Amanecer


Es mi hora bruja, el amanecer.

Es esa hora en la que todas mis neuronas se desperezan  

y, aprovechándose de mi inconsciencia, transitan por libre por el entresijo de sesos en un cerebro que, a estas horas intempestivas, está aturdido.

Yo las dejo hacer… Me divierte sentirlas, risueñas, como chiquillas, saltando de un lado a otro, enredándose entre sus propios flecos, despeinadas, pero con esas caritas llenas de ternura somnolienta y esos labios hinchados y brillantes como fresas jugosas celebrando la vida.

Es verdad que a veces me juegan malas pasadas, aunque les perdono casi todo.

Sigo su juego porque me llenan de vida. Me hace sonreír su forma informal de tirar de mí por rutas palpitantes por las que yo nunca me atrevería a viajar sola desde mi espacio consciente. Además, no siento límites, ni riesgo, ni pudor, ni miedo… Vuelo con ellas en aviones de papel violeta y alas de escarcha por encima de un mundo fantástico. Allí me encuentro, dependiendo del momento, contigo, o con Baudelaire, hay veces que incluso con García Lorca. Lo mismo discuto con Pérez Reverte que presto mi voz a las vocalistas que acompañan a Leonard Cohen; me fundo en su lírica y ahí acabo el día. O, sentada en el suelo, acompaño a Paco de Lucía con mi vieja guitarra.

Hoy eran las seis y cuarto de la madrugada. ¿Qué diantres hacían despertándome a esas horas, después de una noche de copas y fiesta?

He saludado a la luna que me miraba a medias con cara de sorprendida. Ellas, insolentes sin remedio, enredaban juguetonas entre los cofres blandos del silencio donde te guardo. Y, he tenido que enfadarme, porque se les olvida -o no quieren entenderlo- que hay espacios que pertenecen a mi mundo de control mental.

Y a pesar de mis reflexiones y mis nuevas intenciones, así hemos empezado el año…

Texto y Fotografía M.J.B


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