Todavía me quedan por preparar las camas de los niños. La verdad es que tengo dos sentimientos enfrentados: por una parte, una pereza visceral a desmontar toda la casa, mover muebles, deshacer camas, poner sábanas limpias, preparar las toallas que les gustan a cada uno, acordarme de renovar los cepillos de dientes, rellenar el frigorífico de petits suisses y palitos de cangrejo, de quesitos y yogures para los más pequeños y cervezas de malta para los chicotes, ¡por cierto! que no se me olviden las light o las de limón para las niñas ¡Ah! Y chocolate del bueno…Y, por otra parte, una ilusión irrefrenable por volver a verlos.
Dia 2
Anoche, como siempre cuando llegan, viví un derroche de amor. El tiempo pasa volando —ya se que es un tópico—, pero cada vez que veo a los pequeños me parece que son nuevos. La niña ya me lee (ella a mí) los cuentos. El pequeño se ha doblado de tamaño desde que la última vez lo tuve en mis brazos. El mayor tiene otros sueños, quiere hacerse mayor y ser como Ryder —de la patrulla canina—.
Querido diario, sabes que me levanto temprano para permitirme un par de horas a solas, tomarme un café de los míos y escribir unas líneas. Pero hoy resulta que el salón está lleno. Por el pasillo me llegan las voces de los «dibus» y, cuando me acerco, me encuentro a los niños como búhos pequeños colgando del sofá mirando a la tele mientras su padre, a su lado, se ha quedado dormido. Están tan concentrados que apenas me miran. Tengo que robarles unos besos de costadillo.
Necesito un café, —ya lo he dicho—. Amanezco perezosa en la cocina y empiezo mi ceremonial matutino. Un poco de fruta, tostadas con miel, un poco de leche para acompañar al café y, mientras se hace y gozo del silencio y de su aroma, leo entre líneas parte de un artículo titulado “El aroma que despierta al mundo”, que aparece en uno de los suplementos semanales de El País y que dice:
“Edgar recoge a mano las cerezas de los árboles de café que tiene en su hacienda, a dos horas en coche de San José, la capital de Costa Rica. Con suma destreza, cuidado y una asombrosa velocidad separa los frutos, de color predominantemente rojo (también hay verdes y amarillos), depositándolos en una cesta anudada a su cintura… En su finca crecen cuarenta y siete especies de árboles. Aquel floreado tiene unos aromas fenomenales: se llama estoraque. Abejas y pájaros acuden a chupar de su miel… Las llaman cerezas. En su interior hay dos granos de café enfrentados, recubiertos por una fina película beige, húmeda, difícil de pelar, azucarada. Las semillas marrones, son muy duras, imposibles de masticar. Una leyenda cuenta que un rebaño de cabras en Etiopía y su pastor comieron unas cuantas y se pusieron a bailar…” (Ver nota 1)
Eso es lo que necesitaría yo por las mañanas, masticar unas cuantas semillas de café para ponerme en marcha.
Dia 3
Hoy he decidido quedarme descansando un rato más en la cama, a ver si consigo que las pilas me duren más horas durante el día. No quiero perderme ni un minuto. Me siento feliz entre ellos. Cuando ya oigo sus pasos por el pasillo me ducho y empiezo a preparar los desayunos. Aquí no vale café para todos; y menos del mío…
La globalización me obliga a mantener mis cuatro cafeteras distintas a punto para cuando vienen mis hijos. Porque odian mi café. Yo no termino de entenderlo si, cuando vamos a una cafetería juntos, se toman cualquier cosa que les den, aunque hayan pedido un solo corto, un corto cortado, uno largo, un macchiato, un cortado normal, un capuchino, un café con leche, un descafeinado solo de sobre, otro de máquina con un poco de… ¿Cómo es posible que no les guste el mío?
Son las 16.00
Mientras dormitan te contaré que la última cafetera que compré fue una de esas de cápsulas. Pues que sepan que ahí sí que no saben si toman café. Leía en el artículo del semanal que “el café obtenido por el manager de Calidad y Desarrollo del Café Verde, el colombiano Alexis, el alquimista de la famosa empresa, es un genio trabajando con ochocientos compuestos químicos que garantizan el aroma y el sabor». Y desprecian el mío, que es cien por cien natural, únicamente tostado, con grano traído de los mejores cafetales de Colombia desde hace más de cien años.
Dia 4
Ya lo siento querido diario, pero, esta semana es mi tema recurrente. Menos mal que después de mi ratito de café a solas, disfruto del día como una campeona. No necesito otra cosa que tener a los míos muy cerca. Somos de distintas generaciones, lo sé. Pero este tema del café nos entretiene las tertulias. Me ridiculizan con cariño y le llaman aguachirri a mi café y yo hago como que me enfado y me río con ellos y me dejo querer.
En el mismo artículo he leído que «durante la fabricación se pueden obtener mezclas; cafés con distintos granos de varios orígenes puros; otros, a los que se han incorporado esencias nuevas para obtener más variedad de aromas y sabores alterando su sabor original». En fin, que podemos estar ante un producto elaborado con las más sofisticadas tecnologías, que puede ser perfecto —no lo niego— y al que también le llaman café.
De todas formas, mi querido diario, yo me mantendré fiel y seguiré preparándome cada mañana mi café cortado colombiano cien por cien, de tueste natural. Porque me gusta y porque llena de aroma familiar mi hogar cuando me transporta a otros cafés inolvidables mezclados con leche de vaca recién ordeñada y hervida —para que soltara toda la nata—, y que después la untábamos sobre tostadas de pan tierno a las que añadíamos azúcar espolvoreada.
Pero ya he dicho que somos de otra generación.
Dia 5
Querido diario, hoy no me ha sabido tan bien el desayuno como estos días de atrás. Ya estoy añorando sus voces, sus abrazos, sus risas y las charlas tranquilas en la mesa a las horas de comer o después, todos desperdigados por el sofá. Les he animado a que cuando pasen por Madrid visiten «La tienda que más café vende en el mundo». Recuérdame que esta Navidad le pida al «amigo invisible» un saco de buen café.
—Sabía que eras tú por el taconeo de tus zapatos por los pasillos, princesa.
—Doce centímetros te contemplan, capullo. ¿Qué haces ahí tirado? No tienes cara de estar muriéndote. Casi me mato por llegar a tiempo…
Silvia se descalzó a golpe de patadas contra el aire y dejó volar su ropa sobre la cama, primero el abrigo mojado y después el vestido. Se quedó en tanga y con uno de los tirantes del sujetador languideciendo sobre su hombro desnudo. Lo miró insolente, casi con desprecio. No venía esta noche con ganas de tener barullo.
—¿Qué pretendes decir con ese «ahí tirado»? —dijo él. Si tienes algo que recriminarme, hazlo, pero no me toques las narices. ¿Qué has hecho hoy para venir como una osa malaya, o… —perdón, dijo— tan alterada?
Cogió del suelo el bolso con violencia, buscó el tabaco que no estaba, —seguramente se lo habría dejado en el cajón de la mesa del despacho. ¡Mierda! Era lo único que le faltaba después de haber pasado el día corrigiendo escrituras. Había salido a toda prisa pensando que la llamada era una emergencia —no como la última vez que le había tenido que llevar al hospital con una tiritona terrible y la cara con pinta de leche condensada y que, después de un par de pruebas y tres horas y media de espera por los pasillos, les habían dicho que no era nada, que era un mero ataque de ansiedad y que con un valium podían marcharse a casa—, total para encontrárselo tan fresco tirado en el sofá con treinta y siete coma cinco décimas de estupidez.
Necesitaba una ducha con pelo, después ya vería cómo sortear el momento, estaba claro que hablar no servía de mucho en los últimos tiempos. Él tenía claro cuáles eran sus sueños; viajar, por supuesto, y dedicarse a la pintura y a la publicidad por su cuenta —decía él— o a la “dolce far niente” —decía ella— porque, en realidad era lo que más le gustaba hacer en la vida; nada. Y a Silvia se la llevaban los demonios. Había dejado el trabajo de camarero para permitirse un año sabático e intentar comenzar de cero. En principio ella aceptó darle un voto de confianza, pero a las pocas semanas ya estaba arrepentida. Y furiosa. Cada día era más de lo mismo, él sin inmutarse dedicaba largas horas a pensar, largo en el sofá, y a pintar o a hacer garabatos infames ocupando el salón con todas sus pinturas y pinceles, rotuladores, papeles y lienzos, como si fuera en aquella casa el único inquilino. Dio un grito desde el baño:
—¡Hey! ¿Cuántas veces hay que decirte que cuando te duches, limpies tus pelos del baño?
Quiso pensar que el ruido del chorro cayendo en la bañera le había provocado sordera, y volvió a gritar asomando medio cuerpo chorreando agua fuera de la mampara.
—¡No lo soporto! —Soltó un gruñido que no llegó a ningún sitio.
—¿Cómo dices? —Llegó entre el vaho la voz del italiano en sordina.
Silvia se volvió enfurecida soltando otro grito y un par de palabras soeces a cámara lenta, a medida que su cuerpo resbalaba saltando en el aire para caer retorcido en la balsa de espuma.
—¿Estás bien? —Decía él llegando a su lado.
—¿Cómo es posible que me preguntes si estoy bien? —Vale, estoy estupenda, solo quería dar un paseo por las nubes —dijo—, mientras se sorbía los mocos jabonosos.
Se sintió ridícula ante él, como una tierna payasa sin maquillaje —afortunadamente no se había partido la crisma.
—¿Qué me decías, amore?
—¡Te odio! No me llames «amore» y sácame de aquí —decía ella gritando enfurecida y chapoteando en el agua, a la vez que intentaba deshacerse de la madeja jabonosa en la que estaba enredada.
—Lo siento. Quizás deba de llamar al 112 para que te rescaten los bomberos.
Y riéndose socarronamente le retiró con delicadeza los mechones mojados de pelo que le caían por la cara. Ella se resistía manoteando, intentando hacerlo ella misma. No quería ceder ni un milímetro más a la seductora desfachatez del italiano que se había convertido en una garrapata en su vida. Sonó el timbre de la puerta.
—Buen día, —anunció un tanto despistado el cartero, sin mirarle a la cara, mientras le entregaba un sobre amarillo certificado.
—Es usted Silvia… ¡ejem!, perdón. Me habían dicho que aquí vivía una chica despampanante, pero he debido de despistarme chaval —dijo en un tono irreverente y desenfadado el cartero—
—Mira tío, dame el sobre que la persona que buscas, que por cierto es mi chica, está ocupada en este momento.
—Bueno, bueno, usted perdone. El caso es que tiene que firmarme los papeles, así que si no le importa aquí espero.
El italiano dio un portazo, dejándole fuera al individuo del chaleco amarillo.
Volvió para encontrarse a Silvia en el baño bufando como un jabalí —o jabalina, como quiera que se diga— todavía sentada en el suelo, tratando de recomponer la compostura. Estaba decidida a echar de casa a aquel seductor buscavidas con el que —ahora no entendía por qué— convivía desde hacía ya más de tres años. Consiguió recuperar su verticalidad y odió verse allí de pie desnuda cuando él volvió a buscarle.
—Tu cartero está esperándote en la escalera. Algo tiene para ti que tienes que salir a firmar.
—Pues, te parecerá que estoy en condiciones de atender a nadie…
—Ese no es mi problema, princesa.
—Eres un imbécil. ¿No podías haberle dicho que viniera en otro momento? —dijo Silvia encolerizada.
—Pues… viene preguntando por una “tía despampanante” —dijo irónico. Supongo que “eso” serás tú…
Sí, ¡no te jode! yo con doce centímetros de tacón y rímel en las pestañas, —murmuró para sí misma, mientras salía al encuentro del cartero recogiéndose el pelo todavía húmedo con una pinza de plástico en el cogote y se ataba el albornoz con doble nudo.
Lo encontró sentado en la escalera con los cascos puestos escuchando música y su maletín de trabajo tirado a su lado. Silvia, al ver que no se enteraba de su presencia, optó por darle un puntazo con el pie para hacerse notar.
—Espero que sean buenas noticias para ti. Llegan de muy lejos. —apuntó con desparpajo el cartero mientras le ofrecía el recibo que debía de firmar.
Silvia hizo de tripas corazón para parecer amable.
—¿De dónde viene?
—Viene de Australia. —Allí pasé tres meses yo el año pasado, recorriendo el país. Por cierto, espléndido. Algún día volveré, quizás para quedarme.
Silvia entró en shock. Firmó como pudo el recibo y lo despachó urgente. Esperó por cortesía, con emoción contenida, a que el cartero cogiera el ascensor. Cuando lo perdió de vista cerró la puerta de la calle y, sin cruzar ni una palabra con el italiano que estaba pendiente del mensaje, se encerró en la habitación. Se calzó sus zapatos rosas de doce centímetros de tacón y se puso a llorar delante del espejo con el sobre apretado a su pecho.
Una mueca tragicómica la observaba. Se echó a reír ruidosamente. Metió algo de ropa en una mochila, el neceser, el móvil, el ordenador y algunos libros y, con su pintalabios favorito escribió en grandes letras rojas por todos los espejos: Arrivederci, Amore. Dio un portazo y no esperó al ascensor; bajó por las escaleras de cuatro en cuatro…
(Escribí esto que sigue en 2011. He escrito otra cosa de urgencia, tras su muerte, que se publicará el próximo viernes en EL CULTURAL del diario EL MUNDO.)
LEONARD COHEN ha conseguido reducir su voz a un susurro hipnótico. ¿Por merma de facultades? Sí, pero quizá también por privilegio de su destino: su voz es algo que está ya por encima de la voz, algo que ha logrado convertirse en la metáfora frágil de sí misma, en una fantasmagoría, purificada. Es la salmodia penumbrosa del superviviente, con su traje gris de empleado discreto de funeraria, con su borsalino de hampón dandístico, con su figura descoyuntada de anciano arrullador de batallas antiguas del sentimiento, galán en sus ocasos triunfales, con su sonrisa beatífica propia del monje budista que es, conocido en los monasterios del ramo como Jikan Dharma, que significa el silencioso.
Leonard Cohen sale al escenario con pasos alegres de duendecillo del país de las tinieblas amables. Se arrodilla. Junta las manos en gesto de plegaria. Se destoca. Sonríe. Da las gracias. Empieza su conjuro. Sus canciones nos llegan desde muy lejos: los adolescentes de los 70 del siglo pasado que tocábamos la guitarra teníamos un repertorio de estándares en el que no faltaba “Suzanne”, aunque con cierta licencia en los arpegios, porque éramos aprendices y había que esquematizar los alardes. Aun así, aquella medio chiflada seguía ofreciéndote té y naranjas de la China. Y el Cristo -abandonado, casi humano- permanecía en su torre solitaria de madera. Y aprendías a buscar entre la basura y las flores. Y el sol caía de lleno, como una miel, sobre la dama del muelle. Etcétera. Y nosotros, en fin, bailábamos aquello con las niñas, en la noche artificial de las fiestas tempraneras de los sábados.
Ha pasado el tiempo y ahí siguen sus canciones, más intensas aún porque se han aliado con el tiempo nuestro, con el tiempo de adentro de cada cual, con la historia de cada uno. Estamos en ellas. Conmueve este Cohen de postrimerías. Tan roto y tan poderoso. Tan de cristal y tan irrompible. Tan sujeto a la música por casi nada: por la exactitud temblorosa de la emoción, que es a fin de cuentas el todo. Este Cohen oferente y educado, con su espectáculo grandioso de susurros. Este Cohen que, con apenas cuatro notas básicas, ha sido capaz de escribir canciones que son historias, historias que son poemas, poemas que son música, música que es un himno de intimidad. Este trovador dulzón y oscuro, amargo y luminoso, con su lentitud interior de emocionado reflexivo, con su voz a media voz, con su porte de vendedor honrado de diamantes, de hombre hecho serenamente al encogimiento de hombros y a las fatalidades prodigiosas que nos depara el mundo, como un personaje escapado de una página de Isaac Bashevis Singer, este Leonard Cohen, decía, parece venir desde muy lejos cuando sale al escenario y se destoca.
Parece venir de un tiempo invulnerable al tiempo, de una intemporalidad mágica en la que los sentimientos son inmortales, mientras nosotros vamos de paso por aquí, acogidos a la indefinición y a la fragilidad, y alguien baila ante nosotros con un violín en llamas.
«El amor, como todo, es cuestión de palabras» Luis García Montero
He vendido mi alma por unos versos, mis sueños, por un puñado de besos en la niebla…
Soy un rayo sin luz, un ramo de hojas escarchadas, el placer piadoso de un racimo de buen vino.
Vivo en los abismos de la memoria y sobrevivo entre las líneas y los puntos suspensivos de esta especie de literatura desorientada, en sus metáforas y en su sentido clandestino. Apuro la copa de veneno del insomnio cuando el brillo de la noche muerde y un conjuro de amor perverso se hace dueño de las almas y celebra un brindis con la luna, sobre el rastro de sus brasas encendido.
Podría contarte que en mi casa los relojes ya no arañan la espalda de las pasiones por los pasillos, que soy íntima del tiempo detenido; una cita esperanzada en un banco del camino, la lluvia lenta de un día de abril a la orilla de la bruma y de la palabra melancolía.
La obra del ferrocarril se preveía que estuviera terminada en dos años. Ya se habían completado los trabajos de la planta de energía y la estación intermedia en la cascada de Kjosfossen. Quedaban por colocar los últimos cinco kilómetros de vía. Pero cuando Alemania se hizo con el poder — en 1940— las autoridades ordenaron continuar con la construcción, para la cual sometieron a obreros noruegos a trabajos forzados en la obra en lugar de deportarlos a Alemania. De esa forma consiguieron que el ferrocarril se inaugurara a primeros de agosto de ese mismo año.
Una noche, mientras cenaban, Mark le anunció a Louise que debía de ausentarse. La reunión con el alto mando iba a celebrarse en Oslo y se quedaría allí algunos días más. Su corazón dio un vuelco, entre las luces rojas que se encendían inquietas en su interior y la mirada inocente de la niña en su regazo. La apretó contra su pecho como buscando un consuelo desesperado ante el desapego de las palabras de aquel hombre por el que habría estado dispuesta a darlo todo.
Louise pasaba la mayor parte del día trabajando mientras Ulma estaba consiguiendo rehacerse con el paso de las horas ayudada por el respeto y el cariño que le ofrecía Louise y la emoción que le embargaba al poder tener entre sus brazos a aquella criatura que era como una continuidad de su propia vida. Pero pasaba las noches valorando la propuesta de Mark de casarse y adoptar legalmente a la pequeña, dándole su propio apellido. Atrapada en la soledad de su silencio, aceptó. Pensó que su unión podría servirle de salvoconducto para ella y para la niña antes de que llegaran tiempos peores.
Se estaban produciendo en Europa movimientos en contra de los judíos y su temor secreto crecía por momentos horadando su ánimo que, por nada quería que se le notara cuando vibraba en brazos de Mark. Pensaba en sus padres, inmigrantes en Suecia país en el que, de momento no parecía temerse la incursión alemana. —Alemania era dependiente del hierro de las minas suecas y de otros materiales para mantener su maquinaria bélica, además de que utilizaba sus vías de comunicación terrestre para llegar a países como Noruega y Finlandia—. Podría alegar enfermedad grave de su padre —que ya manifestaba problemas de corazón— e instalarse provisionalmente con ellos para, desde allí, trasladarse con su hija adoptiva lejos de la zona de conflicto. Fueron días de insomnio y pesadillas que disimuló con inmenso esfuerzo cuando Mark llegó de su viaje de Oslo.
Los trámites para la adopción seguían un curso desigual. Se esperaba la puesta en marcha del primer hogar Lebensborn en Noruega, —una institución benéfica para las mujeres de los oficiales de las SS, que mediante instalaciones como clínicas de maternidad, orfanatos, o servicios de adopción también ayudaría a los nacidos de padres alemanes y madres noruegas, a mujeres noruegas violadas por militares alemanes y a otras que se ofrecieran voluntariamente al proyecto de expansión de la raza aria que promovía el gobierno alemán—.
Él, por su parte, lejos del protocolo de su viaje, pensaba en ella y en la niña. Su nueva misión le reconocía el máximo poder de las fuerzas alemanas en el país. Había sido nombrado comisario y jefe de la administración alemana de Noruega, lo que hacía de él en la práctica el auténtico gobernante del país. Seguiría fielmente los postulados del III Reich como había jurado, y que además, coincidían con sus propias obsesiones particulares. Se casaría con una mujer noruega y tendrían hijos, incluso adoptarían a aquella niña huérfana de un oficial alemán y una mujer noruega, siendo él mismo ejemplo de los objetivos nazis para la generación de la raza superior que poblaría Europa. Pero en su fuero interno la presencia cercana de las tres mujeres pensaba que podía afectarle negativamente en su dedicación al III Reich, planteándole problemas morales, y eso no estaba dispuesto a discutir con nadie.
Desearon el reencuentro sin cuestionarse nada hasta después de varias horas de entregarse al placer de vivirse en aquel ambiente íntimo y familiar, con la niña dormida plácidamente a los pies de su cama. En aquellos momentos Mark dejaba de ser el militar que dinamitaría los últimos vestigios del gobierno noruego para imponer el control de Alemania.
—Hemos llegado demasiado lejos, dijo un sombrío Tervoben a una Louise angustiada por las repercusiones de la guerra en sus vidas.
—Quiero que seas mi mujer, juro protegeros a ti y a la niña, darle mi apellido y cuidar de que nada os falte. Alzó su mano derecha para reforzar su juramento. Louise cerró los ojos y apoyó la cabeza en el pecho del alemán. Él la rodeo con sus brazos poderosos besándole la frente mientras escuchaba la suave voz de Louise en un susurro delirante.
—Mark, pero tenemos que irnos…
La ceremonia civil fue breve y Louise se mantuvo en su casa con Ulma y la niña hasta que obtuvo los documentos oficiales de adopción de Gunhilda y los visados para el viaje de las tres a Suecia. El permiso fue concedido por el motivo de grave enfermedad de su padre y la necesidad de asistencia para su madre imposibilitada. Saldrían en el tren a Myrdal, y de allí a Oslo, donde se quedaría Mark. Las tres mujeres tendrían a su disposición un coche para llegar hasta la frontera de Suecia. Allí no tendrían ningún problema, dado que los visados estarían firmados y sellados por la oficina del propio Comisario del Reich.
Era medianoche cuando llegaron después de un largo viaje en el que apenas se habían cruzado algunas palabras, a Oslo, con el miedo agarrado a sus entrañas. Allí cientos de policías y grupos de militares nazis armados habían tomado la estación y desfilaban, de un lado para otro, bajo una amenazante y tenebrosa luz amarillenta. El pánico se concentraba en sus miradas. Ulma cabizbaja, cubierta por un sombrero que ocultaba su angustia, asumía su destino porque no tenía nada que perder, por otra parte parecía sentirse protegida, sin saber muy bien de qué ni de quién, o hasta cuándo. Para Louise la niña era su salvoconducto. El coche, un BMV 335 negro esperaba a la salida de la estación. El chofer, un oficial de las SS, entregó las llaves a Louise una vez que estuvieron instaladas en su interior, en la parte trasera del vehículo Ulma y la niña.
El Comisario del Reich Mark Terboven tomó las manos de la Oficial Louise Carson fijando sobre ella su mirada incisiva. No hubo tiempo para la ternura. Ella abandonó el gesto atendiendo a la urgencia de una despedida que le llenaba de desasosiego, pero no de dudas. Estaba dispuesta a que aquella fuera la última de su historia juntos. El se quedó rígido en la puerta de la estación y saludó con un gesto militar a la silueta del coche que desaparecía entre la niebla.
NOTA: La imagen de portada fue tomada de internet en 2016, era de tamaño mínimo. He querido conservarla y he probado aumentarla con IA, aunque haya perdido calidad. No era buena originalmente, pero en su día fue la imagen elegida para este relato. Sorry…
«Dormíamos hasta que llegastes con tu corazón diminuto a la casa de madera para compartir dentro todo el bienestar ¿acaso no sabes que es cierto? » -Japandia-
Todos los habitantes del pueblo trabajaban en la obra, también jóvenes de los pueblos de alrededor, incluso algunos llegados del extranjero. Lo llevaban haciendo desde cuando se había iniciado los trabajos, en 1924, como carreteros y constructores de vía, días y noches abriendo las montañas con sus manos. Se construirían veinte túneles, a lo largo de un paisaje salvaje, pendiente y escarpado. Los trabajadores venidos de fuera del pueblo vivían en barracones de madera expresamente construidos para ellos. Se habían organizado en forma de comunidad a la que se habían incorporado también algunas de sus familias. A medida que avanzaba la obra, Myrdal, sin embargo, se convertiría en residencia para los oficiales.
Allí se había instalado el joven ingeniero alemán Mark Terboven, designado para supervisar los trabajos durante el último período de la obras. Era el otoño de 1939 y la puesta en marcha del ferrocarril estaba prevista para el otoño de 1942 —tres años más tarde—.
El bar de Fläm acogía a todos por igual. La presencia del viejo dueño Bjorn era permanente aunque ya solo se dedicaba a departir con sus amigos y vigilar que la comida caliente y el pan tierno de cada día estuvieran asegurados y sus clientes bien atendidos por parte de sus dos hijos Eirik y Frigga.
La Oficial Louise Carson que llevaba trabajando en el valle desde hacía cuatro años, prefirió quedarse a pie de obra en una pequeña casa de madera en la zona de barracones. Era una mujer vital e inquieta; su carácter fuerte y su espíritu conciliador habían hecho de ella una persona admirada y muy respetada por todos los que le conocían. Cuando llegó, enseguida había simpatizado con las familias. Sus padres eran judíos de procedencia austríaca y se habían trasladado a Suecia huyendo de los desórdenes en el centro de Europa siendo ella aún una niña. Cuando terminó su educación básica Louise eligió estudiar Biología y sus padres le facilitaron el trasladó a la Universidad de Oslo —antigua Real Universidad Federicana— al mismo tiempo que se especializaba en fotografía. Su madre le había inculcado su pasión por la lectura y ella fue descubriendo que además le gustaba escribir. Lo hacía después del mediodía, cuando ya había oscurecido y hasta bien entrada la noche, en artículos sobre historia natural en los que incluía imágenes tomadas en sus salidas a la montaña. Consiguió que se los publicaran en la revista mensual de la propia universidad. Una vez terminados sus estudios, se alistó en el ejército noruego como técnico en protección y conservación de recursos naturales. Adoraba su trabajo y el país que había elegido para vivir. Le hacía feliz el contacto con aquella prodigiosa naturaleza: la belleza sobrecogedora de los fiordos, las montañas escarpadas, las amplias mesetas nevadas o las laderas verticales, los bosques abrigados, los glaciares, las cascadas cayendo en las aguas de archipiélagos y playas de arena blanca. La luz de las noches en las que el sol no se ponía, o el resplandor del ártico sobre el silencio de las inmensas extensiones de hielo… Adoraba también la alegría de los pequeños pueblos costeros.
Se dejó caer agotado en una de las sillas de madera, los brazos del ingeniero colgando a los lados de su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos durante varios segundos, o quizás incluso minutos. No se dio cuenta. Le sobresaltó el chirrido inoportuno del vaso de cerveza que Eirik dejaba sobre la mesa. Al verla, sentada enfrente suyo con una sonrisa complaciente, de repente no supo dónde se encontraba. Se incorporó agitando su cabeza de un lado a otro y pestañeando para desperezarse con toda la dignidad de la que fue capaz ante aquella mujer que le había pillado por sorpresa.
—He debido de quedarme dormido, ¡lo siento! —Bostezó, cubriéndose la boca con ambas manos—
—No hay problema, —sonrió Louise— no quería molestarle y estaba aquí esperando tranquilamente. Este es un lugar perfecto para descansar y reponerse. ¿No es cierto? Yo también suelo hacerlo, pero… es curioso que no hubiéramos coincidido aquí antes.
—Bueno —dijo mirándola sin moverse de su asiento— es un placer ¿señora?
—Soy, por si no lo recuerda, Louise Carson. Nos saludamos en la reunión de oficiales en Myrdal hace solo unos días.
—¡Oh, sí!, me acuerdo perfectamente de usted, aunque debo confesarle que, en algún momento cuando la conocí pensé que… —el oficial bajó los ojos y miró al vaso de cerveza intentando justificar la intención de la frase que se le escapaba de la boca, casi sin querer— bueno…, pensé que qué demonios hacía una mujer como usted en un sitio como éste…, —y añadió urgente con una cómica inclinación de cabeza— con todos mis respetos, señora Carson.
A ella le hizo sonreír el comentario y lo aceptó condescendiente.
—De acuerdo, —dijo el hombre— aunque por lo que veo usted ya sabe quien soy yo, en todo caso me presento. Se agitó en la silla, bebió un largo sorbo de cerveza y colocando el vaso en el centro de la mesa, sin soltarlo dijo: soy Mark Terboven. Trabajo con un equipo de diez personas supervisando el trabajo y las necesidades de los hombres, de los movimientos de tierras, de la electrificación, la canalización de las aguas, la puesta en marcha de la central eléctrica, de la colocación de vías…, en fin, soy responsable de que el proyecto llegue a buen fin en los plazos previstos. Así que —compuso en su boca una sonrisa irónica— probablemente yo sea el hombre que busca…
Se hizo un silencio entre ambos que él rompió levantándose de la silla y ofreciéndole su mano a modo de saludo de bienvenida.
—Ahora…, hablando en serio, ¡déjeme que le invite a una cerveza!
—En realidad —dijo Louise— estoy aquí porque en algún momento tenemos que hablar usted y yo de la estación intermedia de la cascada.
Aquella misma tarde y las siguientes, cuando oscurecía, se encontraban en el bar de los hermanos Eirik y Frigga. Sentados uno al lado del otro, sus conversaciones giraban mayormente en torno a la obra. Un par de cervezas solían conseguir suavizar las tensiones de trabajo que les habían enfrentado durante el día. Hablaban también de la guerra —que se avecinaba— y de aquél futuro próximo que para ellos estaba tan lleno de interrogantes. Poco a poco fueron introduciendo comentarios personales en sus conversaciones. Se dejaron llevar por el placer de la compañía y de la complicidad, incluso hasta notaban cómo iba creciendo en cada uno de ellos una cierta dependencia del otro que les salvaba de las noches de miedo cuando el cielo amenazante se llenaba de destellos de mortíferas bengalas cuyos sigilosos silbidos se escuchaban cada vez más cercanos.
Louise, cuando se retiraba a su casa, se dedicaba a revelar las imágenes que había tomado durante el día y a redactar informes. Cuando el sueño se le resistía escribía artículos sobre naturaleza que a veces se publicaban en algunos periódicos locales. No era su problema la soledad en aquellos momentos. En su interior, lejos de arrugarse su espíritu, crecía un conflicto que le obligaba a pensar en la acción. Sin embargo, el acercamiento que se estaba produciendo con Mark le impedía hacerlo con determinación. Por su parte él iba apreciando ciertas señales de que había entre ellos un muro que parecía insalvable, y eso aún le interesaba más de aquella mujer que se le estaba clavando en el alma.
—Hoy háblame de lo que te atormenta. —Dijo Mark con voz severa una de las tardes, mirándola a los ojos—. Se produjo entre ellos un silencio tenso. Mark pasó su brazo sobre los hombros de ella y la apretó contra su costado quitándole importancia a su negativa de enfrentarse al tema. Amaba a aquella mujer.
Les costó más que otras tardes despedirse hasta el día siguiente. Un haz de luz blanquecina se filtraba por la ventana aquella noche. Louise se quedó adormilada en el sillón al lado de la chimenea contemplando el leve y lento desplazamiento de aquella estela polvorienta sobre su mesa de trabajo. Pensaba en él, en su último abrazo que se había demorado más de lo habitual. Se había sentido extraña en sus brazos. No había sido un abrazo fraternal como otras veces, tampoco habían ayudado a entenderlo sus uniformes de oficial, lo sabía. Pero había sido un gesto nuevo en el que se había encontrado con un espacio lleno de cálidas sensaciones a las que no había podido resistirse. Pensaba en él. En cómo se había despegado, sin soltarla de sus brazos, para mirarla a los ojos. Después se habían separado sin decirse nada… Se dejó invadir por el sopor imaginando cómo sería el color y el calor de su piel desnuda. ¿Cómo podría explicarse?. Era capaz de explicar el aire rozando las colinas, el sonido del agua discurriendo por los valles, el grito de algún animal herido desde la lejanía, pero, ¿como explicar aquel mundo de miradas sugerentes, de gestos equivocados y esquivados tantas veces, de palabras que se dejaban caer como si no tuvieran ningún sentido? Aquella tarde había leído el deseo en sus ojos y ella se había agarrado a él como tratando de evitar un precipicio. ¿Cómo explicarse cómo era él y el susurro de su voz deslizándose en su cuello pronunciado su nombre, sus labios lamiendo lentamente sus ojos con la humedad de sus besos, el roce de su mejilla en la suya, sus caricias revolviendo su pelo, o la violencia del vértigo al puro vacío en sus manos atrayéndola firme hacía su vientre encendido…?
Sentía su presencia cercana en el temblor delirante de su cuerpo, sentía su presencia y cómo se iba apoderando de ella y de su sueño en el oscuro silencio.
Le despertaron a mitad de la noche las voces y los golpes en la puerta.
Afuera la noche oscura enmarcaba la palidez sobrenatural de la cara desencajada y sudorosa de Ulma. Llegaba sin resuello, sus manos temblorosas se apretaban con saña a su delantal manchado de sangre.
—Ven conmigo rápido. Louise por favor, te necesito. —consiguió gritar tartamudeando de angustia—
Louise no preguntó nada, no se lo pensó y salió corriendo detrás de aquella mujer, horrorizada. Todavía estaban con vida cuando llegaron. La criatura yacía junto a su madre entre toallas y fluidos y restos de cordón umbilical como un desperdicio gelatinoso y morado, inerte. Las dos mujeres se miraron, no hablaron, intentaron con su coraje y sus manos temblorosas reanimarlas. Cuando la niña lloró Louise elevó los ojos al cielo agradeciendo al Creador su ayuda en aquel instante, pero lloró amargamente cuando se desvaneció finalmente el latido de la mujer que le había dado vida a la pequeña.
—No tiene a nadie más, —se escuchó apenas el lamento de Ulma, sudorosa, con el pelo pegado a la cara y lágrimas imparables brotando de sus ojos, mientras sostenía, apretado a su pecho, el pequeño fardo con vida que lloraba con desconsuelo—. Ulma era una mujer muy respetada y muy querida en el pueblo. Había sido matrona y cuando se retiró y se quedó viuda, continuó ayudando generosamente a las familias. Ulma quiso explicarle a Louise cómo se había complicado un parto que en principio no tenía ningún riesgo. Quiso explicarle que el padre de aquella criatura era marino y había muerto en febrero de aquel mismo año en los incidentes con el buque alemán Altmark en aguas neutrales. Quiso explicarle que ella les conocía bien, que había ayudado a aquella mujer desde su nacimiento, cuando milagrosamente había sido encontrada abandonada, todavía viva, en la base de la gran cascada Fjossen y el pueblo se la había encomendado a ella para su cuidado, que también la había ayudado durante su tiempo de duelo por la muerte de su marido y con su embarazo. Que era la hija que ella siempre deseó tener… Pero su voz no pudo.
Aquella noche de urgencias con la devastadora sensación de muerte a su alrededor, las dos mujeres decidieron ocuparse ellas mismas de solucionar los dos problemas; el enterramiento de la joven y el cuidado de la niña hasta que oficialmente se le pudiera dar una solución. Louise fue quien se ocupó de avisar al médico del hospital de campaña para que revisara a la niña y les ayudara con las gestiones de la mujer muerta. Convinieron en que, en principio, ella se haría cargo de los gastos necesarios para sacar adelante a la pequeña y contrataría a Ulma y le pagaría un sueldo para que se ocupara de sus cuidados el tiempo que necesitaran hasta poner orden en aquel caos. Se organizó para instalar a Ulma y a la niña en su propia casa. Había espacio suficiente y estarían más cómodas las tres. Las horas se alargaban contemplando la evolución de la pequeña mientras cavilaban en darle un nombre. Convinieron en el de Gunhilda —cuyo significado era «doncella en la batalla»— , a ambas les pareció que sería el más adecuado para una mujer que nacía para ser una luchadora en la vida.
Aquella tarde Mark se encontró a una Louise conmocionada que se apretó a su abrazo exhausta. Se rompió en lágrimas bajo la luz amarillenta del parpadeante rótulo del bar. Entre ellos, ambos vestidos de uniforme, descubrieron la grandeza del amor; del amor de la entrega, del amor de la comprensión, de la caridad, la del amor carnal. Aquella noche y las siguientes hablando al calor de la lumbre, fueron desatándose las pasiones; el miedo, la rabia, la responsabilidad, la impotencia… Se miraban uno al otro como si fueran náufragos sin historia ni porvenir en una isla desierta. El silencio de los bombardeos cercanos les asustaba más que el amanecer de otro día entre el caos de la tierra herida; les asustaba más que la imagen de mujeres y niños arrastrando la sed y el hambre por las laderas de aquél bellísimo paisaje que estaba siendo ocupado. Solían amanecer abrazados, sus sueños turbulentos se interrumpían varias veces durante las noches por caricias envueltas en el placer de la proximidad inevitable de sus cuerpos. Se amaban desesperadamente, sus ojos se llenaban de lágrimas de emoción y agotamiento. No había lugar para la soledad en aquel hogar de materia parecida a la ternura. Cada amanecer les sorprendía con la rendición escrita en sus miradas frente al campo de batalla; el amor debía de ser algo así como la pura necesidad de alguien a tu lado cuando el mundo se desmorona. Había estallado sigilosamente por sus venas, arrinconados, contra el muro de la guerra.
Abril llegaba ese año estremecido, con el color de la ceniza en el paisaje. La gente se movía cabizbaja, como somnolienta, no había alegrías que contar, el bar parecía un lento corazón siniestro, ocupado por gentes desconocidas hablando en el idioma del horror. Los mayores dejaron de frecuentarlo y se reunían en la casa de alguno de ellos donde ya solo hablaban, en voz muy baja, de resistencia. Era la primavera de mil novecientos cuarenta.
Con qué ferocidad y a qué hora inoportuna salen tus veinte años de la fotografía para exigirme cuentas. En los ojos heridos de la luz sostienes la mirada de mis sombras, desdeñas la lealtad de mis recuerdos, en la piel transparente anegas el cansancio de mi piel y defines mis años por traiciones.
No escandalices más, hablemos si tú quieres, elige tú las armas y el paisaje de la conversación, y espera a que se vayan los invitados a la cena fría de mis cincuenta años. Por evaporaciones, como las aguas sucias de los charcos se acercan las nubes, caminaré contigo hasta la plaza de tu juventud. Allí están los magníficos árboles de las ciencias y las letras con sus palabras en el mes de mayo, y el orden de los números a la orilla del tiempo, más cerca de las sumas que de las divisiones.
Imagino tu voz, supongo el aire —porque a veces regresa hasta mis labios en noches de espesura— con el que afirmarás que toda libertad es una roca, que no faltan el viento y las razones, sino la voluntad en el timón, para gritar después que mi conciencia es ya ropa tendida, palabras puestas a secar.
Tendrás razón. No digo ni la mitad de lo que siento. Pero recuerda que mi soledad, la que arde en mi lámpara de desaparecido, es el silencio de las causas públicas. Y puedes comprenderme: mis amantes dormidos, el cajón de los barcos indefensos, un teléfono antiguo…, todas las tachaduras se parecen a la inquietud que sufres ante la vida en blanco.
Ya que fuerzas mis sombras con tu luz comprende mi silencio en tus exclamaciones. Porque sabes que sé el lado frágil de la impertinencia, lo que hay de imitación en tu seguridad, la certeza que llega de los otros para empujarte por el afán de ser el elegido, por el deseo de gustar, hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.
Aceptaré las quejas, si tú me reconoces la legitimidad de la impostura.
Ahora que necesito meditar lo que creo en busca de un destino soportable, me acerco a ti, porque sabías meditar tus dudas. Cuando tengas la edad que se avecina, admitirás el tiempo de los encajadores, la piel gastada y resistente, el tono bajo de la voz y el corazón cansado de elegir sombras de pie o luz arrodillada.
Después de lo que he visto y lo que tú verás, no es un mal resultado, te lo juro. Baja conmigo al día, ven hasta los paisajes verdaderos en los que discutimos, y me agradecerás la difícil tarea de tu supervivencia.
Pequeña variación sobre Poesía de Luis García Montero
Apuró el final de su cigarrillo Chesterfield que sostenía con la grotesca delicadeza de sus dedos pulgar e índice. Aspiró el aroma de nicotina quemada profundamente, hasta que el humo le inundó los pulmones de un veneno parecido al último placer que pide un condenado a muerte.
¿Cuántas veces le había jurado que dejaría de fumar la próxima primavera?
La mirada expectante, tierna y confiada de su maltés terrier no hacía nada más que perdonarle los pecados cuando, al acabar el tiempo del frío, del silencio y de la soledad de las tardes de domingo de invierno, demoraba su decisión una vez más.
Lanzó la colilla sin apagar al suelo y no se molestó en pisarla, como en otras ocasiones. La miró en la distancia y displicente, como queriendo ignorar el acto con el que estaba en desacuerdo consigo misma, se dio media vuelta y siguió caminando sin rumbo entre las conversaciones ruidosas de la gente que, a esas horas, deambulaban por las calles escasamente iluminadas y estrechas de la parte vieja de la ciudad.
De nuevo sola —pensó—. Dio una patada a una lata de cerveza vacía que alguien había abandonado a su paso. Más que el tabaco le quemaba el vacío que había sentido cuando todo acabó en aquella cama de hospital. Sintió que su historia, la historia de su familia, terminaba con el último aliento de su madre.
—Volver a empezar; volver a empezar de cero —se dijo—, con la desolación llenando sus vacíos.
Agotada, se sentó en un banco de la pequeña plaza de los libreros, debajo del sauce que empezaba a despuntar y cerca del carrusel que seguía dando vueltas, también vacío. Había momentos en los que hubiera deseado morir allí, y otros, en los que pensaba decididamente en la oportunidad de iniciar una nueva vida a su medida. Retumbaba en su cabeza «desde cero…» al ritmo de la música del carrusel «desde cero…».
¿Cómo inventarse una vida nueva con cincuenta años? ¿Dejaría su trabajo de funcionaria y se marcharía lejos, a no sabía qué país, a no sabía qué hacer? No había nada claro en su mente, excepto una sensación de desgarro y de desarraigo que le arañaba el alma cada vez que intentaba pensar en algo más que en respirar.
Clara se dio cuenta de que alguien la miraba.
El dueño del carrusel, alzando las cejas en un gesto interrogante, extendió su mano hacia ella invitándola a dar una vuelta en el tiovivo.
—Es gratis esta noche para ti. —le dijo con simpatía—. Ella se lo agradeció con una mueca triste, pero no se movió del banco. Evitó mantenerle la mirada. Su cuerpo lacio, como el de una marioneta abandonada, ya no pretendía el tirón de los hilos ilusionados de nadie.
—También te puedo leer algún poema, aunque en los rótulos se lea que soy vendedor de versos, esta noche te los dedico, también gratis. No me gusta verte triste. ¿Qué te parece la idea?
___
Cepillaba su larga melena cada mañana. Él se dejaba hacer echando la cabeza ligeramente hacia atrás y mirándola de vez en cuando de reojo con una sonrisa tierna y agradecida. Habían caminado como colegas muchas noches después de cerrar el carrusel. Les unía su soledad y el agotamiento de los múltiples fracasos vividos hasta entonces.
De los ojos ya sin brillo de Raúl se escapaba, de vez en cuando, una chispa de emoción juvenil de la que su cuerpo no recordaba apenas nada. Sus piernas blancas de huesos largos apenas podían sostener la levedad de su figura, envuelta en la típica bata azul de la seguridad social, abierta por la espalda. Ella cepillaba con ternura aquella mata de pelo ondulado, y trenzaba sus hebras blancas sujetándolas con una cinta de terciopelo morada a la altura de su cintura. Sabía que el tiempo del aseo íntimo era uno de los momentos más felices de los que le quedaran a Raúl por vivir.
—¿Cuándo te cortaron el pelo por última vez?
Raúl se encogió de hombros. No recordaba. Tampoco quería recordar, el diagnóstico era fatal y solo quería vivir feliz ese tiempo. Únicamente necesitaba que le calmaran el dolor y que, cuando él lo decidiera, le dejaran morir con dignidad. ¿Estaría ella dispuesta a acompañarle en su viaje?
Le había conocido con aspecto desharrapado y vocación de bohemio vendiendo versos en un pequeño garito de madera junto al carrusel de la plaza de los libreros.
¡Versos a voluntad! —se leía en letras grandes, decoradas con rotulador negro, sobre un cartón apoyado en un caballete de pintor.
Al lado, una mesa plegable cubierta con un resto deshilachado de alfombra persa y ,sobre ella, un maletín de cuero viejo, abierto, rebosante de cachivaches: papeles y cartulinas, cajitas de plumillas y vasos de vidrio coloreados llenos de lápices, pinceles y pinturas de colores. Saludaba con entonación risueña y sonrisa cautivadora a los paseantes invitándoles a comprarle algunos versos al módico precio de su voluntad. No era un bufón de feria, era una persona apreciada por los que frecuentaban aquella zona de la ciudad, en especial por los niños y los enamorados. Sin embargo, su personaje le obligaba a vivir como el perfecto equilibrista sobre una fina línea de incertidumbres.
Casi sin darse cuenta, había dejado de fumar. Clara solicitó un permiso sin sueldo de seis meses. Pagó el resto de su hipoteca. Prefirió no alquilar ni vender su casa, mantenerla disponible le daba una cierta seguridad en el caso de que las cosas no salieran como podía imaginar. Le encargó a su mejor amiga el cuidado de su perrita Luna, y dejó abierto el billete de vuelta.
La megafonía del aeropuerto anunció que el vuelo Air Europa B-0722 se retrasaba, sin hora prevista por el momento, debido a la espesa niebla. Bajaron con dificultad hasta la sala de espera de la zona de no fumadores. Se acomodaron en uno de los confortables sofás que daban a los ventanales sobre las pistas de despegue, entonces sin vistas. Apenas hablaban, sus manos entrelazadas en una paz envolvente sin temores ni esperanzas; sin fronteras.
Raul parecía adormilado. Sus pensamientos iban haciéndose más borrosos. Con voz cada vez más apagada, susurraba pequeños poemas de amor mientras su mirada se perdía en el horizonte de bruma.
Clara sintió que desde detrás alguien le tocaba el hombro.
—Señores, la puerta de embarque para su vuelo a Amsterdam se ha abierto; el avión saldrá en breves momentos…
Ella se lo agradeció con una mueca triste, pero no se movió del banco.
Me pregunto por qué escribo y entonces me viene a la memoria esto, del chileno Nicanor Parra:
“¿Que para qué demonios escribo? […] Supongamos que escribo por envidia”.
Supongamos, sí, que escribo porque con frecuencia leo versos que me generan la codicia de no haberlos escrito yo y de no poder nunca escribirlos, pero de todas formas borronear intentos;
supongamos que sigo escribiendo porque en este ejercicio llevo años y aún no aprendo, porque aquí reúno poemas desde los años 90 y otros muy recientes, en lo que no sé si me consuela por ver que soy consistente o me preocupa, por poco original;
supongamos que escribo también por acariciar la huella de los muchos viajes interiores que hago, a veces por selvas, playas, montañas y, muchas veces, desiertos;
supongamos que escribo por contar mi historia repetida con el poema, ese amante al que vuelvo: primero se me resiste, escurridizo. Luego lo abrazo, le hablo suave al oído y cuando creo que ya lo seduje a golpe de ternura o al menos lo cansé, en general alza los hombros, me mira altivo y se zafa. Pero sí, es verdad que a veces también lo doblego;
supongamos que escribo porque el erotismo no es sólo un estado del cuerpo, también es un estado de la palabra y ambos me retan;
supongamos que escribo porque escribir se parece a seducir y en los dos hay riesgos, adrenalina, pero cuando logro el objetivo (en un caso, seducir; en otro, hacer un poema que me deje satisfecha), recibo una descarga de endorfinas que justifica todo esfuerzo;
supongamos que escribo porque para plantarme de cara al mundo, nada funciona mejor que la poesía y el placer;
supongamos que escribo porque uno no puede entender lo que no tiene palabras para nombrar, decía Rosa Montero, de manera que estos poemas surgieron buscando decir el placer para entenderlo, inventarlo de nuevo mediante el lenguaje, hacerlo navegar entre palabras y silencios;
supongamos que escribo porque los buenos poemas se sienten con el cuerpo, igual que el deseo;
supongamos que escribo porque, entre sábanas, un cuerpo es varios, habla lenguas desconocidas, se agiganta y tornasola. Por eso el sexo y la poesía dan escalofríos: son un ir a contracorriente del mundo, un asomarse a tierras vírgenes donde crece el misterio.
Por eso, —señala Danioska— que su libro Rabia de vida/ Rabia debida acude a ambos, poesía y deseo, placer y verso, para tratar de sacarse lo que le arde por dentro, pero siempre lo dice mejor Nicanor Parra. Por eso mejor nos lee el poema completo, mientras lo suscribe:
“¿Que para qué demonios escribo? Para que me respeten y me quieran Para cumplir con dios y con el diablo Para dejar constancia de todo. Para llorar y reír a la vez En verdad en verdad No sé para qué demonios escribo: Supongamos que escribo por envidia”.
EXTRACTO del original publicado por JULIA SANTIBÁÑEZ E. @DANIOSKA
Llego apacible hasta tu piel buscando, tal vez, una grieta tibia de materia similar a la ternura, o acaso el fleco de una caricia que no concluyes nunca, un resquicio, un escalofrío, una levedad oculta a tu rigor.
De tu fría fiebre que no conmueve no espero incertidumbre, error o culpa, solo tu deambular de siglos por los pliegues de mi vestido.
Pero hoy te has demorado en el abrazo.
Sumido en mudo escándalo, has avanzado lento hasta el milagro donde somos la música maldita de una inacabada partitura, el himno de un amor irreparable.
Esto es una advertencia: ayer mismo me acosté teniendo 16 años y hoy me he despertado con más de sesenta. Quiero decir que la vida vuela. Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera. Lo que acabo de decir es una boutade, lo sé; pero, al mismo tiempo, es cierto que, con los años, llegas a un territorio, el de la vejez y la Parca merodeante, que antes nunca habías visto con verdadera claridad. Y entonces te dices: ah, cuánto tiempo perdido. Y no porque mi existencia me desagrade, al contrario, creo que ha sido y es muy intensa y que he hecho todo cuanto he querido hacer. Pero con qué nervios, de qué forma tan atormentada, o tan aturullada, cuántas veces he vivido con el cuerpo aquí y la cabeza en otra parte. Por no hablar de la cantidad de tiempo y de energía perdidos en tonterías, como, por ejemplo, en creerme fea a los 18 años (cuando estaba más guapa que nunca), o en reconcomerme de angustia temiendo no estar a la altura en algún trabajo. Por eso, repito: si yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, hubiera vivido de otra manera.
Todo esto viene al hilo, claro está, del cambio de año. Esto del calendario no es más que una convención, pero cómo remueve y cómo escuece. En estas fechas es imposible no dedicar siquiera un minuto a sentir el viento del tiempo contra la cara, a revisar someramente el pasado, a preguntarte sobre tu futuro. Acabo de leer un libro extraordinario que viene bien para acompañar estas congojas. Se trata de Instrumental: memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (Blackie Books). El británico Rhodes tiene una biografía totalmente improbable. Por ejemplo, es pianista, un buen concertista. Sin embargo, empezó a estudiar piano mal y tarde, y luego lo dejó por completo durante 10 años hasta retomar la música en sus veintimuchos. No creo que haya habido en el mundo un caso así. Si abandonas un instrumento de ese modo, simplemente no es posible ser un músico de esa calidad. Pero él lo es. He aquí su primer milagro.
Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día
Tiene varios más, algunos espeluznantes. El libro de Rhodes cuenta con una crudeza que yo no había visto la experiencia de una víctima de pedofilia. A los seis años recién cumplidos, James fue violado por su profesor de boxeo del colegio. Y el tipejo lo siguió haciendo durante cinco años impune y sistemáticamente, hasta que Rhodes cambió de escuela. El niño, amenazado por el pedófilo, avergonzado y amedrentado, no dijo nunca nada a nadie; pero otros profesores lo veían llorar, lo veían salir con las piernas sangrando del despacho del monstruo y no hicieron nada. El libro de Rhodes es un grito indignado a esa pasividad tan común ante los abusos infantiles. Como las pequeñas víctimas no se atreven a denunciar, es muy cómodo ignorar un horror que se queda escondido, como los malvados ogros de los cuentos, en los cuartos oscuros y en las pesadillas de los niños. Y otra enseñanza más de este tremendo libro: las violaciones dejan secuelas. En primer lugar, graves secuelas físicas, porque es una brutalización continuada de un cuerpo muy pequeño (el músico tuvo que ser operado varias veces); y, por supuesto, una catarata de catástrofes psíquicas. Prostitución en la adolescencia, un año de internamiento en un psiquiátrico, tres intentos de suicidio, cortes autoinfligidos con una cuchilla, drogas, furia y dolor. Y este es el segundo milagro: ha sobrevivido a todo eso.
Tercer milagro: James es la prueba de que el arte y la belleza ayudan. En el caso de James, es la música lo que amansó su fiera interior. Todos podemos y debemos recurrir a ello: cuanta más belleza en nuestras vidas, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.
Pero aún queda por contar un cuarto milagro. Aunque la existencia de Rhodes parece larguísima y convulsa, sólo tiene 40 años. Guau, eso es vivir deprisa. Como decía Lou Reed: mi día equivale a tu año. Pues bien, al final el autor apuesta por su segunda esposa, Hattie, y se atreve a dar unos consejos para el bien amar. Antes, al leer el libro, Rhodes me había parecido un hombre conmovedor y admirable, pero también furioso y herido, demasiado intenso como para tenerlo muy cerca. Pero en estas páginas finales habla de la convivencia con tan modesta, honda sabiduría que me ha dejado admirada. Como, por ejemplo: “Lo que más deteriora una relación es tratar de salir ganando”. Pequeña gran verdad. Hace falta vivir mucho y pensar mucho para llegar a tan poco. O sea, que se puede aprender, aunque vengas con las heridas más crueles. Se puede recomenzar una y otra vez. Aviso a navegantes para sortear los escollos de este año: recordemos que, como prueba Rhodes, siempre hay futuro. Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día.
Porque Setiembre es una época de emotivos recuerdos…
Amá y Aitá, Aitá y Amá.
Amá, me tendrás que perdonar que hoy no pueda pensar solo en ti sin pensar también en el Aitá. Por eso en este momento que os siento de nuevo unidos, permíteme que hable de los dos.
Se cumple vuestro sueño de estar juntos en la vida y en la muerte.
Hoy nos reuniremos de nuevo toda la familia de entonces más todos los que van llegando y que engrandecen vuestro legado. Cantaremos recordando las canciones populares vascas que interpretábamos a coro. Nos enseñasteis a amar la música y la familia. Es cierto que nos van faltando voces insustituibles, sin embargo, seguimos sintiendo su presencia en el corazón en cuanto suenan los primeros compases.
Otra cosa muy vuestra y que os distinguía era bailar el Tango. Evoco, con todo mi respeto, vuestro tema preferido —La Cumparsita— pieza especialmente sensual que interpretabais con una gran elegancia y verdadera pasión. Quedará como música de fondo de vuestra historia.
Muchas veces nos hablasteis de vuestra gran devoción por el Santo Cristo de Lezo. El fue testigo de vuestro compromiso de amor eterno cuando apenas erais unos niños. Hoy paseando por sus calles los vecinos cuentan que no ha cambiado nada desde hace más de cien años.
Sin embargo, fue San Sebastián la ciudad donde creció vuestro amor. Vuestras hijas, vuestros nietos, vuestros biznietos la seguirán teniendo como referencia de sus orígenes y de los momentos de alegría y ternura inolvidables vividos entre vuestros abrazos, aunque la vida los lleve a miles de kilómetros de distancia.
Agur Jaunak – Orfeon Donostiarra
Agur, Amá maitea…
Gracias Aitás.
…
El tango La Cumparsita fue creado por Gerardo Matos Rodríguez en la década de 1910. A su pedido, Roberto Firpo le introdujo arreglos. Se estrenó en Montevideo en abril de 1917, en la confitería La Giralda, donde ahora se alza el imponente Palacio Salvo.
Video musical facilitado por Fabio Descalzi en su post titulado «La Cumparsita cumple 100 años». Incluye imágenes de la ciudad que escuchó nacer a este himno cultural y popular del Uruguay (así se declaró en la Ley 16.905 del año 1998).
Caminé, caminé contando hasta cien, caminé sobre más de cien baldosas pequeñas —todavía faltaban unos minutos para la hora y no quería alejarme demasiado del gran rótulo que señalaba el sitio de la cita: «escalera catorce»—. Tratando de identificar su figura, la busqué en cada mirada que no era, estudié cada una de las siluetas anónimas que a esa hora temprana de domingo paseaban por la orilla de la playa, intenté reconocer su voz —la que había imaginado para ella— entre las voces destempladas de la mañana y el rumor de las olas que estallaban con fuerza para morir a la orilla de un silencio metálico… Una vez y otra vez volví despacio sobre mis pasos.
Estaba convencida de que la conocería a simple vista aunque no nos habíamos visto antes. Su sensibilidad, su pasión, la elegancia de los textos que compartía en internet me habían descubierto una cierta afinidad con ella. Su calidad como escritora me llevó a imaginar rasgos de su personalidad; creí en su generosidad para el amor y la amistad, creí en su talento y en su ambición literaria, en su determinación ante los retos, en su alegría contagiosa; creía en su verdad.
Intuí que estaba acercándome a ella cuando respiré el salitre de su sonrisa desde lejos. Su larga melena semi oculta debajo de un sombrero apenas dejaba entrever sus ojos del color confuso del mar cuando lo arrebata la resaca. Brillaba, despejada y cálida a la vez su mirada. Nos fundimos en un abrazo largo, hondo y tierno que consiguió desequilibrar las estructuras más poderosas de mi «mismidad». Temblé con la emoción de una adolescente. Esta era Ana.
Ese TÚ que se instala en el corazón con la facilidad de una rara complicidad.
Imposible dar con el interruptor de la luz cuando fui a encender el ordenador. No había amanecido y la pantalla me deslumbró con un mensaje que no esperaba y menos a esas horas. Me imaginé sufrir un atraco a mano armada; fue como encontrarte de frente con un personaje sucio, desaliñado y con cara de «mala follá »—como dicen en el sur— y notar que el temblor de tu cuerpo se vuelve incontrolable cuando se acerca y te espeta: «La escritura o la vida, muñeca»
Pensé en aquel mensaje unos cuantos días, inquieta. «Las inquietudes suelen animarme a explorar caminos nuevos, pero ¿a quién se le había ocurrido la idea loca de aprender a escribir a estas alturas de mi vida?». Nunca me había enfrentado a una página en blanco, ni lo había pretendido.
—¿Qué puede hacerse cuando a uno le llega una invitación?, «rezaba el mensaje».
Tuve que leerlo varias veces. Soy mujer de aceptar retos y no suelo dejar que las oportunidades se desvanezcan en el tiempo como humo recargando la letanía de los «si hubiera…». Decliné la invitación, sin embargo.
—¿Qué pasa contigo?, oía decir a la voz de mi conciencia.
—¿Qué pasa conmigo?, pensaba yo.
Elaboraba razonamientos que me pudieran servir de excusa a la vez que me dedicaba a comprar más libros. Leía, leía deprisa, leía todo; incluso leí la etiqueta de la botella de agua mineral que antes no me había interesado.
El cansancio consiguió detener aquel tiovivo despiadado y desquiciante. Contesté al mensaje aceptando la propuesta con una seguridad absoluta sólo unas horas antes de ver cómo se tambaleaba frente al espejo del lavabo, entre los hipos de mis dudas y los restos del rímel a prueba de lágrimas.
—¡Que os sea leve!— habían escrito, en la carta de inicio del curso, los profesores del taller de escritura.
Se funden las miradas confusas sin poder de sobresalto, muy lejos de los pechos donde duermen su turno los interrogantes.
El sol muerde, devora con justicia la insustancia de las palabras, después, el silencio destila inútil la métrica de la ternura, y ya nadie dice nada.
Se van cayendo secos los recuerdos por el camino asfaltado de lilas negras, una niña duerme alejada en el vacío de un corazón que ya no respira.
Es el tiempo de la escarcha, se escuchan sin reconocerse los amantes, sus voces enterradas en el umbral de los gestos pusilánimes.
Un resto de viento antiguo traspasa las fronteras del amor con desparpajo, insiste aullando como manada de lobos hambrientos a la fragilidad de los náufragos.
Se precipita, sin pedir disculpas, al fondo de todos los abrazos aplazados…
M.J.B. Mi agradecimiento a Angel de Flickr por su fotografía titulada «Escarcha»
«De tanto imaginarnos en el paraíso nos convertimos en dioses de papel y tinta». Ocurre a veces que leyendo, aún estando tranquilamente sentada en tu sillón preferido, sin interferencias ni ruidos de ningún tipo, algo en el texto te llama, te inquieta, te distrae, te incita. Miras alrededor como buscando a ese «alguien» que se está dirigiendo a tí y que, quizás esté esperando una reacción o un poco de conversación o, por qué no, incluso una respuesta.
Busco su mirada entre bambalinas y me escrutan unos ojos inquietantes entre matices oscuros del color de la tierra cuando anochece.
Tus manos acentúan el paisaje de mi cuerpo reinventando instantes, descubriendo en mis ojos tus ojos.
No pares de descifrarme ahora que mi piel avanza despacio por tus dedos y achica el miedo a contestarte en tus labios con los míos.
De tanto imaginarnos en el paraíso era lógico amarnos, y convertirnos en dioses de papel y tinta.
Si alguna vez dejáramos de soñar solo seríamos un folio en blanco.
Autor: Gallego Rey. Derechos Reservados. Perdóname porque no he podido evitar utilizar la fotografía de tu perfil. Es perfecta!. Gracias