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Leo De la Torre

 

Me enamoré de estas Fotografías de Leo.

Esas sombras o tristezas
arrugadas que pasan doliendo
no ocultan las palabras
por más que los ojos no miren lastimados…
¡Doledme…!

Vicente Aleixandre

 

 


 

 


La china


“Al salir, pagó el café que se le había olvidado tomar…” (Truman Capote)

Una lluvia aburrida se había instalado en la ciudad cayendo incansable desde lo alto de un cielo plomizo como el de ayer y el de anteayer, como posiblemente el de la próxima semana según los partes meteorológicos que ya no sabían cómo explicarlo de forma diferente cada día. Se había hecho de noche. Al volver la esquina vomitó. Tiró el periódico empapado en una papelera y se dejó allí colgado el paraguas. No tuvo la precaución de arrancar la página de los anuncios antes, pero tampoco le importó.

Pasaban los días y por muchos esfuerzos que hacía no veía ninguna posibilidad de encontrar un trabajo como el que pensaba que merecía de acuerdo con su historial profesional, su preparación académica y el estatus de su familia. Le quedaban pocos días para cumplir cincuenta años y aunque ese aspecto, en condiciones normales de mercado, hubiera podido ser considerado, en un hombre, como un buen fichaje para cualquier empresa, se encontraba defraudado, solo, como una isla desierta en mitad de un océano hostil. Tampoco había querido llamar a las puertas de los amigos. La realidad era que no había dicho que se encontraba en semejante situación. Cómo iba a imaginárselo nadie a su alrededor. Era del todo increíble aún admitiendo que entonces los puestos directivos de las empresas se regían más por movimientos políticos y eran menos estables o más dinámicos que en otros tiempos. Ya no servía de nada el pasado. Servía saber venderse para un futuro impredecible. Alguna vez escuchó que era fundamental saber vender humo…

Ocupaba un apartamento en el decimoquinto piso de uno de los miles de horribles edificios a los que llamaban rascacielos que se amontonaban en un barrio bajo de las afueras de la ciudad. Se miró al espejo del ascensor, estaba roto, y sus trozos garabateados con frases y dibujos obscenos. Aún pudo darse cuenta de que su aspecto físico era demoledor. Su calvicie prematura, su piel y su mirada desvaídas, sus cejas caídas en diagonal que le daban un aspecto lastimoso, sus hombros deformados por el peso de los días sin ver el sol. Todo ello no solo maltrataba su espíritu sino que, además, anulaba su poder de camuflaje; traspasaban todas las líneas de fuego de sus tripas y de sus venas hasta asomarse al exterior de su cuerpo sin condescendencia. Sin embargo, aquella tarde oscura la china del último bar al que había llegado tambaleándose para tomarse un café bien cargado le había mirado con detenimiento, con piedad o conmiseración, o, no sabía muy bien cómo interpretar aquella mirada apaisada que apenas dejaba entrever lo que él pensó que eran unos seductores ojos negros que le habían aturdido durante un instante. Quizás, para ella, era imposible mirar de otra manera. Se demoró después aferrado a la barra del bar observándola mirar al resto del personal que se movía alrededor de él entrando deprisa, consumiendo deprisa y saliendo deprisa, y pensó que se estaba volviendo loco. Además, Margot había decidido quedarse a vivir en un pueblo del sur en una comunidad de gente bohemia, artistas en su mayoría. Se había dedicado a la danza, había sido bailarina  profesional y ahora estaba retirada por una lesión de espalda. Su vida de pareja definitivamente estaba rota. Afortunadamente les habían unido pocas cosas durante su vida juntos, aparte del buen sexo mientras vivieron el encanto de los primeros meses. Se habían conocido en un viaje de empresa descubriendo la Antártida en un crucero de lujo, pero pronto aquel hielo imponente, aquél azul frío, y el silencio como un gran vacío de cristales afilados se habían instalado en su relación irremediablemente.

Se sintió viejo por primera vez en su vida. Había escogido aquel país, aquella ciudad para comenzar de nuevo porque nadie le conocía. Se sentía un tanto ofuscado, era cierto,  pero aquel mundo que le rodeaba se le antojaba un campo de exterminio, la gente uniformada en gris caminando lóbregamente sobre el polvo de un satélite desconocido que estaba cubierto con una gran bola de plástico reciclado, como un cielo plateado del que se desprendían como lluvia punzantes hilos de lava y de ceniza.

El bar estaba cerrado, la china oliendo a perfume de Pachuli permanecía sentada en el zócalo de la puerta a su lado. Sujetaba con sus dos manos una jarra llena de café bien cargado ya frío, y miraba a los viandantes que se desplazaban apresuradamente, intentando evitar los charcos, bajo la luz todavía mortecina de otra madrugada lluviosa para llegar a tiempo a sus quehaceres diarios. Cuando le sintió moverse, aventuró:

—Buenos días señor, le estaba esperando. Ayer se marchó usted sin tomarse el café…


@mjberistain


El infinito en un junco

GUILLERMO ALTARESMadrid – 04 NOV 2020 – 14:41 CET

Irene Vallejo, escritora y filóloga zaragozana de 41 años, ha ganado este miércoles el premio Nacional de Ensayo por El infinito en un junco (Siruela), una obra sobre la historia de los libros que ya se ha convertido en el éxito editorial del año. Las posibilidades de que un ensayo erudito de 430 páginas, escrito con un lenguaje evocador y preciso por una autora poco conocida, se transformase en un superventas eran escasas. Sin embargo, desde que llegó a las librerías, la obra ha ido sumando ediciones, acumulando críticas positivas de autores como Alberto ManguelCarlos García Gual o Mario Vargas Llosa y recogiendo premios, como el Ojo Crítico en la categoría de narrativa.

Sin embargo, en marzo, cuando el ensayo estaba en pleno auge, llegó el confinamiento, y su editora, Ofelia Grande, temió que se parase en seco porque se trata de una obra que depende mucho del ecosistema de las librerías literarias y de las recomendaciones personales. Pero ocurrió todo lo contrario: este viaje al mundo clásico, que en un mismo párrafo puede mezclar Taxi Driver con Demóstenes y se lee como una novela de aventuras, siguió encontrando sus lectores. Este mismo miércoles su editorial anunció que había imprimido ya 100.000 ejemplares y que ha firmado 26 contratos de traducción. Ya ha salido en catalán y en portugués. Según el informe confidencial de la consultora Gfk, que publicó este diario, había vendido 50.549 ejemplares desde su lanzamiento hasta finales de agosto, ocupando el puesto número 11, el primero para un ensayo, en la lista de las obras más exitosas del mercado editorial español.

“Sigo perpleja por esta acogida y por todo lo que está sucediendo en torno a este libro”, explica por teléfono desde Zaragoza Irene Vallejo, colaboradora desde febrero de El País Semanal, donde publica una columna cada dos semanas, y de El Heraldo de Aragón. “Muchos lectores me dicen que hay un sentimiento de pertenencia, quién lo lee hoy siente que forma parte de esa aventura épica, del esfuerzo para que todo ese bagaje de libros, poemas, siga avanzando hacia el futuro”.

“Luis Landero lo definió como un ‘ensayo de aventuras’ y eso es lo que intenté hacer”, prosigue Vallejo. “Era consciente de que el tema no era novedoso, porque existen muchos libros sobre bibliotecas y libros. Lo que podía aportar era a través de la escritura, trazando un experimento que transcurriese en los territorios fronterizos entre la ficción y el ensayo. Me gustaría pensar que es un cruce entre Montaigne, y su capacidad de dirigirse de tú a tú al lector, con Las mil y una noches y sus historias que se enredan con otras historias”.

En su fallo, el jurado del premio nacional se pronuncia en un sentido parecido y sostiene que ha elegido esta obra “por ofrecer un viaje personal, erudito e instructivo por la historia del libro y de la cultura en el mundo antiguo, que transmite un sentimiento de colectividad en el que tanto la propia autora como quien la lee se reconocen”.

Doctora en Filología Clásica, Irene Vallejo compatibilizó durante años la escritura con la enseñanza, aunque ahora se dedica solo a la literatura. Es autora de las novelas La luz sepultada y El silbido del arquero y de los libros infantiles El inventor de viajes y La leyenda de las mareas mansas. Vallejo escribió gran parte de El infinito en un junco por las noches, en un momento personal complicado, como si ese mundo clásico le proporcionase un refugio. En estos tiempos difíciles, muchos lectores han encontrado una acogida similar en sus páginas.

El helenista, traductor y ensayista David Hernández de la Fuente, autor entre otros ensayos de Vida de Pitágoras (Atalanta) y El despertar del alma (Ariel), relaciona el éxito de Vallejo con el empuje que han logrado otros autores, como la británica Mary Beard, el español Carlos García Gual o el italiano Nuccio Ordine, que escriben sobre el mundo clásico y que han llegado a un público que va mucho más allá de la academia. “Es un libro espléndido y muy necesario”, señala Hernández de la Fuente. “No me ha sorprendido su éxito porque es excelente, está muy bien documentado y todavía mejor escrito y, sobre todo, porque me consta que en el público hay un gran anhelo de saberes humanísticos e históricos. Solo hay que ver la cantidad de publicaciones y revistas de historia en los quioscos, los documentales sobre la antigüedad, las novelas y ficciones históricas en cine y televisión… Nuestra época demanda esa vuelta a los clásicos, pero necesitamos voces como la de Irene Vallejo que sepan reivindicar con fuerza lo que Nuccio Ordine llama ‘la utilidad de lo inútil’: la perentoria necesidad del arte, la literatura, la historia y la filosofía en nuestro mundo hipertecnologizado y obsesionado por la economía de lo inmediato”.

Mosaico de la Villa de los Papiros, en Pompeya.
Mosaico de la Villa de los Papiros, en Pompeya.

La invención de los libros

El infinito en un junco, que tiene como subtítulo La invención de los libros en el mundo antiguo, arranca a medio camino entre una novela de acción y un relato de Dino Buzzati, con mensajeros saliendo hacía todos los rincones del mundo conocido para buscar libros con los que nutrir la gran Biblioteca de Alejandría. A partir de ahí, con constantes idas y vueltas desde el pasado al presente, mezcladas con recuerdos personales y reflexiones filosóficas, construye la historia de uno de los inventos más extraordinarios de la humanidad: la palabra escrita.

Recorre bibliotecas clásicas, como la que alberga los llamados Papiros de Herculano, pero también está lleno de detalles poco conocidos y de ángulos insólitos, como cuando revela las corrientes de rebeldía femenina en el mundo griego. “Las primeras en sublevarse habrían sido hetairas, es decir, prostitutas de lujo, las únicas mujeres verdaderamente libres de la Atenas clásica”, escribe y explica que estaban obligadas a pagar impuestos y que, por lo tanto, eran dueñas de sus bienes.

Resulta muy emocionante el capítulo que dedica a los libreros como profesión de riesgo, a todos aquellos que se han jugado su vida y su libertad, desde las guerras de religión hasta la librería Lagun de San Sebastián, para que la gente pudiese escoger sus propias lecturas. Si hay una pulsión que late en las páginas de este ensayo es la reivindicación, desde los versos de Homero hasta la Biblioteca de Sarajevo, de la profunda relación entre la cultura y la libertad.


Lluvia de lunas

Llueve mansamente
llueve tras el otoño
en el parque y en el bosque
desnudo llueve
en la orilla de las playas
en los espejos heridos
Llueve en esta orilla breve
del tiempo y en el silencio
de las ciudades vacías
llueve sobre el cansancio
sideral de los relojes

Llueve lento como la nieve
con esa luz difusa
de lunas inclinadas
sobre el abismo incitador
de un paisaje prometido
como el de un pecho amado desnudo.

@mjberistain








La verdad

Sospechó siempre la verdad pero, de verdad, no pensaba que existiera.
Derramó sus dudas sobre el pecho de noches que herían,
hubo ángeles que acompañaron en silencio sus pasos esperanzados.

Nunca dirá sus nombres; no había suficiente verdad en aquellos ojos entornados.
Bajo un cielo inclinado volvió con su soledad a su pequeña parcela de verdad
—al camino espinoso del amor sin final— a pesar de las desgarraduras.

@mjberistain


El jardín nublado

Hubo una vez un sueño
y existía el amor, mordía el desamor,
y ese sueño es la vida; un imposible siempre.
Francisco Brines


Cantan tristes los pájaros
y huele a rosas en el jardín nublado.

Yo soy la mirada en el jardín nublado
y en el tiempo que me espera,
¿A dónde se fueron todos?
¿Y… a dónde iré yo con mi vida?

Tomaré unas ráfagas de lluvia
por amor de dios
y posaré en ellas rayos de sol
y a besos les arrancaré ríos
y tocaré con sus dedos octubre
con la piadosa luz del fin del mundo
y encenderé las luces de cuando creí haber nacido.

¡Ah, la pequeña esperanza de la infancia!


@mjberistain
(variaciones sobre Francisco Brines)
Imagen de pexels/Triana



Hazme llover., solo tu me sientes…

Todos tenemos amistades perdidas como túmulos egipcios… hasta que llega la mano de un arqueólogo y desentierra recuerdos que nos maravillan y provocan la lluvia en un desierto de emociones.

Solo puedo sentir

Elegir los rasgos del rostro que te cautivará en el segundo más inesperado de tu vida. Elegir el tono, el color de la voz que te enamorará pronunciando tu nombre por primera vez. Elegir la delicadeza de las palabras sobre las que viajarán los pensamientos de esa persona que te comprenderá en tus momentos más difíciles. Elegir la mirada que estremecerá el suelo que pisas y te hará sentir… ¿se puede elegir?.

(JMPA Pink Panzer Yorch – Ella y el sentir de la lluvia.)

Tomo prestadas esta música y estas palabras del blog de JMPA Pink Panzer Yorch, con mi agradecimiento.