Cien años de Piazzola

De la REVISTA ENTRELETRAS extraigo este interesante artículo relacionado con la Música, titulado Fervor y más allá de Buenos Aires: 100 años de Piazzolla escrito por mi querido amigo Antonio Daganzo. Mi agradecimiento Antonio por compartir tu conocimiento.

Por Antonio Daganzo Enero 2021

El escritor y musicógrafo Antonio Daganzo rinde homenaje a Astor Piazzolla (1921 – 1992), con motivo del centenario –que se cumplirá el próximo día 11 de marzo de 2021- del gran compositor e intérprete argentino, revolucionario creador de la modernidad sonora de Buenos Aires, por medio de una aleación irresistible de tango, jazz y música clásica.

Nacido en Mar del Plata, a unos 400 kilómetros al sur de Buenos Aires, Astor Pantaleón Piazzolla hubo de pasar la mayor parte de su infancia en Estados Unidos, y allí, en Nueva York, quiso el destino que se produjera su trascendental encuentro con el cantante y compositor Carlos Gardel. El pequeño Piazzolla ya hacía sus pinitos con un viejo bandoneón que le había regalado su padre -Vicente Piazzolla, hijo de inmigrantes italianos en Argentina-, y, al ser escuchado por el mítico cantor de tangos, éste le dijo: “Vas a ser grande, pibe, pero el tango lo tocás como un gallego”. De esta célebre anécdota, y de estas palabras que no hubieran pasado de broma ligera si los protagonistas hubieran sido otros, cabe celebrar no sólo su altura de profecía: también el fino oído de Gardel en toda la extensión de lo que dijo. La grandeza de Piazzolla se cumplió, y su idiosincrasia artística, si no “gallega” -entiéndase lo de “gallego” como “español”, a la manera argentina-, sí que demostró, desde muy pronto, una inclinación connatural hacia el cosmopolitismo.

¿Cosmopolita el gran Astor? ¿Un músico cuyo legado, hoy, representa a su país, ante el conjunto de las naciones, incluso con más pujanza que el Martín Fierro de José Hernández? Y, sin embargo, cuánto trabajo le costó a Piazzolla convencer a propios y extraños de que su “música contemporánea de Buenos Aires” -como él la llamaba muy acertadamente- era el inicio del moderno lenguaje de tango que los nuevos tiempos necesitaban. Al cabo lo logró, con una capacidad visionaria que, dentro del ámbito de la música popular urbana a escala universal, sólo encuentra paragón, por su excelencia, en el advenimiento de la llamada “bossa nova”, a partir de la samba, gracias principalmente al talento del extraordinario compositor carioca Antônio Carlos Jobim. Pero Piazzolla fue mucho más que música popular urbana. Si en lo tocante a Brasil, la comparación entre Tom Jobim y Heitor Villa-Lobos -el autor brasileño por antonomasia de “música culta” o “docta”- resulta algo más difícil de establecer, el nombre de Astor Piazzolla merece figurar, en muy buena medida, junto al de los grandes creadores del arte del sonido en Argentina: Julián Aguirre (1868 – 1924), Juan José Castro (1895 – 1968), Carlos Guastavino (1912 – 2000), el genial Alberto Ginastera (1916 – 1983; profesor de Piazzolla de 1939 a 1945) o el folclorista y autor de la imperecedera zamba en memoria de Alfonsina Storni, Alfonsina y el mar, junto al letrista Félix Luna- Ariel Ramírez (1921 – 2010), de quien, por cierto, se cumple también el centenario de su nacimiento en este 2021. De todos ellos, Piazzolla se distinguió por una labor exhaustiva en torno al tango -surgido a finales del siglo XIX en el área del Río de la Plata, y en el que pueden rastrearse raíces africanas incluso, dentro del aluvión de influencias que alimentaron su origen-, de manera que su concepción sinfónica de género tan popular alcanzó a constituir una obra de concierto, un “corpus” clásico, una trascendencia estética paralela al ininterrumpido ejercicio de lo tanguero o tanguístico como banda sonora de las calles de Buenos Aires. Si bien dicho “corpus” no llegó a gozar de una gran extensión –a diferencia del abundantísimo número de composiciones “populares” debidas a Piazzolla-, su personalidad se antoja tan formidable que bien justifica su permanencia en el repertorio, además del repaso por alguno de sus jalones fundamentales.

En realidad, el compositor a punto estuvo de dedicarse por entero a la música clásica, y en ello tuvieron muchísimo que ver dos factores que se alimentaban mutuamente: la situación del tango en los años 40 del pasado siglo, y el enorme y expansivo talento del joven Astor. Al hilo de los múltiples avances estéticos que el arte del sonido, en su totalidad, venía experimentando desde comienzos del siglo XX, el género aguardaba una definitiva revolución que no terminaba de producirse; mas Piazzolla descubrió pronto que, siendo parte de la orquesta del sobresaliente Aníbal Troilo (1914 – 1975), no podría emprender dicha revolución. Su trabajo como arreglista era cuestionado de continuo, y eso que Troilo no ha pasado a la Historia precisamente como un retrógrado del tango, sino como uno de los nombres fundamentales de aquella “Guardia Nueva” que vino a extender las posibilidades expresivas características de los gloriosos pioneros de la “Guardia Vieja”. No obstante, ¿cómo iba a resultar aquello suficiente para un alumno de Alberto Ginastera? ¿Para un genio en agraz, versado ya en las innovaciones de Bartók, Stravinski, Prokofiev, Hindemith, Debussy o Ravel? Por fortuna, nada menos que Nadia Boulanger (1887 – 1979), con quien Piazzolla pudo estudiar en París –entre 1954 y 1955- tras haber ganado el Premio “Fabien Sevitzky” de composición, sacó al músico de aquel sólo aparente callejón sin salida. El consejo de la insigne profesora francesa –“mi segunda madre”, en palabras del propio Astor- fue a la vez entrañable y categórico: el discípulo no debía abandonar jamás su esencia tanguera. ¿Fusión, experimentación, aprovechamiento de todo lo aprendido, de todos los altos saberes musicales acumulados? Por supuesto. Pero siempre con el tango por delante. Un consejo que valía, sin duda, por toda una carrera y una vida. El pasaporte que Piazzolla necesitaba para ganar la posteridad.

A partir de entonces tomó carta de naturaleza, deparando una discografía de gran amplitud, la “música contemporánea de Buenos Aires”. Era, efectivamente, el tango progresivo o contemporáneo, servido con el ropaje sonoro de un octeto de intérpretes que, a la vuelta de un lustro -y aunque el cariño por la formación del octeto nunca decayó del todo-, se decantó fundamentalmente en quinteto: piano, violín, contrabajo, guitarra eléctrica y, por supuesto, el bandoneón, del que el propio Piazzolla era un consumado virtuoso. Su impronta como intérprete -tan robusta como ágil, fogosa, de marcados acentos aunque capaz igualmente de los más delicados raptos de melancolía-, quedó inscrita en un “neotango” siempre atento a los fértiles caminos de ida y vuelta entre el tango y la milonga, y que, tomando del jazz la flexibilidad del discurso y la libertad constructiva, encontró en la música clásica la ambición formal, el calado eminentemente sinfónico, las influencias sobre todo de Stravinski y Bartók en los momentos de mayor fiereza rítmica y armónica, pero también, cómo no, del neoyorquino Gershwin, y de Rachmaninov o Puccini en los pasajes líricos donde había de reinar la melodía. Y, junto a todo ello, la querencia por una concepción barroca de la urdimbre sonora -desarrollo continuo, valoración del contrapunto-, resultado del amor que el músico argentino sentía por el legado de Johann Sebastian Bach.

Las aportaciones de Piazzolla al acervo de la mejor música popular urbana son incontables. Al menos cabe recordar algunas: Lo que vendráBuenos Aires, hora cero; las Cuatro estaciones porteñas (“Verano porteño”, “Otoño porteño”, “Primavera porteña” y el conmovedor “Invierno porteño”, citadas por orden de creación); el pegadizo Libertango, en el que parecen latir reminiscencias del tango-habanera Youkali, de Kurt Weill; la llamada Serie del Ángel, en la que destacan la Muerte del Ángel, la Resurrección del Ángel y, cómo no, la fascinante Milonga del Ángel; la absolutamente prodigiosa, con su melancólica sencillez, Oblivion; o, por supuesto, la celebérrima -y con toda justicia- Adiós Nonino, creada en 1959 a raíz del fallecimiento de don Vicente Piazzolla –el padre de Astor, como sabemos- en un accidente de bicicleta. Decarísimo, pieza dedicada a Julio de Caro (1899 – 1980) -el artista de la “Guardia Nueva” más admirado por Piazzolla-, constituye, con su nostalgia luminosa y sonriente, el más hermoso homenaje que cabía rendir a la tradición -si bien no olvidemos que, a la muerte de Aníbal Troilo, Astor compuso, en memoria de quien había sido su “jefe”, la muy interesante Suite Troileana-. Y toda esta concepción sinfónica del tango, ¿dejó espacio para las aportaciones de los vocalistas? Sí; en menor medida, evidentemente, pero no hay que olvidar, sobre todo, los trabajos que le vincularon con acierto al poeta e historiador del tango Horacio Ferrer (1933 – 2014) y a la cantante Amelita Baltar (1940), quien se convertiría en su segunda esposa; trabajos como la Balada para un locoChiquilín de Bachín, y esa suerte de ópera-tango en dos partes -“operita”, en denominación de sus creadores- estrenada en 1968: María de Buenos Aires, de la que provienen piezas que alcanzaron luego fama por sí mismas. Basta recordar la impresionante y contrapuntística –así lo indica ya su propio título- “Fuga y misterio”, o la desesperada ternura del “Poema valseado”, donde brilla el estilo poético sorprendente de Horacio Ferrer (“Seré más triste, más descarte, más robada / que el tango atroz que nadie ha sido todavía; / y a Dios daré, muerta y de trote hacia la nada, / el espasmódico temblor de cien Marías…”). Si este concepto popular de la ópera le aproximó a la herencia de los compositores brechtianos por antonomasia, Kurt Weill (1900 – 1950) y Hanns Eisler (1898 – 1962), su Ave María (Tanti anni prima), cuyo origen podemos rastrear en la banda sonora original del filme de 1984 Enrico IV, de Marco Bellocchio, le emparentaría con una tradición bien querida de la música clásica, aunque la letra –obra de Roberto Bertozzi- no se corresponda con el texto habitual de la oración. Más y más célebre con el paso de los años, este Ave María tiene la virtud de quintaesenciar el bellísimo universo melódico del autor argentino, dando noticia de una vida armónica más rica incluso -y ya es decir- que la aportada por Franz Schubert en su popular pieza análoga.

Paralelamente, y como líneas arriba quedó dicho, Astor Piazzolla fue construyendo una obra de concierto; ese “corpus” clásico cuyo primer hito data de comienzos de los años 50 del pasado siglo: Buenos Aires (tres movimientos sinfónicos), partitura con la que obtuvo la victoria en el ya citado Premio “Fabien Sevitzky”, y que acabó cuajando en la Sinfonía “Buenos Aires” defendida, en tiempos recientes, por maestros como Gabriel Castagna o Giancarlo Guerrero. De toda esta faceta compositiva de Piazzolla, las obras más difundidas han sido las signadas por la presencia del bandoneón en su “organicum” instrumental; algo lógico, al tratarse del instrumento emblemático de la cultura tanguera. Y, así, cabe destacar la Suite “Punta del Este”, para bandoneón y orquesta de cuerdas, o el ambicioso Concierto de nácar, para nueve tanguistas y orquesta, y centrado, más que en la riqueza de las ideas musicales por sí mismas, en la recreación de la forma barroca del “concerto grosso” -los nueve solistas darían cuerpo a un nutridísimo “concertino”; la orquesta desempeñaría la labor de un aseado “ripieno”-. El influjo del Barroco también se halla presente en el espléndido Concierto para bandoneón, orquesta de cuerdas y percusión, si bien su exuberancia temática nos hace pensar más en la fantasía del Romanticismo -¡imposible olvidar su vibrante introducción y la exposición del primero de los temas, toda una moderna, actualísima formulación del misterio de lo porteño!-. Partitura de 1979 a la que el editor Aldo Pagani tituló, por su cuenta y riesgo, “Aconcagua”, es la cima indudable de la escritura concertante de Piazzolla, que dio de sí, en 1985, otro feliz capítulo gracias al suave y primoroso Doble concierto para guitarra, bandoneón y orquesta de cuerdas. No obstante, ¡qué bien se puede apreciar el pensamiento sinfónico del músico en sus partituras “clásicas” que prescinden del bandoneón! ¿Un contrasentido? En absoluto: la mejor prueba de las inmensas posibilidades expresivas del tango, más allá de su típico color local. Buenos ejemplos de ello son Tangazo, y los Tres movimientos tanguísticos porteños de 1968: a mi juicio la más lograda partitura de Piazzolla, escrita para una orquesta radiante y polícroma. Si en la Sinfonía “Buenos Aires” las influencias de la música culta sometían aún al verbo autóctono, en los Tres movimientos tanguísticos… la simbiosis obrada entre ambos mundos es, sencillamente -y tal como había soñado en París la profesora Nadia Boulanger-, perfecta. Ello resulta perceptible, en grado sumo, por medio de dos grabaciones excelentes, de obligado conocimiento y audición: la de Charles Dutoit, al frente de la Orquesta Sinfónica de Montreal, y la protagonizada por la ya tristemente extinta Orquestra de Cambra Teatre Lliure, de Barcelona, bajo la batuta de Josep Pons. La nostalgia del arrabal y la pura ensoñación misteriosa y romántica -paradigmático al respecto el segmento central, “Moderato”- se funden en los Tres movimientos tanguísticos porteños, abocándose el discurso a una espectacular fuga de cierre que, en este caso, más que un guiño específico al Barroco supondría la coronación universal del tango en la más sofisticada forma del contrapunto imitativo.

Otro argentino cosmopolita y genial, Jorge Luis Borges, dio, en 1923, el título de Fervor de Buenos Aires al primero de sus poemarios. Eso, precisamente, es lo que una y otra vez encontramos en la música del gran Astor Piazzolla: un fervor capaz de trascender las esencias concretas, hasta el punto de convertir a Buenos Aires, mucho más allá de sus límites, en un fecundo territorio de la modernidad. Todo un portento.

Ver: Fervor y más allá de Buenos Aires: 100 años de Piazzolla

Antonio Daganzo Periodista, ensayista y poeta, es autor de ‘Clásicos a contratiempo: la música clásica en la era pop-rock’ (Editorial Vitruvio).


Mi caja de lunas

Salgo al jardín. Es fría y oscura la madrugada. Abro mi caja de lunas.

Hay silencio alrededor, aquello que no supe descifrar en su momento continúa envuelto en niebla. El techo es un lienzo lleno de estrellas y nubes huidizas. Pienso que ahí están reflejados los deseos y los sueños de la humanidad. Recuerdo ahora nuestra nariz pegada al escaparate de la tienda de juguetes cuando dejábamos tatuado el vaho y nuestras huellas de infancia días antes de la llegada a la ciudad de los Reyes Magos.

Me dispongo a repasar lo que ha sido mi vida estos últimos doce meses y a hacer orden. Sí, he dicho a hacer orden, es decir, descartar lo inservible y rescatar los momentos que han dejado una marca indeleble en mi; en mi cabeza y especialmente en mi corazón, aunque se hayan quedado algo adormilados por falta de uso, de atención o cariño. Deseo dedicarme a ellos a partir de hoy sin restricciones. Porque restricciones hemos vivido bastantes en esta última etapa. Por eso hemos acumulado ilusiones, deseos y osadías a los que no hemos podido dar rienda suelta como nos hubiera gustado o hubiéramos necesitado. ¡Cuánto hemos echado en falta los abrazos y los besos…!

Hay un hospital cerca, me acerco a una de sus columnas frías. El frío me recuerda al adiós en las manos de mis seres queridos. Pienso en los que no pudieron vivirlo. Pienso en las manos que se ofrecieron con generosidad y valor a sustituir el calor de abrazos ajenos en muchos últimos momentos. Hay silencio alrededor, el Belén parece más gris que otros años, se ven las imágenes desvaídas sin que los colores palpitantes de las luces navideñas logren desvelar su belleza natural. Y hay puertas por donde quisimos escapar alguna vez y desistimos…

Sigo sin comprender. Tiemblo cuando siento que el universo es un gran globo suspendido de una fina y frágil línea de luz de la que desconozco su origen.

Durante estos meses últimos pasaron las lunas como poemas tristes en el firmamento de los libros de papel, la esperanza sin voz, agazapada en un pequeño rincón del epílogo, esperando su oportunidad en una nueva edición actualizada.

Hoy quiero pensar que coleccionaré nuevas lunas; lunas que aliviarán desgarros, desesperanzas y duelos. Lunas como trazos de luz o rodajas de fruta fresca, lunas llenas que regalarán al planeta historias nuevas, lunas como hilos de plata que seguirán brillando mientras volamos sobre los mares de entresueños…

@mjberistain
Fotografía Pedro Barinaga


Hilos de plata

Escribo
claro de luna y tiemblo
como una flor que cae
con la tristeza de un pájaro
herido
a la húmeda tumba de su otoño.

Poética
que alumbrará su preciosa muerte
con invisibles alas,
hilos de plata en mortaja de luna.

Me quedé dormida en el viento
yo volaba
con la música que volaba,
mis lágrimas antiguas
saltando en la niebla y perdiéndose
hacia la luz,
la tierra era húmeda sombra
bajo las flores del jazmín

Bethoven era un sorbo de brisa que cruzaba el Tiempo.

@mjberistain


Noche amante

Noche amante
noche, ausente de luz
más allá de las distancias
donde nacieron mis ojos
en ti, antes de la memoria
de mi misma

Dejé un hilo de luna
en la página de un poema del libro de mi vida
—evocación—
sigo temblando cuando lo leo
porque siento tu luz en la luz azul
de la tinta que emborronaba mis cuadernos

Noche amante
noche, ausente de luz
sedoso abismo al que me entrego
en silencio, con el amor que me clava a ti
con el amor rebosante de besos
de la copa de mi sangre triste.

Noche amante,
noche — ausente de luz— que no redime…


@mjberistain



La otra arquitectura

Me interesa la “arquitectura”, disfruto de ella en mi tierra, en mis ciudades, y en los lugares a donde me llevan mis viajes no siempre planificados. Me gusta perderme por los barrios antiguos de las ciudades, además de visitar los lugares emblemáticos y la belleza de sus construcciones más lujosas. Admiro las nuevas estructuras y sus imposibles ángulos enfocados al cielo; por supuesto. Pero me interesa cómo han vivido sus gentes a lo largo de la historia, y por otra parte me interesa la fotografía, soy una humilde estudiosa. Me atrevo hoy a incluir una pequeña selección de mis fotos a raíz de haber encontrado este interesante artículo publicado en El País por Anatxu Zabalbeascoa del que extracto algunos de sus párrafos.

“A mediados del siglo veinte el MoMA se preguntó si la historia de la arquitectura no sería, en realidad, la historia de la arquitectura solo para unos pocos… Hombres del departamento de diseño del museo Phillip Jhonson junto a Mies van der Rohe —de raíces claramente modernas— quisieron investigar la mejor arquitectura anónima o vernácula que hasta entonces no tenía nombre y que, por lo tanto, no estaba clasificada académicamente.

Unidos varios de los proyectistas modernos de la época —quieres ya admiraban la lúcida lógica de la arquitectura sin pretensiones—, se decidieron a profundizar en el tema. Entre ellos Walter Gropius (arquitecto, urbanista y diseñador alemán —Berlín 1883-1969— fundador de la Escuela de la Bauhaus), Jose Luis Sert (arquitecto barcelonés, urbanista y profesor universitario en Yale y Harvard —Barcelona 1902-1983— fue condecorado, entre otras distinciones, con la medalla de oro al mérito en las Bellas Artes en 1982) y otros arquitectos como Pío Ponti o Kenzo Tange. Fue el arquitecto diseñador y proyectista Rudofsky quien se encargó de la investigación. Viajó por todo el mundo y demostró con fotografías el conocimiento técnico y los valores culturales que las escuelas de arquitectura “oficiales” estaban despreciando o ignorando, ya que tenían poco reparo en borrar culturas ancestrales si ello no reportaba, por encima de cultura, beneficios económicos. Con su investigación cambió su manera de entender el mundo y planteó la posibilidad de una arquitectura no inmutable y lógica, cercana e inclusiva. Muy simple; en lugar de catedrales y palacios, casas para todos, en definitiva la aspiración que perseguía la modernidad.

El libro “Arquitectura sin arquitectos” de Bernard Rudofsky, se trata en realidad del catálogo de la exposición que organizó el MoMa y que se refiere al diario del viaje de búsqueda del autor como testigo directo del problema que evidenció la diferencia entre arquitectura y construcción. La historia que quiso contar Rudofsky fue la de cómo la arquitectura formal, estudiada en las universidades —la dibujada por arquitectos— nada tenía que ver con la de las casas del pueblo construida en los países menos desarrollados con materiales no industriales y sistemas constructivos que trabajaban a favor de la naturaleza, a la que consideraba pobre y obsoleta.

Pero pedir que se estudie cómo aprovechar la paja y las hojas de palma o defender que no se pierda el conocimiento para construir con adobe no es defender el regreso a las cavernas. Se trata, justamente de aprovecharlo todo, en absoluto de destruir nada —dice la autora del artículo Anetxu Zabalbeascoa—.

Muchos arquitectos actualmente lo han comprendido. Ahora se trata de escuchar; de escuchar a la naturaleza, al lugar, de limitar el presupuesto y actualizar la tradición; trabajar a favor del planeta y de la gente.

Con humildad, abre una esperanza ante el problema de la vivienda en el mundo. Si para construir el planeta lo estamos destrozando, puede que haya llegado el momento de, por lo menos, escuchar, otras posibilidades…”

Algunas fotografías tomadas en mis viajes

Bryggen, Bergen, Noruega
Marruecos
Marruecos
Estella, España
Zamora, España

Galería de Imágenes
(tomadas de internet)
Pueblos que se mencionan en el artículo sobre el viaje que realizó el arquitecto Rudofsky


A mil besos de profundidad

A veces cuando la noche es lenta
Los miserables y los mansos
Recogemos nuestros corazones y nos vamos
A mil besos de profundidad

Leonard Cohen

El mar atraviesa con espumas desbocadas
las páginas de mi cuaderno de apuntes breves.
Humildes, con una sencillez que desborda, dañan
los días en que esperaba sentada al naufragio

He vuelto a mirarme en el camino de los años,
largo como un catálogo de ruinas de un bosque
frondoso en lo profundo del deseo. El Tiempo
disfrazado de oleaje acunando galernas…

A mil besos de profundidad ya nada hiere
se abren luminosos los días del recuerdo,
un hilo desnudo de luna cae en lo hondo
y enciende de nuevo hogueras en el corazón.


@mjberistain


La noche interrumpida

Jose María Guelbenzu escribe una reseña que define como “un edificio firma y lleno de resonancias” sobre esta novela de Rebecca West. La guardo entre mis páginas por la invitación que para mi supone leerla y por si a ti, que que has llegado hasta aquí, te interesa.


Rebecca West es una escritora inglesa cuya obra literaria ocupa un lugar de primer orden en la mejor literatura del siglo XX. Periodista, ensayista y novelista, publicó varios libros excepcionales: Cordero negro, halcón gris (Ediciones B), un mítico libro de viajes sobre la desmembración de Yugoslavia; Un reguero de pólvora, acerca de los juicios de Núremberg, y El significado de la traición, de las implicaciones éticas y morales de la traición, soberbio ensayo centrado en los fascistas ingleses y los espías ingleses de la Guerra Fría (ambos en Reino de Redonda). Su gran aportación a la literatura universal es la trilogía La familia Aubrey (Seix Barral) y la novela El regreso del soldado (Seix Barral, de próxima aparición). Estas novelas pueden medirse sin duda con la obra de una Iris Murdoch e incluso de la misma Virginia Woolf o la de algunos de sus coetáneos como E. M. Forster. Feminista admirable, de ideas socialistas y alejada de toda intransigencia fanática, era una mujer de considerable cultura y, por supuesto, inteligencia. La noche interrumpida es el segundo volumen de la trilogía de Aubrey y narra el paso de la infancia (tratado en el primer volumen) a la edad adulta en los cuatro jóvenes protagonistas.

La familia Aubrey se compone de un padre, Piers, hombre culto, extravagante e inconstante, siempre apurado económicamente debido a su mala cabeza; Clare, la madre, una excelente pianista apreciada por ­Brahms y ya retirada; sus hijos Cordelia, Mary y Rose (la narradora) y el pequeño Richard Quin, y Kate, la criada constante. Además, un grupo de secundarios entre los que destacan el bondadoso señor Morpugo, la señorita Beevor, la prima de la madre, Constance, y su hija Rosamund y el tío Len con su esposa y su hija Nancy. Todos ellos personajes trazados con un vigor y una penetración admirables.

A primera vista puede parecer una “novela de formación”, modelo alumbrado por el Romanticismo, pero se separa inmediatamente de esa convención. En primer lugar, porque es una obra del “crecimiento”, pues no se limita presentar a sus personajes desde sus hechos y actitudes, sino que se introduce en el mismo ser de su crecimiento y lo construye de adentro hacia afuera. Es mucho más que un bildungsroman, debido a las profundas y entreveradas complicaciones psicológicas, propias de la modernidad, que van conformando la esencia de ese “crecimiento” juvenil, complicaciones que aportan una sólida base de pensamiento a la novela (y aquí debo aclarar que, si bien creo que toda novela de fuste ha de tener pensamiento, también considero condición indispensable “que no se le deba notar”). Eso es justamente lo que consigue la propia narratividad del texto, pues tampoco es una “novela de ideas”. El poderoso análisis y desarrollo del “crecimiento” queda imbricado en la propia narratividad de la novela. El paso del bloque familiar a la individualidad de los hijos es el sustento de ese crecimiento, que va mucho más allá de la anécdota: contiene en sí el pensamiento de la autora, lo integra en la propia expresión literaria, interactúa a la perfección con el mundo en torno y lo sitúa en una dimensión creativa del más alto nivel.

El libro tiene una construcción ordenada, no complicada, y lo que destaca de inmediato es la riqueza expresiva tan impresionante sostenida por un lenguaje no menos rico no sólo en palabras y expresiones, sino en las descripciones y las imágenes literarias tan acabadas y precisas. Como ejemplo citaré la descripción del vuelo de una bandada de estorninos en la página 381, de un virtuosismo prodigioso. En otros muchos casos las descripciones están cargadas de un sentido que va más allá de la propia belleza de la descripción. Y no me resistiré a ejemplificar el poder de sus expresiones con un ejemplo: al referirse a un admirado profesor de música, al que, aunque algo le disgustase en los ejercicios de sus alumnos, ni siquiera entonces dejaba de apreciar sus habilidades musicales, dice: “Su oído era de una honestidad tal que ni su mente era capaz de doblegarla”. Y este es el momento de ponderar el esfuerzo de los traductores por trasladar a nuestra lengua la formidable carga expresiva del texto; es una escritura que tiene como exigencia referente a Henry James, a quien la autora ha leído con extrema exigencia.

Es una novela dividida en ocho partes, cada una de las cuales responde a una situación, lo que la convierte en una novela contenida. Ahí reside su encanto y su precisión. La novela está, como se suele decir en el argot literario, soberbiamente “amueblada”. La elección de narrador, siempre un punto fuerte en Rebecca West, es un acierto. Todo el juego de sentimientos que se entretejen en la novela la sostienen sobre una potente escritura de palabras que levantan la historia a semejanza de un edificio complejo y firme, pero lleno de resonancias que van quedando en la sensibilidad del lector con una convincente emoción y veracidad. Rebecca West pone entre ella y la parte de su propia realidad familiar en la que se apoya una firme distancia que la aleja de cualquier riesgo de caer en el relato de sí misma, una distancia a la que no es ajena su dominio de la palabra, pues con ella, y no con otro medio, es con lo que consigue establecerla: todo un acto de fe en la fuerza y la verdad del lenguaje.

Imagen Rodin


Temor de lluvia


Esa luz del amanecer tan pura me da miedo,
llueve, pero hoy creo que es un error del universo
todo tan puro, tan absolutamente hermoso…

Siento el aliento del desapego
ulular entre sonrisas saciadas de pétalos
y espinas en el jardín saqueado.

Debe de esconder algo así como
la punta de lanza de un amor que mata
con afilado instinto de posesión.

Temo la lluvia que también se fosiliza
en las sienes de los relámpagos
y en su hiriente belleza quebradiza.


Venías

Venías, ave, corazón, de vuelo,
venías por los líquidos más altos
donde duermen la luz y las salivas
en la penumbra azul de tu garganta.

Ibas, que voy
de vuelo, apártalos, volando
a ras de los albores más tempranos.

Sentirte así venir como la sangre,
de golpe, ave, corazón, sentirme,
sentirte al fin llegar, entrar, entrarme,
ligera como la luz, alborearme.

Autor: Jose Ángel Valente
Imagen internet