Permanencia


La hierba luminosa deja crecer el aliento de otros seres,
árboles, flores silvestres, pájaros, nosotros…

Silencio
miradas detenidas
palabras calladas
lenguaje único
una paz atmosférica alcanzando el cielo.

La piedra del camino,
el cuerpo quieto
y el corazón ambulante
que busca una salida,
grietas…
al abrazo de otra piedra.

¿Qué significa una grieta?
¿Tendrán alma las piedras?

Desciendo hasta el fondo de los años
en ilusión de permanencia…


@mjberistain

White mornings

Blancas madrugadas,
briznas de mar en la piel de los sueños
y en la huella de los zapatos.

Blanco en la orilla silenciosa
de los nombres aprendidos,
blanco el rastrear de las mareas.

Blancas las nueces y las almendras
que dejé olvidadas en antiguas alacenas
descuidadamente, blancas.

Blancas las cintas en el baúl de la ropa
blanca, la seda alegre de las cortinas
y las voces de los amigos.

Blancas las rosas bordadas en la cintura
como un arcoíris de ágiles mariposas
en las entrañas tiernas.

Blancas las gotas de luz encaramadas
como guirnaldas de flores frescas
a la fascinación de las fiestas.

Blancas letanías en el altar de Afrodita
—santuario de los gestos del amor—
Blanca la piel saciada de deseo.

Y…

Blancas las noches de ambrosía.
cuando resplandecía llena la luna,
y el sol en sus brazos se quedaba dormido.


WALT WHITMAN

Walt Whitman (1819 – 1892)
Nació en West Hills, Nueva York

Fue poeta, ensayista, periodista y humanista. Rompió con la poética tradicional de la época y marcó un nuevo rumbo tanto en el plano de los contenidos como en el del estilo. 

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When you read these I that was visible and become invisible…

Now it is you, compact, visible, realizing my poems, seeking me, fancying how happy you were if I could be with you and become your comrade… (Full of life now…)

 

¡VIVE!

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.

No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber. No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

No dejes de creer que las palabras y las poesías; sí pueden cambiar el mundo. Pase lo que pase nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa. Tú puedes aportar una estrofa. No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre. No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes. Huye.

“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”, dice el poeta. Valora la belleza de las cosas simples. Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas, pero no podemos remar en contra de nosotros mismos. Eso transforma la vida en un infierno. Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante.

Vívela intensamente, sin mediocridad. Piensa que en ti está el futuro y encara la tarea con orgullo y sin miedo. Aprende de quienes puedan enseñarte. Las experiencias de quienes nos precedieron de nuestros “poetas muertos” te ayudan a caminar por la vida. La sociedad de hoy somos nosotros… Los “poetas vivos”. No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas.

Existo como soy, con eso basta, Y si nadie lo sabe me doy por satisfecho.



Imagen letras-litera blogspot.com 

LAS RUBÁIYÁTAS



¿Sabes?
Lloro porque voy a volver;
con humildad hui otras veces, y regresé otras veces con la misma humildad; lloro de cotidiana incertidumbre, no sé cómo vivir, no sé qué hacer.
La fuga y el regreso son mi destino, mi pesadumbre, mi huérfana inmortalidad.


A propósito de un «lapsus» que he tenido en «Reflejos en el Agua», -y que ya he corregido- he recordado uno de los libros que me han llevado a lo largo del tiempo a releerlo unas cuantas veces. Me refiero a las Rubáiyátas de Horacio Martín, por el que Félix Grande fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía en 1978.

Por entonces yo era «aprendiz de poeta» —como ahora— y en una de mis incursiones en alguna de las viejas librerías por las que solía perderme, me topé con este título. Digo título porque a primera vista me impactó. No entendía nada. Ni sabía qué eran las Rubáiyátas ni quién demonios era Horacio Martín. Nada de esto constaba en el repertorio de libros de poetas que yo admiraba y en aquel momento en el que la información no era tan asequible como «wikipedia», tuve que comprarme el libro para entender de qué iba.

Nada más abrir la portada leí con interés el texto que incluía el director de la colección «Ambitos Literarios». Estaba dirigida por Luis Alberto de Cuenca, y entre otras cosas decía:

«La expresión literaria, poética o narrativa, es símbolo y es testimonio. Es también recreación de la vida y del lenguaje; libertad, como acto fundamental de encuentro con la realidad y su devenir…»

El prólogo de Verónica Almaïda Mons captó definitivamente mi atención, y Félix Grande (al que ya conocía) se convirtió en uno de mis poetas de culto.

In Persian poetry Rubáiyát is a verse consisting of four-line.
Se trata de estrofas de cuatro versos. Aparecen en la principal obra poética del persa
Omar Khayyam poeta, matemático y astrónomo (1048).

«Las Rubáiyátas de Horacio Martín engendran, cada vez que se leen, una especie de emoción oceánica»

«Sé involuntaria. Sé febril. Olvida
sobre la cama hasta tu propio idioma.
No pidas. No preguntes. Arrebata y exige.
Sé una perra. Sé una alimaña.

Resuella busca abrasa brama gime.
Atérrate, mete la mano en el abismo.
Remueve tu deseo como una herida fresca.
Piensa o musita o grita «¡Venganza!»

Sé una perdida, mi amor, una perdida.

En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable».

Mientras nos lo prohíben
juguemos, sí, con fuego
Un himno a los que viven
como una brasa el juego

En la ocasión primera
huye del lento hielo y arrójate en la hoguera

Atizarán el fuego mientras bramas
y escupirán al fuego
Mas tu sentido sólo está en las llamas
Para ellos la razón, para ti el juego

En la ocasión primera
devuélveles su frío y arrópate en la hoguera

Únicamente vive lo que arde
Alabado sea el fuego
Abrásate de amor, juega tu juego
Que el amor te preserve y que el fuego te guarde

Y en la ocasión primera
besa humilde las llamas horribles de la hoguera.

Tú eres el lenguaje profundo
Contigo todo tiene nombre.

Imagen adiciones.es


SARTE VS BEAUVOIR

Artículo de Manuel Longares

publicado en la revista Cambio16. (1987)

La conversación existencial que uniera en vida a Jean Paul Sartre y a Simone de Beauvoir, haciéndoles paradigma de relación amorosa para toda una generación, pervive en su correspondencia publicada en España con el título de «Cartas al castor» 

«Sartre no estaba en absoluto vestido, llegaba con camisas abiertas, dudosamente limpias, más o menos en pantuflas… Lo mirábamos con una especie de terror». Simone de Beauvoir, autora de la cita, refleja su primera impresión de Sartre, en 1929, por los pasillos de la Escuela Normal. Sartre iba siempre con dos amigos, Herbaud y Nizan. «Se decía que el más terrible era Sartre porque se le consideraba libertino, borracho y perverso».

En 1929, Sartre, veinticuatro años, estaba enamorado de Simone Jolivet, a quien escribe la primera misiva recogida en Carta al Castor. Lleva fecha de 1926. Ante esa mujer que se decía discípula de Nietzsche, Sartre dibuja su autorretrato: «Quisiera estar muy por encima de los demás, a los que desprecio. Pero, sobre todo, tengo la ambición de crear… He hecho de todo, desde sistemas filosóficos… hasta sinfonías. Escribí mi primera novela a los ocho años. No puedo ver una hoja en blanco sin sentir ganas de escribir algo encima».

imagesSIMONE BEAUVOIR B:N

    Simone de Beauvoir no era una chica corriente, pero tampoco encajada en el caos sartriano. Procedía de una familia bien, venida a menos. Había decidido valerse por sí misma. Audaz para la época, rechazaba, sin embargo, esa confusión de suciedad, libertinaje y violencia que Sartre encarnaba. Su amigo René Maheu le apodó el Castor: «Los castores -dijo- van en manadas y tienen espíritu constructivo.»

Sartre era un torbellino impresentable. Aparecía en las fiestas desnudo, le quemaba el dinero en las manos, cantaba melodías de jazz. Manifestaba despreocuparse de las apariencias cuando se dedicaba voluntariamente a transgredirlas, con la misma contumancia que Beauvoir en preparar oposiciones a cátedra para vivir su vida sin ayuda de nadie. En 1929, el tema de las oposiciones fue Libertad y contingencia. El día de los resultados del exámen escrito, Simone llegó a la Sorbona cuando Sartre salía. Sartre le comunicó: «Has aprobado». E inmediantamente añadió: «A partir de ahora me voy a encargar de ti.»

imagesSARTRE

Ya no la soltó. Simone descubrió con Sartre la prodigalidad de la vida. Todo era interesante. Chalaban y se deslumbraban mutuamente. Compartían la misma pasión, «tranquila y arrebatada», hacia los libros. Sartre le decía que debía preservar a cualquier precio su amor por la libertad, su curiosidad, su voluntad de escribir. Conversando con Sartre, Simone no tardó en darse cuenta de «que, aunque su vida se prolongara hasta el fin del mundo, el tiempo le parecería demasiado corto».

Era el compañero con el que había soñado, «mi doble, el ser en quien encontraba reflejadas todas mis manías». Sarte, a sus ojos, justificaba el mundo. Entre ambos, según Sartre, acababa de nacer una relación única y su entendimiento duraría lo que ellos mismos». Era un entendimiento peculiar, abierto, no absorbente. Con su precisión habitual, Sartre había definido la situación: «Hay entre nosotros un amor necesario, pero nos conviene también conocer amores contingentes. Fieles a este principio, se concedieron total independencia. Nunca se casarían ni vivirían juntos, no formarían un hogar ni tendrían hijos. Los amigos que adoptaran bajo su protección serían su familia.

Si Sartre salía de viaje, Simone se dedicaba a esquiar o a recorrer kilómetros. A su refugio le llegaban las cartas del amigo. «Mi querido Castor», comenzaban, tras lo cual se reanudaba la conversación que habían interrumpido. Una conversación que al reencontrarse proseguían como si no la hubiesen cortado. Así, cuando Sartre la recibió en Berlín, después de un tiempo sin verse, Sartre la tomó del brazo y sus primeras palabras fueron: «Mi ego es en sí mismo un ser del mundo, igual que el ego de los demás».

Habían convenido en no mentirse ni ocultarse nada. Las Cartas al Castor son el mejor testimonio de esa comunicación imperturbable. El grueso de la correspondencia abarca los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Sartre había hecho la mili como meteorólogo, enchufado por Raymond Aron, y desempeñó el mismo empleo cuando le movilizaron. Asombra en esas cartas la escasísima importancia que concede al ambiente que lo rodea. Si ha de hablar de batallas, alude a la Cartuja de Parma. Porque Sartre está «inundado de amor» a Simone, pero sólo vive para la literatura: «Hay momentos en que el escribir me resulta maníaco y obstinado -dice a Simone- pero ¿qué puedo hacer?… Es contra la liquidación de la democracia… que realizo el acto de escribir. Actuando hasta el final «como si» todo fuera a restablecerse.»

Impermeable a influencias cuarteleras, escribe La edad de la razón y declara: «Le estoy dando vueltas a una idea central que por fin me permitirá suprimir el inconsciente, conciliar Heidegger con Husserl y comprender mi historicidad». Obstinado en el ejercicio literario, cuenta el vuelo de un bombardero alemán como si presenciara una película de Spielberg. Nunca parece asustado, ni siquiera cuando cae prisionero. Empieza a escribir entonces El ser y la nada. Sólo le preocupa el retraso en los permisos o la no llegada de los libros que ha pedido a Simone. Lecturas clásicas -Shakespeare, Cervantes- y las novedades editoriales francesas.

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir hicieron de dos personas una. «Usted es yo mismo», indicó Sartre. «Eramos uno solo» explicó Beauvoir. «Existe una relación en profundidad —comenta Sarte— que en algunos momentos llega casi a crear una individualidad, un nosotros que no es el tú y yo, que es verdaderamente el «nosotros». «Logré ese nosotros con Beauvoir durante toda mi vida». Dos seres iguales y transparentes habían emprendido un proceso de ósmosis, como definió con sencillez Simone de Beauvoir. Nunca se pelearon más que por cosas fútiles. «En más de treinta años, sólo dormimos una noche desunidos» escribió Beauvoir en La fuerza de las cosas. Una conversación inacabada fue su relación. Un amigo, Boost, que comía con frecuencia con la pareja, oía a veces a través de la puerta de la habitación donde estaban Sartre y Simone unas «broncas salvajes». Boost se marchaba a dar una vuelta y cuando regresaba había cesado la discusión. Sartre y Simone continuaban el discurso.

Rompiendo las convenciones, no precisaron la gracia del sacramento matrimonial ni la creación de intereses burgueses para seguir unidos. No alteró su fidelidad sustancial la presencia de otros amores. No modificó su relación el éxito literario. Resistieron compenetrados la fama, la adversidad, los premios. «El jurado ha puesto por las nubes a un sepulturero de Occidente», dijo de Sartre Gabriel Marcel cuando le concedieron el Nobel que, nada más enterarse, rechazó. «Hemos alcanzado literalmente los límites de la abyección» exclamó François Mauriac cuando Beauvoir publicó el primer tomo de «El segundo sexo».

Tampoco los desunió la evolución ideológica respectiva. Mucho menos la enfermedad. Ya al final de su vida, aquel muchacho revoltoso y desaseado que no se recató en contar detalladamente a Simone cómo desfloró a una amiguita, perdió la vista. Era el fin del mundo para Sartre, incapaz ya de leer y escribir. Simone, entonces, le ofreció día a día sus propias fuerzas, su propia salud. Infatigablemente le cuidó y, olvidándose de sus tareas, se dedicó a grabar lo que él quería decir.

Era un acto de fraternidad químicamente puro que sólo podía disolver la desaparición de la vida. El 15 de abril de 1980, en una cama de hospital, Sartre, agonizante, tomó la muñeca de Simone de Beauvoir y le dijo sin abrir los ojos: «Te quiero mucho, mi pequeño Castor.» Le ofreció los labios y ella lo besó. Cuando murió, esa misma noche, Simone advirtió la presencia de un huésped imprevisto: la soledad. Jamás la había experimentado desde que el autor de La náusea, el depravado Sartre le escribiera con el pudor característico de los estigmatizados por la literatura. «Tengo una solapada necesidad de usted».

imagesSARTRE:BEAUVOIR Tumba


 

LA BRUJA MARITXU

PUBLICADO EL 

Maritxu Erlanz Mainz de Güller, llamada cariñosamente «La bruja buena de Ulía» fue una de las personas más carismáticas y notables de Donosti. Era su cercanía, su bondad, el brillo sonriente de sus ojos y sus manos lo que te atrapaba nada más conocerla. Al marchar sabías que siempre volverías…

Texto de J. Esteban Reta

No me acuerdo de qué color tenía los ojos y el pelo. Esto me duele. Eran claros los ojos, eso sí, quizás verdes. El cabello recogido y con moño, pudiera ser castaño. Esbelta, de buena estatura, poseía una enorme viveza, y una extraña penetración que imponía. «Me tiene miedo. Este me tiene miedo», solía comentar, riéndose, respecto a mí. Y era verdad. Me amedrentaba porque creía en ella. Sabía que era una bruja de verdad y que podía ver cosas que yo llevaba dentro y que ocultaba a los demás. Cuando vuelva a Donosti —pensaba con frecuencia en fechas pasadas— lo primero que voy a hacer es ir a verla. Enseguida me soltará:

—¡Qué dice el amante!

—Nada, Maritxu, después de 14 años, nada.

Entonces me dará un abrazo de esos especiales que administra para mejorar el aura, que la suelo mostrar casi siempre hecha una pena, y me colocará el ánimo al borde de la euforia.

Es lo que ocurría en otras épocas cuando yo vivía allí y la visitaba en su casa.

«Ven aquí, gorrión —pronunciaba deliberadamente «gurrión»— voy a sacar las cartas». Y me echaba las cartas y la verdad es que lo que aparecía encima de la mesa camilla no era muy allá, pero al final salía el sol. «Mira —señalaba el naipe contenta— el sol, es el sol». Luego, con su hermana Victoria, nos poníamos de café negro como tontos.

Una de aquellas tardes desplegó la baraja sobre el tapete, después de los cortes que acostumbraba, y se le iluminó la cara. Tienes un viaje. Hay una mujer. Es morena. Muy guapa. ¡Qué armonía va a haber entre vosotros dos! Y se cumplió. Vaya si se cumplió. Hasta llenárseme los ojos de estrellas, de pura felicidad, en el interior de un utilitario, por los páramos de Castilla.

Era una vasca —roncalesa— pletórica de energía y coraje. Contaba que lo suyo no se quedaba solamente en predecir el porvenir, sino que, en determinadas circunstancias, podía influir en su desarrollo en ciertas personas. Añadía que jamás había empleado estas facultades con nadie en un sentido negativo, únicamente, en algún caso excepcional, si alguien le originó un daño grave le había dejado cojo. «Sí. Ya puedes tener cuidado, gorrión», continuaba, mirándome. «Si uno me hace una canallada se queda cojo». Yo la observaba, preocupado, y ella se reía con verdaderas ganas.

Realizó el primer tarot español, que lo editó Heraclio Fournier, de Vitoria. Había asumido como lema, para presidir sus tareas, un verso de Shakespeare: «Querido Horacio, hay muchos más misterios entre el cielo y la tierra que los que conoce tu humana filosofía».

Primero en su caserío del monte Ulía y más tarde en el piso de la avenida de Ategorrieta, en el transcurso de décadas, recibió a miles de personas. Grandes de la política, el dinero, el arte y la literatura, y también mucha gente de tropa, solicitaron su orientación. Si hubiera publicado todo lo que sabía, el temblor se habría dejado sentir en Europa. Ya hace bastantes años que se pasaba el tiempo declinando invitaciones a congresos, entrevistas y conferencias, aunque, a pesar de ello, aparecía de cuando en cuando en televisión o en algún otro medio. Se dedicaba a trabajar en sus grimorios —libros de magia— y seguía despertando al futuro. «Ese niño que duerme en las rodillas de los dioses».

A mí me serenaba y confortaba el pensar en Maritxu. Me decía a mí mismo: está muy lejos, pero si la necesito, la encuentro. Me echará una mano. Estoy seguro. Ya lo hizo en los peores momentos, como cuando tuve que bailar con lobos.

Ahora sí que me ha dejado cojo marchándose. Ya no me será posible apoyarme en ella. Me ha dejado cojo y con el halo oscuro manga por hombro.

Imagen de portada de internet


PALABRAS PARA JULIA

 

Elijo las palabras que Carme Riera dedica a su amigo Jose Agustín Goytisolo, porque a través de su lectura llegué a conocer de cerca al “hombre” que habitó versos que muchas veces me conmovieron.
MJB


En el magma poroso de la memoria se me agolpan imágenes calidoscópicas, convocadas por los recuerdos de los momentos vividos con José Agustín que quisiera compartir con la intención de que todos le queramos más. Digo querer porque me niego a conjugar el verbo del amor en pasado, ya que mi afecto por José Agustín sigue en presente. Ahora sé por propia experiencia que el tiempo nos envejece solo en parte, la muerte de las personas queridas añade de repente años a nuestra edad. Su ausencia permanece dentro de nosotros, crece como un vacío en medio del estómago y nos obliga a encorvarnos. Todos andamos con nuestros muertos a la espalda, y aunque esa inclinación nos acerque más a su reino, la tierra donde descansan y donde habremos de descansar algún día también, trajinar el peso de su recuerdo no es estorbo sino consuelo…

José Agustín se fue por un azar absurdo. “El viaje no le importa” había escrito… en el último verso del poema que cierra su último libro publicado, Las horas quemadas, refiriéndose a sí mismo, desdoblándose en otro, un recurso que siempre le gustó emplear y que iba mucho más allá de lo poético. Dos días antes, se habían cumplido sesenta y un años de la muerte de su madre, Julia Gay en el famoso bombardeo del cine Coliseum de Barcelona, y unas secuencias televisivas revivían la tragedia todavía imborrable para muchos barceloneses. Sin duda se trataba de una casualidad, pero esa casualidad: la necesidad de ir al encuentro de la madre muerta planea en la obra de Goytisolo desde su primer libro, El retorno, a ella dedicado, y continúa en Final de un adiós, poemario de 1984 que se inicia precisamente para ir en busca de aquella mujer de muerte sin cuya ausencia —se canta lo que se pierde— es probable que la veta elegíaca que, junto a la irónica vertebra la obra goitysoliana, no constituyera un aspecto tan fundamental.

Del tratamiento poético de la desaparición de la madre voy a hablarles ahora, ya que la obsesión por la pérdida materna, asociada a la rememoración de la infancia, es un tema recurrente que llegará hasta los poemas de sus últimas entregas, Como los trenes de la noche (1994) y Las horas quemadas (1996) después de aparecer de manera más esporádica en libros anteriores, como Claridad (1960) o Del tiempo y del olvido (1977). Por eso es fácil concluir que, de los tres hermanos escritores, es José Agustín quien, con más insistencia, y de un modo más dilatado, a lo largo de más de cuarenta años de obra poética, convierte en motivo literario la desaparición de su madre, quizá porque al ser el mayor —no había cumplido aún diez años— pudo vivir el acontecimiento de un modo más consciente, aunque, como es obvio, la muerte de Julia Gay resultara catastrófica para toda su familia. A su inesperada violencia («arrebatada por el odio», escribe en el poema XI de El retorno), a su ausencia insustituible («Y estábamos callados girando / en el dolor en el sencillo y cotidiano / recordarte entre el pan y los manteles» anota en el poema XIV), cabe añadir la enfermedad del padre, de edad algo avanzada (le llevaba trece años a su mujer), agravada por la desgracia. Incapaz de superar el trauma, don José María Goytisolo, exige a la criada que entra a servir después de morir su esposa, que cambie su nombre, Julia, por el de Eulalia, situación que, por cierto, recoge, trastocándola, Luis Goytisolo en Recuento, y prohíbe a los hijos que pronuncien las palabras madre o mamá, lo que, en cierto modo, podría explicar la ausencia de tales términos en los libros de José Agustín y posiblemente los escamoteos en los textos de Luis. José Agustín Goytisolo insistía con frecuencia en que el descubrimiento de los objetos maternos tenía para ellos una significación especial, y, entre esos objetos, los libros predilectos —Lorca, Salinas, Proust o Gide— no solo sirvieron para seguir el rastro que los ojos de Julia Gay dejaron entre sus páginas, sino también para iniciarles en la literatura. En estas circunstancias era del todo esperable que la primera contribución poética del mayor de los hermanos fuera una elegía en la que, al mismo tiempo que mitificaba a su madre, mitificaba también la niñez, como él mismo ha señalado: Mi madre fue para mí, como dice Jaime Gil, un reino afortunado; un paraíso donde, sin ella, no me era posible ser absolutamente nada —declaraba en 1986—. Esa mitificación de la infancia adquirirá desde los primeros poemas tonos marcadamente nostálgicos que serán constantes en el tratamiento posterior de un tema, igualmente grato a los autores de la llamada generación del medio siglo, quizá porque todos ellos fueron despertados a tiros de una niñez que hasta entonces había sido plácida, y eso habría de marcarles, incluso en el caso (pienso en Gil de Biedma o Barral), de aquellos para quienes los años de lucha fratricida supusieron un hortus libertatis. Para Goytisolo, sin embargo, el recuerdo de la guerra es siempre negativo. Las circunstancias políticas que rodean la pérdida de la madre hacen que esta sea aún más tremenda, puesto que se trata de una muerte inútil, provocada además por los aviones que proceden del bando fascista, a los que alude, aunque veladamente a causa de la censura, puesto que Goytisolo escribe los poemas que integran El retorno en su etapa de mayor concienciación antifranquista, entre los veinte y los treinta años. Cuando a sus cincuenta y pico, en Final de un adiós, vuelva a evocar los acontecimientos que desencadenaron su desgracia, la situación política de la posguerra seguirá siendo el referente de otra serie de poemas. Las acusaciones contra los vencedores son mucho más directas en Final de un adiós que en El retorno y más explícitos los sentimientos «de odio al matador», «odio hacia las banderas del crimen / y de asco a sus uniformes / a sus cantos / de falso alegre paso de la paz» (poema VI, «Amapola única») que genera la parafernalia del régimen fascista, aspectos perfectamente explicables si tenemos en cuenta que Final de un adiós fue escrito tras la muerte de Franco, en plena transición, y que El retorno se gestó en los primeros cincuenta cuando la censura y, en consecuencia, la autocensura, eran más rigurosas. El hecho de que, pese al tiempo transcurrido, el odio del vencido por los vencedores no aparezca mitigado tiene que ver, me parece, con el doble punto de vista adoptado por el sujeto poético que no observa la guerra ni la posguerra con sus ojos actuales, distanciados, sino con los que tuvo en su infancia. En Final de un adiós se combinan, por tanto, dos perspectivas, la del niño y la del adulto. El interés por retornar, a los cincuenta años cumplidos, al tema de la orfandad, implícito en la elegía a la madre, constituye el pretexto para volver al territorio de la niñez y a través de ella hacer referencia a la perdida felicidad que coincide con la desaparición materna. La abdicación forzosa de la inocencia se adelanta a consecuencia de la brutalidad traumática de la pérdida que establece una línea divisoria entre un antes y un después. El niño alegre que jugaba bajo la atenta vigilancia de su madre y que siempre encontraba cobijo entre sus brazos, se vuelve de repente un ser «sin sonrisa», «infortunado», «lleno de angustia», en un «rey mendigo», en «un príncipe destronado».

El mundo <luminoso>, <alegre>, <claro>, <brillante>, adquiere de pronto tonalidades oscuras y todo se trastoca en <desgracia>, <dolor>, <adversidad>, <odio>, <asco>, <tiempo de inclemencia. La percepción de ese mundo de luz, «mundo sin miedo, sin fantasmas, sin castigo, sin cuarto de las ratas», un mundo en el que incluso «el lobo era bueno», será abolida tras la muerte. Dominarán las tinieblas a partir de la pérdida, las notas oscuras se acentuarán y la reiteración de la palabra “noche” («la noche y su castigo», «la oscuridad», «la negra atalaya del solo») será clave sobre todo en Final de un adiós. En cambio, los poemas que se refieren a la vida de Julia Gay presentan campos semánticos cuyo denominador común son las notas positivas, especialmente las que hacen referencia al fulgor, y la claridad, que también sirven para describir la belleza de sus ojos —«Claridad / como la de sus ojos / no he visto» (poema II, Final de un adiós)— o la de su pelo —«inexpresable color miel suave y cambiante de sus cabellos» (poema XV, Final de un adiós) en la que insiste para ponderar lo incomparable:

El brillo de la luz en los cabellos
las olas salpicando el traje lila
alegría en los ojos
y tu figura erguida contra el cielo y la espuma.
Nunca vi tal donaire
ni más delicadeza jugando con el mar.

Esa luz que irradia la figura de Julia Gay envuelve, a su vez, todo lo que su presencia ilumina. Goytisolo se acoge a un tópico de antecedentes petrarquescos muy difundido en la literatura castellana. Así, tanto la casa familiar de la ciudad como las de los pueblos de Viladrau, Puigcerdá o Llansá, donde habían pasado los veranos y cuyas referencias aparecen en los poemas, a menudo mezcladas, igual que la de Barcelona, se describen con términos que denotan o connotan luz. El poema III de Final de un adiós me parece en ese sentido muy evidente:

Yo amaba aquella casa sin vientos de desgracia.
Era como mi alegre posesión transparente.
Como la flor blanquísima que en los jarales brilla.
Tal vez yo por entonces desdeñara a los dioses.
Pues ni ellos habitaban en regiones tan claras.
Y así como un castigo perdí lo que era mío.
Un fuego despiadado prendió en aquellos campos
después no quedó nada.
Ni la flor de la jara.

La ruina y la desposesión actual se cimentan en ese pasado definitivamente arrumbado y del que nada queda excepto el recuerdo, pero, gracias a este, el sujeto poético puede reconocerse en el ayer del que procede y entenderse mejor consigo mismo. La voluntad de introspección y reflexión generará una serie poemas posteriores, el sujeto poético se pregunta, siempre en la noche, por su identidad, el paso del tiempo o qué hay detrás de la muerte. Al tema del recuerdo (qué significa recordar, qué supone el olvido), en Final de un adiós el sujeto poético se plantea la necesidad del olvido y la renuncia a los recuerdos que han marcado de un modo tan intenso su trayectoria vital. Al hecho de recordar, a las arterías y traiciones del tiempo que también ejerce su rigor sobre la piel de la memoria, dedica los poemas <Una voz o un gesto> y <En tiempos de inclemencia>. En ambos plantea una cuestión simple y paradójica: los recuerdos no solo se transforman al albur de los años, sino que, a medida que nos acercan a las situaciones que los motivaron, nos van alejando de ellas, transformadas por la memoria. Ni siquiera el pasado es consistente:

Los recuerdos de amor
– no los del espanto-
se escapaban
por caminos cambiantes como azogue:
no poderlos fijar me parecía
más cruel que la explosión
que el bombardeo. Y para no sufrir
tratando inútilmente de recuperarlos
preferí muchas veces
salir a medianoche y escribir
con lápiz rojo en las paredes: muera
el tirano abajo los…
Así evitaba
seguirte hasta el inhóspito desmonte
y detenerme allí. Aún hoy
pasados tantos años si no puedo
revivir una voz o un gesto tuyos
me imagino que sigo
pintando en rojo todas las paredes.

Sin embargo, y pese a las traiciones que la memoria nos depara, existencia y trascendencia dependen de ella. Goytisolo lo señala en un verso lapidario: <la evocación perdura; no la vida.>

La rememoración, inherente a la condición humana, es quizá rasgo fundamental del quehacer poético y hasta es posible que la literatura no tenga otra misión que fijar en el papel manuscrito o impreso, a través de las palabras, unas pocas vivencias para liberarlas así de las vicisitudes de nuestra memoria, maltratada por la continua erosión del tiempo. José Agustín Goytisolo utiliza la elegía, con una doble finalidad: rendir homenaje a su madre, recuperando su niñez y ganarle terreno a la muerte, rescatando para la pervivencia, es decir, para la poesía lo que, de no mediar la palabra escrita, acabaría por sucumbir bajo el peso de los escombros de la memoria.


fotografía@mjberistain

Tamarindos en la niebla

Decía Gabriel Celaya:
La Poesía «crea amistad y da consistencia a la conciencia» 

Estás aquí, en mí mismo
Ni te veo, ni te pienso,
ni te veo, ni te sueño.

Sólo estás. Estoy contigo.
Yo a tu lado, tú conmigo.
Estamos uno en otro, tan reales
que, con ser poco, ese poco es ya bastante.

Estamos en lo que somos,
de puro simples,
Totales.

Alderdi Eder, 19 de febrero, cuatro de la tarde…

Tamarindos desnudos perfilados
contra el puro posible de la niebla.

Callando, se oye el mar que rompe lento
en las playas remotas de otros mundos.

Suspenso, el corazón guarda un secreto
vive allí donde no es ya sólo mío

La pura posesión, la nada pura
en lo alto de un latido que no vuelve.


Dicen de él que nació en 1911 en Hernani y murió en 1991. En realidad, se llamaba Rafael Gabriel Múgica y fue un vasco recio, ibérico o celtibérico, firme, leal y resistente a todas las adversidades, al fascismo, al dolor y a la derrota. Su obra más conocida está relacionada con una determinada conciencia social ligada al partido comunista.

Idealista, despistado, de esos que saludan respetuosamente a la gente sin darse cuenta de que son sus vecinos. Era ingeniero industrial que escribía versos, un señorito que militaba con los comunistas, un ateo que vivía en gracia de Dios. Vivía ilusionado con la poesía, con los amigos y con un mundo de gente buena.

… y demos a cualquiera lo que pide:

El fruto natural, el agua limpia
que refresca los labios no besados,
un poco de aire libre y de justicia
y un momento salvado de la angustia:

La belleza y la paz: la poesía


ALICE MUNRO

Quién es


Extracto de su biografía (wikipedia)

Mi vida querida es el libro que he leído estos últimos días. Se trata de un conjunto de cuentos escritos por la merecedora del Nobel de Literatura de 2013 Alice Munro.

¿Qué puedo decir yo que no esté ya recogido en artículos, críticas y entrevistas sobre ella y su obra?


¿Bastan un beso robado, un salto desde un tren en marcha, la sombra de una mujer que me rodea alrededor de una casa, una borrachera de media tarde o las preguntas arriesgadas de una niña para conformar un mundo que se baste a sí mismo y cuente la vida entera? Si quien escribe es Alice Munro un simple adjetivo sirve para cruzar las fronteras de la anécdota y colocarnos en el lugar donde nacen los sentimientos y las emociones. La gran autora canadiense nos sorprende de nuevo con Mi vida querida, una colección de cuentos donde vemos a hombres y mujeres obligados a traficar con la vida sin más recursos que su humanidad. Comienzos, finales, virajes del destino… y de repente, cuando creíamos que el relato llegaría a su obvia conclusión, Munro nos invita a dar otra vuelta de tuerca que cambia el fluir de los acontecimientos y emociona al lector, mostrando hasta qué punto esa vida cotidiana que tanto nos cansa puede llegar a ser extraordinaria. Cierran el volumen unas páginas que Munro dedica a su propia vida, unas notas espléndidas donde lo personal se funde con la ficción, pues, en palabras de la misma autora «la autobiografía vive en la forma, más que en el contenido La lectura que piden los cuentos de Mi vida querida no es la de la prosa sino la de la poesía… una revelación de algo que no se agota porque está en las palabras y un poco más allá de ellas.

Antonio Muñoz Molina


ALICE ANN MUNRO (1931) es una narradora canadiense, sobre todo de relatos. Está considerada como una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa.

Entre su obra, iniciada de muy joven (1950) encontramos cuentos, recopilaciones de relatos, y novelas: Dance of the Happy Shades (1968), Las vidas de las mujeres (1971), y los relatos entrelazados Something I’ve Been Meaning to Tell You (1974). The Beggar Maid (1978), Las lunas de Júpiter, El progreso del amor (1986), Amistad de juventud y Secretos a voces (1994).

Empezó a ser conocida definitivamente en el siglo XXI, con los relatos de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (2001) y luego con los de Escapada (2004), que facilitaron la recuperación de su obra precedente. Se había mantenido hasta entonces como una escritora algo secreta, pero muy reconocida por algunos.

En La vista desde Castle Rock, 2006, Munro hizo un balance de la historia remota de su familia, en parte escocesa, emigrada al Canadá, y describió ampliamente las dificultades de sus padres. Su libro se alejaba un punto de su modo expresivo anterior. Por entonces, habló de retirarse, pero la publicación del excelente Demasiada felicidad (nuevos cuentos, aparecidos en 2009), lo desmintió.

Dear Life (Mi vida querida) fue publicado en 2012. Son cuentos más despojados y más centrados en el pretérito. En su última sección se detiene en un puñado de recuerdos personales, que pueden verse como una especie de confesión definitiva de la autora, pues son «las primeras y últimas cosas -también las más fieles- que tengo que decir sobre mi propia vida».

Munro ha reconocido el influjo inicial de grandes escritoras —Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor, Carson McCullers o Eudora Welty—, así como de dos narradores: James Agee y especialmente William Maxwell. Sus relatos breves se centran en las relaciones humanas analizadas a través de la lente de la vida cotidiana. Por esto, y por su alta calidad, ha sido llamada «la Chéjov (1) canadiense».

Fue entrevistada extensamente por The Paris Review, en 1994.


(1) Antón Pávlovich Chéjov fue un médico, escritor y dramaturgo ruso. Encuadrable en la corriente Realista Psicológica, fue maestro del relato corto, siendo considerado como uno de los más importantes escritores de cuentos de la historia de la Literatura.

Maria Victoria Atencia

Hablando de…

Escribe en el prólogo de «Ex Libris» el poeta Guillermo Carnero refiriéndose a la evolución de la escritura de la poeta; en su segundo momento creativo.

«Ha desaparecido todo rastro de pensamiento «idílico». Su característica más evidente es la inmediatez expresiva, la sinceridad directa, la falta de distanciamiento entre el autor y la percepción de los asuntos poéticos. Actitud propia del poeta en su primera juventud, cuando todo, en la realidad y en la escritura, es nuevo y deslumbrante; cuando nombrar algo y sumergirse en ello son actitudes parejas. Exaltación vital, percepción de la Naturaleza, evocación de infancia y adolescencia… Todo ello en trance jubiloso hasta que se va a quebrar ante la experiencia de la muerte.

Ha habido importantes transformaciones como son cierta desazón imprecisable, la constatación del transcurso del tiempo, en lo que tiene de pérdida de vida propia, y el predominio de la reflexión ética sobre la contemplación del mundo externo.

Además, existe una persistente ocultación de las motivaciones reales y biográficas, que dan razón de mayor calidad y elaboración literaria (no en cuanto a manipulaciones retóricas, sino a una elaboración intuitiva que realiza la sensibilidad en una labor de connotación de referentes biográficos que, sin embargo, no van a ser nombrados directamente).

El poema se vuelve breve y sintético, se hace parábola y símbolo.

Así se llega a la clave de la poesía contemporánea —continúa Guillermo Carnero—:

Decirse el autor a sí mismo sin nombrar directamente ni el yo ni su propia historia. El lenguaje romántico es omitido en su manifestación más elemental, presente, sin embargo, en la selección de determinados elementos objetivos desde una perspectiva de resonancias afectivas.

La expresión literaria se ve enriquecida tanto para el autor como para el lector, evitando la reincidencia en los tópicos del lenguaje del yo lírico enfrentado a permanentes cuestiones propias de la existencia humana. Precisamente, la expresión poética existe gracias a la distancia entre esas cuestiones y su formulación indirecta. De la tensión entre decirse y no nombrarse; ese doble juego de fuerzas.

El poema no existiría si el yo del autor no seleccionara intuitivamente los disfraces por medio de los que va a expresarse ocultándose, como tampoco existiría si el recurso a la no subjetividad llevara tan solo a la instalación de un decorado desprovisto de motivaciones personales.

Polvo enamorado (JLSampedro)


José Luis Sampedro Sáez ​​​ (1917-2013) fue un escritor, humanista y economista español que abogó por una economía «más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos».

Artículo de Luz Sánchez-Mellado

José Luis Sampedro ha logrado la que fue, quizá, su mayor ambición en los últimos años de su vida: “Morir dulcemente, como muere un río en el mar”. Hace dos años, ya notaba en sus labios resecos el saborcillo acre de la sal. No le amargaba esa certeza. No tenía miedo, en absoluto. Tampoco prisa ninguna. Se dejaba morir día a día viviendo intensamente su último amor con su esposa, la filósofa Olga Lucas, 30 años más joven. Disfrutando como un chiquillo de su idilio con los jóvenes a los que animó a rebelarse. Y sufriendo en privado las servidumbres de su vejez con un estoicismo y un humor a prueba de sus más íntimas calamidades. “Míreme usted: estoy hecho un despojo”, bromeaba a medias, “pero mientras me rija la cabeza y pueda ir al baño solo, aquí estoy, tan campante”.

Cierto era. Nunca he visto a nadie más frágil ni más fuerte. Las cataratas que nublaban sus ojos no le cegaban al sufrimiento ajeno. La sordera no le impedía oír el pulso de la calle y los aldabonazos de su conciencia. Su declive físico no era óbice para amar la vida como un adolescente. Ese amor, esa alegría y esa compasión por el prójimo que le acompañaron durante toda su vida, no le habrán abandonado, seguro, hasta su último aliento. “¿Por qué voy a estar triste, si estamos rodeados de milagros?”, contestó a la estúpida pregunta de si no le daba pena la partida. “Piense en un huevo. Un gran invento sin técnica, sin científicos, sin nada. El huevo es una maravilla”. A ver quién era el guapo que le llevaba la contraria.

Nos recibió en su apartamento alquilado frente a la playa de Mijas, en la costa de Málaga. El mar y la luz se colaban hasta la cocina. Estaba escribiendo algo, a mano, el folio sobre una tablilla, de espaldas frente a la ventana y, al levantarse, se alzó ante nosotros un gigante místico. Una calavera animada por el aura de sus cuatro pelos blancos y el fulgor de sus ojos azulísimos. Puro hueso y espíritu. Pero espíritu enamorado. Fue lo primero que quiso decir. Pregonar su devoción a su esposa —“mis ojos, mis oídos, mis manos. Por ella vivo; sin ella, estaría muerto”—, con la que acababa de escribir Cuarteto para un solista (Plaza y Janés, 2011), una especie de testamento de su visión del mundo, del hombre y de la vida.

Luego nos embarcamos en una conversación río. Se le preguntara lo que se le preguntase, volvía por meandros inverosímiles a la esencia de su pensamiento. Somos naturaleza. Estamos jugando con fuego. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe. Entre su sordera y su verborrea y mi torpeza y mis nervios, creí, ilusa y soberbia, que tendríamos que repetir el encuentro para poder entender aquel torrente. Cuánta ignorancia. Al oír la grabación, ahí estaba todo. Todo Sampedro. Un tesoro sencillo, compacto, brillante sin estridencias, como el acero viejo.

Al despedirnos, en el rellano de su puerta bautizado por él como “calle de la República”, escogió, entre todos, el ascensor como el mejor invento del siglo XX. Y del XXI. Quizá porque las escaleras de su casa le impedían bajar más a menudo de lo que quería a la arena de la playa que veía desde su ventana. Se conformaba, decía, con ver a los gorriones picar las migas del chiringuito. Así se consideraba. Un ave de paso. Un río que siempre es el mismo y siempre es distinto. Su única ambición, nos dijo, era morirse sin molestar a nadie. Así ha sido. Nos enteramos ayer de su muerte cuando Sampedro ya era polvo. Pero polvo enamorado.


Autora: Luz Sánchez-Mellado, reportera, entrevistadora y columnista, es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Autora de ‘Ciudadano Cortés’ y ‘Estereotipas’ (Plaza y Janés), centra su interés en la trastienda de las tendencias sociales, culturales y políticas y el acercamiento a sus protagonistas.

Por qué leer Ulises

La literatura no es un entretenimiento, sino una experiencia. Pisar la cima de la obra de Joyce nos permite contemplar los abismos sobre los que están suspendidas nuestras vidas

Rafael Narbona

Un 2 de febrero de 1922 se publicó Ulises, una de las cumbres más inaccesibles de la historia de la literatura. Cabe preguntarse si hay razones que justifiquen el penoso esfuerzo de escalar por sus páginas, sorteando misteriosas analogías, aberraciones semánticas y sintácticas, premeditadas negligencias, ironías maliciosas, y, sobre todo, avalanchas de palabras perversamente entrelazadas o discontinuadas. ¿Es Ulises «una idiotez» que provee a los críticos de los enigmas necesarios para perorar sin descanso, como llegó a decir Borges en una conversación privada con Bioy Casares, o un feliz laberinto gracias al cual comprendemos que somos lenguaje, logos, dialéctica, juego, palabra que se expande y se contrae, interrogándose sin fin sobre sus límites y posibilidades?

Ulises es una idiotez, si por tal entendemos los arrebatos de extraña y gélida lucidez de esos idiotas («fools«) de las tragedias de Shakespeare. Los idiotas del dramaturgo inglés explican la realidad desde la perspectiva de una mente enredada en paradojas, antítesis, paralogismos y delirios. Su clarividencia brota de su capacidad de fracturar la razón. Podemos decir algo similar de Ulisesuna pirueta irreverente contra los ídolos del pensamiento lógico. Frente a la noción de causa, Joyce opone el imperio del azar. Frente al principio de identidad individual, las máscaras sucesivas por las que transita el ser humano. Frente al tiempo lineal, la circularidad infinita, que destruye las distinciones entre pasado, presente y futuro.

Ulises es un laberinto. Logra una y otra vez que nos perdamos en sus meandros, pero cada extravío constituye un hallazgo, casi una teofanía sobre el poder del lenguaje para crear sentido y a la vez destruirlo con ferocidad. Creo que ningún escritor ha usurpado el lugar de Dios de una forma tan perfecta, pues Joyce primero nos muestra el Edén, con las palabras desprendiendo luz, y luego nos expulsa de él, arrebatando al lenguaje su poder clarificador. Nos deja entrever el paraíso de lo inteligible, una ficción que solo existe como ideal, y después nos sumerge en lo ininteligible, lo verdaderamente real.

‘Ulises’ no es solo lenguaje. También es historia y una epifanía

No es una simple reflexión filosófica, que invierte el significado del mito platónico de la caverna, sino una profecía: la cultura occidental se aproxima a su ocaso y el arte solo puede certificar ese desenlace. Ya no se puede afirmar que el papel del arte es conocer y expresar la verdad, pues la verdad es un espejismo, un fetiche podrido. Así lo entiende Joyce tras la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. Aunque vivió la contienda desde su exilio en Suiza y cuando le preguntaron por ella respondió con aparente desinterés («sí, algo he oído»), Ulises es un despiadado retrato de la decadencia de un continente incapaz de sacudirse el virus nacionalista y la superstición religiosa. Así lo comprendió Ezra Pound, tan clarividente como incorrecto y uno de los mayores promotores y exégetas de la obra.

Ulises no es solo lenguaje. También es historia y una epifanía. Viene a anunciarnos una mala nueva: que la vida es un desgraciado accidente, la broma siniestra de un demiurgo torpe y bárbaro, una enfermedad a la que absurdamente nos obstinamos en buscarle un sentido. La tragedia del ser humano en el umbral del siglo XX es que ya no tiene una Ítaca a la que regresar, ni una fiel Penélope que le espere, animándole a dejar atrás las regiones más inhóspitas. El 16 de junio de 1904 en Dublín -el Bloomsday- no es una fecha más, sino el punto de no retorno de una Europa sin otro horizonte que el barro de las trincheras.

Se ha dicho que Ulises es un ejemplo de realismo psicológico extremo, pues reproduce la inmediatez de la conciencia en su flujo natural, libre del corsé de la gramática y la razón, pero Leopold Bloom, esa especie de judío errante que deambula por el dédalo de la fantasía homérica y cuyo paladar se embriaga con «el sutil sabor de orina levemente olorosa», no es un hombre común, sino uno de esos bufones de Shakespeare capaces de apreciar la belleza y a continuación pisotearla. Tras leer en una letrina un relato premiado, lo utiliza como papel higiénico, pues entiende que es un ejemplo de la impotencia del arte para erradicar el mal o el absurdo. Joyce narra este incidente en el capítulo cuarto de los dieciocho de Ulises. Antes de prescindir del andamio que forjó con materiales de la Odisea, lo tituló «Calipso», la ninfa que retuvo a Ulises. ¿Por qué? Porque Calipso, hija de Atlas y reina de la isla de Ogigia, logró mantener a su lado a Ulises durante siete años, prodigándole toda clase de placeres: comida exquisita, bebida deliciosa, placer sexual, paisajes exuberantes. Esos siete años simbolizan la búsqueda de placer y satisfacción que Kierkegaard describió como «etapa estética».

Joyce no propone ninguna conclusión. No es un moralista. No pretende enseñar nada

El arte, la literatura, la belleza, simbolizados por ese relato que Bloom lee en una letrina, nos mantienen en un limbo de sensaciones gratificantes, pero se trata de una ilusión fraudulenta, pues el placer estético solo es un fino barniz que oculta un doloroso vacío. Leopold Bloom comprende el engaño, descartando avanzar hacia la ética o la religión, las etapas que Kierkegaard propone como fases sucesivas hacia la verdad. Más allá del arte, no hay nada. Dios y el Bien solo son falacias. Por eso Bloom, un agente comercial con una existencia ingrata y anodina, asigna al cuento premiado un destino degradante. Es su forma de romper con el embrujo de Calipso, iniciando el viaje de regreso hacia un hogar que ya no existe. Su gesto evoca la nostalgia de Atenas, un sentimiento que palpita en el inconsciente colectivo de Europa. La añorada polis ya solo es una colección de ruinas, pero pervive el anhelo de peregrinar a ella.

Leopold Bloom no reconoce otra patria que el desarraigo. Sabe que no pertenece a ninguna parte. Cuando en el capítulo doce se topa en un pub con un Ciudadano que agita la bandera del patriotismo irlandés, experimenta el mismo malestar que Ulises ante Polifemo. Sus consignas le resultan tan hirientes como las rocas lanzadas por el gigante. El capítulo quince –para muchos, el corazón de Ulises– es una apoteosis del lenguaje como referencia insustituible de la experiencia humana. La novela –o, si se prefiere, la anti-novela- de Joyce comienza a mirar hacia dentro, utilizando aspectos de capítulos anteriores. No le interesa ser un espejo del mundo, sino un eco de su propio existir. Lenguaje que se alimenta de lenguaje, palabras que denotan otras palabras, símbolos que se nutren de otros símbolos.

El capítulo dieciséis refleja el desencanto de Bloom. El estilo incurre deliberadamente en un tedioso prosaísmo preludiando el capítulo diecisiete –el preferido de Joyce-, una epopeya de la mediocridad donde la memoria se pone en marcha mediante un objeto nauseabundo: un trozo de uña del pie. En ese ejercicio de memoria involuntaria, queda muy claro que Ítaca no es la patria anhelada, sino un lecho que desprende el hedor del adulterio. El último capítulo –el dieciocho, una alusión paródica a los dieciocho escenarios de la Odisea– incluye el célebre monólogo de Molly Bloom, una confusa divagación que oscila entre las cuestiones domésticas y un erotismo desinhibido. No es Penélope, sino una mujer infiel que vive hundida en la insatisfacción y que no ha logrado superar el espanto de perder un hijo. Aunque engendró otra hija, se pregunta qué sentido tiene arrojar al mundo seres abocados a disiparse en el olvido. Bloom también sufre por la hija perdida, pero su intento de ejercer una paternidad vicaria sobre Stephen Dedalus fracasa tristemente. No ya de una forma épica, sino sin grandeza, como sucede con todo lo que acontece en el siglo XX.

Su novela nos muestra cómo sería el mundo en ausencia de ese idealismo metafísico exaltado por Platón, san Agustín y Pascal

José María Valverde, espléndido traductor de Ulises y un gran estudioso de la obra de Joyce, afirma que la novela debe leerse como un desnudo integral. Del cuerpo y del alma, pues el libro –según apuntó su autor- reproduce los ciclos de nuestro organismo y escarba en los estratos más profundos de nuestra conciencia. Joyce no propone ninguna conclusión. No es un moralista. No pretende enseñar nada. Solo le interesa divagar por la selva del lenguaje, explorando sus frutos. Joyce no busca a Dios, ni sueña con formular una moral. Solo nos muestra que la palabra acaba autodestruyéndose, tras comprender que es inútil como forma de comunicación. Bloom durmiendo al lado de una esposa adúltera que ya no mantiene relaciones sexuales con él es una excelente metáfora del fracaso de las relaciones humanas. La civilización europea sufre convulsiones agónicas porque cada vez hay más vidas como las de Gregorio Samsa y no se atisba otra alternativa que un gregarismo embrutecedor.

Leopold Bloom es un autorretrato paródico de Joyce, pero sobre todo es una radiografía de la condición humana en los inicios del siglo XX. ¿Y qué muestra esa radiografía? Que el fascismo y el comunismo prosperan porque ofrecen una identidad sólida a masas de excluidos sin rostro. «Nadie» ya no es tan solo el nombre que se atribuye Ulises para engañar a Polifemo, sino el de una humanidad sin atributos. Lo biológico ha aniquilado lo espiritual. Para Joyce no es una desgracia, pero su novela nos muestra cómo sería el mundo en ausencia de ese idealismo metafísico exaltado por Platónsan Agustín y Pascal.

¿Por qué leer Ulises? Por la misma razón que alegó George Mallory cuando le preguntaron por qué quería escalar hasta la cima del Everest: porque está ahí. La literatura no es un entretenimiento, sino una experiencia. Pisar la cima de Ulises nos permite contemplar los abismos sobre los que están suspendidas nuestras vidas: el lenguaje, el tiempo, la psique, los falsos absolutos, el cuerpo, la historia, el espacio, el sexo. Podemos aplazar el reto o incluso descartarlo, pero nuestra mirada se perderá una de las perspectivas más asombrosas que han brotado del ingenio humano.


Publicado en «El cultural» del diario El español.

Estrellas


Había llovido cada uno de los últimos días del mes de Junio. No era raro, pero sí era distinto a otros años. Sabemos que todos tenemos que actuar y estamos hartos de que en los medios nos llenen la cabeza de mensajes sobre el cambio climático. Así que, pienso que la humanidad no está haciendo lo suficiente, porque seguimos hablando de lo mismo día tras día, y comprobando los estragos de nuestra falta de sensibilidad en imágenes lamentables que nos llegan de cada rincón del planeta. Y la climatología nos está escupiendo directamente a la cara por imbéciles.

Sueño con la bola blanda de un mundo azul, formada fundamentalmente por agua, como nuestro cuerpo. Pequeños puñados de tierra con frondosos bosques y caudalosos ríos aparecen aquí y allá flotando en él. No caen al vacío gracias a la fuerza de gravedad que, como un ángel de la guarda, los protege. Sueño con el alto azul inmenso en el que flota nuestro mundo azul. En realidad, no sé muy bien si flota, si anida o en el que se ancla, pero sí sé que en las noches oscuras el cielo azul se llena de estrellas y yo, como mucha más gente en el planeta Tierra se para mirarlas, para contarlas, incluso se les piden deseos, y los más estudiosos, pues eso, se dedican a la astrofísica para que las reconozcamos por sus nombres propios. Alguien muy sabio y anterior a nosotros, o sea, hace miles o millones de años, les regaló un nombre para que los vecinos del sistema solar pudiéramos entendernos mejor y disfrutar de su luz, de su misterio y de contemplar su belleza o interpretar los mensajes que nos hacen llegar mientras navegan a años luz de nuestros ojos.

Y solía amanecer encapotado. No hacía falta levantar la cabeza para mirar al cielo y ver la inmensa marejada de nubes negras que se desplazaban a diestro y siniestro según por dónde les daba el aire. Yo miraba al suelo gris y mojado de sonrisa triste y me tomaba un café para poder superarlo. Es un decir, pero sí, a veces es aburrido no ver el sol, no es que vayas a hacer nada especial, porque sigues escuchando la radio por la mañana mientras atiendes el trabajo de casa o sales a ganar el pan de cada día fuera o vas a llevar los niños al colegio, o a ayudar a tus padres que se están haciendo mayores y necesitan que alivies sus pequeños problemas de cada día. En fin, que no es oro todo lo que reluce. Pero, seamos sinceros, la luz es vida y la del sol es alegría, esto dicho con todo mi respeto a los que han estado sufriendo este último tiempo temperaturas de un sol ardiente que apretaba el mercurio de los termómetros hasta casi conseguir que se desbocara como la pasta de dientes cuando se lavan los dientes los pequeños de la casa.

Pero no cedían nuestros intentos de salir una noche con los telescopios, las cámaras fotográficas y trípodes, con las linternas y por supuesto con el pícnic para ir a ver las estrellas y la luna, la vía láctea y los planetas de nuestro sistema solar: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón (bueno, tampoco es para tanto, es que me sale de carrerilla). Se ve que algo me ha quedado de los años de colegio. Todavía no se habían incorporado Plutón, Ceres y Eris que se descubrieron más tarde.

Era de día cuando llegamos a la zona de avistamiento. La tarde espléndida prometía mucho, quizás había sido el mejor día de todo el verano. Hoy brindo por los organizadores. Se colocaban y se calibraban los star-trackers, telescopios, prismáticos, telescópicos y se preparaba la “farimerienda” (merienda-cena). Enseguida el atardecer nos regalaba con la visión de Venus. Rápidamente, conquistamos la Polaris y nos situamos para reconocer con el puntero de láser las constelaciones, estrellas y otros muchos elementos ambulantes a nuestro alrededor.

¡Apasionante!

Llegados a este punto y mientras escuchábamos a nuestro querido experto astrofísico las más interesantes explicaciones in-situ, os imagináis que no hacíamos otra cosa nada más que empaparnos del conocimiento que tan generosamente nos regalaba. Así, embelesados, nos encontraban las horas que pasaban, casi sin darnos cuenta.

La luna de agosto se escondía tras una alta colina que nos impidió disfrutar de ella desde nuestra zona de avistamiento en Artikutza. Sin embargo, sí pudimos verla desde los coches, cuando volvíamos a casa. Incluyo la fotografía de Victor Bolea, gran fotógrafo y amigo, para dejar constancia de uno de esos momentos vividos, mágicos e inolvidables.

Sueño con volver a ver las estrellas y los planetas y a esos amigos con los que se comparten estas locuras.

Os dejo con el poeta Julio González Alonso a quien tanto admiro. Su obra y su ser son interesantes. Enlace a su página web: lucernarios.net


Luna de agosto

Te miras en la noche
y  te mira el día
y a tu rostro de luna
luna
asoma la sonrisa.

En los ojos zarcos
de las aguas frías
reposa la belleza que enamora
tu mirada limpia.

Tú subes
a sus cielos
con rubor de niña, piel naranja
de tacto adolescente,
blancor desnudo
de amor de novia enamorada
desvestida
de jazmines derramando sus aromas
por los jardines en sombra,
galanteo del aire,
brizna
de celos al arrullo de las olas
que besan las orillas.

La noche de agosto te corteja
y acompaña de estrellas
la luz de tus pupilas.

Cantan los grillos, los relojes
marcan las horas en las plazas
y suspiran los hados
de la buena fortuna.


Autor: González Alonso
Fotografía: Victor Bolea

Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

Con emoción y mi agradecimiento más sincero a mi amiga Isabel por este Texto, en relación a mi último libro publicado «Cuerpos Acantilados».

Transcribo:

Hoy dejo paso en este deambular mío por los caminos de la buena poesía a la gran amiga y poeta María Jesús Beristain. «Cuerpos acantilados» es su segundo poemario («Apuntes de salitre» era el primero, también editado por Vitruvio) y del que pudimos gozar de su presentación el pasado mes de febrero vía online en www.nuevoateneoonline.com y que podemos seguir actualmente en la plataforma de Youtube.

Si intensa y pasional fue su primera obra, si ya no nos dejó indiferentes su elegancia y madurez poética, no podíamos esperar menos de CUERPOS ACANTILADOS, libro que comienza citando unos versos de José Hierro que ya nos preparan para los que han de venir: «Imaginar y recordar/ Hay un momento que no es mío / …»

El libro está dividido en dos apartados: «Alma de blues» y «Clamor». En el primero de ellos alterna o integra —según los casos— la prosa poética con el verso y es el mas amplio en títulos. La poesía de María Jesús es el cuerpo del acantilado sobre el que las olas de la vida rompen con la fuerza de una resaca emocional, pero también arena en la que el mar se remansa. En ella, el recuerdo, la experiencia, y el amor, son faros confesionales que evitan naufragios. Con su voz de mar, su lenguaje desnudo, su hondura y autenticidad, María Jesús Beristain ha logrado que «Cuerpos acantilados» sea un libro de imprescindible lectura. De ahí mi recomendación.

Querida María Jesús, alma de blues, enhorabuena, mucho éxito, y gracias por este maravilloso libro.

Comparto dos poemas:

LITORAL

No dejaré que me deslumbre la luz
del imposible,
ni su queja, ni su congoja,
ni el valor de su palabra escrita
en los márgenes de cualquier poema.

Vivo
como litoral errante,
aquí y ahora,
en la voz desgarrada de la palabra libertad,
y sangro salitre entre las altas crestas
y la tragedia de los bajos fondos
del mar y sus silencios.

MIGRACIÓN

Llevo una herida que no sangra,
a veces duele dulcemente
cuando me miro en los espejos
y pienso que la vida es solo un capítulo
breve de algo que nadie entiende,
a veces duele sin compasión,
tiñe el día con el color plomizo
de las bombas agazapadas
entre las ruinas de la memoria
y se hace difícil respirar.
Llega otro amanecer batiendo aguas;
niños solos, mujeres, hombres
que lamen las costas, las rocas,
las playas hoyadas por el hambre,
sucias de sol y soledad.

La muerte acecha y jirones de banderas ondean lacias
por los pasillos y salones en fiestas de guardar
entre baúles y ataúdes de abrazos abandonados.

María Jesús Beristain es autora de un interesantísimo blog (MJB Literaria / mjberistain.com). Si no habéis tenido ocasión de visitarlo os recomiendo que lo hagáis; en él encontraréis su pequeño-gran mundo artístico, el personal, como núcleo de su creatividad tanto literaria como fotográfica, así como el mundo artístico de otros autores. Toda una joya. Según su autora «mi blog es como el diario que no escribo».

Gracias, mi querida amiga
Isabel Fernández Bernaldo de Quirós


Gil de Biedma

Jaime Gil de Biedma es uno de mis poetas de culto. Leo y releo sus textos, su tormentosa y corta vida poética y sin embargo de tal intensidad… —no es el único, pero sí muy interesante para mi—. He encontrado esta reseña de la reedición de “Las personas del verbo” que dejo entre mis apuntes por si a alguien pudiera interesarle. Ver el texto completo en el Blog Encuentros de Lecturas.


¿Noche aún?
Mas de antemano todo converge hacia el día.
Para exaltar su verano, el Alba, dudosa,
fía su claridad de rocío en tanto pálpito umbrío
bajo el azul, que después —lo sé bien— presidirá.

Canta el reloj. ¿Qué hora es?
La hora de una verdad.

Jaime Gil de Biedma
Poema titulado “Fe del Alba”
 del libro “Retrato del Artista”


El volumen del libro “Las personas del verbo” comprende los libros Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968) y se completa con un apéndice con los Versos a Carlos Barral por su poema Las aguas reiteradas, que incluye seis poemas dedicados a su amigo.

La mayor novedad de esta reedición es el prólogo de James Valender, algo más de 30 páginas que constituyen un intenso e indispensable análisis de la poesía de Gil de Biedma, un poeta esencial en la literatura española de los últimos cuarenta años. Hay además en ese estudio introductorio una visión global de la evolución armónica e integrada de los tres libros que constituyen Las personas del verbo y una explicación contundente de las razones que le llevaron a dejar de escribir poesía después de los cuarenta años.

“En el campo de la reflexión ética – señala Valender en su prólogo- su actitud difícilmente podría ser más trangresora. De hecho, junto con Cernuda, y siguiendo la tradición crítica de figuras como Baudelaire, Nietzsche y Proust, el autor de Poemas póstumos es uno de los grandes moralistas que ha tenido la lírica española moderna: sus implacables indagaciones en la conducta humana, sus despiadadas exploraciones del trato que cada quien establece consigo mismo y con los demás, permiten muy pocas ilusiones al respecto, al revelar un panorama de egoísmo, de inconsciencia y de hipocresía del todo desolador.”

La búsqueda del tono, de una voz propia, le plantea un reto a Gil de Biedma. Su preocupación poética es conseguir una modulación expresiva en la que se reconcilien el lenguaje hablado y el lenguaje poético y para ello tuvo muy presentes los modelos de la poesía moderna francesa, de Gérard de Nerval a Baudelaire, y de la lírica inglesa de Wordsworth, Browning, Yeats, Eliot o Auden.

Browning o Tennysson, y después Pessoa, Eliot o Borges crearon personajes para atribuirles otra vida, para explorar otras dimensiones de lo humano. Gil de Biedma tuvo bastante con ese complejo personaje que se llamaba Jaime Gil de Biedma, con el que practica un juego de espejos, de ironía y de máscaras. Eso explica – para empezar- el título que el autor elige para su obra. Esas personas que viven en el poema y a las que se refería al sesgo en su conocida declaración: “Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.”

Al integrarse en esa tradición, que es en gran medida también la de Luis Cernuda, el autor de Las personas del verbo se suma a la llamada poesía de la experiencia, entendida no como mera imitación de la realidad, sino como el simulacro de una experiencia.

Hay un artículo de Gil de Biedma, “Como en sí mismo al fin”, que está recogido en El pie de la letra, su volumen de ensayos, y que debería figurar como prólogo o epílogo de cualquier edición de su poesía. Allí se pueden leer estas líneas:

“Un poema moderno no consiste en una imitación de la realidad o de un sistema de ideas acerca de la realidad – lo que los clásicos llamaban una imitación de la naturaleza-, sino en el simulacro de una experiencia real.”

“Lo que pasa en un poema- declaraba Gil de Biedma en una entrevista – jamás le ha pasado a uno. Como decía Auden, los poemas son anteproyectos verbales de vida personal.”

De algo parecido hablaba Miguel J. Flys cuando se refería a la biografía espiritual adulterada de Cernuda en la primera edición de La realidad y el deseo.

Y como en Cernuda, encontrar una voz personal es sobre todo cuestión de tono. Encontrar ese tono, modular la voz que habla en el poema es, junto con el desarrollo rítmico de su unidad melódica, la clave de un buen texto poético.

Y esa es también una clave esencial para ver su evolución: la búsqueda y el desarrollo de esa tonalidad. Si Compañeros de viaje es la historia de una despertar, el viaje a la madurez vital, Moralidades representa su madurez poética, el logro de ese tono que se proyecta en Poemas póstumos sobre la conciencia del tiempo y la pérdida de la juventud.

A partir de ese momento muere el personaje, es decir, calla el poeta. Ahora, veinticinco años después de que Gil de Biedma dejara de escribir, se reedita este libro fundamental en el que se siguen mirando muchos lectores y muchos poetas jóvenes.

Autor del texto Santos Domínguez

Intento eternizar lo huidizo


… Lo decía Peter Handke en su «Poema a la Duración»

Era el año 1991 cuando conocí su obra. Desde entonces lo leo de vez en cuando porque me mantiene en esa duración que es la vida como un despertar. Se dijo entonces en su presentación (El País Año VII, Nº 305) que se trataba de una poesía meditativa, reflexiva, que razona y celebra al mismo tiempo, de lenguaje sobrio, nada aparatoso, nada especialmente lírico, y que busca explicar desde varios ángulos el contenido y el sentido de una experiencia singular y profunda.

El que no ha sabido lo que es la duración es que no ha vivido —dice en el prólogo del libro Eustaquio Barjau quien también se ha ocupado de la traducción—. La felicidad no es algo que pueda venirnos de la voluntad, es muchas veces algo que está muy cerca y de lo que pasamos de largo por no haberlo advertido, una gracia imprevisible, huidiza; algo a lo que solo cabe responder con una actitud y un modo de vida que pueda favorecer su llegada. Dice él mismo: El Poema a la duración es una obra que puede —no se sabe si pretende— producir un efecto saludable en un lector atento y empático. En definitiva, una de las posibles funciones de la literatura.

Algunos versos… al azar:

Quería meter la cabeza en la hélice del barco,
del mismo modo, como una vez quise meter la cabeza
por el cristal de la ventana de un mirador;
de esta forma quería apartarme de la belleza,
de la tierra, del paraíso,
de la ciudad santa, del amor engañoso.
Y este estado no pasó.
El resto del viaje seguí estando ausente,
con los ojos abiertos de par en par, de tristeza;
el corazón, un tic-tac de debilidad maligna,
un espíritu de vida, como tantas veces, trabajando,
en mi rincón cotidiano,
inclinado sobre las palabras,
las denominaciones originarias,
las proto-palabras del hijo del hombre;
«la Tierra, la madre total», «la sonrisa innumerable de las olas del mar» …

Una vez más lo he sabido
el éxtasis es siempre demasiado.

La Duración no está vinculada al amor de los sexos.
Puede de la misma manera,
envolverte en el amor que ofreces ininterrumpidamente a un hijo;
y allí no necesariamente en las caricias,
pasándole la mano por la cara, besándolo,
sino, una vez más,
solo dando un rodeo por las cosas que no tienen importancia.

La duración no desplaza,
me coloca donde debo estar,
Saliendo de la luz del foco del diario acontecer,
huyo decidido al incierto campo de la duración.

Ocurre la duración
cuando en el niño,
que ya no es un niño
—tal vez ya un anciano—,
reencuentro los ojos del niño.

La duración no está nunca en la piedra imperecedera
de tiempos remotos,
sino en lo temporal,
en lo maleable.

Lágrimas de la duración, ¡tan poco frecuentes!
lágrimas de alegría…

Concluyo con unos versos que hice míos a lo largo de mi vida cuando, en varias ocasiones, he tenido que volver a empezar en destinos distintos.

Y, al fin
Feliz aquel que tiene sus lugares de duración;

ya no será, aunque se haya trasladado para siempre a un país extraño,
sin perspectivas de volver a su mundo,
nadie a quien han expulsado del paraíso*


Peter Handke 

(*) también referido a «su patria»

La mitad de mí


Lo malo de sobrevivir es que consiste en perder tanto como ganas. Lo malo de ir avanzando es todo lo que dejas atrás. Llegas a cualquier parte y el sitio del que saliste empieza a parecerte mentira.

Separarse de algo es como partirse por la mitad, te convierte en dos personas diferentes, una que se queda con su propia historia, con los recuerdos; tuvo amigos y quizás enemigos, escribió algún libro, viajó bastante por ciudades de otro tiempo, estuvo a punto de morir dos veces, alguna tarde conoció a Lou Reed…

Y la otra parte que no tiene nada, pero que se ha quedado con su nombre, con sus libros, con su casa, con sus dudas…

Y ya vale para empezar de cero y no querer ser la parte de nada.

Quizás escriba alguna vez sobre algo que la otra parte dijo que soñó una noche: estaba en un lugar desconocido y había una tormenta de nieve: la vio caer durante horas, tal vez durante años; la vio tomar las calles y los tejados, acumularse poco a poco sobre sí misma; al fin salió el sol y al deshacerse la nieve apareció debajo una ciudad distinta, un mundo nuevo, más limpio, idéntico a un poema sin tachaduras o a un cuerpo sin cicatrices…


variaciones sobre texto de Benjamín Prado
fotografía@mariajesusberistain

Fruta madura


La fruta madura es más jugosa y tiene más aroma que en agraz,
el vino envejecido más matices y más intensidad,
la cadencia es el alma del poema,
La palabra decadencia invita a aferrar la mano amiga,
al abrazo apretado, a una pasión de otoño,
a apurar el jarro de la vida hasta quedar ahítos,
exahustos de belleza,
sin sed de más vivir.

Autor Gervasio Alegría


Belleza y Decadencia

¿Es posible que coexistan belleza y decadencia?.

Pienso mientras voy recogiendo del suelo pequeños pétalos de estas flores, casi marchitas.

¿Qué encuentro en ellas que me hacen dejarlo todo y buscar mi nikon para dedicarles unos minutos antes de que vuelvan a la tierra que un día dio vida a su belleza…?

No busco nada, solo observo, ellas me hablan. Algo quieren decirme antes de entregarse a los brazos de la muerte. ¿Qué fue de sus jugosos labios rosados, de su intensa mirada azul, del verde esperanza de sus ropajes? Respeto su momento; su duelo. Respeto el duelo de su estética; sus venas arrugadas, su carmín descolorido, las ocres puntillas rematando sus galas de ceremonia, sin transparencias.  Respeto el gris destello de sus incertidumbres, su débil respiración entrecortada, sus vagos movimientos rozándose en silencios trascendentes. Su mirada opaca evocando lo efímero, la fugacidad de todo…

Pero no existe deterioro en sus almas.
Viven el capricho de una nueva realidad, más sutil, más delicada, más despaciosa…

Schopenhauer defendía que en la contemplación estética el sujeto, frente al espectáculo que tiene ante sí, puede escaparse un momento de los sufrimientos de su existencia.

Y termino con una frase que recuerdo de un artículo de Tania Marrero:

«La decadencia solo es el epílogo de la contemplación de la belleza sublime.»


@mjberistain


La clave del Ambigú

Incierto, elusivo, evasivo, equívoco, ambivalente, indeciso, enigmático, dudoso, turbio, ambiguo, oscuro, inquietante, mitad higo, mitad pasa, ni carne ni pescado, cogido por los pelos…


Las tres nos miramos con cara de póquer cuando a alguien se le ocurrió pronunciar la palabra “ambigú”. Cualquiera sabía a estas alturas que el vocablo estaba relacionado con “ambiguo; con ambigüedad”, así que durante unos minutos nos divertimos, frente a un vinito blanco y unas patatas fritas, desvariando en torno a su etimología. Después de intentar acertar con el origen, la procedencia y los usos que se le habían atribuido a la palabra en cuestión, decidimos consultar a wikipedia. Nada más lejos de nuestra percepción como definición de algún lugar “cálido, sugerente, vintage, romántico, incluso privado, con cortinajes de terciopelo color vino y jarrones de cristal y oro, propicio para el placer y el erotismo…”.

Su significado se refería a algo tan prosaico como “comida sobre una mesa”. Por cierto, cogido por los pelos de la lengua francesa, y para más desilusión, de origen desconocido.

Históricamente, ambigú era el nombre que se daba a las zonas reservadas a la “repostería” de los salones de Cine y Teatro en los que se tomaba un pequeño refrigerio durante los entreactos o descansos.

Hablando de repostería… En la Francia del rey Luis XVI fue María Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena, más conocida como María Antonieta y a la sazón esposa del rey, quien con su altanería y sus palabras consiguió levantar al pueblo contra el poder absoluto.

Ella no comprendía el porqué del enfado de su pueblo por no tener pan. “Que coman pasteles”, dicen que dijo…


Artículo de Rosa María Artal

Así, mientras en las tertulias callejeras se comentaba “Pues va la tía y aún dice que comamos pasteles”, los periódicos de la Corte atribuían el disgusto social al catastrofismo sembrado, con muy malas artes, por un grupo radical. Utilizando el catastrofismo, precisamente, como fórmula disuasoria de cualquier cambio inconveniente a sus intereses. Estaban desolados.

Veinte personas de la aristocracia y el comercio poseían tanto dinero como los 14 millones más pobres. Cuesta creerlo, pero así era. En más de 5 millones se cifraban las personas sin trabajo, y lo que costea. 800.000 niños habían entrado en la pobreza desde el aciago día en el que, bajo la excusa de una estrategia a la que llamaron crisis, se habían emprendido “reformas”. Es decir, el eufemismo determinante para quitar de aquí y poner allá, con suma precisión, y aumentar de forma tan insolente la desigualdad.

En poco tiempo el relativo bienestar del que disfrutaba el pueblo se había ido al traste. “Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”, les decían desde la camarilla real y sus extensiones. Por eso, establecieron recargos en farmacia o suprimieron el acceso a la sanidad a una serie de personas, encarecieron el acceso a la enseñanza universitaria, elevaron el coste de poder tener luz, fuego o calor, y de todos los servicios. La precariedad entró en la vida de muchas personas que, aunque tardaron y tragaron lo indecible, terminaron por indignarse. Los voceros de la corte insistían: puro catastrofismo. Suicidio programado. Manipulación de masas de manual, aprendida en lejanas tierras o en los tratados del populismo más atroz, representado por Rousseau, Voltaire y Montesquieu y sus peligrosas ideas.

Arcones en B, nepotismo, condesas diabólicas riéndose de todos, sátiras de látigo y mantilla mintiendo por cada palabra dos veces, el príncipe de los hilillos y los cuentos chinos, el bufón de la tijera, los beatos del rosario y la muerte. Y el empobrecimiento, no llegar a fin de mes, huir, ensombrecer el futuro.

La ira de la turba se plasmó en manifestaciones. Acamparon en la Bastilla, hablando de política, economía o urbanismo. “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, coreaban los muy rufianes con profundo afán desestabilizador. La agresividad llegaba ya a su punto culminante cuando se situaban frente a la casa de un desahuciado por el banco y la ley vigente, tratando de impedir el desalojo. ¡Sentados en el suelo!, vulgares sans-culottes. ¡Haciendo cadena humana mano junto a mano! ¿Se ha visto mayor intimidación? La guardia, lógicamente, los freía a palos y multas para que no siguieran perturbando la paz social.

La maquiavélica mente de los violentos ideó nuevas argucias. Distribuyeron entre las élites del país unos salvoconductos ‘black’ con los que podían comprarse desde champagne o caviar a déshabillés de seda, viajar a lugares exóticos, vivir como Luis y María Antonieta, en definitiva. Derechos de clase. Mediante una pistola en el pecho, obligaron a numerosos nobles a robar a manos llenas de las arcas del reino. Por arriba, por abajo, del derecho y del revés. Con bolsas o carros. A todo pasto. Les empujaron a ir a cacerías, en las que se enfrascaban en rituales de sangre, en el juego y el sexo, todo por sacar unas comisiones millonarias que seguían engrosando sus bolsillos.

Los iracundos provocaron –en sutil maldad– que las dos grandes tendencias de la aristocracia se enzarzaran en las Cortes, acusándose mutuamente del descontento popular. El ‘y tú, más’, tan imaginativo y cargante, fue obra de algún populista infiltrado.

Los grandes maleantes que entraban por fin en las mazmorras salían con diligencia. Tres meses, y a la calle. O no llegaban a entrar, fruto de desimputaciones o indultos. Esta argucia –ideada por los antisistema– fue otro de los grandes hallazgos para inducir a la gente a pensar en una justicia de doble rasero.

Porque, en realidad, ¿de qué se quejaba el vulgo?, ¿cómo pudo prestar oídos al catastrofismo de los populistas? Lo peor fue que, en un supremo acto de inmundicia, esta gentuza decidió manifestar su ira en un puro arrebato de cólera ¡concurriendo a las elecciones! Y la plebe escuchó sus cantos de sirena, alejándose del bien que habían disfrutado hasta entonces. ¡Poniendo en peligro el sistema!

Entre desprecios, negaciones y ninguneos, los más clarividentes entre los cortesanos de élite tienden puentes a negociar con las hordas exaltadas dispuestas a votar lo que no deben. ¿Os vais a arriesgar a las incertidumbres que plantean los radicales? No aciertan a comprender que dan mucho más miedo sus certezas.

María Antonieta y su marido Luis XVI perdieron la cabeza en su forma más textual y expresiva por no saber bien dónde la tenían. Pasa mucho cuando no se pisa el suelo que transita la gente. El populacho hizo los deberes y acabó con el Antiguo Régimen. Luego –angustiado por la libertad– llamó a un Napoleón a apretar las clavijas, lo que no es nada infrecuente en estos casos. Nada volvió a ser lo mismo, sin embargo. Y así una y otra vez a lo largo de la historia. Los tiranos, déspotas, saqueadores, malnacidos, y su séquito de aduladores y cómplices de hoy, no agradecen lo suficiente que los tiempos hayan cambiado

El artista es creador de belleza. Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte. El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza.

La palabra Ambigú ha desaparecido de nuestro lenguaje y ha sido sustituida por la palabra francesa “Buffet”, encontrada en textos de principios del siglo XII. Designaba una “mesa”. En castellano encontramos las palabras “Bufé” y “Bufete”, la primera refiriéndose a la comida que se dispone de una vez sobre una mesa, y también a los locales, como estaciones, en los que el viajero puede comer. La segunda corresponde a una “mesa de escribir” y por extensión al “despacho de un abogado”.


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