El malecón


Despiertas madrugadas de bahías
dormidas.

Te haces añicos en las sienes
de los planetas.

Te multiplicas en espejos
de furiosas espumas blancas
como cántico de agua exhausta.

¿Cuál es tu mensaje, Madre?

Si las gaviotas de tiza
se han borrado de los mapas
y solo quedan rastros gangrenados
del mundo, mientras escribimos
en la arena las notas más negras
de una sinfonía para un futuro discordante.


@mariajesusberistain
Fotografía Mikel Gardey

A orillas de mi sien


Mi casa está destartalada
miro al cielo y la luna se deshace
entre flecos primerizos del día

Las flores de la terraza están mustias
repiten su dogma de sopor
frente al miedo a morir sin amor

Me cuesta traspasar la línea opaca
del horizonte, mis ojos pálidos
cruzan caóticos, líneas en sombra

Inquietud vertical de espejos rotos
dibujan el desamparo de la luz
difusa y a veces indescifrable

A orillas de mi sien tus manos
sucesivo silencio de relojes
de arena; tu rostro, reconocible.


@mjberistain

Borges

Imagen: Alicia D’Amico
Borges, el escriba (‘Poesía completa’)

Hay raras ocasiones en la historia de la literatura, en la historia de esta rara, cotidiana magia de símbolos, en que uno de sus intérpretes logra no equivocar jamás la melodía. Existen, sin embargo, para nuestra gratitud estupefacta, esos escribas. De alguna forma incomprensible (incomprensible) son capaces de enhebrar símbolo a símbolo, página tras página y sin errar, una música secreta en la que cupiera el Universo; una canción interminable que fuera muchas y una sola… Y algo que fuera apenas, también, el silbido de un ciego a la sombra silente de algún patio. Un ciego derruido y gigantesco en el crepúsculo, símbolo ya sólo de sí mismo, sonriendo lento y cómplice a ese Dios que, “con magnífica ironía”, le otorgó al mismo tiempo “los libros y la noche”.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez, a cuenta de otro bromista genial, Gilbert Chesterton, que “no hay una página suya que no nos depare alguna felicidad”. Bien: no hay una sola página, un solo verso en la Poesía completa de Jorge Luis Borges, que no nos depare alguna o varias felicidades, que no nos regale generosamente una grieta, una abertura por la que mirar un Cosmos que resulta ser un espejo que resulta ser el rostro de quien lee, esfumado ya Borges, el escriba (ese infinito avatar que llamamos Borges), de entre ese rostro y ese espejo: como una carcajada feliz desvaneciéndose.

Hemos dicho traductor, hemos dicho escriba; porque, sí: el artista radical, no el prestidigitador de feria, se sabe apenas un traductor menesteroso entre ciertas voces, que no son suyas, y el silencio. El poeta apenas inventa nada: “La poesía no es menos misteriosa que otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu…”, defiende en el prólogo de Elogio de la sombra (1969). Esta convicción del artista como auditor más o menos frecuente del otro lado de la realidad tangible hace torcer el gesto a muchos, y enarbolar sonrisitas cínicas a otros: sus ‘megustas’ en Facebook y sus prosías al gin-tonic y la nada se lo paguen. Borges nunca dio clases para el parvulario. Pero siquiera un verdadero niño, concreto como es, libre y limpio de dogmas respecto a lo que es la vida que se respira y siente y toca, puede intuir (de manera absolutamente empírica) que una obra que no trate de hacer oído de alguna forma hacia el misterio (hacia el misterio doméstico de estar vivo, sin ir más lejos) es una obra muerta. “…Pero toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir. La triste mitología de nuestro tiempo habla de la subconsciencia (…) los griegos invocaban la musa, los hebreos el Espíritu Santo; el sentido es el mismo”, remata el prólogo a la entera compilación, redactado poco antes de morir.

POESIA COMPLETA-JORGE LUIS BORGES

“El escritor (…) debe ser leal a su imaginación y no a las meras circunstancias efímeras de una supuesta ‘realidad’. La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”, insiste en el introito a La rosa profunda (1975). Comunicar un hecho preciso; tocarnos físicamente. Su compatriota Alejandra Pizarnik –una de las más altas embajadoras del misterio del idioma castellano, mucho más joven que Borges pero dimitida de esta vida antes que él– le entrevistó en una ocasión y consignó después, en algún lugar de sus diarios, el trastorno que le causó la implacable precisión de Borges a la hora de bautizar la realidad: “Terror que me usurpa toda el alma”, le oyó decir, por ejemplo. Y ella no pudo desprenderse de esa frase, como del eco de un campanazo.

Los ojos del sueño

Éste, éste es el temblor continuo en Borges, sea por el eco y la textura física del verso o por el peso subyugante de la historia (increíblemente precisa) que narra: Borges siempre narra algo, y siempre parece estar fundando el mundo en cada verso. Pero no con los ojos del día, sino con los ojos ciegos (no es un chiste) que tocan sin ver las certezas del sueño. Se tiene con Borges, con la poesía de Borges (pero hasta sus relatos colosales no son más que poemas que transigen a otro ritmo y otra longitud para poder contarse bien), se tiene, con una abrumadora mayoría de estos poemas, la sensación alerta de tantear con los ojos del sueño una verdad que no deja nunca de decirse, y que jamás terminará de revelarse del todo. (En los claroscuros, la detonación de los contrarios, la conciliación de los polos, el Todo que es Nada y vuelve a serlo todo, sabe siempre Borges encontrar su melodía: como todos los sabios desde, al menos, Lao Tse).

La palabra sueño cifra el álgebra toda de Borges. La intuición de que la realidad que percibimos no es sino otra capa más del laberinto inextricable de la vida (de la Vida en toda su inabarcable Vastedad); hasta la certidumbre indemostrable, pero irreparable, de que el Tiempo es un sueño y de que ese Sueño es la medida que el Tiempo usa para vivirnos. El sueño es otro laberinto de Borges, y la vida la escalera de niebla que nos va llevando de una a otra estancia de la biblioteca, sin cesar, sin principio ni final, siendo uno y todos al mismo tiempo, pues todos los hombres serían todos los hombres alguna vez. El Tiempo nos está soñando, y nosotros soñándolo a él: “…Sentir que la vigilia es otro sueño / que sueña no soñar y que la muerte / que teme nuestra carne es esa muerte / de cada noche, que se llama sueño… [de modo que sólo queda] …convertir el ultraje de los años / en una música, un rumor y un símbolo”.

Ya desde su primerísimo libro, Fervor de Buenos Aires (1923), esa intimidad silente, el diálogo secreto con una ciudad que existe y no existe a la vez, pues la sueña al vivirla y viceversa. No deja de ser exótico que un poeta dedique sus primeros libros al amor a una ciudad, y no al de una mujer, al de un hombre, al de sus muertos o sus fantasmas más testarudos; y bien: es que su cosmogonía no le deja ni desde los veintitantos años ceñirse sólo a un aspecto del mandala de su vida, del ajedrez que ya va entretejiendo su memoria y su anhelo. De modo que Buenos Aires es ya, desde el principio, el lugar del Aleph en que ver todo su Tiempo junto: “No nos une el amor sino el espanto; / será por eso que la quiero tanto”, escribiría mucho después, en espiral siempre hacia el origen.

Los temas, los temas en Borges: “fantasmas hambrientos”, precisó él mismo (implacable) en alguna ocasión. Los espectros insaciables de Borges serán, ya lo hemos dicho, por encima de todo y de todos, el sueño y el tiempo, el Tiempo y el Sueño; la conjetura cósmica. Los laberintos y los patios, el tigre y el ajedrez, los crepúsculos y Buenos Aires, el Norte y las espadas, la música y los heterónimos no son sino hermosos arabescos que remiten una y otra vez a ese mismo único asunto, que es también, a qué decirlo, el asunto único de todos nosotros, los invitados a este festival de humilde trascendencia que es la obra entera de Borges. Rara vez un escriba así, dijimos al principio: rara vez, también, un artista que sepa armonizar de tal forma el sutil equilibrio entre la erudición y la emoción, la conjetura y la aventura; ése del que depende hacer al lector un cómplice insobornable, y no un mero espectador maravillado o abrumado o confundido por trucos que en realidad ni le tocan ni se notan ni traspasan.

Él solo es una “vasta literatura”, como dijera él mismo sobre Quevedo. Y de Quevedo heredó Borges cierto oído, cierto ritmo y ciertas notas. El argentino fue –es– un sonetista magnífico, muy astuto a la hora de desarrollar sus temas con una resonancia que remite frecuentemente, de manera subterránea, a nuestro siglo llamado de Oro; habiéndose escrito ayer, resulta antiguo, y siendo antiguo resulta atemporal: Quevedo ahí al fondo, de forma tenaz, cuando dicta por ejemplo que “Sólo una cosa no hay. Es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria / y cifra en Su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido…”. “…sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido: / esa fragua, esa luna y esa tarde”.

Un oído proverbial para verter en cada poema, como en un cántaro, el cántico que escucha. Discípulo de Quevedo, pero también del abuelo Walt Whitman y su verso libre, o mejor dicho verso desatado, interminable como los ríos de América.

“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición…
(…) Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo…

(El amenazado, de ‘El oro de los tigres’)

‘En las grietas’

En el prólogo a La cifra, ya en 1981 [sólo con sus prólogos, con un puñado de frases, se podría dictar una cátedra sobre cómo escribir poesía, o sobre cómo no escribirla] finge confesar su incapacidad para “la curiosa metáfora”. Finge, porque él mejor que nadie supo alguna vez qué es una metáfora y cómo funciona esa orfebrería. Pero entendemos lo que quiere decir: en muchas ocasiones no es una metáfora al uso lo que hace: es una declaración, una testificación, un señalar a la pared blanca para informar de que es efectivamente blanca, y no una manera de remedar el blanco; lo más cercano a descifrar el enigma. Es verdad, no son metáforas; son visiones fulgurantes que sin llegar a compararse con nada son exactas como un número: son descubrimientos. Lo que hay entre “los dos crepúsculos” (el alba y el ocaso) es una servidumbre; “la silenciosa amistad de la luna” no es un juego de palabras, es una ley o un anhelo de todos. Y así: “las pequeñas magias del miedo” (porque el miedo engaña siempre), “la ignorante aurora” (pues siempre es inocente, la aurora, de lo que sucedió ayer), “el olvido, que es el modo más pobre del misterio”; “la lluvia… una cosa / que sin duda sucede en el pasado”… y hasta el gato, habitante de un Tiempo propio: “el dueño / de un ámbito cerrado como un sueño”.

Descreía de escuelas, de corrientes, de clasificaciones literarias (“artificios didácticos”), pero su poética es diáfana. La existencia le susurra en sueños su caligrafía encriptada, y la visión no es la visión sino el símbolo de lo que se oculta detrás. Es un oráculo, y al mismo tiempo sólo un ciego mirando sin ver las estrellas: como todos los hombres, pero sintiendo la palpitación sagrada, el secreto vínculo, la reunión. Son las sagradas escrituras de cualquiera de nosotros, que podemos ser (acaso fuimos, seremos) Alonso Quijano sabiéndose soñado por un soldado pobre y manco, Boabdil despidiéndose de la tarde de la Alhambra, y la Alhambra misma, el guerrero remoto del norte y de la bruma, Sherezade y su relato infinito, y aquel que algún día desfallecerá en el amor imposible de Matilde Urbach. Es una voz adormecida susurrándonos que, pues todo morirá, todo vivirá siempre, y todo lo que tanto importa no importa nada. Algunos verán con horror esta serenidad; otros, la más limpia redención ante un universo que no necesitamos entender, a la postre, para sabernos parte gozosa y trágica de la trama incognoscible:

Para una versión del I-Ching

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable

cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
Nada nos dice adiós. Nada nos deja.

No te rindas. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro

puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.

Por Miguel A. Ortega Lucas

Así es su LUZ


Estoy totalmente de acuerdo con este pequeño pero bonito texto de Luz Sánchez Mellado que me permito traer a mi parcela, con su referencia, por supuesto.

Es que hay varias cosas que me han gustado de él y quiero compartirlas con mi otro yo. (Si estáis por ahí cerca, o al otro lado de mis espejos, también podéis transformaros en ese «duende» con el que comparto hasta mis sueños. Ahi voy…

Hola, ¿qué tal?

Hoy os proponemos conocer a fondo a una rockera, una diva rockera.

A Luz Casal (Galicia, de 63 años) la están peinando y maquillando para nuestro encuentro en la sala de caracterización del Teatro Real, en Madrid, entre los afeites, las pelucas y los trajes de época a los que recurren los artistas para convencernos sobre el escenario de que son otros, en otros mundos, en otros tiempos. Cuando llego, Luz me saluda cariñosa, bromea con la coincidencia de nuestros nombres, me recuerda la primera y última vez que nos vimos, en una entrevista antes de la pandemia, y algunas cuitas de las que entonces hablamos y quedaron pendientes, como si hubiera sido ayer mismo. Así es ella. En vivo, a pelo, la gran diva de la canción parece frágil. Es luego, frente a la cámara, y en escena, cuando se crece tres palmos y te convence de que es otra, en otras vidas, en otros mundos, pero en el nuestro, sin más atrezo que su aura y su voz prodigiosa. Al final, le pide al maquillador que le pinte los labios de rojo. Luz no necesita más luz. La lleva puesta.

LUZ SÁNCHEZ-MELLADO

Parece que sean términos opuestos diva y rockera (diva versus rockera) ¿puede ser?

La caracterización de los artistas para convertirse en otro, en otro personaje, o en uno de sus propios yoes ocultos

Luz tiene su propia luz cuando aparece, su impronta es acogedora y amable a pesar de la dureza de sus características físicas, de su fisonomía, de sus gestos faciales, sin conocerla apuesto a que es una mujer que genera confianza en el otro

Dices: así es ella

Fragilidad denotan muchos artistas sin maquillaje, pero Luz es fuerte y firme, tiene determinación en sus opiniones, aunque no lleve los labios pintados

Confusa la frase: Es luego, frente a la cámara, y en escena, cuando se crece tres palmos y te convence de que es otra, en otras vidas, en otros mundos, así, sin más atrezo que su aura y su voz prodigiosa…)

Luz es eso, una persona luminosa…


París, punto y aparte

Del libro La cancion de Nerta 


Supongo que te sonará Woodstock… —dijo Gunhilda. Asentí con un movimiento de cabeza.

—Lo imaginaba, lo viviste de primera mano, en el mejor lugar posible, en aquella época de la revolución en contra de la Guerra del Vietnam, en la que cuajó el movimiento social de los hippies en contra de los valores de la sociedad conservadora, (represión, consumo y capitalismo).

Cuéntame, ¿qué recuerdos guardas de todo aquello? Me pareció que en aquél lugar había una especie de espiritualidad, una filosofía de vida. Estoy segura de que me hubiera apuntado, si hubiera estado allí.

—Woodstock, podríamos decir, fue el momento culminante de aquella época. A pesar de que llovió torrencialmente, nos mantuvimos entre el barro, confiando en nuestro poder, seguros de que pararía la lluvia; de que podríamos dominar todas las fuerzas de la naturaleza; de que podríamos cambiar el mundo; de que conquistaríamos definitivamente la paz y la libertad. Fue como una especie de espejismo. Me daba cuenta de que nuestra fuerza pacifista se desmoronaba. A pesar de que el mensaje permanecía vivo, las respuestas a las preguntas que nos hacíamos entonces y a las que aún hoy se hace la humanidad, siguen estando —como decía Dylan— flotando en el viento. Por allí pasaron músicos como Joan Báez, Janis Joplin, The Who y otros muchos, ¡ah! Y Hendrix, la actuación final de Jimmy Hendrix fue memorable. Fue una experiencia muy intensa que nos afectó profundamente a todos los de nuestra generación.

Aquel momento supuso un giro radical en mi vida. Con mis amigos, Leo y Daniela, preparábamos el salto a Europa. En realidad, se trataba de un viaje de iniciación para todos. Leo era italiano y los abuelos de Daniela vivían en una isla griega. También para Martin, quien era de origen francés y había estudiado Arte en Canadá, —habíamos preparado la tesis con el mismo tutor— pero su sueño era volver a Europa e instalarse en París. Nos amábamos, pero yo no estaba dispuesta a comprometerme. Disfrutábamos de una convivencia amable y divertida. Del viaje lo único que teníamos planeado era la fecha de inicio, volaríamos de San Francisco a Nueva York y de allí a Madrid.

—¿Quieres decir que no teníais una ruta predeterminada? ¿Unos tiempos de estancia en cada país? Debe ser difícil compaginar los intereses de cuatro personas sobre la marcha. 

—Sí, la verdad es que no fue nada fácil. En Madrid alquilamos una furgoneta camperizada para cuatro personas, pero el viaje se truncó antes de lo previsto. Discutíamos con Leo de manera continua porque la droga estaba causando estragos en él y no parecía darse cuenta.

¿Cómo es que te fuisteis con él sabiendo que teníais el problema encima?

—En cierto modo, además de que todos queríamos viajar a Europa, lo aceptamos pensando en que podríamos ayudarle a escapar de aquel ambiente, y que las nuevas rutinas, —si un viaje de amigos por el mundo, puede tener algo de rutinario— le devolverían el interés por vivir. En ese momento, su novia Daniella nos necesitaba y nosotros nos volcamos con la idea.

—Eso es lo que significa ser un amigo, Gunhilda. Supongo que hay que tener mucho valor y generosidad para llevar a cabo un proyecto de esa envergadura.

—Lo cierto es que sí. Sin embargo, estuvimos dispuestos a aceptarlo. Entre nosotros había un cariño y una camaradería que podía con el reto, y lo más importante era que confiábamos en nosotros mismos… y en él.

En Madrid y en Barcelona nos encontramos con el Arte de los grandes maestros. No solo visitamos museos, sino que también pudimos admirar la arquitectura en las calles, la vida bohemia, la actividad nocturna, la excelente comida y las fiestas populares… Veníamos de otro mundo y estábamos impresionados. A lo largo de la ruta francesa por la Costa Azul, además de conocer ciudades como; Saint Tropez, Cannes, Niza o Montecarlo en Mónaco, paramos en pequeños pueblos costeros, algunos encaramados a las rocas —nos encantó Éze—, nos bañamos, incluso dormimos alguna noche al aire libre en playas paradisíacas. Visitamos las ruinas romanas en Arlés y otros pueblos medievales en los que parábamos a comprar frutas y verduras frescas. Nos perdíamos por las carreteras rurales que serpenteaban entre campos de viñedos. Con las ventanillas abiertas y la música sonando a todo volumen nos dejábamos seducir por los aromas y el color de los campos de lavanda. Nos entreteníamos con las charlas de algunos lugareños. En general éramos recibidos con amabilidad, nos invitaban a compartir sus vinos y nos hacían recomendaciones de rincones especiales de sus pueblos que no aparecían en las guías de viaje.

A pesar de lo maravilloso que pueda parecer ahora, no fue fácil. Ya te lo he dicho. —Susurró Gunhilda como si necesitara un descanso—. Leo solía alejarse entre calles y, en más de una ocasión, nos lo encontrábamos al volver a la furgoneta, colgado casi sin pulso. Lo mismo de siempre, a urgencias, a esperar a un diagnóstico de sobra conocido, y darle otra oportunidad a su arrepentimiento apenas convincente. Sin embargo, lo teníamos que hacer por él y por Daniella. Llegó un momento en el que nos planteamos seguir por separado, porque Leo, aunque cuando estaba centrado nos agradecía el esfuerzo que estábamos haciendo, se escudaba en que le fallaba la fuerza de voluntad, como si la voluntad fuera ajena a él. La tensión llegó a hacer irrespirable aquel ambiente. Decidimos seguir juntos hasta Florencia y allí replantearnos el viaje.

Recordé que la madre de mi amiga Rita, una mujer italiana, además de otras recomendaciones, me había hablado especialmente de la famosa Pigna, el casco antiguo de San Remo.

Aquel día Daniella y Leo se excusaron y decidieron irse por su cuenta para solucionar un asunto privado. Paseamos Martín y yo por las callejuelas iluminadas, por el puerto y los jardines, comimos una pizza auténtica deliciosa. Cuando volvimos a la furgoneta nos encontramos a Daniella en el sofá, viendo la televisión, envuelta en una manta, aparentemente sola.

—¿Qué sucede, Daniella? —preguntamos al mismo tiempo, asustados. ¿Dónde está Leo?

—Hemos discutido. Ha dicho que regresará más tarde, que necesitaba su tiempo.

—¿Dónde se supone que lo has dejado? —Preguntó Martín— ¿Por dónde habéis andado? ¿Se encontraba bien o estaba tocado? ¡Joder, me cago en la puta! —explotó Martín dando un golpe en la mesa—. Me voy a ver si lo encuentro. Vosotras esperar aquí. ¿Vale?

Daniella estaba traspuesta, no tenía ganas de hablar de nada y yo respeté su silencio. Me senté a su lado y la abracé sin saber qué más hacer. La espera se hizo eterna, salimos a la calle a respirar, alrededor de la furgoneta, estábamos en un parque bien iluminado donde había grupos de jóvenes bebiendo, sentados en el césped, con su propia juerga. Cuando ya se habían marchado todos y no quedaba nadie alrededor, nos fuimos a dormir. Ninguna de las dos podía conciliar el sueño.

Al cabo de las horas Martin entró en la furgoneta solo, su rostro era el gesto del dolor, de la rabia, de la furia, de la crispación.

—¡No ha podido soportar la última dosis de heroína! —farfulló.

Lloró sin parar aquella noche tumbado boca abajo en la cama. La muerte de Leo nos sumergió en la negrura de la culpabilidad. Habíamos fracasado y él estaba muerto. Nunca antes nos habíamos planteado esta cuestión. Nos habíamos embarcado en el viaje, sintiéndonos solidarios, poderosos y triunfantes; creímos que podríamos controlar todas las pasiones… Y ahí estábamos, sin comprender nada. ¡Leo había muerto!

La policía italiana nos brindó ayuda en los trámites, envió un telegrama a la familia y el consulado de Estados Unidos en Milán resolvió que el cuerpo fuera enterrado en el cementerio de la ciudad. Fue aún más doloroso saber que los padres renunciaban al traslado de su hijo a casa.

Daniella decidió volver a San Francisco y Martin y yo extenuados, no estábamos en condiciones de continuar el viaje hacia ninguna parte. Pasamos noches en vela hablando de opciones, nos sentíamos náufragos en una isla desierta en mitad de un océano de incertidumbres. Tal vez nuestra salvación fue estar juntos en aquellos momentos de ruina total.

—Gunhilda —dijo un Martin abatido—, estamos a ochocientos kilómetros de París. Sugiero que nos pongamos en contacto con mi familia allí. Siento que necesitamos algún tipo de protección, aunque solo sea temporal. El desapego familiar me pesa een estos momentos como una losa —dijo con una sonrisa triste, esperando mi respuesta.

—Podría hablar con ellos, intentar buscar un sitio para dormir cerca de su casa y quedarnos unos días. Estoy convencido de que nos hará bien a los dos descansar un poco.

No sé si accedí por él o por mí. Estábamos tan aturdidos y desorientados que nos daba igual dirigirnos hacia el norte o hacia el sur, despertar o morir.

Vivían en Villene sur Seine, un pequeño pueblo a media hora de París. Durante el trayecto, Martin me fue hablando de ellos. Tenían un hijo, —la mujer era hermana de su padre—. A pesar de la distancia, las familias habían mantenido una buena relación. Martin y su primo Fabián habían sido compañeros de juegos de niños, pero después tomaron caminos diferentes. Martin y sus padres se trasladaron a Canadá, ellos se establecieron allí y él estudió Bellas Artes. Terminó su último curso y defendió su tesis en la Universidad de Stanford. Fabián, no obstante, vivió la revolución del 68 en París. Era una persona muy especial, con una gran sensibilidad por el Arte. Se ganaba algo de dinero vendiendo sus cuadros en la calle, además de que ayudaba a sus padres en la tienda de flores. Vivía solo porque la pareja con la que había compartido los últimos dos años decidió irse a vivir a Sudáfrica, y él no estaba dispuesto a acompañarla. Se identificaba bien con el ambiente bohemio de París.

Nos recibieron con cariño y respeto. Su familiaridad nos ayudó a superar la situación por la que estábamos pasando. Fueron unos días de descanso, reflexión y charlas filosóficas interminables haciendo pequeñas excursiones por la Provenza francesa. La forma de vida, su ritmo, sus intereses y preocupaciones, eran bien distintas a lo que habíamos conocido hasta entonces. Ayudábamos por las mañanas en los trabajos del campo y por las tardes salíamos a pasear por los alrededores. Desde allí se tardaba una hora en coche hasta el centro de París. La tienda de flores se encontraba en la calle Saint Péres, del Barrio Latino. La ciudad tuvo mucho que ver con nuestra recuperación. Nos fue cautivando día tras día hasta que llegó un momento en el que decidimos establecernos. Tuvimos mucha suerte de encontrar una buhardilla en alquiler en la plaza de los Vosgos que acababa de quedar libre. Cambiamos la furgoneta por un coche convencional y nos dedicamos a buscar trabajo. 

Sentí un escalofrío al oír su voz. ¡Era mama Louise al otro lado del teléfono!

Aunque su voz me llegaba desde lejos, noté la emoción en sus palabras. La última vez que hablamos fue desde Madrid para comunicarle que ya habíamos llegado a Europa. Me contó que estaba trabajando en el proyecto del Ártico y que vivía en Bergen. Se alegró de saber que estuviéramos más cerca. La conversación me dejó pensativa unas cuantas horas después.

Fabián tuvo una agradable conversación con Martin sobre sus expectativas de futuro cuando le reveló que su deseo era establecerse en París y dedicarse al diseño, decoración o algo relacionado con las Artes. Al terminar la cena, su tío hizo sonar la copa para llamar nuestra atención. Nos habló con voz grave. La familia había acordado comunicarle que estaban en disposición de ofrecerle un proyecto profesional en París. La empresa familiar de flores pasaría en herencia a su primo Fabián cuando ellos no estuvieran. El local era amplio, se encontraba en una de las zonas céntricas más comerciales y estaba amortizado. Quizás se podría estudiar un tipo de sociedad para continuar con el negocio, darle otro giro, o actualizarlo. Martin me miró en silencio. —Yo no tenía mucho que decir allí—, pero me sorprendió muy agradablemente la propuesta y sonreí. Vi el brillo en sus ojos antes de acomodarse en la silla y dirigir la mirada hacia su familia para responder con tranquilidad.

—Bien, —dijo, pensativo— Parece una buena idea en principio. Deberíamos preparar un proyecto y estudiarlo juntos. Puede interesarme y agradezco sinceramente vuestro ofrecimiento.

El padre de Fabián nos invitó a brindar. La conversación se prolongó hasta bien entrada la noche.

A solas en la habitación hicimos el amor apasionadamente, la magia de las caricias invadía cada poro de nuestra piel desprotegida, el deseo brotaba como un animal insaciable en toda su locura. Aquella noche —continuó Gunhilda con una sonrisa nostálgica— hicimos arder el fuego con los restos del pasado. —Y continuó— París iba a cambiar radicalmente mi vida a su lado. Fue la experiencia más intensa que he vivido nunca —tanto antes como después de aquellos días—. Nos instalamos en una buhardilla en la Plaza de los Vosgos. Yo ayudaba en la floristería con la administración; presupuestos, permisos para obras y otras gestiones, hasta que encontré un trabajo en una tienda gourmet en uno de los mercados cercanos. Solo me duró dos meses porque una tarde, al salir trabajo, me abordó una persona desconocida —o quizá sería mejor decir un hombre—, calculé que era algo mayor que yo, su aspecto era impecable; elegante, pulcro, con una melena corta bien cuidada.

—¡Hola! Me dijo buscando mi mirada. ¿Me permite que la interrumpa?

Durante un instante pensé que quizá me quisiera vender algo.

—Me llamo David Holder, tal vez mi apellido le resulte familiar porque veo que su trabajo, de alguna manera, está relacionado con el mío.

—Lo siento mucho —respondí, disculpándome sin comprender.

Parecía un hombre muy educado. De repente, recordé que la única vez que había visto escrito su apellido fue leyendo un reportaje a propósito de la evolución de la empresa que fabricaba los dulces típicos franceses —macarons—. No podía creer que aquel hombre del que yo había leído y oído hablar en los últimos meses, estuviera ante mí. Dudé y respondí:

—Bueno, ya me ha interrumpido… —Sonrió.

—Entiendo que le parezca extraño este encuentro. Lo que quiero decir es que la he estado observando en su puesto de trabajo durante días y creo que podría ser la persona adecuada para colaborar en nuestra empresa. Disculpe que haya sido tan directo. Me gustaría conversar con usted sobre esta cuestión de manera tranquila.

Acepté su compañía, aún aturdida, mientras caminábamos por las calles estrechas a esa hora de la tarde en la que los comercios estaban a punto de cerrar y las cafeterías y los salones de té con sus terrazas iluminadas se llenaban de gente. Sin embargo, no me invitó a sentarnos.

Se despidió tomando mi mano y haciendo una leve reverencia. —Debo de admitir que me sorprendió, pero me gustó. Tampoco estaba acostumbrada a aquello. Quedamos en que me recibiría en su despacho de los Campos Elíseos al día siguiente una vez finalizada mi jornada laboral

Ç. Me ofreció un sobre con información de la empresa, la historia de la familia fundadora y un cuidado catálogo de sus productos. Me quedé inmóvil viéndolo marchar, sin saber qué hacer. Subí las escaleras de casa lentamente mientras leía incrédula. “La historia de las “tea-rooms” de París está ligada íntimamente a la familia Ladurée. Todo empezó en 1862 cuando…”

Mi futuro había comenzado…


Música y marihuana

Yo temía el momento de volver de vacaciones. Procuraba que nuestros planes turísticos terminaran cada día unos minutos antes, para poder acudir a mi encuentro con la mujer que llevaba en su interior el libro que yo deseaba escribir. También notaba en ella una ilusión creciente, una especie de complicidad, que se hacía más intensa a medida que llegaba a la narración de su propia vida.

Los reflejos de su juventud asomaban entre sus canas y sus cuidadas arrugas.

—Recuerdo que te conocí pegada a una botella de Bourbon —le dije.

Mi comentario le hizo soltar una amplia carcajada.

—¡Es verdad! Tienes razón —dijo, mientras reíamos juntas—. A dejar la bebida me ayudaste tú, ya es hora de que lo sepas, mi querida amiga.

—No sé si yo he podido influir de alguna manera, pero el mérito en estas cosas es del que toma la decisión, así es que es todo tuyo; espero que cada día vayas sintiéndote mejor.

Le tomé de las manos y le pedí que siguiera con su relato. Se me estaban agotando los días de vacaciones. Hasta tal punto estaba yo embarcada en su historia, que estuve madurando la idea de pedir un permiso sin sueldo y quedarme, algún tiempo más en el valle, cuando mis amigos viajaran de vuelta.

Mis recuerdos de infancia —continuó con su mirada encendida—tienen más que ver con mis abuelos que con mis padres. No fui consciente de todo esto hasta pasados varios años. Sin embargo, era una niña feliz rodeada de amigos, lejos del ruido de las ciudades, la naturaleza era el paisaje de mis juegos, tal y como le hubiera gustado a mi madre. —Gunhilda se quedó pensativa unos segundos—.

En aquella época —continuó— yo pensaba que Ulma era mi madre y, de alguna manera lo era, aunque ella cada noche me contaba cuentos de historias verdaderas y también de leyendas de Noruega. Juntas rezábamos por Louise, la mujer que se había marchado no hacía mucho tiempo en un barco, para buscar una casa donde vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos para que algún día pudiéramos volver a verla.

Ulma cuidaba también de los abuelos. Ella les atendía como si fueran su propia familia. No tengo conciencia del momento en el que nos despedimos de ellos definitivamente. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí recuerdo el encuentro, al bajar del barco, con aquella mujer que lloraba desconsoladamente abrazándome, y yo no entendía por qué.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad, en una de las casitas agrupadas entre bosques y caminos y lagos. Ulma preparaba cada mañana el desayuno para las tres y después me acompañaba al colegio. Mamá Louise nos despedía soplando besos desde las palmas de sus manos, sin dejar de mirarnos, largo rato, mientras desaparecía en sentido contrario.

—Ulma, estoy pensando en cambiar de trabajo. —escuché decir un día a mamá Louise mientras cenábamos—. Estoy madurando la idea de dejar la enseñanza.

—¿Qué dices, Louise? —dijo Ulma espantada— Apenas han pasado unos meses desde el final de la guerra. Ahora que por fin hemos conseguido la estabilidad que nunca habíamos tenido, ¿se te ocurre ahora hacer saltar todo por los aires de nuevo?

—Precisamente por eso, la guerra ha terminado y el país parece recuperarse; algo se está moviendo. Habrá oportunidades de trabajo y a mí me gustaría dedicarme a algo más directamente relacionado con la naturaleza en lugar de a teorizar sobre ella en las aulas. Siento que ya he cumplido con esta etapa y ahora necesito reiniciar nuestra vida: la tuya, la de la niña y la mía. No me niegues que siga apostando por ello.

—Estaré contigo siempre que me necesites. —Dijo Ulma con un suspiro y una sonrisa maternal.

Así fue cómo cambió mi vida, —dijo Gunhilda, dando una palmada alegre en la mesa— Sí querida, ahí comencé a madurar.

A mamá Ulma la perdimos cuando yo tenía doce años. Hasta entonces no había sido del todo consciente de la fortaleza y del amor incondicional que me habían ofrecido aquellas dos mujeres. Dejé de comer, no quería ir al colegio, me refugié con mi tristeza por primera vez en brazos de mamá Louise. La muerte no entraba en mi esquema mental, odié a los médicos cuando dijeron que no podían hacer nada por ella… y la dejaron morir así, sin más, en el frío de una habitación de hospital. No sirvieron de nada nuestros besos…

Quizás alguna vez eché en falta tener un padre. Eso era cuando veía a mis amigos del colegio aprendiendo a jugar al béisbol. Me quedaba algunas tardes después de las clases, mirando embobada a los hombres; y a los niños muerta de envidia. Yo no tenía padre que me enseñara a jugar. Decidí por entonces que lo que yo deseaba era tener un hermano mayor…

—Recuerdo aquellas sensaciones como si fueran hoy… —añadió una Gunhilda risueña— Un poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera —y sonrió dedicándome un guiño.

Desde que me quedé sola con mamá Louise fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz, apasionada…, me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, de las religiones y también de las guerras… —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa— De la maldad de la crueldad y del miedo…

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en Setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Me parecía mentira mi propia historia. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida de mi nacimiento rodeada de muerte, o haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente, porque no pudo soportar el horror de los crímenes cometidos —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su puesto en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como responsable en el Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; las secuoyas, los glaciares, las reservas de las tribus indias. También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras hablaba por teléfono con mi amigo Thomas—.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado mi amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora sé que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la oscuridad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Porque yo iba a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era profesor, compañero de trabajo de mi madre que podía tener treinta años más que yo pero que fue el primer hombre con el que yo me sentía como una verdadera mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto, aunque simpático y con sentido del humor, atento y atractivo hasta no poder soportar su presencia cerca porque yo temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía soportar los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me mirara, a la vez, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el por qué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestras quejas y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad. Era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Era todo un personaje, recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la Guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de los soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía total en la que me distancié de mi madre, no soportaba sus críticas y sus recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y algo de libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, pero posiblemente pasen algunos años. Quizás sea mi último destino. Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que contar con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de atreverme a pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿va alguno más de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


firma

El Dahls

Del libro La canción de Nerta


De nuevo volvía a mirar los mapas, las distancias; la situación. Consultaba compulsivamente los datos meteorológicos en la zona durante las estaciones de primavera y verano, y no lo apuntaba porque tenía una fe ciega en sí misma. Era capaz de retener en su memoria prodigiosa todos los datos que leía y o escuchaba a su alrededor. Había sido como una máquina «traga-datos», además de que su cabeza los gestionaba con agudeza mental. No es que hubiera sido una niña prodigio; no, eso nunca se lo plantearon las personas que la educaron o las que más tarde la conocieron, pero ella sabía de sí misma mucho más de lo que dejaba entrever en público.

Eran las cuatro de la tarde y estaba aturdida. Sí.

Las cuatro de la tarde.

Se incorporó de nuevo para comprobar que no se había equivocado de hora. La luz de la tarde empezaba a caer, los papeles estaban en el suelo, el tazón de chocolate afortunadamente se sostenía boca arriba, todavía le quedaba un tercio de líquido, presentaba un aspecto poco apetecible con esa línea de color oscuro que marcaba las horas que llevaba medio vacío. Se arrebulló en la manta y cerró los ojos. No quería saber nada de nada. Ni de nadie.

Adiós a las agencias de empleo, adiós a las oficinas de turismo, adiós a las clases particulares para niños impertinentes, adiós a los puestos del mercado donde todos eran migrantes que solo venían a ganarse un poco de dinero para largarse cuanto antes a viajar por el mundo. Adiós a las clases de música y a las clases particulares de canto para mayores, y a la dirección de coros. Adiós a la universidad, no quería depender de él. No. Eso lo tenía claro. Sencillamente no.

Se dio la vuelta, su cuerpo boca abajo soltó un grito enfurecido que afortunadamente quedó amortiguado por la almohada. En realidad, sus vecinos no tenían la culpa de nada de lo que a ella le rondaba por la cabeza.

¡Ja!, estaba, sencillamente, desequilibrada.

Los meses estaban pasando por delante de ella sin que se atreviera a intervenir de manera activa en la nueva vida que se le presentaba. No quería ni pensar en la palabra depresión, pero ahí estaba, sumida en un pozo negro del que no sabía cómo salir. Nunca hubiera pensado que le afectaría tanto la muerte de su madre. Sin embargo, no era lo único que la tenía incapacitada. Había sido un cúmulo de situaciones vividas en serie desde su ruptura voluntaria con su vida anterior. Había huido de Estados Unidos sin un proyecto claro de vida. Su viaje iniciático había terminado en tragedia. El riesgo había sido meditado y aceptado por el grupo. Habían aceptado embarcarse en aquel proyecto para ayudar a su amigo a desengancharse de la droga. El altruismo no había sido suficiente para evitar el fatal desenlace, y ello les había marcado profundamente, como una gran carga emocional difícil de superar.

Después de aquello, le había costado recuperar su estado de ánimo. Vivió algunos episodios amorosos ilusionantes, escarceos como meros momentos de alivio y diversión, pero sin ningún sentido, hasta que tuvo que enfrentarse al dramático hecho de la muerte de su madre y al inquietante reencuentro con Nathan…

Estaba agotada.

Sonó el móvil que vibraba en el suelo. Calculó que estaba a una distancia de por lo menos cuatro pasos de su cama. Lo miró con cara de desprecio por la distancia que tenía que salvar para atenderlo que le obligaba a levantarse. Justo cuando decidió poner un pie en el suelo, se hizo el silencio. No retrocedió y pensó que era buena señal; no retroceder. Siempre se lo había dicho su madre: «un paso atrás… ni para tomar impulso». Sonrió con cierta nostalgia. Estaba sola, sí, pero tenía gente alrededor con quienes compartir afectos y risas y sexo y otros momentos especiales, fiestas, encuentros culturales, y viajes. Había logrado hacerse un hueco en el ambiente de la universidad.

—¡Hey! Preciosa. ¿Cómo vas con tus entrevistas? Hace días que no sabemos nada de ti.

La voz sonó impetuosa y alegre.

—Vamos a ir esta tarde a ensayar al Dahls y de paso a tomar unas cervezas. No hace falta que digas nada, te esperamos.

Escuchó el mono-tono del móvil antes de poder pensar en una excusa.

No podía hacerles la faena de faltar. El grupo lo componían cuatro voces, dos chicos; John y Lucas y dos chicas; Ofelia y ella misma. Además, contaban con colaboraciones de guitarra, bajo, batería y saxo. Cada uno de ellos era imprescindible. Además, la fecha de grabación de la maqueta se acercaba y ya se había perdido demasiado tiempo dando largas con su duelo. Se revolvió el pelo delante del espejo, se lavó los dientes y salió sin pensar en más. El estudio estaba a pocas manzanas de su apartamento. Intentó estirar la piel de su cara dándose pequeños pellizcos en las mejillas y esbozando una sonrisa fingida que no le dio mal resultado, incluso se hizo gracia a sí misma. Las luces del atardecer daban a la ciudad un aspecto festivo y trató de tararear los nuevos temas mientras conseguía un taxi para llegar antes que los demás y entonarse un poco.

Sintió en sus venas el frío de la cerveza como algo liberador. Alguien la cogió desde atrás por la cintura. Apreció sentirse enroscada por el abrazo de John —conocía sus manos grandes y sus gestos poderosos—. Compartir otra cerveza y dejarse animar por el fino sentido del humor de su amigo se vino abajo cuando entró como un huracán Ofelia dando todo tipo de explicaciones sobre algo a lo que no prestaron atención, porque ya se sabía, las excusas eran su fuerte; siempre llegaba tarde a todas partes.

Lucas comenzó dando unos pequeños toques rítmicos con su pie derecho en el suelo, impaciente. Pidió que suavizaran las luces para dar un ambiente más profesional, aunque fuese un ensayo, algo así como de mayor intimidad. Estaba harto de sentir que era únicamente él quien se tomaba en serio el grupo. Había compuesto la mayor parte de los temas que iban a incluir en el disco y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de que quedaran perfectos.

Los primeros compases la llevaron a reconocer su propia voz, nueva, con el ímpetu y la belleza de un magma al despertar un volcán largamente desvanecido.


El Ártico

La línea invisible que separa en el mar de Noruega el círculo polar ártico está señalada en tierra por un pequeño poste que sostiene una tabla con una inscripción y una exigua bandera apenas perceptible desde el barco. Lo recuerdo como si fuera este mismo momento, mis madres Ulma y Louise abrazándome entre sus cuerpos, señalándome la línea del Ártico, subida yo a un peldaño del casco del barco al que no me dejaban subir sola. Vuelvo a recordarlo con añoranza de momentos vividos cuando aún no sabía apreciarlo. Me consuela, cuando hablo con mis amigos, el saber que esta sensación la hemos vivido todos de una u otra manera. Solo nos damos cuenta de la suerte que hemos tenido cuando se ha convertido nada más que en un precioso recuerdo.

—¿Alguna vez te has parado a oler la nieve?

Nathan se había dado la vuelta repentinamente, lo que provocó que yo que iba mirando al suelo —lejos en mis ensoñaciones siguiendo sus pasos— casi me topara con él, causando un desequilibrio del que nos salvamos gracias a los bastones de montaña que hacía tan solo unos días había decidido comprar para llevar en nuestras excursiones. Acepté cargar con ellos más por él que por mí, aunque más tarde entendí que eran de gran ayuda.

Ya he dicho que yo seguía sus pasos. Y eran días de felicidad compartida. Él había vuelto a ser aquel profesor al que le apasionaba organizar viajes y excursiones, y rodearse de gente que tuviera curiosidad por la naturaleza y la historia de su país. Entonces, que tenía más tiempo disponible, se pasaba las tardes estudiando planos y libros de historia, de biología, tomando apuntes en folios que llenaba con una letra desordenada y difícil de descifrar para otro ser humano que no fuera él mismo. Me daba mucha paz mirarlo desde el salón, la puerta de su despacho acostumbraba a dejarla entreabierta porque decía que así me sentía cerca. Algunas veces me pedía que revisara sus borradores manuscritos antes de pasarlos al ordenador.  Aquello me llenaba de una sensación íntima de felicidad, aunque me costaba deducir el significado de determinados garabatos en los márgenes y entre las líneas de aquellas páginas, y tenía que recurrir irremediablemente a él para darles sentido. Él sonreía condescendiente y yo me arrimaba a su costado mientras él besaba mis ojos. Eran unos segundos de plenitud. Descubrí que aquel era el sentido de mi vida.

Tiré los palos al suelo. Me agaché e hice una bola de nieve con mis manos enguantadas y me las acerqué a la cara como para oler la nieve.

—¿A qué huele la nieve? —Dime, Profesor, ¿a qué huele la nieve?, y se la pasé por la cara empujándole con mi cuerpo hasta que perdió el equilibrio y terminamos los dos en el suelo nevado entre risas.

Hubo un tiempo, sin embargo, que me marché de Bergen. Trabajé en el centro de Oslo, en un amplio local en la zona del puerto, franquicia de una de las firmas internacionales más lujosas de ropa de caballero. Tenía cinco empleados y personalmente me ocupaba de la dirección y gestión de la propia franquicia. Viajaba y disfrutaba de la relación social que aquel estatus me aportaba. La idea había sido, cómo no, de mi amigo Enric que era emprendedor por naturaleza y hombre de negocios, quien me había animado a salir de mi estado de inquietud permanente. Enric y yo habíamos sido socios durante un tiempo largo, además de amigos.

Aunque yo amaba profundamente a Nathan, trataba de evitar una relación de dependencia por parte de los dos.  Ello no impedía que compartiéramos muchos momentos divertidos, interesantes y entrañables. Todavía había luz afuera, hacía frío y el edredón nos cubría a los dos escasamente. Me lamenté de su tamaño, lo que hizo que —a regañadientes, con aquella sorna que me descolocaba siempre— me apretara hacia él para ofrecerme a la cálida acogida de su abrazo. ¡Tantas veces había soñado con esos momentos!

— Ya veo que no pensaste en volver a compartir tu cama.

Me quedé recogida en posición fetal a su lado sin pretender dar ni un paso más. Él yacía boca arriba leyendo lo que parecía ser un guion, a juzgar por el esquema de sus páginas, aunque yo no alcanzaba a leer su contenido. Parecía realmente interesado, además, me había pedido unos minutos de silencio para terminarlo. Yo contaba las hojas que le quedaban entre los dedos de su mano izquierda tres, dos… y sin poder reprimirme me abracé a él que soltó los papeles como pájaros espantados que miraban desde el aire, cómo nosotros enredados también caíamos a trompicones de la cama y nos rendíamos en la alfombra.

—¿Volarás conmigo? —preguntó más tarde, cuando el latido salvaje de nuestros corazones había cedido y dormitábamos uno junto al otro.

Había un brillo en sus ojos que yo desconocía hasta aquel momento. Imaginé entonces que ya nunca más lloraríamos juntos, quizás habíamos cruzado la fina línea del miedo a la culpa y nos habíamos tropezado inevitablemente con la pasión, tan cercana, y tan esquiva a la vez. Agotados nos abrazamos como si aquel momento formara parte de una despedida, más que de un deseado primer encuentro.

Sonaron las notas de un carrillón a lo lejos.

—Tendremos que cenar algo —dijo Nathan dándome unas suaves palmadas en la espalda.

No quería moverme de allí, podía sentir el fluir lento de nuestras sangres hermanadas. Me había desarmado su entrega y aquella luz que iluminaba su mirada limpia y solícita, agradecida.

Intenté salir de la situación de alguna manera con levedad. Aceptando su idea pregunté:

—¿Has dicho volar en serio?

—Nunca te había visto tan preciosa. Esa sonrisa relajada por fin en tu boca, y tu vestido nuevo revoloteando por mi alfombra…

Todavía no había amanecido y apenas circulaban vehículos por la ciudad. Nathan había quedado con su amigo Joe —el profesor Williams— en el puerto, junto al museo Norway Fisheries para pasar el día juntos. Se conocían desde hacía muchos años y, coincidiendo con que Joe se encontraba en Bergen dando unas conferencias sobre el cambio climático, iban a aprovechar el día para disfrutar de alguna actividad juntos. Convinieron en contratar una excursión en hidroavión. Sobrevolar el cielo noruego despegando desde el mar tenía que ser una experiencia emocionante. Contemplar desde el aire de la belleza de la ciudad de Bergen y la naturaleza que la envolvía, de sus espectaculares montañas nevadas, de los glaciares, de las pequeñas aldeas salpicando las zonas de los fiordos, los inmensos bloques de hielo rumbo al Norte. Ambos estaban ilusionados con la idea, a pesar de que a Nathan le hubiera gustado que yo también me hubiera animado a compartirla. Yo había decidido dejar a los dos vivir la experiencia, dejarlos con sus recuerdos a solas, después de tanto tiempo que hacía que no se veían. Habían desayunado tranquilamente en el hotel intercambiando anécdotas de su vida en común en su etapa anterior. Joe estaba a punto de dejar la docencia y de quedarse únicamente con aquellas conferencias que le llevaran a lugares a los que tenía verdadero interés por visitar.

El agua salpicaba los cristales de la cabina del hidroavión a medida que avanzaba alzando el vuelo. El piloto, después de todas las recomendaciones de rigor, se volvió hacia ellos haciéndoles con el dedo pulgar en alto la señal de «todo en orden, señores, volamos hacia el Círculo Polar Ártico».


Rocas



En todos los lugares del camino encontré rocas y musgos, líquenes,
dulces vientos ululando por los bosques,
en el aliento de las libélulas ecos de cánticos sagrados
y rumores de manantiales y aromas de rituales que me confundieron.



Rocks


Me arriesgo a decirte que estoy asustada. He salido de mi zona de confort y tengo miedo. Las voces del mar suenan muy fuertes en mi cabeza mientras busco por las playas imágenes parecidas a lo que me gustaría mostrar en mis fotografías.

Esas imágenes que muestran su belleza descarnada, a veces violenta y que, sin embargo, al observarlas me ayudan a encontrarme.

Es diferente cuando llevo las imágenes a otro medio como puede ser el ordenador o el papel…

Siento que no he sabido conjugar sus verbos, su poesía se me escapa, duele y me araña muy adentro.

¿Qué me pasa doctora?


Vivir (sin equipaje) en la cuerda floja.


Cada recuerdo tiene la forma de un alfiler que navega a lo hondo
con una precisión de cuchilla que rasga el pétalo carnal del tiempo y de las rosas.
F.Benitez Reyes

Como cada mañana me despierto antes de que el día se proponga alumbrar la esquina más oriental del planeta. Difícil propuesta retórica. ¡Qué estupidez, impropia, de una persona que se supone que conoce desde hace bastante más de medio siglo que el planeta no es cuadrado, que podría dedicarse a dar mil vueltas a su alrededor y no llegar a ninguna esquina! Bueno, en realidad esto sí lo sabe porque de otro modo no estaría sentada delante del ordenador tratando de escribir, y bostezando como un pez, antes de tomar su café.

Decía que amanezco antes de que las luces del día se presenten ante mí como fieles soldados de un ficticio ejército, para limpiar la estancia del polvo que han levantado las estrellas jugando con la memoria en el despiadado laberinto de las noches.

Soy una especie de alienígena aturdido aferrado a un timón descalabrado que se desprendió en algún momento de la nave orientada rumbo al norte y que, ahora, solo sirve como báculo de su pequeño reino de taifas; o sea, para gobernarse a sí mismo mientras busca la difícil verticalidad en este universo de mareas vivas.

Así fue la última vez que pensé en el suicidio. Pero… ¿Por qué debería de renunciar a la vida, o, a la idea que llevo tatuada en mis genes sobre la felicidad? ¿En favor de qué o de quién?

La última copa… el último cigarrillo, la última onza de chocolate…

Por lo menos, dudé.

Abro el baúl en el que guardo gastadas las viejas fotografías que ya han virado en la mayoría de los casos hacia el color sepia. La casa está vacía. Oculté la luz de las ventanas, cuando ya no estabas, con cortinas de niebla y sedas salvajes, sin saber que del tiempo vivido solo quedaría una madeja de amor enredado en un hondo vacío, y que vivir seguiría siendo una búsqueda constante de verbos sin futuro. Hoy soy el único habitante aquí, el superviviente de un juego mortal al que llegué un día cualquiera de abril con las cartas marcadas.

Vivir sin equipaje es una falacia, es decir, una mentira. En algún lugar leí algo así con lo que identifiqué: Somos lo que queda después de que todos se han marchado de la fiesta; la ambigüedad de la resaca del buen vino, la utilidad de las máscaras rotas abandonadas por los pasillos, y el extremo del extraño viaje por coordenadas equivocadas dentro de nosotros mismos. Y, el huir de un tiempo de luz con los deberes sin cumplir.

Así que, me queda la cuerda floja.

Como en un Akelarre, aquí, en este baúl, se me convoca cada vez que me atrevo a bailar sobre ella. Aparecen algunas fotos del mar tomadas en mis rutinas diarias por el paseo de la playa camino de mi trabajo, cuando aún soñaba en el amor con mayúsculas y lo verbalizaba con versos de adolescente. Leo en los ojos casi opacos de mis mayores, el amor fundamental (el de la ternura, el de la complicidad, el comprometido). Releo algunas notas de mis amores marginales, no olvidados, otras, de mis mejores amigos. Aún me parece escuchar el eco de las piedras que solía tirar sin tino al aire mientras jugaba con mi perra en un solar cercano a casa. Ella nunca supo hacia dónde volaban, ni dónde terminarían cayendo —yo tampoco—. Sí, sé que, además del olfato, afinó el oído conmigo. Me llegan desde el papel satinado de sus miradas limpias, las risas de mis hijas y los abrazos del despertar por las mañanas. —Siento frío—. Vuelvo a encontrarme con las montañas, los “tresmiles” que rodeaban nuestros días de vacaciones en un pueblo pequeño de los Pirineos, a los que intentábamos subir una vez y otra por todos los caminos posibles. Recuerdo las pequeñas heridas, los rasponazos en las rodillas, los picotazos de los mosquitos, las marcas en los brazos de los arañones y las moras que recolectábamos entre los espinos. Reconozco en los trozos de tela guardados, los disfraces que inventábamos para la función de teatro de agosto en la piscina, hechos con restos de ropas y abalorios inservibles de otras épocas. Y ahora la caja de las fiestas; los bautizos y comuniones, las bodas, los bailables de algún final de curso. Y los tesoros; el pasaporte con los sellos de los países a donde viajábamos, y mi foto preferida, sentados, tú y yo, en el suelo de una haymah de nuestro primer viaje a Marruecos, hace ya tanto tiempo. Aún perduran servilletas de papel arrugadas con palabras escritas en letra de mosca, pétalos guardados entre las hojas de los libros, cartas llegadas del extranjero que se reconocían por una guirnalda de colores impresos en diagonal en los sobres, y sellos exóticos que coleccionábamos como postales, tarjetas con invitaciones y dedicatorias y felicitaciones de cumpleaños.

Es casi mediodía, en algún momento se ha debido de hacer la luz. No espero a nadie, tendré que inventar una historia para vivir este día. Quizás un paseo a solas por el monte, tomar un café con cafeína o, si lo consigo, con alguien conocido, quizás tendría que salir a buscar imágenes de luces imposibles, o historias verdaderas para contar, porque la vida, en realidad, es la de cualquiera que tenga un corazón latiendo mientras corre el tiempo como un animal salvaje entre los recuerdos y el futuro imperfecto de los verbos.


@mjberistain

El impermeable azul


La última vez que te vi fue hace más de dos años.

Esta mañana he releído este pequeño texto que escribí entonces. Aparto las lágrimas que me asaltan y recibo tu abrazo de silencio con respeto.

Caminabas despacio, embutido en tu viejo impermeable azul de hombros gastados; las manos siempre en los bolsillos. Te imaginé con una rama de tamarindo finísima entre los labios.

Entre una sombra y otra, la luz amarillenta de las farolas del paseo iluminaba tu figura. Una lluvia persistente escurría desde tu gorro hasta la bruma de tus ojos, casi cerrados contra el viento. Arrastrabas tus pasos con ritmo lento como el de las viejas canciones de piano bar. Luchabas, tal vez, a corazón abierto, contra un futuro comprometido.

En un artículo de Rosa Montero leí estas palabras:

… La enfermedad solo adelantó cruelmente esa decadencia que todos los humanos hemos de afrontar. A medida que cumples años, a medida que envejeces, te vas acercando a los confines del mundo. El pasado tira de ti como si llevaras a la espalda una mochila de piedras y empieza a asustarte mirar hacia adelante. Dentro de poco comenzará la edad de la heroicidad.

Todavía estamos a tiempo. Quiero decirte que respeto tu silencio, sin ganas. Comprende que, a alguien necesito decirle que me gustaría acompañarte en el camino, también en esta etapa de la vida, como durante aquellos años en los que nos crecían pequeños poemas por cualquier esquina, y subrayábamos con tinta temblorosa frases que nos identificaban, y que nos hubiera gustado poder firmar.

¿Te acuerdas?

En realidad, esto es solo una reflexión. Soy consciente de que esta pregunta es pura retórica porque se la estoy haciendo a la página en blanco, con quien mantengo una relación de soledad estrecha desde que tú no revisas mis papeles.

Porque, escribir era como subirte a una cometa con cintas de colores en manos de un niño sin saber hacia dónde te llevaría el aire. Volar muy alto y caer de bruces y remontar el vuelo, una vez y otra con las alas hechas trizas, hacia una nueva dimensión.

Jugábamos a ser poetas, —si es que se puede llamar poesía a escribir en líneas que no llegan al borde de la cuartilla—. Había algo misterioso y bello en envolver con endecasílabos las cenizas de la vida que quemábamos. Compartíamos versos, espacios en blanco e incluso los puntos suspensivos hasta que la tristeza, la desilusión o los miedos caían derrotados.

Sé que prefieres hacer el camino en silencio, a solas, —ya me lo has dicho—.  A pesar de que reconozco un punto de dolor y decepción en mi amistad, respeto tu libertad. 

Me gustaría acompañarte en el camino…

Prometería no incomodarte. Llevarte té caliente y pastas de naranja para cuando tu ánimo flaqueara. No te daría conversación, me sentaría cerca de ti algún rato a escuchar tu silencio, o a leerte poemas conocidos, y cuando te recuperaras, tu sonrisa sería mi amuleto. Me marcharía despacio en dirección contraria a tu destino.

___

@mjberistain

Metálica

Este título que se me ha ocurrido utilizar para esta serie de imágenes, no tiene nada que ver con aquella película de Stanley Kubrick que recuerdo de allá por los años 90 del siglo XX.

O, ahora que lo pienso, quizás sí. En mi cajón desastre he encontrado algunas fotografías que, hasta ahora no he sabido muy bien qué hacer con ellas. En principio no parecían tener cabida entre los hilos de mi escueta imaginación, aunque reconozco que no es que vaya progresando adecuadamente, es que me lo estoy currando eso de abrir los ojos y la mente a lo inexplorado hasta el momento. Y, de verdad que voy descubriendo cosas. Así es que quizás sí tiene que ver con aquella sensación con la que salí del cine al ver semejante barbarie que no sabía cómo ubicar en mi vida.

Por cierto, se titulaba La chaqueta metálica.

Así que he despertado a mis fotos esta madrugada y, aún con legañas, he vuelto a mirarlas, a buscar entre sus pixels y a bailar con ellos. Y lo que he encontrado ha sido esto que me ha resultado «sugerente» al menos. Ya he dicho que últimamente ando por caminos no asfaltados…


Originalmente son fotografías realizadas en Hondalea Donosti San Sebastian

Inquieta

De «Andanzas por La Corniche»

Si, tengo que reconocer que estoy algo inquieta.

Estos últimos días he salido con mi cámara fotográfica a explorar bosques.

Nunca lo había hecho antes hasta que un día conocí a Mari. En aquella ocasión sentí una extraña energía, luego nada. Fue como un fogonazo. No me atreví a comentarlo con nadie.

«Mari es la diosa principal de la mitología vasca precristiana. Es una divinidad de carácter femenino que habita en todas las cumbres de las montañas vascas, recibiendo un nombre por cada montaña.» 

Creí haberme encontrado con una de las «sorgiñas» (brujas) buenas que poblaban mis cuentos de niña.

Nadie lo supo hasta hoy. Sin embargo, yo habité durante unas horas con ella en uno de sus bosques. No en uno cualquiera, sino en uno de sus bosques preferidos. Esos a los que discretamente solía retirarse cuando necesitaba meditar o reflexionar, o sencillamente disfrutar del silencio o del folclore que le proporcionaban los Basajaun.

«Basajaun o Baxajaun, es el Señor del Bosque o el «Señor Salvaje»: Son personajes de la mitología vasco-navarra y aragonesa de prodigiosa talla y fuerza que los primeros pobladores de aquellas tierras encontraron habitando en los montes y bosques más remotos.​«

Yo le creí cuando me mostraba los rostros de los espíritus del bosque camuflados en los troncos de los árboles y ocultándose entre las ramas, le creí cuando bajábamos al río y los identificaba en las piedras, o entre las algas mientras se recreaban en el agua cristalina de las pozas.

Mari proyecta una energía silenciosa y breve. Han pasado muchas lunas desde que la conocí y hoy reconozco su fuerza en los leves empujones que me va propinado sin que apenas los note, pero que me hacen avanzar por nuevas rutas de leyenda.

Estoy inquieta porque algunos de estos personajes se van colando en mis fotografías y todavía no sé muy bien cómo dirigirme a ellos o cómo tratarlos cuando ella no está cerca…


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Litoral

De «Andanzas por La Corniche»


Explorando nuestras costas voy encontrando pequeñas playas y calas casi inaccesibles entre los bosques que bajan serpenteando desde la carretera hasta las orillas del mar. He estado observando las mareas, y ha habido días en los que he procurado acercarme a las orillas en horarios intempestivos. A esos momentos en los que las rocas quedan al descubierto y yo buscaba algo desconocido.

Estas imágenes son resultado de la observación de las rocas y del descubrimiento de raras imágenes que han ido configurando un proyecto nuevo cerca del mar. Las rocas, sus formas y tamaños, texturas, sugerencias de objetos y personajes, o un cromatismo que en sí mismo me descubre su gran belleza abstracta.

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Las fotografías han sido tomadas en las playas de piedras Lafitenia y Sénix en Acotz, Francia

Permanencia



La hierba luminosa deja crecer el aliento de otros seres,
árboles, flores silvestres, pájaros, nosotros…

Silencio
miradas detenidas
palabras calladas
lenguaje único
una paz atmosférica
alcanzando el cielo.

La piedra del camino,
el cuerpo quieto
y el corazón ambulante
que busca una salida,
grietas…
al abrazo de otra piedra.

¿Qué significa una grieta?
¿Tendrán alma las piedras?

Desciendo hasta el fondo de los años
en ilusión de permanencia…


@mjberistain

Hoy no he visto el mar


Hoy…
No he visto el mar…

Mis ojos
vigías horadantes,
mis ojos avizores
en la noche
de los astrales mundos;

mis ojos errabundos
amigos del vértigo
del abismo;

mis ojos
vagabundos
hoy…
no han visto el mar,

Ni a estas horas mecen mis sueños
sus silencios,
sus sirenas,
sus cóleras,
sus himnos;
su erótica quejumbre…

Hoy… no he visto el mar.



(basado en poema de L.de Greiff)


publicado originalmente en 2016

Despierta


Despierta al día que llega, despierta.
Se alza del sueño con la luz del alba.

Te multiplicas en mil espejos.
Ya no eres aquella mujer
de mirada borrosa
salpicada la frente de oscuridad.

Despierta al día que llega,
despierta con la luz del alba
de la noche como un palacio
de silencio sin ventanas,
despierta de los bosques,
de los hayedos y de los musgos,
despierta del laberinto de lunas,
que es dulce el amor
en tu copa de sombras.

La luz del día borrará
la gravilla de los caminos
y las heridas de tus pies descalzos.


@mjberistain2022
Fotografía del Diario El Universo

La lágrima de un sueño


La Luz existía
más allá de mí misma, y tan lejos…

El silencio perdido entre mis ropas,
me miraba el mar desde sus espejos;
estrellas en la noche plateada.
Conocía su cuerpo, su desnudo
bajo sus pies de agua.

El silencio perdido entre mis ropas,
el amor en olvido sobre la playa
donde la luna clavaba sus anclas.
Abandonamos allí algunos sueños
bajo sus pies de agua.

Noche
quiero entrar en tu alma.

Para mis palabras quiero
destellos y ráfagas de locura
y la tinta antigua de los poetas
para mis palabras quiero
y para mis silencios,
que dibujaré un borrón en el tiempo
parecido a la lágrima de un sueño.



Inspirado en obra de E. Pardos publicada en el Blog TRIANARTS

Anoche


Vuelves a entrar en mi sueño, no tienes piedad, son las tres de la mañana.

Las sirenas suelen anunciar los peores presagios a esa hora, a las tres de la mañana, y hasta mis delirios llegan los golpes de luz y el eco de las bombas que movilizan los flujos de mi cerebro cuando no puedo dormir.

Sin embargo, hoy presiento que eres tú y no temo. Abro de par en par las ventanas para que entres y te acomodes entre mis somnolientas neuronas. Me concentro para vivir un silencio elocuente, sé que es donde mejor te expresas, con esos ojos negros de mirada profunda, inquietante —diría que inquisidora— si no fuera por la inteligencia y la ternura con la que me regalas cada vez que apareces en mi vida.

Te dejo hacer… Siento cómo tensas algunas de las finas líneas que se entrecruzan en el espacio intra-sideral que te reservo, yo no quería pensar esta noche. Acepto fluir en tu presencia mientras trasteas entre ellas, mis neuronas, organizándote un hueco confortable, librando algunas batallas con mis nudos aquí y allá, salvando las minúsculas distancias que el tiempo impone y borrando algunos flecos que mi impericia suele dejar sueltos.

Y, me doy cuenta de que, poco a poco, descubres que algo tuyo sigue estando ahí. Y no me trastorna. Siempre te he dicho que soy fiel y, como vulgarmente se dice «dura de mollera», que no es fácil que aparte de mi vida a las personas a las que amo.

Pero esta noche no, esta noche en la que el poder de la ignominia hace temblar los cimientos del mundo, esta noche no, no me castigues más.

Encontrarás agujeros negros entre la maraña de líneas envejecidas que hoy pueblan mi cerebro. Sabes que el olvido puede hacer estragos porque no se puede corregir. Así que, si todavía tus ojos siguen iluminando, aunque sea débilmente, esta noche de extravío, permíteme que te sueñe desde la locura de los latidos que inquietaron con destellos inmortales lo que la vida convirtió en recuerdos.

Compréndeme, tú sabes hacerlo.

Y no dudes de que en su fondo sigue existiendo una silla vacía esperando su renacimiento…


Texto y Fotografía @mjberistain