Vientos de otoño



La sangre quiere sentarse.
Le han robado su razón de amor.
Ausencia desnuda.
Me deliro, me desplumo
A.Pizarnik

Sobre la arena

¿Qué haré con los hilos enredados en mis sienes?
¿Qué haré con los sueños que se lanzan
silenciosos a volar
—sus alas rotas—
tras los vientos del otoño?


@mjberistain

Cristales rotos


Se escucha afuera el lento sigilo de la lluvia
amanece un cielo de invierno
y la arena se ha quedado dormida
en los relojes,

La vida llega a ser a veces
como un crisol de cristales rotos

Algo se me quedó olvidado
a la intemperie,
no recuerdo haberlo guardado
en el baúl de los abandonos,

quizás fue el aroma de los días
y el crujiente sonido de las tostadas
de pan y mantequilla,

quizás la ilusión que escribía
al margen de las líneas rojas
de mis cuadernos de niña,
o colgaba de las paredes
como cuajados de estrellas
que no alcanzaba mi pericia
a pesar de que cosía a mi espalda
pañuelos como altas alas blancas.



@mjberistain

Incertidumbre


 Vivo la incertidumbre, el deseo
de recluirme fiel a los silencios
vibrantes de la nada, en las grutas
donde duermen los duendes del lenguaje

Y se hermanan, como cuerpos que se aman,
la intimidad del bien
y la intimidad del mal.


@mjberistain

Raíces


Así,
Tembloroso
como el aleteo de un abedul
ebrio de luz al arrullo de la brisa…

Así,
o del modo que observa el viejo roble la vida
desde su calma de fortaleza milenaria…
Así es nuestro duelo

Raíces…
urdiendo mimbres de pasión descarnada
por los bosques,
esculpiendo penumbras bajo tierra para habitar
la cópula de las caricias

Ahí,
donde se entierran leyendas de sangre
y ya no palpita el exilio
ni duele la lluvia.


@mjberistain
de mi libro Apuntes de Salitre


 

A veces pienso


Hay algo oscuro en el aire
que estremece…

A veces pienso
que he perdido la ternura
en alguna parte
mientras trataba de transformarme
en otro ser,
en uno tras otro y otro
viviendo todas las estaciones
desde mi minúscula mirada
de niña
hasta la llama que he dejado encendida
ardiendo
entre las constelaciones
por si volvemos a encontrarnos.


El inhibidor

Llevaba más de tres horas sentada delante del ordenador, la pantalla en negro. A mi lado, como siempre, las páginas de un libro abierto, el lápiz amarillo y negro Staedtler Noris HB2, y el móvil en silencio.

Por cierto, había tal silencio alrededor a esas horas de la mañana que me molestaba hasta el tic-tac de un reloj, no sabía muy bien si era el despertador de los vecinos de abajo o el mío que parpadeaba en rojo en mi mesilla. Por si acaso, mi Grundig lo metí en el cesto de la ropa para planchar. Era domingo, pensé que faltarían todavía un par de horas para que sonara cualquier alarma. Todavía podía notar el olor de la ginebra y del whisky, el de los bocaditos de foie, de salmón, de jamón, el de la tarta de queso, en fin, de todos los restos de la fiesta inesperada que quedaron sin recoger anoche en la cocina. Y el de los cigarrillos mal apagados en el cenicero del salón, aunque había tomado la precaución de dejar las puertas de la salida a la terraza abiertas.

Además, olía a colonia desconocida.

Si hubiera estado sobre una máquina de escribir, hubiera arrancado la hoja blanca de mala leche y la hubiera roto en mil pedazos y la hubiera tirado por la ventana, me hubiera levantado de la silla y hubiera escapado de aquella habitación viciada que me impedía concentrarme.

Era inquietante, pero no era desagradable. Se había colado en mis dominios como un fantasma y no podía evitar, cada vez que pasaba por el pasillo, intentar averiguar de quién era aquel aroma condensado en el baño de invitados. Me entretuve en pasar lista imaginaria para encontrar al misterioso personaje entre los que habían aparecido por sorpresa a celebrar mi cumpleaños, pero estaba segura de que no era un olor «familiar», conocía bien los olores de mis amigos, a menos que para esa noche alguno de ellos se hubiera preparado expresamente con una nueva y exótica colonia de oferta.

Vacié los restos en una gran bolsa de plástico azul y cerré con dos nudos las tiras de plástico rojas para evitar que se escapara el olor, especialmente el del tabaco. Limpié el baño de las visitas con lejía y encendí la llamita del inhibidor de olores —que no utilizo habitualmente pero que viene bien para ocasiones como ésta— intentando recuperar mi propio ambiente. Esperé unos minutos para verificar que había hecho su efecto, pero nada. No había manera, ni siquiera de camuflarlo.

¿Cuánto tiempo había pasado?

Yo pretendía escribir. Tenía una novela a medio terminar y me había propuesto escribir todos los días. Trabajaba mucho, revisaba, recomponía, actualizaba, tachaba, cambiaba palabras repetidas, y había momentos en los que no hacía nada, porque me daba pavor enfrentarme al final de la historia y no sabía cómo hacerlo. Así había conseguido que pasaran dos años desde que empezara el proyecto y me había hecho con una carpeta en el ordenador, con varias subcarpetas y varias versiones de cada uno de los capítulos, que había adquirido un tamaño difícil de articular.

Y ahí estaba yo, encorvada frente al ordenador, con ojeras profundas y oscuras, mordiéndome los labios, pálida, mirando al contador de palabras a ver si esta mañana conseguía llegar hasta mil…

Volví al baño de invitados para apagar la llama del inhibidor de olores y me marché de casa a comprar los periódicos del fin de semana.


@mjberistain

El viaje – Aitzkorri


Hay nubes que rompe en finos hilos la madrugada,
nácar que cubre el paisaje de húmedas fragancias
como llanto que se desborda silente
al límite de miradas sospechosas.

Pensaba en el viaje.

Toda la semana había estado pensando en marcharme. Los viajes tienen algo de renovación, siempre. De búsqueda (inquietud) de nuevos espacios y personas, de vivencias nuevas, de encuentros, incluso y especialmente con uno mismo (de hablar solo), de que sonreír no sea solo una respuesta a algo amable o divertido que a alguien se le ocurra expresar en tu presencia, sino a una íntima sensación de agradecimiento a la vida, de una liberación íntima (sin excusas).

De un viaje se vuelve, o puede ocurrir también que uno no vuelva…

Fue la pastora quien dijo: «ése es el único viaje que no quiero hacer». Se refería a llevarle a Joxé a una residencia de ancianos. Dijo: mientras yo pueda con él… Y podía con él al que aseaba con mimo cada día y conseguía sacarlo del dormitorio y casi arrastrarlo hasta el porche y sentarlo en su silla preferida de toda la vida, eso sí, ahora lo dejaba atado para que no se deslizara sin darse cuenta y se cayera al suelo y se hiciera daño mientras ella atendía a los animales. Y podía cada día con sus cuatrocientas ovejas y con su perro viejo al que adoraba; y él a ella. Y así llevaban más de cincuenta años, pastoreando por los valles del país, monte arriba, monte abajo.

Un precioso rincón con flores al lado de un hayedo era su pequeña parcela —sin acotar— en las inmensas campas al pie del Aitzkorri*. Allí habían construido una pequeña borda para el verano —porque el invierno lo pasaban a refugio en el caserío a varios pueblos de distancia de la montaña—. En ella podían abrigarse de la lluvia, de la niebla y de las tormentas que les visitaban con frecuencia. También sus hijos y sus nietas les visitaban con frecuencia. En la chimenea de piedra latían los rescoldos de un buen fuego. Afuera, solo una valla liviana marcaba el territorio de los animales desde donde nos miraban apacibles. También era su hogar.

El camino es duro, pendiente y rocoso. Me digo: —el viaje es el camino.

Y dice mi conciencia: —Atrévete…

Atreverse, atreverse… a andar, a compartir, atreverse a amar… «La medida del amor es amar sin medida» frase que llevo tatuada desde niña en el corazón. (Esto lo dijo un hombre conocido por su santidad, quizás fuera San Francisco de Sales)

¿Y la niebla?

Después vendrán las consecuencias. Magulladuras…

«Arriesgas mucho en todo y luego pasan estas cosas, pero eres fuerte y lo superas, sabrás salir adelante» —me dirá mi gran amigo Iñaki—.

Zuk zer dezu Arantzazu, amets kabi, otoitz leku………*

El bosque de hayas está cubierto de hojarasca húmeda y brillante que el viento ha ido acumulando. Cae al abismo entre trozos de árboles rotos y rocas sueltas.

Nadie antes ha pasado por aquí…

Viajar de vuelta, hacia mí misma… lejos, a salvo de mí



*Aitzkorri.
Montaña de 1.528 metros de altitud situada en Guipúzcoa, País Vasco.
A sus pies se encuentra el Santuario de la Virgen de Arantzazu y el pueblo de Oñate.

  • ¿Qué tienes Arantzazu, nido de sueños, lugar de oración…?

@mjberistain

El lenguaje del viento

Afuera,
suena la música de los acantilados,
grita la noche,
juega a oírse cantar.

Adentro,
la lluvia alumbra la calle vacía
cae dentro de mí como yo caigo
en la sed de la pequeña muerte.

Un niño llora lejos
viendo cómo se hunde su barco
de sueños y papel.
Se fueron los pájaros
con el mudo lenguaje del viento.

También nosotros nos iremos
como se va yendo la oscuridad
en la madrugada de ojos húmedos…



@mjberistain
Imagen de Chajarialdia.com

Natura


 

He dejado escrita solo una palabra

antigua en la pared
por si alguna vez volvieras
como vuelve el anochecer
a florecer en los silencios…


 

Pasajero de la noche


 Quisiera ser aventura
en el fondo de tus ojos,
a media luz,
entre los restos de las galernas

un poco antes de la medianoche
cuando los vivos
van desapareciendo
y vuelve a llover
y no hay más música
que el aliento cansado
de otros pasajeros
que esperan
pegados a los escaparates
a que escampe

entre las heridas de la lluvia
candentes en el asfalto.


@mjberistain Texto e imagen (acuarela)

 

 

 

Café amargo


Llegó hasta allí sola. Se sentó en una silla y sintió el frío del metal bajo sus muslos como una sorpresa placentera. Hacía calor y aquella sensación le hizo sonreír tristemente.

No prestó atención al camarero que esperaba mientras ella sacaba su móvil del gran bolso que solía llevar siempre colgado de su hombro izquierdo.  Lo sintió, pero no lo miró, se quedó pensativa con la cabeza baja y absorta en sus pensamientos como sin atreverse a tomar una decisión importante.

Él se inclinó hacia ella educadamente y anotó en su cuadernillo: un café americano, sin leche, sin azúcar. A su pregunta de si deseaba algo más, respondió con un escueto: solo. El nudo en la garganta le apretaba cada vez más, casi hasta llegar a la asfixia, pero ella se negaba a darse por vencida. El día era caluroso, demasiado para lo que acostumbraba a ser en esta época del año y en aquella zona del planeta. Mientras esperaba a que le sirvieran el café detuvo su mirada en la gran pantalla de uno de los edificios de enfrente, al otro lado del río. Imágenes grandiosas y coloridas, píxeles enormes se solapaban uno sobre otro a gran velocidad anunciando los próximos eventos culturales en la ciudad. Las escasas diez personas que ocupaban el local leían el diario de la mañana con calma. Pensó que quizás tendría que comprarse el periódico y quedarse un rato leyendo, aunque solo fueran las columnas de opinión o la guía del ocio para relajarse, porque no estaba dispuesta a saber nada que tuviera que ver con los acuerdos y desacuerdos de los partidos políticos ante el nombramiento del nuevo presidente de la nación. Había dejado de creer también en las negociaciones, especialmente en las de conveniencia para unos, y no para otros. No se movió. Estaba mejor paralizada. O, mejor dicho, quizás hubiera estado mejor paralizada, porque de repente, sin pensarlo más, escribió tres frases en el móvil que no quiso revisar, simplemente las lanzó a la pantalla con la furia de una loba herida.

El café estaba amargo.

La noche anterior, finalmente, se había olvidado de sacar dinero. Soltó sobre la mesa toda la calderilla que llevaba y que tanto le pesaba y se dispuso a utilizar las pequeñas monedas hasta llegar a acumular el importe del precio del café.

—Dos veinte, por favor.

—Si, sí. Ya voy —respondió un tanto contrariada, más consigo misma que con la cajera que le atendía amablemente tratando de evitarle la dificultad al pretender leer el recibo en aquel mínimo papel lleno de caracteres minúsculos impresos por una máquina a falta de tinta negra.

Cruzó el puente deprisa. Pensó que el calor del sol podría reblandecer el asfalto y abrir agujeros negros a su paso como en sus sueños de adolescente. Y buscó la sombra por el paseo, solitario e inhóspito a esas horas. Le llegó el sonido del timbre de una bicicleta que venía por detrás de ella y que pasó a su lado a toda velocidad rozándole el costado hasta casi conseguir desequilibrarla del todo. Estaba abatida y ni siquiera le importó el incidente. Su orgullo, su dignidad, ¿dónde los había olvidado?

El aire era denso y no llegaba a respirar bien, se apoyó en una de las verjas de hierro de las casas señoriales del paseo y esperó unos minutos a recuperarse.

Se revolvían en su cerebro las imágenes. Diosas del sexo con pañuelos blancos ocultando sus ojos alumbraban con velas rojas la gran estancia mostrándose desnudas. El roce de sus pies descalzos al moverse a su alrededor atenuaba el rumor de la marea creciente no muy lejos de su cama. Estaba atada. Largos lazos de tul la envolvían sujetándola de pies y manos a los barrotes de hierro de una descomunal cama en la que solo un hombre sentado con las piernas cruzadas la observaba mientras ella se revolvía con violencia, su pecho y su vientre intentando ahuyentar su sueño y salir de aquella trampa morbosa.

Dos segundos de ternura. Solo le había faltado eso…


@mjberistain

La cuna de hierro


Ya Plinio «El Viejo» en el siglo I. d. C., hablaba acerca de la existencia de una «gran montaña de hierro» en el norte de la Península Ibérica.

Iba y volvía por las salas mientras, a una prudente distancia de la guía del museo de geología e historia de la zona minera Peñas Negras, yo escuchaba, sin poder despegar mi mirada de vuestra imagen.

Erais tan niños…

Fue vuestra cuna de hierro y mamasteis de los pechos endurecidos por el trabajo a cielo abierto de vuestros orígenes.  Y ¿qué hacíais allí, entre un grupo de hombres, si se puede llamar así a alguien que apenas aspiraba a llegar a la edad de veinte años, que era el esperado término de su vida?

Pero ¿realmente se puede hablar de vida?

Yo miraba a vuestros ojos sin brillo, desenfocados, y la piel tiznada de polvo negro. Pensé que quizá erais de los privilegiados a los que no había matado aún el hambre ni el empujón de algún cargadero lleno de mineral; ni de la pesada piedra rojiza, o abatidos por alguna enfermedad de las que no se conocía cura en aquel tiempo. Quiero pensar que soñabais en el barracón, a la mortecina luz del candil, cuando llegaba el turno de descanso y ocupabais la tabla que había dejado caliente otro niño como vosotros.

El monte de hierro aprendió de los pequeños y frágiles dedos ensangrentados. La tarea era preparar las mechas, jugando con el explosivo, para horadar la piedra antes de que acabara el día. Poco más tarde empuñaríais el pico y la pala… Y por fin enfrentaríais vuestra corta vida a aquella montaña de «belleza descarnada».

Hoy no tengo palabras, solo una reflexión, un sincero homenaje a niños y a personas que, como vosotros, dieron forma al tejido de mis raíces.



@mjberistain

La noche en la que conocí a Júpiter y Saturno

El «problema» de salir de noche con amigos astrofísicos y potentes telescopios, es que, casi sin pretenderlo, te sientes inmersa en un mundo «exterior» al que nunca antes te habías atrevido a mirarle a la cara. En fin, que te daba tanto respeto que parecía miedo. Si, por supuesto que estudié el Universo, pero debo de reconocer que como una asignatura obligatoria porque no comprendía su magnitud de la que soy apenas una mota de polvo. Yo, hasta ahora he caminado por encima y alrededor del mundo como El principito en mis dibujos de niña.

(A propósito, en este punto quiero detenerme en un texto que Santiago Pérez Malvido ha destacado del libro de Saint-Exupery y que me ha autorizado a utilizar hoy aquí.
Gracias por ello.)

«Serás siempre mi amigo. Querrás reír conmigo. Y abrirás a veces tu ventana, así… por placer… Y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando al cielo. Entonces les dirás: «Sí, las estrellas siempre me hacen reír», y ellos te creerán loco.

Antoine de Saint-ExuperyEl principito.

Ahí estaban visibles nuestra luna y planetas como Júpiter y Saturno, galaxias de las que apenas conozco su forma y su nombre, y todo ello rodeándonos desde un cielo inquietantemente envolvente. Un firmamento lleno de materia de luz en una infinita oscuridad vibrante. Y todo respiraba.

Planetas conocidos y desconocidos y lunas y anillos y cráteres y agujeros negros y millones de estrellas en torno a nuestro planeta la Tierra (digo nuestra Tierra y quizás no sea exacto, quizás seamos nosotros de la Tierra…)  girando y desplazándose alrededor del Sol, y acompañada de su luna particular ya explorada por el ser humano.

La miré con incredulidad. Siempre he sabido encontrarla. Si, hablo de la estrella Polar. ¿Quién, qué hilo estaba sosteniendo la tierra bajo mis pies en aquel «vacío» alrededor de aquella estrella que siempre me había ayudado a orientarme cuando buscaba el Norte?.
Y, ¿ por qué ahora observándola me sentía tan desorientada?

A través del telescopio es fascinante encontrarte vis a vis con Júpiter y Saturno. ¿Alguien o algo se interesaba también por nosotros desde un altiplano en otro mundo?. Saludé con una sonrisa respetuosa por si al otro lado de los objetivos alguien también me miraba…

Noche con Saturno 03.09.53
Autora: Marijose Cueli

Incluyo aquí uno de mis poemas preferidos. Es de Octavio Paz , lo tituló «Hermandad».


Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

 

Gracias amigos, ha sido un momento muy especial y siento que (como dijo algún día Hunphrey, quiero decir Hunphrey Bogart), creo que la noche de «hoy ha sido el comienzo de una buena amistad», a lo que yo añado que, y un poderoso acercamiento al cosmos por parte de mis neuronas, que las notaba yo extasiadas ante el abismo. Y, sin miedo.


 

El pescador


 Más allá de la mar
hay un hombre que reza, amarrado a la tierra,
esperando atento el movimiento leve del aire
—alimento para sus hijos pequeños—

las nubes se cargan con todo el peso del cielo
envolviendo su tiempo…


Entre la tormenta y la calma


 Eres la tormenta
y el mar azotando las costas
eres la libertad
y el viento atizando los bosques,
eres el sol de un cielo despiadado
sus rayos castigando la arena
interminable.

También eres la calma en el aire
cuando llega cargada de brisas y fragancias.

Eres noche sin estrellas, sin luna,
fortaleza de oscuridad impenetrable.

Eres la fuerza de la tierra, fértil,
bajo el peso de mis pasos, y eres luz
contra la más profunda oscuridad

Eres todo esto y nunca serás todo a la vez
y eres nada de todo esto
y nunca serás todo a la vez.

Fluyes allí donde mejor me reconozco,
en los espacios de mis conflictos,
en la verdad de mí;
entre la tormenta y la calma.


Variaciones sobre un poema de P. Jennings 

 

Llueve


 Llueve…, —dijiste—
No recuerdo si la habitación era la mía o la tuya.

Todo quedó
quieto, como lo dejamos.

Morir con dignidad —decíamos—
unidos,
abrasados juntos.

Todo quedó
quieto, como lo dejamos

Las cortinas abiertas,
de par en par,
los cojines rojos por los suelos
la cena sin estrenar,
sordos a los rugidos del mar
a la voz envolvente del vinilo
y al vuelo del viento
que azotaba con espumas
las caricias heridas en la piel.

Todo quedó
quieto, como lo dejamos
en la pequeña muerte de la memoria.


@mjberistain
Imagen: Diluvio de Barceló (Museo Guggenheim)

 

Síntesis


Jadeaba el silencio entre las flores
los dedos deshilachados de escarcha,
hacía frío entonces en el jardín
huérfano, distante de las ciudades.

Y volvíamos, obstinadamente,
síntesis aguda repitiéndose
entre madrugadas de cafés lentos
y migas de ternura por los suelos.

Despacio, muy despacio abrazando
la inminencia tiránica del amor,
la belleza de su pequeña muerte
de lirios y pétalos quejumbrosos.

Había dulzura de vieja ofrenda
incrustada en la piel de los huesos
y una oración devorando el miedo
enmudecido a pronunciar te quiero.


Sinfonía sin historia


 

Se enfrentaba
a un pentagrama vacío.

¡Oh, no!
¡qué equivocación!

Estaba lleno de silencios,
silencios y soledad,
pasión del poema
que aleteaba herido
entre los signos detenidos,

sinfonía sin historia,
llanto sigiloso de la lluvia
por las alcantarillas,

invitación a la desmemoria…


 

 

 

 

 

 

 

El jardín de senderos…


Tengo que contaros algo.

Empecé a AMAR la Literatura cuando tenía diecisiete años. Entonces yo era una niña. Era la mayor de cuatro hermanas y la educación en mi casa era muy exigente. Sentía cómo crecía dentro de mí una cada vez más aguda necesidad de escaparme de aquella atmósfera un tanto sofocante para mi adolescencia y quise buscar en el exterior una vida que me permitiera «crecer» como persona. —Así pensaba yo— porque en aquél momento todo me era negado salvo asumir unas responsabilidades dictadas con devoción y corrección. El resultado de los esfuerzos que hiciera nunca sería el suficiente.

Mister Evans era una soñador; un filósofo, un pensador, un gran hombre y un magnífico profesor.

Su rala melena blanca no impedía que su aspecto fuese el de un hombre admirable con sus casi dos metros de altura que movía con una especie de desgana engañosa. Como su sonrisa. Como su mirada. Durante los años que estuvimos en contacto, él no olvidó nunca de vestir su vieja gabardina que llevaba desabrochada de forma permanente. Quizás fuese una seña de identidad. Otra, su pajarita, siempre de color verde oliva, que rodeaba y anudaba al cuello de su camisa arrugada y blanquecina. Sus maneras eran despaciosas, silenciosas y elegantes.

Nadie faltaba a sus clases, eran como una celebración. Todos y cada uno de nosotros representábamos para él un papel importante en aquella liturgia literaria que se extendía más allá de los horarios lectivos.

Supongo que en aquella época estábamos todos agradecidos de tener una persona con un cierto carisma paternal, un líder a quien admirar y seguir, siendo que estábamos todos muy lejos de nuestras familias.

Sus alumnos le adorábamos.

Empecé entonces a interpretar y comprender los textos más complejos y difíciles que había leído hasta entonces. Me atreví a delirar, lápiz en mano, frente a cientos de hojas de papel en blanco.

La vida me llevó más tarde a interpretar las historias que leía, o quizás era que mis vivencias, mis obsesiones, mis sueños, mis desvaríos los encontraba curiosamente en libros escritos por otros autores mucho antes de que yo hubiera nacido.

Notas poéticas encontradas en
«El jardín de senderos que se bifurcan»

Cuento escrito en 1941 por el escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges.

Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis.

Reflexioné que «todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…»

Mi voz humana era muy pobre…

Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio… como si alguien estuviera acechándome.

Un soldado herido y feliz.

El tren corría con dulzura, entre fresnos…

El camino solitario… lentamente bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.

Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.

Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes.

La música era china. Por eso yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención.

Un farol de papel que tenía la forma de los tambores y el color de la luna.

Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre…


Ver: Resumen del cuento
Imagen de Relatos caóticos


 

La palidez del agua


He descendido
a la noche sin espumas,
las alas rotas

solo el silencio
nocturno
aliviará la agonía
contra los muros blandos,

como estrellas inquietas
esperarán palpitantes,

—la palidez de la esperanza entre los labios—

una razón de amor
que muerda los cuerpos por las esquinas.


 

@mjberistain