En esta web encontrarás temas relacionados con la literatura que he ido recopilando a lo largo de los años. Si algo de lo que encuentras aquí te interesa o te resulta agradable para disfrutar unos minutos, eres bienvenido a mi mundo. Gracias por tu aprecio. María Jesús
Descubrí un libro que me sorprendió por su título. La verdad es que no me resultaba especialmente sugerente pero, al abrir sus páginas, algo diferente captó mi atención. Quizás fue la frescura de su lenguaje y algunos párrafos que asimismo invitaban a la reflexión.
Aparte de mis devaneos con los libros de papel, decidí que por qué no salirme de mis estructuras intelectuales y permitirle algo más libre y novedoso a mi cerebro.
Y así fue cómo me encontré con la aparente (voy a decir) «superficialidad» de esta autora que sin embargo ha conseguido —con la precisión de su escritura— conmoverme a pesar de que sus historias y sus personajes parecen tan comunes.
«Lucía Berlín ha sido comparada con la escritura secreta como la de Alice Munro, menos cáustica que la de Dorothy Parker y mucho más alegre que la de Raymond Carver. Sin embargo, sí existe una misma manera de ver o de mirar la realidad. Los tres contemplan las relaciones humanas a través de la lente de la vida cotidiana, aunque cada cual lo haga imprimiendo un estilo propio.
El estilo de Lucía Berlin es alegre, fresco, natural, directo y contundente. Su tono es vital, declarativo, impetuoso, expansivo, vibrante, efervescente y lejos de repudiar la reflexión es también profundo.»
En su texto se refiere a la habilidad y sensibilidad de la autora para«retratar a sus personajes física y psíquicamente con su riquísimo repertorio expresivo». También para «compensar una frase cortante o dura con un guiño de humor, logrando un efecto cómico al saber colocar un verbo en el lugar adecuado.»
Carlota dice del libro que es«un tapiz memorable, cosido con pequeños retales de vida en forma de deliciosos relatos. Escrito con el idioma universal de los sentimientos y la textura de un realismo que parece tener relieve.»
Miradme. Admiradme. Envidiadme. Desafío el riesgo de parecer vanidosa, vestida de gala…
He sido interpretada de miles de formas a través de los siglos. Me vistieron con plumas de arcángel, fui sierpe, dragón alado pámpano en cierne, ola marina majestuosamente encrespada, trompa musical, garabato de candil.
Mi sonido es suave como el de la ola que se apaga en la arena de la playa, como la gasa, como el gusto, como el gozo.
No vengo ahora a envanecerme de mi belleza externa. Solo me niego a seguir soportando en silencio los caprichos y agravios comparativos.
Miradme, admiradme, envidiadme. Sólo soy un rapto de soberbia…
sobre palabras de José Hierro Fotografía Gabriele Corno
“Lo esencial es indefinible. ¿Cómo definir el color amarillo, el amor, la patria, el sabor a café? ¿Cómo definir a una persona que queremos? No se puede.” J.L. Borges.
Termino de leer el libro de Casilda Sánchez Varela y, como en otras ocasiones, me he quedado con la necesidad de volver a leerlo; de repasarlo, de disfrutar de su escritura más despacio. Esta sensación curiosamente produce en mí una especie de salvación. Suele ocurrirme que cuando un libro me atrapa ralentizo la lectura a medida que voy acercándome al final porque acabarlo supone enfrentarme a un futuro vacío que me cuesta llenar hasta que «conecto» con un nuevo libro.
…
Por supuesto no le creí; le conocía bien, quizás nunca le había creído cuando decía que me amaba para no sentir el daño que sabía que me produciría llegar a estar en algún momento de la vida separada de él. Pero tampoco estaba resentida. Yo le amaba como a alguien «esencial». Sin condiciones. El resto eran juegos de pasión y artificio, salvajes saltos de un abrazo a otro y golpes de efecto que mantenían a salvo nuestra vanidad.
Habíamos coincidido en varias ocasiones entre balances y declaraciones de impuestos, temas que ocupaban la mayor parte de las horas del trabajo de cada uno en empresas diferentes. Había asistido también a alguna de sus conferencias. Yo le admiraba como profesional. Admiraba su sobriedad y al mismo tiempo su empatía al transmitir su conocimiento. Calibraba con puntillismo cualquier documento que pudiera ser objeto de negociación y su talante siempre elegante era, en las situaciones complejas, de una serenidad cercana a la excelencia.
Pasaron los años y encontrarle de nuevo no alteró, en lo más profundo, mi recién estrenado equilibrio. Solo me dí cuenta de que era él cuando se levantó de la mesa que compartía con otras tres personas en el salón restaurante —supuse que socios o clientes del despacho—, excusándose y retándome con la mirada a un abrazo, a medida que se aproximaba a la imponente puerta de madera maciza con cuarterones de cristal que nos separaba.
He dicho que no alteró mi recién estrenado equilibrio, y es cierto, pero me alegré inmensamente de poder abrazarlo, su cuerpo pegado al mío y el alma temblando como un trozo de papel rasgado de cualquier cuaderno con un pequeño poema escrito a mano, volteado por el viento y volando desorientado calle abajo.
Cuando sientes afinidad con alguien, puede decirse que hay una identificación tal con su espíritu que tienes la confianza y la seguridad plena de que esa persona, aún conociendo de tí los misterios más sombríos, las debilidades más infantiles, incluso los más infranqueables deseos y pasiones, no va a traicionarte jamás.
Solo pudimos repasar deprisa y desordenadamente nuestras vidas. Y convinimos en que «todo» estaba bien. No hubo despedida, unicamente las manos cogidas fueron soltándose mientras ambos retrocedíamos sonriendo, ambos con un impulso líquido en la mirada que sostuvimos con el dominio de los campeones.
Abrí el paquete que me había entregado el trabajador de la empresa de mensajería. No recordaba tener pendiente de recibir ningún libro ultimamente.
—Será un regalo— hizo un gesto de complicidad que agradecí sonriendo incrédula.
Podría ser, en realidad coincidió la entrega con la fecha de mi cumpleaños, pero no solía recibir presentes aparte de los estrictamente familiares. La portada decía:
«Te espero en la última esquina del otoño».
…
Reproduzco un pequeño párrafo del libro.
El vaho dulce de la afinidad…
El día fue cayendo y con él, el vaho dulce de la afinidad; esa corriente ineludible que arrastra a dos personas que acaban de conocerse a querer conocerse más. La afinidad no es semejanza, ni se rige por las mismas leyes que la pasión o el amor, que pueden existir con independiencia de ella. La afinidad es armonía. Es ese momento sublime de alivio y exaltación en el que el propio espíritu se reconoce en alguien más. La misma fuerza misteriosa que lleva a las hojas de un árbol a orillarse en el río unas aquí y otras allá. Corrientes, pesos, casualidad, las leyes de la atracción. La naturaleza se agrupa de modo natural y nosotros también lo hacemos en una clasificación metafísica que trasciende edades, sexos, patrias y oficios. Quizás no seamos más que astillas extraviadas de un mástil remoto. Piezas concomitantes, los codo con codo de un algo indefinible anterior al estallido del universo, pedazos de un mismo todo que fue verdad millones de años, en esa eternidad previa a la eternidad que conocemos…
Hueles a mar cuando la noche se deshace en pequeños pedazos de papel y pétalos secos que hicieron nido en nuestros libros.
. Vi naufragar las palabras escritas temblando la tinta de sus trazos en cristalino desmayo y diluirse, borrosa la zozobra de tu piel contra mi piel, bajo el dolor amortiguado de la marea.
. El miedo sostenía mi mano mientras la luz se decidía a huir sigilosa de mis ojos de lluvia.
. Lejos de la orilla no me canso de mirar al mar, me adentro en el poema, en el temblor fugitivo del salitre en los labios de la memoria, la humedad rozando el breve sueño inocente de las violetas sucediéndose cada vez que bailo descalza con la luna y acaba pisándome los pies…
Cubierta de musgo, la piedra entre las ruinas
soporta los azotes del viento
me siento junto a ella, la miro, no hay yeso en su piel
tampoco es una piedra rodada ni un guijarro,
inamovible, sonriente, eterna
me atrevo a preguntar si tiene madre
si todavía existe su cantera o la enterró el paisaje de los siglos
¿qué manos la pusieron en el arco toscano
qué desazones pétreas limaron su linaje
por qué está sola y sangra entre los musgos su cara sin fisuras?
Y le pregunto cuántos años tiene
cuánto ha sufrido y por qué sonríe
me responde su silencio monástico
y yo sé que está viva y que ha sido mampuesta
por el que ya está muerto…
Y la miro y me mira
y me gusta crear historias nuevas
sobre su duro cuerpo, cuentos de jade o jaspe
de musgo y plasma y rocas y le pregunto…
Entre nosotros, seamos lo que seamos al fin… Rainer M. Rilke
Si no fuera porque los libros tienden puentes y me alejan de ese vacío inmisericorde del recuerdo…
Desde la atalaya del olvido edificaría un nuevo mundo de galernas con las caricias que quedaron deshilachadas en playas -ahora lo sé- de desdicha, después de que tantas noches quemáramos las estrellas atrapados en su luz al margen de una ciudad que nos miraba, de soslayo, desde el alto tribunal de la inconveniencia.
Me quedaría en tus ojos esperando, como un rompeolas insomne, la arrogancia de tu séptima ola anegando la distancia, rompiendo la rutina o la costumbre que mantengo a prueba de batallas.
Sólo la sabiduría de mi piel quemada y el eco aún cercano de las palabras que susurrábamos sin astucia, —oraciones recitadas con la furia ciega de los dioses— me impiden hoy culminar el suicidio de los poemas, detenidos, frente a un mar que guarda desde sus orígenes el enigma de los sueños.
De todas las estaciones, no hay ninguna tan demoledora como la primavera: los tallos revientan la endurecida costra helada de la tierra, las hojas abren la piel de las viejas ramas amortajadas, el dormido viento rasga el espacio entre rebrotados verdes…
Truman Capote
Andaba buscando un titulo para mi nuevo relato. Había apagado el ordenador hacía unas horas con la intención de tomarme un descanso. Llevaba días sin ideas y esta madrugada, en el duermevela, repentinamente he reconocido en mí la urgencia de sentarme ante el ordenador. En vano. Sin ideas, otro día más sin ideas. Y he cerrado los ojos, y con mis dedos sobre el teclado he decidido dejarlos libres sobre él, no pensar; ni tan siquiera respirar hasta que hubiera escrito por lo menos mil palabras. Mi cuerpo, mi mente…, algo tendrán que decir en esta demoledora primavera, como la llamó Capote. La siento llegar, soporto sus síntomas, pero todavía no ha roto el cascarón de la crisálida. Tendré que esperar. Y adivino tras los cristales azotados por la lluvia el verde oscuro del paisaje que enmarca este amanecer sin luz, y espero.
Y he recordado que ayer, mientras consultaba un dato sobre la segunda guerra mundial para otro texto que me tiene ocupada desde hace un tiempo, me encontré con un artículo de Cecilia Dreymiller publicado en Babelia sobre el libro de Ralf Rothmann, con el mismo título que yo tenía pensado para mi entrada. Sé que todo está escrito y que por tanto, todo lo que yo escriba estará contaminado por lo que haya leído antes, pero hoy algo dentro de mí necesitaba salir a la superficie de alguna manera, y este encuentro, precisamente este título, me ha guiado.
Y tecleo, y tecleo, dejando a mis dedos libres, sin pensar, sin respirar apenas, sin saber adonde me llevarán estas palabras…
La lluvia no da tregua. El viento sigue azotando afuera. Se ha paseado toda la noche como un fantasma con su escandaloso látigo de agua entre un chaparrón y otro. Se hubiera dicho que los elementos estaban desbordados, rabiosos, violentos, emitiendo aullidos de ahogo y reproches contra el cielo. Los pájaros callaban. He pensado que la primavera era un buen tiempo para morir.
—No quiero que corten flores para mí —me decías—, basta con que unjan mis pechos las gotas del último rocío con el aroma de los nuevos brotes y vuelen las briznas blanquecinas de mis restos, como polen de primavera, a la misma tierra de la que provengo.
Nos dejaste solos hace unos días mientras hablábamos de tu viaje al llegar la primavera. Aspiraste el aroma de las primeras flores de tu jardín y de los frutos que ya niñeaban en la huerta a los que habías cuidado siempre como a tus propios hijos, como a mí, como a mis hijas, y te llevaste silenciosa la alegría de vivir y la bondad junto a tu sonrisa eterna pintada en los labios.
…
¡Que los tallos revienten la endurecida costra de la tierra! ¡que las hojas abran la endurecida piel de las viejas ramas amortajadas! ¡que el dormido viento rasgue los espacios entre rebrotados verdes…!
«Cuatro líneas bastaron a Picasso para figurar un desnudo, pulcro, limpio; “un mundo de hedonismo, un mundo de pura positividad en el que no hay ningún dolor, ninguna herida, ninguna culpa.
El proceso de reflexión y gestación que emplea el artista visual para figurar el discurso sensorial que deja a la posteridad, puede ser rápido e instintivo, o paradójicamente, demandar largos períodos de maduración y disquisición para la plasmación creativa.
La vorágine de imágenes fotográficas, ese “infierno de lo igual” que inundan nuestra “sociedad de la transparencia” nos sacude y paraliza. Nos mueve a retrotraernos a la espontaneidad de las líneas fluidas articuladas por contados dibujos.
(Ver: HanByung-Chul. La sociedad de la transparencia. Barcelona 2013. Herder Editorial)
…
«Como disciplina de las artes visuales, el dibujo es la forma más pura de expresión sobre una superficie.
Su simpleza instrumental impide la simulación del oficiante, demandando la destreza del artista, o la inocencia del niño que ocultamos dentro.
Desde su etapa de cavernas, el hombre no ha podido escapar al embrujo de la línea pura sobre un espacio, utilizando los más variados medios para sacar sus demonios interiores en el serpentear del apunte sobre la superficie que plasma: la huella del virtuoso, la candidez del inocente o la incompetencia del improvisado.
Para dibujar sólo basta un pedazo de papel y un trozo de grafito.
La trascendencia de lo expresado esta condicionado por la ejecución del oficiante, que comunica a través del trazo toda su fuerza expresiva, transfiriendo vida a lo plasmado.»
H. Matisse
El autor destaca, de entre los dibujos, los dedicados al desnudo femenino, y dice:
«Aquellos que con pocas líneas esbozadas en él, bastan para desvelar la belleza desvestida; más que belleza, sinuosidad que delimita el contorno de formas que convierten al dibujo en materialización de lo sublime.»
Dibujo de Sugishita
«Para no acercarse a la desnudez pornográfica, el buen dibujo está henchido de expresividad y enigma.»
Él solía decir que al salir “del cuarto oscuro” había tropezado con la luz y que aquel fogonazo le había alterado la vida.
Es cierto que, según me contaba, seguía dando trompicones y yo le miraba como a un niño todavía, con rigor, pero también con la condescendencia que le ofreces a una persona muy querida que padece de ciertas limitaciones. Hablábamos de muchas cosas durante sus frecuentes visitas. Llegué a tratar con sus padres y educadores y a quererle como se le puede querer a un hijo. También me hacía sufrir.
El dictamen médico reconocía que se había producido un fallo en el suministro de oxígeno estando él en la incubadora. Su hermano gemelo prosperó rápidamente al margen de él, y se hizo con las caricias y el alimento de los pechos que su madre tenía preparado para dos. A él no le quedó más remedio que sobrevivir con lo que había.
Le recibió una habitación con vistas a un blanco quirófano. Grandes manos enguantadas asomaban por pequeños ventanucos redondos y llegaban hasta él rodeado de tubos de plástico, transparentes, como sus órganos, como su piel. En aquel lugar ya no había oscuridad. Todo era luz, luz confusa. Su débil cuerpo seguramente llegó a añorar su mundo en la oscuridad, pero él se hizo fuerte y salió adelante.
Cada día mi asistenta Dulce María me llevaba al mercado. Me aseaba y me vestía como a mí me gustaba. Sin alardes, pero con elegancia. —Yo adoraba la combinación de colores neutros—. A pesar de mi artritis me gustaba adornar mis manos con un solo anillo cada vez. Mi preferido era la alianza. Cuando murió mi marido, con las dos alianzas de oro yo había hecho diseñar una sola doble, y engarzado en ella el brillante que él me había regalado para celebrar nuestro compromiso. Un toque de colonia floral fresca y una manta ligera sobre mis rodillas cuando el tiempo era frío. Mezclarme entre la gente por los pasillos de las fruterías y los puestos de verduras recién traídas de los caseríos, acercarme a la zona del pescado en la que se exponían, como en un museo, las piezas más llamativas; salmonetes, merluzas, bonitos, txipirones, besugos, antxoas, y ver la evolución de los ejemplares de todo tipo de marisco en las peceras iluminadas, era mi plan preferido cada mañana. Y acercarme después a La Tahona y oler el pan recién horneado y poder elegir mi pan de cereales preferido. Después de comer me quedaba en el sofá tranquila sesteando en silencio. La lectura y la música clásica acompañaban mis últimas horas de la tarde cuando, salvo que hubiera algún concierto o exposición de arte interesantes, estaba sola hasta el atardecer, a la hora de la cena.
Yo había recomendado a sus padres que le llevaran a un centro de educación especial. Ellos prefirieron que conviviera con los demás niños como uno más, aun sabiendo que ello requeriría un mayor esfuerzo económico y dedicación por su parte.
Le llamaban “el cuarto oscuro”. Allí se recluía cada tarde su padre, cuando volvía del trabajo, para dedicarse a sus hobbies. Él se sentía privilegiado por ser su elegido para ayudarle a revisar, limpiar y seleccionar las piezas que luego llevaría al tasador para vender. Desde niño le habían cautivado la luz de los brillantes y los diamantes diminutos, la transparencia de las piedras de colores preciosos, y los destellos y la suavidad de los metales que se enredaban con facilidad en la torpeza de sus dedos.
Y quiso ser ladrón, como su padre.
Me sorprendió el chasquido de un pestillo y un portazo al otro lado del pasillo. Pensé que habría sido el viento. Había hecho mucho calor aquel día y podría estar levantándose galerna. Volví a mi lectura sin darle más importancia.
Pero sí, había alguien allí. Escuché el crujir de la madera del suelo bajo unos pasos que se acercaban con sigilo hacía el salón. Antes de darme tiempo a asustarme me encontré con la tranquila expresividad de su mirada en el quicio de la puerta como si quisiera pedirme permiso para entrar y acercarse a mí. Durante unos segundos me quedé bloqueada, algo en su persona me hizo dudar y decidí hablar con él —poco más podía hacer—.
—Esta es mi casa, —le dije como disculpándome—
Él me ofreció una educada sonrisa.
—Mira, —me dijo—. Yo no quiero nada más que me digas dónde tienes las joyas porque las necesita mi padre para venderlas y darnos de comer a mi madre a mis hermanos y a mí.
Dejé mi libro sobre la mesa de centro y le animé a sentarse a mi lado.
—Me tendrás que explicar más cosas.
Supongo que entendió que me debía una excusa.
—Bueno, no tengas miedo, yo no quiero hacerte daño, solo quiero las joyas y, si tienes, algo de dinero y me marcho. No se lo digas a nadie que he venido aquí porque si se enteran mis padres seguro que me montan una bronca. Yo solo quería entrenarme para poder ayudar a mi padre cuando sea mayor.
—¿Quieres merendar conmigo? —le pregunté mientras le ofrecía una de las pastas de té que quedaban sobre la bandeja.
—Vale.
La ternura de su mirada agradecida me invadió demoledora cuando se acercó un poco más a mí.
—Y dime: ¿por qué has elegido venir a mi casa?
—Cada día cuando salgo del colegio me encuentro contigo, y con la señora que te acompaña, volviendo de la compra del mercado. Me gusta escucharos hablar y reír. Y, además, eres muy guapa. Camino a vuestro lado hasta que llegáis a casa, después, sigo solo hasta la mía. Me gustan tus anillos.
Hablaba con una mirada expresiva iluminada por la inocencia. Era inútil resistirse.
Le prometí que no diría nada a nadie pero que aquella tarde él tenía que volver a casa para que no lo echaran en falta. Se nos había hecho tarde con la charla y enseguida vendría mi cuidadora Dulce María a prepararme la cena y acostarme. Él suspiró profunda y perezosamente, se levantó del sofá y me ofreció su mano a modo de despedida.
La luz bailaba alrededor de su figura mientras se alejaba, se volvió desde el quicio de la puerta del salón para señalarme, con un gesto acusador de su dedo índice, durante unos segundos de silencio. Una suave sonrisa iluminaba su rostro mientras aventuraba una nueva visita si yo se lo permitía.
Sentí una mezcla de alivio y tristeza extraña, como si hubiera sido víctima de un robo moral y tuviera que denunciar a aquel niño de ojos claros que había jurado ser mi amigo…
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@mjberistain Fotografía MJB (Museo Arte Abstracto Español Cuenca)
Quizás hablábamos del siglo XIX. De hecho la única fecha que encuentro para centrar el origen de la poesía que me recitaron entre las tres primas aquella mañana, sentadas alrededor de una mesa de metal al lado de la fuente de las Américas, lo sitúa antes de 1899.
De su autoría aún tengo dudas. Se atribuye a una maestra llamada Rosita Denia que en la época del 36 impartía clases en un pueblo de Segovia y que hacía representar a sus alumnos cada vez que «los nacionales» tomaban una ciudad importante. Pero también he encontrado alguna mención al poeta mejicano Amado Nervo como autor, aunque este texto no lo localizo entre su obra.
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Juana debió de ser una mujer de piel muy blanca que le gustaba adornarse cada mañana antes de enfrentarse a la mirada de cualquier otro ser humano, incluído su marido. Siempre vestía de negro absoluto. Pero por el relato de sus nietas, llegué a imaginármela, en algunos momentos de su vida, sentada largas horas ante el espejo del tocador mirando embelesada a la caja de caoba abierta, al brillo barato de los viejos abalorios que su abuela le había regalado antes de morir.
Aplicaba una sencilla crema hidratante y bases blancas sobre su tez ya de por sí pálida. Unicamente se permitía resaltar sus mejillas dando pequeños toques con sus dedos impregnados de la misma crema de color con la que pintaba sus labios. Su color preferido era el rojo. Sus ojos los delineaba con lápiz negro y aplicaba un ligero empaste de máscara sobre sus pestañas para intensificar su mirada un poco felina. A pesar de su origen humilde el resultado en su aspecto le asemejaba a las mujeres de la alta sociedad, y eso le gustaba. Pestañeaba satisfecha al espejo…
Le gustaba llevar su pelo hueco, rizado y revuelto. Decían que, dependiendo de su estado de ánimo utilizaba los colores negro, azul, caoba, castaño claro y también el oscuro; nunca rubio. Además sujetaba su melena rizada con cintas y lazos, y flores, pinzas y ganchos para lograr sugerentes y divertidos recogidos y tocados.
Me contaban sus nietas, alrededor de aquella mesa de metal de la plaza de las Américas, que habitualmente llevaba, al menos, diecisiete pulseras y brazaletes en sus muñecas, todas ellas regalos y recuerdos de sus amores tiernos. Y todas de distintos modelos; cadenas con pequeños colgantes de plata, de nacar, de cerámica, de pelos y dientes de sus hijos y nietos, pulseras de cuero con remaches y brillantes, cintas de plásticos de colores entretejidos, aros de oro amarillo, rosado y blanco… Todo ello además de un reloj y varios anillos ensortijados entre sus dedos envejecidos.
Había sido una mujer imponente que durante la guerra civil española había conseguido sacar adelante a sus seis hijas por sí misma. A su marido se lo llevaron de casa una noche y lo fusilaron en el paredón del barrio. No era facil salir a vender tejidos por los alrededores. Ni perseguir al ladrón de su maleta a campo abierto. En un pequeño cuartucho que le dejaron comenzó a vender verduras y hortalizas que cada mañana le traía un abuelo vecino. Con el dinero que sacaban compraban aceites, jabones y otros enseres —eran tiempos de estraperlo—. Juana era una mujer de gran personalidad y la vida la eligió para ser, además, emprendedora. Salió de su cuartucho de verduras del barrio más humilde y se instaló en un quiosco en el centro de la gran avenida de la ciudad a vender granizados en verano. Durante los inviernos vendían pan y también dulces y así fue poco a poco prosperando hasta que llegó a asociarse, a través del novio de una de sus hijas, a una de las mejores pastelerías, todavía hoy considerada de prestigio.
Pero Juana, además, era una enamorada de la poesía y de los poetas Gustavo Adolfo Becquer y Rubén Dario entre otros.
Las tres mujeres que se sentaban a mi alrededor eran primas y recordaban a su abuela Juana con mucho cariño, con nostalgia y admiración. Durante sus vidas le habían escuchado recitar de memoria cientos de veces poesías que ella también había aprendido de sus mayores.
Me emocionó escucharles declamar ésta con fervor. Y respeté en silencio sus recuerdos.
Cierto día el Hada Azul, quiso a la tierra bajar y se mandó preparar su gran carroza de tul. Diciendo: «A cada mujer de las diversas naciones, les voy a dar tantos dones como pueda conceder».
Bajó aquí sin dilación, tocó su cuerno amarante y acudieron al instante una de cada nación.
Llamó y dijo a la italiana: Tú tendrás ardientes ojos… y tendrás labios tan rojos que parecerán de grana.
Por tu cutis sonrosado, dijo a la inglesa, serás entre todas las demás un tesoro codiciado.
Por tus nacarados dientes le dijo a la austriaca luego, verás quemar en el fuego de amor a tus pretendientes.
A la mujer parisien le dio una distinción, ingenio, corrección… y hasta corazón también.
Y así fue haciendo lo mismo pródiga con todas ellas, repartiendo entre las bellas; a una sentimentalismo, a otra ingenio, a otra blancura, a otra claro entendimiento, a esa otra un alma pura…
Así acabó sus dones, que entre todas repartió, cuando al terminar salió de entre todas las naciones una gallarda manola muy joven, casi chiquilla, que lucía una mantilla de rica blonda española, y que acercándose al Hada, ruborosa dijo así: Según veo para mí no me habéis dejado nada.
Quedóse el hada un momento suspensa de admiración y fijando su atención en ella, con acento dijo luego: ¿Tú qué quieres que yo te pueda otorgar? ¿Tienes algo que envidiar a todas estas mujeres? ¿No tienes el pelo acaso abundante, negro, hermoso? ¿No tienes el porte airoso? ¿No hay en tu mirada clara, rayos de sol que fascina? ¿No es tu sonrisa divina? ¿No es bellísima tu cara? Entonces, ¿qué quieres?, di si aún juntando a todas ellas, resultan menos bellas que tú.
¿Qué buscas aquí? Sin embargo, dijo el Hada: yo no quiero que al marcharte tengas porqué lamentarte de que no te he dado nada.
Y mirando a la manola dijo alzando más el tono: ¡A ver, que traigan un trono a la mujer española!
Hasta aquí la parte recitada de memoria. El resto de la poesía lo he encontrado en el blog de Jose Angel Muriel
Y en este cuento me fundo si es que este cuento no engaña, para decir que en España está lo mejor del mundo.
II
Las mujeres españolas se distinguen por su cuerpo, por su cara tan risueña, su talento y su salero.
Una de estas mujeres, a ninguna se la iguala, porque entrega cuando ama todo el candor de su alma.
Mujeres, como capullos en flor; vosotras sois el orgullo español; mujeres morenas de labios coral que entregáis la vida y el alma al besar…
Mujeres que lleváis en los ojos las luces de un tesoro del cielo español.
Dedico esta poesía en fechas tan señaladas, a estas fiestas a las Reinas y sus Damas.
Poesía atribuída a Rosita Denia, maestra. También se nombra al poeta mejicano Amado Nervo como autor.
Las fotografías son de internet y están seleccionadas de mujeres de la época de 1900
Hoy siento una especie de vértigo, de certeza, difícil de explicar…
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Todo quedó en su sitio como la imagen fija de una vieja fotografía, sin concesiones.
Nosotros dos atrapados por la pasión de las galernas, «santa maría del buen ayre» entrelazados tus labios respirando la tormenta de mis labios..
Todo está hoy en el mismo sitio y también el doble de lejos, solo han cambiado los siglos la inocencia de la ciudad indecisa y las lunas que siguen alumbrando heridos.
Mientras, navega sobre mi cuerpo interminable tu forma de atraerme a ti…
La naturaleza seguirá su curso Renovadora, sabia, libre, mágica. Ajena al tiempo marcado por los hombres.
T.Pedroche
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.Hoy le pesa el pecado de omisión. Da vueltas en la cama, no duerme su instinto natural; le señala con dedo acusador. Se remueve por sus pestañas como una araña con pies de escarcha.
Frío, siente frío… Más tarde, calor.
Se resiste su sueño a interpretar la escena de la obra que ha escrito para él. Dejará el libreto apoyado en un rincón del escenario de su vida, como tantas otras veces, aunque sabe que nunca habrá otro momento mejor.
Se rebelan los segundos sobre su mesilla de noche, entonando un silencio machacón, que duele como una víspera. Escucha su eco cercano y cuenta sus pequeños pasos, sus pausas, y no respira, luego, respira otra vez. Su mente nunca ha sido un prodigio en cálculo mental, así que, espera que todavía le quede tiempo. Se asoma a su ventana la luna. Es como una culpa de luz engañosa y blanca que, para hacer más tolerable su pecado, dinamita la noche en pequeños trozos de desazón.