Dos cines y un café

¡Pom!

Sonó el golpe seco. No me moví. Abrí un poco los ojos como sin querer descubrir lo que lo había provocado.

Habría sido mi parietal, el parietal derecho. No había nadie en el asiento de enfrente. Miré, sin mover la cabeza, de reojo hacia la izquierda. Tampoco había nadie a mi lado. Me había asustado. Miré hacia la derecha y el negro pasaba a una velocidad vertiginosa. Un cristal, frío en la piel, me devolvía el reflejo de mi cara de susto.

¿Qué hacía allí?. ¿Dónde demonios estaba el mundo?. Pensé que estaba soñando y quise salir de aquella escena. Me despabilé como hacen los perros cuando terminas de bañarles, agitando todo mi cuerpo en el asiento hasta que conseguí darme de nuevo con la cabeza en el cristal.

¡Pom!

¡Seré estúpida! Voy a conseguir abrirme la cabeza, aunque no estaría mal una pequeña brecha para que se me escapen por ahí los vapores de pensamientos perversos a modo de fluido, así como lo haría la válvula de una olla express soltando lo incontenible a toda presión hasta llegar a la liberación.

¿Se llamaba parietal?

Miraré en “santawikipedia” porque recuerdo que lo estudié en el colegio cuando era una niña pero ahora mis nietos todavía no han llegado a esa lección, con lo cual tengo que consultarlo. La memoria hace estragos.

Consigo preocuparme. Entonces, si no tengo memoria, si no me queda nada en la cabeza, ¿qué me queda ahí adentro? Bueno, no quiero seguir pensando en ello. Se llamaba parietal, ¿verdad?. Consulto y leo: “De la pared o relacionado con ella.“las pinturas parietales (pinturas rupestres realizadas en las paredes de las cuevas) fueron realizadas por el ser humano hace unos 25 000 o 30 000 años” —Ahí no debía de estar yo, de otra manera me acordaría—. ” En anatomía los parietales son los huesos más grandes del cráneo y están situados a derecha e izquierda, entre el frontal y el occipital y por encima de los temporales.”

Me llevo las manos a la cabeza, Todo en orden —me refiero únicamente al exterior—. Nada roto, tampoco el cristal de la ventanilla del tren que ahora ha aminorado la marcha y me permite apenas distinguir rasgos húmedos de ocres y verdes discurriendo entre la niebla espesa.

Dos cines y un café. Me los debes, —había dicho.

Son las cinco de la mañana y el traqueteo lento del tren me adormece de nuevo. Es lo último que recuerdo del encuentro con él, sería ayer, o hace treinta mil años, no lo sé. Los recuerdos deben de ser una gran bola, una masa de cables y neuronas, en permanente movimiento involuntario, ordenados o desordenados, en la que quedan registrados los pulsos de nuestra vida y que van repitiéndose en nuestro cerebro en el nuevo paisaje del tiempo. ¿O no será así?

mjberistain@

4 comentarios sobre “Dos cines y un café

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