He vuelto


Si al empezar 2023 me hubieran dicho que moriría «un poco» en junio, quién sabe cómo hubiera vivido los primeros meses del año. 

Algo similar leía en el comienzo del texto de Julia Santibáñez en su blog Palabrasaflordepiel.com

           Algo ha cambiado en mi cerebro durante estos últimos doce meses. No me da miedo el futuro, es posible que olvidara su significado cuando estuve consciente en una gran nube blanca en el quirófano, tantas horas convencida de que viajaba en una nave espacial hacia el horizonte último del universo. Y todo era tan suave, tan envolvente, tan blanco. Yo solo conocía la palabra «levitar» de oídas y de haberla leído alguna vez en el diccionario de la lengua; la identificaba únicamente con la vida de los santos. Desde luego yo nunca he formado parte de ese grupo, sin embargo, en aquellas horas en las que perdí todo mi «conocimiento» (literal) y desaparecí de mí misma, ahora recuerdo que sentía que estaba cerca de Dios, sin pecado, sin dolor, sin daño.

No me da miedo el futuro. 

He vuelto desde muy lejos, y siento el amor ocupando mis venas con el azul límpido de la gratitud. Llamadme ingenua cuando pienso como una niña que aún espera la Luz, aunque día a día las noticias intenten des-esperanzarme. El mundo continúa con su propia fantasía; el juego de la Guerra. Se extiende como un magma acelerado por el terror dibujando paisajes enfangados de llanto, su objetivo es simple; la conquista del poder absoluto. Solo habrá perdedores.

Alguna vez me han recriminado ser una persona simple, optimista. Quizá. Luis García Montero es uno de mis poetas preferidos desde la infancia. Somos de la misma generación, del mismo año de nacimiento. He crecido con sus letras desde antes de que ganara su primer premio. Como escribe Julia en su magnífico texto. Sin ingenuidad, quiero concentrarme en el optimismo de la voluntad.

Es verdad que hoy hace falta, más que nunca.


@mariajesusberistain

Mi agradecimiento a Julia por la inspiración que me llega desde sus letras.

VIVIR EL TIEMPO QUE ME QUEDA

Catedrático de Neurología
en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York


Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado dos por ciento.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los ochenta años, y esos quince años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba:

“Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto, pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”.

No puedo fingir que no tengo miedo. He amado y he sido amado

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo:

“Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”.

En los últimos días, he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

He sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia, sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado, y he sido amado; he recibido mucho, y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.

Este artículo se publicó originalmente en The New York Times. 
Traducción de María Luisa Rodriguez Tapia.


Artículo relacionado de ROSA MONTERO

Lo más conmovedor del artículo en el que Oliver Sacks anuncia su cáncer terminal y su próxima muerte es la modestia del tono, la falta total de engolamiento. El yo, que ocupa tantísimo espacio en nuestras vidas, tiende a tomarse todo lo que le afecta bastante a la tremenda, y desde luego la propia muerte es el acontecimiento mayor de la existencia, así que todos los textos semejantes que he leído con anterioridad sobre la propia finitud, por muy bellos que fueran, tenían siempre un toque de épica, un añadido de lírica, un no sé qué candente de emoción apenas contenida. El artículo de Sacks carece de todo eso; en realidad, es casi ramplón. Y eso es lo que lo convierte en algo único y formidable. Esa es la verdadera voz del héroe, el verdadero mensaje del sabio. Nos dice: Soy poco, sentí y viví todo lo poco que fui con intensidad, sé que es hora de irse. “Donde yo ahora estoy, tú estarás”, vaticina una clásica inscripción funeraria presente en muchas lápidas. El artículo de Sacks, con su sencillez, sirve de espejo. Señala esa desnuda continuidad de vida y muerte y vida.

Siento que su próximo fin es el de alguien cercano. Le he leído tantos libros, esos magníficos trabajos sobre las rarezas de la mente. Verdaderos viajes a los extremos del ser, como Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Él mismo tuvo graves problemas neurológicos o quizá neuróticos; lo cuenta en alguno de sus libros, ya no recuerdo cuál. Dolores de cabeza inhabilitantes, cegueras y parálisis momentáneas. Seguramente ese sufrimiento personal le hizo más apto para comprender el sufrimiento de los otros. A fin de cuentas, todos somos raros de una manera u otra. Esa fue la gran aportación de Sacks: la convicción de que todas las rarezas son normales. Y la celebración constante de la vida, del misterio de la vida, de la fuerza de la vida para adaptarse a todo, para crear un mundo a la medida de tus posibilidades. Ahora, fiel a sí mismo, Sacks nos demuestra que también podemos adaptarnos a la certidumbre de nuestra muerte inminente. Es un ejemplo precioso y tranquilizador, aunque no sé si yo seré capaz de seguir su estela.

Ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, es consolador y relajante

Desde todos los puntos de vista, del más convencional al más personal, Oliver Sacks parece haber tenido una vida de rotundo éxito. Es famoso, es rico, es respetado, es querido, es conocido en todo el mundo, sus libros se venden a millones. Y ha alcanzado la aceptable edad de 81 años, quizá un momento perfecto para despedirse, antes de que la vejez hinque demasiado profundamente los dientes. Pero, enfrentada a la muerte, toda vida, hasta la del personaje más glorioso, se encoge hasta mostrar su microscópica dimensión real. Polvo y cenizas. El barroco español, atormentado por la finitud, llenó los cuadros de calaveras para recordarnos esa nadería, esa futilidad de la vida humana. ¿La pompa del emperador dueño del mundo? Puro espejismo; por debajo del sombrero adornado con plumas de faisán está el pelado cráneo amarillento. Que también acabará desintegrándose. Ya se sabe que nuestra vida es apenas una minúscula gota en el mar del tiempo. En realidad, y si lo piensas bien, ese ejercicio de modestia, tan raro en los humanos, que estamos llenos de pretensiones espectaculares sobre nosotros mismos, es consolador y relajante. Si nuestra vida entera, vista en términos globales, es una fruslería, las angustias por las que perdemos la cabeza, el corazón y el resuello cada día son verdaderas necedades. Deberíamos poner más calaveras barrocas en nuestro entorno y vivir más conscientes de nuestra nimiedad.

Esa modestia es la que llena de luz el texto de Oliver Sacks. Me encanta especialmente cuando dice que se siente liberado de muchas cosas, y que en las semanas o meses que le queden de vida no va a ver más informativos de televisión ni va a preocuparse más por el cambio climático. Y no porque no sea importante, sino porque ya no le incumbe. Él está en otra cosa: en la vida esencial, una vida básica de célula, de animal gozoso de sentirse vivo. Es una observación desternillante: ¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de no ver más los aterradores telediarios, de cerrar los ojos al dolor y al miedo y volver a ser un inocente niño bajo el sol? La vida también pesa. Tal vez el miedo que le tenemos a la muerte no sea más que otro de esos desquiciados, desordenados miedos que apesadumbran absurdamente nuestras vidas. Sacks navega hacia el final libre de carga, marinero de un barco diminuto.


STALKER

«Geoff Dyer habla de ‘la última palabra’ como de aquello que cambia tu manera de ver el mundo y, en su caso,
con Stalker de Andréi Tarkovski descubrió lo que da de sí un viaje con destino a una habitación»

Llega el verano y es tiempo de viajes, de romper con el curso de las cosas, de meterse en otras vainas. Por ejemplo, la de ver de una vez Stalker, la película de Andréi Tarkovski que está ahí desde hace ya demasiados años, a la cola, como esperando que ocurra un milagro (o algo parecido). De pronto, por casualidad —el verano es también tiempo de casualidades—, abres Zona (Literatura Mondadori), de Geoff Dyer, “un libro sobre una película sobre un viaje a una habitación”. Es decir, sobre Stalker. Así que no hay más remedio, e inicias esa tarea siempre postergada. Es una película de culto, para muchos una de las más grandes de la historia del cine, tiene el prestigio de haber abierto nuevos caminos, y todo el mundo sabe que es lenta. Un peñazo.

Dyer recoge enseguida una frase de otro cineasta, Robert Bresson, que se obligaba a recordarse una especie de exigencia: “Hacer visible lo que sin ti quizá nunca se hubiera visto”. Y también se acuerda del proyecto que abrigaba Gustave Flaubert de “escribir un libro sobre nada”, un libro que no tuviera casi tema, o en el que el tema fuera casi invisible. Estas dos referencias son suficientes para saber que ver Stalker es algo que está reñido con esta época que rinde culto a la inmediatez y a la velocidad y a las satisfacciones inmediatas, y que demanda sobre todo entretenimiento. Dyer cuenta que vio la película poco después de que se estrenara en 1979 y que le resultó aburrida, pero explica que muchas de sus imágenes se le quedaron dentro, y que lo empujaron a verla otra vez y otra y otra. Hasta que se encontró escribiendo un libro sobre Stalker. Hay un momento en que dice, cuando los protagonistas inician el desplazamiento en un motorraíl hacia la Zona, que se trata de “una de las grandes escenas de la historia del cine”. Luego afirma que hay otras muchas en la película, así que se obliga a no repetirse más.

Zona es el libro de alguien que explora una gran pasión. Enfrentarse a Stalker no es una tarea fácil, pero compensa. Quizá sea bueno entenderla como lo que es, un viaje, y no sucumbir a la tentación de buscarle simbologías o tratarla como una alegoría. El Escritor y el Profesor se dirigen de la mano de Stalker a un lugar prohibido, y punto. La manera de filmar de Tarkovski, los paisajes en los que te sumerge, los colores, la textura, la inquietud que te traslada: “Siempre está pasando algo o está a punto de pasar o podría pasar”, escribe Dyer. Hay lugares y situaciones que filmó Tarkosvki que parecen anunciar lo que luego fue Chernóbil o lo que quedó tras el derrumbamiento de las Torres Gemelas.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.

Geoff Dyer nació en 1958. Tenía 10 años cuando se produjeron las revueltas de 1968 y poco más de 20 cuando vio Stalker. Comenta que los libros, discos, películas que encuentras después de aquellos momentos tan decisivos de la juventud “no tienen la menor oportunidad de convertirse en la última palabra porque hace ya unos años que escuchaste —o leíste o viste— tu última palabra”. Hay situaciones que te cambian tu modo de ver la vida. Los jóvenes del 68 se socializaron con un proyecto, “la imaginación al poder”; el que lo hace con Stalker entiende las cosas de otra manera. Los personajes se meten todo el rato en distintos charcos, se pringan, avanzan con dificultades camino de esa habitación de la Zona donde su “deseo más íntimo se hace realidad”. Así que saben que, si eso ocurriera, podrían vivir una pesadilla.


SOBRE LA FIRMA

José Andrés Rojo

José Andrés Rojo

Redactor jefe de Opinión. En 1992 empezó en Babelia, estuvo después al frente de Libros, luego pasó a Cultura. Ha publicado ‘Hotel Madrid’ (FCE, 1988), ‘Vicente Rojo. Retrato de un general republicano’ (Tusquets, 2006; Premio Comillas) y la novela ‘Camino a Trinidad’ (Pre-Textos, 2017). Llevó el blog ‘El rincón del distraído’ entre 2007 y 2014.


Fotografía @mjberistain

CONTRADICCIONES


En contra de sus principios, atendió a una llamada de número desconocido en el móvil.

El camarero les propuso aquel día probar un nuevo vermut; un vermut especial, de autor. Aceptaron. Aunque ella hacía unas pocas semanas había decidido dejar de beber alcohol, no hizo un problema de saltarse su propia norma. Disfrutaron ambos de la compañía del otro, y del brebaje oscuro de fuerte sabor a cereza amarga.

Vivía como un reto la aventura que en cada encuentro la situaba al borde de un abismo al que, en principio, no estaba dispuesta a ceder. Exploraba sensaciones; descubría rincones de su ser a los que nunca hasta entonces había prestado atención. Había acumulado una cierta seguridad en sí misma y, francamente, no temía al resultado en el caso de que resultara adverso; en el fondo, Goya lo deseaba. Las propias contradicciones, como jurados de una pugna inquietante, jugaban un papel fundamental en su vida. Se miraba en los espejos, se ponía en jarras frente a ellos con las cejas y los morros fruncidos, en situación de reproche, otras veces se dejaba mecer, sin oponer resistencia, por la dulce sensación de ser admirada por alguien como él. Las diferencias de cultura que ella sentía manifestarse en sus conversaciones se salvaban gracias al carisma y la elegancia del hombre. Sin embargo, ella no cejaba; se resistía por orgullo, aunque reconociera que su relación podría permitirle avanzar en su crecimiento personal e intelectual, más rápidamente de lo que podría de hacerlo por ella misma.

Hacía más de tres años desde que un amigo común les había presentado. Una larga e interesante entrevista. Después, nada. La información, propuestas y facilidades que le ofreció para que se incorporara al círculo de actividades culturales de la ciudad, quedaron archivadas. Algo hubo en su forma de ser, de expresarse, algo en la contundencia de su discurso que, aun pasado un tiempo del encuentro, solo el recuerdo le resultaba inquietante, como una alarma encendida en la noche a la que no tenía el valor de enfrentarse.

A la terraza exterior llegaban, desde el fondo del local, notas sueltas de una música que Janos conocía bien. Había apoyado su guitarra cuidadosamente en una silla a su lado. Era media tarde. El sol se deslizaba perezoso por encima de los tejados de los edificios próximos. Estaba incómodo. Le crispaba no poder disfrutar de la melodía completa que se atascaba cada vez que alguien entraba o salía por la puerta del bar. Intentaba concentrarse en la lectura, lápiz en mano, pero los acelerones del tráfico en el semáforo de aquella esquina y el tono altísimo de las voces de los clientes a su alrededor se lo impedían. Estaba claro que no conseguiría llegar a tiempo a entregar su manuscrito a la editorial antes de que finalizara el día espantoso que ya le estaba minando la moral. Sin embargo, no se movió del lugar, era uno de sus preferidos. Los magnolios estaban cargados y su sombra era el rincón más agradable en días en los que el bochorno invadía los cuerpos. Además, había sido el mayor éxito del día; conseguir allí una mesa disponible. Fue entonces cuando se percató de la presencia de la pareja en la mesa de al lado que, a partir de ese momento, se convirtió en el centro de su atención. Difícil evitar mirar a la mujer, discretamente; aquellas manos cargadas de fuerza y expresividad que jugueteaban con dulzura, a veces con su pelo, otras con un pequeño plástico transparente. Observaba cómo su mirada brillante, quizá por el efecto del vermut, se camuflaba bajo sus párpados en momentos de picardía o de rubor, y se acordó de lo mal que había dormido esa noche. Su cuerpo reventado por las violentas vueltas que no encontraban alivio para la herida de su corazón maltrecho. La huida de su novia, que había desaparecido de su vida inesperadamente, había dejado sobre la cama común un reguero de contradicciones en su mente y un pequeño ramo de flores tristes acompañadas de una nota: «no me busques» anunciando su cruel despedida.

Pasaban los autobuses delante del bar cada cinco minutos. Rojos como el color del calor que se desprendía de los neumáticos al parar, como el color de la fachada descascarillada del bar. Por supuesto que ella conversaba. Aunque era el hombre quien, llevado por la experiencia y habilidad que le presuponía con las mujeres, sobre la mesa de juego proponía temas diversos, salpicados de ocurrentes anécdotas; palabras que nada tenían que ver con el centro secreto de su cita, pensaba Janos. Parecían adolescentes, había momentos en los que ella, con el vaso de vermut en la mano, hacía sonar los trozos de hielo casi licuados, y reía nerviosa cuando percibía la leve maldad de las palabras que la inquietaban. Ella notaba que quizá el vermut la estuviera emborrachando.

Desnuda en el centro de la habitación, se quedó comprobando si la estancia o los muebles daban vueltas a su alrededor. Repentinamente, se sintió sola.

Cada vez estaba más convencido de que aquel empezaba a ser el mejor día de su vida. Una nueva oportunidad para dedicarse a lo que realmente le interesaba; escribir. Quizá lo había descubierto muy tarde, después de pasar años peleándose con su novia que lo esperaba cada atardecer sentada en la cama, llena de languidez, acusándolo de no prestarle atención, y él, sin poder reprimirse, vociferando, amenazándola con que se marcharía a un lugar en el que pudiera concentrarse porque se sentía coartado por ella, por sus caricias y cuidados, interrumpido, cada vez que tenía una nueva idea y ella le impedía desarrollarla. Se levantó de repente, cogió la gran caja negra que contenía su guitarra y la cargó como pudo en la moto para perseguir a la bicicleta en la que se había subido la mujer del vermut, y no le importó saber a dónde lo llevaría. Se había levantado viento y agradeció que una bocanada de viento fresco lo estremeciera.


Texto y fotografía@mjberistain

ANESTESIA


A unos pasos de mí hay una sombra
podría pisar el misterio de su presencia
y esconderme en lo hondo de su espacio

efímero, como lo que hoy escribo
y es pasado entre las líneas temblorosas
que voy quemando, mientras pierdo el miedo
a encontrarme de nuevo con la muerte;

esa luz blanca que me atrapaba
como una canción desnuda
de abrazo lento,
y su grito gris en el umbral del silencio.



@mjberistain


Tiempo inseguro


Era ayer. Estábamos en verano. Las mesas de la terraza exterior estaban llenas de gente. Reconocí su mirada, aunque no sabía de qué color eran sus ojos.

Adentro, quedaba una mesa alta libre al fondo del bar, para tres personas, con una nota que decía que estaba reservada a partir de las nueve de la tarde-noche. Nos quedaban apenas unos minutos para tomarnos una cerveza bien fría que nos ayudara a aliviar los treinta y tantos, casi cuarenta grados de temperatura que marcaba el termómetro en la calle. El día estaba siendo agotador.

Hacía varios meses que no salía de casa por una complicación de salud. A cierta edad las estructuras que han ido deteriorándose a lo largo de la vida, sin que una se dé cuenta, lanzan avisos que le obligan a frenar la actividad durante unas semanas para reconstruirse y recuperar la energía. Aunque se sabe que lo hará en un tono menor, lo cual es una pena, pero la inteligencia dicta que es preciso admitirlo, adaptarse a la situación, y seguir viviendo como si no hubiera un mañana.

Reconocí su mirada, aunque nunca supe de qué color eran sus ojos.

Acercándome hacia el gran ventanal del fondo, un golpe de intuición iluminó su mirada en sombra debido al contraluz. No entiendo cómo me dirigí directamente a él antes de ocupar mi sitio en la mesa de al lado, en la que ya se estaba situando mi amiga. La iluminación de ambiente del bar era escasa, a lo que se añadía la luz del atardecer que entraba desde el exterior formando una cortina de luz neblinosa que me cegaba. Sin embargo, el magnetismo de su mirada me atrapó, y directamente, sin reconocerlo, me acerqué a saludarle.

Sé que en los escasos segundos que me costó llegar a él, fruncí el ceño tratando de recordar de qué le conocía a aquel hombre.

Aún con la duda, a un palmo de distancia, le pregunté:

—¿Es usted médico? —Más que nada porque los últimos meses, como he dicho, era con el único grupo de seres humanos con los que me había relacionado.

Se echó hacia atrás en la banqueta alta que ocupaba de espaldas a la ventana. Estaba acompañado por una mujer. Era posible que, sin pretenderlo, yo me hubiera acercado excesivamente y hubiera invadido su espacio vital debido al ambiente oscuro y ruidoso del local. Aún así, sin esperar respuesta, incidí en el tema aseverando, porque había conseguido acordarme de qué le conocía.

— ¡Es usted cardiólogo!

Sonrió esta vez. —Tampoco reconocía su sonrisa.

— No, —lo negó— soy ginecólogo; cardiólogo es mi hermano gemelo.

Sé que, de nuevo, fruncí el ceño, tratando de justificar mi confusión debido al gran parecido con su pretendido hermano, y la falta de luz en el local. —En mi ensoñación recordaba el atractivo de su mirada cómplice de ojos semicerrados por encima de la mascarilla azul que cubría gran parte de su cara, la bata blanca siempre abierta y la compañía constante de una enfermera—. Sin embargo, él, riéndose esta vez, intentaba convencerme de que eran hermanos gemelos y había mucha gente que los confundía. El tema dio bastante juego durante unos minutos, porque no dejaba de resultarnos cómico. Sé que le pedí disculpas queriendo escapar de aquella situación, atrevida por mi parte. Me despedí de la pareja, no sin perplejidad, aunque con educación, y me senté, dándoles la espalda, en la mesa contigua a la suya, junto al ventanal, a la que inicialmente nos dirigíamos mi amiga y yo para tomar una cerveza bien fría y descansar del ajetreo del día.

El sofoco ya no era solo debido a los treinta y tantos, casi cuarenta grados del exterior. Se había mezclado con una especie de soponcio al quedarme con la duda de si aquel hombre estaba queriendo evitarme por alguna razón social o personal y yo le había puesto en una situación comprometida, o, sencillamente, se estaba quedando conmigo.

La cerveza me pareció una de las mejores que había tomado en mi vida. Me entró directamente en vena. Sin embargo, el resto de la tarde y durante toda la noche no pude quitarme de la cabeza al personaje del que, seguía sin recordar el nombre.

Sin embargo, estoy segura de haber reconocido su mirada, aunque siga sin saber explicar de qué color son sus ojos…


@mjberistain

La carta

La carta era un objeto convencional. Un sobre blanco apaisado en el que constaba la dirección del destinatario del mensaje. Que no era ella. Pero sí era su dirección. En ese momento estaba dispuesta a concederle la última oportunidad.

Volvió a mirar el papelito que había sacado de la máquina expendedora de tickets. Si, no se había equivocado, quería enviar una carta, pero previamente intentaría confirmar la dirección. Su turno era el R077. Y volvió a olvidarse de él. Miró repetidamente a la pantalla que, colgada del techo, iluminaba, en grandes caracteres, el turno que le correspondía y la ventanilla donde un funcionario le atendería. Parecía imposible ignorarlo, pero ella volvía a olvidarse. La espera se estaba haciendo realmente larga y aburrida. La señora a la que atendían en la ventanilla número cuatro no parecía saber qué quería en realidad, ni sabía expresarse bien. El funcionario tipo dinosaurio que se desperezaba al otro lado del mostrador, tampoco tenía ganas de esforzarse lo más mínimo aquella mañana; ni por ella ni por nadie. El crío que acompañaba a la mujer que esperaba en la ventanilla número dos, daba vueltas sin parar, tocándolo todo con sus rechonchos dedos grasientos. Tenía que reconocer que aquella escena le estaba poniendo muy nerviosa. Intentaba no mirar la escena porque le causaba pena o asco —no lo llegaba a tener muy claro—, el caso es que hubiera dado cualquier cosa por despachar ella misma a la madre del crío de aquella ventanilla, solo para quitárselo de la vista. Podría tener entre ocho y diez años. Debía de pesar doscientos kilos, y comía desesperadamente algo de lo que solo quedaban migajas en un paquete de celofán brillante, y también, desparramadas por el suelo de la oficina de correos. Eran, sin duda, alguna de esas porquerías que se venden como churros en cualquier tienda de chuches de barrio o incluso en lujosos supermercados, como si se trataran de una exquisitez recomendada para menores. ¡Lamentable! —pensó—. Miró al gran reloj digital, también colgado del techo, que hacía un ruido escandaloso cada vez que en la placa que marcaba la hora, pasaba un minuto más. Las gafas del niño eran enormes, no tanto como su cara. Detrás de ellas, una mirada aviesa, antipática, lanzaba flashes de insolencia a los que le miraban moverse por la oficina de correos que, a esas alturas, ya se estaba convirtiendo en algo siniestro, a pesar de los esfuerzos de los decoradores por haber incorporado la luminosidad del amarillo en los rótulos, en los muebles y en los cristales.

No podía evitar mirarle con cierto odio a la supuesta madre de la criatura. Pensó que podría acercarse discretamente a ella, alertarle de que un niño en aquellas condiciones era un peligro no solo para su propia salud, sino también para la de su madre y su familia y para la seguridad social del país en el futuro…

¿Se atrevería o no? ¿O su buena intención era únicamente porque estaba ya harta de la espera? Tampoco tenía el conocimiento científico suficiente como para explicarle a aquella mujer que debería de poner a su hijo en tratamiento médico especializado en obesidad mórbida. ¡Lamentable!, —pensó.

¡Dichosa carta! La había mantenido en casa intentando hacérsela llegar a su destinatario. Quizás contenía algún mensaje importante. Intentó varias veces localizarlo, pero la voz destemplada del contestador le prometía cada vez que le devolvería la llamada lo antes posible. Al no recibir respuesta, como último recurso intentaba, como disimulando, hacerla desaparecer. Pero se la encontraba insistentemente en sitios en los que no se acordaba haberla dejado. Por otra parte, no se atrevía a tirarla hecha pedazos pequeños a la basura. Cualquiera que revisara los contenedores podría encontrarla y delatarla. Le quemaba aquella carta en su casa, pero no tenía ganas de volver a enfrentarse a aquella voz agria, con esa forma despechada de mentirle. La había colocado en el cajón de temas pendientes, la había ocultado entre las primeras páginas de la agenda a primeros de año, y ya había llegado noviembre. En algún momento se le ocurrió esconderla en la caja de cartón de color butano en la que guardaba los manuales de los electrodomésticos junto con las garantías y teléfonos de los servicios técnicos. Pero, aquella mañana había fallado el lavavajillas y la carta había vuelto a saltarle a la cara. Aquello ya le sobrepasó. Se imaginó quemándola en el fregadero y también se imaginó el espectáculo que se podía preparar si tenían que venir a su casa los bomberos por semejante estupidez.

Volvió a mirar con desesperación el papelito blanco con su número de turno, que para entonces ya estaba hecho un gurruño entre sus dedos, en el mismo momento en que la luz de la pantalla resaltaba la línea del R077. Se despertó de su soporífero aburrimiento e intentó, con su mejor sonrisa, dar los buenos días a la empleada que, medio oculta detrás de toda una parafernalia publicitaria, la esperaba al otro lado del mostrador. La empleada pesó la carta sobre una antigua balanza blanca. La aguja que debía de marcar los gramos apenas se movió. Con parsimonia se levantó y trasladó la carta a un pequeño peso, esta vez digital, que marcaba diez gramos y le facturó 0,50 euros…

Salió de la oficina de correos, sintiéndose, de verdad, liberada.

@mjberistain


Nota:
Con todo mi respeto a las personas empleadas de las oficinas de correos por su profesionalidad. Esto es ficción y forma parte de mis «cuentos casi verdaderos».

EL JUEGO DE HACER VERSOS

Jaime Gil de Biedma


EN QUÉ CONSISTE LA CREACIÓN POÉTICA Y QUÉ FUNCIONES TIENE

ARTÍCULO DE LUIS GARCÍA MONTERO SOBRE POEMA DE JAIME GIL DE BIEDMA

 “El juego de hacer versos”, es un poema de los llamados metapoéticos, porque el poeta trata de explicar en qué consiste la creación poética y qué funciones tiene. El poeta no habla del “oficio” de hacer versos, sino de “juego” y que matiza más tarde “que no es juego” porque entiende que la poesía es más una cuestión de técnica que de sentimientos. Considera que escribir poemas es una manera de entender la vida, aunque el “placer» del comienzo se convierta al final en “vicio solitario”. «El juego de hacer versos» hace un recorrido de la trayectoria del poeta desde la nostálgica adolescencia “demasiados inexpertos, / ni siquiera plagiábamos…” hasta su decadente madurez. Como vemos, el poema tiene una estructura circular, cerrada, comienza y termina con la misma estrofa, aunque con matices diferentes en los dos últimos versos: esta variante hace destacar los efectos del paso del tiempo en la obra del autor. En este poema Gil de Biedma condensa toda su Poética, todo su proceso creador. Admite el arte como vocación, pero también como trabajo «El Arte es otra cosa distinta” … Aprender a pensar / en renglones contados / —y no en los sentimientos / con que nos exaltábamos —» El poeta sabe que la lengua es un instrumento mágico y reconoce que la mejor poesía es la rítmica «el Verbo hecho tango«.

Gil de Biedma tiene la virtud de conectar fácilmente con el lector al utilizar un lenguaje sencillo, cercano y ameno, aunque por ello no trate con gran sensibilidad temas  tan vitales como el conflicto y mala conciencia que le producen la pertenencia a la clase burguesa  “… a vosotros pecadores / como yo, que me avergüenzo de los palos que no me han dado, / señoritos de nacimiento / por mala conciencia escritores / de poesía social, / dedico también un recuerdo, / y a la afición en general“ o la búsqueda constante de su propia identidad enfrentado con el tiempo y con su propia decadencia “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender  más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / […] Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, es el único argumento de la obra” o el amor en su largo y precioso poema “Pandémica y celeste”:  “… Sobre su piel hermosa, / cuando pasen más años y al final estemos, / quiero aplastar los labios invocando / la imagen de su cuerpo / y de todos los cuerpos que una vez amé / aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo, / Para pedir la fuerza de poder vivir / sin belleza, sin fuerza y sin deseo, / mientras seguimos juntos / hasta morir en paz, los dos, / como dicen que mueren los que han amado mucho. “

EL JUEGO DE HACER VERSOS

El juego de hacer versos
–que no es un juego – es algo
parecido en principio
al placer solitario.

Con la primera muda
en los años nostálgicos
de nuestra adolescencia,
a escribir empezamos.

Y son nuestros poemas
del todo imaginarios
–demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos –

porque la Poesía
es un ángel abstracto
y, como todos ellos,
predispuesto a halagarnos.

El arte es otra cosa
distinta. El resultado
de mucha vocación
y un poco de trabajo.

Aprender a pensar
en renglones contados
–y no en los sentimientos
con que nos exaltábamos –,

tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio,
que llega a emborracharnos.

Luego está el instrumento
en su punto afinado:
la mejor poesía
es el Verbo hecho tango.

Y los poemas son
un modo que adoptamos
para que nos entiendan
y que nos entendamos.

Lo que importa explicar
es la vida, los rasgos
de su filantropía,
las noches de sus sábados.

La manera que tiene
sobre todo en verano
de ser un paraíso.

Aunque, de cuando en cuando,

si alguna de esas nubes
que las carga el diablo
uno piensa en la historia
de estos últimos años,

si piensa en esta vida
que nos hace pedazos
de madera podrida,
perdida en un naufragio,

la conciencia le pesa
–por estar intentando
persuadirse en secreto
de que aún es honrado.

El juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio solitario.

Moralidades, 1966.


CLARA JANES Y EL CANTAR DE LOS CANTARES


Discurso de clara janés en la RAE sobre el «cantar de los cantares»

12 de junio de 2016

SENSIBILIDAD POÉTICA

«Salomón —ha comenzado su discurso Clara Janés— escribió, siempre según la leyenda, el Cantar de los cantares, la cual ha generado deslumbrantes destellos y despertado tales ecos (sea a través de la imagen, de las traducciones, de las imitaciones o simbolismos) que han acabado por convertirse en semillas fecundas».

«¿Cómo una obra cuya traducción exacta es casi imposible puede convertirse en una versión y estudio apasionantes (fray Luis), en una égloga (Arias Montano) o ser el germen de una de las mayores creaciones literarias existentes, el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz?», se ha preguntado la poeta catalana, quien ha reconocido que su «vinculación con la escritura empezó precisamente debido al Cántico espiritual, a la lectura y explicación —diría majestuosa— que de él hizo José Manuel Blecua [padre del exdirector de la RAE] —a quien tanto debo— cuando llegué a la Universidad de Barcelona. Él, con su ritmo pausado, me desveló mi sensibilidad poética, a la vez que el origen salomónico del poema de san Juan».

Los versos del Cantar y el mismo personaje de Salomón, ha proseguido Clara Janés, «cruzaron tiempo y espacio con extraordinario vigor. ¿A qué se debe ese vigor respecto a la obra lírica? No cabe duda: algunas de sus palabras y conceptos eran tan fuertes que saltaron por encima de las dificultades de traducción y quien los recibía no quedaba impasible». La nueva académica ha continuado esbozando el trayecto que siguió el Cantar de los cantares desde su origen como epitalamio hasta llegar a los místicos y hebraístas españoles, «un trayecto —o interpretación— complejo y huidizo». 

CÁNTICO ESPIRITUAL

Tras repasar la vía oriental, Janés se ha situado en el Renacimiento y en España, destacando tres hombres de fe y letras: Arias Montano, fray Luis de León y san Juan de la Cruz, al que se suma pronto una mujer también de la fe y entregada a la escritura: santa Teresa de Jesús. «Arias Montano es el primero que se lanza a verter el Cantar del hebreo al romance, pero lo hace convirtiéndolo, según la moda de la época, en una égloga pastoril. En 1554 ya lo ha concluido y llevado a Salamanca. […] Fray Luis hará la traducción y primer comentario de la obra de Salomón en 1561. […] Más tarde, en 1578 escribe san Juan las treinta y una primeras estrofas del Cántico espiritual. […] Cinco años después de la traducción en prosa y comentario del agustino, santa Teresa escribe sus Meditaciones sobre los Cantares». 

El objetivo de Arias Montano era fundamentalmente literario, ha explicado Janés. Y el propósito de fray Luis de León, en cambio, era bien distinto: traducir del hebreo «palabra por palabra». Por su parte, santa Teresa «no se enfrenta a la obra de Salomón como texto, sino a la expresión metafórica de algo que ha vivido, y lo hace parcialmente. Su escrito es una comunicación íntima».

Si fray Luis pretendía trasladar el epitalamio salomónico a la letra, «san Juan lo ha incorporado, ha aceptado en su interior el verdadero enigma que encierra: el amor, un amor que da vida […]. El Cantar de Salomón es la obra de la que más cerca se siente». La nueva académica ha concluido preguntándose qué singulariza la obra de san Juan de la Cruz y qué la hace tan excepcional: «Para empezar, la musicalidad de sus liras. […] Pero eso es solamente el esqueleto donde se monta un cuerpo de gran riqueza de imágenes, que casi podríamos calificar de surrealistas, en las que se superponen planos simbólicos, de modo que no se hacen fácilmente descifrables. El enorme atractivo del Cántico espiritual reside en ello: presenta un enigma. […] La trama de Juan de la Cruz es una poesía fonética, en una poesía de imagen simbólica, montada sobre un ritmo que no se pierde ni un instante».

Del AIRE POÉTICO habló Soledad Puértolas en la presentación del acto, diciendo:

La Academia nos viene a recordar el valor de la poesía, esa misteriosa dama encargada de dar aliento y luz a la aridez de la vida y de dotarla de contrastes, complejidad y hondura, y que nos hace un extraordinario regalo, la intuición de la trascendencia. 

El aire poético de los versos de Clara Janés y de los versos que otros escribieron y que ella ha hecho suyos, parece rodearla siempre. Ella escribe poesía, traduce poesía, habla sobre otros poetas y escritores en ese tono inconfundible de quienes buscan una verdad, […] esa verdad que se vislumbra, efímera, fugitiva, pero intensa y profunda.

Y ha querido recordar «la necesidad de Janés de ampliar su mundo, de traspasar límites, de beber en fuentes situadas en lejanos y misteriosos parajes, que la ha llevado a efectuar una labor de difusión literaria de incalculable valor». 


Imagen de internet – Alamy

Dolor redentor


Lentas siguen las lunas a las lunas,
como cede a la luz la luz, los días a los días,
el párpado tenaz al mismo sueño.
Vivir es fácil. Arduo el sobrevivir a lo vivido.
J.A.Valente

A veces me pregunto
¿Qué quedó de la Tierra de ayer,
de los momentos apenas vividos;
sobre-vividos, a golpe de metáfora?

Nadie como la noche
cultivó las palabras más audaces
contra el aire vacío.
Yo repetía a media voz
los versos aprendidos de tus labios.
Nadie sabrá
del pacto inocente que inmortalizamos
que nos hizo indignos
de los dioses más posesivos.

En hilos de lluvia deshace el viento
caricias de un tiempo no consumido,
lenta lava sobre su propio fuego*
que, como un dolor redentor, perdura.



(dedicado a P.C.)
* palabras en cursiva de J.A.Valente






Un lecho de dulzura




El vacío oculta miradas
con la docilidad del desarraigo.

El vacío no es olvido.

Es un jardín donde dormita la tibieza de la luna,
un lecho de dulzura donde sestea la muerte
a esperar que el corazón se tome el último sorbo de café.



@mjberistain


¿Qué se considera belleza en Japón?


Wabi-sabi e Iki son dos valores fundamentales de la estética japonesa, en la que se valora lo sencillo, lo sutil y elegante como parte de la belleza.

El japonés Junichiro Tanizaki desgrana en “El elogio de la sombra” la diferencia entre los modos de mirar y de entender la belleza en Occidente y en Oriente.

Apreciar la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

“En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra”. Así comienza el ensayo “El elogio de la sombra” (1933), del escritor japonés Junichiro Tanizaki, en el que afirma que en Japón todo lo bello brota de la oscuridad. Bajo este prisma y a través de numerosos ejemplos, el autor, figura imprescindible de la literatura nipona, nos habla de luces y sombras y de como en este juego de claroscuros nace la verdadera belleza. ¿Qué nos enseña esta obra sobre los japoneses y su manera tan distinta de entender la belleza?

“Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una radiación y expuesta a plena luz, pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”

Junichiro Tanizaki

Aunque “El elogio de la sombra” data de hace casi un siglo, muchos de los ejemplos de Tanizaki siguen vigentes e ilustran con claridad como los ciudadanos del país del sol naciente tienen la capacidad o virtud de “buscar y encontrar lo bello en todo”. Así lo afirma también Masaki Ishiguro en su libro “25 hábitos japoneses para vivir mejor”, donde repasa las costumbres y formas de ser y actuar que mejor representan a la población japonesa.

En Occidente no se entiende la belleza sin la presencia de la luz, una identificación que viene de la antigüedad. Ya en la Edad Media la “estética de la luz” relacionaba la luz, la luminosidad, el esplendor, con lo divino, un concepto que tuvo una importancia trascendental en el arte gótico, arraigó en la sociedad y se ha perpetuado hasta nuestros días. Hoy, la luz juega un papel fundamental en la arquitectura, pero también en el estado de ánimo y la salud.

Pero Tanizaki e Ishiguro cuentan que en Oriente sucede lo contrario. Mientras en occidente, nos hemos olvidado del poder de la sombra, en Japón todo cobra sentido a través de ella. Poner en valor la penumbra, el matiz, lo sutil, es la clave para entender el color de las lacas, de la tinta o de los trajes del teatro nô; para aprender a apreciar el aspecto antiguo del papel o de la pátina que el paso del tiempo deja en los objetos; para captar la belleza en la llama vacilante de una lámpara y descubrir el alma en sus espacios y elementos arquitectónicos. Incluso, el cine japonés, con su trabajo con el contraste de luz y oscuridad y su gusto por los susurros, las elipsis y las pausas, puede relacionarse con este elogio a la sombra y, también, con la estética del vacío, muy presente en las artes y el diseño japonés.

Iki y la belleza sencilla y sutil

Como se ve en las cerámicas raku o los jardines tradicionales japoneses, en esta cultura las formas bellas son las que se inspiran en la naturaleza, son las formas no rebuscadas o elaboradas, son las cosas pequeñas por encima de las grandes construcciones. La tradicional belleza japonesa expresa un delicado sentido del equilibrio, elimina todo, excepto los elementos esencialmente verdaderos, para crear preciosos espacios abiertos en torno a formas simples. En todo momento se huye de la obviedad y la sobreexposición occidental, como señala Tanizaki, y se potencia el concepto de que “menos es más”.

Búsqueda constante de la calidad

Al abordar estas cuestiones, Ishiguro remite al concepto Wabi-sabi, que junto al Iki son dos de los valores fundamentales de la estética japonesa. El Wabi-sabi representa lo imperfecto, lo impermanente, lo incompleto, y también hace hincapié en la simplicidad y en la sobriedad. El Iki se traduce comúnmente como la belleza de la elegancia, la cortesía y el refinamiento sutil. Bajo este precepto se busca la elegancia, lo sensual y lo chic, sin caer en lo exuberante, lo rudo y vulgar.

Una persona o cosa sería Iki y, también, wabi-sabi si es original, sosegada, refinada, sofisticada, pero sin ser ostentosa o complicada. Las geishas, con su belleza, misterio y sensualidad, lo son.

Los japoneses, con su visión de la belleza, nos inspiran a la hora de buscar y encontrar lo bello en todo y a apreciar la riqueza en las cosas más sencillas. Dichos ideales pueden aplicarse a todo lo que nos rodea e, incluso, en el desarrollo personal. Así como uno puede admirar la sutileza, encontrar la belleza tras las sombras o admirar una grieta en un cuenco, también puede aprender a apreciar las imperfecciones que nos caracterizan y nos hacen únicos y diferentes. Así, la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

反射 Texto e imágenes publicitarios de NISSAN


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Ver: Resilencia
Ver: WABI SABI


Soñé ser lluvia


Voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago
y cintas que dormían en la lluvia
Cortázar

Sońé ser lluvia
En sus ojos cerrados
Iris latido

Aura de luna ID
Corazón insumiso
A manos llenas

Hojas de otoño
Dulce vuelo de sueños
Tapiz del tiempo

Mudas miradas
Gritos que desgarran
Desconsolados

La noche cae,
Al pie de las batallas
Armas desnudas


@mjberistain

Vientos de silencio


Eros ha sacudido las entrañas de la noche
como un viento abriéndose en el monte
sobre las encinas...
SAFO


POESÍA Y FOTOGRAFÍA
en colaboración

OYE AL RIO
SEGURO QUE TE HABLA,
PEZ ESCONDIDO


EN LA MALETA
LLEVO TRES PESOS, TEMOR
RENCOR Y MUERTE


MIRO AL VACÍO
SIN CALCULAR
LA CAÍDA DE MI SOMBRERO


QUÉ PEQUEÑO SOY
BAJ LA SOMBRA DE TU
OMNIPRESENCIA


POR ALTAS CUMBRES
LAS LARGAS PERSPECTIVAS
ME MINIMIZAN


RUMOR QUE CORRE
COMO VERDAD SE QUEDA
ENTRE LA GENTE


GUARDA PALABRAS,
SE LAS LLEVAN LOS VIENTOS
DE LOS SILENCIOS


Autor Haikus: Eugenio Mateo Otto
Fotografía@mjberistain.com
Imágenes:
Arditurri (Gipuzkoa), Saladas de Sástago-Bujaraloz (Aragón), Hondalea (Donostia SS), Ordesa (Aragón) y Perros-Guirec (Bretaña).

La violinista


Tuve una infancia feliz. Cuando tan solo tenía tres años, con la convicción de mis padres de que yo era una artista, me incluyeron en un novedoso programa de educación musical en el que el elemento fundamental era el violín. Hasta entonces cualquier iniciación a la música, desde el punto de vista oficial, pasaba por aprender solfeo a secas y solo meses más tarde llegaba el momento de elegir un instrumento para su aplicación que, en la mayor parte de los casos, solía ser el piano. Por fin, los niños empezábamos a comprender para qué servían tantas horas de lecturas áridas de signos negros colgados de una estructura de cinco líneas horizontales a lo ancho de las páginas de los cuadernos de cuadrícula.

Como he dicho antes, la fórmula de estudio que se planteaba era novedosa en la ciudad y, también lo era por su rareza en la elección del violín como instrumento, debido a la dificultad del aprendizaje y a su escasa proyección a nivel profesional (eso se pensaba entonces en nuestro entorno cultural).

Compaginé mis estudios básicos con él, también los de grado medio y los de grado superior. Siempre con mi violín a cuestas. Puedo decir que ya la vieja caja de madera revestida de piel negra formaba parte de mi vestimenta. El violín fue cambiando a medida que yo crecía. Llegó el momento en que decidí nunca más cambiar el stradivarius de segunda mano que me había regalado un buen amigo de mis padres cuando volvió de uno de sus viajes por Europa. Él me contó…


Stradivarius


Antonio Stradivari fue un luthier italiano. Nació en 1644 en Cremona, Lombardía y vivió hasta 1737. Fue más conocido por la forma latinizada de su nombre, Stradivarius, que se aplicó a todos los instrumentos musicales de cuerda que fabricó.

Su ciudad, Cremona, se hallaba entre un bosque de abetos (madera blanda) y uno de arces (madera dura), por lo que estas maderas eran las usadas por los grandes maestros violeros, como los Amati y los Guarneri. Comenzó a mostrar originalidad y a hacer alteraciones en los modelos de violín de Amati. El arco fue mejorado, los espesores de la madera calculados más exactamente, el barniz más coloreado y la construcción del mástil mejorada. Se considera en general que sus mejores violines fueron construidos entre 1683 y 1715, superando en calidad a los construidos entre 1725 y 1730. Además de violines, Stradivari construyó arpasguitarrasviolas y violoncellos.

Una hipótesis sobre la calidad de los instrumentos creados por Stradivarius sugiere que el clima puede haber sido un factor importante en el extraordinario sonido que poseen. Durante las épocas de frío extremo, los anillos de crecimiento de los árboles son más angostos, están más juntos y la madera tiene mayor densidad. El «mínimo de Maunder» fue un período de frío entre 1645 y 1715 que afectó a Europa, mientras se talaba la madera que Stradivarius habría de utilizar. Así, sin dejar de lado la extraordinaria calidad del trabajo de Stradivarius, se piensa que la singularidad del timbre de estos instrumentos puede tener su origen también en el uso de madera perteneciente a un período climático especial. Cuando acababa su instrumento, el barniz con el que cubría la madera se consideraba muy importante, debido a la transpiración de la madera, etc. Este es uno de los misterios del luthier: la fórmula de su barniz. Fuente: Wikipedia


Desde entonces han pasado muchas cosas por mi vida como en la de cualquier ser humano. He viajado, he tenido familia, amigos, trabajo. He dado conciertos en lugares cutres y otros maravillosos como algunos salones privados de Chateaux franceses. He sobrevivido por unos pocos peniques en pasillos transitados por gente que no amaba la música. He soñado desde niña en ser concertino en la gran Orquesta Sinfónica de Viena.

Murió anoche mi compañera de fatigas, mi amor, mi gran amiga. Formábamos parte de un grupo musical que atendía contrataciones para eventos; bodas y fiestas.

He amanecido junto al mar de una pequeña ciudad del norte donde esperábamos el momento de interpretar un repertorio clásico en los jardines de uno de sus museos. No he dormido. Me he cobijado con mi violín y mi desolación en el interior de un túnel del paseo marítimo. Alguien me ha tocado en el hombro, me ha agradecido la música y me ha ofrecido ayuda. Antes de seguir su camino me ha dejado unas monedas…

Mientras interpretaba a Bach, sin esperar ya nada, seguía soñando con ser concertino de la Orquesta Sinfónica de Viena.




@mjberistain

Redes sociales

CONVERTIR TU VIDA EN UNA PELÍCULA


Hablando hace unos días de este tema, que nos viene afectando, de alguna manera a todos, hoy me encuentro en el Diario El País con este artículo de Eva Morell.

Lo comparto porque me interesa. Me lleva a la reflexión. Soy parte de esa sociedad «dominada» por cualquier proyecto personal que, bien estructurado, pudiera conducir a la humanidad hacia un mundo mejor o hacia el centro de un caos «viral». Quiero confiar…


Mil millones de visualizaciones avalan una tendencia en Tiktok que traspasa la gran pantalla. Escenarios bonitos que se pueden replicar en casa, colores llamativos y una obsesión por «romantizar» la rutina en redes sociales están detrás de su éxito

La rutina vista con los ojos de Wes Anderson es siempre más bonita”, le comentaba una amiga a otra en una cafetería esta semana mientras le enseñaba el último reel que había subido a Instagram. Y tal vez tiene razón, ya que la tendencia viral de TikTok con la etiqueta #WesAnderson arrastra ya mil millones de visualizaciones. Capturar vacaciones idílicas en España en colores vibrantes, compartir imágenes de momentos diarios u objetos cotidianos e incluso hacer uso de la inteligencia artificial se ha convertido en una manera de ver el día a día a la que se han rendido millones de usuarios de todo el mundo.

Es evidente que su punto de vista único detrás de la cámara le ha otorgado al director el título más que merecido de rey de lo bonito y colorista. Su estética, inspirada en la cultura popular y el diseño de los años sesenta y setenta, atrae porque ofrece un escape a la manera de ver lo cotidiano: la llena de detalles y color en un mundo imaginario que parece siempre mejor que el real. Su atención a los detalles y composición hace que lo ordinario parezca extraordinario y esto, precisamente, es una de las claves de su éxito en redes sociales.

Cómo TikTok cambia las reglas del juego para las marcas: “De un día para otro pasé de tener tres pedidos a 200”

Víctor López G., crítico de cine y creador de contenido, considera que hay tres factores importantes que resumen el éxito del traspaso del cine de Wes Anderson a la realidad:

  • La simetría es tremendamente atractiva para el cerebro, ya que es fácil de analizar y procesar, crea una sensación de orden, elegancia y simplicidad.
  • Los planos cenitalescrean una sensación agradable en el espectador mientras los personajes interactúan y parecen formar parte de la historia de manera integrada.
  • El tratamiento del color, una de las características más evidentes de su cine.

“Con el paso de los años, la industria abraza paletas más grises y Anderson es un gran defensor del color en la gran pantalla”, comenta López. Y añade: “Esto va mucho más allá de lo puramente estético, ya que la gama de color se integra en la narrativa y contribuye a contar la historia”. Por último, la luz es un carácter con identidad propia: crea profundidad de campo y hace que podamos apreciar bien el paisaje y el escenario en cada plano. “Aunque parezca simple, el cine de Wes es muy complejo”, matiza el crítico de cine, “frontalidad, simetría, color y luz son fáciles de imitar, lo que ha ayudado mucho a que esta tendencia se haya viralizado rápidamente”.

Todo lo anterior, mezclado en las condiciones adecuadas, genera el cóctel perfecto para TikTok: vídeos cortos que retienen la atención de los usuarios con una música pegadiza y escenarios que se pueden replicar fácilmente en casa. Inevitablemente, este contexto lleva a plantearse si, en general, se tiende a idealizar la realidad dentro de las redes sociales, escapando de la monotonía y lo aburrido del feed.

¿Qué hay detrás de esta obsesión por hacer bonito todo? ¿Por qué tendemos a romantizar la rutina?

La estratega digital Raquel Carrera tiene claro que es un reflejo de la situación vital, social y económica en la que estamos viviendo: “Habitamos en un momento de caos y esto nos hace terriblemente frágiles. Históricamente, la vulnerabilidad nos lleva a buscar lo bonito, a convertir nuestra existencia en algo bello, porque es de las pocas cosas sobre las que sentimos que tenemos algo de control”. Las redes sociales son un avatar de la vida real, cada usuario elige qué mostrar, aunque no sea necesariamente 100% verdadero, y plasma ante el resto de seguidores su propia autenticidad. La estética del cine de Wes Anderson es perfecta para ello, ya que su mundo imaginario con vestuario preciosista traslada a un ideal que podemos compartir y al que aspirar. “Es un contenido que puedes consumir en bucle e imitar, es la fórmula perfecta”, afirma Carrera.

Un fenómeno más allá de TikTok

Pero el éxito de Wes Anderson va más allá de su filmografía y de esta tendencia en redes. Se ha convertido en todo un icono de la cultura popular actual y su armonía ha traspasado todas las fronteras posibles. Desde sus paletas de color hasta el diseño gráfico de sus películas, el director tiene una legión de fans repleta de ganas de descubrir y compartir su manera tan personal de ver el mundo. Wes Anderson sabe cómo contar historias y llevarlas más allá de ese espectro cinematográfico de preciosismo y felicidad. La cuenta de Instagram Accidentally Wes Anderson (AWA) es uno de los ejemplos perfectos de este fenómeno. Con casi dos millones de seguidores, ha sabido sacar partido a su cine traspasándolo de la gran pantalla a los espacios ordinarios, creando guías de viajes y buscando lugares atípicos que podrían, perfectamente, salir de una película del director. Un proyecto personal que quiere inspirar diariamente a miles de seguidores en su afán por la aventura y la curiosidad.

La pareja creadora de Accidentally Wes Anderson (AWA) define a la perfección el secreto del éxito en su cuenta: “Buscamos los equivalentes a las escenas imaginativas de sus películas por todo el mundo, abriendo los ojos a la belleza que nos rodea y replanteando la perspectiva, viviendo en un mundo más bonito”.

Sin ir más lejos, en el año 2015 la Fundación Prada de Milán le encargó al director el diseño de su cafetería en la ciudad italiana, para la que recreó un bar tradicional milanés, llevando a lo tangible sus colores y formas. Sin embargo, su enfoque fue diferente al que utiliza en los decorados de sus películas, pensándolo desde el punto de vista del lugar de reunión diario, donde tomar café y disfrutarlo, no desde la idealización donde suceden historias imaginarias. “Es un espacio para la vida real con numerosos buenos lugares para comer, beber, hablar, leer… Aunque sería un buen plató de cine, creo que sería un sitio aún mejor para escribir una película. Intenté que fuera un bar en el que me gustaría pasar mis propias tardes no ficticias”, explicó el director sobre el Bar Luce. De este modo, fue concebido como el punto donde lo cotidiano existe dentro del dominio de lo romántico y, llevado al mundo de las redes, donde todo se viraliza en minutos. Su estética de los sesenta lo convierte en el escenario instagrameable perfecto donde lo imaginario está al alcance de cualquiera.


EVA MORELL
El País, 13 mayo 2023

Tránsito




Tránsito el murmullo de los ríos
y las aguas embalsadas
sobre un lecho de esmeraldas atardecido.
Tránsito de llamadas al amor
de aves de primavera, arrebatadas
por la fronda de los valles.
Tránsito de lluvia menuda que no puede calmar
ansias ancestrales.

Tránsito de alegres amapolas entre el viento
alborotado, como el fruto efímero de mensajes tiernos.
Tránsito entre copa y copa de brillantes mejillas
respirando el aliento que duelen las campanas,
entre cantos y cañizales, de los pueblos pequeños.

Tránsito de luz entre el mortecino dulzor
del magma y la cadencia intempestiva del deseo.

Retazos de piel cuelgan de las paredes,
miradas andróginas; colores y formas
de caricias enmudecidas.
Ardor con nombres desgastados
por los rincones; abrigos,
dormidos aquella tarde, por los pasillos…


@mjberistain

El camino de los tilos


Escucho en el eco del crepúsculo,
llanto; esencia de lágrimas tras las batallas.
Tiempo de silencio ante el paisaje detenido.

Ven a mi vacío, ven a mi no ser,
porque las noches tiemblan como tiemblan
los labios esperando la inminente rendición

En el barro se funden las estrellas,
los tilos y las lunas rotas.
Un calor huérfano
y un gran lecho de humo
habitan el insomnio de las hogueras.


@mjberistain
Imagen de Internet – Creepypasta Wiki

Ulma

de mi libro La canción de NERTA


Segunda Parte

Capítulo I

Agarrada a la botella de bourbon, sus manos de dedos nudosos envejecidos por la artritis repasan pegajosas las gotas de licor reseco como si en cada una de ellas estuviera contenido cada uno de sus recuerdos.

Yo pensaba que Ulma era mi madre —continuó la mujer con voz debilitada en una especie de lamento entrecortado—. Ulma fue la primera persona que me vio nacer. Sus manos fueron el único calor que sentí cuando me ayudaron a salir del cuerpo inerte de la niña todavía llena de sangre y mucosidad a la que, apenas dieciséis años antes, ella misma había rescatado de las aguas de la gran cascada. Suyos eran los abrazos más tiernos de mi infancia, suya la voz suave que cada noche me contaba cuentos y leyendas casi verdaderas. Yo entonces no entendía lo que significaban las palabras huir, guerra, o noches negras. Tampoco entendía cuando me hablaba de mi otra madre; una mujer a la que yo no había conocido porque se había marchado a buscar un país y una casa para vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos por ella cada noche.

Ulma sonreía siempre. Atendía a mis abuelos —los padres de mi madre Louise— como si se tratara de su propia familia. Recuerdo aún el olor y el calor de aquella casa en Suecia, el pequeño jardín de atrás lleno de flores cuando no estaba nevado. El temblor en sus labios cuando me besaban como si aquellos fueran a ser sus últimos besos. Me sentía una niña muy querida y, sin embargo, no tengo conciencia del momento definitivo en el que nos despedimos. —Quizás debieron querer evitarme el duelo—. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí, recuerdo el encuentro con Louise, la mujer que lloraba desconsoladamente abrazándonos a Louise y a mí una y otra vez. Habíamos terminado el viaje, estábamos las tres juntas. Pero, aunque yo también recuerdo que lloré, no comprendía el porqué de tanta tristeza.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad de Stanford, en una de las casitas que quedaban semiocultas entre los bosques. Cada mañana salíamos las tres de la casa a la misma hora. Louise tomaba un camino distinto al que nos conducía hacia el colegio, a Ulma y a mí y nos despedía lanzándonos besos que soplaba desde las palmas de sus manos. No dejaba de mirarnos largo rato hasta que desaparecíamos de su vista.

Empecé a pensar que en mi vida había secretos, palabras que nadie quería o se atrevía a pronunciar.  Entre las dos mujeres había algo más fuerte que la amistad, que el amor, que la hermandad. Quizás habían compartido días y noches tan difíciles en sus vidas que les habían unido con la fortaleza de un gran muro de piedra contra cualquier adversidad. Yo no tuve hermanos ni hermanas como para saberlo, pero al verlas juntas, pensaba que aquella forma de quererse era como la de las hermanas. ¿Cómo, entonces, podían ser las dos mis madres?

Quizá alguna vez eché en falta tener un padre. Especialmente cuando, al terminar las clases en el colegio, me quedaba retrasada del grupo de mis compañeras para ver a los chicos jugar al béisbol. Poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera. Desperté a la vida de la mano de mis compañeros de clase. Realmente envidiaba a mis amigas que tenían hermanos mayores.

Falta alguna referencia sobre la ausencia de Ulma

Desde que me quedé sola con mamá Louise, ella fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz y apasionada. Ella me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, las religiones y de las guerras. —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa—. También me hablaba de la maldad, de la crueldad y del miedo.

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Mi propia historia me parecía ser parte de uno de los cuentos que me leía por las noches. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida del día de mi nacimiento, rodeada de muerte. O, haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente porque no pudo soportar el horror de los crímenes que había cometido —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su labor docente en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como directora del Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; los glaciares, incluso reservas de algunas tribus indias.

También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras yo hablaba por teléfono con mi amigo Thomas.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado aquella amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora comprendo que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la frondosidad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Yo accedía a ir a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era “el profesor”, compañero de trabajo de mi madre. Aunque podía tener treinta años más que yo, fue el primer hombre con el que yo me sentía feliz como mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto y serio, aunque cercano, y con sentido del humor. Era atento y atractivo hasta el punto de que yo no podía soportar su presencia cerca porque temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía con los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me dirigiera a mí su mirada, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el porqué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestro inconformismo y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad, era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Era un personaje. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de nuestros soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía en la que me distancié de mi madre, llegó un momento en el que ya no soportaba sus críticas y recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana en casa. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, aunque posiblemente sea para largo. Quizás sea mi último destino profesional. Además, pensando a futuro, no descarto instalarme allí mis últimos años; volver a nuestras raíces, la montaña, el mar, nuestra tierra… Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije—, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que seguir contando con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿quiénes van de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. —dijo, con cierto desparpajo—. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


La certeza de un reflejo



Aún no amanece, son las tres de la mañana.

Me apoyo en el cristal frío y desnudo
esperando a la claridad que vendrá
desde la fiel certeza de un reflejo.

Las sombras flotan palpitantes
sobre las sábanas revueltas.

Presencia de pájaros ingrávidos
rasgando límites que me desviven.
Vuelan en el silencio como palabras
de mis páginas hacia un cielo límpido.
Como alas en la noche resplandecen
ante el prodigio de ser solo un sueño
en los espejos, cuando llegue el alba.



Inspirado en un texto de Carlos Alcorta