El espíritu del Jazz

Tomo este documento de la Revista de Música Codalario.com

“La diferencia entre la composición y la improvisación es que en la composición dispones de todo el tiempo necesario para decidir qué decir en 15 segundos, mientras que en la improvisación solo tienes 15 segundos”. Steve Lacy

                     

   Por Juan José Silguero

Desde el punto de vista de la interpretación, el jazz se caracteriza por la improvisación. A su vez, la improvisación musical se puede definir como el arte de crear la obra musical en el mismo momento de su ejecución, una creación que, evidentemente, solo es posible mediante el conocimiento y el dominio de una serie de convenciones musicales que le son propias, ya sea en forma de escalas o giros armónicos característicos, como mediante un fraseo, un sentido rítmico y un sonido que hace rápidamente identificables a sus ejecutantes, tal y como a algunas personas se las reconoce enseguida por su voz o sus andares.

   Pero la improvisación no la inventó el jazz… ni mucho menos. Los grandes compositores del pasado también la utilizaron con frecuencia, ya fuese como íntima “divagación” musical, como foco de ideas -tal y como el escritor sabe dejarse llevar por el libre vuelo de su fantasía y utilizarla más tarde-, o, en última instancia, para el simple disfrute del gran público, siempre tan agradecido con aquello que abarca con facilidad.

Lo que a ninguno de ellos se le ocurrió pensar es que una improvisación musical, por inspirada que fuera, pudiese considerase algún día como arte profundo y trascendente, más allá de su mera distracción…

   Beethoven, por ejemplo, que era un incansable trabajador, despreciaba abiertamente esa forma de expresión musical, y achacaba su encanto a la infantilidad del público, y a su escasa preparación. Por cierto que Beethoven era un magnífico improvisador, tanto que, al llegar a Viena, se hizo famoso mucho antes por sus improvisaciones que por sus composiciones. En cambio, podía tardar más de un año en componer una sonata.

   Este dato resulta particularmente revelador.

   La improvisación jazzística (al igual que cualquier otro tipo de improvisación en realidad) puede llegar a resultar tan encantadora e hipnótica como uno pueda imaginar; urgente, sugerente, sugestiva incluso…

   Pero nada más.

   Pretender considerarla como arte imperecedero solo por lo sofisticado de su expresión y lo espontáneo de su discurso resulta tan miope y absurdo como tratar de establecer el tamaño de una obra literaria por el simple dominio de la palabra del autor o, aún peor, por su conocimiento de la sintaxis.

   La improvisación de jazz, de hecho, no contiene en sí misma mucho mayor valor artístico -entendiendo como tal aquel que incluye trascendencia- que el de una conversación fluida e interesante, esto es, más bien escaso.

Por un motivo sencillo: la obra de arte perdurable, inmortal, no solo se sustenta en la imaginación y la inspiración espontánea del artista (que también), sino, sobre todo, en su elaboración práctica y especulativa, empírica y filosófica, a lo alto y a lo ancho de la misma podríamos decir, esa que solo es posible mediante una férrea disciplina intelectual, emocional y nerviosa, y que utiliza como material de construcción la intuición artística; la misma, en definitiva, que solo el artista genial es capaz de identificar y de atrapar (algunas veces, no siempre), y llevar a cabo mediante una inversión de tiempo y un esfuerzo extraordinario.

   Pues, si de verdad hay algo que exige ese incognoscible milagro, ese regalo de los dioses, es tiempo. También amor por cierto, y paciencia, y constancia… pero sobre todo tiempo, montañas de tiempo, mucho más allá del simple genio del artista.

   La obra de arte se proyecta hasta cotas mucho más elevadas que las proporcionadas por el mero dominio del medio, el buen gusto, o el discurso ingenioso y encantador.

   “¡Pero el jazz es complejo!” claman otros, “¡difícil de hacer!”.

   En efecto, su lenguaje resulta más elaborado que el de otros tipos de música (lo cual tampoco es para rasgarse las vestiduras, por cierto), pero no es menos cierto que su representación final tampoco se distingue gran cosa, en cuanto a dificultad se refiere, de lo exigido por muchas otras disciplinas, ya sea la del propio lenguaje como la de los números, por poner solo dos ejemplos.

Pero, incluso aunque así fuese… incluso aunque se tratase del más complejo de los medios, del más intrincado de los lenguajes… ¿Por ser difícil habría de ser grande? Complejidad no significa calidad, no es así como funciona. Y, aunque siempre suceda más o menos lo mismo –aquello que mejor hacemos pretende nuestra vanidad que también sea lo más difícil de hacer–, lo cierto es que no tiene por qué coincidir, ni siquiera en su aspecto formal.

   En cambio, y con sorprendente frecuencia, lo complejo es tomado por lo profundo, del mismo modo que se toman por profundas las aguas revueltas, solo porque en ellas no se alcanza a ver el fondo…

   Se tiene, por ejemplo, y erróneamente, por más inteligente y sagaz al juego del ajedrez que al de las damas (como ya señalara Poe en su día), dada la multiplicidad de sus movimientos y lo intrincado de sus posibilidades. Pero una mayor complejidad no garantiza una mayor penetración; sino más bien al revés. El peligro de perderse entre la madeja de la técnica es mayor cuantos más elementos contiene. Así, el humilde jugador de damas y sus sencillos movimientos, por no depender de lo múltiple sino de la simple y desnuda capacidad de sus facultades imaginativas, se ve obligado a llegar mucho más lejos en su abstracción que el frívolo ajedrecista y la inagotable versatilidad de sus movimientos complejos.

El valor de la complejidad tampoco tiene demasiado que ver con el de la estética, por cierto, por más que la acomplejada jactancia de tantos creadores pretenda lo contrario… El tortuoso Iago siempre será pobre frente a la belleza modesta y sencilla de la joven Desdémona. La misma creatividad no es más que accesoria, mero material de construcción, por carecer de toda utilidad hasta el preciso momento de su elaboración artística. Y hasta la forma musical se diluye por la propia naturaleza del discurso improvisatorio, dando lugar a obcecaciones o a banalidades, antes que a verdaderas ideas musicales.

   “El demasiado improvisar vacía tontamente la imaginación” decía Víctor Hugo.

   Y tenía razón.

   La palabra, por sí sola, no es arte, por ingeniosa y sofisticada que sea.

   El sonido tampoco.

   La perfección del medio, en definitiva, por elaborado que resulte, no es directamente proporcional a la calidad artística de la obra, a Dios gracias. Muchas de las maravillosas mazurkas de Chopin son de una simplicidad musical desconcertante. En cambio, todas ellas contienen ese sello incomprensible y genial del arte, ese que se manifiesta a través de una voz seductora, secreta, haciendo intuir al oyente la presencia de un paraíso desconocido y cercano… el mismo que se desliza, inexorable, sobre carriles de acero, en línea recta hacia el corazón humano.

   ¿En qué lugar reside ese sello? ¿De qué depende?

   Nadie lo sabe.

   Lo que sí se sabe (al menos los grandes lo han sabido siempre) es que el contenido artístico perturbador e inabarcable, eterno, requiere de un esfuerzo creador mucho mayor que el de la simple inspiración fugaz, por extraordinaria que ésta sea. Cabe recordar, una vez más, que los grandes artistas se han caracterizado siempre y sin excepción por ser también los más grandes trabajadores, por mucho dominio que tuvieran de sus herramientas. La chispa divina existe, por supuesto que existe, tal y como existe la arcilla. Ambas han de ser trabajadas. Pretender situar la interpretación de jazz a la altura de las grandes creaciones por su simple dominio técnico y su creatividad, por su encantadora lírica y sus giros inesperados realmente parece tan pueril y arbitrario como considerar una inspirada y fluida conversación de sobremesa como obra de arte.

   Pero resulta que el jazz se desenvuelve en ese medio que contiene las cosas más exquisitas… ese que es capaz de hacer fascinante hasta el más somero de los discursos. Además, se lleva a cabo con aparente complejidad, sensuales timbres y extravagancias gestuales…

   Su atractivo, aunque solo sea por incomprensión, está garantizado.

Ver original en la Revista de Música Codalario.com



Skyline by Mikel Vega

 

Gracias a mi gran amigo Mikel ,

Con la elección de esta música has sabido interpretar la emoción de un momento especial en mi vida; la presentación de mi libro de Poesía “Apuntes de Salitre”.

Inolvidable… Feliz de haberlo compartido…

 

 

Nota: Se han tomado algunas imágenes del reportaje de Iñaki Peñalba.

The shape of my heart

 

¿Puede la música traducir las emociones?

A Carmen le gustaba viajar en tren, como lo hacía ahora, por si al final del trayecto le encontraba a él esperándole en la estación. No hacía un problema de elegir destino.

Viajaba con una mochila casi vacía, apenas un ligero vestido y ropa íntima de recambio; su música preferida dibujando en su sonrisa sus ganas de vivir siempre, y una vez más, de imaginar su reencuentro.

Le volvía loca pensarle al otro lado de la ventana del tren con el brillo instalado en su mirada expectante, sus paseos impacientes andén arriba, andén abajo. —Se acordaba ahora de cuando aprendieron juntos a interpretar las últimas líneas de “el amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. Nunca les había importado el destino de su viaje cuando le pedía vivir con ella el resto de sus días navegando río arriba, río abajo—. Se imaginaba sus brazos recogiéndola del salto de los escasos dos peldaños que les separaban, volteándola amorosamente, sintiendo solamente el choque tierno de sus cuerpos hasta encontrar, en un nuevo abismo, sus ojos; esa mirada soñada durante tantas noches de soledad y borrachera. Cómo se apretaba después a sus caderas, su cuerpo implacable dibujándole violetas desnudas y partituras de pasión en cada poro de su piel hasta hacerla llorar de risa y de pudor a esa hora en la que ya no quedaba nadie en la estación.

En el regazo de un café sus manos entrelazadas y serenas, la música de Sting “The Shape of my Heart” sonando levemente y la pureza de un amor fuera de dudas permaneciendo intacto a pesar del polvo de las guerras, del sexo ciñendo soledades, de todo lo que ya está escrito en todas las paredes y en todos los libros, de lo que todavía queda al hombre por descubrir, de la gloria de unos minutos miserables, de la fiebre del fracaso, de la incertidumbre de los corazones en ruinas, de lo abstracto y obstinado del pensamiento, de la apariencia de lo cotidiano, de los desencuentros, de las frases estúpidas que se nos ocurren a veces y del arrepentimiento, de la tibieza de la desgana, de la tristeza de la lluvia, de las mentiras más infelices, de las venganzas desapasionadas, de los secretos infectados, de los recuerdos ya olvidados, de  las insignificancias de las penas y los rencores, de las constelaciones de nombres imperfectos y de las miles de noches a cielo abierto esperándose…

 

@mjberistain
Fotografía Sieff


Es preciso perdonar

 

Agradezco a Jo Da Silva esta música con la reflexión…

 

“Perdonar es la experiencia de poder estar en paz, independientemente de lo que pasó en nuestra vida hace cinco minutos o hace cinco años. Perdonar no es olvidar, es vivir tranquilamente con lo que no se olvidará.”

Fred Luskin

 

Que alivia profundamente este domingo lluvioso del mes de Noviembre…