Cubierta de musgo, la piedra entre las ruinas
soporta los azotes del viento
me siento junto a ella, la miro, no hay yeso en su piel
tampoco es una piedra rodada ni un guijarro,
inamovible, sonriente, eterna
me atrevo a preguntar si tiene madre
si todavía existe su cantera o la enterró el paisaje de los siglos
¿qué manos la pusieron en el arco toscano
qué desazones pétreas limaron su linaje
por qué está sola y sangra entre los musgos su cara sin fisuras?
Y le pregunto cuántos años tiene
cuánto ha sufrido y por qué sonríe
me responde su silencio monástico
y yo sé que está viva y que ha sido mampuesta
por el que ya está muerto…
Y la miro y me mira
y me gusta crear historias nuevas
sobre su duro cuerpo, cuentos de jade o jaspe
de musgo y plasma y rocas y le pregunto…
Entre nosotros, seamos lo que seamos al fin… Rainer M. Rilke
Si no fuera porque los libros tienden puentes y me alejan de ese vacío inmisericorde del recuerdo…
Desde la atalaya del olvido edificaría un nuevo mundo de galernas con las caricias que quedaron deshilachadas en playas -ahora lo sé- de desdicha, después de que tantas noches quemáramos las estrellas atrapados en su luz al margen de una ciudad que nos miraba, de soslayo, desde el alto tribunal de la inconveniencia.
Me quedaría en tus ojos esperando, como un rompeolas insomne, la arrogancia de tu séptima ola anegando la distancia, rompiendo la rutina o la costumbre que mantengo a prueba de batallas.
Sólo la sabiduría de mi piel quemada y el eco aún cercano de las palabras que susurrábamos sin astucia, —oraciones recitadas con la furia ciega de los dioses— me impiden hoy culminar el suicidio de los poemas, detenidos, frente a un mar que guarda desde sus orígenes el enigma de los sueños.
De todas las estaciones, no hay ninguna tan demoledora como la primavera: los tallos revientan la endurecida costra helada de la tierra, las hojas abren la piel de las viejas ramas amortajadas, el dormido viento rasga el espacio entre rebrotados verdes…
Truman Capote
Andaba buscando un titulo para mi nuevo relato. Había apagado el ordenador hacía unas horas con la intención de tomarme un descanso. Llevaba días sin ideas y esta madrugada, en el duermevela, repentinamente he reconocido en mí la urgencia de sentarme ante el ordenador. En vano. Sin ideas, otro día más sin ideas. Y he cerrado los ojos, y con mis dedos sobre el teclado he decidido dejarlos libres sobre él, no pensar; ni tan siquiera respirar hasta que hubiera escrito por lo menos mil palabras. Mi cuerpo, mi mente…, algo tendrán que decir en esta demoledora primavera, como la llamó Capote. La siento llegar, soporto sus síntomas, pero todavía no ha roto el cascarón de la crisálida. Tendré que esperar. Y adivino tras los cristales azotados por la lluvia el verde oscuro del paisaje que enmarca este amanecer sin luz, y espero.
Y he recordado que ayer, mientras consultaba un dato sobre la segunda guerra mundial para otro texto que me tiene ocupada desde hace un tiempo, me encontré con un artículo de Cecilia Dreymiller publicado en Babelia sobre el libro de Ralf Rothmann, con el mismo título que yo tenía pensado para mi entrada. Sé que todo está escrito y que por tanto, todo lo que yo escriba estará contaminado por lo que haya leído antes, pero hoy algo dentro de mí necesitaba salir a la superficie de alguna manera, y este encuentro, precisamente este título, me ha guiado.
Y tecleo, y tecleo, dejando a mis dedos libres, sin pensar, sin respirar apenas, sin saber adonde me llevarán estas palabras…
La lluvia no da tregua. El viento sigue azotando afuera. Se ha paseado toda la noche como un fantasma con su escandaloso látigo de agua entre un chaparrón y otro. Se hubiera dicho que los elementos estaban desbordados, rabiosos, violentos, emitiendo aullidos de ahogo y reproches contra el cielo. Los pájaros callaban. He pensado que la primavera era un buen tiempo para morir.
—No quiero que corten flores para mí —me decías—, basta con que unjan mis pechos las gotas del último rocío con el aroma de los nuevos brotes y vuelen las briznas blanquecinas de mis restos, como polen de primavera, a la misma tierra de la que provengo.
Nos dejaste solos hace unos días mientras hablábamos de tu viaje al llegar la primavera. Aspiraste el aroma de las primeras flores de tu jardín y de los frutos que ya niñeaban en la huerta a los que habías cuidado siempre como a tus propios hijos, como a mí, como a mis hijas, y te llevaste silenciosa la alegría de vivir y la bondad junto a tu sonrisa eterna pintada en los labios.
…
¡Que los tallos revienten la endurecida costra de la tierra! ¡que las hojas abran la endurecida piel de las viejas ramas amortajadas! ¡que el dormido viento rasgue los espacios entre rebrotados verdes…!
Él solía decir que al salir “del cuarto oscuro” había tropezado con la luz y que aquel fogonazo le había alterado la vida.
Es cierto que, según me contaba, seguía dando trompicones y yo le miraba como a un niño todavía, con rigor, pero también con la condescendencia que le ofreces a una persona muy querida que padece de ciertas limitaciones. Hablábamos de muchas cosas durante sus frecuentes visitas. Llegué a tratar con sus padres y educadores y a quererle como se le puede querer a un hijo. También me hacía sufrir.
El dictamen médico reconocía que se había producido un fallo en el suministro de oxígeno estando él en la incubadora. Su hermano gemelo prosperó rápidamente al margen de él, y se hizo con las caricias y el alimento de los pechos que su madre tenía preparado para dos. A él no le quedó más remedio que sobrevivir con lo que había.
Le recibió una habitación con vistas a un blanco quirófano. Grandes manos enguantadas asomaban por pequeños ventanucos redondos y llegaban hasta él rodeado de tubos de plástico, transparentes, como sus órganos, como su piel. En aquel lugar ya no había oscuridad. Todo era luz, luz confusa. Su débil cuerpo seguramente llegó a añorar su mundo en la oscuridad, pero él se hizo fuerte y salió adelante.
Cada día mi asistenta Dulce María me llevaba al mercado. Me aseaba y me vestía como a mí me gustaba. Sin alardes, pero con elegancia. —Yo adoraba la combinación de colores neutros—. A pesar de mi artritis me gustaba adornar mis manos con un solo anillo cada vez. Mi preferido era la alianza. Cuando murió mi marido, con las dos alianzas de oro yo había hecho diseñar una sola doble, y engarzado en ella el brillante que él me había regalado para celebrar nuestro compromiso. Un toque de colonia floral fresca y una manta ligera sobre mis rodillas cuando el tiempo era frío. Mezclarme entre la gente por los pasillos de las fruterías y los puestos de verduras recién traídas de los caseríos, acercarme a la zona del pescado en la que se exponían, como en un museo, las piezas más llamativas; salmonetes, merluzas, bonitos, txipirones, besugos, antxoas, y ver la evolución de los ejemplares de todo tipo de marisco en las peceras iluminadas, era mi plan preferido cada mañana. Y acercarme después a La Tahona y oler el pan recién horneado y poder elegir mi pan de cereales preferido. Después de comer me quedaba en el sofá tranquila sesteando en silencio. La lectura y la música clásica acompañaban mis últimas horas de la tarde cuando, salvo que hubiera algún concierto o exposición de arte interesantes, estaba sola hasta el atardecer, a la hora de la cena.
Yo había recomendado a sus padres que le llevaran a un centro de educación especial. Ellos prefirieron que conviviera con los demás niños como uno más, aun sabiendo que ello requeriría un mayor esfuerzo económico y dedicación por su parte.
Le llamaban “el cuarto oscuro”. Allí se recluía cada tarde su padre, cuando volvía del trabajo, para dedicarse a sus hobbies. Él se sentía privilegiado por ser su elegido para ayudarle a revisar, limpiar y seleccionar las piezas que luego llevaría al tasador para vender. Desde niño le habían cautivado la luz de los brillantes y los diamantes diminutos, la transparencia de las piedras de colores preciosos, y los destellos y la suavidad de los metales que se enredaban con facilidad en la torpeza de sus dedos.
Y quiso ser ladrón, como su padre.
Me sorprendió el chasquido de un pestillo y un portazo al otro lado del pasillo. Pensé que habría sido el viento. Había hecho mucho calor aquel día y podría estar levantándose galerna. Volví a mi lectura sin darle más importancia.
Pero sí, había alguien allí. Escuché el crujir de la madera del suelo bajo unos pasos que se acercaban con sigilo hacía el salón. Antes de darme tiempo a asustarme me encontré con la tranquila expresividad de su mirada en el quicio de la puerta como si quisiera pedirme permiso para entrar y acercarse a mí. Durante unos segundos me quedé bloqueada, algo en su persona me hizo dudar y decidí hablar con él —poco más podía hacer—.
—Esta es mi casa, —le dije como disculpándome—
Él me ofreció una educada sonrisa.
—Mira, —me dijo—. Yo no quiero nada más que me digas dónde tienes las joyas porque las necesita mi padre para venderlas y darnos de comer a mi madre a mis hermanos y a mí.
Dejé mi libro sobre la mesa de centro y le animé a sentarse a mi lado.
—Me tendrás que explicar más cosas.
Supongo que entendió que me debía una excusa.
—Bueno, no tengas miedo, yo no quiero hacerte daño, solo quiero las joyas y, si tienes, algo de dinero y me marcho. No se lo digas a nadie que he venido aquí porque si se enteran mis padres seguro que me montan una bronca. Yo solo quería entrenarme para poder ayudar a mi padre cuando sea mayor.
—¿Quieres merendar conmigo? —le pregunté mientras le ofrecía una de las pastas de té que quedaban sobre la bandeja.
—Vale.
La ternura de su mirada agradecida me invadió demoledora cuando se acercó un poco más a mí.
—Y dime: ¿por qué has elegido venir a mi casa?
—Cada día cuando salgo del colegio me encuentro contigo, y con la señora que te acompaña, volviendo de la compra del mercado. Me gusta escucharos hablar y reír. Y, además, eres muy guapa. Camino a vuestro lado hasta que llegáis a casa, después, sigo solo hasta la mía. Me gustan tus anillos.
Hablaba con una mirada expresiva iluminada por la inocencia. Era inútil resistirse.
Le prometí que no diría nada a nadie pero que aquella tarde él tenía que volver a casa para que no lo echaran en falta. Se nos había hecho tarde con la charla y enseguida vendría mi cuidadora Dulce María a prepararme la cena y acostarme. Él suspiró profunda y perezosamente, se levantó del sofá y me ofreció su mano a modo de despedida.
La luz bailaba alrededor de su figura mientras se alejaba, se volvió desde el quicio de la puerta del salón para señalarme, con un gesto acusador de su dedo índice, durante unos segundos de silencio. Una suave sonrisa iluminaba su rostro mientras aventuraba una nueva visita si yo se lo permitía.
Sentí una mezcla de alivio y tristeza extraña, como si hubiera sido víctima de un robo moral y tuviera que denunciar a aquel niño de ojos claros que había jurado ser mi amigo…
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@mjberistain Fotografía MJB (Museo Arte Abstracto Español Cuenca)
Quizás hablábamos del siglo XIX. De hecho la única fecha que encuentro para centrar el origen de la poesía que me recitaron entre las tres primas aquella mañana, sentadas alrededor de una mesa de metal al lado de la fuente de las Américas, lo sitúa antes de 1899.
De su autoría aún tengo dudas. Se atribuye a una maestra llamada Rosita Denia que en la época del 36 impartía clases en un pueblo de Segovia y que hacía representar a sus alumnos cada vez que «los nacionales» tomaban una ciudad importante. Pero también he encontrado alguna mención al poeta mejicano Amado Nervo como autor, aunque este texto no lo localizo entre su obra.
…
Juana debió de ser una mujer de piel muy blanca que le gustaba adornarse cada mañana antes de enfrentarse a la mirada de cualquier otro ser humano, incluído su marido. Siempre vestía de negro absoluto. Pero por el relato de sus nietas, llegué a imaginármela, en algunos momentos de su vida, sentada largas horas ante el espejo del tocador mirando embelesada a la caja de caoba abierta, al brillo barato de los viejos abalorios que su abuela le había regalado antes de morir.
Aplicaba una sencilla crema hidratante y bases blancas sobre su tez ya de por sí pálida. Unicamente se permitía resaltar sus mejillas dando pequeños toques con sus dedos impregnados de la misma crema de color con la que pintaba sus labios. Su color preferido era el rojo. Sus ojos los delineaba con lápiz negro y aplicaba un ligero empaste de máscara sobre sus pestañas para intensificar su mirada un poco felina. A pesar de su origen humilde el resultado en su aspecto le asemejaba a las mujeres de la alta sociedad, y eso le gustaba. Pestañeaba satisfecha al espejo…
Le gustaba llevar su pelo hueco, rizado y revuelto. Decían que, dependiendo de su estado de ánimo utilizaba los colores negro, azul, caoba, castaño claro y también el oscuro; nunca rubio. Además sujetaba su melena rizada con cintas y lazos, y flores, pinzas y ganchos para lograr sugerentes y divertidos recogidos y tocados.
Me contaban sus nietas, alrededor de aquella mesa de metal de la plaza de las Américas, que habitualmente llevaba, al menos, diecisiete pulseras y brazaletes en sus muñecas, todas ellas regalos y recuerdos de sus amores tiernos. Y todas de distintos modelos; cadenas con pequeños colgantes de plata, de nacar, de cerámica, de pelos y dientes de sus hijos y nietos, pulseras de cuero con remaches y brillantes, cintas de plásticos de colores entretejidos, aros de oro amarillo, rosado y blanco… Todo ello además de un reloj y varios anillos ensortijados entre sus dedos envejecidos.
Había sido una mujer imponente que durante la guerra civil española había conseguido sacar adelante a sus seis hijas por sí misma. A su marido se lo llevaron de casa una noche y lo fusilaron en el paredón del barrio. No era facil salir a vender tejidos por los alrededores. Ni perseguir al ladrón de su maleta a campo abierto. En un pequeño cuartucho que le dejaron comenzó a vender verduras y hortalizas que cada mañana le traía un abuelo vecino. Con el dinero que sacaban compraban aceites, jabones y otros enseres —eran tiempos de estraperlo—. Juana era una mujer de gran personalidad y la vida la eligió para ser, además, emprendedora. Salió de su cuartucho de verduras del barrio más humilde y se instaló en un quiosco en el centro de la gran avenida de la ciudad a vender granizados en verano. Durante los inviernos vendían pan y también dulces y así fue poco a poco prosperando hasta que llegó a asociarse, a través del novio de una de sus hijas, a una de las mejores pastelerías, todavía hoy considerada de prestigio.
Pero Juana, además, era una enamorada de la poesía y de los poetas Gustavo Adolfo Becquer y Rubén Dario entre otros.
Las tres mujeres que se sentaban a mi alrededor eran primas y recordaban a su abuela Juana con mucho cariño, con nostalgia y admiración. Durante sus vidas le habían escuchado recitar de memoria cientos de veces poesías que ella también había aprendido de sus mayores.
Me emocionó escucharles declamar ésta con fervor. Y respeté en silencio sus recuerdos.
Cierto día el Hada Azul, quiso a la tierra bajar y se mandó preparar su gran carroza de tul. Diciendo: «A cada mujer de las diversas naciones, les voy a dar tantos dones como pueda conceder».
Bajó aquí sin dilación, tocó su cuerno amarante y acudieron al instante una de cada nación.
Llamó y dijo a la italiana: Tú tendrás ardientes ojos… y tendrás labios tan rojos que parecerán de grana.
Por tu cutis sonrosado, dijo a la inglesa, serás entre todas las demás un tesoro codiciado.
Por tus nacarados dientes le dijo a la austriaca luego, verás quemar en el fuego de amor a tus pretendientes.
A la mujer parisien le dio una distinción, ingenio, corrección… y hasta corazón también.
Y así fue haciendo lo mismo pródiga con todas ellas, repartiendo entre las bellas; a una sentimentalismo, a otra ingenio, a otra blancura, a otra claro entendimiento, a esa otra un alma pura…
Así acabó sus dones, que entre todas repartió, cuando al terminar salió de entre todas las naciones una gallarda manola muy joven, casi chiquilla, que lucía una mantilla de rica blonda española, y que acercándose al Hada, ruborosa dijo así: Según veo para mí no me habéis dejado nada.
Quedóse el hada un momento suspensa de admiración y fijando su atención en ella, con acento dijo luego: ¿Tú qué quieres que yo te pueda otorgar? ¿Tienes algo que envidiar a todas estas mujeres? ¿No tienes el pelo acaso abundante, negro, hermoso? ¿No tienes el porte airoso? ¿No hay en tu mirada clara, rayos de sol que fascina? ¿No es tu sonrisa divina? ¿No es bellísima tu cara? Entonces, ¿qué quieres?, di si aún juntando a todas ellas, resultan menos bellas que tú.
¿Qué buscas aquí? Sin embargo, dijo el Hada: yo no quiero que al marcharte tengas porqué lamentarte de que no te he dado nada.
Y mirando a la manola dijo alzando más el tono: ¡A ver, que traigan un trono a la mujer española!
Hasta aquí la parte recitada de memoria. El resto de la poesía lo he encontrado en el blog de Jose Angel Muriel
Y en este cuento me fundo si es que este cuento no engaña, para decir que en España está lo mejor del mundo.
II
Las mujeres españolas se distinguen por su cuerpo, por su cara tan risueña, su talento y su salero.
Una de estas mujeres, a ninguna se la iguala, porque entrega cuando ama todo el candor de su alma.
Mujeres, como capullos en flor; vosotras sois el orgullo español; mujeres morenas de labios coral que entregáis la vida y el alma al besar…
Mujeres que lleváis en los ojos las luces de un tesoro del cielo español.
Dedico esta poesía en fechas tan señaladas, a estas fiestas a las Reinas y sus Damas.
Poesía atribuída a Rosita Denia, maestra. También se nombra al poeta mejicano Amado Nervo como autor.
Las fotografías son de internet y están seleccionadas de mujeres de la época de 1900
Hoy siento una especie de vértigo, de certeza, difícil de explicar…
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Todo quedó en su sitio como la imagen fija de una vieja fotografía, sin concesiones.
Nosotros dos atrapados por la pasión de las galernas, «santa maría del buen ayre» entrelazados tus labios respirando la tormenta de mis labios..
Todo está hoy en el mismo sitio y también el doble de lejos, solo han cambiado los siglos la inocencia de la ciudad indecisa y las lunas que siguen alumbrando heridos.
Mientras, navega sobre mi cuerpo interminable tu forma de atraerme a ti…
La naturaleza seguirá su curso Renovadora, sabia, libre, mágica. Ajena al tiempo marcado por los hombres.
T.Pedroche
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.Hoy le pesa el pecado de omisión. Da vueltas en la cama, no duerme su instinto natural; le señala con dedo acusador. Se remueve por sus pestañas como una araña con pies de escarcha.
Frío, siente frío… Más tarde, calor.
Se resiste su sueño a interpretar la escena de la obra que ha escrito para él. Dejará el libreto apoyado en un rincón del escenario de su vida, como tantas otras veces, aunque sabe que nunca habrá otro momento mejor.
Se rebelan los segundos sobre su mesilla de noche, entonando un silencio machacón, que duele como una víspera. Escucha su eco cercano y cuenta sus pequeños pasos, sus pausas, y no respira, luego, respira otra vez. Su mente nunca ha sido un prodigio en cálculo mental, así que, espera que todavía le quede tiempo. Se asoma a su ventana la luna. Es como una culpa de luz engañosa y blanca que, para hacer más tolerable su pecado, dinamita la noche en pequeños trozos de desazón.
Casi no recordaba cómo había conseguido llegar hasta allí. Se sentía rodeada de rostros desconocidos que, como ella, no emitían sonido alguno. Miraba al frente, no se atrevía a girar la cabeza, solo permitía a sus ojos el leve movimiento necesario para desviarse a derecha e izquierda y comprobar de reojo que no estaba sola.
Alguien abrió la puerta con violencia. El chasquido repentino de la manilla oxidada la hizo sobresaltarse y darse cuenta de que estaba en otro mundo. No acertaba a ordenar las ideas en su cabeza que se le antojaba ahora llena de serrín. Suponía que había tenido que tomar una serie de decisiones antes de aparecer por aquel edificio victoriano solemne que ocupaba un antiguo colegio inglés en las cercanías de Londres.
¡Ah, si! Aquel avión temblando esperándola en mitad de una gran pista de cemento con pequeñas luces parpadeando a un lado y otro de su miedo. Recordaba que se había propuesto no respirar durante el trayecto, no fuera a ser que su aliento provocase una convulsión en la fragilidad de aquel aparato.
Pero afortunadamente se encontraba allí, en aquella habitación escasamente iluminada de grandes ventanales sin cortinas que daban a un oscuro patio del castillo, rodeada de un pequeño grupo de chicos y chicas de distintas razas que, como ella, esperaban su primer encuentro con el viejo profesor de lengua y literatura inglesa.
—¡Buen día señores!— lanzó un saludo como si quisiera espantarlos de un bufido.
Hasta ese momento el silencio había sido casi religioso. Sin excepción, se removieron todos en sus asientos como si se hubieran acomodado sobre un hormiguero. Y comenzaron a trastear nerviosamente con sus cuadernos y libros. En el silencio incluso asustaba el estrépito de algún bolígrafo o maletín precipitándose al suelo desde lo alto de los pupitres de madera apolillada. Se encontraron por entre sus piernas las miradas sorprendidas y suplicantes de algunos como buscando algún tipo de complicidad que les aliviara de la tensión.
—¡Buenos días!— contestaron con voces destempladas y disonantes que provocaron la hilaridad en el grupo, incluído el profesor.
Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre respetable con sus casi dos metros de altura que desplazaba por la clase con engañosa desgana. Como su sonrisa. Como su mirada. Parecía como si le faltaran fuerzas o le sobrara humanidad. No olvidó nunca cubrirse con una vieja gabardina verdosa siempre desabrochada. Quizás fuese una de sus señas de identidad; otra era su pajarita, de color verde oliva, anudada en una especie de lazo maltrecho al cuello de su arrugada camisa blanca, o el brillo de sus grandes zapatones. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes, aunque su voz retumbaba con gravedad alrededor de su figura.
Mister Evans, era un soñador; un filósofo, un poeta, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.
Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Cada uno de sus alumnos representaba para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se celebraba cada año entre setiembre y junio y más allá de los horarios lectivos.
Preparaba a sus alumnos para lo que él llamaba un «exámen a conciencia».
Mister Evans era capaz de transmitir su conocimiento y compartir sus ideas e ideales con su grupo de alumnos. Y ellos fascinados deliraban escribiendo versos en cualquier esquina de cualquier papel que luego les haría tirar a la basura la mayor parte de las veces. Y soñaban con interpretar los personajes de las obras de Shakespeare, que ensayaban al aire libre en los jardines de la Universidad, algún día de sus vidas en el teatro de Stratford upon Avon.
He conseguido encontrar algunas claves para comprender la poesía de T.S.Eliot; comprender su orden caótico como un «mosaico de metros, rimas y estilos».
«La publicación de La Tierra baldía en 1922 marcó un hito en la tradición poética anglonorteamericana. El poema se reveló súbitamente como el documento revolucionario del experimentalismo de las vanguardias. Los primeros lectores se sintieron fascinados y perplejos ante aquel texto extraño y enigmático, una colección de fragmentos de diversa índole, escritos en siete lenguas, que se extendía a lo largo de distintas épocas y culturas, y cuyas imágenes recurrentes articulaban un nuevo lenguaje poético…»
La poética de la fragmentación y la unidad del poema
(Apuntes)
«En el grado cero de la escritura, según observaba Roland Barthes, la poesía de la modernidad es una poética de la ausencia a la vez que una sintaxis discontinua.
La expresión poética parte de un universo fragmentario en el que las palabras se vuelven solitarias y aterradoras porque sus vínculos son más bien potenciales.
Con su poética de la fragmentación, La tierra baldía se parece a los restos de un drama extraviado, del que se ha borrado su trama principal y del que se conserva sólo el argumento secundario. Simultáneamente, la técnica cubista del collage invita al lector a reinventar los intersticios e intervalos ausentes. Eliot lo convierte en un co-creador y co-buscador de los eslabones perdidos.
La obra de Eliot posee un carácter onírico; el argumento carece de principio, desarrollo y final. Solamente hay fragmentos y retazos que, una vez introducidos quedan suspendidos en el texto.
El poema es un conjunto de meandros, viajes interrumpidos, sagas y aventuras discontinuas e inconclusas…
La repetición de temas, motivos e imágenes confiere al poema una estructura polifónica.»
Extractado del libro «La tierra baldía» edición bilingüe de Viorica Patea. Cátedra/Letras Universales
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«Me diste jacintos hace un año por primera vez;
me llamaban la muchacha de los jacintos.»
—Pero al regresar, ya tarde, del jardín de los jacintos,
Si llegaras hasta aquí desde cualquier camino por las zanjas que se abren entre el trópico y el polo, entre la congelación y el deshielo. Hasta aquí, donde muere la esperanza y ya no huele a tierra, donde a nada vivo huele.
Si llegaras hasta aquí desde cualquier camino que tomases, de noche, como un rey destronado, o de día, sin saber a qué venías.
Pero hay otros lugares que también son el fin del mundo; las fauces del mar, el silencio del desierto, el llanto apagado del hambre, el maná irrespirable de la pólvora, el hedor de la miseria, la tierra seca.
Si llegaras hasta aquí, al cruce de este instante sin tiempo y ninguna parte, deberías olvidarte de los sueños. Solo serviría entonces desde la sequía silenciosa de los muertos más allá del lenguaje de los vivos rezar una oración sencilla.
.@mjberistain basado en Little gidding de T.S.Eliot
Si te llevara allí antes del amanecer, lo primero que verías sería la bruma sobre el agua…
Hablábamos ayer de «sincretismo». Encontré, hojeando de pasada, en el libro de Michael Ondaatje «El paciente inglés», unas líneas de gran belleza y que volvieron a llevarme al tema de las religiones; a sus encuentros y desencuentros en un mundo con necesidad de que sus dioses se pongan de acuerdo…
«En la tienda había noches en que no conversaban y noches en que no cesaban de hablar. Nunca estaban seguros de lo que sucedería, qué fracción del pasado surgiría o si su contacto sería anónimo y quedo en su oscuridad. La intimidad del cuerpo de ella o el cuerpo de sus palabras en el oído de él, tumbados en el almohadón de aire que él insistía en inflar y usar todas las noches…
Él se apretaba contra el cuello de ella. Se deshacía con el contacto de las uñas de ella por su piel o tenía pegada su boca a la de ella, su estómago a la muñeca de ella.
Ella lo imaginaba, en la oscuridad de su tienda, como a medias pájaro, por algo en él que recordaba a una pluma, por el frío metal en su muñeca. Siempre que estaba en aquella tiniebla se movía como un sonámbulo, un poco descompasado con el ritmo del mundo, mientras que durante el día se deslizaba entre todos los fenómenos fortuitos que lo rodeaban, igual que el color se desliza sobre el color. Pero de noche encarnaba el sopor.
… Si te llevara allí antes del amanecer, lo primero que verías sería la bruma sobre el agua. Después se alza y revela el templo a la luz. A esa hora a la que ya se habrán iniciado los cánticos a los santos; los cánticos que son la esencia misma del culto. Oyes el canto y hueles la fruta de los jardines del templo: granadas, naranjas. Por todo hay árboles sagrados y agua mágica. El templo es un abrigo en la corriente de la vida, accesible a todos. Es la nave que cruza el océano de la ignorancia.
… En el templo los representantes de todos los credos y todas las clases recibían la misma acogida y comían juntos. Podía dejar una moneda o una flor en la tela extendida del suelo y después unirse al gran cántico permanente».
Cierro los ojos la bruma me arrastra, sobre el temblor de las aguas te siento, oscila tu ardiente oscuridad…
Todos los años por estas fechas, los escasos momentos de quietud que consigo suelen llevar mi mente a reflexionar sobre el tema de las religiones.
Hace tiempo leyendo a Rosa Montero, tuve que mirar en internet el significado de la palabra «sincretismo».
«Tendencia a conjugar y armonizar corrientes de pensamiento o ideas opuestas».
Como sincretismo se denomina el proceso mediante el cual se concilian o amalgaman diferentes expresiones culturales o religiosas para conformar una nueva tradición. La palabra, como tal, proviene del griego συγκρητισμός (synkretismós), que significa ‘coalición de dos adversarios contra un tercero’.
El sincretismo religioso es el producto de la unión de dos tradiciones religiosas diferentes que se asimilan mutuamente, dando como resultado el nacimiento de un nuevo culto con elementos y productos de ambos.
«Las religiones organizadas han sido demasiadas veces en la historia el origen de las atrocidades más espantosas (y lo siguen siendo, como en el yihadismo); pero en el impulso religioso básico del ser humano hay también un anhelo de bondad, de fraternidad y de belleza».
Mi religión no la vivo como lo hacía cuando era una adolescente. Mucho ha cambiado, sin embargo, me ha quedado ese impulso religioso del que escribe Rosa; una especie de «espiritualidad» de la que no puedo ni quiero prescindir.
Aquí voy a referirme a su encuentro en el Parque con una mujer…
(una emoción sencilla)
El otro día me encontré en el parque con una mujer de unos setenta años que vendía gorros, pulseras y diademas de punto que ella misma tricotaba. Era extranjera, no sé de dónde, y obviamente muy pobre, tanto por su ropa limpia, pero raída, como por los malos y feos hilos con los que tejía. Su rostro era hermoso. Debía de haber sido muy bella y tenía una sonrisa que iluminaba el lugar. Le compré una pulserita por cuatro euros y le di las gracias por su arte. Y entonces sonrió y me dijo: «Que tus dioses te protejan». Sí; en estos momentos de locura y de odio, ojalá nos protegieran a todos nuestros buenos dioses, nuestros ideales, nuestra voluntad de ser mejores. «Que tus dioses te protejan», me deseó la preciosa anciana. y ¿saben qué?