Me llamo “nadie”

Escuchó al otro lado del auricular el sonido lejano de una música que le resultaba familiar pero que no era capaz de identificar. Arrugó la frente y cerró los ojos para que sus oídos escucharan con más atención.

—Dígame?, oiga, hay alguien ahí?. Quién llama?

El sonido destemplado y ya urgente del hombre que atendió la llamada le hizo desconectar del silencio en el que se había parapetado para poder eludir aquella voz.

Estaba aterrorizada con la decisión que había tomado, así, tan repentinamente. Quizás se estaba arrepintiendo de todos los sueños e ilusiones que le habían mantenido en pie los años en los que se había dedicado, desde el lado absurdo de su cerebro, a tomar pequeñas notas de las emociones que le provocaba el mirar a otras personas; observarlas e imaginarse las vidas de los que transitaban anónimamente a su lado o se cruzaban alguna vez en su camino; incluso tomaba fotografías urbanas que le sugerían historias. Acercarse a ellos —siempre con discreción y respeto, como le aconsejaba su abuela— e impregnarse del aroma de sus pieles al rozar el viento sus ropas, investigar el contenido de sus bolsos de tafilete o el de las bolsas de plástico con nombres de marcas  comerciales impresas en grandes letras, leer los títulos de los libros que portaban o intentar oír la música de sus auriculares para conocer sus gustos, su edad, su religión, su procedencia, calcular su pobreza o, por qué no, también su riqueza. Acercarse a aquellas figuras masculinas que parecían aristócratas con los cabellos engominados y porte elegante, ceñidos a sus maletines de cuero negro caminando sobre lustrosos zapatos abrillantados a diario por los hombres teñidos de betún sentados en banquetas bajas que se repartían por las esquinas de la avenida del centro de la ciudad. Algunas veces sentía pena por aquellos hombres, quizás se propondría ofrecer su tiempo disponible (ahora ocupado en el hospital desde hacía meses) para ayudarles y trabajar por la igualdad social, por el mejor reparto de los recursos, aunque se daba cuenta por otra parte, de que no sentía ningún rencor hacia los ricos. Todo estaba bien, por lo menos la existencia de la clase alta les garantizaba una forma de ganarse la vida honradamente, ya que el estado parecía no poder solucionarlo; tenían un trabajo, así que podrían llevar algo de comer a casa aquella mañana desapacible en la que ella tendría que darse mucha prisa, cruzar la calle contra el viento y la lluvia chapoteando entre los charcos, para poder alcanzar la parada del autobús número 31 que le llevaría de nuevo al hospital.

Sintió la mirada hostil del conductor cuando se tropezó contra el panel de plástico rayado que los separaba y saltaron por los aires las tres monedas que llevaba preparadas en la mano para pagar el billete. A duras penas consiguió sujetarse a una de las barras verticales mientras recogía las monedas del suelo. El acelerón la proyectó contra la masa de gente que se apretaba de pie con los brazos en alto sujetándose a los asideros de cuero que colgaban del techo y que a ella esta mañana le resultaban demasiado altos para su espíritu.

—Aguanta niña, solo cinco paradas más y llegamos. —Se decía a sí misma por lo bajo—

Se había retrasado por esperar a hacer la llamada telefónica a la editorial a una hora prudente y que no pareciera ser una novata ansiosa. Y había dado de lleno con la “hora punta” del día en la que el tráfico era insufrible y los autobuses y tranvías iban desbordados de gente. Los paraguas se movían en mareas de colores por las calles, las bocinas de los taxis insistían en regular el tráfico a su favor. Todo apuntaba hacia un perfecto caos.

Saltó torpemente del autobús entre empujones y no pudo evitar que la carpeta conteniendo su manuscrito y el sobre con las fotografías que había preparado para llevar al registro de la propiedad intelectual, fueran a caer al suelo encharcado y sirvieran de alfombra improvisada para los demás pasajeros que también se apeaban en aquella parada. Al verla allí desolada, varias personas la ayudaron a recoger todo el material mojado mientras ella lloraba agradecida tratando de quitarle importancia al incidente. De nuevo sintió la mirada contrariada e impaciente del conductor del autobús a través del espejo retrovisor. Se sintió agotada.

Ella, solo su abuela Martina lo sabía. Era la única persona que la había animado a seguir escribiendo cuando alguna vez le flaqueaba el ímpetu, y ahora le presionaba para que publicara su libro. Estaba orgullosa de aquella joven que tanto le recordaba a sí misma, a la que había iniciado en sus primeras lecturas y que ahora seguía sus pasos.  Una tarde de tormenta, como aquella, le había contado su secreto. Siempre había escrito cuentos y poesías para niños que había solido acompañar de sencillos dibujos y pinceladas con acuarelas. A lo largo de su vida los había ido encuadernando cuidadosamente y los había guardado fuera del alcance de cualquiera, incluso de su propia familia. Aquellos mismos cuentos que su abuela les contaba a los pequeños de la casa antes de que se fueran a dormir. Sí, le había contado su secreto y le había hecho prometer que lo guardaría y no lo publicaría hasta después de su muerte. Y ella se lo había prometido.

Subió por las escaleras pensando que lo único que le faltaba aquel día era que el ascensor no funcionara o incluso que se averiara con ella dentro, lo cual era mucho peor. Subió a la tercera planta, pasillo a la izquierda, buenos días, el eco de sus pasos en las baldosas, buenos días hasta el número trescientos trece enfrente del control. Se acercó como todas las mañanas a saludar al personal antes de entrar en la habitación y se encontró de frente con el vacío en la mirada del médico.

Escuchó al otro lado del auricular el sonido lejano de una música que le resultaba familiar pero que hoy era incapaz de identificar. Arrugó la frente y cerró los ojos para que sus oídos escucharan con más atención.

—Altair Editores, dígame?

Suspiró despacio y profundamente. Volvió a escuchar la voz del hombre que atendía a su llamada.

— Altair Editores, dígame? Con quien hablo?

—Buenos días, señor.

—Me dirijo concretamente a su editorial sabiendo que son ustedes expertos en el tema que voy a solicitarle. Me llamo “nadie”, pero tengo en mi poder una colección antigua de cuentos y poesía para niños con ilustraciones en acuarela de la que me gustaría se hiciera una valoración…


@mjberistain


 

 

 

 

 

 

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