Aquelarre


Hoy comparto un poema de Pablo González de Langarika…

En el crepúsculo ellas bajan a la orilla
desnudas
se sumergen en el agua
llevan un musgo dorado en los pezones
y un néctar tierno
que acunan en sus labios
ofrecen rosas y sándalos que suenan

(en su silencio se adivina
entrecortado
la comezón profunda del deseo)

seis tardes núbiles reposan en sus ojos
y lentas apuran la sangre de las nubes
cálidos roces pretenden sus caderas
besos colmados por músicas nocturnas…

a un aire leve se abren
y en sus vientres
danza el esperma del sueño de la fiera…
todo es telúrico
las ramas
los espinos
los gestos
las argucias
los ribazos
los guijarros del ayer
las vejaciones

y ese cuenco de maíz que sus jadeos
van distanciando del flujo del invierno…


Del vasco aquelarre; propiamente ‘prado del macho cabrío’. Junta o reunión nocturna de brujos y brujas, con la supuesta intervención del demonio ordinariamente en figura de macho cabrío, para sus prácticas mágicas o supersticiosas. Real Academia Española © Todos los derechos reservados.

Hoy necesito poesía

Jose Agustín Goytisolo es uno de mis poetas preferidos.

El poema que elijo hoy no tiene ningún sentido… como tampoco lo tuvieron las bombas que ayer se utilizaron para masacrar con indiferencia la vida de tantas personas…

Hoy necesito poesía…

Y TODO FULGURABA

Y siguieron los pasos de la noche
y todo fulguraba;
el vino que bebieron y les lleva
igual que un tren sin ruido
hacia un destino incierto con la luna
bailando entre las nubes
y el humo del incienso en todas partes;
y luego el rubor de ella
apartando la punta de la sábana
sin mirarle a los ojos.

Esparció los cabellos en su piel
y quiso con amor
hacer interminable aquel milagro
de ternura y vehemencia;
después él de rodillas pecador
ansió que la mujer
se sintiera caer caer muy hondo
para alzarse de nuevo
y se olvidara de sus horas tristes
de sus años sin rostro.

Todo se fue cumpliendo como un rito;
ella aprendió a morir
a atravesar los fosos y declives
los ríos y las cañadas
también a estremecerse y sollozar
y a morderse los labios
para que un grito no siguiera a otro.
Al final sonrió
como jamás él viera sonréir
a nadie entre sus brazos.


A veces solo silencio


Escribiendo borroso
viviendo claro
contando cosas, sucedidos
del alma
los hombres
países
las palabras un espejo de niebla
reflejando palabras
concretas
subconsciente vidriera
de la palabra directa
inverosímil
adherida a sus adyacentes
silencio
a veces
solo
silencio…


Blas de Otero

 

 

Saludo


Con todo el respeto por mis orígenes…

saludo al mundo

del que solo soy una pequeña mota de polvo que vuela con el himno sagrado del

AURRESKU

El aurresku es una danza popular vasca, revestida de solemnidad y elegancia que se baila a modo de homenaje, o reverencia, delante de personas o personalidades destacadas de la comunidad.

El aurresku, tal y como lo conocemos hoy en día, es bailado por un dantzari (bailarín en euskera) o aurreskulari (bailarín de aurresku), acompañado de un txistulari, músico que toca el txistu (instrumento tradicional vasco de viento que se toca con una sola mano) y el tamboril con la otra mano.

El origen del aurresku

El aurresku de honor (ohorezko aurreskua en euskera) que se baila hoy por hoy, tiene su origen en las antigua soka dantza (danza de cuerda), que se bailaba en corro, generalmente compuesto sólo por hombres unidos de la mano, o sujetando pañuelos, y formando una “cuerda”.

En esta danza, compuesta por varios números de baile contiguos, tenían especial importancia, el primer dantzari, que recibía el nombre de aurresku, (mano delantera) y en segundo lugar, el último dantzari, al que se denominaba atzesku (mano trasera). Tras dar ambos bailarines, una solemne vuelta por la plaza del ayuntamiento con sus txapelas (boinas) en la mano, el aurresku era el protagonista, el que realizaba el primer baile. Ocupar ese puesto suponía un honor, por lo que a veces surgían disputas por recibirlo.


Aurresku1

Evolución del aurresku

Los pasos de este número de baile, que en un principio se improvisaban, se fijaron y se fueron convirtiendo cada vez en más complicados, hasta llevarnos a la espectacular danza actual, en la que para poder bailarlo es necesario ser un bailarín especializado, con muy forma física y largas horas de ensayo.

Con el paso de los años, las partes de la soka danza interpretadas por el solista (aurresku) se fueron separando, poco a poco de la misma, cobrando vida propia y bailándose individualmente, hasta derivar en lo que actualmente conocemos como aurresku, llamado así por la persona que lo ejecuta: el primer dantzari, aurresku o mano delantera.

Fuente: Bizkaia talent


Nunca hubiera querido escribir esto


No es solo tu cuerpo lo que veo en tu desnudo,
mujer

Eras pájaro
de corazón asustado,
un vago recuerdo de ti misma,
el olvidado temblor de otros días,
el miedo
en mitad del silencio
de una sociedad que duerme
a las orillas de la muerte.

Olvidaste que en las calles también se esconden
los corazones tristes,
flor de primavera frente al azul impune de la noche.

No es solo tu cuerpo lo que veo en tu desnudo,
mujer

Veo manos embriagadas
con el dolor de tus pechos silentes
y el flujo seco de tu vientre vencido.

Una punzada de horror cada día nos sostiene
en las noticias,
y siento que alguien disfruta con tu sangre
mientras se llora tu vacío,
encadenada, mujer, al fondo del abismo.

Lloro en silencio porque no sé qué mas hacer
con el aliento dañado y la conciencia cansada
mordiéndome los labios.
La lluvia no limpia las razones de los miserables.

Lloro por ti y por la violenta y fría estadística
que se archivará hoy en el fondo de los años.
Se revuelve el duelo por los caminos
pero hoy volvemos a poner los contadores a cero,
mujer,
sobre el féretro de tu cuerpo mancillado.


@mjberistain

Litoral


 

No dejaré que me deslumbre la luz

del imposible,

ni su queja, ni su congoja,

ni el valor de su palabra escrita

en los márgenes de cualquier poema.

Vivo

como litoral errante,

aquí y ahora,

en la voz desgarrada de la palabra libertad,

y sangro salitre entre las altas crestas

y la tragedia de los bajos fondos

del mar y sus silencios.


El abrazo del silencio


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P.A.


 

Hay un delicado olor a pánico


Hay un delicado olor a pánico
en el mundo

a medida que voy abriendo
un hueco blando
para ti en mis manos
y sé que eso no basta,
que es un modo ingenuo
de salvarte
cuando el viento helado
nos conmueve
la hojarasca
y los periódicos viejos,
y nos enturbia las mañanas
con un cansancio sin pasado
del que ni siquiera podemos rescatar
algún veneno
que nos condene
a pasar, como mudos invitados,
al convite de la vida.


Sed de eternidad


Mas yo siento en el agua
Algo que me estremece… como un aire
Que agita los ramajes de mi alma
García Lorca

 

Abrázate a mí
con el aire que estremece
el escaso ramaje del otoño.

Susúrrame al oído
en el alto costado de mi cuello
el rumor de los pájaros
perdidos en las alas de la muerte.

Arde,
inmólate
en el oscuro ventanal
de mi vientre deseante
y siente las lenguas líquidas
de gozo libando
la suma de soledades
sedientas que habitan
entre nosotros.

No me apartes de tu cuerpo.

Desgarrame
con zarpazos de ternura,
descubre la gloria palpitante y mística,
sensual
de esta música
salvajemente cadenciosa
y vacíate
como corriente cristalina
anegando
las entrañas más ocultas
de este duelo interminable.

Quizás solo seamos
en el oscuro firmamento de los días,
solitarios instantes ingrávidos
con sed de eternidad.


 

 

 

Me llamo nadie


Escuchó al otro lado del auricular el sonido lejano de una música que le resultaba familiar, pero que no era capaz de identificar. Arrugó la frente y cerró los ojos para escuchar con más atención.

—¿Dígame? ¡Oiga! ¿Hay alguien ahí? ¿Quién llama?

La voz estentórea y apremiante del hombre que atendió la llamada le hizo desconectar del silencio en el que se había parapetado Todavía dudaba entre continuar con la idea de su abuela de que publicara sus escritos o de olvidarlo. Aunque el tema le quitaba el sueño, se había decidido a llamar a la editorial.

Quizá se estaba arrepintiendo de todos los sueños e ilusiones que la habían mantenido en pie los años en los que se había dedicado, desde el lado absurdo de su cerebro, a tomar pequeñas notas de las emociones que le provocaba mirar a otras personas; observarlas e imaginar sus vidas; las de los que transitaban anónimamente a su lado, o se cruzaban alguna vez en su camino; incluso tomaba fotografías que le sugerían historias. Acercarse a la gente e impregnarse del aroma que desprendía su piel; imaginar el contenido de sus bolsos de tafilete o el de las bolsas de plástico con nombres de marcas comerciales impresas en grandes letras de colores; escuchar la música que brotaba de sus auriculares, conocer sus gustos, edad o religión; calcular su pobreza o, por qué no, también su riqueza. Acercarse a aquellas figuras masculinas con pinta de aristócratas con los cabellos engominados y porte elegante, portando sus maletines de cuero negro, que caminaban esforzados sobre lustrosos zapatos abrillantados a diario por hombres teñidos de betún que, sentados en pequeñas banquetas, se repartían por las esquinas de la avenida del centro de la ciudad. Algunas veces sentía pena por aquellos hombres, quizá se propondría emplear su tiempo disponible (ahora ocupado en el hospital atendiendo a su abuela) para ayudarles si pudiera.  No sentía animadversión hacia los ricos. Todo estaba bien, al menos la existencia de la clase alta les ofrecía  una forma de ganarse la vida honradamente; tenían un trabajo, así que podrían llevar algo de comer a casa aquella mañana desapacible en la que ella tendría que darse mucha prisa, cruzar la calle frente al viento y la lluvia, chapoteando entre los charcos, para poder alcanzar la parada del autobús número treinta y uno que le llevaría de nuevo al hospital.

Sintió la mirada hostil del conductor cuando se tropezó contra el panel de plástico rayado que los separaba y las monedas que llevaba preparadas para pagar saltaron por los aires. Intentaba sujetarse a una de las barras verticales mientras, agachada, recogía las monedas del suelo. El pisotón del chofer en el acelerador consiguió desequilibrarla entre la masa de pasajeros del autobús, algunos de pie, apretados, algunos sujetándose a duras penas a los asideros.

—Aguanta niña, —se decía a sí misma, solo cinco paradas más y llegamos.

Se había retrasado por esperar al momento más conveniente para hacer la llamada telefónica a la editorial. Y había dado de lleno con la hora del día en la que el tráfico era insufrible y los autobuses y tranvías iban abarrotados de gente. Los paraguas componían un mosaico multicolor en las calles, las bocinas de los taxis reclamaban un tráfico a su favor. Todo apuntaba hacia un perfecto caos.

Saltó torpemente del autobús entre empujones. No pudo evitar que la carpeta conteniendo sus manuscritos y el sobre con las fotografías para el registro de la propiedad intelectual cayeran al suelo encharcado y sirvieran de alfombra improvisada para los pasajeros que, como ella, se apeaban en aquella parada. Varias personas la ayudaron a recoger el material mojado mientras lloraba agradecida tratando de quitarle importancia al incidente. La mirada autoritaria del conductor volvió a alcanzarla a través del espejo retrovisor. Se sintió agotada.

Solo su abuela Martina conocía su secreto. La había animado a seguir escribiendo cuando alguna vez le flaqueaba la voluntad. Estaba orgullosa de su nieta que tanto le recordaba a sí misma. Ella la había iniciado en sus primeras lecturas y se sentía feliz de ver que su nieta seguía sus mismos pasos. Una tarde de tormenta, como aquella, le había contado a su nieta que también ella tenía escritos los cuentos y poesías que inventaba y dedicaba a sus hijos por las noches a la hora de dormir. Los tenía recopilados en cuadernos y acompañaba cada texto con sencillos dibujos a lápiz o con pinceladas de acuarela. Estaban guardados, nunca se había planteado su publicación aunque reconocía que le hubiera gustado poder hacerlo. Durante aquella tarde de confidencias una de las más especiales vividas entre ellas, Martina le pidió que se hiciera cargo de sus colecciones, aunque su deseo era que no se publicaran hasta después de su muerte. Y ella se lo había prometido.

Subió las escaleras pensando que lo único que le faltaba aquel día aciago era que el ascensor no funcionara, o incluso que se averiara con ella dentro, lo cual sería una catástrofe. Tercera planta, pasillo a la izquierda —iba diciendo para sí misma mientras recorría el pasillo que le separaba de la habitación de su abuela Martina—, hasta el fondo, buenos días —saludaba al pasar por los controles, sin esperar respuesta. El eco de sus pasos en las baldosas del suelo la incomodaba, buenos días —repetía en voz baja para no hacer ruido, caminando de puntillas hasta el número trescientos trece, la última habitación del pasillo. Como todas las mañanas, antes de entrar a la habitación, se paró en el control de planta para saludar al personal sanitario y hablar sobre el estado de su abuela. Esa mañana se encontró de frente con el médico y el vacío que descubrió en su mirada le habló sin palabras. 

Dejó pasar unos días hasta encontrar la serenidad suficiente para comunicarse con la editorial. Escuchó al otro lado del auricular el sonido lejano de una música que le resultaba familiar, pero que era incapaz de identificar. Arrugó la frente y cerró los ojos para escuchar con más atención.

—Altair Editores, ¿Dígame?

Suspiró despacio y profundamente. Volvió a escuchar la voz masculina que atendía su llamada.

— Altair Editores, ¿Dígame? ¿Con quién hablo?

—Buenos días. —dijo con voz meliflua.

—Me llamo Nadie. Me dirijo concretamente a su editorial sabiendo que ustedes son especialistas en el tema que voy a plantearle. Tengo en mi poder una colección antigua encuadernada de cuentos y poesía para niños con ilustraciones en lápiz y acuarelas…


Texto y Fotografía @mjberistain


Es preciso perdonar


«Perdonar es la experiencia de poder estar en paz,
independientemente de lo que pasó en nuestra vida hace cinco minutos o hace cinco años.
Perdonar no es olvidar, es vivir tranquilamente con lo que no se olvidará.»
Fred Luskin

Agradezco a Jo Da Silva esta música con la reflexión… que alivia profundamente este domingo lluvioso del mes de Noviembre…


Luces de Ciudad

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Así te veo, rostro casi vivo. Miras
desde tu mundo lejano y llegas hasta mí.

Te tengo. Nunca huirás para siempre,
mi prisionero eres, o soy yo.
Fotografía o amor,
imagen material o cuerpo ausente.

Luces de ciudad

Ahora me miras, desde tu superficie sin fondo,
ojos que nada deberían decir,
y, sin embargo, desde sus engañosas luces,
cansancio o amor dicen mientras resbalan sueños.

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Oscuro cambio, o realidad aparente;
aire, luz descompuesta en rayos, bridas de seda,
ébanos, cabellos en las olas sujetan
navíos de marfil sobre la oscuridad del mar.

Así amor, dulzura o amargo recuerdo
fundido en lágrimas que el viento disgrega,
tiempo feliz, porvenir azaroso o presente incoloro,
tal eres, solamente.

Una fotografía, una fecha, un nombre y sus aristas,
un suspiro de plomo al papel de tus labios…


 

Cómo escribir la luz de octubre


Cómo escribir la luz de octubre
sus infinitas sombras, su lenguaje
cálido, mientras perdura el tiempo
con signos de ausencias remotas.

Cómo escribir octubre
sin que palpite el otoño en las venas
ni mueran las últimas hojas
como desahuciadas lágrimas lentas.

Cómo escribir, sin alumbrar octubre 
con la luz difusa de las farolas,
o el aroma de agonizantes delirios
entre las sombras de relojes quietos…


@mjberistain

La belleza como argumento

‘Schommer al natural’  es el título de la exposición que se celebra estos días en la Casa de Vacas del Parque del Retiro de Madrid. Destaco aquí algunas imágenes tomadas de la red. Son solo una muestra de las que a mí personalmente me resultan sugerentes, aunque me descubro admiradora de toda su obra. Ver albertoschommer.com

Apuntes del artículo de Miguel Lorenci en el Diario Sur

Alberto Schommer, consagrado como un retratista genial, fue también un enamorado y un maestro del paisaje, de la fotografía de naturaleza y de los juegos en el laboratorio. Un gran fotógrafo con alma de pintor expresionista, un alquimista de la imagen que disfrutaba manipulando copias, negativos y tinturas para obtener efectos tan inesperados como emocionantes.»

«El anhelo de Schommer fue llevar la fotografía al nivel de la pintura y la escultura; dotar a las fotos de su misma expresividad y emoción.

«Tras consagrarse como un maestro del retrato, no pierde ni la curiosidad ni la energía y se convierte en un alquimista capaz de transformar las imágenes en metáforas de la pintura en su constante búsqueda de la belleza. Se divierte manipulando negativos, invirtiéndolos y duplicándolos, tintándolos o arañándolos. Convive con las flores que retrata hasta que se marchitan en el estudio, recrea y retoca los paisajes, radiografía las flores y las tiñe, destierra la figura humana.»

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De «Elogio a la fotografía», discurso leído en Abril 1998 al ser nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

» La magia de los momentos recordados hay que alargarla, commo un exquisito manjar, como un delicioso vino y sobre todo si el recuerdo es mágico.»

«El retrato es quizá el hecho más importante dentro de la fotografía. Es el enfrentamiento consentido de dos personas poderosas que se observan activamente ya que el sujeto, por pasivo que parezca, no deja de aportar en su concentración unas señales perceptibles por el autor (leáse fotógrafo) en las que envía simbologías de poder, relajación, elegancia o vulgaridad. El autor debe aceptar estas indicaciones, aprovecharlas, para construir el retrato. Porque un retrato de autor es algo más que un documento. El fotógrafo conoce o debe conocer al sujeto para organizar interiormente y exteriormente su composición: él dirige la operación sugiriendo la actitud, orientando la mirada. La luz no es más que un elemento moldeador que activará la pretensión del fotógrafo.»


La fotografía, qué es sino una provocación,
un grito, un salto al vacío…


 

 

 

 

Horizontes de bruma


«Deberíamos vivir tantas veces como los árboles,
que pasado un año malo echan nuevas hojas y vuelven a empezar». 

Jose Luis Sampedro

No hay ningún precipicio al otro lado, solo lo de siempre.

El futuro es como ese horizonte que nunca llega y se desvanece en la bruma.

El miedo, el verdadero vértigo, lo provocan esas cosas que pensamos que no van a llegar hasta que las tenemos delante. Lo cierto es que me hubiera gustado que el mundo fuera plano y el tiempo tuviese fronteras infranqueables, como imaginaba de niño. De esa manera estaríamos obligados a volver cuando llegásemos al borde del precipicio y empezar de nuevo.

¿Lo imaginas? Un pasaje de ida y vuelta al final del mundo y del tiempo…


Jose Antonio Garriga Vela (extracto)
fotografía@mariajesusberistain

La maleta

Crispó el silencio el tintineo musical del  móvil.

Estaba demasiado dormido para interrumpir su sueño, pero la insistencia de aquella cantinela y la luz que parpadeaba, lanzando diminutos destellos violetas, a la altura de sus ojos sobre la mesilla de noche, consiguieron destemplarle, y claudicó.

Jadeaba. El sudor brotaba de los poros de su piel como un volcán en erupción expulsando con violencia un magma interminable de agua salada. Estaba empapado. Y asustado. Pestañeó con fuerza intentando quitarse de los ojos aquella telilla de niebla mañanera que le impedía situarse en su propia habitación. Estaba solo. Se llevó las manos a la cabeza, ¿qué era aquello? Después, al pecho, buscándole algún sentido a aquella agitación; algún dolor, o algo peor. Pero no le dolía nada.  La respiración seguía acelerada y, mientras intentaba aclarar las posibles causas de semejante desazón, en su mente solo una idea: la maleta.

Había salido a la calle temprano. Deslumbrado por la caricia de la luz dorada del amanecer que se reflejaba en los cristales del portal de enfrente de su casa, pensó que le esperaba un día espléndido. Era una buena premonición.

Le quedaba tiempo. Quizás había madrugado demasiado debido a la excitación del momento. Decidió aprovechar unos minutos para acercarse a ver el mar antes de tomar el taxi que le llevaría al aeropuerto. Dobló la esquina de la avenida a su izquierda. Una bocanada de aire impregnado de salitre descolocó el poco pelo que le quedaba y que con tanto esmero arreglaba frente al espejo siempre antes de salir de casa. No pudo evitar un gesto de contrariedad, Llevaba las dos manos ocupadas y, aunque intentó ordenárselo con un movimiento violento de cabeza contra el viento, fue inútil. Arrastraba con su mano derecha la maleta que le acompañaba desde sus tiempos de estudiante en la universidad. Había terminado acoplándole un pequeño tirador con dos ruedas pequeñas para manejarla mejor. En ella, prácticamente todo su vestuario —que no era mucho— porque la vida le había llevado a una situación difícil y, después de muchos avatares, se había quedado con lo puesto. Sus cuatro libros de cabecera y sus «cedés» eran el exiguo patrimonio que había conseguido rescatar del «desembarco». Y en su brazo izquierdo un bolso con la documentación y alguna que otra cosa de las de llevar a mano durante el viaje.

Se acercó al borde del rompeolas y dejando los dos bultos a un lado, pudo por fin atusarse el pelo. El mar estaba muy agitado, la marea alta. Suspiró profundamente y sintió cómo su espíritu se cargaba de energía.

—¡Volver a empezar!, —se dijo, con más determinación que convicción.

Apenas había algunos paseantes por allí a esa hora de la mañana, gente que disfrutaba del paseo de camino al trabajo, o que volvían de él, algún despistado que volvía de una noche de copas, y estudiantes. Se acercó a leer un letrero que informaba de que el «bidegorri» destinado al tráfico de bicicletas estaba cerrado por obras debido a los daños que había causado el último temporal. Sobresaltado dio un respingo. Su cuerpo se alteró sintiéndose en peligro ante las peligrosas piruetas que ejecutaban con sus bicicletas dos jóvenes que se le acercaban —lo que a él le pareció a toda velocidad—. Uno de ellos, haciendo un salto virtuoso con giro, no pudo evitar el impacto contra la maleta del hombre que esperaba apostada al borde del paseo marítimo y que salió despedida por los aires, cayendo directamente al mar.

—¡Pordiós, esto no puede ser, no es posible!, ¡no puede estar pasándome a mí! —gritó iracundo mientras se acercaba al joven que estaba en el suelo hecho un nudo con su bicicleta y que, con voz y mirada compungidas, se lamentaba del atropello.

Afortunadamente no había sufrido nada más que algún rasguño. Hubo unos segundos de excusas y risas contenidas por parte de los jóvenes. El hombre desahogaba su furia contra ellos y les infligía un duro castigo de recomendaciones sobre convivencia cívica.  Finalmente aceptó el hecho, resignado. Los dos chicos, con toda la seriedad que fueron capaces de aparentar, subieron a sus bicicletas y volaron hacia su destino.

Al hombre, que se había quedado absorto contemplando cómo aquel cascarón de piel marrón, cada vez más lejano y pequeño, navegaba entre el fuerte oleaje llevándose todo lo que, a duras penas, había conseguido acumular en su vida, le atacó un violento impulso irrefrenable que le hizo echarse a correr, como un loco persiguiendo a su maleta, en un intento desesperado de no perderla de vista.

Corrió varios kilómetros por el paseo del litoral asfaltado, trepó monte arriba hasta alcanzar la costa abrupta, como un avezado «trail runner» corrió por los caminos de arenisca y arcillas margosas, al borde de los altos acantilados, a lo largo de cordilleras, bajó a las playas, sorteó las rocas, rodeó los puertos, atravesó pueblos  y ciudades, cruzó fronteras, corrió, sus pies descalzos hundiéndose en la arena de las dunas interminables, corrió sorteando los agujeros negros de la noche que se abrían como abismales gargantas negras agigantándose a su paso…

Y, aquel vértigo al vacío…

Corría a la velocidad máxima que le permitían sus piernas, sus pulmones y su coraje. Su corazón bombeaba a toda máquina cuando lo paralizó la alarma.

El móvil repiqueteaba incansable sobre la mesilla de noche. En su cara se proyectaban diminutos destellos de luz violeta. A los pies de la cama, como una fiel compañera de viaje, esperaba en silencio su vieja maleta.

@mjberistain
Imagen de ouiea crea. flickr


El Moneo que me piensa

Kursaal

Tenía veintipocos años cuando se demolió el antiguo Kursaal. Recuerdo que el impacto entre la gente de la ciudad fue muy importante. El sentir era de incomprensión y de temor porque aquello respondiera a una maniobra preparatoria de especulación con un solar privilegiado a orillas de nuestro mar. El solar al que llamaron «solar K», se mantuvo vacío durante otros veintitantos años, tiempo durante el que se estudiaron y se desecharon variadas y diversas propuestas.

La resolución del jurado explicaba así los motivos de su decisión
al elegir el proyecto de Moneo

El lema decía: DOS ROCAS VARADAS

«POR el acierto en la consideración del solar K como un accidente geográfico en la desembocadura del río Urumea, por la liberación de espacios públicos como plataformas abiertas al mar y especialmente por la rotundidad, valentía y originalidad de la propuesta» 

Para los ciudadanos se hacía difícil reconocer que otra construcción pudiera compensar del glamur perdido con la demolición del antiguo Kursaal.

Sin embargo, con el paso de los años, la integración en nuestras conciencias de ciudadanos de aquel nuevo edificio, admirado por unos y rechazado por muchos, fue lenta pero profunda. Quizá ello tuviera que ver con el propio carácter de los vascos…

No tengo palabras para explicar que la magia de Moneo consiguió engrandecer la ciudad respetando, a pesar de su innovadora propuesta, la fuerza del paisaje y de la arquitectura romántica con la que nos sentíamos tan identificados a través de los tiempos.

@mjberistain

Moneo

Extracto del artículo de Ana Belén García

El arquitecto Rafael Monero (Tudela, 1937), es un hombre elegante, amabilísimo, y con un punto de timidez.

Según sus propias palabras Moneo concibe el desarrollo de los edificios por su capacidad de integrarse en la vida de las personas y por el respeto al lugar donde se ubican. Un tema que le apasiona y motiva.

Moneo ha sido el primer español en ganar el Prizker en 1996, considerado el Nobel de la arquitectura, y también son suyos el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2012) y el Premio Nacional de Arquitectura (2015). El arquitecto ha pasado 30 años como docente a caballo entre España y EEUU donde ha ejercido como Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Harvard.

“la ciudad misma es la arquitectura y es donde la gente entiende y debe apreciar lo que un edificio debe dar de sí”

Amante de la poesía y viticultor experimentado, lejos de jubilarse, Moneo mantiene un estudio con una veintena de profesionales en el que vuelca una actividad con la que aspira a que los edificios adquieran su propia personalidad por encima de los arquitectos.

«Su obra enriquece los espacios urbanos»

Según el Jurado del Premio Príncipe de Asturias que le fue concedido en 2012,

«Como maestro reconocido en el ámbito académico y profesional, Moneo deja una huella propia en cada una de sus creaciones, al tiempo que conjuga estética con funcionalidad, especialmente en los interiores diáfanos que sirven de marco impecable a las grandes obras de la cultura y del espíritu».


La caja de Música


Música de Japón. Avaramente

de la clepsidra se desprenden gotas

de lenta miel o de invisible oro

que en el tiempo repiten una trama

eterna y frágil, misteriosa y clara.

Temo que cada una sea la última.

Son un ayer que vuelve. ¿De qué templo,

de qué leve jardín en la montaña,

de qué vigilias ante un mar que ignoro,

de qué pudor de la melancolía,

de qué perdida y rescatada tarde

llegan a mí, su porvenir remoto?

No lo sabré. No importa. En esa música

yo soy. Yo quiero ser. Yo me desangro.


Jorge Luis Borges
Fotografía Imágenes Técnicas

Aire


Música Air de Johann Sebastian Bach


Amanece, lentamente… y es como si la luz cantara.

Vengo movido por mi sangre,
Por su música.
Vengo orientado por mi lengua.
Por su sed.

Todos los días me visto de vientos,
de mareas, de lunas.
Y aquí, cuando me escuchan,
de todo eso me desvisto.

Soy tan solo el aire de lo que cuento.
Una voz sonámbula.
Una voz que busca trastornada
la intimidad de la tierra.


Texto A.Ruy Sánchez
Fotografía de Macarena Azqueta

Cuentos casi reales

Hablando de Lucía Berlín


Descubrí un libro que me sorprendió por su título. La verdad es que no me resultaba especialmente sugerente pero, al abrir sus páginas, algo diferente captó mi atención. Quizás fue la frescura de su lenguaje y algunos párrafos que asimismo invitaban a la reflexión.

Aparte de mis devaneos con los libros de papel, decidí que por qué no salirme de mis estructuras intelectuales y permitirle algo más libre y novedoso a mi cerebro.

Y así fue cómo me encontré con la aparente (voy a decir) «superficialidad» de esta autora que sin embargo ha conseguido —con la precisión de su escritura— conmoverme a pesar de que sus historias y sus personajes parecen tan comunes.

Hace solo unos días encontré una referencia al libro de relatos titulado «Manual para mujeres de la limpieza«.

La encontré en el Blog de Carlota Gastaldi (Premio Naccional de Periodismo 1995). Os invito a leerla completa. Entresaco aquí algunas líneas:

«Lucía Berlín ha sido comparada con la escritura secreta como la de Alice Munro, menos cáustica que la de Dorothy Parker y mucho más alegre que la de Raymond Carver. Sin embargo, sí existe una misma manera de ver o de mirar la realidad. Los tres contemplan las relaciones humanas a través de la lente de la vida cotidiana, aunque cada cual lo haga imprimiendo un estilo propio.

El estilo de Lucía Berlin es alegre, fresco, natural, directo y contundente. Su tono es vital, declarativo, impetuoso, expansivo, vibrante, efervescente y lejos de repudiar la reflexión es también profundo.»

En su texto se refiere a la habilidad y sensibilidad de la autora para «retratar a sus personajes física y psíquicamente con su riquísimo repertorio expresivo». También para «compensar una frase cortante o dura con un guiño de humor, logrando un efecto cómico al saber colocar un verbo en el lugar adecuado.»

Carlota dice del libro que es «un tapiz memorable, cosido con pequeños retales de vida en forma de deliciosos relatos. Escrito con el idioma universal de los sentimientos y la textura de un realismo que parece tener relieve.»