PERMANENCIA


La hierba luminosa deja crecer el aliento de otros seres,
árboles, flores silvestres, pájaros, nosotros…

Silencio
miradas detenidas
palabras calladas
lenguaje único
una paz atmosférica alcanzando el cielo.

La piedra del camino,
el cuerpo quieto
y el corazón ambulante
que busca una salida,
grietas…
al abrazo de otra piedra.

¿Qué significa una grieta?
¿Tendrán alma las piedras?

Desciendo hasta el fondo de los años
en ilusión de permanencia…


@mjberistain

White mornings

Blancas madrugadas,
briznas de mar en la piel de los sueños
y en la huella de los zapatos.

Blanco en la orilla silenciosa
de los nombres aprendidos,
blanco el rastrear de las mareas.

Blancas las nueces y las almendras
que dejé olvidadas en antiguas alacenas
descuidadamente, blancas.

Blancas las cintas en el baúl de la ropa
blanca, la seda alegre de las cortinas
y las voces de los amigos.

Blancas las rosas bordadas en la cintura
como un arco iris de ágiles mariposas
en las entrañas tiernas.

Blancas las gotas de luz encaramadas
como guirnaldas de flores frescas
a la fascinación de las fiestas.

Blancas letanías en el altar de Afrodita
—santuario de los gestos del amor—
Blanca la piel saciada de deseo.

Y…

Blancas las noches de ambrosía.
cuando resplandecía llena la luna,
y el sol en sus brazos se quedaba dormido.


@mjberistain

HUNDERTWASSER

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Me inspira lo feo…

Lleva zuecos y sujeta con fuerza una bolsa de ganchillo, en la que guarda piezas de un puzzle de madera que está construyendo arriba, en sus dependencias de la KunstHaus.  Estamos en el epicentro de Viena, su cuna y su estación favorita durante unos pocos días del año, ya que reside como un ermitaño en una cueva de césped situada en algún lugar de Nueva Zelanda, donde asegura ser feliz “mecido por el viento como una hoja en mitad del mar”. Parece el capitáfeo4n Haddock con aires de Cousteau, un niño de 73 años con las ideas más claras que el agua que utiliza para diluir sus acuarelas.

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Enfrentado con el racionalismo, la falsedad del arte contemporáneo y los trajes con corbata saca edificios y ciudades ecológicas de sus pinturas abstractas, llenas de espirales, chinarros, adobe, cúpulas columnas que semejan tornillos, hogares sin esquinas, jardines en el tejado y aguas termales. Bienvenidos al universo de Hunderstwasser, el arquitecto hippy. Nos colamos por la puerta central, irregular y anárquica del corazón de un rebelde con causa.

En usted se confunden vida y arte

Es que el diseño, la arquitectura y el arte deben ser entendidas como símbolos de la vida, no como elementos hechos para aislar al hombre de su entorno.

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¿Por qué se niega a trazar líneas rectas, levantar muros lisos o seguir pautas matemáticas?

Naturalmente, porque la arquitectura actual mata. Fíjese en que el 90% de la arquitectura moderna es inhumana y no armoniza en absoluto con la naturaleza. Yo entiendo que lo horizontal pertenece a la naturaleza y lo vertical es obra del hombre, y el mundo está sembrado de campos de concentración de cien pisos…

Sus casas, sin embargo, parecen cuadros habitables…

Es que nadie quiere vivir en una cárcel, sino en una casa que pueda ser pintada en lienzo, en papel, en el suelo. ¿A quién no le gustaría vivir en las casas que pintan los niños?

En sus casas, escuelas, templos e incluso incineradoras de basuras, usted se anticipó al actual reciclaje de materiales.

Sí, siempre he sido un propagandista del reciclaje y la reutilización. Estoy radicalmente en contra de la sociedad de consumo, del fast food, de la novedad. Soy un viejo chamarilero, la verdad.

¿Cuál es la materia prima de sus creaciones?

Cualquier material que no suponga ningún peligro para el hombre ni para el medio ambiente. Todo vale para hacer la vida más sencilla.

gota de agua y pincel1   Usted defiende la belleza de la lluvia

Sí, porque el sol, en contra de lo que la gente piensa, aniquila los colores, mientras que las nubes y el agua, la oscuridad, los dejan puros. Los contrastes, el blanco y el negro, la riqueza y la pobreza, son los culpables, en realidad, de que vivamos o muramos bajo el sol. Con la lluvia todo resulta más democrático.

¿De dónde le viene la inspiración?

De las cosas feas. El mundo está lleno de cosas horribles, y me aprovecho de ellas para convertirlas en algo hermoso.

Pero, ¿usted no es hijo de una generación que perdió la esperanza?

¡Lo soy! Pero también soy una hoja, una gota de agua, un pincel… Así me siento por dentro y por fuera.

hundertwassen

Friedensreich Hundertwasser (1928 – 2000)

Nace en una familia medio judía por parte de su madre en Viena. Para salvar a la familia del holocausto la madre de Hundertwasser lo alistó en la juventud hitleriana. Cuando los soldados de la SS pasaban revisión por su casa, Hundertwasser abría la puerta con el uniforme nazi, adornado con las medallas de su padre fallecido cuando él tenía un año.

Artista y arquitecto se convirtió en uno de los artistas austriacos contemporáneos más conocidos del final de siglo XX.

Fue una persona muy singular pero muy sincera, toda su obra es un reflejo de su vida, estaba completamente identificado con sus ideas. Naturalista, amante de la paz, y del desorden arquitectónico, vivió una vida muy humilde coherentemente con sus ideas, y aunque a algunos les parezca una mamarrachada, a otros su arte y sus pensamientos les parecen sublimes.

Texto Ruth Baza
Imágenes; Flickr, Galleryhip, Inspirationgreen, Cosassencillas.


Sister Jayanti Kirpalani

Contra el terrorismo, paz interior 

Año 2000. La autora de estas palabras era consultora de la ONU en resolución de conflictos. 

La edad de mi cuerpo es de 50 años; ideal para gozar de los recuerdos e ilusionarme por el futuro, pero mi espíritu es eterno.

Supongamos que soy mediador en un conflicto armado…

Para empezar, silencio. Guarden unos minutos de recogimiento antes de empezar a hablar; el que crea en Dios, que rece…

¿Y si son ateos?

Deben meditar. La disciplina de pensamiento de la meditación beneficia a todos. Recuerde que toda actividad creativa comienza en silencio.

El que no rece, que medite. Traten todos de concentrarse en el objetivo de la paz.

No es fácil, pero piensen que la especie humana ha sobrevivido porque ha sabido encontrar más motivos para la paz que para aniquilarse. Esa conciencia universal y biológica se encuentra en todos nosotros: es una evidencia científica. Hay que dejar que fluya.

Hay que aislarse al negociar. Evitar las presiones cotidianas. Creo que la paz exterior depende de que cada uno consiga un mínimo de paz interior.

¿Y un terrorista?

Sufre una guerra en su interior. Contra el terrorismo hay que lograr esa paz interior. Nadie puede matar sin padecer ese desgarramiento en su conciencia. Y está necesitando ponerle fin y alcanzar la paz.

De acuerdo, todos meditamos

Si consigue que los reunidos guarden silencio en comunión, tendrá medio acuerdo alcanzado. Le puedo dar un consejo personal que a mí me funciona. Imagínese un punto en la frente de su interlocutor… aunque usted no lo soporte. Imagínese que ese punto es luz y amor, visualícelo. Téngalo presente durante todo el diálogo. Haga ese esfuerzo.

En una discusión no se trata de lo que dices, sino de lo que comunicas. Si ese truco neutraliza su hostilidad hacia el interlocutor su mímica será más positiva y, aunque repitan otra vez argumentos de reuniones fracasadas, avanzarán juntos hacia el acuerdo.

Hagan pausas para el silencio y la reflexión. Así permitirá que trabaje la intuición. Es la intuición la que encuentra caminos donde la razón se pierde. La intuición descubrirá las causas profundas y ocultas del conflicto.

¿Cuándo se aplican esas prácticas?

La globalización hasta ahora sólo es un concepto materialista… pero pensamos que pronto tiene que haber una globalización del espíritu.

¿Consiguen detener algún conflicto con la oración o la meditación?

Voy a referirme a alguno de ellos…

Fue en Sudáfrica. Se presentía una guerra civil y miles de personas de organizaciones no gubernamentales meditamos con los sudafricanos en la buena dirección. No trajo directamente la paz, pero ayudó, desde luego. La paz en Sudáfrica es mérito de Mandela porque ha demostrado que un solo hombre que renuncia a la venganza puede eliminar el odio del corazón de todo un país. Un hombre bueno. Sí.

Un gran hombre es quien consigue extraer lo mejor de cada uno y encuentra bondad incluso en el peor criminal. Mandela logró que millones de personas brutalizadas y esclavizadas como él perdonaran con él y miraran al futuro.

…O el día que me vi rodeada de 14 convictos de homicidio que me recibieron con una flor al llegar a la prisión de Londres y con los que medité después hasta que los vi llorar de alivio. Necesitaban encontrarse a sí mismos…


Galletitas

La maleta de Jayanti Kirpalani, esta señora de la paz contiene una túnica de recambio, papeles y muchos paquetitos de galletas.

Obtiene la concordia universal a base de pastitas.

Lleva consigo siempre una maleta llena de pastitas.

Me obliga a deglutir una, aunque acabo de desayunar, y me llena los bolsillos de ellas para mis colegas.

«Los dulces llegan directos al corazón»

El dulce mensaje es que nuestra paciencia conseguirá mucho más que nuestra fuerza.

Extractado de la entrevista y artículo de Lluis Amiguet


WALT WHITMAN

Walt Whitman (1819 – 1892)
Nació en West Hills, Nueva York

Fue poeta, ensayista, periodista y humanista. Rompió con la poética tradicional de la época y marcó un nuevo rumbo tanto en el plano de los contenidos como en el del estilo. 

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When you read these I that was visible and become invisible…

Now it is you, compact, visible, realizing my poems, seeking me, fancying how happy you were if I could be with you and become your comrade… (Full of life now…)

 

¡VIVE!

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber. No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y las poesías; sí pueden cambiar el mundo. Pase lo que pase nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Tú puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre. No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes. Huye.

“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”, dice el poeta. Valora la belleza de las cosas simples. Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas, pero no podemos remar en contra de nosotros mismos. Eso transforma la vida en un infierno. Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante.

Vívela intensamente, sin mediocridad. Piensa que en ti está el futuro y encara la tarea con orgullo y sin miedo. Aprende de quienes puedan enseñarte. Las experiencias de quienes nos precedieron de nuestros “poetas muertos” te ayudan a caminar por la vida. La sociedad de hoy somos nosotros… Los “poetas vivos”. No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas.

Existo como soy, con eso basta, Y si nadie lo sabe me doy por satisfecho.



Imagen letras-litera blogspot.com 

VIVIR EL TIEMPO QUE ME QUEDA

© Oliver Sacks, 2015.
Catedrático de Neurología
en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York

Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado dos por ciento.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los ochenta años, y esos quince años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba:

“Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto, pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

No puedo fingir que no tengo miedo. He amado y he sido amado

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo:

“Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

He sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.

Este artículo se publicó originalmente en The New York Times. 
Traducción de María Luisa Rodriguez Tapia.


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Lo más conmovedor del artículo en el que Oliver Sacks anuncia su cáncer terminal y su próxima muerte es la modestia del tono, la falta total de engolamiento. El yo, que ocupa tantísimo espacio en nuestras vidas, tiende a tomarse todo lo que le afecta bastante a la tremenda, y desde luego la propia muerte es el acontecimiento mayor de la existencia, así que todos los textos semejantes que he leído con anterioridad sobre la propia finitud, por muy bellos que fueran, tenían siempre un toque de épica, un añadido de lírica, un no sé qué candente de emoción apenas contenida. El artículo de Sacks carece de todo eso; en realidad, es casi ramplón. Y eso es lo que lo convierte en algo único y formidable. Esa es la verdadera voz del héroe, el verdadero mensaje del sabio. Nos dice: Soy poco, sentí y viví todo lo poco que fui con intensidad, sé que es hora de irse. “Donde yo ahora estoy, tú estarás”, vaticina una clásica inscripción funeraria presente en muchas lápidas. El artículo de Sacks, con su sencillez, sirve de espejo. Señala esa desnuda continuidad de vida y muerte y vida.

Siento que su próximo fin es el de alguien cercano. Le he leído tantos libros, esos magníficos trabajos sobre las rarezas de la mente. Verdaderos viajes a los extremos del ser, como Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Él mismo tuvo graves problemas neurológicos o quizá neuróticos; lo cuenta en alguno de sus libros, ya no recuerdo cuál. Dolores de cabeza inhabilitantes, cegueras y parálisis momentáneas. Seguramente ese sufrimiento personal le hizo más apto para comprender el sufrimiento de los otros. A fin de cuentas, todos somos raros de una manera u otra. Esa fue la gran aportación de Sacks: la convicción de que todas las rarezas son normales. Y la celebración constante de la vida, del misterio de la vida, de la fuerza de la vida para adaptarse a todo, para crear un mundo a la medida de tus posibilidades. Ahora, fiel a sí mismo, Sacks nos demuestra que también podemos adaptarnos a la certidumbre de nuestra muerte inminente. Es un ejemplo precioso y tranquilizador, aunque no sé si yo seré capaz de seguir su estela.

Ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, es consolador y relajante

Desde todos los puntos de vista, del más convencional al más personal, Oliver Sacks parece haber tenido una vida de rotundo éxito. Es famoso, es rico, es respetado, es querido, es conocido en todo el mundo, sus libros se venden a millones. Y ha alcanzado la aceptable edad de 81 años, quizá un momento perfecto para despedirse, antes de que la vejez hinque demasiado profundamente los dientes. Pero, enfrentada a la muerte, toda vida, hasta la del personaje más glorioso, se encoge hasta mostrar su microscópica dimensión real. Polvo y cenizas. El barroco español, atormentado por la finitud, llenó los cuadros de calaveras para recordarnos esa nadería, esa futilidad de la vida humana. ¿La pompa del emperador dueño del mundo? Puro espejismo; por debajo del sombrero adornado con plumas de faisán está el pelado cráneo amarillento. Que también acabará desintegrándose. Ya se sabe que nuestra vida es apenas una minúscula gota en el mar del tiempo. En realidad, y si lo piensas bien, ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, que estamos llenos de pretensiones espectaculares sobre nosotros mismos, es consolador y relajante. Si nuestra vida entera, vista en términos globales, es una fruslería, las angustias por las que perdemos la cabeza, el corazón y el resuello cada día son verdaderas necedades. Deberíamos poner más calaveras barrocas en nuestro entorno y vivir más conscientes de nuestra nimiedad.

Esa modestia es la que llena de luz el texto de Oliver Sacks. Me encanta especialmente cuando dice que se siente liberado de muchas cosas, y que en las semanas o meses que le queden de vida no va a ver más informativos de televisión ni va a preocuparse más por el cambio climático. Y no porque no sea importante, sino porque ya no le incumbe. Él está en otra cosa: en la vida esencial, una vida básica de célula, de animal gozoso de sentirse vivo. Es una observación desternillante: ¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de no ver más los aterradores telediarios, de cerrar los ojos al dolor y al miedo y volver a ser un inocente niño bajo el sol? La vida también pesa. Tal vez el miedo que le tenemos a la muerte no sea más que otro de esos desquiciados, desordenados miedos que apesadumbran absurdamente nuestras vidas. Sacks navega hacia el final libre de carga, marinero de un barco diminuto.


LAS RUBÁIYÁTAS



¿Sabes?
Lloro porque voy a volver;
con humildad hui otras veces, y regresé otras veces con la misma humildad; lloro de cotidiana incertidumbre, no sé cómo vivir, no sé qué hacer.
La fuga y el regreso son mi destino, mi pesadumbre, mi huérfana inmortalidad.


A propósito de un «lapsus» que he tenido en «Reflejos en el Agua», -y que ya he corregido- he recordado uno de los libros que me han llevado a lo largo del tiempo a releerlo unas cuantas veces. Me refiero a las Rubáiyátas de Horacio Martín, por el que Félix Grande fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía en 1978.

Por entonces yo era «aprendiz de poeta» —como ahora— y en una de mis incursiones en alguna de las viejas librerías por las que solía perderme, me topé con este título. Digo título porque a primera vista me impactó. No entendía nada. Ni sabía qué eran las Rubáiyátas ni quién demonios era Horacio Martín. Nada de esto constaba en el repertorio de libros de poetas que yo admiraba y en aquel momento en el que la información no era tan asequible como «wikipedia», tuve que comprarme el libro para entender de qué iba.

Nada más abrir la portada leí con interés el texto que incluía el director de la colección «Ambitos Literarios». Estaba dirigida por Luis Alberto de Cuenca, y entre otras cosas decía:

«La expresión literaria, poética o narrativa, es símbolo y es testimonio. Es también recreación de la vida y del lenguaje; libertad, como acto fundamental de encuentro con la realidad y su devenir…»

El prólogo de Verónica Almaïda Mons captó definitivamente mi atención, y Félix Grande (al que ya conocía) se convirtió en uno de mis poetas de culto.

In Persian poetry Rubáiyát is a verse consisting of four-line.
Se trata de estrofas de cuatro versos. Aparecen en la principal obra poética del persa
Omar Khayyam poeta, matemático y astrónomo (1048).

«Las Rubáiyátas de Horacio Martín engendran, cada vez que se leen, una especie de emoción oceánica»

«Sé involuntaria. Sé febril. Olvida
sobre la cama hasta tu propio idioma.
No pidas. No preguntes. Arrebata y exige.
Sé una perra. Sé una alimaña.

Resuella busca abrasa brama gime.
Atérrate, mete la mano en el abismo.
Remueve tu deseo como una herida fresca.
Piensa o musita o grita «¡Venganza!»

Sé una perdida, mi amor, una perdida.

En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable».

Mientras nos lo prohíben
juguemos, sí, con fuego
Un himno a los que viven
como una brasa el juego

En la ocasión primera
huye del lento hielo y arrójate en la hoguera

Atizarán el fuego mientras bramas
y escupirán al fuego
Mas tu sentido sólo está en las llamas
Para ellos la razón, para ti el juego

En la ocasión primera
devuélveles su frío y arrópate en la hoguera

Únicamente vive lo que arde
Alabado sea el fuego
Abrásate de amor, juega tu juego
Que el amor te preserve y que el fuego te guarde

Y en la ocasión primera
besa humilde las llamas horribles de la hoguera.

Tú eres el lenguaje profundo
Contigo todo tiene nombre.

Imagen adiciones.es


SARTE VS BEAUVOIR

Artículo de Manuel Longares

publicado en la revista Cambio16. (1987)

La conversación existencial que uniera en vida a Jean Paul Sartre y a Simone de Beauvoir, haciéndoles paradigma de relación amorosa para toda una generación, pervive en su correspondencia publicada en España con el título de «Cartas al castor» 

«Sartre no estaba en absoluto vestido, llegaba con camisas abiertas, dudosamente limpias, más o menos en pantuflas… Lo mirábamos con una especie de terror». Simone de Beauvoir, autora de la cita, refleja su primera impresión de Sartre, en 1929, por los pasillos de la Escuela Normal. Sartre iba siempre con dos amigos, Herbaud y Nizan. «Se decía que el más terrible era Sartre porque se le consideraba libertino, borracho y perverso».

En 1929, Sartre, veinticuatro años, estaba enamorado de Simone Jolivet, a quien escribe la primera misiva recogida en Carta al Castor. Lleva fecha de 1926. Ante esa mujer que se decía discípula de Nietzsche, Sartre dibuja su autorretrato: «Quisiera estar muy por encima de los demás, a los que desprecio. Pero, sobre todo, tengo la ambición de crear… He hecho de todo, desde sistemas filosóficos… hasta sinfonías. Escribí mi primera novela a los ocho años. No puedo ver una hoja en blanco sin sentir ganas de escribir algo encima».

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    Simone de Beauvoir no era una chica corriente, pero tampoco encajada en el caos sartriano. Procedía de una familia bien, venida a menos. Había decidido valerse por sí misma. Audaz para la época, rechazaba, sin embargo, esa confusión de suciedad, libertinaje y violencia que Sartre encarnaba. Su amigo René Maheu le apodó el Castor: «Los castores -dijo- van en manadas y tienen espíritu constructivo.»

Sartre era un torbellino impresentable. Aparecía en las fiestas desnudo, le quemaba el dinero en las manos, cantaba melodías de jazz. Manifestaba despreocuparse de las apariencias cuando se dedicaba voluntariamente a transgredirlas, con la misma contumancia que Beauvoir en preparar oposiciones a cátedra para vivir su vida sin ayuda de nadie. En 1929, el tema de las oposiciones fue Libertad y contingencia. El día de los resultados del exámen escrito, Simone llegó a la Sorbona cuando Sartre salía. Sartre le comunicó: «Has aprobado». E inmediantamente añadió: «A partir de ahora me voy a encargar de ti.»

imagesSARTRE

Ya no la soltó. Simone descubrió con Sartre la prodigalidad de la vida. Todo era interesante. Chalaban y se deslumbraban mutuamente. Compartían la misma pasión, «tranquila y arrebatada», hacia los libros. Sartre le decía que debía preservar a cualquier precio su amor por la libertad, su curiosidad, su voluntad de escribir. Conversando con Sartre, Simone no tardó en darse cuenta de «que, aunque su vida se prolongara hasta el fin del mundo, el tiempo le parecería demasiado corto».

Era el compañero con el que había soñado, «mi doble, el ser en quien encontraba reflejadas todas mis manías». Sarte, a sus ojos, justificaba el mundo. Entre ambos, según Sartre, acababa de nacer una relación única y su entendimiento duraría lo que ellos mismos». Era un entendimiento peculiar, abierto, no absorbente. Con su precisión habitual, Sartre había definido la situación: «Hay entre nosotros un amor necesario, pero nos conviene también conocer amores contingentes. Fieles a este principio, se concedieron total independencia. Nunca se casarían ni vivirían juntos, no formarían un hogar ni tendrían hijos. Los amigos que adoptaran bajo su protección serían su familia.

Si Sartre salía de viaje, Simone se dedicaba a esquiar o a recorrer kilómetros. A su refugio le llegaban las cartas del amigo. «Mi querido Castor», comenzaban, tras lo cual se reanudaba la conversación que habían interrumpido. Una conversación que al reencontrarse proseguían como si no la hubiesen cortado. Así, cuando Sartre la recibió en Berlín, después de un tiempo sin verse, Sartre la tomó del brazo y sus primeras palabras fueron: «Mi ego es en sí mismo un ser del mundo, igual que el ego de los demás».

Habían convenido en no mentirse ni ocultarse nada. Las Cartas al Castor son el mejor testimonio de esa comunicación imperturbable. El grueso de la correspondencia abarca los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Sartre había hecho la mili como meteorólogo, enchufado por Raymond Aron, y desempeñó el mismo empleo cuando le movilizaron. Asombra en esas cartas la escasísima importancia que concede al ambiente que lo rodea. Si ha de hablar de batallas, alude a la Cartuja de Parma. Porque Sartre está «inundado de amor» a Simone, pero sólo vive para la literatura: «Hay momentos en que el escribir me resulta maníaco y obstinado -dice a Simone- pero ¿qué puedo hacer?… Es contra la liquidación de la democracia… que realizo el acto de escribir. Actuando hasta el final «como si» todo fuera a restablecerse.»

Impermeable a influencias cuarteleras, escribe La edad de la razón y declara: «Le estoy dando vueltas a una idea central que por fin me permitirá suprimir el inconsciente, conciliar Heidegger con Husserl y comprender mi historicidad». Obstinado en el ejercicio literario, cuenta el vuelo de un bombardero alemán como si presenciara una película de Spielberg. Nunca parece asustado, ni siquiera cuando cae prisionero. Empieza a escribir entonces El ser y la nada. Sólo le preocupa el retraso en los permisos o la no llegada de los libros que ha pedido a Simone. Lecturas clásicas -Shakespeare, Cervantes- y las novedades editoriales francesas.

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir hicieron de dos personas una. «Usted es yo mismo», indicó Sartre. «Eramos uno solo» explicó Beauvoir. «Existe una relación en profundidad —comenta Sarte— que en algunos momentos llega casi a crear una individualidad, un nosotros que no es el tú y yo, que es verdaderamente el «nosotros». «Logré ese nosotros con Beauvoir durante toda mi vida». Dos seres iguales y transparentes habían emprendido un proceso de ósmosis, como definió con sencillez Simone de Beauvoir. Nunca se pelearon más que por cosas fútiles. «En más de treinta años, sólo dormimos una noche desunidos» escribió Beauvoir en La fuerza de las cosas. Una conversación inacabada fue su relación. Un amigo, Boost, que comía con frecuencia con la pareja, oía a veces a través de la puerta de la habitación donde estaban Sartre y Simone unas «broncas salvajes». Boost se marchaba a dar una vuelta y cuando regresaba había cesado la discusión. Sartre y Simone continuaban el discurso.

Rompiendo las convenciones, no precisaron la gracia del sacramento matrimonial ni la creación de intereses burgueses para seguir unidos. No alteró su fidelidad sustancial la presencia de otros amores. No modificó su relación el éxito literario. Resistieron compenetrados la fama, la adversidad, los premios. «El jurado ha puesto por las nubes a un sepulturero de Occidente», dijo de Sartre Gabriel Marcel cuando le concedieron el Nobel que, nada más enterarse, rechazó. «Hemos alcanzado literalmente los límites de la abyección» exclamó François Mauriac cuando Beauvoir publicó el primer tomo de «El segundo sexo».

Tampoco los desunió la evolución ideológica respectiva. Mucho menos la enfermedad. Ya al final de su vida, aquel muchacho revoltoso y desaseado que no se recató en contar detalladamente a Simone cómo desfloró a una amiguita, perdió la vista. Era el fin del mundo para Sartre, incapaz ya de leer y escribir. Simone, entonces, le ofreció día a día sus propias fuerzas, su propia salud. Infatigablemente le cuidó y, olvidándose de sus tareas, se dedicó a grabar lo que él quería decir.

Era un acto de fraternidad químicamente puro que sólo podía disolver la desaparición de la vida. El 15 de abril de 1980, en una cama de hospital, Sartre, agonizante, tomó la muñeca de Simone de Beauvoir y le dijo sin abrir los ojos: «Te quiero mucho, mi pequeño Castor.» Le ofreció los labios y ella lo besó. Cuando murió, esa misma noche, Simone advirtió la presencia de un huésped imprevisto: la soledad. Jamás la había experimentado desde que el autor de La naúsea, el depravado Sartre le escribiera con el pudor característico de los estigmatizados por la literatura. «Tengo una solapada necesidad de usted».

imagesSARTRE:BEAUVOIR Tumba


 

LA BRUJA MARITXU

PUBLICADO EL 

Maritxu Erlanz Mainz de Güller, llamada cariñosamente «La bruja buena de Ulía» fue una de las personas más carismáticas y notables de Donosti. Era su cercanía, su bondad, el brillo sonriente de sus ojos y sus manos lo que te atrapaba nada más conocerla. Al marchar sabías que siempre volverías…

Texto de J.Esteban Reta

No me acuerdo de qué color tenía los ojos y el pelo. Esto me duele. Eran claros los ojos, eso sí, quizás verdes. El cabello recogido y con moño, pudiera ser castaño. Esbelta, de buena estatura, poseía una enorme viveza, y una extraña penetración que imponía. «Me tiene miedo. Este me tiene miedo», solía comentar, riéndose, respecto a mí. Y era verdad. Me amedrentaba porque creía en ella. Sabía que era una bruja de verdad y que podía ver cosas que yo llevaba dentro y que ocultaba a los demás. Cuando vuelva a Donosti -pensaba con frecuencia en fechas pasadas- lo primero que voy a hacer es ir a verla. Enseguida me soltará:

—¡Qué dice el amante!

—Nada, Maritxu, después de 14 años, nada.

Entonces me dará un abrazo de esos especiales que administra para mejorar el aura, que la suelo mostrar casi siempre hecha una pena, y me colocará el ánimo al borde de la euforia.

Es lo que ocurría en otras épocas cuando yo vivía allí y la visitaba en su casa.

«Ven aquí, gorrión -pronunciaba deliberadamente «gurrión»- voy a sacar las cartas». Y me echaba las cartas y la verdad es que lo que aparecía encima de la mesa camilla no era muy allá, pero al final salía el sol. «Mira -señalaba el naipe contenta- el sol, es el sol». Luego con su hermana Victoria, nos poníamos de café negro como tontos.

Una de aquellas tardes desplegó la baraja sobre el tapete, después de los cortes que acostumbraba, y se le iluminó la cara. «Tienes un viaje. Hay una mujer. Es morena. Muy guapa. ¡Qué armonía va a haber entre vosotros dos! Y se cumplió. Vaya si se cumplió. Hasta llenárseme los ojos de estrellas, de pura felicidad, en el interior de un utilitario, por los páramos de Castilla.

Era una vasca -roncalesa- pletórica de energía y coraje. Contaba que lo suyo no se quedaba solamente en predecir el porvenir, sino que, en determinadas circunstancias, podía influir en su desarrollo en ciertas personas. Añadía que jamás había empleado estas facultades con nadie en un sentido negativo, únicamente, en algún caso excepcional, si alguien le originó un daño grave le había dejado cojo. «Sí. Ya puedes tener cuidado, gorrión», continuaba, mirándome. «Si uno me hace una canallada se queda cojo». Yo la observaba, preocupado, y ella se reía con verdaderas ganas.

Realizó el primer tarot español, que lo editó Heraclio Fournier, de Vitoria. Había asumido como lema, para presidir sus tareas un verso de Shakespeare: «Querido Horacio, hay muchos más misterios entre el cielo y la tierra que los que conoce tu humana filosofía».

Primero en su caserío del monte Ulía y más tarde en el piso de la avenida de Ategorrieta, en el transcurso de décadas, recibió a miles de personas. Grandes de la política, el dinero, el arte y la literatura, y también mucha gente de tropa, solicitaron su orientación. Si hubiera publicado todo lo que sabía, el temblor se habría dejado sentir en Europa. Ya hace bastantes años que se pasaba el tiempo declinando invitaciones a congresos, entrevistas y conferencias, aunque, a pesar de ello, aparecía de cuando en cuando en televisión o en algún otro medio. Se dedicaba a trabajar en sus grimorios -libros de magia- y seguía despertando al futuro. «Ese niño que duerme en las rodillas de los dioses».

A mí me serenaba y confortaba el pensar en Maritxu. Me decía a mí mismo: está muy lejos, pero si la necesito, la encuentro. Me echará una mano. Estoy seguro. Ya lo hizo en los peores momentos, como cuando tuve que bailar con lobos.

Ahora sí que me ha dejado cojo marchándose. Ya no me será posible apoyarme en ella. Me ha dejado cojo y con el halo oscuro manga por hombro.

Imagen de portada de internet


PALABRAS PARA JULIA

Fotografía @mjberistain

 

Elijo las palabras que Carme Riera dedica a su amigo Jose Agustín Goytisolo porque a través de su lectura llegué a conocer de cerca al “hombre” que habitó versos que muchas veces me conmovieron.
M.J.B.

En el magma poroso de la memoria se me agolpan imágenes calidoscópicas, convocadas por los recuerdos de los momentos vividos con José Agustín que quisiera compartir con la intención de que todos le queramos más. Digo querer porque me niego a conjugar el verbo del amor en pasado ya que mi afecto por José Agustín sigue en presente. Ahora sé por propia experiencia que el tiempo nos envejece sólo en parte, la muerte de las personas queridas añade de repente años a nuestra edad. Su ausencia permanece dentro de nosotros, crece como un vacío en medio del estómago y nos obliga a encorvarnos. Todos andamos con nuestros muertos a la espalda, y aunque esa inclinación nos acerque más a su reino, la tierra donde descansan y donde habremos de descansar algún día también, trajinar el peso de su recuerdo no es estorbo sino consuelo…

José Agustín se fue por un azar absurdo. “El viaje no le importa” había escrito… en el último verso del poema que cierra su último libro publicado, Las horas quemadas refiriéndose a sí mismo, desdoblándose en otro, un recurso que siempre le gustó emplear y que iba mucho más allá de lo poético. Dos días antes, se habían cumplido sesenta y un años de la muerte de su madre, Julia Gay en el famoso bombardeo del cine Coliseum de Barcelona, y unas secuencias televisivas revivían la tragedia todavía imborrable para muchos barceloneses. Sin duda se trataba de una casualidad, pero esa casualidad: la necesidad de ir al encuentro de la madre muerta planea en la obra de Goytisolo desde su primer libro, El retorno, a ella dedicado, y continúa en Final de un adiós, poemario de 1984 que se inicia precisamente para ir en busca de aquella mujer de muerte sin cuya ausencia —se canta lo que se pierde— es probable que la veta elegíaca que, junto a la irónica vertebra la obra goitysoliana, no constituyera un aspecto tan fundamental.

Del tratamiento poético de la desaparición de la madre voy a hablarles ahora ya que la obsesión por la pérdida materna, asociada a la rememoración de la infancia, es un tema recurrente que llegará hasta los poemas de sus últimas entregas (Como los trenes de la noche (1994) y Las horas quemadas (1996) después de aparecer de manera más esporádica en libros anteriores, como Claridad (1960) o Del tiempo y del olvido (1977). Por eso es fácil concluir que, de los tres hermanos escritores, es José Agustín quien, con más insistencia, y de un modo más dilatado, a lo largo de más de cuarenta años de obra poética, convierte en motivo literario la desaparición de su madre, quizá porque al ser el mayor —no había cumplido aún diez años— pudo vivir el acontecimiento de un modo más consciente, aunque, como es obvio, la muerte de Julia Gay resultara catastrófica para toda su familia. A su inesperada violencia («arrebatada por el odio», escribe en el poema XI de El retorno), a su ausencia insustituible («Y estábamos callados girando / en el dolor en el sencillo y cotidiano / recordarte entre el pan y los manteles» anota en el poema XIV), cabe añadir la enfermedad del padre, de edad algo avanzada (le llevaba trece años a su mujer), agravada por la desgracia. Incapaz de superar el trauma, don José María Goytisolo, exige a la criada que entra a servir después de morir su esposa, que cambie su nombre, Julia, por el de Eulalia, situación que, por cierto, recoge, trastocándola, Luis Goytisolo en Recuento, y prohíbe a los hijos que pronuncien las palabras madre o mamá, lo que, en cierto modo, podría explicar la ausencia de tales términos en los libros de José Agustín y posiblemente los escamoteos en los textos de Luis. José Agustín Goytisolo insistía con frecuencia en que el descubrimiento de los objetos maternos tenía para ellos una significación especial, y, entre esos objetos, los libros predilectos —Lorca, Salinas, Proust o Gide— no sólo sirvieron para seguir el rastro que los ojos de Julia Gay dejaron entre sus páginas sino también para iniciarles en la literatura. En estas circunstancias era del todo esperable que la primera contribución poética del mayor de los hermanos fuera una elegía en la que, al mismo tiempo que mitificaba a su madre mitificaba también la niñez, como él mismo ha señalado: Mi madre fue para mí, como dice Jaime Gil, un reino afortunado; un paraíso donde, sin ella no me era posible ser absolutamente nada —declaraba en 1986—. Esa mitificación de la infancia adquirirá desde los primeros poemas tonos marcadamente nostálgicos que serán constantes en el tratamiento posterior de un tema, igualmente grato a los autores de la llamada generación del medio siglo, quizá porque todos ellos fueron despertados a tiros de una niñez que hasta entonces había sido plácida, y eso habría de marcarles, incluso en el caso (pienso en Gil de Biedma o Barral), de aquellos para quienes los años de lucha fraticida supusieron un hortus libertatis. Para Goytisolo, sin embargo, el recuerdo de la guerra es siempre negativo. Las circunstancias políticas que rodean la pérdida de la madre hacen que ésta sea aún más tremenda puesto que se trata de una muerte inútil, provocada además por los aviones que proceden del bando fascista, a los que alude, aunque veladamente a causa de la censura, puesto que Goytisolo escribe los poemas que integran El retorno en su etapa de mayor concienciación antifranquista, entre los veinte y los treinta años. Cuando a sus cincuenta y pico, en Final de un adiós, vuelva a evocar los acontecimientos que desencadenaron su desgracia, la situación política de la posguerra seguirá siendo el referente de otra serie de poemas. Las acusaciones contra los vencedores son mucho más directas en Final de un adiós que en El retorno y más explícitos los sentimientos «de odio al matador», «odio hacia las banderas del crimen / y de asco a sus uniformes / a sus cantos / de falso alegre paso de la paz» (poema VI, «Amapola única») que genera la parafernalia del régimen fascista, aspectos perfectamente explicables si tenemos en cuenta que Final de un adiós fue escrito tras la muerte de Franco, en plena transición, y que El retorno se gestó en los primeros cincuenta cuando la censura y, en consecuencia, la autocensura, eran más rigurosas. El hecho de que, pese al tiempo transcurrido, el odio del vencido por los vencedores no aparezca mitigado tiene que ver, me parece, con el doble punto de vista adoptado por el sujeto poético que no observa la guerra ni la posguerra con sus ojos actuales, distanciados, sino con los que tuvo en su infancia. En Final de un adiós se combinan, por tanto, dos perspectivas la del niño y la del adulto. El interés por retornar, a los cincuenta años cumplidos, al tema de la orfandad, implícito en la elegía a la madre, constituye el pretexto para volver al territorio de la niñez y a través de ella hacer referencia a la perdida felicidad que coincide con la desaparición materna. La abdicación forzosa de la inocencia se adelanta a consecuencia de la brutalidad traumática de la pérdida que establece una línea divisoria entre un antes y un después. El niño alegre que jugaba bajo la atenta vigilancia de su madre y que siempre encontraba cobijo entre sus brazos se vuelve de repente un ser «sin sonrisa», «infortunado», «lleno de angustia», en un «rey mendigo», en «un príncipe destronado».

El mundo <luminoso>, <alegre>, <claro>, <brillante>, adquiere de pronto tonalidades oscuras y todo se trastoca en <desgracia>, <dolor>, <adversidad>, <odio>, <asco>, <tiempo de inclemencia. La percepción de ese mundo de luz, «mundo sin miedo sin fantasmas, sin castigo, sin cuarto de las ratas», un mundo en el que incluso «el lobo era bueno», será abolida tras la muerte. Dominarán las tinieblas a partir de la pérdida, las notas oscuras se acentuarán y la reiteración de la palabra “noche” («la noche y su castigo», «la oscuridad», «la negra atalaya del solo») será clave sobre todo en Final de un adiós. En cambio, los poemas que se refieren a la vida de Julia Gay presentan campos semánticos cuyo denominador común son las notas positivas, especialmente las que hacen referencia al fulgor, y la claridad que también sirven para describir la belleza de sus ojos —«Claridad / como la de sus ojos / no he visto» (poema II, Final de un adiós)— o la de su pelo —«inexpresable color miel suave y cambiante de sus cabellos» (poema XV, Final de un adiós) en la que insiste para ponderar lo incomparable:

El brillo de la luz en los cabellos
las olas salpicando el traje lila
alegría en los ojos
y tu figura erguida contra el cielo y la espuma.
Nunca vi tal donaire
ni más delicadeza jugando con el mar.

Esa luz que irradia la figura de Julia Gay envuelve, a su vez, todo lo que su presencia ilumina. Goytisolo se acoge a un tópico de antecedentes petrarquescos muy difundido en la literatura castellana. Así, tanto la casa familiar de la ciudad como las de los pueblos de Viladrau, Puigcerdá o Llansá, donde habían pasado los veranos y cuyas referencias aparecen en los poemas, a menudo mezcladas, igual que la de Barcelona, se describen con términos que denotan o connotan luz. El poema III de Final de un adiós me parece en ese sentido muy evidente:

Yo amaba aquella casa sin vientos de desgracia.
Era como mi alegre posesión transparente.
Como la flor blanquísima que en los jarales brilla.
Tal vez yo por entonces desdeñara a los dioses.
Pues ni ellos habitaban en regiones tan claras.
Y así como un castigo perdí lo que era mío.
Un fuego despiadado prendió en aquellos campos
después no quedó nada.
Ni la flor de la jara.

La ruina y la desposesión actual se cimentan en ese pasado definitivamente arrumbado y del que nada queda excepto el recuerdo, pero, gracias a éste, el sujeto poético puede reconocerse en el ayer del que procede y entenderse mejor consigo mismo. La voluntad de introspección y reflexión generará una serie poemas posteriores, el sujeto poético se pregunta, siempre en la noche, por su identidad, el paso del tiempo o qué hay detrás de la muerte. Al tema del recuerdo (qué significa recordar, qué supone el olvido), en Final de un adiós el sujeto poético se plantea la necesidad del olvido y la renuncia a los recuerdos que han marcado de un modo tan intenso su trayectoria vital. Al hecho de recordar, a las arterías y traiciones del tiempo que también ejerce su rigor sobre la piel de la memoria, dedica los poemas <Una voz o un gesto> y <En tiempos de inclemencia>. En ambos plantea una cuestión simple y paradójica: los recuerdos no sólo se transforman al albur de los años, sino que, a medida que nos acercan a las situaciones que los motivaron, nos van alejando de ellas, transformadas por la memoria. Ni siquiera el pasado es consistente:

Los recuerdos de amor
– no los del espanto-
se escapaban
por caminos cambiantes como azogue:
no poderlos fijar me parecía
más cruel que la explosión
que el bombardeo. Y para no sufrir
tratando inútilmente de recuperarlos
preferí muchas veces
salir a medianoche y escribir
con lápiz rojo en las paredes: muera
el tirano abajo los…
Así evitaba
seguirte hasta el inhóspito desmonte
y detenerme allí. Aún hoy
pasados tantos años si no puedo
revivir una voz o un gesto tuyos
me imagino que sigo
pintando en rojo todas las paredes.

Sin embargo, y pese a las traiciones que la memoria nos depara, existencia y transcendencia dependen de ella. Goytisolo lo señala en un verso lapidario: <la evocación perdura; no la vida.>

La rememoración, inherente a la condición humana es quizá rasgo fundamental del quehacer poético y hasta es posible que la literatura no tenga otra misión que fijar en el papel manuscrito o impreso, a través de las palabras, unas pocas vivencias para liberarlas así de las vicisitudes de nuestra memoria, maltratada por la continua erosión del tiempo. José Agustín Goytisolo utiliza la elegía, con una doble finalidad: rendir homenaje a su madre, recuperando su niñez y ganarle terreno a la muerte, rescatando para la pervivencia, es decir, para la poesía lo que, de no mediar la palabra escrita, acabaría por sucumbir bajo el peso de los escombros de la memoria.


Tamarindos en la niebla

Decía Gabriel Celaya:
La Poesía «crea amistad y da consistencia a la conciencia» 

Estás aquí, en mí mismo
Ni te veo, ni te pienso,
ni te veo, ni te sueño.

Sólo estás. Estoy contigo.
Yo a tu lado, tú conmigo.
Estamos uno en otro, tan reales
que, con ser poco, ese poco es ya bastante.

Estamos en lo que somos,
de puro simples,
Totales.

Alderdi Eder, 19 de febrero, cuatro de la tarde…

Tamarindos desnudos perfilados
contra el puro posible de la niebla.

Callando, se oye el mar que rompe lento
en las playas remotas de otros mundos.

Suspenso, el corazón guarda un secreto
vive allí donde no es ya sólo mío

La pura posesión, la nada pura
en lo alto de un latido que no vuelve.


Dicen de él que nació en 1911 en Hernani y murió en 1991. En realidad, se llamaba Rafael Gabriel Múgica y fue un vasco recio, ibérico o celtibérico, firme, leal y resistente a todas las adversidades, al fascismo, al dolor y a la derrota. Su obra más conocida está relacionada con una determinada conciencia social ligada al partido comunista.

Idealista, despistado, de esos que saludan respetuosamente a la gente sin darse cuenta de que son sus vecinos. Era ingeniero industrial que escribía versos, un señorito que militaba con los comunistas, un ateo que vivía en gracia de Dios. Vivía ilusionado con la poesía, con los amigos y con un mundo de gente buena.

… y demos a cualquiera lo que pide:

El fruto natural, el agua limpia
que refresca los labios no besados,
un poco de aire libre y de justicia
y un momento salvado de la angustia:

La belleza y la paz: la poesía


ANDRÉ GIDE

«Escribo poesía porque no escribo un Diario», contesté cuando me preguntaron por qué escribía. MJB

Rescato de Babelia la voz de una de las mujeres que se dedica a la investigación, estudio y divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

Del texto de ANNA CABALLÉ escritora, crítica literaria y profesora universitaria española. Su línea de investigación es el estudio y la divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

ANDRÉ GIDE FUE NOVELISTA, POETA, VIAJERO Y PREMIO NOBEL (1947) LA OBRA DE SU VIDA FUE SU MONUMENTAL DIARIO ÍNTIMO

André Gide logró dejar una huella imborrable en la literatura autobiográfica del siglo XX. En España, nombres como Jaime Gilde Biedma, Juan Goytisolo, Carlos Barral o Terenci Moix fueron deudores de su obra, en la que alternó la crónica política del tiempo convulso que le tocó vivir con la exposición de sus dilemas mas íntimos. Gide reflejó en su escritura el conflicto entre deber y placer, “Lejos de negar o de ocultar su uranismo, lo declara, y casi podría decirse que se jacta de él. Dice que las mujeres nunca le han gustado más que espiritualmente, y que solo ha conocido el amor con los hombres”

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André Gide (1869-1951) tiene 18 años y está en clase de retórica en París, en la Escuela Alsaciana. Lleva un diario desde el 4 de octubre (1887). Es su primer cuaderno. Meses después mantiene una importante conversación con un compañero de clase que, como él, siente con intensidad su vocación literaria. Se llama Pierre Louis. Los dos jóvenes intercambian confidencias sobre sus respectivos proyectos y Louis le lee algunos pasajes de su diario. Gide queda vivamente impresionado y se reprochará no haberse tomado con la debida seriedad su vocación: “Ayer noche vi a Louis y me dio vergüenza. Tiene el valor de escribir y yo no me atrevo. ¿Qué es lo que me falta? Y, sin embargo, cuántas cosas bullen en mí y reclaman cristalizar en el papel. ¡Tengo miedo! Tengo miedo de que al poner por escrito la frágil y fugaz idea la eche a perder, le dé la rigidez de la muerte, como esas mariposas a las que se extienden las alas sobre la mesa y que solo son bellas cuando vuelan” (15 de mayo de 1888). Louis también dará cuenta de la conversación con Gide en su diario y ahora disponemos de la oportunidad de conocer los dos ecos generados por un mismo encuentro. Pero es que el diario de Gide es uno de los casos más fantásticos que se conocen en relación con los estudios sobre el género, pues una amiga suya, Maria Van Rysselberghe (la Petite Dame), tomaría la decisión en 1918 de llevar un diario paralelo al del autor de El inmoralista y lo mantuvo hasta la muerte del escritor, en 1951, asumiendo el papel de un Eckermann frente a Goethe. La función de sus cuadernos queda definida en una anotación de1927: “He emprendido estas anotaciones con la idea de que puedan servir de fuente, de referencia, de testimonio a aquellos que un día quieran escribir la verdadera historia de André Gide”. Es decir, que el Diario del escritor se convierte en el centro generador de una pléyade de otros diarios Charles du Bos, Martin du Gard, Eugène Dabit, Pierre Herbart, Louis Guilloux…— en los que resuena tanto su voz autorial como su influencia. Incluso la que en 1895 sería su esposa, Madeleine Rondeaux, llevó un diario en su adolescencia donde aparece su primo, del que estaba profundamente enamorada. Cuántas veces la realidad va más allá de la ficción y es más interesante, pues esa sinergia creada en torno al diario gideano realiza espontáneamente, como señala Philippe Lejeune en Un journal à soi, el sistema del “punto de vista múltiple” que se halla en el centro narrativo no solo de su obra más reconocida, Los monederos falsos (1925), sino de muchos otros ejercicios narrativos: anteriormente, por ejemplo, había remodelado su diario de adolescencia atribuyéndoselo a su héroe y alter ego en los Cahiers d’André Walter (1891). Es decir, estamos ante un caso verdaderamente prodigioso de irradiación del diario gideano; uno de los esfuerzos más completos que han podido tentar a un hombre para comprenderse a sí mismo y explicarse ante los demás. Una simple muestra de su vasta influencia nos la proporcionan poetas como Carlos Barral y, sobre todo, Jaime Gil de Biedma, ambos autores de sendos diarios escritos bajo su modelo e inspiración, por no hablar de Juan Goytisolo o Terenci Moix. Soy una entusiasta defensora de las ediciones íntegras de los diarios, aunque tengan miles de páginas (casi diría que mejor). Es la única manera de hacerse con el verdadero ritmo de una práctica caracterizada por la reflexividad. La única manera de ahondar en la frecuencia, los hábitos, el ritmo, la modulación de los temas que van surgiendo y las constantes que vertebran la escritura. Nada mas fluctuante que el ritmo de un diario, sometido a todas las variaciones de la vida cotidiana: la única manera de poder apreciarlo es dejarse llevar por sus ondulaciones, sus reiteraciones, sus caídas de ánimo, los éxtasis, las incertidumbres. “No vale la pena escribir el diario cada día, cada año; lo que importa es que en determinado periodo de la vida sea muy preciso y escrupuloso. Si he dejado de escribirlo durante largo tiempo es porque mis emociones se estaban volviendo demasiado complicadas” (3 de junio de 1893). Complicación para Gide significa riesgo de caer en una excesiva elaboración de sus sentimientos y, por tanto, falta de autenticidad. El que fue poeta de la vida y de la energía se interrogará siempre sobre la sinceridad de su escritura. Y es que la máquina gideana no conoce el reposo, la satisfacción, la tranquila explotación de los logros. De modo que su diario todo lo admite, todos los temas y vivencias caben en él, porque a todo estaba abierta su mente: “Recurro a este cuaderno para aprender a exigirme más”. En el caso de Gide, basta leerle para que nos guíe hasta el fondo de lo que nos dice, —al no distinguir entre la vida y la obra, concibe esta última como “la vida de la vida”— se libra a la entrega moral de ser quien es hasta las últimas consecuencias. Además de sus muchas lecturas y viajes —incluidos los que hizo al Congo y a la URSS para terminar denunciando el colonialismo y el estalinismo—, de sus encuentros con figuras como Oscar Wilde o Marcel Proust, su amistad con Paul Valéry y Francis Jammes, y su papel al frente de La Nouvelle Revue Française, cruzando su Diario de punta a cabo descubrimos el conflicto que le condujo a convertirse en un pensador sobre la moral recibida y en un escritor implacable consigo mismo: la vivencia de la (homo) sexualidad. Educado bajo la férula de su madre, la adinerada Julie Rondeaux, una mujer inteligente, suprema gobernanta de todo lo que ocurría en la casa familiar y acostumbrada a regirse por el principio del deber, Gide recibirá una educación basada en el aprendizaje de la sumisión. Del acatamiento a las normas exigidas por el conformismo burgués y que su madre representa como nadie. Negro sobre blanco: en este contexto de excelso puritanismo, el sexo es pecado, la carne es impura por naturaleza y la ley cristiana impone considerar el cuerpo como un saco de inmundicia. He aquí el drama íntimo de Gide: si no quiere perder el amor de su reverenciada madre, debe odiar tanto su cuerpo como la voluptuosidad que muy tempranamente anida en él. O bien debe aprender a mentir, a disimular, a enfrentarse a la pena negra que siempre causa lo que sabemos que debemos ocultar a los demás. Principio del deber vs. instinto del placer. Tanto en un caso como en el otro, Gide es o se ve culpable, es decir, un traidor a la gran causa familiar y de clase.

El largo ejercicio de desdoblamiento del yo que cruza su escritura le conducirá en un primer momento a una solución de compromiso por la que se siente feliz: deseo y amor, se dirá, son dimensiones distintas, mientras el primero aspira a la consumación, el segundo busca la duración. El deseo le conducirá a los brazos de jóvenes con los que experimentará la alegría del encuentro; el amor se lo garantiza el matrimonio contraído con su prima Madeleine Rondeaux, una especie de ancla antela lava ardiente de su pasión. Esta es la teoría. En la práctica, la esperada comunión espiritual absoluta con su esposa —un matrimonio nunca consumado—exigiría enormes sacrificios y frustraciones por ambas partes. Exigiría el silencio. El hombre capaz de librarse a la aventura y a la franqueza de la amistad con una audacia inaudita, expuesta en «Si la semilla no muere», es el mismo que practicará la diplomacia, la censura y la prudencia con su esposa —lo define como una “mutilación impía”—. Ambos sufren y callan, aunque Gide hará de su nomadismo el reverso de la frustración conyugal: “Solo deseo viajar”.

Consecuencia de la explosión diarística en Francia en torno a 1880, en algunos escritores germinaría la idea de escribir un diario y publicarlo “en caliente” (el caso paradigmático es el de Léon Bloy), convirtiéndose en cierto modo aquella escritura privada en una obra literaria. Indudablemente supuso una actitud moderna que conllevaría, sin embargo, un cambio estructural —una obra se construye, dispone de comienzo y cierre, tiene en cuenta el horizonte de lectura de su tiempo, mientras que un diario se acumula y puede no contemplarlo en absoluto—. Gide no pudo resistirse a la posibilidad de publicar sus cuadernos en vida, porque le permitía proyectar su voz en otro registro, aumentando la potencia de la polifonía literaria que constituye toda su obra y, en definitiva, seguir experimentando. De modo que en 1939 el Diario se publicaba, cuidadosamente censurado, en La Pléiade. Fue necesario un añadido póstumo en 1954, pero aquella edición contenía deturpaciones textuales de todo tipo. La edición de Debolsillo nos ofrece ahora la oportunidad de sumergirnos en aquel proyecto existencial que para el gran moralista francés fue explicarse y explicar a los demás las muchas contradicciones de su vida.

Ver el texto completo en la publicación de ANNA CABALLÉ en Babelia, El País. marzo 2021

 


Mi vida querida

Extracto de su biografía (wikipedia)

Mi vida querida es el libro que he leído estos últimos días. Se trata de un conjunto de cuentos escritos por la merecedora del Nobel de Literatura de 2013 Alice Munro.

¿Qué puedo decir yo que no esté ya recogido en artículos, críticas y entrevistas sobre ella y su obra?


¿Bastan un beso robado, un salto desde un tren en marcha, la sombra de una mujer que me rodea alrededor de una casa, una borrachera de media tarde o las preguntas arriesgadas de una niña para conformar un mundo que se baste a sí mismo y cuente la vida entera? Si quien escribe es Alice Munro un simple adjetivo sirve para cruzar las fronteras de la anécdota y colocarnos en el lugar donde nacen los sentimientos y las emociones. La gran autora canadiense nos sorprende de nuevo con Mi vida querida, una colección de cuentos donde vemos a hombres y mujeres obligados a traficar con la vida sin más recursos que su humanidad. Comienzos, finales, virajes del destino… y de repente, cuando creíamos que el relato llegaría a su obvia conclusión, Munro nos invita a dar otra vuelta de tuerca que cambia el fluir de los acontecimientos y emociona al lector, mostrando hasta qué punto esa vida cotidiana que tanto nos cansa puede llegar a ser extraordinaria. Cierran el volumen unas páginas que Munro dedica a su propia vida, unas notas espléndidas donde lo personal se funde con la ficción, pues, en palabras de la misma autora «la autobiografía vive en la forma, más que en el contenido.» La lectura que piden los cuentos de Mi vida querida no es la de la prosa sino la de la poesía… una revelación de algo que no se agota porque está en las palabras y un poco más allá de ellas.

Antonio Muñoz Molina


ALICE ANN MUNRO (1931) es una narradora canadiense, sobre todo de relatos. Está considerada como una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa.

Entre su obra, iniciada de muy joven (1950) encontramos cuentos, recopilaciones de relatos, y novelas: Dance of the Happy Shades (1968), Las vidas de las mujeres (1971), y los relatos entrelazados Something I’ve Been Meaning to Tell You (1974). The Beggar Maid (1978), Las lunas de Júpiter, El progreso del amor (1986), Amistad de juventud y Secretos a voces (1994).

Empezó a ser conocida definitivamente en el siglo XXI, con los relatos de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001) y luego con los de Escapada (2004), que facilitaron la recuperación de su obra precedente. Se había mantenido hasta entonces como una escritora algo secreta, pero muy reconocida por algunos.

En La vista desde Castle Rock, 2006, Munro hizo un balance de la historia remota de su familia, en parte escocesa, emigrada al Canadá, y describió ampliamente las dificultades de sus padres. Su libro se alejaba un punto de su modo expresivo anterior. Por entonces, habló de retirarse, pero la publicación del excelente Demasiada felicidad (nuevos cuentos, aparecidos en 2009), lo desmintió.

Dear Life (Mi vida querida) fue publicado en 2012. Son cuentos más despojados y más centrados en el pretérito. En su última sección se detiene en un puñado de recuerdos personales, que pueden verse como una especie de confesión definitiva de la autora, pues son «las primeras y últimas cosas -también las más fieles- que tengo que decir sobre mi propia vida».

Munro ha reconocido el influjo inicial de grandes escritoras —Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor, Carson McCullers o Eudora Welty—, así como de dos narradores: James Agee y especialmente William Maxwell. Sus relatos breves se centran en las relaciones humanas analizadas a través de la lente de la vida cotidiana. Por esto, y por su alta calidad, ha sido llamada «la Chéjov (1) canadiense».

Fue entrevistada extensamente por The Paris Review, en 1994.


(1) Antón Pávlovich Chéjov fue un médico, escritor y dramaturgo ruso. Encuadrable en la corriente Realista Psicológica, fue maestro del relato corto, siendo considerado como uno de los más importantes escritores de cuentos de la historia de la Literatura.

Dos cines y un café

¡Pom!

Sonó el golpe seco. No me moví. Abrí un poco los ojos como sin querer descubrir lo que lo había provocado.

Habría sido mi parietal, el parietal derecho. No había nadie en el asiento de enfrente. Miré, sin mover la cabeza, de reojo hacia la izquierda. Tampoco había nadie a mi lado. Me había asustado. Miré hacia la derecha y el color negro de la ventanilla pasaba a una velocidad vertiginosa. Un cristal, frío en la piel, me devolvía el reflejo de mi cara de susto.

¿Qué hacía allí? ¿Dónde demonios estaba el mundo? Pensé que estaba soñando y quise salir de aquella escena. Me despabilé como hacen los perros cuando se termina de bañarles, agitando todo mi cuerpo en el asiento hasta que conseguí darme de nuevo con la cabeza en el cristal.

¡Pom!

¡Seré estúpida! Voy a conseguir abrirme la cabeza, aunque no estaría mal una pequeña brecha para que se me escapen por ahí los vapores de pensamientos perversos a modo de fluido, así como lo haría la válvula de una olla express soltando lo incontenible a toda presión hasta llegar a la liberación.

¿Se llamaba parietal?

Miraré en «santawikipedia» porque recuerdo que lo estudié en el colegio cuando era una niña, pero ahora mis nietos todavía no han llegado a esa lección, con lo cual tengo que consultarlo. La memoria hace estragos.

Consigo preocuparme. Entonces, si no tengo memoria, si no me queda nada en la cabeza, ¿qué me queda ahí adentro? Bueno, no quiero seguir pensando en ello. Se llamaba parietal, ¿verdad? Consulto y leo: «De la pared o relacionado con ella: «las pinturas parietales (pinturas rupestres realizadas en las paredes de las cuevas) fueron realizadas por el ser humano hace unos 25 000 o 30 000 años» —Ahí no debía de estar yo, de otra manera me acordaría—. » En anatomía los parietales son los huesos más grandes del cráneo y están situados a derecha e izquierda, entre el frontal y el occipital y por encima de los temporales.»

Me llevo las manos a la cabeza. Todo en orden —me refiero únicamente al exterior—. Nada roto, tampoco el cristal de la ventanilla del tren que ahora ha aminorado la marcha y me permite apenas distinguir rasgos húmedos de ocres y verdes discurriendo entre la niebla espesa.

Dos cines y un café. Me los debes. —había dicho.

Son las cinco de la mañana y el traqueteo lento del tren me adormece de nuevo. Es lo último que recuerdo del encuentro con él, sería ayer, o hace treinta mil años, no lo sé. Los recuerdos deben de ser una gran bola, una masa de cables y neuronas, en permanente movimiento involuntario, ordenados o desordenados, en la que quedan registrados los pulsos de nuestra vida y que van repitiéndose en nuestro cerebro en el nuevo paisaje del tiempo. ¿O no será así?


El tambor

Si volviera a nacer sería Música

Estoy acordándome de ti con quince meses de vida, sentado en el suelo, en un espacio de cuatro baldosas en el centro de mi cocina.

Jugaba contigo a los descubrimientos, por aquello de entretenerte un rato y, como pienso que la música es uno de los acontecimientos más importantes para el ser humano, te ofrecí una tapadera de cazuela de acero de veinticuatro centímetros de diámetro, -casi más grande que tú-, y una cuchara de madera. Me miraste perplejo, con esos ojos tuyos de interrogante, como esperan do una respuesta. Se me ocurrió entonar la marcha de San Sebastián de Sarriegui animándote a pegar con la cuchara en el acero. No dudaste un instante, la casa se vino abajo cuando como un huracán notas musicales estridentes estallaban contra el suelo de baldosa desencadenando un coro de ruidos y risas que arrebataban tu ilusión.

De vez en cuando dejabas la cuchara de madera y levantabas tus brazos tan alto que tus manos conseguían posarse sobre tu cabeza, tu cara era de triunfo.

Y retomabas el ritmo que marcaba la alegría de tus ojos y brillabas desde el fondo de tu inocencia. Yo descubría ahí, en tu mirada, un camino nuevo, un prodigio al que asomarme contigo.

Movías tu pequeño cuerpo con un vaivén rítmico mientras golpeabas con furia aquel instrumento improvisado. No sabías de qué iba el juego que estábamos inventando, tampoco podías pronunciar su nombre, aunque lo intentabas imitando el movimiento de mis labios a la vez que yo te repetía divertida la palabra «tambor». Todo lo que salía de tu boca retumbando engorrosamente con tu lengua de trapo era algo parecido a «amor», o por lo menos yo, emocionada, lo interpretaba así.

Una y mil veces, mientras yo tarareaba la marcha de San Sebastián y tú aporreabas aquella tapadera, sentados los dos en el suelo, sentí la grandeza de la ternura. El amor que farfullabas era como un timbal de vida, tu alegría era la música sucediéndose y salpicando de gozo aquel momento como un jolgorio de pájaros al amanecer, o como un arroyo de agua clara en primavera. Yo dejaba que aquella marea de ritmo y ruido me abriera paso a tu pureza y besaba tus pestañas, tu cuello, tus manos pequeñas, —que no sabías dominar todavía— y nos rendíamos agotados en un abrazo.

Alguien preguntó por el secreto de nuestra música.

Tú eras la Armonía. No había más música, ni instrumento más dulce, ni percusión más amorosa. Todas las melodías estaban en ti cuando me mirabas con tu dedito índice señalándome, como buscando una confirmación o una razón para continuar con aquel concierto que celebrábamos en círculos de amor inagotable.


@mjberistain

Una corta primavera

En el campo la primavera era muy corta, así que, antes de entrar en aquel voluminoso edificio, me entretuve unos instantes en oler y tocar algunas flores. Observé detenidamente sus colores, aunque en mi retina aparecían difusos, como si una lluvia de miedo me invadiera con suavidad imperceptible ante las pocas personas con las que me crucé subiendo los peldaños que me separaban del desastre.

—Pase a esta sala, por favor, señorita. Enseguida vendrá alguien a atenderle.

Abrió una puerta casi cuadrada, blanca. Busqué como una posesa la fuente de luz, una ventana, quizás, más que por la luz, fue por tener controlada la huida; la posibilidad de poder escapar de allí en un momento determinado. Me flaqueaba el espíritu. Y me temblaba el cuerpo. Posiblemente no estaba preparada para vivir aquel momento. Había asientos de plástico unidos en hileras a lo ancho de las inmensas paredes. Una gran columna cuadrada cerca de una esquina y una exigua mesita vacía a su lado eran el resto del mobiliario, todo blanco. No había relieve. Yo me tambaleaba. Busqué asiento en aquellas hileras de plástico vacías y tuve problemas para elegir uno de ellos. La luz de frente, la luz a las menos diez, la luz a las y veinte… ¡La luz, por dios!, ¿qué me importaba de dónde venía aquel día la luz si estaba ciega de horror?

Si hubiera estado allí mi madre Ulma todo hubiera sido distinto. ¡Cómo la echaba en falta, incluso después de tantos años!

—Buenos días, —se escuchó una voz demasiado fuerte.

Le seguí por los interminables pasillos de puertas numeradas a uno y otro lado. Aquella pulcritud inhumana me exasperaba. Mamá yacía tranquila. No supe interpretar muy bien su posible diagnóstico hasta que detuve mi mirada en sus ojos cansados, de color amarillo. Me tomó de la mano y la acercó a su pecho. Literalmente caí sobre ella con toda la gratitud que, solo en aquel momento, fui consciente de que se la debía.

Afuera se había quedado Nathan.

A pesar de que era una persona acostumbrada a destacar por su personalidad, su gran humanidad y sentido del humor, era un hombre comedido, aunque comprometido, y especialmente respetuoso. Nos habíamos abrazado en un fatídico instante contenido y nuestras miradas se habían entendido. Como en otras ocasiones. Pero de eso hacía ya muchos años.

La ventana de la habitación daba a un pulcro jardín dispuesto por parterres en los que convivían en armonía flores de variados colores, en plena floración entonces; brotes de jacintos, tulipanes, macizos de rododendros y bellísimos árboles, sauces de un verdor brillante y algunos robles definiendo un camino en la realidad apenas frecuentado. Sí se podía, sin embargo, disfrutarse desde las ventanas cerradas del hospital. La música suave apaciguaba las emociones y favorecía el dormitar levísimo de los enfermos que esperaban su final. Todo estaba escrito y firmado por cada uno de los pacientes y sus familiares. Pensé, en algún momento, que también esas horas o días podían ser un tiempo feliz. Tiempo de reencuentros y despedidas, tiempo de reconocimiento y tiempo de verdades que ya no serían a medias sino verdaderas. Pensé que era una suerte poder llegar allí consciente y rodeado de las personas a las que alguna vez amaste y te amaron, y poder despedirte de ellas antes de emprender el viaje a una nueva vida. Eso, independientemente de que tuvieras convicciones religiosas, fueras creyente o no. Desde aquella ventana pasamos lentos atardeceres y madrugadas. La belleza de la escarcha que cubría la parte sombría del jardín nos hacía imaginar la fragancia que más tarde aspirábamos. Aprovechábamos los momentos de aseo de mamá para descansar y tomarnos un café caliente juntos, hablábamos en voz muy baja para no interrumpir la paz de aquella naturaleza.

—¿Vendrás conmigo a casa?

Nunca, hasta ese momento, había escuchado de Nathan una propuesta semejante. Tampoco me lo había planteado. ¿Qué sería cuando mamá ya no estuviera entre nosotros? Yo era un alma libre. Así me habían educado y así quería seguir viviendo. Pero ¿qué hacía ahora en Noruega, mi país de origen, sin un proyecto, sin mis amigos que se habían desparramado por Europa después de la experiencia del viaje iniciático que nos marcó a todos con la muerte de Leo. La idea de volver a Estados Unidos no entraba en mis planes.

Tengo que reconocer que me invadía una gran tristeza y soledad sin saber muy bien a qué se debía cada una de ellas y sin poder formular una sencilla queja a nadie. Solía encontrar a Nathan con la cabeza baja ocultando su pena sobre el lado del corazón de mamá cuando ella dormitaba. Yo apenas le tocaba el hombro y volvía a dejarles solos. No supe calcular las horas que habíamos pasado juntos cuando mamá nos dejó vacíos.

Deambulé por las calles de Bergen sola. Estaba destemplada. La ciudad empezaba a despertar entonces, el ruido de los camiones de reparto, los olores de fuel y de pescado de los barcos que descargaban en el puerto y que el viento no disipaba me hicieron acercarme a una nueva realidad, la de una ciudad pequeña y acogedora en comparación con lo que había vivido hasta entonces. Sus gentes, eran una multitud de razas compartiendo espacios y cultura en equilibrada convivencia. Por supuesto que los oficios menos valorados por los nórdicos eran ocupados por inmigrantes negros, latinos o chinos. Sin embargo, el ambiente de la ciudad era agradable, las conversaciones parecían amigables, y el movimiento de trabajadores se podía decir que era disciplinado y eficiente. Los camiones de limpieza, apenas aparentes, hacían brillar el asfalto de las calles del centro y la ciudad amanecía resplandeciente como cualquier otro día. Pero para mí no era cualquier día. Todo había sido repentino y tan rápido que no había tenido tiempo ni ganas de reflexionar, no había sido capaz de encajar estas nuevas piezas en el difícil puzzle de mi vida. Grises, blancos. Blancos, grises. Evitaba, a toda costa, incluir los negros. No me hubieran dejado mis madres. Mi mente automáticamente los viraba a grises: gris oscuro, gris medio, gris neutro, gris claro… Ella, junto con Ulma, habían procurado llenar mi vida de color desde el momento en que me tuvieron en sus manos, y yo no iba a decepcionarles. Pensé en la voz grave y triste, entrecortada de Nathan. Pensé en sus palabras, pensé también en su soledad y en la mía. ¿Era un disparate?

Decidí no coger el funicular para subir al monte Floyen sobre la ciudad, casi era mediodía, caminé despacio, el día era fresco entre la arboleda. La inmensidad del fiordo y la ciudad allí abajo, rodeada de sus siete montañas y con el océano tan próximo me envolvieron con una naturalidad generosa.


@mariajesusberistain
De mi libro NERTA

Maria Victoria Atencia

Hablando de…

Escribe en el prólogo de «Ex Libris» el poeta Guillermo Carnero refiriéndose a la evolución de la escritura de la poeta; en su segundo momento creativo.

«Ha desaparecido todo rastro de pensamiento «idílico». Su característica más evidente es la inmediatez expresiva, la sinceridad directa, la falta de distanciamiento entre el autor y la percepción de los asuntos poéticos. Actitud propia del poeta en su primera juventud, cuando todo, en la realidad y en la escritura, es nuevo y deslumbrante; cuando nombrar algo y sumergirse en ello son actitudes parejas. Exaltación vital, percepción de la Naturaleza, evocación de infancia y adolescencia… Todo ello en trance jubiloso hasta que se va a quebrar ante la experiencia de la muerte.

Ha habido importantes transformaciones como son cierta desazón imprecisable, la constatación del transcurso del tiempo, en lo que tiene de pérdida de vida propia, y el predominio de la reflexión ética sobre la contemplación del mundo externo.

Además, existe una persistente ocultación de las motivaciones reales y biográficas, que dan razón de mayor calidad y elaboración literaria (no en cuanto a manipulaciones retóricas, sino a una elaboración intuitiva que realiza la sensibilidad en una labor de connotación de referentes biográficos que, sin embargo, no van a ser nombrados directamente).

El poema se vuelve breve y sintético, se hace parábola y símbolo.

Así se llega a la clave de la poesía contemporánea —continúa Guillermo Carnero—:

Decirse el autor a sí mismo sin nombrar directamente ni el yo ni su propia historia. El lenguaje romántico es omitido en su manifestación más elemental, presente, sin embargo, en la selección de determinados elementos objetivos desde una perspectiva de resonancias afectivas.

La expresión literaria se ve enriquecida tanto para el autor como para el lector, evitando la reincidencia en los tópicos del lenguaje del yo lírico enfrentado a permanentes cuestiones propias de la existencia humana. Precisamente, la expresión poética existe gracias a la distancia entre esas cuestiones y su formulación indirecta. De la tensión entre decirse y no nombrarse; ese doble juego de fuerzas.

El poema no existiría si el yo del autor no seleccionara intuitivamente los disfraces por medio de los que va a expresarse ocultándose, como tampoco existiría si el recurso a la no subjetividad llevara tan solo a la instalación de un decorado desprovisto de motivaciones personales.

Polvo enamorado (JLSampedro)

José Luis Sampedro Sáez ​​​ (1917-2013) fue un escritor, humanista y economista español que abogó por una economía «más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos».

Artículo de Luz Sánchez-Mellado

José Luis Sampedro ha logrado la que fue, quizá, su mayor ambición en los últimos años de su vida: “Morir dulcemente, como muere un río en el mar”. Hace dos años, ya notaba en sus labios resecos el saborcillo acre de la sal. No le amargaba esa certeza. No tenía miedo, en absoluto. Tampoco prisa ninguna. Se dejaba morir día a día viviendo intensamente su último amor con su esposa, la filósofa Olga Lucas, 30 años más joven. Disfrutando como un chiquillo de su idilio con los jóvenes a los que animó a rebelarse. Y sufriendo en privado las servidumbres de su vejez con un estoicismo y un humor a prueba de sus más íntimas calamidades. “Míreme usted: estoy hecho un despojo”, bromeaba a medias, “pero mientras me rija la cabeza y pueda ir al baño solo, aquí estoy, tan campante”.

Cierto era. Nunca he visto a nadie más frágil ni más fuerte. Las cataratas que nublaban sus ojos no le cegaban al sufrimiento ajeno. La sordera no le impedía oír el pulso de la calle y los aldabonazos de su conciencia. Su declive físico no era óbice para amar la vida como un adolescente. Ese amor, esa alegría y esa compasión por el prójimo que le acompañaron durante toda su vida, no le habrán abandonado, seguro, hasta su último aliento. “¿Por qué voy a estar triste, si estamos rodeados de milagros?”, contestó a la estúpida pregunta de si no le daba pena la partida. “Piense en un huevo. Un gran invento sin técnica, sin científicos, sin nada. El huevo es una maravilla”. A ver quién era el guapo que le llevaba la contraria.

Nos recibió en su apartamento alquilado frente a la playa de Mijas, en la costa de Málaga. El mar y la luz se colaban hasta la cocina. Estaba escribiendo algo, a mano, el folio sobre una tabilla, de espaldas frente a la ventana y, al levantarse, se alzó ante nosotros un gigante místico. Una calavera animada por el aura de sus cuatro pelos blancos y el fulgor de sus ojos azulísimos. Puro hueso y espíritu. Pero espíritu enamorado. Fue lo primero que quiso decir. Pregonar su devoción a su esposa —“mis ojos, mis oídos, mis manos. Por ella vivo; sin ella, estaría muerto”—, con la que acababa de escribir Cuarteto para un solista (Plaza y Janés, 2011), una especie de testamento de su visión del mundo, del hombre y de la vida.

Luego nos embarcamos en una conversación río. Se le preguntara lo que se le preguntase, volvía por meandros inverosímiles a la esencia de su pensamiento. Somos naturaleza. Estamos jugando con fuego. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe. Entre su sordera y su verborrea y mi torpeza y mis nervios, creí, ilusa y soberbia, que tendríamos que repetir el encuentro para poder entender aquel torrente. Cuánta ignorancia. Al oír la grabación, ahí estaba todo. Todo Sampedro. Un tesoro sencillo, compacto, brillante sin estridencias, como el acero viejo.

Al despedirnos, en el rellano de su puerta bautizado por él como “calle de la República”, escogió, entre todos, el ascensor como el mejor invento del siglo XX. Y del XXI. Quizá porque las escaleras de su casa le impedían bajar más a menudo de lo que quería a la arena de la playa que veía desde su ventana. Se conformaba, decía, con ver a los gorriones picar las migas del chiringuito. Así se consideraba. Un ave de paso. Un río que siempre es el mismo y siempre es distinto. Su única ambición, nos dijo, era morirse sin molestar a nadie. Así ha sido. Nos enteramos ayer de su muerte cuando Sampedro ya era polvo. Pero polvo enamorado.


Autora: Luz Sánchez-Mellado, reportera, entrevistadora y columnista, es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Autora de ‘Ciudadano Cortés’ y ‘Estereotipas’ (Plaza y Janés), centra su interés en la trastienda de las tendencias sociales, culturales y políticas y el acercamiento a sus protagonistas.

OPAKUA en HAIKUS

Al volver de mi viaje a Opakua, me encuentro con la grata sorpresa de haber recibido el último libro, recién publicado, de mi buena amiga y poeta Isabel Fernández Bernaldo de Quirós. Es un pequeño libro de intenso contenido y preciosa edición de MAHALTA Ediciones, primera edición en abril 2022.

Isabel lo titula BIENANDANZA (en las orillas del Haiku).

Mi cámara viene cargada de imágenes, unas, fieles a mi intención en el momento de tomarlas y otras, convertidas en sorprendentes. Me gusta explorar y experimentar, por lo que también hay varias que —me cuesta decirlo— han ido directamente a la basura.

Haciendo una pequeña selección, pienso en su poesía. Quizás pudieran armonizar sus Haikus con algunas de mis fotografías…

Y juego a cruzar sus caminos.

Las dos primeras están tomadas en el Embalse Iturbeltz
de camino hacia el Laberinto del Arno.

Sobre el estanque
libélulas en tandem.
Amor en vuelo.

Con la calima
el sol transmuta en luna
y el mar en lago.

Soñaste, flor,
alas de mariposa
y haces que vuelas.

Parar aquí.
Dejar que los colores
se desvanezcan.

La tierra espera
que regrese la vida.
Siente la lluvia.



Haikus de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Fotografía @mjberistain

Anoche

Vuelves a entrar en mi sueño, no tienes piedad, son las tres de la mañana.

Las sirenas suelen anunciar los peores presagios a esa hora, a las tres de la mañana, y hasta mis delirios llegan los golpes de luz y el eco de las bombas que movilizan los flujos de mi cerebro cuando no puedo dormir.

Sin embargo, hoy presiento que eres tú y no temo. Abro de par en par las ventanas para que entres y te acomodes entre mis somnolientas neuronas. Me concentro para vivir un silencio elocuente, sé que es donde mejor te expresas, con esos ojos negros de mirada profunda, inquietante —diría que inquisidora— si no fuera por la inteligencia y la ternura con la que me regalas cada vez que apareces en mi vida.

Te dejo hacer… Siento cómo tensas algunas de las finas líneas que se entrecruzan en el espacio intra-sideral que te reservo, yo no quería pensar esta noche. Acepto fluir en tu presencia mientras trasteas entre ellas, mis neuronas, organizándote un hueco confortable, librando algunas batallas con mis nudos aquí y allá, salvando las minúsculas distancias que el tiempo impone y borrando algunos flecos que mi impericia suele dejar sueltos.

Y, me doy cuenta de que, poco a poco, descubres que algo tuyo sigue estando ahí. Y no me trastorna. Siempre te he dicho que soy fiel y, como vulgarmente se dice «dura de mollera», que no es fácil que aparte de mi vida a las personas a las que amo.

Pero esta noche no, esta noche en la que el poder de la ignominia hace temblar los cimientos del mundo, esta noche no, no me castigues más.

Encontrarás agujeros negros entre la maraña de líneas envejecidas que hoy pueblan mi cerebro. Sabes que el olvido puede hacer estragos porque no se puede corregir. Así que, si todavía tus ojos siguen iluminando, aunque sea débilmente, esta noche de extravío, permíteme que te sueñe desde la locura de los latidos que inquietaron con destellos inmortales lo que la vida convirtió en recuerdos.

Compréndeme, tú sabes hacerlo.

Y no dudes de que en su fondo sigue existiendo una silla vacía esperando su renacimiento…


Texto y Fotografía @mjberistain