Mer des topazes

MAPP-538-1985
Robert Mapplethorpe

 

Ainsi, toujours,
vers l’azur noir où tremble
la mer des topazes.
Rimbaud

LAS NUBES
José Hierro

Inútilmente interrogas.
Tus ojos miran al cielo.
Buscas detrás de las nubes
huellas que se llevó el viento.

Buscas las manos calientes,
los rostros de los que se fueron,
el círculo donde yerran
tocando sus instrumentos.

Nubes que eran ritmo, canto
sin final y sin comienzo
campanas de espumas pálidas
volteando su secreto,

palmas de mármol, criaturas
girando al compás del tiempo,
imitándole a la vida
su perpetuo movimiento.

Inútilmente interrogas
desde tus párpados ciegos,
¿Qué haces mirando a las nubes,
José Hierro?


Rapto de soberbia

Gabriele Corno224532_449759618556859_1086039329331805630_n

Miradme. Admiradme. Envidiadme.
Desafío el riesgo de parecer vanidosa, vestida de gala…

He sido interpretada de miles de formas a través de los siglos.
Me vistieron con plumas de arcángel,
fui sierpe,
dragón alado
pámpano en cierne,
ola marina majestuosamente encrespada,
trompa musical,
garabato de candil.

Mi sonido es suave como el de la ola
que se apaga en la arena de la playa,
como la gasa, como el gusto, como el gozo.

No vengo ahora a envanecerme de mi belleza externa.
Solo me niego a seguir soportando en silencio
los caprichos y agravios comparativos.

Miradme, admiradme, envidiadme.
Sólo soy un rapto de soberbia…

sobre palabras de José Hierro
Fotografía Gabriele Corno


 

Alegría 1947

José Hierro

 

Llegué por el dolor a la alegría
Supe por el dolor que el alma existe.

Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía.

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.

En mí la siento aunque se esconde. Moja
mis oscuros caminos interiores.
Quién sabe cuántos mágicos rumores
sobre el sombrío corazón deshoja.

A veces alza en mí su luna roja
o me reclina sobre extrañas flores.
Dicen que ha muerto, que de sus verdores
el árbol de mi vida se despoja.

Sé que no ha muerto, porque vivo. Tomo,
en el oculto reino en que se esconde,
la espiga de su mano verdadera.

Dirán que he muerto, y yo no muero.¿Cómo
podría ser así, decidme, dónde
podría ella reinar si yo muriera?

….

Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo este espacio,
tornar a este instante.
Me da pena soñarme rompiendo mis alas
contra muros que se alzan e impiden que pueda volver a encontrarme.

Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
la apariencia tranquila del aire,
esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase…

Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar estas cosas.
Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,
poblando otra tarde como ésta de ramas que guardé en mi alma,
aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver otra vez a soñarse.

 


Dignidad

AUTOR: JUAN CRUZ

“No he dicho a nadie que he estado a punto de llorar”

 

Este es un verso hondo y antiguo de José Hierro, el poeta; lo incrusta como un testimonio propio en uno de sus poemas más hermosos, Requiem.

¿Qué nos hace llorar?.

Imaginemos esta escena: el músico toca ante las sillas vacías de un bar catastrófico, en una ciudad grande. Él sabe que su música es fabulosa, pero nadie le ha escuchado jamás en serio. Aunque el propietario del bar le amenaza con despedirle si se ausenta, corre veloz a buscar cita con un director de orquesta, el más famoso, que le da la oportunidad de dirigir su propia música ante un auditorio de entendidos estirados. Todos llevan frac y a él se lo alquila su mujer. Le queda estrecho, pero cree que se arreglará mientras dirige una música de bacanal que va ascendiendo ante la mirada distante pero cordial del director, convertido ahora en un espectador.

Tras los primeros compases, el frac se rompe por las costuras, la carcajada es unánime entre los estirados entendidos y, cuando ya el ruido del ridículo es ensordecedor, un buen hombre de la orquesta le dice al oído el origen del desastre. El músico, que hasta entonces había conservado en su rostro la ilusión de los que aún no se han reconciliado con el fracaso, tira el frac destrozado por su propio cuerpo y llora con la amargura de la derrota en el escalón desde el que dirigió su música poderosa. De pronto, el director de orquesta, que vigilaba su debut, se alza sobre su palco, el público le ve evolucionar, hasta que se despoja de su propio frac, lo arroja sobre un reclinatorio y señalándole, le conmina, solidario: “Continúe, por favor”. Sobre el silencio de la sala, los estirados entendidos se despojan de sus propias chaquetas negras y la sesión prosigue como un éxito clamoroso.

No he dicho a nadie que he estado a punto de llorar.

El hombre edifica la gloria a partir del fracaso, la visión de la dignidad con la que se sale de él es lo que nos hace llorar, como si estuviéramos nosotros también en el podio provisional de los perdedores.

Llorar, levantarse y reír: la dignidad.