sobre la tierra.

«Unsteady»
—dice Shira Gold en sus magníficas fotografías en blanco y negro—
Unsteady I am since then…

Los pájaros ya no cantan en las ventanas, el sol es más pálido cada día, la música más bella que escucho es la que suena como lo hacían nuestras risas de niñas.


Escaleras


La escalera es uno de los elementos que me cautiva en muchos de los lugares a los que viajo. En primer lugar, no puedo dejar de referirme a la escalera de doble espiral del Castillo de Chambord en Francia, obra atribuida a Leonardo Da Vinci. (Siglo XVI)

En esta entrada incluyo algunas imágenes de la escalera de caracol del Faro de la Isla de Ré, próximo a La Rochelle, también en Francia. Por su antigüedad y su encanto, en sí misma es un espectáculo mientras se alcanza la cima a más de 50 metros desde tierra para tener una panorámica extraordinaria de los alrededores.


fotografía@mjberistain

¡Quién pudiera!


De acuerdo con la teoría de Platón
las plantas experimentan sensaciones y deseos…

¡Naturaleza, qué bien logras afuera
lo que quisiera, adentro, lograr el alma:
la tranquila plenitud,
exuberante y secreta,
la abundancia justa, la pluralidad segura!

Mi espíritu ha de ser como tú,

Naturaleza, igual a ti
en perezosa magia,
en apretada riqueza,
en retenido aliento.

Naturaleza, mi espíritu ha de tener,
como tú,
el hastío bellísimo de las cosas plenas!

.

Autor: Tomás Segovia
fotografía@mjberistain


Hoy no he visto el mar

Hoy…
No he visto el mar…

Mis ojos
vigías horadantes,
mis ojos avizores
en la noche
de los astrales mundos;

mis ojos errabundos
amigos del vértigo
del abismo;

mis ojos
vagabundos
hoy…
no han visto el mar,

Ni a estas horas mecen mis sueños
sus silencios,
sus sirenas,
sus cóleras,
sus himnos;
su erótica quejumbre…

Hoy… no he visto el mar.


(basado en poema de L.de Greiff)


publicado originalmente en 2016

Oteiza y el Arte

Extractado de artículos de prensaAutores: Jose Luis BarberíaAndoni BatistaFélix Eraña


Jorge Oteiza quedará; ¡todavía no le conocemos! 

Poco tiempo antes de morir un tembloroso Oteiza leyó entre lágrimas: «La vida ya no me sienta bien, siento la dulzura cercana de la muerte, soy viejo, enfermizo, sentimental y llorón y lleno también de violencias que ya no podrían impresionar a nadie»

Al desprenderme de Ella, me he quedado sin familia.
«No tengo a nadie en quien morir…»

Una tumba sencilla con su fecha de nacimiento (1908) junto a la de su mujer Itziar.   Dos humildes cruces de madera unidas por un único palo transversal.

Aquí yacen… ¡No señor, aquí no yacen, de aquí se han ido…!

La muerte no existe, es un cambio de sitio. La vida sirve para morirse. Está clarísimo.

La poesía es lo que no se explica, ni se entiende, ni se puede entender. Es un salir de la vida y encontrar otro sitio, donde estar protegido.
Estar fuera, volando, como un pájaro…

___

Oteiza ha sido, además de un gran escultor investigador del racionalismo abstracto y buen poeta, un permanente agitador incendiario…

En estas palabras de recuerdo al hombre, voy a limitarme a extractar algo de su pensamiento en relación con el arte.

Se dedicó a la escultura durante treinta años, aunque reconocía que lo que le interesaba realmente eran los lenguajes, y en lugar de hacer la experiencia con la música, por ejemplo, la hizo con la escultura. Después se pasó al cine, al ballet, al teatro —artes en las que fue fracasando como corresponde a un creador— hasta que se encontró con la poesía.

«La poesía es la expresión en la que me siento más cómodo. Ante la hoja en blanco, esa página que da terror a muchos, que se estremecen, cuando a mí me ocurre todo lo contrario. La poesía es el mejor lenguaje personal, individual, que te define en tu gran soledad. Eres un dios del papel: pones dos palabras y te incendia el cielo de papel. Con la poesía me comunico con algo trascendente, dentro de una gran intimidad.»

«La poesía es el lenguaje que llega más al alma. La Poesía y la Música. La poesía es la música del papel.

Decía…

«La escultura es un lenguaje sordomudo, carísimo, lento y sucesivo…

«La escritura es certificar el fracaso y, aunque el motivo sea la poesía, la conversación tiende a otras reflexiones.

«El verdadero territorio del hombre es el lenguaje.

A la pregunta de «¿Qué es lo que no te invita a seguir viviendo, tú mismo o el mundo?», Oteiza contestaba:

  • Creo que el mundo. El mundo y sus enemigos, porque antes se decía que los enemigos del alma eran tres, mundo, demonio y carne, pues ahora siguen siendo tres también. Los «enemigos» capitales del mundo del poder son tres: la cultura, la educación y la paz. Y por eso el poder les persigue. No hay nada que hacer…

Un día te llamé poeta y te extrañaste

  • Sí, es verdad. Yo no he querido hacer poesía, mi voluntad ha sido distinta de los poetas, yo he querido una autonomía del lenguaje, porque la poesía está en el hombre, en el comportamiento tuyo al querer escribir… Yo he querido escribir, no para los demás y menos por la belleza; yo me he encontrado la imagen, otras veces he hecho unas cuantas, jugando y como un collage, pero a mí no me interesa la rima.

Se habla de la respiración en tu obra poética, nunca has considerado la poesía como un instrumento, sino como un aliento, como una respiración…

¿Te ha curado de la muerte la poesía?

  • De la muerte, no; de la vida, porque la muerte está en la vida…

El hombre concluye en el niño.

«Últimamente pienso en mi infancia, estoy pensando que el niño es la fase más alta de nuestra personalidad, que en el niño no empieza el hombre, que el hombre concluye en el niño. Si hubiera muerto con seis años era en plena madurez, plenamente realizado. Me refiero a los agujeros que hacía en piedra blanca arenisca y que en el vacío redondo que descubría me sentía protegido, era mi tesoro de agujeros, que al recordar de escultor los llamé esculturas de catalejo. Siento que estoy llegando a mi infancia. Mis ideas van desapareciendo y reaparecen al recordarlas en mi infancia más completas y simplificadas. Veo que vivía la naturaleza con una religiosidad estética que perdí con la educación recibida de una fe religiosa supuestamente histórica.

Creo en lo que no existe.

Así una de mis preocupaciones últimas y que utilizaría para negar mis fracasos es demostrar que no he existido…



fotografía@mjberistain

Oteiza en Alzuza

Vídeo de la visita al Museo de Oteiza en Alzuza junto a mis compañeros del grupo de Fotografía
Amabost de la Sociedad Fotográfica de Gipuzkoa


Pulsar sobre cualquiera de las imágenes para verlas en mayor tamaño

Breve biografía de Jorge Oteiza


fotografía@mjberistain

Despierta

Despierta al día que llega, despierta.
Se alza del sueño con la luz del alba.

Te multiplicas en mil espejos.
Ya no eres aquella mujer
de mirada borrosa
salpicada la frente de oscuridad.

Despierta al día que llega,
despierta con la luz del alba
de la noche como un palacio
de silencio sin ventanas,
despierta de los bosques,
de los hayedos y de los musgos,
despierta del laberinto de lunas,
que es dulce el amor
en tu copa de sombras.

La luz del día borrará
la gravilla de los caminos
y las heridas de tus pies descalzos.

@mjberistain2022

La lágrima de un sueño

La Luz existía
más allá de mí misma, y tan lejos…

El silencio perdido entre mis ropas,
me miraba el mar desde sus espejos;
estrellas en la noche plateada.
Conocía su cuerpo, su desnudo
bajo sus pies de agua.

El silencio perdido entre mis ropas,
el amor en olvido sobre la playa
donde la luna clavaba sus anclas.
Abandonamos allí algunos sueños
bajo sus pies de agua.

Noche
quiero entrar en tu alma.

Para mis palabras quiero
destellos y ráfagas de locura
y la tinta antigua de los poetas
para mis palabras quiero
y para mis silencios,
que dibujaré un borrón en el tiempo
parecido a la lágrima de un sueño.


inspirado en obra de E.Pardos publicada en el Blog Trianarts