Sobre la mesa desde la que escribo se posa la luz tibia de la luna, huidiza, fugaz como palabra de amor que se disuelve antes de que llegue el amanecer.
No encuentro más verbos que los que duelen en esta noche sin horizonte, solo siento la lluvia y el ardor de las llagas de agua salada pujando por alcanzar la otra orilla.
Recuerdo la luz del adiós como un beso blanco, como la mirada del mármol desnuda, buscando algún refugio entre las palabras que nos quedaban por decir.
Bajo hasta la playa
Permanecen, como restos en carne viva de un naufragio, las voces de tu voz, tus rasgos de ceniza, las mareas con tus ritmos, la luz escueta y el silencio en el mar convulso de las ausencias…
Música de Bobby Hutcherson seleccionada por mi amigo Jo da Silva.
Adoro esa última hora de la tarde de las Noches de Verano, ese letargo del espíritu acantilado en el lento ritmo de una música de jazz, aguardando desde siempre a ese algo impreciso que intuyes que en algún momento llegará.
¿Esperar o escapar…?
Quizás llegue cuando el sol se esconda tras la luz de una mirada…
Quizás cuando te enrede en los hilos de sus últimos rayos y te abandones al vacío gozoso de otra nocturnidad…
Quizás cuando las brasas te quemen a la orilla de lo que no te atreves a soñar…
Quizás te llegue cuando no esperes más…
Adoro las fotografías al atardecer; refugiar mi universo en la máscara del contraluz, dejarte intuir las marcas de agua que habitan cada palmo de mi piel, aceptar morir poco a poco en tus miradas…
Al lado del mar muchas veces me pregunto qué hacer: ¿esperar o escapar?; decido seguir de tu mano engañando a la muerte de todos los atardeceres posibles…
Me he pasado la noche matando pirómanos a fuego lento. Qué desazón me producen las noticias; no quiero saber «casi-nada» de los políticos, la guerra me encasquilla y me deja inservible como arma de combate, sólo pienso en la gente que huye y quisiera matar a todos los de traje y corbata, turbantes, túnicas y demás que se juegan la vida de la humanidad en partidas de ajedrez en despachos y salones de lujo… Hoy tampoco el tiempo ayuda, llueve de forma deprimente… (tacho esta palabra, mal utilizada en este caso, en honor a la gente que está sufriendo tanto el fuego en Galicia. Gracias Icástico por el apunte)
Voy a pensar un rato en mis pasiones…
Hace solo unos días floreció discretamente, en un rincón, a la sombra de mi viejo abeto azul…
Desde su quietud me observaba, ella a mí, como si fuera una pregunta muda… ¡Dudé!
Y disparé… !
No hubo castigo más delicioso para el poeta que sentir el temblor de sus pétalos rompiéndose en su boca seducida, llena de versos, hasta que cayó en silencio la tarde…
Me llega la voz queda de Stefania Dipierro en el tema de Nicola Conte. Es un tema que me descubrió mi amigo JO Da Silva, titulado «Caminos cruzados». ¡Algo tiene…!
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Tengo la ventana abierta y las persianas cerradas al calor de esta hora del atardecer de los últimos días de julio. Sube la melodía hasta mi viejo desván y el sonido se cuela débilmente, como la luz. Un barullo de libros abiertos y hojas de papel con anotaciones desordenadas se amontona a los pies del piano sobre la alfombra ajada. Se aprecia que acusa mis horas «muertas» aquí; sus hilos desgastados han ido dibujando con el paso del tiempo la forma de mis posturas. Leo y escribo; escribo o leo, pero cuando lo hago a solas no necesito música. La música me llega de una manera o de otra; podría decir que la música me busca, aunque esto no es del todo cierto. Yo busco a la música. Es como un primer amor al que inevitablemente la memoria vuelve.
Nunca pensamos en caminos cruzados. Vivimos en paralelo, cerca, cada uno siguiendo las vías de un tren que aún no tiene previsto su destino. Sin embargo, quizá no sea el momento de consumir todo el amor que respiramos, atrapados entre pequeños papeles de versos que dejamos caer al mar en noches de humedad azul y marea alta. Puede ser que no sea el momento. Podría ser que tampoco sea después, ni más tarde…
La música de Nicola me transporta a susurros consentidos en el difícil equilibrio entre las voces de estúpidas alarmas cotidianas que invadían los lugares de los que no sabíamos cómo salir. Me detengo a escucharla, aspiro el olor de la madera, el del polvo, el aroma de las bolsitas de tela con lavanda que escondo por las estanterías disimulando el de la humedad en el sobrevivir amarillento de los libros y, cierro los ojos…
Siento que soy feliz, que me gustan estas horas llenas de sí mismas, que la emoción me sorprende muchas veces con sus lágrimas frescas, y que cuando lloro es de alegría, y eso, yo sé que no es llorar.
Voy a utilizar una imagen que he enviado a mi hija esta mañana y que probablemente todos conoceréis…, (lamentablemente no es mía, pero podría haberlo sido. Es de Banksy)
Amar; cada vez que miro esta imagen me viene a la cabeza esta palabra tan sencilla. Se supone que es fácil de tratar, de entender, es natural como la vida misma. Si vives, amas, si no amas no vives. Amar es la palabra que me acompaña desde que solté mis primeros sollozos cuando me dieron un azote en el culo. Amé desde la primera chupada al pezón de mi madre. En sus brazos me sentí amada por primera vez en mi vida…
He seguido amando; amo el amor, amo el arte, la naturaleza, la amistad, amo la libertad -–aunque a veces suene a incompatibilidad— Incluso en los momentos más difíciles, cuando parece que ya no hay nada que esperar, el verbo amar se convierte en el clavo que se aprieta a la roca de mi alma, al que quedo enganchada, salvándome de caer desconsolada al vacío. Resisto con la furia del amor hasta sus últimas consecuencias.
Y sueño… porque amar también es perseguir tus sueños. Me invento un mundo virtual en el que, como un héroe del mejor cómic, resuelvo casi todos los problemas con la facilidad de todas las armas que conozco por las películas de violencia que odio. Y suelo ganar.
Soy una soñadora empedernida, pero ese amor también duele.
Fracasé estrepitosamente en mis principios teóricos cuando sentí la ausencia de mis hijas —a una edad para la que las preparé, aunque desatendí mi preparación—. Desplegaron sus alas de mariposa y salieron a volar por el mundo mientras yo, como una niña a solas, lloraba sin consuelo sintiendo que el amor se había saciado.
Se abrió un agujero negro en mi pecho en el que caí y fui allí, durante muchos días, el único habitante, como un raro planeta sin gravedad a merced del universo.
He amado mucho y amo rotundamente la vida. He sabido que el amor se regenera, una y otra vez, que el amor se retro alimenta. Acepto la vida como acepto el amor y como el aire que respiro. (Aquí tendría que cantar aquello de «Gracias a la Vida»)
Pero todo ello no me impide sentir un gran desasosiego, una pena honda, una maraña de incertidumbres y miedos cada vez que «mi globo rojo con forma de corazón» por cualquier motivo se me escapa de las manos…
Lo intento. Millones de veces me hago la encontradiza. Como un pavo real exhibo mis mejores galas cuando presiento tu llegada, se almohada mi alma solo de sentir sobre mi tu mirada.
Desenfadada, desinteresada, aparezco en tu camino, incluso admito que me utilices como divertimento por sentir el calor de tu aliento despeinando mis sentidos.
Multiplicas mis instintos animales, planeo despacio alrededor por rozar el cuello de tu camisa un momento, me dispersas, me observas como a una rata de laboratorio y cruel desprecias los restos de lo que pudiera haber sido mi hogar al menos durante unos minutos de vida más…
Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo, sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos… y Jano es de golpe cualquiera de nosotros.
J. Cortázar Fotografía@mjberistain
Jano(en latín Janus, Ianus) en la mitología romana, es el dios de las puertas, los comienzos y los finales.
Coser e hilar eran una gran parte de la vida de la mujer Vikinga, y pasaban muchas horas al día deshebrando e hilando la lana. Eran muy talentosas para tejer lino, tapetes y lana. Colorantes naturales se usaban para teñir el lino y la lana de diferentes colores.
Los tapetes se colgaban en las paredes de las casas como decoraciones.
Las Moiras, Las Parcas y Las Nornas. Divinidades femeninas que regían el Destino.
Las Moiras. En la mitología griega eran divinidades femeninas que controlaban el hilo de la vida de cada mortal desde el nacimiento hasta la muerte. Eran las personificaciones del destino. Eran tan poderosas que La Moiras impedían a cualquier dios acudir en socorro de un héroe determinado en el campo de batalla cuando había llegado su “hora”. Se las representaba comunmente como a tres mujeres hieráticas, de aspecto severo y vestidas con túnicas. En otras ocasiones se les atribuye la apariencia de tres viejas hilanderas, o de tres melancólicas damas (una doncella, una matrona y una anciana, respectivamente).
Shakespeare se inspiró en este mito para crear las tres brujas que aparecen en Macbeth, cuya intervención es determinante en el destino del protagonista. Sus nombres eran: Cloto (Κλωθώ, ‘hilandera’) hilaba la hebra de vida con una rueca y un huso. Se la representa portando una rueca; Láquesis (Λάχεσις, ‘la que echa a suertes’) medía con su vara la longitud del hilo de la vida. Se la representa con una vara, una pluma o un globo del mundo; y Átropos (Ἄτροπος, ‘inexorable’ o ‘inevitable) era quien cortaba el hilo de la vida. Elegía la forma en que moría cada persona, seccionando la hebra con sus tijeras cuando llegaba la hora. Se la representa con unas tijeras o una balanza. En la tradición griega, se aparecían tres noches después del alumbramiento de un niño para determinar el curso de su vida. En origen quizá podrían haber sido diosas de los nacimientos, adquiriendo más tarde su papel como señoras del destino. Las Moiras inspiraban gran temor y reverencia, aunque podían ser adoradas como otras diosas: las novias atenienses les ofrecían mechones de pelo y las mujeres juraban por ellas.
Sus equivalentes en la mitología romana eran las Parcas o Fata. Los nombres de las tres Parcas eran: Nona, que hilaba el hilo de la vida desde su rueca hasta su huso. Su equivalente griega era Cloto. Décima, que medía el hilo de la vida con su vara. Su equivalente griega era Láquesis. Morta, que cortaba el hilo de la vida, eligiendo la forma en que la persona moría. Su equivalente griega era Átropos. Como las Moiras, son también tres hermanas: una preside el nacimiento; otra, el matrimonio, y la tercera, la muerte. En el Foro, las tres Parcas estaban representadas por tres estatuas, llamadas corrientemente las Tres Hadas (tria Fata, los tres “destinos”).
Las Nornas. Espíritus femeninos de la mitología nórdica. Tres de ellas son las principales, conocidas por los nombres de Urðr (o Urd, «lo que ha ocurrido», el destino), Verðandi (o Verdandi, «lo que ocurre ahora») y Skuld («lo que debería suceder, o es necesario que ocurra»). Las Nornas viven bajo las raíces del fresno Yggdrasil, el árbol del mundo en el centro del cosmos, donde tejen los tapices de los destinos y riegan el fresno con las aguas y la arcilla provenientes del pozo de Urd para que éste no pierda su verdor ni se pudra. La vida de cada persona es un hilo en su telar, y la longitud de cada cuerda es la duración de la vida de dicha persona.
Fuente: Ana S. «Mujerícolas» Fotografía: @mjberistain
Me despierta cada mañana el canto de los pájaros. Hay cientos de pájaros que abundan en este bosque que me rodea, sin embargo no he sido capáz hasta ahora de descifrar el canto de cada una de las especies que se acercan hasta el jardín.
Me acuerdo ahora de mi amigo Manuel que imitaba perfectamente el canto de los pájaros. Silbaba identificando el canto por especies. Tengo que decir que era un placer escucharle silbar; silbaba muy bien, algo que yo no he conseguido hacer nunca, ni -aunque lo intenté fervientemente- cuando vivía conmigo Tusa, una perra magnífica de raza pastor alemán.
Me comunicaba con ella a través de la mirada… y en casos extremos a voces…
¡Quizás escuchando este vídeo vuelva a intentarlo!
¿Cómo será el atardecer en tus ojos que no ha sido? Quizá la oscuridad los torne de mi cuerpo a un firmamento que nos cubre para arrastrarnos a otras historias, ¿y si no me sueñas? ¿y si solo soy el día de tus desahogos? ¿y si no soy o solo soy comunión semanal en el rito de la carne? ¿y si la afirmación se niega y entonces no estoy? ¿y si dejo de ser?
La madrugada, aún oscura ha roto el sueño, sentada, mis manos pensándote y mi mente recreando signos de interrogación, a veces creo que se leer demasiado, a veces pienso que no creo suficiente, a veces leo y ni pienso ni creo y así evito perderme, siento el dolor de tu boca en mi cuello, tú no pides permiso, devoras, y yo no me objeto, me afirmo,
¿y entonces?
los pasos de tu calle a la mía son inciertos, tu te andas a mi puerta que sabes abierta para llegar y marchar, ¿te estacionarías? son tantas las preguntas sin respuesta que el café se ha terminado y sigo sentada en los interrogantes, cuerpo, a veces creo que solo soy cuerpo y lo miro y no entiendo tus circunstancias, las mías tampoco, mente, no se si te preocupa demasiado lo que pasea por las galerias donde pasa la vida que queremos ver mientras se aprende, sonrisa, esa la devoras hasta el suplicio que hincha los besos de tus labios a los míos, exclamación, sí, quizá soy eso, en mi te exclamas para jugarte a carta segura la mano, la partida y cada apuesta, tu vences, yo no se si soy vencida, pero pido tres más y si pierdo de nuevo, a la próxima me pido jocker.
Me he sentido cautivada por la evolución de la pintura de Picasso. Cuando era un joven era un genio del dibujo. Hay que ser muy bueno en lo que uno hace para finalmente llegar a hacer lo que a uno le da la gana con su Arte… Y que el mundo lo siga adorando.
Destaco pinturas hechas a lo largo de los años a algunas de las mujeres de su vida.
Este fue un retrato de su madre realizado en 1896
Retrato de la madre del artista En 1896 Picasso realiza numerosos retratos de los miembros de su familia. El padre, la madre y la hermana se convierten en modelos habituales. Uno de los retratos más hermosos es el que dedica a su madre María Picasso López, con la que siempre estará muy unido. No tardará demasiado tiempo en hacer prevalecer el apellido materno, hasta convertirlo en firma única en la mayor parte de sus obras.
Igual que la mayoría de los dibujos de juventud, éste sigue las corrientes de la sensibilidad de la época y las nociones estéticas que le guían a lo largo de los años de aprendizaje académico.
El retrato capta el momento en que la madre, de perfil, descansa medio adormecida, con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante y los ojos cerrados, recreando una atmósfera plácida. El buen uso de las técnicas del dibujo y la acertada aplicación del color, sobre todo en los reflejos lumínicos del rostro de la mujer y en la textura de la tela de la camisa blanca, realzada por trazos de un blanco álgido, hacen de este retrato una obra destacada del periodo de formación del artista.
Picasso – Año 1901
Le rêve – Picasso 1932
Sylvette – Picasso 1954
Retrato de Jackeline – Picasso 1962
Pablo Ruiz Picasso (Málaga 1881 – Moulins, Francia 1973) La trascendencia del pintor español Picasso no se agota en la fundación del cubismo, revolucionaria tendencia que rompió definitivamente con la representación tradicional al liquidar la perspectiva y el punto de vista único. A lo largo de su dilatada trayectoria, Pablo Picasso exploró incesantemente nuevos caminos e influyó en todas la facetas del arte del siglo XX, encarnando como ningún otro la inquietud y receptividad del artista contemporáneo. Su total entrega a la labor creadora y su personalidad vitalista, por otra parte, nunca lo alejarían de los problemas de su tiempo; una de sus obras maestras, el Guernica (1937), es la mejor ilustración de su condición de artista comprometido.
Hijo del también artista José Ruiz Blasco, en 1895 se trasladó con su familia a Barcelona, donde el joven pintor se rodeó de un grupo de artistas y literatos, entre los que cabe citar a los pintores Ramón Casas y Santiago Rusiñol, con quienes acostumbraba reunirse en el bar Els Quatre Gats. Entre 1901 y 1904, Pablo Picasso alternó su residencia entre Madrid, Barcelona y París, mientras su pintura entraba en la etapa denominada período azul, fuertemente influida por el simbolismo. En la primavera de 1904, Picasso decidió trasladarse definitivamente a París y establecerse en un estudio en las riberas del Sena.
«Entre 1901 y 1904 Picasso pintó una serie de obras en las que predomina el color azul, un dibujo preciso de figuras humanas distorsionadas y alargadas a la manera de El Greco y unos temas llenos de melancolía, dolor, pobreza y soledad. Es la época azul.
Picasso dijo que “no era suficiente con conocer las obras de un artista. También hay que conocer cuándo las hizo, por qué, cómo, en qué circunstancias…”. Las circunstancias de la época azul comienzan con el suicidio de Carlos Casagema, uno de los amigos más queridos de Picasso. Picasso se traslada poco después a vivir a París, al estudio dónde vivió Casagema e intenta, sin mucho éxito, triunfar en la pintura. Pobre, extranjero, solo, rememorando al amigo muerto, es fácil entender que Picasso se sumiera en la tristeza, que comenzara a ver el lado duro de la vida, la miseria, la soledad, la desesperación. Y que fueran ésos los sentimientos que reflejara en sus cuadros.»
Texto de Elena Romero.
En París hizo amistad, entre otros, con los poetas Guillaume Apollinaire y Max Jacob y con el dramaturgo André Salmon; entre tanto, su pintura experimentó una nueva evolución, caracterizada por una paleta cromática tendente a los colores tierra y rosa (período rosa). Al poco de llegar a París entró en contacto con personalidades periféricas del mundillo artístico y bohemio, como los estadounidenses Leo y Gertrude Stein, o el que sería ya para siempre su marchante, Daniel-Henry Kahnweiler.
«Después de la época azul, Picasso empezó su época rosa. La época rosa empezó en 1904 y duró hasta 1907, cuando él empezó sus experimentos con el cubismo.
«Enseguida, la vida de Picasso cambió y su arte cambió también. Picasso se enamoró de una persona por primera vez, y su humor se aclaró. Encontró, por accidente, a Fernande Olivier, su primera compañera fija durante un largo tiempo. Picasso tendría relaciones con Fernande durante siete años. Ella trajo la belleza y el compañerismo a la vida de Picasso. Él se habría casado con ella, pero ella no le concedió el sí. Fernande ya estaba casada.
Durante este tiempo, Picasso empezó a pintar con colores más humanos y más vivos. Sus pinturas reflejan su júbilo nuevo. Usó colores diferentes y ensanchó su alcance azul. Su alcance nuevo incluyó el rosado, el anaranjado y el rojo. Pintó cuadros tranquilos de colores delicados, abandonando los azules. Las pinturas de esta época rosa son más vivas y líricas que las otras.
Los personajes de las pinturas de Picasso cambiaron también. El conoció y retrató a los miembros del Circo Medrano. Las primeras pinturas de la época rosa son de artistas de circo y sus familias. Estas pinturas muestran una felicidad gentil y delicada. A Picasso le gustó la agilidad y el coraje de los artistas de circo. Pintó muchos cuadros de artistas. El cuadro siguiente, Familia de saltimbanquis con mono (1905), es un ejemplo perfecto de las pinturas de la época rosa. Hay mucho afecto y mucha ternura en la pintura.»
A finales de 1906, Pablo Picasso empezó a trabajar en una composición de gran formato que iba a cambiar el curso del arte del siglo XX: Les demoiselles d’Avignon. En esta obra cumbre confluyeron numerosas influencias, entre las que cabe citar como principales el arte africano e ibérico y elementos tomados de El Greco y Cézanne. Bajo la constante influencia de este último, y en compañía de otro joven pintor, Georges Braque, Pablo Picasso se adentró en una revisión de buena parte de la herencia plástica vigente desde el Renacimiento, especialmente en el ámbito de la representación pictórica del volumen. Las tramas geométricas eliminan la profundidad espacial e introducen el tiempo como dimensión al simultanear diversos puntos de vista: era el inicio del cubismo.
Les demoiselles d’Avignon 1907
Picasso y Braque desarrollaron dicho estilo en una primera fase denominada analítica (1909-1912). En 1912 introdujeron un elemento de flexibilidad en forma de recortes de papel y otros materiales directamente aplicados sobre el lienzo, técnica que denominaron collage. La admisión en el exclusivo círculo del cubismo del pintor español Juan Grisdesembocó en la etapa sintética de dicho estilo, marcado por una gama cromática más rica y la multiplicidad matérica(1) y referencial.
Obras de Braque y Gris
Entre 1915 y mediados de la década de 1920, Picasso fue abandonando los rigores del cubismo para adentrarse en una nueva etapa figurativa, en el marco de un reencuentro entre clasicismo y el creciente influjo de lo que el artista denominó sus «orígenes mediterráneos». Pablo Picasso empezó a interesarse por la escultura a raíz de su encuentro en 1928 con el artista catalán Julio González; entre ambos introdujeron importantes innovaciones, como el empleo de hierro forjado.
El estallido de la guerra civil española lo empujó a una mayor concienciación política, fruto de la cual es una de sus obras más universalmente admiradas, el mural de gran tamaño Guernica (1937).
Guernica 1937
La reducción al mínimo del cromatismo, el descoyuntamiento de las figuras y su desgarrador simbolismo conforman una impresionante denuncia del bombardeo de la aviación alemana, que el 26 de abril de 1937 arrasó esta población vasca en una acción de apoyo a las tropas franquistas. En 1943 conoció a Françoise Gilot, con la que tendría dos hijos, Claude y Paloma. Tres años más tarde, Pablo Picasso abandonó París para instalarse en Antibes, donde incorporó la cerámica a sus soportes predilectos.
En la década de 1950 realizó numerosas series sobre grandes obras clásicas de la pintura, que reinterpretó a modo de homenaje. En 1961 Pablo Picasso contrajo segundas nupcias con Jacqueline Roque; sería su última relación sentimental de importancia. Convertido ya en una leyenda en vida y en el epítome de la vanguardia, el artista y Jacqueline se retiraron al castillo de Vouvenargues en el sur de Francia, donde el creador continuó trabajando incansablemente hasta el día de su muerte.
(1) Perteneciente o relativo a los materiales utilizados en la obra de arte Consultado Wikipedia y Biografías y Vidas
Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y una compañía no significa seguridad y uno empieza a aprender.
Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes… y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.
Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calor del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende… y con cada día uno aprende.
Extracto del relato de Juan Manuel Villanueva titulado «Están entre nosotros»
Ahora me veo con seis, siete años. Estoy junto a mi madre, a su izquierda, frente a la puerta de la consulta…
En una de mis manos sostengo un muñeco articulado, un hombrecito vestido de guerrillero, perfectamente equipado y en postura de ataque…
…
La vitrina instrumental tiene todas las superficies de cristal transparente, solo las patas y aristas son metálicas. Los estantes también son de cristal y sobre ellos, perfectamente ordenados, hay una colección de objetos portentosos. Varios tipos de tijeras, de todos los tamaños, cubren el estante superior. Tijeras de hojas largas y pulidas, brillantes, curvadas como picos de aves, de puntas romas o afiladas, gruesas y estrechas, serradas, con pinzas en los extremos y asideros donde caben varios dedos. Pequeños cuchillos, escalpelos, tenazas, pinzas pequeñas, finas y deformes, y toda una serie de herramientas inexplicables y hermosas. Más abajo aparecen las jeringas, de cristal translúcido y rematadas por una pieza metálica en la punta, con los émbolos encajados, y todas dentro de unos pequeños ataúdes metálicos; también hay jeringas de plástico encerradas en sobres transparentes, algunas son enormes y ridículas. Y a continuación aparece el terror; son las agujas. Las agujas bien alineadas, en perfecta formación, brillantes y amenazadoras. Una portentosa armería de instrumentos de tortura, las conozco bien. Hay una tan larga que sería capaz de atravesar todo mi cuerpo y que encabeza una extensa serie de variantes. Algunas son tan finas y pequeñas como cerdas. Otras cortas y gruesas. Entre todas ellas aparecen infinidad de modelos y unas pocas tienen ensartadas, en su hueco y fino volumen, un pelo metálico de inquietante rigidez. El dolor tiene su propia concreción, sus avisos, su iconografía salvaje. Mientras contemplo las agujas, contraigo los glúteos y arqueo la espalda. Enseguida aparece otro aviso del miedo; las lengüetas, de madera o plástico; armas para llegar al límite de la arcada. Deseo tener una, preferilemente de madera, una tabla de surf para mi guerrillero. Los estantes inferiores soportan ampollas, pequeños tarros sellados con tapones de goma y precinto metálico, marcados con etiquetas donde aparecen minúsculos listados de componentes y proporciones inexplicables, muy difíciles de leer. Se que de ahí sale el dolor de las inyecciones, de ese polvo blanco que se acumula en el fondo. También hay gasas, apósitos, compresas y esparadrapo, latas de algodón enrollado con alguna fibra impura manchando el blancor de su naturaleza. Y entre todo el arsenal detecto lo mejor, el objeto de todos mis deseos, mi sueño. Es el estuche negro, similar al que mi padre utiliza para guardar la máquina de afeitar eléctrica, con el cable y la escobilla. Pero yo se lo que hay dentro. Es el aparato para examinar el oído y la garganta. Una linterna donde encajan todas las pequeñas piezas que la acompañan, desmontables; lentes y apéndices que transforman su finalidad. Una vez acopló una tropetilla invertida con una lente al otro extremo, me sujetó la cabeza y miró dentro de mi oído. Pensé; está viendo mis ideas, no pienses.
Te esperaba. Regresas desde siempre, cansado de sueños, con palabras de musgo dulce y vientos de luz como fugaz llovizna de corales sobre la escarcha detenida.
Un revuelo de inútiles tristezas se adueña de mi carne y siento que no hay mejor lugar para morir que tu abrazo.
No quedarán más huellas que las heridas del placer talladas en mi espalda, este dócil temblor del aliento espigando el aire y un aroma de leyenda copulando en las noches que gimen, muy lejos de nosotros…
Lejanamente, se oye el sonido de una radio. Estoy en el umbral de la vieja casa que nos cobijó el amor entonces y que se parecía tanto a la vida. No estoy segura de querer entrar… o huir; me engañan los sentidos. Hay una penumbra que recorre mi carne y el paisaje de paredes desconchadas que me rodea, y una neblina transparente, como la luz de un atardecer adormecido, que baña levemente las llagas que dejamos en el suelo de madera del salón.
Todo era posible en los sueños…
El vértigo, el temor a la herida del deseo tu cuerpo y mi cuerpo desbordados en ciénagas de sombra y de la luz más bella,
O el despertar confuso del alba de pronto enloqueciendo las bocas, los muslos, como pájaros heridos de pasión contra los espejos ciegos.
Estoy en el umbral de esta vieja casa y no sé si quiero entrar o huir.
«Podría llamarle tristeza a esta duda, y quizás acertara…»
Esta fotografía me ha transportado lejos… Teníamos bien aprendida la tabla de mareas porque los mejores días de playa eran cuando tocaba marea baja por las mañanas. Cuando tocaba marea alta jugábamos a bucear agarrados a una maroma que unía los postes que, desde la orilla, se adentraban al mar. Por supuesto que esto sucedía durante los tres meses de vacaciones de verano. El resto del año, entre semana, y solo después de salir del colegio, veíamos la playa desde Alderdi Eder que era nuestro parque preferido, al lado del mar.
Recuerdo que, al llegar al paseo, solía acercarse a mi madre el fotógrafo de la playa animándole a que le dejara fotografiarnos —tan bonitas y delicadas las niñas…— Era un hombre «mayor», como podían ser mis padres entonces. En mi menudez y a medida que iba creciendo lo fui encontrando un hombre simpático, más tarde seductor incluso atractivo, quizás por su simpatía o por su aspecto informal y bronceado como los turistas, o porque me encantaban las gafas de sol que llevaba puestas siempre. ¡Ah! y por una brillante cámara de fotos negra que le colgaba del cuello, que me tenía alucinada —supongo que también a nuestras amatxos— Una vez al año, durante los veranos de aquella época, mi madre accedía a pagarle a aquel señor para que nos sacara «la foto de la playa». Ese día lo odiabamos con toda el alma. —Entonces no eramos conscientes del juego que nos daría años más tarde revolver en el cajón de las fotos y encontrarnos con la colección de las fotos de la playa…— Por cierto, soy la mayor de cuatro hermanas. Intentaré encontrar, para incluir en esta entrada, He encontrado la primera foto de la playa que me hicieron a mí, sola en la orilla, cuando tenía un año y medio. Mi abuela me había protegido del sol poniéndome una braga en la cabeza. ¡No tiene precio! —Años más tarde se utilizó mucho esta imágen en mi familia para decir que yo estaba siempre guapa, hasta con una braga en la cabeza…—
La playa era el tiempo más apasionante de nuestra infancia. Corríamos por la orilla recogíendo conchas que parecían de nacar y piedrecillas con las que luego forrábamos las cajas vacías de puros del abuelo y después nos servían para guardar secretos. Jugábamos a ser buscadores de tesoros y hundíamos una vez y otra las manos en la arena, en el momento que llegaba la última ola, para encontrar unas pocas txirlas que llevábamos ilusionados a casa. Pero aquellos días de marea especialmente baja cuando el olor del mar nos llegaba más intenso, aquellos días, nos íbamos hasta el final de la playa; a la zona del Náutico. En aquel rincón el paisaje parecía estar hecho a la medida de nuestros juegos con el verde brillante y resbaladizo de las algas envolviendo las pequeñas rocas por donde podíamos brincar sin mucho riesgo. Aquellas rocas eran un mundo de auténtica fantasía; un pequeño paraíso para los niños. Allí descubrimos las kiskillas y las lapas, esas conchas duras y feas que, aunque eran muy duras, algunos se las comían. Allí nos divertíamos haciendo correr a los cangrejos, que nos huían despavoridos corriendo de costado mientras las olas salpicaban de alegría nuestros juegos.
Como dice la canción… qué tiempo tan felíz. Feliz excepto en los momentos de las despedidas para ir a comer a casa que, casi todos los días, terminaban en drama, posiblemente debido al agotamiento. Ahora me emociona el recuerdo de aquellos adioses mojados entre besos de salitre y lágrimas de cocodrilo.
No me hubiera impresionado tanto esta fotografía en blanco y negro de Samuel Aranda que actualmente expone en el Museo de San Telmo de Donosti si, hace algún tiempo, no me hubiera impresionado esta otra cuyo autor desconozco pero que guardé entre mis cosas porque me inquietó esa profunda y bellísima mirada. Pensé que en ella se encerraba todo aquello que, para mí, es el enigma infinito de las mujeres en el mundo musulmán.
Desconozco si la mujer de la cámara de fotos está tomando una instantánea de un monumento o de algún paisaje, quizás de otra persona o de un grupo de personas. Quizás se está haciendo un «selfie». ¿Qué mundo de creencias y convicciones; de sentimientos, de emociones ocultan las mujeres detrás de un hidad, un chador, un burka o del velo negro de un niqab?.
Somos culturas contrapuestas; eso está claro. No obstante, la Mujer, en cualquiera de ellas, no cede y no debe ceder en sus esfuerzos de conquistar el reconocimiento de igualdad de derechos que merece, simplemente por el hecho de ser persona, en este caótico laberinto humanitario que llamamos mundo.
Somos culturas contrapuestas, de acuerdo, pero sería bueno que, aunque no nos comprendieramos, nos respetáramos.
…
Ana María Gutiérrez Ibacache presentó en 2014 un artículo muy interesante en la Revista «Cultura crítica» que tituló Feminismo y Corán: La lucha de las mujeres musulmanas.
«Las mujeres islámicas han sido limitadas socialmente por su religión y cultura, relegadas al espacio privado. Sin embargo, para algunas de ellas el Corán surge como alternativa de lucha e integración al espacio público.
La visión de la mujer en el mundo occidental es muy diferente a la visión de la misma en el musulmán. Fuente: United Explanations.
El rol que juega la mujer en el islam es tema de controversia y este versa, la mayor parte de las veces, sobre los cuestionamientos que se hacen de la religión y cultura musulmana desde Occidente. Por ello, las miradas que tienen tanto el mundo occidental como el musulmán sobre la mujer en la sociedad son opuestas.
Desde la visión occidental, la mujer en la sociedad musulmana es privada de sus derechos fundamentales, políticos y sociales debido a los tratos discriminatorios, de inferioridad, sometimiento al hombre y a la vida familiar, privándola de participar en los espacios públicos, todo lo cual se justifica en nombre de la religión y la tradición. En contraposición, para el mundo musulmán y principalmente para el islamismo radical, la mujer es el elemento generador de la familia. La familia, a su vez, es la base de la sociedad, el origen de los valores y su solidez constituye el único medio para garantizar una sociedad regida por la rectitud moral. Por lo tanto, la mujer es garantía de la pureza en la sociedad, siendo preciso aislar o sancionar a las mujeres que la vulneran.
Ambas culturas, tanto la occidental como la musulmana, pueden extremar los argumentos uno en contra del otro, que no siempre están relacionados con la defensa de los derechos de la mujer, sino con luchas de carácter político, económico, social y también cultural. Por eso muchas veces la opinión menos conocida es la de la propia mujer musulmana.
Hace algunos años, en el ámbito de la defensa de los derechos de la mujer en esta cultura, ha comenzado a sonar con fuerza un nuevo movimiento, el feminismo islámico que defiende la plena igualdad entre hombres y mujeres partiendo de las enseñanzas del Corán. Estos movimientos feministas reconocen al texto sagrado como liberador, pero también que en la actualidad no es así. Por lo tanto, no es el Corán el que plantea la discriminación de la mujer, sino que se ha producido una degradación de la tradición y una tergiversación de sus enseñanzas que ha tenido como resultado la actual estructura patriarcal de la mayoría de la estados musulmanes, como explica la periodista Ana Fernández Vidal.
¿El feminismo es una opción para la integración de la mujer musulmana a la sociedad en igualdad de condiciones?
Contextualizando la relación entre feminismo e islam, primero se debe entender que el feminismo es toda teoría, pensamiento y práctica social, política y jurídica que tiene por objetivo hacer evidente y terminar con la situación de opresión que soportan las mujeres y lograr así una sociedad más justa que reconozca y garantice la igualdad plena y efectiva de todos los seres humanos. En otras palabras, es un movimiento heterogéneo, integrado por una pluralidad de planteamientos, enfoques y propuestas (De las Heras, 2008).
«No puede lograrse la emancipación de la mujer en un ámbito estrictamente religioso»
De esta forma, el feminismo islámico, como tal, tiene sus orígenes en el feminismo secular, protagonizado por musulmanas y cristianas. Estas feministas surgieron en diversas naciones-estado a lo largo del siglo XX, ya fuera antes, durante o después de la ocupación colonial, y en un contexto de modernización y también de gestación de los movimientos islámicos reformistas. El feminismo secular es un discurso y una práctica creada por mujeres de diferentes comunidades religiosas, de los países árabes del sur del Mediterráneo, que tenía como propósito compartir una nación-estado laica de ciudadanos iguales y donde el Estado y la religión estuvieran separados. Estas feministas y su organización tenían por objetivo garantizar que las nuevas instituciones estatales fueran igualitarias con el género, tanto en la teoría como en la práctica. También querían reformar las «leyes religiosas sobre el estatus personal», entre éstas, los códigos personales musulmanes y cristianos, elaboradas por los Estados. Por lo tanto, denuncian al islam como una religión patriarcal que ha perjudicado históricamente a las mujeres. Aunque reconocen la mejora que significó el islam en su momento, consideran que toda religión monoteísta es en esencia patriarcal, y que no puede lograrse la emancipación de la mujer dentro de un ámbito estrictamente religioso (Badran, 2008).
Feminismo islámico. | Fuente: Web Islam
Sin embargo, el proceso de modernización y los problemas económicos, los conflictos sociales y culturales en los que derivó no encontraron un cauce adecuado de expresión ni de resolución social o política. Se produjo, entonces, la revitalización del islam, lo que significó que en los países musulmanes alcanzara renovado protagonismo el islam fundamentalista sobre el islam progresista, con el fin de resolver mediante la religión todos los problemas sociales y políticos, junto con restaurar la integralidad de los dogmas. Además, es una forma de reaccionar con el fin de proteger su cultura, ante la amenaza que significa Occidente con sociedades liberales en el ámbito económico, político y social, que llevan consigo el capitalismo, la democracia y el libertinaje moral. Las mujeres vieron cómo sus derechos, en aquellas sociedades que habían alcanzado mayor participación, eran cada vez más restringidos y nuevamente eran confinadas a la vida privada, del ámbito familiar, y por tanto, quedaban fuera del espacio público que habían logrado.
En este contexto surge el feminismo islámico, como un movimiento de protesta basado en el Corán, que revindica la posibilidad de alcanzar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres en el marco del islam. Son, principalmente, mujeres musulmanas que no quieren abandonar su religión y rechazan el machismo y el sexismo imperante en la mayoría de las sociedades musulmanas. Los principales planteamientos de este tipo de feminismo son (Prado, 2008):
Es un movimiento que cimienta sus bases en el Corán y en el espíritu igualitario del Islam: el Corán es parte fundamental de la obtención de sus demandas de mayor igualdad y es llevado a cabo por mujeres musulmanas dotadas del conocimiento lingüístico y teórico necesario para desafiar las interpretaciones patriarcales y ofrecer lecturas alternativas encaminadas a lograr la igualdad de derechos; y al mismo tiempo como refutación de los estereotipos occidentales y del fundamentalismo religioso. El iytihad —esfuerzo de interpretación— es muy importante en este punto ya que sustenta las demandas del feminismo islámico, en la medida que cualquier musulmán puede interpretar el Corán y es una visión válida, dado que el texto fundamental lo permite.
Plantea que se debe realizar una lectura analítica del Corán y que la jurisprudencia islámica clásica no es una interpretación objetiva de los principios del Corán, sino una interpretación vinculada a un tiempo histórico concreto, y realizada desde una perspectiva patriarcal y autoritaria, con un concepto de sociedad muy jerarquizada. Postula, asimismo, que el islam genuino contiene importantes elementos de liberación, como son el sentido igualitario y al ausencia de jerarquías religiosas, y propone la recuperación de estos como marco de emancipación social. Lo cual implica reformar todas aquellas leyes discriminatorias, tanto hacia las mujeres como hacia las minorías religiosas, sexuales o raciales. Si la sharia implica la más mínima discriminación, desde una perspectiva feminista, debe ser rechazada. Por el contrario, si la sharia implica una aplicación posible del mensaje coránico de justicia social y de igualdad de todos los seres humanos, en ese caso, es lícito defender el derecho de los musulmanes a regirse por la sharia.
La posición y el rol que ocupa actualmente la mujer en la sociedad musulmana proviene de una visión de la sharia o ley islámica, creada entre los siglos IX y X e impuesta como una verdad inamovible a la que todos los musulmanes deben obediencia. De esta visión han derivado los tratos discriminatorios y vejatorios hacia la mujer, como los castigos corporales, la violencia doméstica, la poligamia, los códigos de vestimenta y la familia que coarta su libertad.
De esta forma, el islam no sería una religión patriarcal. Todos los seres humanos tienen la misma dignidad con independencia de su sexo; toda discriminación de género debe ser combatida y completamente erradicada; y una correcta reinterpretación de los textos sagrados y de la tradición jurídica constituyen un importante desafío al patriarcado en un contexto islámico.
Por último, el feminismo islámico impulsa la participación de las mujeres en órganos de decisión. Revindica el derecho a la propiedad, a la libertad individual y a la independencia económica, basándose en la tradición islámica. Reclama el acceso a la mezquita como un derecho de las mujeres musulmanas.
Puntos a favor y en contra
Se puede ver que, efectivamente, el feminismo islámico reivindica la defensa de los derechos de las mujeres y la igualdad de género en la sociedad, al igual que lo pretende el feminismo a nivel mundial. Sin embargo, mientras que la religión que se presenta desde el feminismo occidental es una de las principales opresoras de la mujer, para el feminismo islámico se transforma en la herramienta a través del cual las mujeres pueden luchar por la igualdad o en este caso por una integración más justa en la sociedad, considerando la realidad religiosa y cultural de estas sociedades. Lo anterior, para los movimientos feministas más radicales lo invalida como feminismo.
Argumentando a favor, si la religión es la causa por la que han sido oprimidas, discriminadas y relegadas a un rol de inferioridad ante el hombre, la única forma de cambiar su posición en la sociedad es cambiando la interpretación que se ha impuesto desde una sociedad patriarcal. Por ello, el feminismo también debe adaptarse a los contextos políticos, económicos y culturales de cada sociedad, porque de lo contrario, las mujeres musulmanas no tendrían una herramienta válida desde el islam para poder defender sus derechos. Por lo que a estas mujeres respecta, un feminismo que no se justifique dentro del islam está condenado al rechazo del resto de la sociedad y es, por tanto, contraproducente.