«Al salir, pagó el café que se le había olvidado tomar…»
(Truman Capote)
Una lluvia aburrida se había instalado en la ciudad cayendo incansable desde lo alto de un cielo plomizo como el de ayer y el de anteayer; como posiblemente el de la próxima semana, según los partes meteorológicos que ya no sabían cómo explicarlo de forma diferente cada día.
Se había hecho de noche. Al volver la esquina vomitó. Tiró el periódico empapado en una papelera y se dejó allí colgado el paraguas. No tuvo la precaución de arrancar la página de los anuncios antes, aunque, cuando se dio cuenta, tampoco le importó.
Pasaban los días y por muchos esfuerzos que hacía no veía ninguna posibilidad de encontrar un trabajo como el que pensaba que merecía de acuerdo con su historial profesional, su preparación académica y el estatus de su familia. Le quedaban pocos días para cumplir cincuenta años y aunque ese aspecto, en condiciones normales de mercado, hubiera podido ser considerado un valor positivo, él mismo se consideraba un buen fichaje para cualquier empresa, se sentía defraudado, solo, como una isla desierta en mitad de un océano hostil. Era cierto que no había querido llamar a las puertas de los amigos para solicitar ayuda, su orgullo no se lo permitía. La realidad era que había evitado confesar que se encontraba en semejante situación. Cómo iba a imaginárselo nadie a su alrededor. Era del todo increíble que estuviera fuera de mercado, aun admitiendo que entonces los puestos directivos de las empresas se regían más por movimientos políticos y eran menos estables o más dinámicos que en otros tiempos. Ya no servía de nada el pasado. Servía saber venderse para un futuro impredecible. Alguna vez escuchó que era fundamental saber vender humo…
Ocupaba un apartamento en el decimoquinto piso de uno de los miles de edificios a los que llamaban rascacielos que se amontonaban en un barrio bajo de las afueras de la ciudad. Se miró al espejo del ascensor, estaba roto, y sus trozos garabateados con frases y dibujos obscenos. Aún pudo darse cuenta de que su aspecto físico era demoledor. Su calvicie prematura que hasta entonces había llevado con dignidad, su piel reseca, sus cejas caídas en diagonal que daban a su mirada un aspecto lastimoso, sus hombros deformes por el peso de los días. Todo ello no solo maltrataba su espíritu, sino que, además, invalidaba su poder de camuflaje; traspasaba todas las líneas de fuego de sus tripas hasta asomarse al exterior de su cuerpo sin condescendencia. Sin embargo, aquella tarde oscura, la china del último bar al que había llegado tambaleándose para tomarse un café bien cargado le había mirado con detenimiento, con piedad o conmiseración, o, no sabía muy bien cómo interpretar aquella mirada apaisada que apenas dejaba entrever lo que él pensó que eran unos seductores ojos negros, y que le habían aturdido durante un instante. Quizás, para ella, era imposible mirar de otra manera. Se demoró después aferrado a la barra del bar, observándola mirar al resto de clientes que se movían alrededor de él, entrando, consumiendo y saliendo deprisa, y pensó que se estaba volviendo loco. Además, Margot había decidido quedarse a vivir en un pueblo del sur, en una comunidad de gente bohemia, artistas en su mayoría. Había sido bailarina profesional y ahora estaba retirada por una lesión de espalda. Su vida de pareja, definitivamente, estaba rota. Afortunadamente, les habían unido pocas cosas durante su vida juntos, aparte del buen sexo mientras vivieron el encanto de los primeros meses. Se habían conocido en un viaje de empresa descubriendo la Antártida en un crucero de lujo, pero pronto aquel hielo imponente, aquel azul frío, y el silencio como un gran vacío de cristales afilados se habían instalado en su relación de manera irremediable.
Se sintió viejo por primera vez en su vida. Había escogido aquel país, aquella ciudad para comenzar de nuevo porque nadie le conocía. Se sentía un tanto ofuscado, era cierto, pero aquel mundo que le rodeaba se le antojaba un campo de exterminio, la gente uniformada en gris caminando lóbregamente sobre el polvo de un satélite desconocido que estaba cubierto con una gran bola de plástico reciclado, como un cielo plateado del que se desprendían como lluvia punzantes hilos de lava y de ceniza.
El bar estaba cerrado, la china oliendo a perfume de Pachulí permanecía sentada en el zócalo de la puerta a su lado. Sujetaba con sus dos manos una jarra llena de café bien cargado ya frío, y miraba a los viandantes que se desplazaban apresuradamente, bajo la luz todavía mortecina de otra madrugada lluviosa, intentando evitar los charcos, para llegar a tiempo a sus quehaceres diarios.
Cuando le sintió moverse, aventuró: —Buenos días, señor, le estaba esperando. Ayer se marchó usted sin tomarse el café…
@mjberistain
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