Llueve

 

Llueve…, —dijiste—
No recuerdo si la habitación era la mía o la tuya.

Todo quedó
quieto, como lo dejamos.

Morir con dignidad —decíamos—
unidos,
abrasados juntos.

Todo quedó
quieto, como lo dejamos

Las cortinas abiertas,
de par en par,
los cojines rojos por los suelos
la cena sin estrenar,
sordos a los rugidos del mar
a la voz envolvente del vinilo
y al vuelo del viento
que azotaba con espumas
las caricias heridas en la piel.

Todo quedó
quieto, como lo dejamos
en la pequeña muerte de la memoria.


@mjberistain
Imagen: Diluvio de Barceló (Museo Guggenheim)


 

Síntesis

 

Jadeaba el silencio entre las flores
los dedos deshilachados de escarcha,
hacía frío entonces en el jardín
huérfano, distante de las ciudades.

Y volvíamos, obstinadamente,
síntesis aguda repitiéndose
entre madrugadas de cafés lentos
y migas de ternura por los suelos.

Despacio, muy despacio abrazando
la inminencia tiránica del amor,
la belleza de su pequeña muerte
de lirios y pétalos quejumbrosos.

Había dulzura de vieja ofrenda
incrustada entre la piel de los huesos
y una oración devorando el miedo
enmudecido a pronunciar te quiero.

 

@mjberistain
Escultura de Oteiza


 

 

 

 

 

 

 

Sinfonía sin historia

 

Se enfrentaba
a un pentagrama vacío.

¡Oh, no!
¡qué equivocación!

Estaba lleno de silencios,
silencios y soledad,
pasión del poema
que aleteaba herido
entre los signos detenidos,

sinfonía sin historia,
llanto sigiloso de la lluvia
por las alcantarillas,

invitación a la desmemoria…


@mjberistain
imagen vivenuevayork.com

 

 

 

 

 

 

 

Borges/El jardín de senderos…

 

Tengo que contaros algo.

Empecé a AMAR la Literatura cuando tenía diecisiete años. Entonces yo era una niña. Era la mayor de cuatro hermanas y la educación en mi casa era muy exigente. Sentía cómo crecía dentro de mí una cada vez más aguda necesidad de escaparme de aquella atmósfera un tanto sofocante para mi adolescencia y quise buscar en el exterior una vida que me permitiera “crecer” como persona. —Así pensaba yo— porque en aquél momento todo me era negado salvo asumir unas responsabilidades dictadas con devoción y corrección. El resultado de los esfuerzos que hiciera nunca sería el suficiente.

Mister Evans era una soñador; un filósofo, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.

Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre admirable con sus casi dos metros de altura que movía con una especie de desgana engañosa. Como su sonrisa. Como su mirada. Durante los años que estuvimos en contacto, él no olvidó nunca de vestir su vieja gabardina que llevaba desabrochada de forma permanente. Quizás fuese una seña de identidad. Otra, su pajarita, siempre de color verde oliva, que rodeaba y anudaba al cuello de su camisa arrugada y blanquecina. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes.

Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Todos y cada uno de nosotros representábamos para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se extendía más allá de los horarios lectivos.

Supongo que en aquella época estábamos todos agradecidos de tener una persona con un cierto carisma paternal, un líder a quien admirar y seguir, siendo que estábamos todos muy lejos de nuestras familias.

Sus alumnos le adorábamos.

Empecé entonces a interpretar y comprender los textos más complejos y difíciles que había leído hasta entonces. Me atreví a delirar, lápiz en mano, frente a cientos de hojas de papel en blanco.

La vida me llevó más tarde a interpretar las historias que leía, o quizás era que mis vivencias, mis obsesiones, mis sueños, mis desvaríos los encontraba curiosamente en libros escritos por otros autores mucho antes de que yo hubiera nacido.

 

Notas poéticas encontradas en
“El jardín de senderos que se bifurcan”

Cuento escrito en 1941 por el escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges.

Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis.

Reflexioné que “todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…”

Mi voz humana era muy pobre…

Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio… como si alguien estuviera acechándome.

Un soldado herido y feliz.

El tren corría con dulzura, entre fresnos…

El camino solitario… lentamente bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.

Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes.

La música era china. Por eso yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención.

Un farol de papel que tenía la forma de los tambores y el color de la luna.

Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre…

 


 

Ver: Resumen del cuento
Imagen de Relatos caóticos


La palidez del agua

He descendido
a la noche sin espumas,
las alas rotas

solo el silencio
nocturno
aliviará la agonía
contra los muros blandos,

como estrellas inquietas
esperarán palpitantes,

—la palidez de la esperanza entre los labios—

una razón de amor
que muerda los cuerpos por las esquinas.

 

@mjberistain

Dónde está mi amor

Con mi agradecimiento a NELMORAN por su autorización para compartir sus palabras.

 

Dónde está mi amor, dónde, que subí a las nubes y no encontré más que fuego dentro del alma, sueños rotos por su ausencia, oscuros sentimientos llenos de hielo silencioso en las manos que me tendrían que acariciar. Dónde está mi amor, dónde, que bajé a la tierra y las hormigas huían según me […]

a través de DÓNDE ESTÁ MI AMOR — deseo indigno

Nathan

 

Me costó darme cuenta de que era él. Caminaba inmersa en mis pensamientos y notaba que aquellos días me importaba muy poco todo lo que ocurría a mi alrededor, más allá de la conciencia de que debía de hacer algo especial para salir de aquella situación de absurda apatía en la que me encontraba. Mis reuniones para encontrar trabajo seguían un curso interesante, pero eso no me bastaba, no me apetecía salir de casa, tampoco podía concentrarme en mis lecturas  favoritas, escribía y enseguida despreciaba mis anotaciones que garabateaba después con saña. Llenaba la basura con cientos de folios arrugados casi sin estrenar. Repasaba insistentemente en mi agenda los nombres de las personas con las que había tenido relación a lo largo de mi vida, buscando alguien que pudiera serme útil, alguien que me aportara una cierta claridad ante aquella luz siniestra que me tenía invadida íntimamente.

Más que verlo, lo intuí. Lo vi borrosamente al otro lado del cristal sucio del coche que estaba detenido en la acera contraria a la mía, en la que yo esperaba que me diera paso el semáforo. Las luces de warning de su coche estaban parpadeando. Tuve un arrebato de huir de allí, de echar a correr en dirección contraria. No tenía previsto el encuentro con él de forma tan inesperada.

—Sería yo capaz de hablar primero? —Y qué le diría más allá de “hola, cómo estás”?

—Sentí mis pies hundirse en  el suelo como si me hubiera metido en un foso de alquitrán. Titubeé, intenté zafarme de aquel lodo pesado y negro que me inmovilizaba hasta la mente. Le miré pretendiendo que él no se hubiera dado cuenta de que yo estaba allí, al oro lado de la calle, y que me encontraba en una situación difícil. Sabía que en cualquier otro momento, de haberse percatado, hubiera venido solícito a ayudarme. Leía. Parecía entretenido, atento a un documento que tenía apoyado en el volante. El coche no se movió cuando las luces del semáforo en verde le dieron paso.

Abrió despacio la puerta del coche y salió mirando a los  lados, asegurándose de su propia seguridad ante el movimiento del resto de vehículos. Se movía mirándome con una leve sonrisa, mientras yo me dirigía hacia él atacada por una sorprendente timidez que me había trasladado a la época de mi adolescencia. El paso de peatones parecía alargarse infinitamente, hubiera dicho que eran miles las rayas blancas que nos separaban, pero ya estaba en sus brazos.

Comprendí que todo lo que pudiéramos hacer juntos a partir de aquel momento no sería malo ni dañino. No nos quedaba otro recurso que el de amarnos por encima de todo. En mi interior sabía que mi madre comprendería y aprobaría nuestra situación. Yo era joven, adoraba a este hombre desde que era casi una niña y poco había cambiado en mis sentimientos con respecto a él durante los últimos años. Le adoraba y le respetaba. Esos  motivos habían sido determinantes, por los que yo me había mantenido al margen de su vida de pareja, y que finalmente, a mi pesar, fueron los que habían provocado la distancia que había terminado por deteriorar la relación con mi madre Louise.

Pero callé y me abandoné a su abrazo.

No puedo decir que lo encontrara envejecido a pesar de que su pelo se había convertido en una maraña de finos hilos blancos que se le desordenaban dándole un aire bohemio del que yo creo que él siempre había presumido. Seguía teniendo un porte altivo y sus gestos despaciosos denotaban una gran seguridad en sí mismo. Murmuró mi nombre varias veces, pegada su boca a mi oído izquierdo.

Nos sentarnos en el Café de los Artistas y tomamos un café tranquilo.

—Por cierto,  —dijo— hablo como si supiera que tuviésemos todo el tiempo del mundo para nosotros.

—¿Tienes prisa? —Mi contestación se esfumó en el aire mientras con su brazo derecho me conducía hacia la puerta del lado del copiloto de su coche. Lo cierto es que me dejé llevar sin oponer ninguna resistencia.

A pesar de sus esfuerzos por mostrarse recuperado, el dolor seguía enraizado en su pecho. Habían sido largos días de despedidas, acompañando muchas noches de insomnios y de sueños cortos y despertares asustados en los que el miedo algunas veces y la aceptación otras, mi madre necesitaba del consuelo y la paz que aquel hombre era capaz de aportarle en sus últimos momentos. Realmente yo le veía cansado, pero aún intentaba animarme también a mí. Efectivamente —me contó— que había desaparecido de la universidad unos días sin dejar pistas de su paradero porque necesitaba distanciarse del mundo sin interrupciones. Y que yo era una de ellas —¿interrupciones?, pensé. Me sorprendió aquella palabra para definirme— con las que tendría que enfrentarse, pero que antes de dar cualquier paso tenía que deshacer la maraña de pensamientos que habían quedado trabados en su cerebro. Sentía que con la desaparición de mamá su vida culminaba, pero yo estaba allí y no sabía muy bien cómo interpretar aquella presencia. Juró que hubiera querido huir también, y de hecho, había huido, lejos, a una isla del sudeste asiático, pero había resultado una retirada realmente corta para la grandeza del problema que presentía que tendría que abordar con madurez tarde o temprano.

Me refugié en la manta que suelen poner en las sillas de las cafeterías a disposición de  los clientes para que puedan estar confortables en el exterior. No tenía frío pero a ratos los escalofríos recorrían mis inseguridades, especialmente cuando no sabía qué decir. Escuchaba porque suponía que eso era lo único que él necesitaba de mí entonces. Que yo le escuchara. Hubo varios silencios difíciles, pero mi intuición me fue llevando por un camino que yo en mi interior ya tenía recorrido. Creo que quería dejar claro que yo era algo postizo en su vida, y que por mucho que me apreciara quería vivir el tiempo que le quedara sin ataduras, no estaba dispuesto a perder ni un ápice de su libertad, no quería vivir ninguna relación sentimental ni compromiso que no fuera consigo mismo, quería vivir su duelo en soledad.

—Por supuesto —añadió, cogiéndome de las dos manos y mirándome fijamente —yo siempre voy a estar ahí cuando tú me necesites…

No lloré, ni eché a correr. Me quedé paralizada ofreciéndole una sonrisa comprensiva que sentía que hería profundamente mis estructuras emocionales.

Sobre la mesa, el reflejo de los últimos rayos de sol se interpuso entre nosotros iluminando  las tazas de café vacías y el platillo con los últimos restos del brownie que habíamos compartido. Sonreíamos, agarrados de las manos. Él con la satisfacción de haber mostrado sus cartas con delicadeza y determinación, y yo con una claridad diáfana en mi mente y una tristeza casi infantil en el fondo de mi corazón incomprendido.

Me llevó a su casa. Había puesto a la venta el piso que había compartido con Louise y había alquilado un apartamento amplio limpio y desordenado, como a él le gustaban las cosas. Daba al mar. Cerré los ojos apretada al cristal del ventanal centrándome en el movimiento y la cadencia de las olas que llegaban y reventaban en espumas contra las rocas del paseo. Conseguí recuperar  el ritmo de mi respiración. Estaba un poco asustada. Había libros por todas partes, algunos que habíamos compartido, literatura; los clásicos, filosofía y poesía, historia, cientos apilados en columnas en el suelo, unos cuantos abiertos sobre la mesa de centro del salón y varios más sobre la mesilla en su dormitorio.

—No pasará nada, te lo prometo. Es lo único que se me ocurrió decir en aquel momento.

En silencio me cogió de la cintura empujándome suavemente hacia afuera de la habitación. Me sentí íntima e irremediablemente vinculada a aquel hombre, o en realidad lo estaba ya desde antes de conocerlo, se estaba produciendo un incendio en mi interior y sentí el calor en su cuerpo cuando me arrimó hacia él con ternura y nos besamos con toda la honradez y el dolor que nos reunía.

 

@mberistain