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Becquer llora

Hay un desorden de sueños lacios
enredado en su pelo,

Las golondrinas están quietas
y afuera, está Becquer llorando.

La lluvia no cede,
mancha el paisaje de bruma
y un cielo sin luz se desborda
en las miradas sin rumbo

Licor de luna y cerezas impuras
transitan la sangre y cubren
de ácidos óleos los desnudos,
detrás de las sonrisas
se oculta el temblor de los labios
y cae la Paz del crepúsculo
como una dama enigmática,
turbadora, en un silencio confuso.

@mjberistain
imagen MJB sobre escultura de Chillida

12 Setiembre 2019.
Gracias a la vida por la Paz compartida.

 

 

Raíces

 

 

Así,
Tembloroso
como el aleteo de un abedul
ebrio de luz al arrullo de la brisa…

Así,
o del modo que observa el viejo roble la vida
desde su calma de fortaleza milenaria…
Así es nuestro duelo

Raíces…
urdiendo mimbres de pasión descarnada
por los bosques,
esculpiendo penumbras bajo tierra para habitar
la cópula de las caricias

Ahí,
donde se entierran leyendas de sangre
y ya no palpita el exilio
ni duele la lluvia.

 

@mjberistain
de mi libro Apuntes de Salitre


El fantasma de Proust

Me permito la licencia de guardar entre mis páginas este documento de MANUEL VINCENT publicado en el periódico El PAIS. Porque es un escritor al que admiro y me ha gustado especialmente el lenguaje proustiano que ha utilizado recreando una época y unos personajes actualmente situados en un espacio fantasmal.

Mi destino era el Gran Hotel de Cabourg, en Normandía. Después de atravesar colinas de jugosos pastos pobladas de vacas húmedas hice un alto en Rouen para rendir homenaje a Gustave Flaubert y en su honor en una terraza frente a la catedral, que un día pintó Monet, me tomé un calvados fabricado con manzanas benedictinas. Cualquiera de aquellas señoras provincianas que cruzaban la plaza podía haber sido Madame Bovary. Luego en la larga bajamar de la playa de Deauville galopaban jinetes contra la puesta de sol y bajo las sombrillas de color naranja había bañistas rodeadas de niños rubios y perros hermosos. Al pasar por Honfleur recordé al músico Erik Satie. Finalmente, a orillas de un mar brumoso estaba el establecimiento de baños, el Gran Hotel de Cabourg, el Balbec de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Era un niño asmático con sombrerito blanco de paja dura cuando Marcel Proust llegó por primera vez aquí en 1881 llevado de la mano de su abuela y la criada Françoise. Durante su adolescencia y madurez, hasta 1914, nunca dejó de pasar temporadas de verano en este hotel de Cabourg. Tendido en una cama con dosel, muerto de melancolía, desde su habitación oía al atardecer una orquestina de pistones que tocaba valses en el templete de la música. Por el paseo de la playa discurrían las muchachas en flor, Albertina, Andrée, Gisèle, Rosemunde, de trenzas y mejillas doradas.

A la hora de la cena bajaba al comedor convertido en un maravilloso acuario, y allí aristócratas y burgueses anillados, damas con pamelas de frutas y niñas con muchos lazos, se mecían como extraños peces y crustáceos con una fosforescencia submarina. Amparados en la oscuridad de la noche, los pescadores y los obreros del pueblo pegaban la nariz a las vidrieras para contemplar la vida lujosa de esta fauna acuática y tal vez algunos ya dudaban si la pared de cristal protegería por siempre aquel festín. No fue la ira social de la pobre gente la que invadiría aquella pecera sino la oleada de sangre de la Gran Guerra del 14 y después la lluvia de acero del desembarco de Normandía de las tropas aliadas de la Segunda Guerra Mundial. Cuando llegué el asalto corría a cargo de un centenar de ejecutivos de una multinacional de informática que había invadido la pecera, cada uno detrás de un ordenador en mesas formando una herradura, llenas de carpetas, atentos a una gran pantalla que manipulaba un monitor.

Pero el ectoplasma de Proust parecía vagar todavía por las estancias y aposentos, por las salas de juego, los espacios de baile, el antiguo teatro del casino, las casetas de baño azules y blancas de la playa. En el mostrador de recepción había un busto del escritor. Un ejecutivo rezagado, mientras la recepcionista le abría la ficha, se entretenía acariciando con la yema de los dedos el bigote y la orquídea de bronce oscuro de ese busto cuyo nombre ignoraba.

—Es Marcel Proust. Lo pone ahí, en el pedestal— le sacó de dudas la recepcionista.
—El fundador de este establecimiento. ¿Me equivoco?—Perdón. Marcel Proust fue un escritor muy famoso.
—Discúlpeme, señorita. Yo soy técnico en ordenadores. Uno se pasa el día vendiendo máquinas. Veo que he metido la pata.
—No, por Dios.
—¿Escribió algo importante este señor?
—Confieso que tampoco le he leído nada— respondió la recepcionista— Lo tenemos aquí porque fue un buen cliente del hotel. Creo que escribió la historia de una magdalena.
—¿Ah, sí? Precisamente, señorita, yo acabo de informatizar una vieja fábrica de galletas, magdalenas y bizcochos para ponerla al día.
—¡Qué casualidad! Tome la llave, señor. Habitación 216. Tiene una magnífica vista al mar. Bienvenido.

El hotel conservaba el esplendor decadente adherido a los espejos biselados, a los frescos con ninfas danzantes, a las cortinas de terciopelo verde manzana. En la pecera del comedor los antiguos crustáceos, que eran aristócratas y burgueses de entreguerras, habían sido suplantados por ejecutivos, programadores y vendedores informáticos, quienes después de cada sesión de trabajo invadían los salones y no paraban de soltar carcajadas sobre las floridas alfombras; repantingados en los canapés con un licor en la mano seguían con ojos golosos a las chicas de carnes mesocráticas que cruzaban en bikini por el salón, aunque ninguna era ya Albertina, ni Andrée, ni Gisèle ni Rosemunde, aquellas muchachas en flor desaparecidas junto con el fantasma de Proust.

Autor: Manuel Vicent

A veces pienso

Hay algo oscuro en el aire
que estremece…

A veces pienso
que he perdido la ternura
en alguna parte
mientras trataba de transformarme
en otro ser,
en uno tras otro y otro
viviendo todas las estaciones
desde mi minúscula mirada
de niña
hasta la llama que he dejado encendida
ardiendo
entre las constelaciones
por si volvemos a encontrarnos.

 

@mjberistain

 

Sororidad

 

Hoy he aprendido una palabra nueva.

He conocido a Ainhoa, una mujer de larga melena rojiza rizada y mirada poderosa del color de un buen café tostado.

En algún momento de su vida ejerció de Periodista en radio y televisión, pero el futuro le esperaba para algo diferente.

SORORIDAD de acuerdo con la explicación que ella me ha dado y que coincide con la definición de la Real Academia de la Lengua es definida como:

“amistad o afecto entre mujeres” o
“relación de solidaridad entre las mujeres,
especialmente en su lucha por su empoderamiento”.

Y se ha dedicado a ello en cuerpo y alma. Desde una institución se ha comprometido a dar voz a la MUJER, de velar por sus intereses y derechos. De ofrecerles alternativas para su crecimiento personal, social y profesional.

Celebro haberla encontrado ahí, en el puerto, sentada en el suelo, animando a los remeros, —en especial a las mujeres remeras— que hoy se clasificaban para las regatas del próximo domingo en La Concha.

Aúpa chicas.

El inhibidor

 

Llevaba más de tres horas sentada delante del ordenador, la pantalla en blanco. A mi lado, como siempre, las páginas de un libro abierto, el lápiz amarillo y negro Staedtler Noris HB2,  y el móvil en silencio.

Por cierto, había tal silencio alrededor a esas horas de la mañana que me molestaba hasta el tic-tac de un reloj, no sabía muy bien si era el despertador de los vecinos de abajo o el mío que parpadeaba en rojo en mi mesilla. Por si acaso, mi grundig lo metí en el cesto de la ropa para planchar. Era domingo, pensé que faltarían todavía un par de horas para que sonara cualquier alarma. Todavía podía notar el olor del whisky y la ginebra, el de los bocaditos de foie, de salmón, de jamón, el de la tarta de queso, en fin, de todos los restos de la fiesta inesperada que quedaron sin recoger anoche en la cocina. Y el de los cigarrillos mal apagados en el cenicero del salón, aunque había tomado la precaución de dejar las puertas de la salida a la terraza abiertas. Además, olía a colonia desconocida. Si hubiera estado sobre una máquina de escribir, hubiera arrancado la hoja blanca de mala leche y la hubiera roto en mil pedazos y la hubiera tirado por la ventana, me hubiera levantado de la silla y hubiera escapado de aquella habitación viciada que me impedía concentrarme.

Era inquietante, pero no era desagradable. Se había colado en mis dominios como un fantasma y no podía evitar, cada vez que pasaba por el pasillo, intentar averiguar de quién era aquel aroma condensado en el baño de invitados. Me entretuve en pasar lista imaginaria para encontrar al misterioso personaje entre los que habían aparecido por sorpresa a celebrar mi cumpleaños, pero estaba segura de que no era un olor “familiar”, conocía bien los olores de mis amigos, a menos que para esa noche alguno de ellos se hubiera preparado expresamente con una nueva y exótica colonia de oferta.

Vacié los restos en una gran bolsa de plástico azul y cerré con dos nudos las tiras de plástico rojas para evitar que se escapara el olor, especialmente el del tabaco. Limpié el baño de las visitas con lejía y encendí la llamita del inhibidor de olores —que no utilizo habitualmente pero que viene bien para ocasiones como ésta— intentando recuperar mi propio ambiente. Esperé unos minutos para verificar que había hecho su efecto pero nada. No había manera, ni siquiera de camuflarlo.

¿Cuánto tiempo había pasado?

Yo pretendía escribir. Tenía una novela a medio terminar y me había propuesto escribir todos los días. Trabajaba mucho, revisaba, recomponía, actualizaba, tachaba, cambiaba palabras repetidas, y había momentos en los que no hacía nada, porque me daba pavor enfrentarme al final de la historia y no sabía cómo hacerlo. Así había conseguido que pasaran dos años desde que empezara el proyecto y me había hecho con una carpeta en el ordenador, con varias subcarpetas y varias versiones de cada uno de los capítulos, que había adquirido un tamaño difícil de articular.

Y ahí estaba yo, encorvada frente al ordenador, con ojeras profundas y oscuras, mordiéndome los labios, pálida, mirando al contador de palabras a ver si esta mañana conseguía llegar hasta mil…

Volví al baño de invitados para apagar la llama del inhibidor de olores y me marché de casa a comprar los periódicos del fin de semana.

 

@mjberistain

Fué ayer

Dejar que los veranos nos invadan
frecuencias y vacíos luminosos
ceremoniosos campos de amapolas
caballos por los siglos de los montes
y el desorden natural de las nubes
bajo un misterioso cielo cegador.

Al fondo del paisaje permanece
descolorido el rojo rústico de la sangre
los nombres de la guerra y de la muerte
sin acontecimientos,
como puede sonar la verdad en un cuadro
de flores secas y muñecos ennegrecidos.

Niños de negro por las playas y escorrentías,
personajes tras la oscuridad de matorrales
y la zozobra de jóvenes madres con hijos
encarcelados tras las tapias, sin fin humano.
Paisaje de sombras, luz de la historia,
vago horizonte de roca negra, y soledad.

Las luces de la tarde amarillean
el oleaje de la vida, ¿cuántos, quiénes
dejaron allí sus platos de loza,
sus cubiertos y servilletas sobre las mesas
de metal pensando que volverían?
Pasa la luz y deja todos los restos tristes.

 

@mjberistain

 

 

Me basta así

Poema de Angel González

De Palabra sobre palabra (1965)

 

Si yo fuese Dios y tuviese el secreto,
haría un ser exacto de ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir: con la boca),
y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea tu mismo olor,
y tu manera de sonreír, y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro:
pongo tanta atención cuando te beso—;
entonces, si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero aclarar
que si yo fuese Dios, haría lo posible
por ser yo mismo para quererte como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
yo, mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas abandonado
cuando —luego— callas…

(Escucho tu silencio,
Oigo
constelaciones existentes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)

 

Fotografía Pepe Ponce