Golden Gate

 

Paró el BMW 335 negro unos pocos kilómetros más adelante, pasada la frontera. Saltó del coche, su cuerpo se revolvía en espasmos dolorosos incontrolables y un temblor nuevo, como un estertor que nacía en su estómago y llegaba hasta su garganta, le provocaba fuertes náuseas que la inutilizaban entre arcadas y lágrimas, expulsando la bilis que había sido apenas el único alimento que había ingerido durante las últimas semanas.

La carretera era estrecha y serpenteante entre montañas, por ello y por el agotamiento de Louise el viaje se alargó más de lo imaginado. De vez en cuando la niña emitía algún leve lloriqueo que Ulma rápidamente controlaba con delicadeza. Conseguía calmarla y evitar así una preocupación añadida a la situación.

No supieron expresar, de ninguna manera razonable, el alivio que hubieran podido sentir en otras circunstancias, de sentirse libres, cuando por fin llegaron a casa de sus padres cerca de Estocolmo. Estaban exhaustas.

Los primeros días para Louise fueron una sucesión de horas vacías inmersa en una forma de ceguera de la que no sabía cómo desprenderse, sentía un gran peso en su mente, en sus ojos, como una nebulosa opaca que todo lo distorsionaba. Suponía que debía de darse un tiempo antes de enfrentarse a su nueva situación, al aire no viciado por el miedo, y al ajetreo de un nuevo mundo alejada de la amenaza de la guerra. Sin embargo, tampoco se sentía a salvo. Se daba cuenta de los esfuerzos que hacían Ulma y sus padres para ayudarle a superar el oscuro drama que ardía en su interior. Los miraba, como ausente, y los veía disfrutar de la niña con ternura y sin prisa. Le parecían una familia feliz. Pero ella sentía que su vida estaba situada al margen, presa de su propia lucha interna, desesperada por apartarse de aquél mundo cuajado de hostilidad. Le inquietaba de forma permanente la posible proximidad de su marido y su poder oficial. Necesitaba huir de allí, sacar a sus padres del infierno que parecía perseguirles a los de su clase. Eran judíos, pero no tenía el valor de enfrentarse a ello y confesarlo entonces, por otra parte también le preocupaba su precario estado de salud. Ellos no aceptaban, de manera alguna, trasladarse a otro país que, según argumentaba su hija, sería más seguro. Estaban empeñados en quedarse con los suyos aceptando su destino, cualquiera que fuese. Se sentía acorralada en una esquina del mundo, y responsable de una situación que afectaba a las personas a las que más amaba. Lloró muchas noches, oculta su cabeza entre las almohadas, una vez que se hacía el silencio en la pequeña habitación de la casa de sus padres que compartía con su hija y con Ulma.

A medida que pasaban los días, sentía que se iba aligerando en su interior la densidad de su miedo, la mirada que encontraba al otro lado del espejo cada mañana iba perdiendo su rigor, se iba suavizando, incluso iba volviéndose más amigable. Después de algunas semanas pensó en empezar a perdonarse la vida a sí misma.

—Mamá, —dijo Louise una mañana dirigiéndose a su madre—

—¡Hija! No sabes la alegría que me da verte con ese ánimo. Creía que no ibas a poder superarlo. —¡Díme!, dime que ya estás dispuesta a recomenzar tu vida, y papá y yo os ayudaremos en todo lo que podamos.

—No es eso Mamá. Mi intención no es quedarme en Suecia. Quiero marcharme a Estados Unidos. Creo que solamente allí podremos estar a salvo realmente. Necesito dejar de pensar en que Mark pueda aparecer en cualquier momento a reclamarnos de vuelta a su vida. No tengo claro cómo lo haré pero ya he tomado la decisión.

Su padre —que estaba dando de desayunar a la pequeña Gunhilda, intervino en la conversación.

—Pero hija, date tiempo. Aquí podéis estar a salvo. Suecia mantiene la neutralidad en este conflicto. Ya ves que a los inmigrantes se les está aceptando con todos los derechos, incluso no necesitan justificar su origen para ser admitidos legalmente en el país. Deberías de pensarlo bien. Hacerte con una nueva documentación, incluso con una nueva identidad, ¡piénsalo!, que, como bien dice tu madre, aquí nos tienes para lo que necesitéis. Además, comprende que, para nosotros, también es bueno tenerte cerca—.

—Papá, Mamá, —dijo Louise con seriedad poniendo énfasis en sus palabras y en su mirada—¡Vosotros sois los que deberías de pensarlo!. Europa está en guerra, sería un milagro que no afectase a Suecia. Todavía podríamos estar a tiempo de marcharnos todos.

Pero se hizo un silencio difícil de cortar.

—¡De acuerdo! —Louise se plantó de pie y habló con una determinación que sorprendió a todos. Iremos hoy a registrarnos a la oficina de inmigración. Me llevo a Ulma y a la niña en cuanto estén preparadas.

La casa de sus padres estaba a pocas manzanas de la Universidad de Estocolmo. Se dirigieron las tres al centro de la ciudad. Se registraron en las oficinas de inmigración. Efectivamente no era requisito necesario aportar datos de origen ni raza, así que ella y su hija lo hicieron con el apellido de soltera de su madre, Bauman. Louise se compró un vestido y un abrigo, y unos zapatos nuevos.

—Estás preciosa le decía Ulma, sin saber cómo disimular su excitación y su nerviosismo.

Louise dijo: —Vamos a ir ahora a la Universidad, quiero informarme de las posibilidades de trabajo que puede haber allí para mí—.

—De acuerdo, yo me quedaré con la niña para que lo hagas con más tranquilidad. Te esperaremos en los jardines. —Mucha suerte Louise—. Y las dos mujeres se abrazaron con un especial sentimiento de hermandad y agradecimiento que las había unido definitivamente. Ulma la miraba mientras subía la escalinata de la entrada sintiendo una gran admiración por aquella mujer. Pensó que estaba orgullosa y feliz de compartir su vida con ella. Además adoraba a la niña que era como una prolongación de sí misma. En aquél momento de intensa emoción pensó que no podía pedir nada más a la vida.

Le instaron a volver otro día porque el señor decano estaba en una reunión. Pero Louise insistió. La persona de información, evidentemente incómoda, le dijo:

—En realidad no le podemos decir cuánto va a tardar en salir y no podemos interrumpirle, es la norma, salvo que sea algo realmente urgente.

—No se preocupe, esperaré porque el asunto que vengo a tratar es de su interés y necesito tomar contacto con él hoy mismo, aunque solo sea para concertar una cita para otro momento.

Como Doctora en Biología por la universidad de Oslo, y después de varias conversaciones, no tuvo problema para incorporarse a la docencia. En Suecia estaban necesitados de profesores, debido a que se estaba produciendo un importante crecimiento demográfico a consecuencia de la política de acogida a inmigrantes que llegaban de los países de alrededor.

La nueva rutina y el hecho de estar centrada en su trabajo, no le impedía sentir cada vez con más fuerza el deseo de huir de Europa para instalarse en Estados Unidos. La neutralidad de Suecia no era suficiente para ella. Sus temores seguían ocupando sus horas cuando se desvelaba por las noches.

Llegó a tener una comunicación casi continua con el Decano Dr. Hans Wodmik (también de origen judío). Él y su familia llevaban varios años instalados instalados en Suecia. Sus largas conversaciones, al terminar las reuniones de profesores, habían derivado en una especial afinidad por la que compartían inquietudes, intereses y formas de pensar. Él comprendió perfectamente la situación y le facilitó el contacto con un buen amigo suyo de infancia y que había llegado a ser catedrático de Ciencias Naturales en la Universidad de Stanford de California. Se trataba de una familia con dos niños pequeños que estarían encantados de ayudarle en los trámites necesarios para que se incorporarse a aquella ciudad y a su Universidad. Le ayudarían a buscar un alojamiento provisional adecuado cerca del trabajo hasta que ella pudiera organizar el traslado de Ulma y de su hija Gunhilda a Estados Unidos, lejos del conflicto.

Pero desde Suecia no era fácil viajar fuera del área de influencia de la guerra, por eso  decidió hacer el primer viaje sola para, una vez instalada, decidir cómo reagrupar a toda la familia. Realmente sería muy difícil explicar el dramático viaje que inició con el vuelo hacia Moscú. De allí el ferrocarril transiberiano la llevó a Vladivostok donde embarcó, junto con otros refugiados, hacia Japón. La siguiente etapa la llevó hasta Vancouver y entró a Estados Unidos por el puerto de Seattle. Una vez en suelo estadounidense, tomó de nuevo otro tren que finalmente la dejaría en la estación de San Francisco.

Fue una celebración el encuentro con la familia Scott. No pudo contener las lágrimas especialmente cuando le abrazaron los pequeños, un niño de cuatro años y una niña de año y medio en los que vio reflejada a su hija. Una vez más su fortaleza se estaba poniendo a prueba. Pidió que le dieran un paseo en coche por la ciudad. Necesitaba verificar, de alguna forma, que había conseguido llegar a los Estados Unidos. Llovía como si afuera le esperase otro nuevo desafío. Se estremeció cuando vio asomar, entre la niebla, el Golden Gate y un poco más adelante, cuatro barcos de guerra anclados estratégicamente en la bahía. Sintió una soledad implacable, paralizante, como si le cayeran encima los escombros del edificio que, a duras penas, estaba intentando construir para su familia.

Días más tarde Alemania declaró la guerra a Rusia. La declaración de guerra contra Estados Unidos no tardó en llegar, era el 11 de Setiembre de 1941.

Una palidez mortal se instaló en su piel, sintió que se le estaba helando la sangre…

@mjberistain
Fotografía de internet

3 comentarios sobre “Golden Gate

  1. Muy buen trabajo, María; muy bueno. La angustia final que invade a la protagonista (y, por ende, al lector) nos hace ser partícipes de esa historia, historia de las que sin duda deben haber existido muchísimas en aquellos tiempos.

    Abrazo.

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  2. Estremecedor. Empieza y termina con una angustia aún mayor, la errónea decisión que deja a la protagonista sola y en un país en guerra, habiendo podido quedarse en el suyo, neutral, con su familia. Tiene el relato una intensidad de documental. Uffff!!! Muy conseguido

    Le gusta a 1 persona

    1. Belén, tu comentario es muy importante para mí (lo sabes). Este capítulo es parte de mi proyecto (aún en el taller) y que espero poder rematar este año. Agradezco muchísimo que me hayas dedicado de tu tiempo para leerlo y darme tu opinión. Un abrazo muy fuerte.

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