Cien años de Piazzola

De la REVISTA ENTRELETRAS extraigo este interesante artículo relacionado con la Música, titulado Fervor y más allá de Buenos Aires: 100 años de Piazzolla escrito por mi querido amigo Antonio Daganzo. Mi agradecimiento Antonio por compartir tu conocimiento.

Por Antonio Daganzo Enero 2021

El escritor y musicógrafo Antonio Daganzo rinde homenaje a Astor Piazzolla (1921 – 1992), con motivo del centenario –que se cumplirá el próximo día 11 de marzo de 2021- del gran compositor e intérprete argentino, revolucionario creador de la modernidad sonora de Buenos Aires, por medio de una aleación irresistible de tango, jazz y música clásica.

Nacido en Mar del Plata, a unos 400 kilómetros al sur de Buenos Aires, Astor Pantaleón Piazzolla hubo de pasar la mayor parte de su infancia en Estados Unidos, y allí, en Nueva York, quiso el destino que se produjera su trascendental encuentro con el cantante y compositor Carlos Gardel. El pequeño Piazzolla ya hacía sus pinitos con un viejo bandoneón que le había regalado su padre -Vicente Piazzolla, hijo de inmigrantes italianos en Argentina-, y, al ser escuchado por el mítico cantor de tangos, éste le dijo: “Vas a ser grande, pibe, pero el tango lo tocás como un gallego”. De esta célebre anécdota, y de estas palabras que no hubieran pasado de broma ligera si los protagonistas hubieran sido otros, cabe celebrar no sólo su altura de profecía: también el fino oído de Gardel en toda la extensión de lo que dijo. La grandeza de Piazzolla se cumplió, y su idiosincrasia artística, si no “gallega” -entiéndase lo de “gallego” como “español”, a la manera argentina-, sí que demostró, desde muy pronto, una inclinación connatural hacia el cosmopolitismo.

¿Cosmopolita el gran Astor? ¿Un músico cuyo legado, hoy, representa a su país, ante el conjunto de las naciones, incluso con más pujanza que el Martín Fierro de José Hernández? Y, sin embargo, cuánto trabajo le costó a Piazzolla convencer a propios y extraños de que su “música contemporánea de Buenos Aires” -como él la llamaba muy acertadamente- era el inicio del moderno lenguaje de tango que los nuevos tiempos necesitaban. Al cabo lo logró, con una capacidad visionaria que, dentro del ámbito de la música popular urbana a escala universal, sólo encuentra paragón, por su excelencia, en el advenimiento de la llamada “bossa nova”, a partir de la samba, gracias principalmente al talento del extraordinario compositor carioca Antônio Carlos Jobim. Pero Piazzolla fue mucho más que música popular urbana. Si en lo tocante a Brasil, la comparación entre Tom Jobim y Heitor Villa-Lobos -el autor brasileño por antonomasia de “música culta” o “docta”- resulta algo más difícil de establecer, el nombre de Astor Piazzolla merece figurar, en muy buena medida, junto al de los grandes creadores del arte del sonido en Argentina: Julián Aguirre (1868 – 1924), Juan José Castro (1895 – 1968), Carlos Guastavino (1912 – 2000), el genial Alberto Ginastera (1916 – 1983; profesor de Piazzolla de 1939 a 1945) o el folclorista y autor de la imperecedera zamba en memoria de Alfonsina Storni, Alfonsina y el mar, junto al letrista Félix Luna- Ariel Ramírez (1921 – 2010), de quien, por cierto, se cumple también el centenario de su nacimiento en este 2021. De todos ellos, Piazzolla se distinguió por una labor exhaustiva en torno al tango -surgido a finales del siglo XIX en el área del Río de la Plata, y en el que pueden rastrearse raíces africanas incluso, dentro del aluvión de influencias que alimentaron su origen-, de manera que su concepción sinfónica de género tan popular alcanzó a constituir una obra de concierto, un “corpus” clásico, una trascendencia estética paralela al ininterrumpido ejercicio de lo tanguero o tanguístico como banda sonora de las calles de Buenos Aires. Si bien dicho “corpus” no llegó a gozar de una gran extensión –a diferencia del abundantísimo número de composiciones “populares” debidas a Piazzolla-, su personalidad se antoja tan formidable que bien justifica su permanencia en el repertorio, además del repaso por alguno de sus jalones fundamentales.

En realidad, el compositor a punto estuvo de dedicarse por entero a la música clásica, y en ello tuvieron muchísimo que ver dos factores que se alimentaban mutuamente: la situación del tango en los años 40 del pasado siglo, y el enorme y expansivo talento del joven Astor. Al hilo de los múltiples avances estéticos que el arte del sonido, en su totalidad, venía experimentando desde comienzos del siglo XX, el género aguardaba una definitiva revolución que no terminaba de producirse; mas Piazzolla descubrió pronto que, siendo parte de la orquesta del sobresaliente Aníbal Troilo (1914 – 1975), no podría emprender dicha revolución. Su trabajo como arreglista era cuestionado de continuo, y eso que Troilo no ha pasado a la Historia precisamente como un retrógrado del tango, sino como uno de los nombres fundamentales de aquella “Guardia Nueva” que vino a extender las posibilidades expresivas características de los gloriosos pioneros de la “Guardia Vieja”. No obstante, ¿cómo iba a resultar aquello suficiente para un alumno de Alberto Ginastera? ¿Para un genio en agraz, versado ya en las innovaciones de Bartók, Stravinski, Prokofiev, Hindemith, Debussy o Ravel? Por fortuna, nada menos que Nadia Boulanger (1887 – 1979), con quien Piazzolla pudo estudiar en París –entre 1954 y 1955- tras haber ganado el Premio “Fabien Sevitzky” de composición, sacó al músico de aquel sólo aparente callejón sin salida. El consejo de la insigne profesora francesa –“mi segunda madre”, en palabras del propio Astor- fue a la vez entrañable y categórico: el discípulo no debía abandonar jamás su esencia tanguera. ¿Fusión, experimentación, aprovechamiento de todo lo aprendido, de todos los altos saberes musicales acumulados? Por supuesto. Pero siempre con el tango por delante. Un consejo que valía, sin duda, por toda una carrera y una vida. El pasaporte que Piazzolla necesitaba para ganar la posteridad.

A partir de entonces tomó carta de naturaleza, deparando una discografía de gran amplitud, la “música contemporánea de Buenos Aires”. Era, efectivamente, el tango progresivo o contemporáneo, servido con el ropaje sonoro de un octeto de intérpretes que, a la vuelta de un lustro -y aunque el cariño por la formación del octeto nunca decayó del todo-, se decantó fundamentalmente en quinteto: piano, violín, contrabajo, guitarra eléctrica y, por supuesto, el bandoneón, del que el propio Piazzolla era un consumado virtuoso. Su impronta como intérprete -tan robusta como ágil, fogosa, de marcados acentos aunque capaz igualmente de los más delicados raptos de melancolía-, quedó inscrita en un “neotango” siempre atento a los fértiles caminos de ida y vuelta entre el tango y la milonga, y que, tomando del jazz la flexibilidad del discurso y la libertad constructiva, encontró en la música clásica la ambición formal, el calado eminentemente sinfónico, las influencias sobre todo de Stravinski y Bartók en los momentos de mayor fiereza rítmica y armónica, pero también, cómo no, del neoyorquino Gershwin, y de Rachmaninov o Puccini en los pasajes líricos donde había de reinar la melodía. Y, junto a todo ello, la querencia por una concepción barroca de la urdimbre sonora -desarrollo continuo, valoración del contrapunto-, resultado del amor que el músico argentino sentía por el legado de Johann Sebastian Bach.

Las aportaciones de Piazzolla al acervo de la mejor música popular urbana son incontables. Al menos cabe recordar algunas: Lo que vendráBuenos Aires, hora cero; las Cuatro estaciones porteñas (“Verano porteño”, “Otoño porteño”, “Primavera porteña” y el conmovedor “Invierno porteño”, citadas por orden de creación); el pegadizo Libertango, en el que parecen latir reminiscencias del tango-habanera Youkali, de Kurt Weill; la llamada Serie del Ángel, en la que destacan la Muerte del Ángel, la Resurrección del Ángel y, cómo no, la fascinante Milonga del Ángel; la absolutamente prodigiosa, con su melancólica sencillez, Oblivion; o, por supuesto, la celebérrima -y con toda justicia- Adiós Nonino, creada en 1959 a raíz del fallecimiento de don Vicente Piazzolla –el padre de Astor, como sabemos- en un accidente de bicicleta. Decarísimo, pieza dedicada a Julio de Caro (1899 – 1980) -el artista de la “Guardia Nueva” más admirado por Piazzolla-, constituye, con su nostalgia luminosa y sonriente, el más hermoso homenaje que cabía rendir a la tradición -si bien no olvidemos que, a la muerte de Aníbal Troilo, Astor compuso, en memoria de quien había sido su “jefe”, la muy interesante Suite Troileana-. Y toda esta concepción sinfónica del tango, ¿dejó espacio para las aportaciones de los vocalistas? Sí; en menor medida, evidentemente, pero no hay que olvidar, sobre todo, los trabajos que le vincularon con acierto al poeta e historiador del tango Horacio Ferrer (1933 – 2014) y a la cantante Amelita Baltar (1940), quien se convertiría en su segunda esposa; trabajos como la Balada para un locoChiquilín de Bachín, y esa suerte de ópera-tango en dos partes -“operita”, en denominación de sus creadores- estrenada en 1968: María de Buenos Aires, de la que provienen piezas que alcanzaron luego fama por sí mismas. Basta recordar la impresionante y contrapuntística –así lo indica ya su propio título- “Fuga y misterio”, o la desesperada ternura del “Poema valseado”, donde brilla el estilo poético sorprendente de Horacio Ferrer (“Seré más triste, más descarte, más robada / que el tango atroz que nadie ha sido todavía; / y a Dios daré, muerta y de trote hacia la nada, / el espasmódico temblor de cien Marías…”). Si este concepto popular de la ópera le aproximó a la herencia de los compositores brechtianos por antonomasia, Kurt Weill (1900 – 1950) y Hanns Eisler (1898 – 1962), su Ave María (Tanti anni prima), cuyo origen podemos rastrear en la banda sonora original del filme de 1984 Enrico IV, de Marco Bellocchio, le emparentaría con una tradición bien querida de la música clásica, aunque la letra –obra de Roberto Bertozzi- no se corresponda con el texto habitual de la oración. Más y más célebre con el paso de los años, este Ave María tiene la virtud de quintaesenciar el bellísimo universo melódico del autor argentino, dando noticia de una vida armónica más rica incluso -y ya es decir- que la aportada por Franz Schubert en su popular pieza análoga.

Paralelamente, y como líneas arriba quedó dicho, Astor Piazzolla fue construyendo una obra de concierto; ese “corpus” clásico cuyo primer hito data de comienzos de los años 50 del pasado siglo: Buenos Aires (tres movimientos sinfónicos), partitura con la que obtuvo la victoria en el ya citado Premio “Fabien Sevitzky”, y que acabó cuajando en la Sinfonía “Buenos Aires” defendida, en tiempos recientes, por maestros como Gabriel Castagna o Giancarlo Guerrero. De toda esta faceta compositiva de Piazzolla, las obras más difundidas han sido las signadas por la presencia del bandoneón en su “organicum” instrumental; algo lógico, al tratarse del instrumento emblemático de la cultura tanguera. Y, así, cabe destacar la Suite “Punta del Este”, para bandoneón y orquesta de cuerdas, o el ambicioso Concierto de nácar, para nueve tanguistas y orquesta, y centrado, más que en la riqueza de las ideas musicales por sí mismas, en la recreación de la forma barroca del “concerto grosso” -los nueve solistas darían cuerpo a un nutridísimo “concertino”; la orquesta desempeñaría la labor de un aseado “ripieno”-. El influjo del Barroco también se halla presente en el espléndido Concierto para bandoneón, orquesta de cuerdas y percusión, si bien su exuberancia temática nos hace pensar más en la fantasía del Romanticismo -¡imposible olvidar su vibrante introducción y la exposición del primero de los temas, toda una moderna, actualísima formulación del misterio de lo porteño!-. Partitura de 1979 a la que el editor Aldo Pagani tituló, por su cuenta y riesgo, “Aconcagua”, es la cima indudable de la escritura concertante de Piazzolla, que dio de sí, en 1985, otro feliz capítulo gracias al suave y primoroso Doble concierto para guitarra, bandoneón y orquesta de cuerdas. No obstante, ¡qué bien se puede apreciar el pensamiento sinfónico del músico en sus partituras “clásicas” que prescinden del bandoneón! ¿Un contrasentido? En absoluto: la mejor prueba de las inmensas posibilidades expresivas del tango, más allá de su típico color local. Buenos ejemplos de ello son Tangazo, y los Tres movimientos tanguísticos porteños de 1968: a mi juicio la más lograda partitura de Piazzolla, escrita para una orquesta radiante y polícroma. Si en la Sinfonía “Buenos Aires” las influencias de la música culta sometían aún al verbo autóctono, en los Tres movimientos tanguísticos… la simbiosis obrada entre ambos mundos es, sencillamente -y tal como había soñado en París la profesora Nadia Boulanger-, perfecta. Ello resulta perceptible, en grado sumo, por medio de dos grabaciones excelentes, de obligado conocimiento y audición: la de Charles Dutoit, al frente de la Orquesta Sinfónica de Montreal, y la protagonizada por la ya tristemente extinta Orquestra de Cambra Teatre Lliure, de Barcelona, bajo la batuta de Josep Pons. La nostalgia del arrabal y la pura ensoñación misteriosa y romántica -paradigmático al respecto el segmento central, “Moderato”- se funden en los Tres movimientos tanguísticos porteños, abocándose el discurso a una espectacular fuga de cierre que, en este caso, más que un guiño específico al Barroco supondría la coronación universal del tango en la más sofisticada forma del contrapunto imitativo.

Otro argentino cosmopolita y genial, Jorge Luis Borges, dio, en 1923, el título de Fervor de Buenos Aires al primero de sus poemarios. Eso, precisamente, es lo que una y otra vez encontramos en la música del gran Astor Piazzolla: un fervor capaz de trascender las esencias concretas, hasta el punto de convertir a Buenos Aires, mucho más allá de sus límites, en un fecundo territorio de la modernidad. Todo un portento.

Ver: Fervor y más allá de Buenos Aires: 100 años de Piazzolla

Antonio Daganzo Periodista, ensayista y poeta, es autor de ‘Clásicos a contratiempo: la música clásica en la era pop-rock’ (Editorial Vitruvio).


Hazme llover., solo tu me sientes…

Todos tenemos amistades perdidas como túmulos egipcios… hasta que llega la mano de un arqueólogo y desentierra recuerdos que nos maravillan y provocan la lluvia en un desierto de emociones.

Solo puedo sentir

Elegir los rasgos del rostro que te cautivará en el segundo más inesperado de tu vida. Elegir el tono, el color de la voz que te enamorará pronunciando tu nombre por primera vez. Elegir la delicadeza de las palabras sobre las que viajarán los pensamientos de esa persona que te comprenderá en tus momentos más difíciles. Elegir la mirada que estremecerá el suelo que pisas y te hará sentir… ¿se puede elegir?.

(JMPA Pink Panzer Yorch – Ella y el sentir de la lluvia.)

Tomo prestadas esta música y estas palabras del blog de JMPA Pink Panzer Yorch, con mi agradecimiento.

Let it Be

Cuando se acercó a ella, directamente dijo: ¡Hola cariño!. ¡Además de medio desmayada, se quedó horrorizada! No le conocía de nada y no le gustaban las personas que iban llamando cariño a todo el mundo a la primera de cambio, aunque en esa zona, a trescientos kilómetros de su casa, sabía que era bastante habitual. No se encontraba en condiciones de polemizar en aquel momento, se dejó coger de la mano y pudo sentir después sus cálidas caricias por su hombro y por su brazo izquierdo. Le miró a los ojos y solo pudo rendirse ante el afecto que aquél hombre le ofrecía.

Su mirada era de color azul casi transparente. Su forma de hablar acentuaba sus palabras orgullosamente identificándose con su tierra aragonesa, su voz sonaba tosca y muy cercana, sonreía con una naturalidad innata e inevitable.

Ella no pudo evitar una mueca cuando una maniobra extraña hizo que sus huesos se resintieran de tal forma que hicieron derivar la conversación hacia el tema del dolor. Alejandro era un hombre joven, de configuración cuadrada, curtido —más tarde lo supo— en todos los tipos de dolor que pudieran existir y, sin embargo, su vocación le había llevado a dedicarse a ayudar y consolar a todos aquellos que lo necesitaran.

Confesó que sus tobillos estaban hechos trizas de empujar en primera línea con su equipo de rugby, también su espalda y su cabeza casi rapada. Llevaba una barba rubia de tres días y un pendiente de plata en su oreja izquierda —tres aros de distintos tamaños engarzados—. Consiguió hacerla sonreir cuando apostó porque ella hubiera tenido unos parecidos en su época hippy. Estaba casado y tenía dos niñas, la más pequeña de ellas había nacido con una de esas enfermedades “raras” de las que tan poco se conoce todavía. Su conversación y su sonrisa aliviaban. A pesar de los envites del dolor que ella padecía en su cuerpo magullado. El trayecto se le antojó que había sido excesivamente corto cuando llegaron a destino porque sintió que había quedado mucho por conocer de aquel hombre entrañable. Se abrazaron con emoción contenida y se besaron las manos.

Se quedó con que él era músico, que había estudiado saxo desde niño, primero alto, después se dedicó al saxo tenor… Se quedó con el nombre de su grupo: Ska Blues & Jazz.

Se quedó con su sonrisa, con la transparencia de su mirada. Se quedó con su coraje y el brillo de su vida ocultos discretamente debajo de aquel uniforme de colores fosforescentes. Se quedó con el sonido especial de su voz cerca de su corazón mientras lejanamente oía la sirena de la ambulancia que la había trasladado hasta urgencias.

@mjberistain


The shape of my heart

¿Puede la música traducir las emociones?

A Carmen le gustaba viajar en tren, como lo hacía ahora, por si al final del trayecto le encontraba a él esperándole en la estación. No hacía un problema de elegir destino.

Viajaba con una mochila casi vacía, apenas un ligero vestido y ropa íntima de recambio; su música preferida dibujando en su sonrisa sus ganas de vivir siempre, y una vez más, de imaginar su reencuentro.

Le volvía loca pensarle al otro lado de la ventana del tren con el brillo instalado en su mirada expectante, sus paseos impacientes andén arriba, andén abajo. —Se acordaba ahora de cuando aprendieron juntos a interpretar las últimas líneas de “el amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. Nunca les había importado el destino de su viaje cuando le pedía vivir con ella el resto de sus días navegando río arriba, río abajo—. Se imaginaba sus brazos recogiéndola del salto de los escasos dos peldaños que les separaban, volteándola amorosamente, sintiendo solamente el choque tierno de sus cuerpos hasta encontrar, en un nuevo abismo, sus ojos; esa mirada soñada durante tantas noches de soledad y borrachera. Cómo se apretaba después a sus caderas, su cuerpo implacable dibujándole violetas desnudas y partituras de pasión en cada poro de su piel hasta hacerla llorar de risa y de pudor a esa hora en la que ya no quedaba nadie en la estación.

En el regazo de un café sus manos entrelazadas y serenas, la música de Sting “The Shape of my Heart” sonando levemente y la pureza de un amor fuera de dudas permaneciendo intacto a pesar del polvo de las guerras, del sexo ciñendo soledades, de todo lo que ya está escrito en todas las paredes y en todos los libros, de lo que todavía queda al hombre por descubrir, de la gloria de unos minutos miserables, de la fiebre del fracaso, de la incertidumbre de los corazones en ruinas, de lo abstracto y obstinado del pensamiento, de la apariencia de lo cotidiano, de los desencuentros, de las frases estúpidas que se nos ocurren a veces y del arrepentimiento, de la tibieza de la desgana, de la tristeza de la lluvia, de las mentiras más infelices, de las venganzas desapasionadas, de los secretos infectados, de los recuerdos ya olvidados, de  las insignificancias de las penas y los rencores, de las constelaciones de nombres imperfectos y de las miles de noches a cielo abierto esperándose…

@mjberistain
Fotografía Sieff


Caminos de agua

 

Unanibia : una ventana a la mitología

Con mi agradecimiento a JAV por haberme acercado a esta propuesta de excursión.

Tres pilares en el río nos hablan de construcciones anteriores sobre las que no hay acuerdo: un puente anterior o quizás un canal que sirviera para transportar la arena que se extraía desde la otra margen del río. En cualquier caso la belleza del entorno nos invita a dejar volar la imaginación y pensar en otras épocas o incluso con algo de niebla podemos esperar a que se nos aparezca una lamia y nos seduzca con su larga cabellera.

Las lamiak están en los fondos del río peinándose su larga cabellera con un peine de oro y de este acto, según creencia popular, nace el arco iris al incidir los rayos del sol en sus cabellos. Con sus pies palmeados y aspecto femenino seducen al ser humano a quien pueden ayudar a cambio de alguna ofrenda.

En Euskal Herria se ha creído desde antaño en brujas. Hoy en día se ligan al ámbito del akelarre pero antiguamente podían ejercer labores positivas y negativas.

Su transfiguración era también una creencia muy extendida pudiendo adquirir forma de cualquier animal o elemento natural siendo las más habituales las transformaciones en caballo, gato, humo… Muchos acudían a ellas reclamando sus ungüentos ligados al poder curativo de hierbas medicinales. La iglesia católica arremetió contra ellas a través de la Inquisición y se les imputaban relaciones con el diablo, culpabilidad de males de ojos y otros embrujos.

Mikel Laboa nos propone el siguiente conjuro en una de sus canciones:

Baga biga higa
laga boga sega
zain zoi bele
harma tiro pum
Xirristi-mirristi
gerrena plast
olio-zopa
kikili salda
urrup edan edo klik
ikimilikiliklik!

 

 

Texto http://www.andoain.eur
Fotografía Xabier Cabezón


 

Back to Black

 

He soñado que llevaba una pistola encima…

Alguien había colocado un arma debajo de mi almohada y al despertar, además de salir aterrorizado de mi habitación, me he lanzado a la calle tratando de ocultar como podía aquel arma que no entendía cómo había llegado hasta mi cama. Sujetándola con mi mano derecha la ocultaba detrás de mí, a la altura de mis lumbares, entre la primera camiseta que he encontrado en el vestidor a oscuras y un ancho cinturón que mi mujer dejó anoche tirado en el suelo, intentando que el arma pasara desapercibida. De ninguna manera quería quedarme en casa con ella. Sabía que yo era el elegido. Sin embargo yo sólo quería huir, huir de mí, deshacerme de ella…, y deshacerme de mí en aquella situación desequilibrante. Sobre todo quería deshacerme de ellos; escapar de aquel pasado que me torturaba una vez y otra y me obligaba a enfrentarme cara a cara con la maldad, esa oscura pasión siempre al acecho entre los cables retorcidos de mi cerebro.

En el silencio podía escuchar lejanamente sus carcajadas de jokers, podía imaginar sus caras pintarrajeadas de blanco sucio, sus miradas hirientemente perversas, sus sonrisas rasgadas manchadas de sangre fresca representando ante el mundo una farsa en la que sus víctimas caían deshumanizadas en la locura. Maldad, maldad, sinuosa serpiente cobijada entre escamas ardientes de amor lacerante.

Había sido educado para enfrentarme a los problemas, saber analizarlos con detenimiento, discernir entre aquello que pudiera ser tóxico y tratar de evitarlo. Lo cierto es que la vida, más allá de toda la educación, los buenos consejos, las reflexiones personales, las ayudas buscadas y pagadas a doblón, las desinteresadas y fundamentales, había discurrido por mares no siempre gentiles. Fue un milagro salir —no precisamente airoso, sino dañado íntimamente con rasguños hasta en las pestañas— de algunas relaciones que, por otra parte, habían formado parte de mi historia durante muchos años.

Yo y mi pistola; mi pistola y yo borrachos de pánico intentando no pagar un precio demasiado alto por nuestra libertad.

Siempre relacioné volar con libertad, pero en mi sueño iba sentado en el compartimento de un tren, solo, con mi pistola, viendo pasar las imágenes de mi vida a través del cristal sucio de una vulgar ventanilla que se abría y cerraba de manera intermitente,  sin coraje para saltar al vacío.

No debí disparar entonces la pistola contra mi sien, supongo que en algún momento pensé que era tan difícil como sencillo salir de aquella situación. No recuerdo haber disparado el arma porque todavía siento el afán de mis dedos sobre el teclado mientras escribo y,  ya que estoy aquí, decido con todos mis sentidos enterrar en la negrura de esta noche la pistola y el lado oscuro de mi pasado.  Q.D.P.

Música Amy Winehouse – BACK to BLACK

 


M.J.B.
Fotografía Luiz L.Barbosa


 

Anthem

 

 

The birds they sang at the break of day Start again I heard them say Don’t dwell on what has passed away or what is yet to be. …

Ah the wars they will be fought again The holy dove She will be caught again bought and sold and bought again the dove is never free.

Ring the bells that still can ring Forget your perfect offering There is a crack in everything That’s how the light gets in.

We asked for signs the signs were sent: the birth betrayed the marriage spent Yeah the widowhood of every government — signs for all to see. I can’t run no more with that lawless crowd while the killers in high places say their prayers out loud. But they’ve summoned, they’ve summoned up a thundercloud and they’re going to hear from me.

Ring the bells that still can ring … You can add up the parts but you won’t have the sum You can strike up the march, there is no drum Every heart, every heart to love will come but like a refugee.

Ring the bells that still can ring Forget your perfect offering There is a crack, a crack in everything That’s how the light gets in. Ring the bells that still can ring Forget your perfect offering There is a crack, a crack in everything .. That’s how the light gets in. That’s how the light gets in. That’s how the light gets in.

Leonard Cohen – Anthem

De punta a punta comentarios

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Un detalle extra: acabo de leer que la txalaparta es un instrumento tradicional del país vasco. No sabía que eras de esa zona (conozco la procedencia de alguno de mis contactos españoles, pero desconocía la tuya). Sólo señalo eso porque mi apellido es vasco y, de hecho, dos de mis hermanos se llaman así entre ellos (“el vasco” es un apodo bastante común en la zona argentina de donde provengo; incluso en mi cuidad todavía perdura e conocido restaurant “La taberna vasca”, entre otras referencias a esa zona o a los inmigrantes que de allí nos han llegado).
Bien, perdón por la digresión. Ya me voy, al menos hasta el lunes.

Abrazísimo.

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Pues salúdala de mi parte, en la medida en que cabe. Sí, su trabajo me ha gustado mucho (la abstracción tiene su encanto, por supuesto, el cual no siempre es bien visto por todos).
Y me has dejado picado con lo de la txalaparta. Ya tengo abierta una pestaña con una búsqueda sobre el tema y me voy allí ahora mismo. Y por supuesto, ya llegará el día en que me enseñarás de primera mano todo lo que significa eso, de donde viene y otras bellezas locales.

Abrazo apretado.

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MJBeristain
MJBeristain

4 de may. de 2019·

mjberistain.com
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Le pasaré tu comentario a mi amiga Maca, le emocionará. Es una artista y el trabajo es sobre nuestros artistas Chillida y Oteiza cuyas esculturas dominan las dos puntas de la ciudad. Cuando vengas algún día te maravillarán. La música también ayuda a este trabajo, el instrumento es la “txalaparta” música que se hace con troncos, típica de nuestra tierra. (El origen es de cuando se machacaba la manzana con palos para sacar el jugo). Algún día quizás toco el tema…Un abrazo.

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Estupendo trabajo. Los primeros planos trabajados como abstracción (cosa que me gusta hacer en mi caso también) me hicieron recordar al trabajo de Franco Fontana.

Un abrazo.

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Es un honor poder estar en tu magnifico blog. Gracias. Un abrazo🌷🌷🌷

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Me emocionas. Que privilegio estar en tu gran blog. Un abrazo muy fuerte

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