El vendedor de versos


Apuró el final de su cigarrillo Chesterfield que sostenía con la grotesca delicadeza de sus dedos pulgar e índice. Aspiró el aroma de nicotina quemada profundamente, hasta que el humo le inundó los pulmones de un veneno parecido al último placer que pide un condenado a muerte.

¿Cuántas veces le había jurado que dejaría de fumar la próxima primavera?

La mirada expectante, tierna y confiada de su maltés terrier no hacía nada más que perdonarle los pecados cuando, al acabar el tiempo del frío, del silencio y de la soledad de las tardes de domingo de invierno, demoraba su decisión una vez más.

Lanzó la colilla sin apagar al suelo y no se molestó en pisarla, como en otras ocasiones. La miró en la distancia y displicente, como queriendo ignorar el acto con el que estaba en desacuerdo consigo misma, se dio media vuelta y siguió caminando sin rumbo entre las conversaciones ruidosas de la gente que, a esas horas, deambulaban por las calles escasamente iluminadas y estrechas de la parte vieja de la ciudad.

De nuevo sola —pensó—. Dio una patada a una lata de cerveza vacía que alguien había abandonado a su paso. Más que el tabaco le quemaba el vacío que había sentido cuando todo acabó en aquella cama de hospital. Sintió que su historia, la historia de su familia, terminaba con el último aliento de su madre.

—Volver a empezar; volver a empezar de cero —se dijo—, con la desolación llenando sus vacíos.

Agotada, se sentó en un banco de la pequeña plaza de los libreros, debajo del sauce que empezaba a despuntar y cerca del carrusel que seguía dando vueltas, también vacío. Había momentos en los que hubiera deseado morir allí, y otros, en los que pensaba decididamente en la oportunidad de iniciar una nueva vida a su medida. Retumbaba en su cabeza «desde cero…» al ritmo de la música del carrusel «desde cero…».

¿Cómo inventarse una vida nueva con cincuenta años? ¿Dejaría su trabajo de funcionaria y se marcharía lejos, a no sabía qué país, a no sabía qué hacer? No había nada claro en su mente, excepto una sensación de desgarro y de desarraigo que le arañaba el alma cada vez que intentaba pensar en algo más que en respirar.

Clara se dio cuenta de que alguien la miraba.

El dueño del carrusel, alzando las cejas en un gesto interrogante, extendió su mano hacia ella invitándola a dar una vuelta en el tiovivo.

—Es gratis esta noche para ti. —le dijo con simpatía—. Ella se lo agradeció con una mueca triste, pero no se movió del banco. Evitó mantenerle la mirada. Su cuerpo lacio, como el de una marioneta abandonada, ya no pretendía el tirón de los hilos ilusionados de nadie.

—También te puedo leer algún poema, aunque en los rótulos se lea que soy vendedor de versos, esta noche te los dedico, también gratis. No me gusta verte triste. ¿Qué te parece la idea?

___

Cepillaba su larga melena cada mañana. Él se dejaba hacer echando la cabeza ligeramente hacia atrás y mirándola de vez en cuando de reojo con una sonrisa tierna y agradecida. Habían caminado como colegas muchas noches después de cerrar el carrusel. Les unía su soledad y el agotamiento de los múltiples fracasos vividos hasta entonces.

De los ojos ya sin brillo de Raúl se escapaba, de vez en cuando, una chispa de emoción juvenil de la que su cuerpo no recordaba apenas nada. Sus piernas blancas de huesos largos apenas podían sostener la levedad de su figura, envuelta en la típica bata azul de la seguridad social, abierta por la espalda. Ella cepillaba con ternura aquella mata de pelo ondulado, y trenzaba sus hebras blancas sujetándolas con una cinta de terciopelo morada a la altura de su cintura. Sabía que el tiempo del aseo íntimo era uno de los momentos más felices de los que le quedaran a Raúl por vivir.

—¿Cuándo te cortaron el pelo por última vez?

Raúl se encogió de hombros. No recordaba. Tampoco quería recordar, el diagnóstico era fatal y solo quería vivir feliz ese tiempo. Únicamente necesitaba que le calmaran el dolor y que, cuando él lo decidiera, le dejaran morir con dignidad. ¿Estaría ella dispuesta a acompañarle en su viaje?

Le había conocido con aspecto desharrapado y vocación de bohemio vendiendo versos en un pequeño garito de madera junto al carrusel de la plaza de los libreros.

¡Versos a voluntad! —se leía en letras grandes, decoradas con rotulador negro, sobre un cartón apoyado en un caballete de pintor.

Al lado, una mesa plegable cubierta con un resto deshilachado de alfombra persa y ,sobre ella, un maletín de cuero viejo, abierto, rebosante de cachivaches: papeles y cartulinas, cajitas de plumillas y vasos de vidrio coloreados llenos de lápices, pinceles y pinturas de colores. Saludaba con entonación risueña y sonrisa cautivadora a los paseantes invitándoles a comprarle algunos versos al módico precio de su voluntad. No era un bufón de feria, era una persona apreciada por los que frecuentaban aquella zona de la ciudad, en especial por los niños y los enamorados. Sin embargo, su personaje le obligaba a vivir como el perfecto equilibrista sobre una fina línea de incertidumbres.

Casi sin darse cuenta, había dejado de fumar. Clara solicitó un permiso sin sueldo de seis meses. Pagó el resto de su hipoteca. Prefirió no alquilar ni vender su casa, mantenerla disponible le daba una cierta seguridad en el caso de que las cosas no salieran como podía imaginar. Le encargó a su mejor amiga el cuidado de su perrita Luna, y dejó abierto el billete de vuelta.

La megafonía del aeropuerto anunció que el vuelo Air Europa B-0722 se retrasaba, sin hora prevista por el momento, debido a la espesa niebla. Bajaron con dificultad hasta la sala de espera de la zona de no fumadores. Se acomodaron en uno de los confortables sofás que daban a los ventanales sobre las pistas de despegue, entonces sin vistas. Apenas hablaban, sus manos entrelazadas en una paz envolvente sin temores ni esperanzas; sin fronteras.

Raul parecía adormilado. Sus pensamientos iban haciéndose más borrosos. Con voz cada vez más apagada, susurraba pequeños poemas de amor mientras su mirada se perdía en el horizonte de bruma.

Clara sintió que desde detrás alguien le tocaba el hombro.

—Señores, la puerta de embarque para su vuelo a Amsterdam se ha abierto; el avión saldrá en breves momentos…

Ella se lo agradeció con una mueca triste, pero no se movió del banco.


@mariajesusberistain
Fotografía Elena Gurruchaga Beristain (e.p.d.)

LA OFICIAL

De mi libro La canción de Nerta


La luna creciente proyectaba un reflejo brillante, azul cobalto sobre el fiordo. Era majestuoso y enigmático el paisaje nocturno de aquel valle. Yo pretendía retomar mi contacto con Gunhilda, aquella mujer que me contó la leyenda de la aldea de Fläm. Habíamos dejado muchas cosas pendientes.

Había vuelto a Noruega de vacaciones, esta vez con un grupo de amigos compañeros de la escuela de periodismo. Por supuesto que el objetivo de nuestro viaje era disfrutar de un país con una naturaleza tan prodigiosa, pero, además, en la facultad estábamos preparando un trabajo sobre “el arte de la influencia de masas; educación y propaganda” y siempre habíamos considerado ejemplar el modelo de sociedad establecida que le había situado a este país, a partir de la segunda guerra mundial, en uno de los países más desarrollados del mundo. Así que todos habíamos coincidido en que la elección de viajar aquí era perfecta.

La base de nuestras operaciones la establecimos en el centro del país, en lo que antiguamente había sido una pequeña aldea a la orilla del Sognefiord o «fiordo de los sueños», el mayor y más profundo del país, con 1.300 metros aproximadamente por debajo del nivel del mar. Pero no era el único atractivo de nuestro viaje, estábamos preparados para disfrutar de las variadas actividades organizadas para un turismo cada vez más exigente. Y allí estábamos nosotros.

Por mi parte tenía ya decidido que mi trabajo de fin de carrera tratara sobre la repercusión del nazismo durante la segunda guerra mundial en los países del Norte; Suecia, Noruega y Dinamarca, que fueron los que se mantuvieron neutrales durante la invasión nazi, o por lo menos, como ocurrió en el caso de Dinamarca, lo intentaron. La idea partió de unas conversaciones que había tenido con una de las mujeres del pueblo durante mi estancia de cuatro días cuando acompañé a mi ex-amante a un simposio sobre el cambio climático que se celebró en la ciudad de Bergen. Durante aquellos días hice algunas excursiones en solitario. Me interesó especialmente el pueblo de Fläm y su historia. No solo por la belleza de su paisaje y la situación estratégica cerca del mar de Noruega, estaba apartado unos pocos kilómetros de la costa desde la que entraban los grandes barcos navegando el fiordo, actualmente de pasajeros y turistas, pero que había debido de tener mucho movimiento en otro tiempo. Aquel primer encuentro había conseguido despertar en mí un gran interés y curiosidad por conocer más detalles, y ella, aquella mujer, estaba dispuesta a ofrecérmelos.

Pasé varias horas escuchándola que se me hicieron cortas. Sentí que había dado con la clave para conocer la historia de la zona desde dentro y tengo que reconocer que me había quedado conectada a su relato. Cuando tuve que dejarla y marcharme de vuelta a casa, sentí que se habían quedado muchas cosas pendientes. No solo fue su relato lo que me había interesado, sino especialmente su forma de contarlo, la emoción con la que se expresaba parecía estar reviviendo escenas que jamás hubiera pensado en compartir y que ahora, después de mucho tiempo, por la rara razón de habernos encontrado y haberle emocionado mi proyecto, estaba dispuesta a expresarlas, como si de una biografía se tratara, para colaborar conmigo.

Hubiera parecido que ella estaba implicada personalmente en aquella leyenda que me había narrado el primer día y que comenzaba pocos años antes de que fuera declarada en Noruega la segunda Guerra Mundial por parte de Alemania, pero no. Dijo que aquello había sido simplemente una leyenda, o quizás —añadió con un guiño— pudo haber tenido alguna parte de verdad. Y sonrió.

Me dejó con la duda.

Volver a Noruega, ese era mi sueño cuando salí de este país hace un año.

Me emocionó ver la alegría en sus ojos pequeños cuando volvimos a encontrarnos. Intentaba disimular con sus manos envejecidas bordadas de venas azules como el color de sus ojos, su gran sonrisa.

“La verdad es que no puedo tener recuerdos de mi infancia en el valle —dijo— porque me sacaron del pueblo a los pocos días de nacer, cuando estalló la guerra; sí, la Segunda Guerra Mundial. Nací aquí, en este valle; en este magnífico paisaje —que conocí mucho mas tarde— encerrado entre escarpadas montañas y las profundidades del fiordo. Mi madre Louise fue una mujer imponente que, entre otras cosas, llegó a destacar en el ejército de Noruega y que, durante la guerra, demostró tener un gran coraje que le llevó a arriesgarlo todo para salvar a su familia. Me quedé con la pena de no haber sabido demostrarle suficientemente mi agradecimiento.

Cuando llegó al valle en 1939 como mando del ejército noruego para hacerse cargo del control del impacto medio ambiental de la obra del ferrocarril, se había encontrado con una tierra herida; carros, vagones, picos, palas y vías de hierro parecían colgar vertiginosamente por las laderas de las montañas. La línea de ferrocarril cubriría veinte kilómetros de longitud que iban a unir los pueblos de Mirdal y Fläm atravesando veinte túneles, de los cuales dieciocho de ellos tuvieron que ser excavados a mano debido a la dificultad del propio terreno montañoso. Había que tener en cuenta que tres cuartas partes del trazado en Noruega estaba construido en pendiente y el cincuenta por ciento en curva. Su finalización estaba prevista para el otoño de 1942. Pero entonces mi madre se había encontrado con el valle como un desecho de piedras, de hierro y polvo, absolutamente roto.

Iba a celebrarse el encuentro de los técnicos para el equipo que dirigiría los trabajos de la fase final de las obras. Era mediodía. La reunión estaba a punto de comenzar en la Sala de Oficiales donde esperaban representantes de los gobiernos noruego y alemán. Tan solo había una mujer entre sus filas; una mujer atractiva y segura de sí misma, oficial del ejército noruego. No hablaba con nadie, ni siquiera con sus propios compañeros. Se mantenía firme y seria, con los brazos cruzados. Los hombres que se saludaban y cambiaban impresiones intrascendentes no podían evitar que sus miradas, algunas como rayos encendidos, y otras de irónico refilón, llegaran hasta ella, por una parte, disfrutando de su belleza y por otra preguntándose qué demonios hacía aquella mujer allí. —El papel de la mujer en aquel momento era discreto, aunque es cierto que durante la guerra tuvo que desempeñar funciones importantes, sin embargo, solo una minoría de ellas lo hicieron desde las fuerzas militares—.

Louise Bauman había entendido que el encuentro no tenía carácter de formal, sin embargo, había atendido a la recomendación de su superior para evitar llamar la atención en aquel grupo, más allá de lo evidente. Así que a la reunión debía de asistir vestida con el riguroso uniforme de oficial. No le dio más importancia al tema, a pesar de la informalidad de la situación. El traje se componía de dos piezas color verde gris con la botonadura dorada. La chaqueta corta  enmarcaba sin pudor unos pechos firmes que se dejaban intuir entre el movimiento de sus solapas discretamente desabrochadas. —Si uno se acercaba lo suficiente, como para saludarle, además del exótico aroma de su piel, se encontraba de lleno con su escote sin poder desviar la mirada de aquel canal semi-oculto bajo la fina blonda del mismo color que el de su carne—. Y la falda, que se ceñía a su cintura precisamente en el punto del tercer botón atado, dejando libre la tela en un vuelo sugerente alrededor de sus caderas. Sus piernas largas destacaban no solo por la armonía de su estructura joven bajo el brillo transparente de sus medias de cristal, sino por la firmeza de su musculatura y la decisión en su forma de andar desde de lo alto de sus zapatos de tacón.

Cuando se dispuso a entrar en la sala, notó los movimientos subrepticios de algunos oficiales dispuestos galantemente a sujetar la puerta mientras ella pasaba. —Y pensó: son como niños, pero me divierten—.

Había fracasado tantas veces en el amor que entonces ya, por fin instalada en su bellísima madurez, era capaz de ocultar al mundo su triste historia detrás del brillo ardiente y seductor de sus ojos negros. Había muerto para ella la palabra “piedad”, que se había quedado enterrada en algún lugar de su infancia; quizás fue cuando aquél hombre tan agradable y simpático le cogió de la mano a la salida del colegio y empujándola con suavidad hacia su coche le fue contando historias que ella no entendía, pero no se atrevía a decirle que no quería ir con él, que quería irse a su casa, y lloraba pero él le prometió que sí la llevaría, pero primero la llevó a su casa y le rompió el vestido y le besó en la boca mientras sus manos buscaban por su cuerpo pequeño algo que ella aún desconocía y le rasgó también el alma con un arma dura y húmeda que llevaba entre sus piernas y le compró el silencio con amenazas mientras le lavaba tocándola de nuevo y la despidió diciéndole que le había hecho muy feliz y que volverían a verse cuando la dejó más tarde sentada a duras penas en la esquina de una calle oscura que —según le dijo cariñosamente— estaba muy cerca de su casa.

O quizás fue cuando en la universidad aquél imbécil de Knut y sus amigos que andaban siempre mofándose de las chicas la eligieron como reina de la fiesta y al terminar, cuando les acompañaron a todas a casa, la dejaron a ella para el final y en un descampado la tiraron al suelo y la violaron uno tras otro borrachos y entre carcajadas y obscenidades la dejaron como una muñeca de trapo rota, herida para siempre porque después de aquello los médicos le dijeron que sería difícil que pudiera ser madre.

Quizás por todo ello, después de terminar sus estudios de biología en la universidad de Oslo, recibió entrenamiento militar y se incorporó al ejército de su país.

El Dr. Mark Terboven tomó la palabra. Su tez curtida contrastaba con el rubio de su cabello prácticamente rasurado. Sus facciones eran adustas en una cara en la que destacaba la avidez de su mirada azul. No hubo concesiones. Directamente habló de moral y de traición, habló de disciplina y de patriotismo. Remarcó la decisión tomada por su gobierno de continuar con las obras en colaboración con el ejército noruego hasta la puesta en marcha del ferrocarril que iba a cubrir la ruta desde el pueblo de Myrdal hasta Fläm.

Por primera vez, desde que era una niña, sintió un escalofrío de terror. Las palabras del ingeniero alemán le llegaban al cerebro como un eco sordo ininteligible. El silbido en sus oídos se fue haciendo más agudo, sintió un sudor frio y la estancia empezó a fundirse en una especie de húmeda niebla gris. Sentía el corazón acelerado y se le hacía difícil respirar. Tuvo que hacer un esfuerzo por controlarse, suavizar la respiración hasta que consiguió rearmarse. Le costó unos segundos, pero no podía desmoronarse en aquel momento. Salió a respirar aire puro, pero fue inútil; el ambiente viciado del asedio ya se cernía sobre el valle en su imaginación y en sus pulmones.

Cuando terminó la reunión el Dr. Tarboven fue saludando a los oficiales uno por uno y se detuvo especialmente ante Louise para mostrarle su admiración y su respeto por ser la única mujer oficial del proyecto. Le ofreció su mano y cogiendo la que ella le tendía, hizo amago de besarla. Ningún protocolo. Sonrieron con cara de circunstancias.
—Tengo entendido que usted y yo vamos a tener que trabajar en equipo —dijo el ingeniero— Antes de nada, vamos a brindar por ello. Y se alejó hacia la mesa donde se había dispuesto un buffet con algunas bebidas.
Ella iba a ocuparse de la seguridad y de la observación del impacto de las obras y protección de la naturaleza, y él sería el responsable de que las obras llegaran a buen fin y en tiempo oportuno, iba a ser necesario estar en contacto permanente.
—Me temo que, —le ofreció una copa de champán que ella aceptó con un leve gesto de aceptación— en este caso, con bastante probabilidad, habrá momentos o situaciones complicadas o difíciles de sobrellevar —lo dijo con una voz afectada y una cara de sorna para la que Louise, que lo observaba con mirada escrutadora queriendo hacerse una idea de con qué tipo de persona iba a tener que vérselas, de momento no estaba receptiva. Amagó una leve sonrisa de cortesía.
La reunión no fue larga y en conjunto resultó un agradable encuentro con el resto del grupo de oficiales. Al despedirse, quedaron en encontrarse al día siguiente sobre el terreno, al pie de la cascada Kjiosfossen, donde iban a iniciarse las obras de la estación intermedia del valle.

Louise no se dejó acompañar a casa, prefirió caminar sola, necesitaba aliviar la sombra de una oscura preocupación nueva. Escuchaba el susurro del viento colándose entre las ramas de los árboles, pero no estaba tranquila. Pensó en sus padres que se habían quedado en Suecia confiados en la neutralidad del país ante una posible guerra. Ella, cuando se había incorporado al ejército también había valorado el tema, pero la situación estaba cambiando y Noruega estaba resultando ser codiciada por varios frentes lo que implicaba que podrían producirse fuertes tensiones entre los países implicados en la contienda.

Se empezaban a apreciar movimientos de las fuerzas armadas de los aliados en sus costas. La posición estratégica del país era apreciada por los aliados como posible base naval, al objeto de lograr el control del Atlántico Norte. Reino Unido sabiendo que Alemania dependía del hierro de Suecia, tan importante para la industria bélica y, dado que gran parte del mineral se embarcaba desde Narvik, decidió establecer un bloqueo que indirectamente pretendía debilitar a los alemanes. Hasta entonces el país se había mantenido en su neutralidad y así lo había declarado a ambos bandos, sin embargo, la situación se estaba complicando.

El antisemitismo empezaba a ser una amenaza seria para la población, aunque ella, de alguna manera, se sentía protegida por su pertenencia al ejército de una nación que mantenía su neutralidad. O quizás, ahora que lo pensaba mejor, no estuviera tan claro que pudiera estar a salvo. No quería alarmarse, pero tuvo que reconocerse a sí misma cuando aquella noche no pudo dormir, que quizás estuviera equivocada.

Había intentado que nada de esto traspasara los límites de su piel en la reunión de oficiales. Pero le había quedado pendiente decirle que ella no se trasladaría a Mirdal donde estaba previsto que se instalara el Centro de Operaciones del ejército alemán para la finalización de la obra del ferrocarril. No le había dicho que ella se mantendría en Fläm cerca de la zona de barracones reservada para las familias de los trabajadores. No le había dicho que era de familia judía.

Cuando había entrado en la reunión no había previsto encontrarse con una situación que haría tambalear sus convicciones más profundas. Ser judía era un pecado desde el punto de vista de los alemanes y no esperaba que ello influyera en su vida de profesional ni personal; hasta el momento no lo había hecho, pero a partir de escuchar las palabras del ingeniero y la fiereza de su discurso, se sintió en peligro. También se sintió atrapada. ¿Cómo conseguiría salir airosa desde su posición en el ejército en el caso de que Alemania violara la condición de neutralidad de su país? ¿Podría ocurrir? Estaba aturdida y esa sensación no le dejaba pensar con claridad ni descansar. Aquella noche lloró, como no lo había hecho desde que era una niña.


@mjberistain


Supongamos…

JULIA SANTIBÁÑEZ


BLOG PALABRAS A FLOR DE PIEL

Me pregunto por qué escribo y entonces me viene a la memoria esto, del chileno Nicanor Parra:

“¿Que para qué demonios escribo? […]
Supongamos que escribo por envidia”.

Supongamos, sí, que escribo porque con frecuencia leo versos que me generan la codicia de no haberlos escrito yo y de no poder nunca escribirlos, pero de todas formas borronear intentos;

supongamos que sigo escribiendo porque en este ejercicio llevo años y aún no aprendo, porque aquí reúno poemas desde los años 90 y otros muy recientes, en lo que no sé si me consuela por ver que soy consistente o me preocupa, por poco original;

supongamos que escribo también por acariciar la huella de los muchos viajes interiores que hago, a veces por selvas, playas, montañas y, muchas veces, desiertos;

supongamos que escribo por contar mi historia repetida con el poema, ese amante al que vuelvo: primero se me resiste, escurridizo. Luego lo abrazo, le hablo suave al oído y cuando creo que ya lo seduje a golpe de ternura o al menos lo cansé, en general alza los hombros, me mira altivo y se zafa. Pero sí, es verdad que a veces también lo doblego;

supongamos que escribo porque el erotismo no es sólo un estado del cuerpo, también es un estado de la palabra y ambos me retan;

supongamos que escribo porque escribir se parece a seducir y en los dos hay riesgos, adrenalina, pero cuando logro el objetivo (en un caso, seducir; en otro, hacer un poema que me deje satisfecha), recibo una descarga de endorfinas que justifica todo esfuerzo;

supongamos que escribo porque para plantarme de cara al mundo, nada funciona mejor que la poesía y el placer;

supongamos que escribo porque uno no puede entender lo que no tiene palabras para nombrar, decía Rosa Montero, de manera que estos poemas surgieron buscando decir el placer para entenderlo, inventarlo de nuevo mediante el lenguaje, hacerlo navegar entre palabras y silencios;

supongamos que escribo porque los buenos poemas se sienten con el cuerpo, igual que el deseo;

supongamos que escribo porque, entre sábanas, un cuerpo es varios, habla lenguas desconocidas, se agiganta y tornasola. Por eso el sexo y la poesía dan escalofríos: son un ir a contracorriente del mundo, un asomarse a tierras vírgenes donde crece el misterio.

Por eso,  —señala Danioska— que su libro Rabia de vida/ Rabia debida acude a ambos, poesía y deseo, placer y verso, para tratar de sacarse lo que le arde por dentro, pero siempre lo dice mejor Nicanor Parra. Por eso mejor nos lee el poema completo, mientras lo suscribe:

“¿Que para qué demonios escribo?
Para que me respeten y me quieran
Para cumplir con dios y con el diablo
Para dejar constancia de todo.
Para llorar y reír a la vez
En verdad en verdad
No sé para qué demonios escribo:
Supongamos que escribo por envidia”.

 

La canción de Nerta


Agarrada a la botella de bourbon la mujer observaba, con mirada extraviada, al resto de clientes que bebían y hablaban escandalosamente en el bar del pueblo. Situado unos cientos de metros por encima de los edificios, desde sus ventanucos podía contemplarse un paisaje escarpado, escasamente habitado, y un estrecho camino de piedras y barro que discurría en zigzag pendiente abajo. La vegetación salvaje y la nieve de los inviernos se habían ocupado de ocultar la antigua carretera de asfalto que conectaba con la ruta a la gran ciudad, así que las provisiones llegaban, con dudosa puntualidad, una vez al mes, excepto durante la época de las grandes nevadas, cuando el pueblo quedaba totalmente aislado. Bill y sus caballos desaparecían durante ese tiempo largo, hasta que volvían a escucharse los hilos de agua discurrir por las vertientes empinadas de las montañas anunciando la llegada de una nueva primavera.

Llegué hasta allí un verano con un grupo de amigos. El objetivo del viaje era hacer treeking por la zona. Entre la documentación que consulté llamó mi atención una leyenda en torno al pueblo de Fläm situado en el corazón del Fiordo de los Sueños. Una mañana de mal tiempo, mientras el resto del grupo se quedaba descansando en las tiendas que habíamos esparcido en uno de los altiplanos del camping municipal, me acerqué andando con la intención de enterarme de primera mano de su historia. La primera persona con la que me encontré fue Gunilda, una mujer alta y fuerte a pesar de sus años, de belleza áspera y origen germano —según me explicó más tarde—.

—¡Buenos días! ¿Podría indicarme con qué persona debo de hablar en el pueblo para poder visitar la antigua iglesia de madera?

—Pues… siento decirle que solo se abre cuando hay enterramientos; de cualquier manera, actualmente tiene más valor el exterior que el interior porque hace años fue saqueada y solo quedan viejas vigas negras soportando la estructura.

—¡Ah!, lástima… Por cierto, seguro que usted conoce bien qué hay de cierto en la leyenda sobre este pueblo que he encontrado citada en todos los folletos turísticos de la zona.

—No me dejó decir más. Me acogió con tantas ganas de hablar que me propuso subir paseando hasta el bar y contarme lo que me interesaba que, según me dijo, tenía mucho más de historia.

Nerta había sido en algún tiempo la más bella del lugar. La muerte se llevó a su familia y ella prefirió quedarse en el pueblo sola, a raíz de la diáspora que se produjo después de la gran inundación. Cada tarde, cuando el sol desaparecía entre las montañas, se acercaba caminando hasta la gran cascada. Necesitaba escuchar el sonido ronco del agua hasta que en su imaginación lo adormecía y su música le hablaba como las voces familiares de su infancia. Era una persona muy querida y protegida por los mayores del pueblo. De ojos avispados color miel y sonrisa franca, sus mejillas se iluminaban sonrosadas cuando su pulso se aceleraba; entonces se despojaba de su gorro de lana gris y soltaba al viento la melena rubia que había mantenido oculta, recogida en una larga trenza, durante los meses de bloqueo invernal.

La llegada del joven Bill al pueblo, con sus caballos llenos de provisiones, era motivo de alegría y de celebración. A pesar de los signos de agotamiento que se marcaban en forma de grandes surcos secos en el rostro del hombre, sin embargo, su voz poderosa estallaba, como siempre, contagiando el ánimo entre los escasos habitantes, todos ya viejos, que habían quedado en Flam, aquel pequeño pueblo resguardado entre montañas a la orilla del fiordo.

—¡Hola amigos!, Saludaba secándose el sudor de la cara con un trapo negruzco en una mano mientras con la otra daba palmadas en el lomo a cada uno de sus caballos—.

Los vecinos del pueblo emocionados querían saludarle al mismo tiempo y se cruzaban sus voces altas en el aire originando una griterío confuso al que el joven atendía con simpatía mientras no dejaba de buscar, impaciente entre el barullo, año tras año, la mirada de Nerta.

En aquella ocasión no pudo encontrarla entre el grupo. Algo le hizo pensar con tristeza en su ausencia. Habían pasado muchos meses desde la última vez que se habían visto y se dio cuenta de que era el azar el que conducía sus sentimientos y decidió que nunca más sería así. Tomó las riendas de los caballos para dejarlos descansar y darles de comer y beber en la antigua granja de Thomas que había sido gran amigo de su padre cuando aún eran unos niños y frecuentaban la escuela local, y al volverse la vio discretamente apartada del grupo, observándolo, y pudo apreciar cómo en sus labios se dibujaba su nombre —¡Bill!— en una amplia sonrisa.

Durante los días que Bill descansaba en el pueblo, solía organizarse una especie de romería bulliciosa que llevaba a los vecinos cada tarde cuesta arriba, hasta el bar, para charlar y escuchar ansiosos las noticias que les traía el carretero desde el otro lado de las montañas. Los ánimos se disparaban, la alegría invitaba a interpretar antiguas danzas al ronco son del violín desafinado de Rufo el ciego. Casi todo estaba permitido esos días; se abrazaban con júbilo, se besaban, gozaban sin pudor en aquél rústico y viejo bar tan entrañable para ellos. Cantaban a coro las mismas baladas y canciones populares de siempre mientras la noche se alargaba bebiendo hasta el amanecer.

—¿Nerta?. —Se puso serio mientras clavaba su mirada en ella acorralando sus gestos en un abrazo espacioso y tierno.

Habían pasado juntos toda la noche sentados en la escalera de madera que daba al zaguán, cantando y hablando en un idioma tan antiguo como el amor.

—No repetiré lo que voy a decirte. —Su voz como un susurro, sin embargo sonó imperativa produciendo en ella un repentino hormigueo en todo su cuerpo, como la picadura de una ortiga, que se adueñó de cada célula de su ser. Nerta sintió que se estaba librando en su interior la batalla definitiva contra su pasado. El enorme peso de su corazón estaba siendo vapuleado ahora por el miedo; no estaba preparada para dejar aquel lugar en el que descansaban sus antepasados. Ella sabía que formaba parte de la leyenda y allí seguiría, aún con el inmenso rencor que sentía hacia sí misma por dejar partir a aquel hombre al que amaba desde que era una niña.

Su vida se convirtió en una sombría sucesión de noches vacías entre paredes desconchadas y maderas que crujían destempladas. Las semanas y los meses pasaban formando una confusión de soles tibios, nubes y nieblas, bajo el amparo de un cielo azul abatido. Los vientos del otoño llegaron aquel año con la violencia de una rara premonición.

Salió del pueblo de madrugada para evitar cualquier encuentro con los vecinos, Nerta se dirigió hacia el antiguo camino que pensaba que le llevaría a la gran ciudad. Cruzó ríos entre profundos barrancos, subió por laderas escarpadas hasta lo más alto de las montañas, bajó a los valles, perdió el norte y la cuenta de los días y de las noches que aumentaban su obsesión por llegar con su abultado vientre hasta los brazos de Bill. Cuando le sorprendió el tiempo de las nieves solo su espíritu deshilachado seguía obedeciendo a los impulsos de su corazón. La crecida de la primavera arrastró su cuerpo dormido y cuentan que los espíritus del valle lo depositaron al pie de la gran cascada Kjosfossen próxima al Fiordo de los Sueños.

Mientras continuaba con su relato Gunhilda separaba cada párrafo con un trago de la botella pegajosa que no paraba de acariciar con sus dos manos. Su mirada extraviada y húmeda denotaba que había dejado de hablar conmigo hacía un buen rato, y yo estaba inmersa en la leyenda que —según insistía— acabaría en su boca porque “ya no queda gente joven interesada en contar nuestra historia”.

Se decía en el bar que, cuando Bill se marchaba de nuevo a la ciudad, podía escucharse el eco de la voz de Nerta entre el ensordecedor murmullo del agua de la cascada; incluso, —decían—, que en las noches de luna llena se veía a lo lejos su larga túnica roja y su larga melena rubia cantando y danzando entre las rocas.

Los vecinos agotaban su vida sentados en el pretil de la iglesia de madera. Bill seguía llegando puntual al pueblo acompañado de sus viejos caballos y las cada vez más escasas provisiones a cuestas. Su abundante barba blanca impedía apreciar el temblor de sus labios cuando recordaban los viejos tiempos…

Después llegaron al valle la obra y la guerra… pero eso fue otra historia…


@mjberistain

De cómo los hispanos se convirtieron en árabes

Por: Eduardo Manzano Moreno 01 de mayo de 2014

 

Alhambra

Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX.
J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)

Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanosvisigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que «nuestros ancestros» habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el «pueblo originario» -o los diversos «pueblos originarios», dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de madera con tintero, es que un antiguo presidente del Gobierno de España tuviera la peregrina ocurrencia de declarar que los árabes tenían que pedir perdón a los españoles por haberles conquistado.

 

Las cosas afortunadamente son algo más complejas y también bastante más interesantes. Me centraré en el caso de los árabes, que es el que mayores confusiones genera, pues no en vano los nacionalismos ibéricos han hecho de la idea de Reconquista su santo y seña particular.

Es un error muy común creer que los árabes eran un pueblo de camelleros nómadas en estado semi-salvaje antes de la aparición del islam. Lo que se sabe de la Arabia preislámica, por el contrario, es que albergaba poblaciones muy diversas, algunas de ellas instaladas en ciudades con larga tradición comercial y una cultura nada rústica. Las miles de inscripciones encontradas allí hablan en distintos dialectos y caracteres de una sociedad estrechamente relacionada con los grandes imperios antiguos, y en la que existían también pujantes reinos e incluso una literatura muy interesante, que ha dejado restos de una excepcional poesía.

Las grandes conquistas producidas tras la aparición del islam no fueron provocadas por un alocado movimiento de tribus montadas en camellos, sino que estuvieron dirigidas por la élite árabe nacida al amparo de la nueva religión predicada por el profeta Mahoma. Lo que sabemos sobre esas conquistas apunta hacia un patrón casi siempre muy similar: la gran debilidad de los estados de la época hacía que dependieran mucho de la suerte del ejército de su rey o de su emperador, de tal manera que su derrota en una o dos batallas campales dejaba sin defensa a unas poblaciones que quedaban abandonadas a su propia suerte. Los ejércitos árabes podían tomar entonces las principales ciudades -Damasco, Jerusalén, Ctesifón, Alejandría, Cartago, Córdoba o Toledo- sin encontrar mucha oposición. Tras hacerse con los resortes de la administración conseguían que la posible resistencia en otras zonas no pudiera reorganizarse y que fueran muchos quienes optaran entonces por pactar con los invasores. Ello permitió conquistas fulminantes de las que se benefició inmensamente la nueva élite, que se hizo construir grandes y hermosos palacios en lugares de la actual Siria y Jordania. En uno de ellos, Qusayr Amra, unas pinturas realizadas para el califa omeya en la primera mitad del siglo VIII muestran al rey visigodo Rodrigo -con una inscripción que le identifica- junto a los emperadores bizantino y sasánida: los grandes derrotados por los ejércitos de los califas.

SelloPrecinto de plomo a nombre del gobernador árabe de al-Andalus Anbasa ibn Suhaym (721-726). Colección Tonegawa.

Se dice a veces que la conquista de Hispania del año 711 fue llevada cabo por tropas mayoritariamente bereberes -es decir, gentes procedentes del norte de África- lo cual significaría que de árabe no habría tenido mucho. Sin embargo, esa idea no es correcta, dado que tanto la dirección de la misma, como su orientación ideológica eran árabes, como también lo fue su resultado: la integración de Hispania -ahora llamada al-Andalus– en el imperio de los califas árabes de Damasco. De la misma manera que a nadie se le ocurre dudar del carácter de las conquistas de Roma por la variada procedencia de los legionarios que las realizaban, es erróneo poner en duda el carácter árabe e islámico de la conquista por el hecho de que muchas de sus tropas procedieran del norte de África. Además, en torno al año 741 un nuevo ejército árabe llegó a al-Andalus, y sus numerosas tropas se diseminaron por buena parte de este territorio, contribuyendo así a reforzar el carácter árabe e islámico de la ocupación. Quienes organizaron, dirigieron y administraron la conquista fueron, pues, los árabes, y los testimonios contemporáneos en papiros procedentes de latitudes como Egipto demuestran que, como todos los conquistadores, se tomaron muy en serio su papel de dominio sobre las poblaciones sometidas.

La consolidación de este dominio comenzó a cambiar las cosas. De hecho, es llamativo el destino de los bereberes llegados a la península. Perdieron rápidamente su propia lengua -que nada tenía que ver con el árabe- hasta el punto de que el castellano apenas incorporó palabras procedentes del bereber, al contrario de lo que haría con el árabe, del que proceden entre 4000 y 5000 vocablos. Estos bereberes, por lo tanto, se arabizaron muy rápidamente tanto en su lengua, como en sus nombres y usos culturales. Un sabio andalusí muy conocido, debido a que fue uno de los introductores del rito jurídico malikí, llamado Yahya b. Yahya (m en 848), tenía un nombre indistinguible de cualquier árabe, pero descendía de un ancestro bereber llegado con la conquista cien años antes.

También la población indígena comenzó a adoptar la lengua árabe de forma muy rápida. Hay muchas pruebas de ello. En un célebre texto, el escritor cristano Álvaro de Córdoba se quejaba en pleno siglo IX de que sus correligionarios más jóvenes apenas se interesaban por el latín y los escritos eclesiásticos, prefiriendo la lectura de los poetas árabes. Por la misma época, un gobernador árabe de Mérida, prendado de las antiguas inscripciones que todavía abundaban en la ciudad, quiso saber lo que decían, pero no encontró entre todos los cristianos a nadie que supiera descifrarlas, excepto un clérigo viejo y decrépito. Un siglo más tarde, libros sagrados como los Salmos o incluso el Evangelio tenían que ser traducidos al árabe, como también lo fueron los propios concilios de la iglesia hispana en pleno siglo XI. Todo ello demuestra que los cristianos que todavía quedaban en al-Andalus tenían que traducir sus textos religiosos al árabe para poder entenderlos.

Este proceso de cambio es conocido como arabización. A él contribuyeron también los matrimonios mixtos producidos después del año 711 entre mujeres indígenas y conquistadores. Fueron muy numerosos, -el más conocido el de Sara, la nieta del rey visigodo Witiza- aunque no eran muy bien vistos por las jerarquías eclesiásticas, tal y como demuestra una carta del papa Adriano, quien a finales del siglo VIII, se lamentaba de que en Hispania las gentes daban a sus hijas en matrimonio a los paganos. Estas quejas, sin embargo, poco podían hacer para detener unos procesos sociales imparables, que acabaron suponiendo la fusión de conquistadores y conquistados y la arabización completa de estos últimos. El resultado fue que varias generaciones después de la conquista mucha gente había perdido la conciencia de sus ancestros indígenas.

Escanear0434Un caso muy evidente -y siempre citado- es el del gran escritor Ibn Hazm [en la imagen], autor de un magnífico tratado sobre el amor, El Collar de la Paloma (Tawq al-hamama), quien con toda probabilidad descendía de indígenas, pero para el cual las principales referencias culturales eran árabes y, por supuesto, islámicas. Los casos más extremos de arabización eran los de personajes que, a pesar de que descendían de bereberes o indígenas, pretendían tener ancestros en la Arabia preislámica, lo que da buena muestra del prestigio que esta noción tenía en la sociedad andalusí. La arabización lingüística, por lo demás, ha sido brillantemente demostrada por arabistas españoles como Federico Corriente, que han sido capaces de establecer los peculiares rasgos morfológicos, fonéticos y léxicos que tenía el árabe hablado por la inmensa mayoría de las gentes en al-Andalus.

Siempre que se habla de estas cosas, sin embargo, uno debe temerse lo peor. Es inevitable que surja el Unamuno de turno, que se tome todo esto a la tremenda y nos regale atormentadas disquisiciones, que insisten en ver en lo ocurrido hace mil y pico años los gérmenes de nuestra contemporánea aflicción. Tampoco suele faltar una visión nacionalista árabe que intente demostrar la superioridad de esta cultura a lo largo de los siglos. Las gentes aquejadas por estas visiones tan trascendentalistas del pasado -a pesar de que éste insiste en ser miserablemente materialista- suelen discutir entre sí con gran pasión y con información no muy veraz, lo que provoca embrollos sin cuento, que mezclan lo ocurrido en los siglos medievales con situaciones contemporáneas para perplejidad de los más sensatos.

Me consta que a muchos de mis colegas estos embrollos les provocan cierto tedio y una comprensible desgana por embarcarse en la divulgación de los conocimientos que atesoran. Pero me temo que nuestro compromiso social de historiadores no nos deja elección, y que, a despecho de malentendidos y tergiversaciones, debemos explicar lo que la investigación ha venido sacando pacientemente a la luz y que, en muchos casos, no son meras opiniones, sino hechos plenamente verificados. Y uno de esos hechos es que, tiempo después de la conquista militar, los descendientes de los hispanos sometidos comenzaron a convertirse en árabes desde el punto de vista cultural y lingüístico: algunos siguieron manteniendo su religión cristiana -los llamados mozárabes-, mientras que otros muchos se convirtieron al islam. Queda para otra ocasión este tema, el de la islamización religiosa, del que apenas hemos podido hablar aquí y que merece también una larga explicación.

Mientras tanto quédense con esta idea. Contrariamente a lo que pretende el pensamiento histórico más conservador (que anda últimamente muy desbocado), la Historia es un proceso continuo de cambio y transformación.


 

Avatar de Andrés CifuentesECO SOCIAL...OJO CRÍTICO

Alhambra Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX. / J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)

  Por: Eduardo Manzano Moreno         

Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanos, visigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que «nuestros ancestros» habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el «pueblo originario» -o los diversos «pueblos originarios», dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de…

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Deseo


 

Porque el deseo empieza

en el brillo de una mirada retenida,

en la turgencia de un torso sugerido bajo un lienzo tirante

en la solidez palpable de unos muslos

que las palmas de las manos moldean incansables,

en el ligero temblor de un labio

que anhela el beso de otros labios,

en la sed que no se aplaca ni de bruces en la boca del otro,.

en la explosión de gozo en cada roce de dos cuerpos que se buscan,

en el abrazo de unas piernas

o unos brazos trepados a los hombros,

en el estremecimiento de dos cuerpos adheridos como hiedra

en la piel erizada, y en la mirada ida…

Hoy quiero anegarme y bucear en la laguna de tus ojos,

y escuchar el silencio profundo del amor insondable,

inmensurable,

y aspirar los aromas y embriagarnos.

recorrer cada rincón umbrío de nuestra geografía

con el dorso de los dedos temblorosos,

recorrer cada relieve, cada surco rugoso o cada cráter

y explorar cada sima,

dejarnos resbalar por las pendientes,

por la piel sudorosa

enredar las lianas de los brazos,

entrecruzar los dedos hasta hacernos daño

hasta cerrar los ojos

y gemir

y fundirnos

y explotar y caer y dejarnos vencer y rendirnos

y suspirar.


Poema de Gervasio Alegría

Pasión de náufragos

Quisieron ser viento,

salvar las pieles náufragas

y las raíces húmedas

que heredaron sus hijos de la tierra,

besarlos al fin de sus días

contra sus pechos de escarcha.

Sus cuerpos destilaron caricias

sobre los vientres desbocados de las mareas.

Quisieron vivir,

sobrevivir al desarraigo de los inocentes; desnudos

sin más horizonte que la violenta anarquía de sus deseos.

Su historia fue escrita en el fondo de los mares abiertos.

 

@mjberistain

Llego apacible hasta tu piel


 

Llego apacible hasta tu piel
buscando, tal vez, una grieta tibia
de materia similar a la ternura,
o acaso el fleco de una caricia
que no concluyes nunca,
un resquicio, un escalofrío,
una levedad oculta a tu rigor.

De tu fría fiebre que no conmueve
no espero incertidumbre, error o culpa,
solo tu deambular de siglos
por los pliegues de mi vestido.

Pero hoy te has demorado en el abrazo.

Sumido en mudo escándalo,
has avanzado lento hasta el milagro
donde somos la música maldita
de una inacabada partitura,
el himno de un amor irreparable.



@mjberistain

Fotografía Jaume Cardona Casanova

Aviso a navegantes


ROSA MONTERO
Publicado en El País
3 Enero 2016

Esto es una advertencia: ayer mismo me acosté teniendo 16 años y hoy me he despertado con más de sesenta. Quiero decir que la vida vuela. Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera. Lo que acabo de decir es una boutade, lo sé; pero, al mismo tiempo, es cierto que, con los años, llegas a un territorio, el de la vejez y la Parca merodeante, que antes nunca habías visto con verdadera claridad. Y entonces te dices: ah, cuánto tiempo perdido. Y no porque mi existencia me desagrade, al contrario, creo que ha sido y es muy intensa y que he hecho todo cuanto he querido hacer. Pero con qué nervios, de qué forma tan atormentada, o tan aturullada, cuántas veces he vivido con el cuerpo aquí y la cabeza en otra parte. Por no hablar de la cantidad de tiempo y de energía perdidos en tonterías, como, por ejemplo, en creerme fea a los 18 años (cuando estaba más guapa que nunca), o en reconcomerme de angustia temiendo no estar a la altura en algún trabajo. Por eso, repito: si yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, hubiera vivido de otra manera.

Todo esto viene al hilo, claro está, del cambio de año. Esto del calendario no es más que una convención, pero cómo remueve y cómo escuece. En estas fechas es imposible no dedicar siquiera un minuto a sentir el viento del tiempo contra la cara, a revisar someramente el pasado, a preguntarte sobre tu futuro. Acabo de leer un libro extraordinario que viene bien para acompañar estas congojas. Se trata de Instrumental: memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (Blackie Books). El británico Rhodes tiene una biografía totalmente improbable. Por ejemplo, es pianista, un buen concertista. Sin embargo, empezó a estudiar piano mal y tarde, y luego lo dejó por completo durante 10 años hasta retomar la música en sus veintimuchos. No creo que haya habido en el mundo un caso así. Si abandonas un instrumento de ese modo, simplemente no es posible ser un músico de esa calidad. Pero él lo es. He aquí su primer milagro.

Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día

Tiene varios más, algunos espeluznantes. El libro de Rhodes cuenta con una crudeza que yo no había visto la experiencia de una víctima de pedofilia. A los seis años recién cumplidos, James fue violado por su profesor de boxeo del colegio. Y el tipejo lo siguió haciendo durante cinco años impune y sistemáticamente, hasta que Rhodes cambió de escuela. El niño, amenazado por el pedófilo, avergonzado y amedrentado, no dijo nunca nada a nadie; pero otros profesores lo veían llorar, lo veían salir con las piernas sangrando del despacho del monstruo y no hicieron nada. El libro de Rhodes es un grito indignado a esa pasividad tan común ante los abusos infantiles. Como las pequeñas víctimas no se atreven a denunciar, es muy cómodo ignorar un horror que se queda escondido, como los malvados ogros de los cuentos, en los cuartos oscuros y en las pesadillas de los niños. Y otra enseñanza más de este tremendo libro: las violaciones dejan secuelas. En primer lugar, graves secuelas físicas, porque es una brutalización continuada de un cuerpo muy pequeño (el músico tuvo que ser operado varias veces); y, por supuesto, una catarata de catástrofes psíquicas. Prostitución en la adolescencia, un año de internamiento en un psiquiátrico, tres intentos de suicidio, cortes autoinfligidos con una cuchilla, drogas, furia y dolor. Y este es el segundo milagro: ha sobrevivido a todo eso.

Tercer milagro: James es la prueba de que el arte y la belleza ayudan. En el caso de James, es la música lo que amansó su fiera interior. Todos podemos y debemos recurrir a ello: cuanta más belleza en nuestras vidas, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

Pero aún queda por contar un cuarto milagro. Aunque la existencia de Rhodes parece larguísima y convulsa, sólo tiene 40 años. Guau, eso es vivir deprisa. Como decía Lou Reed: mi día equivale a tu año. Pues bien, al final el autor apuesta por su segunda esposa, Hattie, y se atreve a dar unos consejos para el bien amar. Antes, al leer el libro, Rhodes me había parecido un hombre conmovedor y admirable, pero también furioso y herido, demasiado intenso como para tenerlo muy cerca. Pero en estas páginas finales habla de la convivencia con tan modesta, honda sabiduría que me ha dejado admirada. Como, por ejemplo: “Lo que más deteriora una relación es tratar de salir ganando”. Pequeña gran verdad. Hace falta vivir mucho y pensar mucho para llegar a tan poco. O sea, que se puede aprender, aunque vengas con las heridas más crueles. Se puede recomenzar una y otra vez. Aviso a navegantes para sortear los escollos de este año: recordemos que, como prueba Rhodes, siempre hay futuro. Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día.


@BrunaHusky
Fotografía de Internet – Clarin

Agur Amá


Porque Setiembre es una época de emotivos recuerdos…

Amá y Aitá, Aitá y Amá.

Amá, me tendrás que perdonar que hoy no pueda pensar solo en ti sin pensar también en el Aitá. Por eso en este momento que os siento de nuevo unidos, permíteme que hable de los dos.

Se cumple vuestro sueño de estar juntos en la vida y en la muerte.

Hoy nos reuniremos de nuevo toda la familia de entonces más todos los que van llegando y que engrandecen vuestro legado. Cantaremos recordando las canciones populares vascas que interpretábamos a coro. Nos enseñasteis a amar la música y la familia. Es cierto que nos van faltando voces insustituibles, sin embargo, seguimos sintiendo su presencia en el corazón en cuanto suenan los primeros compases.

Otra cosa muy vuestra y que os distinguía era bailar el Tango. Evoco, con todo mi respeto, vuestro tema preferido —La Cumparsita— pieza especialmente sensual que interpretabais con una gran elegancia y verdadera pasión. Quedará como música de fondo de vuestra historia.

Muchas veces nos hablasteis de vuestra gran devoción por el Santo Cristo de Lezo. El fue testigo de vuestro compromiso de amor eterno cuando apenas erais unos niños. Hoy paseando por sus calles los vecinos cuentan que no ha cambiado nada desde hace más de cien años.

Sin embargo, fue San Sebastián la ciudad donde creció vuestro amor. Vuestras hijas, vuestros nietos, vuestros biznietos la seguirán teniendo como referencia de sus orígenes y de los momentos de alegría y ternura inolvidables vividos entre vuestros abrazos, aunque la vida los lleve a miles de kilómetros de distancia.

Agur Jaunak – Orfeon Donostiarra

Agur, Amá maitea…

Gracias Aitás.

El tango La Cumparsita fue creado por Gerardo Matos Rodríguez en la década de 1910. A su pedido, Roberto Firpo le introdujo arreglos. Se estrenó en Montevideo en abril de 1917, en la confitería La Giralda, donde ahora se alza el imponente Palacio Salvo.

Video musical facilitado por Fabio Descalzi en su post titulado «La Cumparsita cumple 100 años». Incluye imágenes de la ciudad que escuchó nacer a este himno cultural y popular del Uruguay (así se declaró en la Ley 16.905 del año 1998).

Escalera 14

 

 

Caminé, caminé contando hasta cien, caminé sobre más de cien baldosas pequeñas —todavía faltaban unos minutos para la hora y no quería alejarme demasiado del gran rótulo que señalaba el sitio de la cita: «escalera catorce»—. Tratando de identificar su figura, la busqué en cada mirada que no era, estudié cada una de las siluetas anónimas que a esa hora temprana de domingo paseaban por la orilla de la playa, intenté reconocer su voz —la que había imaginado para ella— entre las voces destempladas de la mañana y el rumor de las olas que estallaban con fuerza para morir a la orilla de un silencio metálico… Una vez y otra vez volví despacio sobre mis pasos.

Estaba convencida de que la conocería a simple vista aunque no nos habíamos visto antes.  Su sensibilidad, su pasión, la elegancia de los textos que compartía en internet me habían descubierto una cierta afinidad con ella. Su calidad como escritora me llevó a imaginar rasgos de su personalidad; creí en su generosidad para el amor y la amistad, creí en su talento y en su ambición literaria, en su determinación ante los retos, en su alegría contagiosa; creía en su verdad.

Intuí que estaba acercándome a ella cuando respiré el salitre de su sonrisa desde lejos. Su larga melena  semi oculta debajo de un sombrero apenas dejaba entrever sus ojos del color confuso del mar cuando lo arrebata la resaca. Brillaba, despejada y cálida a la vez su mirada. Nos fundimos en un abrazo largo, hondo y tierno que consiguió desequilibrar las estructuras más poderosas de mi «mismidad». Temblé con la emoción de una adolescente. Esta era Ana.

Ese TÚ que se instala en el corazón con la facilidad de una rara complicidad.

M.J.B.


 

 

 

 

 

 

El último destello


 

No mancharé hoy la tersa quietud del papel en blanco

dejaré que cieguen mi discurso los límites infranqueables

de tus ojos,

y ese espacio que se dispone a morir en tu regazo

como yo

con el último destello de la tarde…


 

@mjberistain
Fotografía Matt Champlin.Flickr

 

 

Taller de Escritura



Imposible dar con el interruptor de la luz cuando fui a encender el ordenador. No había amanecido y la pantalla me deslumbró con un mensaje que no esperaba y menos a esas horas. Me imaginé sufrir un atraco a mano armada; fue como encontrarte de frente con un personaje sucio, desaliñado y con cara de «mala follá »—como dicen en el sur— y notar que el temblor de tu cuerpo se vuelve incontrolable cuando se acerca y te espeta: «La escritura o la vida, muñeca»

Pensé en aquel mensaje unos cuantos días, inquieta. «Las inquietudes suelen animarme a explorar caminos nuevos, pero ¿a quién se le había ocurrido la idea loca de aprender a escribir a estas alturas de mi vida?». Nunca me había enfrentado a una página en blanco, ni lo había pretendido.

—¿Qué puede hacerse cuando a uno le llega una invitación?, «rezaba el mensaje».

Tuve que leerlo varias veces. Soy mujer de aceptar retos y no suelo dejar que las oportunidades se desvanezcan en el tiempo como humo recargando la letanía de los «si hubiera…». Decliné la invitación, sin embargo.

—¿Qué pasa contigo?, oía decir a la voz de mi conciencia.

—¿Qué pasa conmigo?, pensaba yo.

Elaboraba razonamientos que me pudieran servir de excusa a la vez que me dedicaba a comprar más libros. Leía, leía deprisa, leía todo; incluso leí la etiqueta de la botella de agua mineral que antes no me había interesado.

El cansancio consiguió detener aquel tiovivo despiadado y desquiciante. Contesté al mensaje aceptando la propuesta con una seguridad absoluta sólo unas horas antes de ver cómo se tambaleaba frente al espejo del lavabo, entre los hipos de mis dudas y los restos del rímel a prueba de lágrimas.

—¡Que os sea leve!— habían escrito, en la carta de inicio del curso, los profesores del taller de escritura.


 @mjberistain

 

 

Tiempo de escarcha



Es el tiempo de la escarcha…

Se funden las miradas confusas
sin poder de sobresalto,
muy lejos
de los pechos donde duermen
su turno los interrogantes.

El sol muerde,
devora con justicia la insustancia de las palabras,
después, el silencio destila inútil
la métrica de la ternura,
y ya nadie dice nada.

Se van cayendo secos los recuerdos
por el camino asfaltado de lilas negras,
una niña duerme
alejada
en el vacío de un corazón que ya no respira.

Es el tiempo de la escarcha,
se escuchan sin reconocerse
los amantes,
sus voces enterradas
en el umbral de los gestos pusilánimes.

Un resto de viento antiguo traspasa
las fronteras del amor con desparpajo,
insiste aullando
como manada de lobos hambrientos
a la fragilidad de los náufragos.

Se precipita, sin pedir disculpas,
al fondo de todos los abrazos aplazados…


M.J.B.
Mi agradecimiento a Angel de Flickr por su fotografía titulada «Escarcha»

 

 

 

Poesía activa

ORIGINAL PUBLICADO POR BORGEANO EN EL BLOG DE ARENA

Avatar de BorgeanoEl Blog de Arena

reading

Jorge Luis Borges dice, en el prólogo a uno de sus libros de poesía, que ésta no se encuentra en el conjunto de símbolos impreso en la página, sino en la comunicación que se establece entre esos símbolos y el lector. El acto poético existe en la medida en que un lector siente aquello que le es transmitido a través del lenguaje.

Más allá de apreciar lo correcto y fascinante de esta idea de Borges, nos encontramos con un pequeño problema: ¿Puede leerse sin experiencia?  Sé que lo primero que se piensa cuando se habla de lecturas poéticas es, precisamente, la imagen poética de que puede leerse sin más que el deseo por la belleza; pero el problema permanece: ¿Cuánto necesitamos comprender para disfrutar de un texto? El mismo Borges en el prólogo a otro de sus libros hace esta distinción entre la poesía lírica (aquella que tal vez no…

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Dioses de papel y tinta


 

ORIGINAL ESCRITO Y PUBLICADO POR

GALLEGO REY 


«De tanto imaginarnos en el paraíso nos convertimos en dioses de papel y tinta». Ocurre a veces que leyendo, aún estando tranquilamente sentada en tu sillón preferido, sin interferencias ni ruidos de ningún tipo, algo en el texto te llama, te inquieta, te distrae, te incita.  Miras alrededor como buscando a ese «alguien» que se está dirigiendo a tí  y que, quizás esté esperando una reacción o un poco de conversación o, por qué no, incluso una respuesta.

Busco su mirada entre bambalinas y me escrutan unos ojos inquietantes entre matices oscuros del color de la tierra cuando anochece.


Tus manos
acentúan el paisaje
de mi cuerpo
reinventando instantes,
descubriendo en mis ojos tus ojos.

No pares de descifrarme
ahora que mi piel
avanza despacio por tus dedos
y achica el miedo
a contestarte en tus labios
con los míos.

De tanto imaginarnos
en el paraíso
era lógico amarnos,
y convertirnos en dioses
de papel y tinta.

Si alguna vez dejáramos de soñar
solo seríamos un folio en blanco.


Autor: Gallego Rey. Derechos Reservados.
Perdóname porque no he podido evitar utilizar la fotografía de tu perfil. Es perfecta!. Gracias


 

Mar de Ausencias


 

Sobre la mesa desde la que escribo se posa la luz tibia de la luna, huidiza, fugaz como palabra de amor que se disuelve antes de que llegue el amanecer.

No encuentro más verbos que los que duelen en esta noche sin horizonte, solo siento la lluvia y el ardor de las llagas de agua salada pujando por alcanzar la otra orilla.

Recuerdo la luz del adiós como un beso blanco, como la mirada del mármol desnuda, buscando algún refugio entre las palabras que nos quedaban por decir.

Bajo hasta la playa

Permanecen, como restos en carne viva de un naufragio, las voces de tu voz, tus rasgos de ceniza, las mareas con tus ritmos, la luz escueta y el silencio en el mar convulso de las ausencias…

 


@mjberistain
Fotografía Mark Littlejohn

 

 

Noches de verano


Música de Bobby Hutcherson seleccionada por mi amigo Jo da Silva.



 

Adoro esa última hora de la tarde de las Noches de Verano, ese letargo del espíritu acantilado en el lento ritmo de una música de jazz, aguardando desde siempre a ese algo impreciso que intuyes que en algún momento llegará.

¿Esperar o escapar…?

Quizás llegue cuando el sol se esconda tras la luz de una mirada…

Quizás cuando te enrede en los hilos de sus últimos rayos y te abandones al vacío gozoso de otra nocturnidad…

Quizás cuando las brasas te quemen a la orilla de lo que no te atreves a soñar…

Quizás te llegue cuando no esperes más…

Escapes (Silvia)IMG_3458

Adoro las fotografías al atardecer; refugiar mi universo en la máscara del contraluz, dejarte intuir las marcas de agua que habitan cada palmo de mi piel, aceptar morir poco a poco en tus miradas…

Al lado del mar muchas veces me pregunto qué hacer: ¿esperar o escapar?; decido seguir de tu mano engañando a la muerte de todos los atardeceres posibles…

@mjberistain


Lilium


Me he pasado la noche matando pirómanos a fuego lento. Qué desazón me producen las noticias; no quiero saber «casi-nada» de los políticos, la guerra me encasquilla y me deja inservible como arma de combate, sólo pienso en la gente que huye y quisiera matar a todos los de traje y corbata, turbantes, túnicas y demás que se juegan la vida de la humanidad en partidas de ajedrez en despachos y salones de lujo… Hoy tampoco el tiempo ayuda, llueve de forma deprimente(tacho esta palabra, mal utilizada en este caso, en honor a la gente que está sufriendo tanto el fuego en Galicia. Gracias Icástico por el apunte)

Voy a pensar un rato en mis pasiones…

Hace solo unos días floreció discretamente, en un rincón, a la sombra de mi viejo abeto azul…

Desde su quietud me observaba, ella a mí, como si fuera una pregunta muda… ¡Dudé!

Y disparé… !

No hubo castigo más delicioso para el poeta que sentir el temblor de sus pétalos rompiéndose en su boca seducida, llena de versos, hasta que cayó en silencio la tarde…


@mjberistain

Caminos cruzados


Me llega la voz queda de Stefania Dipierro en el tema de Nicola Conte. Es un tema que me descubrió mi amigo JO Da Silva, titulado «Caminos cruzados». ¡Algo tiene…!


PULSAR SOBRE LA FLECHA PARA ESCUCHAR LA MÚSICA


Tengo la ventana abierta y las persianas cerradas al calor de esta hora del atardecer de los últimos días de julio. Sube la melodía hasta mi viejo desván y el sonido se cuela débilmente, como la luz. Un barullo de libros abiertos y hojas de papel con anotaciones desordenadas se amontona a los pies del piano sobre la alfombra ajada. Se aprecia que acusa mis horas «muertas» aquí; sus hilos desgastados han ido dibujando con el paso del tiempo la forma de mis posturas. Leo y escribo; escribo o leo, pero cuando lo hago a solas no necesito música. La música me llega de una manera o de otra; podría decir que la música me busca, aunque esto no es del todo cierto. Yo busco a la música. Es como un primer amor al que inevitablemente la memoria vuelve.

Nunca pensamos en caminos cruzados. Vivimos en paralelo, cerca, cada uno siguiendo las vías de un tren que aún no tiene previsto su destino. Sin embargo, quizá no sea el momento de consumir todo el amor que respiramos, atrapados entre pequeños papeles de versos que dejamos caer al mar en noches de humedad azul y marea alta. Puede ser que no sea el momento. Podría ser que tampoco sea después, ni más tarde…

La música de Nicola me transporta a susurros consentidos en el difícil equilibrio entre las voces de estúpidas alarmas cotidianas que invadían los lugares de los que no sabíamos cómo salir. Me detengo a escucharla, aspiro el olor de la madera, el del polvo, el aroma de las bolsitas de tela con lavanda que escondo por las estanterías disimulando el de la humedad en el sobrevivir amarillento de los libros y, cierro los ojos…

Siento que soy feliz, que me gustan estas horas llenas de sí mismas, que la emoción me sorprende muchas veces con sus lágrimas frescas, y que cuando lloro es de alegría, y eso, yo sé que no es llorar.


@mjberistain