Intento eternizar lo huidizo

… lo decía Peter Handke en su “Poema a la Duración”

Era el año 1991 cuando conocí su obra. Desde entonces lo leo de vez en cuando porque me mantiene en esa duración que es la vida como un despertar. Se dijo entonces en su presentación (El País Año VII, Nº 305) que se trataba de una poesía meditativa, reflexiva, que razona y celebra al mismo tiempo, de lenguaje sobrio, nada aparatoso, nada especialmente lírico, y que busca explicar desde varios ángulos el contenido y el sentido de una experiencia singular y profunda.

El que no ha sabido lo que es la duración es que no ha vivido —dice en el prólogo del libro Eustaquio Barjau quien también se ha ocupado de la traducción—. La felicidad no es algo que pueda venirnos de la voluntad, es muchas veces algo que está muy cerca y de lo que pasamos de largo por no haberlo advertido, una gracia imprevisible, huidiza; algo a lo que solo cabe responder con una actitud y un modo de vida que pueda favorecer su llegada. Dice él mismo: El Poema a la duración es una obra que puede —no se sabe si pretende— producir un efecto saludable en un lector atento y empático. En definitiva una de las posibles funciones de la literatura.

Algunos versos… al azar:

Quería meter la cabeza en la hélice del barco,
del mismo modo como una vez quise meter la cabeza
por el cristal de la ventana de un mirador;
de esta forma quería apartarme de la belleza,
de la tierra, del paraíso,
de la ciudad santa, del amor engañoso.
Y este estado no pasó.
El resto del viaje seguí estando ausente,
con los ojos abiertos de par en par, de tristeza;
el corazón, un tic-tac de debilidad maligna,
un espíritu de vida, como tantas veces, trabajando,
en mi rincón cotidiano,
inclinado sobre las palabras,
las denominaciones originarias,
las protopalabras del hijo del hombre;
“la Tierra, la madre total”, “la sonrisa innumerable de las olas del mar”,…

***

Una vez más lo he sabido
el éxtasis es siempre demasiado.

***

La Duración no está vinculada al amor de los sexos.
Puede de la misma manera,
envolverte en el amor que ofreces ininterrumpidamente a un hijo;
y allí no necesariamente en las caricias,
pasándole la mano por la cara, besándolo,
sino, una vez más,
solo dando un rodeo por las cosas que no tienen importancia.

***

La duración no desplaza,
me coloca donde debo estar,
Saliendo de la luz del foco del diario acontecer,
huyo decidido al incierto campo de la duración.

Ocurre la duración
cuando en el niño,
que ya no es un niño
—tal vez ya un anciano—,
reencuentro los ojos del niño.

La duración no está nunca en la piedra imperecedera
de tiempos remotos,
sino en lo temporal,
en lo maleable.

Lágrimas de la duración, ¡tan poco frecuentes!
lágrimas de alegría…

***

Concluyo con unos versos que hice míos a lo largo de mi vida cuando, en varias ocasiones, he tenido que volver a empezar en destinos distintos.

Y, al fin
Feliz aquel que tiene sus lugares de duración;

ya no será, aunque se haya trasladado para siempre a un país extraño,
sin perspectivas de volver a su mundo,
nadie a quien han expulsado del paraíso*

Peter Handke 

(*) también referido a “su patria”

La mitad de mí

Lo malo de sobrevivir es que consiste en perder tanto como ganas. Lo malo de ir avanzando es todo lo que dejas atrás. Llegas a cualquier parte y el sitio del que saliste empieza a parecerte mentira.

Separarse de algo es como partirse por la mitad, te convierte en dos personas diferentes, una que se queda con su propia historia, con los los recuerdos; tuvo amigos y quizás  enemigos, escribió algún libro, viajó bastante por ciudades de otro tiempo, estuvo a punto de morir dos veces, alguna tarde conoció a Lou Reed…

Y la otra parte que no tiene nada, pero que se ha quedado con su nombre, con sus libros, con su casa, con sus dudas…

Y ya vale para empezar de cero y no querer ser la parte de nada.

Quizás escriba alguna vez sobre algo que la otra parte dijo que soñó una noche: estaba en un lugar desconocido y había una tormenta de nieve: la vio caer durante horas, tal vez durante años; la vio tomar las calles y los tejados, acumularse poco a poco sobre sí misma; al fin salió el sol y al deshacerse la nieve apareció debajo una ciudad distinta, un mundo nuevo, más limpio, idéntico a un poema sin tachaduras o a un cuerpo sin cicatrices…

variaciones sobre texto de Benjamín Prado
Escultura Chillida


Fruta madura

frutasbella-del-senor

La fruta madura es más jugosa y tiene más aroma que en agraz,
el vino envejecido más matices y más intensidad,
la cadencia es el alma del poema,
La palabra decadencia invita a aferrar la mano amiga,
al abrazo apretado, a una pasión de otoño,
a apurar el jarro de la vida hasta quedar ahítos,
exahustos de belleza,
sin sed de más vivir.

Autor Gervasio Alegría


Belleza y Decadencia

¿Es posible que coexistan belleza y decadencia?.

Pienso mientras voy recogiendo del suelo pequeños pétalos de estas flores, casi marchitas.

¿Qué encuentro en ellas que me hacen dejarlo todo y buscar mi nikon para dedicarles unos minutos antes de que vuelvan a la tierra que un día dio vida a su belleza…?

No busco nada, solo observo, ellas me hablan. Algo quieren decirme antes de entregarse a los brazos de la muerte. ¿Qué fue de sus jugosos labios rosados, de su intensa mirada azul, del verde esperanza de sus ropajes? Respeto su momento; su duelo. Respeto el duelo de su estética; sus venas arrugadas, su carmín descolorido, las ocres puntillas rematando sus galas de ceremonia, sin transparencias.  Respeto el gris destello de sus incertidumbres, su débil respiración entrecortada, sus vagos movimientos rozándose en silencios  trascendentes… Su mirada opaca evocando lo efímero, la fugacidad de todo…

Pero no existe deterioro en sus almas.
Viven el capricho de una nueva realidad, más sutil, más delicada, más despaciosa…

Schopenhauer defendía que en la contemplación estética el sujeto, frente al espectáculo que tiene ante sí, puede escaparse un momento de los sufrimientos de su existencia.

Y termino con una frase que recuerdo de un artículo de Tania Marrero:

“La decadencia solo es el epílogo de la contemplación de la belleza sublime.”


@mjberistain


La clave del Ambigú

Incierto, elusivo, evasivo, equívoco, ambivalente, indeciso, enigmático, dudoso, turbio, ambiguo, oscuro, inquietante, mitad higo, mitad pasa, ni carne ni pescado, cogido por los pelos…

Las tres nos miramos con cara de poker cuando a alguien se le ocurrió pronunciar la palabra “Ambigú”. Cualquiera sabía a estas alturas que el vocablo estaba relacionado con “ambiguo; con ambigüedad”, así que durante unos minutos nos divertimos, frente a un vinito blanco y unas patatas fritas, desvariando en torno a su etimología. Después de intentar acertar con el origen, la procedencia y los usos que se le habían atribuído a la palabra en cuestión, decidimos consultar a santawikipedia. Nada más lejos de nuestra percepción como definición de algún lugar “cálido, sugerente, vintage, romántico, incluso como privado, con cortinajes de terciopelo color vino y jarrones de cristal y oro, propicio para el placer y el erotismo…”.

¡Su significado se refería a algo tan prosaico como “comida sobre una mesa”! (Por cierto, cogido por los pelos de la lengua francesa, y para más desilusión, de origen desconocido).

Históricamente, Ambigú se llamaba a las “reposterías” de los salones de Cine y Teatro en los que se tomaba un pequeño refrigerio durante los entreactos o descansos.

Hablando de “reposterías”… En la Francia del rey Luis XVI fue Maria Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena, más conocida como María Antonieta y a la sazón esposa del rey, quien con su altanería y sus palabras consiguió levantar al pueblo contra el poder absoluto.

Ella no comprendía el porqué del enfado de su pueblo por no tener pan. “Que coman pasteles”, dicen que dijo…

Artículo de Rosa María Artal

Así, mientras en las tertulias callejeras se comentaba “Pues va la tía y aún dice que comamos pasteles”, los periódicos de la Corte atribuían el disgusto social al catastrofismo sembrado, con muy malas artes, por un grupo radical. Utilizando el catastrofismo, precisamente, como fórmula disuasoria de cualquier cambio inconveniente a sus intereses. Estaban desolados.

Veinte personas de la aristocracia y el comercio poseían tanto dinero como los 14 millones más pobres. Cuesta creerlo, pero así era. En más de 5 millones se cifraban las personas sin trabajo, y lo que costea. 800.000 niños habían entrado en la pobreza desde el aciago día en el que, bajo la excusa de una estrategia a la que llamaron crisis, se habían emprendido “reformas”. Es decir, el eufemismo determinante para quitar de aquí y poner allá, con suma precisión, y aumentar de forma tan insolente la desigualdad.

En poco tiempo el relativo bienestar del que disfrutaba el pueblo se había ido al traste. “Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”, les decían desde la camarilla real y sus extensiones. Por eso, establecieron recargos en farmacia o suprimieron el acceso a la sanidad a una serie de personas, encarecieron el acceso a la enseñanza universitaria, elevaron el coste de poder tener luz, fuego o calor, y de todos los servicios. La precariedad entró en la vida de muchas personas que, aunque tardaron y tragaron lo indecible, terminaron por indignarse. Los voceros de la corte insistían: puro catastrofismo. Suicidio programado. Manipulación de masas de manual, aprendida en lejanas tierras o en los tratados del populismo más atroz, representado por Rousseau, Voltaire y Montesquieu y sus peligrosas ideas.

Arcones en B, nepotismo, condesas diabólicas riéndose de todos, sátiras de látigo y mantilla mintiendo por cada palabra dos veces, el príncipe de los hilillos y los cuentos chinos, el bufón de la tijera, los beatos del rosario y la muerte. Y el empobrecimiento, no llegar a fin de mes, huir, ensombrecer el futuro.

La ira de la turba se plasmó en manifestaciones. Acamparon en la Bastilla, hablando de política, economía o urbanismo. “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, coreaban los muy rufianes con profundo afán desestabilizador. La agresividad llegaba ya a su punto culminante cuando se situaban frente a la casa de un desahuciado por el banco y la ley vigente, tratando de impedir el desalojo. ¡Sentados en el suelo!, vulgares sans-culottes. ¡Haciendo cadena humana mano junto a mano! ¿Se ha visto mayor intimidación? La guardia, lógicamente, los freía a palos y multas para que no siguieran perturbando la paz social.

La maquiavélica mente de los violentos ideó nuevas argucias. Distribuyeron entre las élites del país unos salvoconductos ‘black’ con los que podían comprarse desde champagne o caviar a déshabillés de seda, viajar a lugares exóticos, vivir como Luis y María Antonieta, en definitiva. Derechos de clase. Mediante una pistola en el pecho, obligaron a numerosos nobles a robar a manos llenas de las arcas del reino. Por arriba, por abajo, del derecho y del revés. Con bolsas o carros. A todo pasto. Les empujaron a ir a cacerías, en las que se enfrascaban en rituales de sangre, en el juego y el sexo, todo por sacar unas comisiones millonarias que seguían engrosando sus bolsillos.

Los iracundos provocaron –en sutil maldad– que las dos grandes tendencias de la aristocracia se enzarzaran en las Cortes, acusándose mutuamente del descontento popular. El ‘y tú, más’, tan imaginativo y cargante, fue obra de algún populista infiltrado.

Los grandes maleantes que entraban por fin en las mazmorras salían con diligencia. Tres meses, y a la calle. O no llegaban a entrar, fruto de desimputaciones o indultos. Esta argucia –ideada por los antisistema– fue otro de los grandes hallazgos para inducir a la gente a pensar en una justicia de doble rasero.

Porque, en realidad, ¿de qué se quejaba el vulgo?, ¿cómo pudo prestar oídos al catastrofismo de los populistas? Lo peor fue que, en un supremo acto de inmundicia, esta gentuza decidió manifestar su ira en un puro arrebato de cólera ¡concurriendo a las elecciones! Y la plebe escuchó sus cantos de sirena, alejándose del bien que habían disfrutado hasta entonces. ¡Poniendo en peligro el sistema!

Entre desprecios, negaciones y ninguneos, los más clarividentes entre los cortesanos de élite tienden puentes a negociar con las hordas exaltadas dispuestas a votar lo que no deben. ¿Os vais a arriesgar a las incertidumbres que plantean los radicales? No aciertan a comprender que dan mucho más miedo sus certezas.

Maria Antonieta y su marido Luis XVI perdieron la cabeza en su forma más textual y expresiva por no saber bien dónde la tenían. Pasa mucho cuando no se pisa el suelo que transita la gente. El populacho hizo los deberes y acabó con el Antiguo Régimen. Luego –angustiado por la libertad– llamó a un Napoleón a apretar las clavijas, lo que no es nada infrecuente en estos casos. Nada volvió a ser lo mismo, sin embargo. Y así una y otra vez a lo largo de la historia. Los tiranos, déspotas, saqueadores, malnacidos, y su séquito de aduladores y cómplices de hoy, no agradecen lo suficiente que los tiempos hayan cambiado

El artista es creador de belleza. Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte. El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza.

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La palabra Ambigú ha desaparecido de nuestro lenguaje y ha sido sustituida por la palabra francesa “Buffet”, encontrada en textos de principios del siglo XII. Designaba una “mesa”. En castellano encontramos las palabras “Bufé” y “Bufete”, la primera refiriéndose a la comida que se dispone de una vez sobre una mesa, y también a los locales, como estaciones, en los que el viajero puede comer. La segunda corresponde a una “mesa de escribir” y por extensión al “despacho de un abogado”.


Fotografía: todocolección.net

Cori Bargmann – Científica

Desde 2016, esta neurobióloga norteamericana dirige la rama científica de la Chan Zuckerberg Initiative, la organización filantrópica de Mark Zuckerberg, el creador de Facebook. Tras una vida en el laboratorio, Bargmann maneja un presupuesto de 3.000 millones de dólares. Hablamos con ella de la crisis del coronavirus, pero también del futuro de la ciencia.

La científica y neurobióloga, Cori Bargmann.
La científica y neurobióloga, Cori Bargmann.ANDRÉS GONZÁLEZ

26 ABR 2020 IXONE DÍAZ LANDALUCE

Hacer una entrevista en los tiempos del confinamiento y el coronavirus es una experiencia extraña. Ella en su casa de Los Ángeles; yo, en la mía de Vitoria. Nos preguntamos cómo estamos, cómo se encuentran nuestras familias, si tenemos casos alrededor. Intercambiamos palabras de ánimo, como si nos conociéramos de toda la vida. Son las siete de la mañana en California y esta es la segunda videollamada del día para la neurobióloga Cori Bargmann. “Antes he tenido una videoconferencia con 20 personas. Entre ellas, representantes de la OMS, del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, de la Comisión Europea, de la Fundación Gates y de países como Singapur o India”, explica. Desde 2016, Bargmann es presidenta científica de la Chan Zuckerberg Initiative (CZI), la fundación que ese año pusieron en marcha el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, y su mujer, Priscilla Chan. La investigadora gestiona un presupuesto de 3.000 millones de dólares para los próximos 10 años.

Durante esta crisis, la CZI ha facilitado el acceso a test a los hospitales del área de San Francisco y algunas de las herramientas de análisis de datos que han ayudado a desarrollar han servido, por ejemplo, para confirmar los primeros casos de Covid-19 en países como Camboya. Otras, como la plataforma bioRxiv, ayudan a que la información entre investigadores de diferentes países fluya con más agilidad. “Por primera vez en la historia, los científicos están compartiendo información a una velocidad increíble. En cuanto tienen resultados, los comunican. De esa manera, investigadores chinos pueden compartir información con los españoles o italianos para saber qué tratamiento funciona, qué enfermedades preexistentes son un factor de riesgo o si las embarazadas son vulnerables. La ciencia se mueve más rápido cuando compartimos información y esta crisis nos tiene que enseñar a trabajar juntos, a depender los unos de los otros”, explica Bargmann.

La tercera de cuatro hermanas, Cori creció en Athens, un pequeño pueblo del estado de Georgia. Sus padres se conocieron en Nuremberg tras la II Guerra Mundial y emigraron juntos a Estados Unidos, donde su padre se convirtió en profesor de Estadística de la Universidad de Georgia. En su casa se hablaba en alemán y se fomentaba la ciencia, el arte y la literatura. “Tenía ocho años cuando el hombre llegó a la Luna. Miraba al cielo tratando de ver el Apolo –recuerda riéndose–. Así descubrí que la ciencia podía ser muy excitante”.

Después de licenciarse en Bioquímica, Bargmann estudió los mecanismos moleculares del cáncer en el grupo del oncólogo Robert Weinberg en el MIT de Massachusetts.

Un trabajo que, años más tarde, cristalizaría en el desarrollo de un fármaco contra el cáncer de mama. “La primera vez que pisé un laboratorio tenía 17 años y me enamoré de aquel ambiente. Siempre fui curiosa y en un laboratorio aprendes cosas que nadie sabía antes. Es como una droga”, explica. Aunque dice que nunca se ha sentido discriminada, tampoco tuvo referentes femeninos. “La ciencia es dura. Haces un experimento y no sale. Vuelves a hacerlo y no sale. Piensas: “Quizá esto no se me da bien”. Y si alrededor no hay ninguna mujer, lo piensas con más intensidad”.

Tenemos que hacer que los científicos sean más eficientes, poniendo a su disposición herramientas y tecnología. Nuestra meta es condensar el progreso de los próximos 500 años en un siglo”.

Más tarde, su fascinación por el funcionamiento del cerebro le llevó a hacer el postdoctorado junto al biólogo Robert Horvitz, que luego ganaría el Nobel. En su laboratorio, Bargmann empezó a estudiar el C. elegans, un pequeño gusano translúcido, famoso entre los investigadores porque fue el primer organismo multicelular del que se secuenció el genoma. Pero también porque en 1986 un grupo de científicos mapeó su sistema nervioso, describiendo sus 302 neuronas y 7.000 conexiones nerviosas. A partir de ese mapa, Cori investigó la relación entre los genes, la experiencia y el comportamiento. Y descubrió, por ejemplo, que el pequeño gusano tiene olfato y puede tomar decisiones guiándose por él. Aunque parece difícil extrapolar esos conocimientos a los procesos mentales humanos, según la investigadora muchos de los genes y mecanismos de señalización de su sistema nervioso son muy similares a los de los mamíferos.

Tras liderar su propio laboratorio en la Rockefeller University y entrar en la National Academy of Sciences, Barack Obama la nombró en 2013 asesora de la BRAIN Initiative, un proyecto para tratar, prevenir y curar desordenes o trastornos mentales como el Alzheimer, la esquizofrenia, el autismo o el daño cerebral.

Tres años después, recibió la llamada del fundador de Mark Zuckerberg, y su mujer, Priscilla Chan. Estaban a punto de presentar la Chan Zuckerberg Initiative, una fundación con la que canalizar su promesa de donar el 99% de sus acciones de Facebook a lo largo de su vida. El objetivo de la rama científica de ese proyecto era “curar, prevenir o controlar todas las enfermedades” para 2100. “Cuando Mark y Priscilla me contaron lo que querían hacer, pensé que la idea era demasiado ambiciosa. Pero me hizo reflexionar sobre lo lejos que ha llegado la medicina en el último siglo. Hace 100 años, no había antibióticos. No teníamos quimioterapia ni tratamiento para el cáncer. Tampoco sabíamos que el colesterol o la hipertensión causaban problemas de corazón y ahora tenemos fármacos baratos para prevenirlo. Por no hablar de trasplantes o terapias celulares”.

Solo en apoyo a la investigación, el matrimonio Zuckerberg se ha comprometido a donar 3.000 millones de dólares en 10 años. Ya han concedido 800 millones en becas para financiar infraestructura tecnológica, desarrollar métodos de microscopía o software de imagen. Sobre el papel, estas inversiones pueden sonar menos impactantes, pero Bargmann sabe la importancia de la inversión en ciencia básica. “Tenemos que hacer que los científicos sean más eficientes, poniendo a su disposición herramientas y tecnología. Si pudiéramos acelerar el ritmo de la ciencia, conseguiríamos condensar el progreso de los próximos 500 años en un siglo. Esa es nuestra meta”.

Uno de los proyectos más interesantes de la CZI es el Atlas Celular Humano, que pretende identificar todas las células de nuestro organismo. “Una persona tiene 30 billones de células, pero nadie sabe cuántos tipos hay ni qué cantidad hay de cada una. Por eso, estamos apoyando a científicos tanto en EE.UU. como en Europa para confeccionar esa lista y saber cómo interactúan o qué genes participan en cada tipo de célula. Lo que podía parecer un proyecto aburrido, se ha convertido en una fuente de descubrimiento apasionante”, dice. La pata científica de la CZI utiliza un enfoque más abierto y colaborativo de lo que es habitual entre las empresas de Silicon Valley, donde la propiedad intelectual se defiende con uñas y dientes. Pero la ciencia no funciona así. O, al menos, no debería. Por eso, las becas que conceden son públicas, se han comprometido a que el software desarrollado sea de código abierto y animan a los investigadores a publicar sus resultados.

“Hubiera sido feliz dirigiendo mi laboratorio el resto de mi vida, pero si se te presenta la oportunidad de tener un gran impacto, tienes que cogerla. Además, la ciencia debería ser menos competitiva y más cooperativa, los profesionales deberían tener más prestigio y estabilidad, y la investigación debería avanzar más rápido”, explica. Son las siete y media de la mañana en Los Ángeles y nos despedimos con una sonrisa y moviendo la mano delante de la cámara. Confinadas en casa, nos deseamos suerte. Porque así es la vida en los tiempos inciertos del coronavirus.

26 ABR 2020 IXONE DÍAZ LANDALUCE


Metáfora del infinito

Ansié volver al desierto con una melancolía venenosa. Por eso, unos meses después de mi llegada al Sahara —una tierra a la que había jurado no volver— mi obsesión por el desierto llegó a su punto más extremo. Tuve que reflexionar sobre la causa del poder de seducción que aquel lugar ejercía sobre mí. ¿La soledad? ¿La vastedad de los espacios? ¿La infinitud del horizonte? ¿Por qué parece bello lo desolado?, necesitaba saber. ¿Por qué me había enamorado de aquella tierra llena de nada y polvo? Aquello era tan distinto de todo lo que conocía y, sin embargo, tan parecido a mí…

Anhelaba esa pobreza y necesaria desnudez a la que el desierto parecía invitarme.

¿Qué quiero decir cuando digo que amo el desierto? ¿Qué digo estar amando? ¿La arena ardiente por el día y helada por la noche? ¿Las muchas y variadas formas de las dunas? ¿El cielo estrellado y la luna enorme, como un astro vivo y equivocado? ¿La soledad? ¿El vacío? Quizá solo ame el concepto del desierto, y quizá lo ame porque quiero ser como él. Amo el desierto porque es el lugar de la posibilidad absoluta: el lugar en que el horizonte tiene la amplitud que el hombre merece y necesita. El desierto: esa metáfora del infinito.

Pablo D’Ors

El azul

UNA BRILLANTE CLASIFICACIÓN DEL SIGLO XIX

El color azul, el más sugerente de todos, formó parte de una nomenclatura de colores del siglo XIX, un hermoso y poético juego verbal para describir un color.

I found I could say things with color and shapes that I couldn’t say any other way
– things I had no words for.
Georgia O’Keeffe

No existe un solo azul, sino muchos. Y existen pocas palabras (si no es que ninguna) capaces de describir a cabalidad los tonos que, como las emociones, entre más hermosos y sutiles, resultan más difíciles de verbalizar. Los azules, particularmente, han inspirado poemas, pinturas y vidas enteras; color de la emoción, de la lejanía, del misterio, del agua, el azul (y otros colores) recibieron uno de sus homenajes más inesperados en un catálogo hecho por el geólogo alemán Abraham Gottlob Werner (1749-1817), una clasificación que nació en la mente de científico, pero que posee una poética propia y encantadora.

Werner trabajó durante su vida como inspector de minas y profesor de mineralogía —campo en el que desarrolló diversas teorías en torno al origen de los minerales de la Tierra. En sus últimos años, siendo ya un geólogo prominente, Werner se embarcó en una tarea completamente distinta: el desarrollo de una nomenclatura de los colores. La suya, a diferencia de la de su contemporáneo Goethe (basada en la emotividad de los colores), se apoyó en los tonos de los minerales, una clasificación que dio un nuevo vocabulario al arte de describir algo casi indescriptible en una época en la que la fotografía no existía y en la que las palabras eran la manera más fácil de explicar o delimitar algo.

La clasificación de Werner brilla por su rareza y especificidad, por su precisión y encanto, ostentando nombres de colores raros, juegos de palabras y términos que refieren a alimentos, plantas y otros objetos como “azul-flor-de-linaza”, “amarillo-azafrán” y “blanco-leche-desnatada”. El resultado fue  Werner’s Nomenclature of Colours: Adapted to Zoology, Botany, Chemistry, Mineralogy, Anatomy, and the Arts (en su versión completa en el Internet Archive), publicado en 1821, una excentricidad tanto conceptual como verbal, un volumen admirado tanto por el poeta Novalis como por Darwin.

Como su nombre lo indica, el libro estaba planeado como una herramienta para las ciencias y las artes, un volumen que no es comparable con ningún otro manual de colores, pero que es heredero y comparable en belleza al catálogo de A. Boogert, hecho en el siglo XVII exclusivamente enfocado en el arte de la acuarela.

Nombrar algo es hacerlo existir y describir un color con palabras es un acto no sólo de creación, sino una demostración del poder del lenguaje sobre la imaginación. Los colores, que hasta hoy se guardan como tesoros, son a veces son sólo ideas, y los nombres de Werner son precisamente eso: pequeños embriones de poemas.

El azul —que de acuerdo a la teoría del color de Goethe tiene implícito un principio de oscuridad, una negación estimulante, una contradicción entre la excitación y el reposo— tiene poderosos efectos sobre nuestra vida emocional, es uno de los colores protagonistas de la historia del arte (como bien puede verse en la obra del francés Yves Klein y tantos más) y, en el catálogo del alemán, tiene un lugar especial; sus diversos tonos son descritos más como conjuros o pociones que como colores propiamente, y las palabras con las que los delimita nos dejan saborear sus matices en un acto de imaginación, que pareciera un acto de magia.

Estos son los azules que nombró hace casi 200 años Abraham Gottlob Werner:

  1. Azul escocés es el azul Berlín mezclado con una considerable porción de negro terciopelo, un poco de gris y un ligero dejo de rojo carmín.
  2. Azul Prusia es el azul Berlín con una porción considerable de negro terciopelo y una pequeña cantidad de azul índigo.
  3. Azul índigo está compuesto por azul Berlín, un poco de negro y una pequeña porción de verde manzana
  4. Azul China es azul celeste con un poco de azul Prusia.
  5. Azul celeste es azul Berlín mezclado con un poco de rojo carmín: es un color que quema.
  6. Azul ultramarino es una mezcla de dos partes iguales de azul Berlín y azul celeste.
  7. Azul flor de linaza es azul Berlín con un ligero toque de azul ultramarino.
  8. Azul Berlín es el puro, o más característico color de Werner.
  9. Azul verditer [hace referencia a un ave azulada, “papamoscas verdín” o Eumyas thalassinus] es azul Berlín con una pequeña porción de verde verdigris.
  10. Azul verdoso, el azul del cielo de Werner, compuesto por azul Berlín, blanco y un poco de verde esmeralda.
  11. Azul grisáceo el pequeño azul de Werner, compuesto de azul Berlín, con blanco, una pequeña cantidad de gris y una casi imperceptible porción de rojo.

Cultura Inquieta 6 abril 2018