La Oficial

La luna creciente proyectaba un reflejo brillante, azul cobalto, sobre el fiordo. Era majestuoso y enigmático el paisaje nocturno de aquel valle. Yo pretendía retomar mi contacto con Gunhilda, aquella mujer que me contó la leyenda del pueblo de Flam. Habíamos dejado muchas cosas pendientes la última vez. Me emocionó ver la alegría en sus ojos pequeños y en su sonrisa sin dientes que intentaba disimular con sus manos envejecidas bordadas de venas azules.

La verdad es que no puedo tener recuerdos de mi infancia en el valle porque salí de aquí a los pocos meses de nacer, cuando estalló la guerra; sí, la Segunda Guerra Mundial. Mi madre me contó que cuando ella llegó aquí, estaban ya iniciados los trabajos para la construcción del ferrocarril que iba a unir los pueblos de Myrdal y Flam dándoles con ello, a estos pueblos del interior, salida hacia el mar. Se encontró con una tierra herida; carros, vagones, picos, palas y vías de hierro parecían colgar vertiginosamente por las laderas de las montañas. El valle aparecía como un desecho de piedras, hierro y polvo, absolutamente roto.

Iba a celebrarse en el valle el encuentro de los técnicos que iban a integrar el equipo que dirigiría la finalización de las obras del ferrocarril. La reunión estaba a punto de comenzar en la Sala de Oficiales. Tan solo había una mujer entre sus filas; una mujer atractiva y segura de sí misma. No hablaba con nadie. Estaba sola. Los hombres que se cruzaban saludos y cambiaban impresiones intrascendentes no podían evitar que sus miradas, algunas como rayos encendidos, y otras de irónico refilón llegaran hasta ella, por una parte disfrutando de su belleza y por otra preguntándose qué demonios hacía aquella mujer allí.

Louise Bauman había entendido que el encuentro no tenía carácter de formal, sin embargo, había atendido la recomendación de su superior para evitar llamar la atención en aquél grupo, más allá de lo evidente. Así que a la reunión debía de asistir vestida con el riguroso uniforme de oficial. Su traje se componía de dos piezas color verde gris con la botonadura dorada. La chaqueta corta realzaba su fino talle y enmarcaba sin pudor unos pechos firmes que se dejaban intuir entre el movimiento de sus solapas discretamente desabrochadas. Si uno se acercaba lo suficiente, como para saludarle, además del exótico aroma de su piel se encontraba de lleno con su escote sin poder desviar su mirada de aquel canal bajo la fina blonda del mismo color que el de su carne. La chaqueta se ceñía a su cintura precisamente en el punto del tercer botón atado, dejando libre la tela en un vuelo sugerente alrededor de sus caderas que, estudiadas en perspectiva, recordaban tanto a las de Marilyn. Sus piernas largas destacaban no solo por la armonía de su estructura joven bajo el brillo transparente de sus medias de cristal, sino por la firmeza de su musculatura y la decisión en su forma de andar desde de lo alto de sus zapatos de tacón.

Cuando se dispuso a entrar en la sala, notó los movimientos subrepticios de algunos oficiales dispuestos galantemente a sujetar la puerta mientras ella pasaba. —Y pensó: son como niños, pero me divierten tanto…

Había fracasado tantas veces en el amor que entonces ya, por fin instalada en su bellísima madurez, era capaz de ocultar al mundo su triste historia detrás del brillo ardiente y seductor de sus ojos negros. Había muerto para ella la palabra “piedad” en algún lugar de su infancia; quizás fue cuando aquél hombre le cogió de la mano a la salida del colegio y empujándola con dulzura hacia su coche le contaba historias que ella no entendía y la llevó a su casa y le rompió el vestido y le besó en la boca mientras sus manos buscaban por su cuerpo algo que ella aún desconocía y le rasgó también el alma con un arma dura y húmeda que llevaba entre sus piernas y le compró el silencio con amenazas mientras le lavaba tocándola de nuevo y la despidió diciéndole que le había hecho muy feliz y que volverían a verse cuando la dejó más tarde sentada a duras penas en la esquina de una calle oscura que —según le dijo cariñosamente— estaba muy cerca de su casa.

O quizás fue cuando en la universidad aquél imbécil de Knut y sus amigos que andaban siempre mofándose de las chicas la eligieron como reina de la fiesta y al terminar, cuando les acompañaron a todas a casa, la dejaron a ella para el final y en un descampado la tiraron al suelo y la violaron uno tras otro borrachos y entre carcajadas y obscenas la dejaron como una muñeca de trapo rota, herida para siempre porque después de aquello los médicos le dijeron que sería difícil que pudiera ser madre. Quizás por todo ello, después de terminar sus estudios de biología en la universidad de Oslo, recibió entrenamiento militar y se incorporó al ejército de su país.

II

El Dr. Mark Tarboven tomó la palabra. Su tez curtida contrastaba con el rubio de su cabello prácticamente rasurado. Sus facciones eran adustas en una cara en la que destacaba la avidez de su mirada azul. No hubo concesiones. Directamente habló de moral y de traición, habló de disciplina y patriotismo. Remarcó la decisión tomada por su gobierno de continuar con las obras hasta la puesta en marcha del ferrocarril de Fläm. En el país se empezaban a apreciar movimientos estratégicos de las fuerzas armadas del Reino Unido y Alemania. Aunque Noruega se había mantenido en su neutralidad y así lo había declarado a ambos bandos, sin embargo la situación se estaba complicando. Su posición estratégica era apreciada como posible base naval, su extensa costa posibilitaba el control del Atlántico Norte, y desde sus puertos se exportaba el mineral de hierro sueco, tan importante para la industria bélica.

Por primera vez, desde que era una niña, sintió el horror. Las palabras del ingeniero le llegaban al cerebro como un eco sordo ininteligible. El silbido en sus oídos se fue haciendo más agudo, la estancia empezó a fundirse en una especie de húmeda niebla gris. Le costó unos segundos, pero consiguió rearmarse. No podía desmoronarse ahora. Salió al exterior a respirar pero fue inútil; el ambiente viciado del asedio ya se cernía sobre el valle en su imaginación y en sus pulmones.

Cuando terminó la reunión el Dr. Tarboven fue saludando a los oficiales uno por uno y se detuvo especialmente ante Louise para mostrarle su admiración y sus respetos por ser la única oficial del proyecto. Dado que ella iba a dedicarse a la observación del impacto de las obras en el medio ambiente y que él sería el responsable de que llegaran a buen fin, sería necesario estar en contacto permanente aunque ello conllevase altas probabilidades de protagonizar algún indeseable enfrentamiento durante los próximos años hasta que se diera por terminada la obra. —lo dijo con una voz afectada y una cara de sorna para la que Louise no estaba de ningún modo receptiva—. Lo miró seriamente, amagando como pudo una leve sonrisa de cortesía…

Quedaron en encontrarse al día siguiente sobre el terreno, en la gran cascada Kjossen donde iban a iniciarse las obras de la estación intermedia del valle.

No le dijo que estaba horrorizada. No le dijo que ella se alojaría en la zona de barracones reservada para las familias de los trabajadores. No le dijo que era de familia judía…

“Serían meses difíciles y sombríos; sin incertidumbres. Las tensiones entre británicos, franceses y alemanes en la zona sirvieron para que el III Reich decidiera poner bajo su control a Noruega. Sus hombres, en algunos casos, fueron deportados y en otros casos fueron obligados a trabajos forzados en las grandes obras de defensa por todo el país. Las ciudades fueron las más afectadas por la ocupación nazi, pero la gran extensión del territorio permitió a la mayor parte de la población rural sobrevivir gracias a la caza y a la pesca, recursos que no controlaba el gobierno alemán”.


@mjberistain


2 respuestas a “La Oficial

  1. Muy buen relato, y muy fuerte en su contenido. Al horrible pasado que tuvo que sufrir esa mujer, se suma que estaban allí reunidos para realizar otros hechos también deplorables. Es tanta la fuerza que acumula el texto, que me ha sobrepasado. No podía soportar la rabia cuando leía lo que le hicieron a esa niña indefensa, en su juventud, y lo que ahora estaba viviendo. Hay personas que tienen que vivir con miedo y silencio toda su vida, y eso debe ser muy duro. Me quedo sin palabras para describirlo, pero quiero mostrar mi más sincera solidaridad y apoyo a todas aquellas personas que han tenido que vivir algo así. Y si alguien lee esto, y ha vivido algo así, aquí me tiene para lo que pueda ayudar.
    Un texto que me ha transportado a esa escena, como si estuviera en ese lugar, y eso no es fácil de lograr, pero tú lo has conseguido.
    Gracias María Jesús, esto que has escrito es para quitarse el sombrero, y decir ¡chapó! (lo escribo castellanizado si no te importa).
    Un abrazo.

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    1. Fran, sé que es fuerte. Te das cuenta de que es un texto en prueba que lo he tenido que publicar antes de darle el OK definitivo, pero era necesario que me atreviera a escribir con fuerza, con dolor, con desgarro y esto es lo que ha salido. Gracias inmensas por tus palabras, aprecio mucho tus comentarios. Un abrazo.

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