del que solo soy una pequeña mota de polvo que vuela con el himno sagrado del
AURRESKU
El aurresku es una danza popular vasca, revestida de solemnidad y elegancia que se baila a modo de homenaje, o reverencia, delante de personas o personalidades destacadas de la comunidad.
El aurresku, tal y como lo conocemos hoy en día, es bailado por un dantzari (bailarín en euskera) o aurreskulari (bailarín de aurresku), acompañado de un txistulari, músico que toca el txistu (instrumento tradicional vasco de viento que se toca con una sola mano) y el tamboril con la otra mano.
El origen del aurresku
El aurresku de honor (ohorezko aurreskua en euskera) que se baila hoy por hoy, tiene su origen en las antigua soka dantza (danza de cuerda), que se bailaba en corro, generalmente compuesto sólo por hombres unidos de la mano, o sujetando pañuelos, y formando una “cuerda”.
En esta danza, compuesta por varios números de baile contiguos, tenían especial importancia, el primer dantzari, que recibía el nombre de aurresku, (mano delantera) y en segundo lugar, el último dantzari, al que se denominaba atzesku (mano trasera). Tras dar ambos bailarines, una solemne vuelta por la plaza del ayuntamiento con sus txapelas (boinas) en la mano, el aurresku era el protagonista, el que realizaba el primer baile. Ocupar ese puesto suponía un honor, por lo que a veces surgían disputas por recibirlo.
Evolución del aurresku
Los pasos de este número de baile, que en un principio se improvisaban, se fijaron y se fueron convirtiendo cada vez en más complicados, hasta llevarnos a la espectacular danza actual, en la que para poder bailarlo es necesario ser un bailarín especializado, con muy forma física y largas horas de ensayo.
Con el paso de los años, las partes de la soka danza interpretadas por el solista (aurresku) se fueron separando, poco a poco de la misma, cobrando vida propia y bailándose individualmente, hasta derivar en lo que actualmente conocemos como aurresku, llamado así por la persona que lo ejecuta: el primer dantzari, aurresku o mano delantera.
Escuchó al otro lado del auricular el sonido lejano de una música que le resultaba familiar, pero que no era capaz de identificar. Arrugó la frente y cerró los ojos para escuchar con más atención.
—¿Dígame? ¡Oiga! ¿Hay alguien ahí? ¿Quién llama?
La voz estentórea y apremiante del hombre que atendió la llamada le hizo desconectar del silencio en el que se había parapetado Todavía dudaba entre continuar con la idea de su abuela de que publicara sus escritos o de olvidarlo. Aunque el tema le quitaba el sueño, se había decidido a llamar a la editorial.
Quizá se estaba arrepintiendo de todos los sueños e ilusiones que la habían mantenido en pie los años en los que se había dedicado, desde el lado absurdo de su cerebro, a tomar pequeñas notas de las emociones que le provocaba mirar a otras personas; observarlas e imaginar sus vidas; las de los que transitaban anónimamente a su lado, o se cruzaban alguna vez en su camino; incluso tomaba fotografías que le sugerían historias. Acercarse a la gente e impregnarse del aroma que desprendía su piel; imaginar el contenido de sus bolsos de tafilete o el de las bolsas de plástico con nombres de marcas comerciales impresas en grandes letras de colores; escuchar la música que brotaba de sus auriculares, conocer sus gustos, edad o religión; calcular su pobreza o, por qué no, también su riqueza. Acercarse a aquellas figuras masculinas con pinta de aristócratas con los cabellos engominados y porte elegante, portando sus maletines de cuero negro, que caminaban esforzados sobre lustrosos zapatos abrillantados a diario por hombres teñidos de betún que, sentados en pequeñas banquetas, se repartían por las esquinas de la avenida del centro de la ciudad. Algunas veces sentía pena por aquellos hombres, quizá se propondría emplear su tiempo disponible (ahora ocupado en el hospital atendiendo a su abuela) para ayudarles si pudiera. No sentía animadversión hacia los ricos. Todo estaba bien, al menos la existencia de la clase alta les ofrecía una forma de ganarse la vida honradamente; tenían un trabajo, así que podrían llevar algo de comer a casa aquella mañana desapacible en la que ella tendría que darse mucha prisa, cruzar la calle frente al viento y la lluvia, chapoteando entre los charcos, para poder alcanzar la parada del autobús número treinta y uno que le llevaría de nuevo al hospital.
Sintió la mirada hostil del conductor cuando se tropezó contra el panel de plástico rayado que los separaba y las monedas que llevaba preparadas para pagar saltaron por los aires. Intentaba sujetarse a una de las barras verticales mientras, agachada, recogía las monedas del suelo. El pisotón del chofer en el acelerador consiguió desequilibrarla entre la masa de pasajeros del autobús, algunos de pie, apretados, algunos sujetándose a duras penas a los asideros.
—Aguanta niña, —se decía a sí misma, solo cinco paradas más y llegamos.
Se había retrasado por esperar al momento más conveniente para hacer la llamada telefónica a la editorial. Y había dado de lleno con la hora del día en la que el tráfico era insufrible y los autobuses y tranvías iban abarrotados de gente. Los paraguas componían un mosaico multicolor en las calles, las bocinas de los taxis reclamaban un tráfico a su favor. Todo apuntaba hacia un perfecto caos.
Saltó torpemente del autobús entre empujones. No pudo evitar que la carpeta conteniendo sus manuscritos y el sobre con las fotografías para el registro de la propiedad intelectual cayeran al suelo encharcado y sirvieran de alfombra improvisada para los pasajeros que, como ella, se apeaban en aquella parada. Varias personas la ayudaron a recoger el material mojado mientras lloraba agradecida tratando de quitarle importancia al incidente. La mirada autoritaria del conductor volvió a alcanzarla a través del espejo retrovisor. Se sintió agotada.
Solo su abuela Martina conocía su secreto. La había animado a seguir escribiendo cuando alguna vez le flaqueaba la voluntad. Estaba orgullosa de su nieta que tanto le recordaba a sí misma. Ella la había iniciado en sus primeras lecturas y se sentía feliz de ver que su nieta seguía sus mismos pasos. Una tarde de tormenta, como aquella, le había contado a su nieta que también ella tenía escritos los cuentos y poesías que inventaba y dedicaba a sus hijos por las noches a la hora de dormir. Los tenía recopilados en cuadernos y acompañaba cada texto con sencillos dibujos a lápiz o con pinceladas de acuarela. Estaban guardados, nunca se había planteado su publicación aunque reconocía que le hubiera gustado poder hacerlo. Durante aquella tarde de confidencias una de las más especiales vividas entre ellas, Martina le pidió que se hiciera cargo de sus colecciones, aunque su deseo era que no se publicaran hasta después de su muerte. Y ella se lo había prometido.
Subió las escaleras pensando que lo único que le faltaba aquel día aciago era que el ascensor no funcionara, o incluso que se averiara con ella dentro, lo cual sería una catástrofe. Tercera planta, pasillo a la izquierda —iba diciendo para sí misma mientras recorría el pasillo que le separaba de la habitación de su abuela Martina—, hasta el fondo, buenos días —saludaba al pasar por los controles, sin esperar respuesta. El eco de sus pasos en las baldosas del suelo la incomodaba, buenos días —repetía en voz baja para no hacer ruido, caminando de puntillas hasta el número trescientos trece, la última habitación del pasillo. Como todas las mañanas, antes de entrar a la habitación, se paró en el control de planta para saludar al personal sanitario y hablar sobre el estado de su abuela. Esa mañana se encontró de frente con el médico y el vacío que descubrió en su mirada le habló sin palabras.
Dejó pasar unos días hasta encontrar la serenidad suficiente para comunicarse con la editorial. Escuchó al otro lado del auricular el sonido lejano de una música que le resultaba familiar, pero que era incapaz de identificar. Arrugó la frente y cerró los ojos para escuchar con más atención.
—Altair Editores, ¿Dígame?
Suspiró despacio y profundamente. Volvió a escuchar la voz masculina que atendía su llamada.
— Altair Editores, ¿Dígame? ¿Con quién hablo?
—Buenos días. —dijo con voz meliflua.
—Me llamo Nadie. Me dirijo concretamente a su editorial sabiendo que ustedes son especialistas en el tema que voy a plantearle. Tengo en mi poder una colección antigua encuadernada de cuentos y poesía para niños con ilustraciones en lápiz y acuarelas…
«Perdonar es la experiencia de poder estar en paz, independientemente de lo que pasó en nuestra vida hace cinco minutos o hace cinco años. Perdonar no es olvidar, es vivir tranquilamente con lo que no se olvidará.» Fred Luskin
Agradezco a Jo Da Silva esta música con la reflexión… que alivia profundamente este domingo lluvioso del mes de Noviembre…
‘Schommer al natural’ es el título de la exposición que se celebra estos días en la Casa de Vacas del Parque del Retiro de Madrid. Destaco aquí algunas imágenes tomadas de la red. Son solo una muestra de las que a mí personalmente me resultan sugerentes, aunque me descubro admiradora de toda su obra. Ver albertoschommer.com
Alberto Schommer, consagrado como un retratista genial, fue también un enamorado y un maestro del paisaje, de la fotografía de naturaleza y de los juegos en el laboratorio. Un gran fotógrafo con alma de pintor expresionista, un alquimista de la imagen que disfrutaba manipulando copias, negativos y tinturas para obtener efectos tan inesperados como emocionantes.»
«El anhelo de Schommer fue llevar la fotografía al nivel de la pintura y la escultura; dotar a las fotos de su misma expresividad y emoción.
«Tras consagrarse como un maestro del retrato, no pierde ni la curiosidad ni la energía y se convierte en un alquimista capaz de transformar las imágenes en metáforas de la pintura en su constante búsqueda de la belleza. Se divierte manipulando negativos, invirtiéndolos y duplicándolos, tintándolos o arañándolos. Convive con las flores que retrata hasta que se marchitan en el estudio, recrea y retoca los paisajes, radiografía las flores y las tiñe, destierra la figura humana.»
De «Elogio a la fotografía», discurso leído en Abril 1998 al ser nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
» La magia de los momentos recordados hay que alargarla, commo un exquisito manjar, como un delicioso vino y sobre todo si el recuerdo es mágico.»
«El retrato es quizá el hecho más importante dentro de la fotografía. Es el enfrentamiento consentido de dos personas poderosas que se observan activamente ya que el sujeto, por pasivo que parezca, no deja de aportar en su concentración unas señales perceptibles por el autor (leáse fotógrafo) en las que envía simbologías de poder, relajación, elegancia o vulgaridad. El autor debe aceptar estas indicaciones, aprovecharlas, para construir el retrato. Porque un retrato de autor es algo más que un documento. El fotógrafo conoce o debe conocer al sujeto para organizar interiormente y exteriormente su composición: él dirige la operación sugiriendo la actitud, orientando la mirada. La luz no es más que un elemento moldeador que activará la pretensión del fotógrafo.»
La fotografía, qué es sino una provocación,
un grito, un salto al vacío…
Como en el ensayo de una gran obra de teatro, he colocado al fondo del escenario un lienzo cubierto de azules y tierras semi fundidos. Colores, trazos, texturas. (nada concreto, tan solomatices; como un juego). Y una luz tibia y dorada que cae como una borrachera desde lo alto, remarcando el silencio y el vacío.
En la parte izquierda del salón tu sillón. Lo he recubierto de sedas gastadas que he dejado que cuelguen sobre la alfombra que trajimos de nuestro viaje a México. Sobre la mesa de cristal tengo mi pequeño ordenador encendido, una botella de agua y, esparcidos, papeles que conoces bien, mis tres libros de cabecera y un pañuelo blanco de hilo egipcio de hombre (tuyo).
Como otras veces, he madrugado para preparar este momento. En realidad, llevo varias noches sin dormir apenas, y estos días previos han sido una sucesión de encuentros y desencuentros con la memoria. Nos quedaron muchas cosas pendientes. Te he echado en falta este tiempo…
Nos quedamos dormidos en algún lugar, sin darnos cuenta, hasta que las galernas hicieron saltar por los aires la furia de las mareas. Se nos rompieron las caricias contra el rompeolas del tiempo y se soltaron las anclas de todos los barcos de las bahías. Como en todas las hazañas, después llegó la calma, pero un destino de dolor nos deshabitó el futuro.
Se han llenado los bosques de muchas primaveras nuevas desde entonces, la música que guardabas celosamente en tu viejo magnetofón está ahora en las redes, y las fotografías antiguas mantienen los recuerdos mirándonos desde las paredes.
Sé que no vendrás a la cita esta tarde, ya no es posible, sin embargo, he preparado tu rincón preferido para hablar una vez más contigo. Cada vez que lo hago me sabe a poco. Me pasa que, teniendo tantas cosas que contarte, me suelo quedar en blanco… El teclado de mi pequeño ordenador me mira perplejo como esperando que escriba algo. Le doy un toque al espacio y por el temblor de mis dedos percibe que no es el momento adecuado. La tarde se va cubriendo de sombras, oscurece mi alma, he debido de olvidar el guionen alguna parte, en algún momento de la tarde, pero no importa, seguiré ensayando la misma escena, tantas veces como llames a mi memoria, preparando la obra perfecta.
Va asomando la luna despacio entre bambalinas y necesitaría un abrazo. Me arremolino en el viejo sillón que aún conserva tu olor y me abandono, al sopor de este sueño recurrente, mientras se cierra el telón.
…Porque eres polvo y al polvo tornarás. Génesis:3,18-20
Apenas soy un grano de arena. Ni tan siquiera me siento polvo que, al fin al cabo, suele levantar barullo cuando se remueve.
¿De verdad, ¿cuántas veces en la vida me he sentido realmente importante?
Pues muy pocas. Si tengo que ser sincera conmigo misma, y de eso se trata en estas páginas que son mis cómplices, como en las páginas de aquellos antiguos diarios que escribíamos a mano cuando todavía no existían estas máquinas y el papel recogía, no solo nuestros pensamientos, sino también la humedad de nuestras lágrimas. Decía que si tengo que ser sincera conmigo misma…
No fue hasta el día en que sentí la grandeza de la maternidad. Recuerdo que iba por las calles levitando, como si fuera la única persona en el universo que había sido capaz de concebir una nueva criatura. Y a pesar de que lo habían explicado, yo estaba convencida de que Dios me había tocado con su mano divina. Me sentía única; única y verdadera, irrepetible, inmortal.
Por tus hijos matas!, y también por tus hijos mueres…!
La vida se convierte en una lucha por conseguir que tus hijos accedan a la Tierra Prometida, y lo seguirán intentando ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos y todas las generaciones siguientes hasta que la igualdad y la dignidad dejen de ser los titulares en mayúsculas de todos los diarios del mundo.
No voy a hablar de las escenas que se repiten hoy por los rincones de la geografía de los países situados económicamente en un rango superior al de la pobreza. No voy a hablar, porque no me cabe en la cabeza, de por qué los gobernantes, a los que elegimos para que nos representen, utilizan el poder que les confiamos para «traficar» con armas poniéndolas a disposición de líderes sin escrúpulos. De por qué cuando ven morir a miles de refugiados intentando alcanzar un futuro sin hambre para sus hijos, los miran de soslayo. ¿Por qué no se pueden aplicar todos los recursos que malgastamos en ayudar a estabilizar los países afectados, en su propio terreno? En un mundo «globalizado» en el que se podría debatir cómo compartir mejor los recursos, ¿a quién y por qué interesa que se mantenga La Guerra?
Cada una de las imágenes son como una puñalada directa al corazón, pero que aguantamos estoicamente gracias al caparazón de las instituciones que hemos inventado para poner un cierto orden en el caos mundial y que, de paso, nos protegen de la culpa y del miedo.
¿O tenemos que reconocer que formamos parte de un ejército de marionetas en manos de un poder superior, insensible como el dinero, que financia la inestabilidad para adueñarse y controlar la riqueza -la materia prima- del planeta?
Tragamos saliva y respiramos hondo porque tal vez sea la última bocanada de aire que nos podamos permitir antes de dar cabida a tanta miseria en nuestro mundo perfectamente organizado…
Perdonarme pero en mis reflexiones se «confunden» el drama humano y el factor económico del eterno conflicto…
Ayer éramos nosotros los que huíamos…
Si estuviéramos en su lugar hoy, no haríamos lo mismo?
Texto @mjberistain Fotografía Veronica Pinke
EL NIÑO SIRIO —Isabel Salas—
El niño sirio, sin querer, siendo tan chiquito, ha entrado en la historia por la puerta cruel del dolor maldito. Ha entrado flotando, muriendo y llorando, sin que nada ni nadie oyese su grito. Su foto recorre las redes, las televisiones y los corazones. Sin rostro y sin sonrisa, mecido por agua sin prisa, sin vela de deseo, desde su foto viral muestra el lado feo, del crimen sin castigo al mundo inmoral. En nombre de tu madre, muerta contigo, yo te pido perdón y te bendigo.
Todos los que estamos aquí coincidimos en la importancia de la lectura y del valor de los libros; pero pocas veces nos hemos detenido a pensar qué significa, realmente, leer. Recuerdo que en los noventa leí un manual de escritura que aconsejaba paradójicamente, no leer tanto; cosa que en aquel momento me sorprendió un poco, ya que yo leía todo lo que estaba a mi alcance casi de manera indiscriminada (fue tanto lo que me llamó la atención que aún tengo grabadas esas palabras: “Leer mucho, paraliza”).
A este respecto comparto una reflexión de Arthur Schopenhauer sobre la lectura, su utilidad y, más específicamente, una forma muy singular de incorporarla a nuestra vida. El fragmento proviene del tomo Pensamiento, palabras y música publicado por la editorial Edaf:
“Cuando leemos, otro piensa por nosotros; repetimos simplemente su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y…
El sol apretaba y me encontraba adormilada en el jardín, cobijada por una semi sombra complaciente, cuando se me cayó encima el libro que tenía entre las manos. Volví a la realidad reflexionando sobre el poder de las palabras.
Crecí entre libros. Fuí el mejor personaje de cada uno de los cuentos que caían en mis manos. Amé desde muy pronto con la inconsciente sensación de la pérdida o del triunfo, entregada a las hazañas de mis héroes favoritos. Me rebelaba contra las guerras aunque imaginaba entonces que la sangre era como en las películas: de mentiras. Odié con desesperación a los malvados, porque aparecían inevitablemente en cada historia que leía. Viví con pasión inocente los amores platónicos, los secretos, los imposibles… hasta los eternos. Aprendí las letras de mis canciones preferidas; incluso aprendí a leer su música. Conocí el significado de palabras como «sacrilegio» que tanto me inquietaba entonces.
Soy de las que rebusca entre las imágenes del recuerdo y del olvido porque hay algo dentro de mí que me invita a escribir; a salvar como de un naufragio las ideas que en su momento no tuvieron su oportunidad, su minuto de gloria, y siento que siguen ahí esperando su rescate. Debe de haber una especie de rincón oscuro en la mente de cada uno donde se aloja el saldo de la memoria, esas vivencias que dejaron un poso como de algo inacabado: una frase a medias, un abrazo vacío, una duda, minutos desperdiciados, un camino no elegido… Leer era para mí una forma sencilla de expresarme porque allí estaba escrito todo el contenido de mi pequeño cerebro. Descubrí palabras que hablaban de mis sentimientos, de mis emociones, de mis estados de ánimo. ¿Quién mejor que mis libros podían expresar mis ganas de saltar de alegría sólo por la idea de vivir, o de llorar por la pena de perder a alguien querido?. Ellos habitaban mi mundo, eran mi conocimiento, mi poder. Sólo ellos podían interpretar mis sueños…: yo estudiaría idiomas distintos para entenderme con gentes de todas las razas en todos los países conocidos y desconocidos y sería embajadora de la paz (entonces pensaba que era posible). Sólo ellos. ¿Cómo de otra manera podría yo explicar mis ilusiones por pilotar helicópteros o navegar a vela por los mares vírgenes del mundo?.
En los libros encontré las palabras precisas, claves para mi futuro…
Sigo manteniendo con la lectura una estrecha fusión. Comparto el vértigo que impulsa a la raza humana a buscar nuevos horizontes… un vértigo que también delata, que despierta denuncias y dispara palabras como dardos directos al punto dulce de las conciencias. ¡Cuánto valor, cuánta fuerza, cuánta imaginación, cuánto misterio está contenido en el lenguaje!
¿Qué había detrás de los signos de escritura más antigüos del mundo?
Si el lenguaje fué concebido como un código, como la forma de expresión y de entendimiento entre los seres humanos, tengo que confesar que hemos convertido ésto en un caos. Tal y como lo concebimos hoy está demostrado que no sirve, que no es suficiente. No nos entendemos. Cuando inventamos el Lenguaje aparecieron los idiomas, los dialectos…, cuando inventamos la Religión cada pueblo escogió dioses distintos… y así hemos llegado hasta este confusionismo universal tan peligroso como poderoso. Si, hemos sido capaces de comunicar nuestra existencia, desde el inicio de los siglos, a través del conocimiento y de la memoria… Si, admitimos que la diversidad de lenguas -como expresión del pensamiento- aporta una riqueza incalculable que nos invita a la evolución…, ¿por qué siendo la palabra el mayor poder que tenemos los humanos la utilizamos como arma de destrucción masiva…?
En mis ensoñaciones me empeño a menudo en la búsqueda de un lenguaje perfecto, otros ya lo han intentado antes, sin embargo no quiero referirme a un nuevo orden mundial del que ya se ocupan maníqueamente las élites, sino a algo mucho más básico, más humilde y fundamental que procede de la raíz misma de la creación. ¿Por qué no dar cabida en nuestro sistema al lenguaje del Alma, ese mirar a otro ser humano a los ojos y comprender que, en el fondo, somos materia divina, polvo de estrellas pululando por el cosmos, sin idiomas ni fronteras, en el regazo de un Tiempo inconquistable?.
Estaba demasiado dormido para interrumpir su sueño, pero la insistencia de aquella cantinela y la luz que parpadeaba, lanzando diminutos destellos violetas, a la altura de sus ojos sobre la mesilla de noche, consiguieron destemplarle, y claudicó.
Jadeaba. El sudor brotaba de los poros de su piel como un volcán en erupción expulsando con violencia un magma interminable de agua salada. Estaba empapado. Y asustado. Pestañeó con fuerza intentando quitarse de los ojos aquella telilla de niebla mañanera que le impedía situarse en su propia habitación. Estaba solo. Se llevó las manos a la cabeza, ¿qué era aquello? Después, al pecho, buscándole algún sentido a aquella agitación; algún dolor, o algo peor. Pero no le dolía nada. La respiración seguía acelerada y, mientras intentaba aclarar las posibles causas de semejante desazón, en su mente solo una idea: la maleta.
Había salido a la calle temprano. Deslumbrado por la caricia de la luz dorada del amanecer que se reflejaba en los cristales del portal de enfrente de su casa, pensó que le esperaba un día espléndido. Era una buena premonición.
Le quedaba tiempo. Quizás había madrugado demasiado debido a la excitación del momento. Decidió aprovechar unos minutos para acercarse a ver el mar antes de tomar el taxi que le llevaría al aeropuerto. Dobló la esquina de la avenida a su izquierda. Una bocanada de aire impregnado de salitre descolocó el poco pelo que le quedaba y que con tanto esmero arreglaba frente al espejo siempre antes de salir de casa. No pudo evitar un gesto de contrariedad, Llevaba las dos manos ocupadas y, aunque intentó ordenárselo con un movimiento violento de cabeza contra el viento, fue inútil. Arrastraba con su mano derecha la maleta que le acompañaba desde sus tiempos de estudiante en la universidad. Había terminado acoplándole un pequeño tirador con dos ruedas pequeñas para manejarla mejor. En ella, prácticamente todo su vestuario —que no era mucho— porque la vida le había llevado a una situación difícil y, después de muchos avatares, se había quedado con lo puesto. Sus cuatro libros de cabecera y sus «cedés» eran el exiguo patrimonio que había conseguido rescatar del «desembarco». Y en su brazo izquierdo un bolso con la documentación y alguna que otra cosa de las de llevar a mano durante el viaje.
Se acercó al borde del rompeolas y dejando los dos bultos a un lado, pudo por fin atusarse el pelo. El mar estaba muy agitado, la marea alta. Suspiró profundamente y sintió cómo su espíritu se cargaba de energía.
—¡Volver a empezar!, —se dijo, con más determinación que convicción.
Apenas había algunos paseantes por allí a esa hora de la mañana, gente que disfrutaba del paseo de camino al trabajo, o que volvían de él, algún despistado que volvía de una noche de copas, y estudiantes. Se acercó a leer un letrero que informaba de que el «bidegorri» destinado al tráfico de bicicletas estaba cerrado por obras debido a los daños que había causado el último temporal. Sobresaltado dio un respingo. Su cuerpo se alteró sintiéndose en peligro ante las peligrosas piruetas que ejecutaban con sus bicicletas dos jóvenes que se le acercaban —lo que a él le pareció a toda velocidad—. Uno de ellos, haciendo un salto virtuoso con giro, no pudo evitar el impacto contra la maleta del hombre que esperaba apostada al borde del paseo marítimo y que salió despedida por los aires, cayendo directamente al mar.
—¡Pordiós, esto no puede ser, no es posible!, ¡no puede estar pasándome a mí! —gritó iracundo mientras se acercaba al joven que estaba en el suelo hecho un nudo con su bicicleta y que, con voz y mirada compungidas, se lamentaba del atropello.
Afortunadamente no había sufrido nada más que algún rasguño. Hubo unos segundos de excusas y risas contenidas por parte de los jóvenes. El hombre desahogaba su furia contra ellos y les infligía un duro castigo de recomendaciones sobre convivencia cívica. Finalmente aceptó el hecho, resignado. Los dos chicos, con toda la seriedad que fueron capaces de aparentar, subieron a sus bicicletas y volaron hacia su destino.
Al hombre, que se había quedado absorto contemplando cómo aquel cascarón de piel marrón, cada vez más lejano y pequeño, navegaba entre el fuerte oleaje llevándose todo lo que, a duras penas, había conseguido acumular en su vida, le atacó un violento impulso irrefrenable que le hizo echarse a correr, como un loco persiguiendo a su maleta, en un intento desesperado de no perderla de vista.
Corrió varios kilómetros por el paseo del litoral asfaltado, trepó monte arriba hasta alcanzar la costa abrupta, como un avezado «trail runner» corrió por los caminos de arenisca y arcillas margosas, al borde de los altos acantilados, a lo largo de cordilleras, bajó a las playas, sorteó las rocas, rodeó los puertos, atravesó pueblos y ciudades, cruzó fronteras, corrió, sus pies descalzos hundiéndose en la arena de las dunas interminables, corrió sorteando los agujeros negros de la noche que se abrían como abismales gargantas negras agigantándose a su paso…
Y, aquel vértigo al vacío…
Corría a la velocidad máxima que le permitían sus piernas, sus pulmones y su coraje. Su corazón bombeaba a toda máquina cuando lo paralizó la alarma.
El móvil repiqueteaba incansable sobre la mesilla de noche. En su cara se proyectaban diminutos destellos de luz violeta. A los pies de la cama, como una fiel compañera de viaje, esperaba en silencio su vieja maleta.
Tenía veintipocos años cuando se demolió el antiguo Kursaal. Recuerdo que el impacto entre la gente de la ciudad fue muy importante. El sentir era de incomprensión y de temor porque aquello respondiera a una maniobra preparatoria de especulación con un solar privilegiado a orillas de nuestro mar. El solar al que llamaron «solar K», se mantuvo vacío durante otros veintitantos años, tiempo durante el que se estudiaron y se desecharon variadas y diversas propuestas.
La resolución del jurado explicaba así los motivos de su decisión al elegir el proyecto de Moneo
El lema decía: DOS ROCAS VARADAS
«POR el acierto en la consideración del solar K como un accidente geográfico en la desembocadura del río Urumea, por la liberación de espacios públicos como plataformas abiertas al mar y especialmente por la rotundidad, valentía y originalidad de la propuesta»
Para los ciudadanos se hacía difícil reconocer que otra construcción pudiera compensar del glamur perdido con la demolición del antiguo Kursaal.
Sin embargo, con el paso de los años, la integración en nuestras conciencias de ciudadanos de aquel nuevo edificio, admirado por unos y rechazado por muchos, fue lenta pero profunda. Quizá ello tuviera que ver con el propio carácter de los vascos…
No tengo palabras para explicar que la magia de Moneo consiguió engrandecer la ciudad respetando, a pesar de su innovadora propuesta, la fuerza del paisaje y de la arquitectura romántica con la que nos sentíamos tan identificados a través de los tiempos.
@mjberistain
Extracto del artículo de Ana Belén García
El arquitecto Rafael Monero (Tudela, 1937), es un hombre elegante, amabilísimo, y con un punto de timidez.
Según sus propias palabras Moneo concibe el desarrollo de los edificios por su capacidad de integrarse en la vida de las personas y por el respeto al lugar donde se ubican. Un tema que le apasiona y motiva.
Moneo ha sido el primer español en ganar el Prizker en 1996, considerado el Nobel de la arquitectura, y también son suyos el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2012) y el Premio Nacional de Arquitectura (2015). El arquitecto ha pasado 30 años como docente a caballo entre España y EEUU donde ha ejercido como Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Harvard.
“la ciudad misma es la arquitectura y es donde la gente entiende y debe apreciar lo que un edificio debe dar de sí”
Amante de la poesía y viticultor experimentado, lejos de jubilarse, Moneo mantiene un estudio con una veintena de profesionales en el que vuelca una actividad con la que aspira a que los edificios adquieran su propia personalidad por encima de los arquitectos.
«Su obra enriquece los espacios urbanos»
Según el Jurado del Premio Príncipe de Asturias que le fue concedido en 2012,
«Como maestro reconocido en el ámbito académico y profesional, Moneo deja una huella propia en cada una de sus creaciones, al tiempo que conjuga estética con funcionalidad, especialmente en los interiores diáfanos que sirven de marco impecable a las grandes obras de la cultura y del espíritu».
Descubrí un libro que me sorprendió por su título. La verdad es que no me resultaba especialmente sugerente pero, al abrir sus páginas, algo diferente captó mi atención. Quizás fue la frescura de su lenguaje y algunos párrafos que asimismo invitaban a la reflexión.
Aparte de mis devaneos con los libros de papel, decidí que por qué no salirme de mis estructuras intelectuales y permitirle algo más libre y novedoso a mi cerebro.
Y así fue cómo me encontré con la aparente (voy a decir) «superficialidad» de esta autora que sin embargo ha conseguido —con la precisión de su escritura— conmoverme a pesar de que sus historias y sus personajes parecen tan comunes.
«Lucía Berlín ha sido comparada con la escritura secreta como la de Alice Munro, menos cáustica que la de Dorothy Parker y mucho más alegre que la de Raymond Carver. Sin embargo, sí existe una misma manera de ver o de mirar la realidad. Los tres contemplan las relaciones humanas a través de la lente de la vida cotidiana, aunque cada cual lo haga imprimiendo un estilo propio.
El estilo de Lucía Berlin es alegre, fresco, natural, directo y contundente. Su tono es vital, declarativo, impetuoso, expansivo, vibrante, efervescente y lejos de repudiar la reflexión es también profundo.»
En su texto se refiere a la habilidad y sensibilidad de la autora para«retratar a sus personajes física y psíquicamente con su riquísimo repertorio expresivo». También para «compensar una frase cortante o dura con un guiño de humor, logrando un efecto cómico al saber colocar un verbo en el lugar adecuado.»
Carlota dice del libro que es«un tapiz memorable, cosido con pequeños retales de vida en forma de deliciosos relatos. Escrito con el idioma universal de los sentimientos y la textura de un realismo que parece tener relieve.»
“Lo esencial es indefinible. ¿Cómo definir el color amarillo, el amor, la patria, el sabor a café? ¿Cómo definir a una persona que queremos? No se puede.” J.L. Borges.
Termino de leer el libro de Casilda Sánchez Varela y, como en otras ocasiones, me he quedado con la necesidad de volver a leerlo; de repasarlo, de disfrutar de su escritura más despacio. Esta sensación curiosamente produce en mí una especie de salvación. Suele ocurrirme que cuando un libro me atrapa ralentizo la lectura a medida que voy acercándome al final porque acabarlo supone enfrentarme a un futuro vacío que me cuesta llenar hasta que «conecto» con un nuevo libro.
…
Por supuesto no le creí; le conocía bien, quizás nunca le había creído cuando decía que me amaba para no sentir el daño que sabía que me produciría llegar a estar en algún momento de la vida separada de él. Pero tampoco estaba resentida. Yo le amaba como a alguien «esencial». Sin condiciones. El resto eran juegos de pasión y artificio, salvajes saltos de un abrazo a otro y golpes de efecto que mantenían a salvo nuestra vanidad.
Habíamos coincidido en varias ocasiones entre balances y declaraciones de impuestos, temas que ocupaban la mayor parte de las horas del trabajo de cada uno en empresas diferentes. Había asistido también a alguna de sus conferencias. Yo le admiraba como profesional. Admiraba su sobriedad y al mismo tiempo su empatía al transmitir su conocimiento. Calibraba con puntillismo cualquier documento que pudiera ser objeto de negociación y su talante siempre elegante era, en las situaciones complejas, de una serenidad cercana a la excelencia.
Pasaron los años y encontrarle de nuevo no alteró, en lo más profundo, mi recién estrenado equilibrio. Solo me dí cuenta de que era él cuando se levantó de la mesa que compartía con otras tres personas en el salón restaurante —supuse que socios o clientes del despacho—, excusándose y retándome con la mirada a un abrazo, a medida que se aproximaba a la imponente puerta de madera maciza con cuarterones de cristal que nos separaba.
He dicho que no alteró mi recién estrenado equilibrio, y es cierto, pero me alegré inmensamente de poder abrazarlo, su cuerpo pegado al mío y el alma temblando como un trozo de papel rasgado de cualquier cuaderno con un pequeño poema escrito a mano, volteado por el viento y volando desorientado calle abajo.
Cuando sientes afinidad con alguien, puede decirse que hay una identificación tal con su espíritu que tienes la confianza y la seguridad plena de que esa persona, aún conociendo de tí los misterios más sombríos, las debilidades más infantiles, incluso los más infranqueables deseos y pasiones, no va a traicionarte jamás.
Solo pudimos repasar deprisa y desordenadamente nuestras vidas. Y convinimos en que «todo» estaba bien. No hubo despedida, unicamente las manos cogidas fueron soltándose mientras ambos retrocedíamos sonriendo, ambos con un impulso líquido en la mirada que sostuvimos con el dominio de los campeones.
Abrí el paquete que me había entregado el trabajador de la empresa de mensajería. No recordaba tener pendiente de recibir ningún libro ultimamente.
—Será un regalo— hizo un gesto de complicidad que agradecí sonriendo incrédula.
Podría ser, en realidad coincidió la entrega con la fecha de mi cumpleaños, pero no solía recibir presentes aparte de los estrictamente familiares. La portada decía:
«Te espero en la última esquina del otoño».
…
Reproduzco un pequeño párrafo del libro.
El vaho dulce de la afinidad…
El día fue cayendo y con él, el vaho dulce de la afinidad; esa corriente ineludible que arrastra a dos personas que acaban de conocerse a querer conocerse más. La afinidad no es semejanza, ni se rige por las mismas leyes que la pasión o el amor, que pueden existir con independiencia de ella. La afinidad es armonía. Es ese momento sublime de alivio y exaltación en el que el propio espíritu se reconoce en alguien más. La misma fuerza misteriosa que lleva a las hojas de un árbol a orillarse en el río unas aquí y otras allá. Corrientes, pesos, casualidad, las leyes de la atracción. La naturaleza se agrupa de modo natural y nosotros también lo hacemos en una clasificación metafísica que trasciende edades, sexos, patrias y oficios. Quizás no seamos más que astillas extraviadas de un mástil remoto. Piezas concomitantes, los codo con codo de un algo indefinible anterior al estallido del universo, pedazos de un mismo todo que fue verdad millones de años, en esa eternidad previa a la eternidad que conocemos…
De todas las estaciones, no hay ninguna tan demoledora como la primavera: los tallos revientan la endurecida costra helada de la tierra, las hojas abren la piel de las viejas ramas amortajadas, el dormido viento rasga el espacio entre rebrotados verdes…
Truman Capote
Andaba buscando un titulo para mi nuevo relato. Había apagado el ordenador hacía unas horas con la intención de tomarme un descanso. Llevaba días sin ideas y esta madrugada, en el duermevela, repentinamente he reconocido en mí la urgencia de sentarme ante el ordenador. En vano. Sin ideas, otro día más sin ideas. Y he cerrado los ojos, y con mis dedos sobre el teclado he decidido dejarlos libres sobre él, no pensar; ni tan siquiera respirar hasta que hubiera escrito por lo menos mil palabras. Mi cuerpo, mi mente…, algo tendrán que decir en esta demoledora primavera, como la llamó Capote. La siento llegar, soporto sus síntomas, pero todavía no ha roto el cascarón de la crisálida. Tendré que esperar. Y adivino tras los cristales azotados por la lluvia el verde oscuro del paisaje que enmarca este amanecer sin luz, y espero.
Y he recordado que ayer, mientras consultaba un dato sobre la segunda guerra mundial para otro texto que me tiene ocupada desde hace un tiempo, me encontré con un artículo de Cecilia Dreymiller publicado en Babelia sobre el libro de Ralf Rothmann, con el mismo título que yo tenía pensado para mi entrada. Sé que todo está escrito y que por tanto, todo lo que yo escriba estará contaminado por lo que haya leído antes, pero hoy algo dentro de mí necesitaba salir a la superficie de alguna manera, y este encuentro, precisamente este título, me ha guiado.
Y tecleo, y tecleo, dejando a mis dedos libres, sin pensar, sin respirar apenas, sin saber adonde me llevarán estas palabras…
La lluvia no da tregua. El viento sigue azotando afuera. Se ha paseado toda la noche como un fantasma con su escandaloso látigo de agua entre un chaparrón y otro. Se hubiera dicho que los elementos estaban desbordados, rabiosos, violentos, emitiendo aullidos de ahogo y reproches contra el cielo. Los pájaros callaban. He pensado que la primavera era un buen tiempo para morir.
—No quiero que corten flores para mí —me decías—, basta con que unjan mis pechos las gotas del último rocío con el aroma de los nuevos brotes y vuelen las briznas blanquecinas de mis restos, como polen de primavera, a la misma tierra de la que provengo.
Nos dejaste solos hace unos días mientras hablábamos de tu viaje al llegar la primavera. Aspiraste el aroma de las primeras flores de tu jardín y de los frutos que ya niñeaban en la huerta a los que habías cuidado siempre como a tus propios hijos, como a mí, como a mis hijas, y te llevaste silenciosa la alegría de vivir y la bondad junto a tu sonrisa eterna pintada en los labios.
…
¡Que los tallos revienten la endurecida costra de la tierra! ¡que las hojas abran la endurecida piel de las viejas ramas amortajadas! ¡que el dormido viento rasgue los espacios entre rebrotados verdes…!
Él solía decir que al salir “del cuarto oscuro” había tropezado con la luz y que aquel fogonazo le había alterado la vida.
Es cierto que, según me contaba, seguía dando trompicones y yo le miraba como a un niño todavía, con rigor, pero también con la condescendencia que le ofreces a una persona muy querida que padece de ciertas limitaciones. Hablábamos de muchas cosas durante sus frecuentes visitas. Llegué a tratar con sus padres y educadores y a quererle como se le puede querer a un hijo. También me hacía sufrir.
El dictamen médico reconocía que se había producido un fallo en el suministro de oxígeno estando él en la incubadora. Su hermano gemelo prosperó rápidamente al margen de él, y se hizo con las caricias y el alimento de los pechos que su madre tenía preparado para dos. A él no le quedó más remedio que sobrevivir con lo que había.
Le recibió una habitación con vistas a un blanco quirófano. Grandes manos enguantadas asomaban por pequeños ventanucos redondos y llegaban hasta él rodeado de tubos de plástico, transparentes, como sus órganos, como su piel. En aquel lugar ya no había oscuridad. Todo era luz, luz confusa. Su débil cuerpo seguramente llegó a añorar su mundo en la oscuridad, pero él se hizo fuerte y salió adelante.
Cada día mi asistenta Dulce María me llevaba al mercado. Me aseaba y me vestía como a mí me gustaba. Sin alardes, pero con elegancia. —Yo adoraba la combinación de colores neutros—. A pesar de mi artritis me gustaba adornar mis manos con un solo anillo cada vez. Mi preferido era la alianza. Cuando murió mi marido, con las dos alianzas de oro yo había hecho diseñar una sola doble, y engarzado en ella el brillante que él me había regalado para celebrar nuestro compromiso. Un toque de colonia floral fresca y una manta ligera sobre mis rodillas cuando el tiempo era frío. Mezclarme entre la gente por los pasillos de las fruterías y los puestos de verduras recién traídas de los caseríos, acercarme a la zona del pescado en la que se exponían, como en un museo, las piezas más llamativas; salmonetes, merluzas, bonitos, txipirones, besugos, antxoas, y ver la evolución de los ejemplares de todo tipo de marisco en las peceras iluminadas, era mi plan preferido cada mañana. Y acercarme después a La Tahona y oler el pan recién horneado y poder elegir mi pan de cereales preferido. Después de comer me quedaba en el sofá tranquila sesteando en silencio. La lectura y la música clásica acompañaban mis últimas horas de la tarde cuando, salvo que hubiera algún concierto o exposición de arte interesantes, estaba sola hasta el atardecer, a la hora de la cena.
Yo había recomendado a sus padres que le llevaran a un centro de educación especial. Ellos prefirieron que conviviera con los demás niños como uno más, aun sabiendo que ello requeriría un mayor esfuerzo económico y dedicación por su parte.
Le llamaban “el cuarto oscuro”. Allí se recluía cada tarde su padre, cuando volvía del trabajo, para dedicarse a sus hobbies. Él se sentía privilegiado por ser su elegido para ayudarle a revisar, limpiar y seleccionar las piezas que luego llevaría al tasador para vender. Desde niño le habían cautivado la luz de los brillantes y los diamantes diminutos, la transparencia de las piedras de colores preciosos, y los destellos y la suavidad de los metales que se enredaban con facilidad en la torpeza de sus dedos.
Y quiso ser ladrón, como su padre.
Me sorprendió el chasquido de un pestillo y un portazo al otro lado del pasillo. Pensé que habría sido el viento. Había hecho mucho calor aquel día y podría estar levantándose galerna. Volví a mi lectura sin darle más importancia.
Pero sí, había alguien allí. Escuché el crujir de la madera del suelo bajo unos pasos que se acercaban con sigilo hacía el salón. Antes de darme tiempo a asustarme me encontré con la tranquila expresividad de su mirada en el quicio de la puerta como si quisiera pedirme permiso para entrar y acercarse a mí. Durante unos segundos me quedé bloqueada, algo en su persona me hizo dudar y decidí hablar con él —poco más podía hacer—.
—Esta es mi casa, —le dije como disculpándome—
Él me ofreció una educada sonrisa.
—Mira, —me dijo—. Yo no quiero nada más que me digas dónde tienes las joyas porque las necesita mi padre para venderlas y darnos de comer a mi madre a mis hermanos y a mí.
Dejé mi libro sobre la mesa de centro y le animé a sentarse a mi lado.
—Me tendrás que explicar más cosas.
Supongo que entendió que me debía una excusa.
—Bueno, no tengas miedo, yo no quiero hacerte daño, solo quiero las joyas y, si tienes, algo de dinero y me marcho. No se lo digas a nadie que he venido aquí porque si se enteran mis padres seguro que me montan una bronca. Yo solo quería entrenarme para poder ayudar a mi padre cuando sea mayor.
—¿Quieres merendar conmigo? —le pregunté mientras le ofrecía una de las pastas de té que quedaban sobre la bandeja.
—Vale.
La ternura de su mirada agradecida me invadió demoledora cuando se acercó un poco más a mí.
—Y dime: ¿por qué has elegido venir a mi casa?
—Cada día cuando salgo del colegio me encuentro contigo, y con la señora que te acompaña, volviendo de la compra del mercado. Me gusta escucharos hablar y reír. Y, además, eres muy guapa. Camino a vuestro lado hasta que llegáis a casa, después, sigo solo hasta la mía. Me gustan tus anillos.
Hablaba con una mirada expresiva iluminada por la inocencia. Era inútil resistirse.
Le prometí que no diría nada a nadie pero que aquella tarde él tenía que volver a casa para que no lo echaran en falta. Se nos había hecho tarde con la charla y enseguida vendría mi cuidadora Dulce María a prepararme la cena y acostarme. Él suspiró profunda y perezosamente, se levantó del sofá y me ofreció su mano a modo de despedida.
La luz bailaba alrededor de su figura mientras se alejaba, se volvió desde el quicio de la puerta del salón para señalarme, con un gesto acusador de su dedo índice, durante unos segundos de silencio. Una suave sonrisa iluminaba su rostro mientras aventuraba una nueva visita si yo se lo permitía.
Sentí una mezcla de alivio y tristeza extraña, como si hubiera sido víctima de un robo moral y tuviera que denunciar a aquel niño de ojos claros que había jurado ser mi amigo…
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@mjberistain Fotografía MJB (Museo Arte Abstracto Español Cuenca)
Quizás hablábamos del siglo XIX. De hecho la única fecha que encuentro para centrar el origen de la poesía que me recitaron entre las tres primas aquella mañana, sentadas alrededor de una mesa de metal al lado de la fuente de las Américas, lo sitúa antes de 1899.
De su autoría aún tengo dudas. Se atribuye a una maestra llamada Rosita Denia que en la época del 36 impartía clases en un pueblo de Segovia y que hacía representar a sus alumnos cada vez que «los nacionales» tomaban una ciudad importante. Pero también he encontrado alguna mención al poeta mejicano Amado Nervo como autor, aunque este texto no lo localizo entre su obra.
…
Juana debió de ser una mujer de piel muy blanca que le gustaba adornarse cada mañana antes de enfrentarse a la mirada de cualquier otro ser humano, incluído su marido. Siempre vestía de negro absoluto. Pero por el relato de sus nietas, llegué a imaginármela, en algunos momentos de su vida, sentada largas horas ante el espejo del tocador mirando embelesada a la caja de caoba abierta, al brillo barato de los viejos abalorios que su abuela le había regalado antes de morir.
Aplicaba una sencilla crema hidratante y bases blancas sobre su tez ya de por sí pálida. Unicamente se permitía resaltar sus mejillas dando pequeños toques con sus dedos impregnados de la misma crema de color con la que pintaba sus labios. Su color preferido era el rojo. Sus ojos los delineaba con lápiz negro y aplicaba un ligero empaste de máscara sobre sus pestañas para intensificar su mirada un poco felina. A pesar de su origen humilde el resultado en su aspecto le asemejaba a las mujeres de la alta sociedad, y eso le gustaba. Pestañeaba satisfecha al espejo…
Le gustaba llevar su pelo hueco, rizado y revuelto. Decían que, dependiendo de su estado de ánimo utilizaba los colores negro, azul, caoba, castaño claro y también el oscuro; nunca rubio. Además sujetaba su melena rizada con cintas y lazos, y flores, pinzas y ganchos para lograr sugerentes y divertidos recogidos y tocados.
Me contaban sus nietas, alrededor de aquella mesa de metal de la plaza de las Américas, que habitualmente llevaba, al menos, diecisiete pulseras y brazaletes en sus muñecas, todas ellas regalos y recuerdos de sus amores tiernos. Y todas de distintos modelos; cadenas con pequeños colgantes de plata, de nacar, de cerámica, de pelos y dientes de sus hijos y nietos, pulseras de cuero con remaches y brillantes, cintas de plásticos de colores entretejidos, aros de oro amarillo, rosado y blanco… Todo ello además de un reloj y varios anillos ensortijados entre sus dedos envejecidos.
Había sido una mujer imponente que durante la guerra civil española había conseguido sacar adelante a sus seis hijas por sí misma. A su marido se lo llevaron de casa una noche y lo fusilaron en el paredón del barrio. No era facil salir a vender tejidos por los alrededores. Ni perseguir al ladrón de su maleta a campo abierto. En un pequeño cuartucho que le dejaron comenzó a vender verduras y hortalizas que cada mañana le traía un abuelo vecino. Con el dinero que sacaban compraban aceites, jabones y otros enseres —eran tiempos de estraperlo—. Juana era una mujer de gran personalidad y la vida la eligió para ser, además, emprendedora. Salió de su cuartucho de verduras del barrio más humilde y se instaló en un quiosco en el centro de la gran avenida de la ciudad a vender granizados en verano. Durante los inviernos vendían pan y también dulces y así fue poco a poco prosperando hasta que llegó a asociarse, a través del novio de una de sus hijas, a una de las mejores pastelerías, todavía hoy considerada de prestigio.
Pero Juana, además, era una enamorada de la poesía y de los poetas Gustavo Adolfo Becquer y Rubén Dario entre otros.
Las tres mujeres que se sentaban a mi alrededor eran primas y recordaban a su abuela Juana con mucho cariño, con nostalgia y admiración. Durante sus vidas le habían escuchado recitar de memoria cientos de veces poesías que ella también había aprendido de sus mayores.
Me emocionó escucharles declamar ésta con fervor. Y respeté en silencio sus recuerdos.
Cierto día el Hada Azul, quiso a la tierra bajar y se mandó preparar su gran carroza de tul. Diciendo: «A cada mujer de las diversas naciones, les voy a dar tantos dones como pueda conceder».
Bajó aquí sin dilación, tocó su cuerno amarante y acudieron al instante una de cada nación.
Llamó y dijo a la italiana: Tú tendrás ardientes ojos… y tendrás labios tan rojos que parecerán de grana.
Por tu cutis sonrosado, dijo a la inglesa, serás entre todas las demás un tesoro codiciado.
Por tus nacarados dientes le dijo a la austriaca luego, verás quemar en el fuego de amor a tus pretendientes.
A la mujer parisien le dio una distinción, ingenio, corrección… y hasta corazón también.
Y así fue haciendo lo mismo pródiga con todas ellas, repartiendo entre las bellas; a una sentimentalismo, a otra ingenio, a otra blancura, a otra claro entendimiento, a esa otra un alma pura…
Así acabó sus dones, que entre todas repartió, cuando al terminar salió de entre todas las naciones una gallarda manola muy joven, casi chiquilla, que lucía una mantilla de rica blonda española, y que acercándose al Hada, ruborosa dijo así: Según veo para mí no me habéis dejado nada.
Quedóse el hada un momento suspensa de admiración y fijando su atención en ella, con acento dijo luego: ¿Tú qué quieres que yo te pueda otorgar? ¿Tienes algo que envidiar a todas estas mujeres? ¿No tienes el pelo acaso abundante, negro, hermoso? ¿No tienes el porte airoso? ¿No hay en tu mirada clara, rayos de sol que fascina? ¿No es tu sonrisa divina? ¿No es bellísima tu cara? Entonces, ¿qué quieres?, di si aún juntando a todas ellas, resultan menos bellas que tú.
¿Qué buscas aquí? Sin embargo, dijo el Hada: yo no quiero que al marcharte tengas porqué lamentarte de que no te he dado nada.
Y mirando a la manola dijo alzando más el tono: ¡A ver, que traigan un trono a la mujer española!
Hasta aquí la parte recitada de memoria. El resto de la poesía lo he encontrado en el blog de Jose Angel Muriel
Y en este cuento me fundo si es que este cuento no engaña, para decir que en España está lo mejor del mundo.
II
Las mujeres españolas se distinguen por su cuerpo, por su cara tan risueña, su talento y su salero.
Una de estas mujeres, a ninguna se la iguala, porque entrega cuando ama todo el candor de su alma.
Mujeres, como capullos en flor; vosotras sois el orgullo español; mujeres morenas de labios coral que entregáis la vida y el alma al besar…
Mujeres que lleváis en los ojos las luces de un tesoro del cielo español.
Dedico esta poesía en fechas tan señaladas, a estas fiestas a las Reinas y sus Damas.
Poesía atribuída a Rosita Denia, maestra. También se nombra al poeta mejicano Amado Nervo como autor.
Las fotografías son de internet y están seleccionadas de mujeres de la época de 1900
Casi no recordaba cómo había conseguido llegar hasta allí. Se sentía rodeada de rostros desconocidos que, como ella, no emitían sonido alguno. Miraba al frente, no se atrevía a girar la cabeza, solo permitía a sus ojos el leve movimiento necesario para desviarse a derecha e izquierda y comprobar de reojo que no estaba sola.
Alguien abrió la puerta con violencia. El chasquido repentino de la manilla oxidada la hizo sobresaltarse y darse cuenta de que estaba en otro mundo. No acertaba a ordenar las ideas en su cabeza que se le antojaba ahora llena de serrín. Suponía que había tenido que tomar una serie de decisiones antes de aparecer por aquel edificio victoriano solemne que ocupaba un antiguo colegio inglés en las cercanías de Londres.
¡Ah, si! Aquel avión temblando esperándola en mitad de una gran pista de cemento con pequeñas luces parpadeando a un lado y otro de su miedo. Recordaba que se había propuesto no respirar durante el trayecto, no fuera a ser que su aliento provocase una convulsión en la fragilidad de aquel aparato.
Pero afortunadamente se encontraba allí, en aquella habitación escasamente iluminada de grandes ventanales sin cortinas que daban a un oscuro patio del castillo, rodeada de un pequeño grupo de chicos y chicas de distintas razas que, como ella, esperaban su primer encuentro con el viejo profesor de lengua y literatura inglesa.
—¡Buen día señores!— lanzó un saludo como si quisiera espantarlos de un bufido.
Hasta ese momento el silencio había sido casi religioso. Sin excepción, se removieron todos en sus asientos como si se hubieran acomodado sobre un hormiguero. Y comenzaron a trastear nerviosamente con sus cuadernos y libros. En el silencio incluso asustaba el estrépito de algún bolígrafo o maletín precipitándose al suelo desde lo alto de los pupitres de madera apolillada. Se encontraron por entre sus piernas las miradas sorprendidas y suplicantes de algunos como buscando algún tipo de complicidad que les aliviara de la tensión.
—¡Buenos días!— contestaron con voces destempladas y disonantes que provocaron la hilaridad en el grupo, incluído el profesor.
Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre respetable con sus casi dos metros de altura que desplazaba por la clase con engañosa desgana. Como su sonrisa. Como su mirada. Parecía como si le faltaran fuerzas o le sobrara humanidad. No olvidó nunca cubrirse con una vieja gabardina verdosa siempre desabrochada. Quizás fuese una de sus señas de identidad; otra era su pajarita, de color verde oliva, anudada en una especie de lazo maltrecho al cuello de su arrugada camisa blanca, o el brillo de sus grandes zapatones. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes, aunque su voz retumbaba con gravedad alrededor de su figura.
Mister Evans, era un soñador; un filósofo, un poeta, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.
Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Cada uno de sus alumnos representaba para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se celebraba cada año entre setiembre y junio y más allá de los horarios lectivos.
Preparaba a sus alumnos para lo que él llamaba un «exámen a conciencia».
Mister Evans era capaz de transmitir su conocimiento y compartir sus ideas e ideales con su grupo de alumnos. Y ellos fascinados deliraban escribiendo versos en cualquier esquina de cualquier papel que luego les haría tirar a la basura la mayor parte de las veces. Y soñaban con interpretar los personajes de las obras de Shakespeare, que ensayaban al aire libre en los jardines de la Universidad, algún día de sus vidas en el teatro de Stratford upon Avon.
He conseguido encontrar algunas claves para comprender la poesía de T.S.Eliot; comprender su orden caótico como un «mosaico de metros, rimas y estilos».
«La publicación de La Tierra baldía en 1922 marcó un hito en la tradición poética anglonorteamericana. El poema se reveló súbitamente como el documento revolucionario del experimentalismo de las vanguardias. Los primeros lectores se sintieron fascinados y perplejos ante aquel texto extraño y enigmático, una colección de fragmentos de diversa índole, escritos en siete lenguas, que se extendía a lo largo de distintas épocas y culturas, y cuyas imágenes recurrentes articulaban un nuevo lenguaje poético…»
La poética de la fragmentación y la unidad del poema
(Apuntes)
«En el grado cero de la escritura, según observaba Roland Barthes, la poesía de la modernidad es una poética de la ausencia a la vez que una sintaxis discontinua.
La expresión poética parte de un universo fragmentario en el que las palabras se vuelven solitarias y aterradoras porque sus vínculos son más bien potenciales.
Con su poética de la fragmentación, La tierra baldía se parece a los restos de un drama extraviado, del que se ha borrado su trama principal y del que se conserva sólo el argumento secundario. Simultáneamente, la técnica cubista del collage invita al lector a reinventar los intersticios e intervalos ausentes. Eliot lo convierte en un co-creador y co-buscador de los eslabones perdidos.
La obra de Eliot posee un carácter onírico; el argumento carece de principio, desarrollo y final. Solamente hay fragmentos y retazos que, una vez introducidos quedan suspendidos en el texto.
El poema es un conjunto de meandros, viajes interrumpidos, sagas y aventuras discontinuas e inconclusas…
La repetición de temas, motivos e imágenes confiere al poema una estructura polifónica.»
Extractado del libro «La tierra baldía» edición bilingüe de Viorica Patea. Cátedra/Letras Universales
***
«Me diste jacintos hace un año por primera vez;
me llamaban la muchacha de los jacintos.»
—Pero al regresar, ya tarde, del jardín de los jacintos,
Si te llevara allí antes del amanecer, lo primero que verías sería la bruma sobre el agua…
Hablábamos ayer de «sincretismo». Encontré, hojeando de pasada, en el libro de Michael Ondaatje «El paciente inglés», unas líneas de gran belleza y que volvieron a llevarme al tema de las religiones; a sus encuentros y desencuentros en un mundo con necesidad de que sus dioses se pongan de acuerdo…
«En la tienda había noches en que no conversaban y noches en que no cesaban de hablar. Nunca estaban seguros de lo que sucedería, qué fracción del pasado surgiría o si su contacto sería anónimo y quedo en su oscuridad. La intimidad del cuerpo de ella o el cuerpo de sus palabras en el oído de él, tumbados en el almohadón de aire que él insistía en inflar y usar todas las noches…
Él se apretaba contra el cuello de ella. Se deshacía con el contacto de las uñas de ella por su piel o tenía pegada su boca a la de ella, su estómago a la muñeca de ella.
Ella lo imaginaba, en la oscuridad de su tienda, como a medias pájaro, por algo en él que recordaba a una pluma, por el frío metal en su muñeca. Siempre que estaba en aquella tiniebla se movía como un sonámbulo, un poco descompasado con el ritmo del mundo, mientras que durante el día se deslizaba entre todos los fenómenos fortuitos que lo rodeaban, igual que el color se desliza sobre el color. Pero de noche encarnaba el sopor.
… Si te llevara allí antes del amanecer, lo primero que verías sería la bruma sobre el agua. Después se alza y revela el templo a la luz. A esa hora a la que ya se habrán iniciado los cánticos a los santos; los cánticos que son la esencia misma del culto. Oyes el canto y hueles la fruta de los jardines del templo: granadas, naranjas. Por todo hay árboles sagrados y agua mágica. El templo es un abrigo en la corriente de la vida, accesible a todos. Es la nave que cruza el océano de la ignorancia.
… En el templo los representantes de todos los credos y todas las clases recibían la misma acogida y comían juntos. Podía dejar una moneda o una flor en la tela extendida del suelo y después unirse al gran cántico permanente».
Cierro los ojos la bruma me arrastra, sobre el temblor de las aguas te siento, oscila tu ardiente oscuridad…
Todos los años por estas fechas, los escasos momentos de quietud que consigo suelen llevar mi mente a reflexionar sobre el tema de las religiones.
Hace tiempo leyendo a Rosa Montero, tuve que mirar en internet el significado de la palabra «sincretismo».
«Tendencia a conjugar y armonizar corrientes de pensamiento o ideas opuestas».
Como sincretismo se denomina el proceso mediante el cual se concilian o amalgaman diferentes expresiones culturales o religiosas para conformar una nueva tradición. La palabra, como tal, proviene del griego συγκρητισμός (synkretismós), que significa ‘coalición de dos adversarios contra un tercero’.
El sincretismo religioso es el producto de la unión de dos tradiciones religiosas diferentes que se asimilan mutuamente, dando como resultado el nacimiento de un nuevo culto con elementos y productos de ambos.
«Las religiones organizadas han sido demasiadas veces en la historia el origen de las atrocidades más espantosas (y lo siguen siendo, como en el yihadismo); pero en el impulso religioso básico del ser humano hay también un anhelo de bondad, de fraternidad y de belleza».
Mi religión no la vivo como lo hacía cuando era una adolescente. Mucho ha cambiado, sin embargo, me ha quedado ese impulso religioso del que escribe Rosa; una especie de «espiritualidad» de la que no puedo ni quiero prescindir.
Aquí voy a referirme a su encuentro en el Parque con una mujer…
(una emoción sencilla)
El otro día me encontré en el parque con una mujer de unos setenta años que vendía gorros, pulseras y diademas de punto que ella misma tricotaba. Era extranjera, no sé de dónde, y obviamente muy pobre, tanto por su ropa limpia, pero raída, como por los malos y feos hilos con los que tejía. Su rostro era hermoso. Debía de haber sido muy bella y tenía una sonrisa que iluminaba el lugar. Le compré una pulserita por cuatro euros y le di las gracias por su arte. Y entonces sonrió y me dijo: «Que tus dioses te protejan». Sí; en estos momentos de locura y de odio, ojalá nos protegieran a todos nuestros buenos dioses, nuestros ideales, nuestra voluntad de ser mejores. «Que tus dioses te protejan», me deseó la preciosa anciana. y ¿saben qué?
Tengo más de cincuenta años y me he quedado huérfana.
No voy a lamentarme ahora. No voy a entrar en detalles. Me educaron para saber que esto podría pasar. No me educaron para saber soportarlo, por eso estoy desolada y desorientada, pero tengo más de cincuenta años y estoy dispuesta a salir airosa de este encuentro con la soledad. Voy a empezar de cero.
La Navidad es el peor momento del año, para mí siempre lo ha sido. No solo porque tenía que ayudar a organizar las fiestas que organizaban mis padres en casa para toda la familia. Y como yo era la mayor de los hermanos, solía pasarme los días poniendo y quitando mesas, lavando y planchando manteles y servilletas de hilo, limpiando cientos de vasos y copas de cristal de bohemia, bajando las basuras llenas de restos de comida y confetis y preparando la casa para que todo estuviera perfecto el próximo día de fiesta. Me horrorizaba la Navidad, echábamos de menos a los muertos… En fin, que para mí no había otro momento peor en todo el año.
Pues, este es el peor año de mi Navidad.
¡Y voy a organizar una Merienda de Reyes! ¡Cómo suena!
Buscaré por internet fotografías de menús y mesas decoradas para hacerme la idea de cómo quiero que sea «mi» primera celebración de Navidad. Vivo en un apartamento pequeño que no me da para poner un pino con bolas brillantes ni figuritas colgando. Pero voy a inventarme uno. Quiero que mis invitados disfruten, con todos los honores, de la Navidad. Quiero disfrutar con ellos y que ellos disfruten conmigo. Voy a darles lo mejor que me ha quedado; Amor. Amor por mis amigos y mi familia, amor por la vida… Mi casa tiene que respirar alegría ese día. Alegría de poder encontrarnos los que quedamos. Es así, ya me lo habían avisado.
Alguien me contó que la mejor mesa de Navidad en la que tuvo la suerte de participar fue la de su amiga Isabel, decoradora, que hacía solo unos meses había perdido a su hijo —un niño con una enfermedad degenerativa, ambos habían conseguido ser felices juntos durante quince años—. Como no tenía fuerzas para organizar nada, se fue a un «chino» y compró un montón de cosas, sin saber muy bien qué haría con ellas. Citó a sus mejores amigas a una merienda sencilla. Cuando entraron a aquella casa no pudieron contener la emoción. Les invadió una sensación de hermandad y de íntima alegría por conocer a aquella mujer que, increíblemente, se superaba cada día y se ofrecía a los demás con todo lo que iba quedando de su gran corazón magullado. Se abrazaron y después del llanto brindaron por la amistad y por el «nuevo tiempo».
Era una mesa fantástica con mantel, servilletas y platos de papel —no faltaban los bajoplatos de cartón dorado—. La cristalería era de plástico de un color suave que armonizaba perfectamente con el conjunto de la decoración navideña. Había bandejas brillantes ocupadas por embutidos y tostadas para el foie, taquitos de tortilla de patatas, fuentes de tomates troceados de todos los colores, rosquitos de pan de cereales con queso de cabra y salmón ahumado con ramitas de cebollino encima, rollitos de salchichas con bacon, volovanes de ensaladilla y gambas, pavo relleno fileteado y salsas de frutos rojos y de cebollas. Pastas de té recubiertas de fondant sobre las que había dibujado, en colores, estrellas, corazones y árboles de Navidad. No faltaban mazapanes, guirlaches, almendras y piñones. En el centro de la mesa, un cono de bizcocho decorado con frutas frescas; kiwis, frambuesas, cerezas, plátano, fresas, y en la punta una galleta en forma de estrella. En fin, un derroche; una verdadera celebración de amistad y simpatía.
Este año vendrán a mi casa, estoy feliz por juntar, en mi pequeño apartamento, a la familia que me queda. Algunos tendrán que sentarse en el suelo… El único lujo que puedo darles es mi cariño. Yo seguiré rezando en silencio por las noches, agradeciendo a mis padres la oportunidad que me dieron de vivir todo esto.
Con todo mi cariño y respeto a las personas que se sientan identificadas con este texto.