Mujer en negro



Si te llevara allí antes del amanecer,
lo primero que verías sería la bruma sobre el agua…

Hablábamos ayer de «sincretismo». Encontré, hojeando de pasada, en el libro de Michael Ondaatje «El paciente inglés», unas líneas de gran belleza y que volvieron a llevarme al tema de las religiones; a sus encuentros y desencuentros en un mundo con necesidad de que sus dioses se pongan de acuerdo…

«En la tienda había noches en que no conversaban y noches en que no cesaban de hablar. Nunca estaban seguros de lo que sucedería, qué fracción del pasado surgiría o si su contacto sería anónimo y quedo en su oscuridad. La intimidad del cuerpo de ella o el cuerpo de sus palabras en el oído de él, tumbados en el almohadón de aire que él insistía en inflar y usar todas las noches…

Él se apretaba contra el cuello de ella. Se deshacía con el contacto de las uñas de ella por su piel o tenía pegada su boca a la de ella, su estómago a la muñeca de ella.

Ella lo imaginaba, en la oscuridad de su tienda, como a medias pájaro, por algo en él que recordaba a una pluma, por el frío metal en su muñeca. Siempre que estaba en aquella tiniebla se movía como un sonámbulo, un poco descompasado con el ritmo del mundo, mientras que durante el día se deslizaba entre todos los fenómenos fortuitos que lo rodeaban, igual que el color se desliza sobre el color. Pero de noche encarnaba el sopor.

Si te llevara allí antes del amanecer, lo primero que verías sería la bruma sobre el agua. Después se alza y revela el templo a la luz. A esa hora a la que ya se habrán iniciado los cánticos a los santos; los cánticos que son la esencia misma del culto. Oyes el canto y hueles la fruta de los jardines del templo: granadas, naranjas. Por todo hay árboles sagrados y agua mágica. El templo es un abrigo en la corriente de la vida, accesible a todos. Es la nave que cruza el océano de la ignorancia.

… En el templo los representantes de todos los credos y todas las clases recibían la misma acogida y comían juntos. Podía dejar una moneda o una flor en la tela extendida del suelo y después unirse al gran cántico permanente».

Cierro los ojos
la bruma me arrastra
, sobre el temblor de las aguas
te siento, oscila tu ardiente oscuridad…


Una emoción sencilla


Todos los años por estas fechas, los escasos momentos de quietud que consigo suelen llevar mi mente a reflexionar sobre el tema de las religiones.

Hace tiempo leyendo a Rosa Montero, tuve que mirar en internet el significado de la palabra «sincretismo».

«Tendencia a conjugar y armonizar corrientes de pensamiento o ideas opuestas».

Como sincretismo se denomina el proceso mediante el cual se concilian o amalgaman diferentes expresiones culturales o religiosas para conformar una nueva tradición. La palabra, como tal, proviene del griego συγκρητισμός (synkretismós), que significa ‘coalición de dos adversarios contra un tercero’.

El sincretismo religioso es el producto de la unión de dos tradiciones religiosas diferentes que se asimilan mutuamente, dando como resultado el nacimiento de un nuevo culto con elementos y productos de ambos.

El artículo se titula «Todos nuestros dioses«.

«Las religiones organizadas han sido demasiadas veces en la historia el origen de las atrocidades más espantosas (y lo siguen siendo, como en el yihadismo); pero en el impulso religioso básico del ser humano hay también un anhelo de bondad, de fraternidad y de belleza».

Mi religión no la vivo como lo hacía cuando era una adolescente. Mucho ha cambiado, sin embargo, me ha quedado ese impulso religioso del que escribe Rosa; una especie de «espiritualidad» de la que no puedo ni quiero prescindir.

Aquí voy a referirme a su encuentro en el Parque con una mujer…

(una emoción sencilla)

 El otro día me encontré en el parque con una mujer de unos setenta años que vendía gorros, pulseras y diademas de punto que ella misma tricotaba. Era extranjera, no sé de dónde, y obviamente muy pobre, tanto por su ropa limpia, pero raída, como por los malos y feos hilos con los que tejía. Su rostro era hermoso. Debía de haber sido muy bella y tenía una sonrisa que iluminaba el lugar. Le compré una pulserita por cuatro euros y le di las gracias por su arte. Y entonces sonrió y me dijo: «Que tus dioses te protejan». Sí; en estos momentos de locura y de odio, ojalá nos protegieran a todos nuestros buenos dioses, nuestros ideales, nuestra voluntad de ser mejores. «Que tus dioses te protejan», me deseó la preciosa anciana. y ¿saben qué?

Me sentí verdaderamente bendecida.


@mjberistain
Imagen FRK049blogspotcom

Without going out


 Original publicado por Eddie Two Hawks 

 

 

Without going out of your door,

you can know the ways of the world.

Without looking through your window,

you can see the Way of Heaven. The farther you go, the less you know.

Thus, one of deep virtue knows without going,

sees without looking,

and accomplishes without doing.

 

source: Lao Tzu, Tao Teh Ching […]


 

Vals de Invierno


¿Serán tus alas

las altas mareas

de belleza fugitiva,

impuras fauces

de un cruento adiós

para un corazón aterido?

¿O será el resplandor de las noches

un eterno Vals de Invierno

aullando entre las ruinas

de la incierta Luz que espero?


@mjberistain

Arte en el Mesón de Cuenca


El Museo de Arte Abstracto Español en Cuenca celebra este año el cincuenta aniversario de su apertura el 1 de Julio de 1966.

El Museo está instalado en el Antiguo Mesón Casas Colgadas en Cuenca.

Alfred H. Barr, fundador y director del primer museo de arte moderno del mundo, el MoMa de Nueva York lo definió como «el pequeño museo más bello del mundo».

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The Huffington Post

El Museo fue creado por Fernando Zóbel junto con sus amigos Gustavo Torner y Gerardo Rueda en 1966. En él encontramos, además, obras de otros artistas como Miralles, Feito, De Labra, Chillida, Tàpies, Basterrechea, Oteiza, y otr@s.

“El sentido efímero es perfecto: ocurre y desaparece.Eso no se había dado en la plástica hasta el siglo XX y es un experimento que me interesa muchísimo, porque muchas veces me pesa la acumulación de elementos y de objetos. El que la instalación se produzca en un tiempo y un espacio y después ya solamente quede el recuerdo le añade una poética llena de sugerencia.” Soledad Sevilla.

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La exposición consta de tres partes:

Un conjunto de doce salas que permiten la rotación lenta de obras.

Fernando Zóbel además de su obra artística desarrolló una amplia labor como mecenas y coleccionista. En esta exposición se muestran lienzos y esculturas, obras sobre papel, maquetas,dibujos, obra gráfica, libros de artista, fotografías y documentos de su colección privada donada a la Fundación Juan March en 1981.

Una sala dedicada a la Obra de Zóbel y Torner que representó a España en la XXXI Bienal de Venecia en 1962. A la que acompañan la  de otros artistas amigos de la época hasta la creación de este museo en 1966.

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Tanto en las obras como en el interior de las salas también está presente
El Lenguaje de la Luz


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«El pasado debe ser transformado por el presente tanto
como el presente es transformado por el pasado».

T.S. Eliot


Merienda de Reyes


Tengo más de cincuenta años y me he quedado huérfana.

No voy a lamentarme ahora. No voy a entrar en detalles. Me educaron para saber que esto podría pasar. No me educaron para saber soportarlo, por eso estoy desolada y desorientada, pero tengo más de cincuenta años y estoy dispuesta a salir airosa de este encuentro con la soledad. Voy a empezar de cero.

La Navidad es el peor momento del año, para mí siempre lo ha sido. No solo porque tenía que ayudar a organizar las fiestas que organizaban mis padres en casa para toda la familia. Y como yo era la mayor de los hermanos, solía pasarme los días poniendo y quitando mesas, lavando y planchando manteles y servilletas de hilo, limpiando cientos de vasos y copas de cristal de bohemia, bajando las basuras llenas de restos de comida y confetis y preparando la casa para que todo estuviera perfecto el próximo día de fiesta. Me horrorizaba la Navidad, echábamos de menos a los muertos… En fin, que para mí no había otro momento peor en todo el año.

Pues, este es el peor año de mi Navidad.

¡Y voy a organizar una Merienda de Reyes! ¡Cómo suena!

Buscaré por internet fotografías de menús y mesas decoradas para hacerme la idea de cómo quiero que sea «mi» primera celebración de Navidad.  Vivo en un apartamento pequeño que no me da para poner un pino con bolas brillantes ni figuritas colgando. Pero voy a inventarme uno. Quiero que mis invitados disfruten, con todos los honores, de la Navidad. Quiero disfrutar con ellos y que ellos disfruten conmigo. Voy a darles lo mejor que me ha quedado; Amor. Amor por mis amigos y mi familia, amor por la vida… Mi casa tiene que respirar alegría ese día. Alegría de poder encontrarnos los que quedamos. Es así, ya me lo habían avisado.

Alguien me contó que la mejor mesa de Navidad en la que tuvo la suerte de participar fue la de su amiga Isabel, decoradora, que hacía solo unos meses había perdido a su hijo —un niño con una enfermedad degenerativa, ambos habían conseguido ser felices juntos durante quince años—. Como no tenía fuerzas para organizar nada, se fue a un «chino» y compró un montón de cosas, sin saber muy bien qué haría con ellas. Citó a sus mejores amigas a una merienda sencilla. Cuando entraron a aquella casa no pudieron contener la emoción. Les invadió una sensación de hermandad y de íntima alegría por conocer a aquella mujer que, increíblemente, se superaba cada día y se ofrecía a los demás con todo lo que iba quedando de su gran corazón magullado. Se abrazaron y después del llanto brindaron por la amistad y por el «nuevo tiempo».

Era una mesa fantástica con mantel, servilletas y platos de papel —no faltaban los bajoplatos de cartón dorado—. La cristalería era de plástico de un color suave que armonizaba perfectamente con el conjunto de la decoración navideña. Había bandejas brillantes ocupadas por embutidos y tostadas para el foie, taquitos de tortilla de patatas, fuentes de tomates troceados de todos los colores, rosquitos de pan de cereales con queso de cabra y salmón ahumado con ramitas de cebollino encima, rollitos de salchichas con bacon, volovanes de ensaladilla y gambas, pavo relleno fileteado y salsas de frutos rojos y de cebollas. Pastas de té recubiertas de fondant sobre las que había dibujado, en colores, estrellas, corazones y árboles de Navidad. No faltaban mazapanes, guirlaches, almendras y piñones. En el centro de la mesa, un cono de bizcocho decorado con frutas frescas; kiwis, frambuesas, cerezas, plátano, fresas, y en la punta una galleta en forma de estrella. En fin, un derroche; una verdadera celebración de amistad y simpatía.

Este año vendrán a mi casa, estoy feliz por juntar, en mi pequeño apartamento, a la familia que me queda. Algunos tendrán que sentarse en el suelo… El único lujo que puedo darles es mi cariño. Yo seguiré rezando en silencio por las noches, agradeciendo a mis padres la oportunidad que me dieron de vivir todo esto.

Con todo mi cariño y respeto a las personas que se sientan identificadas con este texto.

Feliz Navidad


@mjberistain

Detrás de los paisajes


 

A veces te descubro detrás de los paisajes,

tendido como el cuerpo arrasado de una ciudad desnuda

al límite del letargo de las caricias,

y tu piel… la lluvia repentina.

 

A veces eres como el vuelo leve de las aves,

otras, el gemido de las gaviotas,

eres como el dolor del mar, como su ausencia,

eres el viento desgarrado de las galernas.

 

Tú, el eco de los corazones silentes,

su voz y su naufragio bajo los puentes.

El pálpito herido de todas las palabras de dudoso futuro.

Eres la memoria de los placeres prohibidos.

 

A veces te descubro detrás de los paisajes

Al borde de las miradas que se pierden a las orillas del absurdo.

Eres la luz ante el asombro del olvido

la fragilidad de la ternura, el azul del llanto transido.

 

Sé que la noche no me miente

Por eso te busco por los abismos del insomnio,

por la herrumbre de sus paredes, y por la indolencia de los trenes

cuando llegan o se van y deslizan tus besos de niebla por los andenes…

 

 

@mjberistain


 

Con sabor a café

Dia 1

Todavía me quedan por preparar las camas de los niños. La verdad es que tengo dos sentimientos enfrentados: por una parte, una pereza visceral a desmontar toda la casa, mover muebles, deshacer camas, poner sábanas limpias, preparar las toallas que les gustan a cada uno, acordarme de renovar los cepillos de dientes, rellenar el frigorífico de petits suisses y palitos de cangrejo, de quesitos y yogures para los más pequeños y cervezas de malta para los chicotes, ¡por cierto! que no se me olviden las light o las de limón para las niñas ¡Ah! Y chocolate del bueno…Y, por otra parte, una ilusión irrefrenable por volver a verlos.

Dia 2

Anoche, como siempre cuando llegan, viví un derroche de amor. El tiempo pasa volando —ya se que es un tópico—, pero cada vez que veo a los pequeños me parece que son nuevos. La niña ya me lee (ella a mí) los cuentos. El pequeño se ha doblado de tamaño desde que la última vez lo tuve en mis brazos. El mayor tiene otros sueños, quiere hacerse mayor y ser como Ryder —de la patrulla canina—.

Querido diario, sabes que me levanto temprano para permitirme un par de horas a solas, tomarme un café de los míos y escribir unas líneas. Pero hoy resulta que el salón está lleno. Por el pasillo me llegan las voces de los «dibus» y, cuando me acerco, me encuentro a los niños como búhos pequeños colgando del sofá mirando a la tele mientras su padre, a su lado, se ha quedado dormido. Están tan concentrados que apenas me miran. Tengo que robarles unos besos de costadillo.

Necesito un café, —ya lo he dicho—. Amanezco perezosa en la cocina y empiezo mi ceremonial matutino. Un poco de fruta, tostadas con miel, un poco de leche para acompañar al café y, mientras se hace y gozo del silencio y de su aroma, leo entre líneas parte de un artículo titulado “El aroma que despierta al mundo”, que aparece en uno de los suplementos semanales de El País y que dice: 

“Edgar recoge a mano las cerezas de los árboles de café que tiene en su hacienda, a dos horas en coche de San José, la capital de Costa Rica. Con suma destreza, cuidado y una asombrosa velocidad separa los frutos, de color predominantemente rojo (también hay verdes y amarillos), depositándolos en una cesta anudada a su cintura… En su finca crecen cuarenta y siete especies de árboles. Aquel floreado tiene unos aromas fenomenales: se llama estoraque. Abejas y pájaros acuden a chupar de su miel… Las llaman cerezas. En su interior hay dos granos de café enfrentados, recubiertos por una fina película beige, húmeda, difícil de pelar, azucarada. Las semillas marrones, son muy duras, imposibles de masticar. Una leyenda cuenta que un rebaño de cabras en Etiopía y su pastor comieron unas cuantas y se pusieron a bailar…” (Ver nota 1)

 Eso es lo que necesitaría yo por las mañanas, masticar unas cuantas semillas de café para ponerme en marcha.

Dia 3

Hoy he decidido quedarme descansando un rato más en la cama, a ver si consigo que las pilas me duren más horas durante el día. No quiero perderme ni un minuto. Me siento feliz entre ellos. Cuando ya oigo sus pasos por el pasillo me ducho y empiezo a preparar los desayunos. Aquí no vale café para todos; y menos del mío…

La globalización me obliga a mantener mis cuatro cafeteras distintas a punto para cuando vienen mis hijos. Porque odian mi café. Yo no termino de entenderlo si, cuando vamos a una cafetería juntos, se toman cualquier cosa que les den, aunque hayan pedido un solo corto, un corto cortado, uno largo, un macchiato, un cortado normal, un capuchino, un café con leche, un descafeinado solo de sobre, otro de máquina con un poco de… ¿Cómo es posible que no les guste el mío?

Son las 16.00

Mientras dormitan te contaré que la última cafetera que compré fue una de esas de cápsulas. Pues que sepan que ahí sí que no saben si toman café. Leía en el artículo del semanal que “el café obtenido por el manager de Calidad y Desarrollo del Café Verde, el colombiano Alexis, el alquimista de la famosa empresa, es un genio trabajando con ochocientos compuestos químicos que garantizan el aroma y el sabor». Y desprecian el mío, que es cien por cien natural, únicamente tostado, con grano traído de los mejores cafetales de Colombia desde hace más de cien años.

Dia 4

Ya lo siento querido diario, pero, esta semana es mi tema recurrente. Menos mal que después de mi ratito de café a solas, disfruto del día como una campeona. No necesito otra cosa que tener a los míos muy cerca. Somos de distintas generaciones, lo sé. Pero este tema del café nos entretiene las tertulias. Me ridiculizan con cariño y le llaman aguachirri a mi café y yo hago como que me enfado y me río con ellos y me dejo querer.

En el mismo artículo he leído que «durante la fabricación se pueden obtener mezclas; cafés con distintos granos de varios orígenes puros; otros, a los que se han incorporado esencias nuevas para obtener más variedad de aromas y sabores alterando su sabor original». En fin, que podemos estar ante un producto elaborado con las más sofisticadas tecnologías, que puede ser perfecto —no lo niego— y al que también le llaman café.

De todas formas, mi querido diario, yo me mantendré fiel y seguiré preparándome cada mañana mi café cortado colombiano cien por cien, de tueste natural. Porque me gusta y porque llena de aroma familiar mi hogar cuando me transporta a otros cafés inolvidables mezclados con leche de vaca recién ordeñada y hervida —para que soltara toda la nata—, y que después la untábamos sobre tostadas de pan tierno a las que añadíamos azúcar espolvoreada.

Pero ya he dicho que somos de otra generación.

Dia 5

Querido diario, hoy no me ha sabido tan bien el desayuno como estos días de atrás. Ya estoy añorando sus voces, sus abrazos, sus risas y las charlas tranquilas en la mesa a las horas de comer o después, todos desperdigados por el sofá. Les he animado a que cuando pasen por Madrid visiten «La tienda que más café vende en el mundo». Recuérdame que esta Navidad le pida al «amigo invisible» un saco de buen café.

Nota (1) http://elpaissemanal.elpais.com/placeres/cafe-de-costa-rica


Revisado/Febrero23

Doce centímetros


—Sabía que eras tú por el taconeo de tus zapatos por los pasillos, princesa.

—Doce centímetros te contemplan, capullo. ¿Qué haces ahí tirado? No tienes cara de estar muriéndote. Casi me mato por llegar a tiempo…

Silvia se descalzó a golpe de patadas contra el aire y dejó volar su ropa sobre la cama, primero el abrigo mojado y después el vestido. Se quedó en tanga y con uno de los tirantes del sujetador languideciendo sobre su hombro desnudo. Lo miró insolente, casi con desprecio. No venía esta noche con ganas de tener barullo.

—¿Qué pretendes decir con ese «ahí tirado»? —dijo él. Si tienes algo que recriminarme, hazlo, pero no me toques las narices. ¿Qué has hecho hoy para venir como una osa malaya, o… —perdón, dijo— tan alterada?

Cogió del suelo el bolso con violencia, buscó el tabaco que no estaba, —seguramente se lo habría dejado en el cajón de la mesa del despacho. ¡Mierda! Era lo único que le faltaba después de haber pasado el día corrigiendo escrituras. Había salido a toda prisa pensando que la llamada era una emergencia —no como la última vez que le había tenido que llevar al hospital con una tiritona terrible y la cara con pinta de leche condensada y que, después de un par de pruebas y tres horas y media de espera por los pasillos, les habían dicho que no era nada, que era un mero ataque de ansiedad y que con un valium podían marcharse a casa—, total para encontrárselo tan fresco tirado en el sofá con treinta y siete coma cinco décimas de estupidez.

Necesitaba una ducha con pelo, después ya vería cómo sortear el momento, estaba claro que hablar no servía de mucho en los últimos tiempos. Él tenía claro cuáles eran sus sueños; viajar, por supuesto, y dedicarse a la pintura y a la publicidad por su cuenta —decía él— o a la “dolce far niente” —decía ella— porque, en realidad era lo que más le gustaba hacer en la vida; nada. Y a Silvia se la llevaban los demonios. Había dejado el trabajo de camarero para permitirse un año sabático e intentar comenzar de cero. En principio ella aceptó darle un voto de confianza, pero a las pocas semanas ya estaba arrepentida. Y furiosa. Cada día era más de lo mismo, él sin inmutarse dedicaba largas horas a pensar, largo en el sofá, y a pintar o a hacer garabatos infames ocupando el salón con todas sus pinturas y pinceles, rotuladores, papeles y lienzos, como si fuera en aquella casa el único inquilino. Dio un grito desde el baño:

—¡Hey! ¿Cuántas veces hay que decirte que cuando te duches, limpies tus pelos del baño?

Quiso pensar que el ruido del chorro cayendo en la bañera le había provocado sordera, y volvió a gritar asomando medio cuerpo chorreando agua fuera de la mampara.

—¡No lo soporto! —Soltó un gruñido que no llegó a ningún sitio.

—¿Cómo dices? —Llegó entre el vaho la voz del italiano en sordina.

Silvia se volvió enfurecida soltando otro grito y un par de palabras soeces a cámara lenta, a medida que su cuerpo resbalaba saltando en el aire para caer retorcido en la balsa de espuma.

—¿Estás bien? —Decía él llegando a su lado.

—¿Cómo es posible que me preguntes si estoy bien? —Vale, estoy estupenda, solo quería dar un paseo por las nubes —dijo—, mientras se sorbía los mocos jabonosos.

Se sintió ridícula ante él, como una tierna payasa sin maquillaje —afortunadamente no se había partido la crisma.

—¿Qué me decías, amore?

—¡Te odio! No me llames «amore» y sácame de aquí —decía ella gritando enfurecida y chapoteando en el agua, a la vez que intentaba deshacerse de la madeja jabonosa en la que estaba enredada.

—Lo siento. Quizás deba de llamar al 112 para que te rescaten los bomberos.

Y riéndose socarronamente le retiró con delicadeza los mechones mojados de pelo que le caían por la cara. Ella se resistía manoteando, intentando hacerlo ella misma. No quería ceder ni un milímetro más a la seductora desfachatez del italiano que se había convertido en una garrapata en su vida. Sonó el timbre de la puerta.

—Buen día, —anunció un tanto despistado el cartero, sin mirarle a la cara, mientras le entregaba un sobre amarillo certificado.

—Es usted Silvia… ¡ejem!, perdón. Me habían dicho que aquí vivía una chica despampanante, pero he debido de despistarme chaval —dijo en un tono irreverente y desenfadado el cartero—

—Mira tío, dame el sobre que la persona que buscas, que por cierto es mi chica, está ocupada en este momento.

—Bueno, bueno, usted perdone. El caso es que tiene que firmarme los papeles, así que si no le importa aquí espero.

El italiano dio un portazo, dejándole fuera al individuo del chaleco amarillo.

Volvió para encontrarse a Silvia en el baño bufando como un jabalí —o jabalina, como quiera que se diga— todavía sentada en el suelo, tratando de recomponer la compostura. Estaba decidida a echar de casa a aquel seductor buscavidas con el que —ahora no entendía por qué— convivía desde hacía ya más de tres años. Consiguió recuperar su verticalidad y odió verse allí de pie desnuda cuando él volvió a buscarle.

—Tu cartero está esperándote en la escalera. Algo tiene para ti que tienes que salir a firmar.

—Pues, te parecerá que estoy en condiciones de atender a nadie…

—Ese no es mi problema, princesa.

—Eres un imbécil. ¿No podías haberle dicho que viniera en otro momento? —dijo Silvia encolerizada.

—Pues… viene preguntando por una “tía despampanante” —dijo irónico. Supongo que “eso” serás tú…

Sí, ¡no te jode! yo con doce centímetros de tacón y rímel en las pestañas, —murmuró para sí misma, mientras salía al encuentro del cartero recogiéndose el pelo todavía húmedo con una pinza de plástico en el cogote y se ataba el albornoz con doble nudo.

Lo encontró sentado en la escalera con los cascos puestos escuchando música y su maletín de trabajo tirado a su lado. Silvia, al ver que no se enteraba de su presencia, optó por darle un puntazo con el pie para hacerse notar.

—Espero que sean buenas noticias para ti. Llegan de muy lejos. —apuntó con desparpajo el cartero mientras le ofrecía el recibo que debía de firmar.

Silvia hizo de tripas corazón para parecer amable.

—¿De dónde viene?

—Viene de Australia. —Allí pasé tres meses yo el año pasado, recorriendo el país. Por cierto, espléndido. Algún día volveré, quizás para quedarme.

Silvia entró en shock. Firmó como pudo el recibo y lo despachó urgente. Esperó por cortesía, con emoción contenida, a que el cartero cogiera el ascensor. Cuando lo perdió de vista cerró la puerta de la calle y, sin cruzar ni una palabra con el italiano que estaba pendiente del mensaje, se encerró en la habitación. Se calzó sus zapatos rosas de doce centímetros de tacón y se puso a llorar delante del espejo con el sobre apretado a su pecho.

Una mueca tragicómica la observaba. Se echó a reír ruidosamente. Metió algo de ropa en una mochila, el neceser, el móvil, el ordenador y algunos libros y, con su pintalabios favorito escribió en grandes letras rojas por todos los espejos: Arrivederci, Amore. Dio un portazo y no esperó al ascensor; bajó por las escaleras de cuatro en cuatro…

@mjberistain


Leonard Cohen



Artículo de FELIPE BENITEZ REYES

Domingo, 13 de noviembre 2016

(Escribí esto que sigue en 2011. He escrito otra cosa de urgencia, tras su muerte, que se publicará el próximo viernes en EL CULTURAL del diario EL MUNDO.)

LEONARD COHEN ha conseguido reducir su voz a un susurro hipnótico. ¿Por merma de facultades? Sí, pero quizá también por privilegio de su destino: su voz es algo que está ya por encima de la voz, algo que ha logrado convertirse en la metáfora frágil de sí misma, en una fantasmagoría, purificada. Es la salmodia penumbrosa del superviviente, con su traje gris de empleado discreto de funeraria, con su borsalino de hampón dandístico, con su figura descoyuntada de anciano arrullador de batallas antiguas del sentimiento, galán en sus ocasos triunfales, con su sonrisa beatífica propia del monje budista que es, conocido en los monasterios del ramo como Jikan Dharma, que significa el silencioso.

Leonard Cohen sale al escenario con pasos alegres de duendecillo del país de las tinieblas amables. Se arrodilla. Junta las manos en gesto de plegaria. Se destoca. Sonríe. Da las gracias. Empieza su conjuro. Sus canciones nos llegan desde muy lejos: los adolescentes de los 70 del siglo pasado que tocábamos la guitarra teníamos un repertorio de estándares en el que no faltaba “Suzanne”, aunque con cierta licencia en los arpegios, porque éramos aprendices y había que esquematizar los alardes. Aun así, aquella medio chiflada seguía ofreciéndote té y naranjas de la China. Y el Cristo -abandonado, casi humano- permanecía en su torre solitaria de madera. Y aprendías a buscar entre la basura y las flores. Y el sol caía de lleno, como una miel, sobre la dama del muelle. Etcétera. Y nosotros, en fin, bailábamos aquello con las niñas, en la noche artificial de las fiestas tempraneras de los sábados.

Ha pasado el tiempo y ahí siguen sus canciones, más intensas aún porque se han aliado con el tiempo nuestro, con el tiempo de adentro de cada cual, con la historia de cada uno. Estamos en ellas. Conmueve este Cohen de postrimerías. Tan roto y tan poderoso. Tan de cristal y tan irrompible. Tan sujeto a la música por casi nada: por la exactitud temblorosa de la emoción, que es a fin de cuentas el todo. Este Cohen oferente y educado, con su espectáculo grandioso de susurros. Este Cohen que, con apenas cuatro notas básicas, ha sido capaz de escribir canciones que son historias, historias que son poemas, poemas que son música, música que es un himno de intimidad. Este trovador dulzón y oscuro, amargo y luminoso, con su lentitud interior de emocionado reflexivo, con su voz a media voz, con su porte de vendedor honrado de diamantes, de hombre hecho serenamente al encogimiento de hombros y a las fatalidades prodigiosas que nos depara el mundo, como un personaje escapado de una página de Isaac Bashevis Singer, este Leonard Cohen, decía, parece venir desde muy lejos cuando sale al escenario y se destoca.

Parece venir de un tiempo invulnerable al tiempo, de una intemporalidad mágica en la que los sentimientos son inmortales, mientras nosotros vamos de paso por aquí, acogidos a la indefinición y a la fragilidad, y alguien baila ante nosotros con un violín en llamas.


The End of Love

 

No tengo palabras, hoy.
Me quedo con la sabiduría de las suyas y su forma de expresarlas.

Fotografía destaca de AquariumDrumkard


Brindis por unos versos


 
«El amor, como todo, es cuestión de palabras»
Luis García Montero

He vendido mi alma por unos versos,
mis sueños, por un puñado de besos en la niebla…

Soy un rayo sin luz,
un ramo de hojas escarchadas,

el placer piadoso de un racimo de buen vino.

Vivo en los abismos de la memoria y sobrevivo
entre las líneas y los puntos suspensivos
de esta especie de literatura desorientada,
en sus metáforas y en su sentido clandestino.
 
Apuro la copa de veneno del insomnio
cuando  el brillo de la noche muerde
y un conjuro de amor perverso se hace dueño
de las almas y celebra un brindis
con la luna,
sobre el rastro de sus brasas encendido.

Podría contarte que en mi casa

los relojes ya no arañan
la espalda de las pasiones por los pasillos,
que soy íntima del tiempo detenido;
una cita esperanzada
en un banco del camino,
la lluvia lenta de un día de abril
a la orilla de la bruma

y de la palabra melancolía.


EL SALVOCONDUCTO

De mi libro La canción de NERTA


La obra del ferrocarril se preveía que estuviera terminada en dos años. Ya se habían completado los trabajos de la planta de energía y la estación intermedia en la cascada de Kjosfossen. Quedaban por colocar los últimos cinco kilómetros de vía. Pero cuando Alemania se hizo con el poder — en 1940— las autoridades ordenaron continuar con la construcción, para la cual sometieron a obreros noruegos a trabajos forzados en la obra en lugar de deportarlos a Alemania. De esa forma consiguieron que el ferrocarril se inaugurara a primeros de agosto de ese mismo año.

Una noche, mientras cenaban, Mark le anunció a Louise que debía de ausentarse. La reunión con el alto mando iba a celebrarse en Oslo y se quedaría allí algunos días más. Su corazón dio un vuelco, entre las luces rojas que se encendían inquietas en su interior y la mirada inocente de la niña en su regazo. La apretó contra su pecho como buscando un consuelo desesperado ante el desapego de las palabras de aquel hombre por el que habría estado dispuesta a darlo todo.

Louise pasaba la mayor parte del día trabajando mientras Ulma estaba consiguiendo rehacerse con el paso de las horas ayudada por el respeto y el cariño que le ofrecía Louise y la emoción que le embargaba al poder tener entre sus brazos a aquella criatura que era como una continuidad de su propia vida. Pero pasaba las noches valorando la propuesta de Mark de casarse y adoptar legalmente a la pequeña, dándole su propio apellido. Atrapada en la soledad de su silencio, aceptó. Pensó que su unión podría servirle de salvoconducto para ella y para la niña antes de que llegaran tiempos peores.

Se estaban produciendo en Europa movimientos en contra de los judíos y su temor secreto crecía por momentos horadando su ánimo que, por nada quería que se le notara cuando vibraba en brazos de Mark. Pensaba en sus padres, inmigrantes en Suecia país en el que, de momento no parecía temerse la incursión alemana. —Alemania era dependiente del hierro de las minas suecas y de otros materiales para mantener su maquinaria bélica, además de que utilizaba sus vías de comunicación terrestre para llegar a países como Noruega y Finlandia—. Podría alegar enfermedad grave de su padre —que ya manifestaba problemas de corazón— e instalarse provisionalmente con ellos para, desde allí, trasladarse con su hija adoptiva lejos de la zona de conflicto. Fueron días de insomnio y pesadillas que disimuló con inmenso esfuerzo cuando Mark llegó de su viaje de Oslo.

Los trámites para la adopción seguían un curso desigual. Se esperaba la puesta en marcha del primer hogar Lebensborn en Noruega, —una institución benéfica para las mujeres de los oficiales de las SS,  que mediante instalaciones como clínicas de maternidad, orfanatos, o servicios de adopción también ayudaría a los nacidos de padres alemanes y madres noruegas, a mujeres noruegas violadas por militares alemanes y a otras que se ofrecieran voluntariamente al proyecto de expansión de la raza aria que promovía el gobierno alemán—.

Él, por su parte, lejos del protocolo de su viaje, pensaba en ella y en la niña. Su nueva misión le reconocía el máximo poder de las fuerzas alemanas en el país. Había sido nombrado comisario y jefe de la administración alemana de Noruega, lo que hacía de él en la práctica el auténtico gobernante del país. Seguiría fielmente los postulados del III Reich como había jurado, y que además, coincidían con sus propias obsesiones particulares. Se casaría con una mujer noruega y tendrían hijos, incluso adoptarían a aquella niña huérfana de un oficial alemán y una mujer noruega, siendo él mismo ejemplo de los objetivos nazis para la generación de la raza superior que poblaría Europa. Pero en su fuero interno la presencia cercana de las tres mujeres pensaba que podía afectarle negativamente en su dedicación al III Reich, planteándole problemas morales, y  eso no estaba dispuesto a discutir con nadie.

Desearon el reencuentro sin cuestionarse nada hasta después de varias horas de entregarse  al placer de vivirse en aquel ambiente íntimo y familiar, con la niña dormida plácidamente a los pies de su cama. En aquellos momentos Mark dejaba de ser el militar que dinamitaría los últimos vestigios del gobierno noruego para imponer el control de Alemania.

—Hemos llegado demasiado lejos, dijo un sombrío Tervoben a una Louise angustiada por las repercusiones de la guerra en sus vidas.

—Quiero que seas mi mujer, juro protegeros a ti y a la niña, darle mi apellido y cuidar de que nada os falte. Alzó su mano derecha para reforzar su juramento. Louise cerró los ojos y apoyó la cabeza en el pecho del alemán. Él la rodeo con sus brazos poderosos besándole la frente mientras escuchaba la suave voz de Louise en un susurro delirante.

—Mark, pero tenemos que irnos…

La ceremonia civil fue breve y Louise se mantuvo en su casa con Ulma y la niña hasta que obtuvo los documentos oficiales de adopción de Gunhilda y los visados para el viaje de las tres a Suecia. El permiso fue concedido por el motivo de grave enfermedad de su padre y la necesidad de asistencia para su madre imposibilitada. Saldrían en el tren a Myrdal, y de allí a Oslo, donde se quedaría Mark. Las tres mujeres tendrían a su disposición un coche para llegar hasta la frontera de Suecia. Allí no tendrían ningún problema, dado que los visados estarían firmados y sellados por la oficina del propio Comisario del Reich.

Era medianoche cuando llegaron después de un largo viaje en el que apenas se habían cruzado algunas palabras, a Oslo, con el miedo agarrado a sus entrañas. Allí cientos de policías y grupos de militares nazis armados habían tomado la estación y desfilaban, de un lado para otro, bajo una amenazante y tenebrosa luz amarillenta. El pánico se concentraba en sus miradas. Ulma cabizbaja, cubierta por un sombrero que ocultaba su angustia, asumía su destino porque no tenía nada que perder, por otra parte parecía sentirse  protegida, sin saber muy bien de qué ni de quién, o hasta cuándo. Para Louise la niña era su salvoconducto. El coche, un BMV 335 negro esperaba a la salida de la estación. El chofer, un oficial de las SS, entregó las llaves a Louise una vez que estuvieron instaladas en su interior, en la parte trasera del vehículo Ulma y la niña.

El Comisario del Reich Mark Terboven tomó las manos de la Oficial Louise Carson fijando sobre ella su mirada incisiva. No hubo tiempo para la ternura. Ella abandonó el gesto atendiendo a la urgencia de una despedida que le llenaba de desasosiego, pero no de dudas. Estaba dispuesta a que aquella fuera la última de su historia juntos. El se quedó rígido en la puerta de la estación y saludó con un gesto militar a la silueta del coche que desaparecía entre la niebla.


NOTA:
La imagen de portada fue tomada de internet en 2016, era de tamaño mínimo. He querido conservarla y he probado aumentarla con IA, aunque haya perdido calidad. No era buena originalmente, pero en su día fue la imagen elegida para este relato. Sorry…


LA OCUPACIÓN

De mi libro «La canción de Nerta»


«Dormíamos hasta que llegastes con tu corazón diminuto
a la casa de madera para compartir dentro todo el bienestar
¿acaso no sabes que es cierto? »  -Japandia-

 

Todos los habitantes del pueblo trabajaban en la obra, también jóvenes de los pueblos de alrededor, incluso algunos llegados del extranjero. Lo llevaban haciendo desde cuando se había iniciado los trabajos, en 1924, como carreteros y constructores de vía, días y noches abriendo las montañas con sus manos. Se construirían veinte túneles, a lo largo de un paisaje salvaje, pendiente y escarpado. Los trabajadores venidos de fuera del pueblo vivían en barracones de madera expresamente construidos para ellos. Se habían organizado en forma de comunidad a la que se habían incorporado también algunas de sus familias. A medida que avanzaba la obra, Myrdal, sin embargo, se convertiría en  residencia para los oficiales.

Allí se había instalado el joven ingeniero alemán Mark Terboven, designado para supervisar los trabajos durante el último período de la obras. Era el otoño de 1939 y la puesta en marcha del ferrocarril estaba prevista para el otoño de 1942 —tres años más tarde—.

El bar de Fläm acogía a todos por igual. La presencia del viejo dueño Bjorn era permanente aunque ya solo se dedicaba a departir con sus amigos y vigilar que la comida caliente y el pan tierno de cada día estuvieran asegurados y sus clientes bien atendidos por parte de sus dos hijos Eirik y Frigga.

La Oficial Louise Carson que llevaba trabajando en el valle desde hacía cuatro años, prefirió quedarse a pie de obra en una pequeña casa de madera en la zona de barracones. Era una mujer vital e inquieta; su carácter fuerte y su espíritu conciliador habían hecho de ella una persona admirada y muy respetada por todos los que le conocían. Cuando llegó, enseguida había simpatizado con las familias. Sus padres eran judíos de procedencia austríaca y se habían trasladado a Suecia huyendo de los desórdenes en el centro de Europa siendo ella aún una niña. Cuando terminó su educación básica Louise eligió estudiar Biología y sus padres le facilitaron el trasladó a la Universidad de Oslo —antigua Real Universidad Federicana— al mismo tiempo que se especializaba en fotografía. Su madre le había inculcado su pasión por la lectura y ella fue descubriendo que además le gustaba escribir. Lo hacía después del mediodía, cuando ya había oscurecido y hasta bien entrada la noche, en artículos sobre historia natural en los que incluía imágenes tomadas en sus salidas a la montaña. Consiguió que se los publicaran en la revista mensual de la propia universidad. Una vez terminados sus estudios, se alistó en el ejército noruego como técnico en protección y conservación de recursos naturales. Adoraba su trabajo y el país que había elegido para vivir. Le hacía feliz el contacto con aquella prodigiosa naturaleza: la belleza sobrecogedora de los fiordos, las montañas escarpadas, las amplias mesetas nevadas o las laderas verticales, los  bosques abrigados, los glaciares, las cascadas cayendo en las aguas de archipiélagos y playas de arena blanca. La luz de las noches en las que el sol no se ponía, o el resplandor del ártico sobre el silencio de las inmensas extensiones de hielo… Adoraba también la alegría de los pequeños pueblos costeros.

Se dejó caer agotado en una de las sillas de madera, los brazos del ingeniero colgando a los lados de su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos durante varios segundos, o quizás incluso minutos. No se dio cuenta. Le sobresaltó el chirrido inoportuno del vaso de cerveza que Eirik dejaba sobre la mesa. Al verla, sentada enfrente suyo con una sonrisa complaciente, de repente no supo dónde se encontraba. Se incorporó agitando su cabeza de un lado a otro y pestañeando para desperezarse con toda la dignidad de la que fue capaz ante aquella mujer que le había pillado por sorpresa.

—He debido de quedarme dormido, ¡lo siento! —Bostezó, cubriéndose la boca con ambas manos—

—No hay problema, —sonrió Louise— no quería molestarle y estaba aquí esperando tranquilamente. Este es un lugar perfecto para descansar y reponerse. ¿No es cierto? Yo también suelo hacerlo, pero… es curioso que no hubiéramos coincidido aquí antes.

—Bueno —dijo mirándola sin moverse de su asiento— es un placer ¿señora?

—Soy, por si no lo recuerda, Louise Carson. Nos saludamos en la reunión de oficiales en Myrdal hace solo unos días.

—¡Oh, sí!, me acuerdo perfectamente de usted, aunque debo confesarle que, en algún momento cuando la conocí pensé que… —el oficial bajó los ojos y miró al vaso de cerveza intentando justificar la intención de la frase que se le escapaba de la boca, casi sin querer— bueno…, pensé que qué demonios hacía una mujer como usted en un sitio como éste…, —y añadió urgente con una cómica inclinación de cabeza— con todos mis respetos, señora Carson.

A ella le hizo sonreír el comentario y lo aceptó condescendiente.

—De acuerdo, —dijo el hombre— aunque por lo que veo usted ya sabe quien soy yo, en todo caso me presento. Se agitó en la silla, bebió un largo sorbo de cerveza y colocando el vaso en el centro de la mesa, sin soltarlo dijo: soy Mark Terboven. Trabajo con un equipo de diez personas supervisando el trabajo y las necesidades de los hombres, de los movimientos de tierras, de la electrificación, la canalización de las aguas, la puesta en marcha de la central eléctrica, de la colocación de vías…, en fin, soy responsable de que el proyecto llegue a buen fin en los plazos previstos. Así que —compuso en su boca una sonrisa irónica— probablemente yo sea el hombre que busca…

Se hizo un silencio entre ambos que él rompió levantándose de la silla y ofreciéndole su mano a modo de saludo de bienvenida.

—Ahora…, hablando en serio, ¡déjeme que le invite a una cerveza!

—En realidad —dijo Louise— estoy aquí porque en algún momento tenemos que hablar usted y yo de la estación intermedia de la cascada.

Aquella misma tarde y las siguientes, cuando oscurecía, se encontraban en el bar de los hermanos Eirik y Frigga. Sentados uno al lado del otro, sus conversaciones giraban mayormente en torno a la obra. Un par de cervezas solían conseguir suavizar las tensiones de trabajo que les habían enfrentado durante el día. Hablaban también de la guerra —que se avecinaba— y de aquél futuro próximo que para ellos estaba tan lleno de interrogantes. Poco a poco fueron introduciendo comentarios personales en sus conversaciones. Se dejaron llevar por el placer de la compañía y de la complicidad, incluso hasta notaban cómo iba creciendo en cada uno de ellos una cierta dependencia del otro que les salvaba de las noches de miedo cuando el cielo amenazante se llenaba de destellos de mortíferas bengalas cuyos sigilosos silbidos se escuchaban cada vez más cercanos.

Louise, cuando se retiraba a su casa, se dedicaba a revelar las imágenes que había tomado durante el día y a redactar informes. Cuando el sueño se le resistía escribía artículos sobre naturaleza que a veces se publicaban en algunos periódicos locales. No era su problema la soledad en aquellos momentos. En su interior, lejos de arrugarse su espíritu, crecía un conflicto que le obligaba a pensar en la acción. Sin embargo, el acercamiento que se estaba produciendo con Mark le impedía hacerlo con determinación. Por su parte él iba apreciando ciertas señales de que había entre ellos un muro que parecía insalvable, y eso aún le interesaba más de aquella mujer que se le estaba clavando en el alma.

—Hoy háblame de lo que te atormenta. —Dijo Mark con voz severa una de las tardes, mirándola a los ojos—. Se produjo entre ellos un silencio tenso. Mark pasó su brazo sobre los hombros de ella y la apretó contra su costado quitándole importancia a su negativa de enfrentarse al tema. Amaba a aquella mujer.

Les costó más que otras tardes despedirse hasta el día siguiente. Un haz de luz blanquecina se filtraba por la ventana aquella noche. Louise se quedó adormilada en el sillón al lado de la chimenea contemplando el leve y lento desplazamiento de aquella estela polvorienta sobre su mesa de trabajo. Pensaba en él, en su último abrazo que se había demorado más de lo habitual. Se había sentido extraña en sus brazos. No había sido un abrazo fraternal como otras veces, tampoco habían ayudado a entenderlo sus uniformes de oficial, lo sabía. Pero  había sido un gesto nuevo en el que se había encontrado con un espacio lleno de cálidas sensaciones a las que no había podido resistirse. Pensaba en él. En cómo se había despegado, sin soltarla de sus brazos, para mirarla a los ojos. Después se habían separado sin decirse nada…  Se dejó invadir por el sopor imaginando cómo sería el color y el calor de su piel desnuda. ¿Cómo podría explicarse?. Era capaz de explicar el aire rozando las colinas, el sonido del agua discurriendo por los valles, el grito de algún animal herido desde la lejanía, pero, ¿como explicar aquel mundo de miradas sugerentes, de gestos equivocados y esquivados tantas veces, de palabras que se dejaban caer como si no tuvieran ningún sentido? Aquella tarde había leído el deseo en sus ojos y ella se había agarrado a él como tratando de evitar un precipicio. ¿Cómo explicarse cómo era él y el susurro de su voz deslizándose en su cuello pronunciado su nombre, sus labios lamiendo lentamente sus ojos con la humedad de sus besos, el roce de su mejilla en la suya, sus caricias revolviendo su pelo, o la violencia del vértigo al puro vacío en sus manos atrayéndola firme hacía su vientre encendido…?

Sentía su presencia cercana en el temblor delirante de su cuerpo, sentía su presencia y cómo  se iba apoderando de ella y de su sueño en el oscuro silencio.

Le despertaron a mitad de la noche las voces y los golpes en la puerta.

Afuera la noche oscura enmarcaba la palidez sobrenatural de la cara desencajada y sudorosa de Ulma. Llegaba sin resuello, sus manos temblorosas se apretaban con saña a su delantal manchado de sangre.

—Ven conmigo rápido. Louise por favor, te necesito. —consiguió gritar tartamudeando de angustia—

Louise no preguntó nada, no se lo pensó y salió corriendo detrás de aquella mujer, horrorizada. Todavía estaban con vida cuando llegaron. La criatura yacía junto a su madre entre toallas y fluidos y restos de cordón umbilical como un desperdicio gelatinoso y morado, inerte. Las dos mujeres se miraron, no hablaron, intentaron con su coraje y sus manos temblorosas reanimarlas. Cuando la niña lloró Louise elevó los ojos al  cielo agradeciendo al Creador su ayuda en aquel instante, pero lloró amargamente cuando se desvaneció finalmente el latido de la mujer que le había dado vida a la pequeña.

—No tiene a nadie más, —se escuchó apenas el lamento de Ulma, sudorosa, con el pelo pegado a la cara y  lágrimas imparables brotando de sus ojos, mientras sostenía, apretado a su pecho, el pequeño fardo con vida que lloraba con desconsuelo—. Ulma era una mujer muy respetada y muy querida en el pueblo. Había sido matrona y cuando se retiró y se quedó viuda, continuó ayudando generosamente a las familias. Ulma quiso explicarle a Louise cómo se había complicado un parto que en principio no tenía ningún riesgo. Quiso explicarle que el padre de aquella criatura era marino y había muerto en febrero de aquel mismo año en los incidentes con el buque alemán Altmark en aguas neutrales. Quiso explicarle que ella les conocía bien, que había ayudado a aquella mujer desde su nacimiento, cuando milagrosamente había sido encontrada abandonada, todavía viva, en la base de la gran cascada Fjossen  y el pueblo se la había encomendado a ella para su cuidado, que también la había ayudado durante su tiempo de duelo por la muerte de su marido y con su embarazo. Que era la hija que ella siempre deseó tener… Pero su voz no pudo.

Aquella noche de urgencias con la devastadora sensación de muerte a su alrededor, las dos mujeres decidieron ocuparse ellas mismas de solucionar los dos problemas; el enterramiento de la joven y el cuidado de la niña hasta que oficialmente se le pudiera dar una solución. Louise fue quien se ocupó de avisar al médico del hospital de campaña para que revisara a la niña y les ayudara con las gestiones de la mujer muerta. Convinieron en que, en principio, ella se haría cargo de los gastos necesarios para sacar adelante a la pequeña y contrataría a Ulma y le pagaría un sueldo para que se ocupara de sus cuidados el tiempo que necesitaran hasta poner orden en aquel caos. Se organizó para instalar a Ulma y a la niña en su propia casa. Había espacio suficiente y estarían más cómodas las tres. Las horas se alargaban contemplando la evolución de la pequeña mientras cavilaban en darle un nombre. Convinieron en el de Gunhilda —cuyo significado era «doncella en la batalla»— , a ambas les pareció que sería el más adecuado para una mujer que nacía para ser una luchadora en la vida.

Aquella tarde Mark se encontró a una Louise conmocionada que se apretó a su abrazo exhausta. Se rompió en lágrimas bajo la luz amarillenta del parpadeante rótulo del bar. Entre ellos, ambos vestidos de uniforme, descubrieron la grandeza del amor; del amor de la entrega, del amor de la comprensión, de la caridad, la del amor carnal. Aquella noche y las siguientes hablando al calor de la lumbre, fueron desatándose las pasiones; el miedo, la rabia, la responsabilidad, la impotencia… Se miraban uno al otro como si fueran náufragos sin historia ni porvenir en una isla desierta. El silencio de los bombardeos cercanos les asustaba más que el amanecer de otro día entre el caos de la tierra herida; les asustaba más que la imagen de mujeres y niños arrastrando la sed y el hambre por las laderas de aquél bellísimo paisaje que estaba siendo ocupado. Solían amanecer abrazados, sus sueños turbulentos se interrumpían varias veces durante las noches por caricias envueltas en el placer de la proximidad inevitable de sus cuerpos. Se amaban desesperadamente, sus ojos se llenaban de lágrimas de emoción y agotamiento. No había lugar para la soledad en aquel hogar de materia parecida a la ternura. Cada amanecer les sorprendía con la rendición escrita en sus miradas frente al campo de batalla; el amor debía de ser algo así como la pura necesidad de alguien a tu lado cuando el mundo se desmorona. Había estallado sigilosamente por sus venas, arrinconados, contra el muro de la guerra.

Abril llegaba ese año estremecido, con el color de la ceniza en el paisaje. La gente se movía cabizbaja, como somnolienta, no había alegrías que contar, el bar parecía un lento corazón siniestro, ocupado por gentes desconocidas hablando en el idioma del horror. Los mayores dejaron de frecuentarlo y se reunían en la casa de alguno de ellos donde ya solo hablaban, en voz muy baja, de resistencia. Era la primavera de mil novecientos cuarenta.

firma


El lado frágil de la impertinencia


 

 Con qué ferocidad y a qué hora inoportuna salen tus veinte años de la fotografía para exigirme cuentas. En los ojos heridos de la luz sostienes la mirada de mis sombras, desdeñas la lealtad de mis recuerdos, en la piel transparente anegas el cansancio de mi piel y defines mis años por traiciones.

No escandalices más, hablemos si tú quieres, elige tú las armas y el paisaje de la conversación, y espera a que se vayan los invitados a la cena fría de mis cincuenta años. Por evaporaciones, como las aguas sucias de los charcos se acercan las nubes, caminaré contigo hasta la plaza de tu juventud. Allí están los magníficos árboles de las ciencias y las letras con sus palabras en el mes de mayo, y el orden de los números a la orilla del tiempo, más cerca de las sumas que de las divisiones.

Imagino tu voz, supongo el aire —porque a veces regresa hasta mis labios en noches de espesura— con el que afirmarás que toda libertad es una roca, que no faltan el viento y las razones, sino la voluntad en el timón, para gritar después que mi conciencia es ya ropa tendida, palabras puestas a secar.

Tendrás razón. No digo ni la mitad de lo que siento. Pero recuerda que mi soledad, la que arde en mi lámpara de desaparecido, es el silencio de las causas públicas. Y puedes comprenderme: mis amantes dormidos, el cajón de los barcos indefensos, un teléfono antiguo…, todas las tachaduras se parecen a la inquietud que sufres ante la vida en blanco.

Ya que fuerzas mis sombras con tu luz comprende mi silencio en tus exclamaciones. Porque sabes que sé el lado frágil de la impertinencia, lo que hay de imitación en tu seguridad, la certeza que llega de los otros para empujarte por el afán de ser el elegido, por el deseo de gustar, hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.

Aceptaré las quejas, si tú me reconoces la legitimidad de la impostura.

Ahora que necesito meditar lo que creo en busca de un destino soportable, me acerco a ti, porque sabías meditar tus dudas. Cuando tengas la edad que se avecina, admitirás el tiempo de los encajadores, la piel gastada y resistente, el tono bajo de la voz y el corazón cansado de elegir sombras de pie o luz arrodillada.

Después de lo que he visto y lo que tú verás, no es un mal resultado, te lo juro. Baja conmigo al día, ven hasta los paisajes verdaderos en los que discutimos, y me agradecerás la difícil tarea de tu supervivencia.

 

Pequeña variación sobre Poesía de Luis García Montero


Fotografía @mariajesusberistain

El vendedor de versos


Apuró el final de su cigarrillo Chesterfield que sostenía con la grotesca delicadeza de sus dedos pulgar e índice. Aspiró el aroma de nicotina quemada profundamente, hasta que el humo le inundó los pulmones de un veneno parecido al último placer que pide un condenado a muerte.

¿Cuántas veces le había jurado que dejaría de fumar la próxima primavera?

La mirada expectante, tierna y confiada de su maltés terrier no hacía nada más que perdonarle los pecados cuando, al acabar el tiempo del frío, del silencio y de la soledad de las tardes de domingo de invierno, demoraba su decisión una vez más.

Lanzó la colilla sin apagar al suelo y no se molestó en pisarla, como en otras ocasiones. La miró en la distancia y displicente, como queriendo ignorar el acto con el que estaba en desacuerdo consigo misma, se dio media vuelta y siguió caminando sin rumbo entre las conversaciones ruidosas de la gente que, a esas horas, deambulaban por las calles escasamente iluminadas y estrechas de la parte vieja de la ciudad.

De nuevo sola —pensó—. Dio una patada a una lata de cerveza vacía que alguien había abandonado a su paso. Más que el tabaco le quemaba el vacío que había sentido cuando todo acabó en aquella cama de hospital. Sintió que su historia, la historia de su familia, terminaba con el último aliento de su madre.

—Volver a empezar; volver a empezar de cero —se dijo—, con la desolación llenando sus vacíos.

Agotada, se sentó en un banco de la pequeña plaza de los libreros, debajo del sauce que empezaba a despuntar y cerca del carrusel que seguía dando vueltas, también vacío. Había momentos en los que hubiera deseado morir allí, y otros, en los que pensaba decididamente en la oportunidad de iniciar una nueva vida a su medida. Retumbaba en su cabeza «desde cero…» al ritmo de la música del carrusel «desde cero…».

¿Cómo inventarse una vida nueva con cincuenta años? ¿Dejaría su trabajo de funcionaria y se marcharía lejos, a no sabía qué país, a no sabía qué hacer? No había nada claro en su mente, excepto una sensación de desgarro y de desarraigo que le arañaba el alma cada vez que intentaba pensar en algo más que en respirar.

Clara se dio cuenta de que alguien la miraba.

El dueño del carrusel, alzando las cejas en un gesto interrogante, extendió su mano hacia ella invitándola a dar una vuelta en el tiovivo.

—Es gratis esta noche para ti. —le dijo con simpatía—. Ella se lo agradeció con una mueca triste, pero no se movió del banco. Evitó mantenerle la mirada. Su cuerpo lacio, como el de una marioneta abandonada, ya no pretendía el tirón de los hilos ilusionados de nadie.

—También te puedo leer algún poema, aunque en los rótulos se lea que soy vendedor de versos, esta noche te los dedico, también gratis. No me gusta verte triste. ¿Qué te parece la idea?

___

Cepillaba su larga melena cada mañana. Él se dejaba hacer echando la cabeza ligeramente hacia atrás y mirándola de vez en cuando de reojo con una sonrisa tierna y agradecida. Habían caminado como colegas muchas noches después de cerrar el carrusel. Les unía su soledad y el agotamiento de los múltiples fracasos vividos hasta entonces.

De los ojos ya sin brillo de Raúl se escapaba, de vez en cuando, una chispa de emoción juvenil de la que su cuerpo no recordaba apenas nada. Sus piernas blancas de huesos largos apenas podían sostener la levedad de su figura, envuelta en la típica bata azul de la seguridad social, abierta por la espalda. Ella cepillaba con ternura aquella mata de pelo ondulado, y trenzaba sus hebras blancas sujetándolas con una cinta de terciopelo morada a la altura de su cintura. Sabía que el tiempo del aseo íntimo era uno de los momentos más felices de los que le quedaran a Raúl por vivir.

—¿Cuándo te cortaron el pelo por última vez?

Raúl se encogió de hombros. No recordaba. Tampoco quería recordar, el diagnóstico era fatal y solo quería vivir feliz ese tiempo. Únicamente necesitaba que le calmaran el dolor y que, cuando él lo decidiera, le dejaran morir con dignidad. ¿Estaría ella dispuesta a acompañarle en su viaje?

Le había conocido con aspecto desharrapado y vocación de bohemio vendiendo versos en un pequeño garito de madera junto al carrusel de la plaza de los libreros.

¡Versos a voluntad! —se leía en letras grandes, decoradas con rotulador negro, sobre un cartón apoyado en un caballete de pintor.

Al lado, una mesa plegable cubierta con un resto deshilachado de alfombra persa y ,sobre ella, un maletín de cuero viejo, abierto, rebosante de cachivaches: papeles y cartulinas, cajitas de plumillas y vasos de vidrio coloreados llenos de lápices, pinceles y pinturas de colores. Saludaba con entonación risueña y sonrisa cautivadora a los paseantes invitándoles a comprarle algunos versos al módico precio de su voluntad. No era un bufón de feria, era una persona apreciada por los que frecuentaban aquella zona de la ciudad, en especial por los niños y los enamorados. Sin embargo, su personaje le obligaba a vivir como el perfecto equilibrista sobre una fina línea de incertidumbres.

Casi sin darse cuenta, había dejado de fumar. Clara solicitó un permiso sin sueldo de seis meses. Pagó el resto de su hipoteca. Prefirió no alquilar ni vender su casa, mantenerla disponible le daba una cierta seguridad en el caso de que las cosas no salieran como podía imaginar. Le encargó a su mejor amiga el cuidado de su perrita Luna, y dejó abierto el billete de vuelta.

La megafonía del aeropuerto anunció que el vuelo Air Europa B-0722 se retrasaba, sin hora prevista por el momento, debido a la espesa niebla. Bajaron con dificultad hasta la sala de espera de la zona de no fumadores. Se acomodaron en uno de los confortables sofás que daban a los ventanales sobre las pistas de despegue, entonces sin vistas. Apenas hablaban, sus manos entrelazadas en una paz envolvente sin temores ni esperanzas; sin fronteras.

Raul parecía adormilado. Sus pensamientos iban haciéndose más borrosos. Con voz cada vez más apagada, susurraba pequeños poemas de amor mientras su mirada se perdía en el horizonte de bruma.

Clara sintió que desde detrás alguien le tocaba el hombro.

—Señores, la puerta de embarque para su vuelo a Amsterdam se ha abierto; el avión saldrá en breves momentos…

Ella se lo agradeció con una mueca triste, pero no se movió del banco.


@mariajesusberistain
Fotografía Elena Gurruchaga Beristain (e.p.d.)

LA OFICIAL

De mi libro La canción de Nerta


La luna creciente proyectaba un reflejo brillante, azul cobalto sobre el fiordo. Era majestuoso y enigmático el paisaje nocturno de aquel valle. Yo pretendía retomar mi contacto con Gunhilda, aquella mujer que me contó la leyenda de la aldea de Fläm. Habíamos dejado muchas cosas pendientes.

Había vuelto a Noruega de vacaciones, esta vez con un grupo de amigos compañeros de la escuela de periodismo. Por supuesto que el objetivo de nuestro viaje era disfrutar de un país con una naturaleza tan prodigiosa, pero, además, en la facultad estábamos preparando un trabajo sobre “el arte de la influencia de masas; educación y propaganda” y siempre habíamos considerado ejemplar el modelo de sociedad establecida que le había situado a este país, a partir de la segunda guerra mundial, en uno de los países más desarrollados del mundo. Así que todos habíamos coincidido en que la elección de viajar aquí era perfecta.

La base de nuestras operaciones la establecimos en el centro del país, en lo que antiguamente había sido una pequeña aldea a la orilla del Sognefiord o «fiordo de los sueños», el mayor y más profundo del país, con 1.300 metros aproximadamente por debajo del nivel del mar. Pero no era el único atractivo de nuestro viaje, estábamos preparados para disfrutar de las variadas actividades organizadas para un turismo cada vez más exigente. Y allí estábamos nosotros.

Por mi parte tenía ya decidido que mi trabajo de fin de carrera tratara sobre la repercusión del nazismo durante la segunda guerra mundial en los países del Norte; Suecia, Noruega y Dinamarca, que fueron los que se mantuvieron neutrales durante la invasión nazi, o por lo menos, como ocurrió en el caso de Dinamarca, lo intentaron. La idea partió de unas conversaciones que había tenido con una de las mujeres del pueblo durante mi estancia de cuatro días cuando acompañé a mi ex-amante a un simposio sobre el cambio climático que se celebró en la ciudad de Bergen. Durante aquellos días hice algunas excursiones en solitario. Me interesó especialmente el pueblo de Fläm y su historia. No solo por la belleza de su paisaje y la situación estratégica cerca del mar de Noruega, estaba apartado unos pocos kilómetros de la costa desde la que entraban los grandes barcos navegando el fiordo, actualmente de pasajeros y turistas, pero que había debido de tener mucho movimiento en otro tiempo. Aquel primer encuentro había conseguido despertar en mí un gran interés y curiosidad por conocer más detalles, y ella, aquella mujer, estaba dispuesta a ofrecérmelos.

Pasé varias horas escuchándola que se me hicieron cortas. Sentí que había dado con la clave para conocer la historia de la zona desde dentro y tengo que reconocer que me había quedado conectada a su relato. Cuando tuve que dejarla y marcharme de vuelta a casa, sentí que se habían quedado muchas cosas pendientes. No solo fue su relato lo que me había interesado, sino especialmente su forma de contarlo, la emoción con la que se expresaba parecía estar reviviendo escenas que jamás hubiera pensado en compartir y que ahora, después de mucho tiempo, por la rara razón de habernos encontrado y haberle emocionado mi proyecto, estaba dispuesta a expresarlas, como si de una biografía se tratara, para colaborar conmigo.

Hubiera parecido que ella estaba implicada personalmente en aquella leyenda que me había narrado el primer día y que comenzaba pocos años antes de que fuera declarada en Noruega la segunda Guerra Mundial por parte de Alemania, pero no. Dijo que aquello había sido simplemente una leyenda, o quizás —añadió con un guiño— pudo haber tenido alguna parte de verdad. Y sonrió.

Me dejó con la duda.

Volver a Noruega, ese era mi sueño cuando salí de este país hace un año.

Me emocionó ver la alegría en sus ojos pequeños cuando volvimos a encontrarnos. Intentaba disimular con sus manos envejecidas bordadas de venas azules como el color de sus ojos, su gran sonrisa.

“La verdad es que no puedo tener recuerdos de mi infancia en el valle —dijo— porque me sacaron del pueblo a los pocos días de nacer, cuando estalló la guerra; sí, la Segunda Guerra Mundial. Nací aquí, en este valle; en este magnífico paisaje —que conocí mucho mas tarde— encerrado entre escarpadas montañas y las profundidades del fiordo. Mi madre Louise fue una mujer imponente que, entre otras cosas, llegó a destacar en el ejército de Noruega y que, durante la guerra, demostró tener un gran coraje que le llevó a arriesgarlo todo para salvar a su familia. Me quedé con la pena de no haber sabido demostrarle suficientemente mi agradecimiento.

Cuando llegó al valle en 1939 como mando del ejército noruego para hacerse cargo del control del impacto medio ambiental de la obra del ferrocarril, se había encontrado con una tierra herida; carros, vagones, picos, palas y vías de hierro parecían colgar vertiginosamente por las laderas de las montañas. La línea de ferrocarril cubriría veinte kilómetros de longitud que iban a unir los pueblos de Mirdal y Fläm atravesando veinte túneles, de los cuales dieciocho de ellos tuvieron que ser excavados a mano debido a la dificultad del propio terreno montañoso. Había que tener en cuenta que tres cuartas partes del trazado en Noruega estaba construido en pendiente y el cincuenta por ciento en curva. Su finalización estaba prevista para el otoño de 1942. Pero entonces mi madre se había encontrado con el valle como un desecho de piedras, de hierro y polvo, absolutamente roto.

Iba a celebrarse el encuentro de los técnicos para el equipo que dirigiría los trabajos de la fase final de las obras. Era mediodía. La reunión estaba a punto de comenzar en la Sala de Oficiales donde esperaban representantes de los gobiernos noruego y alemán. Tan solo había una mujer entre sus filas; una mujer atractiva y segura de sí misma, oficial del ejército noruego. No hablaba con nadie, ni siquiera con sus propios compañeros. Se mantenía firme y seria, con los brazos cruzados. Los hombres que se saludaban y cambiaban impresiones intrascendentes no podían evitar que sus miradas, algunas como rayos encendidos, y otras de irónico refilón, llegaran hasta ella, por una parte, disfrutando de su belleza y por otra preguntándose qué demonios hacía aquella mujer allí. —El papel de la mujer en aquel momento era discreto, aunque es cierto que durante la guerra tuvo que desempeñar funciones importantes, sin embargo, solo una minoría de ellas lo hicieron desde las fuerzas militares—.

Louise Bauman había entendido que el encuentro no tenía carácter de formal, sin embargo, había atendido a la recomendación de su superior para evitar llamar la atención en aquel grupo, más allá de lo evidente. Así que a la reunión debía de asistir vestida con el riguroso uniforme de oficial. No le dio más importancia al tema, a pesar de la informalidad de la situación. El traje se componía de dos piezas color verde gris con la botonadura dorada. La chaqueta corta  enmarcaba sin pudor unos pechos firmes que se dejaban intuir entre el movimiento de sus solapas discretamente desabrochadas. —Si uno se acercaba lo suficiente, como para saludarle, además del exótico aroma de su piel, se encontraba de lleno con su escote sin poder desviar la mirada de aquel canal semi-oculto bajo la fina blonda del mismo color que el de su carne—. Y la falda, que se ceñía a su cintura precisamente en el punto del tercer botón atado, dejando libre la tela en un vuelo sugerente alrededor de sus caderas. Sus piernas largas destacaban no solo por la armonía de su estructura joven bajo el brillo transparente de sus medias de cristal, sino por la firmeza de su musculatura y la decisión en su forma de andar desde de lo alto de sus zapatos de tacón.

Cuando se dispuso a entrar en la sala, notó los movimientos subrepticios de algunos oficiales dispuestos galantemente a sujetar la puerta mientras ella pasaba. —Y pensó: son como niños, pero me divierten—.

Había fracasado tantas veces en el amor que entonces ya, por fin instalada en su bellísima madurez, era capaz de ocultar al mundo su triste historia detrás del brillo ardiente y seductor de sus ojos negros. Había muerto para ella la palabra “piedad”, que se había quedado enterrada en algún lugar de su infancia; quizás fue cuando aquél hombre tan agradable y simpático le cogió de la mano a la salida del colegio y empujándola con suavidad hacia su coche le fue contando historias que ella no entendía, pero no se atrevía a decirle que no quería ir con él, que quería irse a su casa, y lloraba pero él le prometió que sí la llevaría, pero primero la llevó a su casa y le rompió el vestido y le besó en la boca mientras sus manos buscaban por su cuerpo pequeño algo que ella aún desconocía y le rasgó también el alma con un arma dura y húmeda que llevaba entre sus piernas y le compró el silencio con amenazas mientras le lavaba tocándola de nuevo y la despidió diciéndole que le había hecho muy feliz y que volverían a verse cuando la dejó más tarde sentada a duras penas en la esquina de una calle oscura que —según le dijo cariñosamente— estaba muy cerca de su casa.

O quizás fue cuando en la universidad aquél imbécil de Knut y sus amigos que andaban siempre mofándose de las chicas la eligieron como reina de la fiesta y al terminar, cuando les acompañaron a todas a casa, la dejaron a ella para el final y en un descampado la tiraron al suelo y la violaron uno tras otro borrachos y entre carcajadas y obscenidades la dejaron como una muñeca de trapo rota, herida para siempre porque después de aquello los médicos le dijeron que sería difícil que pudiera ser madre.

Quizás por todo ello, después de terminar sus estudios de biología en la universidad de Oslo, recibió entrenamiento militar y se incorporó al ejército de su país.

El Dr. Mark Terboven tomó la palabra. Su tez curtida contrastaba con el rubio de su cabello prácticamente rasurado. Sus facciones eran adustas en una cara en la que destacaba la avidez de su mirada azul. No hubo concesiones. Directamente habló de moral y de traición, habló de disciplina y de patriotismo. Remarcó la decisión tomada por su gobierno de continuar con las obras en colaboración con el ejército noruego hasta la puesta en marcha del ferrocarril que iba a cubrir la ruta desde el pueblo de Myrdal hasta Fläm.

Por primera vez, desde que era una niña, sintió un escalofrío de terror. Las palabras del ingeniero alemán le llegaban al cerebro como un eco sordo ininteligible. El silbido en sus oídos se fue haciendo más agudo, sintió un sudor frio y la estancia empezó a fundirse en una especie de húmeda niebla gris. Sentía el corazón acelerado y se le hacía difícil respirar. Tuvo que hacer un esfuerzo por controlarse, suavizar la respiración hasta que consiguió rearmarse. Le costó unos segundos, pero no podía desmoronarse en aquel momento. Salió a respirar aire puro, pero fue inútil; el ambiente viciado del asedio ya se cernía sobre el valle en su imaginación y en sus pulmones.

Cuando terminó la reunión el Dr. Tarboven fue saludando a los oficiales uno por uno y se detuvo especialmente ante Louise para mostrarle su admiración y su respeto por ser la única mujer oficial del proyecto. Le ofreció su mano y cogiendo la que ella le tendía, hizo amago de besarla. Ningún protocolo. Sonrieron con cara de circunstancias.
—Tengo entendido que usted y yo vamos a tener que trabajar en equipo —dijo el ingeniero— Antes de nada, vamos a brindar por ello. Y se alejó hacia la mesa donde se había dispuesto un buffet con algunas bebidas.
Ella iba a ocuparse de la seguridad y de la observación del impacto de las obras y protección de la naturaleza, y él sería el responsable de que las obras llegaran a buen fin y en tiempo oportuno, iba a ser necesario estar en contacto permanente.
—Me temo que, —le ofreció una copa de champán que ella aceptó con un leve gesto de aceptación— en este caso, con bastante probabilidad, habrá momentos o situaciones complicadas o difíciles de sobrellevar —lo dijo con una voz afectada y una cara de sorna para la que Louise, que lo observaba con mirada escrutadora queriendo hacerse una idea de con qué tipo de persona iba a tener que vérselas, de momento no estaba receptiva. Amagó una leve sonrisa de cortesía.
La reunión no fue larga y en conjunto resultó un agradable encuentro con el resto del grupo de oficiales. Al despedirse, quedaron en encontrarse al día siguiente sobre el terreno, al pie de la cascada Kjiosfossen, donde iban a iniciarse las obras de la estación intermedia del valle.

Louise no se dejó acompañar a casa, prefirió caminar sola, necesitaba aliviar la sombra de una oscura preocupación nueva. Escuchaba el susurro del viento colándose entre las ramas de los árboles, pero no estaba tranquila. Pensó en sus padres que se habían quedado en Suecia confiados en la neutralidad del país ante una posible guerra. Ella, cuando se había incorporado al ejército también había valorado el tema, pero la situación estaba cambiando y Noruega estaba resultando ser codiciada por varios frentes lo que implicaba que podrían producirse fuertes tensiones entre los países implicados en la contienda.

Se empezaban a apreciar movimientos de las fuerzas armadas de los aliados en sus costas. La posición estratégica del país era apreciada por los aliados como posible base naval, al objeto de lograr el control del Atlántico Norte. Reino Unido sabiendo que Alemania dependía del hierro de Suecia, tan importante para la industria bélica y, dado que gran parte del mineral se embarcaba desde Narvik, decidió establecer un bloqueo que indirectamente pretendía debilitar a los alemanes. Hasta entonces el país se había mantenido en su neutralidad y así lo había declarado a ambos bandos, sin embargo, la situación se estaba complicando.

El antisemitismo empezaba a ser una amenaza seria para la población, aunque ella, de alguna manera, se sentía protegida por su pertenencia al ejército de una nación que mantenía su neutralidad. O quizás, ahora que lo pensaba mejor, no estuviera tan claro que pudiera estar a salvo. No quería alarmarse, pero tuvo que reconocerse a sí misma cuando aquella noche no pudo dormir, que quizás estuviera equivocada.

Había intentado que nada de esto traspasara los límites de su piel en la reunión de oficiales. Pero le había quedado pendiente decirle que ella no se trasladaría a Mirdal donde estaba previsto que se instalara el Centro de Operaciones del ejército alemán para la finalización de la obra del ferrocarril. No le había dicho que ella se mantendría en Fläm cerca de la zona de barracones reservada para las familias de los trabajadores. No le había dicho que era de familia judía.

Cuando había entrado en la reunión no había previsto encontrarse con una situación que haría tambalear sus convicciones más profundas. Ser judía era un pecado desde el punto de vista de los alemanes y no esperaba que ello influyera en su vida de profesional ni personal; hasta el momento no lo había hecho, pero a partir de escuchar las palabras del ingeniero y la fiereza de su discurso, se sintió en peligro. También se sintió atrapada. ¿Cómo conseguiría salir airosa desde su posición en el ejército en el caso de que Alemania violara la condición de neutralidad de su país? ¿Podría ocurrir? Estaba aturdida y esa sensación no le dejaba pensar con claridad ni descansar. Aquella noche lloró, como no lo había hecho desde que era una niña.


@mjberistain


Supongamos…

JULIA SANTIBÁÑEZ


BLOG PALABRAS A FLOR DE PIEL

Me pregunto por qué escribo y entonces me viene a la memoria esto, del chileno Nicanor Parra:

“¿Que para qué demonios escribo? […]
Supongamos que escribo por envidia”.

Supongamos, sí, que escribo porque con frecuencia leo versos que me generan la codicia de no haberlos escrito yo y de no poder nunca escribirlos, pero de todas formas borronear intentos;

supongamos que sigo escribiendo porque en este ejercicio llevo años y aún no aprendo, porque aquí reúno poemas desde los años 90 y otros muy recientes, en lo que no sé si me consuela por ver que soy consistente o me preocupa, por poco original;

supongamos que escribo también por acariciar la huella de los muchos viajes interiores que hago, a veces por selvas, playas, montañas y, muchas veces, desiertos;

supongamos que escribo por contar mi historia repetida con el poema, ese amante al que vuelvo: primero se me resiste, escurridizo. Luego lo abrazo, le hablo suave al oído y cuando creo que ya lo seduje a golpe de ternura o al menos lo cansé, en general alza los hombros, me mira altivo y se zafa. Pero sí, es verdad que a veces también lo doblego;

supongamos que escribo porque el erotismo no es sólo un estado del cuerpo, también es un estado de la palabra y ambos me retan;

supongamos que escribo porque escribir se parece a seducir y en los dos hay riesgos, adrenalina, pero cuando logro el objetivo (en un caso, seducir; en otro, hacer un poema que me deje satisfecha), recibo una descarga de endorfinas que justifica todo esfuerzo;

supongamos que escribo porque para plantarme de cara al mundo, nada funciona mejor que la poesía y el placer;

supongamos que escribo porque uno no puede entender lo que no tiene palabras para nombrar, decía Rosa Montero, de manera que estos poemas surgieron buscando decir el placer para entenderlo, inventarlo de nuevo mediante el lenguaje, hacerlo navegar entre palabras y silencios;

supongamos que escribo porque los buenos poemas se sienten con el cuerpo, igual que el deseo;

supongamos que escribo porque, entre sábanas, un cuerpo es varios, habla lenguas desconocidas, se agiganta y tornasola. Por eso el sexo y la poesía dan escalofríos: son un ir a contracorriente del mundo, un asomarse a tierras vírgenes donde crece el misterio.

Por eso,  —señala Danioska— que su libro Rabia de vida/ Rabia debida acude a ambos, poesía y deseo, placer y verso, para tratar de sacarse lo que le arde por dentro, pero siempre lo dice mejor Nicanor Parra. Por eso mejor nos lee el poema completo, mientras lo suscribe:

“¿Que para qué demonios escribo?
Para que me respeten y me quieran
Para cumplir con dios y con el diablo
Para dejar constancia de todo.
Para llorar y reír a la vez
En verdad en verdad
No sé para qué demonios escribo:
Supongamos que escribo por envidia”.

 

La canción de Nerta


Agarrada a la botella de bourbon la mujer observaba, con mirada extraviada, al resto de clientes que bebían y hablaban escandalosamente en el bar del pueblo. Situado unos cientos de metros por encima de los edificios, desde sus ventanucos podía contemplarse un paisaje escarpado, escasamente habitado, y un estrecho camino de piedras y barro que discurría en zigzag pendiente abajo. La vegetación salvaje y la nieve de los inviernos se habían ocupado de ocultar la antigua carretera de asfalto que conectaba con la ruta a la gran ciudad, así que las provisiones llegaban, con dudosa puntualidad, una vez al mes, excepto durante la época de las grandes nevadas, cuando el pueblo quedaba totalmente aislado. Bill y sus caballos desaparecían durante ese tiempo largo, hasta que volvían a escucharse los hilos de agua discurrir por las vertientes empinadas de las montañas anunciando la llegada de una nueva primavera.

Llegué hasta allí un verano con un grupo de amigos. El objetivo del viaje era hacer treeking por la zona. Entre la documentación que consulté llamó mi atención una leyenda en torno al pueblo de Fläm situado en el corazón del Fiordo de los Sueños. Una mañana de mal tiempo, mientras el resto del grupo se quedaba descansando en las tiendas que habíamos esparcido en uno de los altiplanos del camping municipal, me acerqué andando con la intención de enterarme de primera mano de su historia. La primera persona con la que me encontré fue Gunilda, una mujer alta y fuerte a pesar de sus años, de belleza áspera y origen germano —según me explicó más tarde—.

—¡Buenos días! ¿Podría indicarme con qué persona debo de hablar en el pueblo para poder visitar la antigua iglesia de madera?

—Pues… siento decirle que solo se abre cuando hay enterramientos; de cualquier manera, actualmente tiene más valor el exterior que el interior porque hace años fue saqueada y solo quedan viejas vigas negras soportando la estructura.

—¡Ah!, lástima… Por cierto, seguro que usted conoce bien qué hay de cierto en la leyenda sobre este pueblo que he encontrado citada en todos los folletos turísticos de la zona.

—No me dejó decir más. Me acogió con tantas ganas de hablar que me propuso subir paseando hasta el bar y contarme lo que me interesaba que, según me dijo, tenía mucho más de historia.

Nerta había sido en algún tiempo la más bella del lugar. La muerte se llevó a su familia y ella prefirió quedarse en el pueblo sola, a raíz de la diáspora que se produjo después de la gran inundación. Cada tarde, cuando el sol desaparecía entre las montañas, se acercaba caminando hasta la gran cascada. Necesitaba escuchar el sonido ronco del agua hasta que en su imaginación lo adormecía y su música le hablaba como las voces familiares de su infancia. Era una persona muy querida y protegida por los mayores del pueblo. De ojos avispados color miel y sonrisa franca, sus mejillas se iluminaban sonrosadas cuando su pulso se aceleraba; entonces se despojaba de su gorro de lana gris y soltaba al viento la melena rubia que había mantenido oculta, recogida en una larga trenza, durante los meses de bloqueo invernal.

La llegada del joven Bill al pueblo, con sus caballos llenos de provisiones, era motivo de alegría y de celebración. A pesar de los signos de agotamiento que se marcaban en forma de grandes surcos secos en el rostro del hombre, sin embargo, su voz poderosa estallaba, como siempre, contagiando el ánimo entre los escasos habitantes, todos ya viejos, que habían quedado en Flam, aquel pequeño pueblo resguardado entre montañas a la orilla del fiordo.

—¡Hola amigos!, Saludaba secándose el sudor de la cara con un trapo negruzco en una mano mientras con la otra daba palmadas en el lomo a cada uno de sus caballos—.

Los vecinos del pueblo emocionados querían saludarle al mismo tiempo y se cruzaban sus voces altas en el aire originando una griterío confuso al que el joven atendía con simpatía mientras no dejaba de buscar, impaciente entre el barullo, año tras año, la mirada de Nerta.

En aquella ocasión no pudo encontrarla entre el grupo. Algo le hizo pensar con tristeza en su ausencia. Habían pasado muchos meses desde la última vez que se habían visto y se dio cuenta de que era el azar el que conducía sus sentimientos y decidió que nunca más sería así. Tomó las riendas de los caballos para dejarlos descansar y darles de comer y beber en la antigua granja de Thomas que había sido gran amigo de su padre cuando aún eran unos niños y frecuentaban la escuela local, y al volverse la vio discretamente apartada del grupo, observándolo, y pudo apreciar cómo en sus labios se dibujaba su nombre —¡Bill!— en una amplia sonrisa.

Durante los días que Bill descansaba en el pueblo, solía organizarse una especie de romería bulliciosa que llevaba a los vecinos cada tarde cuesta arriba, hasta el bar, para charlar y escuchar ansiosos las noticias que les traía el carretero desde el otro lado de las montañas. Los ánimos se disparaban, la alegría invitaba a interpretar antiguas danzas al ronco son del violín desafinado de Rufo el ciego. Casi todo estaba permitido esos días; se abrazaban con júbilo, se besaban, gozaban sin pudor en aquél rústico y viejo bar tan entrañable para ellos. Cantaban a coro las mismas baladas y canciones populares de siempre mientras la noche se alargaba bebiendo hasta el amanecer.

—¿Nerta?. —Se puso serio mientras clavaba su mirada en ella acorralando sus gestos en un abrazo espacioso y tierno.

Habían pasado juntos toda la noche sentados en la escalera de madera que daba al zaguán, cantando y hablando en un idioma tan antiguo como el amor.

—No repetiré lo que voy a decirte. —Su voz como un susurro, sin embargo sonó imperativa produciendo en ella un repentino hormigueo en todo su cuerpo, como la picadura de una ortiga, que se adueñó de cada célula de su ser. Nerta sintió que se estaba librando en su interior la batalla definitiva contra su pasado. El enorme peso de su corazón estaba siendo vapuleado ahora por el miedo; no estaba preparada para dejar aquel lugar en el que descansaban sus antepasados. Ella sabía que formaba parte de la leyenda y allí seguiría, aún con el inmenso rencor que sentía hacia sí misma por dejar partir a aquel hombre al que amaba desde que era una niña.

Su vida se convirtió en una sombría sucesión de noches vacías entre paredes desconchadas y maderas que crujían destempladas. Las semanas y los meses pasaban formando una confusión de soles tibios, nubes y nieblas, bajo el amparo de un cielo azul abatido. Los vientos del otoño llegaron aquel año con la violencia de una rara premonición.

Salió del pueblo de madrugada para evitar cualquier encuentro con los vecinos, Nerta se dirigió hacia el antiguo camino que pensaba que le llevaría a la gran ciudad. Cruzó ríos entre profundos barrancos, subió por laderas escarpadas hasta lo más alto de las montañas, bajó a los valles, perdió el norte y la cuenta de los días y de las noches que aumentaban su obsesión por llegar con su abultado vientre hasta los brazos de Bill. Cuando le sorprendió el tiempo de las nieves solo su espíritu deshilachado seguía obedeciendo a los impulsos de su corazón. La crecida de la primavera arrastró su cuerpo dormido y cuentan que los espíritus del valle lo depositaron al pie de la gran cascada Kjosfossen próxima al Fiordo de los Sueños.

Mientras continuaba con su relato Gunhilda separaba cada párrafo con un trago de la botella pegajosa que no paraba de acariciar con sus dos manos. Su mirada extraviada y húmeda denotaba que había dejado de hablar conmigo hacía un buen rato, y yo estaba inmersa en la leyenda que —según insistía— acabaría en su boca porque “ya no queda gente joven interesada en contar nuestra historia”.

Se decía en el bar que, cuando Bill se marchaba de nuevo a la ciudad, podía escucharse el eco de la voz de Nerta entre el ensordecedor murmullo del agua de la cascada; incluso, —decían—, que en las noches de luna llena se veía a lo lejos su larga túnica roja y su larga melena rubia cantando y danzando entre las rocas.

Los vecinos agotaban su vida sentados en el pretil de la iglesia de madera. Bill seguía llegando puntual al pueblo acompañado de sus viejos caballos y las cada vez más escasas provisiones a cuestas. Su abundante barba blanca impedía apreciar el temblor de sus labios cuando recordaban los viejos tiempos…

Después llegaron al valle la obra y la guerra… pero eso fue otra historia…


@mjberistain

De cómo los hispanos se convirtieron en árabes

Por: Eduardo Manzano Moreno 01 de mayo de 2014

 

Alhambra

Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX.
J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)

Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanosvisigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que «nuestros ancestros» habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el «pueblo originario» -o los diversos «pueblos originarios», dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de madera con tintero, es que un antiguo presidente del Gobierno de España tuviera la peregrina ocurrencia de declarar que los árabes tenían que pedir perdón a los españoles por haberles conquistado.

 

Las cosas afortunadamente son algo más complejas y también bastante más interesantes. Me centraré en el caso de los árabes, que es el que mayores confusiones genera, pues no en vano los nacionalismos ibéricos han hecho de la idea de Reconquista su santo y seña particular.

Es un error muy común creer que los árabes eran un pueblo de camelleros nómadas en estado semi-salvaje antes de la aparición del islam. Lo que se sabe de la Arabia preislámica, por el contrario, es que albergaba poblaciones muy diversas, algunas de ellas instaladas en ciudades con larga tradición comercial y una cultura nada rústica. Las miles de inscripciones encontradas allí hablan en distintos dialectos y caracteres de una sociedad estrechamente relacionada con los grandes imperios antiguos, y en la que existían también pujantes reinos e incluso una literatura muy interesante, que ha dejado restos de una excepcional poesía.

Las grandes conquistas producidas tras la aparición del islam no fueron provocadas por un alocado movimiento de tribus montadas en camellos, sino que estuvieron dirigidas por la élite árabe nacida al amparo de la nueva religión predicada por el profeta Mahoma. Lo que sabemos sobre esas conquistas apunta hacia un patrón casi siempre muy similar: la gran debilidad de los estados de la época hacía que dependieran mucho de la suerte del ejército de su rey o de su emperador, de tal manera que su derrota en una o dos batallas campales dejaba sin defensa a unas poblaciones que quedaban abandonadas a su propia suerte. Los ejércitos árabes podían tomar entonces las principales ciudades -Damasco, Jerusalén, Ctesifón, Alejandría, Cartago, Córdoba o Toledo- sin encontrar mucha oposición. Tras hacerse con los resortes de la administración conseguían que la posible resistencia en otras zonas no pudiera reorganizarse y que fueran muchos quienes optaran entonces por pactar con los invasores. Ello permitió conquistas fulminantes de las que se benefició inmensamente la nueva élite, que se hizo construir grandes y hermosos palacios en lugares de la actual Siria y Jordania. En uno de ellos, Qusayr Amra, unas pinturas realizadas para el califa omeya en la primera mitad del siglo VIII muestran al rey visigodo Rodrigo -con una inscripción que le identifica- junto a los emperadores bizantino y sasánida: los grandes derrotados por los ejércitos de los califas.

SelloPrecinto de plomo a nombre del gobernador árabe de al-Andalus Anbasa ibn Suhaym (721-726). Colección Tonegawa.

Se dice a veces que la conquista de Hispania del año 711 fue llevada cabo por tropas mayoritariamente bereberes -es decir, gentes procedentes del norte de África- lo cual significaría que de árabe no habría tenido mucho. Sin embargo, esa idea no es correcta, dado que tanto la dirección de la misma, como su orientación ideológica eran árabes, como también lo fue su resultado: la integración de Hispania -ahora llamada al-Andalus– en el imperio de los califas árabes de Damasco. De la misma manera que a nadie se le ocurre dudar del carácter de las conquistas de Roma por la variada procedencia de los legionarios que las realizaban, es erróneo poner en duda el carácter árabe e islámico de la conquista por el hecho de que muchas de sus tropas procedieran del norte de África. Además, en torno al año 741 un nuevo ejército árabe llegó a al-Andalus, y sus numerosas tropas se diseminaron por buena parte de este territorio, contribuyendo así a reforzar el carácter árabe e islámico de la ocupación. Quienes organizaron, dirigieron y administraron la conquista fueron, pues, los árabes, y los testimonios contemporáneos en papiros procedentes de latitudes como Egipto demuestran que, como todos los conquistadores, se tomaron muy en serio su papel de dominio sobre las poblaciones sometidas.

La consolidación de este dominio comenzó a cambiar las cosas. De hecho, es llamativo el destino de los bereberes llegados a la península. Perdieron rápidamente su propia lengua -que nada tenía que ver con el árabe- hasta el punto de que el castellano apenas incorporó palabras procedentes del bereber, al contrario de lo que haría con el árabe, del que proceden entre 4000 y 5000 vocablos. Estos bereberes, por lo tanto, se arabizaron muy rápidamente tanto en su lengua, como en sus nombres y usos culturales. Un sabio andalusí muy conocido, debido a que fue uno de los introductores del rito jurídico malikí, llamado Yahya b. Yahya (m en 848), tenía un nombre indistinguible de cualquier árabe, pero descendía de un ancestro bereber llegado con la conquista cien años antes.

También la población indígena comenzó a adoptar la lengua árabe de forma muy rápida. Hay muchas pruebas de ello. En un célebre texto, el escritor cristano Álvaro de Córdoba se quejaba en pleno siglo IX de que sus correligionarios más jóvenes apenas se interesaban por el latín y los escritos eclesiásticos, prefiriendo la lectura de los poetas árabes. Por la misma época, un gobernador árabe de Mérida, prendado de las antiguas inscripciones que todavía abundaban en la ciudad, quiso saber lo que decían, pero no encontró entre todos los cristianos a nadie que supiera descifrarlas, excepto un clérigo viejo y decrépito. Un siglo más tarde, libros sagrados como los Salmos o incluso el Evangelio tenían que ser traducidos al árabe, como también lo fueron los propios concilios de la iglesia hispana en pleno siglo XI. Todo ello demuestra que los cristianos que todavía quedaban en al-Andalus tenían que traducir sus textos religiosos al árabe para poder entenderlos.

Este proceso de cambio es conocido como arabización. A él contribuyeron también los matrimonios mixtos producidos después del año 711 entre mujeres indígenas y conquistadores. Fueron muy numerosos, -el más conocido el de Sara, la nieta del rey visigodo Witiza- aunque no eran muy bien vistos por las jerarquías eclesiásticas, tal y como demuestra una carta del papa Adriano, quien a finales del siglo VIII, se lamentaba de que en Hispania las gentes daban a sus hijas en matrimonio a los paganos. Estas quejas, sin embargo, poco podían hacer para detener unos procesos sociales imparables, que acabaron suponiendo la fusión de conquistadores y conquistados y la arabización completa de estos últimos. El resultado fue que varias generaciones después de la conquista mucha gente había perdido la conciencia de sus ancestros indígenas.

Escanear0434Un caso muy evidente -y siempre citado- es el del gran escritor Ibn Hazm [en la imagen], autor de un magnífico tratado sobre el amor, El Collar de la Paloma (Tawq al-hamama), quien con toda probabilidad descendía de indígenas, pero para el cual las principales referencias culturales eran árabes y, por supuesto, islámicas. Los casos más extremos de arabización eran los de personajes que, a pesar de que descendían de bereberes o indígenas, pretendían tener ancestros en la Arabia preislámica, lo que da buena muestra del prestigio que esta noción tenía en la sociedad andalusí. La arabización lingüística, por lo demás, ha sido brillantemente demostrada por arabistas españoles como Federico Corriente, que han sido capaces de establecer los peculiares rasgos morfológicos, fonéticos y léxicos que tenía el árabe hablado por la inmensa mayoría de las gentes en al-Andalus.

Siempre que se habla de estas cosas, sin embargo, uno debe temerse lo peor. Es inevitable que surja el Unamuno de turno, que se tome todo esto a la tremenda y nos regale atormentadas disquisiciones, que insisten en ver en lo ocurrido hace mil y pico años los gérmenes de nuestra contemporánea aflicción. Tampoco suele faltar una visión nacionalista árabe que intente demostrar la superioridad de esta cultura a lo largo de los siglos. Las gentes aquejadas por estas visiones tan trascendentalistas del pasado -a pesar de que éste insiste en ser miserablemente materialista- suelen discutir entre sí con gran pasión y con información no muy veraz, lo que provoca embrollos sin cuento, que mezclan lo ocurrido en los siglos medievales con situaciones contemporáneas para perplejidad de los más sensatos.

Me consta que a muchos de mis colegas estos embrollos les provocan cierto tedio y una comprensible desgana por embarcarse en la divulgación de los conocimientos que atesoran. Pero me temo que nuestro compromiso social de historiadores no nos deja elección, y que, a despecho de malentendidos y tergiversaciones, debemos explicar lo que la investigación ha venido sacando pacientemente a la luz y que, en muchos casos, no son meras opiniones, sino hechos plenamente verificados. Y uno de esos hechos es que, tiempo después de la conquista militar, los descendientes de los hispanos sometidos comenzaron a convertirse en árabes desde el punto de vista cultural y lingüístico: algunos siguieron manteniendo su religión cristiana -los llamados mozárabes-, mientras que otros muchos se convirtieron al islam. Queda para otra ocasión este tema, el de la islamización religiosa, del que apenas hemos podido hablar aquí y que merece también una larga explicación.

Mientras tanto quédense con esta idea. Contrariamente a lo que pretende el pensamiento histórico más conservador (que anda últimamente muy desbocado), la Historia es un proceso continuo de cambio y transformación.


 

Avatar de Andrés CifuentesECO SOCIAL...OJO CRÍTICO

Alhambra Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX. / J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)

  Por: Eduardo Manzano Moreno         

Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanos, visigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que «nuestros ancestros» habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el «pueblo originario» -o los diversos «pueblos originarios», dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de…

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