¿Quién mató al mar de aral?


Ayer asistí a una Tertulia Poética. Cada día me sorprende la vida con nuevos datos que quizá debería de re-conocer y ocurre que no. Es cierto que la región del globo terráqueo a la que se refiere el prólogo del libro de Miguel Angel Yusta «Postludio» escrito por Valentín Martín está lejos de mis destinos preferidos, por lo que la información relacionada no entra en los algoritmos que baraja internet para tenerme actualizada. Así es que debo de aceptar mi desconocimiento y dedicarme a documentarme a propósito, lo que me permite un mayor disfrute del contenido del libro que tengo entre manos.

Dice en el prólogo Valentín Martín: «El autor del libro entra en los tiempos con los ojos abiertos y vivos, dejando un rastro de corresponsal de la guerra que vivió, de la paz que vivió, de los soles y sombras que vivió, sin saber muy bien si está entre los vencedores o los vencidos.«


Hay un mar que se muere
Metáfora del hombre que destruye,
enajenado, el mundo.

Aral, antaño hermoso,
lleno de vida, barcos y alegría,
hoy símbolo de muerte y destrucción.

Ni por treinta monedas tan siquiera.

El hombre se ha vendido
solo por baratijas y espejismos
y navega cegado hacia la Estigia

Los pájaros vigilan en la noche
insomnes sobre horas desmayadas.
mientras, en el olvido,
yacen cansados gritos de ceniza.
El tiempo se disfraza de fantasma
junto a los cuerpos y las almas rotas
liberados al fin de servidumbres.

Diluido el dolor, la soledad es cierta.


Agotar el secreto de las horas
con el bello Cuarteto de Beethoven,
cuando la vibración de los sonidos
estremece el silencio.
Contemplar en penumbra
la liquida mirada de unos ojos,
inmenso mar de notas enlazadas
donde navega el fuego.
Regresar al contacto
de huellas y certeza
con manos que dibujan cadencias y deseos
mientras, sobre el compás, muere la tarde.


No me canso de ti ni del sonido
que forman las palabras
con que tejes mis sueños.

Es como caminar por una estela
donde sembraste lunas
en tardes apacibles de silencio y miradas.



«el poeta, en fin, deja que de su herida en el costado crezcan árboles
con suave gorjeo en las alturas de los sueños…«


Tertulia Poética en FNAC organizada por TRANSVERSORES.
Ponentes Miguel Ángel Yusta, Amparo Baró y Eugenio Mateo
Imagen: Por NASA Earth Observatory – Dominio público.

Insipidez

Querido Diario:

Escribo el título y es como si alguien me hubiera golpeado en la nuca.

De acuerdo, lo entendía referido a gastronomía, pero hoy descubro esta otra acepción.

En cuanto a las personas y sus acciones, puede calificarse de insípido a todo aquello que resulte poco interesante, que no tenga “sabor” en sentido motivador y atractivo, por ejemplo: “Estuvo una hora quejándose de sus pequeños problemas cotidianos; su insípida charla terminó por aburrirme”, “Las ideas del político son tan insípidas que dudosamente conquistará a alguna parte del electorado” o “Juan tiene una personalidad tan insípida que generalmente está solo, ya que nadie quiere compartir sus costumbres rutinarias y egoístas”. DeConceptos.com

Hubo una vez que perdimos el valor de los abrazos y el sabor de los besos.

Dicen los bien pensantes que, desde la pandemia, ya no somos los mismos. Hemos modificado nuestra actividad sensorial. Nunca seremos los mismos, porque hemos aceptado que ha habido una revolución en nuestra forma de expresarnos. Es verdad que seguimos viendo y oliendo, tocando todo, pero de una manera diferente a como lo hacíamos en otro tiempo. Atravesamos un desierto en el que la soledad era nuestra íntima compañera de habitación. Mientras ese tiempo tan vacío en el que los gestos, los abrazos y los besos tan necesitados por la especie humana durmieron en un limbo gaseoso, algunas cosas cambiaron. Y, a medida que nos fuimos despertando, nos dimos cuenta de que queríamos recuperar el tiempo que habíamos perdido. Nos dedicamos a una carrera sin final ni destino, persiguiendo cualquier tren que pudiera llevarnos a nuestro mundo anterior. Ahora que estamos en plena forma, seguimos corriendo sin saber muy bien qué es lo que tratamos de conseguir.

Por supuesto que no estamos tratando de regresar al pasado, o sí. Siempre hemos sabido que el futuro es imperfecto. ¿De qué forma podemos frenar este acelerado ritmo de vida que nos impide relajarnos y disfrutar plenamente de cada momento? ¿Cómo podemos tomar el tiempo para conversar con nuestra pareja, nuestros hijos o nuestros amigos, o simplemente para hacerles sonreír? ¿Por qué no dejarnos amar durante unos minutos sin prisa? Me refiero a permitir que la vida nos mime, y ofrecernos al verdadero don con el que hemos sido bendecidos al nacer. Amar y ser amados.

Dicen los sabios que «las formas en las que las personas usaban sus sentidos para navegar y comprender su mundo tendían a ocurrir lentamente, medidos en décadas y siglos, no en meras semanas y meses —la idea misma de que hay cinco sentidos tardó siglos en madurar».

El haber estado privados de nuestras vivencias sensoriales podría hacernos reflexionar y, en lugar de salir en busca de «estimulación», ¿no sería mejor familiarizarnos con las virtudes de la insipidez?

Y de nuevo, la maldita palabra me ataca.

Vuelvo al tema.

Decía que, actualmente, podemos elegir ocupar un puesto de honor en el podium de la insipidez, contraria a nuestra cultura occidental, o bien adoptar algo loable de la tradición china. Para los chinos, la palabra mencionada tiene el sabor de «lo virtual», no se trata de privación del sabor, sino de la capacidad de evolucionar y transformarse. La insipidez no excluye cualidades contrarias, sino que favorece una disponibilidad individual simultánea, que se mueve en armonía con las fluctuaciones del mundo y nos hace posible asociarlas con más libertad.

¡Ahí queda eso!

El filósofo François Jullien, autor del libro «Elogio de lo insípido» nos invita a repensar nuestras suposiciones. Podríamos entenderlo como una transformación silenciosa, que ocurre sin ruido, y no se despliega en el espacio, sino en el tiempo. Se trataría de una inteligencia que opera en modo continuo, no es una forma de retiro o aislamiento, sino una forma de vivir que requiere paciencia para madurar y gestar.

Termino con la reflexión del autor de este artículo —David Dorenbaum publicado en El País—, en el que me he basado para trasladar estas anotaciones a mi Querido Diario.

Bien podríamos valernos de las virtudes de la insipidez, de su espíritu de plenitud. Sería interesante no pensar en la insipidez como pereza, ociosidad o aburrimiento —todo lo cual estamos programados para sentir, con culpabilidad, en un mundo en el que el aluvión del capitalismo y las redes sociales inunda nuestros sentidos y nos desafía a actuar en consecuencia— y, en cambio, tratar de sacar provecho de la «insipidez» como una forma legítima y útil de interactuar con nuestro mundo, de una manera menos estresante y más auténtica.

¡Ojalá!


El Mar es el color de mis sueños


Os explicaré cómo me asalta el deseo de hacer una fotografía.
A veces es como la continuación de un sueño.
Una mañana me despierto con una extraordinaria alegría de vivir.
El Mar es el color de mis sueños

Robert Doisneau


ss paseo nuevo f 12012019-dsc_0498

Tengo un sueño de mar,
de olas tranquilas,
de rocas milenarias,
de espumas y sal.

ss el mar f dsc_1081 (1)

Puedo confundir tu cuerpo
con la ola rompiente
y esa dicha efervescente,
de amor, poesía y sueños.

ss el mar dsc_1106 copia copia

Vienes a mis pies
con la súplica del viento,
te deshaces lento
como el perfume fiel


En el amanecer pareces ola
golpeas mi hombro
una y otra vez tus besos
como en la roca tus labios.

ss peine viento f

Anclada te miro,
vienes y vas como los sueños
de una fotografía en el mar,
donde tu corazón es la Luz.

MI AGRADECIMIENTO POR LA COLABORACIÓN POÉTICA
DE POETAS NUEVOS

Publicado originalmente en octubre 2022


Alquézar (Paisajes ocultos)


Fantasmas perdidos en un sueño que dejó de soñarse no se sabe ya cuándo… El destino tal vez consista en eso: ser una sombra más de un retrato de grupo, en el que nadie sepa qué estamos mirando, ni por qué mantenemos esa sonrisa tonta.


Me acerqué al rio con un violento deseo, sus orillas abrazaron mi cuerpo y, sin más tiempo para pedir ayuda, me fui al fondo de la noche.


Es extraño. Si trato de recordar el fuego de las noches sagradas, un verano violento —como cualquier verano—, con su luna de sangre y crepitar de brasas, recuerdo esa violencia y la felicidad, recuerdo el fuego, pero aquí no está el fuego, aunque yo sé que ardía en esas noches…


En el amor no había nada distinto al resto de las cosas, pero sí era distinto ese juego violento al que apostar la vida, y que a veces movía las estrellas, la luz de la conciencia, y al que hoy sigo jugando, y en él me va la vida.


Ya se durmió la sangre vida arriba. Soledad de futuro, sin futuro. Ya tus palabras hablan de ti de aquello que soñabas, y en el más allá de ti sueñan contigo.


Hay un lugar en medio de la Luz donde se reconstruyen las ruinas de este mundo. Y un acorde que logra convertir las edades y las sangres vertidas en un preciso artefacto melodioso. Hay un número en donde está reunido lo disperso, y una llave que cierra las puertas tenebrosas. Existe una moneda suficiente para el pago de todos nuestros sueños. Una flor de metal que vive para siempre, y un verso que arrastra la esperanza al primer día.


Textos Carlos Marzal (extractos)

Be water my friend

Seguir el cauce de un abismado sueño, a la sombra morir de su hermosura, entreabiertos los labios, y esta dura melancolía hiriendo el sol de fuera. (JL Cano)


Por venas de luz el camino del agua se quiebra y se vierte hacia otro mundo donde el mar se atreve (D.Ridruejo)


Coronada de azul serás fuego y mar y ojos oscuros. De ola y llama serás. Y sabrás del secreto de la espuma. (E.Carranza)


Había rios de enorme luz donde mis ojos naufragaban, yo escribía tu nombre y se doraban las aguas desnudas como tu cuerpo.


No pienso en horizontes, quiero dar y solamente darme a las corolas donde tus relumbrantes aureolas me enseñan a morirme y voler a empezar (JI Cirlot)


Selección Fotografías B&N 2022


Pulsar sobre cualquiera de las imágenes para verlas en mayor tamaño.



Selección Fotografías Color 2022


Pulsar sobre cualquiera de las imágenes para verlas a tamaño natural


Entrevista a Lita Cabellut


MADRE Y ARTISTA


Principios

Sinceramente, no entiendo por qué últimamente no soporto ver películas de «violencia». Sin embargo, mi elección se decanta hacia documentales de Historia.

Hace seis años ya me documenté seriamente sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial en los países del Norte a propósito de un viaje que hice a Suecia y Noruega. De ello salieron algunos capítulos de lo que quiso ser una novela corta que está «en barbecho».

Con esto de la inflación y la que nos espera, y tal y como está el mundo de revuelto, he decidido cambiar hacia el «minimalismo» en todos los detalles de mi vida. Así que uno de los recortes que he hecho ha sido ajustar la programación de televisión a mis necesidades reales. Paso muchas horas frente al ordenador porque lo que tengo entre manos me apasiona. Leo y escribo mientras me acompaña una leve música de fondo. Y edito mis fotografías que, incluso algunas veces, alumbran los temas de mi blog. Y solo cuando estoy al borde del agotamiento y mis neuronas no me siguen, enciendo el aparato y busco documentales que me interesan y, por supuesto, las noticias (por mucho que me hacen sufrir).

He empezado diciendo que no quiero ver películas de violencia.

Quizá no deberías de creerme, querido diario, porque tengo una rara debilidad por la Historia de la Segunda Guerra Mundial. Todas las guerras me conmueven, todavía la de Rusia y Ucrania. Actualmente, estoy sensibilizada por la revolución que se está produciendo en Irán a propósito de los derechos de la mujer. Bueno, no exclusivamente por los de la mujer, sino por los «derechos humanos». Sé que este tema arde en todo el mundo, que entiendo que no es exclusivo de Irán, aunque en este momento sea el foco de atención en los «medios». Me sirve para mostrar mi oposición a todo tipo de violencia «venga de donde venga».

Coincide que un amigo me mandó ayer unas fotografías desde Irán. Cae en mis manos el informe de María Ángeles López de Celis, publicado en Zenda. Y, como llevo unos días con este tema en la cabeza, decido recogerlo entre mis cosas y compartirlo por si a alguien más le interesa.

Extraigo algunas líneas del informe de María Ángeles López de Celis en la publicación de Zenda.

Hablamos de un pueblo hospitalario y generoso, sin paliativos, que ha sufrido y sufre las derivadas de una falta de libertad que dura generaciones. Que no son árabes, sino persas, repiten una y otra vez, ante la ignorancia del resto del mundo, para los que todo el que es musulmán y está en Oriente Medio es árabe. Hablan farsi, no árabe, son cultos y bien parecidos, sobre todo las mujeres, para las que vestirse cada día es un ritual repleto de códigos y limitaciones, comprobado por cualquier mujer, venga de donde venga, apenas pise tierra iraní. Aman su comida y, más aún, a sus poetas: son su mayor patrimonio, su orgullo, su legado… y desean compartirlo.

Es preciso señalar que Irán no es cualquier país, es una potencia de noventa millones de habitantes que posee una de las más grandes reservas de petróleo y gas natural del mundo. Tiene una clase media muy potente, aunque hoy vive empobrecida y agobiada. La juventud ha tenido siempre la oportunidad de ir a la universidad y vivir con cierta estabilidad, a diferencia de sus vecinos del Medio Oriente, Irak o Afganistán. Aunque la mayoría nunca ha respirado libertad, no avalarían bajo ningún concepto una intervención internacional, ni un cambio de régimen que llevara al país a una guerra civil. Debido a que el régimen iraní es la clave del equilibrio geopolítico en esa zona del mundo, su gobierno no desea guerras ni desestabilizaciones, y por eso es un enemigo acérrimo de Al Qaeda, y del Estado Islámico. Si el régimen iraní cayera en este momento, la onda expansiva se llevaría por delante la estabilidad de la región y del mercado global de hidrocarburos.

Asimismo, es preciso poner en valor la osadía y el coraje de las mujeres iraníes, que han demostrado desde hace mucho tiempo que son capaces de enfrentarse al conservadurismo del régimen. En 2009, cuando tuvo lugar la «Revolución Verde», fueron las mujeres las principales protagonistas.

¡No al velo, sí a la libertad y a la igualdad!, gritan las activistas en Teherán.

Desde 1979, Irán vive bajo un régimen clerical. El líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Jomeini, dio paso a un sistema político en el que los clérigos y el ejército tienen primacía, aunque se celebran elecciones, como es de imaginar, en un ámbito tan restrictivo como manipulado. Las mujeres, en este marco, quedan bajo la tutela de los hombres y, aunque han ido muy poco a poco conquistando parcelas de libertad, siguen estando bajo un yugo muy represivo.

Por otra parte, estar ante las ruinas de Persépolis, la plaza mayor de Isfahan o la Mezquita del Viernes, es quedarse maravillado, aunque más impactante será el recuerdo que quedará de este pueblo culto y acogedor, para el que sus visitantes somos sus más importantes valedores y los embajadores que contarán al mundo la realidad de Irán, en la seguridad de que, descubriendo rincones remotos y culturas diferentes, eliminaremos la frontera más peligrosa: la que nosotros mismos construimos.


La belleza natural del país.

Incluyo algunas imágenes de internet que han llamado mi atención.

Ver el informe completo en: Las mujeres iraníes


Por quién doblan las campanas

Del Blog Profesor Jonk

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un 
pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se
lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, 
o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, 
porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, 
nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; 
doblan por ti.

John Donne (1572-1631)

“Por quién doblan las campanas” es la novela de Hemingway sobre la guerra civil española. En el mes de abril de 1937 la República lanza un ataque fallido sobre las posiciones enemigas de La Granja y Segovia, en plena sierra de Guadarrama, vertientes de Madrid y Segovia. 

 Desde el Puerto de Navacerrada, controlado por la República, hasta La Granja, en manos de los franquistas, se extiende una extensa tierra de nadie. Un grupo de guerrilleros dirigidos por el dinamitero norteamericano Robert Jordan, desde una cueva junto a Siete Picos, planea volar el Puente sobre el río Eresma para truncar el avance de los nacionales. 

El capítulo 27 de la novela recoge la anónima, tantas veces repetida, historia de un día en la vida, en la muerte, de cinco guerrilleros republicanos que tomaron una colina en la sierra de Guadarrama. Este capítulo sirvió de inspiración a la banda Metallica para su mítico tema del mismo nombre que la novela.

For Whom The Bell Tolls es la tercera canción del segundo álbum de estudio de Metallica, Ride the Lightning; la introducción del tema fue realizada por Cliff Burton, con bajo eléctrico y distorsión que le hacen parecer una guitarra, y para el sonido de la campana se utilizó un yunque. En las versiones en directo de la canción, la banda suele comenzar con un solo de bajo en memoria de Burton, que falleció con solo 24 años en un fatal accidente que tuvo el autobús de la banda en el trayecto de Estocolmo a Copenhague, camino de su próximo concierto, programado para el 27 de septiembre de 1986.

Make his fight on the hills in the early day/ Libraron su guerra sobre las colinas desde el amanecer  

Constant chill deep inside/ con una ansiedad crónica en lo más profundo de su interior

Shouting gun on they run through the endless gray/ mientras gritan las armas ellos corren a través de una grisura interminable

On they fight for their right, yes, but who’s to say?/ellos luchan por su verdad, sí, pero a quien cabe decírselo

Sierra de Guadarrama. Una colina. Cerca de Segovia. Cerca de La Granja. Hace frío. Aún hay restos de nieve. Hay que llegar a la cresta de la colina. Cinco hombres. Cinco milicianos. Tres están heridos. El más joven solo tiene dieciocho años. Espolean al único caballo. Sí, es la guerra civil española. Ni la mejor ni la peor. Una guerra. Otra más. Tan justificada, tan digna, tan estúpida, tan cruel, tan absurda como cualquier otra. 

For a hill, men would kill, why? They do not know / Por una colina, el hombre es capaz de matar, el por qué, ellos no lo saben

Wounds test their pride / las heridas ponen a prueba su orgullo

Men of five, still alive through the raging glow/ los cinco hombres aún vivos entre un resplandor furioso

Gone insane from the pain and they surely know/ el dolor les enloquece y seguramente son conscientes de ello

Galopa el caballo. La muerte no tiene ideología. No tiene compañeros, no tiene camaradas. Jadea el caballo. Ya llegan a la colina. Una colina fea y enferma, como un absceso. El pus somos los humanos. Hay que encajonarse entre dos rocas. Colocar y mimar las ametralladoras. La muerte exige una disciplina y una estética. El caballo está exhausto. El caballo está herido. Una bala para el caballo. Una bala quirúrgica, tierna. Ya está, ya pasó. Gracias por todo compañero. Un último servicio como parapeto. El espinazo para apoyar el cañón mirando al horizonte, al enemigo que no se ve pero que aguarda. La muerte y lo muerto nos hará valernos para matar y morir. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continúa su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Resistir y fortificar es vencer, dice el eslogan. La Pasionaria dice que es mejor morir de pie que vivir de rodillas. No estamos de rodillas. Estamos de barriga. Ninguno verá ponerse el sol esta tarde. Ellos son ciento cincuenta. Solo queda llevarse a algunos de compañeros de viaje. Porque ellos son valientes, pero también estúpidos. Siempre hay alguno que no tiene paciencia. Paradójicamente, disponer de un armamento tan moderno, te da una confianza que te vuelve loco. 

Take a look to the sky just before you die/ echa un vistazo al cielo justo antes de morir

It is the last time he will / por última vez

Blackened roar, massive roar fills the crumbling sky / un estertor negro, un estertor pleno envuelve un cielo que se derrumba

Shattered goal fills his soul with a ruthless cry / el objetivo fallido engulle su espíritu con un grito implacable.

Hace un cielo de comienzos de verano. El Sordo, el cabecilla, está seguro de que es la última vez que lo ve. No siente miedo de morir, pero le irrita hacerlo en una colina que no tiene más objeto que ser un lugar para morir. Se tenga miedo o no, es difícil aceptar el propio fin. El Sordo lo acepta; pero no encuentra alivio en la aceptación. Si es preciso morir, y lo va a ser, se puede morir, y aunque no tiene importancia, no gusta nada: Morir no tenía importancia ni se hacía de la muerte ninguna idea aterradora. Pero vivir era un campo de trigo balanceándose a impulsos del viento en el flanco de una colina. Vivir era un halcón en el cielo. Vivir era un botijo entre el polvo del grano segado y la paja que vuela. Vivir era un caballo entre las piernas y una carabina al hombro, y una colina, y un valle, y un arroyo bordeado de árboles, y el otro lado del valle con otras colinas a lo lejos.                                                                                                

 La adaptación cinematográfica (1942) fue estrenada 
en 1978 en España y en versión íntegra en 1998, tuvo 
9 nominaciones al Óscar. El rodaje duró 24 semanas 
(de julio a octubre de 1942). Las primeras 12 en Sonora 
Pass, Sierra Nevada. Las últimas 12 en California. La carga
ideológica de la novela se edulcora en la película por las
presiones franquistas y de una conservadora administración
norteamericana, que recordemos que en esos momentos 
es aliada de Stalin, a la que no le interesa reflejar las atrocidades 
del bando republicano, lo que acaba convirtiendo el film en 
una entretenida peli de amor y aventuras.

Stranger now are his eyes to this mystery / Ahora son sus ojos extraños a este misterio

He hears the silence so loud / el silencio le resulta atronador 

Crack of dawn, all is gone except the will to be / una grieta en el amanecer, todo ha desaparecido excepto el deseo de ser

Now they see what will be blinded eyes to see / ahora solo ven que solo hay ojos ciegos para ver.

Cuando uno está cercado no puede esperar más que la muerte. No queda más que llevarse a alguien por el camino. Triste y nervioso consuelo. Pero con algo hay que matar el tiempo. Los últimos tragos de vino y provocar al enemigo para que alguna pieza muerda el cebo. Que parezca que estamos muertos. La impaciencia es una enfermedad con una altísima cuota de mortalidad. No hay nada que angustie más al enemigo a punto de vencer que aguardar sitiando a hombres que cree que ya están muertos. Siempre le toca a alguno asomar la cabeza para ver si queda algún enemigo vivo. Y siempre tiene que haber una cabeza de turco. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continúa su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Siempre se busca un voluntario: —Tengo miedo, mi capitán –respondió con dignidad el soldado. Y comienzan las blasfemias y el baile hasta que un imprudente da el paso al frente. Y ahí es donde aguarda la presa herida que por última vez se siente cazador: Mira qué animal. Mírale cómo avanza. Ese es para mí. A ese me lo llevo yo por delante. Ese que se acerca va a hacer el mismo viaje que yo. Vamos, ven, camarada viajero. 

La impaciencia te ha matado. Luego llegan los aviones y la colina queda desolada. No queda nadie vivo en la cima, ni El Sordo (que ya ha emprendido el viaje con su última presa), ni Ignacio, ni nadie… salvo el muchacho, Joaquín, desvanecido con cara de no haber entendido nada, con la ceniza del miedo en los ojos. Un viejo soldado franquista le ve y le remata, rápido, sin aspavientos, casi con la misma ternura animal con la que el Sordo mató a su caballo. «Qué cosa más mala es la guerra», se dice mientras se santigua y baja la cuesta rezando cinco padrenuestros y cinco avemarías por el descanso del alma de su camarada muerto. El impaciente. Ese al que no soportaba.

Nunca pienses que una guerra… no es un crimen – Ernest Hemingway


Ver original en el Blog de Profesor Jonk

Adiós Pablo

Adiós a Pablo Milanés, autor de una de las canciones de amor más bonitas de todas las épocas, y de otras que han acompañado momentos especiales de mi vida.

Mereció dos Grammy Latinos por mejor álbum de cantautor (2006) y excelencia musical (2015).

Su voz era «cancionera, de patio, serenata y jardín, pero también de plaza fuerte y solidaria,
voz de isla infinita y tierra firme (…) dulce y a la vez poderosa»

(dijo a AFP José María Vitier, pianista, compositor y su colaborador cercano)

Durante su carrera artística grabó decenas de discos, musicalizó películas y a poetas como César Vallejo, Nicolás Guillen y José Martí. En 1985, Joan Manuel Serrat, Ana Belén, Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez y otros, le rinden un homenaje en el álbum Querido Pablo.


La fotografía perfecta nunca llega


MANUEL OUTUMURO (Fotógrafo)

Querido Diario, repito con este nombre. Hace dos años asistí a una exposición de su obra en La Lonja. Quedé admirada de sus imágenes. Dejo el enlace que entonces le dediqué:

Hoy descubro con placer un artículo en El País, escrito por LETICIA GARCÍA, que nos habla del premio recibido por Manuel Outumuro el pasado mes de octubre en Nueva York. Se trata del Premio Lucie a la creación de moda, considerado el óscar de la fotografía.

Extraigo algunas de las líneas del artículo:

El pasado mes de octubre, Manuel Outumuro (Ourense, 73 años) volvía a Nueva York, donde vivió durante cinco años, para recoger el Premio Lucie a la creación de moda, un galardón considerado el oscar de la fotografía y que anteriormente han recibido Ellen von Unwerth, Jean-Paul Goude y Roxanne Lowit, entre otros. Es el primer español en lograr la mención.

“Y pensar que cuando llegué allí trabajaba limpiando mesas y de repente me vi en el Carnegie Hall rodeado de personas a las que llevo una vida admirando…”

comenta al teléfono desde su estudio barcelonés. “Anne Morin, comisaria de Vivian Maier, que recibió el Lucie a comisaria del año, fue la que propuso mi nombre al jurado. Tú no puedes presentar ninguna candidatura, son ellos los que te eligen. Me dijeron después que me habían votado por unanimidad”,

Comenzó haciendo retratos. El fotógrafo recuerda, de entre sus muchos proyectos en los últimos 30 años, “la colección de fotografías de trajes históricos de Balenciaga”, que posteriormente se convirtió en el catálogo oficial del museo en el pueblo de pescadores de Getaria, en el País Vasco. Pero si hay un hito en la carrera de Outumuro no es el de haber retratado a los personajes nacionales e internacionales más relevantes, ni el de haber recibido una decena de premios…

“Creo que fue mi primera exposición retrospectiva en el Museo del Diseño de Barcelona, Outumuro Looks, en 2009. El día anterior a la inauguración me paseé por las seis salas y me puse a llorar. Ver mis fotografías colgadas en un museo, convertidas en objetos artísticos, fue de las cosas más emocionantes que he vivido”

“Me considero más artesano que artista, pero con el tiempo me he dado cuenta de que la fotografía, la moda, la artesanía en general, también son artes”.

Tras más de 30 años de trayectoria y un oscar de la fotografía en su haber, a Manuel Outumuro no se le pasa por la cabeza retirarse.

“No hasta que encuentre la fotografía perfecta, y eso es algo imposible, porque la fotografía perfecta nunca llega”.



La vespa



Publicado por Juan Tallón en la Revista Jot Down

imagesCORTAZAR VESPA11831822_783916335058477_5524427433022549555_n

Julio Cortázar (1914-1984)

Le tomó gusto a moverse por París en bicicleta, pero cuando sintió la felicidad verdadera, y además casi muere, fue el día que reunió dinero para comprar una Vespa de segunda mano. La moto era un viejo sueño, y como los sueños largamente acariciados, una tarde estuvo a punto de fallecer, igual que el protagonista de El crepúsculo de los dioses, cuyo mayor deseo siempre fue tener una piscina, y cuando al fin la consiguió, se ahogó en ella.

El grave accidente de Cortázar sobre la moto, una tarde de primavera, a su modo también simbolizó un tipo de felicidad, pues inspiró su cuento «La noche boca arriba». Se trató de un «accidente muy tonto del que estoy muy orgulloso», confesaba en 1980 a los alumnos de la Universidad de Berkeley, a los que ese día impartía una clase sobre el cuento fantástico. Para no matar a una viejita que se atravesó en la calzada, Julio intentó frenar y desviarse, y al final «me tiré la motocicleta encima». La investigación policial iba a aclarar que la anciana confundía el verde con el rojo y creyó que podía bajar y empezar a cruzar la calle en el momento que habían cambiado las luces del semáforo.

Sucedió el 14 de abril de 1953. Cortázar vivía en París desde 1951, cuando el gobierno francés le concedió una beca de diez meses para ampliar estudios. Preparó una maleta de circunstancias, aunque para quedarse a vivir allí toda la vida, y el 15 de octubre, lunes, embarcó en el Provence. Metidos entre la ropa, se llevó unos pocos libros, que le robarían en la Cité Universitaire, donde se alojó en los primeros meses, y un solo disco. Era «un viejísimo blues de mi tiempo de estudiante, que se llamaba “Stack O´Lee Blues”, y que me guarda toda la juventud», le detalla por carta a su amigo y maestro Fredi Guthmann. Había tenido que vender íntegramente su discoteca de jazz —unos doscientos discos de primera línea—, que había empezado a armar en 1933, en los días que se reunía con sus amigos en un sótano, «con una vieja victrola a cuerda, para escuchar a Louis Armstrong y Duke Ellington». Resultó desgarrador deshacerse de algo tan importante, pero estudió el asunto «metafísicamente» y descubrió que su deseo de conservar los discos «obedecía al maldito sentimiento de propiedad que es la ruina de los hombres».

En el fondo, Cortázar estaba soltando lastre para empezar su vida desde cero. Aunque llegó a París convencido de que «se puede uno arreglar con una comida diaria», no tardó en conseguir pequeños empleos con los que completar el presupuesto de la beca. Esta, además del alojamiento, incluía quince mil francos mensuales, así que la primera misión era «encontrar algún trabajo (lo más rutinario posible, no hago cuestión de preferencias), que, sin robarme el día entero, me diera otros quince mil francos».

Entretanto, la bicicleta, a la que llamaba Aleluya, lo lleva a todas partes, a veces bajo la lluvia, pero incluso eso le parece un lujo bellísimo, con el que cualquier escritor que comienza sueña. En una de las primeras cartas a su abuela materna, Victoria Gabel de Descotte, le relata cómo transcurren sus días en la ciudad, y cómo copia libros suyos, lee obras ajenas, bebe leche pasteurizada y vino tinto (para quitarse el gusto de la leche) y hasta «me plancho las camisas como un rey; la gente me para en la calle para felicitarme». Pero, sobre todo, pasea en bicicleta, sin importar que llueva. «Es muy linda la lluvia en bicicleta».

En el verano de 1952, cuando al fin reúne el dinero suficiente, Cortázar se hace con una Vespa que le permitirá viajar a las ciudades próximas a París. En junio, ansioso de visitar Bourges, tuvo que hacer autostop y subirse a nueve coches para completar el viaje. La moto puso fin a esos suplicios. Un muchacho médico que se volvía a la Argentina «me ha vendido su Vespa por una suma ridícula», le cuenta a su amigo Eduardo Jonquières en septiembre de ese año. «Tengo mi carte grise y empiezo a moverme en París. Te imaginas que cuando la domine, podré aprovechar los fines de semana para conocer l’Île-de-France palmo a palmo. Planeo ya viajes cortos de entretenimiento: Versailles, Fontainebleau, mi dulce Provins, Etampes, Reims, Rouren…».

La moto gastaba menos de tres litros de mezcla cada cien kilómetros, y pronto se volvió un modo de habitar la ciudad y de olvidar los problemas de un Cortázar que vivía al filo del abismo. «A veces, andando en la Vespa por el centro, me asalta una sensación de irrealidad casi angustiosa. ¿Qué es esto? ¿Qué hago yo aquí? Y entonces me río y se me pasa. El futuro se lo dejo a los empleados de banco y a los señores con planes de vida y ambiciones». La moto se convirtió en un sitio en el que sucedían cosas, como el día que llevó a Daniel Devoto, amigo de juventud, a comprar objetos de menaje a Montparnasse. Esa jornada, Daniel —que estuvo casado con Mariquiña del Valle-Inclán, hija del autor de Tirano Banderas— adquirió una enorme palangana para lavarse los pies (según decía) y poner a remojo las camisetas; dos platos de cerámica, varios tenedores y cuchillos, y una escudilla. Además, le regaló un cuchillo de abrir ostras a Cortázar, que a su vez agasajó a Devoto con un enorme jabón Cadum. «Cargados con todo esto (y un calentador eléctrico adquirido en la rue de la Gaité) nos volvimos a la Cité Universitaire en la Vespa. Puedes imaginarte el espectáculo —le contaba a Jonquières—, y lo que parecía Danny con la boina, el poncho y la palangana, instalado en el asiento trasero y agarrado de mi cintura como un ahogado a una tabla».

Pero entonces, llegó el 14 de abril de 1953. Ese día «me puse la Vespa de sombrero, para no matar a una vieja idiota que se me cruzó en una esquina cuando yo cruzaba con todo derecho y las luces verdes». Cortázar realizó una maniobra brusca para no matarla y voló con la moto. Los sesenta kilos de hierro le cayeron encima, «reduciéndome a un sándwich entre el asfalto y el Scooter». ¿Resultado? La cara rota, y una doble fractura de la pierna izquierda. La policía lo trasladó al hospital Cochin. En el siguiente mes y medio de convalecencia, con la pierna rota, con una infección, una casi fractura de cráneo y una fiebre espantosa, «viví muchos días en un estado de delirio en el que todo lo que me rodeaba sumía contornos de pesadilla». En uno de esos momentos, con temperaturas de cuarenta grados, «de golpe vi todo lo que venía», y lo que le vino fue «La noche boca arriba», un cuento donde su protagonista circula en motocicleta cuando ve a una mujer parada en una esquina que se lanza a la calzada, a pesar de las luces verdes, y ya es tarde para las soluciones fáciles. El texto le fue ordenado. «No tuve más que escribirlo. Aunque lo crean una paradoja —les decía a sus alumnos en Berkeley— les digo que me da vergüenza firmar mis cuentos porque tengo la impresión de que me los han dictado, de que yo no soy el verdadero autor».


Sentir


Ya sé que ahora no se escriben cartas como lo hacíamos hace tan solo cincuenta años. ¿Qué es el tiempo me pregunto? ¿Qué es el tiempo más allá de ese tramo de vida en el que uno va de un lugar a otro, si ya está marcado desde siempre su destino? No hay lugar para las dudas. Nadie nos pidió opinión de si así lo deseábamos.

Pero tacho la primera línea de este texto y me reinvento. Cada uno tiene sus propias tristezas y no seré yo la que comparta las mías. Siento una calma blanca, a pesar del duro cautiverio. Guardaré mi angustia en algún rincón de la casa, quizás allí consiga encontrar todo lo que he perdido estos días. Aunque pensándolo bien, seguro que no me hace falta. Estoy hablando de cosas no de caricias. Puedo prescindir de las primeras, jamás de las segundas. He perdido mis mallas negras, una zapatilla de deporte blanca, las gafas…, y estoy segura de que no las escondí para no encontrarlas, como hice con el chocolate o los bombones que me regalaron antes de entrar en alarma. Pero lo más duro de todo esto es haber perdido la magia del encuentro con mis hijos, los mordiscos amorosos o el calor de sus abrazos. Sueño cada noche con sus besos. Como cantaban Victor Manuel y Ana Belén, a dónde irán los besos que guardamos, que no damos…

Me levanto de la silla frente al ordenador, desasosegada. Procuro estirar de vez en cuando las piernas y camino pasillo arriba, pasillo abajo como lo hacía Gabriel García Márquez por el río (como símbolo de amor sin final) en su novela «El amor en los tiempos del cólera». ¿Sabremos vivir este tiempo? Recorro mis propias huellas una y otra vez. Ya no quiero atajos, quiero caminar despacio y pienso que toda la prisa que nos hemos dado en llegar hasta aquí nunca tuvo sentido. El tiempo es solo un camino, ya lo dijeron otros poetas; más nos valiera entenderlo y valorar lo que tenemos a nuestro lado. Sabemos que el amor va muriendo cuando no se le presta atención. Y no hay repuesto. No vale de nada tatuar en las paredes los nombres del olvido, ni iluminar sus sombras ni quitar el polvo de los retratos antiguos; os lo digo.

Que la alegría es ese momento en el que la vida nos tira piedritas a la ventana, como decía Benedetti, para recordarnos que estamos vivos.


@mariajesusjberistain

El malecón


Despiertas madrugadas de bahías
dormidas.

Te haces añicos en las sienes
de los planetas.

Te multiplicas en espejos
de furiosas espumas blancas
como cántico de agua exhausta.

¿Cuál es tu mensaje, Madre?

Si las gaviotas de tiza
se han borrado de los mapas
y solo quedan rastros gangrenados
del mundo, mientras escribimos
en la arena las notas más negras
de una sinfonía para un futuro discordante.


@mariajesusberistain
Fotografía Mikel Gardey

A orillas de mi sien


Mi casa está destartalada
miro al cielo y la luna se deshace
entre flecos primerizos del día

Las flores de la terraza están mustias
repiten su dogma de sopor
frente al miedo a morir sin amor

Me cuesta traspasar la línea opaca
del horizonte, mis ojos pálidos
cruzan caóticos, líneas en sombra

Inquietud vertical de espejos rotos
dibujan el desamparo de la luz
difusa y a veces indescifrable

A orillas de mi sien tus manos
sucesivo silencio de relojes
de arena; tu rostro, reconocible.


@mjberistain

Borges

Imagen: Alicia D’Amico
Borges, el escriba (‘Poesía completa’)

Hay raras ocasiones en la historia de la literatura, en la historia de esta rara, cotidiana magia de símbolos, en que uno de sus intérpretes logra no equivocar jamás la melodía. Existen, sin embargo, para nuestra gratitud estupefacta, esos escribas. De alguna forma incomprensible (incomprensible) son capaces de enhebrar símbolo a símbolo, página tras página y sin errar, una música secreta en la que cupiera el Universo; una canción interminable que fuera muchas y una sola… Y algo que fuera apenas, también, el silbido de un ciego a la sombra silente de algún patio. Un ciego derruido y gigantesco en el crepúsculo, símbolo ya sólo de sí mismo, sonriendo lento y cómplice a ese Dios que, “con magnífica ironía”, le otorgó al mismo tiempo “los libros y la noche”.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez, a cuenta de otro bromista genial, Gilbert Chesterton, que “no hay una página suya que no nos depare alguna felicidad”. Bien: no hay una sola página, un solo verso en la Poesía completa de Jorge Luis Borges, que no nos depare alguna o varias felicidades, que no nos regale generosamente una grieta, una abertura por la que mirar un Cosmos que resulta ser un espejo que resulta ser el rostro de quien lee, esfumado ya Borges, el escriba (ese infinito avatar que llamamos Borges), de entre ese rostro y ese espejo: como una carcajada feliz desvaneciéndose.

Hemos dicho traductor, hemos dicho escriba; porque, sí: el artista radical, no el prestidigitador de feria, se sabe apenas un traductor menesteroso entre ciertas voces, que no son suyas, y el silencio. El poeta apenas inventa nada: “La poesía no es menos misteriosa que otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu…”, defiende en el prólogo de Elogio de la sombra (1969). Esta convicción del artista como auditor más o menos frecuente del otro lado de la realidad tangible hace torcer el gesto a muchos, y enarbolar sonrisitas cínicas a otros: sus ‘megustas’ en Facebook y sus prosías al gin-tonic y la nada se lo paguen. Borges nunca dio clases para el parvulario. Pero siquiera un verdadero niño, concreto como es, libre y limpio de dogmas respecto a lo que es la vida que se respira y siente y toca, puede intuir (de manera absolutamente empírica) que una obra que no trate de hacer oído de alguna forma hacia el misterio (hacia el misterio doméstico de estar vivo, sin ir más lejos) es una obra muerta. “…Pero toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir. La triste mitología de nuestro tiempo habla de la subconsciencia (…) los griegos invocaban la musa, los hebreos el Espíritu Santo; el sentido es el mismo”, remata el prólogo a la entera compilación, redactado poco antes de morir.

POESIA COMPLETA-JORGE LUIS BORGES

“El escritor (…) debe ser leal a su imaginación y no a las meras circunstancias efímeras de una supuesta ‘realidad’. La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”, insiste en el introito a La rosa profunda (1975). Comunicar un hecho preciso; tocarnos físicamente. Su compatriota Alejandra Pizarnik –una de las más altas embajadoras del misterio del idioma castellano, mucho más joven que Borges pero dimitida de esta vida antes que él– le entrevistó en una ocasión y consignó después, en algún lugar de sus diarios, el trastorno que le causó la implacable precisión de Borges a la hora de bautizar la realidad: “Terror que me usurpa toda el alma”, le oyó decir, por ejemplo. Y ella no pudo desprenderse de esa frase, como del eco de un campanazo.

Los ojos del sueño

Éste, éste es el temblor continuo en Borges, sea por el eco y la textura física del verso o por el peso subyugante de la historia (increíblemente precisa) que narra: Borges siempre narra algo, y siempre parece estar fundando el mundo en cada verso. Pero no con los ojos del día, sino con los ojos ciegos (no es un chiste) que tocan sin ver las certezas del sueño. Se tiene con Borges, con la poesía de Borges (pero hasta sus relatos colosales no son más que poemas que transigen a otro ritmo y otra longitud para poder contarse bien), se tiene, con una abrumadora mayoría de estos poemas, la sensación alerta de tantear con los ojos del sueño una verdad que no deja nunca de decirse, y que jamás terminará de revelarse del todo. (En los claroscuros, la detonación de los contrarios, la conciliación de los polos, el Todo que es Nada y vuelve a serlo todo, sabe siempre Borges encontrar su melodía: como todos los sabios desde, al menos, Lao Tse).

La palabra sueño cifra el álgebra toda de Borges. La intuición de que la realidad que percibimos no es sino otra capa más del laberinto inextricable de la vida (de la Vida en toda su inabarcable Vastedad); hasta la certidumbre indemostrable, pero irreparable, de que el Tiempo es un sueño y de que ese Sueño es la medida que el Tiempo usa para vivirnos. El sueño es otro laberinto de Borges, y la vida la escalera de niebla que nos va llevando de una a otra estancia de la biblioteca, sin cesar, sin principio ni final, siendo uno y todos al mismo tiempo, pues todos los hombres serían todos los hombres alguna vez. El Tiempo nos está soñando, y nosotros soñándolo a él: “…Sentir que la vigilia es otro sueño / que sueña no soñar y que la muerte / que teme nuestra carne es esa muerte / de cada noche, que se llama sueño… [de modo que sólo queda] …convertir el ultraje de los años / en una música, un rumor y un símbolo”.

Ya desde su primerísimo libro, Fervor de Buenos Aires (1923), esa intimidad silente, el diálogo secreto con una ciudad que existe y no existe a la vez, pues la sueña al vivirla y viceversa. No deja de ser exótico que un poeta dedique sus primeros libros al amor a una ciudad, y no al de una mujer, al de un hombre, al de sus muertos o sus fantasmas más testarudos; y bien: es que su cosmogonía no le deja ni desde los veintitantos años ceñirse sólo a un aspecto del mandala de su vida, del ajedrez que ya va entretejiendo su memoria y su anhelo. De modo que Buenos Aires es ya, desde el principio, el lugar del Aleph en que ver todo su Tiempo junto: “No nos une el amor sino el espanto; / será por eso que la quiero tanto”, escribiría mucho después, en espiral siempre hacia el origen.

Los temas, los temas en Borges: “fantasmas hambrientos”, precisó él mismo (implacable) en alguna ocasión. Los espectros insaciables de Borges serán, ya lo hemos dicho, por encima de todo y de todos, el sueño y el tiempo, el Tiempo y el Sueño; la conjetura cósmica. Los laberintos y los patios, el tigre y el ajedrez, los crepúsculos y Buenos Aires, el Norte y las espadas, la música y los heterónimos no son sino hermosos arabescos que remiten una y otra vez a ese mismo único asunto, que es también, a qué decirlo, el asunto único de todos nosotros, los invitados a este festival de humilde trascendencia que es la obra entera de Borges. Rara vez un escriba así, dijimos al principio: rara vez, también, un artista que sepa armonizar de tal forma el sutil equilibrio entre la erudición y la emoción, la conjetura y la aventura; ése del que depende hacer al lector un cómplice insobornable, y no un mero espectador maravillado o abrumado o confundido por trucos que en realidad ni le tocan ni se notan ni traspasan.

Él solo es una “vasta literatura”, como dijera él mismo sobre Quevedo. Y de Quevedo heredó Borges cierto oído, cierto ritmo y ciertas notas. El argentino fue –es– un sonetista magnífico, muy astuto a la hora de desarrollar sus temas con una resonancia que remite frecuentemente, de manera subterránea, a nuestro siglo llamado de Oro; habiéndose escrito ayer, resulta antiguo, y siendo antiguo resulta atemporal: Quevedo ahí al fondo, de forma tenaz, cuando dicta por ejemplo que “Sólo una cosa no hay. Es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria / y cifra en Su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido…”. “…sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido: / esa fragua, esa luna y esa tarde”.

Un oído proverbial para verter en cada poema, como en un cántaro, el cántico que escucha. Discípulo de Quevedo, pero también del abuelo Walt Whitman y su verso libre, o mejor dicho verso desatado, interminable como los ríos de América.

“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición…
(…) Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo…

(El amenazado, de ‘El oro de los tigres’)

‘En las grietas’

En el prólogo a La cifra, ya en 1981 [sólo con sus prólogos, con un puñado de frases, se podría dictar una cátedra sobre cómo escribir poesía, o sobre cómo no escribirla] finge confesar su incapacidad para “la curiosa metáfora”. Finge, porque él mejor que nadie supo alguna vez qué es una metáfora y cómo funciona esa orfebrería. Pero entendemos lo que quiere decir: en muchas ocasiones no es una metáfora al uso lo que hace: es una declaración, una testificación, un señalar a la pared blanca para informar de que es efectivamente blanca, y no una manera de remedar el blanco; lo más cercano a descifrar el enigma. Es verdad, no son metáforas; son visiones fulgurantes que sin llegar a compararse con nada son exactas como un número: son descubrimientos. Lo que hay entre “los dos crepúsculos” (el alba y el ocaso) es una servidumbre; “la silenciosa amistad de la luna” no es un juego de palabras, es una ley o un anhelo de todos. Y así: “las pequeñas magias del miedo” (porque el miedo engaña siempre), “la ignorante aurora” (pues siempre es inocente, la aurora, de lo que sucedió ayer), “el olvido, que es el modo más pobre del misterio”; “la lluvia… una cosa / que sin duda sucede en el pasado”… y hasta el gato, habitante de un Tiempo propio: “el dueño / de un ámbito cerrado como un sueño”.

Descreía de escuelas, de corrientes, de clasificaciones literarias (“artificios didácticos”), pero su poética es diáfana. La existencia le susurra en sueños su caligrafía encriptada, y la visión no es la visión sino el símbolo de lo que se oculta detrás. Es un oráculo, y al mismo tiempo sólo un ciego mirando sin ver las estrellas: como todos los hombres, pero sintiendo la palpitación sagrada, el secreto vínculo, la reunión. Son las sagradas escrituras de cualquiera de nosotros, que podemos ser (acaso fuimos, seremos) Alonso Quijano sabiéndose soñado por un soldado pobre y manco, Boabdil despidiéndose de la tarde de la Alhambra, y la Alhambra misma, el guerrero remoto del norte y de la bruma, Sherezade y su relato infinito, y aquel que algún día desfallecerá en el amor imposible de Matilde Urbach. Es una voz adormecida susurrándonos que, pues todo morirá, todo vivirá siempre, y todo lo que tanto importa no importa nada. Algunos verán con horror esta serenidad; otros, la más limpia redención ante un universo que no necesitamos entender, a la postre, para sabernos parte gozosa y trágica de la trama incognoscible:

Para una versión del I-Ching

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable

cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
Nada nos dice adiós. Nada nos deja.

No te rindas. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro

puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.

Por Miguel A. Ortega Lucas

Así es su LUZ


Estoy totalmente de acuerdo con este pequeño pero bonito texto de Luz Sánchez Mellado que me permito traer a mi parcela, con su referencia, por supuesto.

Es que hay varias cosas que me han gustado de él y quiero compartirlas con mi otro yo. (Si estáis por ahí cerca, o al otro lado de mis espejos, también podéis transformaros en ese «duende» con el que comparto hasta mis sueños. Ahi voy…

Hola, ¿qué tal?

Hoy os proponemos conocer a fondo a una rockera, una diva rockera.

A Luz Casal (Galicia, de 63 años) la están peinando y maquillando para nuestro encuentro en la sala de caracterización del Teatro Real, en Madrid, entre los afeites, las pelucas y los trajes de época a los que recurren los artistas para convencernos sobre el escenario de que son otros, en otros mundos, en otros tiempos. Cuando llego, Luz me saluda cariñosa, bromea con la coincidencia de nuestros nombres, me recuerda la primera y última vez que nos vimos, en una entrevista antes de la pandemia, y algunas cuitas de las que entonces hablamos y quedaron pendientes, como si hubiera sido ayer mismo. Así es ella. En vivo, a pelo, la gran diva de la canción parece frágil. Es luego, frente a la cámara, y en escena, cuando se crece tres palmos y te convence de que es otra, en otras vidas, en otros mundos, pero en el nuestro, sin más atrezo que su aura y su voz prodigiosa. Al final, le pide al maquillador que le pinte los labios de rojo. Luz no necesita más luz. La lleva puesta.

LUZ SÁNCHEZ-MELLADO

Parece que sean términos opuestos diva y rockera (diva versus rockera) ¿puede ser?

La caracterización de los artistas para convertirse en otro, en otro personaje, o en uno de sus propios yoes ocultos

Luz tiene su propia luz cuando aparece, su impronta es acogedora y amable a pesar de la dureza de sus características físicas, de su fisonomía, de sus gestos faciales, sin conocerla apuesto a que es una mujer que genera confianza en el otro

Dices: así es ella

Fragilidad denotan muchos artistas sin maquillaje, pero Luz es fuerte y firme, tiene determinación en sus opiniones, aunque no lleve los labios pintados

Confusa la frase: Es luego, frente a la cámara, y en escena, cuando se crece tres palmos y te convence de que es otra, en otras vidas, en otros mundos, así, sin más atrezo que su aura y su voz prodigiosa…)

Luz es eso, una persona luminosa…


París, punto y aparte

Del libro La cancion de Nerta 


Supongo que te sonará Woodstock… —dijo Gunhilda. Asentí con un movimiento de cabeza.

—Lo imaginaba, lo viviste de primera mano, en el mejor lugar posible, en aquella época de la revolución en contra de la Guerra del Vietnam, en la que cuajó el movimiento social de los hippies en contra de los valores de la sociedad conservadora, (represión, consumo y capitalismo).

Cuéntame, ¿qué recuerdos guardas de todo aquello? Me pareció que en aquél lugar había una especie de espiritualidad, una filosofía de vida. Estoy segura de que me hubiera apuntado, si hubiera estado allí.

—Woodstock, podríamos decir, fue el momento culminante de aquella época. A pesar de que llovió torrencialmente, nos mantuvimos entre el barro, confiando en nuestro poder, seguros de que pararía la lluvia; de que podríamos dominar todas las fuerzas de la naturaleza; de que podríamos cambiar el mundo; de que conquistaríamos definitivamente la paz y la libertad. Fue como una especie de espejismo. Me daba cuenta de que nuestra fuerza pacifista se desmoronaba. A pesar de que el mensaje permanecía vivo, las respuestas a las preguntas que nos hacíamos entonces y a las que aún hoy se hace la humanidad, siguen estando —como decía Dylan— flotando en el viento. Por allí pasaron músicos como Joan Báez, Janis Joplin, The Who y otros muchos, ¡ah! Y Hendrix, la actuación final de Jimmy Hendrix fue memorable. Fue una experiencia muy intensa que nos afectó profundamente a todos los de nuestra generación.

Aquel momento supuso un giro radical en mi vida. Con mis amigos, Leo y Daniela, preparábamos el salto a Europa. En realidad, se trataba de un viaje de iniciación para todos. Leo era italiano y los abuelos de Daniela vivían en una isla griega. También para Martin, quien era de origen francés y había estudiado Arte en Canadá, —habíamos preparado la tesis con el mismo tutor— pero su sueño era volver a Europa e instalarse en París. Nos amábamos, pero yo no estaba dispuesta a comprometerme. Disfrutábamos de una convivencia amable y divertida. Del viaje lo único que teníamos planeado era la fecha de inicio, volaríamos de San Francisco a Nueva York y de allí a Madrid.

—¿Quieres decir que no teníais una ruta predeterminada? ¿Unos tiempos de estancia en cada país? Debe ser difícil compaginar los intereses de cuatro personas sobre la marcha. 

—Sí, la verdad es que no fue nada fácil. En Madrid alquilamos una furgoneta camperizada para cuatro personas, pero el viaje se truncó antes de lo previsto. Discutíamos con Leo de manera continua porque la droga estaba causando estragos en él y no parecía darse cuenta.

¿Cómo es que te fuisteis con él sabiendo que teníais el problema encima?

—En cierto modo, además de que todos queríamos viajar a Europa, lo aceptamos pensando en que podríamos ayudarle a escapar de aquel ambiente, y que las nuevas rutinas, —si un viaje de amigos por el mundo, puede tener algo de rutinario— le devolverían el interés por vivir. En ese momento, su novia Daniella nos necesitaba y nosotros nos volcamos con la idea.

—Eso es lo que significa ser un amigo, Gunhilda. Supongo que hay que tener mucho valor y generosidad para llevar a cabo un proyecto de esa envergadura.

—Lo cierto es que sí. Sin embargo, estuvimos dispuestos a aceptarlo. Entre nosotros había un cariño y una camaradería que podía con el reto, y lo más importante era que confiábamos en nosotros mismos… y en él.

En Madrid y en Barcelona nos encontramos con el Arte de los grandes maestros. No solo visitamos museos, sino que también pudimos admirar la arquitectura en las calles, la vida bohemia, la actividad nocturna, la excelente comida y las fiestas populares… Veníamos de otro mundo y estábamos impresionados. A lo largo de la ruta francesa por la Costa Azul, además de conocer ciudades como; Saint Tropez, Cannes, Niza o Montecarlo en Mónaco, paramos en pequeños pueblos costeros, algunos encaramados a las rocas —nos encantó Éze—, nos bañamos, incluso dormimos alguna noche al aire libre en playas paradisíacas. Visitamos las ruinas romanas en Arlés y otros pueblos medievales en los que parábamos a comprar frutas y verduras frescas. Nos perdíamos por las carreteras rurales que serpenteaban entre campos de viñedos. Con las ventanillas abiertas y la música sonando a todo volumen nos dejábamos seducir por los aromas y el color de los campos de lavanda. Nos entreteníamos con las charlas de algunos lugareños. En general éramos recibidos con amabilidad, nos invitaban a compartir sus vinos y nos hacían recomendaciones de rincones especiales de sus pueblos que no aparecían en las guías de viaje.

A pesar de lo maravilloso que pueda parecer ahora, no fue fácil. Ya te lo he dicho. —Susurró Gunhilda como si necesitara un descanso—. Leo solía alejarse entre calles y, en más de una ocasión, nos lo encontrábamos al volver a la furgoneta, colgado casi sin pulso. Lo mismo de siempre, a urgencias, a esperar a un diagnóstico de sobra conocido, y darle otra oportunidad a su arrepentimiento apenas convincente. Sin embargo, lo teníamos que hacer por él y por Daniella. Llegó un momento en el que nos planteamos seguir por separado, porque Leo, aunque cuando estaba centrado nos agradecía el esfuerzo que estábamos haciendo, se escudaba en que le fallaba la fuerza de voluntad, como si la voluntad fuera ajena a él. La tensión llegó a hacer irrespirable aquel ambiente. Decidimos seguir juntos hasta Florencia y allí replantearnos el viaje.

Recordé que la madre de mi amiga Rita, una mujer italiana, además de otras recomendaciones, me había hablado especialmente de la famosa Pigna, el casco antiguo de San Remo.

Aquel día Daniella y Leo se excusaron y decidieron irse por su cuenta para solucionar un asunto privado. Paseamos Martín y yo por las callejuelas iluminadas, por el puerto y los jardines, comimos una pizza auténtica deliciosa. Cuando volvimos a la furgoneta nos encontramos a Daniella en el sofá, viendo la televisión, envuelta en una manta, aparentemente sola.

—¿Qué sucede, Daniella? —preguntamos al mismo tiempo, asustados. ¿Dónde está Leo?

—Hemos discutido. Ha dicho que regresará más tarde, que necesitaba su tiempo.

—¿Dónde se supone que lo has dejado? —Preguntó Martín— ¿Por dónde habéis andado? ¿Se encontraba bien o estaba tocado? ¡Joder, me cago en la puta! —explotó Martín dando un golpe en la mesa—. Me voy a ver si lo encuentro. Vosotras esperar aquí. ¿Vale?

Daniella estaba traspuesta, no tenía ganas de hablar de nada y yo respeté su silencio. Me senté a su lado y la abracé sin saber qué más hacer. La espera se hizo eterna, salimos a la calle a respirar, alrededor de la furgoneta, estábamos en un parque bien iluminado donde había grupos de jóvenes bebiendo, sentados en el césped, con su propia juerga. Cuando ya se habían marchado todos y no quedaba nadie alrededor, nos fuimos a dormir. Ninguna de las dos podía conciliar el sueño.

Al cabo de las horas Martin entró en la furgoneta solo, su rostro era el gesto del dolor, de la rabia, de la furia, de la crispación.

—¡No ha podido soportar la última dosis de heroína! —farfulló.

Lloró sin parar aquella noche tumbado boca abajo en la cama. La muerte de Leo nos sumergió en la negrura de la culpabilidad. Habíamos fracasado y él estaba muerto. Nunca antes nos habíamos planteado esta cuestión. Nos habíamos embarcado en el viaje, sintiéndonos solidarios, poderosos y triunfantes; creímos que podríamos controlar todas las pasiones… Y ahí estábamos, sin comprender nada. ¡Leo había muerto!

La policía italiana nos brindó ayuda en los trámites, envió un telegrama a la familia y el consulado de Estados Unidos en Milán resolvió que el cuerpo fuera enterrado en el cementerio de la ciudad. Fue aún más doloroso saber que los padres renunciaban al traslado de su hijo a casa.

Daniella decidió volver a San Francisco y Martin y yo extenuados, no estábamos en condiciones de continuar el viaje hacia ninguna parte. Pasamos noches en vela hablando de opciones, nos sentíamos náufragos en una isla desierta en mitad de un océano de incertidumbres. Tal vez nuestra salvación fue estar juntos en aquellos momentos de ruina total.

—Gunhilda —dijo un Martin abatido—, estamos a ochocientos kilómetros de París. Sugiero que nos pongamos en contacto con mi familia allí. Siento que necesitamos algún tipo de protección, aunque solo sea temporal. El desapego familiar me pesa een estos momentos como una losa —dijo con una sonrisa triste, esperando mi respuesta.

—Podría hablar con ellos, intentar buscar un sitio para dormir cerca de su casa y quedarnos unos días. Estoy convencido de que nos hará bien a los dos descansar un poco.

No sé si accedí por él o por mí. Estábamos tan aturdidos y desorientados que nos daba igual dirigirnos hacia el norte o hacia el sur, despertar o morir.

Vivían en Villene sur Seine, un pequeño pueblo a media hora de París. Durante el trayecto, Martin me fue hablando de ellos. Tenían un hijo, —la mujer era hermana de su padre—. A pesar de la distancia, las familias habían mantenido una buena relación. Martin y su primo Fabián habían sido compañeros de juegos de niños, pero después tomaron caminos diferentes. Martin y sus padres se trasladaron a Canadá, ellos se establecieron allí y él estudió Bellas Artes. Terminó su último curso y defendió su tesis en la Universidad de Stanford. Fabián, no obstante, vivió la revolución del 68 en París. Era una persona muy especial, con una gran sensibilidad por el Arte. Se ganaba algo de dinero vendiendo sus cuadros en la calle, además de que ayudaba a sus padres en la tienda de flores. Vivía solo porque la pareja con la que había compartido los últimos dos años decidió irse a vivir a Sudáfrica, y él no estaba dispuesto a acompañarla. Se identificaba bien con el ambiente bohemio de París.

Nos recibieron con cariño y respeto. Su familiaridad nos ayudó a superar la situación por la que estábamos pasando. Fueron unos días de descanso, reflexión y charlas filosóficas interminables haciendo pequeñas excursiones por la Provenza francesa. La forma de vida, su ritmo, sus intereses y preocupaciones, eran bien distintas a lo que habíamos conocido hasta entonces. Ayudábamos por las mañanas en los trabajos del campo y por las tardes salíamos a pasear por los alrededores. Desde allí se tardaba una hora en coche hasta el centro de París. La tienda de flores se encontraba en la calle Saint Péres, del Barrio Latino. La ciudad tuvo mucho que ver con nuestra recuperación. Nos fue cautivando día tras día hasta que llegó un momento en el que decidimos establecernos. Tuvimos mucha suerte de encontrar una buhardilla en alquiler en la plaza de los Vosgos que acababa de quedar libre. Cambiamos la furgoneta por un coche convencional y nos dedicamos a buscar trabajo. 

Sentí un escalofrío al oír su voz. ¡Era mama Louise al otro lado del teléfono!

Aunque su voz me llegaba desde lejos, noté la emoción en sus palabras. La última vez que hablamos fue desde Madrid para comunicarle que ya habíamos llegado a Europa. Me contó que estaba trabajando en el proyecto del Ártico y que vivía en Bergen. Se alegró de saber que estuviéramos más cerca. La conversación me dejó pensativa unas cuantas horas después.

Fabián tuvo una agradable conversación con Martin sobre sus expectativas de futuro cuando le reveló que su deseo era establecerse en París y dedicarse al diseño, decoración o algo relacionado con las Artes. Al terminar la cena, su tío hizo sonar la copa para llamar nuestra atención. Nos habló con voz grave. La familia había acordado comunicarle que estaban en disposición de ofrecerle un proyecto profesional en París. La empresa familiar de flores pasaría en herencia a su primo Fabián cuando ellos no estuvieran. El local era amplio, se encontraba en una de las zonas céntricas más comerciales y estaba amortizado. Quizás se podría estudiar un tipo de sociedad para continuar con el negocio, darle otro giro, o actualizarlo. Martin me miró en silencio. —Yo no tenía mucho que decir allí—, pero me sorprendió muy agradablemente la propuesta y sonreí. Vi el brillo en sus ojos antes de acomodarse en la silla y dirigir la mirada hacia su familia para responder con tranquilidad.

—Bien, —dijo, pensativo— Parece una buena idea en principio. Deberíamos preparar un proyecto y estudiarlo juntos. Puede interesarme y agradezco sinceramente vuestro ofrecimiento.

El padre de Fabián nos invitó a brindar. La conversación se prolongó hasta bien entrada la noche.

A solas en la habitación hicimos el amor apasionadamente, la magia de las caricias invadía cada poro de nuestra piel desprotegida, el deseo brotaba como un animal insaciable en toda su locura. Aquella noche —continuó Gunhilda con una sonrisa nostálgica— hicimos arder el fuego con los restos del pasado. —Y continuó— París iba a cambiar radicalmente mi vida a su lado. Fue la experiencia más intensa que he vivido nunca —tanto antes como después de aquellos días—. Nos instalamos en una buhardilla en la Plaza de los Vosgos. Yo ayudaba en la floristería con la administración; presupuestos, permisos para obras y otras gestiones, hasta que encontré un trabajo en una tienda gourmet en uno de los mercados cercanos. Solo me duró dos meses porque una tarde, al salir trabajo, me abordó una persona desconocida —o quizá sería mejor decir un hombre—, calculé que era algo mayor que yo, su aspecto era impecable; elegante, pulcro, con una melena corta bien cuidada.

—¡Hola! Me dijo buscando mi mirada. ¿Me permite que la interrumpa?

Durante un instante pensé que quizá me quisiera vender algo.

—Me llamo David Holder, tal vez mi apellido le resulte familiar porque veo que su trabajo, de alguna manera, está relacionado con el mío.

—Lo siento mucho —respondí, disculpándome sin comprender.

Parecía un hombre muy educado. De repente, recordé que la única vez que había visto escrito su apellido fue leyendo un reportaje a propósito de la evolución de la empresa que fabricaba los dulces típicos franceses —macarons—. No podía creer que aquel hombre del que yo había leído y oído hablar en los últimos meses, estuviera ante mí. Dudé y respondí:

—Bueno, ya me ha interrumpido… —Sonrió.

—Entiendo que le parezca extraño este encuentro. Lo que quiero decir es que la he estado observando en su puesto de trabajo durante días y creo que podría ser la persona adecuada para colaborar en nuestra empresa. Disculpe que haya sido tan directo. Me gustaría conversar con usted sobre esta cuestión de manera tranquila.

Acepté su compañía, aún aturdida, mientras caminábamos por las calles estrechas a esa hora de la tarde en la que los comercios estaban a punto de cerrar y las cafeterías y los salones de té con sus terrazas iluminadas se llenaban de gente. Sin embargo, no me invitó a sentarnos.

Se despidió tomando mi mano y haciendo una leve reverencia. —Debo de admitir que me sorprendió, pero me gustó. Tampoco estaba acostumbrada a aquello. Quedamos en que me recibiría en su despacho de los Campos Elíseos al día siguiente una vez finalizada mi jornada laboral

Ç. Me ofreció un sobre con información de la empresa, la historia de la familia fundadora y un cuidado catálogo de sus productos. Me quedé inmóvil viéndolo marchar, sin saber qué hacer. Subí las escaleras de casa lentamente mientras leía incrédula. “La historia de las “tea-rooms” de París está ligada íntimamente a la familia Ladurée. Todo empezó en 1862 cuando…”

Mi futuro había comenzado…


Música y marihuana

Yo temía el momento de volver de vacaciones. Procuraba que nuestros planes turísticos terminaran cada día unos minutos antes, para poder acudir a mi encuentro con la mujer que llevaba en su interior el libro que yo deseaba escribir. También notaba en ella una ilusión creciente, una especie de complicidad, que se hacía más intensa a medida que llegaba a la narración de su propia vida.

Los reflejos de su juventud asomaban entre sus canas y sus cuidadas arrugas.

—Recuerdo que te conocí pegada a una botella de Bourbon —le dije.

Mi comentario le hizo soltar una amplia carcajada.

—¡Es verdad! Tienes razón —dijo, mientras reíamos juntas—. A dejar la bebida me ayudaste tú, ya es hora de que lo sepas, mi querida amiga.

—No sé si yo he podido influir de alguna manera, pero el mérito en estas cosas es del que toma la decisión, así es que es todo tuyo; espero que cada día vayas sintiéndote mejor.

Le tomé de las manos y le pedí que siguiera con su relato. Se me estaban agotando los días de vacaciones. Hasta tal punto estaba yo embarcada en su historia, que estuve madurando la idea de pedir un permiso sin sueldo y quedarme, algún tiempo más en el valle, cuando mis amigos viajaran de vuelta.

Mis recuerdos de infancia —continuó con su mirada encendida—tienen más que ver con mis abuelos que con mis padres. No fui consciente de todo esto hasta pasados varios años. Sin embargo, era una niña feliz rodeada de amigos, lejos del ruido de las ciudades, la naturaleza era el paisaje de mis juegos, tal y como le hubiera gustado a mi madre. —Gunhilda se quedó pensativa unos segundos—.

En aquella época —continuó— yo pensaba que Ulma era mi madre y, de alguna manera lo era, aunque ella cada noche me contaba cuentos de historias verdaderas y también de leyendas de Noruega. Juntas rezábamos por Louise, la mujer que se había marchado no hacía mucho tiempo en un barco, para buscar una casa donde vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos para que algún día pudiéramos volver a verla.

Ulma cuidaba también de los abuelos. Ella les atendía como si fueran su propia familia. No tengo conciencia del momento en el que nos despedimos de ellos definitivamente. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí recuerdo el encuentro, al bajar del barco, con aquella mujer que lloraba desconsoladamente abrazándome, y yo no entendía por qué.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad, en una de las casitas agrupadas entre bosques y caminos y lagos. Ulma preparaba cada mañana el desayuno para las tres y después me acompañaba al colegio. Mamá Louise nos despedía soplando besos desde las palmas de sus manos, sin dejar de mirarnos, largo rato, mientras desaparecía en sentido contrario.

—Ulma, estoy pensando en cambiar de trabajo. —escuché decir un día a mamá Louise mientras cenábamos—. Estoy madurando la idea de dejar la enseñanza.

—¿Qué dices, Louise? —dijo Ulma espantada— Apenas han pasado unos meses desde el final de la guerra. Ahora que por fin hemos conseguido la estabilidad que nunca habíamos tenido, ¿se te ocurre ahora hacer saltar todo por los aires de nuevo?

—Precisamente por eso, la guerra ha terminado y el país parece recuperarse; algo se está moviendo. Habrá oportunidades de trabajo y a mí me gustaría dedicarme a algo más directamente relacionado con la naturaleza en lugar de a teorizar sobre ella en las aulas. Siento que ya he cumplido con esta etapa y ahora necesito reiniciar nuestra vida: la tuya, la de la niña y la mía. No me niegues que siga apostando por ello.

—Estaré contigo siempre que me necesites. —Dijo Ulma con un suspiro y una sonrisa maternal.

Así fue cómo cambió mi vida, —dijo Gunhilda, dando una palmada alegre en la mesa— Sí querida, ahí comencé a madurar.

A mamá Ulma la perdimos cuando yo tenía doce años. Hasta entonces no había sido del todo consciente de la fortaleza y del amor incondicional que me habían ofrecido aquellas dos mujeres. Dejé de comer, no quería ir al colegio, me refugié con mi tristeza por primera vez en brazos de mamá Louise. La muerte no entraba en mi esquema mental, odié a los médicos cuando dijeron que no podían hacer nada por ella… y la dejaron morir así, sin más, en el frío de una habitación de hospital. No sirvieron de nada nuestros besos…

Quizás alguna vez eché en falta tener un padre. Eso era cuando veía a mis amigos del colegio aprendiendo a jugar al béisbol. Me quedaba algunas tardes después de las clases, mirando embobada a los hombres; y a los niños muerta de envidia. Yo no tenía padre que me enseñara a jugar. Decidí por entonces que lo que yo deseaba era tener un hermano mayor…

—Recuerdo aquellas sensaciones como si fueran hoy… —añadió una Gunhilda risueña— Un poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera —y sonrió dedicándome un guiño.

Desde que me quedé sola con mamá Louise fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz, apasionada…, me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, de las religiones y también de las guerras… —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa— De la maldad de la crueldad y del miedo…

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en Setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Me parecía mentira mi propia historia. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida de mi nacimiento rodeada de muerte, o haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente, porque no pudo soportar el horror de los crímenes cometidos —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su puesto en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como responsable en el Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; las secuoyas, los glaciares, las reservas de las tribus indias. También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras hablaba por teléfono con mi amigo Thomas—.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado mi amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora sé que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la oscuridad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Porque yo iba a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era profesor, compañero de trabajo de mi madre que podía tener treinta años más que yo pero que fue el primer hombre con el que yo me sentía como una verdadera mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto, aunque simpático y con sentido del humor, atento y atractivo hasta no poder soportar su presencia cerca porque yo temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía soportar los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me mirara, a la vez, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el por qué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestras quejas y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad. Era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Era todo un personaje, recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la Guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de los soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía total en la que me distancié de mi madre, no soportaba sus críticas y sus recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y algo de libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, pero posiblemente pasen algunos años. Quizás sea mi último destino. Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que contar con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de atreverme a pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿va alguno más de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


firma