Hace tanto tiempo… y cómo te sigo queriendo… —dijiste—
Sabía que mentías con tu sonrisa seductora, con el guiño de tu mirada y el brillo de las palabras más sabias; con tu voz llena de verbos en futuro imperfecto, con el roce de tus manos prietas, primarias curtidas en la intemperie de las tormentas
No te creo nada… —dije—
Y hubo un revuelo de telarañas por los rincones sin nombre entre tu abrazo y el mío.
Camino sobre el negro del asfalto, o por un camino de tierra negra bajo la sombra de los robles. Conozco de cerca el alquitrán del que mueren por salir algunas gaviotas blancas. Camino entre soledades, que fueron y seguirán siendo negras. Ahora ya no me importa caminar por la noche y recordar, complaciente, los abismos que se abrían a mi paso en los sueños de adolescente.
Tengo la piel dorada por nacimiento y por el sol de primavera. Me gusta caminar. Camino y observo. Hoy es un niño quien llama mi atención. Es un niño de color amarillo y ojos rasgados que mantiene absorto el perfil de su mirada sobre el mar. Le escucho hablar del color: «es azul, y es verde», y pienso que también es blanco como el color de su furia y como la tierna espuma que llega hasta la orilla de puntillas y después se va, como hace la esperanza…
Camino entre personas de pieles distintas. Somos una misma raza pero la diversidad del color de nuestra piel, muchas veces, nos tienta a considerarnos diferentes.
Me paro y también miro al Mar. Está tranquilo como mi espíritu. Sobre la arena hay cuerpos tendidos; tostados como el color de un buen café a media mañana de invierno, con el sol templado entrando por los cristales. Y pieles negras, como el teléfono negro de cables negros en mi memoria, que me hacía nudos de amor entre los dedos, mientras hablaba con mi amigo negro del otro lado del mundo.
Pero nunca he sabido cuál es el color de la Luz…
Luz de unos ojos negros, Luz de unos ojos claros, Luz del fuego, Luz a contraluz.
Luz de las lágrimas Luz como agua humilde Luz acantilada.
Luz de la Historia Luz áspera Luz que ciega, Luz que huye.
Luz de los cielos nublados Luz de las luciérnagas, Luz de la bruma
Luz de la Música Luz de las Palabras Luz del Silencio bajo los párpados.
Y… ¿Cuál será el color de la Luz de la llamada final? ¿Cuál sería el color de la Paz?
Cada palabra que callas es un eco de sentencia, una trampa que nos tiende el silencio que amordaza la memoria nos vacía los gestos y nos ata las manos a la espalda.
Desorientado busco un camino nuevo, un cerco o un río de violetas desnudas interrogando en tu pecho:
¿Dónde tu voz? ¡Dime!
¡Dónde tu voz, tu voz! aquel hogar que ahora nos deshabita nos naufraga el corazón y acantila con máscaras nuestras caricias?
Escribir un «Diario» es un arte. Y una conversación infinita contigo mismo y con el mundo.
Escribir cartas era un placer íntimo destinado a la persona que amabas o que despreciabas. O era una llamada de atención en un momento delicado de tu existencia. Podía ser el anuncio de una visita de largo recorrido a un amigo. O acaso el lenguaje de un negocio emprendido en ultramar. En fin, que la comunicación se realizaba por carta porque no era posible, en todos los casos, tomarte un café con la persona con la que deseabas tener una conversación. El mensaje que llevaba nuestra carta podía tardar entonces en llegar -como diría Sabina- catorce días o quinientas noches…
Todo es distinto hoy. Nos inventamos signos abreviados para decir «Te quiero», para decir «sigo pensando en ti»… Y la inmediatez tecnológica consigue el milagro de que el viaje de tus mensajes no dure más de escasos segundos. Esta circunstancia nueva lo hace todo un poco más efímero. Da vértigo. Es como si los sentimientos tuvieran una fecha de caducidad más próxima, y eso es inquietante.
El mundo avanza espantosamente rápido y todo envejece y se convierte en obsoleto al minuto de ser descubierto. Siento que vamos todos corriendo, persiguiendo el sueño de la inmortalidad a la velocidad de la luz y, sinceramente, es más difícil disfrutar del camino así, a toda prisa. Ya la vida es corta… Yo necesito un poco de por favor.
Slowly fue una canción de Aute que me gustó.
Leonard Cohen es un maestro del sosiego con el que me entiendo bien. Juega con las pausas, con los silencios, hasta con la tristeza de sus ojos que también cantan.
Pero no estaba hablando de música ahora, aunque es una de las formas más bellas que existen para entenderse. Un pianísimo extremo estremece. Unos arpegios hieren…
Hoy quiero jugar a entendernos, como niños.
Quiero jugar contigo a inventarnos signos que vuelen inalámbricos, y me acerquen al aroma con sabor a susurros y a café de tu cuerpo, a la luz agridulce habitando la hiedra solemne de tus ojos. Al tenue silbido de los silencios…
Ahora, que soy como una lágrima en equilibrio, quiero que vuelen inalámbricos los signos; que te lleguen, que me lleguen, y dejarlos que aniden en el bosque de los calendarios infinitos, con su melancólico ritual, que solo nosotros entenderemos.
El mar de mis dieciséis años era la playa, y los torsos de los chicos desnudos, y mi cuerpo dibujándose bajo la tela mojada como el de una mujer, y la cita para el guateque de por la tarde, y los turbadores escarceos submarinos, y escribir corazones en la arena, y tenderte junto a otro cuerpo bajo el sol. Horas larguísimas, rojas debajo de los párpados.
Y el mar de mis dieciocho años es un libro en mi equipaje siempre a punto. Es un libro que me descubrió el mar en todo lo que me faltaba, en todo lo que yo amaba, en todo lo que me dolía. Es un libro que me hizo creer que estaba enamorada del mar, de tanto como me enseñó a añorarlo. Desde entonces a todo lo que echo de menos le llamo mar…
Miradme. Admiradme. Envidiadme. Desafío el riesgo de parecer vanidosa, vestida de gala…
He sido interpretada de miles de formas a través de los siglos. Me vistieron con plumas de arcángel, fui sierpe, dragón alado pámpano en cierne, ola marina majestuosamente encrespada, trompa musical, garabato de candil.
Mi sonido es suave como el de la ola que se apaga en la arena de la playa, como la gasa, como el gusto, como el gozo.
No vengo ahora a envanecerme de mi belleza externa. Solo me niego a seguir soportando en silencio los caprichos y agravios comparativos.
Miradme, admiradme, envidiadme. Sólo soy un rapto de soberbia…
sobre palabras de José Hierro Fotografía Gabriele Corno
Hueles a mar cuando la noche se deshace en pequeños pedazos de papel y pétalos secos que hicieron nido en nuestros libros.
. Vi naufragar las palabras escritas temblando la tinta de sus trazos en cristalino desmayo y diluirse, borrosa la zozobra de tu piel contra mi piel, bajo el dolor amortiguado de la marea.
. El miedo sostenía mi mano mientras la luz se decidía a huir sigilosa de mis ojos de lluvia.
. Lejos de la orilla no me canso de mirar al mar, me adentro en el poema, en el temblor fugitivo del salitre en los labios de la memoria, la humedad rozando el breve sueño inocente de las violetas sucediéndose cada vez que bailo descalza con la luna y acaba pisándome los pies…
Cubierta de musgo, la piedra entre las ruinas
soporta los azotes del viento
me siento junto a ella, la miro, no hay yeso en su piel
tampoco es una piedra rodada ni un guijarro,
inamovible, sonriente, eterna
me atrevo a preguntar si tiene madre
si todavía existe su cantera o la enterró el paisaje de los siglos
¿qué manos la pusieron en el arco toscano
qué desazones pétreas limaron su linaje
por qué está sola y sangra entre los musgos su cara sin fisuras?
Y le pregunto cuántos años tiene
cuánto ha sufrido y por qué sonríe
me responde su silencio monástico
y yo sé que está viva y que ha sido mampuesta
por el que ya está muerto…
Y la miro y me mira
y me gusta crear historias nuevas
sobre su duro cuerpo, cuentos de jade o jaspe
de musgo y plasma y rocas y le pregunto…
Entre nosotros, seamos lo que seamos al fin… Rainer M. Rilke
Si no fuera porque los libros tienden puentes y me alejan de ese vacío inmisericorde del recuerdo…
Desde la atalaya del olvido edificaría un nuevo mundo de galernas con las caricias que quedaron deshilachadas en playas -ahora lo sé- de desdicha, después de que tantas noches quemáramos las estrellas atrapados en su luz al margen de una ciudad que nos miraba, de soslayo, desde el alto tribunal de la inconveniencia.
Me quedaría en tus ojos esperando, como un rompeolas insomne, la arrogancia de tu séptima ola anegando la distancia, rompiendo la rutina o la costumbre que mantengo a prueba de batallas.
Sólo la sabiduría de mi piel quemada y el eco aún cercano de las palabras que susurrábamos sin astucia, —oraciones recitadas con la furia ciega de los dioses— me impiden hoy culminar el suicidio de los poemas, detenidos, frente a un mar que guarda desde sus orígenes el enigma de los sueños.
Hoy siento una especie de vértigo, de certeza, difícil de explicar…
.
Todo quedó en su sitio como la imagen fija de una vieja fotografía, sin concesiones.
Nosotros dos atrapados por la pasión de las galernas, «santa maría del buen ayre» entrelazados tus labios respirando la tormenta de mis labios..
Todo está hoy en el mismo sitio y también el doble de lejos, solo han cambiado los siglos la inocencia de la ciudad indecisa y las lunas que siguen alumbrando heridos.
Mientras, navega sobre mi cuerpo interminable tu forma de atraerme a ti…
La naturaleza seguirá su curso Renovadora, sabia, libre, mágica. Ajena al tiempo marcado por los hombres.
T.Pedroche
.
.Hoy le pesa el pecado de omisión. Da vueltas en la cama, no duerme su instinto natural; le señala con dedo acusador. Se remueve por sus pestañas como una araña con pies de escarcha.
Frío, siente frío… Más tarde, calor.
Se resiste su sueño a interpretar la escena de la obra que ha escrito para él. Dejará el libreto apoyado en un rincón del escenario de su vida, como tantas otras veces, aunque sabe que nunca habrá otro momento mejor.
Se rebelan los segundos sobre su mesilla de noche, entonando un silencio machacón, que duele como una víspera. Escucha su eco cercano y cuenta sus pequeños pasos, sus pausas, y no respira, luego, respira otra vez. Su mente nunca ha sido un prodigio en cálculo mental, así que, espera que todavía le quede tiempo. Se asoma a su ventana la luna. Es como una culpa de luz engañosa y blanca que, para hacer más tolerable su pecado, dinamita la noche en pequeños trozos de desazón.