Tamarindos

 

No siento mis piernas. Deben de estar cruzadas, la una sobre la otra, allá abajo. No puedo verlas. No las echo en falta. Solo necesitaría saber que están conmigo, allá abajo. Allí a donde en este momento no puede llegar mi mirada. Estoy postrada en la cama. Nada ni nadie me retiene, ni limita. Mis brazos están cruzados sobre mi pecho. Tampoco los siento. Los dedos cruzados. Deben de estar cruzados —sí me impone, sin embargo, que sea la forma con la que se les entierra a los muertos—. Siento un terror tranquilo. No puedo ni deseo moverme. Mi garganta está cerrada, seca. También mi boca está seca. No siento la lengua. Bueno, sí, la imagino pegada al paladar, inútil, seca.

Quiero llamarle por teléfono. Busco el mío entre todos los teléfonos negros que están tirados en el suelo, muchos, todos negros.  Me imagino —solo me imagino que lo estoy buscando—.  Solo mi mente lo busca porque no puedo moverme. Y no lo encuentra. Decide que el mío no está. Angustia. Y yo necesito hablar con él. Es urgente. No me siento controlada por él. Solo quiero evitar que sufra. Solo quiero que no se preocupe cuando se levante para ir a trabajar y al venir a mi cama a darme un beso, como todas las mañanas, se de cuenta de que no estoy, y eso le preocupe. Le quiero. No quiero preocuparle. Pienso; solo puedo pensar y llamarle, sin mover la lengua.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —grito en silencio como si fuera una oración, con insistente suavidad.

Vuelvo a intentarlo, pronuncio mentalmente una letanía en forma de ruego. ¡Por dios! que pueda oírme, solo eso, y si no me oye, que allá donde esté intuya que le estoy llamando, porque le necesito. Le necesito únicamente para que no se preocupe por mi. Estoy tranquila. Aunque no sé si estoy al borde de la muerte o es solo una situación de alucinación debido a la última pastilla que tomé anoche.

—¡Aitá!, ¡Aitá! —sigo gritando con más vehemencia pero en silencio.  Y no me responde, pero sé que está ahí, a mi lado.

Son las cinco y cincuenta y tres de la mañana. Debes de estar muy cerca de mí porque, aunque tengo los ojos cerrados, me llega una tenue iluminación gris azulada parecida al color de tus ojos que va tiñendo las cortinas blancas. La pastilla ha debido de hacer su efecto pero no sé hasta dónde me llevará en este trance. Quizás no vuelva más y me quede así contigo. ¿Por qué no? Solo quería decirte que no te preocuparas si hubieras venido esta mañana a darme el beso de buenos días.

Porque ha sido imposible, durante toda la noche, terminar de engalanar el salón de actos para la fiesta de fin de carrera. Me ofrecí a colocar farolillos de tela blanca enjaretada en cables que colgarían discretamente de los tamarindos como única iluminación. Habíamos llenado el salón de tamarindos.  Tamarindos torcidos, viejos y rotos —como decía yo cuando era pequeña y que tu me enseñaste a amar y a disfrutar como de tantas otras cosas—  mucho más avejentados de lo que estaban cuando tu estabas con nosotros. Pero que siguen siendo mis árboles preferidos. A ti y a mí nos encantaba pasear entre ellos en días de lluvia, a ellos también les complacía vernos, éramos de los pocos que se atrevían a salir a la calle —porque en aquellos días no había ni gente ni niños ni perros por los parques— y así aliviábamos aquella soledad húmeda y triste del paseo. Nunca he tirado la toalla, tu lo sabes. Me resistía a abandonar, toda la noche. He pasado muchas horas intentándolo antes de darme cuenta de que te ibas a preocupar si no me encontrabas en la cama cuando vinieras a darme el beso de buenos días.

Ha llegado mi amigo Paco a hacerme el relevo. Menos mal que venía con trozos de sábanas viejas fruncidas y unas gomas elásticas de esas que cortan el pelo cuando te las pones muy prietas en la coleta y hemos conseguido colgar farolillos en algunos tamarindos. Con las luces del salón apagadas y sólo con las de los farolillos encendidas nos hemos sentado en el suelo a contemplar el efecto en el ambiente, y con él he sentido que “todo estaba bien”.

—¡Aitá!, ¡Aitá! — son las cinco y cincuenta y siete de la mañana. Ya semi-consciente me gusta escucharme repetir en voz alta esa palabra que te invoca. Estarías a punto de levantarte si hoy tuvieras que ir al trabajo. Y yo de recibir tu beso.

Abro a medias los ojos entre la maraña de sábanas y edredón que casi me cubren la cabeza y ante mí, muy cerca, veo desenfocado algo oscuro, casi negro, que reconozco. Mi móvil. Pero no me muevo. Escucho con atención los ruidos que me llegan al oído izquierdo —el otro lo tengo pegado a la almohada— como si alguien o algo estuviera dando pequeños arañazos a mi alrededor al ritmo de mi respiración. Me sorprendo al reconocer el sonido leve de la lluvia afuera. No tengo muy claro si voy a poder levantarme y, en el caso de que pudiera levantarme, si tendría la confianza suficiente como para tenerme en pié. Decido que deseo salir de allí, salir y echar a correr; echar a correr lo más rápido posible hasta encontrarte lejos de esta larga y desesperante pesadilla*.

@mjberistain

 

Incluyo un pequeño artículo sobre los Tamarindos o Tamarices.
De cualquier manera, y sea como sea, seguiré llamándoles “tamarindos” hasta el fin de mis días porque seguramente seré una de las últimas románticas que ha convivido con ellos desde niña. Dejo para futuras generaciones la enmienda.

 

*A propósito, nadie mejor que Borges pudiera explicar este término. Incluyo uno de los capítulos del libro Siete Noches que recoge algunas de sus Conferencias; en concreto el titulado
“La pesadilla”

 

 

4 comentarios sobre “Tamarindos

  1. Parecería que lapalabra escrita en este puerto de blogs está negada. Leo un texto hermoso, con pedimentos de gran intensidad !Aita! !Aita!, Con una prosa que sin prisa, como seguro es la prisa de los muertos, va despacio develando detalles de una vida. Me siento sorpendido por la nitidez de tu palabra, tu estilo de gran escritora que éres. Belo fin de semana amiga. Besos y rosas.

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