El presente puro…


 
Olía a tardes de lluvia…

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo, sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos… y Jano es de golpe cualquiera de nosotros.


J. Cortázar
Fotografía@mjberistain

Jano (en latín Janus, Ianus) en la mitología romana, es el dios de las puertas, los comienzos y los finales. 

Hilando la vida


Coser e hilar eran una gran parte de la vida de la mujer Vikinga, y pasaban muchas horas al día deshebrando e hilando la lana. Eran muy talentosas para tejer lino, tapetes y lana. Colorantes naturales se usaban para teñir el lino y la lana de diferentes colores.

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Los tapetes se colgaban en las paredes de las casas como decoraciones.

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Las Moiras, Las Parcas y Las Nornas.
Divinidades femeninas que regían el Destino.

Las Moiras. En la mitología griega eran divinidades femeninas que controlaban el hilo de la vida de cada mortal desde el nacimiento hasta la muerte. Eran las personificaciones del destino. Eran tan poderosas que La Moiras impedían a cualquier dios acudir en socorro de un héroe determinado en el campo de batalla cuando había llegado su “hora”. Se las representaba comunmente como a tres mujeres hieráticas, de aspecto severo y vestidas con túnicas. En otras ocasiones se les atribuye la apariencia de tres viejas hilanderas, o de tres melancólicas damas (una doncella, una matrona y una anciana, respectivamente).

Shakespeare se inspiró en este mito para crear las tres brujas que aparecen en Macbeth, cuya intervención es determinante en el destino del protagonista. Sus nombres eran: Cloto (Κλωθώ, ‘hilandera’) hilaba la hebra de vida con una rueca y un huso. Se la representa portando una rueca; Láquesis (Λάχεσις, ‘la que echa a suertes’) medía con su vara la longitud del hilo de la vida. Se la representa con una vara, una pluma o un globo del mundo; y Átropos (Ἄτροπος, ‘inexorable’ o ‘inevitable) era quien cortaba el hilo de la vida. Elegía la forma en que moría cada persona, seccionando la hebra con sus tijeras cuando llegaba la hora. Se la representa con unas tijeras o una balanza. En la tradición griega, se aparecían tres noches después del alumbramiento de un niño para determinar el curso de su vida. En origen quizá podrían haber sido diosas de los nacimientos, adquiriendo más tarde su papel como señoras del destino. Las Moiras inspiraban gran temor y reverencia, aunque podían ser adoradas como otras diosas: las novias atenienses les ofrecían mechones de pelo y las mujeres juraban por ellas.

Sus equivalentes en la mitología romana eran las Parcas o Fata. Los nombres de las tres Parcas eran: Nona, que hilaba el hilo de la vida desde su rueca hasta su huso. Su equivalente griega era Cloto. Décima, que medía el hilo de la vida con su vara. Su equivalente griega era Láquesis. Morta, que cortaba el hilo de la vida, eligiendo la forma en que la persona moría. Su equivalente griega era Átropos. Como las Moiras, son también tres hermanas: una preside el nacimiento; otra, el matrimonio, y la tercera, la muerte. En el Foro, las tres Parcas estaban representadas por tres estatuas, llamadas corrientemente las Tres Hadas (tria Fata, los tres “destinos”).

Las Nornas. Espíritus femeninos de la mitología nórdica. Tres de ellas son las principales, conocidas por los nombres de Urðr (o Urd, «lo que ha ocurrido», el destino), Verðandi (o Verdandi, «lo que ocurre ahora») y Skuld («lo que debería suceder, o es necesario que ocurra»). Las Nornas viven bajo las raíces del fresno Yggdrasil, el árbol del mundo en el centro del cosmos, donde tejen los tapices de los destinos y riegan el fresno con las aguas y la arcilla provenientes del pozo de Urd para que éste no pierda su verdor ni se pudra. La vida de cada persona es un hilo en su telar, y la longitud de cada cuerda es la duración de la vida de dicha persona.

Fuente: Ana S. «Mujerícolas»
Fotografía: @mjberistain


Naranjas amargas


Hay rituales rumorosos que paran los relojes y abren un gran silencio de luz en tardes templadas hechas a tu imagen y semejanza y dejas que se desborden los límites de tu memoria, —aquella que se va, pero que vuelve— más allá del horizonte.

Hay rituales rumorosos a los que vuelves mientras la ciudad está aún adormecida, cuando la casa huele a café caliente y alguien te prepara con dulzura unas tostadas de pan recién hecho con mantequilla y dulce de naranjas amargas…

@mjberistain


El canto del ruiseñor


Mi agradecimiento a Isabel F. Bernaldo de Quirós y a Julie Sopetrán porque entre las dos y, entre otras cosas, me han descubierto el más bello sonido de los pájaros.


Me despierta cada mañana el canto de los pájaros. Hay cientos de pájaros que abundan en este bosque que me rodea, sin embargo no he sido capáz hasta ahora de descifrar el canto de cada una de las especies que se acercan hasta el jardín.

Me acuerdo ahora de mi amigo Manuel que imitaba perfectamente el canto de los pájaros.  Silbaba identificando el canto por especies. Tengo que decir que era un placer escucharle silbar; silbaba muy bien, algo que yo no he conseguido hacer nunca, ni -aunque lo intenté fervientemente- cuando vivía conmigo Tusa, una perra magnífica de raza pastor alemán.

Me comunicaba con ella a través de la mirada… y en casos extremos a voces…

¡Quizás escuchando este vídeo vuelva a intentarlo!


 

La vitrina instrumental

Genial la descripción de la «vitrina»…



Extracto del relato de Juan Manuel Villanueva titulado «Están entre nosotros»

Ahora me veo con seis, siete años. Estoy junto a mi madre, a su izquierda, frente a la puerta de la consulta…

En una de mis manos sostengo un muñeco articulado, un hombrecito vestido de guerrillero, perfectamente equipado y en postura de ataque…

La vitrina instrumental tiene todas las superficies de cristal transparente, solo las patas y aristas son metálicas. Los estantes también son de cristal y sobre ellos, perfectamente ordenados, hay una colección de objetos portentosos. Varios tipos de tijeras, de todos los tamaños, cubren el estante superior. Tijeras de hojas largas y pulidas, brillantes, curvadas como picos de aves, de puntas romas o afiladas, gruesas y estrechas, serradas, con pinzas en los extremos y asideros donde caben varios dedos. Pequeños cuchillos, escalpelos, tenazas, pinzas pequeñas, finas y deformes, y toda una serie de herramientas inexplicables y hermosas. Más abajo aparecen las jeringas, de cristal translúcido y rematadas por una pieza metálica en la punta, con los émbolos encajados, y todas dentro de unos pequeños ataúdes metálicos; también hay jeringas de plástico encerradas en sobres transparentes, algunas son enormes y ridículas. Y a continuación aparece el terror; son las agujas. Las  agujas bien alineadas, en perfecta formación, brillantes y amenazadoras. Una portentosa armería de instrumentos de tortura, las conozco bien. Hay una tan larga que sería capaz de atravesar todo mi cuerpo y que encabeza una extensa serie de variantes. Algunas son tan finas y pequeñas como cerdas. Otras cortas y gruesas. Entre todas ellas aparecen infinidad de modelos y unas pocas tienen ensartadas, en su hueco y fino volumen, un pelo metálico de inquietante rigidez. El dolor tiene su propia concreción, sus avisos, su iconografía salvaje. Mientras contemplo las agujas, contraigo los glúteos y arqueo la espalda. Enseguida aparece otro aviso del miedo; las lengüetas, de madera o plástico; armas para llegar al límite de la arcada. Deseo tener una, preferilemente de madera, una tabla de surf para mi guerrillero. Los estantes inferiores soportan ampollas, pequeños tarros sellados con tapones de goma y precinto metálico, marcados con etiquetas donde aparecen minúsculos listados de componentes y proporciones inexplicables, muy difíciles de leer. Se que de ahí sale el dolor de las inyecciones, de ese polvo blanco que se acumula en el fondo. También hay gasas, apósitos, compresas y esparadrapo, latas de algodón enrollado con alguna fibra impura manchando el blancor de su naturaleza. Y entre todo el arsenal detecto lo mejor, el objeto de todos mis deseos, mi sueño. Es el estuche negro, similar al que mi padre utiliza para guardar la máquina de afeitar eléctrica, con el cable y la escobilla. Pero yo se lo que hay dentro. Es el aparato para examinar el oído y la garganta. Una linterna donde encajan todas las pequeñas piezas que la acompañan, desmontables; lentes y apéndices que transforman su finalidad. Una vez acopló una tropetilla invertida con una lente al otro extremo, me sujetó la cabeza y miró dentro de mi oído. Pensé; está viendo mis ideas, no pienses.


Nuevas divagaciones sobre el color azul

Reblogueo de la entrada de Santiago Pérez Malvido.

Imagen de James Abbott McNeill Whistler / Nocturne Blue and Silver Chelsea / Google Art Project / Dominio público


 

Avatar de Santiago Pérez

Dylan Thomas escribió antes de la guerra un relato sobre un anochecer en una playa de Gales a la que había ido a pasar el día con unos amigos de la pandilla. Transmitía cierta inquietud, no recuerdo bien los detalles, pero era una inquietud de tiempos de paz, nada que ver con su tarea radiofónica durante la Segunda Guerra Mundial. Y frío, y lluvia. Tal vez eran malos presagios.

Al ver el cuadro de Whistler que ilustra este post, y aunque su autor había vivido y pintado muchos años antes, recordé la playa a oscuras y a Dylan Thomas y la guerra y la paz y su narración. El azul es un color que transmite paz, a mí al menos me produce esa calma, y puestos a buscar explicaciones a los mecanismos irracionales con los que a veces funciona nuestra cabeza, me da por pensar que tal vez la paz…

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Las rocas


 Esta fotografía me ha transportado lejos… Teníamos bien aprendida la tabla de mareas porque los mejores días de playa eran cuando tocaba marea baja por las mañanas. Cuando tocaba marea alta jugábamos a bucear agarrados a una maroma que unía los postes que, desde la orilla, se adentraban al mar. Por supuesto que esto sucedía durante los tres meses de vacaciones de verano. El resto del año, entre semana, y solo después de salir del colegio, veíamos la playa desde Alderdi Eder que era nuestro parque preferido, al lado del mar.

Recuerdo que, al llegar al paseo, solía acercarse a mi madre el fotógrafo de la playa animándole a que le dejara fotografiarnos —tan bonitas y delicadas las niñas…— Era un hombre «mayor», como podían ser mis padres entonces. En mi menudez y a medida que iba creciendo lo fui encontrando un hombre simpático, más tarde seductor incluso  atractivo, quizás por su simpatía o por su aspecto informal y bronceado como los turistas, o porque me encantaban las gafas de sol que llevaba puestas siempre. ¡Ah! y por una brillante cámara de fotos negra que le colgaba del cuello, que me tenía alucinada —supongo que también a nuestras amatxos— Una vez al año, durante los veranos de aquella época, mi madre accedía a pagarle a aquel señor para que nos sacara «la foto de la playa». Ese día lo odiabamos con toda el alma. —Entonces no eramos conscientes del juego que nos daría años más tarde revolver en el cajón de las fotos y encontrarnos con la colección de las fotos de la playa…— Por cierto, soy la mayor de cuatro hermanas. Intentaré encontrar, para incluir en esta entrada, He encontrado la primera foto de la playa que me hicieron a mí, sola en la orilla, cuando tenía un año y medio. Mi abuela me había protegido del sol poniéndome una braga en la cabeza. ¡No tiene precio! —Años más tarde se utilizó mucho esta imágen en mi familia para decir que yo estaba siempre guapa, hasta con una braga en la cabeza…—



La playa era el tiempo más apasionante de nuestra infancia. Corríamos por la orilla recogíendo conchas que parecían de nacar y piedrecillas con las que luego forrábamos las cajas vacías de puros del abuelo y después nos servían para guardar secretos. Jugábamos a ser buscadores de tesoros y hundíamos una vez y otra las manos en la arena, en el momento que llegaba la última ola, para encontrar unas pocas txirlas que llevábamos ilusionados  a casa. Pero aquellos días de marea especialmente baja cuando el olor del mar nos llegaba más intenso, aquellos días, nos íbamos hasta el final de la playa; a la zona del Náutico. En aquel rincón el paisaje parecía estar hecho a la medida de nuestros juegos con el verde brillante y resbaladizo de las algas envolviendo las pequeñas rocas por donde podíamos brincar sin mucho riesgo.  Aquellas rocas eran un mundo de auténtica fantasía; un pequeño paraíso para los niños. Allí descubrimos las kiskillas y las lapas, esas conchas duras y feas que, aunque eran muy duras, algunos se las comían. Allí nos divertíamos haciendo correr a los cangrejos, que nos huían despavoridos corriendo de costado mientras las olas salpicaban de alegría nuestros juegos.

Como dice la canción… qué tiempo tan felíz. Feliz excepto en los momentos de las despedidas para ir a comer a casa que, casi todos los días, terminaban en drama, posiblemente debido al agotamiento. Ahora me emociona el recuerdo de aquellos adioses mojados entre besos de salitre y lágrimas de cocodrilo.


@mjberistain

Apuntes para escribir cuentos

Del Blog Acuarela de Palabras

 

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Aunque no escribamos cuentos, estas reglas nos servirán para apreciar el trabajo realizado por el cuentista… 

Apuntes sobre el arte de escribir cuentos (vía blog tierradetrampas.blogspot.com/)

Por Juan Bosch*

“1. Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí, en pocas palabras, el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la techné del género. El oficio es la parte formal de la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad creadora.

2. La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. Habiendo dado con un hecho, debe saber…

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La foto

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Fotografía de Samuel Aranda

No me hubiera impresionado tanto esta fotografía en blanco y negro de Samuel Aranda que actualmente expone en el Museo de San Telmo de Donosti si, hace algún tiempo, no me hubiera impresionado esta otra cuyo autor desconozco pero que guardé entre mis cosas porque me inquietó esa profunda y bellísima mirada. Pensé que en ella se encerraba todo aquello que, para mí, es el enigma infinito de las mujeres en el mundo musulmán.

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Desconozco si la mujer de la cámara de fotos está tomando una instantánea de un monumento o de algún paisaje, quizás de otra persona o de un grupo de personas. Quizás se está haciendo un «selfie». ¿Qué mundo de creencias y convicciones; de sentimientos, de emociones ocultan las mujeres detrás de un hidad, un chador, un burka o del velo negro de un niqab?.

Somos culturas contrapuestas; eso está claro. No obstante, la Mujer, en cualquiera de ellas, no cede y no debe ceder en sus esfuerzos de conquistar el reconocimiento de igualdad de derechos que merece, simplemente por el hecho de ser persona, en este caótico laberinto humanitario que llamamos mundo.

Somos culturas contrapuestas, de acuerdo, pero sería bueno que, aunque no nos comprendieramos, nos respetáramos.

Ana María Gutiérrez Ibacache presentó en 2014 un artículo muy interesante en la Revista «Cultura crítica» que tituló Feminismo y Corán: La lucha de las mujeres musulmanas.

«Las mujeres islámicas han sido limitadas socialmente por su religión y cultura, relegadas al espacio privado. Sin embargo, para algunas de ellas el Corán surge como alternativa de lucha e integración al espacio público.


 

La visión de la mujer en el mundo occidental es muy diferente a la visión de la misma en el musulmán. Fuente: United Explanations.

El rol que juega la mujer en el islam es tema de controversia y este versa, la mayor parte de las veces, sobre los cuestionamientos que se hacen de la religión y cultura musulmana desde Occidente. Por ello, las miradas que tienen tanto el mundo occidental como el musulmán sobre la mujer en la sociedad son opuestas.

Desde la visión occidental, la mujer en la sociedad musulmana es privada de sus derechos fundamentales, políticos y sociales debido a los tratos discriminatorios, de inferioridad, sometimiento al hombre y a la vida familiar, privándola de participar en los espacios públicos, todo lo cual se justifica en nombre de la religión y la tradición. En contraposición, para el mundo musulmán y principalmente para el islamismo radical, la mujer es el elemento generador de la familia. La familia, a su vez, es la base de la sociedad, el origen de los valores y su solidez constituye el único medio para garantizar una sociedad regida por la rectitud moral. Por lo tanto, la mujer es garantía de la pureza en la sociedad, siendo preciso aislar o sancionar a las mujeres que la vulneran.

Ambas culturas, tanto la occidental como la musulmana, pueden extremar los argumentos uno en contra del otro, que no siempre están relacionados con la defensa de los derechos de la mujer, sino con luchas de carácter político, económico, social y también cultural. Por eso muchas veces la opinión menos conocida es la de la propia mujer musulmana.

Hace algunos años, en el ámbito de la defensa de los derechos de la mujer en esta cultura, ha comenzado a sonar con fuerza un nuevo movimiento, el feminismo islámico que defiende la plena igualdad entre hombres y mujeres partiendo de las enseñanzas del Corán. Estos movimientos feministas reconocen al texto sagrado como liberador, pero también que en la actualidad no es así. Por lo tanto, no es el Corán el que plantea la discriminación de la mujer, sino que se ha producido una degradación de la tradición y una tergiversación de sus enseñanzas que ha tenido como resultado la actual estructura patriarcal de la mayoría de la estados musulmanes, como explica la periodista Ana Fernández Vidal.

¿El feminismo es una opción para la integración de la mujer musulmana a la sociedad en igualdad de condiciones?

Contextualizando la relación entre feminismo e islam, primero se debe entender que el feminismo es toda teoría, pensamiento y práctica social, política y jurídica que tiene por objetivo hacer evidente y terminar con la situación de opresión que soportan las mujeres y lograr así una sociedad más justa que reconozca y garantice la igualdad plena y efectiva de todos los seres humanos. En otras palabras, es un movimiento heterogéneo, integrado por una pluralidad de planteamientos, enfoques y propuestas (De las Heras, 2008).

«No puede lograrse la emancipación de la mujer en un ámbito estrictamente religioso»

De esta forma, el feminismo islámico, como tal, tiene sus orígenes en el feminismo secular, protagonizado por musulmanas y cristianas. Estas feministas surgieron en diversas naciones-estado a lo largo del siglo XX, ya fuera antes, durante o después de la ocupación colonial, y en un contexto de modernización y también de gestación de los movimientos islámicos reformistas. El feminismo secular es un discurso y una práctica creada por mujeres de diferentes comunidades religiosas, de los países árabes del sur del Mediterráneo, que tenía como propósito compartir una nación-estado laica de ciudadanos iguales y donde el Estado y la religión estuvieran separados. Estas feministas y su organización tenían por objetivo garantizar que las nuevas instituciones estatales fueran igualitarias con el género, tanto en la teoría como en la práctica. También querían reformar las «leyes religiosas sobre el estatus personal», entre éstas, los códigos personales musulmanes y cristianos, elaboradas por los Estados. Por lo tanto, denuncian al islam como una religión patriarcal que ha perjudicado históricamente a las mujeres. Aunque reconocen la mejora que significó el islam en su momento, consideran que toda religión monoteísta es en esencia patriarcal, y que no puede lograrse la emancipación de la mujer dentro de un ámbito estrictamente religioso (Badran, 2008).

Feminismo islámico. | Fuente: Web Islam

Sin embargo, el proceso de modernización y los problemas económicos, los conflictos sociales y culturales en los que derivó no encontraron un cauce adecuado de expresión ni de resolución social o política. Se produjo, entonces, la revitalización del islam, lo que significó que en los países musulmanes alcanzara renovado protagonismo el islam fundamentalista sobre el islam progresista, con el fin de resolver mediante la religión todos los problemas sociales y políticos, junto con restaurar la integralidad de los dogmas. Además, es una forma de reaccionar con el fin de proteger su cultura, ante la amenaza que significa Occidente con sociedades liberales en el ámbito económico, político y social, que llevan consigo el capitalismo, la democracia y el libertinaje moral. Las mujeres vieron cómo sus derechos, en aquellas sociedades que habían alcanzado mayor participación, eran cada vez más restringidos y nuevamente eran confinadas a la vida privada, del ámbito familiar, y por tanto, quedaban fuera del espacio público que habían logrado.

En este contexto surge el feminismo islámico, como un movimiento de protesta basado en el Corán, que revindica la posibilidad de alcanzar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres en el marco del islam. Son, principalmente, mujeres musulmanas que no quieren abandonar su religión y rechazan el machismo y el sexismo imperante en la mayoría de las sociedades musulmanas. Los principales planteamientos de este tipo de feminismo son (Prado, 2008):

  • Es un movimiento que cimienta sus bases en el Corán y en el espíritu igualitario del Islam: el Corán es parte fundamental de la obtención de sus demandas de mayor igualdad y es llevado a cabo por mujeres musulmanas dotadas del conocimiento lingüístico y teórico necesario para desafiar las interpretaciones patriarcales y ofrecer lecturas alternativas encaminadas a lograr la igualdad de derechos; y al mismo tiempo como refutación de los estereotipos occidentales y del fundamentalismo religioso. El iytihad —esfuerzo de interpretación— es muy importante en este punto ya que sustenta las demandas del feminismo islámico, en la medida que cualquier musulmán puede interpretar el Corán y es una visión válida, dado que el texto fundamental lo permite.
  • Plantea que se debe realizar una lectura analítica del Corán y que la jurisprudencia islámica clásica no es una interpretación objetiva de los principios del Corán, sino una interpretación vinculada a un tiempo histórico concreto, y realizada desde una perspectiva patriarcal y autoritaria, con un concepto de sociedad muy jerarquizada. Postula, asimismo, que el islam genuino contiene importantes elementos de liberación, como son el sentido igualitario y al ausencia de jerarquías religiosas, y propone la recuperación de estos como marco de emancipación social. Lo cual implica reformar todas aquellas leyes discriminatorias, tanto hacia las mujeres como hacia las minorías religiosas, sexuales o raciales. Si la sharia implica la más mínima discriminación, desde una perspectiva feminista, debe ser rechazada. Por el contrario, si la sharia implica una aplicación posible del mensaje coránico de justicia social y de igualdad de todos los seres humanos, en ese caso, es lícito defender el derecho de los musulmanes a regirse por la sharia.
  • La posición y el rol que ocupa actualmente la mujer en la sociedad musulmana proviene de una visión de la sharia o ley islámica, creada entre los siglos IX y X e impuesta como una verdad inamovible a la que todos los musulmanes deben obediencia. De esta visión han derivado los tratos discriminatorios y vejatorios hacia la mujer, como los castigos corporales, la violencia doméstica, la poligamia, los códigos de vestimenta y la familia que coarta su libertad.
  • De esta forma, el islam no sería una religión patriarcal. Todos los seres humanos tienen la misma dignidad con independencia de su sexo; toda discriminación de género debe ser combatida y completamente erradicada; y una correcta reinterpretación de los textos sagrados y de la tradición jurídica constituyen un importante desafío al patriarcado en un contexto islámico.
  • Por último, el feminismo islámico impulsa la participación de las mujeres en órganos de decisión. Revindica el derecho a la propiedad, a la libertad individual y a la independencia económica, basándose en la tradición islámica. Reclama el acceso a la mezquita como un derecho de las mujeres musulmanas.

Puntos a favor y en contra

Se puede ver que, efectivamente, el feminismo islámico reivindica la defensa de los derechos de las mujeres y la igualdad de género en la sociedad, al igual que lo pretende el feminismo a nivel mundial. Sin embargo, mientras que la religión que se presenta desde el feminismo occidental es una de las principales opresoras de la mujer, para el feminismo islámico se transforma en la herramienta a través del cual las mujeres pueden luchar por la igualdad o en este caso por una integración más justa en la sociedad, considerando la realidad religiosa y cultural de estas sociedades. Lo anterior, para los movimientos feministas más radicales lo invalida como feminismo.

Argumentando a favor, si la religión es la causa por la que han sido oprimidas, discriminadas y relegadas a un rol de inferioridad ante el hombre, la única forma de cambiar su posición en la sociedad es cambiando la interpretación que se ha impuesto desde una sociedad patriarcal. Por ello, el feminismo también debe adaptarse a los contextos políticos, económicos y culturales de cada sociedad, porque de lo contrario, las mujeres musulmanas no tendrían una herramienta válida desde el islam para poder defender sus derechos. Por lo que a estas mujeres respecta, un feminismo que no se justifique dentro del islam está condenado al rechazo del resto de la sociedad y es, por tanto, contraproducente.


 

¿Para qué sirve la literatura?


Cuenta la historia que un reportero le preguntó una vez al gran José Saramago para qué servía la literatura. El premio Nobel le contestó: “La literatura no sirve para nada“. Y dio gracias al Creador, (bueno, no precisamente al creador, porque Saramago era ateo, pero a algo le dio las gracias) porque en este mundo tan… Leer más

Origen: ¿Para qué sirve la literatura? – Zenda

Luz de interior


 

Ser; y no saber nada, y ser sin rumbo cierto…
Rubén Darío.

Escribo para conocerme mejor, pero cuanto más reescribo más extraña me resulta la persona que habla en mí

En mi alma habitan multitud de personas y cada una de ellas, a su vez, goza con la posibilidad de ser otras muchas, y así hasta la locura…

Para hacerme compañía, mi soledad le hace hablar al silencio.

Tengo nostalgia de todo lo que no soy y remordimientos por todo lo que no he hecho. Soy todas esas cosas que me niegan.

Me gusta, mucho más que buscarme a mí mismo, buscarme las cosquillas. ¡Pero es tan difícil hacerse uno reír a solas!


Arte o la búsqueda del Yo


Se inventó una cara.
Detrás de ella
vivió, murió y resucitó
muchas veces…

Un hombre que me fascinó desde que tuve uso de razón. De origen humilde tuvo que sobrevivir a duras penas y se inventó a sí mismo. Fue actor, humorista, compositor, productor, guionista, director y escritor británico.

«Acaso la creación del artista no sea sino una intensa búsqueda del yo, por un lado, y una llamada de atención a los otros, más o menos desesperada, para que reparen en su originalidad, por otro. Ambos caminos determinan en cualquier época y lugar que el artista siempre esté hablando de sí mismo, describiéndose milimétricamente, sondeándose y descubriéndose, a veces hasta la sorpresa, a cada instante.

Narcisismo, vanidad, egocentrismo, necesidad patológica de verse, conocerse y reconocerse, el tema más a mano y más a los ojos del creador empieza y acaba siendo inevitablemente la suma del cuerpo y del alma propios. Espejos, sombras, dobles, el repertorio de hombres distintos que a lo largo de la vida caben en un solo hombre, el extraño, el extranjero que uno siente dentro de sí… son motivos recurrentes en el Arte.

El artista no para de inspirarse en su propia imagen, con inteligencia, con gravedad o burlándose de sí mismo…»

El hombre imaginado
el hombre reflejado
el constructor de espejos.

«No tenía idea sobre qué maquillaje ponerme. No me gustaba mi personaje como reportero. Sin embargo, en el camino al guardarropa pensé en usar pantalones bombachudos, grandes zapatos, un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo fuera contradictorio: los pantalones holgados, el saco estrecho, el sombrero pequeño y los zapatos anchos. Estaba indeciso entre parecer joven o mayor, pero recordando que Sennett quería que pareciera una persona de mucha más edad, agregué un pequeño bigote que, pensé, agregaría más edad sin ocultar mi expresión. No tenía ninguna idea del personaje, pero, tan pronto estuve preparado, el maquillaje y las ropas me hicieron sentir el personaje, comencé a conocerlo y cuando llegué al escenario ya había nacido por completo», …confesó en su Biografía.


Texto de Jose Antonio Mesa Tomé (extracto)
Fotografía deviantart y huffington post

Mascarada


«… Por qué,
si me amabas,
dejas que me desangre solo,
solo (ese solo que cae como gota de sangre)
y a merced de voraces sentimientos-hormiga,
-color de hormiga, diría un mexicano-
sólo como planeta
estallando en el tiempo,
solo como el cadáver de una espiral estrangulada con alambre de espino,
solo, muy solo, solo
(¿no sientes, ya no?)

si me amabas.

Por qué.

Por qué me desarmaste
si pensabas matarme aunque me amabas.

Por qué tantas heridas,
esas bocas de pozo, esos volcanes tristes,
por qué tantas heridas

si me amabas.

si me amabas.

Dime por qué me desarmaste con mentiras
que me dejaron indefenso
ante tu amor borroso y sanguinario

si me amabas.

Dime por qué me amabas
sin valor para amarme»

Anónimo


Soy aquella que nunca has visto,
que amó con los dedos
tu cuerpo y tu agua inmensa.

Un amor que no fue.
Fui la mujer de luz equivocada
tu y yo en la fiebre, frente a frente.

Fue la tarde un abismo de amor
golpeando a saco el pecho
donde has vivido siempre.

Qué fleco de silencio
qué tiempo sin estrías
se abraza hoy a los espejos…

Qué fria flor en la garganta
cuando me cuestionas…
Soy el mar; mis razones anegadas,
naufragado enigma de mi existencia.


Nota:
El segundo poema escrito por mí (basado en poema de Antonio Lucas) es respuesta al primero (Anónimo)


Alambradas


Música: Primavera de Vivaldi

Es curioso, pero ¡NO PUEDO!

Decido escuchar a Vivaldi esta mañana para que alumbre esta nueva primavera, pero hay algo espantoso en mi espíritu que no me deja; hoy esta música y sus imágenes me inspiran dolor, me proyectan al blanco y negro de la vida de miles de seres humanos que transitan moribundos buscando un futuro, no ya un futuro mejor, sino tan solo un futuro para sus hijos. No quiero que se rindan…

¿Por qué nos rendimos nosotros desde los despachos de lujo? ¿Por qué no imaginamos, desde el origen del conflicto, un acuerdo para que huya de nuestro planeta esta barbarie de intereses económicos?

¡No puedo!, hoy me duele más que nunca la primavera, y no estoy sola…
Pero ellos, ellos sí están solos…

Primavera Dolor
Fotografía compartida por Alfredo Cernuda 

Escribo porque no puedo dejar de hacerlo, mis palabras son como la expresión inútil del dolor que me produce ver las mareas de seres humanos viviendo y muriendo entre las fronteras de agua y alambradas.


Todo está dispuesto

El dolor en esta primavera
lleva palpitando el rumor de las tormentas
y el sabor del musgo amargo por sus venas.

Banderas blancas yacen desvanecidas
entre las balas,
hay niños que aún sueñan
y juegan al escondite entre los escombros,
otros, de soledad inmensa,
rezan
ante la inútil ternura de los acantilados.

¡Madre Tierra!

Hazme un hueco en la intemperie,
llego para ser el último de los ahogados,
que sacien tus fauces la inmensa tristeza
de los hombres,
me ofrezco para perderme entre los gestos
ansiosos de las galernas,
empaparme sucesivamente en tu boca
y zozobrar
en la encrucijada obsesiva y mortal de tu vientre.


@mjberistain

Ser escritor?

En 1955 Jorge Luis Borges (Argentina) decidió prologar la edición en español de “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury, donde detalla la maravilla que representa la oportunidad de leer sobre la colonización del planeta Rojo.

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Zoé Valdés


No pesa pero ata, sólo es Amor.
Puso en mis manos un pequeño paquete, que no pesaba nada, envuelto en papel marrón de embalaje. Dentro, una fina cuerda.

¡Felíz cumpleaños!

Zoé Valdés escribió sobre el descubrimiento del libro Yann Andréa; el joven amante de la escritora Marguerite Durás.

Él decía:
“Yo digo ella. Siempre tengo una dificultad para decir la palabra. Yo no podría decir su nombre. Salvo escribirlo…

Zoé buscaba algo que le ayudara a salir de la melancolía que le producían las celebraciones, y, como hacemos algunos, decidió entrar en una librería…

“Busqué una biografía bien triste, de las de desencuadernar volúmenes gruesos con el espesor caliente de las lágrimas. No hallé nada para mi gusto altamente estúpido y sentimentaloide.

Me dirigí al estante de agendas, bastante feas por cierto. Al rato volví a echar una ojeada antes de abandonar la librería; mis ojos se posaron en la foto de la cintilla de cubierta: Ella, Marguerite Duras, vieja ya, y él Yann Andréa, en la flor de su juventud. Seguridad en el rostro de ella, tímida alegría en los ojos de él. Compré el libro sólo por esa foto de infinitos y encontrados sentimientos, pero en la que predominaba la ternura, una extraña ternura. Su título: Cet Amour-là.

Después de aquel rato conseguí sonreir un poco.

Me conformé una vez más con sumergir mi espíritu en la lectura. Elegí el libro que, pensé yo, me haría reflexionar menos que ninguno. ¡Equivocación! Las páginas volaban haciendo que no deseara que su contenido ardiente y esclavo se apagara.

Curiosear en los amores de una escritora no deja de ser una tentación inigualable. Muchos sentirán deseos de aprender de la vida vivida con tanto amor lento, exigente, aprehensivo también, temeroso, viajero, contradictorio, mutante…

Aquel amor no era un libro de amor.
Era la pasión silenciosa, el amor mismo.
Más que escrito, Tatuado”.

Fotografía de blogabay.wp


 

La noche de los tranvías


Quizás había esperado demasiado. Es ridículo el tiempo perdido…

Tras los cristales sucios y mojados por la lluvia observo a una mujer melancólica, una mujer confusa, una mujer bella.

Quizás había esperado demasiado y demasiado tiempo. Por eso no tenía ya prisa, la vida sucedía a su alrededor sin concesiones. Se mantenía erguida con la mirada distraída entre los fantasmas que llenaban su trivial existencia.

Uno desciende por los raíles del silencio y aspira, sin pretenderlo, el viento viciado de los tranvías —a esa hora solitarios—, llenos de aturdimiento. Descender, antes o después, hacia un mundo de tiniebla interior; de soledad perpetua. El camino de ida se parece mucho al camino de vuelta, sólo el movimiento es aparente como el deseo dudando entre las vías metálicas del pasado y del porvenir.

¿Y, si de repente, en esta noche de fantasías prohibidas le viera venir, viera su silueta moviéndose entre la luz queda de las farolas, en ese límite incierto de ser y no ser?

¡Todo es ahora!

Hay voces de ayer ocultas en lugares inalcanzables, y voces agitando el futuro como amenazas contra las sienes del llanto…


@mjberistain
Fotografía Viajesureste.com

Amanecer


Es mi hora bruja, el amanecer.

Es esa hora en la que todas mis neuronas se desperezan  

y, aprovechándose de mi inconsciencia, transitan por libre por el entresijo de sesos en un cerebro que, a estas horas intempestivas, está aturdido.

Yo las dejo hacer… Me divierte sentirlas, risueñas, como chiquillas, saltando de un lado a otro, enredándose entre sus propios flecos, despeinadas, pero con esas caritas llenas de ternura somnolienta y esos labios hinchados y brillantes como fresas jugosas celebrando la vida.

Es verdad que a veces me juegan malas pasadas, aunque les perdono casi todo.

Sigo su juego porque me llenan de vida. Me hace sonreír su forma informal de tirar de mí por rutas palpitantes por las que yo nunca me atrevería a viajar sola desde mi espacio consciente. Además, no siento límites, ni riesgo, ni pudor, ni miedo… Vuelo con ellas en aviones de papel violeta y alas de escarcha por encima de un mundo fantástico. Allí me encuentro, dependiendo del momento, contigo, o con Baudelaire, hay veces que incluso con García Lorca. Lo mismo discuto con Pérez Reverte que presto mi voz a las vocalistas que acompañan a Leonard Cohen; me fundo en su lírica y ahí acabo el día. O, sentada en el suelo, acompaño a Paco de Lucía con mi vieja guitarra.

Hoy eran las seis y cuarto de la madrugada. ¿Qué diantres hacían despertándome a esas horas, después de una noche de copas y fiesta?

He saludado a la luna que me miraba a medias con cara de sorprendida. Ellas, insolentes sin remedio, enredaban juguetonas entre los cofres blandos del silencio donde te guardo. Y, he tenido que enfadarme, porque se les olvida -o no quieren entenderlo- que hay espacios que pertenecen a mi mundo de control mental.

Y a pesar de mis reflexiones y mis nuevas intenciones, así hemos empezado el año…

Texto y Fotografía M.J.B


Apunte sobre la Amistad


Comentario de Rosa Montero

(Refiriéndose al libro de Nativel Preciado sobre la Amistad)

…Hablaba de los miedos (a fracasar, a envejecer, a no ser entendidos, a no ser queridos); de nuestros deseos (de amar y ser amados, de vivir intensamente, de ser más listos, más sabios o más sanos); de nuestras necesidades (más tiempo libre, un empleo digno, unos hijos que te aprecien más, unos padres que te entiendan mejor); de nuestras miserias (la vergüenza de haber hecho el ridículo, o de haber sido moralmente cobarde, o de haber mentido para medrar). Todos esos sentimientos, todas esas emociones y muchas más forman el entramado real de nuestras vidas. Todo eso es lo que verdaderamente nos preocupa y en lo que pensamos, por las noches, en la soledad del duermevela, que es nuestra pequeña muerte cotidiana, el ensayo general del acabóse.

La amistad hay que trabajársela, como uno se trabaja la carrera profesional, o los músculos del cuerpo en un gimnasio. La amistad es un músculo del sentimiento y la emoción, del entendimiento y la convivencia, y hay que hacer muchas pesas para mantenerlo firme y elástico.

Está claro que una buena parte de lo que somos lo debemos al más ciego azar; pero otra parte, enorme, es hija de nuestra voluntad y nuestra elección. Todos los días tomamos una infinidad de decisiones, muchas veces ni siquiera conscientes, con las que vamos modelando la realidad; puede decirse, por tanto, que, una vez alcanzada cierta edad, todos somos responsables de nuestras vidas. Con mayores o menores justificaciones, con mayores o menores atenuantes: pero en definitiva responsables. Y así vamos construyendo o a lo peor perpetrando nuestra existencia, tan lenta y tenazmente como si estuviéramos haciendo crecer una estalactita.

Pero de entre todas las piezas con las que vamos formando, paso a paso, el complejo rompecabezas de la vida, pocas hay de tanta trascendencia como la amistad. Con el tiempo, y mientras todo cae, todo tiembla, todo se despinta y se cuestiona, la amistad va posándose y creciendo, una roca batida por mares turbulentos. Si has sabido invertir, si has sabido elegir, si has sabido construir, esa roca emerge entre espumas y nieblas como un faro. Ésta es una de las pocas pero sustanciosas ganancias que proporciona envejecer: la gloria de ir creciendo año tras año con los amigos, y de saberte recordada, tal como fuiste, en el espejo compañero de sus miradas… Tantas cosas compartidas, tanta vida sólida y común a las espaldas. Por eso es impagable poder encontrarte un día con una persona a quien conoces desde hace, pongamos veinticinco años y comprobar una vez más que sigue viva. Que sigue cerca. Y que te sigue mirando.


 

Escritoras


Alrededor de la persona que escribe libros
siempre debe haber una separación de los demás.
Es una soledad.
Es la soledad del autor, la del escribir.
Para empezar,
uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea.
Marguerite Duras


Jenn Díaz nació en Barcelona, está considerada como una de las plumas destacadas de la generación de autores nacidos en la década de los ochenta.
Este artículo fue publicado en la revista Jot Down y titulado: 
«Las mujeres que no se aburren también son peligrosas...»

En la mayoría de repasos literarios, de listas con escritores, de recorridos por la escritura de países, culturas, estilos o generaciones, el número de mujeres que aparecen siempre es muy pobre. Tanto es así, que acostumbro a leer los artículos que recogen este tipo de inventarios en diagonal, siguiendo la línea de nombres escritos en negrita para comprobar si se ha colado alguna mujer: no, aquí tampoco.

Entonces me retan: hazlo tú. Y me digo que sí, que voy a escribir un artículo, un contraartículo de ¿Hay que aburrirse mucho para escribir bien? pero solo con escritoras, y me doy cuenta de que no se me vienen nombres a la cabeza. No recuerdo ni una sola mujer que se aislara para escribir, que se marchara a otra ciudad, que tuviera un lugar preferido para desarrollar su escritura. Igual es solo un momento de duda, pero no, no se me ocurren. No se me viene a la mente ninguna escritora que se aburriera mucho para escribir bien, porque las escritoras que he leído, las historias de las escritoras que he leido, siempre han estado vinculadas a su vida cotidiana. No diré que más vinculadas a su vida que a su obra, pero sí de un modo parecido. Empiezo a pensar, siempre que intento dar alguna explicación a la falta de protagonismo femenino, en todo lo que leí en Un cuarto propio, de Virginia Woolf, porque funciona como una pequeña biblia femenino-literaria que consultar cuando no entiendo algo. Me pregunto por qué, primero, no hay tantas mujeres en las listas, y segundo, por qué yo tampoco sé dar un artículo de correspondencia a Ramón Lobo utilizando el mismo tema, pero desde el otro lado, desde este lado.

Veo una pequeña hilacha woolfiana por la que decido seguir. La mujer ha pasado por varios estados con respecto al arte, y el primero de esos estados es el de incompatibilidad. No hay filósofas, por ejemplo. Y de según qué años, tampoco escritoras, que son las que me interesan para intentar este artículo. ¿Por qué esa incompatibilidad entre la mujer y el arte en según qué sociedades? En la conferencia que dio Woolf sobre las mujeres y la novela, recogida en lo que ahora conocemos como «Una habitación propia» o «Un cuarto propio», según la edición, Virginia dio la respuesta a algunas de las preguntas, además de lanzar la máxima de que una mujer para escribir necesita dinero y un espacio propio e íntimo para poder hacerlo. El hombre nunca escribió como rebeldía, sino que escribía porque podía y sabía hacerlo. El curso natural de esa escritura iba en función del talento, el tiempo, la sensibilidad y el dinero que tuviera cada escritor, pensador, filósofo o teórico. La mujer, cuando empezó a escribir, lo hizo en la mayoría de casos a escondidas: físicamente o bajo un nombre masculino. La manera de desarrollarse ambas escrituras es distinta y por eso la evolución también lo es, de ahí que a veces se caiga en la etiqueta de escritura masculina y escritura femenina. Virginia Woolf, que me va a acompañar en todo este discurso porque es prácticamente el suyo, sabía que cuando el hombre ya escribía de forma artística, es decir, cuando el hombre escribió como un escritor y no como un hombre que se explica a través de la literatura, la mujer empezaba a utilizar el mismo medio para la autoexpresión.

Virginia explica muy bien cómo el hombre utiliza la escritura como objeto de arte, y la escritura no necesita de nada más, se sostiene sola. Es literatura. Cuando el hombre ya está a la altura del arte literario, la mujer empieza a escribir sobre sí misma. No siempre en diarios, a veces también en forma de ficción, velando su propia realidad. Si en el mismo momento de la historia la mujer está un escalón por debajo del hombre con respecto al motivo por el cual escribe, es normal que vaya mucho más retrasada y le cueste más florecer. Inspeccionar el interior de los personajes parece una tarea más femenina, porque en realidad era lo que hacía la escritora: inspeccionar el interior del personaje, que era el suyo. Mientras que el hombre podía hacerlo o no, porque tenía más recursos para escribir y exploraba, investigaba.

Si la escritora estaba todavía procesando la escritura de autoexpresión para evolucionar a la literatura, es lógico que en el repaso sobre hombres que buscaban un lugar apartado de los placeres y la inmediatez para poder concentrarse, no haya nombres femeninos.

La mujer que escribía todavía se estaba despojando de todos los prejuicios que le suponía escribir, porque no era lo normal. No solo escribía condicionada por su situación de mujer que escribe, sino que sabía que no será bien recibida. Por eso Alfonsina Storni no era bien recibida por las lectoras y Pardo Bazán tuvo que modificar la línea de su biblioteca para mujer porque reclamaban recetas o consejos y no textos sobre el feminismo. Me voy a permitir un ejemplo para ilustrar esta desigualdad: la literatura es el placer sexual, y la escritura es la procreación. Bien, mientras el hombre ya disfrutaba de un placer sexual con respecto a la literatura, ya era capaz de crear, la mujer todavía estaba anclada en el sexo como método para procrear, de modo que, si en la cama se le exigía algo que no fuera una postura cómoda para quedarse después embarazada, sino que le pedían que fuera sensual, por ejemplo, no sabía hacerlo. La escritora primero tenía que superar el momento de la autoexpresión, tenía que superar la escritura personal para dar paso al objeto literario, artístico. No es tan fácil. Parece que me estoy alejando cada vez más del artículo de Ramón Lobo, pero acabaré reconduciendo toda esta teoría que alimenta Virginia Woolf desde su breve ensayo sobre la mujer que escribe.

Si la escritora estaba todavía procesando la escritura de autoexpresión para evolucionar a la literatura, es lógico que en el repaso sobre hombres que buscaban un lugar apartado de los placeres y la inmediatez para poder concentrarse, no haya nombres femeninos. La mujer todavía estaba asimilando su propia escritura, desenmascarándola del Yo para darle importancia al arte, que lo único que importara fuera la novela, el personaje, y no el mensaje que quiere mandar. Para decidir que necesita una concentración mayor para crear, antes tenía que ponerse a crear, y los primeros pasos de la mujer que escribía no era de creación, sino de asimilación de sí misma. Debía despojarse antes de las moralejas, de los personajes que se rebelaban, de las mujeres que destacaban. Estaban demasiado ocupadas defendiéndose a través de su escritura para poder darle el carácter literario que merece una buena novela.

No, no se me venía a la mente ninguna mujer que se marchara a una ciudad para concentrarse y escribir, porque las mujeres que he leído no solo combinaban lo doméstico con lo literario, sino que durante décadas (ya más cercanas) la escritura era su vía de escape, la literatura era usada por las mujeres. “Yo escribí mi salida”, dice Jeanette Winterson en su autobiografía ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Marguerite Duras, Carmen Martín Gaite, Jeanette Winterson, Ana María Matute. Estas cuatro escritoras (a excepción de Duras, que sí tenía una casa en la que se encerraba) escribían para liberarse de algo que era íntimo, y por mucho que se alejaran de los vicios y las ciudades que reclaman tu atención, el motivo de su escritura era demasiado personal para aislarse. Los conflictos maternales, la homosexualidad, la soledad, el problema con la bebida, la muerte de una hija, superar el provincianismo o perder la custodia de tu hijo al divorciarte en una sociedad machista, hacían que la obra de estas mujeres estuviera teñida de su realidad. Así que no solo no se aburrían para escribir bien, sino que necesitaban de su vida cotidiana para nutrir lo que estaban escribiendo. De ahí que se acabe diciendo que las mujeres solo escriben de experiencias propias y sean incapaces de inventar.

En el caso de Frida Kahlo (me permito una excepción entre las escritoras), Clarice Lispector o Sylvia Plath, no podían tomar la decisión de irse a un refugio artístico para poderse concentrar, porque la vida de sus maridos tenía un protagonismo muy fuerte en las suyas, y lo único que hacían era perseguirles.

Entonces intento darle una explicación lógica: la mujer va un paso por detrás porque empezó más tarde y en unas circunstancias poco favorables. Lo que necesitaban las mujeres no era irse lejos del vicio de una ciudad llena de posibilidades, como les pasaba a los hombres, sino aislarse del ruido de su vida cotidiana y, a un tiempo, utilizar ese ruido. Por eso el lugar al que recurrían las escritoras era la habitación propia y no la biblioteca del Museo Británico (Vargas Llosa) o la grisura londinense (Canetti). Solo querían un momento, un momentito por favor, y dejar a un lado todo lo que estaban viviendo para poder escribirlo y después, inmediatamente, seguir viviéndolo. Por otra parte, se esperaba de ellas que no renunciaran a su papel de mujer para ponerse a escribir, pero eso nos aleja de la escritura y nos acerca a lo social.

Así, el siguiente paso con respecto a la literatura, una vez superada la autoexpresión y dando paso a un objeto literario que no necesita excusas, es todavía un territorio poco explorado por la mujer escritora: los ensayos. Martín Gaite reflexionaba sobre la escritura, los cuentos y la literatura en «El cuento de nunca acabar» y Marguerite Duras tiene un breve texto publicado que se llama «Escribir». No hay muchas escritoras que publiquen libros divagando acerca de ello, o que tengan en el mercado un libro como «Autobiografía de papel», de Félix de Azúa. La mujer todavía está ahondando, superada la escritura que busca en el Yo, en el material puramente literario: detenerse y buscar explicación, lógica o teórica a todo ese proceso creativo significa haber superado una serie de obstáculos que todavía no están conseguidos. Mientras la mujer esté utilizando la literatura como exorcismo para superar metas que el hombre ya ha rebasado, no podrá pasar al siguiente nivel literario.

Ahora, antes de leer en diagonal los artículos con repasos literarios en los que no aparezcan mujeres, me preguntaré si la mujer ya está preparada para la enumeración, si el tema que se trata es un territorio explorado por la mujer, o si por lo contrario es uno de esos estados que nos llevan de ventaja los hombres y lo único que nos falta es, además de la habitación propia y el dinero, un poco de tiempo. Al artículo de Ramón Lobo no le faltaban escritoras (bueno, alguna), es a la mujer a la que le falta un paso más con respecto al arte por el arte, sin justificaciones. Cuando la mujer se crea merecedora, como Virginia Woolf en sus excursiones a la biblioteca o Marguerite Duras comprando una casa solo para ella y su escritura, de alejarse de todo para crear, aparecerá en las listas de mujeres que se aburren mucho para escribir bien.


Artículo de Jenn Díaz