Si llegaras hasta aquí desde cualquier camino por las zanjas que se abren entre el trópico y el polo, entre la congelación y el deshielo. Hasta aquí, donde muere la esperanza y ya no huele a tierra, donde a nada vivo huele.
Si llegaras hasta aquí desde cualquier camino que tomases, de noche, como un rey destronado, o de día, sin saber a qué venías.
Pero hay otros lugares que también son el fin del mundo; las fauces del mar, el silencio del desierto, el llanto apagado del hambre, el maná irrespirable de la pólvora, el hedor de la miseria, la tierra seca.
Si llegaras hasta aquí, al cruce de este instante sin tiempo y ninguna parte, deberías olvidarte de los sueños. Solo serviría entonces desde la sequía silenciosa de los muertos más allá del lenguaje de los vivos rezar una oración sencilla.
.@mjberistain basado en Little gidding de T.S.Eliot
«El amor, como todo, es cuestión de palabras» Luis García Montero
He vendido mi alma por unos versos, mis sueños, por un puñado de besos en la niebla…
Soy un rayo sin luz, un ramo de hojas escarchadas, el placer piadoso de un racimo de buen vino.
Vivo en los abismos de la memoria y sobrevivo entre las líneas y los puntos suspensivos de esta especie de literatura desorientada, en sus metáforas y en su sentido clandestino. Apuro la copa de veneno del insomnio cuando el brillo de la noche muerde y un conjuro de amor perverso se hace dueño de las almas y celebra un brindis con la luna, sobre el rastro de sus brasas encendido.
Podría contarte que en mi casa los relojes ya no arañan la espalda de las pasiones por los pasillos, que soy íntima del tiempo detenido; una cita esperanzada en un banco del camino, la lluvia lenta de un día de abril a la orilla de la bruma y de la palabra melancolía.
Llego apacible hasta tu piel buscando, tal vez, una grieta tibia de materia similar a la ternura, o acaso el fleco de una caricia que no concluyes nunca, un resquicio, un escalofrío, una levedad oculta a tu rigor.
De tu fría fiebre que no conmueve no espero incertidumbre, error o culpa, solo tu deambular de siglos por los pliegues de mi vestido.
Pero hoy te has demorado en el abrazo.
Sumido en mudo escándalo, has avanzado lento hasta el milagro donde somos la música maldita de una inacabada partitura, el himno de un amor irreparable.
Se funden las miradas confusas sin poder de sobresalto, muy lejos de los pechos donde duermen su turno los interrogantes.
El sol muerde, devora con justicia la insustancia de las palabras, después, el silencio destila inútil la métrica de la ternura, y ya nadie dice nada.
Se van cayendo secos los recuerdos por el camino asfaltado de lilas negras, una niña duerme alejada en el vacío de un corazón que ya no respira.
Es el tiempo de la escarcha, se escuchan sin reconocerse los amantes, sus voces enterradas en el umbral de los gestos pusilánimes.
Un resto de viento antiguo traspasa las fronteras del amor con desparpajo, insiste aullando como manada de lobos hambrientos a la fragilidad de los náufragos.
Se precipita, sin pedir disculpas, al fondo de todos los abrazos aplazados…
M.J.B. Mi agradecimiento a Angel de Flickr por su fotografía titulada «Escarcha»
Jorge Luis Borges dice, en el prólogo a uno de sus libros de poesía, que ésta no se encuentra en el conjunto de símbolos impreso en la página, sino en la comunicación que se establece entre esos símbolos y el lector. El acto poético existe en la medida en que un lector siente aquello que le es transmitido a través del lenguaje.
Más allá de apreciar lo correcto y fascinante de esta idea de Borges, nos encontramos con un pequeño problema: ¿Puede leerse sin experiencia? Sé que lo primero que se piensa cuando se habla de lecturas poéticas es, precisamente, la imagen poética de que puede leerse sin más que el deseo por la belleza; pero el problema permanece: ¿Cuánto necesitamos comprender para disfrutar de un texto? El mismo Borges en el prólogo a otro de sus libros hace esta distinción entre la poesía lírica (aquella que tal vez no…
«De tanto imaginarnos en el paraíso nos convertimos en dioses de papel y tinta». Ocurre a veces que leyendo, aún estando tranquilamente sentada en tu sillón preferido, sin interferencias ni ruidos de ningún tipo, algo en el texto te llama, te inquieta, te distrae, te incita. Miras alrededor como buscando a ese «alguien» que se está dirigiendo a tí y que, quizás esté esperando una reacción o un poco de conversación o, por qué no, incluso una respuesta.
Busco su mirada entre bambalinas y me escrutan unos ojos inquietantes entre matices oscuros del color de la tierra cuando anochece.
Tus manos acentúan el paisaje de mi cuerpo reinventando instantes, descubriendo en mis ojos tus ojos.
No pares de descifrarme ahora que mi piel avanza despacio por tus dedos y achica el miedo a contestarte en tus labios con los míos.
De tanto imaginarnos en el paraíso era lógico amarnos, y convertirnos en dioses de papel y tinta.
Si alguna vez dejáramos de soñar solo seríamos un folio en blanco.
Autor: Gallego Rey. Derechos Reservados. Perdóname porque no he podido evitar utilizar la fotografía de tu perfil. Es perfecta!. Gracias
Sobre la mesa desde la que escribo se posa la luz tibia de la luna, huidiza, fugaz como palabra de amor que se disuelve antes de que llegue el amanecer.
No encuentro más verbos que los que duelen en esta noche sin horizonte, solo siento la lluvia y el ardor de las llagas de agua salada pujando por alcanzar la otra orilla.
Recuerdo la luz del adiós como un beso blanco, como la mirada del mármol desnuda, buscando algún refugio entre las palabras que nos quedaban por decir.
Bajo hasta la playa
Permanecen, como restos en carne viva de un naufragio, las voces de tu voz, tus rasgos de ceniza, las mareas con tus ritmos, la luz escueta y el silencio en el mar convulso de las ausencias…
Lo intento. Millones de veces me hago la encontradiza. Como un pavo real exhibo mis mejores galas cuando presiento tu llegada, se almohada mi alma solo de sentir sobre mi tu mirada.
Desenfadada, desinteresada, aparezco en tu camino, incluso admito que me utilices como divertimento por sentir el calor de tu aliento despeinando mis sentidos.
Multiplicas mis instintos animales, planeo despacio alrededor por rozar el cuello de tu camisa un momento, me dispersas, me observas como a una rata de laboratorio y cruel desprecias los restos de lo que pudiera haber sido mi hogar al menos durante unos minutos de vida más…
Sueño con colibrís vestidos de nácar y amapola que me cuentan tu vida mientras liban y liban contentos, como si hubieran bebido el licor de tus lágrimas, y de repente se posa en mi frente una mano, fresca como una cristalina fuente, y la bebo a tragos lentos, intentando eternizar el momento.
Al fin abro los ojos, despierto para ti y para mí, nos miramos, reina un silencio especial, el primer silencio del día, lleno de rosas en tu boca y de noches en tu mirada segura y profunda, pero no decimos nada, ya todo está escrito en el aire que acaricia nuestra presencia en la historia que vivimos, y nuestras auras se cruzan suspiros.
Se suceden segundos como siglos, rebobinando instantes de luz, de mundos sonoros, hasta que se rompen los cielos, caen las estrellas, te das la vuelta y te alejas, te vas, sin un adiós, sin un gesto… y parezco resignarme, dejo que el destino apague esta magia y el tiempo corra veloz, como un reloj estropeado, enfadado con su muerte.
La puerta por la que te escurres es el cosmos, pareces bailar en el más allá… y al fin hago caso al corazón, cruzo un abismo y orbito a tu lado, te observo, tu voz me sobrecoge y tiemblo, eres valiente y te admiro, aprendo de tu palabra a vivir más entero, abriendo mi ternura, cautivando tu entrega.
El sol dora y redora tu piel de pétalo caprichoso, encendiendo aromas de mujer que guardan anhelos prohibidos, pero empieza a llover y poco a poco te vas disolviendo en el agua, te vuelves ola y me llamas sobre la arena, dejando a mis pies tu voz de cantar marino.
Salgo en tu busca corriendo, hiriendo el espacio con mi puñal de amor, o deseo, o renacer de un alba nueva, y abandonando mi sombra en el secano, me hundo junto a ti, me hago uno con las sirenas, destruyo nostalgias, melancolías, contigo muero y vivo otra vez.
¿Cómo será el atardecer en tus ojos que no ha sido? Quizá la oscuridad los torne de mi cuerpo a un firmamento que nos cubre para arrastrarnos a otras historias, ¿y si no me sueñas? ¿y si solo soy el día de tus desahogos? ¿y si no soy o solo soy comunión semanal en el rito de la carne? ¿y si la afirmación se niega y entonces no estoy? ¿y si dejo de ser?
La madrugada, aún oscura ha roto el sueño, sentada, mis manos pensándote y mi mente recreando signos de interrogación, a veces creo que se leer demasiado, a veces pienso que no creo suficiente, a veces leo y ni pienso ni creo y así evito perderme, siento el dolor de tu boca en mi cuello, tú no pides permiso, devoras, y yo no me objeto, me afirmo,
¿y entonces?
los pasos de tu calle a la mía son inciertos, tu te andas a mi puerta que sabes abierta para llegar y marchar, ¿te estacionarías? son tantas las preguntas sin respuesta que el café se ha terminado y sigo sentada en los interrogantes, cuerpo, a veces creo que solo soy cuerpo y lo miro y no entiendo tus circunstancias, las mías tampoco, mente, no se si te preocupa demasiado lo que pasea por las galerias donde pasa la vida que queremos ver mientras se aprende, sonrisa, esa la devoras hasta el suplicio que hincha los besos de tus labios a los míos, exclamación, sí, quizá soy eso, en mi te exclamas para jugarte a carta segura la mano, la partida y cada apuesta, tu vences, yo no se si soy vencida, pero pido tres más y si pierdo de nuevo, a la próxima me pido jocker.
Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y una compañía no significa seguridad y uno empieza a aprender.
Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes… y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad.
Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calor del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende… y con cada día uno aprende.
Te esperaba. Regresas desde siempre, cansado de sueños, con palabras de musgo dulce y vientos de luz como fugaz llovizna de corales sobre la escarcha detenida.
Un revuelo de inútiles tristezas se adueña de mi carne y siento que no hay mejor lugar para morir que tu abrazo.
No quedarán más huellas que las heridas del placer talladas en mi espalda, este dócil temblor del aliento espigando el aire y un aroma de leyenda copulando en las noches que gimen, muy lejos de nosotros…
Lejanamente, se oye el sonido de una radio. Estoy en el umbral de la vieja casa que nos cobijó el amor entonces y que se parecía tanto a la vida. No estoy segura de querer entrar… o huir; me engañan los sentidos. Hay una penumbra que recorre mi carne y el paisaje de paredes desconchadas que me rodea, y una neblina transparente, como la luz de un atardecer adormecido, que baña levemente las llagas que dejamos en el suelo de madera del salón.
Todo era posible en los sueños…
El vértigo, el temor a la herida del deseo tu cuerpo y mi cuerpo desbordados en ciénagas de sombra y de la luz más bella,
O el despertar confuso del alba de pronto enloqueciendo las bocas, los muslos, como pájaros heridos de pasión contra los espejos ciegos.
Estoy en el umbral de esta vieja casa y no sé si quiero entrar o huir.
«Podría llamarle tristeza a esta duda, y quizás acertara…»