La Oficial

La luna creciente proyectaba un reflejo brillante, azul cobalto sobre el fiordo. Era majestuoso y enigmático el paisaje nocturno de aquel valle. Yo pretendía retomar mi contacto con Gunhilda, aquella mujer que me contó la leyenda de la aldea de Fläm. Habíamos dejado muchas cosas pendientes.

Había vuelto a Noruega de vacaciones, esta vez con un grupo de amigos compañeros de la escuela de periodismo. Por supuesto que el objetivo de nuestro viaje era disfrutar de un país con una naturaleza tan prodigiosa como aquella, pero, además, en la facultad estábamos preparando un trabajo sobre “el arte de la influencia de masas; educación y propaganda” y siempre habíamos considerado ejemplar el modelo de sociedad establecida que le había situado a este país, a partir de la segunda guerra mundial, en uno de los países más desarrollados del mundo. Así que todos habíamos coincidido en que la elección de viajar aquí era perfecta.

La base de nuestras operaciones la establecimos en el centro del país, en lo que antiguamente había sido una pequeña aldea a la orilla del Sognefiord, el mayor y más profundo del país, con 1.300 metros aproximadamente por debajo del nivel del mar. Pero no era el único atractivo de nuestro viaje, estábamos preparados para disfrutar de las variadísimas actividades organizadas para un turismo cada vez más exigente. Y allí estábamos nosotros.

Por mi parte tenía ya decidido que mi trabajo de fin de carrera tratara sobre la repercusión del nazismo durante la segunda guerra mundial en los países del Norte; Suecia, Noruega y Dinamarca, que fueron los que se mantuvieron neutrales durante la invasión nazi, o por lo menos, como ocurrió en el caso de Dinamarca, lo intentaron. La idea partió de unas conversaciones que había tenido con una de las mujeres del pueblo durante mi estancia de cuatro días cuando acompañé a mi examante a un simposio sobre el cambio climático que se celebró en la ciudad de Bergen. Durante aquellos días hice algunas excursiones en solitario. Me interesó especialmente el pueblo de Fläm y su historia. No solo por la belleza de su paisaje y la situación estratégica cerca del mar de Noruega. Estaba apartado unos pocos kilómetros de la costa desde la que entraban navegando el fiordo, los grandes barcos, actualmente de pasajeros y turistas, pero que había debido de tener mucho movimiento en otro tiempo. Aquel primer encuentro había conseguido despertar en mi un gran interés y curiosidad por conocer más detalles y ella, aquella mujer, estaba dispuesta a ofrecérmelos.

Pasé varias horas escuchándola que se me hicieron cortas. Sentí que había dado con la clave para conocer la historia de la zona desde dentro y tengo que reconocer que me había quedado conectada a su relato. Cuando tuve que dejarla y marcharme de vuelta a casa, sentí que se habían quedado muchas cosas pendientes. No solo fue su relato lo que me había interesado, sino especialmente su forma de contarlo, la emoción con la que se expresaba que era como si estuviera reviviendo escenas que jamás hubiera pensado en compartir y que ahora, después de mucho tiempo, por la rara razón de habernos encontrado y haberle emocionado mi proyecto, estaba dispuesta a expresarlas, como si de una biografía se tratara, para colaborar conmigo.

Hubiera parecido que ella estaba implicada personalmente en aquella leyenda que me había narrado el primer día y que comenzaba pocos años antes de que fuera declarada en Noruega la segunda Guerra Mundial por parte de Alemania, pero no. Dijo que aquello había sido simplemente una leyenda, o quizás —añadió con un guiño— pudo haber tenido alguna parte de verdad. Y sonrió.

Me dejó con la duda.

Volver a Noruega, ese era mi sueño cuando salí de aquí hace un año.

Me emocionó ver la alegría en sus ojos pequeños cuando me abrazó y en su sonrisa sin dientes que intentaba disimular con sus manos envejecidas bordadas de venas azules como el color de sus ojos.

“La verdad es que no puedo tener recuerdos de mi infancia en el valle —dijo— porque me sacaron de aquí a los pocos días de nacer, cuando estalló la guerra; sí, la Segunda Guerra Mundial. Nací aquí, en este valle; en este magnífico paisaje —que conocí mucho más tarde— encerrado entre escarpadas montañas y las profundidades del fiordo. Mi madre Louise fue una mujer imponente que, entre otras cosas, llegó a destacar en el ejército de Noruega y que, durante la guerra, demostró tener un gran coraje que le llevó a arriesgarlo todo para salvar a su familia. Me quedé con la pena de no haber sabido demostrarle suficientemente mi agradecimiento.

Cuando llegó al valle en 1939 como mando del ejército noruego, para hacerse cargo del control del impacto medio ambiental de la obra del ferrocarril, se había encontrado con una tierra herida; carros, vagones, picos, palas y vías de hierro parecían colgar vertiginosamente por las laderas de las montañas. La línea de ferrocarril cubríría veinte kilómetros de longitud que iban a unir los pueblos de Mirdal y Fläm atravesando veinte túneles, de los cuales dieciocho de ellos tuvieron que ser excavados a mano debido a la dificultad del propio terreno montañoso. Hay que tener en cuenta que tres cuartas partes del trazado en Noruega está construido en pendiente y el cincuenta por ciento en curva. Estaba prevista su finalización para el otoño de 1942. Pero entonces mi madre se había encontrado con el valle como un desecho de piedras, de hierro y polvo, absolutamente roto.

Iba a celebrarse el encuentro de los técnicos que iban a integrar el equipo que dirigiría los trabajos de la fase final de las obras. Era mediodía. La reunión estaba a punto de comenzar en la Sala de Oficiales donde esperaban representantes de los gobiernos noruego y alemán. Tan solo había una mujer entre sus filas; una mujer atractiva y segura de sí misma, oficial del ejército noruego. No hablaba con nadie, ni siquiera con sus propios compañeros. Se mantenía firme y seria, con los brazos cruzados. Los hombres que se cruzaban saludos y cambiaban impresiones intrascendentes no podían evitar que sus miradas, algunas como rayos encendidos, y otras de irónico refilón, llegaran hasta ella, por una parte, disfrutando de su belleza y por otra preguntándose qué demonios hacía aquella mujer allí. —El papel de la mujer en aquel momento era discreto, aunque es cierto que durante la guerra tuvo que desempeñar funciones importantes, sin embargo, solo una minoría de ellas lo hicieron desde las fuerzas militares—.

Louise Bauman había entendido que el encuentro no tenía carácter de formal, sin embargo, había atendido a la recomendación de su superior para evitar llamar la atención en aquel grupo, más allá de lo evidente. Así que a la reunión debía de asistir vestida con el riguroso uniforme de oficial. No le dio más importancia al tema, a pesar de la informalidad de la situación. El traje se componía de dos piezas color verde gris con la botonadura dorada. La chaqueta corta  enmarcaba sin pudor unos pechos firmes que se dejaban intuir entre el movimiento de sus solapas discretamente desabrochadas. —Si uno se acercaba lo suficiente, como para saludarle, además del exótico aroma de su piel, se encontraba de lleno con su escote sin poder desviar la mirada de aquel canal semioculto bajo la fina blonda del mismo color que el de su carne—. Y la falda, que se ceñía a su cintura precisamente en el punto del tercer botón atado, dejando libre la tela en un vuelo sugerente alrededor de sus caderas. Sus piernas largas destacaban no solo por la armonía de su estructura joven bajo el brillo transparente de sus medias de cristal, sino por la firmeza de su musculatura y la decisión en su forma de andar desde de lo alto de sus zapatos de tacón.

Cuando se dispuso a entrar en la sala, notó los movimientos subrepticios de algunos oficiales dispuestos galantemente a sujetar la puerta mientras ella pasaba. —Y pensó: son como niños, pero me divierten—.

Había fracasado tantas veces en el amor que entonces ya, por fin instalada en su bellísima madurez, era capaz de ocultar al mundo su triste historia detrás del brillo ardiente y seductor de sus ojos negros. Había muerto para ella la palabra “piedad”, que se había quedado enterrada en algún lugar de su infancia; quizás fue cuando aquél hombre tan agradable y simpático le cogió de la mano a la salida del colegio y empujándola con suavidad hacia su coche le fue contando historias que ella no entendía, pero no se atrevía a decirle que no quería ir con él, que quería irse a su casa, y lloraba pero él le prometió que sí la llevaría, pero primero la llevó a su casa y le rompió el vestido y le besó en la boca mientras sus manos buscaban por su cuerpo pequeño algo que ella aún desconocía y le rasgó también el alma con un arma dura y húmeda que llevaba entre sus piernas y le compró el silencio con amenazas mientras le lavaba tocándola de nuevo y la despidió diciéndole que le había hecho muy feliz y que volverían a verse cuando la dejó más tarde sentada a duras penas en la esquina de una calle oscura que —según le dijo cariñosamente— estaba muy cerca de su casa.

O quizás fue cuando en la universidad aquél imbécil de Knut y sus amigos que andaban siempre mofándose de las chicas la eligieron como reina de la fiesta y al terminar, cuando les acompañaron a todas a casa, la dejaron a ella para el final y en un descampado la tiraron al suelo y la violaron uno tras otro borrachos y entre carcajadas y obscenidades la dejaron como una muñeca de trapo rota, herida para siempre porque después de aquello los médicos le dijeron que sería difícil que pudiera ser madre.

Quizás por todo ello, después de terminar sus estudios de biología en la universidad de Oslo, recibió entrenamiento militar y se incorporó al ejército de su país.

El Dr. Mark Terboven tomó la palabra. Su tez curtida contrastaba con el rubio de su cabello prácticamente rasurado. Sus facciones eran adustas en una cara en la que destacaba la avidez de su mirada azul. No hubo concesiones. Directamente habló de moral y de traición, habló de disciplina y de patriotismo. Remarcó la decisión tomada por su gobierno de continuar con las obras en colaboración con el ejército noruego hasta la puesta en marcha del ferrocarril que iba a cubrir la ruta desde el pueblo de Myrdal hasta Fläm.

Por primera vez, desde que era una niña, sintió un escalofrío de terror. Las palabras del ingeniero alemán le llegaban al cerebro como un eco sordo ininteligible. El silbido en sus oídos se fue haciendo más agudo, sintió un sudor frio y la estancia empezó a fundirse en una especie de húmeda niebla gris. Sentía el corazón acelerado y se le hacía difícil respirar. Tuvo que hacer un esfuerzo por controlarse, suavizar la respiración hasta que consiguió rearmarse. Le costó unos segundos, pero no podía desmoronarse en aquel momento. Salió a respirar aire puro, pero fue inútil; el ambiente viciado del asedio ya se cernía sobre el valle en su imaginación y en sus pulmones.

Cuando terminó la reunión el Dr. Tarboven fue saludando a los oficiales uno por uno y se detuvo especialmente ante Louise para mostrarle su admiración y su respeto por ser la única mujer oficial del proyecto. Le ofreció su mano y cogiendo la que ella le tendía, hizo amago de besarla. Ningún protocolo. Sonrieron con cara de circunstancias.
—Tengo entendido que usted y yo vamos a tener que trabajar en equipo —dijo el ingeniero— Antes de nada, vamos a brindar por ello. Y se alejó hacia la mesa donde se había dispuesto un buffet con algunas bebidas.
Ella iba a ocuparse de la seguridad y de la observación del impacto de las obras y protección de la naturaleza, y él sería el responsable de que las obras llegaran a buen fin y en tiempo oportuno, iba a ser necesario estar en contacto permanente.
—Me temo que, —le ofreció una copa de champán que ella aceptó con un leve gesto de aceptación— en este caso, con bastante probabilidad, habrá momentos o situaciones complicadas o difíciles de sobrellevar —lo dijo con una voz afectada y una cara de sorna para la que Louise, que lo observaba con mirada escrutadora queriendo hacerse una idea de con qué tipo de persona iba a tener que vérselas, de momento no estaba receptiva. Amagó una leve sonrisa de cortesía.
La reunión no fue larga y en conjunto resultó un agradable encuentro con el resto del grupo de oficiales. Al despedirse, quedaron en encontrarse al día siguiente sobre el terreno, al pie de la cascada Kjiosfossen, donde iban a iniciarse las obras de la estación intermedia del valle.

Louise no se dejó acompañar a casa, prefirió caminar sola, necesitaba aliviar la sombra de una oscura preocupación nueva. Escuchaba el susurro del viento colándose entre las ramas de los árboles, pero no estaba tranquila. Pensó en sus padres que se habían quedado en Suecia confiados en la neutralidad del país ante una posible guerra. Ella, cuando se había incorporado al ejército también había valorado el tema, pero la situación estaba cambiando y Noruega estaba resultando ser codiciada por varios frentes lo que implicaba que podrían producirse fuertes tensiones entre los países implicados en la contienda.

Se empezaban a apreciar movimientos de las fuerzas armadas de los aliados en sus costas. La posición estratégica del país era apreciada por los aliados como posible base naval, al objeto de lograr el control del Atlántico Norte. Reino Unido sabiendo que Alemania dependía del hierro de Suecia, tan importante para la industria bélica y, dado que gran parte del mineral se embarcaba desde Narvik, decidió establecer un bloqueo que indirectamente pretendía debilitar a los alemanes. Hasta entonces el país se había mantenido en su neutralidad y así lo había declarado a ambos bandos, sin embargo, la situación se estaba complicando.

El antisemitismo empezaba a ser una amenaza seria para la población, aunque ella, de alguna manera, se sentía protegida por su pertenencia al ejército de una nación que mantenía su neutralidad. O quizás, ahora que lo pensaba mejor, no estuviera tan claro que pudiera estar a salvo. No quería alarmarse, pero tuvo que reconocerse a sí misma cuando aquella noche no pudo dormir, que quizás estuviera equivocada.

Había intentado que nada de esto traspasara los límites de su piel en la reunión de oficiales. Pero le había quedado pendiente decirle que ella no se trasladaría a Mirdal donde estaba previsto que se instalara el Centro de Operaciones del ejército alemán para la finalización de la obra del ferrocarril. No le había dicho que ella se mantendría en Fläm cerca de la zona de barracones reservada para las familias de los trabajadores. No le había dicho que era de familia judía.

Cuando había entrado en la reunión no había previsto encontrarse con una situación que haría tambalear sus convicciones más profundas. Ser judía era un pecado desde el punto de vista de los alemanes y no esperaba que ello influyera en su vida de profesional ni personal; hasta el momento no lo había hecho, pero a partir de escuchar las palabras del ingeniero y la fiereza de su discurso, se sintió en peligro. También se sintió atrapada. ¿Cómo conseguiría salir airosa desde su posición en el ejército en el caso de que Alemania violara la condición de neutralidad de su país? ¿Podría ocurrir? Estaba aturdida y esa sensación no le dejaba pensar con claridad ni descansar. Aquella noche lloró, como no lo había hecho desde que era una niña.


@mjberistain


2 comentarios sobre “La Oficial

  1. Muy buen relato, y muy fuerte en su contenido. Al horrible pasado que tuvo que sufrir esa mujer, se suma que estaban allí reunidos para realizar otros hechos también deplorables. Es tanta la fuerza que acumula el texto, que me ha sobrepasado. No podía soportar la rabia cuando leía lo que le hicieron a esa niña indefensa, en su juventud, y lo que ahora estaba viviendo. Hay personas que tienen que vivir con miedo y silencio toda su vida, y eso debe ser muy duro. Me quedo sin palabras para describirlo, pero quiero mostrar mi más sincera solidaridad y apoyo a todas aquellas personas que han tenido que vivir algo así. Y si alguien lee esto, y ha vivido algo así, aquí me tiene para lo que pueda ayudar.
    Un texto que me ha transportado a esa escena, como si estuviera en ese lugar, y eso no es fácil de lograr, pero tú lo has conseguido.
    Gracias María Jesús, esto que has escrito es para quitarse el sombrero, y decir ¡chapó! (lo escribo castellanizado si no te importa).
    Un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Fran, sé que es fuerte. Te das cuenta de que es un texto en prueba que lo he tenido que publicar antes de darle el OK definitivo, pero era necesario que me atreviera a escribir con fuerza, con dolor, con desgarro y esto es lo que ha salido. Gracias inmensas por tus palabras, aprecio mucho tus comentarios. Un abrazo.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .