París, punto y aparte

 

—Supongo que te sonará Woodstock… —dijo Gunhilda haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza—

—Me lo imaginaba, lo viviste de cerca, en el mejor sitio posible, aquella época hippy… Cuéntame qué recuerdos te quedan de todo aquello. Visto en perspectiva, pienso que allí había una especie de espiritualidad, una filosofía de vida, un ímpetu de cambio de la sociedad… Yo, estoy segura de que hubiera participado, si hubiera estado allí.

—Woodstock, vamos a decir, que fue el punto álgido de aquella época. Llovió torrencialmente y aún y todo nos mantuvimos entre el barro, confiando en nuestro poder, seguros de conseguir que parase la lluvia, seguros de que llegaríamos a dominar todas las fuerzas de la naturaleza, de que conseguiríamos cambiar el mundo, de que conquistaríamos definitivamente la paz y la libertad. Fue como un espejismo. Yo por mi parte —tenía veintinueve años entonces— me daba cuenta de que se iba desmoronando nuestra fuerza pacifista. Aunque el mensaje continuaba vivo, sin embargo, las respuestas a las preguntas que nos hacíamos entonces y a las que todavía hoy se hace la humanidad, siguen estando —como decía Dylan— flotando en el viento. Por allí pasaron músicos como Joan Báez, Janis Joplin, The Who y muchos otros, ¡Ah! Y Hendrix., Jimmy Hendrix con una actuación final memorable. Fue una experiencia muy fuerte que nos dejó “tocados” en muchos sentidos a todos los de nuestra generación.

Aquel momento supuso un punto y aparte en mi vida. Preparaba el salto a Europa con mis amigos, en realidad iba a ser un viaje de iniciación para todos; para Leo y Daniella —la familia de él era italiana y los abuelos de Daniella vivían en una isla griega. También para Martin que era de origen francés y había estudiado Arte en Canadá, —habíamos preparado la tesis con el mismo tutor— pero su sueño era volver a Europa e instalarse en París. Él y yo nos queríamos mucho, pero yo no estaba dispuesta a comprometerme con nadie, simplemente disfrutábamos de una convivencia amable y divertida. Lo único que teníamos previsto era la fecha de inicio del viaje, volaríamos de San Francisco a Nueva York y de allí a Madrid.

—¿Quieres decir que no teníais una ruta predeterminada? ¿Unos tiempos de estancia en cada país? Debe de ser difícil compaginar los intereses de cuatro personas sobre la marcha, ¿no?

—Sí, en realidad no fue nada fácil. En Madrid alquilamos una furgoneta preparada para poder vivir los cuatro, pero el viaje se truncó antes de lo previsto. Discutíamos con Leo constantemente porque la droga estaba haciendo estragos en él y no quería darse cuenta.

—¡Qué me dices!, —le interrumpí, y cómo es que accedisteis a viajar con él si teníais el problema encima?

—En cierto modo, además de que todos queríamos viajar a Europa, lo aceptamos pensando en que podríamos ayudarle a descolgarse lejos de aquel ambiente, y que las nuevas “rutinas”, —si un viaje de amigos por el mundo puede tener algo de “rutinario”— le devolverían el interés por vivir. Su novia Daniella nos necesitaba en esos momentos y nosotros nos volcamos con la idea.

—Eso es verdadera amistad, Gunhilda. Supongo que hace falta mucho coraje y generosidad para llevar adelante un proyecto de ese calibre.

—La verdad es que sí. Pero estuvimos dispuestos a ello. Había entre nosotros un cariño y una camaradería que podía con todo, y lo más importante era que confiábamos en nosotros mismos… y en él—.

Madrid y Barcelona fueron dos grandes ciudades en las que nos encontramos cara a cara con el Arte de los grandes maestros. Visitamos museos, pero también descubrimos la arquitectura en las calles, la vida bohemia, la nocturnidad, la buena comida, las fiestas populares… Veníamos de otro mundo y estábamos impresionados. A lo largo de la ruta francesa por la Costa Azul, además de conocer ciudades como, Saint Tropez, Cannes, Niza o Montecarlo en Mónaco, íbamos parando en pequeños pueblos costeros, en algunos encaramados a las rocas —nos encantó Éze—, nos bañamos, incluso dormimos alguna noche al aire libre en playas paradisíacas, visitamos las ruinas romanas en Arlés y, de verdad que ahora no puedo recordar los nombres de los pueblos medievales que visitamos con sus coloridos mercados en los que comprábamos frutas y verduras frescas para las comidas. Nos perdíamos por carreteras comarcales serpenteantes y, con todas las ventanillas abiertas y nuestra música preferida a tope, nos dejábamos seducir por los aromas y el color de los campos de lavanda. Nos encantaban las charlas con los lugareños. En general nos recibían con amabilidad, a veces compartíamos unos vinos con ellos —quizás por la curiosidad que sentían por nosotros— y nos hacían recomendaciones de rincones especiales de sus pueblos que no aparecían en las guías de viajes.

A pesar de lo maravilloso que pueda parecer contado ahora, no fue fácil. Ya te lo he dicho antes. —suspiró Gunhilda como necesitando un descanso—. Leo desaparecía a ratos entre calles, y más de un día nos lo encontrábamos, al volver a la furgoneta, “colgado” casi sin pulso. Lo mismo de siempre, a urgencias, a esperar a un diagnóstico de sobra conocido y volver a darle otra oportunidad a su arrepentimiento apenas convincente. Pero lo teníamos que hacer por él y por Daniella. Llegó un momento en el que nos planteamos seguir cada uno nuestro camino porque Leo, aunque —cuando estaba centrado— nos agradecía el esfuerzo que estábamos haciendo, se escudaba en que le fallaba la voluntad —como si la fuerza de voluntad fuera ajena a él—. La tensión llegó a convertir aquel ambiente en irrespirable. Decidimos llegar juntos hasta Florencia y allí reconsiderar el viaje.

Pero no llegamos a destino. Entrando en Italia recordé que la madre de mi amiga Rita que era italiana, además de otras recomendaciones me había hablado especialmente de la famosa Pigna, el casco antiguo de San Remo. Daniella y Leo se excusaron y prefirieron ir por su lado para solucionar algún contencioso que les ocupaba aquella tarde. Paseamos Martin y yo por las callejas iluminadas como de cuento, por el puerto y los jardines, nos comimos una pizza auténtica y cuando volvimos a la furgoneta nos encontramos con Daniella viendo la televisión arrebujada en el sofá cubierta con una manta.

—¿Qué pasa Daniella? —preguntamos a la vez, asustados. ¿Dónde está Leo?

—Hemos discutido. Ha dicho que volverá más tarde, que necesitaba estar solo.

—Pero… ¿Dónde se supone que lo has dejado? —Preguntó Martin— ¿Por dónde habéis andado? ¿Estaba bien o estaba tocado? ¡Ostias, me cago en la puta…! —explotó Martin dando un golpe en la mesa— Me voy a ver si lo encuentro. Vosotras esperar aquí, ¿vale?

Daniella estaba como traspuesta, no tenía ganas de hablar de nada y yo respeté su silencio, me senté a su lado y la abracé, sin saber qué más hacer. La espera se hizo eterna, salimos a la calle a respirar por los alrededores de la furgoneta, estábamos en un parque bien iluminado donde había grupos de jóvenes sentados en el césped con su propia juerga. Cuando ya no quedaba nadie, nos fuimos a dormir aunque ninguna de las dos podía conciliar el sueño.

Martin entró en la furgoneta solo, su cara era el gesto del dolor, de la rabia, de la furia, de la crispación.

—¡No ha podido superar la última dosis de heroína! —balbuceó—

Y lloró, lloró de desesperación durante muchas horas aquella noche tumbado boca abajo en la cama. La muerte de Leo nos hundió en la negrura de la culpabilidad. Nosotros habíamos fracasado y él estaba muerto. Nunca hasta aquel momento habíamos pensado en ello. Nos habíamos embarcado en el viaje sintiéndonos solidarios, poderosos, triunfantes; nos creíamos capaces de dominar todas las pasiones… Y ahí estábamos sin comprender nada. Habíamos fracasado. ¡Leo había muerto!

La policía italiana nos ayudó con los trámites, telegrafió a la familia y el consulado de Estados Unidos en Milan resolvió que el cuerpo quedara enterrado en el cementerio de la ciudad. Fue más doloroso todavía saber que los padres renunciaban al traslado de su hijo a casa…

Daniella optó por volver a San Francisco y Martin y yo no estábamos en condiciones de continuar el viaje hacia ninguna parte, estábamos noqueados. Pasamos noches en blanco hablando de nuestras opciones, nos sentíamos como náufragos en una isla desierta en mitad de un océano de inseguridades. Quizás nuestra salvación fue entonces estar juntos en aquellos momentos de ruina total.

—Gunhilda, —dijo un Martin derrumbado al que nunca había visto antes así— estamos a ochocientos kilómetros de París. Sugiero que contactemos con mi familia allí. —Siento que estamos necesitando algún tipo de protección, aunque solo sea temporal, el desapego familiar me pesa ahora como una losa… —dijo con una media sonrisa mirándome y esperando mi respuesta—

—Podría hablar con ellos para ver si nos pueden buscar algún sitio para dormir cerca de su casa y nos quedamos con ellos unos días. Estoy seguro de que nos vendrá bien a los dos descansar un poco.

No tengo muy claro si accedí por él o por mí. Estábamos tan consternados y desorientados que nos daba igual ir hacia el norte o hacia el sur, despertar o morirnos.

Vivían en Villene sur Seine, un pequeño pueblo a media hora escasa de París. Durante el viaje Martin me fue hablando de ellos. Eran un matrimonio con un hijo, —la mujer hermana de su padre—. Habían mantenido buena relación con ellos a pesar de la distancia. Martin y su primo Fabian habían sido compañeros de juegos de pequeños, después tomaron caminos diferentes. Martin se marchó con sus padres a Canadá donde ellos se establecieron y él estudió Bellas Artes. Terminó el último curso y la tesis en Standord. Fabian, sin embargo, vivió la revolución del 68 en París, era una persona muy especial, con una gran sensibilidad por el Arte, se ganaba algún dinero vendiendo cuadros en la calle además de ayudar a sus padres en la tienda de las flores. En aquella época vivía solo porque la pareja con la que había compartido los dos últimos años decidió marcharse a vivir a Sudáfrica y él no estaba dispuesto a seguirla. Se identificaba bien con la vida bohemia de París.

Nos recibieron con cariño y respeto. Comprendieron bien la situación por la que estábamos pasando y su compañía nos ayudó a ir superando el duelo. Fueron unos días de descanso, de reflexión y de charlas filosóficas interminables visitando la Provenza francesa. Nos hicieron valorar y disfrutar del ambiente familiar al que, en realidad, no estábamos acostumbrados. La forma de vida, su ritmo, sus intereses, sus preocupaciones, eran bien distintas a lo que habíamos vivido hasta entonces. Les ayudábamos un rato por las mañanas en los trabajos del campo y después de comer y descansar un rato salíamos a pasear por los alrededores.

Desde allí había media hora en coche hasta el centro de París, y la tienda de las flores de los tíos de Martin estaba en la calle Saint Péres. en pleno Barrio Latino. La ciudad tuvo mucho que ver con nuestra recuperación. Nos fue conquistando día a día hasta que llegó un momento en el que decidimos instalarnos. Tuvimos mucha suerte de encontrar una buhardilla en alquiler en la plaza de los Vosgos que se acababa de quedar vacía. Vendimos la furgoneta a cambio de un coche convencional y nos dedicamos a buscar trabajo.

—¡Mamá Louise! —exclamé—. Sentí un escalofrío al oìr su voz al otro lado del teléfono—.

Noté la emoción en sus palabras, aunque su voz me llegaba desde lejos. La última vez que habíamos hablado fue desde Madrid para que supiera que ya habíamos llegado a Europa. Me contó que ya estaba trabajando en el proyecto del Ártico y vivía en Bergen. Se alegró de saber que estaba más cerca… La conversación me dejó pensativa unas cuantas horas después.

A Fabian se le abrió el cielo hablando con Martin sobre sus expectativas de futuro cuando le contó que su deseo era el de instalarse a vivir en París y buscar un trabajo relacionado con las Bellas Artes. Una noche terminando de cenar su tío dio unos toques con el tenedor en su copa, llamando nuestra atención y pidió que le prestáramos atención. Se dirigió a nosotros con voz grave.

—Martin, he hablado con mi mujer y con mi hijo. Quiero que sepas que estaríamos en condiciones de ofrecerte un puesto de trabajo en París. El local de las flores será de Fabian cuando nosotros no estemos y está amortizado. Hay metros suficientes como para ampliar el negocio y se le podría dar un giro actualizado contando con tu participación.

Martin me miró en silencio. —Yo no tenía mucho que decir allí—, pero me sorprendió muy gratamente la propuesta y sonreí encogiéndome de hombros. Vi el brillo en sus ojos antes de acomodarse en la silla y volver la mirada hacia su familia para responder con tranquilidad.

—Bien, —dijo, como pensándolo— Parece una buena idea en principio. Tendríamos que preparar un proyecto y estudiarlo juntos. Puede interesarme y agradezco de verdad que contéis conmigo.

El padre de Fabian nos invitó a brindar. La conversación continuó hasta bien entrada la noche. Formarían un tándem perfecto en el arte floral y la decoración de eventos.

A solas en la habitación hicimos el amor apasionadamente, la magia de las caricias invadía cada poro de nuestra piel desprotegida, el deseo brotaba como un animal insaciable en toda su locura… Aquella noche —continuó Gunhilda con una sonrisa nostálgica— hicimos arder el fuego con los restos del pasado. —Y continuó— París a su lado iba a cambiar radicalmente mi vida. Fue la experiencia más intensa que he vivido nunca —antes y después de aquellos días— Nos instalamos en una buhardilla en la Plaza de los Vosgos. Yo les ayudaba en la floristería con las gestiones, presupuestos y permisos para las obras, hasta que encontré un trabajo de dependienta en una tienda de delicatessen en uno de los mercados cercanos. Solo me duró dos meses porque una tarde, al salir, me abordó un chico —o quizás sería mejor decir un hombre, calculé que era algo mayor que yo, era de aspecto elegante y pulcro con una melena corta bien cuidada—.

—¡Hola! Me dijo atrayendo mi mirada. ¿Puedo interrumpirte?

Por un momento pensé que querría venderme algo…

—Me llamo David Holder, quizás te suene mi apellido porque veo que tu trabajo, de alguna forma, está relacionado con el mío.

—Pues ya lo siento —dije excusándome—

Se le veía educado y cercano, de esas personas que te hacen sentir cómodo a su lado. Recordé de repente que lo único que me sonaba de su apellido era una empresa fabricante de macarons —esos dulces típicos franceses—. No podía creer que aquel hombre del que yo había oído hablar tanto los dos últimos meses, estuviera ante mí solicitándome una cita. Dudé y dije:

—Bueno, ya me has interrumpido…. —Él sonrió.

—Comprendo que te parezca raro este encuentro. El tema es que he venido observándote durante días en tu puesto de trabajo y pienso que eres la persona que necesito para nuestra empresa. Disculpa que haya sido tan directo. Me gustaría hablar contigo tranquilamente del tema.

Acepté su compañía, todavía aturdida, mientras caminábamos por las estrechas calles a esa hora de la tarde en la que los comercios estaban a punto de cerrar y las cafeterías y los salones de té con sus terrazas iluminadas se llenaban de ambiente. No me invitó a sentarnos.

Se despidió tomándome de la mano y haciendo una leve reverencia. —tengo que reconocer que me sorprendió, pero me gustó; tampoco estaba acostumbrada a aquello— Quedamos en que me recibiría en su despacho de los Campos Elíseos el día siguiente al terminar mi jornada. Me ofreció un sobre con información de la empresa, la historia de la familia fundadora y un cuidado catálogo de sus productos. Me quedé parada viéndolo marchar; —parada como si alguien me hubiera tocado con una varita mágica y no supiera qué hacer—. Subí las escaleras de casa despacio mientras leía incrédula: “La historia de las “tea-rooms” de París está ligada íntimamente a la familia Ladurée. Todo empezó en 1862 cuando…”

Había empezado mi futuro…


firma

Música y marihuana

Yo temía el momento de volver de vacaciones. Procuraba que nuestros planes turísticos terminaran cada día unos minutos antes, para poder acudir a mi encuentro con la mujer que llevaba en su interior el libro que yo deseaba escribir. También notaba en ella una ilusión creciente, una especie de complicidad, que se hacía más intensa a medida que llegaba a la narración de su propia vida.

Los reflejos de su juventud asomaban entre sus canas y sus cuidadas arrugas.

—Recuerdo que te conocí pegada a una botella de Bourbon —le dije.

Mi comentario le hizo soltar una amplia carcajada.

—¡Es verdad! Tienes razón —dijo, mientras reíamos juntas—. A dejar la bebida me ayudaste tú, ya es hora de que lo sepas, mi querida amiga.

—No sé si yo he podido influir de alguna manera, pero el mérito en estas cosas es del que toma la decisión, así es que es todo tuyo; espero que cada día vayas sintiéndote mejor.

Le tomé de las manos y le pedí que siguiera con su relato. Se me estaban agotando los días de vacaciones. Hasta tal punto estaba yo embarcada en su historia, que estuve madurando la idea de pedir un permiso sin sueldo y quedarme, algún tiempo más en el valle, cuando mis amigos viajaran de vuelta.

Mis recuerdos de infancia —continuó con su mirada encendida—tienen más que ver con mis abuelos que con mis padres. No fui consciente de todo esto hasta pasados varios años. Sin embargo, era una niña feliz rodeada de amigos, lejos del ruido de las ciudades, la naturaleza era el paisaje de mis juegos, tal y como le hubiera gustado a mi madre. —Gunhilda se quedó pensativa unos segundos—.

En aquella época —continuó— yo pensaba que Ulma era mi madre y, de alguna manera lo era, aunque ella cada noche me contaba cuentos de historias verdaderas y también de leyendas de Noruega. Juntas rezábamos por Louise, la mujer que se había marchado no hacía mucho tiempo en un barco, para buscar una casa donde vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos para que algún día pudiéramos volver a verla.

Ulma cuidaba también de los abuelos. Ella les atendía como si fueran su propia familia. No tengo conciencia del momento en el que nos despedimos de ellos definitivamente. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí recuerdo el encuentro, al bajar del barco, con aquella mujer que lloraba desconsoladamente abrazándome, y yo no entendía por qué.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad, en una de las casitas agrupadas entre bosques y caminos y lagos. Ulma preparaba cada mañana el desayuno para las tres y después me acompañaba al colegio. Mamá Louise nos despedía soplando besos desde las palmas de sus manos, sin dejar de mirarnos, largo rato, mientras desaparecía en sentido contrario.

—Ulma, estoy pensando en cambiar de trabajo. —escuché decir un día a mamá Louise mientras cenábamos—. Estoy madurando la idea de dejar la enseñanza.

—¿Qué dices, Louise? —dijo Ulma espantada— Apenas han pasado unos meses desde el final de la guerra. Ahora que por fin hemos conseguido la estabilidad que nunca habíamos tenido, ¿se te ocurre ahora hacer saltar todo por los aires de nuevo?

—Precisamente por eso, la guerra ha terminado y el país parece recuperarse; algo se está moviendo. Habrá oportunidades de trabajo y a mí me gustaría dedicarme a algo más directamente relacionado con la naturaleza en lugar de a teorizar sobre ella en las aulas. Siento que ya he cumplido con esta etapa y ahora necesito reiniciar nuestra vida: la tuya, la de la niña y la mía. No me niegues que siga apostando por ello.

—Estaré contigo siempre que me necesites. —Dijo Ulma con un suspiro y una sonrisa maternal.

Así fue cómo cambió mi vida, —dijo Gunhilda, dando una palmada alegre en la mesa— Sí querida, ahí comencé a madurar.

A mamá Ulma la perdimos cuando yo tenía doce años. Hasta entonces no había sido del todo consciente de la fortaleza y del amor incondicional que me habían ofrecido aquellas dos mujeres. Dejé de comer, no quería ir al colegio, me refugié con mi tristeza por primera vez en brazos de mamá Louise. La muerte no entraba en mi esquema mental, odié a los médicos cuando dijeron que no podían hacer nada por ella… y la dejaron morir así, sin más, en el frío de una habitación de hospital. No sirvieron de nada nuestros besos…

Quizás alguna vez eché en falta tener un padre. Eso era cuando veía a mis amigos del colegio aprendiendo a jugar al béisbol. Me quedaba algunas tardes después de las clases, mirando embobada a los hombres; y a los niños muerta de envidia. Yo no tenía padre que me enseñara a jugar. Decidí por entonces que lo que yo deseaba era tener un hermano mayor…

—Recuerdo aquellas sensaciones como si fueran hoy… —añadió una Gunhilda risueña— Un poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera —y sonrió dedicándome un guiño.

Desde que me quedé sola con mamá Louise fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz, apasionada…, me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, de las religiones y también de las guerras… —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa— De la maldad de la crueldad y del miedo…

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en Setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Me parecía mentira mi propia historia. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida de mi nacimiento rodeada de muerte, o haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente, porque no pudo soportar el horror de los crímenes cometidos —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su puesto en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como responsable en el Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; las secuoyas, los glaciares, las reservas de las tribus indias. También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras hablaba por teléfono con mi amigo Thomas—.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado mi amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora sé que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la oscuridad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Porque yo iba a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era profesor, compañero de trabajo de mi madre que podía tener treinta años más que yo pero que fue el primer hombre con el que yo me sentía como una verdadera mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto, aunque simpático y con sentido del humor, atento y atractivo hasta no poder soportar su presencia cerca porque yo temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía soportar los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me mirara, a la vez, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el por qué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestras quejas y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad. Era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Era todo un personaje, recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la Guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de los soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía total en la que me distancié de mi madre, no soportaba sus críticas y sus recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y algo de libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, pero posiblemente pasen algunos años. Quizás sea mi último destino. Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que contar con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de atreverme a pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿va alguno más de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


firma

Rocas


En todos los lugares del camino encontré rocas y musgos, líquenes,
dulces vientos ululando por los bosques,
en el aliento de las libélulas ecos de cánticos sagrados
y rumores de manantiales y aromas de rituales que me confundieron.


Hoy no he visto el mar

Hoy…
No he visto el mar…

Mis ojos
vigías horadantes,
mis ojos avizores
en la noche
de los astrales mundos;

mis ojos errabundos
amigos del vértigo
del abismo;

mis ojos
vagabundos
hoy…
no han visto el mar,

Ni a estas horas mecen mis sueños
sus silencios,
sus sirenas,
sus cóleras,
sus himnos;
su erótica quejumbre…

Hoy… no he visto el mar.


(basado en poema de L.de Greiff)


publicado originalmente en 2016

Let it Be

Cuando se acercó a ella, directamente dijo: ¡Hola, cariño! Además de medio desmayada, se quedó horrorizada. No le conocía de nada y no le gustaban las personas que iban llamando cariño a todo el mundo a la primera de cambio, aunque en esa zona, a trescientos kilómetros de su casa, sabía que era bastante habitual. No se encontraba en condiciones de polemizar en aquel momento, se dejó coger de la mano y pudo sentir después sus cálidas caricias por su hombro y por su brazo izquierdo. Le miró a los ojos y solo pudo rendirse ante el afecto que aquel hombre le ofrecía.

Su mirada era de color azul casi transparente. Su forma de hablar acentuaba sus palabras orgullosamente identificándose con su tierra aragonesa, su voz sonaba tosca y muy cercana, sonreía con una naturalidad innata e inevitable.

Ella no pudo evitar una mueca cuando una maniobra extraña hizo que sus huesos se resintieran de tal forma que hicieron derivar la conversación hacia el tema del dolor. Alejandro era un hombre joven, de configuración cuadrada, curtido —más tarde lo supo— en todos los tipos de dolor que pudieran existir y, sin embargo, su vocación le había llevado a dedicarse a ayudar y consolar a todos aquellos que lo necesitaran.

Confesó que sus tobillos estaban hechos trizas de empujar en primera línea con su equipo de rugby, también su espalda y su cabeza casi rapada. Llevaba una barba rubia de tres días y un pendiente de plata en su oreja izquierda —tres aros de distintos tamaños engarzados—. Consiguió hacerla sonreír cuando apostó porque ella hubiera tenido unos parecidos en su época hippy. Estaba casado y tenía dos niñas, la más pequeña de ellas había nacido con una de esas enfermedades «raras» de las que tan poco se conoce todavía. Su conversación y su sonrisa aliviaban. A pesar de los envites del dolor que ella padecía en su cuerpo magullado. El trayecto se le antojó que había sido excesivamente corto cuando llegaron a destino porque sintió que había quedado mucho por conocer de aquel hombre entrañable. Se abrazaron con emoción contenida y se besaron las manos.

Se quedó con que él era músico, que había estudiado saxo desde niño, primero alto, después se dedicó al saxo tenor… Se quedó con el nombre de su grupo: Ska Blues & Jazz.

Se quedó con su sonrisa, con la transparencia de su mirada. Se quedó con su coraje y el brillo de su vida ocultos discretamente debajo de aquel uniforme de colores fosforescentes. Se quedó con el sonido especial de su voz cerca de su corazón mientras lejanamente oía la sirena de la ambulancia que la había trasladado hasta urgencias.


@mjberistain

Palabras previas

Sobre el sigilo verde de los campos
sestea la brisa y casi suscita
presentida, la caricia inasible
del agua súbita.

Se aquieta la alegría en la distancia,
en un instante sueña y se entristece
y una sed sucesiva reúne
lluvia y llanto.

Como un veneno lento nos invade
impune la fragancia de la vida,
hay una bruma que tiende su manto
sobre la desnudez de los castaños
y una muerte muy íntima que viste
de encajes tímidos los almendros.

Las palabras contienen su naufragio
en la piel primitiva de los labios.
Somos un gozo invisible
pero se nos caen los besos huérfanos
sobre las luces impuras, huidizas
de otra tarde.

Hay un lento pudor que aguarda
entre las brasas la llegada dócil
de otras madrugadas y se recuesta
la costumbre en nuestros ojos. Un viento
borda breves soledades y sangra
la memoria sobre los tejados.

Hay una guerra afuera
cuerpo a cuerpo frente al tiempo
y cuando todo termine,
—dentro de un momento—
y apenas quede mar en nuestras venas
ni sean ya infinitas las mareas,
alguien nos examinará de amor
y entonces, solo entonces comprenderemos
que no había ningún después para nosotros.

@mjberistain
De mi libro «Apuntes de Salitre» – Edic. Vitruvio 2018


Azul oscuro

Un coche negro acelera, no hay salida
—pienso—

Apenas hay gente por el paseo,
el viento del noroeste
juega con la marea baja
y levanta crestas de espuma
como pequeñas palomas blancas.

No hay guión.

Es un martes de marzo, sin más,
—pienso—

No haré más preguntas.

Duerme feliz un niño y un joven
padre lee un libro a su lado.
Imagino unos ojos azul oscuro
apuesto un tono grave para su voz.

Va oscureciendo el cielo de la mañana
y las sombras anuncian lluvia.


@mjberistain


Back to Black

 

He soñado que llevaba una pistola encima…

Alguien había colocado un arma debajo de mi almohada y al despertar, además de salir aterrorizado de mi habitación, me he lanzado a la calle tratando de ocultar como podía aquel arma que no entendía cómo había llegado hasta mi cama. Sujetándola con mi mano derecha la ocultaba detrás de mí, a la altura de mis lumbares, entre la primera camiseta que he encontrado en el vestidor a oscuras y un ancho cinturón que mi mujer dejó anoche tirado en el suelo, intentando que el arma pasara desapercibida. De ninguna manera quería quedarme en casa con ella. Sabía que yo era el elegido. Sin embargo yo sólo quería huir, huir de mí, deshacerme de ella…, y deshacerme de mí en aquella situación desequilibrante. Sobre todo quería deshacerme de ellos; escapar de aquel pasado que me torturaba una vez y otra y me obligaba a enfrentarme cara a cara con la maldad, esa oscura pasión siempre al acecho entre los cables retorcidos de mi cerebro.

En el silencio podía escuchar lejanamente sus carcajadas de jokers, podía imaginar sus caras pintarrajeadas de blanco sucio, sus miradas hirientemente perversas, sus sonrisas rasgadas manchadas de sangre fresca representando ante el mundo una farsa en la que sus víctimas caían deshumanizadas en la locura. Maldad, maldad, sinuosa serpiente cobijada entre escamas ardientes de amor lacerante.

Había sido educado para enfrentarme a los problemas, saber analizarlos con detenimiento, discernir entre aquello que pudiera ser tóxico y tratar de evitarlo. Lo cierto es que la vida, más allá de toda la educación, los buenos consejos, las reflexiones personales, las ayudas buscadas y pagadas a doblón, las desinteresadas y fundamentales, había discurrido por mares no siempre gentiles. Fue un milagro salir —no precisamente airoso, sino dañado íntimamente con rasguños hasta en las pestañas— de algunas relaciones que, por otra parte, habían formado parte de mi historia durante muchos años.

Yo y mi pistola; mi pistola y yo borrachos de pánico intentando no pagar un precio demasiado alto por nuestra libertad.

Siempre relacioné volar con libertad, pero en mi sueño iba sentado en el compartimento de un tren, solo, con mi pistola, viendo pasar las imágenes de mi vida a través del cristal sucio de una vulgar ventanilla que se abría y cerraba de manera intermitente,  sin coraje para saltar al vacío.

No debí disparar entonces la pistola contra mi sien, supongo que en algún momento pensé que era tan difícil como sencillo salir de aquella situación. No recuerdo haber disparado el arma porque todavía siento el afán de mis dedos sobre el teclado mientras escribo y,  ya que estoy aquí, decido con todos mis sentidos enterrar en la negrura de esta noche la pistola y el lado oscuro de mi pasado.  Q.D.P.

Música Amy Winehouse – BACK to BLACK

 


M.J.B.
Fotografía Luiz L.Barbosa


 

Júpiter (Lo que yo vi)

 

Prometo que puse mucha ilusión y todo mi interés. Pero para nada fueron suficientes todos mis intentos de sacar una fotografía digna del planeta y de la ocasión.

Así que, esto es lo que hay.

Juro que miré hacia el sur, también juro que estaba un poco aturdida de encontrarme en el centro de un grupo de expertos astrónomos y otros amigos.

Y lo vi, a él, a Júpiter y a sus lunas o (satélites galileanos) por medio de uno de los telescopios, un Celestron C11 (lo llamaban).

Y también lo vi, solo a él, a Júpiter sin sus lunas alrededor, entiendo que ello fue debido a la gran potencia del telescopio C11 comparada con la de mis ojos imperfectos.

 

Hacía calor y en el ambiente a más o menos setecientos metros de altitud el paisaje aparecía cubierto con una leve neblina que apagaba la luz de los vivos colores del mes de Junio.

Experiencia muy agradable y francamente interesante propiciada por las personas con las que allí nos encontramos, miembros de la Sociedad Izarbe
y de la Sociedad Fotográfica de Gipuzkoa.

A ellos y a ellas todo mi agradecimiento

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TroncosDSC_0762

Una niebla densa fue instalándose a nuestro alrededor… y apagó el cielo.

Prometimos volver otra noche…


 

 

 

De punta a punta

Es un privilegio poder contar con la autorización de Macarena Azqueta para compartir en mi blog uno de sus vídeos especiales.

Recomiendo la visita a su espacio macazqueta.x10.mx  en el que está contenida su obra fotográfica de gran pureza, fuerza y especial sensibilidad.

Error
El video no existe

Náutica

De Este a Oeste
viento a favor sobre el fondo azul de la memoria
y el azul incierto de un cielo que se derrama
sobre el Océano; 
sobre lo nuevo.

Aves
           Velas
                       Espumas
                                           Rizadas
Blancas.

@mjberistain

PoeteSSen

Mi sincero agradecimiento al Blog PoeteSSen por su generosidad al darle voz a mi relato titulado El Espejo.

https://poetessen.com/2018/11/06/el-espejo-maria-jesus-beristain/

Os invito a que os acerquéis a su Blog en el que disfrutaréis de su amplio. interesante y bien trabajado contenido.

Roble

 

Para que yo pudiera vivir aquí
para que mi ser pesara sobre el suelo
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo,

solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos…

(palabras de Angel González de su poema “Áspero mundo” de 1956
Fotografía @mjberistain

 

Sotto voce

Escúchame: en voz baja,
en la noche, a escondidas,
y sin usar tu nombre
para que nadie me lo vea en la boca,
esta vez para siempre —¡oh, dioses!—
te digo adiós

                                          pensando
agazapadamente
que quizá en otra noche menos bárbara
te traigan a mis manos
el azar o el demonio.

 

Félix Grande
Imagen: Schommer


 

Las cuatro de la madrugada

Merece la pena «escuchar» este poema recitado publicado en el blog poeteSSen

Hora de la noche al día.
Hora de un costado al otro.
Hora para treintañeros.

Hora acicalada para el canto del gallo.
Hora en que la tierra niega nuestros nombres.
Hora en que el viento sopla desde los astros extintos.
Hora y-si-tras-de-nosotros-no-quedara-nada.

Hora vacía.
Sorda, estéril.
Fondo de todas las horas.

Nadie se siente bien a las cuatro de la madrugada.
Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la madrugada,
habrá que felicitarlas. Y que lleguen las cinco,
si es que tenemos que seguir viviendo.

 

Polonia (1923 – 2012)

Dos cines y un café

¡Pom!

Sonó el golpe seco. No me moví. Abrí un poco los ojos como sin querer descubrir lo que lo había provocado.

Habría sido mi parietal, el parietal derecho. No había nadie en el asiento de enfrente. Miré, sin mover la cabeza, de reojo hacia la izquierda. Tampoco había nadie a mi lado. Me había asustado. Miré hacia la derecha y el color negro pasaba a una velocidad vertiginosa. Un cristal, frío en la piel, me devolvía el reflejo de mi cara de susto.

¿Qué hacía allí? ¿Dónde demonios estaba el mundo? Pensé que estaba soñando y quise salir de aquella escena. Me despabilé como hacen los perros cuando se termina de bañarles, agitando todo mi cuerpo en el asiento hasta que conseguí darme de nuevo con la cabeza en el cristal.

¡Pom!

¡Seré estúpida! Voy a conseguir abrirme la cabeza, aunque no estaría mal una pequeña brecha para que se me escapen por ahí los vapores de pensamientos perversos a modo de fluido, así como lo haría la válvula de una olla express soltando lo incontenible a toda presión hasta llegar a la liberación.

¿Se llamaba parietal?

Miraré en «santawikipedia» porque recuerdo que lo estudié en el colegio cuando era una niña, pero ahora mis nietos todavía no han llegado a esa lección, con lo cual tengo que consultarlo. La memoria hace estragos.

Consigo preocuparme. Entonces, si no tengo memoria, si no me queda nada en la cabeza, ¿qué me queda ahí adentro? Bueno, no quiero seguir pensando en ello. Se llamaba parietal, ¿verdad? Consulto y leo: «De la pared o relacionado con ella: «las pinturas parietales (pinturas rupestres realizadas en las paredes de las cuevas) fueron realizadas por el ser humano hace unos 25 000 o 30 000 años» —Ahí no debía de estar yo, de otra manera me acordaría—. » En anatomía los parietales son los huesos más grandes del cráneo y están situados a derecha e izquierda, entre el frontal y el occipital y por encima de los temporales.»

Me llevo las manos a la cabeza, Todo en orden —me refiero únicamente al exterior—. Nada roto, tampoco el cristal de la ventanilla del tren que ahora ha aminorado la marcha y me permite apenas distinguir rasgos húmedos de ocres y verdes discurriendo entre la niebla espesa.

Dos cines y un café. Me los debes, —había dicho.

Son las cinco de la mañana y el traqueteo lento del tren me adormece de nuevo. Es lo último que recuerdo del encuentro con él, sería ayer, o hace treinta mil años, no lo sé. Los recuerdos deben de ser una gran bola, una masa de cables y neuronas, en permanente movimiento involuntario, ordenados o desordenados, en la que quedan registrados los pulsos de nuestra vida y que van repitiéndose en nuestro cerebro en el nuevo paisaje del tiempo. ¿O no será así?

mjberistain@

El color de la sangre

Relato de Rubén García García
publicado en su Blog Sendero el 6 de setiembre de 2011

Tenía el puñal de su mejor amigo en la parte izquierda del pecho. A su alrededor las chicharras y,  en la lejanía los coyotes firmaban sobre el silencio de la noche. Respiraba con dolor. Pensó que su agresor iría ya por el arroyo cuando sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax.

El escritor de historias detuvo de tajo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Pero una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:

—Soñé que escribías algo para mí.

Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró:
— ¿Qué deseas, un cuento jocoso o algún relato serio?
—Prefiero el tono serio
—Digamos de color gris.
—No quiero nada gris. Deseo tonos azules, rojos o naranjas.
—Entonces sería un arlequín.
—No, que sea cielo, nube, gaviota; me asustaría si fuese de arlequín.
—Para hacer una historia así, necesitaré ayuda.
—Debes confiarte a tus sentidos.
—No basta.
—Traeré listones y cuando el aire respire, escucharás un suave rumor que llamará a las musas.
—No basta.
—Pierde la mirada hacia el horizonte y encontrarás en la curva del cielo la magia.
— Lo que necesito es una vara larga que me ayude a equilibrarme en la cuerda.

En los momentos que escribo pareciera que camino sobre un hilo que cruza un abismo; pero la cuerda se balancea y caigo. ¿Sabes? Una vez los duendes me obsequiaron una vara viva. Cada vez que cometía un error, me azotaba. Cuando inicié y cometí  el primer abrupto me lanzó al vacío y dijo con gravedad: “Uno más que deja de ser escritor” La miré desde abajo sin odio, sin rencor y le pedí que me permitiera continuar. He subido desde entonces noventa y nueve veces y en esa misma cantidad me ha arrojado.
No la detesto. Es un reto que me inspira a escribir mejor. Gracias a ella mis frases empiezan a tener música.

La última vez  que caminaba sobre la cuerda, había recorrido la mitad del precipicio, cuando cometí la imprudencia y ella, salvaje, me dobló el lomo con un golpe y se rió. Aún escucho: “¡Cuándo aprenderás!”  Lloré de impotencia; tragué el llanto. Respiré hondo para amortiguar la caída y desde allí, la miré con súplica, pero ella me gritó: “¡Quédate allá! ¡Busca otro oficio! Supe entonces comprender lo que quiso decirme: ¡Sube! ¡Tú puedes!

La vi sonreír por primera vez cuando vio mis manos entintadas de dolor y sangre y encontró que en mi podían  germinar sus enseñanzas.

Tendrás que esperarme. El escrito estará listo cuando logre cruzar el abismo.