El técnico


¡¡¡Glubb!!!

Cerró el grifo de la ducha con un manotazo contrariado. No hubiera querido tener que contestar al telefonillo del portal. ¿Por qué le pasaba ésto a ella un día como hoy? ¿Y a estas horas?

Había venido a casa después del agotador día de trabajo para cambiarse y ponerse estupenda para la cena de su cumpleaños que le había organizado la cuadrilla. Se le atragantó el pedazo de pan que se había metido a la boca —único alimento del día si no contamos el cafelito de máquina de las siete de la mañana, que ni era express ni nada parecido— mientras corría en bragas por el pasillo sin saber si dirigirse hacia la puerta o hacia el más recóndito rincón del mundo.

No tenía tiempo, no podía atender a nadie, no quería ni incluso pensar en coger una llamada de teléfono, ni tan siquiera la de su madre. Quiso hasta ignorar el soplido de la entrada de wasaps. Estaba aterrorizada y sin embargo sabía que tenía que atender al técnico de la caldera porque, claro, ducharte otra vez más con agua fría, esperar otro día más sin agua caliente ni calefacción era para morirse, ahora que había entrado definitivamente el crudo invierno.

Gritó con todas sus fuerzas contra el espejo de la entrada que le devolvió la tragicómica mueca de rabia de su cara medio desmaquillada, con el rimel chorreando hilillos negros por sus ojeras, gracias al extenuante día de visitas de proveedores, de los cientos de correos del día pendientes de tirar a la basura que tenía en la bandeja de entrada, y de la urgente reunión de la que no pudo escaquearse convocada, como siempre, a la hora favorita de su jefa, o sea, justo media hora antes de la hora de salida del viernes.

Se raspó la cara con el trapo de la cocina, como había visto desmaquillarse a Glenn Close en la película «Amistades peligrosas», solo que, a toda prisa, para recomponer de alguna forma su imágen antes de que subiera el técnico. Tenía a disposición minuto y medio de tiempo que era lo que duraba el trayecto del ascensor hasta el quinto piso. Así que solo le dió para ponerse encima un albornoz y recogerse el pelo mojado con la primera pinza que encontró a mano; una de plástico.

Se quedó estupefacta. Casi dos metros de hombre de gimnasio —tipo bombero de calendario— la contemplaban con una especie de irónica sonrisa mientras soltaba una retahíla de excusas por no haber podido atender antes su llamada. Dijo que estaban siendo días complicados para los deshollinadores —su sonrisa la desbarató más aún–. Aquello parecía un sueño; el comienzo de una mala película porno. Se ciñó, mucho más de lo que ya lo había hecho, el gran albornoz que la envolvía y que con las prisas había resultado ser el de su marido; colgaba de ella como si fuera un gran abrigo de vivos visones blancos.

Se escapó de la cocina donde el técnico se afanaba en reparar la caldera y se apoyó, desesperada, contra la pared del pasillo. Necesitaba respirar. Cerró los ojos para ver que solo había chispitas de luz insistentes en la escena oscura de sus pensamientos. Quiso cerrar también sus oídos a los sonidos metálicos que le llegaban, vagamente, de las herramientas golpeando contra el vacío de los tubos de la caldera. ¡Horror!, no era momento para desmayarse allí mismo…

La recibieron cargados de champán los de «la cuadri», con los brazos abiertos celebrando su llegada. ¡Como una reina! Llegaba tarde pero preciosa, pavoneándose ante ellos con sus mejores galas y su maravillosa sonrisa heredada de padre, como si allí no hubiera pasado nada. Se sintió genial, como una gran actriz fluyendo por la alfombra roja de su vida. Sus tacones de aguja atravesando las tripas de cualquier elemento hostil que osara interponerse en su camino. Alrededor, los flashes y los aplausos, los abrazos de un público ferviente que la adoraba.

(Ella era una campeona olímpica (o eso, al menos, le recordaba a menudo su madre…)


@mjberistain
imagen de internet Edgar Degas


Escribir un poema


Llevo días sin escribir la sola línea de un poema. Este tiempo de cautiverio ha cauterizado mi piel a la experiencia. No hay experiencia, más allá de la de tocar mis cosas no contaminadas. He claudicado, ante los muros que han rodeado la necesaria afectividad, al brillo de miradas a través de planas pantallas de cristales líquidos que confunden las lágrimas de emoción con el juego luminoso de sus candelas.

Hoy es sábado y en breve se abrirán las puertas a la nueva esperanza. ¿Qué es lo que he echado en falta en este tiempo? ¿Qué es lo que espero del nuevo? Cosas sencillas, nada especial. Abrazar a las personas a las que más quiero, dar muchos besos a mis nietos, viajar para encontrarme con mis amigos. Pasear por los campos, escuchar el canto de los pájaros. Contemplar atardeceres. Caminar por las orillas de las playas a esa hora nocturna cuando las gentes ya están dormidas, o a la hora azul cuando va llegando poco a poco la madrugada. Disponer de momentos de lectura tranquila y escuchar la música que me gusta. Tener siempre fruta fresca en la fresquera. Ir cada día al mercado y comprar los tomates y la verdura tierna recién recogida del campo, y el pescado fresco de los barcos de los hombres del pueblo que han vuelto de madrugada a puerto, y la leche fresca que al cocerla me regala con una fina capa de nata. Eso quiero. Volver a lo básico e imprescindible para vivir una vida sencilla, saludable y sana. Disfrutar, cada uno de los días de mi vida, del amor a las cosas pequeñas. Y… escribir un poema.


Escribir un poema
marcar la piel del agua.
Suavemente, los signos
se deforman, se agrandan,
expresan lo que quieren
la brisa, el sol, las nubes,
se distienden, se tensan, hasta
que el hombre que los mira
—adormecido el viento,
la luz alta—
o ve su propio rostro
o transparencia pura, hondo
fracaso— no ve nada.


Autor Angel Gonzaléz


A corazón abierto


Esta es una historia verídica, aunque tal vez te parezca mentira. Mentir; mentir apenas a veces, mentir solo un poquito. Mentir nunca me lo permitieron cuando era una niña. Era uno de esos «valores» que debes de tener en cuenta si quieres llegar a ser una persona digna de ser amada.

Desde mi pequeño peldaño al que me subía para parecer mayor delante del espejo, hacía méritos artísticos en solitario a esa hora de la merienda en que va oscureciendo el día y aparecen los duendes entre las hojas de los libros de física y matemáticas. De pie en mitad de la habitación, subida a mi banquito de madera, leía en voz alta párrafos en latín dándoles un sentido épico, porque era capaz de recitarlos, pero no tanto de analizarlos y traducirlos —que era de lo que se trataba—.

Así fui convenciéndome de que aquellas pequeñas variaciones de la realidad —cuando reconocía haber hecho seriamente los deberes— no eran tan graves, de hecho, no causaban ningún dolor ni trastorno a nadie, tenía la suerte de que tampoco se notaban en mis calificaciones escolares, casi siempre brillantes.

Nunca tuve un diario, pero tenía un cajón.

Tenía una caja secreta debajo de mi cama, apretada entre el colchón y los hierros del somier y que, para que nadie la viera cuando limpiaban la habitación, estaba envuelta en un trozo de sábana vieja de los que se utilizaban para limpiar cristales. Al principio era una cajita plana de puros de los que fumaba mi abuelo Julián pero que fue transformándose con el tiempo a medida que la iba llenando de papelillos impregnados con signos y aromas de mi pequeña historia.

Aunque no dije ninguna mentira, sentí que mentía cuando, por primera vez la escondí. Más tarde, deduje que aquello no era una mentira, sino que era un secreto. ¿Qué diferencia había entonces? ¡Puaff! ¡Lo que tendría que aprender todavía…! Pero sabía que, para no delatarme, no debía de preguntarlo.

Hace unos días, una de esas tardes en las que no pasa nada especial, sentada junto al fuego, me planté ante mí misma a corazón abierto. Tengo que decir que a estas alturas de la vida mi caja secreta se había convertido en un «Cajón Desastre» o, según como se mire, se había convertido en el cajón de mis desastres. De allí salían maltrechas cuartillas y fotografías dedicadas, servilletas de bares con raros dibujos o con dedicatorias escritas a mano, pétalos de flores planchados que aún conservaban el aroma de las rosas rancias, fotocopias de páginas de libros, páginas desgarradas de revistas de literatura y poesía y hasta suplementos de periódicos color sepia —que claramente no sería el color original de los diarios de su época.

Volver…

Mirar atrás y volver a encontrarme con el arsenal de emociones que han perturbado mis días y de las que —podría parecer hoy— he salido indemne.

¡Mentira!

Lo que queda de mí hoy son las cenizas de todas esas historias contenidas en mi «cajón desastre». Lo admito con pena y con gloria. Porque de algunas todavía no he salido y dudo poder salir en vida. De otras he salido airosa después de que hayan terminado, y de otras tantas con la satisfacción y el alivio de haberlas dado por terminadas. Todas ellas están tatuadas de manera indeleble en la piel de mi alma.

Beso con devoción mis recuerdos; algunos ardieron antes, sin yo quererlo.

Lo decido por fin.

Crepitan las lenguas de fuego con hambre feroz de historias remotas.


@mjberistain

Cuando perdí mi futuro


Cuando llegaba el verano y mamá guardaba los uniformes, los libros, las maletas y los zapatos de cuero en el desván, para que pudieran utilizarse el curso siguiente, se organizaban encuentros de amigos en el descampado del barrio. Los chicos sacábamos nuestros juguetes a la calle y las chicas se vestían de colores porque también sus madres habían guardado los largos uniformes azules para que los utilizaran el curso siguiente sus hermanas menores.

A mí me gustaba Laura, tenía una larga melena rubia que cuando la aventaba la brisa del sur a mí me parecía que volaban con ella todos mis sueños. Se parecía a mamá. No era la más simpática del grupo, en realidad era la más seria, pero yo no dejaba de mirarla cuando estábamos sentados haciendo corro, porque procuraba ponerme, si no podía ser junto a ella, por lo menos tenerla a un lado para poder verla de vez en cuando mirándola de reojo. La verdad es que no me atrevía a hacerlo de frente. Mi corazón latía más fuerte cuando ella salía a jugar con nosotros. De vez en cuando nuestras miradas se encontraban y me sonreía con sus ojos azules brillando, el problema era que a veces, en vez de a mí, yo le veía sonreír de la misma forma a mi hermano. Pero yo pensaba que solo era porque, en realidad, no nos reconocía. Xabi había nacido antes que yo y eso le otorgaba cierto rango, un aire imponente y de listo que yo admiraba, y le dejaba hacer, aunque no aguantaba que se hiciera más amigo que yo de Laura. Cuando íbamos hacia casa discutíamos, pero él negaba que estuviera enamorado.

En el grupo le llamábamos el txapas. No le costaba ningún esfuerzo hacerse querer, era simpático, juguetón, era el que decidía a qué íbamos a jugar cada día; a guardias y a ladrones, o al txorromorropikotaioke, al escondite o a txapas. Lo del pañuelito era lo que yo prefería porque podía coincidir que me tocara salir corriendo para pillarlo antes de que llegara a la línea del centro del campo la niña contraria —porque solíamos jugar chicos contra chicas—. Cuando le tocaba el turno de salir a Laura, me emocionaba verla venir corriendo hacia mí desde el otro lado y, como yo era más rápido, solía quedarme unos segundos tocando el pañuelo esperando, sin llevármelo. Solo hacía un leve amago y dejaba que ella lo agarrara de verdad y se lo llevara corriendo orgullosa hacia su lado. Lo mejor era traspasar la línea central, perseguirla y pillarla por detrás y que me mirara de cerca sofocada y sonriente. Era la suerte la única oportunidad que yo tenía de tocarla. Cuando jugábamos a txapas las chicas no jugaban con nosotros, se marchaban a jugar a txingos o a la comba o a cromos y mi hermano, como sabía que yo me aburría un poco, para animarme me regalaba una de las txapas que él había fabricado. Las de mi hermano eran las mejores, las hacía con cromos de colores de equipos de ciclistas. Dibujábamos carreteras y hacíamos montañas con la tierra, a modo de circuito, que tenían que recorrer los equipos hasta llegar a la meta. Muchas veces ganaba Xabi y eso me gustaba porque, como ya he dicho, yo le admiraba y le quería porque después me regalaba a mí la mitad de las nuevas que había ganado. Nos queríamos mucho, a veces íbamos al colegio agarrados del hombro, yo me sentía entonces muy orgulloso y tan importante, al menos, como él.

Aquella tarde Laura se quejaba de que no estaba bien. Mi hermano al levantarse rápidamente del suelo para acompañarla a casa se dio un resbalón en la tierra que deshizo la pista de carreras. Nos dejó allí fastidiados, viéndo cómo desaparecían los dos juntos entre calles. Al cabo de un rato empezamos a inquietarnos porque Xabi no aparecía, se estaba haciendo de noche. Me fui a por él antes de que mi madre saliera a buscarnos. Desde el cuarto piso la madre de Laura me gritó que la niña estaba con fiebre en la cama pero que mi hermano se había marchado hacía un buen rato. Pensé que podíamos habernos cruzado por el camino y volví esperando encontrármelo allí con los demás chavales en el descampado.

Quise morir cuando vi a Xabi debajo de las grandes ruedas de —lo que años más tarde me enteraría de que había sido— un camión Pegaso 3046, rodeado de gente que gritaba y lloraba. Las txapas que él solía guardar en el bolsillo izquierdo de su pantalón estaban esparcidas por el suelo entre charcos de gasolina. A su lado vi con espanto a mi madre destrozada por el llanto y, como si hubieran sido macabras pistas de carreras, las trazas alargadas y negras del frenazo. Hacía mucho frío cuando me acosté en el asfalto a su lado. Quise decirle que le dejaba a Laura para él solo, que él era el líder, y que se la merecía más que yo, pero que no era justo que se separara así de mí. Le pedí que me dejara un hueco allí, debajo del camión en su lugar, y que él corriera a jugar porque todos los amigos le estaban esperando.

Total, nadie nos distinguiría…

II

Hoy es el día de mi cumpleaños y no soy practicante. Me he despertado muy temprano, bueno, eso no es verdad, en realidad, es que no he podido dormir casi durante la noche. He dado un beso suave a mi mujer y a mis hijos y he salido sigiloso de casa para no despertarles. Las calles, ya se sabe, están en silencio a esas horas, estremece el ruido del motor de cualquier vehículo, incluso el de un híbrido que pase cerca, y las luces de los semáforos parpadean ansiosas de que llegue el día para poder lucirse con todos sus colores. Hoy es el día de mi cumpleaños y el de mi hermano Xabi.

Estoy solo, sentado en el tercer banco de la iglesia, el sacerdote que hacía guardia ha comprendido mi extraña visita y ha encendido unas pocas luces en el altar mayor para que me sintiera más tranquilo. Las vírgenes y los santos de mi alrededor dan vueltas en mi cabeza en una especie de danza descabellada con sus túnicas volando vertiginosamente como si fueran murciélagos. Tampoco sonríen. Yo intento no hacerles caso porque desconozco las costumbres de los murciélagos y de los santos, o, mejor dicho, desconozco las de los murciélagos y he olvidado las de los santos. Me mantengo en silencio. Cuando han vuelto a sus pedestales miro al buen pastor, allí arriba, de pie dentro de su hornacina escasamente iluminada por el párroco. —Sé que era el párroco porque él mismo me lo ha dicho cuando me ha explicado que estaba allí porque el sacerdote al que le tocaba hacer la guardia era un anciano y ese día, que llovía, le había excusado de levantarse tan temprano. —Me ha parecido bien—.  Observo a Jesús, con su oveja preferida. Solo observo, sin pensar en nada. Unos segundos más tarde, me doy cuenta de que me voy encolerizando y no puedo evitarlo. Necesito acusarle y no me atrevo.

—Hijo mío, tienes que ser siempre agradecido a la vida —me decían—, Dios nos la da y Dios nos la quita—.

Dejé de estar de acuerdo con aquella frase el mismo día que murió mi hermano.  —Aunque tenga que reconocer que mi vida es un regalo sin que entienda todavía muy bien a quién, además de a mis padres, deba de agradecérselo—. He sido respetuoso con las leyes y con el ejemplo que he recibido de mis mayores hasta hoy, y es lo que intento inculcar también a mis hijos. Pero, después de muchos años, que no sé cómo se puede perdonar a un dios, siento la necesidad de encararme con él y acusarle de que me robó lo que más quería y que sigo sintiéndome como si solo fuera la mitad de mí mismo. Que no sé si soy capaz de olvidar la faena que me hizo el día que el camión aplastó a mi hermano. 

Agarraba la mano de mamá pensando que, en cualquier momento mi hermano aparecería, se agarraría de su otra mano y nos marcharíamos juntos los tres a casa.
—Porque papá tampoco estaba. Se lo llevó, al año de nacer nosotros, una rara enfermedad que no se pudo diagnosticar a tiempo—. Evitaba mirar a nadie, no quería besos ni abrazos de esos pegajosos que dan los mayores a los niños intentando consolarles o hacerles sonreír. Mantenía mi cabeza gacha, había admitido salir a la calle con aquella horrible gabardina, sin capucha para la lluvia, que había sido de mi padre, con la que mamá, por no desprenderse de ella porque, según decía, era de muy buen tejido, había cosido dos pequeñas, iguales, para nosotros. Admití ponérmela aquel día, aunque me sentía como un fantasma. Desde que no estaba mi hermano, yo procuraba no hacer llorar a mamá, así que, en principio, casi siempre hacía lo que ella decía.

No entiendo por qué no nos marchamos de la iglesia al terminar la misa. Ella quiso quedarse a recibir el pésame de los presentes y, además, que yo me quedara con ella, quieto, a su lado. Yo entendí que necesitaba mi protección y, curiosamente, me sentí importante, Las telas húmedas de las chaquetas y gabardinas de la gente me rozaban la cara al ir a abrazarla. Desde mi altura yo solo veía los zapatos recién embetunados y brillantes de los que se acercaban a acompañarle en el sentimiento. Un movimiento extraño, una leve presión de su mano me hizo levantar la mirada y la vi. Laura venía despacio por el pasillo cuando ya no quedaba prácticamente nadie en la iglesia. Ella sola. A cierta distancia le seguían sus padres. No puedo decir de qué color eran sus zapatos o si eran de charol, ni si llevaba sombrero ni collar de ámbar colgando del cuello sobre su pecho, ni lazos de raso rodeando su cintura cayendo sobre su vestido almidonado, como cuando coincidíamos los domingos en la misa mayor de las doce. Descubrí que su mirada había perdido el brillo que yo recordaba, que su melena larga y rubia caía oscura y lacia por sus hombros. No nos dijimos nada, nuestras madres se besaron. Mamá lloraba muy suave cuando se dirigió a mí, y abrazándome, me dijo con su voz debilitada; hijo, vámonos a casa.

La tía Úrsula, que era religiosa, no se separaba de nosotros. Había pedido un permiso en el convento para acompañarnos y cuidar de nosotros, al menos, durante los primeros días de duelo. Mamá se negaba sin fuerzas. En un momento de despiste de mi tía, tiré de la mano de mi madre y al oído le dije que quería estar solo con ella. A pesar de su sonrisa triste, recuperó un poco su determinación. —Creo que fue aquella una de las más bellas sonrisas que le he visto dirigirme a la cara desde que tengo uso de razón. De nuevo sentí que yo, especialmente para ella, era importante—.

No fui al colegio los días siguientes. Todos me parecían días de fiesta, aunque no teníamos nada que celebrar. Los amigos llamaban al timbre de casa por las tardes para que saliera a jugar, pero me escondía debajo de la cama porque sabía que mamá vendría enseguida a avisarme, por si acaso no me había enterado. Yo lloraba y le decía que me dolía la pierna y que no podría correr. Me miraba con una mueca simpática de incredulidad, como para hacerme dudar, pero me lo consentía todo. No quería comer. Ni tan siquiera quería la merienda, hasta que conseguí que, de acuerdo con el médico, me metieran en el cuerpo fuertes dosis de jarabe de hígado de bacalao porque, solo así se conseguiría que recuperara el ánimo y las fuerzas. Ver a mamá que compartía conmigo el asqueroso líquido oscuro de aquel frasco pegajoso me hizo más soportable la medicina, además, porque la farmacéutica me había dicho en secreto, que también ella la necesitaba.

Hoy es mi cumpleaños y el recuerdo más fuerte que tengo de mi vida de niño, aparte de la muerte de mi hermano, es el del primer día que salí a jugar al descampado.

—¡Xabi!, ¡Xabi!… —corrían emocionados todos a mi encuentro.

Su nombre, aquel sonido sibilante, que en otras ocasiones había relacionado con la música, se clavaba en mi pequeño estómago como una fina cuchilla cortante, cada vez que lo escuchaba de sus voces inocentes, paralizándome. A duras penas había conseguido mantenerme en pie mientras me abrazaban. —Si hubiera sido yo, solo hubiera deseado el abrazo de Laura—, pero, aquel día, Laura se había quedado apartada del grupo, mirándome con el azul de sus ojos apagado, y yo me había quedado callado, sin saber qué hacer, compungido.

—¡Venga Xabi!, que te estábamos esperando, a qué quieres que juguemos hoy —dijo Tontxu con falso desparpajo, para conseguir animarme.

Los demás, poco a poco fueron uniéndose a su iniciativa. Yo los miraba en silencio. No me salían las palabras. Mientras se ponían de acuerdo mi ánimo volaba como una paloma blanca hacia el cielo. Allí estaba mi hermano.

—¡Vamos!, —escuché que me decía como si estuviera a mi lado gritándome al oído.

Sentí el poder de su fuerza en aquellas palabras alentándome a que continuara con el juego. Pero, aquel mensaje, como un destello sobrenatural me invadió de tal manera que consiguió desestabilizarme por completo. Debí de caerme al suelo, desmayado. En urgencias le dijeron a mamá que solo había sido un susto porque me estaba quedando muy débil. Nada importante.

Yo escuchaba, sin decir nada.

III

El accidente no había provocado derramamiento de sangre del cuerpo de mi hermano. La mía se había quedado helada, petrificada, como todos los órganos de mi cuerpo, asustados hasta el infinito. Pero, recostado a su lado en el asfalto, había podido sentir cómo una nueva sangre fluía con lentitud en mi interior. Como si la de Xabi se estuviera adueñando de mi cuerpo y estuviera invadiendo mis venas para salvarme —él a mi— ofreciéndome la calidez de la suya.

Sentado en el banco de la tercera fila de la iglesia, permanezco ido, mis pensamientos se entrecruzan alocados en hilarante danza con la de los murciélagos. Me pregunté muchas veces durante mis años de mudo que, cómo era posible que un ser humano muriera, si su cuerpo no se había vaciado de sangre.

Me espantaba de mí mismo, porque, a partir de quedarme sin habla, mi mente proponía pensamientos que yo no había sido capaz de elaborar antes. Seguía siendo todo muy confuso. Me afanaba en recuperar mi voz, pero solo podía hacerme entender por mi diario. Mamá sabía interpretar mis gestos y me ayudaba con sus palabras y yo solo tenía que asentir o negar lo que ella proponía. Me abrazaba cuando me notaba en dificultades. Yo no entendía lo que pasaba y peleaba por vivir mi verdadera vida, ¿pero a quién podría decírselo si me había quedado sin palabras que expresaran mi profunda incoherencia? La angustia se había instalado en mi retorciendo los cables en mi cerebro de niño. Me sentía incomprendido y estaba desolado en el silencio en el que me había sumido. Sentía que había perdido mi futuro cuando, acostado en el asfalto al lado de mi hermano, acepté el regalo de su sangre.

—¿Quién sería yo ahora, si hubiera continuado con mi vida verdadera? —me lo he preguntado muchas veces durante todos estos años.

—Es terrible, ¡pobre niño! —decían las vecinas— que se haya quedado de repente sin habla; seguramente habrá sido por la impresión que recibió al presenciar la escena del cuerpo desarticulado de su hermano debajo de las ruedas del camión.

—Esa pobre criatura tan alegre, tan espontáneo él, y tan risueño, tan buen estudiante; es que lo tenía todo, ¡pobrecito!, y ahora mudo. ¡Lo que le faltaba a esa mujer!

Todavía lo recuerdo —decía otra— cómo los mandaba su madre al colegio, que iban siempre juntos de la mano, tan relimpios y recién peinados. Era una delicia verlos.

Los profesores me protegían a su modo confiando en que el problema fuera pasajero. Yo escribía cada día en mi diario. No solo me iba dando cuenta de que no podría recuperar mi futuro, sino que tenía la cruda certeza de que jamás volvería a ver a mi hermano. Lloraba por las noches, porque en mi interior era incapaz de imaginar en qué tipo de monstruo me estaba convirtiendo al haber aceptado el empujón que me dio mi hermano cuando me había dicho ¡vamos!, y yo entendí que siguiera adelante con la farsa de suplantarle, y ser él, como los demás querían. Y yo mudo, aceptando aquel regalo envenenado. Sé que lo hizo pensando en mi bien, pero yo me había equivocado al aceptarlo, porque la realidad —visto desde ahora— es que me hizo mucho daño—. Yo sé que se habrá arrepentido muchas veces, pero en aquellos momentos ya no podía discutir con él sobre ello, y solo me quedaba polemizar con mi diario.

Crecía con la angustia de no ser yo, algo así como la idea de estar usurpando su recuerdo en el corazón de los demás. Mi cerebro era incapaz de ordenar los continuos estallidos de neuronas que producían un humo cegador, parecido al que vi en televisión, años más tarde, cuando despegaban los cohetes que se enviaban al espacio. Lloraba y escribía por las noches, cuando me llegaba desde la oscuridad el sonido de la fuerte respiración de mamá en la habitación de al lado, y yo entendía entonces que estaba dormida. Pasaba muchas horas, apostado en la ventana de mi cuarto, mirando al vacío. En el silencio, sin embargo, me calmaba escuchar, como en sordina, el latido de las campanas de la iglesia que silenciaba el párroco por las noches, para no perturbar el sueño de los vecinos.

Soñaba con la ingravidez, con volar como lo hacían los cohetes de la Nasa, para salir al espacio a buscar a Xabi. Creo que así se me ocurrió la idea de ser astronauta. A veces, incluso me pareció escuchar sus carcajadas.

—¡Astronauta! —me llamaban los amigos—. De vez en cuando conseguía responder con gestos de simpatía, porque aquella palabra me hacía menos daño que el que me llamaran por el nombre de mi hermano.

Solo a mí se me había ocurrido ser astronauta, aunque nunca expliqué el por qué. Los demás, elegían cosas más vulgares, como policía o bombero. Lo normal. En el caso de las chicas era querer ser bailarinas o azafatas para viajar por todo el mundo. Bueno, aquello era otra fórmula que se parecía algo más a lo mío, aunque no fuera tan exótico.

Cuando sentía las ganas de morir, pensaba en mamá. No deseaba dejarla más sola aún de lo que se quedaría si yo me marchaba. Así es que tuve que acostumbrarme a vivir sin pedir más, porque, en aquella época, yo estaba muy enfadado con Dios.

Sigo en silencio. Y sigo sentado en el tercer banco de la iglesia. Estoy agotado. Necesito darme un respiro, aunque no pueda evitar seguir pensando. Puedo oír el tañido silenciado de las campanas de menos cuarto, aún me quedan unos minutos para llegar a tiempo al trabajo.

IV

Yo solo venía a hablar con Dios.

No pretendía pensar en nada especial esta mañana, cuando el cura me ha dejado entrar en la iglesia y ha encendido la lúgubre luz en la hornacina para que me sintiera más tranquilo.

Pero, me siguen llegando a la mente los ecos de las vecinas.

—¡Pobrecito! Este niño no parece recuperarse a pesar de los tratamientos, ¡qué pena!, después de tantos meses de psicólogos—decían las brujas del tercero—.

Era a primera hora de algunas mañanas, cuando las oía hablar mientras fregaban la escalera. Yo entonces bajaba sigiloso las que había desde el quinto hasta el tercero. Me daba tiempo de escuchar sus conversaciones hasta que advertían mi presencia, y entonces me sonreían, y me hablaban con esa voz afectada que utilizan los mayores cuando se dirigen a los niños. Yo no decía nada, bajaba la cabeza y, simplemente, hacía un leve gesto de saludo. ¡Brujas!, —pensaba, mientras pasaba entre ellas— las odiaba, las imaginaba con las caras arrugadas y verrugas en las narices como las de los cuentos que nos contaba cada noche mamá antes de que nos quedáramos dormidos.

—Y su madre, tanta desgracia junta, es que es para morirse. —Si no le hubiera quedado este hijo mudo de quien cuidar, vaya usted a saber qué disparate hubiera hecho—.

Sus comentarios me hacían sentir más culpable todavía. Culpable por no haber muerto en lugar de mi hermano. Culpable por haber admitido suplantarle. Culpable por no ser capaz de confesarlo. Pero entonces yo era un niño, y, además de mi propio dolor, tenía muchas dificultades para hacerme entender por los mayores. No sabía cómo interpretar el futuro de mi hermano. Quería morirme. Pero también pensaba en mamá. Mamá, tan triste. Yo era su única razón para seguir viviendo. Y ¡cómo iba a abandonarla! No quería verla morir. Algunas noches la encontraba abrazada a la almohada, pretendiendo esconder allí su llanto. Entonces, me hacía un hueco a su lado, y me rodeaba con sus brazos y me apretaba a su pecho tan fuerte que yo sentía estar recibiendo el amor que no había podido dar en vida a mi padre y a mi hermano. De nuevo me sentía como estar usurpando su recuerdo en el corazón de los demás.

Nos trasladamos a un piso más pequeño en el centro de la ciudad y me cambió de colegio a uno de educación especial. Fueron años durante los que recibí distintos tratamientos porque decían que, en mi caso, la pérdida del habla había sido selectiva, motivada por un fuerte trauma. Los médicos tenían confianza en mi curación, aunque no podía determinarse en qué plazo se conseguiría.

Meses más tarde me llevó al despacho de una psicopedagoga. Desde los ventanales de su casa se veía el río y el sol de los atardeceres. Yo solía ir cuando salía del colegio. Los primeros días, ella me hablaba, pero no me preguntaba nada. O tarareaba alguna canción que yo conocía y me invitaba a seguir el ritmo con la cabeza, como hacía ella. Dibujaba y pintaba muy bien, me animaba a coger pinturas para que yo le hiciera algún dibujo de lo que veía por la ventana; árboles, un perro jugando o personas sentadas en los bancos o paseando por los jardines. Tenía un gran libro de juegos infantiles, en él me hacía identificar los que más me gustaban. Con ella aprendí a pronunciar palabras sin voz. También me hacía soplar muy fuerte para comprobar si me salía el sonido por la boca. Recuerdo que nos reíamos mucho intentándolo juntos. Nos dábamos abrazos de alegría cada vez que era capaz de articular alguna palabra. Así fue como hizo que fuera descubriéndome de nuevo a mí mismo, poco a poco, gracias a su gran paciencia, hasta que por fin me atreví con el “no”.

A mamá se le saltaban las lágrimas cuando escuchaba mi nueva voz.  Aquella mujer con su sensibilidad y su cercanía, con su paciencia y su alegría hizo que volviera a descubrir, dentro de mí, todo lo que se me había quedado paralizado de repente. Ahora puedo decir con inmenso agradecimiento que fue ella la que me salvó de un futuro equivocado, y que me ayudó a reconciliarme con el mío propio. Aunque seguían quedando algunas resistencias, sin embargo, por la confianza que llegamos a tener, recurrí a ella en determinadas ocasiones después de terminado el tratamiento. Sus consejos y las conversaciones que mantuvimos a lo largo de los años fueron definitivas y me sirvieron siempre de ayuda para reafirmarme en lo que soy ahora. Sigo admirándola como profesional y como gran persona que es, a la que quiero como parte de mi propia familia.

Gracias a ella fui capaz de disfrutar de mi adolescencia, aunque yo seguía hablando con mi diario. Me apasionaba la música, el baloncesto y las chicas. No quise apuntarme a la congregación mariana que entonces hacía excursiones y organizaban cine forum en el colegio, porque, como ya he dicho, en el fondo, estaba muy enfadado con Dios. Así que me apunté a los boy scouts, que pensaba que eran más divertidos. Yo tocaba la guitarra y cantaba a mi manera, pero me convertí en el alma de todos los saraos. ¡Tantas veces pensaba en mi hermano!, Sin embargo, fue una parte de mi vida muy feliz.

Y estudié Derecho, como quería mamá. Conocí a mi mujer en el viaje de fin de estudios y, a los pocos meses, ya teníamos muy claro que queríamos formar una familia juntos. Para entonces, ya me había curado. Bueno, es un decir, porque todavía estoy aquí, sentado en este banco de la iglesia, intentando hablar con Dios, porque parece que algo se me debió de haber quedado pendiente, y todavía lo tengo sin resolver.

Respiro hondo. Pasa el rato y empiezo a estar cansado.

Hoy es el día de mi cumpleaños, es viernes, y también es el cumpleaños de mi hermano. Soy un hombre solo en mi intimidad, en la que no caben, desde que murió mi madre, ni mi mujer ni mis hijos, ni, por supuesto, los amigos de la playa de los domingos. Supongo que debo de andar por la mitad de la vida, más o menos. Posiblemente no llegue a vivir completa la otra mitad, porque pienso que el castigo que han tenido que soportar mis neuronas aparecerá, en forma de desgaste de cerebro, o de alguna rara enfermedad como le pasó a papá.

Se fue mamá y el gran vacío que me dejó anegó todas mis penas, igual que lo hace un tsunami consiguiendo arrasar todos los signos del tiempo pasado. Creo que lo de marcharse, lo hizo a propósito, cuando se dio cuenta de que yo ya no la necesitaba tanto. Al final, sí, había estudiado Derecho. Durante unos años compaginé mis estudios de leyes con la física, porque en mi mente, supongo que aún infantil, se mantenía la ilusión de ser astronauta para viajar al cielo a ver a mi hermano. Pero la vida, que nunca sabes por dónde te lleva, me ayudó, porque, cuando fuí consciente de que mi pasado estaba arrasado, decidí, con el orgullo y la determinación que le hubiera gustado a ella verme, que volvería a empezar desde cero; que seguiría viviendo.

Todavía no me he reconciliado con Dios. Miro al reloj. Creía que estaba perdiendo la noción del tiempo, pero me doy cuenta de que la he perdido hace ya un buen rato. Me quedan cuatro minutos para llegar a tiempo al trabajo. Tengo mi propio despacho con ayuda de otros dos abogados. Dejé de pensar en ser astronauta. —Supongo que me curé a tiempo—.

Continúo en silencio. Miro hacia el altar mayor y observo, ahora con detenimiento. Ahí siguen el buen pastor y junto a él su oveja preferida. Después de unos segundos comprendo. Rezaría una oración, pero no sería suficiente. Bajo la mirada, me cuesta decírselo a la cara. Pero necesito hacerlo. Hacerle saber que hoy venía a acusarle de que cuando me robó, no solo el futuro, sino además a mi hermano, me sentí traicionado. Que quiero acabar con esto, y que necesito su ayuda. Que le pido perdón por la osadía de haber entrado en su casa con toda mi decepción y mi coraje, con el orgullo y el rencor que me han mantenido alejado de él durante estos años, odiándole tanto.

Desdoblo despacio el pañuelo blanco de fino lino con mis iniciales, —las propias— que mi mujer se ocupa de regalarme cada cumpleaños y me seco de nuevo las lágrimas que se me han escapado.

Decido llamar al despacho para decirles que no me esperen, que la noche ha sido dura y muy larga.

Me levanto y camino despacio por el gran pasillo de la iglesia vacía. Las campanadas ya se escuchan por la ciudad anunciando la celebración de la primera misa del día. Al llegar a la puerta de salida, me vuelvo, ahora ya me siento capaz de mirarle a Dios a los ojos. Le pido que cuide de él, como cuida a esa oveja que tiene a su lado. Me marcho convencido de que en el lomo lleva tatuado el nombre de mi hermano.

Por fin siento una gran calma y una profunda alegría, respiro hondo, y me dejo invadir por la suave brisa de la mañana. Quiero volver a mi casa para abrazar a mi mujer y a mis hijos, ahora sí, con toda mi alma.

@mjberistain


Librerías de viejo


Una de las cosas que más me gusta hacer cuando salgo de viaje es adentrarme en su parte antigua (histórica). En esta ocasión, en la que viajé a Italia y muy en especial a la ciudad de Nápoles, no pudo ser de otra manera, ya que es una de las más extensas de Europa, y realmente interesante.

El casco histórico de Nápoles, el más extenso de Europa, alberga testimonios de distintos estilos y períodos que abarcan desde la fundación, en el siglo VIII a. C., de la colonia griega Parténope, hasta la sucesiva dominación romana, desde el período Suevo-Normando hasta el reinado de la Casa de Anjou, desde el imperio aragonés hasta los reyes de Francia, para concluir con el período de Garibaldi y el reino de Italia.

Visitar el centro histórico de Nápoles significa atravesar veinte siglos de historia. Las calles, las plazas, las iglesias, los monumentos, los edificios públicos y los castillos custodian un conjunto de tesoros artísticos e históricos de un valor excepcional, hasta el punto de haberse ganado, una gran parte de él (alrededor de 1000 hectáreas) su inclusión, en 1995, en la World Heritage List de la UNESCO.  

Fuente: Agenzia Nationale Turismo

¿Por qué se me ocurrió ir a Nápoles? Es cierto que he visitado ya algunas otras ciudades importantes del país, pero esta, en este momento especial de mi vida, me atraía especialmente por su colorido, su bullicio, la simpatía y frivolidad de su gente, la PIzza, su música, el mar, su costa amalfitana, el Vesubio, su café, la Ópera, la Galería Umberto, el Museo Arqueológico, sus castillos, la maravillosa escultura en mármol del «Cristo Velato» de Giuseppe Sanmartino en la Iglesia de Sansevero. Además, la ciudad tiene un tamaño que la hace «paseable» a pesar de su caótico tráfico. Todo eso y probablemente mil cosas más que no tuve tiempo de disfrutar durante los diez días que pasé dentro de su piel. Le prometí al vendedor de flores de la esquina del Café Gambrinus que volvería…

Pero iba a referirme aquí a sus librerías de viejo. No tengo mucho que decir. Es cuestión de ir allí y adentrarse en ellas como un «sagu», o pequeño ratón. Nadie reparará en tí a no ser que te lo propongas. Su olor, sus colores, su «orden». No puedo explicar la sensación de pequeñez que siento ante tanto conocimiento contenido entre sus paredes, pensando en los cientos de almas que han leído y estudiado sus páginas. Solo voy a incluir algunas imágenes que dicen mucho de las horas que dediqué a vagabundear entre ellas.

Por cierto, que conseguí un ejemplar, actual (2013), del libro titulado «Adriano, l’antichità immaginata» de Marguerite Yourcenar. Es una joya. En él se recoge documentación, textos y fotografías, que la autora fue acumulando durante el tiempo que dedicó a la creación de su obra Memorias de Adriano. No será difícil aventurar que es uno de mis libros de culto.


Solo quería mostrar algunas imágenes de las librerías, pero hablar de Italia es siempre fascinante…


Texto y Fotografía@mjberistain

No cuento los días

Jaime Gil de Biedma


La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
—mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida—, estoy seguro
que no puede hacer daño.

Salgo al jardín después de nosecuántosdías de confinamiento.

Algo así como una embriaguez, una felicidad enorme, apacible. Me instalo a la sombra del álamo blanco —más viejo el pobre, con muchas menos ramas— y pronto dejo a un lado los papeles para dedicarme por completo a mi hora de aire libre, a la maravillosa lentitud de un día clásico de agosto, sin una sola nube. Distingo cada olor y cómo varía y se suma a todos los otros: el de la tierra caliente, el de la acacia a mi espalda, el de los setos de boj que ahora ya sé a qué huelen, a siglo XVI. Aroma gazmoño de las petunias en los arriates soleados. Y cuando la brisa gira y viene del lado del pueblo, olor a humo de leña de pino, que es toda la guerra civil para mí. Además es domingo y hay campanas.

Paso el tiempo mirando los trenes de hormigas, las hierbas de tallo nudoso que crecen en los rincones foscos, y la continua vibración del sol y de sombra bajo el arbolado y los hilos de araña que a veces centellean en el aire. Desde debajo de unas celindas me estudia un gato negro, incongruente. Parece un resto de noche que han olvidado ahí. Las rosas fluctúan a pleno sol, junto a la casa, grandes y un poco quemadas por los bordes.

Más que todo, me llena de felicidad mi capacidad para apreciarlo. Me acuerdo de aquella mañana en casa de Jaime, que era perfecta también, con su sol y su calma y sus rumores, cuando yo sentía pasar muy cerca la lentitud del mundo, escapándoseme. Ponerme al paso ha sido el gran regalo de la enfermedad. Y no sólo porque me ha descargado del trabajo. Aunque eso haya sido muy importante, no era solo eso: al cabo del día, en mi vida habitual, casi siempre puedo salvar si quiero dos o tres horas de calma. Lo que ocurre es que no quería, porque en circunstancias normales no me siento capaz de lidiar conmigo mismo. El no poder parar quieto, la incapacidad para demorarme a saborear y el histerismo erótico son manifestaciones de esa incomodidad fundamental.

Así ahora no me resulta difícil escribir, ni deprimente. Mi nuevo poema tiene ya ochenta versos y está para terminarse. En cinco días no he conocido una sequedad —esa horrible sensación de estar removiendo polvo en un ámbito vacío— las ideas concretas, las variaciones y las palabras vienen solas…


Extracto de Retrato del artista en 1956 (Jaime Gil de Biedma)


He empezado a escribir un poema

Texto del libro (Retrato de Jaime Gil de Biedma)


Hay noches en las que algo me lleva a un determinado libro, a abrirlo por cualquier página y, por algún motivo, me sorprendo al encontrarme con un texto que me cautiva, sea porque me hubiera gustado escribirlo a mí o porque describe una situación que estoy viviendo íntimamente y no soy capaz de expresar. Lo haré con palabras prestadas de uno de mis poetas de culto.

No sé si volveré a escribir un poema, porque en estos momentos me asombro de haberlos escrito alguna vez…


«He empezado a escribir un poema. Viene de unos versos apuntados en mi agenda una noche estando algo bebido, y me he entrado en él sin saber muy bien cómo. Vaya o no vaya hasta el fin, la idea de que no estoy obligado a trabajar y que, al hacerlo, quebranto un propósito —el de no escribir versos durante un año—, me hace sentir una maravillosa libertad, bien agradecida después de tantos meses gastados obligándome a terminar mi poemario. Será lo que salga. Me gusta pensar que arriesgo poco, que escribo sólo con la espuma de la imaginación. Nada del penoso rebañar, del sórdido trabajo de mina y apuntalamiento que recuerdo en los últimos poemas.

Quisiera que fuese un experimento. Imagino un poema que solo lo sea leído en voz alta, un poema tan distinto del poema impreso, leído mentalmente, como un concierto de su partitura. El énfasis de la voz que habla crearía el ritmo y haría inteligible el amontonamiento de palabras, que puesto en la página, me gustaría que resultase completamente informe, arrítmico, gramaticalmente caótico.

Ese es el sueño. Lo que llevo escrito conserva demasiado, en una lectura mental, su carácter de poema. Y por más que intente fiarme al énfasis de la voz hablada, no consigo librarme de los ritmos tradicionales; lo único que hago es fragmentarlos. Pero aspirar a lo imposible está muy bien; soñar con un poema que solo exista en la voz de quien lo dice.

Hay además bastantes cosas hacederas. Por ejemplo, una puntuación dedicada exclusivamente a resaltar los énfasis, a recalcar una palabra o un grupo de palabras con desprecio de la norma, cortando las partes de la oración igual que rabos de lagartija, para que se retuerzan solas. Mi molesta vacilación al corregir un poema —si puntuar según sintaxis o según ritmo— queda decapitada limpiamente: decidiré según el énfasis y haré que de él dependan, para existir, la sintaxis y el ritmo. También será el énfasis quien decida la longitud de un verso, cortándolo después de una palabra clave o haciendo pasar ésta al verso siguiente…»



 

Más allá del Mar

Más allá del Mar las nubes tiemblan; esconden sus secretos detrás de las puertas entreabiertas


La mascota


Su casa era lo que se llama un «Hogar» fantástico.

Un gran oso de peluche, de tamaño natural, —de ese tamaño que, si pretendes cogerlo te faltan brazos para rodearlo— había sido, hasta hacía unos meses, el personaje principal del dormitorio de los niños.

Recuerdo cuando se lo regalaron al nacer su segundo hijo.

Salía yo de la maternidad emocionada y feliz. Se habían superado con éxito los difíciles cuarenta minutos del parto de mi hija menor que nos habían mantenido en máxima alerta a médicos, enfermeras, y a la familia que esperaba noticias en la puerta del paritorio. Decía que salía yo feliz…

Un gran Land Rover se detuvo al otro lado de la acera ocupando parte del paso de cebra cuando yo me disponía a cruzar la calle. De él saltó hacia mí un gran oso peludo. Detrás, apenas podía yo imaginarme a Pepote. Sus pequeños ojos risueños me miraban como pidiendo perdón. Fue difícil aventurarnos en un abrazo con el oso por medio.

¡Ah! Lo fantástico que puede ser tener un ejército de dinosaurios de todos los tamaños que aparecen y desaparecen por cualquier rincón de la casa, —siempre pensé que se habían extinguido—, y miles de minúsculos monstruos de piezas desmontables que se clavan inmisericordes en los pies descalzos, porque, eso sí, los zapatos, zapatillas, botas, botines y demás, se quedan (por cierto, perfectamente ordenados) en un mueble hecho al efecto en la entrada. Ello sin hablar de los típicos patos, algún delfín, tortuga o serpiente articulada de color y tamaño casi natural —por la que casi muero un día que hice de «canguro» y me la encontré en la bañera.

Nunca hubo ocasión para tener que autorizar la presencia de cualquier otro animal en casa, —me refiero a animal doméstico del tipo «mascota».

Pero Angie se marchó. Ella y su pareja lo llevaban pensando durante los últimos meses. Las cosas del trabajo no estaban fáciles, así que aceptaron probar mejor suerte, entonces que los niños eran pequeños, y decidieron trasladarse a Estados Unidos. Viajó toda la familia.

Excepto Chet.

Así se instaló Chet en aquella casa, cualquier día, de sopetón.

¡Zas!, una mascota.

La gran amistad tiene estas cosas. De repente te encuentras con que admites cuidar de la mascota de tu mejor amiga cuando ella no puede atenderla. Los niños encantados la admiten como uno más en la familia y se pelean por sacarla a pasear por el pasillo cada tarde después de hacer los deberes. Es el momento en el que la mascota corretea jugueteando con ellos y soltando pequeñas cagarrutas negruzcas a diestro y siniestro. Lo de tratar de atraparla para que vuelva a su jaula es un divertimento exasperante, —exclusivamente para los mayores que están deseando de que los peques se vayan a la cama.

¿Se le pueden hacer cosquillas a una chinchilla debajo de la barbilla?

Más allá de provocarme una tierna sonrisa, la pregunta me dejó boquiabierta.

¿Es posible que un niño de cinco años consiga esta bellísima aliteración?

___

@mariajesusberistain
Imagen: Daniel Sulbarán

Ver: https://www.mascoteros.com/blog/historia-y-cuidados-de-la-chinchilla/

* La aliteración es una figura retórica que se caracteriza por la repetición consecutiva de un mismo fonema, fonemas similares, consonánticos o vocálicos en una oración o verso. … La finalidad de la aliteración es embellecer la prosa y la poesía con el objetivo de producir sonidos y musicalidad


Hacia la Luz


Busco la Luz.

Todo es geometría y arquitectura, imágenes de otro mundo, edificios, líneas, vacíos iluminados, oscuros, claroscuros, luces de contraluz…

¿Permanecerá el amor en la quietud silenciosa y fugaz de un retrato?


Fotografía @mjberistain
Texto de «La imagen de otro mundo». Juan Lamillar


El inhibidor

Llevaba más de tres horas sentada delante del ordenador, la pantalla en negro. A mi lado, como siempre, las páginas de un libro abierto, el lápiz amarillo y negro Staedtler Noris HB2, y el móvil en silencio.

Por cierto, había tal silencio alrededor a esas horas de la mañana que me molestaba hasta el tic-tac de un reloj, no sabía muy bien si era el despertador de los vecinos de abajo o el mío que parpadeaba en rojo en mi mesilla. Por si acaso, mi Grundig lo metí en el cesto de la ropa para planchar. Era domingo, pensé que faltarían todavía un par de horas para que sonara cualquier alarma. Todavía podía notar el olor de la ginebra y del whisky, el de los bocaditos de foie, de salmón, de jamón, el de la tarta de queso, en fin, de todos los restos de la fiesta inesperada que quedaron sin recoger anoche en la cocina. Y el de los cigarrillos mal apagados en el cenicero del salón, aunque había tomado la precaución de dejar las puertas de la salida a la terraza abiertas.

Además, olía a colonia desconocida.

Si hubiera estado sobre una máquina de escribir, hubiera arrancado la hoja blanca de mala leche y la hubiera roto en mil pedazos y la hubiera tirado por la ventana, me hubiera levantado de la silla y hubiera escapado de aquella habitación viciada que me impedía concentrarme.

Era inquietante, pero no era desagradable. Se había colado en mis dominios como un fantasma y no podía evitar, cada vez que pasaba por el pasillo, intentar averiguar de quién era aquel aroma condensado en el baño de invitados. Me entretuve en pasar lista imaginaria para encontrar al misterioso personaje entre los que habían aparecido por sorpresa a celebrar mi cumpleaños, pero estaba segura de que no era un olor «familiar», conocía bien los olores de mis amigos, a menos que para esa noche alguno de ellos se hubiera preparado expresamente con una nueva y exótica colonia de oferta.

Vacié los restos en una gran bolsa de plástico azul y cerré con dos nudos las tiras de plástico rojas para evitar que se escapara el olor, especialmente el del tabaco. Limpié el baño de las visitas con lejía y encendí la llamita del inhibidor de olores —que no utilizo habitualmente pero que viene bien para ocasiones como ésta— intentando recuperar mi propio ambiente. Esperé unos minutos para verificar que había hecho su efecto, pero nada. No había manera, ni siquiera de camuflarlo.

¿Cuánto tiempo había pasado?

Yo pretendía escribir. Tenía una novela a medio terminar y me había propuesto escribir todos los días. Trabajaba mucho, revisaba, recomponía, actualizaba, tachaba, cambiaba palabras repetidas, y había momentos en los que no hacía nada, porque me daba pavor enfrentarme al final de la historia y no sabía cómo hacerlo. Así había conseguido que pasaran dos años desde que empezara el proyecto y me había hecho con una carpeta en el ordenador, con varias subcarpetas y varias versiones de cada uno de los capítulos, que había adquirido un tamaño difícil de articular.

Y ahí estaba yo, encorvada frente al ordenador, con ojeras profundas y oscuras, mordiéndome los labios, pálida, mirando al contador de palabras a ver si esta mañana conseguía llegar hasta mil…

Volví al baño de invitados para apagar la llama del inhibidor de olores y me marché de casa a comprar los periódicos del fin de semana.


@mjberistain

El viaje – Aitzkorri


Hay nubes que rompe en finos hilos la madrugada,
nácar que cubre el paisaje de húmedas fragancias
como llanto que se desborda silente
al límite de miradas sospechosas.

Pensaba en el viaje.

Toda la semana había estado pensando en marcharme. Los viajes tienen algo de renovación, siempre. De búsqueda (inquietud) de nuevos espacios y personas, de vivencias nuevas, de encuentros, incluso y especialmente con uno mismo (de hablar solo), de que sonreír no sea solo una respuesta a algo amable o divertido que a alguien se le ocurra expresar en tu presencia, sino a una íntima sensación de agradecimiento a la vida, de una liberación íntima (sin excusas).

De un viaje se vuelve, o puede ocurrir también que uno no vuelva…

Fue la pastora quien dijo: «ése es el único viaje que no quiero hacer». Se refería a llevarle a Joxé a una residencia de ancianos. Dijo: mientras yo pueda con él… Y podía con él al que aseaba con mimo cada día y conseguía sacarlo del dormitorio y casi arrastrarlo hasta el porche y sentarlo en su silla preferida de toda la vida, eso sí, ahora lo dejaba atado para que no se deslizara sin darse cuenta y se cayera al suelo y se hiciera daño mientras ella atendía a los animales. Y podía cada día con sus cuatrocientas ovejas y con su perro viejo al que adoraba; y él a ella. Y así llevaban más de cincuenta años, pastoreando por los valles del país, monte arriba, monte abajo.

Un precioso rincón con flores al lado de un hayedo era su pequeña parcela —sin acotar— en las inmensas campas al pie del Aitzkorri*. Allí habían construido una pequeña borda para el verano —porque el invierno lo pasaban a refugio en el caserío a varios pueblos de distancia de la montaña—. En ella podían abrigarse de la lluvia, de la niebla y de las tormentas que les visitaban con frecuencia. También sus hijos y sus nietas les visitaban con frecuencia. En la chimenea de piedra latían los rescoldos de un buen fuego. Afuera, solo una valla liviana marcaba el territorio de los animales desde donde nos miraban apacibles. También era su hogar.

El camino es duro, pendiente y rocoso. Me digo: —el viaje es el camino.

Y dice mi conciencia: —Atrévete…

Atreverse, atreverse… a andar, a compartir, atreverse a amar… «La medida del amor es amar sin medida» frase que llevo tatuada desde niña en el corazón. (Esto lo dijo un hombre conocido por su santidad, quizás fuera San Francisco de Sales)

¿Y la niebla?

Después vendrán las consecuencias. Magulladuras…

«Arriesgas mucho en todo y luego pasan estas cosas, pero eres fuerte y lo superas, sabrás salir adelante» —me dirá mi gran amigo Iñaki—.

Zuk zer dezu Arantzazu, amets kabi, otoitz leku………*

El bosque de hayas está cubierto de hojarasca húmeda y brillante que el viento ha ido acumulando. Cae al abismo entre trozos de árboles rotos y rocas sueltas.

Nadie antes ha pasado por aquí…

Viajar de vuelta, hacia mí misma… lejos, a salvo de mí



*Aitzkorri.
Montaña de 1.528 metros de altitud situada en Guipúzcoa, País Vasco.
A sus pies se encuentra el Santuario de la Virgen de Arantzazu y el pueblo de Oñate.

  • ¿Qué tienes Arantzazu, nido de sueños, lugar de oración…?

@mjberistain

Café amargo


Llegó hasta allí sola. Se sentó en una silla y sintió el frío del metal bajo sus muslos como una sorpresa placentera. Hacía calor y aquella sensación le hizo sonreír tristemente.

No prestó atención al camarero que esperaba mientras ella sacaba su móvil del gran bolso que solía llevar siempre colgado de su hombro izquierdo.  Lo sintió, pero no lo miró, se quedó pensativa con la cabeza baja y absorta en sus pensamientos como sin atreverse a tomar una decisión importante.

Él se inclinó hacia ella educadamente y anotó en su cuadernillo: un café americano, sin leche, sin azúcar. A su pregunta de si deseaba algo más, respondió con un escueto: solo. El nudo en la garganta le apretaba cada vez más, casi hasta llegar a la asfixia, pero ella se negaba a darse por vencida. El día era caluroso, demasiado para lo que acostumbraba a ser en esta época del año y en aquella zona del planeta. Mientras esperaba a que le sirvieran el café detuvo su mirada en la gran pantalla de uno de los edificios de enfrente, al otro lado del río. Imágenes grandiosas y coloridas, píxeles enormes se solapaban uno sobre otro a gran velocidad anunciando los próximos eventos culturales en la ciudad. Las escasas diez personas que ocupaban el local leían el diario de la mañana con calma. Pensó que quizás tendría que comprarse el periódico y quedarse un rato leyendo, aunque solo fueran las columnas de opinión o la guía del ocio para relajarse, porque no estaba dispuesta a saber nada que tuviera que ver con los acuerdos y desacuerdos de los partidos políticos ante el nombramiento del nuevo presidente de la nación. Había dejado de creer también en las negociaciones, especialmente en las de conveniencia para unos, y no para otros. No se movió. Estaba mejor paralizada. O, mejor dicho, quizás hubiera estado mejor paralizada, porque de repente, sin pensarlo más, escribió tres frases en el móvil que no quiso revisar, simplemente las lanzó a la pantalla con la furia de una loba herida.

El café estaba amargo.

La noche anterior, finalmente, se había olvidado de sacar dinero. Soltó sobre la mesa toda la calderilla que llevaba y que tanto le pesaba y se dispuso a utilizar las pequeñas monedas hasta llegar a acumular el importe del precio del café.

—Dos veinte, por favor.

—Si, sí. Ya voy —respondió un tanto contrariada, más consigo misma que con la cajera que le atendía amablemente tratando de evitarle la dificultad al pretender leer el recibo en aquel mínimo papel lleno de caracteres minúsculos impresos por una máquina a falta de tinta negra.

Cruzó el puente deprisa. Pensó que el calor del sol podría reblandecer el asfalto y abrir agujeros negros a su paso como en sus sueños de adolescente. Y buscó la sombra por el paseo, solitario e inhóspito a esas horas. Le llegó el sonido del timbre de una bicicleta que venía por detrás de ella y que pasó a su lado a toda velocidad rozándole el costado hasta casi conseguir desequilibrarla del todo. Estaba abatida y ni siquiera le importó el incidente. Su orgullo, su dignidad, ¿dónde los había olvidado?

El aire era denso y no llegaba a respirar bien, se apoyó en una de las verjas de hierro de las casas señoriales del paseo y esperó unos minutos a recuperarse.

Se revolvían en su cerebro las imágenes. Diosas del sexo con pañuelos blancos ocultando sus ojos alumbraban con velas rojas la gran estancia mostrándose desnudas. El roce de sus pies descalzos al moverse a su alrededor atenuaba el rumor de la marea creciente no muy lejos de su cama. Estaba atada. Largos lazos de tul la envolvían sujetándola de pies y manos a los barrotes de hierro de una descomunal cama en la que solo un hombre sentado con las piernas cruzadas la observaba mientras ella se revolvía con violencia, su pecho y su vientre intentando ahuyentar su sueño y salir de aquella trampa morbosa.

Dos segundos de ternura. Solo le había faltado eso…


@mjberistain

La cuna de hierro


Ya Plinio «El Viejo» en el siglo I. d. C., hablaba acerca de la existencia de una «gran montaña de hierro» en el norte de la Península Ibérica.

Iba y volvía por las salas mientras, a una prudente distancia de la guía del museo de geología e historia de la zona minera Peñas Negras, yo escuchaba, sin poder despegar mi mirada de vuestra imagen.

Erais tan niños…

Fue vuestra cuna de hierro y mamasteis de los pechos endurecidos por el trabajo a cielo abierto de vuestros orígenes.  Y ¿qué hacíais allí, entre un grupo de hombres, si se puede llamar así a alguien que apenas aspiraba a llegar a la edad de veinte años, que era el esperado término de su vida?

Pero ¿realmente se puede hablar de vida?

Yo miraba a vuestros ojos sin brillo, desenfocados, y la piel tiznada de polvo negro. Pensé que quizá erais de los privilegiados a los que no había matado aún el hambre ni el empujón de algún cargadero lleno de mineral; ni de la pesada piedra rojiza, o abatidos por alguna enfermedad de las que no se conocía cura en aquel tiempo. Quiero pensar que soñabais en el barracón, a la mortecina luz del candil, cuando llegaba el turno de descanso y ocupabais la tabla que había dejado caliente otro niño como vosotros.

El monte de hierro aprendió de los pequeños y frágiles dedos ensangrentados. La tarea era preparar las mechas, jugando con el explosivo, para horadar la piedra antes de que acabara el día. Poco más tarde empuñaríais el pico y la pala… Y por fin enfrentaríais vuestra corta vida a aquella montaña de «belleza descarnada».

Hoy no tengo palabras, solo una reflexión, un sincero homenaje a niños y a personas que, como vosotros, dieron forma al tejido de mis raíces.



@mjberistain

La noche en la que conocí a Júpiter y Saturno

El «problema» de salir de noche con amigos astrofísicos y potentes telescopios, es que, casi sin pretenderlo, te sientes inmersa en un mundo «exterior» al que nunca antes te habías atrevido a mirarle a la cara. En fin, que te daba tanto respeto que parecía miedo. Si, por supuesto que estudié el Universo, pero debo de reconocer que como una asignatura obligatoria porque no comprendía su magnitud de la que soy apenas una mota de polvo. Yo, hasta ahora he caminado por encima y alrededor del mundo como El principito en mis dibujos de niña.

(A propósito, en este punto quiero detenerme en un texto que Santiago Pérez Malvido ha destacado del libro de Saint-Exupery y que me ha autorizado a utilizar hoy aquí.
Gracias por ello.)

«Serás siempre mi amigo. Querrás reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así… por placer… Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando al cielo. Entonces les dirás: «Sí, las estrellas siempre me hacen reír», y ellos te creerán loco.

Antoine de Saint-ExuperyEl principito.

Ahí estaban visibles nuestra luna y planetas como Júpiter y Saturno, galaxias de las que apenas conozco su forma y su nombre, y todo ello rodeándonos desde un cielo inquietantemente envolvente. Un firmamento lleno de materia de luz en una infinita oscuridad vibrante. Y todo respiraba.

Planetas conocidos y desconocidos y lunas y anillos y cráteres y agujeros negros y millones de estrellas en torno a nuestro planeta la Tierra (digo nuestra Tierra y quizás no sea exacto, quizás seamos nosotros de la Tierra…)  girando y desplazándose alrededor del Sol, y acompañada de su luna particular ya explorada por el ser humano.

La miré con incredulidad. Siempre he sabido encontrarla. Si, hablo de la estrella Polar. ¿Quién, qué hilo estaba sosteniendo la tierra bajo mis pies en aquel «vacío» alrededor de aquella estrella que siempre me había ayudado a orientarme cuando buscaba el Norte?.
Y, ¿ por qué ahora observándola me sentía tan desorientada?

A través del telescopio es fascinante encontrarte vis a vis con Júpiter y Saturno. ¿Alguien o algo se interesaba también por nosotros desde un altiplano en otro mundo?. Saludé con una sonrisa respetuosa por si al otro lado de los objetivos alguien también me miraba…

Noche con Saturno 03.09.53
Autora: Marijose Cueli

Incluyo aquí uno de mis poemas preferidos. Es de Octavio Paz , lo tituló «Hermandad».


Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

 

Gracias amigos, ha sido un momento muy especial y siento que (como dijo algún día Hunphrey, quiero decir Hunphrey Bogart), creo que la noche de «hoy ha sido el comienzo de una buena amistad», a lo que yo añado que, y un poderoso acercamiento al cosmos por parte de mis neuronas, que las notaba yo extasiadas ante el abismo. Y, sin miedo.


 

El jardín de senderos…


Tengo que contaros algo.

Empecé a AMAR la Literatura cuando tenía diecisiete años. Entonces yo era una niña. Era la mayor de cuatro hermanas y la educación en mi casa era muy exigente. Sentía cómo crecía dentro de mí una cada vez más aguda necesidad de escaparme de aquella atmósfera un tanto sofocante para mi adolescencia y quise buscar en el exterior una vida que me permitiera «crecer» como persona. —Así pensaba yo— porque en aquél momento todo me era negado salvo asumir unas responsabilidades dictadas con devoción y corrección. El resultado de los esfuerzos que hiciera nunca sería el suficiente.

Mister Evans era una soñador; un filósofo, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.

Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre admirable con sus casi dos metros de altura que movía con una especie de desgana engañosa. Como su sonrisa. Como su mirada. Durante los años que estuvimos en contacto, él no olvidó nunca de vestir su vieja gabardina que llevaba desabrochada de forma permanente. Quizás fuese una seña de identidad. Otra, su pajarita, siempre de color verde oliva, que rodeaba y anudaba al cuello de su camisa arrugada y blanquecina. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes.

Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Todos y cada uno de nosotros representábamos para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se extendía más allá de los horarios lectivos.

Supongo que en aquella época estábamos todos agradecidos de tener una persona con un cierto carisma paternal, un líder a quien admirar y seguir, siendo que estábamos todos muy lejos de nuestras familias.

Sus alumnos le adorábamos.

Empecé entonces a interpretar y comprender los textos más complejos y difíciles que había leído hasta entonces. Me atreví a delirar, lápiz en mano, frente a cientos de hojas de papel en blanco.

La vida me llevó más tarde a interpretar las historias que leía, o quizás era que mis vivencias, mis obsesiones, mis sueños, mis desvaríos los encontraba curiosamente en libros escritos por otros autores mucho antes de que yo hubiera nacido.

Notas poéticas encontradas en
«El jardín de senderos que se bifurcan»

Cuento escrito en 1941 por el escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges.

Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis.

Reflexioné que «todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…»

Mi voz humana era muy pobre…

Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio… como si alguien estuviera acechándome.

Un soldado herido y feliz.

El tren corría con dulzura, entre fresnos…

El camino solitario… lentamente bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.

Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes.

La música era china. Por eso yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención.

Un farol de papel que tenía la forma de los tambores y el color de la luna.

Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre…


Ver: Resumen del cuento
Imagen de Relatos caóticos


 

Nathan

Me costó darme cuenta de que era él. Caminaba inmersa en mis pensamientos y notaba que aquellos días me importaba muy poco todo lo que ocurría a mi alrededor, más allá de la conciencia de que debía de hacer algo especial para salir de aquella situación de absurda apatía en la que me encontraba. Mis reuniones para encontrar trabajo seguían un curso interesante, pero eso no me bastaba, no me apetecía salir de casa, tampoco podía concentrarme en mis lecturas favoritas. Escribía y enseguida despreciaba mis anotaciones que garabateaba después con saña. Llenaba la basura con cientos de folios arrugados casi sin estrenar. Repasaba insistentemente en mi agenda los nombres de las personas con las que había tenido relación a lo largo de mi vida, buscando alguien que pudiera serme útil, alguien que me aportara una cierta claridad ante aquella luz siniestra que me tenía invadida íntimamente.

Más que verlo, lo intuí. Lo intuí borrosamente al otro lado del cristal sucio del coche que estaba detenido en la acera opuesta a la mía, en la que yo esperaba que me diera paso el semáforo. Las luces de warning de su coche estaban parpadeando. Tuve un arrebato de huir de allí, de echar a correr en dirección contraria. No tenía previsto el encuentro con él de forma tan inesperada.

—Sería yo capaz de hablar primero? —Y qué le diría más allá de «hola, ¿cómo estás»?

—Sentí mis pies hundirse en el suelo como si me hubiera metido en un foso de alquitrán. Titubeé, intenté zafarme de aquel lodo pesado y negro que me inmovilizaba hasta la mente. Le miré pretendiendo que él no se hubiera dado cuenta de que yo estaba allí, al otro lado de la calle, y que me encontraba en una situación difícil. Sabía que, en cualquier otro momento, de haberse percatado, hubiera venido solícito a ayudarme. Leía. Parecía entretenido, atento a un documento que tenía apoyado en el volante. El coche no se movió cuando las luces del semáforo en verde le dieron paso.

Abrió despacio la puerta del coche y salió mirando a los dos lados, asegurándose de su propia seguridad ante el arranque del resto de vehículos. Se movía mirándome con una leve sonrisa, mientras yo me dirigía hacia él atacada por una sorprendente timidez que me había trasladado a la época de mi adolescencia. El paso de peatones parecía alargarse infinitamente, hubiera dicho que eran miles las rayas blancas que nos separaban, pero ya estaba en sus brazos.

Comprendí que todo lo que pudiéramos hacer juntos a partir de aquel momento no sería malo ni dañino. No nos quedaba otro recurso que el de amarnos por encima de todo. En mi interior sabía que mi madre comprendería y aprobaría nuestra situación. Yo era joven, adoraba a este hombre desde que era casi una niña y poco había cambiado en mis sentimientos con respecto a él durante los últimos años. Le adoraba y le respetaba. Esos motivos habían sido determinantes, por los que yo me había mantenido al margen de su vida de pareja y que, a mi pesar, fueron los que habían provocado la distancia que había terminado por deteriorar la relación con mi madre Louise.

Pero callé y me abandoné a su abrazo.

No puedo decir que lo encontrara envejecido, aunque su pelo se había convertido en una maraña de finos hilos blancos que se le desordenaban dándole un aire bohemio del que yo creo que él siempre había presumido. Seguía teniendo un porte altivo y sus gestos despaciosos denotaban una gran seguridad en sí mismo. Murmuró mi nombre varias veces, pegada su boca a mi oído izquierdo.

Nos sentarnos en el Café de los Artistas y tomamos un café tranquilo.

—Por cierto —dijo— hablo como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para nosotros.

—¿Tienes prisa? —Mi contestación se esfumó en el aire mientras con su brazo derecho me conducía hacia la puerta del lado del copiloto de su coche. Lo cierto es que me dejé llevar sin oponer ninguna resistencia.

A pesar de sus esfuerzos por mostrarse recuperado, el dolor seguía enraizado en su pecho. Habían sido largos días de despedidas, acompañando muchas noches de insomnios y de sueños cortos y despertares asustados en los que el miedo algunas veces y la aceptación otras, mi madre necesitaba del consuelo y la paz que aquel hombre era capaz de aportarle. Yo le notaba cansado, pero aún intentaba animarme también a mí. Efectivamente —me contó— que había desaparecido de la universidad unos días sin dejar pistas de su paradero porque necesitaba distanciarse del mundo sin interrupciones. Y que yo era una de ellas.

—¿interrupciones? Me sorprendió aquella palabra para definirme como a una de las que tendría que enfrentarse.

Pero que antes de dar cualquier paso —continuó diciendo— tenía que deshacer la maraña de pensamientos que habían quedado trabados en su cerebro. Sentía que con la desaparición de mamá su vida culminaba, pero yo estaba allí y no sabía muy bien cómo interpretar aquella presencia. Juró que hubiera querido huir también y, de hecho, había huido, lejos, a una isla del sudeste asiático, pero había resultado una retirada realmente corta para la grandeza del problema que presentía que tendría que abordar con madurez tarde o temprano.

Me refugié en la manta que suelen poner en las sillas de las cafeterías a disposición de los clientes para que puedan estar confortables en el exterior. No tenía frio, pero a ratos los escalofríos recorrían mis inseguridades, especialmente cuando no sabía qué decir. Escuchaba porque suponía que eso era lo único que él necesitaba de mí entonces. Que yo le escuchara. Hubo varios silencios difíciles, pero mi intuición me fue llevando por un camino que yo en mi interior ya tenía recorrido. Creo que quería dejar claro que yo era algo postizo en su vida, y que por mucho que me apreciara quería vivir el tiempo que le quedara sin ataduras, no estaba dispuesto a perder ni un ápice de su libertad, no quería vivir ninguna relación sentimental ni compromiso que no fuera consigo mismo, quería vivir su duelo en soledad.

—Por supuesto —añadió, cogiéndome de las dos manos y mirándome fijamente a los ojos —yo siempre voy a estar ahí cuando tú me necesites…

No lloré, ni eché a correr. Me quedé paralizada ofreciéndole una sonrisa comprensiva que, sin embargo, sentía que hería profundamente mis estructuras emocionales.

Sobre la mesa, el reflejo de los últimos rayos de sol se interpuso entre nosotros iluminando las tazas de café vacías y el platillo con los últimos restos del brownie que habíamos compartido. Sonreíamos, agarrados de las manos. Él con la satisfacción de haber mostrado sus cartas con delicadeza y determinación, y yo con una claridad diáfana en mi mente y una tristeza casi infantil en el fondo de mi corazón incomprendido.

Me llevó a su casa. Había puesto a la venta el piso que había compartido con Louise y había alquilado un apartamento amplio limpio y desordenado, como a él le gustaban las cosas. Daba al mar. Cerré los ojos apretada al cristal del ventanal centrándome en el movimiento y la cadencia de las olas que llegaban y reventaban en espumas contra las rocas del paseo. Conseguí recuperar el ritmo de mi respiración. Estaba un poco asustada. Había libros por todas partes, algunos que habíamos compartido, literatura; los clásicos, filosofía y poesía, historia, cientos apilados en columnas en el suelo, unos cuantos abiertos sobre la mesa de centro del salón y varios más sobre la mesilla en su dormitorio.

—No pasará nada, te lo prometo. Es lo único que se me ocurrió decir en aquel momento.

En silencio me cogió de la cintura empujándome suavemente hacia afuera de la habitación. Me sentí íntima e irremediablemente vinculada a aquel hombre, o en realidad lo estaba ya desde antes de conocerlo. Se estaba produciendo un incendio en mi interior y sentí el calor en su cuerpo cuando me arrimó hacia él con ternura y nos besamos con toda la honradez y el dolor que nos reunía.


@mberistain

Tiempo de siluetas nuevas


Dejaba pasar los días, como si estuviera de vacaciones. Recorrí despacio los alrededores aprovechando la bonanza de aquella primavera cálida y colorida. Conseguía así aliviar el tedio de la tristeza sin saber muy bien qué hacer conmigo misma. Pretendía estar sola pero, por otra parte, al cabo de algunos minutos que me resultaban eternos y vacíos, mi ángulo vital se estrechaba como si entrara en un túnel negro inacabable.

Me planteaba cada día un nuevo destino aprovechando las actividades programadas para turistas en la zona. Tuve la suerte de coincidir, en una de las excursiones, con un grupo de personas que venían desde varios puntos de España a hacer treeking acompañados de un monitor. Estaban instalados en el pueblo de Flam en pequeñas cabañas de madera del camping en la misma orilla del fjordo. Pensé que era una señal. Yo había nacido allí.

Inicialmente no quise compartir con nadie el desbordamiento de mi presión sanguínea que alteraba todo mi cuerpo. Después de una animada charla al final de la primera jornada, me animaron a unirme a sus planes, y aunque me hice de rogar, me acorralaron entre todos y su arrebatadora simpatía no me permitió dudar. Acepté. Durante quince días que duró su visita al país, compartí con ellos mucho más que la montaña. Terminé cambiándome a su cabaña a pesar de la cara de poker que me puso la de la agencia de alquileres cuando le pedí el cambio. Fueron días de juegos, chistes y confidencias, de peleas de almohadas y de música, unos cantaban mejor que otros pero todos jaleábamos a modo de acompañamiento. Era curioso que apenas se bebía alcohol en aquel grupo exceptuando a Juanma, Eric y yo misma que nos moríamos por tomarnos una buena cerveza fría a última hora de la tarde cuando volvíamos de las excursiones. Tengo que reconocer que las dos mejores cervezas que he tomado en mi vida han sido con ellos, la primera allí un día que nos quedamos rezagados del grupo y nos metimos en uno de los pubs con música en vivo donde pasamos un rato muy especial los tres, y otro cuando estando en África años más tarde, pedimos que nos llevaran al desierto tres cervezas bien frías, y lo conseguimos. Aquello, más tarde lo reconocimos, fue un placer de dioses… Porque tengo que decir que aquella relación con el grupo continuó  durante algunos años más hasta que sus situaciones familiares fueron cambiando.

La hora del desayuno era gloriosa. Los chicos se ocupaban de estudiar las rutas; los mapas compartían la mesa del comedor con las tostadas y la mantequilla, las mermeladas, los huevos, el bacon y el café humeante. Había que esquivar la revolución de mochilas y botas esperando por los suelos. A pesar del alboroto, de fondo podía oírse el murmullo de un pequeño aparato de radio que se esmeraba en retransmitir las noticias del mundo sin que ninguno de nosotros le hiciera demasiado caso, mientras Enric, que no perdía un minuto y solía ponerse en modo autista, se afanaba punteando en su guitarra y ensayando acordes para sus nuevas composiciones lo que hacía que nunca terminara su desayuno a tiempo de marchar. Las chicas a medio vestir y sin peinar eran las que organizaban el picnic y trataban de dejar lo más recogida posible la casa antes de salir a pasar el día fuera.

Yo no dejaba de pensar en Nathan. Me había despedido descuidadamente de él cuando decidí tomarme un tiempo para situarme de nuevo en el mapa del mundo, si es que en algún momento de mi vida fui capaz de sentirme ciudadana de algún sitio en concreto. Entonces más que nunca sentía el desarraigo, algo así como la falta de raíces. Tenía una vaga idea de dónde venía, no porque no lo hubiera escuchado, sino porque quizás en aquellos momentos yo era una criatura inmadura viviendo cómodamente, demasiado bien, podría decir, como para que una historia semejante a la que me contaban me pudiera haber conmovido o mínimamente interesado; la guerra, algo detestable y ajena —yo pensaba— a mi vida real.

Durante aquellos días no pude dedicarme a reconocer la zona en la que se habían producido los acontecimientos que habían coincidido con la época de mi nacimiento. Pero sí fue creciendo en mí el interés por conocer detalles de la vida de mis antepasados,  aunque no los tuviera en mis recuerdos.

—Qué recuerdos guardaba yo en realidad? —¿Alguna vez me había preocupado de ellos?

La realidad era que no, que no me había interesado nada más que por mi propia existencia y la de mis amigos. Había sido una época de sueños e ilusiones que nos podíamos permitir, por supuesto que con la connivencia de nuestros padres —en mi caso tengo que hablar de mis dos madres—. Supuse siempre que también ellas fueron felices porque no les causé demasiados problemas, especialmente con las drogas, que era entonces una realidad muy cercana y una de las causas de los dramas de la sociedad en que vivíamos. Casi podría decir ahora que en nuestra actitud juvenil sí había una cierta displicencia hacia lo pasado, nuestra rebeldía nos llevaba a buscar caminos nuevos, a inventar otros o a reinventarnos convencidos de ser una nueva generación que estábamos en el mundo para cambiarlo.

Al atardecer solía pasarme por la oficina de turismo y entablé amistad con Jenny, una chica holandesa que se había instalado allí desde principios de año porque su pareja era directivo de una de las compañías de transbordadores y barcos de pasajeros  que operaba en la zona de fjordos. Me di cuenta de que me atraía la idea de participar profesionalmente en los proyectos turísticos en Noruega. Había muchas posibilidades de trabajo, empecé a sentirme capacitada e ilusionada. Las conversaciones que mantuve durante varios días con la pareja me facilitaron una reunión con la Dirección de una de las empresas que más me interesaba conocer.

Llamé a Nathan. No respondió al teléfono. Lo intenté en varias ocasiones durante las semanas siguientes y siempre obtuve el mismo resultado. Llamé a la secretaría de la Universidad pero me dijeron que no podían darme tal información. Todavía quedaban fechas para terminar el curso y me resultó un tanto sorprendente su ausencia. Pensé que él también podría estar de viaje en algún país exótico o con dificultades de cobertura, o que sencillamente se hubiera querido desconectar durante un tiempo para rehacerse del drama o para reflexionar sobre su futuro. Respeté su silencio.

Fueron sucediéndose los días sin noticias, intentaba no pensar en él y, aunque lo hubiera necesitado, podría decir que, interesadamente para que me facilitara el encuentro con el entonces responsable de Turismo en el gobierno —con el que sabía que tenía una muy buena relación, según él mismo me había comentado— quise demostrarme a mí misma que podría seguir adelante sin su ayuda. No deseaba necesitarlo. Sin embargo en mi interior había una fuerza, una especie de magnetismo que me desordenaba las ideas. Se estaba generando una lucha apasionada entre mi voluntad y mi pensamiento. Un deseo urgente de buscarlo, y no solo de buscarlo por dondequiera que estuviera, sino de encontrarlo. De encontrarme con él. Sentía que teníamos mucho que decirnos, que habían quedado cosas pendientes, sin cerrar, esa historia soterrada que nos había mantenido incomunicados durante bastantes años y que de repente afloraba en la superficie ante el drama compartido. Algo parecía haberse enquistado en nuestros corazones y ni tan siquiera habíamos sido capaces de mirarnos a los ojos. Sentía como si las ciudades y los pueblos a mi alrededor se estuvieran derrumbando y no había consuelo posible para la ansiedad ni para la soledad. Aquel amor platónico que algún día sentí por él era ahora un amor moribundo, probablemente quedó herido en el lecho de muerte de mi madre. Mis manos entrelazadas con las suyas en los últimos momentos me hicieron consciente de la vida que me había regalado con su valentía y tenacidad. Ella y Ulma. Y yo, como una niña mimada que había pasado por su lado durante todos aquellos años sin tan siquiera dedicarles un poco de admiración y ternura. Lo único que les había dedicado —hablando en el caso de Ulma hasta entonces— había sido una inmensa tristeza por su ausencia en esos días grises que parecen una oscura eternidad después de perderla.

—¿Y con mi madre Louise? —¿Iba a hacer lo mismo con ella?

Recostada mi cabeza en su cama, apoyé mi brazo por encima de su pecho. Sentí el leve latido de su corazón, casi agotado. Conseguí derramar allí mi suficiencia y mi soberbia en un llanto silencioso mientras acariciaba sus ojos apagados, su expresión dulce, su precioso pelo y sus manos perfectas. Pensé que me hubiera gustado haber heredado algo de ella, algo más que su apellido, algo como su coraje, como su corazón y cerré los ojos cuando ella los cerró.

Esperé un tiempo, no puedo precisar cuánto, lo único que sentía era un frío mortal que me impedía el movimiento, estuve bloqueada hasta que entró el médico seguido de Nathan para hacer la visita diaria.

Salí al jardín, me tumbé en la hierba, el día era también frío pero lo único que aprecié fueron las siluetas desordenadas de una imagen desenfocada, como mi propia vida. Y lloré, lloré dejando que brotara de mi boca, como de una arteria rota, toda la furia de las palabras más fuertes que conocía.


@mjberistain

En la isla


 En la isla a veces habitada de lo que somos,
hay noches mañanas y madrugadas en las que no necesitamos morir.
Entonces sabemos todo lo que fue y será.
El mundo aparece explicado definitivamente y nos invade una gran serenidad, y se dicen las palabras que la significan.
Levantamos un puñado de tierra y lo apretamos entre las manos.
Con dulzura.
Ahí se encierra toda la verdad soportable: el contorno, el deseo y los límites.
Podemos decir entonces que somos libres, con la paz y la sonrisa de quien se reconoce y viajó infatigable alrededor del mundo, porque mordió el alma hasta sus huesos.
Liberemos lentamente la tierra donde ocurren milagros como el agua, la piedra y la raíz.
Cada uno de nosotros es de momento la vida.
Que eso nos baste.


José Saramago.

 

Escalofríos


Nada más cerrar la puerta de mi casa, anhelando un descanso después de varios días de viajar en plan nómada por el desierto del Sahara, sonó el timbre.

Casi no me había dado tiempo a soltar la gran mochila y las bolsas con las últimas compras inevitables hechas en el aeropuerto antes de tomar el avión de vuelta. Ni el abrigo. Lo dejé todo en el suelo y abrí, porque la llamada me resultaba familiar.

Allí estaba él, con el pelo alborotado, como siempre, con esa mirada entre torva y simpática, como pidiendo permiso para entrar y casi entrando sin pedir permiso. Llevaba entre manos varios recortes de periódicos que me entregó mientras declaraba que aquella noticia era uno de los mayores descubrimientos de la historia. (?)

Ah, y una botella de vino tinto Rivera de Duero, Reserva del 2014.

No entiendo por qué curiosa razón, últimamente me estoy encontrando o relacionando con personas a las que les interesa mucho el tema del universo; Astronomía, Astrofísica, Cosmología. De verdad que no sé qué ven en mí que los anime a darme conversación sobre estas cosas, más allá de que haya podido dedicarme algunas noches a contemplar e intentar fotografiar las estrellas desde los campamentos del desierto.


¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

Así titula el diario «El Mundo», en concreto el científico del Instituto de Astrofísica de Andalucía, D. Jose Luis Gómez, el texto que acompaña a la fotografía de un «agujero negro» tomada por una red de telescopios repartidos por toda la superficie terrestre (Chile, la Antártida, Hawái, México, Estados Unidos y en España Sierra Nevada en Granada) —lo que equivale a tener un telescopio tan grande como la tierra—.

¿Qué se siente ante la imagen de lo invisible?

«Alegría, emoción contenida y satisfacción por un trabajo impecable que nos ha permitido enseñarle al mundo que los agujeros negros ya no son solo cosas de películas de ciencia ficción, sino de ciencia de la de verdad. De la que se hace cuando juntas los esfuerzos de más de doscientos investigadores por todo el mundo trabajando el unísono para un objetivo común.

Cómo expresar con palabras aquel momento histórico del 25 de julio de 2018 en el «Black Hole Initiative» de la Universidad de Harvard, en Boston, cuando por primera vez vimos la primera imagen de la sombra de un agujero negro. La imagen de lo invisible, de la completa ausencia de luz rodeada de un anillo luminoso.

Sentí escalofríos al ver que una de las predicciones más extravagantes de la teoría de la relatividad, los agujeros negros, existen de verdad. Una puerta sin retorno fuera de nuestro universo. Seguimos ilusionados por el trabajo que queda, encaminado a la obtención de mejores imágenes, de otros agujeros negros, y de esta manera entender cada vez mejor cómo funciona la gravedad».


Confieso que vivo en la ignorancia sobre el mundo del que formo parte, del que quizás yo misma sea una pequeñísima partícula que no llego a comprender por mucho que me empeñe en ello. Y de la misma forma que pueda temerse a la muerte evitando hablar de ella, o viceversa, que se pueda convivir espiritualmente con la idea de una vida sucesiva en diferentes estratos, mis reflexiones y razonamientos únicamente alcanzan para compartir esa expresión del autor de este texto cuando se refiere a las emociones que le embargan ante la confirmación de la existencia de agujeros negros que abren nuevos horizontes más allá de nuestro universo. Habla de alegría, de emoción contenida y satisfacción por el trabajo impecable de la ciencia…

Yo, de verdad que, de momento, siento escalofríos…

¡Puaff!… en qué lío me ha metido mi vecino…


Tomado de astroyciencia.com

La astronomía es una ciencia que estudia los objetos del espacio exterior a la Tierra.
La cosmología investiga el origen y la evolución del universo con las herramientas que le proporcionan la física y las matemáticas.
Y la astrología no es estrictamente una ciencia, sino una tradición milenaria que se propone interpretar los sucesos de la vida humana a la luz de los astros.

Ver: El Mundo, Teresa Guerrero, Salud y Ciencia. y Artículo de Rafael Bachiller