En esta web encontrarás temas relacionados con la literatura que he ido recopilando a lo largo de los años. Si algo de lo que encuentras aquí te interesa o te resulta agradable para disfrutar unos minutos, eres bienvenido a mi mundo. Gracias por tu aprecio. María Jesús
Afuera llovía en ti,
la calle lloraba,
reinaba el silencio en casa,
faltaba tu voz,
y quise hacer del piano un nido,
un refugio,
una copa de ambrosía,
bálsamo contra la nostalgia.
Queriendo romper el vacío
te dibujé en mi mente
y luego mis manos te modelaron,
suavemente,
sobre el teclado,
haciendo bailar mis recuerdos,
abriendo una puerta en el tiempo,
una fuente de cristal en el espacio.
Al fin fluiste sinuosa,
y en cada nota viviste,
deseo y leyenda,
soberana, juguetona,
como una ninfa o un ángel,
como una pluma al capricho del aire.
Solo me arranca de la locura, la locura de escribir sin pausa, renglón tras renglón sólo me arranca de la locura la repetida historia de contar lo mismo, lo mismo renglón tras renglón, la muerte viene degollando y me muero de miedo porque le temo a la muerte, tanto tanto como a la vida, que viene degollando inocentes y culpables, el prójimo doliendo y doliente, solo la locura de escribir sin pausa aunque nada guarde valor para ojos en otras caras, qué me importa el ojo que me ve, si soy yo la que debe salvarse a fuerza de mi propia fuerza, qué me importa si el ojo que me lee desprecia mi letra, el mero verso roto en mil pedazos, pobre y desvalido sobre el frío de una pantalla helada qué me importa si sólo me arranca de la locura, la locura de escribir sin pausa, como apurando el cierre de esa puerta que deje del lado de afuera esa mierda agazapada, quedarme acá entonces, quedarme acá digo, y dejar afuera la malicia humana, quedarme sola con mi malicia inocente y lujuriosa de mujer sola, que odia la muerte que viene degollando, igual que la vida viene degollando, cada una recogiendo lo que la otra desdeña, cerrar la puerta encerrar la rabia, la otra cara del miedo, el frío, la sensación de vacío, sólo me arranca de la locura, la locura de escribir sin pausa, hasta que la muerte me arranque la locura de una sola vez, de golpe, de raíz, de ansia, de hambre, de dolor, de pura y mera muerte.
(inédito) Publicado en el Pais Cultural 13 nov 2015 Fotografía de literofilia.com
Escribía Félix Grande sobre Sancho Panza que un día le dijo respetuosamente a una duquesa: «… donde música hubiere cosa mala no existiere«
En esta vida -decía el poeta- lo prudente es estar emocionado. «No hay arte que contagie tanta emoción como contagia la música. Ni siquiera la poesía es más emocionante.»
También Schopenhauer aseguraba: «Todo poema aspira a ser semejante a la música. Hay un instante en las palabras en que el conjunto de sus significados no se limita ya a dialogar con nuestra inteligencia, con nuestra razón o con nuestra memoria: dialoga con nuestra emoción. Es ese instante en que la palabra poética se ha convertido en una caricia de música. Y esa música, milagrosamente, desaloja de nuestro ser el frío del miedo y el dolor».
«El lenguaje de la música se parece a un milagro. En su generosidad y en su belleza junta lo humano y lo sagrado. Tomamos una partitura, la miramos despacio: lo que vemos escrito en ella solamente son signos. Nos acercamos a un instrumento musical, acariciamos su cordaje, su teclado, sus maderas finísimas o su metal brillante, casi oloroso: pero allí sólo hay maderas y metales y técnicas… Lo que sabemos, y lo sabemos de verdad, con la emoción y no sólo con la razón, con el rumor de nuestra piel y no sólo con nuestra inteligencia, es que por los pasillos del enigmático palacio que es la música deambula lo sagrado.»
En su artículo se refiere al hecho de que las iglesias han contribuido, a lo largo del tiempo, «a la fiesta sagrada de emocionar a los humanos con la tumultuosa inocencia que derrama la música», y escribe: «… Aquella mezzosoprano prodigiosa, aquellos violinistas de sonido perfecto, aquella flauta de pena y elegancia absolutas, el chelo patriarcal y la batuta rectora, todos reunidos para hacernos celebrar el mundo, nos emocionaban acercándonos a la certidumbre de que en lo humano palpitaba lo sagrado y de que en ese pálpito habitaba la alegría. Una alegría universal, humilde.»
Elvia Sánchez, Soprano y Ainhoa Zubillaga* Mezzosoprano
Veo muchedumbres dando vueltas por el mundo. Gentes embarradas, ensangrentadas, fluyendo entre el magma del horror, con los hijos de sus dioses apretados a su cuerpo con lo que queda de sus brazos mutilados.
El mundo es una ciudad irreal, veo muchedumbres dando vueltas como fantasmas hundiendo sus pasos en el fango de un planeta hediondo que se derrite derramando lágrimas de hielo.
Veo cadáveres ambulantes por todas partes, exhalando sus últimos suspiros breves y espaciados, cada uno con la mirada fija en el horizonte de sus sueños destrozados.
Hay sonidos secos, mutilantes, cargados de venganza por los alrededores, que se confunden con el sonido muerto de las campanadas de la mañana.
Retumba el silencio en un mundo caótico en la imagen quieta.
¿Habrá sido un mal sueño?. Me despierto y salgo a enterrar las últimas flores de este otoño en el jardín. Les preparo un lecho de escarcha…
M.J.B. (Variaciones s/La Tierra baldía de T.S.Eliot)
Tus ojos son azules como el cielo,
el cielo es una diáfana mentira,
la mentira, una garza que suspira
por besar a una estrella a medio vuelo.
La estrella es un secreto de tu pelo,
tu pelo es una llama que delira,
y la llama un espejo en que se mira
con la lengua de fuera, un toro en celo.
El toro, por amor, está de hinojos,
el amor es de nubes transparentes,
las nubes son de un sueño y van de viaje,
y al final de ese viaje están tus ojos
que se bañan, desnudos, en las fuentes
más azules y claras del paisaje.
…
La palabra no es vieja,
por fortuna.
Yo no soy la palabra,
por desgracia.
Cuando la palabra me dice,
la palabra me retrata.
Cuando digo a la palabra,
la palabra se espanta.
La palabra es un río cuando el río es un cometa.
Un cometa es la nube cuando la nube llueve,
la nube llueve cuando en mi cuaderno
escribo la palabra “lluvia” mil veces.
Yo no soy la palabra
pero quisiera serlo
para volar con ella
de tiempo en tiempo,
de boca en boca.
…
Fernando Del Paso. Méjico(Premio Cervantes 2015) Fotografía @mjberistain
Te encontré al final de los inviernos cuando las sombras se equivocan y en las esquinas sólo te sorprenden recuerdos.
Tú sonreías -o era una batalla- con esa sonrisa tuya que desordena los cielos, no hablamos de olvidar palabras en la almohada ni de pájaros azules ¡Qué importa!
El silencio nos daba tantos argumentos y una luz y una duda y hojas secas incluso otra mirada.
Te llamé horizonte incapaz de pronunciar más allá de tu nostalgia, tú pisabas los trópicos sintiéndome bello en los versos, y supe que te amaría un instante un momento toda mi vida.
Dejadme que juegue hoy, con todo respeto, con las palabras del Poeta MarK Strand (Poeta, ensayista y traductor estadounidense nacido en Canadá 1934-2014).
Dice que prefiere el mar y algunos de los ríos que conoce… Pero que para escribir poesía le gustan las aguas «manejables» de los lagos.
«Un lago es un soporte más flexible. No impone respeto como el mar, que nos obliga a reaccionar de manera bastante predecible: es decir, ante él sucumbimos con excesiva facilidad a sentimientos de asombro, paz o lo que sea. Tampoco nos tienta con indicios de infinitud. Puede que el lago esté hecho para ajustarse a lo que exige la topografía del poema. Los ríos fluirán por un poema, o lo arrastrarán con él, y tienden a oponerse a la contención formal, de ahí que se les compare con frecuencia -erróneamente- con la vida. Tienden asimismo a ser poco profundos, un rasgo que podría identificarse igualmente con la vida, pero no con la poesía. Así que, en cuanto a masas de agua, -el Poeta dice- denme un lago, un lago enorme, o incluso un lago salado, donde las aguas estén tranquilas, donde se pueda reflexionar, donde pueda arrodillarme en la orilla, bajar la mirada y ver mi reflejo…»
Partimos de la base de que yo no soy «poeta».
Vivo al borde del mar, de un mar de curtidos «arrantzales» (pescadores vascos) que se ganaban la vida peleando a muerte contra las ballenas para darles de comer a sus hijos. Un mar de furia y de fuertes tormentas, de colores y resacas incontenibles, de ruidosos anocheceres cuando resuena en la quietud el chasquido del rompeolas. Pero también vivo al borde de un mar delicado cuando la marea baja y deja lentos regueros de luz sobre la orilla de las playas…
El Poeta habla de «su reflejo» en el lago; hablaría yo de «mi reflejo» en el mar.
Claro que es cierto que yo no soy poeta, como he dicho antes, sino simple observadora, y aprendiz, como le gustaba decir a Félix Grande, esto sin ánimo de comparación, ¡por dios! Así que comprendo, admiro y quizás también envidio esa situación de «reflexión» a la que el poeta llega, casi religiosamente, junto al lago y a esa interesante «manejabilidad» del medio.
Por mi parte disfruto de momentos de reflexión mirando al mar. La contemplación desde la muralla mental de mis pensamientos y el sentir de que existe una relación especial con los ritmos dictados por el vaivén de las mareas, son los que rigen mis impulsos vitales y, por tanto, rubrican lo que escribo. Amén.
Ya avisé al principio de que esto era un juego y de que yo no soy poeta.
Antes de verle bien la cara lo paralizaron los zapatos, unos zapatos tan de hombre que ninguna falda podía disimularlos. Cuadrados y sin «tacones», con cintas inútilmente femeninas. Lo que seguía era rígido y ancho a la vez, una especie de gorda metida en un corsé implacable. Pero ella no era gorda, apenas si podía definírsela como robusta. Debía tener ciática o lumbago, algo que le obligaba a moverse en bloque, ahora frontalmente, saludando con trabajo, y después de perfil, deslizándose entre el taburete y el piano y plegándose geométricamente hasta quedar sentada. Dede allí la artista giró bruscamente la cabeza y saludó otra vez, aunque ya nadie aplaudía.
«Arriba debe de haber alguien tirando de los hilos» pensó Oliveira. Le gustaban las marionetas y los autómatas, y esperaba maravillas del sincretismo fatídico.
Madame Berthe Trèpat miró una vez más al público, su redonda cara como enharinada pareció condensar de golpe todos los pecados de la luna, y la boca como una guinda violentamente bermellón se dilató hasta tomar la forma de una barca egipcia… Otra vez de perfil, su menuda nariz de pico de loro consideró por un momento el teclado mientras las manos se posaban del do al si como dos bolsitas de gamuza ajada.
Gota a gota como una lluvia de verano atardecido fueron naciendo estos versos de aprendiz de poeta malherido, pretendiendo algún puñado de amor; una caricia, unos tragos de ternura o por qué no, un pellizco de ardor fugitivo.
Codicié tu presencia. Respiré en tu piel la fragancia de los sueños más audaces y me desdibujé, reinventándome después, en noches de escombros y frío.
Por un puñado de amor hubiera sido yo algo más que estas líneas inconexas de disimulado desaliento.
Exacta,
con temblor reverente
detalla la mar
mi sombra,
cada una de las llagas
que abriera
la locura,
recortando
rigurosa,
perfiles
del elixir salado,
rastros de los gozos abrasados.
¡Ah, su roce transparente!
espejismo del absoluto
que enjuagara la urgencia
de las caricias
con dulces dádivas de sal.
Exacta,
con temblor reverente
detalla la mar mi sombra…
«Aunque la razón es común a todos, la mayoría vive como si tuviera un pensamiento propio» Heráclito
Time present and time past Are both perhaps present in time future And time future contained in time past If all time is eternally present All time is unredeemable What might have been is an abstraction Remaining a perpetual possibility Only in a world of speculation What might have been and what has been Point to one end, which is always present Footfalls echo in the memory Down the passage which we did not take Towards the door we never opened Into the rose-garden. My words echo Thus, in your mind. But to what purpose Disturbing the dust on a bowl of rose-leaves I do not know…
Extracto del Poema Burnt Norton de su obra Cuatro Cuartetos
Están presente y pasado presentes tal vez en el futuro, y el futuro en el pasado contenido. Si está eternamente presente el tiempo todo, todo el tiempo es irredimible. Lo que pudo haber sido es abstracción que existe, posibilidad perpetua, sólo en un mundo en teoría. Lo que pudo haber sido y lo que ha sido miran a un solo fin, siempre presente. Resuenan pisadas en la memoria por el pasillo que no recorrimos hacia la puerta de la rosaleda, que no abrimos nunca. Así resuenan en tu mente mis palabras.
Pero ignoro su propósito al perturbar el polvo en el cuenco de los pétalos de rosa…
Traducción de E.Pujals Gesalí
Los Cuatro Cuartetos fueron escritos por Thomas S Eliot entre los años 1936 y 1942 y editados en forma de folletos separados. Fue en 1943 cuando aparecen en Nueva York en forma de libro.
Burnt Norton, en 1936
East Coker, en 1940
The Dry Salvages, en 1941
Little Gidding, en 1942
Los nombres de las cuatro partes se refieren a lugares que tienen que ver con la historia personal de Eliot y con la tradición cultural a la que pertenece. «Burnt Norton» es el nombre de una casa de campo en Gloucestershire, que el poeta visitó en el verano de 1934 en compañía de una vieja amiga, Emily Hale. «East Coker» refiere a un pueblo en Somersetshire, en el sur de Inglaterra, de donde procedían los antepasados de Eliot que emigraron a América. «The Dry Salvages» forman un promontorio rocoso en medio del mar, frente a la costa de Massachusetts, donde Eliot pasó muchos veranos de su infancia. Y «Little Gidding » es el nombre de un pueblo de Huntingdonshire que Eliot visitó en 1936, famoso por la comunidad religiosa fundada allí en 1626 por Nicolás Ferrar y que Cromwell suprimió veinte años después. Sólo durante la escritura de «East Coker», el autor concibió la idea de repetir cuatro veces la estructura del cuarteto para formar una unidad.
Ver Introducción a la lectura de los Cuatro Cuartetos de Ernst Robert Curtius en Ensayos críticos sobre Literatura Europea.
No hay nada más hermoso que abrir el libro por cualquier sitio y dejarnos llevar, como si fuera una íntima oración de una religión que todavía no conocemos, pero que empieza a cautivarnos… (Cándido Pérez Gallego)
Ahora cuando te escribo
desde el lugar donde coloqué tu recuerdo
aquí, al aire libre,
juego con él al abandono
y siento…
Que flotas en el aire esta mañana
indeciso, transparente…, y eres
como gota de lluvia que presiente
la piedad del precipicio.
Te dan color las montañas,
El cielo de nubes se agrieta
bajo la memoria azul
de constelaciones dormidas,
y tus matices van creciendo
con la lluvia que parece próxima,
con la lluvia que no llega,
con las hojas de los abedules
que van cayendo
mientras sudas viento.
Me despojo de tu nombre y siento frío.
Recuerdo cuando abrigábamos,
torpes, la esperanza, sólo con la piel
desnuda de las caricias.
Me despojo de tu nombre y siento frío.
La nostalgia, como una densa bruma,
como una gran cascada de silencio
me abraza contra el vacío.
Un bullicio de gaviotas despierta
galernas invisibles en mi espalda
y temo…
vestirme de nuevo de sed y de seda,
perfumarme con el aroma de tus contrastes,
deambular por los salones de espejos
lacios
y tropezar con la ternura que invade
los horizontes de mi conciencia
como una obesión.
Temo…
caer sin vanidad ante las ruinas.
¿Qué puedo hacer para olvidarte?
Quizás tan solo mirarte de frente,
fijamente,
y beber este instante de sal
y verdad
como un elixir añejo
al que entregarme sin más.
Porque hoy solo quiero,
—cuando este juego termine—
resucitar de estas brasas… sin lágrimas.
Ácidos como esta forma tan estúpida que tengo de echarte en falta. Llevo días buscando las palabras acertadas y pienso que no existen, que es tal el dolor al que me sometes, que en lugar de seguir ocupando el podio de los amigos creo que voy a colocarte en otro lugar más seguro. Seguro para mí; para que no me duela tanto tu vacío.
Como ves, yo sigo escribiendo algunos ratos, porque llevo cosas dentro que no sé de qué otro modo deshacerme de ellas. Ahora ya no escribo a lápiz en cualquier cuartilla, ni mis apuntes los paso a limpio con mi pluma estilográfica, ahora solo me valgo de esas terminaciones nerviosas que discurren aceleradas por los teclados, para soltar amarras y escapar del ruido.
¡Qué estúpida manera de echarte en falta!
Mi mundo de papel ha quedado sustituido por esta pantalla cuyos reflejos me ofrecen una versión distorsionada de mí misma. Me falta, enfrente de mí, aquella mirada como de tímida sorna y tu eterna mueca de difícil sonrisa. Creí en ti desde el primer día. Hoy todo es distinto.
El ego literario se alimenta, a duras penas, de los «me gusta» que salpican algunos de los textos que lanzo a la nube, así como con cierto rubor.
¿Que por qué esa necesidad repentina de echarlos a volar?
Algo de vanidad debe de haber en ello, debo de reconocerlo.
Quise darles cierto orden, ya que habían sido los testigos del gran desorden de mi vida. Intenté darles un aire nuevo, después de tanto tiempo de oscuridad y desarraigo en cajones que nadie abría, excepto yo misma, y solo en tiempos de lluvia y soledad. Pero hoy todo es distinto. Se han desvanecido las barreras de la inconveniencia. El tiempo parece haber desgastado los finos hilos que nos comunicaban, y, sin desearlo, me he convertido yo en su testigo, en espejo que contempla desde muy cerca cómo se permiten las travesuras de un niño, con una cierta connivencia.
He trabajado incansablemente durante toda mi vida para darme cuenta, justamente ahora, de que he sido y soy una Heroína.
Recuerdo el eco machacón de que para triunfar en la vida estaba bien eso de soñar, de soñar alto, soñar sueños de altos vuelos, vuelos altos para alcanzar la libertad, -libertad que nada tenía que ver entonces con atender los mensajes capadores de la sociedad en la que me tocó ser educada- pero que lo más importante, lo que de verdad me iba a procurar la felicidad de ver cumplidos mis sueños era el hecho de trabajármelos.
En esta fórmula no se trataba de esperar, esperanzadamente, a que te llegara la suerte como si cada semana fueras al chiringuito de loterías a comprar un boleto que «valiera» por una millonada de billetes de a mil, o por un viaje a París, o por un sueldo mensual para el resto de tu vida.
Pablo Picasso cuando hacía referencia a la inspiración, decía: «…Más vale que, cuando llegue, te pille trabajando».
Pues así me educaron. Así que el día que leí La Tarea del Héroe de Fernando Savater -obra reconocida con el Premio Nacional de Ensayo en 1982, decidí que yo era una heroína, aunque más me hubiera gustado haber tenido un poco de suerte…
«… en el Arte, -y yo pienso que, como en la vida- la voluntad se reconcilia con lo inalcanzable de sus objetivos. No deja de desear -antes bien, aumenta y diversifica sus urgencias- pero al mismo tiempo asume jubilosamente que no es el siempre postergado y decepcionante resultado final lo que cuenta, sinoel ímpetu mismo de ir más allá de todo lo conseguido, lo conocido o lo necesario.
Cuando algunas veces ví derrumbarse mis sueños, después de un largo camino de esfuerzo y constancia, solía pedirle a mi madre: Amá, cuando me veas llorar, recuérdame lo feliz que he sido mientras lo intentaba…
¿Cuántas emociones caben en un lustro? ¿Y en una generación? ¿Y en dos?
¿Cuántas ilusiones, cuántas preguntas, cuántas dudas, cuántas decepciones? ¿Cuánta dignidad, eso de caerse, llorar, levantarse y volver a empezar?
Somos un soplo de Luz fugaz, Una mota de polvo suspendida en mitad de un rayo de Sol.
¿Quién no ha soñado con los ojos abiertos bajo un cielo estrellado? ¿Quién no ha amado por los siglos desde el inicio del universo?
Tiemblo en el temblor de tus manos mientras me preguntas sobre la Existencia. No tengo respuestas, solo preguntas, como tú misma. Y, ¿cómo explicarte; cómo explicarme que somos energía danzando en un mar de fuerzas gravitatorias que nos protegen de caernos de bruces al vacío?
Cierto día en la estación de trenes de Washington, un mozo ayudó a Carl Sagan con su equipaje, como hacía con cualesquiera otros pasajeros. Sin embargo, cuando Sagan sacó su billetera para darle la propina de rigor, el mozo hizo un gesto de rechazo. Aunque lo relevante de la anécdota no es el gesto en sí, sino la frase con que el mozo lo acompañó: «Guarde su dinero, señor Sagan. Usted ya me ha dado el universo».
La anécdota es muy famosa y habla por sí misma del papel que tuvo Carl Sagan en nuestra cultura. Ningún otro divulgador científico ha sabido pulsar tan bien los resortes de la imaginación colectiva. Quizá se debiera a aquella característica tan suya: la capacidad para experimentar y compartir un extático asombro ante la magnitud y complejidad del universo. Un entusiasmo que resultaba contagioso y al que él llamaba el «sentido de lo maravilloso». Carl Sagan era como el mago que abría el baúl de los grandes secretos ante nuestros ojos y desvelaba prodigios que parecían fantásticos, pero que no pertenecían al ámbito de las novelas o películas de ficción, sino que existían de verdad. Prodigios que estaban allá arriba, sobre nuestras cabezas, o a nuestro alrededor, o incluso dentro de nosotros. Carl Sagan fue sin duda el catalizador de las ensoñaciones cósmicas de toda una generación. Incluso de quienes nunca nos convertimos en científicos, porque teníamos escrito otro destino o sencillamente lo elegimos así, prácticamente no hemos pasado una noche sin alzar la mirada hacia las estrellas y entonces resulta inevitable acordarse de él. Siempre nos quedará la imagen inolvidable de aquella «nave de la imaginación» con forma de semilla emplumada con la que Sagan nos condujo hacia lugares que nunca visitaremos, pero que ya forman parte de nosotros mismos, tan familiares como nuestra propia casa, como el «pálido punto azul» que flota en torno a una estrella cualquiera en un rincón poco destacado de una insignificante galaxia.
Ya cuando el pequeño Carl tenía cinco o seis años, sus padres eran conscientes de su brillantez intelectual, de su ansia por obtener respuestas ante cuestiones como «¿qué son las estrellas y de dónde están colgadas?». Hijo único de una familia de condiciones muy humildes —su padre era un inmigrante ucraniano que trabajó como acomodador en un teatro y su madre una neoyorquina que había crecido prácticamente en la miseria—, el pequeño Carl tenía pocos medios para saciar aquellas ansias. Pero sus padres eran inteligentes y demostraron una gran sensibilidad hacia las necesidades intelectuales de su retoño, así que decidieron que lo mejor que podían hacer era apuntarlo a una biblioteca pública. Aquello abrió los ojos de Carl Sagan y cambiaría su vida para siempre:
Le pedí al bibliotecario algún libro sobre las estrellas. Y la respuesta a mis preguntas era impresionante. Resultó que el sol era una estrella que estaba muy cerca de nosotros. Que las estrellas eran soles, aunque estaban tan lejos que las veíamos como meros puntitos de luz. De repente, la verdadera escala del universo se reveló ante mí. Fue una especie de experiencia religiosa. Había una magnificencia en ello, una grandeza, una sensación de magnitud que nunca después me ha abandonado. Nunca me ha abandonado.
El mensaje divulgador de Sagan giró siempre en torno a una idea central: el ser humano, especie animal que vive sobre la superficie de un planeta cualquiera, es insignificante cuando lo contemplamos bajo términos cósmicos. La humanidad es apenas un soplo fugaz del que seguramente no quedará ni rastro cuando se extinga; y a nadie ahí fuera le importará, si es que hay alguien. El cosmos es un lugar inmenso, inabarcable, que nos humilla y empequeñece. Y, sin embargo, cuando era Sagan quien nos describía ese panorama aparentemente descorazonador, brillaba una intensa luz poética que cautivó a quienes le escuchábamos. El ser humano, nos decía, no es importante para el universo. Pero sí es inmensamente afortunado porque puede contemplar la inmensa grandeza de ese universo y maravillarse a causa de ella. Cuando miras las estrellas, lo relevante no eres tú: son las estrellas. Y siéntete feliz por poder mirarlas.
Carl Sagan poseía dos cualidades que no pueden transmitirse ni en la más excelsa de las instituciones educativas: un tremendo carisma personal y una gran capacidad para comunicar.
Sagan no creía en Dios, pero cuando hablaba de sí mismo, rechazaba el término «ateo» porque para él implicaba el conocimiento cierto de que Dios no existe, un conocimiento que sencillamente no estaba a su alcance.
Carl Sagan nos hizo mirar hacia las estrellas y darnos cuenta de la magnitud del universo, en el que ocupamos un rincón infinitesimal. Nos trató, a los ciudadanos de a pie, como a seres inteligentes y a quienes la ciencia concierne tanto como a los propios científicos, porque el universo no es patrimonio de los científicos, sino de cualquiera que pueda alzar sus ojos y contemplar sus prodigios. Gracias a Carl Sagan, la NASA incluyó en sus sondas una cámara fotográfica que pudiera captar el planeta Tierra desde una gran distancia, y todo porque Sagan quería que pudiéramos entender que estamos todos en el mismo barco, la Tierra, y que ese barco es apenas una frágil chalupa en mitad de un océano inmenso. Que las fronteras, ideologías y religiones son simplemente invenciones de unas criaturas que habitan una esfera hospitalaria, iluminada a la distancia justa por una estrella blanca, y que deberíamos preocuparnos ante todo de que nuestra esfera continúe siendo hospitalaria porque la inmensa mayoría del universo no lo es. Sin nuestra pequeña barca, suspendida en mitad de ese inhóspito vacío, no podríamos contemplar el cosmos y experimentar ese sentido de lo maravilloso, que es una de las mejores cosas que tendremos durante nuestra breve existencia.
Mira de nuevo a ese pequeño punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Ahí estamos nosotros. Todos a quienes amas, todos a quienes conoces, todos de quienes has oído hablar alguna vez; todo ser humano que alguna vez existió; cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño repleto de esperanzas, cada inventor, cada explorador, cada reverenciado maestro moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí… en una mota de polvo suspendida en mitad de un rayo de sol.
Tavik Frantisek Simon / New York Public Library / Google art project / Dominio público
«No ha de extrañar que en sus expediciones, Alejandro Magno llevara con él en un precioso cofre la Ilíada. Una palabra escrita es la más selecta de las reliquias. Es algo a la vez más íntimo y universal para nosotros que cualquier otra obra de arte pues es, entre ellas, la más próxima a la vida misma. Puede ser traducida a todos los labios humanos; no solo puede ser representada sobre una tela, sino moldeada en el aliento mismo de la vida»
Osos que parecen de hielo y retoños de bambú que cubren gacelas.
Percibo la vida cuando tus pies encienden mi espalda. Me gustas en tu grito y callo. ¡Me gustas como la tierra! Tienes agua termal en tu vientre, rosetas en tus volcanes, y viento cuando el maíz se entrega.
Me gusta que circules abrazada a mí como gigantesco anillo, y canto enloquecido uniendo mi grito al escándalo de los tordos. Grito sideral que corre tras las cometas, diciéndote que estás en mí, como yo estoy en la tierra.
Autor: Rubén García
Con mi agradecimiento a su autor, texto publicado en su Blog SENDERO.