El malecón


Despiertas madrugadas de bahías
dormidas.

Te haces añicos en las sienes
de los planetas.

Te multiplicas en espejos
de furiosas espumas blancas
como cántico de agua exhausta.

¿Cuál es tu mensaje, Madre?

Si las gaviotas de tiza
se han borrado de los mapas
y solo quedan rastros gangrenados
del mundo, mientras escribimos
en la arena las notas más negras
de una sinfonía para un futuro discordante.


Las flores de tela


La estancia adormecida.
Ya se fueron todos.
Ya no hay riñas ni sonrisas por los pasillos,
en el parque quedaron los árboles desnudos
y solo los pájaros se acercan a las ventanas
sin hacer apenas ruido.

Se enjuagaron las despedidas
con las aguas limpias y el aroma de las sábanas
recién planchadas. Se cerraron las cortinas,
pero nunca cerraré las puertas.

Hazme una foto de esas que tu haces…
—retumba el eco en los espacios vacíos— 

«Dame mil besos,
hazme caricias,

luego diez mil abrazos,
después diez mil noches enteras…»

Y sonrío a esa lágrima furtiva
que encharca transparente la memoria.

El tiempo se convierte en escenario
de aquello que quedará de mis manos,
de mis ojos desenfocados cuando su luz se vaya.

Cada día pienso en ellos…

Al cruzar descalza por los pasillos
me asaltan abrazos,
siluetas, recortes de colores
desafiando a mis ojos
por las paredes.
Rizos y alegrías, pasta de dientes
y pelos mojados.
miradas esquivas, legañas tiernas,
gestos, caricias,
la indolencia sutil de las toallas
por los suelos, dedos,
huellas de chiquillos por los cristales,
coches, trenes, balones, barcos,
muñecas por las butacas y los estantes.

La luz hoy atraviesa las distancias,
los visillos,
y se ha hecho dueña de sus camas.
He acomodado
el antiguo bouquet de flores
de tela que guardaba de mi madre
y he dejado fluir la vida
en la estancia adormecida.

Cada día pienso más en ellos.


Saludo


Con todo el respeto por mis orígenes…

saludo al mundo

del que solo soy una pequeña mota de polvo que vuela con el himno sagrado del

AURRESKU

El aurresku es una danza popular vasca, revestida de solemnidad y elegancia que se baila a modo de homenaje, o reverencia, delante de personas o personalidades destacadas de la comunidad.

El aurresku, tal y como lo conocemos hoy en día, es bailado por un dantzari (bailarín en euskera) o aurreskulari (bailarín de aurresku), acompañado de un txistulari, músico que toca el txistu (instrumento tradicional vasco de viento que se toca con una sola mano) y el tamboril con la otra mano.

El origen del aurresku

El aurresku de honor (ohorezko aurreskua en euskera) que se baila hoy por hoy, tiene su origen en las antigua soka dantza (danza de cuerda), que se bailaba en corro, generalmente compuesto sólo por hombres unidos de la mano, o sujetando pañuelos, y formando una “cuerda”.

En esta danza, compuesta por varios números de baile contiguos, tenían especial importancia, el primer dantzari, que recibía el nombre de aurresku, (mano delantera) y en segundo lugar, el último dantzari, al que se denominaba atzesku (mano trasera). Tras dar ambos bailarines, una solemne vuelta por la plaza del ayuntamiento con sus txapelas (boinas) en la mano, el aurresku era el protagonista, el que realizaba el primer baile. Ocupar ese puesto suponía un honor, por lo que a veces surgían disputas por recibirlo.


Aurresku1

Evolución del aurresku

Los pasos de este número de baile, que en un principio se improvisaban, se fijaron y se fueron convirtiendo cada vez en más complicados, hasta llevarnos a la espectacular danza actual, en la que para poder bailarlo es necesario ser un bailarín especializado, con muy forma física y largas horas de ensayo.

Con el paso de los años, las partes de la soka danza interpretadas por el solista (aurresku) se fueron separando, poco a poco de la misma, cobrando vida propia y bailándose individualmente, hasta derivar en lo que actualmente conocemos como aurresku, llamado así por la persona que lo ejecuta: el primer dantzari, aurresku o mano delantera.

Fuente: Bizkaia talent


Nunca hubiera querido escribir esto


No es solo tu cuerpo lo que veo en tu desnudo,
mujer

Eras pájaro
de corazón asustado,
un vago recuerdo de ti misma,
el olvidado temblor de otros días,
el miedo
en mitad del silencio
de una sociedad que duerme
a las orillas de la muerte.

Olvidaste que en las calles también se esconden
los corazones tristes,
flor de primavera frente al azul impune de la noche.

No es solo tu cuerpo lo que veo en tu desnudo,
mujer

Veo manos embriagadas
con el dolor de tus pechos silentes
y el flujo seco de tu vientre vencido.

Una punzada de horror cada día nos sostiene
en las noticias,
y siento que alguien disfruta con tu sangre
mientras se llora tu vacío,
encadenada, mujer, al fondo del abismo.

Lloro en silencio porque no sé qué mas hacer
con el aliento dañado y la conciencia cansada
mordiéndome los labios.
La lluvia no limpia las razones de los miserables.

Lloro por ti y por la violenta y fría estadística
que se archivará hoy en el fondo de los años.
Se revuelve el duelo por los caminos
pero hoy volvemos a poner los contadores a cero,
mujer,
sobre el féretro de tu cuerpo mancillado.


@mjberistain

Litoral


 

No dejaré que me deslumbre la luz

del imposible,

ni su queja, ni su congoja,

ni el valor de su palabra escrita

en los márgenes de cualquier poema.

Vivo

como litoral errante,

aquí y ahora,

en la voz desgarrada de la palabra libertad,

y sangro salitre entre las altas crestas

y la tragedia de los bajos fondos

del mar y sus silencios.


El abrazo del silencio


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P.A.


 

Hay un delicado olor a pánico


Hay un delicado olor a pánico
en el mundo

a medida que voy abriendo
un hueco blando
para ti en mis manos
y sé que eso no basta,
que es un modo ingenuo
de salvarte
cuando el viento helado
nos conmueve
la hojarasca
y los periódicos viejos,
y nos enturbia las mañanas
con un cansancio sin pasado
del que ni siquiera podemos rescatar
algún veneno
que nos condene
a pasar, como mudos invitados,
al convite de la vida.


Sed de eternidad


Mas yo siento en el agua
Algo que me estremece… como un aire
Que agita los ramajes de mi alma
García Lorca

 

Abrázate a mí
con el aire que estremece
el escaso ramaje del otoño.

Susúrrame al oído
en el alto costado de mi cuello
el rumor de los pájaros
perdidos en las alas de la muerte.

Arde,
inmólate
en el oscuro ventanal
de mi vientre deseante
y siente las lenguas líquidas
de gozo libando
la suma de soledades
sedientas que habitan
entre nosotros.

No me apartes de tu cuerpo.

Desgarrame
con zarpazos de ternura,
descubre la gloria palpitante y mística,
sensual
de esta música
salvajemente cadenciosa
y vacíate
como corriente cristalina
anegando
las entrañas más ocultas
de este duelo interminable.

Quizás solo seamos
en el oscuro firmamento de los días,
solitarios instantes ingrávidos
con sed de eternidad.


 

 

 

Me llamo nadie


Escuchó al otro lado del auricular el sonido lejano de una música que le resultaba familiar, pero que no era capaz de identificar. Arrugó la frente y cerró los ojos para escuchar con más atención.

—¿Dígame? ¡Oiga! ¿Hay alguien ahí? ¿Quién llama?

La voz estentórea y apremiante del hombre que atendió la llamada le hizo desconectar del silencio en el que se había parapetado Todavía dudaba entre continuar con la idea de su abuela de que publicara sus escritos o de olvidarlo. Aunque el tema le quitaba el sueño, se había decidido a llamar a la editorial.

Quizá se estaba arrepintiendo de todos los sueños e ilusiones que la habían mantenido en pie los años en los que se había dedicado, desde el lado absurdo de su cerebro, a tomar pequeñas notas de las emociones que le provocaba mirar a otras personas; observarlas e imaginar sus vidas; las de los que transitaban anónimamente a su lado, o se cruzaban alguna vez en su camino; incluso tomaba fotografías que le sugerían historias. Acercarse a la gente e impregnarse del aroma que desprendía su piel; imaginar el contenido de sus bolsos de tafilete o el de las bolsas de plástico con nombres de marcas comerciales impresas en grandes letras de colores; escuchar la música que brotaba de sus auriculares, conocer sus gustos, edad o religión; calcular su pobreza o, por qué no, también su riqueza. Acercarse a aquellas figuras masculinas con pinta de aristócratas con los cabellos engominados y porte elegante, portando sus maletines de cuero negro, que caminaban esforzados sobre lustrosos zapatos abrillantados a diario por hombres teñidos de betún que, sentados en pequeñas banquetas, se repartían por las esquinas de la avenida del centro de la ciudad. Algunas veces sentía pena por aquellos hombres, quizá se propondría emplear su tiempo disponible (ahora ocupado en el hospital atendiendo a su abuela) para ayudarles si pudiera.  No sentía animadversión hacia los ricos. Todo estaba bien, al menos la existencia de la clase alta les ofrecía  una forma de ganarse la vida honradamente; tenían un trabajo, así que podrían llevar algo de comer a casa aquella mañana desapacible en la que ella tendría que darse mucha prisa, cruzar la calle frente al viento y la lluvia, chapoteando entre los charcos, para poder alcanzar la parada del autobús número treinta y uno que le llevaría de nuevo al hospital.

Sintió la mirada hostil del conductor cuando se tropezó contra el panel de plástico rayado que los separaba y las monedas que llevaba preparadas para pagar saltaron por los aires. Intentaba sujetarse a una de las barras verticales mientras, agachada, recogía las monedas del suelo. El pisotón del chofer en el acelerador consiguió desequilibrarla entre la masa de pasajeros del autobús, algunos de pie, apretados, algunos sujetándose a duras penas a los asideros.

—Aguanta niña, —se decía a sí misma, solo cinco paradas más y llegamos.

Se había retrasado por esperar al momento más conveniente para hacer la llamada telefónica a la editorial. Y había dado de lleno con la hora del día en la que el tráfico era insufrible y los autobuses y tranvías iban abarrotados de gente. Los paraguas componían un mosaico multicolor en las calles, las bocinas de los taxis reclamaban un tráfico a su favor. Todo apuntaba hacia un perfecto caos.

Saltó torpemente del autobús entre empujones. No pudo evitar que la carpeta conteniendo sus manuscritos y el sobre con las fotografías para el registro de la propiedad intelectual cayeran al suelo encharcado y sirvieran de alfombra improvisada para los pasajeros que, como ella, se apeaban en aquella parada. Varias personas la ayudaron a recoger el material mojado mientras lloraba agradecida tratando de quitarle importancia al incidente. La mirada autoritaria del conductor volvió a alcanzarla a través del espejo retrovisor. Se sintió agotada.

Solo su abuela Martina conocía su secreto. La había animado a seguir escribiendo cuando alguna vez le flaqueaba la voluntad. Estaba orgullosa de su nieta que tanto le recordaba a sí misma. Ella la había iniciado en sus primeras lecturas y se sentía feliz de ver que su nieta seguía sus mismos pasos. Una tarde de tormenta, como aquella, le había contado a su nieta que también ella tenía escritos los cuentos y poesías que inventaba y dedicaba a sus hijos por las noches a la hora de dormir. Los tenía recopilados en cuadernos y acompañaba cada texto con sencillos dibujos a lápiz o con pinceladas de acuarela. Estaban guardados, nunca se había planteado su publicación aunque reconocía que le hubiera gustado poder hacerlo. Durante aquella tarde de confidencias una de las más especiales vividas entre ellas, Martina le pidió que se hiciera cargo de sus colecciones, aunque su deseo era que no se publicaran hasta después de su muerte. Y ella se lo había prometido.

Subió las escaleras pensando que lo único que le faltaba aquel día aciago era que el ascensor no funcionara, o incluso que se averiara con ella dentro, lo cual sería una catástrofe. Tercera planta, pasillo a la izquierda —iba diciendo para sí misma mientras recorría el pasillo que le separaba de la habitación de su abuela Martina—, hasta el fondo, buenos días —saludaba al pasar por los controles, sin esperar respuesta. El eco de sus pasos en las baldosas del suelo la incomodaba, buenos días —repetía en voz baja para no hacer ruido, caminando de puntillas hasta el número trescientos trece, la última habitación del pasillo. Como todas las mañanas, antes de entrar a la habitación, se paró en el control de planta para saludar al personal sanitario y hablar sobre el estado de su abuela. Esa mañana se encontró de frente con el médico y el vacío que descubrió en su mirada le habló sin palabras. 

Dejó pasar unos días hasta encontrar la serenidad suficiente para comunicarse con la editorial. Escuchó al otro lado del auricular el sonido lejano de una música que le resultaba familiar, pero que era incapaz de identificar. Arrugó la frente y cerró los ojos para escuchar con más atención.

—Altair Editores, ¿Dígame?

Suspiró despacio y profundamente. Volvió a escuchar la voz masculina que atendía su llamada.

— Altair Editores, ¿Dígame? ¿Con quién hablo?

—Buenos días. —dijo con voz meliflua.

—Me llamo Nadie. Me dirijo concretamente a su editorial sabiendo que ustedes son especialistas en el tema que voy a plantearle. Tengo en mi poder una colección antigua encuadernada de cuentos y poesía para niños con ilustraciones en lápiz y acuarelas…


Texto y Fotografía @mjberistain


Una tarde tranquila


Me entrego al ocio de dar vueltas por tus calles y por mi vieja memoria.
En un libro hoy encontré algunas fotos que me han llevado hasta otra tarde tranquila en la que fui feliz paseando por otros sueños.

Hoy detecto una nueva emoción en los mismos objetos.
Me observan desde siempre, pero voy comparando y me doy cuenta de que algunas cosas han cambiado de sitio; las macetas son nuevas y se han muerto las flores que crecían entonces, otras, ya no tienen importancia.

Caminando descubro que quizás soy yo lo que más ha cambiado en este tiempo.
O mis sueños que soñaban un futuro diferente. 

Sonrío y comprendo que también pasarán los de este día.

Y dejo que se escape esta tarde, tranquila, porque por un instante percibo esa extraña grandeza que al pasar pone el tiempo en las cosas pequeñas…


«Des-arreglo» de un poema de Vicente Gallego

Es preciso perdonar


«Perdonar es la experiencia de poder estar en paz,
independientemente de lo que pasó en nuestra vida hace cinco minutos o hace cinco años.
Perdonar no es olvidar, es vivir tranquilamente con lo que no se olvidará.»
Fred Luskin

Agradezco a Jo Da Silva esta música con la reflexión… que alivia profundamente este domingo lluvioso del mes de Noviembre…


Luces de Ciudad

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Así te veo, rostro casi vivo. Miras
desde tu mundo lejano y llegas hasta mí.

Te tengo. Nunca huirás para siempre,
mi prisionero eres, o soy yo.
Fotografía o amor,
imagen material o cuerpo ausente.

Luces de ciudad

Ahora me miras, desde tu superficie sin fondo,
ojos que nada deberían decir,
y, sin embargo, desde sus engañosas luces,
cansancio o amor dicen mientras resbalan sueños.

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Oscuro cambio, o realidad aparente;
aire, luz descompuesta en rayos, bridas de seda,
ébanos, cabellos en las olas sujetan
navíos de marfil sobre la oscuridad del mar.

Así amor, dulzura o amargo recuerdo
fundido en lágrimas que el viento disgrega,
tiempo feliz, porvenir azaroso o presente incoloro,
tal eres, solamente.

Una fotografía, una fecha, un nombre y sus aristas,
un suspiro de plomo al papel de tus labios…


 

Hay un espacio posible aún…


 

Hay un espacio posible aún
entre el muro que has edificado
con tu voz —sin temblor de tí—
y tus labios.

Porque habito el claustro en sombra
donde abrazas la fragilidad de lo que eras
y lo que nadie más recordará
que querías ser,
mientras miras con tus ojos de agua
por encima de las noches
que no sonrien nunca.

Porque me dejo amar en el silencio absoluto
fuera de los anhelos, distanciada
del daño que me ofrece a veces el olvido
que se parece tanto a tí,
a lo que tú me niegas.

Hay un espacio posible aún
entre las cicatrices que me deja tu cuerpo
al marchar
y el aroma de tu abrazo perdurable.


@mjberistain

Ciudad sin nombre


Apasionadamente:Manuel Mendoza Flickr12173740046_72c81063e5_z

 

Apasionadamente
vacía,
me siento, amor
cuando cesas de arrebatarme
con tu presencia,

Porque se me encienden
las luces malditas
de una ciudad sin nombre
en el límite de la vida


 @mjberistain
Fotografía Manuel Mendoza

Cómo escribir la luz de octubre


Cómo escribir la luz de octubre
sus infinitas sombras, su lenguaje
cálido, mientras perdura el tiempo
con signos de ausencias remotas.

Cómo escribir octubre
sin que palpite el otoño en las venas
ni mueran las últimas hojas
como desahuciadas lágrimas lentas.

Cómo escribir, sin alumbrar octubre 
con la luz difusa de las farolas,
o el aroma de agonizantes delirios
entre las sombras de relojes quietos…


@mjberistain

¡Adiós Setiembre!


Dejo sobre la orilla de tu infinito mar azul, las huellas efímeras de los gestos estivales. El despertar de las bicicletas por tus costas inaugurando el desfile de las horas y la piel precedente expuesta con lujuria a las brisas meridionales.

En el pequeño puerto, hoy domingo, los pesqueros permanecen atracados y hay un trajín lento de hombres en tierra preparando sus aparejos de pesca para soltar amarras dentro de unas pocas horas. Algunos, sentados en el suelo, charlan reparando con sus grandes agujas y navajas las redes interminables.

Conversamos, entre las miradas perezosas de las gaviotas.

Los sueños están tatuados por el mismo sol, fluyen como la luz de su luz inagotable…



Por fin el viento.

Por fin, las alas.
Por fin, el surco,
por fin el agua y la semilla.
Por fin, una rendija
en el denso espacio
en el que vivo
y todavía espero.
Por fin, horizontes de luz
más allá de la bruma
este trémulo alborear
de cada día.
Por fin, la palabra.
Por fin, el pan
y el vino compartidos.
Por fin, el fuego nuevo,
Por fin, la mano abierta.
Por fin, el beso y la caricia.
Por fin, la sonrisa.
Por fin, la paz.
Paz en la mente
y en la calle.
¡Por fin,
Paz en la tierra!



(Fragmento del poema de Federico Mayor publicado en Terral, Litoral 1996)

La belleza como argumento

‘Schommer al natural’  es el título de la exposición que se celebra estos días en la Casa de Vacas del Parque del Retiro de Madrid. Destaco aquí algunas imágenes tomadas de la red. Son solo una muestra de las que a mí personalmente me resultan sugerentes, aunque me descubro admiradora de toda su obra. Ver albertoschommer.com

Apuntes del artículo de Miguel Lorenci en el Diario Sur

Alberto Schommer, consagrado como un retratista genial, fue también un enamorado y un maestro del paisaje, de la fotografía de naturaleza y de los juegos en el laboratorio. Un gran fotógrafo con alma de pintor expresionista, un alquimista de la imagen que disfrutaba manipulando copias, negativos y tinturas para obtener efectos tan inesperados como emocionantes.»

«El anhelo de Schommer fue llevar la fotografía al nivel de la pintura y la escultura; dotar a las fotos de su misma expresividad y emoción.

«Tras consagrarse como un maestro del retrato, no pierde ni la curiosidad ni la energía y se convierte en un alquimista capaz de transformar las imágenes en metáforas de la pintura en su constante búsqueda de la belleza. Se divierte manipulando negativos, invirtiéndolos y duplicándolos, tintándolos o arañándolos. Convive con las flores que retrata hasta que se marchitan en el estudio, recrea y retoca los paisajes, radiografía las flores y las tiñe, destierra la figura humana.»

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De «Elogio a la fotografía», discurso leído en Abril 1998 al ser nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

» La magia de los momentos recordados hay que alargarla, commo un exquisito manjar, como un delicioso vino y sobre todo si el recuerdo es mágico.»

«El retrato es quizá el hecho más importante dentro de la fotografía. Es el enfrentamiento consentido de dos personas poderosas que se observan activamente ya que el sujeto, por pasivo que parezca, no deja de aportar en su concentración unas señales perceptibles por el autor (leáse fotógrafo) en las que envía simbologías de poder, relajación, elegancia o vulgaridad. El autor debe aceptar estas indicaciones, aprovecharlas, para construir el retrato. Porque un retrato de autor es algo más que un documento. El fotógrafo conoce o debe conocer al sujeto para organizar interiormente y exteriormente su composición: él dirige la operación sugiriendo la actitud, orientando la mirada. La luz no es más que un elemento moldeador que activará la pretensión del fotógrafo.»


La fotografía, qué es sino una provocación,
un grito, un salto al vacío…


 

 

 

 

Meditación


Como en el ensayo de una gran obra de teatro, he colocado al fondo del escenario un lienzo cubierto de azules y tierras semi fundidos. Colores, trazos, texturas. (nada concreto, tan solo matices; como un juego). Y una luz tibia y dorada que cae como una borrachera desde lo alto, remarcando el silencio y el vacío. 

En la parte izquierda del salón tu sillón. Lo he recubierto de sedas gastadas que he dejado que cuelguen sobre la alfombra que trajimos de nuestro viaje a México. Sobre la mesa de cristal tengo mi pequeño ordenador encendido, una botella de agua y, esparcidos, papeles que conoces bien, mis tres libros de cabecera y un pañuelo blanco de hilo egipcio de hombre (tuyo).

Como otras veces, he madrugado para preparar este momento. En realidad, llevo varias noches sin dormir apenas, y estos días previos han sido una sucesión de encuentros y desencuentros con la memoria. Nos quedaron muchas cosas pendientes. Te he echado en falta este tiempo…

Nos quedamos dormidos en algún lugar, sin darnos cuenta, hasta que las galernas hicieron saltar por los aires la furia de las mareas. Se nos rompieron las caricias contra el rompeolas del tiempo y se soltaron las anclas de todos los barcos de las bahías. Como en todas las hazañas, después llegó la calma, pero un destino de dolor nos deshabitó el futuro.

Se han llenado los bosques de muchas primaveras nuevas desde entonces, la música que guardabas celosamente en tu viejo magnetofón está ahora en las redes, y las fotografías antiguas mantienen los recuerdos mirándonos desde las paredes. 

Sé que no vendrás a la cita esta tarde, ya no es posible, sin embargo, he preparado tu rincón preferido para hablar una vez más contigo. Cada vez que lo hago me sabe a poco. Me pasa que, teniendo tantas cosas que contarte, me suelo quedar en blanco… El teclado de mi pequeño ordenador me mira perplejo como esperando que escriba algo. Le doy un toque al espacio y por el temblor de mis dedos percibe que no es el momento adecuado. La tarde se va cubriendo de sombras, oscurece mi alma, he debido de olvidar el guion en alguna parte, en algún momento de la tarde, pero no importa, seguiré ensayando la misma escena, tantas veces como llames a mi memoria, preparando la obra perfecta.

Va asomando la luna despacio entre bambalinas y necesitaría un abrazo. Me arremolino en el viejo sillón que aún conserva tu olor y me abandono, al sopor de este sueño recurrente, mientras se cierra el telón.


@mjberistain
Imagen: elartedemirar

 

Instantes de Luz


Instantes de Luz

retorno de un atardecer

momentáneo… y fugitivo.


Fotografías en La Albufera de Valencia

MAURICE SAPIRO


Ver Blog de MAURICE SAPIRO

Porque la fuerza y la delicadeza de su obra me ha cautivado…


Maurice Sapiro Pintura Captura de pantalla 2017-09-13 10.35.33

A estas horas, ya definitivamente perdida sólo espero que al menos la música y el sueño absuelvan mi nostalgia…


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