He vuelto


Si al empezar 2023 me hubieran dicho que moriría «un poco» en junio, quién sabe cómo hubiera vivido los primeros meses del año. 

Algo similar leía en el comienzo del texto de Julia Santibáñez en su blog Palabrasaflordepiel.com

           Algo ha cambiado en mi cerebro durante estos últimos doce meses. No me da miedo el futuro, es posible que olvidara su significado cuando estuve consciente en una gran nube blanca en el quirófano, tantas horas convencida de que viajaba en una nave espacial hacia el horizonte último del universo. Y todo era tan suave, tan envolvente, tan blanco. Yo solo conocía la palabra «levitar» de oídas y de haberla leído alguna vez en el diccionario de la lengua; la identificaba únicamente con la vida de los santos. Desde luego yo nunca he formado parte de ese grupo, sin embargo, en aquellas horas en las que perdí todo mi «conocimiento» (literal) y desaparecí de mí misma, ahora recuerdo que sentía que estaba cerca de Dios, sin pecado, sin dolor, sin daño.

No me da miedo el futuro. 

He vuelto desde muy lejos, y siento el amor ocupando mis venas con el azul límpido de la gratitud. Llamadme ingenua cuando pienso como una niña que aún espera la Luz, aunque día a día las noticias intenten des-esperanzarme. El mundo continúa con su propia fantasía; el juego de la Guerra. Se extiende como un magma acelerado por el terror dibujando paisajes enfangados de llanto, su objetivo es simple; la conquista del poder absoluto. Solo habrá perdedores.

Alguna vez me han recriminado ser una persona simple, optimista. Quizá. Luis García Montero es uno de mis poetas preferidos desde la infancia. Somos de la misma generación, del mismo año de nacimiento. He crecido con sus letras desde antes de que ganara su primer premio. Como escribe Julia en su magnífico texto. Sin ingenuidad, quiero concentrarme en el optimismo de la voluntad.

Es verdad que hoy hace falta, más que nunca.


@mariajesusberistain

Mi agradecimiento a Julia por la inspiración que me llega desde sus letras.

CONTRADICCIONES


En contra de sus principios, atendió a una llamada de número desconocido en el móvil.

El camarero les propuso aquel día probar un nuevo vermut; un vermut especial, de autor. Aceptaron. Aunque ella hacía unas pocas semanas había decidido dejar de beber alcohol, no hizo un problema de saltarse su propia norma. Disfrutaron ambos de la compañía del otro, y del brebaje oscuro de fuerte sabor a cereza amarga.

Vivía como un reto la aventura que en cada encuentro la situaba al borde de un abismo al que, en principio, no estaba dispuesta a ceder. Exploraba sensaciones; descubría rincones de su ser a los que nunca hasta entonces había prestado atención. Había acumulado una cierta seguridad en sí misma y, francamente, no temía al resultado en el caso de que resultara adverso; en el fondo, Goya lo deseaba. Las propias contradicciones, como jurados de una pugna inquietante, jugaban un papel fundamental en su vida. Se miraba en los espejos, se ponía en jarras frente a ellos con las cejas y los morros fruncidos, en situación de reproche, otras veces se dejaba mecer, sin oponer resistencia, por la dulce sensación de ser admirada por alguien como él. Las diferencias de cultura que ella sentía manifestarse en sus conversaciones se salvaban gracias al carisma y la elegancia del hombre. Sin embargo, ella no cejaba; se resistía por orgullo, aunque reconociera que su relación podría permitirle avanzar en su crecimiento personal e intelectual, más rápidamente de lo que podría de hacerlo por ella misma.

Hacía más de tres años desde que un amigo común les había presentado. Una larga e interesante entrevista. Después, nada. La información, propuestas y facilidades que le ofreció para que se incorporara al círculo de actividades culturales de la ciudad, quedaron archivadas. Algo hubo en su forma de ser, de expresarse, algo en la contundencia de su discurso que, aun pasado un tiempo del encuentro, solo el recuerdo le resultaba inquietante, como una alarma encendida en la noche a la que no tenía el valor de enfrentarse.

A la terraza exterior llegaban, desde el fondo del local, notas sueltas de una música que Janos conocía bien. Había apoyado su guitarra cuidadosamente en una silla a su lado. Era media tarde. El sol se deslizaba perezoso por encima de los tejados de los edificios próximos. Estaba incómodo. Le crispaba no poder disfrutar de la melodía completa que se atascaba cada vez que alguien entraba o salía por la puerta del bar. Intentaba concentrarse en la lectura, lápiz en mano, pero los acelerones del tráfico en el semáforo de aquella esquina y el tono altísimo de las voces de los clientes a su alrededor se lo impedían. Estaba claro que no conseguiría llegar a tiempo a entregar su manuscrito a la editorial antes de que finalizara el día espantoso que ya le estaba minando la moral. Sin embargo, no se movió del lugar, era uno de sus preferidos. Los magnolios estaban cargados y su sombra era el rincón más agradable en días en los que el bochorno invadía los cuerpos. Además, había sido el mayor éxito del día; conseguir allí una mesa disponible. Fue entonces cuando se percató de la presencia de la pareja en la mesa de al lado que, a partir de ese momento, se convirtió en el centro de su atención. Difícil evitar mirar a la mujer, discretamente; aquellas manos cargadas de fuerza y expresividad que jugueteaban con dulzura, a veces con su pelo, otras con un pequeño plástico transparente. Observaba cómo su mirada brillante, quizá por el efecto del vermut, se camuflaba bajo sus párpados en momentos de picardía o de rubor, y se acordó de lo mal que había dormido esa noche. Su cuerpo reventado por las violentas vueltas que no encontraban alivio para la herida de su corazón maltrecho. La huida de su novia, que había desaparecido de su vida inesperadamente, había dejado sobre la cama común un reguero de contradicciones en su mente y un pequeño ramo de flores tristes acompañadas de una nota: «no me busques» anunciando su cruel despedida.

Pasaban los autobuses delante del bar cada cinco minutos. Rojos como el color del calor que se desprendía de los neumáticos al parar, como el color de la fachada descascarillada del bar. Por supuesto que ella conversaba. Aunque era el hombre quien, llevado por la experiencia y habilidad que le presuponía con las mujeres, sobre la mesa de juego proponía temas diversos, salpicados de ocurrentes anécdotas; palabras que nada tenían que ver con el centro secreto de su cita, pensaba Janos. Parecían adolescentes, había momentos en los que ella, con el vaso de vermut en la mano, hacía sonar los trozos de hielo casi licuados, y reía nerviosa cuando percibía la leve maldad de las palabras que la inquietaban. Ella notaba que quizá el vermut la estuviera emborrachando.

Desnuda en el centro de la habitación, se quedó comprobando si la estancia o los muebles daban vueltas a su alrededor. Repentinamente, se sintió sola.

Cada vez estaba más convencido de que aquel empezaba a ser el mejor día de su vida. Una nueva oportunidad para dedicarse a lo que realmente le interesaba; escribir. Quizá lo había descubierto muy tarde, después de pasar años peleándose con su novia que lo esperaba cada atardecer sentada en la cama, llena de languidez, acusándolo de no prestarle atención, y él, sin poder reprimirse, vociferando, amenazándola con que se marcharía a un lugar en el que pudiera concentrarse porque se sentía coartado por ella, por sus caricias y cuidados, interrumpido, cada vez que tenía una nueva idea y ella le impedía desarrollarla. Se levantó de repente, cogió la gran caja negra que contenía su guitarra y la cargó como pudo en la moto para perseguir a la bicicleta en la que se había subido la mujer del vermut, y no le importó saber a dónde lo llevaría. Se había levantado viento y agradeció que una bocanada de viento fresco lo estremeciera.


Texto y fotografía@mjberistain

Tiempo inseguro


Era ayer. Estábamos en verano. Las mesas de la terraza exterior estaban llenas de gente. Reconocí su mirada, aunque no sabía de qué color eran sus ojos.

Adentro, quedaba una mesa alta libre al fondo del bar, para tres personas, con una nota que decía que estaba reservada a partir de las nueve de la tarde-noche. Nos quedaban apenas unos minutos para tomarnos una cerveza bien fría que nos ayudara a aliviar los treinta y tantos, casi cuarenta grados de temperatura que marcaba el termómetro en la calle. El día estaba siendo agotador.

Hacía varios meses que no salía de casa por una complicación de salud. A cierta edad las estructuras que han ido deteriorándose a lo largo de la vida, sin que una se dé cuenta, lanzan avisos que le obligan a frenar la actividad durante unas semanas para reconstruirse y recuperar la energía. Aunque se sabe que lo hará en un tono menor, lo cual es una pena, pero la inteligencia dicta que es preciso admitirlo, adaptarse a la situación, y seguir viviendo como si no hubiera un mañana.

Reconocí su mirada, aunque nunca supe de qué color eran sus ojos.

Acercándome hacia el gran ventanal del fondo, un golpe de intuición iluminó su mirada en sombra debido al contraluz. No entiendo cómo me dirigí directamente a él antes de ocupar mi sitio en la mesa de al lado, en la que ya se estaba situando mi amiga. La iluminación de ambiente del bar era escasa, a lo que se añadía la luz del atardecer que entraba desde el exterior formando una cortina de luz neblinosa que me cegaba. Sin embargo, el magnetismo de su mirada me atrapó, y directamente, sin reconocerlo, me acerqué a saludarle.

Sé que en los escasos segundos que me costó llegar a él, fruncí el ceño tratando de recordar de qué le conocía a aquel hombre.

Aún con la duda, a un palmo de distancia, le pregunté:

—¿Es usted médico? —Más que nada porque los últimos meses, como he dicho, era con el único grupo de seres humanos con los que me había relacionado.

Se echó hacia atrás en la banqueta alta que ocupaba de espaldas a la ventana. Estaba acompañado por una mujer. Era posible que, sin pretenderlo, yo me hubiera acercado excesivamente y hubiera invadido su espacio vital debido al ambiente oscuro y ruidoso del local. Aún así, sin esperar respuesta, incidí en el tema aseverando, porque había conseguido acordarme de qué le conocía.

— ¡Es usted cardiólogo!

Sonrió esta vez. —Tampoco reconocía su sonrisa.

— No, —lo negó— soy ginecólogo; cardiólogo es mi hermano gemelo.

Sé que, de nuevo, fruncí el ceño, tratando de justificar mi confusión debido al gran parecido con su pretendido hermano, y la falta de luz en el local. —En mi ensoñación recordaba el atractivo de su mirada cómplice de ojos semicerrados por encima de la mascarilla azul que cubría gran parte de su cara, la bata blanca siempre abierta y la compañía constante de una enfermera—. Sin embargo, él, riéndose esta vez, intentaba convencerme de que eran hermanos gemelos y había mucha gente que los confundía. El tema dio bastante juego durante unos minutos, porque no dejaba de resultarnos cómico. Sé que le pedí disculpas queriendo escapar de aquella situación, atrevida por mi parte. Me despedí de la pareja, no sin perplejidad, aunque con educación, y me senté, dándoles la espalda, en la mesa contigua a la suya, junto al ventanal, a la que inicialmente nos dirigíamos mi amiga y yo para tomar una cerveza bien fría y descansar del ajetreo del día.

El sofoco ya no era solo debido a los treinta y tantos, casi cuarenta grados del exterior. Se había mezclado con una especie de soponcio al quedarme con la duda de si aquel hombre estaba queriendo evitarme por alguna razón social o personal y yo le había puesto en una situación comprometida, o, sencillamente, se estaba quedando conmigo.

La cerveza me pareció una de las mejores que había tomado en mi vida. Me entró directamente en vena. Sin embargo, el resto de la tarde y durante toda la noche no pude quitarme de la cabeza al personaje del que, seguía sin recordar el nombre.

Sin embargo, estoy segura de haber reconocido su mirada, aunque siga sin saber explicar de qué color son sus ojos…


@mjberistain

La carta

La carta era un objeto convencional. Un sobre blanco apaisado en el que constaba la dirección del destinatario del mensaje. Que no era ella. Pero sí era su dirección. En ese momento estaba dispuesta a concederle la última oportunidad.

Volvió a mirar el papelito que había sacado de la máquina expendedora de tickets. Si, no se había equivocado, quería enviar una carta, pero previamente intentaría confirmar la dirección. Su turno era el R077. Y volvió a olvidarse de él. Miró repetidamente a la pantalla que, colgada del techo, iluminaba, en grandes caracteres, el turno que le correspondía y la ventanilla donde un funcionario le atendería. Parecía imposible ignorarlo, pero ella volvía a olvidarse. La espera se estaba haciendo realmente larga y aburrida. La señora a la que atendían en la ventanilla número cuatro no parecía saber qué quería en realidad, ni sabía expresarse bien. El funcionario tipo dinosaurio que se desperezaba al otro lado del mostrador, tampoco tenía ganas de esforzarse lo más mínimo aquella mañana; ni por ella ni por nadie. El crío que acompañaba a la mujer que esperaba en la ventanilla número dos, daba vueltas sin parar, tocándolo todo con sus rechonchos dedos grasientos. Tenía que reconocer que aquella escena le estaba poniendo muy nerviosa. Intentaba no mirar la escena porque le causaba pena o asco —no lo llegaba a tener muy claro—, el caso es que hubiera dado cualquier cosa por despachar ella misma a la madre del crío de aquella ventanilla, solo para quitárselo de la vista. Podría tener entre ocho y diez años. Debía de pesar doscientos kilos, y comía desesperadamente algo de lo que solo quedaban migajas en un paquete de celofán brillante, y también, desparramadas por el suelo de la oficina de correos. Eran, sin duda, alguna de esas porquerías que se venden como churros en cualquier tienda de chuches de barrio o incluso en lujosos supermercados, como si se trataran de una exquisitez recomendada para menores. ¡Lamentable! —pensó—. Miró al gran reloj digital, también colgado del techo, que hacía un ruido escandaloso cada vez que en la placa que marcaba la hora, pasaba un minuto más. Las gafas del niño eran enormes, no tanto como su cara. Detrás de ellas, una mirada aviesa, antipática, lanzaba flashes de insolencia a los que le miraban moverse por la oficina de correos que, a esas alturas, ya se estaba convirtiendo en algo siniestro, a pesar de los esfuerzos de los decoradores por haber incorporado la luminosidad del amarillo en los rótulos, en los muebles y en los cristales.

No podía evitar mirarle con cierto odio a la supuesta madre de la criatura. Pensó que podría acercarse discretamente a ella, alertarle de que un niño en aquellas condiciones era un peligro no solo para su propia salud, sino también para la de su madre y su familia y para la seguridad social del país en el futuro…

¿Se atrevería o no? ¿O su buena intención era únicamente porque estaba ya harta de la espera? Tampoco tenía el conocimiento científico suficiente como para explicarle a aquella mujer que debería de poner a su hijo en tratamiento médico especializado en obesidad mórbida. ¡Lamentable!, —pensó.

¡Dichosa carta! La había mantenido en casa intentando hacérsela llegar a su destinatario. Quizás contenía algún mensaje importante. Intentó varias veces localizarlo, pero la voz destemplada del contestador le prometía cada vez que le devolvería la llamada lo antes posible. Al no recibir respuesta, como último recurso intentaba, como disimulando, hacerla desaparecer. Pero se la encontraba insistentemente en sitios en los que no se acordaba haberla dejado. Por otra parte, no se atrevía a tirarla hecha pedazos pequeños a la basura. Cualquiera que revisara los contenedores podría encontrarla y delatarla. Le quemaba aquella carta en su casa, pero no tenía ganas de volver a enfrentarse a aquella voz agria, con esa forma despechada de mentirle. La había colocado en el cajón de temas pendientes, la había ocultado entre las primeras páginas de la agenda a primeros de año, y ya había llegado noviembre. En algún momento se le ocurrió esconderla en la caja de cartón de color butano en la que guardaba los manuales de los electrodomésticos junto con las garantías y teléfonos de los servicios técnicos. Pero, aquella mañana había fallado el lavavajillas y la carta había vuelto a saltarle a la cara. Aquello ya le sobrepasó. Se imaginó quemándola en el fregadero y también se imaginó el espectáculo que se podía preparar si tenían que venir a su casa los bomberos por semejante estupidez.

Volvió a mirar con desesperación el papelito blanco con su número de turno, que para entonces ya estaba hecho un gurruño entre sus dedos, en el mismo momento en que la luz de la pantalla resaltaba la línea del R077. Se despertó de su soporífero aburrimiento e intentó, con su mejor sonrisa, dar los buenos días a la empleada que, medio oculta detrás de toda una parafernalia publicitaria, la esperaba al otro lado del mostrador. La empleada pesó la carta sobre una antigua balanza blanca. La aguja que debía de marcar los gramos apenas se movió. Con parsimonia se levantó y trasladó la carta a un pequeño peso, esta vez digital, que marcaba diez gramos y le facturó 0,50 euros…

Salió de la oficina de correos, sintiéndose, de verdad, liberada.

@mjberistain


Nota:
Con todo mi respeto a las personas empleadas de las oficinas de correos por su profesionalidad. Esto es ficción y forma parte de mis «cuentos casi verdaderos».

¿Qué se considera belleza en Japón?


Wabi-sabi e Iki son dos valores fundamentales de la estética japonesa, en la que se valora lo sencillo, lo sutil y elegante como parte de la belleza.

El japonés Junichiro Tanizaki desgrana en “El elogio de la sombra” la diferencia entre los modos de mirar y de entender la belleza en Occidente y en Oriente.

Apreciar la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

“En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra”. Así comienza el ensayo “El elogio de la sombra” (1933), del escritor japonés Junichiro Tanizaki, en el que afirma que en Japón todo lo bello brota de la oscuridad. Bajo este prisma y a través de numerosos ejemplos, el autor, figura imprescindible de la literatura nipona, nos habla de luces y sombras y de como en este juego de claroscuros nace la verdadera belleza. ¿Qué nos enseña esta obra sobre los japoneses y su manera tan distinta de entender la belleza?

“Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una radiación y expuesta a plena luz, pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”

Junichiro Tanizaki

Aunque “El elogio de la sombra” data de hace casi un siglo, muchos de los ejemplos de Tanizaki siguen vigentes e ilustran con claridad como los ciudadanos del país del sol naciente tienen la capacidad o virtud de “buscar y encontrar lo bello en todo”. Así lo afirma también Masaki Ishiguro en su libro “25 hábitos japoneses para vivir mejor”, donde repasa las costumbres y formas de ser y actuar que mejor representan a la población japonesa.

En Occidente no se entiende la belleza sin la presencia de la luz, una identificación que viene de la antigüedad. Ya en la Edad Media la “estética de la luz” relacionaba la luz, la luminosidad, el esplendor, con lo divino, un concepto que tuvo una importancia trascendental en el arte gótico, arraigó en la sociedad y se ha perpetuado hasta nuestros días. Hoy, la luz juega un papel fundamental en la arquitectura, pero también en el estado de ánimo y la salud.

Pero Tanizaki e Ishiguro cuentan que en Oriente sucede lo contrario. Mientras en occidente, nos hemos olvidado del poder de la sombra, en Japón todo cobra sentido a través de ella. Poner en valor la penumbra, el matiz, lo sutil, es la clave para entender el color de las lacas, de la tinta o de los trajes del teatro nô; para aprender a apreciar el aspecto antiguo del papel o de la pátina que el paso del tiempo deja en los objetos; para captar la belleza en la llama vacilante de una lámpara y descubrir el alma en sus espacios y elementos arquitectónicos. Incluso, el cine japonés, con su trabajo con el contraste de luz y oscuridad y su gusto por los susurros, las elipsis y las pausas, puede relacionarse con este elogio a la sombra y, también, con la estética del vacío, muy presente en las artes y el diseño japonés.

Iki y la belleza sencilla y sutil

Como se ve en las cerámicas raku o los jardines tradicionales japoneses, en esta cultura las formas bellas son las que se inspiran en la naturaleza, son las formas no rebuscadas o elaboradas, son las cosas pequeñas por encima de las grandes construcciones. La tradicional belleza japonesa expresa un delicado sentido del equilibrio, elimina todo, excepto los elementos esencialmente verdaderos, para crear preciosos espacios abiertos en torno a formas simples. En todo momento se huye de la obviedad y la sobreexposición occidental, como señala Tanizaki, y se potencia el concepto de que “menos es más”.

Búsqueda constante de la calidad

Al abordar estas cuestiones, Ishiguro remite al concepto Wabi-sabi, que junto al Iki son dos de los valores fundamentales de la estética japonesa. El Wabi-sabi representa lo imperfecto, lo impermanente, lo incompleto, y también hace hincapié en la simplicidad y en la sobriedad. El Iki se traduce comúnmente como la belleza de la elegancia, la cortesía y el refinamiento sutil. Bajo este precepto se busca la elegancia, lo sensual y lo chic, sin caer en lo exuberante, lo rudo y vulgar.

Una persona o cosa sería Iki y, también, wabi-sabi si es original, sosegada, refinada, sofisticada, pero sin ser ostentosa o complicada. Las geishas, con su belleza, misterio y sensualidad, lo son.

Los japoneses, con su visión de la belleza, nos inspiran a la hora de buscar y encontrar lo bello en todo y a apreciar la riqueza en las cosas más sencillas. Dichos ideales pueden aplicarse a todo lo que nos rodea e, incluso, en el desarrollo personal. Así como uno puede admirar la sutileza, encontrar la belleza tras las sombras o admirar una grieta en un cuenco, también puede aprender a apreciar las imperfecciones que nos caracterizan y nos hacen únicos y diferentes. Así, la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

反射 Texto e imágenes publicitarios de NISSAN


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Ver: WABI SABI


La violinista


Tuve una infancia feliz. Cuando tan solo tenía tres años, con la convicción de mis padres de que yo era una artista, me incluyeron en un novedoso programa de educación musical en el que el elemento fundamental era el violín. Hasta entonces cualquier iniciación a la música, desde el punto de vista oficial, pasaba por aprender solfeo a secas y solo meses más tarde llegaba el momento de elegir un instrumento para su aplicación que, en la mayor parte de los casos, solía ser el piano. Por fin, los niños empezábamos a comprender para qué servían tantas horas de lecturas áridas de signos negros colgados de una estructura de cinco líneas horizontales a lo ancho de las páginas de los cuadernos de cuadrícula.

Como he dicho antes, la fórmula de estudio que se planteaba era novedosa en la ciudad y, también lo era por su rareza en la elección del violín como instrumento, debido a la dificultad del aprendizaje y a su escasa proyección a nivel profesional (eso se pensaba entonces en nuestro entorno cultural).

Compaginé mis estudios básicos con él, también los de grado medio y los de grado superior. Siempre con mi violín a cuestas. Puedo decir que ya la vieja caja de madera revestida de piel negra formaba parte de mi vestimenta. El violín fue cambiando a medida que yo crecía. Llegó el momento en que decidí nunca más cambiar el stradivarius de segunda mano que me había regalado un buen amigo de mis padres cuando volvió de uno de sus viajes por Europa. Él me contó…


Stradivarius


Antonio Stradivari fue un luthier italiano. Nació en 1644 en Cremona, Lombardía y vivió hasta 1737. Fue más conocido por la forma latinizada de su nombre, Stradivarius, que se aplicó a todos los instrumentos musicales de cuerda que fabricó.

Su ciudad, Cremona, se hallaba entre un bosque de abetos (madera blanda) y uno de arces (madera dura), por lo que estas maderas eran las usadas por los grandes maestros violeros, como los Amati y los Guarneri. Comenzó a mostrar originalidad y a hacer alteraciones en los modelos de violín de Amati. El arco fue mejorado, los espesores de la madera calculados más exactamente, el barniz más coloreado y la construcción del mástil mejorada. Se considera en general que sus mejores violines fueron construidos entre 1683 y 1715, superando en calidad a los construidos entre 1725 y 1730. Además de violines, Stradivari construyó arpasguitarrasviolas y violoncellos.

Una hipótesis sobre la calidad de los instrumentos creados por Stradivarius sugiere que el clima puede haber sido un factor importante en el extraordinario sonido que poseen. Durante las épocas de frío extremo, los anillos de crecimiento de los árboles son más angostos, están más juntos y la madera tiene mayor densidad. El «mínimo de Maunder» fue un período de frío entre 1645 y 1715 que afectó a Europa, mientras se talaba la madera que Stradivarius habría de utilizar. Así, sin dejar de lado la extraordinaria calidad del trabajo de Stradivarius, se piensa que la singularidad del timbre de estos instrumentos puede tener su origen también en el uso de madera perteneciente a un período climático especial. Cuando acababa su instrumento, el barniz con el que cubría la madera se consideraba muy importante, debido a la transpiración de la madera, etc. Este es uno de los misterios del luthier: la fórmula de su barniz. Fuente: Wikipedia


Desde entonces han pasado muchas cosas por mi vida como en la de cualquier ser humano. He viajado, he tenido familia, amigos, trabajo. He dado conciertos en lugares cutres y otros maravillosos como algunos salones privados de Chateaux franceses. He sobrevivido por unos pocos peniques en pasillos transitados por gente que no amaba la música. He soñado desde niña en ser concertino en la gran Orquesta Sinfónica de Viena.

Murió anoche mi compañera de fatigas, mi amor, mi gran amiga. Formábamos parte de un grupo musical que atendía contrataciones para eventos; bodas y fiestas.

He amanecido junto al mar de una pequeña ciudad del norte donde esperábamos el momento de interpretar un repertorio clásico en los jardines de uno de sus museos. No he dormido. Me he cobijado con mi violín y mi desolación en el interior de un túnel del paseo marítimo. Alguien me ha tocado en el hombro, me ha agradecido la música y me ha ofrecido ayuda. Antes de seguir su camino me ha dejado unas monedas…

Mientras interpretaba a Bach, sin esperar ya nada, seguía soñando con ser concertino de la Orquesta Sinfónica de Viena.




@mjberistain

Ulma

de mi libro La canción de NERTA


Segunda Parte

Capítulo I

Agarrada a la botella de bourbon, sus manos de dedos nudosos envejecidos por la artritis repasan pegajosas las gotas de licor reseco como si en cada una de ellas estuviera contenido cada uno de sus recuerdos.

Yo pensaba que Ulma era mi madre —continuó la mujer con voz debilitada en una especie de lamento entrecortado—. Ulma fue la primera persona que me vio nacer. Sus manos fueron el único calor que sentí cuando me ayudaron a salir del cuerpo inerte de la niña todavía llena de sangre y mucosidad a la que, apenas dieciséis años antes, ella misma había rescatado de las aguas de la gran cascada. Suyos eran los abrazos más tiernos de mi infancia, suya la voz suave que cada noche me contaba cuentos y leyendas casi verdaderas. Yo entonces no entendía lo que significaban las palabras huir, guerra, o noches negras. Tampoco entendía cuando me hablaba de mi otra madre; una mujer a la que yo no había conocido porque se había marchado a buscar un país y una casa para vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos por ella cada noche.

Ulma sonreía siempre. Atendía a mis abuelos —los padres de mi madre Louise— como si se tratara de su propia familia. Recuerdo aún el olor y el calor de aquella casa en Suecia, el pequeño jardín de atrás lleno de flores cuando no estaba nevado. El temblor en sus labios cuando me besaban como si aquellos fueran a ser sus últimos besos. Me sentía una niña muy querida y, sin embargo, no tengo conciencia del momento definitivo en el que nos despedimos. —Quizás debieron querer evitarme el duelo—. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí, recuerdo el encuentro con Louise, la mujer que lloraba desconsoladamente abrazándonos a Louise y a mí una y otra vez. Habíamos terminado el viaje, estábamos las tres juntas. Pero, aunque yo también recuerdo que lloré, no comprendía el porqué de tanta tristeza.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad de Stanford, en una de las casitas que quedaban semiocultas entre los bosques. Cada mañana salíamos las tres de la casa a la misma hora. Louise tomaba un camino distinto al que nos conducía hacia el colegio, a Ulma y a mí y nos despedía lanzándonos besos que soplaba desde las palmas de sus manos. No dejaba de mirarnos largo rato hasta que desaparecíamos de su vista.

Empecé a pensar que en mi vida había secretos, palabras que nadie quería o se atrevía a pronunciar.  Entre las dos mujeres había algo más fuerte que la amistad, que el amor, que la hermandad. Quizás habían compartido días y noches tan difíciles en sus vidas que les habían unido con la fortaleza de un gran muro de piedra contra cualquier adversidad. Yo no tuve hermanos ni hermanas como para saberlo, pero al verlas juntas, pensaba que aquella forma de quererse era como la de las hermanas. ¿Cómo, entonces, podían ser las dos mis madres?

Quizá alguna vez eché en falta tener un padre. Especialmente cuando, al terminar las clases en el colegio, me quedaba retrasada del grupo de mis compañeras para ver a los chicos jugar al béisbol. Poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera. Desperté a la vida de la mano de mis compañeros de clase. Realmente envidiaba a mis amigas que tenían hermanos mayores.

Falta alguna referencia sobre la ausencia de Ulma

Desde que me quedé sola con mamá Louise, ella fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz y apasionada. Ella me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, las religiones y de las guerras. —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa—. También me hablaba de la maldad, de la crueldad y del miedo.

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Mi propia historia me parecía ser parte de uno de los cuentos que me leía por las noches. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida del día de mi nacimiento, rodeada de muerte. O, haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente porque no pudo soportar el horror de los crímenes que había cometido —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su labor docente en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como directora del Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; los glaciares, incluso reservas de algunas tribus indias.

También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras yo hablaba por teléfono con mi amigo Thomas.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado aquella amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora comprendo que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la frondosidad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Yo accedía a ir a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era “el profesor”, compañero de trabajo de mi madre. Aunque podía tener treinta años más que yo, fue el primer hombre con el que yo me sentía feliz como mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto y serio, aunque cercano, y con sentido del humor. Era atento y atractivo hasta el punto de que yo no podía soportar su presencia cerca porque temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía con los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me dirigiera a mí su mirada, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el porqué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestro inconformismo y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad, era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Era un personaje. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de nuestros soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía en la que me distancié de mi madre, llegó un momento en el que ya no soportaba sus críticas y recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana en casa. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, aunque posiblemente sea para largo. Quizás sea mi último destino profesional. Además, pensando a futuro, no descarto instalarme allí mis últimos años; volver a nuestras raíces, la montaña, el mar, nuestra tierra… Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije—, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que seguir contando con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿quiénes van de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. —dijo, con cierto desparpajo—. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


A vueltas con la luna


 

Me he levantado muy temprano esta mañana.

La ventana de la habitación estaba entreabierta porque respirar el aire de la noche, aunque esté dormida, ahuyenta los malos sueños, y así soy más feliz.

Había una luz que se asomaba tibiamente por encima de las montañas de la parte este del jardín. El aire estaba quieto todavía y solo algunos pajarillos lo removían con sus aleteos nuevos. En esta época del año es cuando mejor se les puede ver; txantxangorris, mirlos, abubillas, entre las flores del cerezo o del verde incipiente de las primeras hojas de los abedules, de los robles, del liquidámbar.

He pensado que hoy era un día perfecto, —como casi todos si uno está dispuesto a vivir la duración, como decía Peter Handke; esa actitud de acoger lo huidizo de la vida, de forma consciente, en lugar de dejarla pasar de largo.

¿Cuántas veces a lo largo de mi vida he tenido la tentación de sacar una foto en mitad de la noche? Infinitas, porque cada vez que miro al horizonte, me sorprende con un frío o con un fuego diferente. ¡Pero esta noche se me ha escapado! Por eso hoy me he levantado tan temprano, para buscar aquella imagen que había entrado por mi ventana solo unas horas antes. Necesitaba volver a encontrarla, aun sabiendo lo efímero de la existencia. Pensaba que podría conseguirlo de nuevo; hubiera necesitado otro instante, solo otro instante, el tiempo que tarda la cámara de fotos en hacer clic. Pero ya era tarde…

Recuerdo que me sacudió con suavidad el sueño cuando inundó la habitación su luz tan nueva, como la rodaja de una naranja jugosa, espléndida en la negrura de la noche. Dudé un momento, sin embargo, me sentía bien en su presencia, sin armas de defensa, y allí, en el cobijo de una nada envolvente, me abandoné a su mirada como a una caricia tierna que llegara desde más allá del universo.

Me he levantado temprano esta mañana, pero la luna huidiza desaparecía en un leve resplandor blanco por el oeste.

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Texto y fotografía@mjberistain


SE TRATA DE CONTAR

Porque soy una persona libre, escribo en este blog.

Porque si no fuera la persona libre que quiero ser, tendría que buscar un lugar donde pudiera contar la verdad sobre ello. Contar cómo me va la vida con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado. Podría susurrar de cara a un pozo. Podría escribir una carta y mantenerla guardada en mi escritorio. Podría escribir una maldición en una cinta de plomo y enterrarla para que nadie la leyera en mil años.

No se trataría de encontrar un lector, se trata de contar.

Pienso en una persona de pie, sola en un cuarto. La casa en silencio. La persona lee un trozo de papel. No existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en él unos signos que nadie más va a ver; le confiere algo así como una plusvalía,

y todo lo remata con un gesto tan privado y preciso como su propio nombre.


Extractado de un texto de Anne Carson*

(*) Anne Carson es poeta, ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Michigan. Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas. Fue galardonada en 2020 con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

¿De qué manera?


Desde muy joven mantengo una relación de amistad con la torpeza y el error. Como dice Irene Vallejo en uno de sus textos publicado en El País, quizá por esa sabiduría que enseñan las cicatrices.

Ella se refiere a la adolescencia, pero yo hace tiempo que pasé de ella. Reconozco que, en algunas ocasiones, me horroriza equivocarme y defraudar, porque escuché en mi infancia la frase fatídica que hirió mi autoestima para siempre: Si no tienes nada importante que decir; cállate. He madurado silenciando mis preguntas cuando he pensado que debería de saber las respuestas; he ralentizado mis pasos por miedo a un posible tropiezo; he cerrado puertas a mi espontaneidad ante el miedo al desacierto.

Me doy cuenta de que no soy la única persona que sufre de remordimiento y ansiedad. Irene, sabiamente, supongo que para aliviar algún alma abatida que pudiera existir por esta circunstancia, recuerda hechos que ocurrieron antes del siglo V antes de Cristo. Leo con interés la fórmula para protegerme de alguna manera.

Habla de Anne Carson, nacida en Toronto, en 1950, escritora, poeta, ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Michigan. Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas. En 2020 fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

Mucha gente, incluyendo a Aristóteles, opina que el error es un suceso mental interesante y valioso. No es solo que las cosas no son lo que parecen, y de ahí que nos confundamos; además la equivocación es en sí valiosa.

Nuestras estupideces tienen el mérito de zarandear el entramado de inercias y tópicos que nos fabricamos para avanzar cómodos y monótonos por la vida. Hay una belleza veterana y aguerrida en el hecho de reconocer las sandeces propias sin drama, disimulo ni autoflagelación.

Como decía al principio de este pequeño comentario; estoy familiarizada con el miedo a la torpeza y el error, aunque me falta ese punto de heroicidad para lidiar con el ridículo; imaginación para convertir mi torpeza o error en una obra de arte, utilizar el humor como consuelo y a través de él reivindicar esa risa humilde pero no humillante. Y, en definitiva, aprender a salir airosa afirmando mi propia dignidad tambaleante.

Mi agradecimiento a Irene por compartir la gran calidad de su escritura.


Ver: Fe de erratas de IRENE VALLEJO

¿Quién mató al mar de aral?


Ayer asistí a una Tertulia Poética. Cada día me sorprende la vida con nuevos datos que quizá debería de re-conocer y ocurre que no. Es cierto que la región del globo terráqueo a la que se refiere el prólogo del libro de Miguel Angel Yusta «Postludio» escrito por Valentín Martín está lejos de mis destinos preferidos, por lo que la información relacionada no entra en los algoritmos que baraja internet para tenerme actualizada. Así es que debo de aceptar mi desconocimiento y dedicarme a documentarme a propósito, lo que me permite un mayor disfrute del contenido del libro que tengo entre manos.

Dice en el prólogo Valentín Martín: «El autor del libro entra en los tiempos con los ojos abiertos y vivos, dejando un rastro de corresponsal de la guerra que vivió, de la paz que vivió, de los soles y sombras que vivió, sin saber muy bien si está entre los vencedores o los vencidos.«


Hay un mar que se muere
Metáfora del hombre que destruye,
enajenado, el mundo.

Aral, antaño hermoso,
lleno de vida, barcos y alegría,
hoy símbolo de muerte y destrucción.

Ni por treinta monedas tan siquiera.

El hombre se ha vendido
solo por baratijas y espejismos
y navega cegado hacia la Estigia

Los pájaros vigilan en la noche
insomnes sobre horas desmayadas.
mientras, en el olvido,
yacen cansados gritos de ceniza.
El tiempo se disfraza de fantasma
junto a los cuerpos y las almas rotas
liberados al fin de servidumbres.

Diluido el dolor, la soledad es cierta.


Agotar el secreto de las horas
con el bello Cuarteto de Beethoven,
cuando la vibración de los sonidos
estremece el silencio.
Contemplar en penumbra
la liquida mirada de unos ojos,
inmenso mar de notas enlazadas
donde navega el fuego.
Regresar al contacto
de huellas y certeza
con manos que dibujan cadencias y deseos
mientras, sobre el compás, muere la tarde.


No me canso de ti ni del sonido
que forman las palabras
con que tejes mis sueños.

Es como caminar por una estela
donde sembraste lunas
en tardes apacibles de silencio y miradas.



«el poeta, en fin, deja que de su herida en el costado crezcan árboles
con suave gorjeo en las alturas de los sueños…«


Tertulia Poética en FNAC organizada por TRANSVERSORES.
Ponentes Miguel Ángel Yusta, Amparo Baró y Eugenio Mateo
Imagen: Por NASA Earth Observatory – Dominio público.

Insipidez

Querido Diario:

Escribo el título y es como si alguien me hubiera golpeado en la nuca.

De acuerdo, lo entendía referido a gastronomía, pero hoy descubro esta otra acepción.

En cuanto a las personas y sus acciones, puede calificarse de insípido a todo aquello que resulte poco interesante, que no tenga “sabor” en sentido motivador y atractivo, por ejemplo: “Estuvo una hora quejándose de sus pequeños problemas cotidianos; su insípida charla terminó por aburrirme”, “Las ideas del político son tan insípidas que dudosamente conquistará a alguna parte del electorado” o “Juan tiene una personalidad tan insípida que generalmente está solo, ya que nadie quiere compartir sus costumbres rutinarias y egoístas”. DeConceptos.com

Hubo una vez que perdimos el valor de los abrazos y el sabor de los besos.

Dicen los bien pensantes que, desde la pandemia, ya no somos los mismos. Hemos modificado nuestra actividad sensorial. Nunca seremos los mismos, porque hemos aceptado que ha habido una revolución en nuestra forma de expresarnos. Es verdad que seguimos viendo y oliendo, tocando todo, pero de una manera diferente a como lo hacíamos en otro tiempo. Atravesamos un desierto en el que la soledad era nuestra íntima compañera de habitación. Mientras ese tiempo tan vacío en el que los gestos, los abrazos y los besos tan necesitados por la especie humana durmieron en un limbo gaseoso, algunas cosas cambiaron. Y, a medida que nos fuimos despertando, nos dimos cuenta de que queríamos recuperar el tiempo que habíamos perdido. Nos dedicamos a una carrera sin final ni destino, persiguiendo cualquier tren que pudiera llevarnos a nuestro mundo anterior. Ahora que estamos en plena forma, seguimos corriendo sin saber muy bien qué es lo que tratamos de conseguir.

Por supuesto que no estamos tratando de regresar al pasado, o sí. Siempre hemos sabido que el futuro es imperfecto. ¿De qué forma podemos frenar este acelerado ritmo de vida que nos impide relajarnos y disfrutar plenamente de cada momento? ¿Cómo podemos tomar el tiempo para conversar con nuestra pareja, nuestros hijos o nuestros amigos, o simplemente para hacerles sonreír? ¿Por qué no dejarnos amar durante unos minutos sin prisa? Me refiero a permitir que la vida nos mime, y ofrecernos al verdadero don con el que hemos sido bendecidos al nacer. Amar y ser amados.

Dicen los sabios que «las formas en las que las personas usaban sus sentidos para navegar y comprender su mundo tendían a ocurrir lentamente, medidos en décadas y siglos, no en meras semanas y meses —la idea misma de que hay cinco sentidos tardó siglos en madurar».

El haber estado privados de nuestras vivencias sensoriales podría hacernos reflexionar y, en lugar de salir en busca de «estimulación», ¿no sería mejor familiarizarnos con las virtudes de la insipidez?

Y de nuevo, la maldita palabra me ataca.

Vuelvo al tema.

Decía que, actualmente, podemos elegir ocupar un puesto de honor en el podium de la insipidez, contraria a nuestra cultura occidental, o bien adoptar algo loable de la tradición china. Para los chinos, la palabra mencionada tiene el sabor de «lo virtual», no se trata de privación del sabor, sino de la capacidad de evolucionar y transformarse. La insipidez no excluye cualidades contrarias, sino que favorece una disponibilidad individual simultánea, que se mueve en armonía con las fluctuaciones del mundo y nos hace posible asociarlas con más libertad.

¡Ahí queda eso!

El filósofo François Jullien, autor del libro «Elogio de lo insípido» nos invita a repensar nuestras suposiciones. Podríamos entenderlo como una transformación silenciosa, que ocurre sin ruido, y no se despliega en el espacio, sino en el tiempo. Se trataría de una inteligencia que opera en modo continuo, no es una forma de retiro o aislamiento, sino una forma de vivir que requiere paciencia para madurar y gestar.

Termino con la reflexión del autor de este artículo —David Dorenbaum publicado en El País—, en el que me he basado para trasladar estas anotaciones a mi Querido Diario.

Bien podríamos valernos de las virtudes de la insipidez, de su espíritu de plenitud. Sería interesante no pensar en la insipidez como pereza, ociosidad o aburrimiento —todo lo cual estamos programados para sentir, con culpabilidad, en un mundo en el que el aluvión del capitalismo y las redes sociales inunda nuestros sentidos y nos desafía a actuar en consecuencia— y, en cambio, tratar de sacar provecho de la «insipidez» como una forma legítima y útil de interactuar con nuestro mundo, de una manera menos estresante y más auténtica.

¡Ojalá!


Principios

Sinceramente, no entiendo por qué últimamente no soporto ver películas de «violencia». Sin embargo, mi elección se decanta hacia documentales de Historia.

Hace seis años ya me documenté seriamente sobre la historia de la Segunda Guerra Mundial en los países del Norte a propósito de un viaje que hice a Suecia y Noruega. De ello salieron algunos capítulos de lo que quiso ser una novela corta que está «en barbecho».

Con esto de la inflación y la que nos espera, y tal y como está el mundo de revuelto, he decidido cambiar hacia el «minimalismo» en todos los detalles de mi vida. Así que uno de los recortes que he hecho ha sido ajustar la programación de televisión a mis necesidades reales. Paso muchas horas frente al ordenador porque lo que tengo entre manos me apasiona. Leo y escribo mientras me acompaña una leve música de fondo. Y edito mis fotografías que, incluso algunas veces, alumbran los temas de mi blog. Y solo cuando estoy al borde del agotamiento y mis neuronas no me siguen, enciendo el aparato y busco documentales que me interesan y, por supuesto, las noticias (por mucho que me hacen sufrir).

He empezado diciendo que no quiero ver películas de violencia.

Quizá no deberías de creerme, querido diario, porque tengo una rara debilidad por la Historia de la Segunda Guerra Mundial. Todas las guerras me conmueven, todavía la de Rusia y Ucrania. Actualmente, estoy sensibilizada por la revolución que se está produciendo en Irán a propósito de los derechos de la mujer. Bueno, no exclusivamente por los de la mujer, sino por los «derechos humanos». Sé que este tema arde en todo el mundo, que entiendo que no es exclusivo de Irán, aunque en este momento sea el foco de atención en los «medios». Me sirve para mostrar mi oposición a todo tipo de violencia «venga de donde venga».

Coincide que un amigo me mandó ayer unas fotografías desde Irán. Cae en mis manos el informe de María Ángeles López de Celis, publicado en Zenda. Y, como llevo unos días con este tema en la cabeza, decido recogerlo entre mis cosas y compartirlo por si a alguien más le interesa.

Extraigo algunas líneas del informe de María Ángeles López de Celis en la publicación de Zenda.

Hablamos de un pueblo hospitalario y generoso, sin paliativos, que ha sufrido y sufre las derivadas de una falta de libertad que dura generaciones. Que no son árabes, sino persas, repiten una y otra vez, ante la ignorancia del resto del mundo, para los que todo el que es musulmán y está en Oriente Medio es árabe. Hablan farsi, no árabe, son cultos y bien parecidos, sobre todo las mujeres, para las que vestirse cada día es un ritual repleto de códigos y limitaciones, comprobado por cualquier mujer, venga de donde venga, apenas pise tierra iraní. Aman su comida y, más aún, a sus poetas: son su mayor patrimonio, su orgullo, su legado… y desean compartirlo.

Es preciso señalar que Irán no es cualquier país, es una potencia de noventa millones de habitantes que posee una de las más grandes reservas de petróleo y gas natural del mundo. Tiene una clase media muy potente, aunque hoy vive empobrecida y agobiada. La juventud ha tenido siempre la oportunidad de ir a la universidad y vivir con cierta estabilidad, a diferencia de sus vecinos del Medio Oriente, Irak o Afganistán. Aunque la mayoría nunca ha respirado libertad, no avalarían bajo ningún concepto una intervención internacional, ni un cambio de régimen que llevara al país a una guerra civil. Debido a que el régimen iraní es la clave del equilibrio geopolítico en esa zona del mundo, su gobierno no desea guerras ni desestabilizaciones, y por eso es un enemigo acérrimo de Al Qaeda, y del Estado Islámico. Si el régimen iraní cayera en este momento, la onda expansiva se llevaría por delante la estabilidad de la región y del mercado global de hidrocarburos.

Asimismo, es preciso poner en valor la osadía y el coraje de las mujeres iraníes, que han demostrado desde hace mucho tiempo que son capaces de enfrentarse al conservadurismo del régimen. En 2009, cuando tuvo lugar la «Revolución Verde», fueron las mujeres las principales protagonistas.

¡No al velo, sí a la libertad y a la igualdad!, gritan las activistas en Teherán.

Desde 1979, Irán vive bajo un régimen clerical. El líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Jomeini, dio paso a un sistema político en el que los clérigos y el ejército tienen primacía, aunque se celebran elecciones, como es de imaginar, en un ámbito tan restrictivo como manipulado. Las mujeres, en este marco, quedan bajo la tutela de los hombres y, aunque han ido muy poco a poco conquistando parcelas de libertad, siguen estando bajo un yugo muy represivo.

Por otra parte, estar ante las ruinas de Persépolis, la plaza mayor de Isfahan o la Mezquita del Viernes, es quedarse maravillado, aunque más impactante será el recuerdo que quedará de este pueblo culto y acogedor, para el que sus visitantes somos sus más importantes valedores y los embajadores que contarán al mundo la realidad de Irán, en la seguridad de que, descubriendo rincones remotos y culturas diferentes, eliminaremos la frontera más peligrosa: la que nosotros mismos construimos.


La belleza natural del país.

Incluyo algunas imágenes de internet que han llamado mi atención.

Ver el informe completo en: Las mujeres iraníes


Por quién doblan las campanas

Del Blog Profesor Jonk

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un 
pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se
lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, 
o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, 
porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, 
nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; 
doblan por ti.

John Donne (1572-1631)

“Por quién doblan las campanas” es la novela de Hemingway sobre la guerra civil española. En el mes de abril de 1937 la República lanza un ataque fallido sobre las posiciones enemigas de La Granja y Segovia, en plena sierra de Guadarrama, vertientes de Madrid y Segovia. 

 Desde el Puerto de Navacerrada, controlado por la República, hasta La Granja, en manos de los franquistas, se extiende una extensa tierra de nadie. Un grupo de guerrilleros dirigidos por el dinamitero norteamericano Robert Jordan, desde una cueva junto a Siete Picos, planea volar el Puente sobre el río Eresma para truncar el avance de los nacionales. 

El capítulo 27 de la novela recoge la anónima, tantas veces repetida, historia de un día en la vida, en la muerte, de cinco guerrilleros republicanos que tomaron una colina en la sierra de Guadarrama. Este capítulo sirvió de inspiración a la banda Metallica para su mítico tema del mismo nombre que la novela.

For Whom The Bell Tolls es la tercera canción del segundo álbum de estudio de Metallica, Ride the Lightning; la introducción del tema fue realizada por Cliff Burton, con bajo eléctrico y distorsión que le hacen parecer una guitarra, y para el sonido de la campana se utilizó un yunque. En las versiones en directo de la canción, la banda suele comenzar con un solo de bajo en memoria de Burton, que falleció con solo 24 años en un fatal accidente que tuvo el autobús de la banda en el trayecto de Estocolmo a Copenhague, camino de su próximo concierto, programado para el 27 de septiembre de 1986.

Make his fight on the hills in the early day/ Libraron su guerra sobre las colinas desde el amanecer  

Constant chill deep inside/ con una ansiedad crónica en lo más profundo de su interior

Shouting gun on they run through the endless gray/ mientras gritan las armas ellos corren a través de una grisura interminable

On they fight for their right, yes, but who’s to say?/ellos luchan por su verdad, sí, pero a quien cabe decírselo

Sierra de Guadarrama. Una colina. Cerca de Segovia. Cerca de La Granja. Hace frío. Aún hay restos de nieve. Hay que llegar a la cresta de la colina. Cinco hombres. Cinco milicianos. Tres están heridos. El más joven solo tiene dieciocho años. Espolean al único caballo. Sí, es la guerra civil española. Ni la mejor ni la peor. Una guerra. Otra más. Tan justificada, tan digna, tan estúpida, tan cruel, tan absurda como cualquier otra. 

For a hill, men would kill, why? They do not know / Por una colina, el hombre es capaz de matar, el por qué, ellos no lo saben

Wounds test their pride / las heridas ponen a prueba su orgullo

Men of five, still alive through the raging glow/ los cinco hombres aún vivos entre un resplandor furioso

Gone insane from the pain and they surely know/ el dolor les enloquece y seguramente son conscientes de ello

Galopa el caballo. La muerte no tiene ideología. No tiene compañeros, no tiene camaradas. Jadea el caballo. Ya llegan a la colina. Una colina fea y enferma, como un absceso. El pus somos los humanos. Hay que encajonarse entre dos rocas. Colocar y mimar las ametralladoras. La muerte exige una disciplina y una estética. El caballo está exhausto. El caballo está herido. Una bala para el caballo. Una bala quirúrgica, tierna. Ya está, ya pasó. Gracias por todo compañero. Un último servicio como parapeto. El espinazo para apoyar el cañón mirando al horizonte, al enemigo que no se ve pero que aguarda. La muerte y lo muerto nos hará valernos para matar y morir. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continúa su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Resistir y fortificar es vencer, dice el eslogan. La Pasionaria dice que es mejor morir de pie que vivir de rodillas. No estamos de rodillas. Estamos de barriga. Ninguno verá ponerse el sol esta tarde. Ellos son ciento cincuenta. Solo queda llevarse a algunos de compañeros de viaje. Porque ellos son valientes, pero también estúpidos. Siempre hay alguno que no tiene paciencia. Paradójicamente, disponer de un armamento tan moderno, te da una confianza que te vuelve loco. 

Take a look to the sky just before you die/ echa un vistazo al cielo justo antes de morir

It is the last time he will / por última vez

Blackened roar, massive roar fills the crumbling sky / un estertor negro, un estertor pleno envuelve un cielo que se derrumba

Shattered goal fills his soul with a ruthless cry / el objetivo fallido engulle su espíritu con un grito implacable.

Hace un cielo de comienzos de verano. El Sordo, el cabecilla, está seguro de que es la última vez que lo ve. No siente miedo de morir, pero le irrita hacerlo en una colina que no tiene más objeto que ser un lugar para morir. Se tenga miedo o no, es difícil aceptar el propio fin. El Sordo lo acepta; pero no encuentra alivio en la aceptación. Si es preciso morir, y lo va a ser, se puede morir, y aunque no tiene importancia, no gusta nada: Morir no tenía importancia ni se hacía de la muerte ninguna idea aterradora. Pero vivir era un campo de trigo balanceándose a impulsos del viento en el flanco de una colina. Vivir era un halcón en el cielo. Vivir era un botijo entre el polvo del grano segado y la paja que vuela. Vivir era un caballo entre las piernas y una carabina al hombro, y una colina, y un valle, y un arroyo bordeado de árboles, y el otro lado del valle con otras colinas a lo lejos.                                                                                                

 La adaptación cinematográfica (1942) fue estrenada 
en 1978 en España y en versión íntegra en 1998, tuvo 
9 nominaciones al Óscar. El rodaje duró 24 semanas 
(de julio a octubre de 1942). Las primeras 12 en Sonora 
Pass, Sierra Nevada. Las últimas 12 en California. La carga
ideológica de la novela se edulcora en la película por las
presiones franquistas y de una conservadora administración
norteamericana, que recordemos que en esos momentos 
es aliada de Stalin, a la que no le interesa reflejar las atrocidades 
del bando republicano, lo que acaba convirtiendo el film en 
una entretenida peli de amor y aventuras.

Stranger now are his eyes to this mystery / Ahora son sus ojos extraños a este misterio

He hears the silence so loud / el silencio le resulta atronador 

Crack of dawn, all is gone except the will to be / una grieta en el amanecer, todo ha desaparecido excepto el deseo de ser

Now they see what will be blinded eyes to see / ahora solo ven que solo hay ojos ciegos para ver.

Cuando uno está cercado no puede esperar más que la muerte. No queda más que llevarse a alguien por el camino. Triste y nervioso consuelo. Pero con algo hay que matar el tiempo. Los últimos tragos de vino y provocar al enemigo para que alguna pieza muerda el cebo. Que parezca que estamos muertos. La impaciencia es una enfermedad con una altísima cuota de mortalidad. No hay nada que angustie más al enemigo a punto de vencer que aguardar sitiando a hombres que cree que ya están muertos. Siempre le toca a alguno asomar la cabeza para ver si queda algún enemigo vivo. Y siempre tiene que haber una cabeza de turco. 

For whom the bell tolls / por quién doblan las campanas

Time marches on/ el tiempo continúa su marcha

For whom the bell tolls/ por quién doblan las campanas

Siempre se busca un voluntario: —Tengo miedo, mi capitán –respondió con dignidad el soldado. Y comienzan las blasfemias y el baile hasta que un imprudente da el paso al frente. Y ahí es donde aguarda la presa herida que por última vez se siente cazador: Mira qué animal. Mírale cómo avanza. Ese es para mí. A ese me lo llevo yo por delante. Ese que se acerca va a hacer el mismo viaje que yo. Vamos, ven, camarada viajero. 

La impaciencia te ha matado. Luego llegan los aviones y la colina queda desolada. No queda nadie vivo en la cima, ni El Sordo (que ya ha emprendido el viaje con su última presa), ni Ignacio, ni nadie… salvo el muchacho, Joaquín, desvanecido con cara de no haber entendido nada, con la ceniza del miedo en los ojos. Un viejo soldado franquista le ve y le remata, rápido, sin aspavientos, casi con la misma ternura animal con la que el Sordo mató a su caballo. «Qué cosa más mala es la guerra», se dice mientras se santigua y baja la cuesta rezando cinco padrenuestros y cinco avemarías por el descanso del alma de su camarada muerto. El impaciente. Ese al que no soportaba.

Nunca pienses que una guerra… no es un crimen – Ernest Hemingway


Ver original en el Blog de Profesor Jonk

Adiós Pablo

Adiós a Pablo Milanés, autor de una de las canciones de amor más bonitas de todas las épocas, y de otras que han acompañado momentos especiales de mi vida.

Mereció dos Grammy Latinos por mejor álbum de cantautor (2006) y excelencia musical (2015).

Su voz era «cancionera, de patio, serenata y jardín, pero también de plaza fuerte y solidaria,
voz de isla infinita y tierra firme (…) dulce y a la vez poderosa»

(dijo a AFP José María Vitier, pianista, compositor y su colaborador cercano)

Durante su carrera artística grabó decenas de discos, musicalizó películas y a poetas como César Vallejo, Nicolás Guillen y José Martí. En 1985, Joan Manuel Serrat, Ana Belén, Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez y otros, le rinden un homenaje en el álbum Querido Pablo.


La vespa



Publicado por Juan Tallón en la Revista Jot Down

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Julio Cortázar (1914-1984)

Le tomó gusto a moverse por París en bicicleta, pero cuando sintió la felicidad verdadera, y además casi muere, fue el día que reunió dinero para comprar una Vespa de segunda mano. La moto era un viejo sueño, y como los sueños largamente acariciados, una tarde estuvo a punto de fallecer, igual que el protagonista de El crepúsculo de los dioses, cuyo mayor deseo siempre fue tener una piscina, y cuando al fin la consiguió, se ahogó en ella.

El grave accidente de Cortázar sobre la moto, una tarde de primavera, a su modo también simbolizó un tipo de felicidad, pues inspiró su cuento «La noche boca arriba». Se trató de un «accidente muy tonto del que estoy muy orgulloso», confesaba en 1980 a los alumnos de la Universidad de Berkeley, a los que ese día impartía una clase sobre el cuento fantástico. Para no matar a una viejita que se atravesó en la calzada, Julio intentó frenar y desviarse, y al final «me tiré la motocicleta encima». La investigación policial iba a aclarar que la anciana confundía el verde con el rojo y creyó que podía bajar y empezar a cruzar la calle en el momento que habían cambiado las luces del semáforo.

Sucedió el 14 de abril de 1953. Cortázar vivía en París desde 1951, cuando el gobierno francés le concedió una beca de diez meses para ampliar estudios. Preparó una maleta de circunstancias, aunque para quedarse a vivir allí toda la vida, y el 15 de octubre, lunes, embarcó en el Provence. Metidos entre la ropa, se llevó unos pocos libros, que le robarían en la Cité Universitaire, donde se alojó en los primeros meses, y un solo disco. Era «un viejísimo blues de mi tiempo de estudiante, que se llamaba “Stack O´Lee Blues”, y que me guarda toda la juventud», le detalla por carta a su amigo y maestro Fredi Guthmann. Había tenido que vender íntegramente su discoteca de jazz —unos doscientos discos de primera línea—, que había empezado a armar en 1933, en los días que se reunía con sus amigos en un sótano, «con una vieja victrola a cuerda, para escuchar a Louis Armstrong y Duke Ellington». Resultó desgarrador deshacerse de algo tan importante, pero estudió el asunto «metafísicamente» y descubrió que su deseo de conservar los discos «obedecía al maldito sentimiento de propiedad que es la ruina de los hombres».

En el fondo, Cortázar estaba soltando lastre para empezar su vida desde cero. Aunque llegó a París convencido de que «se puede uno arreglar con una comida diaria», no tardó en conseguir pequeños empleos con los que completar el presupuesto de la beca. Esta, además del alojamiento, incluía quince mil francos mensuales, así que la primera misión era «encontrar algún trabajo (lo más rutinario posible, no hago cuestión de preferencias), que, sin robarme el día entero, me diera otros quince mil francos».

Entretanto, la bicicleta, a la que llamaba Aleluya, lo lleva a todas partes, a veces bajo la lluvia, pero incluso eso le parece un lujo bellísimo, con el que cualquier escritor que comienza sueña. En una de las primeras cartas a su abuela materna, Victoria Gabel de Descotte, le relata cómo transcurren sus días en la ciudad, y cómo copia libros suyos, lee obras ajenas, bebe leche pasteurizada y vino tinto (para quitarse el gusto de la leche) y hasta «me plancho las camisas como un rey; la gente me para en la calle para felicitarme». Pero, sobre todo, pasea en bicicleta, sin importar que llueva. «Es muy linda la lluvia en bicicleta».

En el verano de 1952, cuando al fin reúne el dinero suficiente, Cortázar se hace con una Vespa que le permitirá viajar a las ciudades próximas a París. En junio, ansioso de visitar Bourges, tuvo que hacer autostop y subirse a nueve coches para completar el viaje. La moto puso fin a esos suplicios. Un muchacho médico que se volvía a la Argentina «me ha vendido su Vespa por una suma ridícula», le cuenta a su amigo Eduardo Jonquières en septiembre de ese año. «Tengo mi carte grise y empiezo a moverme en París. Te imaginas que cuando la domine, podré aprovechar los fines de semana para conocer l’Île-de-France palmo a palmo. Planeo ya viajes cortos de entretenimiento: Versailles, Fontainebleau, mi dulce Provins, Etampes, Reims, Rouren…».

La moto gastaba menos de tres litros de mezcla cada cien kilómetros, y pronto se volvió un modo de habitar la ciudad y de olvidar los problemas de un Cortázar que vivía al filo del abismo. «A veces, andando en la Vespa por el centro, me asalta una sensación de irrealidad casi angustiosa. ¿Qué es esto? ¿Qué hago yo aquí? Y entonces me río y se me pasa. El futuro se lo dejo a los empleados de banco y a los señores con planes de vida y ambiciones». La moto se convirtió en un sitio en el que sucedían cosas, como el día que llevó a Daniel Devoto, amigo de juventud, a comprar objetos de menaje a Montparnasse. Esa jornada, Daniel —que estuvo casado con Mariquiña del Valle-Inclán, hija del autor de Tirano Banderas— adquirió una enorme palangana para lavarse los pies (según decía) y poner a remojo las camisetas; dos platos de cerámica, varios tenedores y cuchillos, y una escudilla. Además, le regaló un cuchillo de abrir ostras a Cortázar, que a su vez agasajó a Devoto con un enorme jabón Cadum. «Cargados con todo esto (y un calentador eléctrico adquirido en la rue de la Gaité) nos volvimos a la Cité Universitaire en la Vespa. Puedes imaginarte el espectáculo —le contaba a Jonquières—, y lo que parecía Danny con la boina, el poncho y la palangana, instalado en el asiento trasero y agarrado de mi cintura como un ahogado a una tabla».

Pero entonces, llegó el 14 de abril de 1953. Ese día «me puse la Vespa de sombrero, para no matar a una vieja idiota que se me cruzó en una esquina cuando yo cruzaba con todo derecho y las luces verdes». Cortázar realizó una maniobra brusca para no matarla y voló con la moto. Los sesenta kilos de hierro le cayeron encima, «reduciéndome a un sándwich entre el asfalto y el Scooter». ¿Resultado? La cara rota, y una doble fractura de la pierna izquierda. La policía lo trasladó al hospital Cochin. En el siguiente mes y medio de convalecencia, con la pierna rota, con una infección, una casi fractura de cráneo y una fiebre espantosa, «viví muchos días en un estado de delirio en el que todo lo que me rodeaba sumía contornos de pesadilla». En uno de esos momentos, con temperaturas de cuarenta grados, «de golpe vi todo lo que venía», y lo que le vino fue «La noche boca arriba», un cuento donde su protagonista circula en motocicleta cuando ve a una mujer parada en una esquina que se lanza a la calzada, a pesar de las luces verdes, y ya es tarde para las soluciones fáciles. El texto le fue ordenado. «No tuve más que escribirlo. Aunque lo crean una paradoja —les decía a sus alumnos en Berkeley— les digo que me da vergüenza firmar mis cuentos porque tengo la impresión de que me los han dictado, de que yo no soy el verdadero autor».


Sentir


Ya sé que ahora no se escriben cartas como lo hacíamos hace tan solo cincuenta años. ¿Qué es el tiempo me pregunto? ¿Qué es el tiempo más allá de ese tramo de vida en el que uno va de un lugar a otro, si ya está marcado desde siempre su destino? No hay lugar para las dudas. Nadie nos pidió opinión de si así lo deseábamos.

Pero tacho la primera línea de este texto y me reinvento. Cada uno tiene sus propias tristezas y no seré yo la que comparta las mías. Siento una calma blanca, a pesar del duro cautiverio. Guardaré mi angustia en algún rincón de la casa, quizás allí consiga encontrar todo lo que he perdido estos días. Aunque pensándolo bien, seguro que no me hace falta. Estoy hablando de cosas no de caricias. Puedo prescindir de las primeras, jamás de las segundas. He perdido mis mallas negras, una zapatilla de deporte blanca, las gafas…, y estoy segura de que no las escondí para no encontrarlas, como hice con el chocolate o los bombones que me regalaron antes de entrar en alarma. Pero lo más duro de todo esto es haber perdido la magia del encuentro con mis hijos, los mordiscos amorosos o el calor de sus abrazos. Sueño cada noche con sus besos. Como cantaban Victor Manuel y Ana Belén, a dónde irán los besos que guardamos, que no damos…

Me levanto de la silla frente al ordenador, desasosegada. Procuro estirar de vez en cuando las piernas y camino pasillo arriba, pasillo abajo como lo hacía Gabriel García Márquez por el río (como símbolo de amor sin final) en su novela «El amor en los tiempos del cólera». ¿Sabremos vivir este tiempo? Recorro mis propias huellas una y otra vez. Ya no quiero atajos, quiero caminar despacio y pienso que toda la prisa que nos hemos dado en llegar hasta aquí nunca tuvo sentido. El tiempo es solo un camino, ya lo dijeron otros poetas; más nos valiera entenderlo y valorar lo que tenemos a nuestro lado. Sabemos que el amor va muriendo cuando no se le presta atención. Y no hay repuesto. No vale de nada tatuar en las paredes los nombres del olvido, ni iluminar sus sombras ni quitar el polvo de los retratos antiguos; os lo digo.

Que la alegría es ese momento en el que la vida nos tira piedritas a la ventana, como decía Benedetti, para recordarnos que estamos vivos.


@mariajesusjberistain

Borges

Imagen: Alicia D’Amico
Borges, el escriba (‘Poesía completa’)

Hay raras ocasiones en la historia de la literatura, en la historia de esta rara, cotidiana magia de símbolos, en que uno de sus intérpretes logra no equivocar jamás la melodía. Existen, sin embargo, para nuestra gratitud estupefacta, esos escribas. De alguna forma incomprensible (incomprensible) son capaces de enhebrar símbolo a símbolo, página tras página y sin errar, una música secreta en la que cupiera el Universo; una canción interminable que fuera muchas y una sola… Y algo que fuera apenas, también, el silbido de un ciego a la sombra silente de algún patio. Un ciego derruido y gigantesco en el crepúsculo, símbolo ya sólo de sí mismo, sonriendo lento y cómplice a ese Dios que, “con magnífica ironía”, le otorgó al mismo tiempo “los libros y la noche”.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez, a cuenta de otro bromista genial, Gilbert Chesterton, que “no hay una página suya que no nos depare alguna felicidad”. Bien: no hay una sola página, un solo verso en la Poesía completa de Jorge Luis Borges, que no nos depare alguna o varias felicidades, que no nos regale generosamente una grieta, una abertura por la que mirar un Cosmos que resulta ser un espejo que resulta ser el rostro de quien lee, esfumado ya Borges, el escriba (ese infinito avatar que llamamos Borges), de entre ese rostro y ese espejo: como una carcajada feliz desvaneciéndose.

Hemos dicho traductor, hemos dicho escriba; porque, sí: el artista radical, no el prestidigitador de feria, se sabe apenas un traductor menesteroso entre ciertas voces, que no son suyas, y el silencio. El poeta apenas inventa nada: “La poesía no es menos misteriosa que otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu…”, defiende en el prólogo de Elogio de la sombra (1969). Esta convicción del artista como auditor más o menos frecuente del otro lado de la realidad tangible hace torcer el gesto a muchos, y enarbolar sonrisitas cínicas a otros: sus ‘megustas’ en Facebook y sus prosías al gin-tonic y la nada se lo paguen. Borges nunca dio clases para el parvulario. Pero siquiera un verdadero niño, concreto como es, libre y limpio de dogmas respecto a lo que es la vida que se respira y siente y toca, puede intuir (de manera absolutamente empírica) que una obra que no trate de hacer oído de alguna forma hacia el misterio (hacia el misterio doméstico de estar vivo, sin ir más lejos) es una obra muerta. “…Pero toda poesía es misteriosa; nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir. La triste mitología de nuestro tiempo habla de la subconsciencia (…) los griegos invocaban la musa, los hebreos el Espíritu Santo; el sentido es el mismo”, remata el prólogo a la entera compilación, redactado poco antes de morir.

POESIA COMPLETA-JORGE LUIS BORGES

“El escritor (…) debe ser leal a su imaginación y no a las meras circunstancias efímeras de una supuesta ‘realidad’. La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar”, insiste en el introito a La rosa profunda (1975). Comunicar un hecho preciso; tocarnos físicamente. Su compatriota Alejandra Pizarnik –una de las más altas embajadoras del misterio del idioma castellano, mucho más joven que Borges pero dimitida de esta vida antes que él– le entrevistó en una ocasión y consignó después, en algún lugar de sus diarios, el trastorno que le causó la implacable precisión de Borges a la hora de bautizar la realidad: “Terror que me usurpa toda el alma”, le oyó decir, por ejemplo. Y ella no pudo desprenderse de esa frase, como del eco de un campanazo.

Los ojos del sueño

Éste, éste es el temblor continuo en Borges, sea por el eco y la textura física del verso o por el peso subyugante de la historia (increíblemente precisa) que narra: Borges siempre narra algo, y siempre parece estar fundando el mundo en cada verso. Pero no con los ojos del día, sino con los ojos ciegos (no es un chiste) que tocan sin ver las certezas del sueño. Se tiene con Borges, con la poesía de Borges (pero hasta sus relatos colosales no son más que poemas que transigen a otro ritmo y otra longitud para poder contarse bien), se tiene, con una abrumadora mayoría de estos poemas, la sensación alerta de tantear con los ojos del sueño una verdad que no deja nunca de decirse, y que jamás terminará de revelarse del todo. (En los claroscuros, la detonación de los contrarios, la conciliación de los polos, el Todo que es Nada y vuelve a serlo todo, sabe siempre Borges encontrar su melodía: como todos los sabios desde, al menos, Lao Tse).

La palabra sueño cifra el álgebra toda de Borges. La intuición de que la realidad que percibimos no es sino otra capa más del laberinto inextricable de la vida (de la Vida en toda su inabarcable Vastedad); hasta la certidumbre indemostrable, pero irreparable, de que el Tiempo es un sueño y de que ese Sueño es la medida que el Tiempo usa para vivirnos. El sueño es otro laberinto de Borges, y la vida la escalera de niebla que nos va llevando de una a otra estancia de la biblioteca, sin cesar, sin principio ni final, siendo uno y todos al mismo tiempo, pues todos los hombres serían todos los hombres alguna vez. El Tiempo nos está soñando, y nosotros soñándolo a él: “…Sentir que la vigilia es otro sueño / que sueña no soñar y que la muerte / que teme nuestra carne es esa muerte / de cada noche, que se llama sueño… [de modo que sólo queda] …convertir el ultraje de los años / en una música, un rumor y un símbolo”.

Ya desde su primerísimo libro, Fervor de Buenos Aires (1923), esa intimidad silente, el diálogo secreto con una ciudad que existe y no existe a la vez, pues la sueña al vivirla y viceversa. No deja de ser exótico que un poeta dedique sus primeros libros al amor a una ciudad, y no al de una mujer, al de un hombre, al de sus muertos o sus fantasmas más testarudos; y bien: es que su cosmogonía no le deja ni desde los veintitantos años ceñirse sólo a un aspecto del mandala de su vida, del ajedrez que ya va entretejiendo su memoria y su anhelo. De modo que Buenos Aires es ya, desde el principio, el lugar del Aleph en que ver todo su Tiempo junto: “No nos une el amor sino el espanto; / será por eso que la quiero tanto”, escribiría mucho después, en espiral siempre hacia el origen.

Los temas, los temas en Borges: “fantasmas hambrientos”, precisó él mismo (implacable) en alguna ocasión. Los espectros insaciables de Borges serán, ya lo hemos dicho, por encima de todo y de todos, el sueño y el tiempo, el Tiempo y el Sueño; la conjetura cósmica. Los laberintos y los patios, el tigre y el ajedrez, los crepúsculos y Buenos Aires, el Norte y las espadas, la música y los heterónimos no son sino hermosos arabescos que remiten una y otra vez a ese mismo único asunto, que es también, a qué decirlo, el asunto único de todos nosotros, los invitados a este festival de humilde trascendencia que es la obra entera de Borges. Rara vez un escriba así, dijimos al principio: rara vez, también, un artista que sepa armonizar de tal forma el sutil equilibrio entre la erudición y la emoción, la conjetura y la aventura; ése del que depende hacer al lector un cómplice insobornable, y no un mero espectador maravillado o abrumado o confundido por trucos que en realidad ni le tocan ni se notan ni traspasan.

Él solo es una “vasta literatura”, como dijera él mismo sobre Quevedo. Y de Quevedo heredó Borges cierto oído, cierto ritmo y ciertas notas. El argentino fue –es– un sonetista magnífico, muy astuto a la hora de desarrollar sus temas con una resonancia que remite frecuentemente, de manera subterránea, a nuestro siglo llamado de Oro; habiéndose escrito ayer, resulta antiguo, y siendo antiguo resulta atemporal: Quevedo ahí al fondo, de forma tenaz, cuando dicta por ejemplo que “Sólo una cosa no hay. Es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria / y cifra en Su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido…”. “…sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo precioso que he perdido: / esa fragua, esa luna y esa tarde”.

Un oído proverbial para verter en cada poema, como en un cántaro, el cántico que escucha. Discípulo de Quevedo, pero también del abuelo Walt Whitman y su verso libre, o mejor dicho verso desatado, interminable como los ríos de América.

“Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición…
(…) Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo…

(El amenazado, de ‘El oro de los tigres’)

‘En las grietas’

En el prólogo a La cifra, ya en 1981 [sólo con sus prólogos, con un puñado de frases, se podría dictar una cátedra sobre cómo escribir poesía, o sobre cómo no escribirla] finge confesar su incapacidad para “la curiosa metáfora”. Finge, porque él mejor que nadie supo alguna vez qué es una metáfora y cómo funciona esa orfebrería. Pero entendemos lo que quiere decir: en muchas ocasiones no es una metáfora al uso lo que hace: es una declaración, una testificación, un señalar a la pared blanca para informar de que es efectivamente blanca, y no una manera de remedar el blanco; lo más cercano a descifrar el enigma. Es verdad, no son metáforas; son visiones fulgurantes que sin llegar a compararse con nada son exactas como un número: son descubrimientos. Lo que hay entre “los dos crepúsculos” (el alba y el ocaso) es una servidumbre; “la silenciosa amistad de la luna” no es un juego de palabras, es una ley o un anhelo de todos. Y así: “las pequeñas magias del miedo” (porque el miedo engaña siempre), “la ignorante aurora” (pues siempre es inocente, la aurora, de lo que sucedió ayer), “el olvido, que es el modo más pobre del misterio”; “la lluvia… una cosa / que sin duda sucede en el pasado”… y hasta el gato, habitante de un Tiempo propio: “el dueño / de un ámbito cerrado como un sueño”.

Descreía de escuelas, de corrientes, de clasificaciones literarias (“artificios didácticos”), pero su poética es diáfana. La existencia le susurra en sueños su caligrafía encriptada, y la visión no es la visión sino el símbolo de lo que se oculta detrás. Es un oráculo, y al mismo tiempo sólo un ciego mirando sin ver las estrellas: como todos los hombres, pero sintiendo la palpitación sagrada, el secreto vínculo, la reunión. Son las sagradas escrituras de cualquiera de nosotros, que podemos ser (acaso fuimos, seremos) Alonso Quijano sabiéndose soñado por un soldado pobre y manco, Boabdil despidiéndose de la tarde de la Alhambra, y la Alhambra misma, el guerrero remoto del norte y de la bruma, Sherezade y su relato infinito, y aquel que algún día desfallecerá en el amor imposible de Matilde Urbach. Es una voz adormecida susurrándonos que, pues todo morirá, todo vivirá siempre, y todo lo que tanto importa no importa nada. Algunos verán con horror esta serenidad; otros, la más limpia redención ante un universo que no necesitamos entender, a la postre, para sabernos parte gozosa y trágica de la trama incognoscible:

Para una versión del I-Ching

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable

cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
Nada nos dice adiós. Nada nos deja.

No te rindas. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro

puede haber un descuido, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha
pero en las grietas está Dios, que acecha.

Por Miguel A. Ortega Lucas

Así es su LUZ


Estoy totalmente de acuerdo con este pequeño pero bonito texto de Luz Sánchez Mellado que me permito traer a mi parcela, con su referencia, por supuesto.

Es que hay varias cosas que me han gustado de él y quiero compartirlas con mi otro yo. (Si estáis por ahí cerca, o al otro lado de mis espejos, también podéis transformaros en ese «duende» con el que comparto hasta mis sueños. Ahi voy…

Hola, ¿qué tal?

Hoy os proponemos conocer a fondo a una rockera, una diva rockera.

A Luz Casal (Galicia, de 63 años) la están peinando y maquillando para nuestro encuentro en la sala de caracterización del Teatro Real, en Madrid, entre los afeites, las pelucas y los trajes de época a los que recurren los artistas para convencernos sobre el escenario de que son otros, en otros mundos, en otros tiempos. Cuando llego, Luz me saluda cariñosa, bromea con la coincidencia de nuestros nombres, me recuerda la primera y última vez que nos vimos, en una entrevista antes de la pandemia, y algunas cuitas de las que entonces hablamos y quedaron pendientes, como si hubiera sido ayer mismo. Así es ella. En vivo, a pelo, la gran diva de la canción parece frágil. Es luego, frente a la cámara, y en escena, cuando se crece tres palmos y te convence de que es otra, en otras vidas, en otros mundos, pero en el nuestro, sin más atrezo que su aura y su voz prodigiosa. Al final, le pide al maquillador que le pinte los labios de rojo. Luz no necesita más luz. La lleva puesta.

LUZ SÁNCHEZ-MELLADO

Parece que sean términos opuestos diva y rockera (diva versus rockera) ¿puede ser?

La caracterización de los artistas para convertirse en otro, en otro personaje, o en uno de sus propios yoes ocultos

Luz tiene su propia luz cuando aparece, su impronta es acogedora y amable a pesar de la dureza de sus características físicas, de su fisonomía, de sus gestos faciales, sin conocerla apuesto a que es una mujer que genera confianza en el otro

Dices: así es ella

Fragilidad denotan muchos artistas sin maquillaje, pero Luz es fuerte y firme, tiene determinación en sus opiniones, aunque no lleve los labios pintados

Confusa la frase: Es luego, frente a la cámara, y en escena, cuando se crece tres palmos y te convence de que es otra, en otras vidas, en otros mundos, así, sin más atrezo que su aura y su voz prodigiosa…)

Luz es eso, una persona luminosa…


París, punto y aparte

Del libro La cancion de Nerta 


Supongo que te sonará Woodstock… —dijo Gunhilda. Asentí con un movimiento de cabeza.

—Lo imaginaba, lo viviste de primera mano, en el mejor lugar posible, en aquella época de la revolución en contra de la Guerra del Vietnam, en la que cuajó el movimiento social de los hippies en contra de los valores de la sociedad conservadora, (represión, consumo y capitalismo).

Cuéntame, ¿qué recuerdos guardas de todo aquello? Me pareció que en aquél lugar había una especie de espiritualidad, una filosofía de vida. Estoy segura de que me hubiera apuntado, si hubiera estado allí.

—Woodstock, podríamos decir, fue el momento culminante de aquella época. A pesar de que llovió torrencialmente, nos mantuvimos entre el barro, confiando en nuestro poder, seguros de que pararía la lluvia; de que podríamos dominar todas las fuerzas de la naturaleza; de que podríamos cambiar el mundo; de que conquistaríamos definitivamente la paz y la libertad. Fue como una especie de espejismo. Me daba cuenta de que nuestra fuerza pacifista se desmoronaba. A pesar de que el mensaje permanecía vivo, las respuestas a las preguntas que nos hacíamos entonces y a las que aún hoy se hace la humanidad, siguen estando —como decía Dylan— flotando en el viento. Por allí pasaron músicos como Joan Báez, Janis Joplin, The Who y otros muchos, ¡ah! Y Hendrix, la actuación final de Jimmy Hendrix fue memorable. Fue una experiencia muy intensa que nos afectó profundamente a todos los de nuestra generación.

Aquel momento supuso un giro radical en mi vida. Con mis amigos, Leo y Daniela, preparábamos el salto a Europa. En realidad, se trataba de un viaje de iniciación para todos. Leo era italiano y los abuelos de Daniela vivían en una isla griega. También para Martin, quien era de origen francés y había estudiado Arte en Canadá, —habíamos preparado la tesis con el mismo tutor— pero su sueño era volver a Europa e instalarse en París. Nos amábamos, pero yo no estaba dispuesta a comprometerme. Disfrutábamos de una convivencia amable y divertida. Del viaje lo único que teníamos planeado era la fecha de inicio, volaríamos de San Francisco a Nueva York y de allí a Madrid.

—¿Quieres decir que no teníais una ruta predeterminada? ¿Unos tiempos de estancia en cada país? Debe ser difícil compaginar los intereses de cuatro personas sobre la marcha. 

—Sí, la verdad es que no fue nada fácil. En Madrid alquilamos una furgoneta camperizada para cuatro personas, pero el viaje se truncó antes de lo previsto. Discutíamos con Leo de manera continua porque la droga estaba causando estragos en él y no parecía darse cuenta.

¿Cómo es que te fuisteis con él sabiendo que teníais el problema encima?

—En cierto modo, además de que todos queríamos viajar a Europa, lo aceptamos pensando en que podríamos ayudarle a escapar de aquel ambiente, y que las nuevas rutinas, —si un viaje de amigos por el mundo, puede tener algo de rutinario— le devolverían el interés por vivir. En ese momento, su novia Daniella nos necesitaba y nosotros nos volcamos con la idea.

—Eso es lo que significa ser un amigo, Gunhilda. Supongo que hay que tener mucho valor y generosidad para llevar a cabo un proyecto de esa envergadura.

—Lo cierto es que sí. Sin embargo, estuvimos dispuestos a aceptarlo. Entre nosotros había un cariño y una camaradería que podía con el reto, y lo más importante era que confiábamos en nosotros mismos… y en él.

En Madrid y en Barcelona nos encontramos con el Arte de los grandes maestros. No solo visitamos museos, sino que también pudimos admirar la arquitectura en las calles, la vida bohemia, la actividad nocturna, la excelente comida y las fiestas populares… Veníamos de otro mundo y estábamos impresionados. A lo largo de la ruta francesa por la Costa Azul, además de conocer ciudades como; Saint Tropez, Cannes, Niza o Montecarlo en Mónaco, paramos en pequeños pueblos costeros, algunos encaramados a las rocas —nos encantó Éze—, nos bañamos, incluso dormimos alguna noche al aire libre en playas paradisíacas. Visitamos las ruinas romanas en Arlés y otros pueblos medievales en los que parábamos a comprar frutas y verduras frescas. Nos perdíamos por las carreteras rurales que serpenteaban entre campos de viñedos. Con las ventanillas abiertas y la música sonando a todo volumen nos dejábamos seducir por los aromas y el color de los campos de lavanda. Nos entreteníamos con las charlas de algunos lugareños. En general éramos recibidos con amabilidad, nos invitaban a compartir sus vinos y nos hacían recomendaciones de rincones especiales de sus pueblos que no aparecían en las guías de viaje.

A pesar de lo maravilloso que pueda parecer ahora, no fue fácil. Ya te lo he dicho. —Susurró Gunhilda como si necesitara un descanso—. Leo solía alejarse entre calles y, en más de una ocasión, nos lo encontrábamos al volver a la furgoneta, colgado casi sin pulso. Lo mismo de siempre, a urgencias, a esperar a un diagnóstico de sobra conocido, y darle otra oportunidad a su arrepentimiento apenas convincente. Sin embargo, lo teníamos que hacer por él y por Daniella. Llegó un momento en el que nos planteamos seguir por separado, porque Leo, aunque cuando estaba centrado nos agradecía el esfuerzo que estábamos haciendo, se escudaba en que le fallaba la fuerza de voluntad, como si la voluntad fuera ajena a él. La tensión llegó a hacer irrespirable aquel ambiente. Decidimos seguir juntos hasta Florencia y allí replantearnos el viaje.

Recordé que la madre de mi amiga Rita, una mujer italiana, además de otras recomendaciones, me había hablado especialmente de la famosa Pigna, el casco antiguo de San Remo.

Aquel día Daniella y Leo se excusaron y decidieron irse por su cuenta para solucionar un asunto privado. Paseamos Martín y yo por las callejuelas iluminadas, por el puerto y los jardines, comimos una pizza auténtica deliciosa. Cuando volvimos a la furgoneta nos encontramos a Daniella en el sofá, viendo la televisión, envuelta en una manta, aparentemente sola.

—¿Qué sucede, Daniella? —preguntamos al mismo tiempo, asustados. ¿Dónde está Leo?

—Hemos discutido. Ha dicho que regresará más tarde, que necesitaba su tiempo.

—¿Dónde se supone que lo has dejado? —Preguntó Martín— ¿Por dónde habéis andado? ¿Se encontraba bien o estaba tocado? ¡Joder, me cago en la puta! —explotó Martín dando un golpe en la mesa—. Me voy a ver si lo encuentro. Vosotras esperar aquí. ¿Vale?

Daniella estaba traspuesta, no tenía ganas de hablar de nada y yo respeté su silencio. Me senté a su lado y la abracé sin saber qué más hacer. La espera se hizo eterna, salimos a la calle a respirar, alrededor de la furgoneta, estábamos en un parque bien iluminado donde había grupos de jóvenes bebiendo, sentados en el césped, con su propia juerga. Cuando ya se habían marchado todos y no quedaba nadie alrededor, nos fuimos a dormir. Ninguna de las dos podía conciliar el sueño.

Al cabo de las horas Martin entró en la furgoneta solo, su rostro era el gesto del dolor, de la rabia, de la furia, de la crispación.

—¡No ha podido soportar la última dosis de heroína! —farfulló.

Lloró sin parar aquella noche tumbado boca abajo en la cama. La muerte de Leo nos sumergió en la negrura de la culpabilidad. Habíamos fracasado y él estaba muerto. Nunca antes nos habíamos planteado esta cuestión. Nos habíamos embarcado en el viaje, sintiéndonos solidarios, poderosos y triunfantes; creímos que podríamos controlar todas las pasiones… Y ahí estábamos, sin comprender nada. ¡Leo había muerto!

La policía italiana nos brindó ayuda en los trámites, envió un telegrama a la familia y el consulado de Estados Unidos en Milán resolvió que el cuerpo fuera enterrado en el cementerio de la ciudad. Fue aún más doloroso saber que los padres renunciaban al traslado de su hijo a casa.

Daniella decidió volver a San Francisco y Martin y yo extenuados, no estábamos en condiciones de continuar el viaje hacia ninguna parte. Pasamos noches en vela hablando de opciones, nos sentíamos náufragos en una isla desierta en mitad de un océano de incertidumbres. Tal vez nuestra salvación fue estar juntos en aquellos momentos de ruina total.

—Gunhilda —dijo un Martin abatido—, estamos a ochocientos kilómetros de París. Sugiero que nos pongamos en contacto con mi familia allí. Siento que necesitamos algún tipo de protección, aunque solo sea temporal. El desapego familiar me pesa een estos momentos como una losa —dijo con una sonrisa triste, esperando mi respuesta.

—Podría hablar con ellos, intentar buscar un sitio para dormir cerca de su casa y quedarnos unos días. Estoy convencido de que nos hará bien a los dos descansar un poco.

No sé si accedí por él o por mí. Estábamos tan aturdidos y desorientados que nos daba igual dirigirnos hacia el norte o hacia el sur, despertar o morir.

Vivían en Villene sur Seine, un pequeño pueblo a media hora de París. Durante el trayecto, Martin me fue hablando de ellos. Tenían un hijo, —la mujer era hermana de su padre—. A pesar de la distancia, las familias habían mantenido una buena relación. Martin y su primo Fabián habían sido compañeros de juegos de niños, pero después tomaron caminos diferentes. Martin y sus padres se trasladaron a Canadá, ellos se establecieron allí y él estudió Bellas Artes. Terminó su último curso y defendió su tesis en la Universidad de Stanford. Fabián, no obstante, vivió la revolución del 68 en París. Era una persona muy especial, con una gran sensibilidad por el Arte. Se ganaba algo de dinero vendiendo sus cuadros en la calle, además de que ayudaba a sus padres en la tienda de flores. Vivía solo porque la pareja con la que había compartido los últimos dos años decidió irse a vivir a Sudáfrica, y él no estaba dispuesto a acompañarla. Se identificaba bien con el ambiente bohemio de París.

Nos recibieron con cariño y respeto. Su familiaridad nos ayudó a superar la situación por la que estábamos pasando. Fueron unos días de descanso, reflexión y charlas filosóficas interminables haciendo pequeñas excursiones por la Provenza francesa. La forma de vida, su ritmo, sus intereses y preocupaciones, eran bien distintas a lo que habíamos conocido hasta entonces. Ayudábamos por las mañanas en los trabajos del campo y por las tardes salíamos a pasear por los alrededores. Desde allí se tardaba una hora en coche hasta el centro de París. La tienda de flores se encontraba en la calle Saint Péres, del Barrio Latino. La ciudad tuvo mucho que ver con nuestra recuperación. Nos fue cautivando día tras día hasta que llegó un momento en el que decidimos establecernos. Tuvimos mucha suerte de encontrar una buhardilla en alquiler en la plaza de los Vosgos que acababa de quedar libre. Cambiamos la furgoneta por un coche convencional y nos dedicamos a buscar trabajo. 

Sentí un escalofrío al oír su voz. ¡Era mama Louise al otro lado del teléfono!

Aunque su voz me llegaba desde lejos, noté la emoción en sus palabras. La última vez que hablamos fue desde Madrid para comunicarle que ya habíamos llegado a Europa. Me contó que estaba trabajando en el proyecto del Ártico y que vivía en Bergen. Se alegró de saber que estuviéramos más cerca. La conversación me dejó pensativa unas cuantas horas después.

Fabián tuvo una agradable conversación con Martin sobre sus expectativas de futuro cuando le reveló que su deseo era establecerse en París y dedicarse al diseño, decoración o algo relacionado con las Artes. Al terminar la cena, su tío hizo sonar la copa para llamar nuestra atención. Nos habló con voz grave. La familia había acordado comunicarle que estaban en disposición de ofrecerle un proyecto profesional en París. La empresa familiar de flores pasaría en herencia a su primo Fabián cuando ellos no estuvieran. El local era amplio, se encontraba en una de las zonas céntricas más comerciales y estaba amortizado. Quizás se podría estudiar un tipo de sociedad para continuar con el negocio, darle otro giro, o actualizarlo. Martin me miró en silencio. —Yo no tenía mucho que decir allí—, pero me sorprendió muy agradablemente la propuesta y sonreí. Vi el brillo en sus ojos antes de acomodarse en la silla y dirigir la mirada hacia su familia para responder con tranquilidad.

—Bien, —dijo, pensativo— Parece una buena idea en principio. Deberíamos preparar un proyecto y estudiarlo juntos. Puede interesarme y agradezco sinceramente vuestro ofrecimiento.

El padre de Fabián nos invitó a brindar. La conversación se prolongó hasta bien entrada la noche.

A solas en la habitación hicimos el amor apasionadamente, la magia de las caricias invadía cada poro de nuestra piel desprotegida, el deseo brotaba como un animal insaciable en toda su locura. Aquella noche —continuó Gunhilda con una sonrisa nostálgica— hicimos arder el fuego con los restos del pasado. —Y continuó— París iba a cambiar radicalmente mi vida a su lado. Fue la experiencia más intensa que he vivido nunca —tanto antes como después de aquellos días—. Nos instalamos en una buhardilla en la Plaza de los Vosgos. Yo ayudaba en la floristería con la administración; presupuestos, permisos para obras y otras gestiones, hasta que encontré un trabajo en una tienda gourmet en uno de los mercados cercanos. Solo me duró dos meses porque una tarde, al salir trabajo, me abordó una persona desconocida —o quizá sería mejor decir un hombre—, calculé que era algo mayor que yo, su aspecto era impecable; elegante, pulcro, con una melena corta bien cuidada.

—¡Hola! Me dijo buscando mi mirada. ¿Me permite que la interrumpa?

Durante un instante pensé que quizá me quisiera vender algo.

—Me llamo David Holder, tal vez mi apellido le resulte familiar porque veo que su trabajo, de alguna manera, está relacionado con el mío.

—Lo siento mucho —respondí, disculpándome sin comprender.

Parecía un hombre muy educado. De repente, recordé que la única vez que había visto escrito su apellido fue leyendo un reportaje a propósito de la evolución de la empresa que fabricaba los dulces típicos franceses —macarons—. No podía creer que aquel hombre del que yo había leído y oído hablar en los últimos meses, estuviera ante mí. Dudé y respondí:

—Bueno, ya me ha interrumpido… —Sonrió.

—Entiendo que le parezca extraño este encuentro. Lo que quiero decir es que la he estado observando en su puesto de trabajo durante días y creo que podría ser la persona adecuada para colaborar en nuestra empresa. Disculpe que haya sido tan directo. Me gustaría conversar con usted sobre esta cuestión de manera tranquila.

Acepté su compañía, aún aturdida, mientras caminábamos por las calles estrechas a esa hora de la tarde en la que los comercios estaban a punto de cerrar y las cafeterías y los salones de té con sus terrazas iluminadas se llenaban de gente. Sin embargo, no me invitó a sentarnos.

Se despidió tomando mi mano y haciendo una leve reverencia. —Debo de admitir que me sorprendió, pero me gustó. Tampoco estaba acostumbrada a aquello. Quedamos en que me recibiría en su despacho de los Campos Elíseos al día siguiente una vez finalizada mi jornada laboral

Ç. Me ofreció un sobre con información de la empresa, la historia de la familia fundadora y un cuidado catálogo de sus productos. Me quedé inmóvil viéndolo marchar, sin saber qué hacer. Subí las escaleras de casa lentamente mientras leía incrédula. “La historia de las “tea-rooms” de París está ligada íntimamente a la familia Ladurée. Todo empezó en 1862 cuando…”

Mi futuro había comenzado…