Escribir un poema


Llevo días sin escribir la sola línea de un poema. Este tiempo de cautiverio ha cauterizado mi piel a la experiencia. No hay experiencia, más allá de la de tocar mis cosas no contaminadas. He claudicado, ante los muros que han rodeado la necesaria afectividad, al brillo de miradas a través de planas pantallas de cristales líquidos que confunden las lágrimas de emoción con el juego luminoso de sus candelas.

Hoy es sábado y en breve se abrirán las puertas a la nueva esperanza. ¿Qué es lo que he echado en falta en este tiempo? ¿Qué es lo que espero del nuevo? Cosas sencillas, nada especial. Abrazar a las personas a las que más quiero, dar muchos besos a mis nietos, viajar para encontrarme con mis amigos. Pasear por los campos, escuchar el canto de los pájaros. Contemplar atardeceres. Caminar por las orillas de las playas a esa hora nocturna cuando las gentes ya están dormidas, o a la hora azul cuando va llegando poco a poco la madrugada. Disponer de momentos de lectura tranquila y escuchar la música que me gusta. Tener siempre fruta fresca en la fresquera. Ir cada día al mercado y comprar los tomates y la verdura tierna recién recogida del campo, y el pescado fresco de los barcos de los hombres del pueblo que han vuelto de madrugada a puerto, y la leche fresca que al cocerla me regala con una fina capa de nata. Eso quiero. Volver a lo básico e imprescindible para vivir una vida sencilla, saludable y sana. Disfrutar, cada uno de los días de mi vida, del amor a las cosas pequeñas. Y… escribir un poema.


Escribir un poema
marcar la piel del agua.
Suavemente, los signos
se deforman, se agrandan,
expresan lo que quieren
la brisa, el sol, las nubes,
se distienden, se tensan, hasta
que el hombre que los mira
—adormecido el viento,
la luz alta—
o ve su propio rostro
o transparencia pura, hondo
fracaso— no ve nada.


Autor Angel Gonzaléz


A corazón abierto


Esta es una historia verídica, aunque tal vez te parezca mentira. Mentir; mentir apenas a veces, mentir solo un poquito. Mentir nunca me lo permitieron cuando era una niña. Era uno de esos «valores» que debes de tener en cuenta si quieres llegar a ser una persona digna de ser amada.

Desde mi pequeño peldaño al que me subía para parecer mayor delante del espejo, hacía méritos artísticos en solitario a esa hora de la merienda en que va oscureciendo el día y aparecen los duendes entre las hojas de los libros de física y matemáticas. De pie en mitad de la habitación, subida a mi banquito de madera, leía en voz alta párrafos en latín dándoles un sentido épico, porque era capaz de recitarlos, pero no tanto de analizarlos y traducirlos —que era de lo que se trataba—.

Así fui convenciéndome de que aquellas pequeñas variaciones de la realidad —cuando reconocía haber hecho seriamente los deberes— no eran tan graves, de hecho, no causaban ningún dolor ni trastorno a nadie, tenía la suerte de que tampoco se notaban en mis calificaciones escolares, casi siempre brillantes.

Nunca tuve un diario, pero tenía un cajón.

Tenía una caja secreta debajo de mi cama, apretada entre el colchón y los hierros del somier y que, para que nadie la viera cuando limpiaban la habitación, estaba envuelta en un trozo de sábana vieja de los que se utilizaban para limpiar cristales. Al principio era una cajita plana de puros de los que fumaba mi abuelo Julián pero que fue transformándose con el tiempo a medida que la iba llenando de papelillos impregnados con signos y aromas de mi pequeña historia.

Aunque no dije ninguna mentira, sentí que mentía cuando, por primera vez la escondí. Más tarde, deduje que aquello no era una mentira, sino que era un secreto. ¿Qué diferencia había entonces? ¡Puaff! ¡Lo que tendría que aprender todavía…! Pero sabía que, para no delatarme, no debía de preguntarlo.

Hace unos días, una de esas tardes en las que no pasa nada especial, sentada junto al fuego, me planté ante mí misma a corazón abierto. Tengo que decir que a estas alturas de la vida mi caja secreta se había convertido en un «Cajón Desastre» o, según como se mire, se había convertido en el cajón de mis desastres. De allí salían maltrechas cuartillas y fotografías dedicadas, servilletas de bares con raros dibujos o con dedicatorias escritas a mano, pétalos de flores planchados que aún conservaban el aroma de las rosas rancias, fotocopias de páginas de libros, páginas desgarradas de revistas de literatura y poesía y hasta suplementos de periódicos color sepia —que claramente no sería el color original de los diarios de su época.

Volver…

Mirar atrás y volver a encontrarme con el arsenal de emociones que han perturbado mis días y de las que —podría parecer hoy— he salido indemne.

¡Mentira!

Lo que queda de mí hoy son las cenizas de todas esas historias contenidas en mi «cajón desastre». Lo admito con pena y con gloria. Porque de algunas todavía no he salido y dudo poder salir en vida. De otras he salido airosa después de que hayan terminado, y de otras tantas con la satisfacción y el alivio de haberlas dado por terminadas. Todas ellas están tatuadas de manera indeleble en la piel de mi alma.

Beso con devoción mis recuerdos; algunos ardieron antes, sin yo quererlo.

Lo decido por fin.

Crepitan las lenguas de fuego con hambre feroz de historias remotas.


@mjberistain

Cuando perdí mi futuro


Cuando llegaba el verano y mamá guardaba los uniformes, los libros, las maletas y los zapatos de cuero en el desván, para que pudieran utilizarse el curso siguiente, se organizaban encuentros de amigos en el descampado del barrio. Los chicos sacábamos nuestros juguetes a la calle y las chicas se vestían de colores porque también sus madres habían guardado los largos uniformes azules para que los utilizaran el curso siguiente sus hermanas menores.

A mí me gustaba Laura, tenía una larga melena rubia que cuando la aventaba la brisa del sur a mí me parecía que volaban con ella todos mis sueños. Se parecía a mamá. No era la más simpática del grupo, en realidad era la más seria, pero yo no dejaba de mirarla cuando estábamos sentados haciendo corro, porque procuraba ponerme, si no podía ser junto a ella, por lo menos tenerla a un lado para poder verla de vez en cuando mirándola de reojo. La verdad es que no me atrevía a hacerlo de frente. Mi corazón latía más fuerte cuando ella salía a jugar con nosotros. De vez en cuando nuestras miradas se encontraban y me sonreía con sus ojos azules brillando, el problema era que a veces, en vez de a mí, yo le veía sonreír de la misma forma a mi hermano. Pero yo pensaba que solo era porque, en realidad, no nos reconocía. Xabi había nacido antes que yo y eso le otorgaba cierto rango, un aire imponente y de listo que yo admiraba, y le dejaba hacer, aunque no aguantaba que se hiciera más amigo que yo de Laura. Cuando íbamos hacia casa discutíamos, pero él negaba que estuviera enamorado.

En el grupo le llamábamos el txapas. No le costaba ningún esfuerzo hacerse querer, era simpático, juguetón, era el que decidía a qué íbamos a jugar cada día; a guardias y a ladrones, o al txorromorropikotaioke, al escondite o a txapas. Lo del pañuelito era lo que yo prefería porque podía coincidir que me tocara salir corriendo para pillarlo antes de que llegara a la línea del centro del campo la niña contraria —porque solíamos jugar chicos contra chicas—. Cuando le tocaba el turno de salir a Laura, me emocionaba verla venir corriendo hacia mí desde el otro lado y, como yo era más rápido, solía quedarme unos segundos tocando el pañuelo esperando, sin llevármelo. Solo hacía un leve amago y dejaba que ella lo agarrara de verdad y se lo llevara corriendo orgullosa hacia su lado. Lo mejor era traspasar la línea central, perseguirla y pillarla por detrás y que me mirara de cerca sofocada y sonriente. Era la suerte la única oportunidad que yo tenía de tocarla. Cuando jugábamos a txapas las chicas no jugaban con nosotros, se marchaban a jugar a txingos o a la comba o a cromos y mi hermano, como sabía que yo me aburría un poco, para animarme me regalaba una de las txapas que él había fabricado. Las de mi hermano eran las mejores, las hacía con cromos de colores de equipos de ciclistas. Dibujábamos carreteras y hacíamos montañas con la tierra, a modo de circuito, que tenían que recorrer los equipos hasta llegar a la meta. Muchas veces ganaba Xabi y eso me gustaba porque, como ya he dicho, yo le admiraba y le quería porque después me regalaba a mí la mitad de las nuevas que había ganado. Nos queríamos mucho, a veces íbamos al colegio agarrados del hombro, yo me sentía entonces muy orgulloso y tan importante, al menos, como él.

Aquella tarde Laura se quejaba de que no estaba bien. Mi hermano al levantarse rápidamente del suelo para acompañarla a casa se dio un resbalón en la tierra que deshizo la pista de carreras. Nos dejó allí fastidiados, viéndo cómo desaparecían los dos juntos entre calles. Al cabo de un rato empezamos a inquietarnos porque Xabi no aparecía, se estaba haciendo de noche. Me fui a por él antes de que mi madre saliera a buscarnos. Desde el cuarto piso la madre de Laura me gritó que la niña estaba con fiebre en la cama pero que mi hermano se había marchado hacía un buen rato. Pensé que podíamos habernos cruzado por el camino y volví esperando encontrármelo allí con los demás chavales en el descampado.

Quise morir cuando vi a Xabi debajo de las grandes ruedas de —lo que años más tarde me enteraría de que había sido— un camión Pegaso 3046, rodeado de gente que gritaba y lloraba. Las txapas que él solía guardar en el bolsillo izquierdo de su pantalón estaban esparcidas por el suelo entre charcos de gasolina. A su lado vi con espanto a mi madre destrozada por el llanto y, como si hubieran sido macabras pistas de carreras, las trazas alargadas y negras del frenazo. Hacía mucho frío cuando me acosté en el asfalto a su lado. Quise decirle que le dejaba a Laura para él solo, que él era el líder, y que se la merecía más que yo, pero que no era justo que se separara así de mí. Le pedí que me dejara un hueco allí, debajo del camión en su lugar, y que él corriera a jugar porque todos los amigos le estaban esperando.

Total, nadie nos distinguiría…

II

Hoy es el día de mi cumpleaños y no soy practicante. Me he despertado muy temprano, bueno, eso no es verdad, en realidad, es que no he podido dormir casi durante la noche. He dado un beso suave a mi mujer y a mis hijos y he salido sigiloso de casa para no despertarles. Las calles, ya se sabe, están en silencio a esas horas, estremece el ruido del motor de cualquier vehículo, incluso el de un híbrido que pase cerca, y las luces de los semáforos parpadean ansiosas de que llegue el día para poder lucirse con todos sus colores. Hoy es el día de mi cumpleaños y el de mi hermano Xabi.

Estoy solo, sentado en el tercer banco de la iglesia, el sacerdote que hacía guardia ha comprendido mi extraña visita y ha encendido unas pocas luces en el altar mayor para que me sintiera más tranquilo. Las vírgenes y los santos de mi alrededor dan vueltas en mi cabeza en una especie de danza descabellada con sus túnicas volando vertiginosamente como si fueran murciélagos. Tampoco sonríen. Yo intento no hacerles caso porque desconozco las costumbres de los murciélagos y de los santos, o, mejor dicho, desconozco las de los murciélagos y he olvidado las de los santos. Me mantengo en silencio. Cuando han vuelto a sus pedestales miro al buen pastor, allí arriba, de pie dentro de su hornacina escasamente iluminada por el párroco. —Sé que era el párroco porque él mismo me lo ha dicho cuando me ha explicado que estaba allí porque el sacerdote al que le tocaba hacer la guardia era un anciano y ese día, que llovía, le había excusado de levantarse tan temprano. —Me ha parecido bien—.  Observo a Jesús, con su oveja preferida. Solo observo, sin pensar en nada. Unos segundos más tarde, me doy cuenta de que me voy encolerizando y no puedo evitarlo. Necesito acusarle y no me atrevo.

—Hijo mío, tienes que ser siempre agradecido a la vida —me decían—, Dios nos la da y Dios nos la quita—.

Dejé de estar de acuerdo con aquella frase el mismo día que murió mi hermano.  —Aunque tenga que reconocer que mi vida es un regalo sin que entienda todavía muy bien a quién, además de a mis padres, deba de agradecérselo—. He sido respetuoso con las leyes y con el ejemplo que he recibido de mis mayores hasta hoy, y es lo que intento inculcar también a mis hijos. Pero, después de muchos años, que no sé cómo se puede perdonar a un dios, siento la necesidad de encararme con él y acusarle de que me robó lo que más quería y que sigo sintiéndome como si solo fuera la mitad de mí mismo. Que no sé si soy capaz de olvidar la faena que me hizo el día que el camión aplastó a mi hermano. 

Agarraba la mano de mamá pensando que, en cualquier momento mi hermano aparecería, se agarraría de su otra mano y nos marcharíamos juntos los tres a casa.
—Porque papá tampoco estaba. Se lo llevó, al año de nacer nosotros, una rara enfermedad que no se pudo diagnosticar a tiempo—. Evitaba mirar a nadie, no quería besos ni abrazos de esos pegajosos que dan los mayores a los niños intentando consolarles o hacerles sonreír. Mantenía mi cabeza gacha, había admitido salir a la calle con aquella horrible gabardina, sin capucha para la lluvia, que había sido de mi padre, con la que mamá, por no desprenderse de ella porque, según decía, era de muy buen tejido, había cosido dos pequeñas, iguales, para nosotros. Admití ponérmela aquel día, aunque me sentía como un fantasma. Desde que no estaba mi hermano, yo procuraba no hacer llorar a mamá, así que, en principio, casi siempre hacía lo que ella decía.

No entiendo por qué no nos marchamos de la iglesia al terminar la misa. Ella quiso quedarse a recibir el pésame de los presentes y, además, que yo me quedara con ella, quieto, a su lado. Yo entendí que necesitaba mi protección y, curiosamente, me sentí importante, Las telas húmedas de las chaquetas y gabardinas de la gente me rozaban la cara al ir a abrazarla. Desde mi altura yo solo veía los zapatos recién embetunados y brillantes de los que se acercaban a acompañarle en el sentimiento. Un movimiento extraño, una leve presión de su mano me hizo levantar la mirada y la vi. Laura venía despacio por el pasillo cuando ya no quedaba prácticamente nadie en la iglesia. Ella sola. A cierta distancia le seguían sus padres. No puedo decir de qué color eran sus zapatos o si eran de charol, ni si llevaba sombrero ni collar de ámbar colgando del cuello sobre su pecho, ni lazos de raso rodeando su cintura cayendo sobre su vestido almidonado, como cuando coincidíamos los domingos en la misa mayor de las doce. Descubrí que su mirada había perdido el brillo que yo recordaba, que su melena larga y rubia caía oscura y lacia por sus hombros. No nos dijimos nada, nuestras madres se besaron. Mamá lloraba muy suave cuando se dirigió a mí, y abrazándome, me dijo con su voz debilitada; hijo, vámonos a casa.

La tía Úrsula, que era religiosa, no se separaba de nosotros. Había pedido un permiso en el convento para acompañarnos y cuidar de nosotros, al menos, durante los primeros días de duelo. Mamá se negaba sin fuerzas. En un momento de despiste de mi tía, tiré de la mano de mi madre y al oído le dije que quería estar solo con ella. A pesar de su sonrisa triste, recuperó un poco su determinación. —Creo que fue aquella una de las más bellas sonrisas que le he visto dirigirme a la cara desde que tengo uso de razón. De nuevo sentí que yo, especialmente para ella, era importante—.

No fui al colegio los días siguientes. Todos me parecían días de fiesta, aunque no teníamos nada que celebrar. Los amigos llamaban al timbre de casa por las tardes para que saliera a jugar, pero me escondía debajo de la cama porque sabía que mamá vendría enseguida a avisarme, por si acaso no me había enterado. Yo lloraba y le decía que me dolía la pierna y que no podría correr. Me miraba con una mueca simpática de incredulidad, como para hacerme dudar, pero me lo consentía todo. No quería comer. Ni tan siquiera quería la merienda, hasta que conseguí que, de acuerdo con el médico, me metieran en el cuerpo fuertes dosis de jarabe de hígado de bacalao porque, solo así se conseguiría que recuperara el ánimo y las fuerzas. Ver a mamá que compartía conmigo el asqueroso líquido oscuro de aquel frasco pegajoso me hizo más soportable la medicina, además, porque la farmacéutica me había dicho en secreto, que también ella la necesitaba.

Hoy es mi cumpleaños y el recuerdo más fuerte que tengo de mi vida de niño, aparte de la muerte de mi hermano, es el del primer día que salí a jugar al descampado.

—¡Xabi!, ¡Xabi!… —corrían emocionados todos a mi encuentro.

Su nombre, aquel sonido sibilante, que en otras ocasiones había relacionado con la música, se clavaba en mi pequeño estómago como una fina cuchilla cortante, cada vez que lo escuchaba de sus voces inocentes, paralizándome. A duras penas había conseguido mantenerme en pie mientras me abrazaban. —Si hubiera sido yo, solo hubiera deseado el abrazo de Laura—, pero, aquel día, Laura se había quedado apartada del grupo, mirándome con el azul de sus ojos apagado, y yo me había quedado callado, sin saber qué hacer, compungido.

—¡Venga Xabi!, que te estábamos esperando, a qué quieres que juguemos hoy —dijo Tontxu con falso desparpajo, para conseguir animarme.

Los demás, poco a poco fueron uniéndose a su iniciativa. Yo los miraba en silencio. No me salían las palabras. Mientras se ponían de acuerdo mi ánimo volaba como una paloma blanca hacia el cielo. Allí estaba mi hermano.

—¡Vamos!, —escuché que me decía como si estuviera a mi lado gritándome al oído.

Sentí el poder de su fuerza en aquellas palabras alentándome a que continuara con el juego. Pero, aquel mensaje, como un destello sobrenatural me invadió de tal manera que consiguió desestabilizarme por completo. Debí de caerme al suelo, desmayado. En urgencias le dijeron a mamá que solo había sido un susto porque me estaba quedando muy débil. Nada importante.

Yo escuchaba, sin decir nada.

III

El accidente no había provocado derramamiento de sangre del cuerpo de mi hermano. La mía se había quedado helada, petrificada, como todos los órganos de mi cuerpo, asustados hasta el infinito. Pero, recostado a su lado en el asfalto, había podido sentir cómo una nueva sangre fluía con lentitud en mi interior. Como si la de Xabi se estuviera adueñando de mi cuerpo y estuviera invadiendo mis venas para salvarme —él a mi— ofreciéndome la calidez de la suya.

Sentado en el banco de la tercera fila de la iglesia, permanezco ido, mis pensamientos se entrecruzan alocados en hilarante danza con la de los murciélagos. Me pregunté muchas veces durante mis años de mudo que, cómo era posible que un ser humano muriera, si su cuerpo no se había vaciado de sangre.

Me espantaba de mí mismo, porque, a partir de quedarme sin habla, mi mente proponía pensamientos que yo no había sido capaz de elaborar antes. Seguía siendo todo muy confuso. Me afanaba en recuperar mi voz, pero solo podía hacerme entender por mi diario. Mamá sabía interpretar mis gestos y me ayudaba con sus palabras y yo solo tenía que asentir o negar lo que ella proponía. Me abrazaba cuando me notaba en dificultades. Yo no entendía lo que pasaba y peleaba por vivir mi verdadera vida, ¿pero a quién podría decírselo si me había quedado sin palabras que expresaran mi profunda incoherencia? La angustia se había instalado en mi retorciendo los cables en mi cerebro de niño. Me sentía incomprendido y estaba desolado en el silencio en el que me había sumido. Sentía que había perdido mi futuro cuando, acostado en el asfalto al lado de mi hermano, acepté el regalo de su sangre.

—¿Quién sería yo ahora, si hubiera continuado con mi vida verdadera? —me lo he preguntado muchas veces durante todos estos años.

—Es terrible, ¡pobre niño! —decían las vecinas— que se haya quedado de repente sin habla; seguramente habrá sido por la impresión que recibió al presenciar la escena del cuerpo desarticulado de su hermano debajo de las ruedas del camión.

—Esa pobre criatura tan alegre, tan espontáneo él, y tan risueño, tan buen estudiante; es que lo tenía todo, ¡pobrecito!, y ahora mudo. ¡Lo que le faltaba a esa mujer!

Todavía lo recuerdo —decía otra— cómo los mandaba su madre al colegio, que iban siempre juntos de la mano, tan relimpios y recién peinados. Era una delicia verlos.

Los profesores me protegían a su modo confiando en que el problema fuera pasajero. Yo escribía cada día en mi diario. No solo me iba dando cuenta de que no podría recuperar mi futuro, sino que tenía la cruda certeza de que jamás volvería a ver a mi hermano. Lloraba por las noches, porque en mi interior era incapaz de imaginar en qué tipo de monstruo me estaba convirtiendo al haber aceptado el empujón que me dio mi hermano cuando me había dicho ¡vamos!, y yo entendí que siguiera adelante con la farsa de suplantarle, y ser él, como los demás querían. Y yo mudo, aceptando aquel regalo envenenado. Sé que lo hizo pensando en mi bien, pero yo me había equivocado al aceptarlo, porque la realidad —visto desde ahora— es que me hizo mucho daño—. Yo sé que se habrá arrepentido muchas veces, pero en aquellos momentos ya no podía discutir con él sobre ello, y solo me quedaba polemizar con mi diario.

Crecía con la angustia de no ser yo, algo así como la idea de estar usurpando su recuerdo en el corazón de los demás. Mi cerebro era incapaz de ordenar los continuos estallidos de neuronas que producían un humo cegador, parecido al que vi en televisión, años más tarde, cuando despegaban los cohetes que se enviaban al espacio. Lloraba y escribía por las noches, cuando me llegaba desde la oscuridad el sonido de la fuerte respiración de mamá en la habitación de al lado, y yo entendía entonces que estaba dormida. Pasaba muchas horas, apostado en la ventana de mi cuarto, mirando al vacío. En el silencio, sin embargo, me calmaba escuchar, como en sordina, el latido de las campanas de la iglesia que silenciaba el párroco por las noches, para no perturbar el sueño de los vecinos.

Soñaba con la ingravidez, con volar como lo hacían los cohetes de la Nasa, para salir al espacio a buscar a Xabi. Creo que así se me ocurrió la idea de ser astronauta. A veces, incluso me pareció escuchar sus carcajadas.

—¡Astronauta! —me llamaban los amigos—. De vez en cuando conseguía responder con gestos de simpatía, porque aquella palabra me hacía menos daño que el que me llamaran por el nombre de mi hermano.

Solo a mí se me había ocurrido ser astronauta, aunque nunca expliqué el por qué. Los demás, elegían cosas más vulgares, como policía o bombero. Lo normal. En el caso de las chicas era querer ser bailarinas o azafatas para viajar por todo el mundo. Bueno, aquello era otra fórmula que se parecía algo más a lo mío, aunque no fuera tan exótico.

Cuando sentía las ganas de morir, pensaba en mamá. No deseaba dejarla más sola aún de lo que se quedaría si yo me marchaba. Así es que tuve que acostumbrarme a vivir sin pedir más, porque, en aquella época, yo estaba muy enfadado con Dios.

Sigo en silencio. Y sigo sentado en el tercer banco de la iglesia. Estoy agotado. Necesito darme un respiro, aunque no pueda evitar seguir pensando. Puedo oír el tañido silenciado de las campanas de menos cuarto, aún me quedan unos minutos para llegar a tiempo al trabajo.

IV

Yo solo venía a hablar con Dios.

No pretendía pensar en nada especial esta mañana, cuando el cura me ha dejado entrar en la iglesia y ha encendido la lúgubre luz en la hornacina para que me sintiera más tranquilo.

Pero, me siguen llegando a la mente los ecos de las vecinas.

—¡Pobrecito! Este niño no parece recuperarse a pesar de los tratamientos, ¡qué pena!, después de tantos meses de psicólogos—decían las brujas del tercero—.

Era a primera hora de algunas mañanas, cuando las oía hablar mientras fregaban la escalera. Yo entonces bajaba sigiloso las que había desde el quinto hasta el tercero. Me daba tiempo de escuchar sus conversaciones hasta que advertían mi presencia, y entonces me sonreían, y me hablaban con esa voz afectada que utilizan los mayores cuando se dirigen a los niños. Yo no decía nada, bajaba la cabeza y, simplemente, hacía un leve gesto de saludo. ¡Brujas!, —pensaba, mientras pasaba entre ellas— las odiaba, las imaginaba con las caras arrugadas y verrugas en las narices como las de los cuentos que nos contaba cada noche mamá antes de que nos quedáramos dormidos.

—Y su madre, tanta desgracia junta, es que es para morirse. —Si no le hubiera quedado este hijo mudo de quien cuidar, vaya usted a saber qué disparate hubiera hecho—.

Sus comentarios me hacían sentir más culpable todavía. Culpable por no haber muerto en lugar de mi hermano. Culpable por haber admitido suplantarle. Culpable por no ser capaz de confesarlo. Pero entonces yo era un niño, y, además de mi propio dolor, tenía muchas dificultades para hacerme entender por los mayores. No sabía cómo interpretar el futuro de mi hermano. Quería morirme. Pero también pensaba en mamá. Mamá, tan triste. Yo era su única razón para seguir viviendo. Y ¡cómo iba a abandonarla! No quería verla morir. Algunas noches la encontraba abrazada a la almohada, pretendiendo esconder allí su llanto. Entonces, me hacía un hueco a su lado, y me rodeaba con sus brazos y me apretaba a su pecho tan fuerte que yo sentía estar recibiendo el amor que no había podido dar en vida a mi padre y a mi hermano. De nuevo me sentía como estar usurpando su recuerdo en el corazón de los demás.

Nos trasladamos a un piso más pequeño en el centro de la ciudad y me cambió de colegio a uno de educación especial. Fueron años durante los que recibí distintos tratamientos porque decían que, en mi caso, la pérdida del habla había sido selectiva, motivada por un fuerte trauma. Los médicos tenían confianza en mi curación, aunque no podía determinarse en qué plazo se conseguiría.

Meses más tarde me llevó al despacho de una psicopedagoga. Desde los ventanales de su casa se veía el río y el sol de los atardeceres. Yo solía ir cuando salía del colegio. Los primeros días, ella me hablaba, pero no me preguntaba nada. O tarareaba alguna canción que yo conocía y me invitaba a seguir el ritmo con la cabeza, como hacía ella. Dibujaba y pintaba muy bien, me animaba a coger pinturas para que yo le hiciera algún dibujo de lo que veía por la ventana; árboles, un perro jugando o personas sentadas en los bancos o paseando por los jardines. Tenía un gran libro de juegos infantiles, en él me hacía identificar los que más me gustaban. Con ella aprendí a pronunciar palabras sin voz. También me hacía soplar muy fuerte para comprobar si me salía el sonido por la boca. Recuerdo que nos reíamos mucho intentándolo juntos. Nos dábamos abrazos de alegría cada vez que era capaz de articular alguna palabra. Así fue como hizo que fuera descubriéndome de nuevo a mí mismo, poco a poco, gracias a su gran paciencia, hasta que por fin me atreví con el “no”.

A mamá se le saltaban las lágrimas cuando escuchaba mi nueva voz.  Aquella mujer con su sensibilidad y su cercanía, con su paciencia y su alegría hizo que volviera a descubrir, dentro de mí, todo lo que se me había quedado paralizado de repente. Ahora puedo decir con inmenso agradecimiento que fue ella la que me salvó de un futuro equivocado, y que me ayudó a reconciliarme con el mío propio. Aunque seguían quedando algunas resistencias, sin embargo, por la confianza que llegamos a tener, recurrí a ella en determinadas ocasiones después de terminado el tratamiento. Sus consejos y las conversaciones que mantuvimos a lo largo de los años fueron definitivas y me sirvieron siempre de ayuda para reafirmarme en lo que soy ahora. Sigo admirándola como profesional y como gran persona que es, a la que quiero como parte de mi propia familia.

Gracias a ella fui capaz de disfrutar de mi adolescencia, aunque yo seguía hablando con mi diario. Me apasionaba la música, el baloncesto y las chicas. No quise apuntarme a la congregación mariana que entonces hacía excursiones y organizaban cine forum en el colegio, porque, como ya he dicho, en el fondo, estaba muy enfadado con Dios. Así que me apunté a los boy scouts, que pensaba que eran más divertidos. Yo tocaba la guitarra y cantaba a mi manera, pero me convertí en el alma de todos los saraos. ¡Tantas veces pensaba en mi hermano!, Sin embargo, fue una parte de mi vida muy feliz.

Y estudié Derecho, como quería mamá. Conocí a mi mujer en el viaje de fin de estudios y, a los pocos meses, ya teníamos muy claro que queríamos formar una familia juntos. Para entonces, ya me había curado. Bueno, es un decir, porque todavía estoy aquí, sentado en este banco de la iglesia, intentando hablar con Dios, porque parece que algo se me debió de haber quedado pendiente, y todavía lo tengo sin resolver.

Respiro hondo. Pasa el rato y empiezo a estar cansado.

Hoy es el día de mi cumpleaños, es viernes, y también es el cumpleaños de mi hermano. Soy un hombre solo en mi intimidad, en la que no caben, desde que murió mi madre, ni mi mujer ni mis hijos, ni, por supuesto, los amigos de la playa de los domingos. Supongo que debo de andar por la mitad de la vida, más o menos. Posiblemente no llegue a vivir completa la otra mitad, porque pienso que el castigo que han tenido que soportar mis neuronas aparecerá, en forma de desgaste de cerebro, o de alguna rara enfermedad como le pasó a papá.

Se fue mamá y el gran vacío que me dejó anegó todas mis penas, igual que lo hace un tsunami consiguiendo arrasar todos los signos del tiempo pasado. Creo que lo de marcharse, lo hizo a propósito, cuando se dio cuenta de que yo ya no la necesitaba tanto. Al final, sí, había estudiado Derecho. Durante unos años compaginé mis estudios de leyes con la física, porque en mi mente, supongo que aún infantil, se mantenía la ilusión de ser astronauta para viajar al cielo a ver a mi hermano. Pero la vida, que nunca sabes por dónde te lleva, me ayudó, porque, cuando fuí consciente de que mi pasado estaba arrasado, decidí, con el orgullo y la determinación que le hubiera gustado a ella verme, que volvería a empezar desde cero; que seguiría viviendo.

Todavía no me he reconciliado con Dios. Miro al reloj. Creía que estaba perdiendo la noción del tiempo, pero me doy cuenta de que la he perdido hace ya un buen rato. Me quedan cuatro minutos para llegar a tiempo al trabajo. Tengo mi propio despacho con ayuda de otros dos abogados. Dejé de pensar en ser astronauta. —Supongo que me curé a tiempo—.

Continúo en silencio. Miro hacia el altar mayor y observo, ahora con detenimiento. Ahí siguen el buen pastor y junto a él su oveja preferida. Después de unos segundos comprendo. Rezaría una oración, pero no sería suficiente. Bajo la mirada, me cuesta decírselo a la cara. Pero necesito hacerlo. Hacerle saber que hoy venía a acusarle de que cuando me robó, no solo el futuro, sino además a mi hermano, me sentí traicionado. Que quiero acabar con esto, y que necesito su ayuda. Que le pido perdón por la osadía de haber entrado en su casa con toda mi decepción y mi coraje, con el orgullo y el rencor que me han mantenido alejado de él durante estos años, odiándole tanto.

Desdoblo despacio el pañuelo blanco de fino lino con mis iniciales, —las propias— que mi mujer se ocupa de regalarme cada cumpleaños y me seco de nuevo las lágrimas que se me han escapado.

Decido llamar al despacho para decirles que no me esperen, que la noche ha sido dura y muy larga.

Me levanto y camino despacio por el gran pasillo de la iglesia vacía. Las campanadas ya se escuchan por la ciudad anunciando la celebración de la primera misa del día. Al llegar a la puerta de salida, me vuelvo, ahora ya me siento capaz de mirarle a Dios a los ojos. Le pido que cuide de él, como cuida a esa oveja que tiene a su lado. Me marcho convencido de que en el lomo lleva tatuado el nombre de mi hermano.

Por fin siento una gran calma y una profunda alegría, respiro hondo, y me dejo invadir por la suave brisa de la mañana. Quiero volver a mi casa para abrazar a mi mujer y a mis hijos, ahora sí, con toda mi alma.

@mjberistain


Un minuto a la deriva


Un minuto a la deriva…

Te escucho en la distancia
y tiemblo en el vacío
eres como el fruto de un veneno
con corazón de lirio.

Un minuto a la deriva…

Recuerdo tu roce como un trote de palomas
dibujando paisajes en mi espalda
con las alas llenas de lluvias tiernas.

Un minuto a la deriva…

Llévame lejos, amor
por el camino intacto de la nieve
al instante escrito sin palabras
en las  heridas del silencio.

Un minuto a la deriva,
dame un minuto, amor, solo un minuto
a la deriva.


@mjberistain
De mi poemario «Apuntes de Salitre»

Imagen: ArtQuid

Confluencia


Si no fuera porque aún te espero
amor, clamor de huesos
belleza táctil, belleza al fin,
no osaría estío más sincero,

Llevo un sudor de muerte
en el pelo, nacido a la orilla
del atrevimiento,
donde los peces brillaron
alguna vez contigo
perdidos entre versos,
tiemblo entre los cristales
que miran al vacío y no te veo,
amor,
y no te siento en la distancia
porque hay una inmensa realidad
que no entiende de futuros
fatuos,
y no hay descanso en la inquietud
del universo cuando las borrascas
embisten la bosquedad de los inviernos.

Movimiento lunar, preludio sereno
del océano donde perdí las palabras
más bellas que escribió
la confluencia de nuestros cuerpos

¡Ay amor que te mueves
entre las pausas del deseo…!



No sé


Dormitan brisas la comisura de tus labios,
rotunda inconsecuencia
mía la de mirarte cuando estás dormido

porque un sobresalto de pájaro
plateado irrumpe en dulce danza
como un cualquiera en mi alcoba
a la hora tardía de los sueños,
y no sé cómo explicarte

que no hay nada más extraño
que el lacerante extravío
de seguir anhelando nuevas lunas
y alas de luz para el destierro
de camino al paraíso de tus besos.


@mjberistain




Llamaradas


Llueve afuera como si fueran fuentes
derrochando imágenes salpicantes
entre nerviosas risas de chiquillos
que juegan a mojarse entre visillos.

La ciudad sigue sumergida en un silencio azul
asoman lazadas de tristeza a las ventanas,
encubriendo el sol su tibieza entre rayos de tul
¿calentará de vida madrugadas cercanas?

El frío se agarra como corteza de cristal,
mas, la esperanza ¿será rémora o derrama
en jardines de rocío, manantial mineral,
que estallará en llamaradas de amor como arma?


@mjberistain
De «Juegos de interior»


Juegos de interior


Observo tu instante, siento en mis dedos
la urgencia de apresarlo entre latidos
alquimia de máscaras y mentiras,
te daré mil besos tras las cámaras

Aleja de mí la mirada, deja
caer el borde de tu blusa vieja
en la solemnidad de tus secretos
seré furtivo cazador de espejos

que no te reconozcas si te admiro
en la belleza del deseo puro
hacia el norte de tu espalda silente
dignidad de amor que nada desmiente.






¡Ojalá!


Había estado esperando que llegaran estos días,
que ahora se van sin avisar como una primavera desvanecida.

Apenas ha llovido y los hilos de la bruma
se persiguen, uno tras otro, día tras día
y el sol parece que se haya quedado dormido
en la noche interminable.

¡Cómo echo en falta tus mañanas solares!

Sentir cómo se despertaba el deseo de vivir
tras los cristales. El frescor de la tierra húmeda
en el jardín de los lirios, el abrazo de unos niños,
el trinar de los pájaros enloquecidos
cuando la luz, demorando el día, jugaba entre los nidos,

Había estado esperando que llegaran estos días
que ahora se van sin avisar como una primavera desvanecida
¡Ojalá que nada de esto hubiera sucedido…!


@mjberistain

Tormenta


Entreabierta he dejado mi puerta y has entrado
como huracán desde el horizonte del espejo
níveas gaviotas giran; giran y dan vueltas
sobre su propio cuerpo, sus alas desplegadas
alrededor de mis ventanas; habrá tormenta.

¿Dónde no estarás como en este recinto cerrado
de la vida?  En cualquier sitio desconocido
nada será sin que yo sepa tu nombre,

porque cuando empezaste a vivir en mí,
cuando era obvio que te hacías dueño
de las sombras me escondí tras los espejos.
Palpo la fría superficie del papel blanco
la sedosa piel de los libros por los estantes
tu mirada imperceptible en las imágenes
que ha desgastado el tiempo,
pero no sé tu nombre
solo sé tu ausencia y te recuerdo.

¿Dónde buscarte, si mi voz ronca de mar
se deshace en brumas contra el acantilado
si los faros, solo iluminan nostalgias de espuma
donde el mar se rompe.
Guardé en la orilla un ramo de delirios
de poemas naufragados. ¿Dónde estarás ahora
en esta húmeda mañana de abril
cuando te llamo, si aún no sé tu nombre?


La piel de tu sombra


He hilvanado la piel de tu sombra
a la geografía de mi cuerpo, te quiero
incandescente semilla en el atardecer
de mis huesos
aunque sé que es una rara torpeza
pretenderlo;
comprende que nada es suficiente
cuando sientes que te faltan los abrazos.


Arpegios


Removiendo las brumas
de la madrugada, he sido arpegio
de dolor, alegría, emoción y llanto.

Quería ser la humilde sombra
de la luz de tu escritura
y me he quedado a oscuras
contando las palabras y las sílabas
sentada al borde de la escala.

Luego he volado entre tus dedos
como una frágil mariposa, libre,
desplegando los colores de sus alas;
gotas  de polen y tinta enamorada
ensuciando lienzos blancos.

Me preguntas a qué belleza canto
y no encuentro mayor emoción que volar
entre los versos y los verbos de tu poema.


Dedicado a Julio Alonso, quien con sus letras ha inspirado este humilde poema.

Luna de abril


Bajo la sombra rosa de la luna de abril
sentir de nuevo el quebranto de los versos
en ese silencio
que nos deja tan vacíos; que nos dejas,
tan vacío
O esas voces que se oyen desde lo lejos
de la edad, con tus poemas
entonados con tristes voces destempladas
O las puertas sospechosas
que abrimos con el miedo de no encontrarte
en un susurro
O el crujir de maderas buscándote por la soledad
de los pasillos bajo los pies descalzos.

Se rompen los corazones, conmovidos.

Y, te recuerdo…


Vengo del sueño


«Vengo de donde mide su conjetura el aire,
de la raíz antigua de la piedra y la música,
de las palpitaciones verdes de la madera,
de los primeros ríos que cruzaron los pájaros…»
Santos Dominguez

Vengo del sueño profundo, noche de infortunios.
Cené con Bousoño y he despertado con un traidor
que se ha comido el único trozo que quedaba
de la tarta, escondida bajo la mesa, para mí.

No puedo salir de casa, ni andar por las calles,
Aute ha muerto y me consuelo con Cohen,
subo a la azotea con su violín, hace frío,
la soledad tira de los bordes escarchados de mi vestido.

Trascienden trinos de pájaros haciendo nidos
las primaveras no esperan; florecen,
luego desaparecen sin ruido como trenes
que no paran en los tristes andenes dormidos.

Los días son un magma de esperanzas arrebatadas.


Ladrón de primaveras


Ha entrado sin avisar, como un vulgar ladrón
de primaveras.

La humanidad deja de respirar
como si fuera una barca que se hunde,
sin nombre.
¿Quién velará su último viaje sin ceremonia?
sombras negras —pétalos de almendros—
derramará la tierra en su recuerdo acompañando el duelo.

No es tiempo de llorar ahora
cantad y bailad, tristes músicos, frente a los espejos,
por los abismos del silencio y por la soledad de las calles,
cantad canciones de niños, que salgan a las azoteas
a las terrazas y a los balcones, cantad cánticos nuevos,
entonad himnos de esperanza que no parezcan naufragios.

No habrá tregua mientras el aire suene
con el aliento de los ausentes.
No cabe más que amor en nuestras venas
que, cuando ésto termine, desnudados de máscaras,
saldremos a los parques y a los puentes a abrazarnos
y «habrá siluetas nuevas —regalos al paisaje— y alegres golondrinas«.



CV-19


Un clamoroso silencio de pájaros caídos
albergará la piedad de la madrugada
mientras la humanidad se desangra
por las vertientes desconocidas del vacío.

Demonios y vampiros esperan afuera como lobos hambrientos.

La luna es un alma herida
que asesta sombras como cuchilladas
y hay gatos negros solitarios vagando
por la crueldad congelada de las calles.

La bendición Urbi et Orbi de un dios que salva
se posa sobre los restos cuajados de corazones
dolientes a la espera de resucitar
de la pena de pasillos de las más oscuras noches.

Quizás fuimos dignos de semejante esclavitud.


@mjberistain
Fotografía: Ignacio Pereira – Puente de Brooklyn


Librerías de viejo


Una de las cosas que más me gusta hacer cuando salgo de viaje es adentrarme en su parte antigua (histórica). En esta ocasión, en la que viajé a Italia y muy en especial a la ciudad de Nápoles, no pudo ser de otra manera, ya que es una de las más extensas de Europa, y realmente interesante.

El casco histórico de Nápoles, el más extenso de Europa, alberga testimonios de distintos estilos y períodos que abarcan desde la fundación, en el siglo VIII a. C., de la colonia griega Parténope, hasta la sucesiva dominación romana, desde el período Suevo-Normando hasta el reinado de la Casa de Anjou, desde el imperio aragonés hasta los reyes de Francia, para concluir con el período de Garibaldi y el reino de Italia.

Visitar el centro histórico de Nápoles significa atravesar veinte siglos de historia. Las calles, las plazas, las iglesias, los monumentos, los edificios públicos y los castillos custodian un conjunto de tesoros artísticos e históricos de un valor excepcional, hasta el punto de haberse ganado, una gran parte de él (alrededor de 1000 hectáreas) su inclusión, en 1995, en la World Heritage List de la UNESCO.  

Fuente: Agenzia Nationale Turismo

¿Por qué se me ocurrió ir a Nápoles? Es cierto que he visitado ya algunas otras ciudades importantes del país, pero esta, en este momento especial de mi vida, me atraía especialmente por su colorido, su bullicio, la simpatía y frivolidad de su gente, la PIzza, su música, el mar, su costa amalfitana, el Vesubio, su café, la Ópera, la Galería Umberto, el Museo Arqueológico, sus castillos, la maravillosa escultura en mármol del «Cristo Velato» de Giuseppe Sanmartino en la Iglesia de Sansevero. Además, la ciudad tiene un tamaño que la hace «paseable» a pesar de su caótico tráfico. Todo eso y probablemente mil cosas más que no tuve tiempo de disfrutar durante los diez días que pasé dentro de su piel. Le prometí al vendedor de flores de la esquina del Café Gambrinus que volvería…

Pero iba a referirme aquí a sus librerías de viejo. No tengo mucho que decir. Es cuestión de ir allí y adentrarse en ellas como un «sagu», o pequeño ratón. Nadie reparará en tí a no ser que te lo propongas. Su olor, sus colores, su «orden». No puedo explicar la sensación de pequeñez que siento ante tanto conocimiento contenido entre sus paredes, pensando en los cientos de almas que han leído y estudiado sus páginas. Solo voy a incluir algunas imágenes que dicen mucho de las horas que dediqué a vagabundear entre ellas.

Por cierto, que conseguí un ejemplar, actual (2013), del libro titulado «Adriano, l’antichità immaginata» de Marguerite Yourcenar. Es una joya. En él se recoge documentación, textos y fotografías, que la autora fue acumulando durante el tiempo que dedicó a la creación de su obra Memorias de Adriano. No será difícil aventurar que es uno de mis libros de culto.


Solo quería mostrar algunas imágenes de las librerías, pero hablar de Italia es siempre fascinante…


Texto y Fotografía@mjberistain

Palabras previas


Sobre el sigilo verde de los campos
sestea la brisa y casi suscita
presentida, la caricia inasible
del agua súbita.

Se aquieta la alegría en la distancia,
en un instante sueña y se entristece
y una sed sucesiva reúne
lluvia y llanto.

Como un veneno lento nos invade
impune la fragancia de la vida,
hay una bruma que tiende su manto
sobre la desnudez de los castaños
y una muerte muy íntima que viste
de encajes tímidos los almendros.

Las palabras contienen su naufragio
en la piel primitiva de los labios.
Somos un gozo invisible
pero se nos caen los besos huérfanos
sobre las luces impuras, huidizas
de otra tarde.

Hay un lento pudor que aguarda
entre las brasas la llegada dócil
de otras madrugadas y se recuesta
la costumbre en nuestros ojos. Un viento
borda breves soledades y sangra
la memoria sobre los tejados.

Hay una guerra afuera
cuerpo a cuerpo frente al tiempo
y cuando todo termine,
—dentro de un momento—
y apenas quede mar en nuestras venas
ni sean ya infinitas las mareas,
alguien nos examinará de amor
y entonces, solo entonces comprenderemos
que no había ningún después para nosotros.


No cuento los días

Jaime Gil de Biedma


La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
—mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida—, estoy seguro
que no puede hacer daño.

Salgo al jardín después de nosecuántosdías de confinamiento.

Algo así como una embriaguez, una felicidad enorme, apacible. Me instalo a la sombra del álamo blanco —más viejo el pobre, con muchas menos ramas— y pronto dejo a un lado los papeles para dedicarme por completo a mi hora de aire libre, a la maravillosa lentitud de un día clásico de agosto, sin una sola nube. Distingo cada olor y cómo varía y se suma a todos los otros: el de la tierra caliente, el de la acacia a mi espalda, el de los setos de boj que ahora ya sé a qué huelen, a siglo XVI. Aroma gazmoño de las petunias en los arriates soleados. Y cuando la brisa gira y viene del lado del pueblo, olor a humo de leña de pino, que es toda la guerra civil para mí. Además es domingo y hay campanas.

Paso el tiempo mirando los trenes de hormigas, las hierbas de tallo nudoso que crecen en los rincones foscos, y la continua vibración del sol y de sombra bajo el arbolado y los hilos de araña que a veces centellean en el aire. Desde debajo de unas celindas me estudia un gato negro, incongruente. Parece un resto de noche que han olvidado ahí. Las rosas fluctúan a pleno sol, junto a la casa, grandes y un poco quemadas por los bordes.

Más que todo, me llena de felicidad mi capacidad para apreciarlo. Me acuerdo de aquella mañana en casa de Jaime, que era perfecta también, con su sol y su calma y sus rumores, cuando yo sentía pasar muy cerca la lentitud del mundo, escapándoseme. Ponerme al paso ha sido el gran regalo de la enfermedad. Y no sólo porque me ha descargado del trabajo. Aunque eso haya sido muy importante, no era solo eso: al cabo del día, en mi vida habitual, casi siempre puedo salvar si quiero dos o tres horas de calma. Lo que ocurre es que no quería, porque en circunstancias normales no me siento capaz de lidiar conmigo mismo. El no poder parar quieto, la incapacidad para demorarme a saborear y el histerismo erótico son manifestaciones de esa incomodidad fundamental.

Así ahora no me resulta difícil escribir, ni deprimente. Mi nuevo poema tiene ya ochenta versos y está para terminarse. En cinco días no he conocido una sequedad —esa horrible sensación de estar removiendo polvo en un ámbito vacío— las ideas concretas, las variaciones y las palabras vienen solas…


Extracto de Retrato del artista en 1956 (Jaime Gil de Biedma)


Abrazo frío


Enredado
en las oblicuas fauces de luz
de tu abrazo frío
siento que te pareces al espíritu
de un invierno encanecido.

Aunque me temo que, en estas circunstancias,
acabaré adorando tus escarchas.