PoeteSSen

Mi sincero agradecimiento al Blog PoeteSSen por su generosidad al darle voz a mi relato titulado El Espejo.

https://poetessen.com/2018/11/06/el-espejo-maria-jesus-beristain/

Os invito a que os acerquéis a su Blog en el que disfrutaréis de su amplio. interesante y bien trabajado contenido.

 

Roble

 

Para que yo pudiera vivir aquí
para que mi ser pesara sobre el suelo
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo,

solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos…

(palabras de Angel González de su poema “Áspero mundo” de 1956
Fotografía @mjberistain

 

Sotto voce

Escúchame: en voz baja,
en la noche, a escondidas,
y sin usar tu nombre
para que nadie me lo vea en la boca,
esta vez para siempre —¡oh, dioses!—
te digo adiós

                                          pensando
agazapadamente
que quizá en otra noche menos bárbara
te traigan a mis manos
el azar o el demonio.

 

Félix Grande
Imagen: Schommer


 

Las cuatro de la madrugada

Merece la pena “escuchar” este poema recitado publicado en el blog poeteSSen

Hora de la noche al día.
Hora de un costado al otro.
Hora para treintañeros.

Hora acicalada para el canto del gallo.
Hora en que la tierra niega nuestros nombres.
Hora en que el viento sopla desde los astros extintos.
Hora y-si-tras-de-nosotros-no-quedara-nada.

Hora vacía.
Sorda, estéril.
Fondo de todas las horas.

Nadie se siente bien a las cuatro de la madrugada.
Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la madrugada,
habrá que felicitarlas. Y que lleguen las cinco,
si es que tenemos que seguir viviendo.

 

Polonia (1923 – 2012)

Dos cines y un café

¡Pom!

Sonó el golpe seco. No me moví. Abrí un poco los ojos como sin querer descubrir lo que lo había provocado.

Habría sido mi parietal, el parietal derecho. No había nadie en el asiento de enfrente. Miré, sin mover la cabeza, de reojo hacia la izquierda. Tampoco había nadie a mi lado. Me había asustado. Miré hacia la derecha y el negro pasaba a una velocidad vertiginosa. Un cristal, frío en la piel, me devolvía el reflejo de mi cara de susto.

¿Qué hacía allí?. ¿Dónde demonios estaba el mundo?. Pensé que estaba soñando y quise salir de aquella escena. Me despabilé como hacen los perros cuando terminas de bañarles, agitando todo mi cuerpo en el asiento hasta que conseguí darme de nuevo con la cabeza en el cristal.

¡Pom!

¡Seré estúpida! Voy a conseguir abrirme la cabeza, aunque no estaría mal una pequeña brecha para que se me escapen por ahí los vapores de pensamientos perversos a modo de fluido, así como lo haría la válvula de una olla express soltando lo incontenible a toda presión hasta llegar a la liberación.

¿Se llamaba parietal?

Miraré en “santawikipedia” porque recuerdo que lo estudié en el colegio cuando era una niña pero ahora mis nietos todavía no han llegado a esa lección, con lo cual tengo que consultarlo. La memoria hace estragos.

Consigo preocuparme. Entonces, si no tengo memoria, si no me queda nada en la cabeza, ¿qué me queda ahí adentro? Bueno, no quiero seguir pensando en ello. Se llamaba parietal, ¿verdad?. Consulto y leo: “De la pared o relacionado con ella.“las pinturas parietales (pinturas rupestres realizadas en las paredes de las cuevas) fueron realizadas por el ser humano hace unos 25 000 o 30 000 años” —Ahí no debía de estar yo, de otra manera me acordaría—. ” En anatomía los parietales son los huesos más grandes del cráneo y están situados a derecha e izquierda, entre el frontal y el occipital y por encima de los temporales.”

Me llevo las manos a la cabeza, Todo en orden —me refiero únicamente al exterior—. Nada roto, tampoco el cristal de la ventanilla del tren que ahora ha aminorado la marcha y me permite apenas distinguir rasgos húmedos de ocres y verdes discurriendo entre la niebla espesa.

Dos cines y un café. Me los debes, —había dicho.

Son las cinco de la mañana y el traqueteo lento del tren me adormece de nuevo. Es lo último que recuerdo del encuentro con él, sería ayer, o hace treinta mil años, no lo sé. Los recuerdos deben de ser una gran bola, una masa de cables y neuronas, en permanente movimiento involuntario, ordenados o desordenados, en la que quedan registrados los pulsos de nuestra vida y que van repitiéndose en nuestro cerebro en el nuevo paisaje del tiempo. ¿O no será así?

mjberistain@

La carta

 

La carta era un objeto convencional. Sobre blanco apaisado en el que constaba la dirección del destinatario del mensaje.

Volvió a mirar el papelito que había sacado de la máquina expendedora de tickets. Su turno era el R077. Y volvió a olvidarse de él. Miró repetidamente a la pantalla que, colgada del techo iluminaba, en grandes caracteres, el número de ventanilla y el turno correspondiente —parecía imposible ignorarlo—, pero ella volvía a olvidarse de nuevo. Estaba aburrida de tanta espera. La señora de la ventanilla número cuatro no parecía saber qué quería en realidad, ni sabía expresarse bien. El funcionario tipo dinosaurio que se desperezaba al otro lado del mostrador, tampoco tenía ganas de esforzarse lo más mínimo, ni por ella ni por nadie, aquella mañana. El crío que acompañaba a la de la ventanilla dos daba vueltas sin parar tocándolo todo con sus dedos grasientos. Tenía que reconocer que aquella escena le estaba poniendo muy nerviosa. Ella intentaba no mirarlo porque le causaba pena o asco —no lo llegaba a tener muy claro—, el caso es que hubiera dado cualquier cosa por “despachar” ella misma a la madre del crío de aquella ventanilla, solo para quitárselo de la vista. Podría tener entre ocho y diez años. Debía de pesar doscientos kilos, más a lo ancho que a lo alto, y comía desesperadamente algo de lo que solo quedaban migas en un paquete de celofán brillante y también desparramadas por el suelo de la oficina de correos. Eran, sin duda, alguna de esas porquerías que se venden como churros en cualquier tienda de “chuches” de barrio o en supermercados, como si se trataran de una exquisitez recomendada para menores. ¡Lamentable! —pensó—. Miró al gran reloj digital, también colgado del techo que hacía un ruido escandaloso cada vez que en la placa que marcaba la hora, pasaba otro minuto más. Las gafas del niño eran enormes, no tanto como su cara. Detrás de ellas, una mirada aviesa, antipática, lanzaba flashes de insolencia a los que le miraban moverse por la oficina de correos que, a estas alturas, ya se estaba convirtiendo en algo siniestro a pesar de los esfuerzos de los decoradores por incorporar la luminosidad del amarillo en los rótulos, en los muebles y en los cristales.

No podía evitar mirarle con cierto odio a la de la ventanilla del dos. Pensó que se acercaría a ella, y le alertaría de que un niño en aquellas condiciones era un peligro. ¿Se atrevería o no?. ¿O su intención era únicamente porque estaba ya harta de la escena y de la espera? Tampoco tenía el conocimiento científico suficiente como para explicarle a aquella madre que debería de poner a su hijo en tratamiento con un médico especializado en obesidad mórbida. Decirle que era un peligro, para la salud del propio niño, para su madre y su familia y para la seguridad social en el futuro…

¡Lamentable! —pensó—.

Volvió a mirar inquieta el papelito blanco, ya hecho un gurruño, que llevaba entre sus dedos en el mismo momento en que la luz de la pantalla resaltaba la línea del R077. Se despertó de su sopor e intentó, con su mejor sonrisa, dar los buenos días a la empleada que la esperaba, mirándola también con una sonrisa desde el otro lado del mostrador, detrás de toda una parafernalia publicitaria. La empleada pesó la carta sobre una antigua balanza blanca. La aguja que debía de marcar los gramos apenas se movió. Con parsimonia la empleada trasladó la carta a un pequeño peso, esta vez digital, que marcaba 0,10 gramos y le facturó 0,50 euros.

La había mantenido en casa sin intención de hacérsela llegar a su destinatario. Intentó varias veces, como disimulando, hacerla desaparecer. Pero se la encontraba insistentemente en sitios en los que no se acordaba haberla dejado. Por otra parte, no se atrevía a tirarla en pedazos pequeños a la basura. Cualquiera que revisara los contenedores podría encontrarla y delatarla. Le quemaba aquella carta en su casa pero no tenía ganas de volver a enfrentarse a su voz agria, a su forma despechada de hablarle. La había colocado en la balda de temas pendientes, la había ocultado entre las primeras páginas de su agenda y ya había llegado noviembre. En algún momento se le ocurrió esconderla en la caja de cartón de color butano en la que guardaba los manuales de los electrodomésticos junto con las garantías y teléfonos de los servicios técnicos. Aquella mañana había fallado el lavavajillas y la carta volvió a saltarle a la cara. Aquello ya le sobrepasó. Se imaginó quemándola en el fregadero y también se imaginó el incendio que podía causar por semejante estupidez.

Mientras escuchaba aquella áspera voz por el móvil, tachaba con saña en el sobre blanco su propia dirección y escribía la que él le dictaba.  Después, se había acercado a la oficina de correos, liberada…

@mjberistain


Nota:
Con todo mi respeto a las personas empleadas de las oficinas de correos por su profesionalidad. Esto es ficción y forma parte de mis “cuentos casi verdaderos”.