La Barca Egipcia

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Madame Berthe Trèpat agradecía los aplausos…

Antes de verle bien la cara lo paralizaron los zapatos, unos zapatos tan de hombre que ninguna falda podía disimularlos. Cuadrados y sin “tacones”, con cintas inútilmente femeninas. Lo que seguía era rígido y ancho a la vez, una especie de gorda metida en un corsé implacable. Pero ella no era gorda, apenas si podía definírsela como robusta. Debía tener ciática o lumbago, algo que le obligaba a moverse en bloque, ahora frontalmente, saludando con trabajo, y después de perfil, deslizándose entre el taburete y el piano y plegándose geométricamente hasta quedar sentada. Dede allí la artista giró bruscamente la cabeza y saludó otra vez, aunque ya nadie aplaudía.

“Arriba debe de haber alguien tirando de los hilos” pensó Oliveira. Le gustaban las marionetas y los autómatas, y esperaba maravillas del sincretismo fatídico.

Madame Berthe Trèpat miró una vez más al público, su redonda cara como enharinada pareció condensar de golpe todos los pecados de la luna, y la boca como una guinda violentamente bermellón se dilató hasta tomar la forma de una barca egipcia… Otra vez de perfil, su menuda nariz de pico de loro consideró por un momento el teclado mientras las manos se posaban del do al si como dos bolsitas de gamuza ajada.

Cortázar
Fotografía de Decorarte.com

La barca solar en el Arte del antiguo Egipto

de Jose María Benito Goerlich

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