En esta web encontrarás temas relacionados con la literatura que he ido recopilando a lo largo de los años. Si algo de lo que encuentras aquí te interesa o te resulta agradable para disfrutar unos minutos, eres bienvenido a mi mundo. Gracias por tu aprecio. María Jesús
Aprendí a saber lo que era un reloj mucho antes de estudiar en el colegio, qué era, para qué servía y quien lo había inventado. En casa teníamos un reloj de arena que solo funcionaba cuando se le daba la vuelta, si te marchabas mucho rato de su lado, se quedaba parado. Era un rollo, porque no sabías cuánto tiempo había pasado.
Tampoco me preocupaba mucho en aquella época cómo pasaba el tiempo de deprisa, según decían los mayores. Me daba tiempo, desde que me levantaba, de hacer un montón de cosas. Me quitaba las legañas, me miraba en el espejo y no me reconocía. Bueno, sí me reconocía después de lavarme la cara y peinarme. Por supuesto que me tenía que lavar los dientes con aquella pasta roja que se llamaba el torero. Entonces los mayores iban a los toros, pero yo no le encontraba ninguna relación con la pasta de dientes.
Pero, como había tantas cosas que yo no entendía, ¡pues nada!
Iba al cole, volvía a casa a comer y a lavarme los dientes, volvía al cole, jugaba, hacía deporte, volvía a volver a casa… En fin, que me daba para hacer muchas cosas, pero no sabía cómo se medía el tiempo. Era muy difícil entender a los mayores cuando me lo explicaban. Algo así como lo de los Reyes Magos, que tampoco se entendía muy bien.
En la playa un día me enseñaron cómo era un reloj en la arena. Dibujamos un círculo como un sol con rayitas alrededor y pusimos un palito en medio. Entonces me di cuenta de que la sombra del palito se movía. Algo tenía que ver con el sol. No sabía muy bien si era el sol el que se movía o el palito. Me decían que unos señores que se llamaban egipcios y otros que se llamaban incas, que yo no conocía de nada, ya lo venían usando desde hacía muchos años. (¡y… dale con el tiempo!)
Como seguía sin enterarme, de vez en cuando volvía a preguntar para ver si me aclaraba las ideas. Y me contaban que después de aquello se inventaron el reloj de arena. Yo pensaba que se referían a aquel que habíamos dibujado nosotros en la arena, pero no. Era otra cosa.
Se referían a uno como el que teníamos en casa.
Luego otros señores como uno que se llamaba Leonardo da Vinci o Galileo, a los que tampoco conocía y que debían de ser muy sabios, se inventaron mecanismos que hacían tic-tac todo el rato y que contando los tics-tacs se podían controlar cosas como el día y la noche, la primavera, el verano…
Había otros relojes en casa, los fui identificando poco a poco. Yo los miraba muchas veces para ver si veía llegar el verano, que era cuando nos daban las vacaciones. Pero no me enteraba, solo me daba cuenta cuando al salir de casa ya no tenía que ir con abrigo o con paraguas y entonces estaba más contenta.
Me gustaba el reloj que tenían mis padres encima de la mesilla. Tenía como dos campanitas que sonaban ring-ring por las mañanas. Yo no sabía cómo leerlo, pero sabía que era la señal para que nos levantáramos todos de la cama. Algo iba entendiendo por fin.
Ahora han cambiado mucho las cosas. Los niños enseguida aprenden a leer relojes y eso que ahora son más aburridos que los de antes, no hacen tic-tac, ni tienen agujitas que se mueven, ni campanitas. No sé muy bien si los entienden, pero los saben leer. Lo digo porque conozco bien a Andrea. Tiene cuatro años y cuando se despierta muy temprano por las mañanas, va a la habitación de sus padres antes de que suene la chicharrita y les lee los números de color verde brillante de una pantalla que tienen encima de la mesilla de su madre.
Se quedó mirando fijamente a la fuente, absorta, con la cámara de fotos colgando sobre su pecho y sujetándola con las dos manos sin decidirse al enfoque. Era esa primera hora de la tarde en la que el sol de otoño cae en diagonal por encima de los tejados y las sombras van haciéndose un hueco por las calles y por los parques.
Muchas veces había tomado imágenes del agua; le gustaba trabajar con los blancos y los grises, con la luz, con la transparencia, con el contraste, con los brillos del asfalto, con aquella mezcla de lágrimas de lluvia en las pestañas como una amable emoción a veces, otras como una rara conmoción que le invadía de humedad los huesos y el corazón de frío…
Dejó la cámara en un banco solitario del parque y se acercó al borde de la fuente. Cerró los ojos durante unos segundos y se dejó llevar, sin resistirse, hacia los fondos saturados del color.
¿Por qué aquél buscar, aquél dudar y esperar siempre el momento mejor, para comprobar, al cabo del tiempo, frente a aquellas fotografías, que ella, también ella; ella misma había estado allí, en aquel instante, tan breve, tan efímero, tan bello?
@mjberistain Con mi agradecimiento a El Fotonauta por su autorización a utilizar su fotografía.
Actualizo hoy esta entrada con un abrazo y un recuerdo especial a Daniel, allá donde esté. (2017)
“La Literatura es como el Mar, el Arte también, formas que se suceden que se golpean a sí mismas…
son como el fuego, son como el aire, como los cuatro elementos siempre inmutables y siempre cambiantes» Manuel Vicent
La literatura, en su sentido más amplio, se define como cualquier trabajo escrito (aunque algunas definiciones incluyen textos hablados o cantados).
En un sentido más restringido y tradicional, es la escritura que posee mérito literario y que privilegia la literariedad, en oposición al lenguaje ordinario.
El origen de la escritura no marcó el inicio de la literatura. Los textos sumerios y algunos jeroglíficos egipcios, considerados como los escritos más antiguos de los que se tengan registros, no pertenecen al ámbito de la literatura.
Entre los primeros textos literarios aparece el Poema de Gilgamesh, una narración de origen sumerio que fue grabada en tablas de arcilla y cuya primera versión data del año 2.000 A.C. Antes de esta época, las narraciones solían circular de generación en generación a través del lenguaje oral.
El que es considerado el primer texto literario es el Poema de Gilgamesh, escrito alrededor del año 2000 a.C. en caracteres cuneiformes y del que se conservan 12 tablillas de arcilla. En él se encuentran ya algunos temas que serán recurrentes en la historia de la literatura, como es la búsqueda de la inmortalidad y del sentido de la vida y del dolor humano, el viaje aventurero… Se trata de un texto que, aunque tiene mucho de leyenda y de mitología, se puede ya considerar plenamente literario. Se puede decir que entre el 3000 y el 2000 a. C. se inicia la literatura tal y como la entendemos hoy en día. A partir de esa fecha irán apareciendo obras literarias en Mesopotamia, Egipto, Asia Menor, India, Palestina, China, etc… José M. González y Serna Sánchez (Introducción a la historia de la literatura)
En cuanto a la literatura en español, sus orígenes se remontan al siglo X con las Glosas Emilianenses y al siglo siguiente con las Jarchas, un conjunto de breves composiciones líricas de carácter amoroso.
En el siglo XVII, lo que actualmente denominamos «literatura» se designaba como poesía o elocuencia. Durante el Siglo de Oro español, por poesía se entendía cualquier invención literaria, perteneciente a cualquier género y no necesariamente en verso.
A comienzos del siglo XVIII se comenzó a emplear la palabra «literatura» para referirse a un conjunto de actividades que utilizaban la escritura como medio de expresión. A mediados de la misma centuriaLessing, publica Briefe die neueste Literatur betreffend, donde se utiliza «literatura» para referirse a un conjunto de obras literarias. (RAE: la literatura es una actividad de raíz artística que aprovecha como vía de expresión al lenguaje). A finales del siglo XVIII, el significado del término literatura se especializa, restringiéndose a las obras literarias de reconocida calidad estética.
La Literatura tiene a su principal galardón en el Premio Nobel que se entrega cada año desde 1901. Fue así señalado en el testamento del filántropo sueco Alfred Nobel. Según sus palabras, el premio debe entregarse anualmente «a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal». La institución encargada de seleccionar al ganador es la Academia Sueca (Svenska Akademien).
Como vigías del Alba horadan la piedra, inocentes, ininterrumpidos ojos de oscuros silencios licuados en antiguos desvelos
Adentro, al amor de una lumbre entrañable recorren tristísimas la memoria las horas que fueron huidizas esperanzas, las horas que hoy son llagas ardientes surcos de piel enroñada.
Otra tarde se aleja enhebrando su última luz por las grietas…
Prendí a la brisa mis enaguas de otoñales esperanzas.
Rodaron los sueños ilimitados por el eterno verde reciente de los campos robándole, a tientas, hilos de caricias a la bruma tejiéndole entre versos besos de lluvia y enredadera
mientras se desnudaba el otoño palpitándome en las venas…
II
Como vigías del alba horadan la piedra, inocentes, ininterrumpidos ojos de oscuros silencios licuados en antiguos desvelos Adentro, al amor de una lumbre entrañable recorren tristísimas la memoria las horas que fueron huidizas esperanzas, horas que hoy son llagas ardientes surcos de piel enroñada.
Otra tarde se aleja enhebrando su última luz por las grietas…
III
Bulle la ciudad bajo una niebla de rostro insobornable y memoria retrocedida a un ayer difuso como su talle. Dispersas, taladran la bruma obstinadas cúpulas; afiladas conciencias enmarañadas de interrogantes
que el alba es víspera de un nuevo abismo bajo la bóveda vacante.
El poeta escucha a su corazón como a una novia que debe conquistar el mundo.
Pero la novia ya ama al mundo. El poeta debe convertirse en héroe. Debe perder la mente y desarrollar alas. El poeta camina sobre un filo fronterizo intentando transportar a gente real hasta el mundo del arte. El poeta quiere que sanes con él. Quiere que mueras con él. Quiere arrastrarte. Hay Belleza en la Muerte. Las cuchilladas son caricias de seda. Los pétalos encontrarán raíces en las heridas por las que sangres. La gloriosa muerte que conduce a la santidad. El poeta trepando por el brillante reflejo de la escalera tambaleante que cedió bajo sus pies, sus botas partiendo los peldaños con el estruendo de una ametralladora. El poeta surcando cielos en una nave de alas mutiladas.
Grabación realizada en el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián
El poeta escudriñando cielos desde su ávido telescopio. Esperando cada noche desde su ventana. La oscuridad cantando. Las estrellas sujetas con alambres. La luna colgando húmeda como un ojo medio arrancado. Un grito rebelde clama tomar el cielo a sangre y fuego. Apetito imperial. Náusea y Miedo. La Gracia caduca. El vehículo de la ignorancia. ¡Oh, envía al cuervo antes que la paloma! Pero el poeta no pudo curarse. El poeta no pudo morir. El poeta no es más que un poeta. Pertenece al mundo. El poeta secular y mundano avanza por este espectral «valle de lágrimas» con las únicas armas de sus melopeas y su elegante luto, guiado por la marca de nacimiento en su piel. ¡Oh Dios Extranjero que reinas en la gloria terrenal, rodéame de algún poder, debo conquistar Babilonia y Nueva York! El poeta confirmado como la semilla de nuestra nueva sociedad. El poeta ha sido enviado para unificar nuestras más graves preocupaciones espirituales y físicas; «Entiendo las lealtades que insisten en quemar a un niño, asesinar a un presidente o tatuar números en la muñeca de una mujer. Los campos de concentración son vastos e inimaginables, y vuestra libertad está podrida». He aquí una nueva libertad que invita, como mínimo, a un nuevo modelo de determinismo. Un fiero ataque a todos los modos irracionales y psicológicos de represión. Un desafío a los comandantes del orden y el hastío que exige la conquista de un mundo inexistente -porque el mundo ya ha sido destruído- el poeta dirigiendo a sus románticas huestes, un puñado de héroes solitarios, harapientos, vestidos para matar. El poeta intenta traducir al uso común las más altas órdenes de la energía pura, sin negar su propia inclinación a obedecer. Margaritas, palomas y ángeles, colibrís, rosas y corazones. Propaganda religiosa, paisaje. Catálogo, horizonte. Oro marfil carne Dios sangre luna. Una biblia para golpearte hasta la cruz. El criminal hereda a su víctima. La añoranza del vicio de un hombre como Cristo. La vieja arma disfrazada de caridad. Jesús con los leprosos. San Francisco de Asís con los pájaros. La ambición disfrazada de oración. Sois y el poeta está con los pecadores, las prostitutas, los criminales, los marginados. El más blanco loto floreciendo en el lodo más negro. Roshi tocando la campanilla. Rumi girando alrededor del sol. ¿Y Henry Miller? ¿Siempre tienes que acabar subiéndote encima de una mujer para hablar de teología? Gloria y Gloria a ella, que da a luz a Dios, que se inclina sobre la inmensa herida del mundo. Excentricidad y corriente fundamental. Disciplina y Masturbación. El poeta doblado por la forma del Amor. Un jorobado bajo su colina de oro. ¿Cuándo colaboraremos de nuevo, hombres y mujeres, para establecer la medida de nuestras poderosas y diferentes energías? ¿Cuándo volveremos a hablar sinceramente sobre nuestros dementes y homicidas apetitos? Esclavos tocándose. Sus cuerpos sagrados. La carne es una llaga. El dolor no tiene nombre. Crines galopantes. Rápidos como perros. El espíritu humillado. Soy para ti que no vendrás, tu eterno e imperfecto amante espiritual, buceando otros muslos, chupando los pezones de la luna de otra galaxia. Las migajas del amor y los barrios bajos del amor. Soy para ti que no vendrás con correas de tiempo atadas a tu carne. El pelícano con el pecho atravesado. Un grito que detiene al mundo. El corazón; un reloj con péndulo de genitales. Grave decisión ser santo, con el pensamiento puesto en coños, sólo en coños, corazón dinero talento arte sintonizados íntegramente en el coño, ahí es adonde te diriges, un bellísimo espectáculo, un hombre que sabe adónde va. Voy a decirte una cosa, aunque me caiga de narices. Yo inventé la escritura del cielo. Lo hice porque me enamoré de ti, y no tengo miedo a perderte.
De tus labios de ocre sabor a algas llevo impregnada la definición de mi existencia y mi boca,
como del aliento que empaña desde la húmeda concavidad del deseo la sola palabra que te nombra,
pero a ratos me apremian los suspiros tallándome la vida, repitiéndose en exceso hasta llagarme mientras trato de ahogarlos entre gestos extraviados contra el hueco alivio de los espejos.
Y a pesar de que palpita voluntariosa la esperanza afanada contra el goteo invencible del tiempo va supurando distancia la duda erigiéndose en heroína —deidad diabólica— sobre el quebranto de nuestros párpados.
El atrio se fue llenando de caras conocidas, de caras amadas. Faltaban muchos. Habíamos sido una gran Familia y la Vida había ido imponiendo su ley.
La cita era, como siempre en las celebraciones familiares, en la Basílica de Santa María del Coro en la calle Mayor. Los dos bancos primeros estaban vacíos, reservados, esperando que nos instalásemos antes de que llegara Ella.
Entró con su hija mayor, quien le había propuesto una mañana distinta, irían juntas a la Misa Mayor y después se quedarían a ver las Regatas de traineras en la Concha. Vestía un traje de chaqueta sobrio, se notaban, pero poco, sus años, porque siempre había sido una mujer con una actitud dispuesta a la alegría y a la generosidad y seguía así, ofreciendo lo mejor de ella en cada momento de su vida. A la tía Pepi todos le queríamos mucho, es verdad que ella había sido una de las personas que invadieron con luz propia la historia de la familia y, especialmente, nuestra infancia. Allí estábamos esperándola para celebrar su 80 cumpleaños. Incluso sus amigas se habían unido al grupo familiar para compartir la celebración. Ella lo ignoraba. Nos fue descubriendo a su lado poco a poco hasta darse cuenta de que la reunión era en su honor…
Desde el fondo del coro llegaba, todavía sigilosa, la música del órgano de la iglesia. Se calmaron las emociones mientras los oficiantes nos invitaban al recogimiento y a la oración.
La voz de la mezzosoprano Ainhoa Zubillaga —mi querida prima— rompió el silencio con el Ave María atribuida a Giulio Caccini. Su delicadeza y su fuerza, su lirismo llenó el espíritu de aquel encuentro de una emoción única compartida por toda la Familia.
Una fantástica empresa dedicada a inventar me pide que colabore en el diseño de una colección de cuentos para introducir festivamente a los niños en el mundo de la poesía.
Lo primero que pienso es: ¿y para qué tienen los niños que aficionarse a la poesía? Cuando no sé qué pensar sobre un asunto, intento siempre ir a su origen. ¿Qué misteriosa necesidad ha hecho que la humanidad cree poesía durante milenios? He recordado algunos de los poemas que aprendí en mi niñez. «El lagarto y la lagarta/con delantalitos blancos. /Han perdido sin querer/su anillo de desposados.» Este poema de García Lorca contiene unos versos que me siguen emocionando. “Un cielo grande y sin gente/ monta en su globo a los pájaros”. ¿Por qué este verso tan sencillo me produce tanta euforia? Siento que mis posibilidades de mirar se han ampliado. La bóveda celeste que veo todos los días forma ahora parte de un mundo de juguete, es un gran globo de parque de atracciones, que lleva a los pájaros de excursión. Hasta el imponente sol se ha decidido a jugar. “El sol, capitán redondo, lleva un chaleco de raso”.
Creo que ya he encontrado una de las grandes motivaciones de la poesía: La poesía hace valioso el mundo mediante las palabras. El ser humano necesita ampliar sus posibilidades y enriquecer el mundo con ellas. No se conforma con lo que tiene, inventa, explora, pinta, construye, canta.
Una afirmación tan irrebatible como “las cosas son lo que son” resulta, pues, deshumanizadora y falsa. Las cosas son lo que son, más el conjunto de sus posibilidades. La pasividad nos imposibilita, nos lleva a la rutina, a la mediocridad y al tedio. No estamos aburridos porque el mundo sea aburrido, sino que el mundo es aburrido porque lo estamos nosotros previamente. El modorro ve en todas las cosas la monotonía; el poeta, en cambio, lo irrepetible. No hay dos sonrisas iguales. Ni dos llantos. Ni dos manzanas. El lenguaje poético hace relevante lo que teníamos siempre al lado sin percibirlo.
Acuérdense del gran Machado, emocionándose porque “al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido”, le ha brotado una ramita verde. Al contrario, convierte un hecho cotidiano en hecho poético. Y nos hace un gran favor.
He dicho que la poesía hace valiosa la realidad mediante las palabras. Entre las realidades que transfigura está el propio lenguaje, al que hace más expresivo, más cantarín, más juguetón. Jugar con las palabras es un juego que divierte a todos los niños. Jugar es otra de nuestras grandes motivaciones, otra raíz de la poesía. Y hay algunos poetas que han encontrado sus mejores posibilidades no al hacer poesía para niños, sino haciéndose niños para hacer poesía, como Alberti: “Don diego no tiene don, / don/ don dondiego/ de nieve y de fuego; / don, din, don/ que no tienes don/ ábrete de noche, / ciérrate de día, / cuida no te corte/ la tía María, / pues no tienes don”. Recuerdo las deliciosas canciones que cantaban las niñas al saltar a la comba: “Al pasar la barca/ me dijo el barquero/ las niñas bonitas/ no pagan dinero”.
Otras veces, el lenguaje se concentra y adquiere una intensidad mágica. Encierra en una frase muchos significados, y al entenderla parece que estalla en nuestra cabeza como fuegos artificiales. Una situación alegre o triste queda concentrada en once sílabas, como en Quevedo: “Polvo seré, mas polvo enamorado”. Aleixandre cuenta una tragedia en tres líneas: “Tú, en cambio, sí que podrías quererme; / tú, a quien no amo. / Al lado de esta muchacha veo la injusticia del amor”. La poesía concentra e intensifica el mundo. De nuevo otra necesidad cumplida. Aspiramos a vivir, aunque sea intermitente, en la intensidad.
Por último, la poesía nos libera. ¿De qué? De la pesadez, de la desidia, de la desesperanza. Es admirable que un poeta, con tan poco, haga tanto. Esta es la definición de nuestra libertad: hacer mucho con poco. Cuando nos sentimos impotentes, la realidad resulta siempre abrumadora. Pero la inteligencia intenta zafarse de esa opresión, sentirse poderosa y ampliar la realidad con nuevas posibilidades. Aficionar a los niños a la poesía es animarlos a no dejarse apabullar por el mundo, a estar alerta, a sentirse más libres, a admirar. En una palabra, es enseñarles a hacer más valiosa la realidad, y a vivir en ella.
Música de Bosques de mi mente: La última vez que estuvimos todos juntos
Regreso hoy a la casa de los sueños al hogar donde habitaba la inocencia
sin puertas ni ventanas, como límites las alas de un amor muy parecido a la libertad.
Era un tiempo feliz, de pájaros y niños corriendo por los pasillos. La alegría era la voz de la conciencia en nuestros labios, y la brisa de la mañana un aleteo de palomas haciéndonos cosquillas por las cortinas.
Dibujábamos frutos de colores como caricias; besos tiernos que tenían aromas de azahar, y de manzanas.
Pintábamos árboles y elegíamos nombres y olores para las flores; hierbabuena, cariño, albahaca, o ternura.
Era un tiempo de agua. Jugábamos a saltar por las fuentes y los parques. Vivimos el idilio de los cisnes y los ríos. En las playas hacíamos collares y coronas con las conchas, y vestíamos los sueños con encajes de espuma. Éramos las reinas del futuro en el paraíso de las olas.
Fue un tiempo en el que habitó la música con canciones que hablaban de la tierra; de volver a casa.
Como una marejada de amor, hoy íntima, la memoria me convoca a una inocencia nueva, quiere jugar de nuevo al escondite contigo, o a las cuatro esquinas.
Se puebla la mañana con historias de palabras verdaderas y el eco de voces y abrazos que no durmieron nunca, puñados de una luz interminable.
¿Recuerdas?
@mjberistain Fotografía Elena Gurruchaga(D.e.p.) Actualizado 2023-2025
Del mar, al fondo, brotan ventanas; de mi cintura, olas porque me salva el amor al que me condenas y sucede que amanezco entre horizontes nuevos cuando me llenas de besos húmedos los ojos cada vez que se duerme la primavera y yo estoy triste.
Sorry, e-readers. These benefits come from old-fashioned paper books only.
Although more and more people own e-books, it seems safe to say that real books aren’t going anywhere yet. Eighty-eight percent of the Americans who read e-books continue to read printed ones as well. And while we’re all for the convenience of digital downloads and a lighter load, we can’t bring ourselves to part with the joy of a good, old-fashioned read.
As Dr. Seuss once wrote, “The more that you read, the more things you will know. The more that you learn, the more places you’ll go.”
Diving into a good book opens up a whole world of knowledge starting from a very young age. Children’s books expose kids to 50 percent more words than prime time TV, or even a conversation between college graduates, according to a paper from the University of California, Berkeley. Exposure to that new vocabulary not only leads to higher score on reading tests, but also higher scores on general tests of intelligence. Plus, stronger early reading skills may mean higher intelligence later in life.
A quick tip: If you’re looking for a power read, opt for a traditional book. Research suggests that reading on a screen can slow you down by as much as 20 to 30 percent.
Plus, it can boost your brain power.
Not only does regular reading help make you smarter, but it can actually increase your brain power. Just like going for a jog exercises your cardiovascular system, reading regularly improves memory function by giving your brain a good work out. With age comes a decline in memory and brain function, but regular reading may help slow the process, keeping minds sharper longer, according to research published in Neurology. Frequent brain exercise was able to lower mental decline by 32 percent, reports The Huffington Post.
Reading can make you more empathetic.
Getting lost in a good read can make it easier for you to relate to others. Literary fiction, specifically, has the power to help its readers understand what others are thinking by reading other people’s emotions, according to research published in Science. The impact is much more significant on those who read literary fiction as opposed to those who read nonfiction. “Understanding others’ mental states is a crucial skill that enables the complex social relationships that characterize human societies,” David Comer Kidd and Emanuele Castano wrote of their findings.
Flipping pages can help you understand what you’re reading.
When it comes to actually remembering what you’re reading, you’re better off going with a book than you are an e-book. The feel of paper pages under your fingertips provides your brain with some context, which can lead to a deeper understanding and better comprehension of the subject you’re reading about, Wired reports. So to reap the benefits of a good read, opt for the kind with physical pages.
It may help fight Alzheimer’s disease.
Reading puts your brain to work, and that’s a very good thing. Those who engage their brains through activities such as reading, chess, or puzzles could be 2.5 times less likely to develop Alzheimer’s disease than those who spend their down time on less stimulating activities. The paper suggests that exercising the brain may help because inactivity increases the risk of developing Alzheimer’s, inactivity is actually an early indicator of the disease, or a little of each.
Reading can help you relax.
There’s a reason snuggling up with a good book (and maybe a glass of wine) after a long day sounds so appealing. Research suggests that reading can work as a serious stress-buster. One 2009 study by Sussex University researchers showed that reading may reduce stress by as much as 68 percent. “It really doesn’t matter what book you read, by losing yourself in a thoroughly engrossing book you can escape from the worries and stresses of the everyday world and spend a while exploring the domain of the author’s imagination,” cognitive neuropsychologist David Lewis told The Telegraph.
Reading before bed can help you sleep.
Creating a bedtime ritual, like reading before bed, signals to your body that it’s time to wind down and go to sleep, according to the Mayo Clinic. Reading a real book helps you relax more than zoning out in front of a screen before bed. Screens like e-readers and tablets can actually keep you awake longer and even hurt your sleep. That applies to kids too: Fifty-four percent of children sleep near a small screen, and clock 20 fewer minutes of shut-eye on average because of it, according to research published in Pediatrics. So reach for the literal page-turners before switching off the light.
Reading is contagious.
Seventy-five percent of parents wish their children would read more for fun, and those who want to encourage their children to become bookworms can start by reading out loud at home. While most parents stop reading out loud after their children learn to do it on their own, a new report from Scholastic suggests that reading out loud to kids throughout their elementary school years may inspire them to become frequent readers—meaning kids who read five to seven days per week for fun. More than 40 percent of frequent readers ages six through 10 were read to out loud at home, but only 13 percent of those who did not read often for fun were. Translation? Story time offers a good way to spark an interest in the hobby.
No soy especialmente taurina. He ido en contadas ocasiones a una plaza de toros; a varias plazas de toros, pero tengo que reconocer que el día que tuve la oportunidad de asistir a una corrida de toros en la Real Maestranza de caballería de Servilla…
mi percepción de la Fiesta cambió radicalmente.
Aquello era como una celebración casi religiosa.
Silencio, respeto por el hombre (el torero), y respeto por el toro.
Había oído hablar de las «espantadas» de Curro, pero nunca había leído nada de lo que Curro «sentía» cuando estaba cara a cara frente a un toro, frente a un miura, cuando se encontraba mirándole a la muerte de frente.
Me quedé impresionada por la plástica del toreo, allí, en aquel silencio…
«Curro Romero, la esencia»
Artículo de Antonio Burgos
«Hay tardes… en las que se me pasa el sentido del tiempo, y hasta de la gravedad.
Me siento como volando.
Y hay otras veces que me aplasto ahí, que no tengo agilidad de golpe, que la cabeza no me funciona. Y otras veces en que lo veo todo muy claro enseguida.
Esos momentos en que estoy sacando lo que llevo dentro, el cuerpo llega a no pesarme. Incluso llego a tener una sensación muy rara y difícil de explicar: que no tengo cuerpo, que no estoy allí. Es como una levitación, como si flotara. No hay pesadez ninguna en las piernas ni en el cuerpo, ni en los brazos, todo armonioso. Me emociono mucho, veo que los pelos se me ponen de punta, el oído se me va, escucho los olés y las palmas que van y vienen, como si unas veces estuvieran allí y otras veces no estuvieran, y estuviera la plaza completamente vacía, nada más que yo con el toro. Es una emoción que hace una transformación entera de tí.
Llegas a perder hasta la noción del paso del tiempo, que te parece que el lance que has dado es el mismo lance que vas a dar otra vez, y los muletazos, lo mismo, que siempre son el mismo muletazo. Un muletazo que, como estás a gusto, no se termina, aquello tiene una unidad, una armonía perfecta, sin tiempo, sin peso en el cuerpo, hasta sin espacio, sin sonidos, que los sonidos de la plaza se te van y se te vienen. Y yo soy el mismo de siempre, igual que de chaval, que soy el mismo, que mi cuerpo de ahora es el mismo de entonces, porque no lo siento, nada más que siento el alma, quizá en esos momentos esté toreando con el alma, por eso no siento ni el cuerpo ni el peso de la muleta y de la espada, ni las voces ni los oles, ni nada. Son las muñecas solas las que están toreando, son las piernas solas las que están allí. La cintura sola, flexible, sin gravedad, todo sedoso, todo como una inmensa caricia. El toreo es como acariciar. Torear es convertir algo violento en algo bello, saber que llevas dentro la verdad te da una seguridad enorme.
Esos días ni el capote te pesa ni la muleta te pesa, está todo aquello volandero, rodando. Es una maravilla. Y yo estoy palpando en los genes que eso se está transmitiendo de alguna manera. No tal como yo lo siento, pero de alguna manera se está transmitiendo. Escucho el runrún, y siento los ojos de las gentes en la nuca, en la cabeza, que también está muy alerta, aunque esté todo volandero, se abre todo, el cuerpo se te desgarra como en un cante, todo es como si tuviera otro sentido.
Y en los olés se te van y se te vienen, hasta escucho algunos que me parece que son los mismos olés que yo oía cuando estaba guardando cochinos en el cortijo del Gambogaz, por las tardes, los días de viento, y los traía el aire de Sevilla desde la plaza de los toros.
Cuando yo, al oírlos, soñaba que quería ser torero.»
Yo fui Karen Blixen; la mujer que se dejó lavar la cabeza por Denys Finch-Hatton un atardecer en mitad de Africa.
«Memorias de África fue una película libremente inspirada en la obra homónima de la escritora danesa Isak Dinesen. A principios del siglo XX, Karen (Merryl Streep) contrae un matrimonio de conveniencia con el barón Blixen (Brandauer), un mujeriego empedernido. Ambos se establecen en Kenia con el propósito de explotar una plantación de café. En Karen Blixen nace un apasionado amor por la tierra y por las gentes de Kenia. Pero también se enamora perdidamente de Denys Finch-Hatton (Robert Redford), un personaje aventurero y romántico a la antigua usanza, que ama la libertad por encima de todas las cosas.»
… Sin embargo, para entonces, yo llevaba muchos años enamorada de otro hombre. Cuando le conocí tenía el aspecto de un leñador del oeste profundo. Enseguida me repelieron sus grandes manos de uñas negras, sus botas embarradas y su ropa llena de briznas de hierba y madera. Me sobraban de él más de veinte años de diferencia y cuarenta centímetros de altura, pero fueron su mirada y su sonrisa, dueñas de una presencia portentosa, y de una espalda de entrenador de natación, las que, en aquella época, casi me hicieron morir de amor. —Hay que explicar que yo era una adolescente.
Disfruté con «Bird» por el componente musical del Jazz de Charlie Parker. Reconozco que tuve que ir al cine varias veces a ver «Sin Perdón». —La primera vez me quedé profundamente dormida—. Me volví a enamorar perdidamente de él, en «Los Puentes de Madison», y me dejé llevar, hasta lo absoluto, por Frankie en «Million Dollar Baby».
A pesar de mis escarceos por la vida, con otros hombres como De Niro, Al Pacino, Ralph Fiennes o Clive Owen, y, a pesar de sus ochenta y cinco años… reconozco que sigo manteniendo con él una relación de película.
La primera parte de esta entrada fue publicada en 2015…
Estamos a 6 de Octubre de 2023 y vuelvo a lo mismo…
Continúo enamorada de este hombre.
Hoy lo observo desde cerca en esa última etapa de vida, y sigue siendo una persona a la que admiro profundamente. Me refiero a la ACTITUD necesaria para convivir con el momento y las circunstancias que nos toca afrontar a la raza humana.
Y lo haré repasando algunas pinceladas del texto sobre el artista que ha incluido Volfredo en su post titulado «Envejecer no es para cobardes» de su magnífico Blog LO REAL ES MARAVILLOSO. Palabras muy interesantes tanto del propio Clint Eastwood como de un párrafo destacado de Albert Camus.
«No dejo entrar al viejo en que me he convertido. Me mantengo ocupado. Hay que mantenerse activo, vivo, feliz, fuerte y capaz. No dejo entrar al viejo criticón; que se niega a sí mismo que la vejez puede ser creativa, decidida, llena de luz y proyección«.
“La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que uno sea joven. Dentro de este cuerpo que envejece hay un corazón todavía tan curioso, tan hambriento, todavía tan lleno de anhelo como lo estaba en la juventud. Me siento junto a la ventana y observo pasar el mundo, sintiéndome como un extraño en una tierra extraña, incapaz de relacionarme con el mundo exterior y, sin embargo, dentro de mí arde el mismo fuego que una vez pensó que podía conquistar el mundo. Y la verdadera tragedia es que el mundo sigue siendo, tan distante y esquivo, un lugar que nunca pude captar del todo.” Albert Camus, de “La caída”.
Palabras del propio Clint: «La vejez puede ser creativa, decidida, llena de luz y de proyección»
Ni Dios ni Darwin fue el libro publicado por mi amigo Erramun Gametxo (1914-2006), persona a la que tuve la oportunidad de conocer personalmente, y con la que conversé en muchas ocasiones. Mi admiración por su conocimiento y su discurso estuvo bastante lejos del impresionante ejercicio intelectual que proponía.
Historia de un desencuentro intelectual con mi amigo Gametxo, que ahora vive en el corazón de mi memoria y en mis papeles.
…
Querida Maixux:
Leído que hube -no te rías- leído que hube, digo, tus «notas de autor», me permití la libertad de rebatirlas una por una, despiadadamente. Sé que por ello has de aborrecerme a perpetuidad, pero ya sabes aquello de amica Maixux —léase amicus Plato—, sed magis amica veritas (*)
Tengo la sospecha de que no te hacen demasiada gracia las bromas o las chirigotas, porque eres muy «seria». A mí sí me gustan cuando me agrada una persona con la que tengo confianza. Perdóname, pero soy así.
Y vamos al grano, ahora en serio. Como no sé si guardaste copia de las notas en cuestión, destacaré aquellas que me inspiren algún comentario.
Mi deseo primero es que la divergencia de nuestro pensamiento no empañe ni siquiera remotamente nuestra relación, tan singular…
No estoy muy seguro de que haya divergencia de nuestro pensamiento. Más bien creo que la divergencia está en el sentimiento, en las respectivas valoraciones afectivas. En cualquier caso, al menos por mi parte, no se empañará por eso, ni remotamente, nuestra relación.
Existen diferencias importantes en nuestra «cultura»… En cuanto a la cantidad y calidad de conocimiento…
No hay manera de medir la cantidad de conocimiento de las personas que tengan la misma edad. Por supuesto, salvo casos patológicos, cualquier persona de mucha edad tendrá siempre cantidad de conocimiento mayor que cualquier otra persona de corta edad, teniendo en cuenta que, mientras no se especifique qué clase de conocimiento, el de las matemáticas superiores o el de la alta teología (p. ej.) es tan conocimiento como el del campesino que sabe sembrar patata o trigo. Hecha la puntualización precedente, manifiesto mi total desacuerdo con tu tesis: en cuanto a cantidad de conocimiento, no existen diferencias importantes entre tú y yo. (¿Entre tú y yo?, ¿O entre ti y entre mí?, «Entre ti y mi», no pega. «Entre tú y entre yo», tampoco. ¡Estamos arreglados; ahora resulta que no sé gramática elemental!)
En cuanto a la calidad del conocimiento, ¿quién es el guapo capaz de afirmar que la calidad de mis conocimientos es mejor (o peor) que la de los tuyos? Los conocimientos de astronomía o de sociología ¿son de calidad mejor, o peor, que los de la geología o los de la economía? Tampoco estoy de acuerdo en que haya diferencias importantes entre tú y yo, en cuanto a calidad de conocimiento.
En cuanto a la estructura del pensamiento…
Ignoro cuál es aquí tu concepto de «estructura». Yo no tengo ninguno. Con arreglo a mis hipótesis, concibo el pensamiento como una función cerebral desempeñada por una estructura cerebral. Pero, obviamente, esta no es pensamiento; una estructura nunca es función, y tampoco una función es nunca estructura. Ahora bien, tocante a la función -aún supuesto que la realidad pudiera confirmar mis hipótesis-, hoy por hoy nadie sabe qué diferencias puede haber entre la función cerebral cognitiva de una determinada persona y la de otra determinada persona. Por tanto, rechazo de plano tu afirmación de que hay diferencias importantes entre tú y yo, en cuanto a la estructura de pensamiento.
En cuanto a la riqueza y dominio del discurso.
Por lo muy poquito -prácticamente nada- que sé de la riqueza y dominio de tu discurso, me es imposible comparar el tuyo con el mío. Sin embargo, una vez de haber visto que tienes marcada tendencia a subestimarte a ti misma, sospecho que tampoco en este aspecto existen diferencias importantes entre tú y yo. Si dijeras que solo existen importantes diferencias de modalidad entre tu discurso y el mío, no discreparíamos.
Me siento limitada para «apreciar» en toda su dimensión los razonamientos contenidos en tu libro.
No entiendo bien esto. Mis razonamientos no tienen dimensión alguna, o son falsos, o no son falsos, y punto. Ahora bien, si te sientes limitada -para comprender que no son (o son) falsos -por tu escasa capacidad intelectual, por lo complejo o lo intrincado de los argumentos, etc.- discrepo totalmente. Otra cosa es que te sientas limitada por causa de tu entendimiento reluctante a cierto tipo de razonamientos (lo que te decía de la modalidad en el precedente párrafo).
Admiro la facilidad con la que te desenvuelves por terrenos filosóficos, científicos y lógicos.
¿Filosóficos y científicos? Error, ¡craso error, Maixux! En mis escritos no encontrarás nada de filosófico. Y en materia científica, si bien se observa, solo hay en él conocimientos muy superficiales, no menos que los de un mediocre estudiante. En cambio, me parece estupendo que admires el trabajo realizado en el terreno de la lógica: el trabajo, el enorme trabajo que he realizado, no la facilidad con que me haya desenvuelto (de facilidad, no hubo nada).
Por mi parte, percibo mejor lo abstracto que tiene la búsqueda de la belleza…
Por aquí, por aquí vienen los tiros… Aquí es donde yo creo que existen diferencias importantes entre ti y entre mí. Según la transcripción de algún periodista, parece ser que la directora del Ballet Nacional de Cuba, Alicia Alonso, el otro día afirmó en Madrid que «con la danza se siembra la vida». Expresiones de este género nunca logran traspasar la epidermis de mi alma o de mi intelecto. Solo veo en ellas la frase afortunada, la frase original, la frase apta para «lucirse» en pura retórica, la frase impactante para ciertas sensibilidades, pero vacía de contenido en el terreno de la verdad y de la razón. ¿Puedo saber de qué manera se puede con la danza sembrar vida? Aquí es donde somos diferentes, Maixux. Para ti, lo que cuenta es la belleza, la emoción, la pasión, la vibración de la vida… Lo expresas claramente en los dos últimos párrafos:
La naturaleza y su misterio me mueven a la emoción. No necesito poseer la verdad última para vibrar, para entender la vida como un delicado y comprometido ejercicio de pasión.
Lo mío está casi en las antípodas. Cierto que siento emoción, y pasión y afectividad. Cierto que fácilmente —con demasiada facilidad— en determinadas circunstancias me echo a llorar a lágrima viva (no me refiero a sentir un gran sufrimiento o desgracia, sino a la pura emoción), pero no puedo «olvidar todo lo demás», y necesito saber por qué lloro, y por qué siento emoción, y por qué tú «vibras», y por qué la naturaleza parece un misterio. Yo sí necesito la verdad (la que tú llamas «última», y que no es la última).
Termino como empecé. Al menos por mi parte, la divergencia no empañará ni remotamente nuestra relación.
Con todo afecto.
D. Gametxo Donostia, 99.08.13
(*) Amicus Plato sed magis amica veritas
es una locución latina atribuida a Aristóteles y citada por Ammonio en su obra La vida de Aristóteles. Su traducción literal es: «Platón es (mi) amigo, pero la verdad (es) más (mi) amiga», aunque puede presentar variantes como «Platón es mi amigo, pero la verdad me es más querida».
Aristóteles, que era discípulo de Platón, admiraba a su maestro, la profundidad de sus pensamientos y de sus razonamientos filosóficos, la corrección moral de su vida y de sus sentimientos, pero juzgaba más importante la verdad que la fidelidad a una persona, por relevante que esta fuese.
Podría ser una alusión al realismo ingenuo de Platón, que, aunque nunca despreció la verdad, a veces parecía no considerarla.
Alma, fue independiente y valiente; una de las mujeres privilegiadas cuyo destino o cuyo único fin en la vida fue el de alimentar la imaginación creativa de los hombres con los que se relacionó, aunque brotaba en ella continuamente el afán de liberarse y realizarse por sí misma. Era una mujer apasionada, con sangre de artista, vinculada a las artes por una pasión absoluta e incondicional.
La influencia de su padre, el pintor Schlinder —aristócrata de nacimiento— amante e intérprete de la naturaleza, fue determinante en su vida, de tal manera que a partir del fallecimiento de este buscó, de manera insaciable, la figura paterna a su lado.
«Mi padre era amante de la música. Tenía una maravillosa voz de tenor alto, y cantaba Lieder de Schumann y cosas por el estilo. Su conversación era fascinante y nunca vulgar. Me pasaba horas enteras junto a él, de pie, viendo cómo su mano reveladora llevaba el pincel. Yo soñaba entonces con ser rica para abrir camino a personas creadoras… Quería tener un gran jardín en Italia con muchos talleres blancos donde, personas importantes pasaran allí su vida dedicada solo al arte, ajenas a las preocupaciones cotidianas… Mi padre me tomó siempre en serio. Cuando murió me di cuenta de que había perdido a mi piloto y la estrella de mi camino sin que, fuera de él, ninguna otra persona lo hubiera sospechado. Me había acostumbrado a hacerlo todo a su gusto, y toda mi vanidad y ambición no habían conocido otra recompensa que la mirada inteligente de sus ojos…«
Frases elegidas de MI VIDA. Alma Mahler-Werfel recoge en este libro sus papeles, diarios, cartas y notas.
«No es lo principal de dónde viene lo hermoso de la vida. Se trata solo de captarlo, sentirlo y transmitirlo a alguien.
He logrado darme cuenta de que no soy feliz, pero tampoco infeliz. De pronto caigo en la cuenta de que solo llevo una vida ficticia. Mi sumisión interna es demasiado grande, mi navío está en puerto, pero hace aguas.
Ahora me muero de amor, ¡y al rato no siento nada! Cuando me siento amorosa, lo soporto todo con la mayor facilidad… Cuando no, la cosa es imposible. Y, sin embargo, sé perfectamente que hasta ahora nunca nadie ha estado tan cerca de mí como él.
¡Si recuperara siquiera mi equilibrio interno!
Desde hace varios días y noches vuelvo a tejer música en mi interior. Es tan intensa y penetrante que, al hablar, la siento debajo de las palabras, y de noche, no me deja dormir.
Cuando más fuerte es una persona, más desea poseer. Lo quiere poseer todo, y cogerlo todo, a veces también lo absurdo. Y debe ser así… Y yo me siento fuerte. Hay que aceptar cualquier incitación a una sensación, venga de donde venga.
Nadie está esperándome. Nadie está preparado para tomarnos sin una propaganda previa. Todo el mundo tiene que ofrecerse en toda su intensidad, para atraer, para incitar y para deslumbrar. Es una obligación.
Porque esta intensidad aumenta el calor del mundo, y hay que calentar la Tierra, no enfriarla.
Para conquistar la libertad hay que ser también libre por dentro, y eso es lo difícil.»
Alma Mahler nació en la Austria de los Habsburgo en 1879, falleció en Nueva York en 1964. Estuvo casada con el compositor Gustav Mahler, con el arquitecto Walter Gropius y con el novelista y poeta Franz Werfel. Amante también del pintor Oskar Kokoschka, estuvo íntimamente implicada en los movimientos más importantes de la música, la pintura, la arquitectura y la literatura del siglo XX, y contó con la amistad de muchos de los artistas más destacados de Europa.
De la biografía de Alma Mahler escrita por Susanne Keegan en 1991.
Por encima del consolidado prestigio de los meses reflexivos y graves del otoño, la cosecha de hojas secas en octubre, el frío concentrado en las gotas de lluvia de noviembre, me entristecen los anuncios de la vuelta al cole, esas fotos tramposas, alevosamente falsas, de estudiantes felices con carpetas y libros que campean, como el inexorable filo de la espada más certera, sobre el último sol, las últimas risas conscientes del verano. Luego, cuando la realidad anima la imagen congelada de las fotografías y las aceras se pueblan de figuras diminutas que encorvan los hombros bajo el peso de grandísimas mochilas, los labios apretados, rendidos a una seca expresión de desaliento, sucumbo antes a la remota solidaridad de quien una vez conoció la exacta duración de esa condena que a la provechosa promesa de paz que late en mi mesa, en las teclas de mi ordenador, en mis mañanas de trabajo, en mi propia casa a punto de quedarse vacía de mis propios hijos.
Septiembre me pone melancólica, y resalta las escasas parcelas de mi vida en las que me permito practicar una nostalgia metódica, militante. Yo, que guardo las fotos en un cajón que no abro, para evitarme la tristeza de contemplarlas; que escapo por el dial de la radio de las canciones que bailé de adolescente, para no recordar cuántos años han pasado desde entonces; que sé muy bien por qué me prohíbo ciertas películas, ciertos juegos, ciertos sabores; cultivo, sin embargo, una vieja pasión que tiene mucho que ver con los días de septiembre, con los madrugones y el papel de plata de los bocadillos, con el olor a grafito y goma de borrar que impregnaba unos dedos sorprendentemente pequeños y, sin embargo, míos. Desde entonces hasta ahora he sido fiel a muy pocas cosas. Una de ellas es la ortografía.
Cuando yo aprendí a escribir, en un proceso seguramente inconsciente, que ahora soy incapaz de reconstruir, decidí asignar un valor sentimental a los signos de puntuación, a los acentos y a los accidentes del idioma en general, obedeciendo a un instinto extraño, que me impulsaba a devolver al español adornos -estorbos, dirían otros- que había perdido hacía ya mucho tiempo. Por ejemplo, no sé quién me enseñó a acentuar los monosílabos, incluidos algunos que nunca habían llevado acento, pero la palabra «ti», sin él, me sigue pareciendo más digna de un señor cualquiera que pasa por la calle que del íntimo interlocutor a quien siempre se asigna. Este fervor, casi patológico, por la ortografía ha ido creciendo en la medida en que nuevas normas, aplaudidas por psicólogos, pedagogos y maestros de primaria, han ido despojando las ramas del idioma de hojas superfluas para los demás, pero absolutamente imprescindibles para mí, porque ahora tengo la sensación de haber conocido una selva fértil y maravillosa, llena de sorpresas, de accidentes, de misterios y de trampas, que se ha ido quedando poco a poco en una urbanización de chalets adosados con calles rectas y paralelas, farolas idénticas y cables enterrados. Ese formidable bagaje de signos que animan un texto sin ser letras era como las montañas y los ríos, las lagunas y los mares, los puentes y las calles sin salida en el mapa imaginario del idioma de una niña que empezaba a descubrir, maravillada, cómo conseguían leer los mayores. Nunca olvidaré, por ejemplo, la emoción que sentí al aprender por fin en qué ocasiones la «u» se merecía una corona de dos puntitos. Quizá por eso me decidí a procurar emociones de más, aun al precio de tener que inventármelas.
Sigo siendo fiel a esta extraña ortografía sentimental, y siempre pongo un acento en la «e» de fé, porque, sin él, esta palabra no puede designar sino la amarga impostura de un cínico burlón. Y la tristeza que siento al quitárselo, mientras corrijo un texto para entregarlo, es más triste aun cuando llega septiembre y las aceras se pueblan de escolares que maldicen por dentro las palabras esdrújulas para siempre jamás.
Museo de Arte Contemporáneo diseñado por el arquitecto canadiense Frank O. Gehry localizado en Bilbao (País Vasco) inaugurado en 1997.
Está constituido por formas curvilíneas y retorcidas recubiertas de piedra caliza, cortinas de cristal y planchas de titanio.
El edificio visto desde el río aparenta tener la forma de un barco rindiendo homenaje a la ciudad portuaria en la que se inscribe. Sus paneles brillantes se asemejan a las escamas de un pez recordándonos las influencias de formas orgánicas presentes en muchos de los trabajos de Gehry. Visto desde arriba, sin embargo, el edificio posee la forma de una flor. Para su diseño el equipo de Gehry utilizó intensamente simulaciones por ordenador de las estructuras necesarias para mantener el edificio, consiguiendo unas formas que hubieran sido imposibles de realizar unas pocas décadas antes.
Dentro del aparente desorden de la envolvente, existe un patrón que rige la volumetría. Este es el empleo en todos sus elementos de la máxima curvatura que soporta el titanio. La Gran Sala, también llamada Sala del Pez, se extiende hacia el este hasta acercarse con un puente que atraviesa la ría de Bilbao, el puente de La Salve, una estructura que ya atravesaba el solar antes de la construcción del museo y a la que éste hubo que adaptarse. Tras éste hay una torre que parece ser la continuación del museo y tiene el lado que mira al puente sin revestimiento.
El museo visto desde el este se ve más ingrávido que desde otros lugares, y se pueden observar extraños paralelogramos curvos y torcidos que conforman la sala del pez. Por lo general, las ventanas del edificio tienen formas más racionales. Gehry es el “rey” del contrapunto. Este término viene de otras artes, como la música, y consiste en contrastar cosas muy diferentes colocándolas juntas en el caso de la arquitectura. El interior del museo es menos complicado que el exterior, pero también tiene elementos curvos. Aunque en general el interior es muy diáfano.
En el centro del hall hay un enorme pilar. Además, hay ascensores, pasarelas y escaleras que comunican las tres plantas. Las formas interiores del hall no siguen las formas geométricas y tiene partes recubiertas de piedra y otras acristaladas. La sala más grande del museo es la Gran Sala, conocida también por el nombre de la sala del pez, por su forma exterior. Es muy alargada y alberga obras artísticas de enorme tamaño. Hay salas con la planta en forma de pétalo. Casi todas las salas del museo tienen lucernarios que dan una luz cenital muy interesante.
Para escoger el revestimiento del Museo Guggenheim de Bilbao, Gehry se fijó en las plumas y escamas de muchos animales. Observó sus fijaciones y la posibilidad de movimiento que dan. Le interesa mucho los animales y los sistemas que usa la naturaleza para cubrir superficies curvas, similares a las del museo. Decidió usar «escamas» rígidas de manera que se montasen unas encima de otras. La diferencia entre el revestimiento usado y la piel de los animales es que la de estos últimos está adaptada al movimiento, mientras que la del edificio no, por lo que ambos sistemas de cubrimiento no son los mismos.
Gehry quiso desde el primer momento que estas piezas fuesen metálicas. Barajó varias posibilidades y finalmente se decantó por hacer las piezas de titanio, un metal bastante caro que contrasta con los materiales económicos usados en sus primeras obras. La aleación definitiva es de cinc y titanio, existiendo una proporción mucho mayor del segundo metal.
Se trata de una chapa cuyo espesor es de un tercio de milímetro y resulta muy manejable. Al ser tan fino, se adapta perfectamente a la curva descrita por el edificio. Cada pieza tiene una forma única y exclusiva al lugar que ocupa.
Información de la Web Oficial del Museo. Fotografía de cabecera de Texfoto