El jardín de senderos…


Tengo que contaros algo.

Empecé a AMAR la Literatura cuando tenía diecisiete años. Entonces yo era una niña. Era la mayor de cuatro hermanas y la educación en mi casa era muy exigente. Sentía cómo crecía dentro de mí una cada vez más aguda necesidad de escaparme de aquella atmósfera un tanto sofocante para mi adolescencia y quise buscar en el exterior una vida que me permitiera «crecer» como persona. —Así pensaba yo— porque en aquél momento todo me era negado salvo asumir unas responsabilidades dictadas con devoción y corrección. El resultado de los esfuerzos que hiciera nunca sería el suficiente.

Mister Evans era una soñador; un filósofo, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.

Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre admirable con sus casi dos metros de altura que movía con una especie de desgana engañosa. Como su sonrisa. Como su mirada. Durante los años que estuvimos en contacto, él no olvidó nunca de vestir su vieja gabardina que llevaba desabrochada de forma permanente. Quizás fuese una seña de identidad. Otra, su pajarita, siempre de color verde oliva, que rodeaba y anudaba al cuello de su camisa arrugada y blanquecina. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes.

Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Todos y cada uno de nosotros representábamos para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se extendía más allá de los horarios lectivos.

Supongo que en aquella época estábamos todos agradecidos de tener una persona con un cierto carisma paternal, un líder a quien admirar y seguir, siendo que estábamos todos muy lejos de nuestras familias.

Sus alumnos le adorábamos.

Empecé entonces a interpretar y comprender los textos más complejos y difíciles que había leído hasta entonces. Me atreví a delirar, lápiz en mano, frente a cientos de hojas de papel en blanco.

La vida me llevó más tarde a interpretar las historias que leía, o quizás era que mis vivencias, mis obsesiones, mis sueños, mis desvaríos los encontraba curiosamente en libros escritos por otros autores mucho antes de que yo hubiera nacido.

Notas poéticas encontradas en
«El jardín de senderos que se bifurcan»

Cuento escrito en 1941 por el escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges.

Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis.

Reflexioné que «todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…»

Mi voz humana era muy pobre…

Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio… como si alguien estuviera acechándome.

Un soldado herido y feliz.

El tren corría con dulzura, entre fresnos…

El camino solitario… lentamente bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.

Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes.

La música era china. Por eso yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención.

Un farol de papel que tenía la forma de los tambores y el color de la luna.

Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre…


Ver: Resumen del cuento
Imagen de Relatos caóticos


 

Nathan

Me costó darme cuenta de que era él. Caminaba inmersa en mis pensamientos y notaba que aquellos días me importaba muy poco todo lo que ocurría a mi alrededor, más allá de la conciencia de que debía de hacer algo especial para salir de aquella situación de absurda apatía en la que me encontraba. Mis reuniones para encontrar trabajo seguían un curso interesante, pero eso no me bastaba, no me apetecía salir de casa, tampoco podía concentrarme en mis lecturas favoritas. Escribía y enseguida despreciaba mis anotaciones que garabateaba después con saña. Llenaba la basura con cientos de folios arrugados casi sin estrenar. Repasaba insistentemente en mi agenda los nombres de las personas con las que había tenido relación a lo largo de mi vida, buscando alguien que pudiera serme útil, alguien que me aportara una cierta claridad ante aquella luz siniestra que me tenía invadida íntimamente.

Más que verlo, lo intuí. Lo intuí borrosamente al otro lado del cristal sucio del coche que estaba detenido en la acera opuesta a la mía, en la que yo esperaba que me diera paso el semáforo. Las luces de warning de su coche estaban parpadeando. Tuve un arrebato de huir de allí, de echar a correr en dirección contraria. No tenía previsto el encuentro con él de forma tan inesperada.

—Sería yo capaz de hablar primero? —Y qué le diría más allá de «hola, ¿cómo estás»?

—Sentí mis pies hundirse en el suelo como si me hubiera metido en un foso de alquitrán. Titubeé, intenté zafarme de aquel lodo pesado y negro que me inmovilizaba hasta la mente. Le miré pretendiendo que él no se hubiera dado cuenta de que yo estaba allí, al otro lado de la calle, y que me encontraba en una situación difícil. Sabía que, en cualquier otro momento, de haberse percatado, hubiera venido solícito a ayudarme. Leía. Parecía entretenido, atento a un documento que tenía apoyado en el volante. El coche no se movió cuando las luces del semáforo en verde le dieron paso.

Abrió despacio la puerta del coche y salió mirando a los dos lados, asegurándose de su propia seguridad ante el arranque del resto de vehículos. Se movía mirándome con una leve sonrisa, mientras yo me dirigía hacia él atacada por una sorprendente timidez que me había trasladado a la época de mi adolescencia. El paso de peatones parecía alargarse infinitamente, hubiera dicho que eran miles las rayas blancas que nos separaban, pero ya estaba en sus brazos.

Comprendí que todo lo que pudiéramos hacer juntos a partir de aquel momento no sería malo ni dañino. No nos quedaba otro recurso que el de amarnos por encima de todo. En mi interior sabía que mi madre comprendería y aprobaría nuestra situación. Yo era joven, adoraba a este hombre desde que era casi una niña y poco había cambiado en mis sentimientos con respecto a él durante los últimos años. Le adoraba y le respetaba. Esos motivos habían sido determinantes, por los que yo me había mantenido al margen de su vida de pareja y que, a mi pesar, fueron los que habían provocado la distancia que había terminado por deteriorar la relación con mi madre Louise.

Pero callé y me abandoné a su abrazo.

No puedo decir que lo encontrara envejecido, aunque su pelo se había convertido en una maraña de finos hilos blancos que se le desordenaban dándole un aire bohemio del que yo creo que él siempre había presumido. Seguía teniendo un porte altivo y sus gestos despaciosos denotaban una gran seguridad en sí mismo. Murmuró mi nombre varias veces, pegada su boca a mi oído izquierdo.

Nos sentarnos en el Café de los Artistas y tomamos un café tranquilo.

—Por cierto —dijo— hablo como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para nosotros.

—¿Tienes prisa? —Mi contestación se esfumó en el aire mientras con su brazo derecho me conducía hacia la puerta del lado del copiloto de su coche. Lo cierto es que me dejé llevar sin oponer ninguna resistencia.

A pesar de sus esfuerzos por mostrarse recuperado, el dolor seguía enraizado en su pecho. Habían sido largos días de despedidas, acompañando muchas noches de insomnios y de sueños cortos y despertares asustados en los que el miedo algunas veces y la aceptación otras, mi madre necesitaba del consuelo y la paz que aquel hombre era capaz de aportarle. Yo le notaba cansado, pero aún intentaba animarme también a mí. Efectivamente —me contó— que había desaparecido de la universidad unos días sin dejar pistas de su paradero porque necesitaba distanciarse del mundo sin interrupciones. Y que yo era una de ellas.

—¿interrupciones? Me sorprendió aquella palabra para definirme como a una de las que tendría que enfrentarse.

Pero que antes de dar cualquier paso —continuó diciendo— tenía que deshacer la maraña de pensamientos que habían quedado trabados en su cerebro. Sentía que con la desaparición de mamá su vida culminaba, pero yo estaba allí y no sabía muy bien cómo interpretar aquella presencia. Juró que hubiera querido huir también y, de hecho, había huido, lejos, a una isla del sudeste asiático, pero había resultado una retirada realmente corta para la grandeza del problema que presentía que tendría que abordar con madurez tarde o temprano.

Me refugié en la manta que suelen poner en las sillas de las cafeterías a disposición de los clientes para que puedan estar confortables en el exterior. No tenía frio, pero a ratos los escalofríos recorrían mis inseguridades, especialmente cuando no sabía qué decir. Escuchaba porque suponía que eso era lo único que él necesitaba de mí entonces. Que yo le escuchara. Hubo varios silencios difíciles, pero mi intuición me fue llevando por un camino que yo en mi interior ya tenía recorrido. Creo que quería dejar claro que yo era algo postizo en su vida, y que por mucho que me apreciara quería vivir el tiempo que le quedara sin ataduras, no estaba dispuesto a perder ni un ápice de su libertad, no quería vivir ninguna relación sentimental ni compromiso que no fuera consigo mismo, quería vivir su duelo en soledad.

—Por supuesto —añadió, cogiéndome de las dos manos y mirándome fijamente a los ojos —yo siempre voy a estar ahí cuando tú me necesites…

No lloré, ni eché a correr. Me quedé paralizada ofreciéndole una sonrisa comprensiva que, sin embargo, sentía que hería profundamente mis estructuras emocionales.

Sobre la mesa, el reflejo de los últimos rayos de sol se interpuso entre nosotros iluminando las tazas de café vacías y el platillo con los últimos restos del brownie que habíamos compartido. Sonreíamos, agarrados de las manos. Él con la satisfacción de haber mostrado sus cartas con delicadeza y determinación, y yo con una claridad diáfana en mi mente y una tristeza casi infantil en el fondo de mi corazón incomprendido.

Me llevó a su casa. Había puesto a la venta el piso que había compartido con Louise y había alquilado un apartamento amplio limpio y desordenado, como a él le gustaban las cosas. Daba al mar. Cerré los ojos apretada al cristal del ventanal centrándome en el movimiento y la cadencia de las olas que llegaban y reventaban en espumas contra las rocas del paseo. Conseguí recuperar el ritmo de mi respiración. Estaba un poco asustada. Había libros por todas partes, algunos que habíamos compartido, literatura; los clásicos, filosofía y poesía, historia, cientos apilados en columnas en el suelo, unos cuantos abiertos sobre la mesa de centro del salón y varios más sobre la mesilla en su dormitorio.

—No pasará nada, te lo prometo. Es lo único que se me ocurrió decir en aquel momento.

En silencio me cogió de la cintura empujándome suavemente hacia afuera de la habitación. Me sentí íntima e irremediablemente vinculada a aquel hombre, o en realidad lo estaba ya desde antes de conocerlo. Se estaba produciendo un incendio en mi interior y sentí el calor en su cuerpo cuando me arrimó hacia él con ternura y nos besamos con toda la honradez y el dolor que nos reunía.


@mberistain

Tiempo de siluetas nuevas


Dejaba pasar los días, como si estuviera de vacaciones. Recorrí despacio los alrededores aprovechando la bonanza de aquella primavera cálida y colorida. Conseguía así aliviar el tedio de la tristeza sin saber muy bien qué hacer conmigo misma. Pretendía estar sola pero, por otra parte, al cabo de algunos minutos que me resultaban eternos y vacíos, mi ángulo vital se estrechaba como si entrara en un túnel negro inacabable.

Me planteaba cada día un nuevo destino aprovechando las actividades programadas para turistas en la zona. Tuve la suerte de coincidir, en una de las excursiones, con un grupo de personas que venían desde varios puntos de España a hacer treeking acompañados de un monitor. Estaban instalados en el pueblo de Flam en pequeñas cabañas de madera del camping en la misma orilla del fjordo. Pensé que era una señal. Yo había nacido allí.

Inicialmente no quise compartir con nadie el desbordamiento de mi presión sanguínea que alteraba todo mi cuerpo. Después de una animada charla al final de la primera jornada, me animaron a unirme a sus planes, y aunque me hice de rogar, me acorralaron entre todos y su arrebatadora simpatía no me permitió dudar. Acepté. Durante quince días que duró su visita al país, compartí con ellos mucho más que la montaña. Terminé cambiándome a su cabaña a pesar de la cara de poker que me puso la de la agencia de alquileres cuando le pedí el cambio. Fueron días de juegos, chistes y confidencias, de peleas de almohadas y de música, unos cantaban mejor que otros pero todos jaleábamos a modo de acompañamiento. Era curioso que apenas se bebía alcohol en aquel grupo exceptuando a Juanma, Eric y yo misma que nos moríamos por tomarnos una buena cerveza fría a última hora de la tarde cuando volvíamos de las excursiones. Tengo que reconocer que las dos mejores cervezas que he tomado en mi vida han sido con ellos, la primera allí un día que nos quedamos rezagados del grupo y nos metimos en uno de los pubs con música en vivo donde pasamos un rato muy especial los tres, y otro cuando estando en África años más tarde, pedimos que nos llevaran al desierto tres cervezas bien frías, y lo conseguimos. Aquello, más tarde lo reconocimos, fue un placer de dioses… Porque tengo que decir que aquella relación con el grupo continuó  durante algunos años más hasta que sus situaciones familiares fueron cambiando.

La hora del desayuno era gloriosa. Los chicos se ocupaban de estudiar las rutas; los mapas compartían la mesa del comedor con las tostadas y la mantequilla, las mermeladas, los huevos, el bacon y el café humeante. Había que esquivar la revolución de mochilas y botas esperando por los suelos. A pesar del alboroto, de fondo podía oírse el murmullo de un pequeño aparato de radio que se esmeraba en retransmitir las noticias del mundo sin que ninguno de nosotros le hiciera demasiado caso, mientras Enric, que no perdía un minuto y solía ponerse en modo autista, se afanaba punteando en su guitarra y ensayando acordes para sus nuevas composiciones lo que hacía que nunca terminara su desayuno a tiempo de marchar. Las chicas a medio vestir y sin peinar eran las que organizaban el picnic y trataban de dejar lo más recogida posible la casa antes de salir a pasar el día fuera.

Yo no dejaba de pensar en Nathan. Me había despedido descuidadamente de él cuando decidí tomarme un tiempo para situarme de nuevo en el mapa del mundo, si es que en algún momento de mi vida fui capaz de sentirme ciudadana de algún sitio en concreto. Entonces más que nunca sentía el desarraigo, algo así como la falta de raíces. Tenía una vaga idea de dónde venía, no porque no lo hubiera escuchado, sino porque quizás en aquellos momentos yo era una criatura inmadura viviendo cómodamente, demasiado bien, podría decir, como para que una historia semejante a la que me contaban me pudiera haber conmovido o mínimamente interesado; la guerra, algo detestable y ajena —yo pensaba— a mi vida real.

Durante aquellos días no pude dedicarme a reconocer la zona en la que se habían producido los acontecimientos que habían coincidido con la época de mi nacimiento. Pero sí fue creciendo en mí el interés por conocer detalles de la vida de mis antepasados,  aunque no los tuviera en mis recuerdos.

—Qué recuerdos guardaba yo en realidad? —¿Alguna vez me había preocupado de ellos?

La realidad era que no, que no me había interesado nada más que por mi propia existencia y la de mis amigos. Había sido una época de sueños e ilusiones que nos podíamos permitir, por supuesto que con la connivencia de nuestros padres —en mi caso tengo que hablar de mis dos madres—. Supuse siempre que también ellas fueron felices porque no les causé demasiados problemas, especialmente con las drogas, que era entonces una realidad muy cercana y una de las causas de los dramas de la sociedad en que vivíamos. Casi podría decir ahora que en nuestra actitud juvenil sí había una cierta displicencia hacia lo pasado, nuestra rebeldía nos llevaba a buscar caminos nuevos, a inventar otros o a reinventarnos convencidos de ser una nueva generación que estábamos en el mundo para cambiarlo.

Al atardecer solía pasarme por la oficina de turismo y entablé amistad con Jenny, una chica holandesa que se había instalado allí desde principios de año porque su pareja era directivo de una de las compañías de transbordadores y barcos de pasajeros  que operaba en la zona de fjordos. Me di cuenta de que me atraía la idea de participar profesionalmente en los proyectos turísticos en Noruega. Había muchas posibilidades de trabajo, empecé a sentirme capacitada e ilusionada. Las conversaciones que mantuve durante varios días con la pareja me facilitaron una reunión con la Dirección de una de las empresas que más me interesaba conocer.

Llamé a Nathan. No respondió al teléfono. Lo intenté en varias ocasiones durante las semanas siguientes y siempre obtuve el mismo resultado. Llamé a la secretaría de la Universidad pero me dijeron que no podían darme tal información. Todavía quedaban fechas para terminar el curso y me resultó un tanto sorprendente su ausencia. Pensé que él también podría estar de viaje en algún país exótico o con dificultades de cobertura, o que sencillamente se hubiera querido desconectar durante un tiempo para rehacerse del drama o para reflexionar sobre su futuro. Respeté su silencio.

Fueron sucediéndose los días sin noticias, intentaba no pensar en él y, aunque lo hubiera necesitado, podría decir que, interesadamente para que me facilitara el encuentro con el entonces responsable de Turismo en el gobierno —con el que sabía que tenía una muy buena relación, según él mismo me había comentado— quise demostrarme a mí misma que podría seguir adelante sin su ayuda. No deseaba necesitarlo. Sin embargo en mi interior había una fuerza, una especie de magnetismo que me desordenaba las ideas. Se estaba generando una lucha apasionada entre mi voluntad y mi pensamiento. Un deseo urgente de buscarlo, y no solo de buscarlo por dondequiera que estuviera, sino de encontrarlo. De encontrarme con él. Sentía que teníamos mucho que decirnos, que habían quedado cosas pendientes, sin cerrar, esa historia soterrada que nos había mantenido incomunicados durante bastantes años y que de repente afloraba en la superficie ante el drama compartido. Algo parecía haberse enquistado en nuestros corazones y ni tan siquiera habíamos sido capaces de mirarnos a los ojos. Sentía como si las ciudades y los pueblos a mi alrededor se estuvieran derrumbando y no había consuelo posible para la ansiedad ni para la soledad. Aquel amor platónico que algún día sentí por él era ahora un amor moribundo, probablemente quedó herido en el lecho de muerte de mi madre. Mis manos entrelazadas con las suyas en los últimos momentos me hicieron consciente de la vida que me había regalado con su valentía y tenacidad. Ella y Ulma. Y yo, como una niña mimada que había pasado por su lado durante todos aquellos años sin tan siquiera dedicarles un poco de admiración y ternura. Lo único que les había dedicado —hablando en el caso de Ulma hasta entonces— había sido una inmensa tristeza por su ausencia en esos días grises que parecen una oscura eternidad después de perderla.

—¿Y con mi madre Louise? —¿Iba a hacer lo mismo con ella?

Recostada mi cabeza en su cama, apoyé mi brazo por encima de su pecho. Sentí el leve latido de su corazón, casi agotado. Conseguí derramar allí mi suficiencia y mi soberbia en un llanto silencioso mientras acariciaba sus ojos apagados, su expresión dulce, su precioso pelo y sus manos perfectas. Pensé que me hubiera gustado haber heredado algo de ella, algo más que su apellido, algo como su coraje, como su corazón y cerré los ojos cuando ella los cerró.

Esperé un tiempo, no puedo precisar cuánto, lo único que sentía era un frío mortal que me impedía el movimiento, estuve bloqueada hasta que entró el médico seguido de Nathan para hacer la visita diaria.

Salí al jardín, me tumbé en la hierba, el día era también frío pero lo único que aprecié fueron las siluetas desordenadas de una imagen desenfocada, como mi propia vida. Y lloré, lloré dejando que brotara de mi boca, como de una arteria rota, toda la furia de las palabras más fuertes que conocía.


@mjberistain

En la isla


 En la isla a veces habitada de lo que somos,
hay noches mañanas y madrugadas en las que no necesitamos morir.
Entonces sabemos todo lo que fue y será.
El mundo aparece explicado definitivamente y nos invade una gran serenidad, y se dicen las palabras que la significan.
Levantamos un puñado de tierra y lo apretamos entre las manos.
Con dulzura.
Ahí se encierra toda la verdad soportable: el contorno, el deseo y los límites.
Podemos decir entonces que somos libres, con la paz y la sonrisa de quien se reconoce y viajó infatigable alrededor del mundo, porque mordió el alma hasta sus huesos.
Liberemos lentamente la tierra donde ocurren milagros como el agua, la piedra y la raíz.
Cada uno de nosotros es de momento la vida.
Que eso nos baste.


José Saramago.

 

Escalofríos


Nada más cerrar la puerta de mi casa, anhelando un descanso después de varios días de viajar en plan nómada por el desierto del Sahara, sonó el timbre.

Casi no me había dado tiempo a soltar la gran mochila y las bolsas con las últimas compras inevitables hechas en el aeropuerto antes de tomar el avión de vuelta. Ni el abrigo. Lo dejé todo en el suelo y abrí, porque la llamada me resultaba familiar.

Allí estaba él, con el pelo alborotado, como siempre, con esa mirada entre torva y simpática, como pidiendo permiso para entrar y casi entrando sin pedir permiso. Llevaba entre manos varios recortes de periódicos que me entregó mientras declaraba que aquella noticia era uno de los mayores descubrimientos de la historia. (?)

Ah, y una botella de vino tinto Rivera de Duero, Reserva del 2014.

No entiendo por qué curiosa razón, últimamente me estoy encontrando o relacionando con personas a las que les interesa mucho el tema del universo; Astronomía, Astrofísica, Cosmología. De verdad que no sé qué ven en mí que los anime a darme conversación sobre estas cosas, más allá de que haya podido dedicarme algunas noches a contemplar e intentar fotografiar las estrellas desde los campamentos del desierto.


¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

Así titula el diario «El Mundo», en concreto el científico del Instituto de Astrofísica de Andalucía, D. Jose Luis Gómez, el texto que acompaña a la fotografía de un «agujero negro» tomada por una red de telescopios repartidos por toda la superficie terrestre (Chile, la Antártida, Hawái, México, Estados Unidos y en España Sierra Nevada en Granada) —lo que equivale a tener un telescopio tan grande como la tierra—.

¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

«Alegría, emoción contenida y satisfacción por un trabajo impecable que nos ha permitido enseñarle al mundo que los agujeros negros ya no son solo cosas de películas de ciencia ficción, sino de ciencia de la de verdad. De la que se hace cuando juntas los esfuerzos de más de doscientos investigadores por todo el mundo trabajando el unísono para un objetivo común.

Cómo expresar con palabras aquel momento histórico del 25 de julio de 2018 en el «Black Hole Initiative» de la Universidad de Harvard, en Boston, cuando por primera vez vimos la primera imagen de la sombra de un agujero negro. La imagen de lo invisible, de la completa ausencia de luz rodeada de un anillo luminoso.

Sentí escalofríos al ver que una de las predicciones más extravagantes de la teoría de la relatividad, los agujeros negros, existen de verdad. Una puerta sin retorno fuera de nuestro universo. Seguimos ilusionados por el trabajo que queda, encaminado a la obtención de mejores imágenes, de otros agujeros negros, y de esta manera entender cada vez mejor cómo funciona la gravedad».


Confieso que vivo en la ignorancia sobre el mundo del que formo parte, del que quizás yo misma sea una pequeñísima partícula que no llego a comprender por mucho que me empeñe en ello. Y de la misma forma que pueda temerse a la muerte evitando hablar de ella, o viceversa, que se pueda convivir espiritualmente con la idea de una vida sucesiva en diferentes estratos, mis reflexiones y razonamientos únicamente alcanzan para compartir esa expresión del autor de este texto cuando se refiere a las emociones que le embargan ante la confirmación de la existencia de agujeros negros que abren nuevos horizontes más allá de nuestro universo. Habla de alegría, de emoción contenida y satisfacción por el trabajo impecable de la ciencia…

Yo, de verdad que, de momento, siento escalofríos…

¡Puaff!… en qué lío me ha metido mi vecino…


Tomado de astroyciencia.com

La astronomía es una ciencia que estudia los objetos del espacio exterior a la Tierra.
La cosmología investiga el origen y la evolución del universo con las herramientas que le proporcionan la física y las matemáticas.
Y la astrología no es estrictamente una ciencia, sino una tradición milenaria que se propone interpretar los sucesos de la vida humana a la luz de los astros.

Ver: El Mundo, Teresa Guerrero, Salud y Ciencia. y Artículo de Rafael Bachiller


La gran belleza


Viajar es útil, ejercita la imaginación
Todo lo demás es desilusión y fatiga
Nuestro viaje es enteramente imaginario
Ahí reside su fuerza
Va de la vida y la muerte
Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado
Es una novela, nada más que una historia ficticia.
Y, además, cualquiera puede hacer otro tanto
Basta cerrar los ojos
Está en la otra parte de la vida.

Louis-Ferdinand Celine
«Viaje al fin de la vida
Tomado del Blog de Jose Raúl Pérez Vergara

 

«Siempre se termina con la muerte. Pero primero ha habido una vida escondida bajo el bla, bla, bla, bla…

Todo está ahí, escondido, resguardado bajo la frivolidad y el ruido, y el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo, los demacrados e inconsistentes destellos de belleza.

La decadencia, la desgracia y el hombre miserable, todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo bla, bla, bla, bla… 

En otros lugares hay otras cosas. A mi no me importan los otros lugares, así pues, que empiece la novela… En el fondo es solo un truco, sí, solo un truco.»

Reflexión final de la película
Ver críticas:
La gran belleza
Crítica de Sensacine


Tamarindos

No siento mis piernas. Deben de estar cruzadas, la una sobre la otra, allá abajo. No puedo verlas. No las echo en falta. Solo necesitaría saber que están conmigo, allá abajo. Allí a donde en este momento no puede llegar mi mirada. Estoy postrada en la cama. Nada ni nadie me retiene, ni limita. Mis brazos están cruzados sobre mi pecho. Tampoco los siento. Los dedos cruzados. Deben de estar cruzados —sí me impone, sin embargo, que sea la forma con la que se les entierra a los muertos—. Siento un terror tranquilo. No puedo ni deseo moverme. Mi garganta está cerrada, seca. También mi boca está seca. No siento la lengua. Bueno, sí, la imagino pegada al paladar, inútil, seca.

Quiero llamarle por teléfono. Busco el mío entre todos los teléfonos negros que están tirados en el suelo, muchos, todos negros.  Me imagino —solo me imagino que lo estoy buscando—.  Solo mi mente lo busca porque no puedo moverme. Y no lo encuentra. Decide que el mío no está. Angustia. Y yo necesito hablar con él. Es urgente. No me siento controlada por él. Solo quiero evitar que sufra. Solo quiero que no se preocupe cuando se levante para ir a trabajar y al venir a mi cama a darme un beso, como todas las mañanas, se de cuenta de que no estoy, y eso le preocupe. Le quiero. No quiero preocuparle. Pienso; solo puedo pensar y llamarle, sin mover la lengua.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —grito en silencio como si fuera una oración, con insistente suavidad.

Vuelvo a intentarlo, pronuncio mentalmente una letanía en forma de ruego. ¡Por dios! que pueda oírme, solo eso, y si no me oye, que allá donde esté intuya que le estoy llamando, porque le necesito. Le necesito únicamente para que no se preocupe por mi. Estoy tranquila. Aunque no sé si estoy al borde de la muerte o es solo una situación de alucinación debido a la última pastilla que tomé anoche.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —sigo gritando con más vehemencia pero en silencio.  Y no me responde, pero sé que está ahí, a mi lado.

Son las cinco y cincuenta y tres de la mañana. Debes de estar muy cerca de mí porque, aunque tengo los ojos cerrados, me llega una tenue iluminación gris azulada parecida al color de tus ojos que va tiñendo las cortinas blancas. La pastilla ha debido de hacer su efecto pero no sé hasta dónde me llevará en este trance. Quizás no vuelva más y me quede así contigo. ¿Por qué no? Solo quería decirte que no te preocuparas si hubieras venido esta mañana a darme el beso de buenos días.

Porque ha sido imposible, durante toda la noche, terminar de engalanar el salón de actos para la fiesta de fin de carrera. Me ofrecí a colocar farolillos de tela blanca enjaretada en cables que colgarían de los tamarindos como única iluminación. Habíamos llenado el salón de tamarindos.  Tamarindos torcidos, viejos y rotos —como decía yo cuando era pequeña y que tú me enseñaste a amar y a disfrutar como de tantas otras cosas— mucho más avejentados de lo que estaban cuando estabas con nosotros. Pero que siguen siendo mis árboles preferidos. A ti y a mí nos encantaba pasear entre ellos en días de lluvia, también a ellos les complacía vernos, éramos de los pocos que se atrevían a salir a la calle —porque en aquellos días no había ni gente, niños ni perros por los parques— y así aliviábamos aquella soledad húmeda y triste del paseo. Nunca he tirado la toalla, tú lo sabes. He pasado muchas horas intentándolo antes de darme cuenta de que te ibas a preocupar si no me encontrabas en la cama cuando vinieras a darme el beso de buenos días.

Ha llegado mi amigo Paco a hacerme el relevo. Menos mal que venía con trozos de sábanas viejas fruncidas y gomas elásticas de esas que cortan el pelo y hemos conseguido colgar farolillos en algunos tamarindos. Con las luces del salón apagadas y solo con las de los farolillos encendidas nos hemos sentado en el suelo a contemplar el efecto en el ambiente, y con él he sentido que «todo estaba bien».

—¡Aitá!, ¡Aitá! — son las cinco y cincuenta y siete de la mañana. Ya semi-consciente me gusta escucharme, repetir en voz alta esa palabra que te invoca. Estarías a punto de levantarte si hoy tuvieras que ir al trabajo. Y yo de recibir tu beso.

Abro a medias los ojos entre la maraña de sábanas y edredón que casi me cubren la cabeza y ante mí, muy cerca, veo desenfocado algo oscuro que reconozco. Mi móvil. Pero no me muevo. Escucho con atención los ruidos que me llegan al oído izquierdo —el otro lo tengo pegado a la almohada— como si alguien o algo estuviera dando pequeños arañazos a mi alrededor al ritmo de mi respiración. Me sorprendo al reconocer el sonido leve de la lluvia afuera. No tengo muy claro si voy a poder levantarme y, en el caso de que pudiera levantarme, si tendré la confianza suficiente como para tenerme en pie. Decido que deseo salir de allí, echar a correr; echar a correr lo más rápido posible hasta encontrarte lejos de esta larga y desesperante pesadilla*.

@mjberistain


Sobre el Amor… (quise decir sobre el «Humor»)

 

«La vida hay que tomarla con amor y con humor.
Con amor para comprenderla y con humor para soportarla».
Bien podría haber sido una frase de Groucho, pero leo que dice Anónimo

 

Sinceramente no estoy del todo de acuerdo. Vamos a decir que si los componentes de la vida pudieran diseccionarse, el humor sería una de sus partes, y quizás una de las más importantes, por supuesto.

¿Y, el amor?

¿Dónde encaja en esta teoría que también el ser humano necesita —sin ser excluyente— de ese amor en el que se reconoce como «dador» o «receptor» de una calidad y calidez de relación personal por la que en según qué situaciones daría su propia vida a cambio, aunque esto pudiera suponer un drama en su interior.

Bueno, acepto que pueda gestionarse mejor desde el buen humor cualquier contrariedad que se interponga en nuestra ruta vital, que aunque siendo una ficción no deja de ser lo más valioso que tenemos mientras vivimos.

De un texto publicado por Cultura Inquieta y firmado por Alejandro Mar G

Diversos estudios muestran que las personas consideradas como chistosas, evaluadas como con un buen sentido del humor, tienen también un alto coeficiente intelectual. Igualmente, varios estudios muestran que los «seres humanos»  —variación mía del texto, en lugar de «hombres», sin ánimo de polemizar—con buen sentido del humor son considerados como más atractivos. Tal vez el humor sea el más sincero afrodisíaco.

Más allá de esta correlación, el humor es un signo de inteligencia en tanto que demuestra una perspectiva ligera y clara de la realidad. El hombre o mujer que torna el mundo en risa, en gozo, está ejecutando una dinámica de no tomarse demasiado en serio el mundo, lo cual es la puesta en escena de un axioma, de entender correctamente un principio de la realidad.

El mundo es a fin de cuentas impermanente, la identidad a la cual nos aferramos es polvo, no tiene solidez, es una designación conceptual. El mundo es incierto, una gran ficción. Si no tienes definición, si todo está abierto, puedes ser otro. Jugar es lo correcto. Tomarlo con humor es tomarlo con filosofía.

El humor es el amor a la creatividad del ser: nos estamos recreando cada instante (el polvo de estrellas de nuestras células es una mezcla volátil de génesis y fin del mundo). El humor es superar el error de lo literal, ir más allá del encasillamiento de la lógica de que las cosas son sólo esto o esto otro (y no todo y no nada).

El humor es la acción del reconocimiento de que el mundo es un sueño, y que podemos estar despiertos sin que haya un final (cuando te despiertas en un sueño, lo único que queda es jugar con la realidad inocuamente). En el humor ensayamos a cambiar nuestra forma de ver el mundo y eso nos permite, eventualmente, hacer que las cosas sean distintas Que sean como el mejor humor que tenemos.

Como esa dicha de verlo todo en una profusión de júbilo emanando cascadas-carcajadas desde el centro de la conciencia. La ficción es subversiva, el estirar la liga esculpe la realidad. Escribes tu autobiografía, pero sabes que la persona de la que escribes es sólo un personaje; en realidad, es muchos personajes.

A fin de cuentas, «Toda autobiografía es una obra de ficción.» –T. K.

 

 

 

Una historia común

Hace días que no escribo. Ayer estuve en el cementerio. Por eso hoy solo hablaré de una historia común.

De cómo uno ha llegado hasta aquí, de cómo ha sobrevivido desde la cima de un quinto piso sin ascensor, en una buhardilla de una calle cualquiera, de cualquier ciudad, con la mirada orientada al frío del norte y con el vaho de los cristales camuflando las lágrimas de pequeñas soledades.

No puedo olvidar el olor a ropa blanca y el abrazo cálido del pecho tierno de mi abuela a esa hora de la siesta en la que todos duermen y ella acoge con cariño mis desvelos. Yo miro a las formas caprichosas que dibuja la luz en los ángulos de las paredes, cuando traspasa las persianas de madera por las rendijas. De fondo oigo, sin escuchar, el murmullo de un gran aparato de radio de madera y metal colocado sobre una silla al lado de la cabecera de la cama, en el lado donde suele dormir sentado mi abuelo, pero que a esas horas está trabajando en la habitación de al lado, y por eso los pequeños tenemos que estar en silencio, lo que a mí me parece mucho rato.

Sin embargo, soy feliz.

También fui feliz cuando me enamoré. Y más tarde cuando fui madre.

A veces la pobreza también es feliz. Bueno, quizás quiero decir que es feliz en la primera parte, después cambia los vestidos de organza y tafetán de los días de fiesta por batas de casa de percal, casi sin darse uno cuenta, y se escucha la pasión por los patios en la novela de las cuatro de la tarde —la hora de mayor soledad— y uno se remonta a aquella buhardilla de un quinto piso sin ascensor, en cualquier ciudad orientada al frío del norte y con el vaho de los cristales camuflando lágrimas de pequeñas soledades, mientras se aprieta al tierno recuerdo de los abrazos verdaderos.

Alguien suele apagar, siempre antes de tiempo, la luna en el jardín de los enamorados.


@mjberistain
Imagen de internet – San Sebastián, el cementerio de los ingleses

El Castillo


Pájaros polvorientos
con sangre vieja en las alas
flores de metal olvidadas
telarañas enamoradas del espacio
en donde vive el tiempo que pasa

se han ocultado entre los sonidos de la noche


Pequeñeces de la vida


Me encontré con este título en uno de los cuentos de Chéjov que leía una noche a altas horas de la madrugada. No me preguntéis la hora concreta porque no tiene ninguna importancia. Además, lo que voy a escribir con este título que tomo prestado, nada tiene que ver con su lectura. Voy a referirme a la historia de mi amiga Ani.

El día al que me refiero, y me refiero en especial a ese preciso día, ella estaba en casa, pensando cómo amortiguar el sentimiento de soledad que se le había incrustado en el corazón. Dejó el lavavajillas abierto, sin terminar de cargar. El resto de la vajilla usada estaba desperdigada por la encimera de la cocina y sobre la mesa en la que, hasta hacía unos minutos, habían desayunado todos juntos; ella, sus hijos y su marido. Mucho ruido, mucha urgencia, mucho estrés. Se secó las manos de nuevo en el trapo sucio de cocina —ya lo había hecho antes— y se echó hacia atrás los mechones de pelo que le colgaban por delante de la cara y que no le había dado tiempo a peinar todavía. Después se quitó las zapatillas, sintió el peso de la vida en sus hombros, el abatimiento instalado en su cuerpo y, sin saber muy bien por qué, se colocó delante del inmenso espejo del hall desde donde había despedido a su familia, como todos los días.

No podía con el mundo. Apenas había dormido aquella noche y entresueños se había visto ridículamente desnuda delante de un grupo de personajes de la alta sociedad que, ocultos tras máscaras blancas, la observaban en silencio. El ambiente era siniestro. Ella lloraba. Lloraba también en silencio, y sus lágrimas inevitables se desbordaban anegándolo todo a su alrededor.

Había estudiado mucho, mucho, pero nunca había estudiado el arte de interpretar los sueños. Recordando, pensó que en su llanto también había un cierto poder. Suspiró. Se irguió delante del espejo. Se dio media vuelta para mirarse de costado. Se sintió ridículamente sexy. Soltó una carcajada. Se rio de sí misma, de las tonterías a las que le estaba conduciendo su absurdo sentimiento de soledad. Le hizo una mueca horrible al espejo riéndose también de él, despectivamente. Cerró la puerta de la cocina de un portazo para no ver el desorden en el que no estaba dispuesta a intervenir en aquel momento. Abrió de par en par las puertas del dormitorio que daban a la terraza. Necesitaba respirar el aire fresco de la mañana. Hacia días que no aguantaba bien el aire viciado de los aromas familiares de las noches. Afuera se extendía un silencio negro. Tenía muchas horas por delante hasta volver a encontrarse con ellos. Ni los camiones de la basura, ni los repartidores de verduras y frutas ni los almaceneros, ni los viajantes, ni por supuesto los estudiantes habían aparecido todavía. Se sintió como una reina destronada en el silencio. Se abandonó, sentada de cualquier manera, en una de las sillas que se habían quedado en mitad del salón. Miró a su alrededor. Y tomó la decisión. Y volvió al hall a contárselo al espejo. Lanzó su melena desaliñada hacia un lado con un movimiento brusco de cabeza y le espetó: «soy la reina del silencio; y aquí mando yo».

Paró el coche en cualquier sitio alejado de la carretera. Se asomó a la valla oxidada. Un poco más allá —pensó— sería más seria la escena. Dejarse caer, sin más.

Por encima de su cabeza rozaban el aire las grandes alas de los buitres leonados, majestuosos, sin hacer apenas ruido, volando en círculos casi concéntricos, esperando el momento oportuno para bajar en picado hacia el valle. Los observó durante un buen rato, parecía haber olvidado, por fin, que en algún momento tendría que volver a casa, porque, de verdad, ¿qué se esperaba de ella? Volvió al coche y conectó la radio. Dejó abiertas las cuatro puertas. La música fluía densa y piadosa entre los chopos y los cipreses, fría por sus venas, por las ideas que la llevaban a ninguna parte. Se estrechó con sus propios brazos y sintió un escalofrío amable, deseó quedarse inmóvil en aquel lugar para siempre.

Sentía un amor profundo por su familia. De eso no tenía ninguna duda. Pero había perdido su propia brújula, se había esfumado entre la maraña de obligaciones y responsabilidades con las que debía de enfrentarse cada día a la vida. Subió el volumen del aparato de radio del coche y se sentó en la hierba con la espalda apoyada en una gran piedra.

Aspiró profundamente. Olía tan bien…

«La felicidad no existe. No debe de existir, y si la vida tiene un sentido y un fin, este sentido y este fin no son ni mucho menos nuestra felicidad, sino algo más razonable y grandioso. ¡Siga haciendo el bien!«… recordó que le había dicho su psiquiatra el viernes pasado al terminar la sesión, justo el día que había decidido no volver a verlo nunca más. Odiaba sus frases estereotipadas.

Sintió un dolor agudo en el pecho como el de un corazón anhelante de volver a oír las voces de sus hijos al llegar a casa, sentirlos sofocados y sonrientes o fríos deseando su abrazo para calentarse en su pecho maternal unos segundos. Anhelante de volver a sentir en sus labios el jugoso sabor del beso del hombre al que amaba desde que era una niña. Quiso acurrucarse junto a ellos en el sofá de salón como tantas noches, y deseó, con toda su alma, quedarse inmóvil en aquel lugar para siempre…


@mjberistain

Dos cines y un café


¡Pom!

Sonó el golpe seco. No me moví. Abrí un poco los ojos, temerosa de descubrir el motivo que lo había provocado.

Habría sido mi parietal, el parietal derecho. No había nadie en el asiento de enfrente. Miré, sin mover la cabeza, de reojo hacia la izquierda. Tampoco había nadie a mi lado. Me había asustado. Miré hacia la derecha y la oscuridad se movía a una velocidad vertiginosa. Un cristal, frío en la piel, me devolvía el reflejo de mi cara de susto.

¿Qué hacía allí? ¿Dónde demonios estaba el mundo? Pensé que estaba soñando y quise salir de aquella escena. Me despabilé como hacen los perros cuando se acaba de bañarles, agité todo mi cuerpo en el asiento hasta que conseguí darme de nuevo con la cabeza en el cristal de la ventanilla.

¡Pom!

¡Seré estúpida! Voy a conseguir abrirme la cabeza, aunque no estaría mal una pequeña brecha para que se me escapen por ahí a modo de fluido los vapores de pensamientos perversos, así como lo haría la válvula de una olla express soltando lo incontenible a toda presión hasta llegar a la liberación.

¿Se llamaba parietal?

Miraré en «santawikipedia» porque recuerdo que lo estudié en el colegio cuando era una niña, pero ahora mis nietos todavía no han llegado a esa lección, con lo cual tengo que consultarlo. La memoria hace estragos.

Consigo preocuparme. Entonces, si no tengo memoria, si no me queda nada en la cabeza, ¿qué me queda ahí adentro? Bueno, no quiero seguir pensando en ello. Se llamaba parietal, ¿verdad? Consulto y leo: De la pared o relacionado con ella: «las pinturas parietales (pinturas rupestres realizadas en las paredes de las cuevas) fueron realizadas por el ser humano hace unos 25 000 o 30 000 años» —Ahí no debía de estar yo, de otra manera me acordaría—. «En anatomía, los parietales son los huesos más grandes del cráneo y están situados a derecha e izquierda, entre el frontal y el occipital y por encima de los temporales.»

Me llevo las manos a la cabeza. Todo en orden —me refiero únicamente al exterior—. Nada roto, tampoco el cristal de la ventanilla del tren que ahora ha aminorado la marcha y me permite apenas distinguir, en el exterior, rasgos húmedos de ocres y verdes discurriendo entre la niebla espesa.

— Dos cines y un café. Me los debes, —me había dicho.

Son las cinco de la mañana y el traqueteo lento del tren me adormece de nuevo. Es lo último que recuerdo del encuentro con él, sería ayer, o hace treinta mil años, no lo sé. Los recuerdos deben de ser una gran bola, un entresijo de cables y neuronas, en permanente movimiento involuntario, en la que quedan registrados los pulsos de nuestra vida y que van repitiéndose en nuestro cerebro en el nuevo paisaje del tiempo. ¿O no será así?


@mjberistain

El espejo


Encontró una casa de alquiler en las afueras de la ciudad. La ventana de la cocina daba a un pequeño jardín cuadrado que tenían medio abandonado los vecinos del bajo. En él, —casi no podría decirse así, pero— vivía un gran gato gris, viejo. A ella le resultaba muy triste observarlo gatear arrastrando su vida por el césped de plástico hasta que conseguía llegar al rincón donde le tenían colocado un mugriento cuenco de agua y dormitar después, durante el resto del día, mientras se rascaba con doliente parsimonia el pelo sucio y enmarañado de lo que en su día seguramente habría sido un magnífico y no un moribundo gato de angora como era ahora.

He dicho que sentía una cierta tristeza al verlo, sin embargo, siempre había reconocido una especie de aversión por esos animales a los que despectivamente se refería como «domesticados», pero a los que consideraba, en secreto, unos traidores. Habían ocupado muchas noches de sus sueños de infancia con terroríficas escenas, que nada podían compararse a las que ahora llamaban estúpidamente en plan americano «de halloween». Aquellos gatos nocturnos solían colgarse de ella enganchándose con sus zarpas afiladas de los jerseys de angora que tejía su abuela y le regalaba con todo su cariño cada cumpleaños. Se volvía loca y daba vueltas violentamente sobre sí misma intentando zafarse de ellos de alguna forma, pero los gatos revoloteaban en el aire como columpios de feria mirándola con furia felina hasta que se despertaba bramando medio ahogada en un mar de lágrimas, absolutamente desorientada.

Sí, finalmente había conseguido huir. Era cierto.

Consiguió llevarse el espejo antiguo heredado de su abuela. El resto de los muebles nunca le pertenecieron realmente. Se sentó encima de la cama, frente a él, mirándose a los ojos. Era un gesto que no había sido capaz de sostener antes en toda su vida. Esta vez sintió que aquél era un momento verdadero y se detuvo buscando con curiosidad el significado o el mensaje en la mirada de aquella presencia nueva. El silencio latía en sus sienes y pensó que quizás ahora que todo había terminado, allí, al otro lado del espejo, encontraría las respuestas a las preguntas más importantes que le había hecho la vida y que ella nunca se había detenido a contestar, o quizás es que nunca se había atrevido a contestarse —¿quién eres?, ¿qué sabes de verdad?, ¿a quién has querido de verdad? Decidió desnudarse, y lentamente fue despojándose de los harapos que, a modo de disfraz, habían cubierto fielmente su cobardía hasta entonces: el refugio de las mentiras, la intención de las infidelidades a los más profundos ideales, todo lo bello y lo infame de su comportamiento engalanado como simples circunstancias…

El dormitorio estaba lleno de cajas de cartón sin abrir que había dejado aquella mañana de mayo la mudanza. En la mitad, su cama y su libro de cabecera. Agotada lo abrió por cualquier página, como hacía todas las noches antes de dormir. Su mirada se fijó en algunas líneas de la parte central de la página ciento siete en las que se leía: «cada uno responde a las preguntas más importantes como puede, diciendo la verdad o mintiendo, pero eso no importa. Lo que sí importa es que al final realmente responde con su vida entera.»

@mjberistain

Imagen destacada: recorte de «El espejo» de Picasso
Referencias al libro «El último encuentro» de Sándor Márai.

Nota
Incluyo el enlace al Blog de PoeteSSen al que agradezco el trabajo realizado sobre mi relato para escucharlo en su extraordinaria voz.
https://poetessen.com/2018/11/06/el-espejo-maria-jesus-beristain/


Golden Gate

Paró el BMW 335 negro unos pocos kilómetros más adelante, pasada la frontera. Saltó del coche, su cuerpo se revolvía en espasmos dolorosos incontrolables y un temblor nuevo, como un estertor que nacía en su estómago y llegaba hasta su garganta, le provocaba fuertes náuseas que la inutilizaban entre arcadas y lágrimas, expulsando la bilis que había sido apenas el único alimento que había ingerido durante las últimas semanas.

La carretera era estrecha y serpenteante entre montañas, por ello y por el agotamiento de Louise el viaje se alargó más de lo imaginado. De vez en cuando la niña emitía algún leve lloriqueo que Ulma rápidamente controlaba con delicadeza. Conseguía calmarla y evitar así una preocupación añadida a la situación.

No supieron expresar, de ninguna manera razonable, el alivio que hubieran podido sentir en otras circunstancias, de sentirse libres, cuando por fin llegaron a casa de sus padres cerca de Estocolmo. Estaban exhaustas.

Los primeros días para Louise fueron una sucesión de horas vacías inmersa en una forma de ceguera de la que no sabía cómo desprenderse, sentía un gran peso en su mente, en sus ojos, como una nebulosa opaca que todo lo distorsionaba. Suponía que debía de darse un tiempo antes de enfrentarse a su nueva situación, al aire no viciado por el miedo, y al ajetreo de un nuevo mundo alejada de la amenaza de la guerra. Sin embargo, tampoco se sentía a salvo. Se daba cuenta de los esfuerzos que hacían Ulma y sus padres para ayudarle a superar el oscuro drama que ardía en su interior. Los miraba, como ausente, y los veía disfrutar de la niña con ternura y sin prisa. Le parecían una familia feliz. Pero ella sentía que su vida estaba situada al margen, presa de su propia lucha interna, desesperada por apartarse de aquel mundo cuajado de hostilidad. Le inquietaba de forma permanente la posible proximidad de su marido y su poder oficial. Necesitaba huir de allí, sacar a sus padres del infierno que parecía perseguirles a los de su clase. Eran judíos, pero no tenía el valor de enfrentarse a ello y confesarlo entonces, por otra parte, también le preocupaba su precario estado de salud. Ellos no aceptaban, de manera alguna, trasladarse a otro país que, según argumentaba su hija, sería más seguro. Estaban empeñados en quedarse con los suyos aceptando su destino, cualquiera que fuese. Se sentía acorralada en una esquina del mundo, y responsable de una situación que afectaba a las personas a las que más amaba. Lloró muchas noches, oculta su cabeza entre las almohadas, una vez que se hacía el silencio en la pequeña habitación de la casa de sus padres que compartía con su hija y con Ulma.

A medida que pasaban los días, sentía que se iba aligerando en su interior la densidad de su miedo, la mirada que encontraba al otro lado del espejo cada mañana iba perdiendo su rigor, se iba suavizando, incluso iba volviéndose más amigable. Después de algunas semanas pensó en empezar a perdonarse la vida a sí misma.

—Mamá, —dijo Louise una mañana dirigiéndose a su madre—

—¡Hija! No sabes la alegría que me da verte con ese ánimo. Creía que no ibas a poder superarlo. —¡Díme!, dime que ya estás dispuesta a recomenzar tu vida, y papá y yo os ayudaremos en todo lo que podamos.

—No es eso Mamá. Mi intención no es quedarme en Suecia. Quiero marcharme a Estados Unidos. Creo que solamente allí podremos estar a salvo realmente. Necesito dejar de pensar en que Mark pueda aparecer en cualquier momento a reclamarnos de vuelta a su vida. No tengo claro cómo lo haré, pero ya he tomado la decisión.

Su padre —que estaba dando de desayunar a la pequeña Gunhilda, intervino en la conversación.

—Pero hija, date tiempo. Aquí podéis estar a salvo. Suecia mantiene la neutralidad en este conflicto. Ya ves que a los inmigrantes se les está aceptando con todos los derechos, incluso no necesitan justificar su origen para ser admitidos legalmente en el país. Deberías de pensarlo bien. Hacerte con una nueva documentación, incluso con una nueva identidad, ¡piénsalo!, que, como bien dice tu madre, aquí nos tienes para lo que necesitéis. Además, comprende que, para nosotros, también es bueno tenerte cerca—.

—Papá, Mamá, —dijo Louise con seriedad poniendo énfasis en sus palabras y en su mirada—¡Vosotros sois los que deberías de pensarlo! Europa está en guerra, sería un milagro que no afectase a Suecia. Todavía podríamos estar a tiempo de marcharnos todos.

Pero se hizo un silencio difícil de cortar.

—¡De acuerdo! —Louise se plantó de pie y habló con una determinación que sorprendió a todos. Iremos hoy a registrarnos a la oficina de inmigración. Me llevo a Ulma y a la niña en cuanto estén preparadas.

La casa de sus padres estaba a pocas manzanas de la Universidad de Estocolmo. Se dirigieron las tres al centro de la ciudad. Se registraron en las oficinas de inmigración. Efectivamente no era requisito necesario aportar datos de origen ni raza, así que ella y su hija lo hicieron con el apellido de soltera de su madre, Bauman. Louise se compró un vestido y un abrigo, y unos zapatos nuevos.

—Estás preciosa le decía Ulma, sin saber cómo disimular su excitación y su nerviosismo.

Louise dijo: —Vamos a ir ahora a la Universidad, quiero informarme de las posibilidades de trabajo que puede haber allí para mí—.

—De acuerdo, yo me quedaré con la niña para que lo hagas con más tranquilidad. Te esperaremos en los jardines. —Mucha suerte, Louise—. Y las dos mujeres se abrazaron con un especial sentimiento de hermandad y agradecimiento que las había unido definitivamente. Ulma la miraba mientras subía la escalinata de la entrada sintiendo una gran admiración por aquella mujer. Pensó que estaba orgullosa y feliz de compartir su vida con ella. Además, adoraba a la niña que era como una prolongación de sí misma. En aquel momento de intensa emoción pensó que no podía pedir nada más a la vida.

Le instaron a volver otro día porque el señor decano estaba en una reunión. Pero Louise insistió. La persona de información, evidentemente incómoda, le dijo:

—En realidad no le podemos decir cuánto va a tardar en salir y no podemos interrumpirle, es la norma, salvo que sea algo realmente urgente.

—No se preocupe, esperaré porque el asunto que vengo a tratar es de su interés y necesito tomar contacto con él hoy mismo, aunque solo sea para concertar una cita para otro momento.

Como Doctora en Biología por la universidad de Oslo, y después de varias conversaciones, no tuvo problema para incorporarse a la docencia. En Suecia estaban necesitados de profesores, debido a que se estaba produciendo un importante crecimiento demográfico a consecuencia de la política de acogida a inmigrantes que llegaban de los países de alrededor.

La nueva rutina y el hecho de estar centrada en su trabajo, no le impedía sentir cada vez con más fuerza el deseo de huir de Europa para instalarse en Estados Unidos. La neutralidad de Suecia no era suficiente para ella. Sus temores seguían ocupando sus horas cuando se desvelaba por las noches.

Llegó a tener una comunicación casi continua con el Decano Dr. Hans Wodmik (también de origen judío). Él y su familia llevaban varios años instalados en Suecia. Sus largas conversaciones, al terminar las reuniones de profesores, habían derivado en una especial afinidad por la que compartían inquietudes, intereses y formas de pensar. Él comprendió perfectamente la situación y le facilitó el contacto con un buen amigo suyo de infancia y que había llegado a ser catedrático de Ciencias Naturales en la Universidad de Stanford de California. Se trataba de una familia con dos niños pequeños que estarían encantados de ayudarle en los trámites necesarios para que se incorporarse a aquella ciudad y a su Universidad. Le ayudarían a buscar un alojamiento provisional adecuado cerca del trabajo hasta que ella pudiera organizar el traslado de Ulma y de su hija Gunhilda a Estados Unidos, lejos del conflicto.

Pero desde Suecia no era fácil viajar fuera del área de influencia de la guerra, por eso decidió hacer el primer viaje sola para, una vez instalada, decidir cómo reagrupar a toda la familia. Realmente sería muy difícil explicar el dramático viaje que inició con el vuelo hacia Moscú. De allí el ferrocarril transiberiano la llevó a Vladivostok donde embarcó, junto con otros refugiados, hacia Japón. La siguiente etapa la llevó hasta Vancouver y entró a Estados Unidos por el puerto de Seattle. Una vez en suelo estadounidense, tomó de nuevo otro tren que finalmente la dejaría en la estación de San Francisco.

Fue una celebración el encuentro con la familia Scott. No pudo contener las lágrimas especialmente cuando le abrazaron los pequeños, un niño de cuatro años y una niña de año y medio en los que vio reflejada a su hija. Una vez más su fortaleza se estaba poniendo a prueba. Pidió que le dieran un paseo en coche por la ciudad. Necesitaba verificar, de alguna forma, que había conseguido llegar a los Estados Unidos. Llovía como si afuera le esperase otro nuevo desafío. Se estremeció cuando vio asomar, entre la niebla, el Golden Gate y un poco más adelante, cuatro barcos de guerra anclados estratégicamente en la bahía. Sintió una soledad implacable, paralizante, como si le cayeran encima los escombros del edificio que, a duras penas, estaba intentando construir para su familia.

Días más tarde Alemania declaró la guerra a Rusia. La declaración de guerra contra Estados Unidos no tardó en llegar, era el 11 de Setiembre de 1941.

Una palidez mortal se instaló en su piel, sintió que se le estaba helando la sangre…

@mjberistain
Fotografía de internet

Rezo


A cuatro pasos de esta silla de plástico marrón donde me siento, delante de una taza de café a la que me ha invitado un hombre negro que vendía collares y pulseras por la calle, nada tiene que ver con lo que cada uno de nosotros quisiera ser…

La silla quisiera ser un Chester de cuero, la mesa, estar cubierta de un precioso mantel de lino bien planchado, el negro un blanco sentado a mi lado, la señora que escribe desde hace rato en una pequeña libreta, probablemente, la novia de su amor cuando tenían veinte años. Y yo…

El país está inmerso en una ola de calor al que llaman extremo y por todas partes se oyen ecos de recomendaciones de radios, televisiones, megafonías de playas «etcétera», de que procuremos no salir de casa en las horas del mediodía que es cuando las temperaturas pueden alcanzar su mayor nivel y puede ser peligroso exponerse a un «golpe de calor» que puede llegar a ser mortal…

Yo no tengo casa. He llegado a este país después de años de luchar en el mío por encontrar unas mínimas condiciones de bienestar para poder ofrecerme a la persona a la que amo desde mi infancia y formar con ella una familia. Mi sueño solo es ese. Dar de comer a mis hijos y darles una educación y que puedan ser aceptados como «seres humanos» y ciudadanos del mundo.

Me he sentado en una silla de plástico de cualquier lugar al que he llegado exhausto porque no quiero volver a sentarme en el suelo, a mendigar a los pies de nadie. Quiero ser util, uno más, en el globo terráqueo. Dar lo mejor de mi en agradecimiento a estar vivo. Solo eso.

A mi izquierda hay un árbol, joven, tieso, sin apoyos, como yo. Lo observo. Está frondoso y sus hojas las mece la suave brisa del suroeste. Lo envidio. Cómo ha conseguido hacerse con un espacio público en esta sociedad tan regulada y exigente?

Pienso en mis hijos que todavía no han nacido. Y sueño en ser el tronco, ahora jóven, que les dará una vida aunque sea con fecha de caducidad…

Por qué estoy aquí, Dios?

Algo me has encomendado y lo voy a cumplir.

A cuatro pasos de esta silla de plástico en la que sigo sentado, hay una pequeña carretera. Su tráfico es espaciado y lento. Alrededor de mi se oyen voces en voz baja. Me lleno de brisa y de silencio, del azul de un cielo neblinoso que no había conocido hasta hoy y respiro a fondo el cercano olor a salitre de un mar que ha dejado de ser una amenaza o un precipicio mortal.

Rezo.

No sé si el Dios de este continente entenderá mi plegaria.

Solo quiero agradecerle este momento de quietud y esperanza.


@mjberistain

 

Leer enseña a pensar.

Deseo incorporar a mi blog las palabras de LOLA VELASCO
que he encontrado en su blog amanececadadia.com
 
leer

Es de todos bien conocido que leer aporta múltiples beneficios. Muchas generaciones hemos dedicado horas de ocio a la lectura y hemos aprendido en la escuela a través de los libros de texto. Leyendo se aumenta el vocabulario, se mejora la ortografía y la expresión. La lectura proporciona modelos de expresión lingüística y potencia el pensamiento y la reflexión dotando al lector de nuevas visiones y conocimientos.

Cuando los niños empiezan a leer consiguen en el primer escalón una lectura mecánica que será una herramienta básica para el posterior aprendizaje. A medida que avanza su control y la velocidad lectora empiezan a desarrollar en paralelo la comprensión indispensable para el estudio de los contenidos de otras materias. Sin una buena comprensión lectora no hay un buen aprendizaje. Un buen lector tendrá éxito en la asimilación de la información. Indiscutiblemente cuando se adquiere la capacidad de comprender y asimilar lo que se lee se entra en la fase de la reflexión, a través de la cual desarrollamos un criterio y emitimos un juicio. En definitiva, hemos aprendido a pensar sobre contenidos desconocidos, sobre otras visiones y vivencias distintas a las nuestrasSomos más independientes y menos manipulables porque somos capaces de reflexionar sobre los hechos a través de variadas fuentes de información desarrollando un criterio propio. Leer enseña a pensar.

17-04-14-00-41-34-365_deco

En la actualidad se  observa que las nuevas generaciones de niños y jóvenes, que ya son nativos informáticos, carecen de hábitos de lectura y son fácilmente manipulables. Obtienen la información usando las nuevas tecnologías, así como las incluyen en sus tiempos de ocio. Las redes sociales proporcionan un intercambio de opiniones a debate y Google se convierte en la fuente del conocimiento, es el maestro Google, el médico, el farmacéutico o el terapeuta Google. Los libros pasan a un plano muy secundario y en raras ocasiones constituyen un divertimento. Las nuevas pedagogías obstaculizan el esfuerzo que requiere la lectura porque tienden a sustituir  los libros de texto impresos  por contenidos virtuales de los mismos para hacerlos más  atractivos, potenciando la interacción por encima de la lectura individual y reflexiva mediante la cual se internalizan los conceptos. Es necesario encontrar un punto de equilibrio y proporcionar a los niños y a los jóvenes momentos en la escuela y en la casa para que lean y se habitúen a la lectura sin demonizar por ello el uso controlado de las nuevas tecnologías.

 

Un libro nos pone en contacto con escenarios y culturas diferentes. Cuando leemos una novela se despierta nuestra creatividad, imaginando y anticipando los acontecimientos. Nos sorprende, nos intriga, emociona y revive en nosotros deseos, emociones e ilusiones. Una novela es una aventura en la que nos fundimos es sus personajes y vivimos ávidamente su historia. Leer también nos aporta conocimiento e información y tras ello las reflexiones pertinentes mediante las cuales formamos nuestro criterio. A través de la lectura liberamos nuestra mente y desarrollamos una visión más amplia y compleja de la realidad basada en una percepción  propia.

Con mi agradecimiento y respeto.


 

¿Tienes cosquillas?


La pregunta no era tan tonta, ahora me doy cuenta.

Han pasado muchos años desde entonces. El solo hecho de recordar estas palabras, y de recrearlas en la voz de aquel niño que vivía al lado de la casa de mis padres, me hace sonrojar de nuevo, como entonces, y que la sensación de pequeñas hormigas alborotando todos los recovecos de mi cuerpo vuelva a mí con unas ganas de reír locas e imparables…




Ayer tuve la suerte de asistir a esta «ceremonia» que me cautivó y no pude evitar admirar y disfrutar, con todo mi respeto y cariño, del momento que me ofrecieron estos niños.


Yo sigo creyendo en este amor, en la atracción natural de dos criaturas que sienten una especie de cosquilleo en su interior, un fuerte deseo de estar uno junto al otro, esa rara emoción a la que no saben dar nombre y que no tardarán mucho en escribirla en letras mayúsculas…


Teto y fotografía@mjberistain

Escribo para ser diferente


Con mi agradecimiento a Santiago Pérez quien en su día, a propósito de este tema,
me ofreció este link cuyo contenido hoy repaso y deseo compartir. 

http://www.revistaminerva.com/articulo.php?id=400


El escritor, traductor y crítico zaragozano Félix Romeo reflexiona en un texto autobiográfico en torno a sus inicios en la escritura y los motivos que le llevaron a dedicarse a ella.

Escribo para ser diferente.

Empecé a escribir porque era diferente. Empecé a escribir porque quería ser diferente. Nadie quería ser escritor cuando yo decidí ser escritor. Recuerdo a un niño que quería ser dentista y a otro que quería ser mecánico. Tenía doce años. No conocía a ningún escritor. Nunca había hablado con un escritor. Había leído a Rimbaud. Había leído una biografía de Rimbaud. Había leído los manifiestos dadaístas y El hombre aproximativo de Tristan Tzara. Siempre había leído. Había leído los libros de Enid Blyton. Había leído los siete secretos y los cinco. Había leído otros libros que no eran de Enid Blyton pero lo parecían, como los de los tres investigadores.

Y, antes de que supiera leer, mi madre me leía cuentos y me contaba historias que yo entendía a medias: historias de su pueblo, Castejón de Tornos, Teruel, junto a la Laguna de Gallocanta, que para mí estaba tan lejano como Tokio; historias de estraperlos; historias sobre la obstinación de los burros, sobre todo cuando hacía un frío del demonio y al parecer lo hacía siempre; de los maquis y sus razias; historias del azafrán y la dificultad de conseguirlo; historias de los carnavales secretos de la posguerra, con ensabanados y rondas; de las cartas de amor que le enviaba mi padre… personajes abandonados en mitad de la nada que trataban de escapar no se sabe de dónde ni cómo. Unas historias que luego leí en Agota Kristof.

Quería ser un escritor porque era diferente y quería ser un escritor de los diferentes. Digo escritor, pero lo que yo quería era ser un poeta diferente. En 8º de EGB fabriqué mis primeras plaquettes fotocopiadas. Las destruí poco después porque me daba vergüenza escribir tan mal. Ahora puedo decir que en esas plaquettes está lo mejor que he escrito.

Quería escribir para robarle la máquina de escribir a mi padre, su más precioso tesoro: la cuidaba con esmero y no nos dejaba tocarla. Thomas Mann escribió un ensayo en el que hablaba de la gran cantidad que hay de escritores huérfanos de padre. El padre de Truman Capote desapareció y el padre de Alejandro Gándara se fue sin dejar rastro y el padre de… Mi padre era huérfano de padre, huérfano desde los dos años, pero a él se le pasó la vez y el que se hizo escritor fui yo. Huérfano heredero. Aunque mi padre escribía a máquina todo el tiempo: su Olivetti gigante con forma de ballena. Mi padre escribía informes sobre sus servicios de policía y sobre el tráfico y sobre las incidencias del trabajo. Tenía unas hojas de calco y guardaba copia de todo lo que escribía.

Me hice escritor para robarle esa estupenda máquina de escribir. Me hice escritor para consumar un incesto raro. Mi padre me puso una condición para poder usar su Olivetti: aprender mecanografía perfectamente… una práctica que él, que escribía sólo con dos dedos, no conocía. Quizá pensaba que yo no conseguiría escribir a máquina, pero pasé el verano de mis trece años sacrificando la piscina y aprendiendo a escribir a máquina en una academia con un calor sofocante: asdf ñlkj etcétera. Así rendí a mi padre y le quité su bien más preciado. Truman Capote escribió algo sobre la mecanografía y la literatura, y es posible que, pese a su afirmación, se trate de ramas de la misma actividad. Durante un tiempo tuve que usar la máquina siempre en la mesa del comedor, bajo vigilancia, y guardarla siempre en su maleta. Mi madre cosía en su máquina de coser y yo escribía en mi máquina de escribir. Unos meses más tarde llevé la Olivetti ballena a la mesa de estudio de mi cuarto.

Tenía catorce años y escribía poseído. Escribía todo el tiempo. Nunca he vuelto a escribir de esa manera y cuando escribo deseo poder volver a escribir así alguna vez. Febril. Enfermo. Escribía poemas. Escribía minúsculas vidas imaginarias. Escribía obras de teatro. Era diferente y quería ser un escritor diferente. Leía a Beckett, y mis obras de teatro querían parecerse a Esperando a Godot. Leía a Jack Kerouac. Leía a Henry Miller, al que había llegado siguiendo a Rimbaud, un camino excéntrico. Leía a Joyce, pero las piezas más raras, Poemas manzanas. Leía solo. Escribía solo. Entonces yo era el único escritor. Rey soberano.

Aunque quizá leía más solo que escribía solo, porque entonces publiqué mis primeros poemas en una revista. No guardo ni un ejemplar. Me avergonzaba esa revista, sabía que estaba mal hecha, que era cutre… y aunque sabía que la revista estaba mal hecha y que era cutre, me sentía feliz porque publicando en esa revista que me avergonzaba me convertía en escritor. Nadie lo sabía, pero yo había cruzado una línea y ya no podía volver atrás. Recuerdo el nombre de la revista.

Escribo porque tengo miedo: antes cuando tenía miedo me metía debajo de la cama. Escribo para levantarme cuando quiera. Escribo para acostarme cuando quiera. Escribo para imponer mi versión de los hechos. Escribo por envidia. Escribo por fascinación. Escribo para ser feliz. Escribo para ganar dinero. Escribo para saber cómo escribo. Escribo para que se publique lo que escribo. Escribo para seducir. Escribo para ser apreciado. Escribo para existir. Escribo para ser visible. Escribo para despertarme cada día en un lugar del mundo. Escribo para que me insulten. Escribo para seguir vivo. Escribo para no matarme. Escribo para saber lo que pienso. Escribo para mentir. Escribo porque soy feliz. Escribo para pedir perdón. Escribo para no pedir perdón. Escribo porque cuando escribo no vivo. Escribo para vivir más tiempo. Escribo porque me lo piden. Escribo porque no me reconozco en las fotografías. Escribo porque quiero dar mi versión de la historia. Escribo porque en mi escritura sólo mando yo. Escribo porque me gusta escribir. Escribo porque no sé conducir. Escribo porque soy vanidoso. Escribo para perder el sentido. Escribo porque busco el sentido. Escribo como el cultivador de champiñones: con los pies enterrados en mierda y con la certeza de que el producto no es un manjar. Escribo como el pescador de un barco congelador. Escribo para follar. Escribo para respirar. Escribo para no tener que escribir. Escribo para mirar todo y todo el tiempo. Escribo para recordar. Para recordarme. Para volver a alcanzar ese estado febril. Febril y fabril. Escribo por insatisfacción. Escribo por venganza. Escribo por remordimiento. Escribo para confesar mis pecados. Escribo para esconder mi vergüenza. Escribo para reírme. Escribo porque me da miedo el fuego.

Escribo porque tengo algunas historias viejas que contar. Las que me llenan la cabeza ahora sucedieron todas antes de que cumpliera veintiocho años: la de un asesino que mató a su mujer y con el que compartí celda en 1995 en la cárcel de Torrero de Zaragoza, que ya ha desaparecido, demolida por la piqueta; la de una loca, prima de mi padre, a la que visitamos en un manicomio de Valencia en el verano de 1975; la de unos curanderos de Petrel, Paco y Lola, que visitamos cuando mi abuela Rosario había sido desahuciada por los médicos.

Mi padre me cedió su máquina de escribir. Y una vez que se la arrebaté ya no podía cambiar: tenía que escribir y tenía que ser escritor. Ahora, más que diferente, me siento extraño.


Las matemáticas, esa ciencia inexacta…


 

Existen números en mi alma
que todavía no comprendo.
A.Gamoneda

 

Esa cereza que has puesto
con tu boca en mi boca
se ha convertido en
letras y números que deslíe mi saliva
y con sus quebrados y barras y paréntesis
me recorren como himno radiante,
íntimo vuelo de gorriones,
olas tumultuosas saltando por encima
de todos los riscos y los escollos
de las matemáticas.


Clara Janés (De el nudo de los vientos)

 

Skyline by Mikel Vega


Gracias a mi gran amigo Mikel.

Con la creación y elección de esta música has sabido interpretar la emoción de un momento especial en mi vida; la presentación de mi libro de Poesía «Apuntes de Salitre».

Inolvidable… Feliz de haberlo compartido…



Nota: Se han tomado algunas imágenes del reportaje de Iñaki Peñalba.