A cinco metros de mi

Las altas puertas están abiertas. La lluvia cae con fuerza en el jardín de los jacintos. Hoy el verde no brilla como lo hace otros días. Subo las cinco escaleras que me separan de la entrada. Entro en el Museo, a esta hora nadie se atreve, solo han dado licencia a unos pocos, ocultos tras máscaras, y distantes. Llueve afuera, ya lo he dicho, cae una lluvia densa sobre el asfalto como lo hace en los momentos más rabiosos del otoño. Pero estamos en mayo. Ya quitaron de los mapas abril, este año, y parece que también borrarán el mes de mayo. Solo unos pocos saldrán a las calles, otros saldrán a pesar del temor y de las leyes; saldrán por encima de todo. Y volveremos a empezar; volveremos al principio. La tierra está herida y la muerte acecha afuera. Los muertos se cuentan por miles, mientras sean los de otros.

Entro en el Museo, hay un silencio blanco de techos altos que deslumbra y duele en los ojos. Sigo adelante por los inmensos pasillos vacíos, no hay más puertas, solo paredes pintadas de puro blanco, esquinas y rincones, nada, parece que estuviera en el limbo de los justos, nada me conmueve, suena en el vacío el eco de mis propios pasos, me he dado cuenta de que arrastro un poco uno de mis pies, tendré que hacérmelo mirar, procuro enmendarlo, me estiro, me esfuerzo, quiero estar atento, que no me abrume la soledad, ni el silencio, a falta de cuerpos cercanos. Ya sé que sobrevivo al vacío con cierta facilidad, pero no quiero hundirme en él. Miro hacia un lado, nada; miro hacia el otro y nada, otra sala blanca, una tras otra, salas blancas, sin relieve, sin sonido, pareciera el Museo del Vacío.

—¿Y qué hago yo aquí? —me pregunto.— ¿Qué espero encontrar? ¿A qué he venido? ¿Qué busco?.

!Ah, sí!, he venido a un Museo, a pasar el tiempo, a llenar el que no puedo llenar con el cariño de los míos. Se han tensado tanto los hilos que una caricia es un lejano roce de puntillas, con las puntas de los dedos de las manos enguantadas. Y siendo mucho, no deja de ser muy triste. Escucho sus voces como un eco metálico a través de los cables, siento que se me electrocuta el corazón mientras se queman las palabras a través del frío y de los cristales líquidos.

¡Deja de pensar!, —me digo—.

Veo a lo lejos un punto negro. Quizás una señal, un contraste, un punto de realidad, una mota de polvo. Sigo arrastrando un pie, pero me muevo con más agilidad que antes. Distingo a una persona vestida de negro sentada en un banco alto. Apenas eleva su mirada hacia mí, despacio. Espera. No dice nada. Le miro a los ojos, también sin ánimo de nada. Un miedo visceral me sacude por dentro, pero no digo nada. De nuevo el vacío. La sala es amplia, blanca, la nada no me calma.

Siento frío.

Solo hay polvo, polvo gris, polvo de ceniza. Se acumula en montones, montones de ceniza bien ordenados, separados unos de otros por la misma distancia. Ocupan toda la sala. Treinta, cuarenta, o cincuenta. ¿Por qué imagino que son pares? Podrían ser impares. No. Es un perfecto cuadrado. Podría contarlos, pero me confunden, son exactamente iguales. Algo se mueve, no sé si en mí o en ellos. Vuelvo a intentarlo. Empiezo por el que tengo más cerca; el que está a cinco metros de mí. Ahora desde el otro ángulo, pretendo avanzar entre hileras, sumo, cuento las filas, calculo las columnas, multiplico, me confundo. Qué importa. ¿Cuántos?

¿Cual es su significado?

¿Qué es lo que queda después del tiempo que me han dado?, ¿Qué he conseguido hacer de ello?

Me vuelvo a la persona que cuida la sala. De nuevo levanta hacia mí discretamente su mirada y sigue sin decir nada.

Comprendo.

Perfecta formación de montones de ceniza acumulada, es todo; es La Obra.

Se muestra mi miedo en un temblor de mi propia sombra que me persigue por los pasillos a zancadas.

Me dieron flores para engrandecer el jardín de los jacintos, me llamaron por mi nombre y vuelvo tarde y con los brazos llenos de vacío, el cabello húmedo y no tengo palabras, no se si estoy vivo o muerto, me busco en el corazón de la luz; y solo llevo silencio.

La Obra; esa perfecta formación de montones de ceniza acumulada…

@mjberistain


10 comentarios sobre “A cinco metros de mi

  1. No sé por qué razón tus trabajos no entraban a mi lector… Hoy por fin, pude disfrutar de tu poesía y de tu prosa.
    Excelente, ambas. Espero poderte leer con más frecuencia ahora… Te felicito por tu excelente magia, María Jesús. Un placer leerte, siempre. Besos.

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  2. «Escucho sus voces como un eco metálico a través de los cables, siento que se me electrocuta el corazón mientras se queman las palabras a través del frío y de los cristales líquidos.»
    Emocionalmente es triste, pero tiene un bonito toque esperanzador. Me ha gustado.

    Le gusta a 1 persona

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