El Dahls

De nuevo volvía a mirar los mapas, las distancias, la situación, consultaba compulsivamente los datos meteorológicos en la zona durante las estaciones de primavera y verano y no lo apuntaba porque tenía una fe ciega en sí misma, había retenido siempre todos los datos que leía y escuchaba o veía a su alrededor, había sido como una máquina «tragadatos», tenía una memoria prodigiosa y además sabía que estaba capacitada para gestionarlos con relativa facilidad y velocidad. No es que hubiera sido una niña prodigio; no, eso nunca se lo plantearon las personas que la educaron o las que más tarde la conocieron, pero ella sabía de sí misma mucho más de lo que dejaba entrever en público.

Eran las cuatro de la tarde y estaba aturdida. Sí.

Las cuatro de la tarde.

Se incorporó de nuevo para comprobar que no se había equivocado de hora. La luz de la tarde empezaba a caer, los papeles ya se le habían caído al suelo antes, el mug de chocolate que afortunadamente se sostenía boca arriba y al que le quedaba como un tercio de líquido sin beber, presentaba un aspecto poco apetecible porque hacía rato que tenía marcada en color oscuro la línea hasta donde había estado lleno. Se arrebulló en la manta y cerró los ojos. No quería saber nada de nada. Ni de nadie.

Adiós a las agencias de empleo, adiós a las oficinas de turismo, adiós a las clases particulares para niños impertinentes, adiós a los puestos del mercado donde todos eran inmigrantes que solo venían a ganarse un dinero para largarse cuanto antes a viajar por el mundo, adiós a las clases de música y a las clases particulares de canto para mayores, y a la dirección de coros (por supuesto que también para mayores). Adiós a la universidad, no quería depender de él. No. Eso lo tenía claro. Sencillamente no.

Se dio la vuelta, desparramó su cuerpo boca abajo soltando un grito enfurecido que afortunadamente quedó amortiguado por la almohada. En realidad, sus vecinos no tenían la culpa de nada de lo que a ella le rondaba por la cabeza.

¡Ja!, estaba simplemente desequilibrada. Los meses estaban pasando por delante de ella sin que se atreviera a intervenir de manera activa en la nueva vida que se le presentaba. No quería ni pensar en la palabra depresión, pero ahí estaba, sumida en un pozo negro del que no sabía cómo salir. Nunca hubiera pensado que le afectaría tanto la muerte de su madre. En realidad, y si era capaz de reflexionar sobre ello, el hecho era que esa circunstancia siendo desequilibrante, sin embargo, no era lo único que la tenía incapacitada. Había sido un cúmulo de situaciones vividas en serie desde su ruptura voluntaria con su vida anterior. Había huido de Estados Unidos sin un proyecto de vida claro. Su viaje iniciático había terminado en tragedia y ahora se daba cuenta de que había sido un riesgo meditado y aceptado por el grupo el de embarcarse en aquel proyecto para ayudar a su amigo a desengancharse de la droga. El altruismo no había sido suficiente para evitar el fatal desenlace y eso les había marcado a todos profundamente, pero ella sentía su propio dolor como una gran carga emocional difícil de superar. Después de aquello, le había costado recuperar su estado de ánimo y vivió algunos episodios amorosos ilusionantes, escarceos como meros momentos de alivio y diversión, pero sin ningún sentido, hasta que tuvo que enfrentarse al dramático hecho de la muerte de su madre y al inquietante reencuentro con Nathan…

Estaba agotada.

Sonó el móvil que estaba en el suelo. Calculó que estaba a una distancia de por lo menos cuatro pasos de su cama. Lo miró con cara de desprecio, no tanto porque le incomodara una llamada de algún amigo como por la distancia que tenía que salvar para atenderlo que le obligaba a levantarse. Justo cuando decidió poner un pié en el suelo, se hizo el silencio. No retrocedió y pensó que era buena señal; no retroceder. Siempre se lo había dicho su madre: «un paso atrás… ni para tomar impulso». Sonrió con cierta nostalgia. Estaba sola, si, pero tenía gente alrededor con quienes compartir afectos y risas y sexo y otros momentos especiales, fiestas y encuentros culturales, y viajes. Había logrado hacerse un hueco en el ambiente de la universidad.

—Hey,  preciosa. Cómo vas con tus entrevistas? Hace días que no sabemos nada de ti.

Su voz sonó impetuosa y alegre.

—Vamos a ir esta tarde a ensayar al Dahls y de paso a tomar unas cervezas. No hace falta que digas nada, te esperamos.

Escuchó el monótono del móvil antes de poder pensar en una excusa.

No podía hacerles la faena de faltar. El grupo lo componían cuatro voces, dos hombres; John y Lucas y dos mujeres Ofelia y ella misma. Además, contaban con colaboraciones de guitarra, bajo, batería y saxo. Cada uno de ellos era indispensable. Además, la fecha de grabación de la maqueta se acercaba y ya se había perdido demasiado tiempo dando largas con su duelo. Se revolvió el pelo delante del espejo, se lavó los dientes y salió sin pensar en más. El estudio estaba a pocas manzanas de su apartamento. Intentó estirar la piel de su cara dándose pequeños pellizcos en las mejillas y esbozando una sonrisa fingida que no le dio mal resultado, incluso se hizo gracia a sí misma. Las luces del atardecer daban a la ciudad un aspecto festivo y trató de tararear los nuevos temas mientras conseguía un taxi para llegar antes que los demás y entonarse un poco.

La cerveza fría le entró directa en vena. Alguien la cogió desde atrás por la cintura y le gustó sentirse enroscada por el abrazo de John —conocía sus manos grandes y sus gestos poderosos—. La ilusión de compartir otra cerveza y dejarse animar por el fino sentido del humor de su amigo se vino abajo cuando entró como un huracán Ofelia dando todo tipo de explicaciones sobre algo a lo que no prestaron atención, porque ya se sabía, las excusas eran su fuerte y por principio general siempre llegaba tarde a todas partes.

Lucas comenzó dando unos pequeños toques rítmicos con su pie derecho en el suelo del local, impaciente. Pidió que suavizaran las luces para dar un ambiente más profesional, aunque fuese un ensayo, algo así como de mayor intimidad. Estaba harto de sentir que era únicamente él quien se tomaba en serio el grupo. Había compuesto la mayor parte de los temas que iban a incluir en el disco y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de que quedaran perfectos. Confiaba más en los músicos que en las voces que para ese momento llevaban ya un par de cervezas encima cada uno. Se sorprendió al escuchar la voz suavísima de Gunhilda sugiriendo más que cantando


El Ártico

La línea invisible que separa en el mar de Noruega el círculo polar ártico está señalada en tierra por un pequeño poste que sostiene una tabla de madera con una inscripción y una exigua bandera apenas perceptible desde el barco. Lo recuerdo como si fuera este mismo momento, mis madres Ulma y Louise abrazándome en el medio de sus cuerpos señalándome el cruce al Ártico, subida yo a un peldaño del casco del barco al que no me dejaban subir sola. Vuelvo a recordarlo con añoranza de momentos vividos cuando aún no sabía apreciarlo. Me consuela a veces, cuando hablo con mis amigos, el saber que esta sensación la hemos vivido todos de una u otra manera. Solo nos damos cuenta de la suerte que hemos tenido cuando ello se ha convertido nada más que en un precioso recuerdo.

—¿Alguna vez te has parado a oler la nieve?

Se había dado la vuelta repentinamente lo que provocó que yo que iba mirando al suelo —lejos en mis ensoñaciones siguiendo sus pasos— casi me topara con él causando un desequilibrio del que nos salvamos gracias a los bastones que hacía tan solo unos días había decidido que teníamos que llevar en nuestras excursiones por la montaña. Acepté más por él que por mí, aunque más tarde entendí que eran de gran ayuda en determinadas situaciones.

Ya he dicho que yo seguía sus pasos. Y eran días de felicidad compartida. Él había vuelto a ser aquel profesor al que le apasionaba organizar viajes y excursiones y rodearse de gente que tuviera curiosidad por la naturaleza o la historia de su país. Entonces, que tenía más tiempo disponible, se pasaba las tardes estudiando planos y libros de historia, de biología, tomando apuntes en folios que llenaba con una letra desordenada y difícil de descifrar para cualquier otro ser humano que no fuera él mismo. Me daba mucha paz mirarlo desde el salón, la puerta de su despacho acostumbraba a dejarla entreabierta porque decía que así me sentía cerca. Algunas veces me pedía que revisara sus borradores manuscritos antes de pasarlos al ordenador.  Aquello me llenaba de una sensación íntima de felicidad, aunque me costaba deducir el significado de determinados garabatos y signos en los márgenes o entre las líneas de aquellas páginas y tenía que recurrir irremediablemente a él para darles sentido. Él sonreía condescendiente y yo me arrimaba a su costado mientras él besaba mis ojos. Eran unos segundos de plenitud. Descubrí que aquél era el sentido de mi vida.

Tiré los palos al suelo. Me agaché e hice una bola de nieve con mis manos enguantadas y me las acerqué a la cara como para oler la nieve.

—¿A qué huele la nieve? —Dime, Profesor, ¿a qué huele la nieve? y se la pasé por la cara empujándole con mi cuerpo hasta que perdió el equilibrio y terminamos los dos en el suelo nevado entre quejas y risas.

Hubo un tiempo, sin embargo, que me marché de Bergen. Trabajé en el centro de Oslo, en un amplio local en la zona del puerto, franquicia de una de las firmas internacionales más lujosas de ropa de caballero. Tenía cinco empleados y personalmente me ocupaba de la dirección y gestión de la propia franquicia, así como de trámites con la casa matriz. Viajaba y disfrutaba de la relación social que aquel estatus me aportaba. La idea había sido, cómo no, de mi amigo Enric que era emprendedor por naturaleza y hombre de negocios quien me había animado a salir de mi estado de inquietud permanente. Aunque yo amaba profundamente a Nathan, trataba de evitar una relación de dependencia por parte de los dos.  Ello no impedía que compartiéramos muchos momentos divertidos, interesantes y entrañables. Enric y yo fuimos socios durante un tiempo largo, además de amigos.

El accidente de avioneta de Nathan fue lo que hizo que se abortaran todos mis planes de futuro. Decidí que me ocuparía de él. En aquellos momentos el no pudo opinar sobre la cuestión.

Todavía había luz afuera, hacía frío y el edredón nos cubría a los dos escasamente. Me lamenté de su tamaño, lo que hizo que —a regañadientes, con aquella sorna que me descolocaba siempre de mis posiciones de verticalidad en la vida— me apretara hacia él para ofrecerme la cálida acogida de su abrazo. ¡Tantas veces había soñado con momentos como éstos!

— Ya veo que no pensaste en volver a compartir tu cama.

Me quedé recogida en posición fetal a su lado sin pretender dar ni un paso más. El yacía boca arriba leyendo lo que parecía ser un guion, a juzgar por el esquema de sus páginas, aunque yo no alcanzaba a leer su contenido. Parecía realmente interesado porque además me había pedido unos minutos de silencio para terminarlo. Yo contaba las hojas que le quedaban entre los dedos de su mano izquierda tres, dos… y sin poder reprimirme desplegué mi cuerpo y me abracé a él que soltó los papeles como pájaros espantados que miraban desde el aire cómo nosotros enredados también caíamos a trompicones de la cama y nos rendíamos en la alfombra.

—¿Volarás conmigo? —preguntó más tarde, cuando el latido salvaje de nuestros corazones había cedido y dormitábamos uno junto al otro.

Había un brillo en sus ojos que yo desconocía hasta aquel momento. Imaginé entonces que ya nunca más lloraríamos juntos, quizás habíamos cruzado la fina línea del miedo a la culpa y nos habíamos tropezado inevitablemente con la pasión, tan cercana, y tan esquiva a la vez. Agotados nos abrazamos como si aquel momento formara parte de una despedida, más que de un deseado primer encuentro.

Sonaron las notas de un carrillón a lo lejos.

—Tendremos que cenar algo —dijo Nathan dándome unas suaves palmadas en la espalda.

No quería moverme de allí, podía sentir el fluir lento de nuestras sangres hermanadas. Me había desarmado su entrega y aquella luz que se acababa de encender en su mirada limpia y solícita, agradecida.

Intenté salir de la situación de alguna manera con levedad. Aceptando su idea pregunté:

—¿Has dicho volar en serio?

—Nunca te había visto tan preciosa. Esa sonrisa relajada por fin en tu boca, y tu vestido nuevo revoloteando por mi alfombra…

Todavía no había amanecido y apenas circulaban vehículos por la ciudad. Nathan había quedado con su amigo Joe —el profesor Williams— en el puerto, junto al museo Norway Fisheries para pasar el día juntos. Se conocían desde hacía muchos años y ahora que Joe se encontraba en Bergen dando unas conferencias sobre el cambio climático iban a aprovechar para disfrutar de alguna actividad juntos. Convinieron en contratar una excursión de día en hidroavión. Sobrevolar el cielo noruego despegando desde el mar tenía que ser una experiencia emocionante. Disfrutar desde el aire de la belleza de la ciudad de Bergen y la naturaleza que la envolvía, de su espectacular puerto, de las cadenas montañosas nevadas, de los glaciares, de las pequeñas aldeas salpicando las zonas de los fiordos, los inmensos bloques de hielo rumbo al Norte. Estaban ilusionados con la idea, aunque Nathan no había conseguido que yo me animara a compartirla. Había preferido dejar a los dos amigos vivir su experiencia y compartir sus recuerdos solos después de tanto tiempo. Habían desayunado tranquilamente en el hotel intercambiando anécdotas de su vida en común e historias de su etapa posterior. Joe estaba a punto de dejar la docencia y de quedarse únicamente con aquellas conferencias que le llevaran a lugares a los que él mantenía verdadero interés por conocer.

El agua salpicaba los cristales de la cabina del hidroavión a medida que avanzaba alzando el vuelo. El piloto, después de todas las recomendaciones de rigor, se volvió hacia ellos haciéndoles con el dedo pulgar en alto la señal de «todo en orden, señores, volamos hacia el Círculo Polar Ártico».

Fuga de monóxido de carbono en la cabina de la avioneta.


Material de derribo

Vuelvo a veces con la vida a cuestas al desierto temblor de la playa, con
ramas de cerezo enciendo un fuego silencioso que el mar refleja, aprieto el
corazón entre mis brazos y escucho las voces del tiempo que arden lentamente en
el azul infinito. La noche despliega entonces sus alas y muestra su cara más bella.
Blog Trianarts


 

(Collage para un sueño)

En Las mil y una noches soy una niña rubia con flequillo y larga trenza, casi hasta el culo, que, sin quererlo, deja escapar su pelota y corre tras ella y recorre todas las calles de su ciudad, todas sus calles bajo la lluvia, y no puede expresar lo que siente porque no puede respirar, y va dejando notas escritas en pequeños trozos de papel, porque solo quiere eso, recuperar su pelota, ese es su deseo y su libertad.

Quizá sea un sueño, quizá el recuerdo de un sueño recurrente que sigue persiguiéndome desde que era una niña rubia con flequillo y larga trenza.

Después… Yo estaba en Zumaia, en la pequeña ermita en lo alto del acantilado, allí cerca del cielo, contando estrellas. Allí perdí el álbum de mis fotografías de niña… Todo era oscuro y yo esperaba al alba entre el clamor de las olas de un mar roto y las nubes que cantaban canciones tristes.


 

Racimos de enigmas

Paisajes, racimos de enigmas palpitantes,
las cosas duermen unas al lado de las otras,
duermen y hablan en sueños, el viento ha soplado entre ellas
y lo que hablan en su sueño lo dice el viento lunar al rozarlas,
el viento profiere formas que respiran y giran,
las cosas se oyen al hablar y se asombran al oírse,
el viento las une y las separa y las une,
juega con ellas, las deshace y las rehace,
inventa otras cosas nunca vistas ni oídas,
formas insólitas y cambiantes de las pasiones,
constelaciones del deseo, la cólera, el amor,
figuras de encuentros y de despedidas…

Racimos de enigmas palpitantes.


Octavio Paz
imagen de internet

Rocas


En todos los lugares del camino encontré rocas y musgos, líquenes,
dulces vientos ululando por los bosques,
en el aliento de las libélulas ecos de cánticos sagrados
y rumores de manantiales y aromas de rituales que me confundieron.


Líquenes

Hay momentos en los que no puedo abstraerme de la belleza de estas imágenes.

Los líquenes son organismos que resultan de la simbiosis de hongos y algas. Normalmente crecen en lugares luminosos y se extienden sobre rocas o cortezas de los árboles formando pequeñas hojuelas o costras grises, pardas o rojizas. (RAE)

Concretamente éstos los fotografié entre arbustos y árboles caídos en el pueblo La Laguna de Gallocanta en Aragón, adonde fui con el grupo de fotógrafos de ASAFONA (Asociación Aragonesa de Fotógrafos de Naturaleza) un fin de semana para presenciar el espectáculo del vuelo de las Grullas. Los momentos especiales son antes del amanecer y al anochecer. Es cuando llegan o despegan del agua volando en perfecta formación de varios ejemplares.


Rocks

Me arriesgo a decirte que estoy asustada. He salido de mi zona de confort y tengo miedo. Las voces del mar suenan muy fuertes en mi cabeza mientras busco por las playas imágenes parecidas a lo que me gustaría mostrar en mis fotografías.

Esas imágenes que muestran su belleza descarnada, a veces violenta y que, sin embargo, al observarlas me ayudan a encontrarme.

Es diferente cuando llevo las imágenes a otro medio como puede ser el ordenador o el papel…

Siento que no he sabido conjugar sus verbos, su poesía se me escapa, duele y me araña muy adentro.

¿Qué me pasa doctora?


Vivir (sin equipaje) en la cuerda floja.

Cada recuerdo tiene la forma de un alfiler que navega a lo hondo
con una precisión de cuchilla que rasga el pétalo carnal del tiempo y de las rosas.
F.Benitez Reyes

Como cada mañana me despierto antes de que el día se proponga alumbrar la esquina más oriental del planeta. Difícil propuesta retórica. ¡Que estupidez, impropia de una persona que se supone que conoce desde hace más de medio siglo que el planeta no es cuadrado, que podría dedicarse a dar mil vueltas a su alrededor y no llegar a ningún lado! Bueno, en realidad esto sí lo sabe porque de otro modo no estaría sentada delante del ordenador intentando escribir y bostezando como un pez antes de tomarse su café.

Decía que amanezco antes de que las luces del día se presenten ante mi como fieles soldados de un ficticio ejército, para limpiar la estancia del polvo que han levantado las estrellas jugando con la memoria en el despiadado laberinto de las noches.

Soy una especie de alienígena aturdido aferrado a un timón descalabrado que se desprendió en algún momento de la nave orientada rumbo al norte y que, ahora, solo sirve como báculo de su pequeño reino de taifas; o sea, para gobernarse a sí mismo mientras busca la difícil verticalidad en este universo de mareas vivas.

La última copa… el último cigarrillo, la última onza de chocolate…

Así fue la última vez que pensé en el suicidio. Pero… ¿Por qué debería de renunciar a la vida, o, a la idea que llevo tatuada en mis genes sobre la felicidad? ¿En favor de qué o de quién?

Por lo menos, dudé.

Abro el baúl en el que guardo gastadas las viejas fotografías que ya han virado, en la mayoría de los casos, hacia el color sepia. La casa está vacía. Oculté la luz de las ventanas, cuando ya no estabas, con cortinas de niebla y sedas salvajes, sin saber que del tiempo vivido solo quedaría una madeja de amor enredado en un hondo vacío, y que vivir seguiría siendo una búsqueda constante de verbos sin futuro. Hoy soy el único habitante aquí, el superviviente de un juego mortal al que llegué un día cualquiera de abril con las cartas marcadas.

Vivir sin equipaje es una falacia, o sea, una mentira. Somos lo que queda después de que todos se han marchado de la fiesta; la ambigüedad de la resaca del buen vino, la utilidad de las máscaras rotas, abandonadas por los pasillos, el extremo del extraño viaje por coordenadas equivocadas dentro de nosotros mismos. Y el huir de un tiempo de luz, con los deberes sin cumplir.

Así que, me queda la cuerda floja…

Como en un akelarre aquí, en este baúl, se me convoca cada vez que me atrevo a bailar sobre ella.  Aparecen algunas fotos del mar tomadas en mis rutinas diarias por el paseo de la playa camino de mi trabajo, cuando aún soñaba en el amor con mayúsculas y lo verbalizaba con versos de adolescente. El amor de mis mayores, el amor fundamental (el de la ternura, el de la complicidad, el comprometido), los amores marginales, los de los amigos. Aún me parece escuchar el eco de las piedras que solía tirar sin tino al aire mientras jugaba con mi perra y que ella nunca supo hacia dónde volaban, ni dónde terminarían cayendo —yo tampoco. Sí sé que, además del olfato, afinó el oído conmigo—. Me llegan desde el papel satinado de sus miradas limpias, las risas de mis hijas y el despertar de los abrazos por las mañanas. —Siento frío—. Vuelvo a encontrarme con las montañas, los «tresmiles» que rodeaban nuestros días de vacaciones y a los que intentábamos llegar una vez y otra por todos los caminos posibles. Recuerdo las pequeñas heridas, los rasponazos en las rodillas, los picotazos de los mosquitos, las marcas en los brazos, de las moras y de los arañones que recolectábamos entre los espinos. Reconozco los disfraces que inventábamos para la función de teatro de agosto en la piscina, hechos con restos de ropas y abalorios inservibles de otras épocas. Y ahora la caja de las fiestas; los bautizos y comuniones, las bodas, los bailables de algún final de curso. Y los tesoros; el pasaporte con los sellos de los países a donde viajábamos, y mi foto preferida (sentados, tú y yo, en el suelo de una haymah). Servilletas de papel arrugadas con palabras escritas en letra de mosca, pétalos guardados entre las hojas de los diarios, cartas llegadas del extranjero que se reconocían por una guirnalda de colores impresos en diagonal en los bordes de los sobres, y sellos exóticos que coleccionábamos como las postales, las felicitaciones de cumpleaños, las dedicatorias…

Es casi mediodía, en algún momento se ha debido de hacer la luz. No espero a nadie, tendré que inventarme una historia para vivir este día; quizás un paseo por el monte, un café con cafeína o con alguien conocido, quizás salir a buscar imágenes de luces imposibles o historias verdaderas para contar, porque la vida, en realidad, es la de cualquiera que tenga un corazón latiendo mientras corre el tiempo como un animal salvaje entre los recuerdos y el futuro imperfecto de los verbos.


@mjberistain

El impermeable azúl

«La última vez que te vi fue hace más de dos años…

Hoy releo este pequeño texto que escribí entonces. Aparto despaciosamente las lágrimas que me asaltan y recibo con respeto tu abrazo de silencio.»

Caminabas cabizbajo embutido en tu viejo impermeable azul de hombros gastados; las manos eternamente en los bolsillos. Te imaginé con una finísima rama de tamarindo entre los labios.

Entre sombra y sombra iluminaban tu figura hilos de luz amarillenta de las antiguas farolas del paseo. Una lluvia persistente se escurría desde tu gorro hasta la bruma de tus ojos casi cerrados contra el viento. Arrastrabas tus pasos con ritmo quejumbroso y lento como el de aquellas viejas canciones de piano bar, luchando tal vez, a corazón abierto, contra un futuro comprometido.

Leía estos días un artículo de Rosa Montero en el que decía:

… la enfermedad solo adelantó cruelmente esa decadencia que todos los humanos hemos de afrontar. A medida que cumples años, a medida que envejeces, te vas acercando a los confines del mundo. El pasado tira de ti como si llevaras a la espalda una mochila de piedras y empieza a asustarte mirar hacia adelante. Dentro de poco comenzará la edad de la heroicidad.

Todavía estamos a tiempo. Quiero decirte que respeto tu silencio; sin ganas, comprende que, a alguien necesito decirle que me gustaría acompañarte en el camino, también en esta etapa de la vida, como en aquellos años en los que nos crecían pequeños poemas por cualquier esquina y subrayábamos con tinta temblorosa frases que nos identificaban y que nos hubiera gustado poder firmar.

¿Te acuerdas?

Bueno, en realidad, esto es sólo una reflexión. Soy consciente de que esta pregunta es pura retórica porque se la estoy haciendo a la página en blanco con quien mantengo una relación de soledad estrecha desde que tú no revisas mis papeles.

Porque, escribir era como subirse a una cometa con cintas de colores en manos de un niño sin saber por dónde le llevará el aire. Era volar muy alto y caer de bruces y remontar el vuelo a duras penas, una vez y otra vez con las alas hechas trizas, hacia una nueva dimensión.

Éramos arrogantes, sin experiencia. Jugábamos a ser poetas, «si es que se puede llamar poesía a eso de escribir en líneas que no llegan al borde de la cuartilla». —como decía Leonard Cohen—. Había algo misterioso y bello en envolver con endecasílabos las cenizas de vida que quemábamos. Compartíamos versos, espacios en blanco e incluso los puntos suspensivos hasta que la pena, la desilusión o los miedos caían derrotados.

Sé que prefieres hacer el camino en silencio, a solas, —ya me lo has dicho—.  Aunque reconozco un punto de dolor y decepción en mi amistad, respeto tu libertad. 

Me gustaría acompañarte en el camino…

Prometería no incomodarte.  Llevarte té caliente y pastas de naranja cuando tu ánimo flaqueara. No te daría conversación, sólo me sentaría algún rato contigo a escuchar tus silencios, o a leerte poemas conocidos, y cuando te recuperaras, tu sonrisa sería mi amuleto. Me marcharía despacio en dirección contraria a tu destino.

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@mjberistain

Una corta primavera

En el campo la primavera era muy corta, así que, antes de entrar en aquel voluminoso edificio, me entretuve unos instantes en oler y tocar algunas flores. Observé detenidamente sus colores, aunque en mi retina aparecían difusos, como si una lluvia de miedo me invadiera con suavidad imperceptible ante las pocas personas con las que me crucé subiendo los peldaños que me separaban del desastre.

—Pase a esta sala, por favor, señorita. Enseguida vendrá alguien a atenderle.

Abrió una puerta casi cuadrada, blanca. Busqué como una posesa la fuente de luz, una ventana, quizás, más que por la luz, fue por tener controlada la huida; la posibilidad de poder escapar de allí en un momento determinado. Me flaqueaba el espíritu. Y me temblaba el cuerpo. Posiblemente no estaba preparada para vivir aquel momento. Había asientos de plástico unidos en hileras a lo ancho de las inmensas paredes. Una gran columna cuadrada cerca de una esquina y una exigua mesita vacía a su lado eran el resto del mobiliario, todo blanco. No había relieve. Yo me tambaleaba. Busqué asiento en aquellas hileras de plástico vacías y tuve problemas para elegir uno de ellos. La luz de frente, la luz a las menos diez, la luz a las y veinte… ¡La luz, por dios!, ¿qué me importaba de dónde venía aquel día la luz si estaba ciega de horror?

Si hubiera estado allí mi madre Ulma todo hubiera sido distinto. ¡Cómo la echaba en falta, incluso después de tantos años!

—Buenos días, —se escuchó una voz demasiado fuerte.

Le seguí por los interminables pasillos de puertas numeradas a uno y otro lado. Aquella pulcritud inhumana me exasperaba. Mamá yacía tranquila. No supe interpretar muy bien su posible diagnóstico hasta que detuve mi mirada en sus ojos cansados, de color amarillo. Me tomó de la mano y la acercó a su pecho. Literalmente caí sobre ella con toda la gratitud que, solo en aquel momento, fui consciente de que se la debía.

Afuera se había quedado Nathan.

A pesar de que era una persona acostumbrada a destacar por su personalidad, su gran humanidad y sentido del humor, era un hombre comedido, aunque comprometido, y especialmente respetuoso. Nos habíamos abrazado en un fatídico instante contenido y nuestras miradas se habían entendido. Como en otras ocasiones. Pero de eso hacía ya muchos años.

La ventana de la habitación daba a un pulcro jardín dispuesto por parterres en los que convivían en armonía flores de variados colores, en plena floración entonces; brotes de jacintos, tulipanes, macizos de rododendros y bellísimos árboles, sauces de un verdor brillante y algunos robles definiendo un camino en la realidad apenas frecuentado. Sí se podía, sin embargo, disfrutarse desde las ventanas cerradas del hospital. La música suave apaciguaba las emociones y favorecía el dormitar levísimo de los enfermos que esperaban su final. Todo estaba escrito y firmado por cada uno de los pacientes y sus familiares. Pensé, en algún momento, que también esas horas o días podían ser un tiempo feliz. Tiempo de reencuentros y despedidas, tiempo de reconocimiento y tiempo de verdades que ya no serían a medias sino verdaderas. Pensé que era una suerte poder llegar allí consciente y rodeado de las personas a las que alguna vez amaste y te amaron, y poder despedirte de ellas antes de emprender el viaje a una nueva vida. Eso, independientemente de que tuvieras convicciones religiosas, fueras creyente o no. Desde aquella ventana pasamos lentos atardeceres y madrugadas. La belleza de la escarcha que cubría la parte sombría del jardín nos hacía imaginar la fragancia que más tarde aspirábamos. Aprovechábamos los momentos de aseo de mamá para descansar y tomarnos un café caliente juntos, hablábamos en voz muy baja para no interrumpir la paz de aquella naturaleza.

—¿Vendrás conmigo a casa?

Nunca, hasta ese momento, había escuchado de Nathan una propuesta semejante. Tampoco me lo había planteado. ¿Qué sería cuando mamá ya no estuviera entre nosotros? Yo era un alma libre. Así me habían educado y así quería seguir viviendo. Pero ¿qué hacía ahora en Noruega, mi país de origen, sin un proyecto, sin mis amigos que se habían desparramado por Europa después de la experiencia del viaje iniciático que nos marcó a todos con la muerte de Leo. La idea de volver a Estados Unidos no entraba en mis planes.

Tengo que reconocer que me invadía una gran tristeza y soledad sin saber muy bien a qué se debía cada una de ellas y sin poder formular una sencilla queja a nadie. Solía encontrar a Nathan con la cabeza baja ocultando su pena sobre el lado del corazón de mamá cuando ella dormitaba. Yo apenas le tocaba el hombro y volvía a dejarles solos. No supe calcular las horas que habíamos pasado juntos cuando mamá nos dejó vacíos.

Deambulé por las calles de Bergen sola. Estaba destemplada. La ciudad empezaba a despertar entonces, el ruido de los camiones de reparto, los olores de fuel y de pescado de los barcos que descargaban en el puerto y que el viento no disipaba me hicieron acercarme a una nueva realidad, la de una ciudad pequeña y acogedora en comparación con lo que había vivido hasta entonces. Sus gentes, eran una multitud de razas compartiendo espacios y cultura en equilibrada convivencia. Por supuesto que los oficios menos valorados por los nórdicos eran ocupados por inmigrantes negros, latinos o chinos. Sin embargo, el ambiente de la ciudad era agradable, las conversaciones parecían amigables, y el movimiento de trabajadores se podía decir que era disciplinado y eficiente. Los camiones de limpieza, apenas aparentes, hacían brillar el asfalto de las calles del centro y la ciudad amanecía resplandeciente como cualquier otro día. Pero para mí no era cualquier día. Todo había sido repentino y tan rápido que no había tenido tiempo ni ganas de reflexionar, no había sido capaz de encajar estas nuevas piezas en el difícil puzzle de mi vida. Grises, blancos. Blancos, grises. Evitaba, a toda costa, incluir los negros. No me hubieran dejado mis madres. Mi mente automáticamente los viraba a grises: gris oscuro, gris medio, gris neutro, gris claro… Ella, junto con Ulma, habían procurado llenar mi vida de color desde el momento en que me tuvieron en sus manos, y yo no iba a decepcionarles. Pensé en la voz grave y triste, entrecortada de Nathan. Pensé en sus palabras, pensé también en su soledad y en la mía. ¿Era un disparate?

Decidí no coger el funicular para subir al monte Floyen sobre la ciudad, casi era mediodía, caminé despacio, el día era fresco entre la arboleda. La inmensidad del fiordo y la ciudad allí abajo, rodeada de sus siete montañas y con el océano tan próximo me envolvieron con una naturalidad generosa.

@mjberistain


Amar lo gris

Me instalo en esta tarde tranquila
sin afán de nada,
esta tarde tranquila en la que amar
lo gris, lo no tan brusco ni glorioso;
perderme en mi interior sin ambiciones
asumir la penumbra y deslizarme.

Reflexiono en mi cuarto
mientras parece innecesaria
cualquier exaltación.

Me concentro en la absoluta calma,
solo escucho los ruidos de casa conocidos,
me miro los dedos de los pies.

Es solo el tiempo lento, el oleaje
que me eleva despacio hacia mí mismo,
un dejarme arrastrar por la marea.

Existir, todo y nada,
ese instante tan mío que ahora habito.

Extractado de Setiembre 27
Autor Vicente Gallego

Metálica

Este título que se me ha ocurrido utilizar para esta serie de imágenes, no tiene nada que ver con aquella película de Stanley Kubrick que recuerdo de allá por los años 90 del siglo XX.

O, ahora que lo pienso, quizás sí. En mi cajón desastre he encontrado algunas fotografías que, hasta ahora no he sabido muy bien qué hacer con ellas. En principio no parecían tener cabida entre los hilos de mi escueta imaginación, aunque reconozco que no es que vaya progresando adecuadamente, es que me lo estoy currando eso de abrir los ojos y la mente a lo inexplorado hasta el momento. Y, de verdad que voy descubriendo cosas. Así es que quizás sí tiene que ver con aquella sensación con la que salí del cine al ver semejante barbarie que no sabía cómo ubicar en mi vida.

Por cierto, se titulaba La chaqueta metálica.

Así que he despertado a mis fotos esta madrugada y, aún con legañas, he vuelto a mirarlas, a buscar entre sus pixels y a bailar con ellos. Y lo que he encontrado ha sido esto que me ha resultado «sugerente» al menos. Ya he dicho que últimamente ando por caminos no asfaltados…


Originalmente son fotografías realizadas en Hondalea Donosti San Sebastian

Inquieta

De «Andanzas por La Corniche»

Si, tengo que reconocer que estoy algo inquieta.

Estos últimos días he salido con mi cámara fotográfica a explorar bosques.

Nunca lo había hecho antes hasta que un día conocí a Mari. En aquella ocasión sentí una extraña energía, luego nada. Fue como un fogonazo. No me atreví a comentarlo con nadie.

«Mari es la diosa principal de la mitología vasca precristiana. Es una divinidad de carácter femenino que habita en todas las cumbres de las montañas vascas, recibiendo un nombre por cada montaña.» 

Creí haberme encontrado con una de las «sorgiñas» (brujas) buenas que poblaban mis cuentos de niña.

Nadie lo supo hasta hoy. Sin embargo, yo habité durante unas horas con ella en uno de sus bosques. No en uno cualquiera, sino en uno de sus más visitados, aunque yo estoy segura de que era su bosque preferido. Ese al que discretamente solía retirarse cuando necesitaba meditar o reflexionar, o sencillamente disfrutar del silencio o del folclore que le proporcionaban sus amigos los Basajaun.

«Basajaun o Baxajaun, es el Señor del Bosque o el «Señor Salvaje»: Son personajes de la mitología vasco-navarra y aragonesa de prodigiosa talla y fuerza que los primeros pobladores de aquellas tierras encontraron habitando en los montes y bosques más remotos.​«

Yo le creí cuando me mostraba los rostros de los espíritus del bosque camuflados en los troncos de los árboles y ocultándose entre las ramas, le creí cuando bajábamos al río y los identificaba en las piedras, o entre las algas mientras se recreaban en el agua cristalina de las pozas.

Mari proyecta una energía silenciosa y breve. Han pasado muchas lunas desde que la conocí y hoy reconozco su fuerza en los leves empujones que me va propinado sin que apenas los note, pero que me hacen avanzar por nuevas rutas de leyenda.

Estoy inquieta porque algunos de estos personajes se van colando en mis fotografías y todavía no sé muy bien cómo dirigirme a ellos o cómo tratarlos cuando ella no está cerca…

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Permanencia


La hierba luminosa deja crecer el aliento de otros seres,
árboles, flores silvestres, pájaros, nosotros…

Silencio
miradas detenidas
palabras calladas
lenguaje único
una paz atmosférica
alcanzando el cielo.

La piedra del camino,
el cuerpo quieto
y el corazón ambulante
que busca una salida,
grietas…
al abrazo de otra piedra.

¿Qué significa una grieta?
¿Tendrán alma las piedras?

Desciendo hasta el fondo de los años
en ilusión de permanencia…


@mjberistain

Turner

La pintura de Turner, aunque trágica, me resulta luminosa.

Por otra parte, tengo que reconocer mi admiración por la obra de María Victoria Atencia, su caudal creativo que me remite a los signos y sonidos de otro tiempo.

Recreo aquí la perfecta combinación lograda por esta imagen del pintor y el texto de la poeta.

Hay siempre una galerna en el rincón del lienzo por donde el mar se rompe que nos fuerza a adentrarnos en busca de la vida, aunque después las olas devuelvan nuestros restos contra el embarcadero…

Maria Victoria Atencia

 


¡Quién pudiera!


De acuerdo con la teoría de Platón
las plantas experimentan sensaciones y deseos…

¡Naturaleza, qué bien logras afuera
lo que quisiera, adentro, lograr el alma:
la tranquila plenitud,
exuberante y secreta,
la abundancia justa, la pluralidad segura!

Mi espíritu ha de ser como tú,

Naturaleza, igual a ti
en perezosa magia,
en apretada riqueza,
en retenido aliento.

Naturaleza, mi espíritu ha de tener,
como tú,
el hastío bellísimo de las cosas plenas!

.

Autor: Tomás Segovia
fotografía@mjberistain


Hoy no he visto el mar

Hoy…
No he visto el mar…

Mis ojos
vigías horadantes,
mis ojos avizores
en la noche
de los astrales mundos;

mis ojos errabundos
amigos del vértigo
del abismo;

mis ojos
vagabundos
hoy…
no han visto el mar,

Ni a estas horas mecen mis sueños
sus silencios,
sus sirenas,
sus cóleras,
sus himnos;
su erótica quejumbre…

Hoy… no he visto el mar.


(basado en poema de L.de Greiff)


publicado originalmente en 2016

Despierta

Despierta al día que llega, despierta.
Se alza del sueño con la luz del alba.

Te multiplicas en mil espejos.
Ya no eres aquella mujer
de mirada borrosa
salpicada la frente de oscuridad.

Despierta al día que llega,
despierta con la luz del alba
de la noche como un palacio
de silencio sin ventanas,
despierta de los bosques,
de los hayedos y de los musgos,
despierta del laberinto de lunas,
que es dulce el amor
en tu copa de sombras.

La luz del día borrará
la gravilla de los caminos
y las heridas de tus pies descalzos.

@mjberistain2022

La lágrima de un sueño

La Luz existía
más allá de mí misma, y tan lejos…

El silencio perdido entre mis ropas,
me miraba el mar desde sus espejos;
estrellas en la noche plateada.
Conocía su cuerpo, su desnudo
bajo sus pies de agua.

El silencio perdido entre mis ropas,
el amor en olvido sobre la playa
donde la luna clavaba sus anclas.
Abandonamos allí algunos sueños
bajo sus pies de agua.

Noche
quiero entrar en tu alma.

Para mis palabras quiero
destellos y ráfagas de locura
y la tinta antigua de los poetas
para mis palabras quiero
y para mis silencios,
que dibujaré un borrón en el tiempo
parecido a la lágrima de un sueño.


inspirado en obra de E.Pardos publicada en el Blog Trianarts

Sombra

«…Cuando llegue el otoño, con rescate y silencio,
tú no marchitarás…»
Claudio Rodríguez


«Sombra de la amapola»

ANTES de que la luz llegue a su ansia
muy de mañana,
de que el pétalo se haga
voz de niñez,
vivo tu sombra alzada y sorprendida
de humildad, nunca oscura,
con sal y azúcar,
con su trino hacia el cielo,
herida y conmovida a ras de tierra.

Junto a la hierbabuena,
este pequeño nido
que está temblando, que está acariciando
el campo, dentro casi
del surco,
amapola sin humo,
tú, con tu sombra, sin desesperanza,
estás acompañando
mi olvido sin semilla.
Te estoy acompañando.
No estás sola.


Claudio Rodríguez
Fotografía @mjberistain