El salvoconducto

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Imagen de la película Salvoconducto

—¡Por fin…! —Aquí aparece nuestra turista preferida, perdida y bien hallada. —voceó Inazio alzando los brazos en un gesto entre contrariado y alegre—. Se volvieron todos a mirarme menos Paula que siguió hurgando en su mochila, ignorando mi llegada. La chimenea estaba encendida. Antton y Ruth trasteaban en la cocina recogiendo los restos de la cena. Elmo me saludó alzando su ceja izquierda, sin quitar las manos de su guitarra que sonaba suave acompañando la quietud y el silencio que agradecíamos todos a esas horas de la noche.

—Hola chicos, lo sé, lo sé, me he retrasado pero aquí estoy. Supongo que os he dado tiempo suficiente para preparar el plan de mañana. —Me atreví a decir buscando la connivencia de mis amigos—.

—Bueno, estábamos esperándote pero hemos pensado, —a ver qué te parece— en llegar a la zona de Borgund —que desde aquí es una media hora en coche— para visitar la famosa iglesia de madera. Por la tarde podemos hacer la excursión en kayak por el fiordo. Esperad —siguió diciendo Inazio—, que os leo lo que pone en el folleto sobre la iglesia:

La Iglesia de madera de Borgund, consagrada a San Andrés, es un antiguo templo del tipo stavkirke de la localidad de Borgund (municipio de Lærdal, provincia de Sogn og Fjordane. Su construcción data de finales del siglo XII. Es la obra maestra de las 30 stavkirke medievales que han sobrevivido hasta la actualidad. Presenta un diseño monumental, con su característico techo de escalonamiento séxtuplo con decoración en forma de cabezas de dragones. Es también la mejor conservada. Se menciona por primera vez en una fuente escrita de 1342. Las investigaciones científicas han utilizado la dendrocronología para datarla, y se ha descubierto que la madera fue cortada en el invierno de 1180 y 1181. Con base en ello se establece que hacia 1200 el edificio estaba terminado.” 

Me acerqué a la cocina con intención de mordisquear algo sin molestar mucho. Antton fue el único que me preguntó cómo había ido la charla con Gunhilda. —Él comprendía bien que me hubiera quedado prendada de aquella mujer y de su historia—.

Mientras subía hacia el bar aquella tarde para encontrarme con ella, pensaba en el paso del tiempo. Me sentía una privilegiada por poder viajar por el mundo y descubrir la historia a través de la versión de los mayores. Ellos te llevaban con la emoción en sus palabras a la historia con mayúsculas desde el paisaje real de su memoria en la que, durante tantos años, habían permanecido prisioneras. Gunhilda estaba radiante, sus ojos sonreían cuando me vio desde la puerta del viejo bar. Se había puesto un pañuelo de colores primaverales al cuello y olía a lavanda fresca. Pensé que nada sabía todavía de la intimidad de aquella mujer; yo era consciente de que le estaba dando la oportunidad de revivir en aquella abstracción ahora tan lejos de su existencia, pero ¿y ella?. Qué sabía en realidad de ella?

—Hoy tendré que marcharme un poco antes. Mañana tenemos previsto un día duro, haremos una ruta por los glaciares de Jostedalen y saldremos muy temprano.

—Querida, me alegro muchísimo de que estéis disfrutando de este país, pero te advierto de que su belleza es inacabable.

—Por cierto —continuó diciendo— una tarde podrías venir con tus amigos a mi casa. ¿Qué te parece?. Me haríais muy feliz. Os preparo una merienda y nos tomamos unas cervezas juntos. Yo misma puedo daros ideas para vuestras vacaciones. En algún momento —ya te contaré más adelante—, tuve algo que ver con el desarrollo turístico de esta zona. Eso fue cuando volví de Estados Unidos. Pero ahora vamos a continuar con la historia desde donde la dejamos ayer, si te parece bien.

¡Encantada!, —Asentí, acomodándome lo mejor que pude en la silla de madera.

La obra del ferrocarril se preveía que estuviera terminada en dos años. Ya se habían completado los trabajos de la planta de energía y la estación intermedia en la cascada de Kjosfossen. Quedaban por colocar los últimos cinco kilómetros de vía. Pero cuando Alemania se hizo con el poder —esto fue en 1940— las autoridades alemanas ordenaron continuar con la construcción, para la que sometieron a obreros noruegos a trabajos forzados en la obra en lugar de deportarlos a Alemania. De esa forma consiguieron que el ferrocarril se inaugurara a primeros de agosto de ese mismo año.

Una noche, mientras cenaban, Mark le anunció a Louise que debía de ausentarse. La reunión con el alto mando iba a celebrarse en Oslo y se quedaría allí algunos días más. Su corazón dio un vuelco, entre las luces rojas que parpadeaban inquietas en su interior y la mirada inocente de la niña en su regazo. La apretó contra su pecho como buscando un consuelo desesperado ante el desapego de las palabras de aquel hombre por el que habría estado dispuesta a darlo todo. Los trámites para la adopción seguían un curso desigual. Se esperaba la puesta en marcha del primer hogar Lebensborn en Noruega, —una institución benéfica para las mujeres de los oficiales de las SS,  que mediante instalaciones como clínicas de maternidad, orfanatos, o servicios de adopción también ayudaría a los nacidos de padres alemanes y madres noruegas, a mujeres noruegas violadas por militares alemanes y a otras que se ofrecieran voluntariamente al proyecto de expansión de la raza aria que promovía el gobierno alemán—.

Louise pasaba la mayor parte del día trabajando desde casa y ocupándose de la niña. Pasó unos días valorando la propuesta de Mark de casarse y adoptar legalmente a la niña dándole su propio apellido. Se estaban produciendo en Europa movimientos en contra de los judíos y su temor secreto crecía por momentos horadando su ánimo que, por nada quería que se le notara cuando vibraba en brazos de Mark. Atrapada en la soledad de su silencio, pensaba que su unión podría servirle de salvoconducto para ella y para la niña antes de que llegaran tiempos peores. Pensaba en sus padres, inmigrantes en Suecia país en el que, de momento no parecía temerse la incursión alemana. —Alemania era dependiente del hierro de las minas suecas y de otros materiales para mantener su maquinaria bélica, además de que utilizaba sus vías de comunicación terrestre para llegar a países como Noruega y Finlandia—. Podría alegar enfermedad grave de su padre —que ya manifestaba problemas de corazón— e instalarse provisionalmente con ellos para, desde allí, trasladarse con su niña lejos de la zona de conflicto. Fueron días de insomnio y pesadillas que disimuló con inmenso esfuerzo cuando Mark llegó de su viaje de Oslo.

Él, por su parte, lejos del protocolo de su viaje, pensaba en ella y en la niña. Su nueva misión le reconocía el máximo poder de las fuerzas alemanas en el país. Había sido nombrado comisario y jefe de la administración alemana de Noruega, lo que hacía de él en la práctica el auténtico gobernante del país. Seguiría fielmente los postulados del III Reich como había jurado, y que además, coincidían con sus propias obsesiones particulares. Se casaría con una mujer noruega y tendrían hijos, incluso adoptarían a aquella niña huérfana de un oficial alemán y una mujer noruega, siendo él mismo ejemplo de los objetivos nazis para la generación de la raza superior que poblaría Europa. Pero en su fuero interno la presencia cercana de las tres mujeres podía afectarle negativamente en su dedicación al III Reich, planteándole problemas morales que no estaba dispuesto a discutir con nadie.

Desearon el reencuentro sin cuestionarse nada hasta después de varias horas de entregarse  al placer de vivirse en aquel ambiente íntimo y familiar, con la niña dormida plácidamente a los pies de su cama. En aquellos momentos Mark dejaba de ser el militar que dinamitaría los últimos vestigios del gobierno noruego para imponer el control de Alemania.

—Hemos llegado demasiado lejos, dijo un sombrío Tervoben a una Louise angustiada por las repercusiones de la guerra en sus vidas.

—Quiero que seas mi mujer, juro protegeros a ti y a la niña, darle mi apellido y cuidar de que nada os falte. Alzó su mano derecha para reforzar su juramento. Louise cerró los ojos y apoyó la cabeza en el pecho del alemán. Él la rodeo con sus brazos poderosos besándole la frente mientras escuchaba la suave voz de Louise en un susurro delirante.

—Mark, pero tenemos que irnos…

La ceremonia civil fue breve y Louise se mantuvo en su casa con Ulma y la niña hasta que obtuvo los documentos oficiales de adopción de Gunhilda y los visados para el viaje de las tres a Suecia. El permiso fue concedido por el motivo de grave enfermedad de su padre y la necesidad de asistencia para su madre imposibilitada. Saldrían en el tren a Myrdal, y de allí a Oslo, donde se quedaría Mark. Las tres mujeres tendrían a su disposición un coche para llegar hasta la frontera de Suecia. Allí no tendrían ningún problema, dado que los visados estarían firmados y sellados por la oficina del propio Reichskommissar.

Era medianoche cuando llegaron a la estación de Oslo tomada por cientos de policías y grupos de militares nazis armados desfilando, de un lado para otro, bajo una amenazante y tenebrosa luz amarillenta. El pánico se concentraba en sus miradas. Ulma cabizbaja, cubierta por un sombrero que ocultaba su miedo, asumía su destino en manos desconocidas porque no tenía nada que perder; incluso en algunos momentos se sentía protegida, sin saber muy bien de qué ni de quién, o hasta cuándo… Para Louise la niña era su salvoconducto. El coche, un BMV 335 negro esperaba a la salida de la estación. El chofer, un oficial de las SS, entregó las llaves a Louise una vez que estuvieron instaladas Ulma y la niña en su interior. Mark tomó las manos de Louise fijando sobre ella su mirada incisiva. No hubo tiempo para la ternura. Ella abandonó el gesto atendiendo a la urgencia de una despedida que le llenaba de desasosiego, pero no de dudas. Estaba dispuesta a que aquella fuera la última de su historia juntos. El se quedó rígido en la puerta de la estación y saludó con un gesto militar a la silueta del coche que desaparecía entre la neblina.

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