Tú de mí


 Vámonos a mi casa
me dijo mi niño
y mientras cantábamos, todas
las islas del archipiélago
bailaban junto a nosotros
Llegamos a su ciudad
y mi niño la
convirtió en un libro
para mí. Yo por
vez primera era feliz
y quería que el
tiempo se acabase para
siempre. Íbamos de la
mano y besándonos por
toda la comarca y
los imbéciles de turno
nos miraban muertos de
envidia porque nuestros nombres
estaban escritos en el
mismo cielo al que
ellos pedían perdón.
Pisamos
todas las calles de
la ciudad y ellas
nos pisaron a nosotros
y nos sentimos perdidos
de tan felices de
estarlo gritando.
Soñé, Soñé
y la pasión explotaba
en nuestros oídos y
sangramos de loco amor
y nos abrazamos como
si fuéramos los mismos
brazos y nos besamos
como si fuéramos la
misma boca frente a
los estupefactos rostros del
siglo pasado.
Estuvimos allí
donde los locos caminan
sobre los árboles y
los árboles se ponían
azules de felicidad por
nosotros.
Estuve contigo y
tu ciudad se nos
ofreció para descuartizarla entera
y los miembros se
esparcieron por dentro de
nuestros cuerpos como regalo
por ser tu cumpleaños
y también el mío
porque nacimos juntos solamente
por una razón, amarnos
mientras exista la literatura


(de La divina revelación )
Autor: Héctor Hdez. Montesinos
Imagen: Hugo A Klickowski


 

Fuimos el futuro


Abro el libro de las nubes
y encuentro entre las líneas de lluvia
una violeta muriendo de sed.
K. Lubomirski

Siento el rumor de las estrellas
bajo este cielo encanecido,
Mis manos aún recuerdan el camino
hasta tu vientre,
deambulando por los siglos
buscando piedras, árboles,
donde ayer tallábamos nuestros nombres.

Fuimos el futuro…
Mi cuerpo aún recuerda el dolor entre tus manos
cuando en mis pechos hacías que crecieran las violetas.



@mjberistain

Nomeolvides


De ningún viaje volvía siendo el mismo,
llenaba de luz
y corazones nuevos
el dulce lecho de nomeolvides.

Más allá del canto del ruiseñor
solo el silencio
de los bosques,
y mariposas muertas
a orillas del crepúsculo
donde, alguna vez, habitó el amor.


 

Dónde buscarte?


Escuchaba su voz; sus voces…

Sus ojos eran la entrada al templo para mi, que soy errante, que amo y muero.
Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.

Atravesaba el túnel de su canto.
¿A dónde me llevarán estas letras?

Yo quería que mis dedos penetraran las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme, petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Solo cuando un refrán reincidía, alentaba en mi la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro.

(Tu que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte?. Tal vez en este poema que voy escribiendo…)


A. Pizarnik (extracto)
Imagen: De la colección de Karlos Giménez-Poeta)

Las leyes del amor


«La poesía es hija del gran fracaso del amor»
Antonio Machado

 

Me asusta escribir la palabra «fracaso».
Me incomoda cuando escucho a alguien pronunciarla. Tiene un fuerte componente despectivo, además del negativo. (es mi opinión).

Pienso que hay tanta vida detrás de ella, tantas ilusiones, tanto amor, tanto trabajo, tanto riesgo, tanta perseverancia, tanta humildad, que aplicarla a un ser humano es como un castigo o una condena para alguien que lo ha intentado todo por… (no voy a utilizar la palabra «triunfar» porque me resulta de un hedonismo superfluo) —decía que lo ha intentado todo— por alcanzar «un ideal»,  sea trabajar por un proyecto, optar a una mejor situación personal o profesional en su vida o en la de los demás. —No voy a hablar de conseguir ser amado por la mujer a la que se ama, o ser amada por el hombre al que se ama—. Podríamos pensar en tanta gente que aspira a sobrevivir porque el mundo en el que ha nacido ha podido resultarle complicado, hostil, aterrador, y que seguramente no se lo mereció nunca…

Dice el poeta…

«La primera ley del amor es que está destinado a morir, como todo lo que vive».

«Que dure un día, un año, un mes
es marginal en el amor».

«El compromiso es la segunda ley, según dice el poeta. Ven o vete».

«Sé involuntaria, Sé febril,
No pidas, Arrebata y exige,
Resuella busca abrasa brama gime…
En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable».

«La pasión amorosa, la experiencia erótica».

«Tu piel contra mi piel, eso es lenguaje
Todo cuando pretenda enmudecerlo
maldito sea».

«El amor no dura, y cuando cesa, duele».

«Sufrir con humildad el fracaso de un amor no es tan solo un camino para llegar, alguna vez, hasta el futuro con buena salud amorosa; es reconocer que el sufrimiento es la única prueba de que aquello fue verdad, que la herida ha cercenado la dicha pero ha vuelto olorosa la memoria. Pues la memoria del amante merece y puede ser de sándalo.»


 De Las Rubáiyátas de Horacio Martín (Félix Grande)
Imagen: El cambur

 

 

Largo exilio


Saber que me añoras no es un lugar
para comer de tus manos peregrinas,
ni la intemperie una circunstancia
que me amarre al dulce festival
de tus palabras como a una tabla de náufrago.

Renunciar puede ser un acto de amor,
inmisericorde, pero acto de amor, al fin.

El resultado de un largo exilio
entre tu pecho y el mío
cuando ya nada estremece,
ni tan siquiera el roce aventurado
de tus manos hurgando en el bolsillo de mi abrigo.

Porque hay distancias que de tan cercanas duelen,
como la fría luminiscencia del neón por los tejados
o la intermitencia cansina de los semáforos sin alma
cada vez que te busco por las ciudades del mundo
y renuncio,
porque no sé cómo explicarte que no quiero encontrarte.


@mjberistain

 

Más allá


Mis brazos insisten en abrazar el mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde…
A. Pizarnik

 Volver al paisaje desangrado
para rasgar las dulces vestiduras
de la desesperanza.

Y en las mañanas soleadas
volver al jardín de las lágrimas,
desnudarme del miedo a la soledad
y bailar con la música del viento
hasta abrazar la desmemoria
entre el aleteo de las flores más frescas.


@mjberistain

 

La ternura por los sofás


 

Dejaré que los sofás ahuequen los signos de la desesperanza
que la ternura salte por encima de las camas
y las almohadas y las alfombras vuelen
desafiando a los vacíos.

Otras luces llamarán a las puertas de los desheredados como tu y como yo
las risas sortearán las ramas deshojadas de los efímeros inviernos
habrá música insomne, imperfecta dicha de los que están naciendo
ante los ojos del mundo enmascarado, hasta su suerte, Amor… hasta su suerte.

Jubilosos versículos recitarán los titiriteros en las fiestas de guardar,
alcanzarán el arco solar, alimentarán nuevas células y su inacabable procreación.

Ser, ¿hasta dónde?, ¿desde dónde, Amor?

Somos moléculas ínfimas de un espectáculo cósmico. No hay inconveniencias. Somos movimiento. Somos aire, briznas de nada suspendidas ante la metamorfosis de los planetas.

Cenizas… Y lluvia,

Volver al filo de la nada, a la invariable incertidumbre de la eternidad, a la invariable certidumbre de la muerte, a la única verdad, al silencio absoluto.

¿A qué te aferras, Amor?

A las manos de una madre que acaricia con última debilidad las de su hijo… mientras
su alma se desliza sigilosa hacia la nada…


 @mjberistain
imagen de internet

 

Náutica


De Este a Oeste
viento a favor sobre el fondo azul de la memoria
y el azul incierto de un cielo que se derrama
sobre el Océano; 
sobre lo nuevo.

Aves
           Velas
                       Espumas
                                           Rizadas
Blancas.


A qué sabe tu voz?


Bebo un trago de noche
las luces apagadas por las plazas.
La luna no calienta y huyo
de las llamas que enciende la nieve
en el silencio
que habla de cenizas.

Apenas tres minutos
¿a qué sabe tu voz?

Por debajo de la música, háblame
en voz muy baja
entre los pliegues de cualquier piano.

Será demasiado breve
por eso quiero hundirme, clavarme
en el centro de la quimera más audaz.
En la imperfecta pulsión
de un poema
que no traiciona nunca.


@mjberistain
Imagen de Karlos Giménez


El Castillo


Pájaros polvorientos
con sangre vieja en las alas
flores de metal olvidadas
telarañas enamoradas del espacio
en donde vive el tiempo que pasa

se han ocultado entre los sonidos de la noche


Pequeñeces de la vida


Me encontré con este título en uno de los cuentos de Chéjov que leía una noche a altas horas de la madrugada. No me preguntéis la hora concreta porque no tiene ninguna importancia. Además, lo que voy a escribir con este título que tomo prestado, nada tiene que ver con su lectura. Voy a referirme a la historia de mi amiga Ani.

El día al que me refiero, y me refiero en especial a ese preciso día, ella estaba en casa, pensando cómo amortiguar el sentimiento de soledad que se le había incrustado en el corazón. Dejó el lavavajillas abierto, sin terminar de cargar. El resto de la vajilla usada estaba desperdigada por la encimera de la cocina y sobre la mesa en la que, hasta hacía unos minutos, habían desayunado todos juntos; ella, sus hijos y su marido. Mucho ruido, mucha urgencia, mucho estrés. Se secó las manos de nuevo en el trapo sucio de cocina —ya lo había hecho antes— y se echó hacia atrás los mechones de pelo que le colgaban por delante de la cara y que no le había dado tiempo a peinar todavía. Después se quitó las zapatillas, sintió el peso de la vida en sus hombros, el abatimiento instalado en su cuerpo y, sin saber muy bien por qué, se colocó delante del inmenso espejo del hall desde donde había despedido a su familia, como todos los días.

No podía con el mundo. Apenas había dormido aquella noche y entresueños se había visto ridículamente desnuda delante de un grupo de personajes de la alta sociedad que, ocultos tras máscaras blancas, la observaban en silencio. El ambiente era siniestro. Ella lloraba. Lloraba también en silencio, y sus lágrimas inevitables se desbordaban anegándolo todo a su alrededor.

Había estudiado mucho, mucho, pero nunca había estudiado el arte de interpretar los sueños. Recordando, pensó que en su llanto también había un cierto poder. Suspiró. Se irguió delante del espejo. Se dio media vuelta para mirarse de costado. Se sintió ridículamente sexy. Soltó una carcajada. Se rio de sí misma, de las tonterías a las que le estaba conduciendo su absurdo sentimiento de soledad. Le hizo una mueca horrible al espejo riéndose también de él, despectivamente. Cerró la puerta de la cocina de un portazo para no ver el desorden en el que no estaba dispuesta a intervenir en aquel momento. Abrió de par en par las puertas del dormitorio que daban a la terraza. Necesitaba respirar el aire fresco de la mañana. Hacia días que no aguantaba bien el aire viciado de los aromas familiares de las noches. Afuera se extendía un silencio negro. Tenía muchas horas por delante hasta volver a encontrarse con ellos. Ni los camiones de la basura, ni los repartidores de verduras y frutas ni los almaceneros, ni los viajantes, ni por supuesto los estudiantes habían aparecido todavía. Se sintió como una reina destronada en el silencio. Se abandonó, sentada de cualquier manera, en una de las sillas que se habían quedado en mitad del salón. Miró a su alrededor. Y tomó la decisión. Y volvió al hall a contárselo al espejo. Lanzó su melena desaliñada hacia un lado con un movimiento brusco de cabeza y le espetó: «soy la reina del silencio; y aquí mando yo».

Paró el coche en cualquier sitio alejado de la carretera. Se asomó a la valla oxidada. Un poco más allá —pensó— sería más seria la escena. Dejarse caer, sin más.

Por encima de su cabeza rozaban el aire las grandes alas de los buitres leonados, majestuosos, sin hacer apenas ruido, volando en círculos casi concéntricos, esperando el momento oportuno para bajar en picado hacia el valle. Los observó durante un buen rato, parecía haber olvidado, por fin, que en algún momento tendría que volver a casa, porque, de verdad, ¿qué se esperaba de ella? Volvió al coche y conectó la radio. Dejó abiertas las cuatro puertas. La música fluía densa y piadosa entre los chopos y los cipreses, fría por sus venas, por las ideas que la llevaban a ninguna parte. Se estrechó con sus propios brazos y sintió un escalofrío amable, deseó quedarse inmóvil en aquel lugar para siempre.

Sentía un amor profundo por su familia. De eso no tenía ninguna duda. Pero había perdido su propia brújula, se había esfumado entre la maraña de obligaciones y responsabilidades con las que debía de enfrentarse cada día a la vida. Subió el volumen del aparato de radio del coche y se sentó en la hierba con la espalda apoyada en una gran piedra.

Aspiró profundamente. Olía tan bien…

«La felicidad no existe. No debe de existir, y si la vida tiene un sentido y un fin, este sentido y este fin no son ni mucho menos nuestra felicidad, sino algo más razonable y grandioso. ¡Siga haciendo el bien!«… recordó que le había dicho su psiquiatra el viernes pasado al terminar la sesión, justo el día que había decidido no volver a verlo nunca más. Odiaba sus frases estereotipadas.

Sintió un dolor agudo en el pecho como el de un corazón anhelante de volver a oír las voces de sus hijos al llegar a casa, sentirlos sofocados y sonrientes o fríos deseando su abrazo para calentarse en su pecho maternal unos segundos. Anhelante de volver a sentir en sus labios el jugoso sabor del beso del hombre al que amaba desde que era una niña. Quiso acurrucarse junto a ellos en el sofá de salón como tantas noches, y deseó, con toda su alma, quedarse inmóvil en aquel lugar para siempre…


@mjberistain

Sotto voce


Escúchame: en voz baja,
en la noche, a escondidas,
y sin usar tu nombre
para que nadie me lo vea en la boca,
esta vez para siempre —¡oh, dioses!—
te digo adiós

                                          pensando
agazapadamente
que quizá en otra noche menos bárbara
te traigan a mis manos
el azar o el demonio.


 Félix Grande
Imagen: Schommer

 

Las cuatro de la madrugada

Merece la pena «escuchar» este poema recitado publicado en el blog poeteSSen

Hora de la noche al día.
Hora de un costado al otro.
Hora para treintañeros.

Hora acicalada para el canto del gallo.
Hora en que la tierra niega nuestros nombres.
Hora en que el viento sopla desde los astros extintos.
Hora y-si-tras-de-nosotros-no-quedara-nada.

Hora vacía.
Sorda, estéril.
Fondo de todas las horas.

Nadie se siente bien a las cuatro de la madrugada.
Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la madrugada,
habrá que felicitarlas. Y que lleguen las cinco,
si es que tenemos que seguir viviendo.

 

Polonia (1923 – 2012)

Dos cines y un café


¡Pom!

Sonó el golpe seco. No me moví. Abrí un poco los ojos, temerosa de descubrir el motivo que lo había provocado.

Habría sido mi parietal, el parietal derecho. No había nadie en el asiento de enfrente. Miré, sin mover la cabeza, de reojo hacia la izquierda. Tampoco había nadie a mi lado. Me había asustado. Miré hacia la derecha y la oscuridad se movía a una velocidad vertiginosa. Un cristal, frío en la piel, me devolvía el reflejo de mi cara de susto.

¿Qué hacía allí? ¿Dónde demonios estaba el mundo? Pensé que estaba soñando y quise salir de aquella escena. Me despabilé como hacen los perros cuando se acaba de bañarles, agité todo mi cuerpo en el asiento hasta que conseguí darme de nuevo con la cabeza en el cristal de la ventanilla.

¡Pom!

¡Seré estúpida! Voy a conseguir abrirme la cabeza, aunque no estaría mal una pequeña brecha para que se me escapen por ahí a modo de fluido los vapores de pensamientos perversos, así como lo haría la válvula de una olla express soltando lo incontenible a toda presión hasta llegar a la liberación.

¿Se llamaba parietal?

Miraré en «santawikipedia» porque recuerdo que lo estudié en el colegio cuando era una niña, pero ahora mis nietos todavía no han llegado a esa lección, con lo cual tengo que consultarlo. La memoria hace estragos.

Consigo preocuparme. Entonces, si no tengo memoria, si no me queda nada en la cabeza, ¿qué me queda ahí adentro? Bueno, no quiero seguir pensando en ello. Se llamaba parietal, ¿verdad? Consulto y leo: De la pared o relacionado con ella: «las pinturas parietales (pinturas rupestres realizadas en las paredes de las cuevas) fueron realizadas por el ser humano hace unos 25 000 o 30 000 años» —Ahí no debía de estar yo, de otra manera me acordaría—. «En anatomía, los parietales son los huesos más grandes del cráneo y están situados a derecha e izquierda, entre el frontal y el occipital y por encima de los temporales.»

Me llevo las manos a la cabeza. Todo en orden —me refiero únicamente al exterior—. Nada roto, tampoco el cristal de la ventanilla del tren que ahora ha aminorado la marcha y me permite apenas distinguir, en el exterior, rasgos húmedos de ocres y verdes discurriendo entre la niebla espesa.

— Dos cines y un café. Me los debes, —me había dicho.

Son las cinco de la mañana y el traqueteo lento del tren me adormece de nuevo. Es lo último que recuerdo del encuentro con él, sería ayer, o hace treinta mil años, no lo sé. Los recuerdos deben de ser una gran bola, un entresijo de cables y neuronas, en permanente movimiento involuntario, en la que quedan registrados los pulsos de nuestra vida y que van repitiéndose en nuestro cerebro en el nuevo paisaje del tiempo. ¿O no será así?


@mjberistain

De nuevo Noviembre


 

Sobreviven las flores rezagadas
del otoño, y de nuevo noviembre
y las manos cortadas por la bruma

Yo, solo soy un soñador aislado
en el cobijo de un corazón sin ley

Tu, viajero de besos vaciados
en la maleza urgente de caricias

Siento de nuevo el miedo en la sangre
de no escuchar de tus labios mi nombre…


@mjberistain

Por un reino de cenizas


Con que una sola palabra
a una sola persona llegue,
con que lo que digo
oculto en el lenguaje
se mueva entre las venas
de un blues
y despierte la locura
obstinada de las ruinas,
no cederé ni por un reino de cenizas.

Jugaré a ser la esclava del amor
mientras haya una sola persona
que lea entre líneas mis poemas.


Intermitencia


Salió al viento
la sola palabra deseo
desde un desnudo silencio
roto
ante el abrazo inminente
de tu voz

Grité.

Después, quise entrar
en la mirada de la oscuridad
más bella,
en la cálida estructura
dorada intermitente
de tu luz

Sola, frente a una taza de café
largo, como el diagrama de los sueños sin cumplir.


@mjberistain

 

El espejo


Encontró una casa de alquiler en las afueras de la ciudad. La ventana de la cocina daba a un pequeño jardín cuadrado que tenían medio abandonado los vecinos del bajo. En él, —casi no podría decirse así, pero— vivía un gran gato gris, viejo. A ella le resultaba muy triste observarlo gatear arrastrando su vida por el césped de plástico hasta que conseguía llegar al rincón donde le tenían colocado un mugriento cuenco de agua y dormitar después, durante el resto del día, mientras se rascaba con doliente parsimonia el pelo sucio y enmarañado de lo que en su día seguramente habría sido un magnífico y no un moribundo gato de angora como era ahora.

He dicho que sentía una cierta tristeza al verlo, sin embargo, siempre había reconocido una especie de aversión por esos animales a los que despectivamente se refería como «domesticados», pero a los que consideraba, en secreto, unos traidores. Habían ocupado muchas noches de sus sueños de infancia con terroríficas escenas, que nada podían compararse a las que ahora llamaban estúpidamente en plan americano «de halloween». Aquellos gatos nocturnos solían colgarse de ella enganchándose con sus zarpas afiladas de los jerseys de angora que tejía su abuela y le regalaba con todo su cariño cada cumpleaños. Se volvía loca y daba vueltas violentamente sobre sí misma intentando zafarse de ellos de alguna forma, pero los gatos revoloteaban en el aire como columpios de feria mirándola con furia felina hasta que se despertaba bramando medio ahogada en un mar de lágrimas, absolutamente desorientada.

Sí, finalmente había conseguido huir. Era cierto.

Consiguió llevarse el espejo antiguo heredado de su abuela. El resto de los muebles nunca le pertenecieron realmente. Se sentó encima de la cama, frente a él, mirándose a los ojos. Era un gesto que no había sido capaz de sostener antes en toda su vida. Esta vez sintió que aquél era un momento verdadero y se detuvo buscando con curiosidad el significado o el mensaje en la mirada de aquella presencia nueva. El silencio latía en sus sienes y pensó que quizás ahora que todo había terminado, allí, al otro lado del espejo, encontraría las respuestas a las preguntas más importantes que le había hecho la vida y que ella nunca se había detenido a contestar, o quizás es que nunca se había atrevido a contestarse —¿quién eres?, ¿qué sabes de verdad?, ¿a quién has querido de verdad? Decidió desnudarse, y lentamente fue despojándose de los harapos que, a modo de disfraz, habían cubierto fielmente su cobardía hasta entonces: el refugio de las mentiras, la intención de las infidelidades a los más profundos ideales, todo lo bello y lo infame de su comportamiento engalanado como simples circunstancias…

El dormitorio estaba lleno de cajas de cartón sin abrir que había dejado aquella mañana de mayo la mudanza. En la mitad, su cama y su libro de cabecera. Agotada lo abrió por cualquier página, como hacía todas las noches antes de dormir. Su mirada se fijó en algunas líneas de la parte central de la página ciento siete en las que se leía: «cada uno responde a las preguntas más importantes como puede, diciendo la verdad o mintiendo, pero eso no importa. Lo que sí importa es que al final realmente responde con su vida entera.»

@mjberistain

Imagen destacada: recorte de «El espejo» de Picasso
Referencias al libro «El último encuentro» de Sándor Márai.

Nota
Incluyo el enlace al Blog de PoeteSSen al que agradezco el trabajo realizado sobre mi relato para escucharlo en su extraordinaria voz.
https://poetessen.com/2018/11/06/el-espejo-maria-jesus-beristain/


Noche sin sombras


 La noche avanza
como una inquietud
contra los muros del poema

La vida se la juega
en el oscuro ventanal
de la inocencia

Ser hilos de luz
en el desmayo del exilio
frente a frente

Escalar el viento
ahora, salvajemente,
por sus crines de musgo

Rasgar las enaguas
finas del papel
su culpable transparencia

Arder en el miedo del amor
huérfanos
en la noche sin sombras


@mjberistain