(Escribí esto que sigue en 2011. He escrito otra cosa de urgencia, tras su muerte, que se publicará el próximo viernes en EL CULTURAL del diario EL MUNDO.)
LEONARD COHEN ha conseguido reducir su voz a un susurro hipnótico. ¿Por merma de facultades? Sí, pero quizá también por privilegio de su destino: su voz es algo que está ya por encima de la voz, algo que ha logrado convertirse en la metáfora frágil de sí misma, en una fantasmagoría, purificada. Es la salmodia penumbrosa del superviviente, con su traje gris de empleado discreto de funeraria, con su borsalino de hampón dandístico, con su figura descoyuntada de anciano arrullador de batallas antiguas del sentimiento, galán en sus ocasos triunfales, con su sonrisa beatífica propia del monje budista que es, conocido en los monasterios del ramo como Jikan Dharma, que significa el silencioso.
Leonard Cohen sale al escenario con pasos alegres de duendecillo del país de las tinieblas amables. Se arrodilla. Junta las manos en gesto de plegaria. Se destoca. Sonríe. Da las gracias. Empieza su conjuro. Sus canciones nos llegan desde muy lejos: los adolescentes de los 70 del siglo pasado que tocábamos la guitarra teníamos un repertorio de estándares en el que no faltaba “Suzanne”, aunque con cierta licencia en los arpegios, porque éramos aprendices y había que esquematizar los alardes. Aun así, aquella medio chiflada seguía ofreciéndote té y naranjas de la China. Y el Cristo -abandonado, casi humano- permanecía en su torre solitaria de madera. Y aprendías a buscar entre la basura y las flores. Y el sol caía de lleno, como una miel, sobre la dama del muelle. Etcétera. Y nosotros, en fin, bailábamos aquello con las niñas, en la noche artificial de las fiestas tempraneras de los sábados.
Ha pasado el tiempo y ahí siguen sus canciones, más intensas aún porque se han aliado con el tiempo nuestro, con el tiempo de adentro de cada cual, con la historia de cada uno. Estamos en ellas. Conmueve este Cohen de postrimerías. Tan roto y tan poderoso. Tan de cristal y tan irrompible. Tan sujeto a la música por casi nada: por la exactitud temblorosa de la emoción, que es a fin de cuentas el todo. Este Cohen oferente y educado, con su espectáculo grandioso de susurros. Este Cohen que, con apenas cuatro notas básicas, ha sido capaz de escribir canciones que son historias, historias que son poemas, poemas que son música, música que es un himno de intimidad. Este trovador dulzón y oscuro, amargo y luminoso, con su lentitud interior de emocionado reflexivo, con su voz a media voz, con su porte de vendedor honrado de diamantes, de hombre hecho serenamente al encogimiento de hombros y a las fatalidades prodigiosas que nos depara el mundo, como un personaje escapado de una página de Isaac Bashevis Singer, este Leonard Cohen, decía, parece venir desde muy lejos cuando sale al escenario y se destoca.
Parece venir de un tiempo invulnerable al tiempo, de una intemporalidad mágica en la que los sentimientos son inmortales, mientras nosotros vamos de paso por aquí, acogidos a la indefinición y a la fragilidad, y alguien baila ante nosotros con un violín en llamas.
La obra del ferrocarril se preveía que estuviera terminada en dos años. Ya se habían completado los trabajos de la planta de energía y la estación intermedia en la cascada de Kjosfossen. Quedaban por colocar los últimos cinco kilómetros de vía. Pero cuando Alemania se hizo con el poder — en 1940— las autoridades ordenaron continuar con la construcción, para la cual sometieron a obreros noruegos a trabajos forzados en la obra en lugar de deportarlos a Alemania. De esa forma consiguieron que el ferrocarril se inaugurara a primeros de agosto de ese mismo año.
Una noche, mientras cenaban, Mark le anunció a Louise que debía de ausentarse. La reunión con el alto mando iba a celebrarse en Oslo y se quedaría allí algunos días más. Su corazón dio un vuelco, entre las luces rojas que se encendían inquietas en su interior y la mirada inocente de la niña en su regazo. La apretó contra su pecho como buscando un consuelo desesperado ante el desapego de las palabras de aquel hombre por el que habría estado dispuesta a darlo todo.
Louise pasaba la mayor parte del día trabajando mientras Ulma estaba consiguiendo rehacerse con el paso de las horas ayudada por el respeto y el cariño que le ofrecía Louise y la emoción que le embargaba al poder tener entre sus brazos a aquella criatura que era como una continuidad de su propia vida. Pero pasaba las noches valorando la propuesta de Mark de casarse y adoptar legalmente a la pequeña, dándole su propio apellido. Atrapada en la soledad de su silencio, aceptó. Pensó que su unión podría servirle de salvoconducto para ella y para la niña antes de que llegaran tiempos peores.
Se estaban produciendo en Europa movimientos en contra de los judíos y su temor secreto crecía por momentos horadando su ánimo que, por nada quería que se le notara cuando vibraba en brazos de Mark. Pensaba en sus padres, inmigrantes en Suecia país en el que, de momento no parecía temerse la incursión alemana. —Alemania era dependiente del hierro de las minas suecas y de otros materiales para mantener su maquinaria bélica, además de que utilizaba sus vías de comunicación terrestre para llegar a países como Noruega y Finlandia—. Podría alegar enfermedad grave de su padre —que ya manifestaba problemas de corazón— e instalarse provisionalmente con ellos para, desde allí, trasladarse con su hija adoptiva lejos de la zona de conflicto. Fueron días de insomnio y pesadillas que disimuló con inmenso esfuerzo cuando Mark llegó de su viaje de Oslo.
Los trámites para la adopción seguían un curso desigual. Se esperaba la puesta en marcha del primer hogar Lebensborn en Noruega, —una institución benéfica para las mujeres de los oficiales de las SS, que mediante instalaciones como clínicas de maternidad, orfanatos, o servicios de adopción también ayudaría a los nacidos de padres alemanes y madres noruegas, a mujeres noruegas violadas por militares alemanes y a otras que se ofrecieran voluntariamente al proyecto de expansión de la raza aria que promovía el gobierno alemán—.
Él, por su parte, lejos del protocolo de su viaje, pensaba en ella y en la niña. Su nueva misión le reconocía el máximo poder de las fuerzas alemanas en el país. Había sido nombrado comisario y jefe de la administración alemana de Noruega, lo que hacía de él en la práctica el auténtico gobernante del país. Seguiría fielmente los postulados del III Reich como había jurado, y que además, coincidían con sus propias obsesiones particulares. Se casaría con una mujer noruega y tendrían hijos, incluso adoptarían a aquella niña huérfana de un oficial alemán y una mujer noruega, siendo él mismo ejemplo de los objetivos nazis para la generación de la raza superior que poblaría Europa. Pero en su fuero interno la presencia cercana de las tres mujeres pensaba que podía afectarle negativamente en su dedicación al III Reich, planteándole problemas morales, y eso no estaba dispuesto a discutir con nadie.
Desearon el reencuentro sin cuestionarse nada hasta después de varias horas de entregarse al placer de vivirse en aquel ambiente íntimo y familiar, con la niña dormida plácidamente a los pies de su cama. En aquellos momentos Mark dejaba de ser el militar que dinamitaría los últimos vestigios del gobierno noruego para imponer el control de Alemania.
—Hemos llegado demasiado lejos, dijo un sombrío Tervoben a una Louise angustiada por las repercusiones de la guerra en sus vidas.
—Quiero que seas mi mujer, juro protegeros a ti y a la niña, darle mi apellido y cuidar de que nada os falte. Alzó su mano derecha para reforzar su juramento. Louise cerró los ojos y apoyó la cabeza en el pecho del alemán. Él la rodeo con sus brazos poderosos besándole la frente mientras escuchaba la suave voz de Louise en un susurro delirante.
—Mark, pero tenemos que irnos…
La ceremonia civil fue breve y Louise se mantuvo en su casa con Ulma y la niña hasta que obtuvo los documentos oficiales de adopción de Gunhilda y los visados para el viaje de las tres a Suecia. El permiso fue concedido por el motivo de grave enfermedad de su padre y la necesidad de asistencia para su madre imposibilitada. Saldrían en el tren a Myrdal, y de allí a Oslo, donde se quedaría Mark. Las tres mujeres tendrían a su disposición un coche para llegar hasta la frontera de Suecia. Allí no tendrían ningún problema, dado que los visados estarían firmados y sellados por la oficina del propio Comisario del Reich.
Era medianoche cuando llegaron después de un largo viaje en el que apenas se habían cruzado algunas palabras, a Oslo, con el miedo agarrado a sus entrañas. Allí cientos de policías y grupos de militares nazis armados habían tomado la estación y desfilaban, de un lado para otro, bajo una amenazante y tenebrosa luz amarillenta. El pánico se concentraba en sus miradas. Ulma cabizbaja, cubierta por un sombrero que ocultaba su angustia, asumía su destino porque no tenía nada que perder, por otra parte parecía sentirse protegida, sin saber muy bien de qué ni de quién, o hasta cuándo. Para Louise la niña era su salvoconducto. El coche, un BMV 335 negro esperaba a la salida de la estación. El chofer, un oficial de las SS, entregó las llaves a Louise una vez que estuvieron instaladas en su interior, en la parte trasera del vehículo Ulma y la niña.
El Comisario del Reich Mark Terboven tomó las manos de la Oficial Louise Carson fijando sobre ella su mirada incisiva. No hubo tiempo para la ternura. Ella abandonó el gesto atendiendo a la urgencia de una despedida que le llenaba de desasosiego, pero no de dudas. Estaba dispuesta a que aquella fuera la última de su historia juntos. El se quedó rígido en la puerta de la estación y saludó con un gesto militar a la silueta del coche que desaparecía entre la niebla.
NOTA: La imagen de portada fue tomada de internet en 2016, era de tamaño mínimo. He querido conservarla y he probado aumentarla con IA, aunque haya perdido calidad. No era buena originalmente, pero en su día fue la imagen elegida para este relato. Sorry…
«Dormíamos hasta que llegastes con tu corazón diminuto a la casa de madera para compartir dentro todo el bienestar ¿acaso no sabes que es cierto? » -Japandia-
Todos los habitantes del pueblo trabajaban en la obra, también jóvenes de los pueblos de alrededor, incluso algunos llegados del extranjero. Lo llevaban haciendo desde cuando se había iniciado los trabajos, en 1924, como carreteros y constructores de vía, días y noches abriendo las montañas con sus manos. Se construirían veinte túneles, a lo largo de un paisaje salvaje, pendiente y escarpado. Los trabajadores venidos de fuera del pueblo vivían en barracones de madera expresamente construidos para ellos. Se habían organizado en forma de comunidad a la que se habían incorporado también algunas de sus familias. A medida que avanzaba la obra, Myrdal, sin embargo, se convertiría en residencia para los oficiales.
Allí se había instalado el joven ingeniero alemán Mark Terboven, designado para supervisar los trabajos durante el último período de la obras. Era el otoño de 1939 y la puesta en marcha del ferrocarril estaba prevista para el otoño de 1942 —tres años más tarde—.
El bar de Fläm acogía a todos por igual. La presencia del viejo dueño Bjorn era permanente aunque ya solo se dedicaba a departir con sus amigos y vigilar que la comida caliente y el pan tierno de cada día estuvieran asegurados y sus clientes bien atendidos por parte de sus dos hijos Eirik y Frigga.
La Oficial Louise Carson que llevaba trabajando en el valle desde hacía cuatro años, prefirió quedarse a pie de obra en una pequeña casa de madera en la zona de barracones. Era una mujer vital e inquieta; su carácter fuerte y su espíritu conciliador habían hecho de ella una persona admirada y muy respetada por todos los que le conocían. Cuando llegó, enseguida había simpatizado con las familias. Sus padres eran judíos de procedencia austríaca y se habían trasladado a Suecia huyendo de los desórdenes en el centro de Europa siendo ella aún una niña. Cuando terminó su educación básica Louise eligió estudiar Biología y sus padres le facilitaron el trasladó a la Universidad de Oslo —antigua Real Universidad Federicana— al mismo tiempo que se especializaba en fotografía. Su madre le había inculcado su pasión por la lectura y ella fue descubriendo que además le gustaba escribir. Lo hacía después del mediodía, cuando ya había oscurecido y hasta bien entrada la noche, en artículos sobre historia natural en los que incluía imágenes tomadas en sus salidas a la montaña. Consiguió que se los publicaran en la revista mensual de la propia universidad. Una vez terminados sus estudios, se alistó en el ejército noruego como técnico en protección y conservación de recursos naturales. Adoraba su trabajo y el país que había elegido para vivir. Le hacía feliz el contacto con aquella prodigiosa naturaleza: la belleza sobrecogedora de los fiordos, las montañas escarpadas, las amplias mesetas nevadas o las laderas verticales, los bosques abrigados, los glaciares, las cascadas cayendo en las aguas de archipiélagos y playas de arena blanca. La luz de las noches en las que el sol no se ponía, o el resplandor del ártico sobre el silencio de las inmensas extensiones de hielo… Adoraba también la alegría de los pequeños pueblos costeros.
Se dejó caer agotado en una de las sillas de madera, los brazos del ingeniero colgando a los lados de su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos durante varios segundos, o quizás incluso minutos. No se dio cuenta. Le sobresaltó el chirrido inoportuno del vaso de cerveza que Eirik dejaba sobre la mesa. Al verla, sentada enfrente suyo con una sonrisa complaciente, de repente no supo dónde se encontraba. Se incorporó agitando su cabeza de un lado a otro y pestañeando para desperezarse con toda la dignidad de la que fue capaz ante aquella mujer que le había pillado por sorpresa.
—He debido de quedarme dormido, ¡lo siento! —Bostezó, cubriéndose la boca con ambas manos—
—No hay problema, —sonrió Louise— no quería molestarle y estaba aquí esperando tranquilamente. Este es un lugar perfecto para descansar y reponerse. ¿No es cierto? Yo también suelo hacerlo, pero… es curioso que no hubiéramos coincidido aquí antes.
—Bueno —dijo mirándola sin moverse de su asiento— es un placer ¿señora?
—Soy, por si no lo recuerda, Louise Carson. Nos saludamos en la reunión de oficiales en Myrdal hace solo unos días.
—¡Oh, sí!, me acuerdo perfectamente de usted, aunque debo confesarle que, en algún momento cuando la conocí pensé que… —el oficial bajó los ojos y miró al vaso de cerveza intentando justificar la intención de la frase que se le escapaba de la boca, casi sin querer— bueno…, pensé que qué demonios hacía una mujer como usted en un sitio como éste…, —y añadió urgente con una cómica inclinación de cabeza— con todos mis respetos, señora Carson.
A ella le hizo sonreír el comentario y lo aceptó condescendiente.
—De acuerdo, —dijo el hombre— aunque por lo que veo usted ya sabe quien soy yo, en todo caso me presento. Se agitó en la silla, bebió un largo sorbo de cerveza y colocando el vaso en el centro de la mesa, sin soltarlo dijo: soy Mark Terboven. Trabajo con un equipo de diez personas supervisando el trabajo y las necesidades de los hombres, de los movimientos de tierras, de la electrificación, la canalización de las aguas, la puesta en marcha de la central eléctrica, de la colocación de vías…, en fin, soy responsable de que el proyecto llegue a buen fin en los plazos previstos. Así que —compuso en su boca una sonrisa irónica— probablemente yo sea el hombre que busca…
Se hizo un silencio entre ambos que él rompió levantándose de la silla y ofreciéndole su mano a modo de saludo de bienvenida.
—Ahora…, hablando en serio, ¡déjeme que le invite a una cerveza!
—En realidad —dijo Louise— estoy aquí porque en algún momento tenemos que hablar usted y yo de la estación intermedia de la cascada.
Aquella misma tarde y las siguientes, cuando oscurecía, se encontraban en el bar de los hermanos Eirik y Frigga. Sentados uno al lado del otro, sus conversaciones giraban mayormente en torno a la obra. Un par de cervezas solían conseguir suavizar las tensiones de trabajo que les habían enfrentado durante el día. Hablaban también de la guerra —que se avecinaba— y de aquél futuro próximo que para ellos estaba tan lleno de interrogantes. Poco a poco fueron introduciendo comentarios personales en sus conversaciones. Se dejaron llevar por el placer de la compañía y de la complicidad, incluso hasta notaban cómo iba creciendo en cada uno de ellos una cierta dependencia del otro que les salvaba de las noches de miedo cuando el cielo amenazante se llenaba de destellos de mortíferas bengalas cuyos sigilosos silbidos se escuchaban cada vez más cercanos.
Louise, cuando se retiraba a su casa, se dedicaba a revelar las imágenes que había tomado durante el día y a redactar informes. Cuando el sueño se le resistía escribía artículos sobre naturaleza que a veces se publicaban en algunos periódicos locales. No era su problema la soledad en aquellos momentos. En su interior, lejos de arrugarse su espíritu, crecía un conflicto que le obligaba a pensar en la acción. Sin embargo, el acercamiento que se estaba produciendo con Mark le impedía hacerlo con determinación. Por su parte él iba apreciando ciertas señales de que había entre ellos un muro que parecía insalvable, y eso aún le interesaba más de aquella mujer que se le estaba clavando en el alma.
—Hoy háblame de lo que te atormenta. —Dijo Mark con voz severa una de las tardes, mirándola a los ojos—. Se produjo entre ellos un silencio tenso. Mark pasó su brazo sobre los hombros de ella y la apretó contra su costado quitándole importancia a su negativa de enfrentarse al tema. Amaba a aquella mujer.
Les costó más que otras tardes despedirse hasta el día siguiente. Un haz de luz blanquecina se filtraba por la ventana aquella noche. Louise se quedó adormilada en el sillón al lado de la chimenea contemplando el leve y lento desplazamiento de aquella estela polvorienta sobre su mesa de trabajo. Pensaba en él, en su último abrazo que se había demorado más de lo habitual. Se había sentido extraña en sus brazos. No había sido un abrazo fraternal como otras veces, tampoco habían ayudado a entenderlo sus uniformes de oficial, lo sabía. Pero había sido un gesto nuevo en el que se había encontrado con un espacio lleno de cálidas sensaciones a las que no había podido resistirse. Pensaba en él. En cómo se había despegado, sin soltarla de sus brazos, para mirarla a los ojos. Después se habían separado sin decirse nada… Se dejó invadir por el sopor imaginando cómo sería el color y el calor de su piel desnuda. ¿Cómo podría explicarse?. Era capaz de explicar el aire rozando las colinas, el sonido del agua discurriendo por los valles, el grito de algún animal herido desde la lejanía, pero, ¿como explicar aquel mundo de miradas sugerentes, de gestos equivocados y esquivados tantas veces, de palabras que se dejaban caer como si no tuvieran ningún sentido? Aquella tarde había leído el deseo en sus ojos y ella se había agarrado a él como tratando de evitar un precipicio. ¿Cómo explicarse cómo era él y el susurro de su voz deslizándose en su cuello pronunciado su nombre, sus labios lamiendo lentamente sus ojos con la humedad de sus besos, el roce de su mejilla en la suya, sus caricias revolviendo su pelo, o la violencia del vértigo al puro vacío en sus manos atrayéndola firme hacía su vientre encendido…?
Sentía su presencia cercana en el temblor delirante de su cuerpo, sentía su presencia y cómo se iba apoderando de ella y de su sueño en el oscuro silencio.
Le despertaron a mitad de la noche las voces y los golpes en la puerta.
Afuera la noche oscura enmarcaba la palidez sobrenatural de la cara desencajada y sudorosa de Ulma. Llegaba sin resuello, sus manos temblorosas se apretaban con saña a su delantal manchado de sangre.
—Ven conmigo rápido. Louise por favor, te necesito. —consiguió gritar tartamudeando de angustia—
Louise no preguntó nada, no se lo pensó y salió corriendo detrás de aquella mujer, horrorizada. Todavía estaban con vida cuando llegaron. La criatura yacía junto a su madre entre toallas y fluidos y restos de cordón umbilical como un desperdicio gelatinoso y morado, inerte. Las dos mujeres se miraron, no hablaron, intentaron con su coraje y sus manos temblorosas reanimarlas. Cuando la niña lloró Louise elevó los ojos al cielo agradeciendo al Creador su ayuda en aquel instante, pero lloró amargamente cuando se desvaneció finalmente el latido de la mujer que le había dado vida a la pequeña.
—No tiene a nadie más, —se escuchó apenas el lamento de Ulma, sudorosa, con el pelo pegado a la cara y lágrimas imparables brotando de sus ojos, mientras sostenía, apretado a su pecho, el pequeño fardo con vida que lloraba con desconsuelo—. Ulma era una mujer muy respetada y muy querida en el pueblo. Había sido matrona y cuando se retiró y se quedó viuda, continuó ayudando generosamente a las familias. Ulma quiso explicarle a Louise cómo se había complicado un parto que en principio no tenía ningún riesgo. Quiso explicarle que el padre de aquella criatura era marino y había muerto en febrero de aquel mismo año en los incidentes con el buque alemán Altmark en aguas neutrales. Quiso explicarle que ella les conocía bien, que había ayudado a aquella mujer desde su nacimiento, cuando milagrosamente había sido encontrada abandonada, todavía viva, en la base de la gran cascada Fjossen y el pueblo se la había encomendado a ella para su cuidado, que también la había ayudado durante su tiempo de duelo por la muerte de su marido y con su embarazo. Que era la hija que ella siempre deseó tener… Pero su voz no pudo.
Aquella noche de urgencias con la devastadora sensación de muerte a su alrededor, las dos mujeres decidieron ocuparse ellas mismas de solucionar los dos problemas; el enterramiento de la joven y el cuidado de la niña hasta que oficialmente se le pudiera dar una solución. Louise fue quien se ocupó de avisar al médico del hospital de campaña para que revisara a la niña y les ayudara con las gestiones de la mujer muerta. Convinieron en que, en principio, ella se haría cargo de los gastos necesarios para sacar adelante a la pequeña y contrataría a Ulma y le pagaría un sueldo para que se ocupara de sus cuidados el tiempo que necesitaran hasta poner orden en aquel caos. Se organizó para instalar a Ulma y a la niña en su propia casa. Había espacio suficiente y estarían más cómodas las tres. Las horas se alargaban contemplando la evolución de la pequeña mientras cavilaban en darle un nombre. Convinieron en el de Gunhilda —cuyo significado era «doncella en la batalla»— , a ambas les pareció que sería el más adecuado para una mujer que nacía para ser una luchadora en la vida.
Aquella tarde Mark se encontró a una Louise conmocionada que se apretó a su abrazo exhausta. Se rompió en lágrimas bajo la luz amarillenta del parpadeante rótulo del bar. Entre ellos, ambos vestidos de uniforme, descubrieron la grandeza del amor; del amor de la entrega, del amor de la comprensión, de la caridad, la del amor carnal. Aquella noche y las siguientes hablando al calor de la lumbre, fueron desatándose las pasiones; el miedo, la rabia, la responsabilidad, la impotencia… Se miraban uno al otro como si fueran náufragos sin historia ni porvenir en una isla desierta. El silencio de los bombardeos cercanos les asustaba más que el amanecer de otro día entre el caos de la tierra herida; les asustaba más que la imagen de mujeres y niños arrastrando la sed y el hambre por las laderas de aquél bellísimo paisaje que estaba siendo ocupado. Solían amanecer abrazados, sus sueños turbulentos se interrumpían varias veces durante las noches por caricias envueltas en el placer de la proximidad inevitable de sus cuerpos. Se amaban desesperadamente, sus ojos se llenaban de lágrimas de emoción y agotamiento. No había lugar para la soledad en aquel hogar de materia parecida a la ternura. Cada amanecer les sorprendía con la rendición escrita en sus miradas frente al campo de batalla; el amor debía de ser algo así como la pura necesidad de alguien a tu lado cuando el mundo se desmorona. Había estallado sigilosamente por sus venas, arrinconados, contra el muro de la guerra.
Abril llegaba ese año estremecido, con el color de la ceniza en el paisaje. La gente se movía cabizbaja, como somnolienta, no había alegrías que contar, el bar parecía un lento corazón siniestro, ocupado por gentes desconocidas hablando en el idioma del horror. Los mayores dejaron de frecuentarlo y se reunían en la casa de alguno de ellos donde ya solo hablaban, en voz muy baja, de resistencia. Era la primavera de mil novecientos cuarenta.
Con qué ferocidad y a qué hora inoportuna salen tus veinte años de la fotografía para exigirme cuentas. En los ojos heridos de la luz sostienes la mirada de mis sombras, desdeñas la lealtad de mis recuerdos, en la piel transparente anegas el cansancio de mi piel y defines mis años por traiciones.
No escandalices más, hablemos si tú quieres, elige tú las armas y el paisaje de la conversación, y espera a que se vayan los invitados a la cena fría de mis cincuenta años. Por evaporaciones, como las aguas sucias de los charcos se acercan las nubes, caminaré contigo hasta la plaza de tu juventud. Allí están los magníficos árboles de las ciencias y las letras con sus palabras en el mes de mayo, y el orden de los números a la orilla del tiempo, más cerca de las sumas que de las divisiones.
Imagino tu voz, supongo el aire —porque a veces regresa hasta mis labios en noches de espesura— con el que afirmarás que toda libertad es una roca, que no faltan el viento y las razones, sino la voluntad en el timón, para gritar después que mi conciencia es ya ropa tendida, palabras puestas a secar.
Tendrás razón. No digo ni la mitad de lo que siento. Pero recuerda que mi soledad, la que arde en mi lámpara de desaparecido, es el silencio de las causas públicas. Y puedes comprenderme: mis amantes dormidos, el cajón de los barcos indefensos, un teléfono antiguo…, todas las tachaduras se parecen a la inquietud que sufres ante la vida en blanco.
Ya que fuerzas mis sombras con tu luz comprende mi silencio en tus exclamaciones. Porque sabes que sé el lado frágil de la impertinencia, lo que hay de imitación en tu seguridad, la certeza que llega de los otros para empujarte por el afán de ser el elegido, por el deseo de gustar, hasta vivir de oídas en muchas ocasiones.
Aceptaré las quejas, si tú me reconoces la legitimidad de la impostura.
Ahora que necesito meditar lo que creo en busca de un destino soportable, me acerco a ti, porque sabías meditar tus dudas. Cuando tengas la edad que se avecina, admitirás el tiempo de los encajadores, la piel gastada y resistente, el tono bajo de la voz y el corazón cansado de elegir sombras de pie o luz arrodillada.
Después de lo que he visto y lo que tú verás, no es un mal resultado, te lo juro. Baja conmigo al día, ven hasta los paisajes verdaderos en los que discutimos, y me agradecerás la difícil tarea de tu supervivencia.
Pequeña variación sobre Poesía de Luis García Montero
Apuró el final de su cigarrillo Chesterfield que sostenía con la grotesca delicadeza de sus dedos pulgar e índice. Aspiró el aroma de nicotina quemada profundamente, hasta que el humo le inundó los pulmones de un veneno parecido al último placer que pide un condenado a muerte.
¿Cuántas veces le había jurado que dejaría de fumar la próxima primavera?
La mirada expectante, tierna y confiada de su maltés terrier no hacía nada más que perdonarle los pecados cuando, al acabar el tiempo del frío, del silencio y de la soledad de las tardes de domingo de invierno, demoraba su decisión una vez más.
Lanzó la colilla sin apagar al suelo y no se molestó en pisarla, como en otras ocasiones. La miró en la distancia y displicente, como queriendo ignorar el acto con el que estaba en desacuerdo consigo misma, se dio media vuelta y siguió caminando sin rumbo entre las conversaciones ruidosas de la gente que, a esas horas, deambulaban por las calles escasamente iluminadas y estrechas de la parte vieja de la ciudad.
De nuevo sola —pensó—. Dio una patada a una lata de cerveza vacía que alguien había abandonado a su paso. Más que el tabaco le quemaba el vacío que había sentido cuando todo acabó en aquella cama de hospital. Sintió que su historia, la historia de su familia, terminaba con el último aliento de su madre.
—Volver a empezar; volver a empezar de cero —se dijo—, con la desolación llenando sus vacíos.
Agotada, se sentó en un banco de la pequeña plaza de los libreros, debajo del sauce que empezaba a despuntar y cerca del carrusel que seguía dando vueltas, también vacío. Había momentos en los que hubiera deseado morir allí, y otros, en los que pensaba decididamente en la oportunidad de iniciar una nueva vida a su medida. Retumbaba en su cabeza «desde cero…» al ritmo de la música del carrusel «desde cero…».
¿Cómo inventarse una vida nueva con cincuenta años? ¿Dejaría su trabajo de funcionaria y se marcharía lejos, a no sabía qué país, a no sabía qué hacer? No había nada claro en su mente, excepto una sensación de desgarro y de desarraigo que le arañaba el alma cada vez que intentaba pensar en algo más que en respirar.
Clara se dio cuenta de que alguien la miraba.
El dueño del carrusel, alzando las cejas en un gesto interrogante, extendió su mano hacia ella invitándola a dar una vuelta en el tiovivo.
—Es gratis esta noche para ti. —le dijo con simpatía—. Ella se lo agradeció con una mueca triste, pero no se movió del banco. Evitó mantenerle la mirada. Su cuerpo lacio, como el de una marioneta abandonada, ya no pretendía el tirón de los hilos ilusionados de nadie.
—También te puedo leer algún poema, aunque en los rótulos se lea que soy vendedor de versos, esta noche te los dedico, también gratis. No me gusta verte triste. ¿Qué te parece la idea?
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Cepillaba su larga melena cada mañana. Él se dejaba hacer echando la cabeza ligeramente hacia atrás y mirándola de vez en cuando de reojo con una sonrisa tierna y agradecida. Habían caminado como colegas muchas noches después de cerrar el carrusel. Les unía su soledad y el agotamiento de los múltiples fracasos vividos hasta entonces.
De los ojos ya sin brillo de Raúl se escapaba, de vez en cuando, una chispa de emoción juvenil de la que su cuerpo no recordaba apenas nada. Sus piernas blancas de huesos largos apenas podían sostener la levedad de su figura, envuelta en la típica bata azul de la seguridad social, abierta por la espalda. Ella cepillaba con ternura aquella mata de pelo ondulado, y trenzaba sus hebras blancas sujetándolas con una cinta de terciopelo morada a la altura de su cintura. Sabía que el tiempo del aseo íntimo era uno de los momentos más felices de los que le quedaran a Raúl por vivir.
—¿Cuándo te cortaron el pelo por última vez?
Raúl se encogió de hombros. No recordaba. Tampoco quería recordar, el diagnóstico era fatal y solo quería vivir feliz ese tiempo. Únicamente necesitaba que le calmaran el dolor y que, cuando él lo decidiera, le dejaran morir con dignidad. ¿Estaría ella dispuesta a acompañarle en su viaje?
Le había conocido con aspecto desharrapado y vocación de bohemio vendiendo versos en un pequeño garito de madera junto al carrusel de la plaza de los libreros.
¡Versos a voluntad! —se leía en letras grandes, decoradas con rotulador negro, sobre un cartón apoyado en un caballete de pintor.
Al lado, una mesa plegable cubierta con un resto deshilachado de alfombra persa y ,sobre ella, un maletín de cuero viejo, abierto, rebosante de cachivaches: papeles y cartulinas, cajitas de plumillas y vasos de vidrio coloreados llenos de lápices, pinceles y pinturas de colores. Saludaba con entonación risueña y sonrisa cautivadora a los paseantes invitándoles a comprarle algunos versos al módico precio de su voluntad. No era un bufón de feria, era una persona apreciada por los que frecuentaban aquella zona de la ciudad, en especial por los niños y los enamorados. Sin embargo, su personaje le obligaba a vivir como el perfecto equilibrista sobre una fina línea de incertidumbres.
Casi sin darse cuenta, había dejado de fumar. Clara solicitó un permiso sin sueldo de seis meses. Pagó el resto de su hipoteca. Prefirió no alquilar ni vender su casa, mantenerla disponible le daba una cierta seguridad en el caso de que las cosas no salieran como podía imaginar. Le encargó a su mejor amiga el cuidado de su perrita Luna, y dejó abierto el billete de vuelta.
La megafonía del aeropuerto anunció que el vuelo Air Europa B-0722 se retrasaba, sin hora prevista por el momento, debido a la espesa niebla. Bajaron con dificultad hasta la sala de espera de la zona de no fumadores. Se acomodaron en uno de los confortables sofás que daban a los ventanales sobre las pistas de despegue, entonces sin vistas. Apenas hablaban, sus manos entrelazadas en una paz envolvente sin temores ni esperanzas; sin fronteras.
Raul parecía adormilado. Sus pensamientos iban haciéndose más borrosos. Con voz cada vez más apagada, susurraba pequeños poemas de amor mientras su mirada se perdía en el horizonte de bruma.
Clara sintió que desde detrás alguien le tocaba el hombro.
—Señores, la puerta de embarque para su vuelo a Amsterdam se ha abierto; el avión saldrá en breves momentos…
Ella se lo agradeció con una mueca triste, pero no se movió del banco.
La luna creciente proyectaba un reflejo brillante, azul cobalto sobre el fiordo. Era majestuoso y enigmático el paisaje nocturno de aquel valle. Yo pretendía retomar mi contacto con Gunhilda, aquella mujer que me contó la leyenda de la aldea de Fläm. Habíamos dejado muchas cosas pendientes.
Había vuelto a Noruega de vacaciones, esta vez con un grupo de amigos compañeros de la escuela de periodismo. Por supuesto que el objetivo de nuestro viaje era disfrutar de un país con una naturaleza tan prodigiosa, pero, además, en la facultad estábamos preparando un trabajo sobre “el arte de la influencia de masas; educación y propaganda” y siempre habíamos considerado ejemplar el modelo de sociedad establecida que le había situado a este país, a partir de la segunda guerra mundial, en uno de los países más desarrollados del mundo. Así que todos habíamos coincidido en que la elección de viajar aquí era perfecta.
La base de nuestras operaciones la establecimos en el centro del país, en lo que antiguamente había sido una pequeña aldea a la orilla del Sognefiord o «fiordo de los sueños», el mayor y más profundo del país, con 1.300 metros aproximadamente por debajo del nivel del mar. Pero no era el único atractivo de nuestro viaje, estábamos preparados para disfrutar de las variadas actividades organizadas para un turismo cada vez más exigente. Y allí estábamos nosotros.
Por mi parte tenía ya decidido que mi trabajo de fin de carrera tratara sobre la repercusión del nazismo durante la segunda guerra mundial en los países del Norte; Suecia, Noruega y Dinamarca, que fueron los que se mantuvieron neutrales durante la invasión nazi, o por lo menos, como ocurrió en el caso de Dinamarca, lo intentaron. La idea partió de unas conversaciones que había tenido con una de las mujeres del pueblo durante mi estancia de cuatro días cuando acompañé a mi ex-amante a un simposio sobre el cambio climático que se celebró en la ciudad de Bergen. Durante aquellos días hice algunas excursiones en solitario. Me interesó especialmente el pueblo de Fläm y su historia. No solo por la belleza de su paisaje y la situación estratégica cerca del mar de Noruega, estaba apartado unos pocos kilómetros de la costa desde la que entraban los grandes barcos navegando el fiordo, actualmente de pasajeros y turistas, pero que había debido de tener mucho movimiento en otro tiempo. Aquel primer encuentro había conseguido despertar en mí un gran interés y curiosidad por conocer más detalles, y ella, aquella mujer, estaba dispuesta a ofrecérmelos.
Pasé varias horas escuchándola que se me hicieron cortas. Sentí que había dado con la clave para conocer la historia de la zona desde dentro y tengo que reconocer que me había quedado conectada a su relato. Cuando tuve que dejarla y marcharme de vuelta a casa, sentí que se habían quedado muchas cosas pendientes. No solo fue su relato lo que me había interesado, sino especialmente su forma de contarlo, la emoción con la que se expresaba parecía estar reviviendo escenas que jamás hubiera pensado en compartir y que ahora, después de mucho tiempo, por la rara razón de habernos encontrado y haberle emocionado mi proyecto, estaba dispuesta a expresarlas, como si de una biografía se tratara, para colaborar conmigo.
Hubiera parecido que ella estaba implicada personalmente en aquella leyenda que me había narrado el primer día y que comenzaba pocos años antes de que fuera declarada en Noruega la segunda Guerra Mundial por parte de Alemania, pero no. Dijo que aquello había sido simplemente una leyenda, o quizás —añadió con un guiño— pudo haber tenido alguna parte de verdad. Y sonrió.
Me dejó con la duda.
Volver a Noruega, ese era mi sueño cuando salí de este país hace un año.
Me emocionó ver la alegría en sus ojos pequeños cuando volvimos a encontrarnos. Intentaba disimular con sus manos envejecidas bordadas de venas azules como el color de sus ojos, su gran sonrisa.
“La verdad es que no puedo tener recuerdos de mi infancia en el valle —dijo— porque me sacaron del pueblo a los pocos días de nacer, cuando estalló la guerra; sí, la Segunda Guerra Mundial. Nací aquí, en este valle; en este magnífico paisaje —que conocí mucho mas tarde— encerrado entre escarpadas montañas y las profundidades del fiordo. Mi madre Louise fue una mujer imponente que, entre otras cosas, llegó a destacar en el ejército de Noruega y que, durante la guerra, demostró tener un gran coraje que le llevó a arriesgarlo todo para salvar a su familia. Me quedé con la pena de no haber sabido demostrarle suficientemente mi agradecimiento.
Cuando llegó al valle en 1939 como mando del ejército noruego para hacerse cargo del control del impacto medio ambiental de la obra del ferrocarril, se había encontrado con una tierra herida; carros, vagones, picos, palas y vías de hierro parecían colgar vertiginosamente por las laderas de las montañas. La línea de ferrocarril cubriría veinte kilómetros de longitud que iban a unir los pueblos de Mirdal y Fläm atravesando veinte túneles, de los cuales dieciocho de ellos tuvieron que ser excavados a mano debido a la dificultad del propio terreno montañoso. Había que tener en cuenta que tres cuartas partes del trazado en Noruega estaba construido en pendiente y el cincuenta por ciento en curva. Su finalización estaba prevista para el otoño de 1942. Pero entonces mi madre se había encontrado con el valle como un desecho de piedras, de hierro y polvo, absolutamente roto.
Iba a celebrarse el encuentro de los técnicos para el equipo que dirigiría los trabajos de la fase final de las obras. Era mediodía. La reunión estaba a punto de comenzar en la Sala de Oficiales donde esperaban representantes de los gobiernos noruego y alemán. Tan solo había una mujer entre sus filas; una mujer atractiva y segura de sí misma, oficial del ejército noruego. No hablaba con nadie, ni siquiera con sus propios compañeros. Se mantenía firme y seria, con los brazos cruzados. Los hombres que se saludaban y cambiaban impresiones intrascendentes no podían evitar que sus miradas, algunas como rayos encendidos, y otras de irónico refilón, llegaran hasta ella, por una parte, disfrutando de su belleza y por otra preguntándose qué demonios hacía aquella mujer allí. —El papel de la mujer en aquel momento era discreto, aunque es cierto que durante la guerra tuvo que desempeñar funciones importantes, sin embargo, solo una minoría de ellas lo hicieron desde las fuerzas militares—.
Louise Bauman había entendido que el encuentro no tenía carácter de formal, sin embargo, había atendido a la recomendación de su superior para evitar llamar la atención en aquel grupo, más allá de lo evidente. Así que a la reunión debía de asistir vestida con el riguroso uniforme de oficial. No le dio más importancia al tema, a pesar de la informalidad de la situación. El traje se componía de dos piezas color verde gris con la botonadura dorada. La chaqueta corta enmarcaba sin pudor unos pechos firmes que se dejaban intuir entre el movimiento de sus solapas discretamente desabrochadas. —Si uno se acercaba lo suficiente, como para saludarle, además del exótico aroma de su piel, se encontraba de lleno con su escote sin poder desviar la mirada de aquel canal semi-oculto bajo la fina blonda del mismo color que el de su carne—. Y la falda, que se ceñía a su cintura precisamente en el punto del tercer botón atado, dejando libre la tela en un vuelo sugerente alrededor de sus caderas. Sus piernas largas destacaban no solo por la armonía de su estructura joven bajo el brillo transparente de sus medias de cristal, sino por la firmeza de su musculatura y la decisión en su forma de andar desde de lo alto de sus zapatos de tacón.
Cuando se dispuso a entrar en la sala, notó los movimientos subrepticios de algunos oficiales dispuestos galantemente a sujetar la puerta mientras ella pasaba. —Y pensó: son como niños, pero me divierten—.
Había fracasado tantas veces en el amor que entonces ya, por fin instalada en su bellísima madurez, era capaz de ocultar al mundo su triste historia detrás del brillo ardiente y seductor de sus ojos negros. Había muerto para ella la palabra “piedad”, que se había quedado enterrada en algún lugar de su infancia; quizás fue cuando aquél hombre tan agradable y simpático le cogió de la mano a la salida del colegio y empujándola con suavidad hacia su coche le fue contando historias que ella no entendía, pero no se atrevía a decirle que no quería ir con él, que quería irse a su casa, y lloraba pero él le prometió que sí la llevaría, pero primero la llevó a su casa y le rompió el vestido y le besó en la boca mientras sus manos buscaban por su cuerpo pequeño algo que ella aún desconocía y le rasgó también el alma con un arma dura y húmeda que llevaba entre sus piernas y le compró el silencio con amenazas mientras le lavaba tocándola de nuevo y la despidió diciéndole que le había hecho muy feliz y que volverían a verse cuando la dejó más tarde sentada a duras penas en la esquina de una calle oscura que —según le dijo cariñosamente— estaba muy cerca de su casa.
O quizás fue cuando en la universidad aquél imbécil de Knut y sus amigos que andaban siempre mofándose de las chicas la eligieron como reina de la fiesta y al terminar, cuando les acompañaron a todas a casa, la dejaron a ella para el final y en un descampado la tiraron al suelo y la violaron uno tras otro borrachos y entre carcajadas y obscenidades la dejaron como una muñeca de trapo rota, herida para siempre porque después de aquello los médicos le dijeron que sería difícil que pudiera ser madre.
Quizás por todo ello, después de terminar sus estudios de biología en la universidad de Oslo, recibió entrenamiento militar y se incorporó al ejército de su país.
El Dr. Mark Terboven tomó la palabra. Su tez curtida contrastaba con el rubio de su cabello prácticamente rasurado. Sus facciones eran adustas en una cara en la que destacaba la avidez de su mirada azul. No hubo concesiones. Directamente habló de moral y de traición, habló de disciplina y de patriotismo. Remarcó la decisión tomada por su gobierno de continuar con las obras en colaboración con el ejército noruego hasta la puesta en marcha del ferrocarril que iba a cubrir la ruta desde el pueblo de Myrdal hasta Fläm.
Por primera vez, desde que era una niña, sintió un escalofrío de terror. Las palabras del ingeniero alemán le llegaban al cerebro como un eco sordo ininteligible. El silbido en sus oídos se fue haciendo más agudo, sintió un sudor frio y la estancia empezó a fundirse en una especie de húmeda niebla gris. Sentía el corazón acelerado y se le hacía difícil respirar. Tuvo que hacer un esfuerzo por controlarse, suavizar la respiración hasta que consiguió rearmarse. Le costó unos segundos, pero no podía desmoronarse en aquel momento. Salió a respirar aire puro, pero fue inútil; el ambiente viciado del asedio ya se cernía sobre el valle en su imaginación y en sus pulmones.
Cuando terminó la reunión el Dr. Tarboven fue saludando a los oficiales uno por uno y se detuvo especialmente ante Louise para mostrarle su admiración y su respeto por ser la única mujer oficial del proyecto. Le ofreció su mano y cogiendo la que ella le tendía, hizo amago de besarla. Ningún protocolo. Sonrieron con cara de circunstancias. —Tengo entendido que usted y yo vamos a tener que trabajar en equipo —dijo el ingeniero— Antes de nada, vamos a brindar por ello. Y se alejó hacia la mesa donde se había dispuesto un buffet con algunas bebidas. Ella iba a ocuparse de la seguridad y de la observación del impacto de las obras y protección de la naturaleza, y él sería el responsable de que las obras llegaran a buen fin y en tiempo oportuno, iba a ser necesario estar en contacto permanente. —Me temo que, —le ofreció una copa de champán que ella aceptó con un leve gesto de aceptación— en este caso, con bastante probabilidad, habrá momentos o situaciones complicadas o difíciles de sobrellevar —lo dijo con una voz afectada y una cara de sorna para la que Louise, que lo observaba con mirada escrutadora queriendo hacerse una idea de con qué tipo de persona iba a tener que vérselas, de momento no estaba receptiva. Amagó una leve sonrisa de cortesía. La reunión no fue larga y en conjunto resultó un agradable encuentro con el resto del grupo de oficiales. Al despedirse, quedaron en encontrarse al día siguiente sobre el terreno, al pie de la cascada Kjiosfossen, donde iban a iniciarse las obras de la estación intermedia del valle.
Louise no se dejó acompañar a casa, prefirió caminar sola, necesitaba aliviar la sombra de una oscura preocupación nueva. Escuchaba el susurro del viento colándose entre las ramas de los árboles, pero no estaba tranquila. Pensó en sus padres que se habían quedado en Suecia confiados en la neutralidad del país ante una posible guerra. Ella, cuando se había incorporado al ejército también había valorado el tema, pero la situación estaba cambiando y Noruega estaba resultando ser codiciada por varios frentes lo que implicaba que podrían producirse fuertes tensiones entre los países implicados en la contienda.
Se empezaban a apreciar movimientos de las fuerzas armadas de los aliados en sus costas. La posición estratégica del país era apreciada por los aliados como posible base naval, al objeto de lograr el control del Atlántico Norte. Reino Unido sabiendo que Alemania dependía del hierro de Suecia, tan importante para la industria bélica y, dado que gran parte del mineral se embarcaba desde Narvik, decidió establecer un bloqueo que indirectamente pretendía debilitar a los alemanes. Hasta entonces el país se había mantenido en su neutralidad y así lo había declarado a ambos bandos, sin embargo, la situación se estaba complicando.
El antisemitismo empezaba a ser una amenaza seria para la población, aunque ella, de alguna manera, se sentía protegida por su pertenencia al ejército de una nación que mantenía su neutralidad. O quizás, ahora que lo pensaba mejor, no estuviera tan claro que pudiera estar a salvo. No quería alarmarse, pero tuvo que reconocerse a sí misma cuando aquella noche no pudo dormir, que quizás estuviera equivocada.
Había intentado que nada de esto traspasara los límites de su piel en la reunión de oficiales. Pero le había quedado pendiente decirle que ella no se trasladaría a Mirdal donde estaba previsto que se instalara el Centro de Operaciones del ejército alemán para la finalización de la obra del ferrocarril. No le había dicho que ella se mantendría en Fläm cerca de la zona de barracones reservada para las familias de los trabajadores. No le había dicho que era de familia judía.
Cuando había entrado en la reunión no había previsto encontrarse con una situación que haría tambalear sus convicciones más profundas. Ser judía era un pecado desde el punto de vista de los alemanes y no esperaba que ello influyera en su vida de profesional ni personal; hasta el momento no lo había hecho, pero a partir de escuchar las palabras del ingeniero y la fiereza de su discurso, se sintió en peligro. También se sintió atrapada. ¿Cómo conseguiría salir airosa desde su posición en el ejército en el caso de que Alemania violara la condición de neutralidad de su país? ¿Podría ocurrir? Estaba aturdida y esa sensación no le dejaba pensar con claridad ni descansar. Aquella noche lloró, como no lo había hecho desde que era una niña.
Me pregunto por qué escribo y entonces me viene a la memoria esto, del chileno Nicanor Parra:
“¿Que para qué demonios escribo? […] Supongamos que escribo por envidia”.
Supongamos, sí, que escribo porque con frecuencia leo versos que me generan la codicia de no haberlos escrito yo y de no poder nunca escribirlos, pero de todas formas borronear intentos;
supongamos que sigo escribiendo porque en este ejercicio llevo años y aún no aprendo, porque aquí reúno poemas desde los años 90 y otros muy recientes, en lo que no sé si me consuela por ver que soy consistente o me preocupa, por poco original;
supongamos que escribo también por acariciar la huella de los muchos viajes interiores que hago, a veces por selvas, playas, montañas y, muchas veces, desiertos;
supongamos que escribo por contar mi historia repetida con el poema, ese amante al que vuelvo: primero se me resiste, escurridizo. Luego lo abrazo, le hablo suave al oído y cuando creo que ya lo seduje a golpe de ternura o al menos lo cansé, en general alza los hombros, me mira altivo y se zafa. Pero sí, es verdad que a veces también lo doblego;
supongamos que escribo porque el erotismo no es sólo un estado del cuerpo, también es un estado de la palabra y ambos me retan;
supongamos que escribo porque escribir se parece a seducir y en los dos hay riesgos, adrenalina, pero cuando logro el objetivo (en un caso, seducir; en otro, hacer un poema que me deje satisfecha), recibo una descarga de endorfinas que justifica todo esfuerzo;
supongamos que escribo porque para plantarme de cara al mundo, nada funciona mejor que la poesía y el placer;
supongamos que escribo porque uno no puede entender lo que no tiene palabras para nombrar, decía Rosa Montero, de manera que estos poemas surgieron buscando decir el placer para entenderlo, inventarlo de nuevo mediante el lenguaje, hacerlo navegar entre palabras y silencios;
supongamos que escribo porque los buenos poemas se sienten con el cuerpo, igual que el deseo;
supongamos que escribo porque, entre sábanas, un cuerpo es varios, habla lenguas desconocidas, se agiganta y tornasola. Por eso el sexo y la poesía dan escalofríos: son un ir a contracorriente del mundo, un asomarse a tierras vírgenes donde crece el misterio.
Por eso, —señala Danioska— que su libro Rabia de vida/ Rabia debida acude a ambos, poesía y deseo, placer y verso, para tratar de sacarse lo que le arde por dentro, pero siempre lo dice mejor Nicanor Parra. Por eso mejor nos lee el poema completo, mientras lo suscribe:
“¿Que para qué demonios escribo? Para que me respeten y me quieran Para cumplir con dios y con el diablo Para dejar constancia de todo. Para llorar y reír a la vez En verdad en verdad No sé para qué demonios escribo: Supongamos que escribo por envidia”.
EXTRACTO del original publicado por JULIA SANTIBÁÑEZ E. @DANIOSKA
Agarrada a la botella de bourbon la mujer observaba, con mirada extraviada, al resto de clientes que bebían y hablaban escandalosamente en el bar del pueblo. Situado unos cientos de metros por encima de los edificios, desde sus ventanucos podía contemplarse un paisaje escarpado, escasamente habitado, y un estrecho camino de piedras y barro que discurría en zigzag pendiente abajo. La vegetación salvaje y la nieve de los inviernos se habían ocupado de ocultar la antigua carretera de asfalto que conectaba con la ruta a la gran ciudad, así que las provisiones llegaban, con dudosa puntualidad, una vez al mes, excepto durante la época de las grandes nevadas, cuando el pueblo quedaba totalmente aislado. Bill y sus caballos desaparecían durante ese tiempo largo, hasta que volvían a escucharse los hilos de agua discurrir por las vertientes empinadas de las montañas anunciando la llegada de una nueva primavera.
Llegué hasta allí un verano con un grupo de amigos. El objetivo del viaje era hacer treeking por la zona. Entre la documentación que consulté llamó mi atención una leyenda en torno al pueblo de Fläm situado en el corazón del Fiordo de los Sueños. Una mañana de mal tiempo, mientras el resto del grupo se quedaba descansando en las tiendas que habíamos esparcido en uno de los altiplanos del camping municipal, me acerqué andando con la intención de enterarme de primera mano de su historia. La primera persona con la que me encontré fue Gunilda, una mujer alta y fuerte a pesar de sus años, de belleza áspera y origen germano —según me explicó más tarde—.
—¡Buenos días! ¿Podría indicarme con qué persona debo de hablar en el pueblo para poder visitar la antigua iglesia de madera?
—Pues… siento decirle que solo se abre cuando hay enterramientos; de cualquier manera, actualmente tiene más valor el exterior que el interior porque hace años fue saqueada y solo quedan viejas vigas negras soportando la estructura.
—¡Ah!, lástima… Por cierto, seguro que usted conoce bien qué hay de cierto en la leyenda sobre este pueblo que he encontrado citada en todos los folletos turísticos de la zona.
—No me dejó decir más. Me acogió con tantas ganas de hablar que me propuso subir paseando hasta el bar y contarme lo que me interesaba que, según me dijo, tenía mucho más de historia.
Nerta había sido en algún tiempo la más bella del lugar. La muerte se llevó a su familia y ella prefirió quedarse en el pueblo sola, a raíz de la diáspora que se produjo después de la gran inundación. Cada tarde, cuando el sol desaparecía entre las montañas, se acercaba caminando hasta la gran cascada. Necesitaba escuchar el sonido ronco del agua hasta que en su imaginación lo adormecía y su música le hablaba como las voces familiares de su infancia. Era una persona muy querida y protegida por los mayores del pueblo. De ojos avispados color miel y sonrisa franca, sus mejillas se iluminaban sonrosadas cuando su pulso se aceleraba; entonces se despojaba de su gorro de lana gris y soltaba al viento la melena rubia que había mantenido oculta, recogida en una larga trenza, durante los meses de bloqueo invernal.
La llegada del joven Bill al pueblo, con sus caballos llenos de provisiones, era motivo de alegría y de celebración. A pesar de los signos de agotamiento que se marcaban en forma de grandes surcos secos en el rostro del hombre, sin embargo, su voz poderosa estallaba, como siempre, contagiando el ánimo entre los escasos habitantes, todos ya viejos, que habían quedado en Flam, aquel pequeño pueblo resguardado entre montañas a la orilla del fiordo.
—¡Hola amigos!, Saludaba secándose el sudor de la cara con un trapo negruzco en una mano mientras con la otra daba palmadas en el lomo a cada uno de sus caballos—.
Los vecinos del pueblo emocionados querían saludarle al mismo tiempo y se cruzaban sus voces altas en el aire originando una griterío confuso al que el joven atendía con simpatía mientras no dejaba de buscar, impaciente entre el barullo, año tras año, la mirada de Nerta.
En aquella ocasión no pudo encontrarla entre el grupo. Algo le hizo pensar con tristeza en su ausencia. Habían pasado muchos meses desde la última vez que se habían visto y se dio cuenta de que era el azar el que conducía sus sentimientos y decidió que nunca más sería así. Tomó las riendas de los caballos para dejarlos descansar y darles de comer y beber en la antigua granja de Thomas que había sido gran amigo de su padre cuando aún eran unos niños y frecuentaban la escuela local, y al volverse la vio discretamente apartada del grupo, observándolo, y pudo apreciar cómo en sus labios se dibujaba su nombre —¡Bill!— en una amplia sonrisa.
Durante los días que Bill descansaba en el pueblo, solía organizarse una especie de romería bulliciosa que llevaba a los vecinos cada tarde cuesta arriba, hasta el bar, para charlar y escuchar ansiosos las noticias que les traía el carretero desde el otro lado de las montañas. Los ánimos se disparaban, la alegría invitaba a interpretar antiguas danzas al ronco son del violín desafinado de Rufo el ciego. Casi todo estaba permitido esos días; se abrazaban con júbilo, se besaban, gozaban sin pudor en aquél rústico y viejo bar tan entrañable para ellos. Cantaban a coro las mismas baladas y canciones populares de siempre mientras la noche se alargaba bebiendo hasta el amanecer.
—¿Nerta?. —Se puso serio mientras clavaba su mirada en ella acorralando sus gestos en un abrazo espacioso y tierno.
Habían pasado juntos toda la noche sentados en la escalera de madera que daba al zaguán, cantando y hablando en un idioma tan antiguo como el amor.
—No repetiré lo que voy a decirte. —Su voz como un susurro, sin embargo sonó imperativa produciendo en ella un repentino hormigueo en todo su cuerpo, como la picadura de una ortiga, que se adueñó de cada célula de su ser. Nerta sintió que se estaba librando en su interior la batalla definitiva contra su pasado. El enorme peso de su corazón estaba siendo vapuleado ahora por el miedo; no estaba preparada para dejar aquel lugar en el que descansaban sus antepasados. Ella sabía que formaba parte de la leyenda y allí seguiría, aún con el inmenso rencor que sentía hacia sí misma por dejar partir a aquel hombre al que amaba desde que era una niña.
Su vida se convirtió en una sombría sucesión de noches vacías entre paredes desconchadas y maderas que crujían destempladas. Las semanas y los meses pasaban formando una confusión de soles tibios, nubes y nieblas, bajo el amparo de un cielo azul abatido. Los vientos del otoño llegaron aquel año con la violencia de una rara premonición.
Salió del pueblo de madrugada para evitar cualquier encuentro con los vecinos, Nerta se dirigió hacia el antiguo camino que pensaba que le llevaría a la gran ciudad. Cruzó ríos entre profundos barrancos, subió por laderas escarpadas hasta lo más alto de las montañas, bajó a los valles, perdió el norte y la cuenta de los días y de las noches que aumentaban su obsesión por llegar con su abultado vientre hasta los brazos de Bill. Cuando le sorprendió el tiempo de las nieves solo su espíritu deshilachado seguía obedeciendo a los impulsos de su corazón. La crecida de la primavera arrastró su cuerpo dormido y cuentan que los espíritus del valle lo depositaron al pie de la gran cascada Kjosfossen próxima al Fiordo de los Sueños.
Mientras continuaba con su relato Gunhilda separaba cada párrafo con un trago de la botella pegajosa que no paraba de acariciar con sus dos manos. Su mirada extraviada y húmeda denotaba que había dejado de hablar conmigo hacía un buen rato, y yo estaba inmersa en la leyenda que —según insistía— acabaría en su boca porque “ya no queda gente joven interesada en contar nuestra historia”.
Se decía en el bar que, cuando Bill se marchaba de nuevo a la ciudad, podía escucharse el eco de la voz de Nerta entre el ensordecedor murmullo del agua de la cascada; incluso, —decían—, que en las noches de luna llena se veía a lo lejos su larga túnica roja y su larga melena rubia cantando y danzando entre las rocas.
Los vecinos agotaban su vida sentados en el pretil de la iglesia de madera. Bill seguía llegando puntual al pueblo acompañado de sus viejos caballos y las cada vez más escasas provisiones a cuestas. Su abundante barba blanca impedía apreciar el temblor de sus labios cuando recordaban los viejos tiempos…
Después llegaron al valle la obra y la guerra… pero eso fue otra historia…
Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX. J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)
Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanos, visigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que «nuestros ancestros» habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el «pueblo originario» -o los diversos «pueblos originarios», dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de madera con tintero, es que un antiguo presidente del Gobierno de España tuviera la peregrina ocurrencia de declarar que los árabes tenían que pedir perdón a los españoles por haberles conquistado.
Las cosas afortunadamente son algo más complejas y también bastante más interesantes. Me centraré en el caso de los árabes, que es el que mayores confusiones genera, pues no en vano los nacionalismos ibéricos han hecho de la idea de Reconquista su santo y seña particular.
Es un error muy común creer que los árabes eran un pueblo de camelleros nómadas en estado semi-salvaje antes de la aparición del islam. Lo que se sabe de la Arabia preislámica, por el contrario, es que albergaba poblaciones muy diversas, algunas de ellas instaladas en ciudades con larga tradición comercial y una cultura nada rústica. Las miles de inscripciones encontradas allí hablan en distintos dialectos y caracteres de una sociedad estrechamente relacionada con los grandes imperios antiguos, y en la que existían también pujantes reinos e incluso una literatura muy interesante, que ha dejado restos de una excepcional poesía.
Las grandes conquistas producidas tras la aparición del islam no fueron provocadas por un alocado movimiento de tribus montadas en camellos, sino que estuvieron dirigidas por la élite árabe nacida al amparo de la nueva religión predicada por el profeta Mahoma. Lo que sabemos sobre esas conquistas apunta hacia un patrón casi siempre muy similar: la gran debilidad de los estados de la época hacía que dependieran mucho de la suerte del ejército de su rey o de su emperador, de tal manera que su derrota en una o dos batallas campales dejaba sin defensa a unas poblaciones que quedaban abandonadas a su propia suerte. Los ejércitos árabes podían tomar entonces las principales ciudades -Damasco, Jerusalén, Ctesifón, Alejandría, Cartago, Córdoba o Toledo- sin encontrar mucha oposición. Tras hacerse con los resortes de la administración conseguían que la posible resistencia en otras zonas no pudiera reorganizarse y que fueran muchos quienes optaran entonces por pactar con los invasores. Ello permitió conquistas fulminantes de las que se benefició inmensamente la nueva élite, que se hizo construir grandes y hermosos palacios en lugares de la actual Siria y Jordania. En uno de ellos, Qusayr Amra, unas pinturas realizadas para el califa omeya en la primera mitad del siglo VIII muestran al rey visigodo Rodrigo -con una inscripción que le identifica- junto a los emperadores bizantino y sasánida: los grandes derrotados por los ejércitos de los califas.
Precinto de plomo a nombre del gobernador árabe de al-Andalus Anbasa ibn Suhaym (721-726). Colección Tonegawa.
Se dice a veces que la conquista de Hispania del año 711 fue llevada cabo por tropas mayoritariamente bereberes -es decir, gentes procedentes del norte de África- lo cual significaría que de árabe no habría tenido mucho. Sin embargo, esa idea no es correcta, dado que tanto la dirección de la misma, como su orientación ideológica eran árabes, como también lo fue su resultado: la integración de Hispania -ahora llamada al-Andalus– en el imperio de los califas árabes de Damasco. De la misma manera que a nadie se le ocurre dudar del carácter de las conquistas de Roma por la variada procedencia de los legionarios que las realizaban, es erróneo poner en duda el carácter árabe e islámico de la conquista por el hecho de que muchas de sus tropas procedieran del norte de África. Además, en torno al año 741 un nuevo ejército árabe llegó a al-Andalus, y sus numerosas tropas se diseminaron por buena parte de este territorio, contribuyendo así a reforzar el carácter árabe e islámico de la ocupación. Quienes organizaron, dirigieron y administraron la conquista fueron, pues, los árabes, y los testimonios contemporáneos en papiros procedentes de latitudes como Egipto demuestran que, como todos los conquistadores, se tomaron muy en serio su papel de dominio sobre las poblaciones sometidas.
La consolidación de este dominio comenzó a cambiar las cosas. De hecho, es llamativo el destino de los bereberes llegados a la península. Perdieron rápidamente su propia lengua -que nada tenía que ver con el árabe- hasta el punto de que el castellano apenas incorporó palabras procedentes del bereber, al contrario de lo que haría con el árabe, del que proceden entre 4000 y 5000 vocablos. Estos bereberes, por lo tanto, se arabizaron muy rápidamente tanto en su lengua, como en sus nombres y usos culturales. Un sabio andalusí muy conocido, debido a que fue uno de los introductores del rito jurídico malikí, llamado Yahya b. Yahya (m en 848), tenía un nombre indistinguible de cualquier árabe, pero descendía de un ancestro bereber llegado con la conquista cien años antes.
También la población indígena comenzó a adoptar la lengua árabe de forma muy rápida. Hay muchas pruebas de ello. En un célebre texto, el escritor cristano Álvaro de Córdoba se quejaba en pleno siglo IX de que sus correligionarios más jóvenes apenas se interesaban por el latín y los escritos eclesiásticos, prefiriendo la lectura de los poetas árabes. Por la misma época, un gobernador árabe de Mérida, prendado de las antiguas inscripciones que todavía abundaban en la ciudad, quiso saber lo que decían, pero no encontró entre todos los cristianos a nadie que supiera descifrarlas, excepto un clérigo viejo y decrépito. Un siglo más tarde, libros sagrados como los Salmos o incluso el Evangelio tenían que ser traducidos al árabe, como también lo fueron los propios concilios de la iglesia hispana en pleno siglo XI. Todo ello demuestra que los cristianos que todavía quedaban en al-Andalus tenían que traducir sus textos religiosos al árabe para poder entenderlos.
Este proceso de cambio es conocido como arabización. A él contribuyeron también los matrimonios mixtos producidos después del año 711 entre mujeres indígenas y conquistadores. Fueron muy numerosos, -el más conocido el de Sara, la nieta del rey visigodo Witiza- aunque no eran muy bien vistos por las jerarquías eclesiásticas, tal y como demuestra una carta del papa Adriano, quien a finales del siglo VIII, se lamentaba de que en Hispania las gentes daban a sus hijas en matrimonio a los paganos. Estas quejas, sin embargo, poco podían hacer para detener unos procesos sociales imparables, que acabaron suponiendo la fusión de conquistadores y conquistados y la arabización completa de estos últimos. El resultado fue que varias generaciones después de la conquista mucha gente había perdido la conciencia de sus ancestros indígenas.
Un caso muy evidente -y siempre citado- es el del gran escritor Ibn Hazm [en la imagen], autor de un magnífico tratado sobre el amor, El Collar de la Paloma (Tawq al-hamama), quien con toda probabilidad descendía de indígenas, pero para el cual las principales referencias culturales eran árabes y, por supuesto, islámicas. Los casos más extremos de arabización eran los de personajes que, a pesar de que descendían de bereberes o indígenas, pretendían tener ancestros en la Arabia preislámica, lo que da buena muestra del prestigio que esta noción tenía en la sociedad andalusí. La arabización lingüística, por lo demás, ha sido brillantemente demostrada por arabistas españoles como Federico Corriente, que han sido capaces de establecer los peculiares rasgos morfológicos, fonéticos y léxicos que tenía el árabe hablado por la inmensa mayoría de las gentes en al-Andalus.
Siempre que se habla de estas cosas, sin embargo, uno debe temerse lo peor. Es inevitable que surja el Unamuno de turno, que se tome todo esto a la tremenda y nos regale atormentadas disquisiciones, que insisten en ver en lo ocurrido hace mil y pico años los gérmenes de nuestra contemporánea aflicción. Tampoco suele faltar una visión nacionalista árabe que intente demostrar la superioridad de esta cultura a lo largo de los siglos. Las gentes aquejadas por estas visiones tan trascendentalistas del pasado -a pesar de que éste insiste en ser miserablemente materialista- suelen discutir entre sí con gran pasión y con información no muy veraz, lo que provoca embrollos sin cuento, que mezclan lo ocurrido en los siglos medievales con situaciones contemporáneas para perplejidad de los más sensatos.
Me consta que a muchos de mis colegas estos embrollos les provocan cierto tedio y una comprensible desgana por embarcarse en la divulgación de los conocimientos que atesoran. Pero me temo que nuestro compromiso social de historiadores no nos deja elección, y que, a despecho de malentendidos y tergiversaciones, debemos explicar lo que la investigación ha venido sacando pacientemente a la luz y que, en muchos casos, no son meras opiniones, sino hechos plenamente verificados. Y uno de esos hechos es que, tiempo después de la conquista militar, los descendientes de los hispanos sometidos comenzaron a convertirse en árabes desde el punto de vista cultural y lingüístico: algunos siguieron manteniendo su religión cristiana -los llamados mozárabes-, mientras que otros muchos se convirtieron al islam. Queda para otra ocasión este tema, el de la islamización religiosa, del que apenas hemos podido hablar aquí y que merece también una larga explicación.
Mientras tanto quédense con esta idea. Contrariamente a lo que pretende el pensamiento histórico más conservador (que anda últimamente muy desbocado), la Historia es un proceso continuo de cambio y transformación.
Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX. / J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)
Por: Eduardo Manzano Moreno
Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanos, visigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que «nuestros ancestros» habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el «pueblo originario» -o los diversos «pueblos originarios», dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de…
Esto es una advertencia: ayer mismo me acosté teniendo 16 años y hoy me he despertado con más de sesenta. Quiero decir que la vida vuela. Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera. Lo que acabo de decir es una boutade, lo sé; pero, al mismo tiempo, es cierto que, con los años, llegas a un territorio, el de la vejez y la Parca merodeante, que antes nunca habías visto con verdadera claridad. Y entonces te dices: ah, cuánto tiempo perdido. Y no porque mi existencia me desagrade, al contrario, creo que ha sido y es muy intensa y que he hecho todo cuanto he querido hacer. Pero con qué nervios, de qué forma tan atormentada, o tan aturullada, cuántas veces he vivido con el cuerpo aquí y la cabeza en otra parte. Por no hablar de la cantidad de tiempo y de energía perdidos en tonterías, como, por ejemplo, en creerme fea a los 18 años (cuando estaba más guapa que nunca), o en reconcomerme de angustia temiendo no estar a la altura en algún trabajo. Por eso, repito: si yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, hubiera vivido de otra manera.
Todo esto viene al hilo, claro está, del cambio de año. Esto del calendario no es más que una convención, pero cómo remueve y cómo escuece. En estas fechas es imposible no dedicar siquiera un minuto a sentir el viento del tiempo contra la cara, a revisar someramente el pasado, a preguntarte sobre tu futuro. Acabo de leer un libro extraordinario que viene bien para acompañar estas congojas. Se trata de Instrumental: memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (Blackie Books). El británico Rhodes tiene una biografía totalmente improbable. Por ejemplo, es pianista, un buen concertista. Sin embargo, empezó a estudiar piano mal y tarde, y luego lo dejó por completo durante 10 años hasta retomar la música en sus veintimuchos. No creo que haya habido en el mundo un caso así. Si abandonas un instrumento de ese modo, simplemente no es posible ser un músico de esa calidad. Pero él lo es. He aquí su primer milagro.
Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día
Tiene varios más, algunos espeluznantes. El libro de Rhodes cuenta con una crudeza que yo no había visto la experiencia de una víctima de pedofilia. A los seis años recién cumplidos, James fue violado por su profesor de boxeo del colegio. Y el tipejo lo siguió haciendo durante cinco años impune y sistemáticamente, hasta que Rhodes cambió de escuela. El niño, amenazado por el pedófilo, avergonzado y amedrentado, no dijo nunca nada a nadie; pero otros profesores lo veían llorar, lo veían salir con las piernas sangrando del despacho del monstruo y no hicieron nada. El libro de Rhodes es un grito indignado a esa pasividad tan común ante los abusos infantiles. Como las pequeñas víctimas no se atreven a denunciar, es muy cómodo ignorar un horror que se queda escondido, como los malvados ogros de los cuentos, en los cuartos oscuros y en las pesadillas de los niños. Y otra enseñanza más de este tremendo libro: las violaciones dejan secuelas. En primer lugar, graves secuelas físicas, porque es una brutalización continuada de un cuerpo muy pequeño (el músico tuvo que ser operado varias veces); y, por supuesto, una catarata de catástrofes psíquicas. Prostitución en la adolescencia, un año de internamiento en un psiquiátrico, tres intentos de suicidio, cortes autoinfligidos con una cuchilla, drogas, furia y dolor. Y este es el segundo milagro: ha sobrevivido a todo eso.
Tercer milagro: James es la prueba de que el arte y la belleza ayudan. En el caso de James, es la música lo que amansó su fiera interior. Todos podemos y debemos recurrir a ello: cuanta más belleza en nuestras vidas, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.
Pero aún queda por contar un cuarto milagro. Aunque la existencia de Rhodes parece larguísima y convulsa, sólo tiene 40 años. Guau, eso es vivir deprisa. Como decía Lou Reed: mi día equivale a tu año. Pues bien, al final el autor apuesta por su segunda esposa, Hattie, y se atreve a dar unos consejos para el bien amar. Antes, al leer el libro, Rhodes me había parecido un hombre conmovedor y admirable, pero también furioso y herido, demasiado intenso como para tenerlo muy cerca. Pero en estas páginas finales habla de la convivencia con tan modesta, honda sabiduría que me ha dejado admirada. Como, por ejemplo: “Lo que más deteriora una relación es tratar de salir ganando”. Pequeña gran verdad. Hace falta vivir mucho y pensar mucho para llegar a tan poco. O sea, que se puede aprender, aunque vengas con las heridas más crueles. Se puede recomenzar una y otra vez. Aviso a navegantes para sortear los escollos de este año: recordemos que, como prueba Rhodes, siempre hay futuro. Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día.
Porque Setiembre es una época de emotivos recuerdos…
Amá y Aitá, Aitá y Amá.
Amá, me tendrás que perdonar que hoy no pueda pensar solo en ti sin pensar también en el Aitá. Por eso en este momento que os siento de nuevo unidos, permíteme que hable de los dos.
Se cumple vuestro sueño de estar juntos en la vida y en la muerte.
Hoy nos reuniremos de nuevo toda la familia de entonces más todos los que van llegando y que engrandecen vuestro legado. Cantaremos recordando las canciones populares vascas que interpretábamos a coro. Nos enseñasteis a amar la música y la familia. Es cierto que nos van faltando voces insustituibles, sin embargo, seguimos sintiendo su presencia en el corazón en cuanto suenan los primeros compases.
Otra cosa muy vuestra y que os distinguía era bailar el Tango. Evoco, con todo mi respeto, vuestro tema preferido —La Cumparsita— pieza especialmente sensual que interpretabais con una gran elegancia y verdadera pasión. Quedará como música de fondo de vuestra historia.
Muchas veces nos hablasteis de vuestra gran devoción por el Santo Cristo de Lezo. El fue testigo de vuestro compromiso de amor eterno cuando apenas erais unos niños. Hoy paseando por sus calles los vecinos cuentan que no ha cambiado nada desde hace más de cien años.
Sin embargo, fue San Sebastián la ciudad donde creció vuestro amor. Vuestras hijas, vuestros nietos, vuestros biznietos la seguirán teniendo como referencia de sus orígenes y de los momentos de alegría y ternura inolvidables vividos entre vuestros abrazos, aunque la vida los lleve a miles de kilómetros de distancia.
Agur Jaunak – Orfeon Donostiarra
Agur, Amá maitea…
Gracias Aitás.
…
El tango La Cumparsita fue creado por Gerardo Matos Rodríguez en la década de 1910. A su pedido, Roberto Firpo le introdujo arreglos. Se estrenó en Montevideo en abril de 1917, en la confitería La Giralda, donde ahora se alza el imponente Palacio Salvo.
Video musical facilitado por Fabio Descalzi en su post titulado «La Cumparsita cumple 100 años». Incluye imágenes de la ciudad que escuchó nacer a este himno cultural y popular del Uruguay (así se declaró en la Ley 16.905 del año 1998).
Caminé, caminé contando hasta cien, caminé sobre más de cien baldosas pequeñas —todavía faltaban unos minutos para la hora y no quería alejarme demasiado del gran rótulo que señalaba el sitio de la cita: «escalera catorce»—. Tratando de identificar su figura, la busqué en cada mirada que no era, estudié cada una de las siluetas anónimas que a esa hora temprana de domingo paseaban por la orilla de la playa, intenté reconocer su voz —la que había imaginado para ella— entre las voces destempladas de la mañana y el rumor de las olas que estallaban con fuerza para morir a la orilla de un silencio metálico… Una vez y otra vez volví despacio sobre mis pasos.
Estaba convencida de que la conocería a simple vista aunque no nos habíamos visto antes. Su sensibilidad, su pasión, la elegancia de los textos que compartía en internet me habían descubierto una cierta afinidad con ella. Su calidad como escritora me llevó a imaginar rasgos de su personalidad; creí en su generosidad para el amor y la amistad, creí en su talento y en su ambición literaria, en su determinación ante los retos, en su alegría contagiosa; creía en su verdad.
Intuí que estaba acercándome a ella cuando respiré el salitre de su sonrisa desde lejos. Su larga melena semi oculta debajo de un sombrero apenas dejaba entrever sus ojos del color confuso del mar cuando lo arrebata la resaca. Brillaba, despejada y cálida a la vez su mirada. Nos fundimos en un abrazo largo, hondo y tierno que consiguió desequilibrar las estructuras más poderosas de mi «mismidad». Temblé con la emoción de una adolescente. Esta era Ana.
Ese TÚ que se instala en el corazón con la facilidad de una rara complicidad.
Imposible dar con el interruptor de la luz cuando fui a encender el ordenador. No había amanecido y la pantalla me deslumbró con un mensaje que no esperaba y menos a esas horas. Me imaginé sufrir un atraco a mano armada; fue como encontrarte de frente con un personaje sucio, desaliñado y con cara de «mala follá »—como dicen en el sur— y notar que el temblor de tu cuerpo se vuelve incontrolable cuando se acerca y te espeta: «La escritura o la vida, muñeca»
Pensé en aquel mensaje unos cuantos días, inquieta. «Las inquietudes suelen animarme a explorar caminos nuevos, pero ¿a quién se le había ocurrido la idea loca de aprender a escribir a estas alturas de mi vida?». Nunca me había enfrentado a una página en blanco, ni lo había pretendido.
—¿Qué puede hacerse cuando a uno le llega una invitación?, «rezaba el mensaje».
Tuve que leerlo varias veces. Soy mujer de aceptar retos y no suelo dejar que las oportunidades se desvanezcan en el tiempo como humo recargando la letanía de los «si hubiera…». Decliné la invitación, sin embargo.
—¿Qué pasa contigo?, oía decir a la voz de mi conciencia.
—¿Qué pasa conmigo?, pensaba yo.
Elaboraba razonamientos que me pudieran servir de excusa a la vez que me dedicaba a comprar más libros. Leía, leía deprisa, leía todo; incluso leí la etiqueta de la botella de agua mineral que antes no me había interesado.
El cansancio consiguió detener aquel tiovivo despiadado y desquiciante. Contesté al mensaje aceptando la propuesta con una seguridad absoluta sólo unas horas antes de ver cómo se tambaleaba frente al espejo del lavabo, entre los hipos de mis dudas y los restos del rímel a prueba de lágrimas.
—¡Que os sea leve!— habían escrito, en la carta de inicio del curso, los profesores del taller de escritura.
Música de Bobby Hutcherson seleccionada por mi amigo Jo da Silva.
Adoro esa última hora de la tarde de las Noches de Verano, ese letargo del espíritu acantilado en el lento ritmo de una música de jazz, aguardando desde siempre a ese algo impreciso que intuyes que en algún momento llegará.
¿Esperar o escapar…?
Quizás llegue cuando el sol se esconda tras la luz de una mirada…
Quizás cuando te enrede en los hilos de sus últimos rayos y te abandones al vacío gozoso de otra nocturnidad…
Quizás cuando las brasas te quemen a la orilla de lo que no te atreves a soñar…
Quizás te llegue cuando no esperes más…
Adoro las fotografías al atardecer; refugiar mi universo en la máscara del contraluz, dejarte intuir las marcas de agua que habitan cada palmo de mi piel, aceptar morir poco a poco en tus miradas…
Al lado del mar muchas veces me pregunto qué hacer: ¿esperar o escapar?; decido seguir de tu mano engañando a la muerte de todos los atardeceres posibles…
Me he pasado la noche matando pirómanos a fuego lento. Qué desazón me producen las noticias; no quiero saber «casi-nada» de los políticos, la guerra me encasquilla y me deja inservible como arma de combate, sólo pienso en la gente que huye y quisiera matar a todos los de traje y corbata, turbantes, túnicas y demás que se juegan la vida de la humanidad en partidas de ajedrez en despachos y salones de lujo… Hoy tampoco el tiempo ayuda, llueve de forma deprimente… (tacho esta palabra, mal utilizada en este caso, en honor a la gente que está sufriendo tanto el fuego en Galicia. Gracias Icástico por el apunte)
Voy a pensar un rato en mis pasiones…
Hace solo unos días floreció discretamente, en un rincón, a la sombra de mi viejo abeto azul…
Desde su quietud me observaba, ella a mí, como si fuera una pregunta muda… ¡Dudé!
Y disparé… !
No hubo castigo más delicioso para el poeta que sentir el temblor de sus pétalos rompiéndose en su boca seducida, llena de versos, hasta que cayó en silencio la tarde…
Me llega la voz queda de Stefania Dipierro en el tema de Nicola Conte. Es un tema que me descubrió mi amigo JO Da Silva, titulado «Caminos cruzados». ¡Algo tiene…!
PULSAR SOBRE LA FLECHA PARA ESCUCHAR LA MÚSICA
Tengo la ventana abierta y las persianas cerradas al calor de esta hora del atardecer de los últimos días de julio. Sube la melodía hasta mi viejo desván y el sonido se cuela débilmente, como la luz. Un barullo de libros abiertos y hojas de papel con anotaciones desordenadas se amontona a los pies del piano sobre la alfombra ajada. Se aprecia que acusa mis horas «muertas» aquí; sus hilos desgastados han ido dibujando con el paso del tiempo la forma de mis posturas. Leo y escribo; escribo o leo, pero cuando lo hago a solas no necesito música. La música me llega de una manera o de otra; podría decir que la música me busca, aunque esto no es del todo cierto. Yo busco a la música. Es como un primer amor al que inevitablemente la memoria vuelve.
Nunca pensamos en caminos cruzados. Vivimos en paralelo, cerca, cada uno siguiendo las vías de un tren que aún no tiene previsto su destino. Sin embargo, quizá no sea el momento de consumir todo el amor que respiramos, atrapados entre pequeños papeles de versos que dejamos caer al mar en noches de humedad azul y marea alta. Puede ser que no sea el momento. Podría ser que tampoco sea después, ni más tarde…
La música de Nicola me transporta a susurros consentidos en el difícil equilibrio entre las voces de estúpidas alarmas cotidianas que invadían los lugares de los que no sabíamos cómo salir. Me detengo a escucharla, aspiro el olor de la madera, el del polvo, el aroma de las bolsitas de tela con lavanda que escondo por las estanterías disimulando el de la humedad en el sobrevivir amarillento de los libros y, cierro los ojos…
Siento que soy feliz, que me gustan estas horas llenas de sí mismas, que la emoción me sorprende muchas veces con sus lágrimas frescas, y que cuando lloro es de alegría, y eso, yo sé que no es llorar.
Voy a utilizar una imagen que he enviado a mi hija esta mañana y que probablemente todos conoceréis…, (lamentablemente no es mía, pero podría haberlo sido. Es de Banksy)
Amar; cada vez que miro esta imagen me viene a la cabeza esta palabra tan sencilla. Se supone que es fácil de tratar, de entender, es natural como la vida misma. Si vives, amas, si no amas no vives. Amar es la palabra que me acompaña desde que solté mis primeros sollozos cuando me dieron un azote en el culo. Amé desde la primera chupada al pezón de mi madre. En sus brazos me sentí amada por primera vez en mi vida…
He seguido amando; amo el amor, amo el arte, la naturaleza, la amistad, amo la libertad -–aunque a veces suene a incompatibilidad— Incluso en los momentos más difíciles, cuando parece que ya no hay nada que esperar, el verbo amar se convierte en el clavo que se aprieta a la roca de mi alma, al que quedo enganchada, salvándome de caer desconsolada al vacío. Resisto con la furia del amor hasta sus últimas consecuencias.
Y sueño… porque amar también es perseguir tus sueños. Me invento un mundo virtual en el que, como un héroe del mejor cómic, resuelvo casi todos los problemas con la facilidad de todas las armas que conozco por las películas de violencia que odio. Y suelo ganar.
Soy una soñadora empedernida, pero ese amor también duele.
Fracasé estrepitosamente en mis principios teóricos cuando sentí la ausencia de mis hijas —a una edad para la que las preparé, aunque desatendí mi preparación—. Desplegaron sus alas de mariposa y salieron a volar por el mundo mientras yo, como una niña a solas, lloraba sin consuelo sintiendo que el amor se había saciado.
Se abrió un agujero negro en mi pecho en el que caí y fui allí, durante muchos días, el único habitante, como un raro planeta sin gravedad a merced del universo.
He amado mucho y amo rotundamente la vida. He sabido que el amor se regenera, una y otra vez, que el amor se retro alimenta. Acepto la vida como acepto el amor y como el aire que respiro. (Aquí tendría que cantar aquello de «Gracias a la Vida»)
Pero todo ello no me impide sentir un gran desasosiego, una pena honda, una maraña de incertidumbres y miedos cada vez que «mi globo rojo con forma de corazón» por cualquier motivo se me escapa de las manos…
Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo, sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos… y Jano es de golpe cualquiera de nosotros.
J. Cortázar Fotografía@mjberistain
Jano(en latín Janus, Ianus) en la mitología romana, es el dios de las puertas, los comienzos y los finales.
Coser e hilar eran una gran parte de la vida de la mujer Vikinga, y pasaban muchas horas al día deshebrando e hilando la lana. Eran muy talentosas para tejer lino, tapetes y lana. Colorantes naturales se usaban para teñir el lino y la lana de diferentes colores.
Los tapetes se colgaban en las paredes de las casas como decoraciones.
Las Moiras, Las Parcas y Las Nornas. Divinidades femeninas que regían el Destino.
Las Moiras. En la mitología griega eran divinidades femeninas que controlaban el hilo de la vida de cada mortal desde el nacimiento hasta la muerte. Eran las personificaciones del destino. Eran tan poderosas que La Moiras impedían a cualquier dios acudir en socorro de un héroe determinado en el campo de batalla cuando había llegado su “hora”. Se las representaba comunmente como a tres mujeres hieráticas, de aspecto severo y vestidas con túnicas. En otras ocasiones se les atribuye la apariencia de tres viejas hilanderas, o de tres melancólicas damas (una doncella, una matrona y una anciana, respectivamente).
Shakespeare se inspiró en este mito para crear las tres brujas que aparecen en Macbeth, cuya intervención es determinante en el destino del protagonista. Sus nombres eran: Cloto (Κλωθώ, ‘hilandera’) hilaba la hebra de vida con una rueca y un huso. Se la representa portando una rueca; Láquesis (Λάχεσις, ‘la que echa a suertes’) medía con su vara la longitud del hilo de la vida. Se la representa con una vara, una pluma o un globo del mundo; y Átropos (Ἄτροπος, ‘inexorable’ o ‘inevitable) era quien cortaba el hilo de la vida. Elegía la forma en que moría cada persona, seccionando la hebra con sus tijeras cuando llegaba la hora. Se la representa con unas tijeras o una balanza. En la tradición griega, se aparecían tres noches después del alumbramiento de un niño para determinar el curso de su vida. En origen quizá podrían haber sido diosas de los nacimientos, adquiriendo más tarde su papel como señoras del destino. Las Moiras inspiraban gran temor y reverencia, aunque podían ser adoradas como otras diosas: las novias atenienses les ofrecían mechones de pelo y las mujeres juraban por ellas.
Sus equivalentes en la mitología romana eran las Parcas o Fata. Los nombres de las tres Parcas eran: Nona, que hilaba el hilo de la vida desde su rueca hasta su huso. Su equivalente griega era Cloto. Décima, que medía el hilo de la vida con su vara. Su equivalente griega era Láquesis. Morta, que cortaba el hilo de la vida, eligiendo la forma en que la persona moría. Su equivalente griega era Átropos. Como las Moiras, son también tres hermanas: una preside el nacimiento; otra, el matrimonio, y la tercera, la muerte. En el Foro, las tres Parcas estaban representadas por tres estatuas, llamadas corrientemente las Tres Hadas (tria Fata, los tres “destinos”).
Las Nornas. Espíritus femeninos de la mitología nórdica. Tres de ellas son las principales, conocidas por los nombres de Urðr (o Urd, «lo que ha ocurrido», el destino), Verðandi (o Verdandi, «lo que ocurre ahora») y Skuld («lo que debería suceder, o es necesario que ocurra»). Las Nornas viven bajo las raíces del fresno Yggdrasil, el árbol del mundo en el centro del cosmos, donde tejen los tapices de los destinos y riegan el fresno con las aguas y la arcilla provenientes del pozo de Urd para que éste no pierda su verdor ni se pudra. La vida de cada persona es un hilo en su telar, y la longitud de cada cuerda es la duración de la vida de dicha persona.
Fuente: Ana S. «Mujerícolas» Fotografía: @mjberistain