Agua

Toma este vaso de agua clara que da miedo al contemplarla
tan transparente, tan temblorosa, tan sencilla,

Toca su cuerpo de miedo y besalo, entra en él y escucha
la risa centelleante en los lunares tan próximos a su sexo.

Abre la puerta de la vida, audacia será la llave, no cobardía
ni estéril recuerdo, ni siquiera olvido adulador.

Camina por sus calles cuando arrecie la lluvia y cuelguen
de las paredes su rendición las banderas blancas.

Que ya secará el sol el miedo a este pequeño amor.


(Variaciones sobre poema de Claudio Rodriguez)

Destino

He sabido que algunos viejos del barrio visitan por las tardes los cementerios.

Con cuerpos vacilantes, salen sigilosos de sus casas antes de que caiga el sol y recorren solemnes el estrecho camino de piedras sueltas bordeado de cipreses que se inclinan a su paso. Al fondo hay una pequeña explanada con cuatro bancos de madera y hierro. Allí se sientan, cabizbajos, y hablan con Dios, como rezando.

Huyen de las calles solitarias y las iglesias están cerradas. Para ellos la calle dejó de ser una quimera hace ya demasiado tiempo. Sienten que la fé les está fallando mientras notan el temblor de la soledad de los tilos y los naranjos a su lado, y ya no oyen cantar el agua de las fuentes, ni ven moverse el viento en las veletas de los tejados ni funcionar las luces de los semáforos y solo les parece escuchar a lo lejos el eco del tañido de las doce campanadas del mediodía en las iglesias por los muertos.

—No hay reposo para los sepultureros entre losas de mármol, maderas de pino y lúgubres luces palpitando amarillas sorteando las cruces cuando cae la tarde— suspira el más viejo.

Sin embargo, todo parece dormido —dice otro—.

Ya no hay flores en los jarrones de los hospitales, ni música que se quedó callada hace más de quince días en los quirófanos. Solo hay un fervor muy parecido al miedo en las miradas de los enfermos, y un llanto febril esperanzado y la vigilia generosa de seres que, como ejércitos de ángeles celestes, tratan de evitar que sus corazones se queden dormidos.

Rezan susurrando los viejos y piden perdón a sus amigos muertos por el error de estar vivos todavía ellos.
Un soplo de vida los acompaña cada tarde por el camino de vuelta a casa, solos hacia su destino.

@mberistain


CV-19

Un clamoroso silencio de pájaros caídos
albergará la piedad de la madrugada
mientras la humanidad se desangra
por las vertientes desconocidas del vacío.

Demonios y vampiros esperan afuera como lobos hambrientos.

La luna es un alma herida
que asesta sombras como cuchilladas
y hay gatos negros solitarios vagando
por la crueldad congelada de las calles.

La bendición Urbi et Orbi de un dios que salva
se posa sobre los restos cuajados de corazones
dolientes a la espera de resucitar
de la pena de pasillos de las más oscuras noches.

Quizás fuimos dignos de semejante esclavitud,


@mjberistain
Fotografía: Ignacio Pereira – Puente de Brooklyn



Librerías de viejo

Una de las cosas que más me gusta hacer cuando salgo de viaje es adentrarme en su parte antigua (histórica). En esta ocasión en la que viajé a Italia y muy en especial a la ciudad de Nápoles no pudo ser de otra manera, ya que es una de las más extensas de Europa, y realmente interesante.

El casco histórico de Nápoles, el más extenso de Europa, alberga testimonios de distintos estilos y períodos que abarcan desde la fundación, en el siglo VIII a.C., de la colonia griega Parténope, hasta la sucesiva dominación romana, desde el período Suevo-Normando hasta el reinado de la Casa de Anjou, desde el imperio aragonés hasta los reyes de Francia, para concluir con el período de Garibaldi y el reino de Italia.

Visitar el centro histórico de Nápoles significa atravesar veinte siglos de historia. Las calles, las plazas, las iglesias, los monumentos, los edificios públicos y los castillos custodian un conjunto de tesoros artísticos e históricos de un valor excepcional, hasta el punto de haberse ganado, una gran parte de él (alrededor de 1000 hectáreas) su inclusión, en 1995, en la World Heritage List de la UNESCO.  

Fuente: Agenzia Nationale Turismo

¿Por qué se me ocurrió ir a Nápoles? Es cierto que he visitado ya algunas otras ciudades importantes del país pero ésta, en este momento especial de mi vida, me atraía especialmente por su colorido, su bullicio, la simpatía y frivolidad de su gente, la PIzza, su música, el mar, su costa amalfitana, el Vesubio, su café, la Ópera, la Galería Umberto, el Museo Arqueológico, sus castillos, la maravillosa escultura en mármol del “Cristo Velato” de Giuseppe Sanmartino en la Iglesia de Sansevero. Además, la ciudad tiene un tamaño que la hace “paseable” a pesar de su caótico tráfico. Todo eso y probablemente mil cosas más que no tuve tiempo de disfrutar durante los diez días que pasé dentro de su piel. Le prometí al vendedor de flores de la esquina del Café Gambrinus que volvería…

Pero iba a referirme aquí a sus librerías de viejo. No tengo mucho que decir. Es cuestión de ir allí y adentrarse en ellas como un “sagu”, o pequeño ratón. Nadie reparará en tí a no ser que te lo propongas. Su olor, sus colores, su “orden”. No puedo explicar la sensación de pequeñez que siento ante tanto conocimiento contenido entre sus paredes, pensando en los cientos de almas que han leído y estudiado sus páginas. Solo voy a incluir algunas imágenes que dicen mucho de las horas que dediqué a vagabundear entre ellas.

Por cierto que conseguí un ejemplar, actual (2013), del libro titulado “Adriano l’antichità immaginata” de Marguerite Yourcenar. No fue fácil, es una joya. En él se recoge documentación, textos y fotografías, que la autora fue acumulando durante el tiempo que dedicó a la creación de su obra Memorias de Adriano, que es uno de mis libros de culto.

Solo quería mostrar algunas imágenes de las librerías, pero hablar de Italia es siempre fascinante…


Palabras previas

Sobre el sigilo verde de los campos
sestea la brisa y casi suscita
presentida, la caricia inasible
del agua súbita.

Se aquieta la alegría en la distancia,
en un instante sueña y se entristece
y una sed sucesiva reúne
lluvia y llanto.

Como un veneno lento nos invade
impune la fragancia de la vida,
hay una bruma que tiende su manto
sobre la desnudez de los castaños
y una muerte muy íntima que viste
de encajes tímidos los almendros.

Las palabras contienen su naufragio
en la piel primitiva de los labios.
Somos un gozo invisible
pero se nos caen los besos huérfanos
sobre las luces impuras, huidizas
de otra tarde.

Hay un lento pudor que aguarda
entre las brasas la llegada dócil
de otras madrugadas y se recuesta
la costumbre en nuestros ojos. Un viento
borda breves soledades y sangra
la memoria sobre los tejados.

Hay una guerra afuera
cuerpo a cuerpo frente al tiempo
y cuando todo termine,
—dentro de un momento—
y apenas quede mar en nuestras venas
ni sean ya infinitas las mareas,
alguien nos examinará de amor
y entonces, solo entonces comprenderemos
que no había ningún después para nosotros.

@mjberistain
De mi libro “Apuntes de Salitre” – Edic. Vitruvio 2018


No cuento los días

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
—mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida—, estoy seguro
que no puede hacer daño.

Salgo al jardín después de nosecuántosdías de confinamiento.

Algo así como una embriaguez, una felicidad enorme, apacible. Me instalo a la sombra del álamo blanco —más viejo el pobre, con muchas menos ramas— y pronto dejo a un lado los papeles para dedicarme por completo a mi hora de aire libre, a la maravillosa lentitud de un día clásico de agosto, sin una sola nube. Distingo cada olor y cómo varía y se suma a todos los otros: el de la tierra caliente, el de la acacia a mi espalda, el de los setos de boj que ahora ya sé a qué huelen, a siglo XVI. Aroma gazmoño de las petunias en los arriates soleados. Y cuando la brisa gira y viene del lado del pueblo, olor a humo de leña de pino, que es toda la guerra civil para mí. Además es domingo y hay campanas.

Paso el tiempo mirando los trenes de hormigas, las hierbas de tallo nudoso que crecen en los rincones foscos, y la continua vibración del sol y de sombra bajo el arbolado y los hilos de araña que a veces centellean en el aire. Desde debajo de unas celindas me estudia un gato negro, incongruente. Parece un resto de noche que han olvidado ahí. Las rosas fluctúan a pleno sol, junto a la casa, grandes y un poco quemadas por los bordes.

Más que todo, me llena de felicidad mi capacidad para apreciarlo. Me acuerdo de aquella mañana en casa de Jaime, que era perfecta también, con su sol y su calma y sus rumores, cuando yo sentía pasar muy cerca la lentitud del mundo, escapándoseme. Ponerme al paso ha sido el gran regalo de la enfermedad. Y no sólo porque me ha descargado del trabajo. Aunque eso haya sido muy importante, no era solo eso: al cabo del día, en mi vida habitual, casi siempre puedo salvar si quiero dos o tres horas de calma. Lo que ocurre es que no quería, porque en circunstancias normales no me siento capaz de lidiar conmigo mismo. El no poder parar quieto, la incapacidad para demorarme a saborear y el histerismo erótico son manifestaciones de esa incomodidad fundamental.

Así ahora no me resulta difícil escribir, ni deprimente. Mi nuevo poema tiene ya ochenta versos y está para terminarse. En cinco días no he conocido una sequedad —esa horrible sensación de estar removiendo polvo en un ámbito vacío— las ideas concretas, las variaciones y las palabras vienen solas…

Extracto de Retrato del artista en 1956 (Jaime Gil de Biedma)