Reflejos en el Agua

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Dejadme que juegue hoy, con todo respeto, con las palabras del Poeta MarK Strand (Poeta, ensayista y traductor estadounidense nacido en Canadá 1934-2014).

Dice que prefiere el Mar y algunos de los ríos que conoce… Pero que para escribir poesía le gustan las aguas “manejables” de los lagos.

“Un lago es un soporte más flexible. No impone respeto como el mar, que nos obliga a reaccionar de manera bastante predecible: es decir, ante él sucumbimos con excesiva facilidad a sentimientos de asombro, paz o lo que sea. Tampoco nos tienta con indicios de infinitud. Puede que el lago esté hecho para ajustarse a lo que exige la topografía del poema. Los ríos fluirán por un poema, o lo arrastrarán con él, y tienden a oponerse a la contención formal, de ahí que se les compare con frecuencia -erróneamente- con la vida. Tienden asimismo a ser poco profundos, un rasgo que podría identificarse igualmente con la vida, pero no con la poesía. Así que, en cuanto a masas de agua, -el Poeta dice- denme un lago, un lago enorme, o incluso un lago salado, donde las aguas estén tranquilas, donde se pueda reflexionar, donde pueda arrodillarme en la orilla, bajar la mirada y ver mi reflejo…”

Partimos de la base de que yo no soy “poeta”.

Vivo al borde del Mar, de un mar de curtidos “arrantzales” (pescadores vascos) que se ganaban la vida peleando a muerte contra las ballenas para darles de comer a sus hijos. Un mar de furia y de fuertes tormentas, de colores y resacas incontenibles, de ruidosos anocheceres cuando resuena en la quietud el chasquido del rompeolas. Pero también vivo al borde de un mar delicado cuando la marea baja y deja lentos regueros de luz sobre la orilla de la playa…

El Poeta habla de “su reflejo” en el Lago; hablaría yo de “mi reflejo” en el Mar.

Claro que es cierto que yo no soy poeta, como he dicho antes, sino simple observadora, estudiosa y aprendiz de poeta, como le gustaba decir a Félix Grande -ésto sin ánimo de comparación pordios-. Así que comprendo, admiro y quizás también envidio esa situación de “reflexión” a la que el poeta llega, casi religiosamente, junto al lago y a esa interesante “manejabilidad” del medio.

Por mi parte disfruto de momentos de reflexión mirando al mar. La contemplación desde la muralla mental de mis pensamientos desordenados y el sentir que existe una relación especial con los ritmos dictados por el vaivén de las mareas, son los que rigen sobre mis impulsos vitales y, por tanto, rubrican lo que escribo. Amén.

Ya avisé al principio de que ésto era un juego y de que yo no soy poeta.

M.J.B.
Fotografía Panoramio


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