Alma viva


Alma viva
desordenada y contradictoria del mar
WaltWhitman

Sí, soy ola
nací mojada por el agua salobre,
caprichosa
y con caricias de mujer.

Hija del mar,
soy el frágil juguete de los vientos
y la música sin letra de las tempestades.
Soy el largo llanto, rebelde
de la cólera
y la placidez
de la armonía conmovida.

Soy el acorde plural de los zumbidos
de las caracolas
en los abismos del gran azul ilimitado…

Soy el alma viva desordenada y contradictoria del mar.


@mjberistain (collage)

Ella, mucho más que su Voz


Llego tarde…

Todos los hados se me enfrentan de madrugada cuando estoy alterada por algo importante, o por alguna ilusión.

Es como si mi espíritu corriera hacia adelante pero mi cuerpo no pudiera seguir sus pasos, la premura que le exige la ansiedad de llegar a tiempo.

El caos del tráfico a esa hora es inesperado. ¿Sabes? cuando cada semáforo se va iluminando de rojo, uno tras otro a medida que vas llegando…

No la encuentro. Mis pistas son escasas. Apenas una mirada, y un rizo en blanco y negro sobre los ojos, también en blanco y negro. Pregunto, y al fin la encuentro, ella me está esperando.

Begoña Zamacona.

Hubiera reconocido su Voz, pero Ella… es mucho más que su Voz.


El ángulo de la luz


Seguí tus pasos
hasta el infierno de los dioses
más puros, no hubo inconveniencia,
me miraban con deleite de voyeurs,
yo llevaba flores en los bolsillos
y almidón en los vestidos.

Sentía el rubor de la culpa
y la voz incendiada de mi conciencia.
Sentía sobre mí el ángulo de la luz
que atravesaba las persianas a la hora de la siesta,
mi cuerpo desnudo capturado por los espejos.

¿Fue renuncia o fue olvido?
¿Qué importa ahora?

Llevo el corazón hilvanado de olvidos
evocan el mapa inconcreto de la sangre
cuando latía errante en noches de pasión
y voces advenedizas.



Origen


Soy del océano que vierte sus entrañas en la madrugada de los cisnes blancos. Del bosque soy, de la ciudad tallada en piedras milenarias, cuando una mujer se sentó a descansar mientras buscaba en sus rasgos el origen del mundo y de su vientre nacieron las generaciones nuevas. Allí comenzó mi vida entre el flujo de la sangre de los muertos aún caliente y el aliento nuevo emanando de la intemperie de los besos. Allí donde se ofreció al mundo la voluntad del hombre que buscó un futuro perfecto para su estirpe humilde.

Alrededor, silencio en el origen.

Soy de la verdad mirando a los ojos de la Madre, de la verdad pura, sin traición, porque no existía en el inicio del tiempo. No existía la miseria, ni la necedad. Todo era un rumor de vida inexplorado; el lenguaje de los pájaros, el arrullo de las brisas, el agua cristalina de los ríos cuando se despegaba la infancia del sueño materno. No había entonces noche. La luz era el brillo de los ojos en los brazos del amor, el despertar de la hierba en el húmedo cosquilleo de la piel de los primeros pasos, como algo natural que quería penetrar en el nuevo ser.

La noche era el titubeo de la niña que quería ser ante la frondosa piedad/impiedad de los caminos nuevos.

Y el miedo, un cielo azul cobalto inclinado sobre el horizonte.


@mjberistain

Barcas


Quería escapar de aquella casa

de incienso y obscenidad.

Las palabras se enredaban en la oscura voz

del hombre por los pasillos,

solo había una ventana de cristales sucios

y los besos le sabían a derrota.

Quería huir de las noches

que asaltaban sus huesos

con el miedo

y hacían crujir los silencios.

No quería dudar de la música

pero la verdad era como una tela de araña

de hilos mugrientos

que atrapaban su inocencia

con el amargo dulzor del vino.

En sus manos solo era una barca mal anclada…



Rumor de horas blancas


¿Dónde hallaron la renuncia los cuerpos?
¿Por qué?, ¿Quién inició el trámite para el desconsuelo?

El mar muerde los pies de los prófugos sin rumbo
ni acantilado al que encaramarse.

El azul del cielo y el azul del mar son una única línea,
un mismo horizonte desorientado
que disuelve el futuro cuando llueve en los mapas de papel.

Dadles la luz de los poetas. Dadles la luz
de los poemas a pocos pasos del tribunal de las noches,
que volverán rumbo a esa infancia desdibujada
y darán marcha atrás a los relojes de arena.

Que un rumor de horas blancas abrigará sus madrugadas.




Esa mujer


Esa mujer
de sol y danza
de canela y de arena,
de ojos de mar
y de alma inquieta.

Esa mujer
que me mira
sin decir nada,
a veces de soslayo,
desde el otro lado
de los espejos.

Esa mujer
que por los escaparates
caminaba deprisa
y pisaba mis pasos
que, a veces, perseguía mi sombra.

Esa mujer
que me mira hoy de frente
desde el color desvaído del papel
cuando abro el baúl de las fotografías.

Quizás fuera yo misma que me buscaba;
siempre en otro tiempo, en otro lugar

lejos de sus tirabuzones rubios,
de las batas blancas
de los tules, de los bailes
de disfraces,
de las clases de costura
y música, de las matemáticas,
de los dictados, de los rosarios
y de las misas, de las excursiones
de los domingos, de los villancicos
de Navidad por las calles,
de los abrazos familiares,
de los días de playa, de los amigos,
de los tazones de chocolate caliente
y del pan recién hecho
embadurnado de mantequilla.

Quizás fuera yo misma
la que se enamoró por primera vez
del color verde del mar
cuando las olas rompían en las rocas
y no sabía cómo explicarlo en casa.

Quizás fuera yo misma
la que imaginaba ser con mi guitarra
y el dolor de los arpegios en mis dedos nuevos.

Yo no pude entender por qué asesinaron a puñaladas
a mi profesor de guitarra cuando cumplí trece años…

Yo era feliz, aunque no sabía que lo era.
No he cambiado nada.
Pero sigo buscando en otro tiempo, en otro lugar,
… cerca de la Casa Familiar.












El bullicio de los años


Llega hasta mí el rumor blanco de las olas
como una sencilla melodía; te busco desde la primera palabra
de mis poemas cuando no habían nacido el azul del mar
ni despertado las galaxias en la mente del universo.

Llega a mí el rumor de los dioses de papel
navegando en el fondo de las aguas en un silencio sepulcral.
Escucho sus rezos por el alma límpida y serena de un mar
inexistente, bello y solidario como un alma arrepentida.

Yo quiero volver al rumor de las aves de mi infancia
parar el curso de la arena en los relojes, esa prisa del tiempo
deslizándose entre los dedos primigenios. Que se pare el amor
en las tibias madrugadas blancas entre los brazos de mi madre.

Solo allí encontré las respuestas a todas las preguntas
que mi alma inocente proponía. Allí resonaba la liturgia enamorada
del Origen, nunca hubo incertidumbre entre las grietas de luz
que habitaban los veranos, y el aroma del jazmín se nos caía de las manos.

La belleza es un lugar donde guardar el bullicio de los años.



@mjberistain
Fotografía La Sagrada Familia


La Mar en mis manos



No sé dónde colocar la caracola de nácar
que acompañó mis ilusiones de niña
cuando arrimaba mi oído a su boca y escuchaba
ilusionada los sonidos de los dioses del mar

Han pasado muchas lunas y he cambiado desde entonces
muchas veces de lugar, nací en la costa, he bebido besos de sal
he echado a volar muy altas mis alas y he dormido
mis sueños azules al arrullo complaciente de sus brisas.

Ahora sé cómo sonreían las olas llegando a la orilla
la ingenuidad de mis juegos fingiéndome su diosa
entre arreboladas espumas blancas. La inocencia
era entre mis manos pequeñas un himno henchido de fe.

Llené ánforas sepultadas en la arena con mensajes
de amor cuando el amor era un canto de sirenas
en el fondo de mi caracola, y el llanto una tragedia griega
que trenzaban con luz las madrugadas en mis pestañas.

Fui un sueño de mujer con corazón de nácar.
Dejé que meciera mi cuerpo el capricho del oleaje entre las algas,
Mi quilla rompieron las borrascas, y desgarraron mis velas
las noches de lunas nuevas cuando yo, inmortal, aún imaginaba el alba.









Más allá del Mar


La madrugada mueve las cortinas blancas
siente un breve oleaje en su cuerpo
y se pregunta ¿dónde estará la playa?

Navega a la deriva,
como un náufrago
que no recuerda de dónde partió ni
hacia qué puerto le llevará la marea.
¿Qué importa?, se dice a sí mismo
amarrado a la imagen del vaivén de sus caderas.

El viento deshilacha las costuras de su camisa.

Más allá del mar, más allá del azul infinito
inventará blancos ramos de rosas como espumas
para ella, y seguirá contando estrellas antes de dormir
en la eternidad imponente de su tiempo.


Texto y Fotografía @mjberistain

Azucarillos y agua


Llevabas los bolsillos llenos de azucarillos
—dijiste que eran para que yo no me cansara—
y una pequeña mochila con un botellín de agua
bien fría, como a tí te gustaba.

Las piedras del camino protestaban
porque, en vez de andar, ibas pegando patadas
al aire para verlas cómo saltaban.

Sabía de memoria el camino
de alrededor de la casa,
los recovecos y las ruinas,
pero iba acariciando contigo
mis sueños de infancia.
Intentábamos juntos descifrar palabras
y figuras de colores dañadas por el tiempo
y por las alimañas, y fechas cinceladas
en los árboles a cuchillo hacía muchos siglos.
Sabía de memoria todos los trucos.
Pero, qué hermoso era el amor
cuando me veía encaramada
a los cascotes de las ruinas,
contigo encima,
para ver más allá de las tapias.

Por el canal se acercaban los patos salvajes.
Un ave blanca llegó hasta ti,
estiró su cuello y las plumas de su culo
se atrevió a robarte un azucarillo del bolsillo
y desplegando sus alas se marchó volando.

Una suave brisa de verano envolvió la explosión de tus risas
y la belleza de nuestra pequeña aventura.


@mjberistain




Ven conmigo


Ven conmigo
hay un sonido lento,
lejano que no deja lugar a la duda,
la vida que empuja la muralla de la alborada.

Es tierna la noche y oscura
atraso las horas del reloj
para escucharte adentro,
mar de mis ensueños
antes de que nos persiga
el día por las playas calladas.

Mar solo
de espumas dulces sin testigos
de esos besos que se escapan
y que vuelven con el sabor de la sal
entre los labios,
jugando por la orilla enamorada.

Son las tres de la mañana
la luna está traspuesta
pensará que nadie la está mirando
el amor es lento y la soledad inmensa
tu y yo solos en el sueño
y en la eternidad de sus entrañas.




Let it Be


Cuando se acercó a ella, directamente dijo: ¡Hola, cariño! Además de medio desmayada, se quedó horrorizada. No le conocía de nada y no le gustaban las personas que iban llamando cariño a todo el mundo a la primera de cambio, aunque en esa zona, a trescientos kilómetros de su casa, sabía que era bastante habitual. No se encontraba en condiciones de polemizar en aquel momento, se dejó coger de la mano y pudo sentir después sus cálidas caricias por su hombro y por su brazo izquierdo. Le miró a los ojos y solo pudo rendirse ante el afecto que aquel hombre le ofrecía.

Su mirada era de color azul casi transparente. Su forma de hablar acentuaba sus palabras orgullosamente identificándose con su tierra aragonesa, su voz sonaba tosca y muy cercana, sonreía con una naturalidad innata e inevitable.

Ella no pudo evitar una mueca cuando una maniobra extraña hizo que sus huesos se resintieran de tal forma que hicieron derivar la conversación hacia el tema del dolor. Alejandro era un hombre joven, de configuración cuadrada, curtido —más tarde lo supo— en todos los tipos de dolor que pudieran existir y, sin embargo, su vocación le había llevado a dedicarse a ayudar y consolar a todos aquellos que lo necesitaran.

Confesó que sus tobillos estaban hechos trizas de empujar en primera línea con su equipo de rugby, también su espalda y su cabeza casi rapada. Llevaba una barba rubia de tres días y un pendiente de plata en su oreja izquierda —tres aros de distintos tamaños engarzados—. Consiguió hacerla sonreír cuando apostó porque ella hubiera tenido unos parecidos en su época hippy. Estaba casado y tenía dos niñas, la más pequeña de ellas había nacido con una de esas enfermedades «raras» de las que tan poco se conoce todavía. Su conversación y su sonrisa aliviaban. A pesar de los envites del dolor que ella padecía en su cuerpo magullado. El trayecto se le antojó que había sido excesivamente corto cuando llegaron a destino porque sintió que había quedado mucho por conocer de aquel hombre entrañable. Se abrazaron con emoción contenida y se besaron las manos.

Se quedó con que él era músico, que había estudiado saxo desde niño, primero alto, después se dedicó al saxo tenor… Se quedó con el nombre de su grupo: Ska Blues & Jazz.

Se quedó con su sonrisa, con la transparencia de su mirada. Se quedó con su coraje y el brillo de su vida ocultos discretamente debajo de aquel uniforme de colores fosforescentes. Se quedó con el sonido especial de su voz cerca de su corazón mientras lejanamente oía la sirena de la ambulancia que la había trasladado hasta urgencias.


@mjberistain

Amor que mata


Esa luz del amanecer tan pura me da miedo,
llueve, pero hoy creo que es un error del universo
todo tan puro, tan absolutamente hermoso…

Siento el aliento del desapego
ulular entre sonrisas saciadas de pétalos
y espinas en el jardín saqueado.

Debe de esconder algo así como
la punta de lanza de un amor que mata
con afilado instinto de posesión.

Temo la lluvia y su huella indeleble
que se deshace en la arena y esculpe la roca,
lluvia que hiere, hasta ablandar el limo.

Temo la lluvia que se fosiliza
sobre las sienes de los relámpagos;
con su hiriente belleza quebradiza.


Gracias por existir


Gracias a Mitxel Casas por hacer que este programa de Cultura y Música llegue al mundo como un centro de conexión entre amigos. Gracias por tu voz y por consentir que la poesía, la música, la amistad y el amor invadan las redes de emoción.


Missa Brevis k65




Si supiera cómo hablarte
del largo viaje de mis sueños
cuando Mozart se descuelga
de los árboles por los canales 
con el dobladillo de su casaca
descosido

y yo navego por los siglos
con mi sombrero de paja
en una barcaza de ilusiones
de infancia. Si escucharas
cómo suena el viento
cuando no dice nada.


Esta noche


Dibujaré tu dolor en los cristales
mis manos desnudas,
húmedos mis dedos
dibujaré
con gotas de lluvia la tristeza
de los pájaros sin primavera.

Porque esta noche he oído
el rugido de los dioses
por los glaciares
la voz ronca de los robles
alertando al fuego
y la furia frutal de los vientos
llorando
por las mejillas del universo.

Había un humo distante a lo lejos
como un tren que nunca se sabe
si se va o si vuelve.

Por eso dibujaré tus lágrimas de luna
esta noche en los cristales.






A cinco metros de mi


Las altas puertas están abiertas. La lluvia cae con fuerza en el jardín de los jacintos. Hoy el verde no brilla como lo hace otros días. Subo las cinco escaleras que me separan de la entrada. Entro en el Museo, a esta hora nadie se atreve, solo han dado licencia a unos pocos, ocultos tras máscaras, y distantes. Llueve afuera, ya lo he dicho, cae una lluvia densa sobre el asfalto como lo hace en los momentos más rabiosos del otoño. Pero estamos en mayo. Ya quitaron de los mapas abril, este año, y parece que también borrarán el mes de mayo. Solo unos pocos saldrán a las calles, otros saldrán a pesar del temor y de las leyes; saldrán por encima de todo. Y volveremos a empezar; volveremos al principio. La tierra está herida y la muerte acecha afuera. Los muertos se cuentan por miles, mientras sean los de otros.

Entro en el Museo, hay un silencio blanco de techos altos que deslumbra y duele en los ojos. Sigo adelante por los inmensos pasillos vacíos, no hay más puertas, solo paredes pintadas de puro blanco, esquinas y rincones, nada, parece que estuviera en el limbo de los justos, nada me conmueve, suena en el vacío el eco de mis propios pasos, me he dado cuenta de que arrastro un poco uno de mis pies, tendré que hacérmelo mirar, procuro enmendarlo, me estiro, me esfuerzo, quiero estar atento, que no me abrume la soledad, ni el silencio, a falta de cuerpos cercanos. Ya sé que sobrevivo al vacío con cierta facilidad, pero no quiero hundirme en él. Miro hacia un lado, nada; miro hacia el otro y nada, otra sala blanca, una tras otra, salas blancas, sin relieve, sin sonido, pareciera el Museo del Vacío.

—¿Y qué hago yo aquí? —me pregunto— ¿Qué espero encontrar? ¿A qué he venido? ¿Qué busco?

!Ah, sí!, he venido a un Museo, a pasar el tiempo, a llenar el que no puedo llenar con el cariño de los míos. Se han tensado tanto los hilos que una caricia es un lejano roce de puntillas, con las puntas de los dedos de las manos enguantadas. Y siendo mucho, no deja de ser muy triste. Escucho sus voces como un eco metálico a través de los cables, siento que se me electrocuta el corazón mientras se queman las palabras a través del frío y de los cristales líquidos.

¡Deja de pensar!, —me digo—.

Veo a lo lejos un punto negro. Quizás una señal, un contraste, un punto de realidad, una mota de polvo. Sigo arrastrando un pie, pero me muevo con más agilidad que antes. Distingo a una persona vestida de negro sentada en un banco alto. Apenas eleva su mirada hacia mí, despacio. Espera. No dice nada. Le miro a los ojos, también sin ánimo de nada. Un miedo visceral me sacude por dentro, pero no digo nada. De nuevo el vacío. La sala es amplia, blanca, la nada no me calma.

Siento frío.

Solo hay polvo, polvo gris, polvo de ceniza. Se acumula en montones, montones de ceniza bien ordenados, separados unos de otros por la misma distancia. Ocupan toda la sala. Treinta, cuarenta, o cincuenta. ¿Por qué imagino que son pares? Podrían ser impares. No. Es un perfecto cuadrado. Podría contarlos, pero me confunden, son exactamente iguales. Algo se mueve, no sé si en mí o en ellos. Vuelvo a intentarlo. Empiezo por el que tengo más cerca; el que está a cinco metros de mí. Ahora desde el otro ángulo, pretendo avanzar entre hileras, sumo, cuento las filas, calculo las columnas, multiplico, me confundo. Qué importa. ¿Cuántos?

¿Cuál es su significado?

¿Qué es lo que queda después del tiempo que me han dado?, ¿Qué he conseguido hacer de ello?

Me vuelvo a la persona que cuida la sala. De nuevo levanta hacia mí discretamente su mirada y sigue sin decir nada.

Comprendo.

Perfecta formación de montones de ceniza acumulada. Eso es todo; es La Obra.

Se muestra mi miedo en un temblor de mi propia sombra que me persigue por los pasillos a zancadas.

Me dieron flores para engrandecer el jardín de los jacintos, me llamaron por mi nombre y vuelvo tarde y con los brazos llenos de vacío, el cabello húmedo y no tengo palabras, no sé si estoy vivo o muerto, me busco en el corazón de la luz; y solo llevo silencio.

La Obra; esa perfecta formación de montones de ceniza acumulada…


@mjberistain

El técnico


¡¡¡Glubb!!!

Cerró el grifo de la ducha con un manotazo contrariado. No hubiera querido tener que contestar al telefonillo del portal. ¿Por qué le pasaba ésto a ella un día como hoy? ¿Y a estas horas?

Había venido a casa después del agotador día de trabajo para cambiarse y ponerse estupenda para la cena de su cumpleaños que le había organizado la cuadrilla. Se le atragantó el pedazo de pan que se había metido a la boca —único alimento del día si no contamos el cafelito de máquina de las siete de la mañana, que ni era express ni nada parecido— mientras corría en bragas por el pasillo sin saber si dirigirse hacia la puerta o hacia el más recóndito rincón del mundo.

No tenía tiempo, no podía atender a nadie, no quería ni incluso pensar en coger una llamada de teléfono, ni tan siquiera la de su madre. Quiso hasta ignorar el soplido de la entrada de wasaps. Estaba aterrorizada y sin embargo sabía que tenía que atender al técnico de la caldera porque, claro, ducharte otra vez más con agua fría, esperar otro día más sin agua caliente ni calefacción era para morirse, ahora que había entrado definitivamente el crudo invierno.

Gritó con todas sus fuerzas contra el espejo de la entrada que le devolvió la tragicómica mueca de rabia de su cara medio desmaquillada, con el rimel chorreando hilillos negros por sus ojeras, gracias al extenuante día de visitas de proveedores, de los cientos de correos del día pendientes de tirar a la basura que tenía en la bandeja de entrada, y de la urgente reunión de la que no pudo escaquearse convocada, como siempre, a la hora favorita de su jefa, o sea, justo media hora antes de la hora de salida del viernes.

Se raspó la cara con el trapo de la cocina, como había visto desmaquillarse a Glenn Close en la película «Amistades peligrosas», solo que, a toda prisa, para recomponer de alguna forma su imágen antes de que subiera el técnico. Tenía a disposición minuto y medio de tiempo que era lo que duraba el trayecto del ascensor hasta el quinto piso. Así que solo le dió para ponerse encima un albornoz y recogerse el pelo mojado con la primera pinza que encontró a mano; una de plástico.

Se quedó estupefacta. Casi dos metros de hombre de gimnasio —tipo bombero de calendario— la contemplaban con una especie de irónica sonrisa mientras soltaba una retahíla de excusas por no haber podido atender antes su llamada. Dijo que estaban siendo días complicados para los deshollinadores —su sonrisa la desbarató más aún–. Aquello parecía un sueño; el comienzo de una mala película porno. Se ciñó, mucho más de lo que ya lo había hecho, el gran albornoz que la envolvía y que con las prisas había resultado ser el de su marido; colgaba de ella como si fuera un gran abrigo de vivos visones blancos.

Se escapó de la cocina donde el técnico se afanaba en reparar la caldera y se apoyó, desesperada, contra la pared del pasillo. Necesitaba respirar. Cerró los ojos para ver que solo había chispitas de luz insistentes en la escena oscura de sus pensamientos. Quiso cerrar también sus oídos a los sonidos metálicos que le llegaban, vagamente, de las herramientas golpeando contra el vacío de los tubos de la caldera. ¡Horror!, no era momento para desmayarse allí mismo…

La recibieron cargados de champán los de «la cuadri», con los brazos abiertos celebrando su llegada. ¡Como una reina! Llegaba tarde pero preciosa, pavoneándose ante ellos con sus mejores galas y su maravillosa sonrisa heredada de padre, como si allí no hubiera pasado nada. Se sintió genial, como una gran actriz fluyendo por la alfombra roja de su vida. Sus tacones de aguja atravesando las tripas de cualquier elemento hostil que osara interponerse en su camino. Alrededor, los flashes y los aplausos, los abrazos de un público ferviente que la adoraba.

(Ella era una campeona olímpica (o eso, al menos, le recordaba a menudo su madre…)


@mjberistain
imagen de internet Edgar Degas


Sal de Amor


Sal de amor y bruna arena
la casa encendida
me he sentado en el hueco de la ventana
para verte venir desde lejos.

Ese viento que te trae…
ese viento que traes a tu espalda,
ese viento que renueva la flor de los jazmines
cada mañana y arranca belleza de los
más sórdidos sonidos de la quincalla.

Quise construir muros altos; altas torres de babel
con las más bellas palabras
y alguien me gritó que no servirían para nada.
Quise hacer crecer tus sombras en la arena,
perseguí la luz del salitre en las altas cimas
de sus espumas
y el mar me llevó mar adentro con su resaca.
Quise construir castillos de piedras finas
en tus pestañas, y el viento se amotinó
en mi cintura con cítaras y luces de estrellas caídas,
y el mar y la noche me envolvieron en su negrura.

Temía que ocultaras terribles zarpas a tu espalda…