Caligrafía

 

Del Blog Trianarts

 

Ha apoyado la frente en el cristal
frío, empañado, con trasluz de invierno.
Escribe el nombre de ella y, a través
de las líneas que traza con el dedo,
la ha visto en un paraje solitario
con el mar y las rocas en la noche.
Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas
alzan el vuelo como un resplandor
al paso de un falucho. Se ha engañado:
detrás de la ventana hay una calle
que el alba hace más triste, sin un alma,
con coches aparcados.
Tras las líneas comienza a amanecer:
el sol naciente borrará ese nombre
en la escarcha rosada del cristal.

Joan Margarit

 

Joan Margarit i Consarnau nació en Sanahuja, Lérida, el 11 de mayo de 1938.
Poeta, arquitecto y catedrático jubilado de la Universidad Politécnica de Barcelona.
Fue Premio Nacional de Poesía por “Casa de Misericordia” y Premio Nacional de Literatura de la Generalidad de Cataluña en 2008.


 

El Azul

UNA BRILLANTE CLASIFICACIÓN DEL SIGLO XIX

 

El color azul, el más sugerente de todos, formó parte de una nomenclatura de colores del siglo XIX, un hermoso y poético juego verbal para describir un color.

I found I could say things with color and shapes that I couldn’t say any other way
– things I had no words for.
Georgia O’Keeffe

No existe un solo azul, sino muchos. Y existen pocas palabras (si no es que ninguna) capaces de describir a cabalidad los tonos que, como las emociones, entre más hermosos y sutiles, resultan más difíciles de verbalizar. Los azules, particularmente, han inspirado poemas, pinturas y vidas enteras; color de la emoción, de la lejanía, del misterio, del agua, el azul (y otros colores) recibieron uno de sus homenajes más inesperados en un catálogo hecho por el geólogo alemán Abraham Gottlob Werner (1749-1817), una clasificación que nació en la mente de científico, pero que posee una poética propia y encantadora.

Werner trabajó durante su vida como inspector de minas y profesor de mineralogía —campo en el que desarrolló diversas teorías en torno al origen de los minerales de la Tierra. En sus últimos años, siendo ya un geólogo prominente, Werner se embarcó en una tarea completamente distinta: el desarrollo de una nomenclatura de los colores. La suya, a diferencia de la de su contemporáneo Goethe (basada en la emotividad de los colores), se apoyó en los tonos de los minerales, una clasificación que dio un nuevo vocabulario al arte de describir algo casi indescriptible en una época en la que la fotografía no existía y en la que las palabras eran la manera más fácil de explicar o delimitar algo.

La clasificación de Werner brilla por su rareza y especificidad, por su precisión y encanto, ostentando nombres de colores raros, juegos de palabras y términos que refieren a alimentos, plantas y otros objetos como “azul-flor-de-linaza”, “amarillo-azafrán” y “blanco-leche-desnatada”. El resultado fue  Werner’s Nomenclature of Colours: Adapted to Zoology, Botany, Chemistry, Mineralogy, Anatomy, and the Arts (en su versión completa en el Internet Archive), publicado en 1821, una excentricidad tanto conceptual como verbal, un volumen admirado tanto por el poeta Novalis como por Darwin.

Como su nombre lo indica, el libro estaba planeado como una herramienta para las ciencias y las artes, un volumen que no es comparable con ningún otro manual de colores, pero que es heredero y comparable en belleza al catálogo de A. Boogert, hecho en el siglo XVII exclusivamente enfocado en el arte de la acuarela.

Nombrar algo es hacerlo existir y describir un color con palabras es un acto no sólo de creación, sino una demostración del poder del lenguaje sobre la imaginación. Los colores, que hasta hoy se guardan como tesoros, son a veces son sólo ideas, y los nombres de Werner son precisamente eso: pequeños embriones de poemas.

El azul —que de acuerdo a la teoría del color de Goethe tiene implícito un principio de oscuridad, una negación estimulante, una contradicción entre la excitación y el reposo— tiene poderosos efectos sobre nuestra vida emocional, es uno de los colores protagonistas de la historia del arte (como bien puede verse en la obra del francés Yves Klein y tantos más) y, en el catálogo del alemán, tiene un lugar especial; sus diversos tonos son descritos más como conjuros o pociones que como colores propiamente, y las palabras con las que los delimita nos dejan saborear sus matices en un acto de imaginación, que pareciera un acto de magia.

Estos son los azules que nombró hace casi 200 años Abraham Gottlob Werner:

  1. Azul escocés es el azul Berlín mezclado con una considerable porción de negro terciopelo, un poco de gris y un ligero dejo de rojo carmín.
  2. Azul Prusia es el azul Berlín con una porción considerable de negro terciopelo y una pequeña cantidad de azul índigo.
  3. Azul índigo está compuesto por azul Berlín, un poco de negro y una pequeña porción de verde manzana
  4. Azul China es azul celeste con un poco de azul Prusia.
  5. Azul celeste es azul Berlín mezclado con un poco de rojo carmín: es un color que quema.
  6. Azul ultramarino es una mezcla de dos partes iguales de azul Berlín y azul celeste.
  7. Azul flor de linaza es azul Berlín con un ligero toque de azul ultramarino.
  8. Azul Berlín es el puro, o más característico color de Werner.
  9. Azul verditer [hace referencia a un ave azulada, “papamoscas verdín” o Eumyas thalassinus] es azul Berlín con una pequeña porción de verde verdigris.
  10. Azul verdoso, el azul del cielo de Werner, compuesto por azul Berlín, blanco y un poco de verde esmeralda.
  11. Azul grisáceo el pequeño azul de Werner, compuesto de azul Berlín, con blanco, una pequeña cantidad de gris y una casi imperceptible porción de rojo.

Cultura Inquieta 6 abril 2018

 

Una corta Primavera

 

En el campo la primavera era muy corta, así que, antes de entrar en aquel voluminoso edificio, me entretuve unos instantes en oler y tocar algunas flores. Observé detenidamente sus colores aunque en mi retina aparecían confusos o difusos, como si una lluvia de miedo me invadiera con suavidad imperceptible ante las pocas personas con las que me crucé subiendo los pocos peldaños que me separaban del desastre.

—Pase a esta sala, por favor, señorita. Enseguida vendrá una persona a atenderle.

Abrió una puerta casi cuadrada, blanca. Busqué como una posesa la fuente de luz, una ventana o quizás, más que por la luz, fue por tener controlada la huida; la posibilidad de poder escapar de allí en un momento determinado. Me flaqueaba el espíritu. Y me temblaba el cuerpo. Posiblemente no estaba preparada para vivir aquel momento. Había asientos de plástico unidos en hileras a lo ancho de las inmensas paredes excepto en la pared de la ventana. Una gran columna cuadrada cerca de una esquina y una exigua mesita vacía a su lado eran el resto del mobiliario, todo blanco. No había relieve. Yo me tambaleaba. Busqué asiento en aquellas hileras de plástico vacías y tuve problemas para elegir uno de ellos. La luz de frente, la luz a las menos diez, la luz a las y veinte… ¡La luz, por dios!, ¿qué me importaba de dónde venía aquel día la luz si estaba ciega de horror?

Si hubiera estado allí mi madre Ulma todo hubiera sido distinto. ¡Cómo la echaba en falta, incluso después de tantos años!.

—Buenos días, —se escuchó el eco de una voz demasiado fuerte.

Le seguí por los interminables pasillos de puertas numeradas a uno y otro lado. Aquella pulcritud inhumana me exasperaba. Mamá yacía tranquila. No supe interpretar muy bien su posible diagnóstico hasta que detuve mi mirada en sus ojos cansados, de color amarillo. Me tomó de la mano y la acercó a su pecho. Literalmente caí sobre ella con toda la gratitud que, solo en aquel momento, fui consciente de que se la debía.

Afuera se había quedado Nathan.

A pesar de que era una persona acostumbrada a destacar por su personalidad, su gran humanidad y sentido del humor, era un hombre comedido pero comprometido, y especialmente respetuoso. Nos habíamos abrazado en un fatídico instante contenido y nuestras miradas se habían entendido. —Como en otras ocasiones. Pero de eso  hacía ya muchos años.

La ventana de la habitación daba a un pulcro jardín dispuesto por parterres en los que convivían en armonía flores de variados colores, en plena floración entonces; brotes de jacintos, tulipanes, macizos de rododendros y bellísimos árboles, sauces brillantes de verdor y algunos robles definiendo un camino —que en la realidad era apenas frecuentado pero que podía disfrutarse desde las ventanas cerradas del hospital—. La música suave apaciguaba las emociones y favorecía el dormitar levísimo de los enfermos que esperaban su feliz final. Todo estaba escrito y firmado por cada uno de los pacientes y sus familiares. Pensé, en algún momento, que también esas horas o días podían ser un tiempo feliz. Tiempo de reencuentros y despedidas, tiempo de reconocimiento y tiempo de verdades que ya no serían a medias sino verdaderas. Pensé que era una suerte poder llegar allí consciente y rodeado de las personas a las que alguna vez amaste y te amaron, y poder despedirte de ellas antes de emprender el viaje a una nueva vida. Eso, independientemente de que tuvieras convicciones religiosas, fueras creyente o no. Desde aquella ventana pasaron lentos atardeceres y madrugadas en las que la belleza de la escarcha que cubría la parte sombría del jardín nos hacía imaginar la fragancia que más tarde aspirábamos en los momentos en los que, cuando mamá era atendida para su aseo personal, salíamos a descansar y tomarnos un café caliente juntos, mientras cuchicheábamos para no interrumpir la paz de aquella naturaleza.

—¿Vendrás conmigo a casa?

Nunca, hasta ese momento, había escuchado de Nathan una propuesta semejante. La verdad es que tampoco nunca me la había planteado a mí misma. ¿Qué sería cuando mamá ya no estuviera entre nosotros? Yo era un alma libre. Así me habían educado y así quería seguir viviendo. ¿Pero, qué hacía ahora en Noruega, mi país de origen, sin un proyecto, sin mis amigos que se habían desparramado por Europa después de la experiencia del viaje iniciático que nos marcó a todos con la muerte de Leo. La idea de volver a Estados Unidos no entraba en mis planes. Tengo que reconocer que me invadía una gran soledad y tristeza, sin saber muy bien a qué se debía cada una de ellas y sin poder formular una sencilla queja a nadie. Solía encontrar a Nathan con la cabeza baja ocultando su pena sobre el lado del corazón de mamá cuando ella dormitaba. Yo apenas le tocaba el hombro y volvía a dejarles solos. No calculé las horas que habíamos compartido allí cuando mamá nos dejó vacíos.

Deambulé por las calles de Bergen sola. Estaba destemplada. La ciudad empezaba a despertar entonces, el ruido de los camiones de reparto, los olores de fuel y de pescado de los barcos que descargaban el pescado en el puerto y que el viento no disipaba me hicieron acercarme a una nueva realidad, la de una ciudad pequeña y acogedora en comparación con lo que había vivido hasta entonces. Sus gentes, eran una  multitud de razas compartiendo espacios y cultura en equilibrada convivencia. Por supuesto que los oficios menos valorados por los nórdicos eran ocupados por inmigrantes negros, latinos o chinos. Sin embargo, el ambiente de la ciudad era agradable, las conversaciones parecían amigables, y el movimiento de trabajadores se podía decir que era disciplinado y eficiente. Los camiones de limpieza, apenas aparentes, hacían brillar el asfalto de las calles del centro y la ciudad amanecía resplandeciente como cualquier otro día. Pero para mí no era cualquier día. Todo había sido repentino y tan rápido que no había tenido tiempo  ni ganas de reflexionar, no había sido capaz de encajar estas nuevas piezas en el difícil puzzle de mi vida. Grises y blancos; blancos y grises. Evitaba, a toda costa, incluir los negros. No me hubieran dejado mis madres. Mi mente automáticamente los viraba a grises: gris oscuro, gris medio, gris neutro, gris claro… Ella, junto con Ulma, habían procurado llenar mi vida de color desde el momento en que me tuvieron en sus manos y yo no iba a decepcionarles. Pensé en la voz grave y triste, entrecortada de Nathan. Pensé en sus palabras, pensé también en su soledad y en la mía. ¿Era un disparate?

Decidí no coger el funicular para subir al monte Floyen sobre la ciudad, ya era casi mediodía, caminé despacio aunque el día era fresco entre las arboledas. La inmensidad del fiordo y la ciudad allí abajo, rodeada de sus siete montañas y con el océano tan próximo me envolvieron con una naturalidad generosa…

@mjberistain


 

 

Tempestades

 

 

Me enfrento al brillo voraz de tus ojos
mientras sucede
algo más que el deseo
y las contradicciones.

Se van rompiendo las horas
en pequeños despertares
que perpetúan, en el angosto camino del miedo
a abandonar, la dulce desdicha de las sábanas.

Cada uno tiene sus propias tempestades…

 

@mjberistain


 

Nunca más, Amor

 

Fui la sed
y tu el agua inalcanzable.
Bebí la lluvia ardiente
de mis propias lágrimas.

Fui ofrenda.

Hubiera querido todo
pero también nada de ti.
Fui vertiente y fui vacío
aullando como una loba
en el bosque de las ciudades
deshabitadas

Nunca más, Amor

No soy un ser. Soy una sombra
que persigue el viento, el cuerpo
curvado de una nube errante
y la secreta humedad de su tormenta.

Nunca más, Amor


 

 

 

Si me das a elegir…

 

A esta hora inocente
la luz se sienta
en el umbral de las miradas

A esta hora inocente
los rostros no tienen nombre
mas la soledad no está sola

Hemos nacido y muerto
tantas veces,
tantas veces hemos vuelto
brindando con los vasos vacíos
en la ausencia
que es nunca y es ahora.

Nada tiene sentido,
ni los abrazos crispados
de placer ni el dolor insumiso de la sangre,

A esta hora inocente
si me das a elegir, me quedo contigo.

@mjberistain

 

Poesía; ese verbo hecho tango

 

En algún sitio, que he olvidado, leí esta frase que utilizo como título.

 

Labios ardientes, ya no me acuerdo de ti. Me he abrochado el abrigo, ojalá hubieras llegado antes. He robado una botella de bourbón en la vinatería de la esquina y al salir el tendero me ha lanzado una dura mirada que me ha paralizado. Luego me ha sonreído y me ha guiñado un ojo. He apretado la botella de licor contra mi pecho y he salido corriendo.

La música, ese tango que sonaba en su almacén me ha transportado a otro tiempo,

Trabajaba en los aseos de uno de los parkings de la ciudad. Llevaba un uniforme blanco y un chaleco amarillo fosforescente con una gruesa raya gris alrededor del pecho. En mi recuerdo empujo un carro de útiles de limpieza, incluidos escoba, fregona, cubos y  trapos de colores. Y un pequeño transistor con música y el volumen muy bajo, que prefiero a los auriculares, porque así atiendo mejor a la megafonía y a los clientes.

— Buenos días. ¿Que si me gusta mi trabajo?

— Pues, sinceramente, no. Pero necesito un trabajo a tiempo parcial para poder dedicarme a lo que verdaderamente me interesa.

— Interesante. ¿Y a qué se dedica, aparte de a este trabajo?

— Soy madre.

— Bueno…

— Y escritora.

— Cómo dice?

—Sí, ha oído bien. Soy escritora, también a tiempo parcial, porque cuando salgo de aquí me ocupo de mis tres hijos y cuando ellos duermen yo escribo.

— Y, esa vida le hace feliz?

—Es todo lo que tengo, todo lo que soy y sí, soy feliz.

— Yo creo que usted es un fantasma.

Sonríe.

Después de unos instantes, yo también.

— Vengo habitualmente por aquí y, cada mañana, cuando la veo dirigirse a su puesto de trabajo, empujando su carro, pienso que es usted la persona más profesional, más encantadora y más bonita que he visto nunca. Esa dignidad…, esa música de tango que apenas puede escucharse de ese pequeño aparato y que a mí tanto me gusta. Pareciera que a usted le gusta su trabajo, no me diga que no.

— Y, qué es lo que escribe? —perdone, o le molesta que se lo pregunte?

Le sonrío y le hago un gesto de despedida saludándole con la mano, tratando de evitar responderle. Hablaremos en otro momento —le digo— y entro en el baño de señoras.

Desenrollo unos cuantos metros de papel higiénico y me siento en el banco de madera y escribo:

 

Poesía,
verbo hecho tango
robas mi sueño y me salvas,
a dentelladas, de la obsesión.

Borrachera de amor,
demencial escarnio
girando hipnótico
en lances de locura.

Porque llegaste tarde
sucumbí
al agrio sabor en mi boca
de la indignidad,

muéveme milonga,
muéveme
punzada pasajera, milonga,
hasta que desee acabar contigo
de una vez para todas.

Hoy he robado por ti.

 

@mjberistain
imagen: internet autor desconocido