Exámen a conciencia

 

Casi no recordaba cómo había conseguido llegar hasta allí. Se sentía rodeada de rostros desconocidos que, como ella, no emitían sonido alguno. Miraba al frente, no se atrevía a girar la cabeza, solo permitía a sus ojos el leve movimiento necesario para desviarse a derecha e izquierda y comprobar de reojo que no estaba sola.

Alguien abrió la puerta con violencia. El chasquido repentino de la manilla oxidada la hizo sobresaltarse y darse cuenta de que estaba en otro mundo. No acertaba a ordenar las ideas en su cabeza que se le antojaba ahora llena de serrín. Suponía que había tenido que tomar una serie de decisiones antes de aparecer por aquel edificio victoriano solemne  que ocupaba un antiguo colegio inglés en las cercanías de Londres.

¡Ah, si! Aquel avión temblando esperándola en mitad de una gran pista de cemento con pequeñas luces parpadeando a un lado y otro de su miedo. Recordaba que se  había propuesto no respirar durante el trayecto, no fuera a ser que su aliento provocase una convulsión en la fragilidad de aquel aparato.

Pero afortunadamente se encontraba allí, en aquella habitación escasamente iluminada de grandes ventanales sin cortinas que daban a un oscuro patio del castillo, rodeada de un pequeño grupo de chicos y chicas de distintas razas que, como ella, esperaban su primer encuentro con el viejo profesor de lengua y literatura inglesa.

—¡Buen día señores!— lanzó un saludo como si quisiera espantarlos de un bufido.

Hasta ese momento el silencio había sido casi religioso. Sin excepción, se removieron todos en sus asientos como si se hubieran acomodado sobre un hormiguero. Y comenzaron a trastear nerviosamente con sus cuadernos y libros. En el silencio  incluso asustaba el estrépito de algún bolígrafo o maletín precipitándose al suelo desde lo alto de los pupitres de madera apolillada. Se encontraron por entre sus piernas las miradas sorprendidas y suplicantes de algunos como buscando algún tipo de complicidad que les aliviara de la tensión.

—¡Buenos días!— contestaron con voces destempladas y disonantes que provocaron la hilaridad en el grupo, incluído el profesor.

Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre respetable con sus casi dos metros de altura que desplazaba por la clase con engañosa desgana. Como su sonrisa. Como su mirada. Parecía como si le faltaran fuerzas o le sobrara humanidad.  No olvidó nunca cubrirse con una vieja gabardina verdosa siempre desabrochada. Quizás fuese una de sus señas de identidad; otra era su pajarita, de color verde oliva, anudada en una especie de lazo maltrecho al cuello de su arrugada camisa blanca, o el brillo de sus grandes zapatones. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes, aunque su voz retumbaba con gravedad alrededor de su figura.

Mister Evans, era un soñador; un filósofo, un poeta, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.

Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Cada uno de sus alumnos representaba para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se celebraba cada año entre setiembre y junio y más allá de los horarios lectivos.

Preparaba a sus alumnos para lo que él llamaba un «exámen a conciencia».

Mister Evans era capaz de transmitir  su conocimiento y compartir sus ideas e ideales con su grupo de alumnos. Y ellos fascinados deliraban escribiendo versos en cualquier esquina de cualquier papel que luego les haría tirar a la basura la mayor parte de las veces. Y soñaban con interpretar los personajes de las obras de Shakespeare, que ensayaban al aire libre en los jardines de la Universidad, algún día de sus vidas en el teatro de Stratford upon Avon.

@mjberistain


 

He buscado palabras…


 

 He buscado durante los años de mi vida esas palabras que ahora escribo.

Las he leído más hermosas,

admirables, pero siempre ajenas. No eran mías,

sino viento de ayer, imágenes de pulsos alterados,

inteligentes artificios. No eran míos.

Por eso escribo,

para reconocerme mañana en este tiempo tan falto de razón.

 

He cansado mis ojos en páginas ajenas

y ahora, en el desolado invierno de las heladas,

escribo para mí un mensaje sin claves.

 

Esa que soy no era. Tal vez ni fue. Pero suyas

serán esas palabras que detengo en mi tiempo.

Tal vez me reconozca en ellas si es que la vida

aún me permite atravesar el lago de la noche sin estrellas.

 


 

Autor : Joaquín Marco
Fotografía: Baruch.cuny.edu


Me resulta imposible
desorientar mis caricias
cuando han aprendido de memoria
los lunares de su piel…
Raúl Zambrano

Llega otro invierno

al paisaje de tu ausencia.

Nieve nueva,

Viento y lluvia;

Altas mareas

Desorientadas espumas.

Quedan vacíos de otras horas

y hojas muertas

bajo la luz dubitativa

de las farolas.

Vuelvo

A la playa,

A la arena profanada,

Al húmedo reflejo,

burdo trazo

de un corazón naufragado

con alma de gaviota.

El paseo, a solas,

Cura a dentelladas

Las heridas abiertas.

.


@mjberistain
Fotografía Iñigo Santiago

El jardín de los jacintos


 

He conseguido encontrar algunas claves para comprender la poesía de T.S.Eliot;
comprender su orden caótico como un «mosaico de metros, rimas y  estilos».

«La publicación de La Tierra baldía  en 1922 marcó un hito en la tradición poética anglonorteamericana. El poema se reveló súbitamente como el documento revolucionario del experimentalismo de las vanguardias. Los primeros lectores se sintieron fascinados y perplejos ante aquel texto extraño y enigmático, una colección de fragmentos de diversa índole, escritos en siete lenguas, que se extendía a lo largo de distintas épocas y culturas, y cuyas imágenes recurrentes articulaban un nuevo lenguaje poético…»

 

La poética de la fragmentación y la unidad del poema

(Apuntes)

«En el grado cero de la escritura, según observaba Roland Barthes, la poesía de la modernidad es una poética de la ausencia a la vez que una sintaxis discontinua.

La expresión poética parte de un universo fragmentario en el que las palabras se vuelven solitarias y aterradoras porque sus vínculos son más bien potenciales.

Con su poética de la fragmentación, La tierra baldía se parece a los restos de un drama extraviado, del que se ha borrado su trama principal y del que se conserva sólo el argumento secundario. Simultáneamente, la técnica cubista del collage invita al lector a reinventar los intersticios e intervalos ausentes. Eliot lo convierte en un co-creador y co-buscador de los eslabones perdidos.

La obra de Eliot posee un carácter onírico; el argumento carece de principio, desarrollo y final. Solamente hay fragmentos y retazos que, una vez introducidos quedan suspendidos en el texto.

El poema es un conjunto de meandros, viajes interrumpidos, sagas y aventuras discontinuas e inconclusas…

La repetición de temas, motivos e imágenes confiere al poema una estructura polifónica.»


Extractado del libro «La tierra baldía» edición bilingüe de Viorica Patea.

Cátedra/Letras Universales

***

«Me diste jacintos hace un año por primera vez;

me llamaban la muchacha de los jacintos.»

—Pero al regresar, ya tarde, del jardín de los jacintos,

tú con los brazos llenos y el cabello mojado,

no pude hablar y los ojos me fallaron, no estaba

ni vivo ni muerto, y no sabía nada,

buscando en el corazón de la luz, el silencio.

T.S.Eliot



Imagen JardineriaVerdePimienta


Alambradas


Si llegaras hasta aquí
desde cualquier camino
por las zanjas que se abren
entre el trópico y el polo,
entre la congelación y el deshielo.
Hasta aquí, donde muere la esperanza
y ya no huele a tierra,
donde a nada vivo huele.

Si llegaras hasta aquí
desde cualquier camino que tomases,
de noche, como un rey destronado,
o de día, sin saber a qué venías.

Pero hay otros lugares
que también son el fin del mundo;
las fauces del mar, el silencio
del desierto,
el llanto apagado del hambre, el maná
irrespirable de la pólvora,
el hedor de la miseria,
la tierra seca.

Si llegaras hasta aquí,
al cruce de este instante sin tiempo
y ninguna parte,
deberías olvidarte de los sueños.
Solo serviría entonces
desde la sequía silenciosa de los muertos
más allá del lenguaje de los vivos
rezar una oración sencilla.


 

Mujer en negro



Si te llevara allí antes del amanecer,
lo primero que verías sería la bruma sobre el agua…

Hablábamos ayer de «sincretismo». Encontré, hojeando de pasada, en el libro de Michael Ondaatje «El paciente inglés», unas líneas de gran belleza y que volvieron a llevarme al tema de las religiones; a sus encuentros y desencuentros en un mundo con necesidad de que sus dioses se pongan de acuerdo…

«En la tienda había noches en que no conversaban y noches en que no cesaban de hablar. Nunca estaban seguros de lo que sucedería, qué fracción del pasado surgiría o si su contacto sería anónimo y quedo en su oscuridad. La intimidad del cuerpo de ella o el cuerpo de sus palabras en el oído de él, tumbados en el almohadón de aire que él insistía en inflar y usar todas las noches…

Él se apretaba contra el cuello de ella. Se deshacía con el contacto de las uñas de ella por su piel o tenía pegada su boca a la de ella, su estómago a la muñeca de ella.

Ella lo imaginaba, en la oscuridad de su tienda, como a medias pájaro, por algo en él que recordaba a una pluma, por el frío metal en su muñeca. Siempre que estaba en aquella tiniebla se movía como un sonámbulo, un poco descompasado con el ritmo del mundo, mientras que durante el día se deslizaba entre todos los fenómenos fortuitos que lo rodeaban, igual que el color se desliza sobre el color. Pero de noche encarnaba el sopor.

Si te llevara allí antes del amanecer, lo primero que verías sería la bruma sobre el agua. Después se alza y revela el templo a la luz. A esa hora a la que ya se habrán iniciado los cánticos a los santos; los cánticos que son la esencia misma del culto. Oyes el canto y hueles la fruta de los jardines del templo: granadas, naranjas. Por todo hay árboles sagrados y agua mágica. El templo es un abrigo en la corriente de la vida, accesible a todos. Es la nave que cruza el océano de la ignorancia.

… En el templo los representantes de todos los credos y todas las clases recibían la misma acogida y comían juntos. Podía dejar una moneda o una flor en la tela extendida del suelo y después unirse al gran cántico permanente».

Cierro los ojos
la bruma me arrastra
, sobre el temblor de las aguas
te siento, oscila tu ardiente oscuridad…


Una emoción sencilla


Todos los años por estas fechas, los escasos momentos de quietud que consigo suelen llevar mi mente a reflexionar sobre el tema de las religiones.

Hace tiempo leyendo a Rosa Montero, tuve que mirar en internet el significado de la palabra «sincretismo».

«Tendencia a conjugar y armonizar corrientes de pensamiento o ideas opuestas».

Como sincretismo se denomina el proceso mediante el cual se concilian o amalgaman diferentes expresiones culturales o religiosas para conformar una nueva tradición. La palabra, como tal, proviene del griego συγκρητισμός (synkretismós), que significa ‘coalición de dos adversarios contra un tercero’.

El sincretismo religioso es el producto de la unión de dos tradiciones religiosas diferentes que se asimilan mutuamente, dando como resultado el nacimiento de un nuevo culto con elementos y productos de ambos.

El artículo se titula «Todos nuestros dioses«.

«Las religiones organizadas han sido demasiadas veces en la historia el origen de las atrocidades más espantosas (y lo siguen siendo, como en el yihadismo); pero en el impulso religioso básico del ser humano hay también un anhelo de bondad, de fraternidad y de belleza».

Mi religión no la vivo como lo hacía cuando era una adolescente. Mucho ha cambiado, sin embargo, me ha quedado ese impulso religioso del que escribe Rosa; una especie de «espiritualidad» de la que no puedo ni quiero prescindir.

Aquí voy a referirme a su encuentro en el Parque con una mujer…

(una emoción sencilla)

 El otro día me encontré en el parque con una mujer de unos setenta años que vendía gorros, pulseras y diademas de punto que ella misma tricotaba. Era extranjera, no sé de dónde, y obviamente muy pobre, tanto por su ropa limpia, pero raída, como por los malos y feos hilos con los que tejía. Su rostro era hermoso. Debía de haber sido muy bella y tenía una sonrisa que iluminaba el lugar. Le compré una pulserita por cuatro euros y le di las gracias por su arte. Y entonces sonrió y me dijo: «Que tus dioses te protejan». Sí; en estos momentos de locura y de odio, ojalá nos protegieran a todos nuestros buenos dioses, nuestros ideales, nuestra voluntad de ser mejores. «Que tus dioses te protejan», me deseó la preciosa anciana. y ¿saben qué?

Me sentí verdaderamente bendecida.


@mjberistain
Imagen FRK049blogspotcom

Without going out


 Original publicado por Eddie Two Hawks 

 

 

Without going out of your door,

you can know the ways of the world.

Without looking through your window,

you can see the Way of Heaven. The farther you go, the less you know.

Thus, one of deep virtue knows without going,

sees without looking,

and accomplishes without doing.

 

source: Lao Tzu, Tao Teh Ching […]


 

Vals de Invierno


¿Serán tus alas

las altas mareas

de belleza fugitiva,

impuras fauces

de un cruento adiós

para un corazón aterido?

¿O será el resplandor de las noches

un eterno Vals de Invierno

aullando entre las ruinas

de la incierta Luz que espero?


@mjberistain

Arte en el Mesón de Cuenca


El Museo de Arte Abstracto Español en Cuenca celebra este año el cincuenta aniversario de su apertura el 1 de Julio de 1966.

El Museo está instalado en el Antiguo Mesón Casas Colgadas en Cuenca.

Alfred H. Barr, fundador y director del primer museo de arte moderno del mundo, el MoMa de Nueva York lo definió como «el pequeño museo más bello del mundo».

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The Huffington Post

El Museo fue creado por Fernando Zóbel junto con sus amigos Gustavo Torner y Gerardo Rueda en 1966. En él encontramos, además, obras de otros artistas como Miralles, Feito, De Labra, Chillida, Tàpies, Basterrechea, Oteiza, y otr@s.

“El sentido efímero es perfecto: ocurre y desaparece.Eso no se había dado en la plástica hasta el siglo XX y es un experimento que me interesa muchísimo, porque muchas veces me pesa la acumulación de elementos y de objetos. El que la instalación se produzca en un tiempo y un espacio y después ya solamente quede el recuerdo le añade una poética llena de sugerencia.” Soledad Sevilla.

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La exposición consta de tres partes:

Un conjunto de doce salas que permiten la rotación lenta de obras.

Fernando Zóbel además de su obra artística desarrolló una amplia labor como mecenas y coleccionista. En esta exposición se muestran lienzos y esculturas, obras sobre papel, maquetas,dibujos, obra gráfica, libros de artista, fotografías y documentos de su colección privada donada a la Fundación Juan March en 1981.

Una sala dedicada a la Obra de Zóbel y Torner que representó a España en la XXXI Bienal de Venecia en 1962. A la que acompañan la  de otros artistas amigos de la época hasta la creación de este museo en 1966.

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Tanto en las obras como en el interior de las salas también está presente
El Lenguaje de la Luz


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«El pasado debe ser transformado por el presente tanto
como el presente es transformado por el pasado».

T.S. Eliot


Merienda de Reyes


Tengo más de cincuenta años y me he quedado huérfana.

No voy a lamentarme ahora. No voy a entrar en detalles. Me educaron para saber que esto podría pasar. No me educaron para saber soportarlo, por eso estoy desolada y desorientada, pero tengo más de cincuenta años y estoy dispuesta a salir airosa de este encuentro con la soledad. Voy a empezar de cero.

La Navidad es el peor momento del año, para mí siempre lo ha sido. No solo porque tenía que ayudar a organizar las fiestas que organizaban mis padres en casa para toda la familia. Y como yo era la mayor de los hermanos, solía pasarme los días poniendo y quitando mesas, lavando y planchando manteles y servilletas de hilo, limpiando cientos de vasos y copas de cristal de bohemia, bajando las basuras llenas de restos de comida y confetis y preparando la casa para que todo estuviera perfecto el próximo día de fiesta. Me horrorizaba la Navidad, echábamos de menos a los muertos… En fin, que para mí no había otro momento peor en todo el año.

Pues, este es el peor año de mi Navidad.

¡Y voy a organizar una Merienda de Reyes! ¡Cómo suena!

Buscaré por internet fotografías de menús y mesas decoradas para hacerme la idea de cómo quiero que sea «mi» primera celebración de Navidad.  Vivo en un apartamento pequeño que no me da para poner un pino con bolas brillantes ni figuritas colgando. Pero voy a inventarme uno. Quiero que mis invitados disfruten, con todos los honores, de la Navidad. Quiero disfrutar con ellos y que ellos disfruten conmigo. Voy a darles lo mejor que me ha quedado; Amor. Amor por mis amigos y mi familia, amor por la vida… Mi casa tiene que respirar alegría ese día. Alegría de poder encontrarnos los que quedamos. Es así, ya me lo habían avisado.

Alguien me contó que la mejor mesa de Navidad en la que tuvo la suerte de participar fue la de su amiga Isabel, decoradora, que hacía solo unos meses había perdido a su hijo —un niño con una enfermedad degenerativa, ambos habían conseguido ser felices juntos durante quince años—. Como no tenía fuerzas para organizar nada, se fue a un «chino» y compró un montón de cosas, sin saber muy bien qué haría con ellas. Citó a sus mejores amigas a una merienda sencilla. Cuando entraron a aquella casa no pudieron contener la emoción. Les invadió una sensación de hermandad y de íntima alegría por conocer a aquella mujer que, increíblemente, se superaba cada día y se ofrecía a los demás con todo lo que iba quedando de su gran corazón magullado. Se abrazaron y después del llanto brindaron por la amistad y por el «nuevo tiempo».

Era una mesa fantástica con mantel, servilletas y platos de papel —no faltaban los bajoplatos de cartón dorado—. La cristalería era de plástico de un color suave que armonizaba perfectamente con el conjunto de la decoración navideña. Había bandejas brillantes ocupadas por embutidos y tostadas para el foie, taquitos de tortilla de patatas, fuentes de tomates troceados de todos los colores, rosquitos de pan de cereales con queso de cabra y salmón ahumado con ramitas de cebollino encima, rollitos de salchichas con bacon, volovanes de ensaladilla y gambas, pavo relleno fileteado y salsas de frutos rojos y de cebollas. Pastas de té recubiertas de fondant sobre las que había dibujado, en colores, estrellas, corazones y árboles de Navidad. No faltaban mazapanes, guirlaches, almendras y piñones. En el centro de la mesa, un cono de bizcocho decorado con frutas frescas; kiwis, frambuesas, cerezas, plátano, fresas, y en la punta una galleta en forma de estrella. En fin, un derroche; una verdadera celebración de amistad y simpatía.

Este año vendrán a mi casa, estoy feliz por juntar, en mi pequeño apartamento, a la familia que me queda. Algunos tendrán que sentarse en el suelo… El único lujo que puedo darles es mi cariño. Yo seguiré rezando en silencio por las noches, agradeciendo a mis padres la oportunidad que me dieron de vivir todo esto.

Con todo mi cariño y respeto a las personas que se sientan identificadas con este texto.

Feliz Navidad


@mjberistain

Detrás de los paisajes


 

A veces te descubro detrás de los paisajes,

tendido como el cuerpo arrasado de una ciudad desnuda

al límite del letargo de las caricias,

y tu piel… la lluvia repentina.

 

A veces eres como el vuelo leve de las aves,

otras, el gemido de las gaviotas,

eres como el dolor del mar, como su ausencia,

eres el viento desgarrado de las galernas.

 

Tú, el eco de los corazones silentes,

su voz y su naufragio bajo los puentes.

El pálpito herido de todas las palabras de dudoso futuro.

Eres la memoria de los placeres prohibidos.

 

A veces te descubro detrás de los paisajes

Al borde de las miradas que se pierden a las orillas del absurdo.

Eres la luz ante el asombro del olvido

la fragilidad de la ternura, el azul del llanto transido.

 

Sé que la noche no me miente

Por eso te busco por los abismos del insomnio,

por la herrumbre de sus paredes, y por la indolencia de los trenes

cuando llegan o se van y deslizan tus besos de niebla por los andenes…

 

 

@mjberistain


 

Con sabor a café

Dia 1

Todavía me quedan por preparar las camas de los niños. La verdad es que tengo dos sentimientos enfrentados: por una parte, una pereza visceral a desmontar toda la casa, mover muebles, deshacer camas, poner sábanas limpias, preparar las toallas que les gustan a cada uno, acordarme de renovar los cepillos de dientes, rellenar el frigorífico de petits suisses y palitos de cangrejo, de quesitos y yogures para los más pequeños y cervezas de malta para los chicotes, ¡por cierto! que no se me olviden las light o las de limón para las niñas ¡Ah! Y chocolate del bueno…Y, por otra parte, una ilusión irrefrenable por volver a verlos.

Dia 2

Anoche, como siempre cuando llegan, viví un derroche de amor. El tiempo pasa volando —ya se que es un tópico—, pero cada vez que veo a los pequeños me parece que son nuevos. La niña ya me lee (ella a mí) los cuentos. El pequeño se ha doblado de tamaño desde que la última vez lo tuve en mis brazos. El mayor tiene otros sueños, quiere hacerse mayor y ser como Ryder —de la patrulla canina—.

Querido diario, sabes que me levanto temprano para permitirme un par de horas a solas, tomarme un café de los míos y escribir unas líneas. Pero hoy resulta que el salón está lleno. Por el pasillo me llegan las voces de los «dibus» y, cuando me acerco, me encuentro a los niños como búhos pequeños colgando del sofá mirando a la tele mientras su padre, a su lado, se ha quedado dormido. Están tan concentrados que apenas me miran. Tengo que robarles unos besos de costadillo.

Necesito un café, —ya lo he dicho—. Amanezco perezosa en la cocina y empiezo mi ceremonial matutino. Un poco de fruta, tostadas con miel, un poco de leche para acompañar al café y, mientras se hace y gozo del silencio y de su aroma, leo entre líneas parte de un artículo titulado “El aroma que despierta al mundo”, que aparece en uno de los suplementos semanales de El País y que dice: 

“Edgar recoge a mano las cerezas de los árboles de café que tiene en su hacienda, a dos horas en coche de San José, la capital de Costa Rica. Con suma destreza, cuidado y una asombrosa velocidad separa los frutos, de color predominantemente rojo (también hay verdes y amarillos), depositándolos en una cesta anudada a su cintura… En su finca crecen cuarenta y siete especies de árboles. Aquel floreado tiene unos aromas fenomenales: se llama estoraque. Abejas y pájaros acuden a chupar de su miel… Las llaman cerezas. En su interior hay dos granos de café enfrentados, recubiertos por una fina película beige, húmeda, difícil de pelar, azucarada. Las semillas marrones, son muy duras, imposibles de masticar. Una leyenda cuenta que un rebaño de cabras en Etiopía y su pastor comieron unas cuantas y se pusieron a bailar…” (Ver nota 1)

 Eso es lo que necesitaría yo por las mañanas, masticar unas cuantas semillas de café para ponerme en marcha.

Dia 3

Hoy he decidido quedarme descansando un rato más en la cama, a ver si consigo que las pilas me duren más horas durante el día. No quiero perderme ni un minuto. Me siento feliz entre ellos. Cuando ya oigo sus pasos por el pasillo me ducho y empiezo a preparar los desayunos. Aquí no vale café para todos; y menos del mío…

La globalización me obliga a mantener mis cuatro cafeteras distintas a punto para cuando vienen mis hijos. Porque odian mi café. Yo no termino de entenderlo si, cuando vamos a una cafetería juntos, se toman cualquier cosa que les den, aunque hayan pedido un solo corto, un corto cortado, uno largo, un macchiato, un cortado normal, un capuchino, un café con leche, un descafeinado solo de sobre, otro de máquina con un poco de… ¿Cómo es posible que no les guste el mío?

Son las 16.00

Mientras dormitan te contaré que la última cafetera que compré fue una de esas de cápsulas. Pues que sepan que ahí sí que no saben si toman café. Leía en el artículo del semanal que “el café obtenido por el manager de Calidad y Desarrollo del Café Verde, el colombiano Alexis, el alquimista de la famosa empresa, es un genio trabajando con ochocientos compuestos químicos que garantizan el aroma y el sabor». Y desprecian el mío, que es cien por cien natural, únicamente tostado, con grano traído de los mejores cafetales de Colombia desde hace más de cien años.

Dia 4

Ya lo siento querido diario, pero, esta semana es mi tema recurrente. Menos mal que después de mi ratito de café a solas, disfruto del día como una campeona. No necesito otra cosa que tener a los míos muy cerca. Somos de distintas generaciones, lo sé. Pero este tema del café nos entretiene las tertulias. Me ridiculizan con cariño y le llaman aguachirri a mi café y yo hago como que me enfado y me río con ellos y me dejo querer.

En el mismo artículo he leído que «durante la fabricación se pueden obtener mezclas; cafés con distintos granos de varios orígenes puros; otros, a los que se han incorporado esencias nuevas para obtener más variedad de aromas y sabores alterando su sabor original». En fin, que podemos estar ante un producto elaborado con las más sofisticadas tecnologías, que puede ser perfecto —no lo niego— y al que también le llaman café.

De todas formas, mi querido diario, yo me mantendré fiel y seguiré preparándome cada mañana mi café cortado colombiano cien por cien, de tueste natural. Porque me gusta y porque llena de aroma familiar mi hogar cuando me transporta a otros cafés inolvidables mezclados con leche de vaca recién ordeñada y hervida —para que soltara toda la nata—, y que después la untábamos sobre tostadas de pan tierno a las que añadíamos azúcar espolvoreada.

Pero ya he dicho que somos de otra generación.

Dia 5

Querido diario, hoy no me ha sabido tan bien el desayuno como estos días de atrás. Ya estoy añorando sus voces, sus abrazos, sus risas y las charlas tranquilas en la mesa a las horas de comer o después, todos desperdigados por el sofá. Les he animado a que cuando pasen por Madrid visiten «La tienda que más café vende en el mundo». Recuérdame que esta Navidad le pida al «amigo invisible» un saco de buen café.

Nota (1) http://elpaissemanal.elpais.com/placeres/cafe-de-costa-rica


Revisado/Febrero23

Doce centímetros


—Sabía que eras tú por el taconeo de tus zapatos por los pasillos, princesa.

—Doce centímetros te contemplan, capullo. ¿Qué haces ahí tirado? No tienes cara de estar muriéndote. Casi me mato por llegar a tiempo…

Silvia se descalzó a golpe de patadas contra el aire y dejó volar su ropa sobre la cama, primero el abrigo mojado y después el vestido. Se quedó en tanga y con uno de los tirantes del sujetador languideciendo sobre su hombro desnudo. Lo miró insolente, casi con desprecio. No venía esta noche con ganas de tener barullo.

—¿Qué pretendes decir con ese «ahí tirado»? —dijo él. Si tienes algo que recriminarme, hazlo, pero no me toques las narices. ¿Qué has hecho hoy para venir como una osa malaya, o… —perdón, dijo— tan alterada?

Cogió del suelo el bolso con violencia, buscó el tabaco que no estaba, —seguramente se lo habría dejado en el cajón de la mesa del despacho. ¡Mierda! Era lo único que le faltaba después de haber pasado el día corrigiendo escrituras. Había salido a toda prisa pensando que la llamada era una emergencia —no como la última vez que le había tenido que llevar al hospital con una tiritona terrible y la cara con pinta de leche condensada y que, después de un par de pruebas y tres horas y media de espera por los pasillos, les habían dicho que no era nada, que era un mero ataque de ansiedad y que con un valium podían marcharse a casa—, total para encontrárselo tan fresco tirado en el sofá con treinta y siete coma cinco décimas de estupidez.

Necesitaba una ducha con pelo, después ya vería cómo sortear el momento, estaba claro que hablar no servía de mucho en los últimos tiempos. Él tenía claro cuáles eran sus sueños; viajar, por supuesto, y dedicarse a la pintura y a la publicidad por su cuenta —decía él— o a la “dolce far niente” —decía ella— porque, en realidad era lo que más le gustaba hacer en la vida; nada. Y a Silvia se la llevaban los demonios. Había dejado el trabajo de camarero para permitirse un año sabático e intentar comenzar de cero. En principio ella aceptó darle un voto de confianza, pero a las pocas semanas ya estaba arrepentida. Y furiosa. Cada día era más de lo mismo, él sin inmutarse dedicaba largas horas a pensar, largo en el sofá, y a pintar o a hacer garabatos infames ocupando el salón con todas sus pinturas y pinceles, rotuladores, papeles y lienzos, como si fuera en aquella casa el único inquilino. Dio un grito desde el baño:

—¡Hey! ¿Cuántas veces hay que decirte que cuando te duches, limpies tus pelos del baño?

Quiso pensar que el ruido del chorro cayendo en la bañera le había provocado sordera, y volvió a gritar asomando medio cuerpo chorreando agua fuera de la mampara.

—¡No lo soporto! —Soltó un gruñido que no llegó a ningún sitio.

—¿Cómo dices? —Llegó entre el vaho la voz del italiano en sordina.

Silvia se volvió enfurecida soltando otro grito y un par de palabras soeces a cámara lenta, a medida que su cuerpo resbalaba saltando en el aire para caer retorcido en la balsa de espuma.

—¿Estás bien? —Decía él llegando a su lado.

—¿Cómo es posible que me preguntes si estoy bien? —Vale, estoy estupenda, solo quería dar un paseo por las nubes —dijo—, mientras se sorbía los mocos jabonosos.

Se sintió ridícula ante él, como una tierna payasa sin maquillaje —afortunadamente no se había partido la crisma.

—¿Qué me decías, amore?

—¡Te odio! No me llames «amore» y sácame de aquí —decía ella gritando enfurecida y chapoteando en el agua, a la vez que intentaba deshacerse de la madeja jabonosa en la que estaba enredada.

—Lo siento. Quizás deba de llamar al 112 para que te rescaten los bomberos.

Y riéndose socarronamente le retiró con delicadeza los mechones mojados de pelo que le caían por la cara. Ella se resistía manoteando, intentando hacerlo ella misma. No quería ceder ni un milímetro más a la seductora desfachatez del italiano que se había convertido en una garrapata en su vida. Sonó el timbre de la puerta.

—Buen día, —anunció un tanto despistado el cartero, sin mirarle a la cara, mientras le entregaba un sobre amarillo certificado.

—Es usted Silvia… ¡ejem!, perdón. Me habían dicho que aquí vivía una chica despampanante, pero he debido de despistarme chaval —dijo en un tono irreverente y desenfadado el cartero—

—Mira tío, dame el sobre que la persona que buscas, que por cierto es mi chica, está ocupada en este momento.

—Bueno, bueno, usted perdone. El caso es que tiene que firmarme los papeles, así que si no le importa aquí espero.

El italiano dio un portazo, dejándole fuera al individuo del chaleco amarillo.

Volvió para encontrarse a Silvia en el baño bufando como un jabalí —o jabalina, como quiera que se diga— todavía sentada en el suelo, tratando de recomponer la compostura. Estaba decidida a echar de casa a aquel seductor buscavidas con el que —ahora no entendía por qué— convivía desde hacía ya más de tres años. Consiguió recuperar su verticalidad y odió verse allí de pie desnuda cuando él volvió a buscarle.

—Tu cartero está esperándote en la escalera. Algo tiene para ti que tienes que salir a firmar.

—Pues, te parecerá que estoy en condiciones de atender a nadie…

—Ese no es mi problema, princesa.

—Eres un imbécil. ¿No podías haberle dicho que viniera en otro momento? —dijo Silvia encolerizada.

—Pues… viene preguntando por una “tía despampanante” —dijo irónico. Supongo que “eso” serás tú…

Sí, ¡no te jode! yo con doce centímetros de tacón y rímel en las pestañas, —murmuró para sí misma, mientras salía al encuentro del cartero recogiéndose el pelo todavía húmedo con una pinza de plástico en el cogote y se ataba el albornoz con doble nudo.

Lo encontró sentado en la escalera con los cascos puestos escuchando música y su maletín de trabajo tirado a su lado. Silvia, al ver que no se enteraba de su presencia, optó por darle un puntazo con el pie para hacerse notar.

—Espero que sean buenas noticias para ti. Llegan de muy lejos. —apuntó con desparpajo el cartero mientras le ofrecía el recibo que debía de firmar.

Silvia hizo de tripas corazón para parecer amable.

—¿De dónde viene?

—Viene de Australia. —Allí pasé tres meses yo el año pasado, recorriendo el país. Por cierto, espléndido. Algún día volveré, quizás para quedarme.

Silvia entró en shock. Firmó como pudo el recibo y lo despachó urgente. Esperó por cortesía, con emoción contenida, a que el cartero cogiera el ascensor. Cuando lo perdió de vista cerró la puerta de la calle y, sin cruzar ni una palabra con el italiano que estaba pendiente del mensaje, se encerró en la habitación. Se calzó sus zapatos rosas de doce centímetros de tacón y se puso a llorar delante del espejo con el sobre apretado a su pecho.

Una mueca tragicómica la observaba. Se echó a reír ruidosamente. Metió algo de ropa en una mochila, el neceser, el móvil, el ordenador y algunos libros y, con su pintalabios favorito escribió en grandes letras rojas por todos los espejos: Arrivederci, Amore. Dio un portazo y no esperó al ascensor; bajó por las escaleras de cuatro en cuatro…

@mjberistain


Leonard Cohen



Artículo de FELIPE BENITEZ REYES

Domingo, 13 de noviembre 2016

(Escribí esto que sigue en 2011. He escrito otra cosa de urgencia, tras su muerte, que se publicará el próximo viernes en EL CULTURAL del diario EL MUNDO.)

LEONARD COHEN ha conseguido reducir su voz a un susurro hipnótico. ¿Por merma de facultades? Sí, pero quizá también por privilegio de su destino: su voz es algo que está ya por encima de la voz, algo que ha logrado convertirse en la metáfora frágil de sí misma, en una fantasmagoría, purificada. Es la salmodia penumbrosa del superviviente, con su traje gris de empleado discreto de funeraria, con su borsalino de hampón dandístico, con su figura descoyuntada de anciano arrullador de batallas antiguas del sentimiento, galán en sus ocasos triunfales, con su sonrisa beatífica propia del monje budista que es, conocido en los monasterios del ramo como Jikan Dharma, que significa el silencioso.

Leonard Cohen sale al escenario con pasos alegres de duendecillo del país de las tinieblas amables. Se arrodilla. Junta las manos en gesto de plegaria. Se destoca. Sonríe. Da las gracias. Empieza su conjuro. Sus canciones nos llegan desde muy lejos: los adolescentes de los 70 del siglo pasado que tocábamos la guitarra teníamos un repertorio de estándares en el que no faltaba “Suzanne”, aunque con cierta licencia en los arpegios, porque éramos aprendices y había que esquematizar los alardes. Aun así, aquella medio chiflada seguía ofreciéndote té y naranjas de la China. Y el Cristo -abandonado, casi humano- permanecía en su torre solitaria de madera. Y aprendías a buscar entre la basura y las flores. Y el sol caía de lleno, como una miel, sobre la dama del muelle. Etcétera. Y nosotros, en fin, bailábamos aquello con las niñas, en la noche artificial de las fiestas tempraneras de los sábados.

Ha pasado el tiempo y ahí siguen sus canciones, más intensas aún porque se han aliado con el tiempo nuestro, con el tiempo de adentro de cada cual, con la historia de cada uno. Estamos en ellas. Conmueve este Cohen de postrimerías. Tan roto y tan poderoso. Tan de cristal y tan irrompible. Tan sujeto a la música por casi nada: por la exactitud temblorosa de la emoción, que es a fin de cuentas el todo. Este Cohen oferente y educado, con su espectáculo grandioso de susurros. Este Cohen que, con apenas cuatro notas básicas, ha sido capaz de escribir canciones que son historias, historias que son poemas, poemas que son música, música que es un himno de intimidad. Este trovador dulzón y oscuro, amargo y luminoso, con su lentitud interior de emocionado reflexivo, con su voz a media voz, con su porte de vendedor honrado de diamantes, de hombre hecho serenamente al encogimiento de hombros y a las fatalidades prodigiosas que nos depara el mundo, como un personaje escapado de una página de Isaac Bashevis Singer, este Leonard Cohen, decía, parece venir desde muy lejos cuando sale al escenario y se destoca.

Parece venir de un tiempo invulnerable al tiempo, de una intemporalidad mágica en la que los sentimientos son inmortales, mientras nosotros vamos de paso por aquí, acogidos a la indefinición y a la fragilidad, y alguien baila ante nosotros con un violín en llamas.


The End of Love

 

No tengo palabras, hoy.
Me quedo con la sabiduría de las suyas y su forma de expresarlas.

Fotografía destaca de AquariumDrumkard


Brindis por unos versos


 
«El amor, como todo, es cuestión de palabras»
Luis García Montero

He vendido mi alma por unos versos,
mis sueños, por un puñado de besos en la niebla…

Soy un rayo sin luz,
un ramo de hojas escarchadas,

el placer piadoso de un racimo de buen vino.

Vivo en los abismos de la memoria y sobrevivo
entre las líneas y los puntos suspensivos
de esta especie de literatura desorientada,
en sus metáforas y en su sentido clandestino.
 
Apuro la copa de veneno del insomnio
cuando  el brillo de la noche muerde
y un conjuro de amor perverso se hace dueño
de las almas y celebra un brindis
con la luna,
sobre el rastro de sus brasas encendido.

Podría contarte que en mi casa

los relojes ya no arañan
la espalda de las pasiones por los pasillos,
que soy íntima del tiempo detenido;
una cita esperanzada
en un banco del camino,
la lluvia lenta de un día de abril
a la orilla de la bruma

y de la palabra melancolía.


EL SALVOCONDUCTO

De mi libro La canción de NERTA


La obra del ferrocarril se preveía que estuviera terminada en dos años. Ya se habían completado los trabajos de la planta de energía y la estación intermedia en la cascada de Kjosfossen. Quedaban por colocar los últimos cinco kilómetros de vía. Pero cuando Alemania se hizo con el poder — en 1940— las autoridades ordenaron continuar con la construcción, para la cual sometieron a obreros noruegos a trabajos forzados en la obra en lugar de deportarlos a Alemania. De esa forma consiguieron que el ferrocarril se inaugurara a primeros de agosto de ese mismo año.

Una noche, mientras cenaban, Mark le anunció a Louise que debía de ausentarse. La reunión con el alto mando iba a celebrarse en Oslo y se quedaría allí algunos días más. Su corazón dio un vuelco, entre las luces rojas que se encendían inquietas en su interior y la mirada inocente de la niña en su regazo. La apretó contra su pecho como buscando un consuelo desesperado ante el desapego de las palabras de aquel hombre por el que habría estado dispuesta a darlo todo.

Louise pasaba la mayor parte del día trabajando mientras Ulma estaba consiguiendo rehacerse con el paso de las horas ayudada por el respeto y el cariño que le ofrecía Louise y la emoción que le embargaba al poder tener entre sus brazos a aquella criatura que era como una continuidad de su propia vida. Pero pasaba las noches valorando la propuesta de Mark de casarse y adoptar legalmente a la pequeña, dándole su propio apellido. Atrapada en la soledad de su silencio, aceptó. Pensó que su unión podría servirle de salvoconducto para ella y para la niña antes de que llegaran tiempos peores.

Se estaban produciendo en Europa movimientos en contra de los judíos y su temor secreto crecía por momentos horadando su ánimo que, por nada quería que se le notara cuando vibraba en brazos de Mark. Pensaba en sus padres, inmigrantes en Suecia país en el que, de momento no parecía temerse la incursión alemana. —Alemania era dependiente del hierro de las minas suecas y de otros materiales para mantener su maquinaria bélica, además de que utilizaba sus vías de comunicación terrestre para llegar a países como Noruega y Finlandia—. Podría alegar enfermedad grave de su padre —que ya manifestaba problemas de corazón— e instalarse provisionalmente con ellos para, desde allí, trasladarse con su hija adoptiva lejos de la zona de conflicto. Fueron días de insomnio y pesadillas que disimuló con inmenso esfuerzo cuando Mark llegó de su viaje de Oslo.

Los trámites para la adopción seguían un curso desigual. Se esperaba la puesta en marcha del primer hogar Lebensborn en Noruega, —una institución benéfica para las mujeres de los oficiales de las SS,  que mediante instalaciones como clínicas de maternidad, orfanatos, o servicios de adopción también ayudaría a los nacidos de padres alemanes y madres noruegas, a mujeres noruegas violadas por militares alemanes y a otras que se ofrecieran voluntariamente al proyecto de expansión de la raza aria que promovía el gobierno alemán—.

Él, por su parte, lejos del protocolo de su viaje, pensaba en ella y en la niña. Su nueva misión le reconocía el máximo poder de las fuerzas alemanas en el país. Había sido nombrado comisario y jefe de la administración alemana de Noruega, lo que hacía de él en la práctica el auténtico gobernante del país. Seguiría fielmente los postulados del III Reich como había jurado, y que además, coincidían con sus propias obsesiones particulares. Se casaría con una mujer noruega y tendrían hijos, incluso adoptarían a aquella niña huérfana de un oficial alemán y una mujer noruega, siendo él mismo ejemplo de los objetivos nazis para la generación de la raza superior que poblaría Europa. Pero en su fuero interno la presencia cercana de las tres mujeres pensaba que podía afectarle negativamente en su dedicación al III Reich, planteándole problemas morales, y  eso no estaba dispuesto a discutir con nadie.

Desearon el reencuentro sin cuestionarse nada hasta después de varias horas de entregarse  al placer de vivirse en aquel ambiente íntimo y familiar, con la niña dormida plácidamente a los pies de su cama. En aquellos momentos Mark dejaba de ser el militar que dinamitaría los últimos vestigios del gobierno noruego para imponer el control de Alemania.

—Hemos llegado demasiado lejos, dijo un sombrío Tervoben a una Louise angustiada por las repercusiones de la guerra en sus vidas.

—Quiero que seas mi mujer, juro protegeros a ti y a la niña, darle mi apellido y cuidar de que nada os falte. Alzó su mano derecha para reforzar su juramento. Louise cerró los ojos y apoyó la cabeza en el pecho del alemán. Él la rodeo con sus brazos poderosos besándole la frente mientras escuchaba la suave voz de Louise en un susurro delirante.

—Mark, pero tenemos que irnos…

La ceremonia civil fue breve y Louise se mantuvo en su casa con Ulma y la niña hasta que obtuvo los documentos oficiales de adopción de Gunhilda y los visados para el viaje de las tres a Suecia. El permiso fue concedido por el motivo de grave enfermedad de su padre y la necesidad de asistencia para su madre imposibilitada. Saldrían en el tren a Myrdal, y de allí a Oslo, donde se quedaría Mark. Las tres mujeres tendrían a su disposición un coche para llegar hasta la frontera de Suecia. Allí no tendrían ningún problema, dado que los visados estarían firmados y sellados por la oficina del propio Comisario del Reich.

Era medianoche cuando llegaron después de un largo viaje en el que apenas se habían cruzado algunas palabras, a Oslo, con el miedo agarrado a sus entrañas. Allí cientos de policías y grupos de militares nazis armados habían tomado la estación y desfilaban, de un lado para otro, bajo una amenazante y tenebrosa luz amarillenta. El pánico se concentraba en sus miradas. Ulma cabizbaja, cubierta por un sombrero que ocultaba su angustia, asumía su destino porque no tenía nada que perder, por otra parte parecía sentirse  protegida, sin saber muy bien de qué ni de quién, o hasta cuándo. Para Louise la niña era su salvoconducto. El coche, un BMV 335 negro esperaba a la salida de la estación. El chofer, un oficial de las SS, entregó las llaves a Louise una vez que estuvieron instaladas en su interior, en la parte trasera del vehículo Ulma y la niña.

El Comisario del Reich Mark Terboven tomó las manos de la Oficial Louise Carson fijando sobre ella su mirada incisiva. No hubo tiempo para la ternura. Ella abandonó el gesto atendiendo a la urgencia de una despedida que le llenaba de desasosiego, pero no de dudas. Estaba dispuesta a que aquella fuera la última de su historia juntos. El se quedó rígido en la puerta de la estación y saludó con un gesto militar a la silueta del coche que desaparecía entre la niebla.


NOTA:
La imagen de portada fue tomada de internet en 2016, era de tamaño mínimo. He querido conservarla y he probado aumentarla con IA, aunque haya perdido calidad. No era buena originalmente, pero en su día fue la imagen elegida para este relato. Sorry…


LA OCUPACIÓN

De mi libro «La canción de Nerta»


«Dormíamos hasta que llegastes con tu corazón diminuto
a la casa de madera para compartir dentro todo el bienestar
¿acaso no sabes que es cierto? »  -Japandia-

 

Todos los habitantes del pueblo trabajaban en la obra, también jóvenes de los pueblos de alrededor, incluso algunos llegados del extranjero. Lo llevaban haciendo desde cuando se había iniciado los trabajos, en 1924, como carreteros y constructores de vía, días y noches abriendo las montañas con sus manos. Se construirían veinte túneles, a lo largo de un paisaje salvaje, pendiente y escarpado. Los trabajadores venidos de fuera del pueblo vivían en barracones de madera expresamente construidos para ellos. Se habían organizado en forma de comunidad a la que se habían incorporado también algunas de sus familias. A medida que avanzaba la obra, Myrdal, sin embargo, se convertiría en  residencia para los oficiales.

Allí se había instalado el joven ingeniero alemán Mark Terboven, designado para supervisar los trabajos durante el último período de la obras. Era el otoño de 1939 y la puesta en marcha del ferrocarril estaba prevista para el otoño de 1942 —tres años más tarde—.

El bar de Fläm acogía a todos por igual. La presencia del viejo dueño Bjorn era permanente aunque ya solo se dedicaba a departir con sus amigos y vigilar que la comida caliente y el pan tierno de cada día estuvieran asegurados y sus clientes bien atendidos por parte de sus dos hijos Eirik y Frigga.

La Oficial Louise Carson que llevaba trabajando en el valle desde hacía cuatro años, prefirió quedarse a pie de obra en una pequeña casa de madera en la zona de barracones. Era una mujer vital e inquieta; su carácter fuerte y su espíritu conciliador habían hecho de ella una persona admirada y muy respetada por todos los que le conocían. Cuando llegó, enseguida había simpatizado con las familias. Sus padres eran judíos de procedencia austríaca y se habían trasladado a Suecia huyendo de los desórdenes en el centro de Europa siendo ella aún una niña. Cuando terminó su educación básica Louise eligió estudiar Biología y sus padres le facilitaron el trasladó a la Universidad de Oslo —antigua Real Universidad Federicana— al mismo tiempo que se especializaba en fotografía. Su madre le había inculcado su pasión por la lectura y ella fue descubriendo que además le gustaba escribir. Lo hacía después del mediodía, cuando ya había oscurecido y hasta bien entrada la noche, en artículos sobre historia natural en los que incluía imágenes tomadas en sus salidas a la montaña. Consiguió que se los publicaran en la revista mensual de la propia universidad. Una vez terminados sus estudios, se alistó en el ejército noruego como técnico en protección y conservación de recursos naturales. Adoraba su trabajo y el país que había elegido para vivir. Le hacía feliz el contacto con aquella prodigiosa naturaleza: la belleza sobrecogedora de los fiordos, las montañas escarpadas, las amplias mesetas nevadas o las laderas verticales, los  bosques abrigados, los glaciares, las cascadas cayendo en las aguas de archipiélagos y playas de arena blanca. La luz de las noches en las que el sol no se ponía, o el resplandor del ártico sobre el silencio de las inmensas extensiones de hielo… Adoraba también la alegría de los pequeños pueblos costeros.

Se dejó caer agotado en una de las sillas de madera, los brazos del ingeniero colgando a los lados de su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos durante varios segundos, o quizás incluso minutos. No se dio cuenta. Le sobresaltó el chirrido inoportuno del vaso de cerveza que Eirik dejaba sobre la mesa. Al verla, sentada enfrente suyo con una sonrisa complaciente, de repente no supo dónde se encontraba. Se incorporó agitando su cabeza de un lado a otro y pestañeando para desperezarse con toda la dignidad de la que fue capaz ante aquella mujer que le había pillado por sorpresa.

—He debido de quedarme dormido, ¡lo siento! —Bostezó, cubriéndose la boca con ambas manos—

—No hay problema, —sonrió Louise— no quería molestarle y estaba aquí esperando tranquilamente. Este es un lugar perfecto para descansar y reponerse. ¿No es cierto? Yo también suelo hacerlo, pero… es curioso que no hubiéramos coincidido aquí antes.

—Bueno —dijo mirándola sin moverse de su asiento— es un placer ¿señora?

—Soy, por si no lo recuerda, Louise Carson. Nos saludamos en la reunión de oficiales en Myrdal hace solo unos días.

—¡Oh, sí!, me acuerdo perfectamente de usted, aunque debo confesarle que, en algún momento cuando la conocí pensé que… —el oficial bajó los ojos y miró al vaso de cerveza intentando justificar la intención de la frase que se le escapaba de la boca, casi sin querer— bueno…, pensé que qué demonios hacía una mujer como usted en un sitio como éste…, —y añadió urgente con una cómica inclinación de cabeza— con todos mis respetos, señora Carson.

A ella le hizo sonreír el comentario y lo aceptó condescendiente.

—De acuerdo, —dijo el hombre— aunque por lo que veo usted ya sabe quien soy yo, en todo caso me presento. Se agitó en la silla, bebió un largo sorbo de cerveza y colocando el vaso en el centro de la mesa, sin soltarlo dijo: soy Mark Terboven. Trabajo con un equipo de diez personas supervisando el trabajo y las necesidades de los hombres, de los movimientos de tierras, de la electrificación, la canalización de las aguas, la puesta en marcha de la central eléctrica, de la colocación de vías…, en fin, soy responsable de que el proyecto llegue a buen fin en los plazos previstos. Así que —compuso en su boca una sonrisa irónica— probablemente yo sea el hombre que busca…

Se hizo un silencio entre ambos que él rompió levantándose de la silla y ofreciéndole su mano a modo de saludo de bienvenida.

—Ahora…, hablando en serio, ¡déjeme que le invite a una cerveza!

—En realidad —dijo Louise— estoy aquí porque en algún momento tenemos que hablar usted y yo de la estación intermedia de la cascada.

Aquella misma tarde y las siguientes, cuando oscurecía, se encontraban en el bar de los hermanos Eirik y Frigga. Sentados uno al lado del otro, sus conversaciones giraban mayormente en torno a la obra. Un par de cervezas solían conseguir suavizar las tensiones de trabajo que les habían enfrentado durante el día. Hablaban también de la guerra —que se avecinaba— y de aquél futuro próximo que para ellos estaba tan lleno de interrogantes. Poco a poco fueron introduciendo comentarios personales en sus conversaciones. Se dejaron llevar por el placer de la compañía y de la complicidad, incluso hasta notaban cómo iba creciendo en cada uno de ellos una cierta dependencia del otro que les salvaba de las noches de miedo cuando el cielo amenazante se llenaba de destellos de mortíferas bengalas cuyos sigilosos silbidos se escuchaban cada vez más cercanos.

Louise, cuando se retiraba a su casa, se dedicaba a revelar las imágenes que había tomado durante el día y a redactar informes. Cuando el sueño se le resistía escribía artículos sobre naturaleza que a veces se publicaban en algunos periódicos locales. No era su problema la soledad en aquellos momentos. En su interior, lejos de arrugarse su espíritu, crecía un conflicto que le obligaba a pensar en la acción. Sin embargo, el acercamiento que se estaba produciendo con Mark le impedía hacerlo con determinación. Por su parte él iba apreciando ciertas señales de que había entre ellos un muro que parecía insalvable, y eso aún le interesaba más de aquella mujer que se le estaba clavando en el alma.

—Hoy háblame de lo que te atormenta. —Dijo Mark con voz severa una de las tardes, mirándola a los ojos—. Se produjo entre ellos un silencio tenso. Mark pasó su brazo sobre los hombros de ella y la apretó contra su costado quitándole importancia a su negativa de enfrentarse al tema. Amaba a aquella mujer.

Les costó más que otras tardes despedirse hasta el día siguiente. Un haz de luz blanquecina se filtraba por la ventana aquella noche. Louise se quedó adormilada en el sillón al lado de la chimenea contemplando el leve y lento desplazamiento de aquella estela polvorienta sobre su mesa de trabajo. Pensaba en él, en su último abrazo que se había demorado más de lo habitual. Se había sentido extraña en sus brazos. No había sido un abrazo fraternal como otras veces, tampoco habían ayudado a entenderlo sus uniformes de oficial, lo sabía. Pero  había sido un gesto nuevo en el que se había encontrado con un espacio lleno de cálidas sensaciones a las que no había podido resistirse. Pensaba en él. En cómo se había despegado, sin soltarla de sus brazos, para mirarla a los ojos. Después se habían separado sin decirse nada…  Se dejó invadir por el sopor imaginando cómo sería el color y el calor de su piel desnuda. ¿Cómo podría explicarse?. Era capaz de explicar el aire rozando las colinas, el sonido del agua discurriendo por los valles, el grito de algún animal herido desde la lejanía, pero, ¿como explicar aquel mundo de miradas sugerentes, de gestos equivocados y esquivados tantas veces, de palabras que se dejaban caer como si no tuvieran ningún sentido? Aquella tarde había leído el deseo en sus ojos y ella se había agarrado a él como tratando de evitar un precipicio. ¿Cómo explicarse cómo era él y el susurro de su voz deslizándose en su cuello pronunciado su nombre, sus labios lamiendo lentamente sus ojos con la humedad de sus besos, el roce de su mejilla en la suya, sus caricias revolviendo su pelo, o la violencia del vértigo al puro vacío en sus manos atrayéndola firme hacía su vientre encendido…?

Sentía su presencia cercana en el temblor delirante de su cuerpo, sentía su presencia y cómo  se iba apoderando de ella y de su sueño en el oscuro silencio.

Le despertaron a mitad de la noche las voces y los golpes en la puerta.

Afuera la noche oscura enmarcaba la palidez sobrenatural de la cara desencajada y sudorosa de Ulma. Llegaba sin resuello, sus manos temblorosas se apretaban con saña a su delantal manchado de sangre.

—Ven conmigo rápido. Louise por favor, te necesito. —consiguió gritar tartamudeando de angustia—

Louise no preguntó nada, no se lo pensó y salió corriendo detrás de aquella mujer, horrorizada. Todavía estaban con vida cuando llegaron. La criatura yacía junto a su madre entre toallas y fluidos y restos de cordón umbilical como un desperdicio gelatinoso y morado, inerte. Las dos mujeres se miraron, no hablaron, intentaron con su coraje y sus manos temblorosas reanimarlas. Cuando la niña lloró Louise elevó los ojos al  cielo agradeciendo al Creador su ayuda en aquel instante, pero lloró amargamente cuando se desvaneció finalmente el latido de la mujer que le había dado vida a la pequeña.

—No tiene a nadie más, —se escuchó apenas el lamento de Ulma, sudorosa, con el pelo pegado a la cara y  lágrimas imparables brotando de sus ojos, mientras sostenía, apretado a su pecho, el pequeño fardo con vida que lloraba con desconsuelo—. Ulma era una mujer muy respetada y muy querida en el pueblo. Había sido matrona y cuando se retiró y se quedó viuda, continuó ayudando generosamente a las familias. Ulma quiso explicarle a Louise cómo se había complicado un parto que en principio no tenía ningún riesgo. Quiso explicarle que el padre de aquella criatura era marino y había muerto en febrero de aquel mismo año en los incidentes con el buque alemán Altmark en aguas neutrales. Quiso explicarle que ella les conocía bien, que había ayudado a aquella mujer desde su nacimiento, cuando milagrosamente había sido encontrada abandonada, todavía viva, en la base de la gran cascada Fjossen  y el pueblo se la había encomendado a ella para su cuidado, que también la había ayudado durante su tiempo de duelo por la muerte de su marido y con su embarazo. Que era la hija que ella siempre deseó tener… Pero su voz no pudo.

Aquella noche de urgencias con la devastadora sensación de muerte a su alrededor, las dos mujeres decidieron ocuparse ellas mismas de solucionar los dos problemas; el enterramiento de la joven y el cuidado de la niña hasta que oficialmente se le pudiera dar una solución. Louise fue quien se ocupó de avisar al médico del hospital de campaña para que revisara a la niña y les ayudara con las gestiones de la mujer muerta. Convinieron en que, en principio, ella se haría cargo de los gastos necesarios para sacar adelante a la pequeña y contrataría a Ulma y le pagaría un sueldo para que se ocupara de sus cuidados el tiempo que necesitaran hasta poner orden en aquel caos. Se organizó para instalar a Ulma y a la niña en su propia casa. Había espacio suficiente y estarían más cómodas las tres. Las horas se alargaban contemplando la evolución de la pequeña mientras cavilaban en darle un nombre. Convinieron en el de Gunhilda —cuyo significado era «doncella en la batalla»— , a ambas les pareció que sería el más adecuado para una mujer que nacía para ser una luchadora en la vida.

Aquella tarde Mark se encontró a una Louise conmocionada que se apretó a su abrazo exhausta. Se rompió en lágrimas bajo la luz amarillenta del parpadeante rótulo del bar. Entre ellos, ambos vestidos de uniforme, descubrieron la grandeza del amor; del amor de la entrega, del amor de la comprensión, de la caridad, la del amor carnal. Aquella noche y las siguientes hablando al calor de la lumbre, fueron desatándose las pasiones; el miedo, la rabia, la responsabilidad, la impotencia… Se miraban uno al otro como si fueran náufragos sin historia ni porvenir en una isla desierta. El silencio de los bombardeos cercanos les asustaba más que el amanecer de otro día entre el caos de la tierra herida; les asustaba más que la imagen de mujeres y niños arrastrando la sed y el hambre por las laderas de aquél bellísimo paisaje que estaba siendo ocupado. Solían amanecer abrazados, sus sueños turbulentos se interrumpían varias veces durante las noches por caricias envueltas en el placer de la proximidad inevitable de sus cuerpos. Se amaban desesperadamente, sus ojos se llenaban de lágrimas de emoción y agotamiento. No había lugar para la soledad en aquel hogar de materia parecida a la ternura. Cada amanecer les sorprendía con la rendición escrita en sus miradas frente al campo de batalla; el amor debía de ser algo así como la pura necesidad de alguien a tu lado cuando el mundo se desmorona. Había estallado sigilosamente por sus venas, arrinconados, contra el muro de la guerra.

Abril llegaba ese año estremecido, con el color de la ceniza en el paisaje. La gente se movía cabizbaja, como somnolienta, no había alegrías que contar, el bar parecía un lento corazón siniestro, ocupado por gentes desconocidas hablando en el idioma del horror. Los mayores dejaron de frecuentarlo y se reunían en la casa de alguno de ellos donde ya solo hablaban, en voz muy baja, de resistencia. Era la primavera de mil novecientos cuarenta.

firma


El lado frágil de la impertinencia


 

 Con qué ferocidad y a qué hora inoportuna salen tus veinte años de la fotografía para exigirme cuentas. En los ojos heridos de la luz sostienes la mirada de mis sombras, desdeñas la lealtad de mis recuerdos, en la piel transparente anegas el cansancio de mi piel y defines mis años por traiciones.

No escandalices más, hablemos si tú quieres, elige tú las armas y el paisaje de la conversación, y espera a que se vayan los invitados a la cena fría de mis cincuenta años. Por evaporaciones, como las aguas sucias de los charcos se acercan las nubes, caminaré contigo hasta la plaza de tu juventud. Allí están los magníficos árboles de las ciencias y las letras con sus palabras en el mes de mayo, y el orden de los números a la orilla del tiempo, más cerca de las sumas que de las divisiones.

Imagino tu voz, supongo el aire —porque a veces regresa hasta mis labios en noches de espesura— con el que afirmarás que toda libertad es una roca, que no faltan el viento y las razones, sino la voluntad en el timón, para gritar después que mi conciencia es ya ropa tendida, palabras puestas a secar.

Tendrás razón. No digo ni la mitad de lo que siento. Pero recuerda que mi soledad, la que arde en mi lámpara de desaparecido, es el silencio de las causas públicas. Y puedes comprenderme: mis amantes dormidos, el cajón de los barcos indefensos, un teléfono antiguo…, todas las tachaduras se parecen a la inquietud que sufres ante la vida en blanco.

Ya que fuerzas mis sombras con tu luz comprende mi silencio en tus exclamaciones. Porque sabes que sé el lado frágil de la impertinencia, lo que hay de imitación en tu seguridad, la certeza que llega de los otros para empujarte por el afán de ser el elegido, por el deseo de gustar, hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.

Aceptaré las quejas, si tú me reconoces la legitimidad de la impostura.

Ahora que necesito meditar lo que creo en busca de un destino soportable, me acerco a ti, porque sabías meditar tus dudas. Cuando tengas la edad que se avecina, admitirás el tiempo de los encajadores, la piel gastada y resistente, el tono bajo de la voz y el corazón cansado de elegir sombras de pie o luz arrodillada.

Después de lo que he visto y lo que tú verás, no es un mal resultado, te lo juro. Baja conmigo al día, ven hasta los paisajes verdaderos en los que discutimos, y me agradecerás la difícil tarea de tu supervivencia.

 

Pequeña variación sobre Poesía de Luis García Montero


Fotografía @mariajesusberistain