Garrapiñadas


Llevaba tiempo deseando tener unos cuantos días libres para perderme por las rutas de los frutales en flor que pueden contemplarse en esta época por nuestra geografía; Cerezos en la zona de Extremadura, Almendros en Tenerife y Aragón o en la zona del Mediterraneo… Maquiné un plan que parecía perfecto. Estaba siendo un final de invierno infernal. Habían llegado tarde, pero con fuerza los vientos de más de cien kilómetros por hora, la lluvia arreciando sin compasión y anegando paisajes que hasta entonces eran de puro secano, y nieve; nieve deseada pero que atrapaba con su bellísimo manto blanco cualquier tipo de tráfico -animal o humano- a pie o por medio de cualquier artilugio mecánico de transporte conocido tipo tren, coche, camión o avión. De verdad que yo andaba necesitada de huir del gris oscuro que envolvía con saña mi cuerpo y mi espíritu.

Optamos por la zona de Levante por cercanía y por asegurarnos un poco de sol y temperaturas amigables para poder disfrutar del bellísimo paisaje de la «floración» en estas fechas. Todo encajaba.

«La producción del almendro en España se concentra en las comunidades del litoral mediterráneo. Es el segundo país productor mundial de almendra después de Estados Unidos. El almendro es un árbol muy robusto y de larga vida, que en la cuenca mediterránea puede vivir entre sesenta y ochenta años, incluso hasta un siglo. Es, junto al olivo, uno de los principales árboles cultivados con fin industrial en el litoral mediterráneo. Ambos toleran climas extremos de inviernos húmedos y veranos calurosos y requieren terrenos pobres. Actualmente se cultivan más de cien variedades debido a la gran riqueza genética, pero existen cinco tipos comerciales definidos y seleccionados entre las variedades de mayor calidad, que son Marcona, Largueta, Planeta, Comunas o Valencias y Mallorca.»

Llegamos tarde. La floración se había adelantado debido a la rara climatología de este año y los árboles se estaban cargando ya de almendras. Había una gran preocupación en la zona porque se esperaba frío y ello podría arruinar el fruto. ¡Nuestro gozo en un pozo!, Recorrimos los valles por sinuosas carreteras, esta vez con una belleza diferente a la que esperábamos, pero el sol y la vista del mar en el horizonte aliviaron nuestra desilusión.

¡Pues… compraríamos almendras!

Encontramos en Guadalest —un pueblo caprichoso encaramado en la sierra como una gran ventana al mediterráneo—, una tienda de productos de la zona.

Allí nos explicaron que la producción de los almendros se vendía íntegramente a la Cooperativa pero que, con suerte, podríamos encontrar algún vecino que quisiera vendernos almendra natural -con cáscara- a «dos coma cinco euros el kilo» aproximadamente (que era el precio de venta al por mayor). El amable dueño de la tienda, propietario también de algunas de las parcelas de almendros de la zona, al que compramos pasta de almendras para postres y otros usos, en su ánimo de aliviar nuestro desconcierto nos ofreció unas pequeñas bolsitas de plástico transparente con unos cuantos gramos de almendras garrapiñadas.

¡Garrapiñadas!

No puedo acordarme de cuándo fue la última vez que comí garrapiñadas, pero debió de ser en el parque de atracciones de Igeldo cuando todavía era una niña.

Tuve que conformarme con hacer algunas fotografías de almendros y cerezos por los alrededores, de camino a casa, cuando volvíamos de viaje, mientras mordisqueaba garrapiñadas que todavía me quedaban por los bolsillos.

Texto y fotografía@mjberistain


Hoy

Un nuevo camino


Ayer era otro Tiempo.

Lo viví como pude, como supe, porque todavía no había aprendido lo importante de la Vida.

Hoy es un nuevo año, muy lejano del año en el que nací. No es que quiera mirar hacia atrás, ese tiempo vive en mí, y hay veces que me hace sonreír, porque me lleva de la mano a tomarme un helado o a merendar tortitas con nata, o sencillamente, a ver a los chicos que aparcan sus motos en la acera de enfrente, delante de la heladería.

Sigo buscando la fórmula mágica para que mis fotografías tengan sentido, no uno cualquiera, sino el mío, el que yo quiero darles. Sí, ya sé que todo está en los libros, eso a lo que llaman técnica; la composición, encuadre, enfoque, diafragma, velocidad, objetivos, filtros, el trípode, todo eso referido a la máquina.

¡Ah, claro!

¡Y luego dicen que la máquina no es lo importante!

Hoy voy a suponer que dispongo de lo básico. —Necesito partir de alguna premisa—. Y, para mi nivel es cierto. Ahora bien, siendo capaz de organizar materialmente mi material, valga la redundancia, hay «algo» en mí que rara vez está conforme con el resultado de mi dedicación. Vale, soy una impertinente insatisfecha. Leo, estudio, persigo la obra de los grandes fotógrafos y las imágenes que, descubriendo a través de exposiciones, libros, folletos, revistas y otros «inputs» se acercan a esa imagen poética que me gustaría representar. Voy a explicarme mejor, porque creo que me estoy liando yo sola.

Soy amante de la Naturaleza. Me gusta viajar. No tengo claro si busco o encuentro belleza hasta en una pequeña brizna de hierba, aunque la lluvia no la haya enlucido con su luz, o el aire la haya despeinado, por poner algún ejemplo.

¿Entonces?

Nada, que llego a mi ordenador, con un cargamento de imágenes porque, claro, de cada brizna —como decía antes— hago varios disparos por si acaso va mejorando la calidad de lo que me propongo que sea mi fotografía perfecta, y la proceso con esmero, porque sigo estudiando con más ilusión que cuando tenía que meterme en la cabeza los nombres de los reyes Visigodos o las fechas de las infinitas batallas que nunca se ganaron porque en todas las guerras se pierde.

Y, dudo. Pero también está claro que mi nivel de autoexigencia me bloquea en muchas ocasiones y estoy ya un poco harta de tener que «pedirme permiso».

Por hoy ya está, estoy preparada para volar, no sé hacia dónde, sí sé por qué.

Hoy voy a entresacar algunas imágenes de mi archivo de viajes y me propongo «avanzar», me da lo mismo tener que subir altas montañas con frío, o caminar por caminos imposibles, como lo vengo haciendo, a partir de ahora voy a dejar mi mochila llena de prejuicios en el trastero antes de salir de casa, y que duerma el sueño de los justos.

Hoy necesito liberarme. Porque hoy es todo lo que tengo.


@mjberistain

Estamos aquí…


 «Estamos aquí solo por un breve momento. Y pienso que es un accidente tan afortunado haber nacido, que estamos obligados a poner atención.

En cierto sentido, esto es ir muy lejos. Es decir, somos, hasta donde sabemos, la única parte del universo consciente de sí. Podríamos incluso ser la forma consciente del universo.

Tal vez hayamos llegado para que el universo pudiera verse a sí mismo. No sé eso, pero estamos hechos de la misma materia de la que están hechas las estrellas, o de lo que flota en el espacio. Pero nuestra combinación es tal que podemos describir qué es estar vivos, ser testigos.

Mucha de nuestra experiencia es esa de ser testigos. Vemos y escuchamos y olemos otras cosas. Pienso que estar vivo es responder».

Mark Strand, Collected Poems
Reblogueado de Culturainquieta

Fotografía de Victor Bolea

La noche de los Tranvías


Es como si de repente, en el aire, muriese algo que vuela, un indeterminado murmullo de ecos que parecen venir de un túnel blanco.
Y es también, desde luego, el ruido de vasos de cristal cuando se pisan, su metáfora fría de élitros batientes, la indecisión de las fieras nocturnas frente al amanecer.
Felipe Benítez Reyes



La espiga


Me llamo Wild Oat.

Soy avena silvestre. Algunos me llaman Flor de Bach, porque el famoso músico Johann Sebastian Bach escribió una minúscula partitura para mi. Pero esa historia ocurrió hace más de trescientos años.

Yo le amaba, y a su música.

El sol brillaba aquella tarde silenciosa. En el regazo de una pequeña aldea mis compañeras y yo éramos felices. Sabíamos que la vida era efímera pero no pensábamos en ello entonces. Éramos campesinas. Distinguidas y estilizadas adolescentes de largas melenas rubias. Felices en nuestra parcela de tierra jugosa de color cobrizo, indiferentes al paso de las horas. Amábamos el sol, y crecíamos jugando al escondite con los vientos y chapoteando en el barro que formaban a nuestros pies las lluvias de primavera.

Aquel día estábamos inquietas. Veíamos cómo a lo lejos se levantaba una gran polvareda. Atravesando los campos, acercándose a nosotras cada vez más, llegaba la cosechadora amarilla.

Quise huir.

Inclemente, el sol cubría por entero los campos, hacía mucho calor. Sería difícil escapar y esconderme salvo que encontrara un fino haz de su luz junto a una sombra y pudiera camuflarme en ella. No lo dudé, me tiré al suelo y me arrastré avanzando torpemente entre las piernas de mis compañeras que, ante el estupor de ver de cerca la cosechadora, no se daban cuenta de mi maniobra.

El ruido del motor era aterrador. Llegué hasta el cobertizo de la casa y me refugié en el lado sombrío de un saco de abono abandonado. Estaba exhausta, me quedé quieta viendo la siega de mis compañeras que saltaban por los aires como pequeñas briznas doradas y caían después, una sobre otra, de nuevo a la tierra.

Un rayo de luz cegadora se me acercó y ocupó mi sombra. Se me ocurrió trepar por sus finas fibras para llegar hasta el sol. Sentí que un viento suave tiraba de mí succionando dulcemente. Era, como fluir entre livianas corrientes de aire; como volar sin gravedad.

El sol me recibió con un abrazo cálido. Sin embargo, —me dijo— voy a pedirte algo. Has tenido el coraje de perseguir tu sueño y aquí estás, lo has conseguido. Ahora tienes que ser agradecida a la vida y compartir tu felicidad con los demás. Te convertiré en flor, serás mi flor preferida. Tú te ocuparás de cuidar la tierra. Volverás a ella en forma de lluvia cada primavera para que germinen las semillas y se llenen los campos de espigas. Y lleguen los nuevos veranos y las cosechadoras, y haya trabajo y alimento para todos.


@mjberistain

Luna de agosto


Había llovido cada uno de los últimos días del mes de junio. No era raro, pero sí era distinto a otros años. Sabemos que todos tenemos que actuar y estamos hartos de que en los medios nos llenen la cabeza de mensajes sobre el cambio climático. Así que, pienso que la humanidad no está haciendo lo suficiente, porque seguimos hablando de lo mismo día tras día, y comprobando los estragos de nuestra falta de sensibilidad en imágenes lamentables que nos llegan de cada rincón del planeta. Y la climatología nos está escupiendo directamente a la cara por imbéciles.

Sueño con la bola blanda de un mundo azul, formada fundamentalmente por agua, como nosotros. Compartimos el espacio de pequeños puñados de tierra con otros seres vivos, con frondosos bosques y caudalosos ríos aparecen aquí y allá. No caemos al vacío gracias a la fuerza de gravedad que, por algo misterioso, nos protege. Sueño con el alto azul infinito en el que flota nuestro mundo azul. En realidad, no sé muy bien si flota, si anida o en el que se ancla, pero sí sé que en las noches oscuras el cielo se llena de estrellas y desde el mundo que habitamos su misterio consigue que nos detengamos a contemplar su belleza, o a intentar interpretar mensajes que nos hacen llegar mientras navegan a años luz de nuestros ojos.

HIPARCO DE NICEA
NACIÓ EN NICEA DE BITINIA O BITHYNIA,
ACTUAL TURQUÍA, ALREDEDOR DEL AÑO 180 A. C.

Fue el mayor astrónomo de su época. También fue geógrafo.

Parece ser que trabajó en Alejandría (donde sucedió a Aristarco en la dirección de la Biblioteca de Alejandría) y Rodas, donde construyó un observatorio. Sobre los instrumentos que utilizaba se conoce muy poco. Según Ptolomeo, inventó un teodolito para medir ángulos. Inventó también una dioptría especial para medir las variaciones del diámetro aparente del Sol y la Luna. Perfeccionó la dioptría común, utilizada para medir la altura de los cuerpos celestes o sus separaciones angulares.

Calculó la duración de las estaciones. Construyó una tabla que enseñaba la posición del Sol para cada día del año que servía para 600 años. Como sucede con muchos otros estudiosos de la antigüedad, sus estudios no han llegado a nuestros días, sólo tenemos información a través de citas en escritos de otros autores, como Estrabón y Ptolomeo.

En el año 134 a. C. elaboró un catálogo de unas 850 estrellas clasificadas según su luminosidad según un sistema de magnitud de brillo, parecido a los sistemas que se usan en la actualidad.

Hiparco calculó el mes sinódico (período de tiempo que tarda la Luna en volver a la misma posición, o sea, en llegar, por ejemplo, de Luna nueva a Luna nueva) con error de menos de un segundo del valor estimado actualmente. Calculó también el mes sidéreo y el mes anómalo.

Descubrió la precesión de los equinoccios (movimiento del eje terrestre al girar la Tierra, como el de una peonza), probablemente su mayor y más bonito descubrimiento.

Probablemente murió sobre el año 120 a. C.

Fuente Internet


Y solía amanecer encapotado. No hacía falta levantar la cabeza para mirar al cielo y ver la inmensa marejada de nubes negras que se desplazaban a diestro y siniestro según por dónde les daba el aire. Yo miraba al suelo gris y mojado de sonrisa triste y me tomaba un café para poder superarlo. Es un decir, pero sí, a veces es aburrido no ver el sol, no es que vayas a hacer nada especial, porque sigues escuchando la radio por la mañana mientras atiendes el trabajo de casa o sales a ganar el pan de cada día fuera o vas a llevar los niños al colegio, o a ayudar a tus padres que se están haciendo mayores y necesitan que alivies sus pequeños problemas rutinarios. En fin, que no es oro todo lo que reluce. Pero, seamos sinceros, la luz es vida y la del sol es alegría, esto dicho con todo mi respeto a los que han estado sufriendo este último tiempo temperaturas de un sol ardiente que apretaba el mercurio de los termómetros hasta casi conseguir que se desbocara como la pasta de dientes cuando se lavan los dientes los pequeños de la casa.

Pero no cedían nuestros intentos de salir una noche con los telescopios, las cámaras fotográficas y trípodes, con las linternas y por supuesto con el picnic para ir a ver las estrellas y la luna, la vía láctea y los planetas de nuestro sistema solar: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón (bueno, tampoco es para tanto, es que me sale de carrerilla). Se ve que algo me ha quedado de los años de colegio. Todavía no se habían incorporado Plutón, Ceres y Eris que se descubrieron más tarde.

Era de día cuando llegamos a la zona de avistamiento. La tarde espléndida prometía mucho, quizás había sido el mejor día de todo el verano. Un brindis por los organizadores, mientras se colocaban y se calibraban los star-trackers, telescopios, prismáticos telescópicos y se preparaba la «afarimerienda» (merienda-cena). Enseguida el atardecer nos regalaba con la visión de Venus. Rápidamente conquistamos la Polaris y nos situamos para reconocer con el puntero de láser las constelaciones, estrellas y otros muchos elementos ambulantes a nuestro alrededor.

¡Apasionante!

Llegados a este punto y mientras escuchábamos a nuestro querido experto astrofísico las más interesantes explicaciones in-situ, os imagináis que no hacíamos otra cosa mas que empaparnos del conocimiento que tan generosamente nos regalaba. Así, embelesados, nos encontraban las horas que pasaban, casi sin darnos cuenta.

La luna de agosto se escondía tras una alta colina que nos impidió disfrutar de ella desde nuestra localización en Artikutza. Sin embargo, sí pudimos verla desde los coches, cuando volvíamos a casa.

Incluyo la fotografía de Victor Bolea, gran fotógrafo y amigo, para dejar constancia de uno de los momentos vividos, mágicos e inolvidables.

Sueño con volver a ver las estrellas y los planetas y a esos amigos con los que se comparten estas locuras.

Agur, hasta pronto.


Os dejo con el poeta Julio González Alonso a quien tanto admiro. Su obra y su ser son interesantes. Enlace a su página web: lucernarios.net

Luna de agosto

Te miras en la noche
y te mira el día
y a tu rostro de luna
luna
asoma la sonrisa.

En los ojos zarcos
de las aguas frías
reposa la belleza que enamora
tu mirada limpia.

Tú subes
a sus cielos
con rubor de niña, piel naranja
de tacto adolescente,
blancor desnudo
de amor de novia enamorada
desvestida
de jazmines derramando sus aromas
por los jardines en sombra,
galanteo del aire,
brizna
de celos al arrullo de las olas
que besan las orillas.

La noche de agosto te corteja
y acompaña de estrellas
la luz de tus pupilas.

Cantan los grillos, los relojes
marcan las horas en las plazas
y suspiran los hados
de la buena fortuna.

Autor: González Alonso


(Revisado/Feb23)

Agua


No bebo agua. No lo tengo prohibido, es más; lo tengo recetado por mi médico de familia. Trata de convencerme diciéndome que mis riñones son la parte más importante de mi organismo, pero no sabe que la parte más importante de mí, es el corazón. No bebo agua por prescripción médica, bebo agua porque sé que soy agua y que necesito reponer mi energía. El agua debería de ser mi alimento esencial, mi alimento preferido, pero siento decir que, hasta la fecha, mi alimento preferido es el chocolate. ¡No puedo evitarlo!


Bebo agua corto fruta
Hundo las manos en los follajes del viento
Los limoneros riegan el polen del verano
Pájaros verdes rasgan mis sueños
Me voy con una mirada
Una amplia mirada en la que el mundo vuelve a ser
Bello desde el principio a la medida del corazón.

Poema del poeta griego Odysséas Elytis. (Premio Nobel Literatura 1979)

Del Blog de Triana, con mi agradecimiento.
Imagen de autor desconocido.


La música del mar


El viento sacude las enaguas amarillas del otoño. Busca la boca desnuda de los bosques con pasión de enamorado. Desde el centro del pueblo llega un murmullo de voces infantiles por las estrechas pendientes empedradas. Hay hombres viejos sentados aquí y allá que parecen apacentar las horas. Las ventanas se tornan con lenta indiferencia dejando que se filtren finos hilos de luz silenciosos por las grietas. Se va haciendo tarde.

No tengo prisa, todo es un sueño. Llevo una vieja mochila al hombro.

Las sombras me siguen como afilados cuchillos negros. He subido hasta la cima con mi corazón a cuestas. Escucho el latir de las piedras, hogueras de estrellas enciende el mar, fuego fulgurante. Todo es un sueño. La noche ha borrado los caminos, el tiempo, los nombres…

En la lejanía navega indecisa mi vieja mochila.

Late el corazón apretado a las piedras, a las estrellas, al mar que rompe en el acantilado…


@mjberistain

Ante el espejo


«Escribo poesía porque no escribo un Diario»,
contesté con humildad cuando me preguntaron por qué escribía. MJB

Rescato de Babelia la voz de una de las mujeres que se dedica a la investigación, estudio y divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

Del texto de ANNA CABALLÉ escritora, crítica literaria y profesora universitaria española.
Su línea de investigación es el estudio y la divulgación de la escritura autobiográfica en lengua española.

ANDRÉ GIDE FUE NOVELISTA, POETA, VIAJERO Y PREMIO NOBEL (1947)
LA OBRA DE SU VIDA FUE SU MONUMENTAL DIARIO ÍNTIMO

André Gide logró dejar una huella imborrable en la literatura autobiográfica del siglo XX.
En España, nombres como Jaime Gil de Biedma, Juan Goytisolo, Carlos Barral o Terenci Moix fueron deudores de su obra, en la que alternó la crónica política del tiempo convulso que le tocó vivir con la exposición de sus dilemas mas íntimos.

Gide reflejó en su escritura el conflicto entre deber y placer, “Lejos de negar o de ocultar su uranismo, lo declara, y casi podría decirse que se jacta de él. Dice que las mujeres nunca le han gustado más que espiritualmente, y que solo ha conocido el amor con los hombres”

André Gide (1869-1951) tiene 18 años y está en clase de retórica en París, en la Escuela Alsaciana. Lleva un diario desde el 4 de octubre (1887). Es su primer cuaderno. Meses después mantiene una importante conversación con un compañero de clase que, como él, siente con intensidad su vocación literaria. Se llama Pierre Louis. Los dos jóvenes intercambian confidencias sobre sus respectivos proyectos y Louis le lee algunos pasajes de su diario. Gide queda vivamente impresionado y se reprochará no haberse tomado con la debida seriedad su vocación: “Ayer noche vi a Louis y me dio vergüenza. Tiene el valor de escribir y yo no me atrevo. ¿Qué es lo que me falta? Y, sin embargo, cuántas cosas bullen en mí y reclaman cristalizar en el papel. ¡Tengo miedo! Tengo miedo de que al poner por escrito la frágil y fugaz idea la eche a perder, le dé la rigidez de la muerte, como esas mariposas a las que se extienden las alas sobre la mesa y que solo son bellas cuando vuelan” (15 de mayo de 1888).

Louis también dará cuenta de la conversación con Gide en su diario y ahora disponemos de la oportunidad de conocer los dos ecos generados por un mismo encuentro. Pero es que el diario de Gide es uno de los casos más fantásticos que se conocen en relación con los estudios sobre el género, pues una amiga suya, Maria Van Rysselberghe (la Petite Dame), tomaría la decisión en 1918 de llevar un diario paralelo al del autor de El inmoralista y lo mantuvo hasta la muerte del escritor, en 1951, asumiendo el papel de un Eckermann frente a Goethe. La función de sus cuadernos queda definida en una anotación de 1927: “He emprendido estas anotaciones con la idea de que puedan servir de fuente, de referencia, de testimonio a aquellos que un día quieran escribir la verdadera historia de André Gide”. Es decir, que el Diario del escritor se convierte en el centro generador de una pléyade de otros diarios —Charles du Bos, Martin du Gard, Eugène Dabit, Pierre Herbart, Louis Guilloux…— en los que resuena tanto su voz autorial como su influencia. Incluso la que en 1895 sería su esposa, Madeleine Rondeaux, llevó un diario en su adolescencia donde aparece su primo, del que estaba profundamente enamorada. Cuántas veces la realidad va más allá de la ficción y es más interesante, pues esa sinergia creada en torno al diario gideano realiza espontáneamente, como señala Philippe Lejeune en Un journal à soi, el sistema del “punto de vista múltiple” que se halla en el centro narrativo no solo de su obra más reconocida, Los monederos falsos (1925), sino de muchos otros ejercicios narrativos: anteriormente, por ejemplo, había remodelado su diario de adolescencia atribuyéndoselo a su héroe y alter ego en los Cahiers d’André Walter (1891).

Es decir, estamos ante un caso verdaderamente prodigioso de irradiación del diario gideano; uno de los esfuerzos más completos que han podido tentar a un hombre para comprenderse a sí mismo y explicarse ante los demás. Una simple muestra de su vasta influencia nos la proporcionan poetas como Carlos Barral y, sobre todo, Jaime Gil de Biedma, ambos autores de sendos diarios escritos bajo su modelo e inspiración, por no hablar de Juan Goytisolo o Terenci Moix.

Soy una entusiasta defensora de las ediciones íntegras de los diarios, aunque tengan miles de páginas (casi diría que mejor). Es la única manera de hacerse con el verdadero ritmo de una práctica caracterizada por la reflexividad. La única manera de ahondar en la frecuencia, los hábitos, el ritmo, la modulación de los temas que van surgiendo y las constantes que vertebran la escritura. Nada mas fluctuante que el ritmo de un diario, sometido a todas las variaciones de la vida cotidiana: la única manera de poder apreciarlo es dejarse llevar por sus ondulaciones, sus reiteraciones, sus caídas de ánimo, los éxtasis, las incertidumbres. “No vale la pena escribir el diario cada día, cada año; lo que importa es que en determinado periodo de la vida sea muy preciso y escrupuloso. Si he dejado de escribirlo durante largo tiempo es porque mis emociones se estaban volviendo demasiado complicadas” (3 de junio de 1893). Complicación para Gide significa riesgo de caer en una excesiva elaboración de sus sentimientos y, por tanto, falta de autenticidad. El que fue poeta de la vida y de la energía se interrogará siempre sobre la sinceridad de su escritura. Y es que la máquina gideana no conoce el reposo, la satisfacción, la tranquila explotación de los logros. De modo que su diario todo lo admite, todos los temas y vivencias caben en él, porque a todo estaba abierta su mente: “Recurro a este cuaderno para aprender a exigirme más”.

En el caso de Gide, basta leerle para que nos guíe hasta el fondo de lo que nos dice, —al no distinguir entre la vida y la obra, concibe esta última como “la vida de la vida”— se libra a la entrega moral de ser quien es hasta las últimas consecuencias. Además de sus muchas lecturas y viajes —incluidos los que hizo al Congo y a la URSS para terminar denunciando el colonialismo y el estalinismo—, de sus encuentros con figuras como Oscar Wilde o Marcel Proust, su amistad con Paul Valéry y Francis Jammes, y su papel al frente de La Nouvelle Revue Française, cruzando su Diario de punta a cabo descubrimos el conflicto que le condujo a convertirse en un pensador sobre la moral recibida y en un escritor implacable consigo mismo: la vivencia de la (homo) sexualidad.

Educado bajo la férula de su madre, la adinerada Julie Rondeaux, una mujer inteligente, suprema gobernanta de todo lo que ocurría en la casa familiar y acostumbrada a regirse por el principio del deber, Gide recibirá una educación basada en el aprendizaje de la sumisión. Del acatamiento a las normas exigidas por el conformismo burgués y que su madre representa como nadie. Negro sobre blanco: en este contexto de excelso puritanismo, el sexo es pecado, la carne es impura por naturaleza y la ley cristiana impone considerar el cuerpo como un saco de inmundicia. He aquí el drama íntimo de Gide: si no quiere perder el amor de su reverenciada madre, debe odiar tanto su cuerpo como la voluptuosidad que muy tempranamente anida en él. O bien debe aprender a mentir, a disimular, a enfrentarse a la pena negra que siempre causa lo que sabemos que debemos ocultar a los demás. Principio del deber vs. instinto del placer. Tanto en un caso como en el otro, Gide es o se ve culpable, es decir, un traidor a la gran causa familiar y de clase.

El largo ejercicio de desdoblamiento del yo que cruza su escritura le conducirá en un primer momento a una solución de compromiso por la que se siente feliz: deseo y amor, se dirá, son dimensiones distintas, mientras el primero aspira a la consumación, el segundo busca la duración. El deseo le conducirá a los brazos de jóvenes con los que experimentará la alegría del encuentro; el amor se lo garantiza el matrimonio contraído con su prima Madeleine Rondeaux, una especie de ancla ante la lava ardiente de su pasión. Esta es la teoría. En la práctica, la esperada comunión espiritual absoluta con su esposa —un matrimonio nunca consumado— exigiría enormes sacrificios y frustraciones por ambas partes. Exigiría el silencio. El hombre capaz de librarse a la aventura y a la franqueza de la amistad con una audacia inaudita, expuesta en Si la semilla no muere, es el mismo que practicará la diplomacia, la censura y la prudencia con su esposa —lo define como una “mutilación impía”—. Ambos sufren y callan, aunque Gide hará de su nomadismo el reverso de la frustración conyugal: “Solo deseo viajar”.

Consecuencia de la explosión diarística en Francia en torno a 1880, en algunos escritores germinaría la idea de escribir un diario y publicarlo “en caliente” (el caso paradigmático es el de Léon Bloy), convirtiéndose en cierto modo aquella escritura privada en una obra literaria. Indudablemente supuso una actitud moderna que conllevaría, sin embargo, un cambio estructural —una obra se construye, dispone de comienzo y cierre, tiene en cuenta el horizonte de lectura de su tiempo, mientras que un diario se acumula y puede no contemplarlo en absoluto—. Gide no pudo resistirse a la posibilidad de publicar sus cuadernos en vida, porque le permitía proyectar su voz en otro registro, aumentando la potencia de la polifonía literaria que constituye toda su obra y, en definitiva, seguir experimentando. De modo que en 1939 el Diario se publicaba, cuidadosamente censurado, en La Pléiade. Fue necesario un añadido póstumo en 1954, pero aquella edición contenía deturpaciones textuales de todo tipo. La edición de Debolsillo nos ofrece ahora la oportunidad de sumergirnos en aquel proyecto existencial que para el gran moralista francés fue explicarse y explicar a los demás las muchas contradicciones de su vida.

Ver el texto completo en la publicación de ANNA CABALLÉ en Babelia, El País. marzo 2021


El secreto está en la síntesis

Dice Jose María Guelbenzu: EL SECRETO ESTÁ EN LA SÍNTESIS

Se refiere al libro de Chris Offutt titulado «Lejos del bosque». Incluyo este texto entre mis páginas porque me ha resultado interesante su explicación sobre la escritura de cuentos.

Este breve volumen de cuentos no tiene desperdicio. Es también engañoso porque su aspecto hace pensar al lector que es una literatura sencilla, sin complicaciones; sencilla sí es, pero complicaciones las tiene todas. El aspirante a escritor tiende a pensar que esta manera de contar, a base de frases breves y cortantes que casi no dejan tomar aire y con un asunto central ya muy trajinado —la nostalgia del origen, la salida de la tierra natal, la imposibilidad del regreso e incluso el mismo regreso—, no ha de ser muy difícil a poco que uno se ciña con variantes a un cliché mental muy trajinado también.

Eso mismo he visto que les ocurría a muchos pre-escritores después de leer a Raymond Carver. Carver parecía escribir a la buena de Dios, sin preparación artillera alguna, pero tras muchos intentos de imitación descubrían que el enemigo —la escritura— seguía incólume, sin que la hubieran alcanzado ni de refilón siquiera con una frase.

Uno de los cuentos de Chris Offutt, el titulado ‘Prácticas de tiro’, comienza así: “Ray puso un leño sobre el bloque de madera y alzó el pesado mazo. El fresno seco se quebró sin dificultad. Sustituyó el mazo por el hacha y cortó listones finos que se curvaron alrededor de los nudos y cayeron al suelo. El esfuerzo aflojó la tensión que se había vuelto crónica desde su regreso a las montañas. Hacía ya varios años que se había ido de Kentucky y ahora deseaba haberse quedado en Detroit, en la cadena de montaje de la fábrica Chrysler”.

En este párrafo se ha contado una vida, un modo de vida y una idea de la vida. Nada menos. Es capaz de mostrar con precisión el ejercicio de un oficio y el resumen de la existencia del personaje; sólo hay que mostrar el trabajo y la historia del personaje de modo que la veamos físicamente; y todo con llaneza, como pedía maese Pedro, sin adornos ni explicaciones innecesarias. Cuando el aspirante a escritor emulaba a Carver siempre descubría que quizá no lo había hecho del todo mal, sólo que la magia carveriana no aparecía por ninguna parte. El secreto está en la síntesis de la experiencia y en el dominio de la sugerencia y de la elipsis. El párrafo que acabo de traer aquí no tiene su gracia en la brusquedad expresiva ni en la simplicidad de palabra, sino en lo que su apariencia delata.

Offutt es uno de esos tipos nacidos en una localidad inimportante y cerrada que abandona para ver qué hay más allá por el mundo y ejercer cualquier oficio que le produzca unos dólares. Y aprende gracias al paso del tiempo y afinando la mirada sobre la especie humana. La mirada es el arma más poderosa del escritor, la que le permite seleccionar y elegir y, después, trabajar con la expresión por la palabra.

Chris Offutt clava la mirada en historias inimportantes que contienen la conciencia elemental de la existencia, desgarradoras, emocionantes; y en un modo de relato que se instala en el cruce de la emoción con la sobriedad. Parece un narrador lacónico, pero golpea los sentimientos del lector y lo sacude para mostrarle la hondura singular e irrepetible de toda condición humana, valiéndose de unos personajes que llenan una buena parte de la mejor literatura: los perdedores. Sus relatos son poderosos y universales en su simplicidad por la misma razón que lo son los cuentos de Chéjov, tras el que se suceden todos los cuentistas americanos, de O. Henry y Ambrose Bierce a HemingwaySalinger o Tobias Wolff. Offutt pertenece a esa ya gloriosa tradición por derecho propio y este libro es una muestra perfecta de lo que digo.

Lejos del bosque Chris Offutt
Traducción de Javier Lucini
Sajalín, 2021. 128 páginas. 15 euros

Crítica Literaria: Jose María Guelbenzu
Publicado en Babelia – Marzo 2021


El Teatro de la poesía

Original publicado en el Blog de arena


Dice nuestro común amigo Borgeano:

Hace unos días, una amiga de la casa, Isabel Fernández de Quirós, quien presentó su nuevo libro de poemas Aire que rompe la niebla ―lo hizo, acorde a los tiempos que vivimos, de manera virtual; así que tenemos un excelente registro de ello. Quien quiera verlo puede acceder aquí y oír su poesía en su propia voz―, me dijo algo que me pareció perfecto como síntesis de lo que es la poesía: «Cada poema es una obra de teatro en miniatura, cuanto mejor se interprete más tocará el corazón del escuchante».


Poetikon

Yo siempre he abogado por la lectura poética en voz alta, cosa que sé que no es algo original, pero que de todos modos no siempre es compartido o aceptado (desde aquella tarde en que Tomás de Aquino vio a Anselmo leyendo sin mover los labios, día en que cambió la historia de la lectura para siempre, leer fue considerado un acto íntimo, personal y, sobre todo, silencioso. Después uno ve que sólo se cambió un hábito por otro y que el hábito terminó transformándose poco menos que en una superstición). Como sea, Isabel había dado en el clavo: la lectura poética en voz alta nos permite acceder a ciertas capas de sentido que a veces la lectura silenciosa nos veda. La puesta en escena, si se me permite la expresión, hace que pasemos a formar parte del poema y que éste pase a formar parte de nosotros mismos.

Claro está, esto nos permite, también, diferenciar un buen poema de uno malo (si los versos no están bien armados, medidos o musicalizados se hacen evidentes los ripios y los tropiezos) pero, sobre todo, nos permite, y esto es lo más importante, acceder mucho más profundamente a aquellos poemas buenos. Borges, creo que en el prólogo a su volumen de poesía completa, dice que el poema no está en el conjunto de signos impresos en una hoja, sino en el diálogo que se crea entre esos signos y el lector. La idea es hermosa y, por supuesto, altamente poética: el poema en sí no está ni en el libro ni en el lector, está en el puente que se teje entre ambos; y para ello se hace necesario este teatro en miniatura del que habla Isabel. Saber (aprender a) convertirnos en el ser capaz de transformar esos símbolos en poesía ya es motivo suficiente como para justificar, aunque sea por unos momentos, nuestra existencia.


Esta entrada pretende ser un homenaje a estas dos personas, Borgeano e Isabel, a quienes admiro profundamente por la calidad de sus diálogos y la profundidad de los temas que tratan. Agradezco sinceramente que nos permiten acercarnos a ellos desde esta ventana virtual.

imagen de portada pexels


El prólogo


Un prólogo (del griego πρόλογος prólogos, de pro: ‘antes y hacia’ (en favor de), y lógos: ‘palabra, discurso’)1​ es un breve texto preliminar de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción a su lectura. Sirve para justificar la aportación al haberla compuesto y al lector para orientarse en la lectura o disfrute de ella. El prólogo es además el escalón previo que sirve para juzgar, expresar o mostrar algunas circunstancias importantes sobre la obra, que el prologuista quiere destacar o desea hacer énfasis para animar a la lectura.

BRADBURY

El hombre ha llegado a Marte; ya lo he dicho anteriormente. También he dicho que tengo una amiga que debió de estar allí unos días antes de la llegada del Perseverance. Presentó una exposición sobre un magnífico trabajo fotográfico titulado «Lejos de la Tierra«. Hoy me he encontrado de nuevo con Bradbury. Y no he dicho todavía, pero ahora confieso, que no había prestado demasiada atención a la ciencia ficción hasta el jueves pasado.

He huido durante años de las películas sobre ese tema, aunque vi Odisea 2001 en 1968. Y no me dejó indiferente. Pero ha habido siempre en mí una especie de pudor, de temor o de terror, de rechazo por lo espeluznante de las imágenes que llenaban de horribles y temibles personajes el futuro en el que yo, previsiblemente, estaba condenada a vivir. Eso para mí era la «ciencia ficción». Supongo que mis neuronas quedaron enquistadas voluntariamente ante alguna de las películas a las que acudí haciendo un favor, es decir, ofreciendo mi compañía, a alguien muy querido. Y no permití que evolucionaran…

Hace unos meses quise esquivar la película MATRIX que había visto un par de veces. No fue posible. Pero escuché con gran respeto y atención la recomendación de mi querido yerno mayor, quien se afanó en conseguir que yo la comprendiera. Y lo consiguió. Después de su magnífica exposición, vi de nuevo la película. Sorprendente, él me abrió una grieta en la mente y por allí se coló el tema de lo distópico —Término opuesto a utopía. Como tal, designa un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o el cine, que se considera indeseable. La palabra distopía se forma a partir del término utopía, al que se agrega el prefijo dis-, que denota ‘oposición o negación’.

¿Por qué demonios hoy estoy hablando de esto?

Hace dos días hemos tocado Marte, he amanecido con Bradbury gracias al comentario de mi amigo de web Xabier a quien le gusta más Bradbury que la NASA, y me he encontrado con Borges en el prólogo de su libro Crónicas Marcianas…

Así que para hoy tengo trabajo de exploración y de «reordenación» de mis neuronas. Abrirles las ventanas que tanto tiempo han tenido cerradas. (Sé que me odian por ello, pero les digo que nunca es tarde, y, aunque me siguen odiando yo sé que hoy se sentirán un poco más felices conmigo).

-.-.-

Comparto el prólogo de Jorge Luis Borges:

Prólogo de Jorge Luis Borges a la edición española de Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

“En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido; a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos; en el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer.

Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es clara: para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era un símbolo o arquetipo de lo imposible; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su «Descubrimiento de un mundo en la Luna», discurso tendiente a demostrar que puede haber otro mundo habitable en aquel planeta, con un apéndice titulado «Discurso sobre la posibilidad de una travesía»?En las «Noches áticas» de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba en el aire; Wilkins predice que un vehículo de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.

Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science-fiction o scientifiction y del que son admirable ejemplo estas Crónicas. Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo —que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena.

Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado -el dark backward and abysm of Time del verso de Shakespeare. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.

¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main street.

Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafísico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo.

Hacia 1900 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas, de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables temores.


VÍDEO: LEJOS DE LA TIERRA
AUTORA: MARI JOSE CUELI


Imagen de cabecera: istockphoto.com

Ziqian Liu

Reflections 2

Un simple espejo, unos pocos objetos (como plantas y frutas) y su propio cuerpo son los elementos que Ziqian Liu necesita para crear las fotos de ‘Reflections 2’, una serie de llamativos autorretratos que demuestran que los selfies pueden ser también arte si se tiene talento, se cuida la composición y (en este caso) se…

‘Reflections 2’, cuando el selfie se convierte en arte gracias a una cuidada y original composición minimalista, por Ziqian Liu — Xataka Foto

PUBLICADO POR XATAKA FOTO


¡Te lo dije!


—¡Te lo dije!

Gritaba mi abuela desde el tercer piso, dando órdenes, moviendo sus brazos de forma grotesca como en los momentos que me amenazaba con darme una paliza.

—¡No va a entrar! —te has empeñado, pero no va a ser posible.

Los trabajadores se afanaban en mover aquel bulto de dimensiones descomunales mientras el conductor, atento al tráfico que levantaba polvaredas envolviéndole en nubes de vapor de monóxido de carbono, sujetaba la gran puerta del camión sin poder evitar mirar a los coches que pasaban, ceñidos a su cuerpo a gran velocidad, especialmente a los de gran cilindrada que le obsesionaban desde que era un niño: los viejos «bemeuves» de segunda mano conducidos por jóvenes a toda máquina, los jaguares majestuosos, algún ceremonioso bentley con chofer, los porches que se habían convertido ya casi en vulgares, los estrepitosos bugattis negros de líneas rojas, y alguna que otra camioneta de reparto que a esas horas de la mañana se afanaba por llegar puntual a entregar la carga en los mercados. Se había quedado absorto con la maniobra del mustang amarillo y su bramido mientras aparcaba en la acera de enfrente.

—Quiyo, tira p’ayá que megtafisiando con el burto en lo cojone!!! —gritaba el bajito calvo a su compañero, un atlético individuo de casi dos metros de alto y uno cuarenta de ancho mientras se atusaba el flequillo que le caía sobre el ojo izquierdo.

La maniobra no podía ser más caótica. El jefe había aceptado la primera hora de la mañana para hacer la descarga a petición de su cliente. Pero las cosas y las calles y las carreteras van tomando aspectos diferentes con más rapidez que antaño, y la calle de los Orcos se había convertido en un estrecho y sinuoso atajo perfecto para evitar los cuatro kilómetros de semáforos que hacían del camino al centro de la ciudad una procesión dolorosa cada día.

—¡Eh, Joaquí, egpera tío! que me tengo que soná.

El alto deslizó el bulto sobre sus rodillas y, a pulso, lo colocó en el suelo asegurándose de que no se dañara por ninguna esquina. Le había costado indemnizar por su cuenta a un cliente porque en una ocasión había entregado un bulto menor con una esquina rota y había querido hacerse el loco argumentando que lo había recibido así. Su chulería le costó la friolera de trescientos pavos que le descontaron de su paupérrimo sueldo, además, coincidiendo con su época de vacaciones, lo que hizo que tuviera que reducir en alta proporción la cantidad de gin-tonics que solían alegrarle las noches de farra.

—¡Quiyo!, —¿passa ahora?

Para disimular, el alto, mientras sacaba el móvil de uno de los bolsillos de su buzo para mirar en la pequeña pantalla quién le llamaba, sacó un pañuelo y simuló un estornudo. El pequeño hizo un gesto de fastidio y lanzó una mirada asesina a su jefe —el conductor— que seguía mirando al tráfico, embobado, haciendo caso omiso de lo que se pergeñaba en la trasera del camión.

Había movido todos los muebles del único espacio posible de la casa para colocarlo. La mesa de escritorio con el ordenador delante de la ventana, la estantería de los libros la había apretujado contra la pared, unos centímetros, todos los que se pudieron, y vaciado y desarmado el armario verde de Ikea que, después, ya pensaría en cómo hacerle hueco. Me llegaban como en sordina, lejanamente, los sonidos del tráfico, bocinas y voces de los trabajadores en una caótica amalgama en hervor. Había conseguido no ir al colegio ese día para hacerme cargo de la llegada del bulto. Reconozco que mi abuela estaba mucho más nerviosa que yo. No hacía nada más que lavarse las manos y frotárselas en el delantal y dar vueltas por la casa quitando el polvo y moviendo cosas, de un lado a otro, que siempre habían tenido su sitio perfecto hasta aquel momento.

Había soñado tantas veces con ello que más que una ilusión, mis sueños se habían convertido en una obsesión.

No cabía en el ascensor. No era la primera vez que los transportistas se habían encontrado con una situación parecida, era lo normal en esos casos. Sofocados en el portal, mirando hacia las escaleras, juraban en hebreo y discutían la forma de hacerlo entre los tres; el jefe el pequeño y el largo.

Mi abuela me llamó para que me asomara a la barandilla de la escalera, pero no fui capaz. Miraba y medía los espacios de mi habitación en la esperanza de que me hubiera equivocado en algunos centímetros y todo terminara como yo había soñado. Había llamado al afinador —un chico estupendo, según me habían comentado mis amigas, todas enamoradas de él—. Yo me rizaba las pestañas frente al espejo del baño y pensaba que en último término siempre habría un espacio posible quitando el bidet de su sitio.

—Buenos días. ¿Dónde se supone que tenemos que colocarlo? —preguntó el jefe.

—Por aquí, por aquí, salí presurosa a medio vestir con la barrita de rímel en las manos. ¡Siganme!

Los trabajadores miraban al pasillo haciéndose cábalas sobre dónde iba a caber aquel bulto en aquella casa, esperanzados de que se abriera un gran salón a su paso donde colocar lo que fuera que hubiera dentro del cajón. Pero no. No había un gran salón esperando. Había una pequeña habitación de escasos diez metros cuadrados casi descuartizada con libros apilados por los suelos y una alfombra peluda que nadie había tenido la intuición de quitar para facilitar la maniobra. Me abracé a mi abuela no tanto con la alegría de ver mi sueño cumplido, sino con el convencimiento de que ahí acabaría el fin del mundo.

Sigo escuchando la música de Beethoven, de Bach, de Chopin, y observando con admiración las manos de los pianistas, especialmente las del chico estupendo que vino aquel día a casa para afinar mi piano.

Mis amigas no me dirigen la palabra desde entonces.


@mjberistain
imagen de la colección de Karlos Giménez

Mi caja de lunas


Salgo al jardín. Es fría y oscura la madrugada. Abro mi caja de lunas.

Hay silencio alrededor, aquello que no supe descifrar en su momento continúa envuelto en niebla. El techo es un lienzo lleno de estrellas y nubes huidizas. Pienso que ahí están reflejados los deseos y los sueños de la humanidad. Recuerdo ahora nuestra nariz pegada al escaparate de la tienda de juguetes cuando dejábamos tatuado el vaho y nuestras huellas de infancia días antes de la llegada a la ciudad de los Reyes Magos.

Me dispongo a repasar lo que ha sido mi vida estos últimos doce meses y a hacer orden. Sí, he dicho a hacer orden, es decir, descartar lo inservible y rescatar los momentos que han dejado una marca indeleble en mi; en mi cabeza y especialmente en mi corazón, aunque se hayan quedado algo adormilados por falta de uso, de atención o cariño. Deseo dedicarme a ellos a partir de hoy sin restricciones. Porque restricciones hemos vivido bastantes en esta última etapa. Por eso hemos acumulado ilusiones, deseos y osadías a los que no hemos podido dar rienda suelta como nos hubiera gustado o hubiéramos necesitado. ¡Cuánto hemos echado en falta los abrazos y los besos…!

Hay un hospital cerca, me acerco a una de sus columnas frías. El frío me recuerda al adiós en las manos de mis seres queridos. Pienso en los que no pudieron vivirlo. Pienso en las manos que se ofrecieron con generosidad y valor a sustituir el calor de abrazos ajenos en muchos últimos momentos. Hay silencio alrededor, el Belén parece más gris que otros años, se ven las imágenes desvaídas sin que los colores palpitantes de las luces navideñas logren desvelar su belleza natural. Y hay puertas por donde quisimos escapar alguna vez y desistimos…

Sigo sin comprender. Tiemblo cuando siento que el universo es un gran globo suspendido de una fina y frágil línea de luz de la que desconozco sel origen.

Durante estos meses últimos pasaron las lunas como poemas tristes en el firmamento de los libros de papel, la esperanza sin voz, agazapada en un pequeño rincón del epílogo, esperando su oportunidad en una nueva edición actualizada.

Hoy quiero pensar que coleccionaré nuevas lunas; lunas que aliviarán desgarros, desesperanzas y duelos. Lunas como trazos de luz o rodajas de fruta fresca, lunas llenas que regalarán al planeta historias nuevas, lunas como hilos de plata que seguirán brillando mientras volamos sobre los mares de entresueños…


@mjberistain
Fotografía Pedro Barinaga

Solo juegos de palabras



Leo y releo en estos días de confinamiento. Y me detengo en cualquier punto del paisaje. Retrocedo y así no termino nunca de terminar un libro que realmente me interesa; especialmente los relacionados con las vidas y circunstancias de los poetas a los que admiro.

Hablamos de Aleixandre, (más tarde os diré quién es el que habla…)

Aparece a última hora de la tarde, justo para llegar a tiempo a cenar. Parece cansado del viaje, pero las chispas en sus ojos siguen igual de azules y de vivas. Tan poco invasor, tan religiosamente atento a lo que le decimos, siempre me hace gracia la vehemencia que este hombre pone, de repente, en el relato más trivial. En cualquier revuelta del diálogo se le acelera la palabra, casi jadea, como si entre frase y frase tuviera que sumergirse, borboteando, para calar al fondo de la historia. Hoy nos contaba su paseo hasta la oficina de telégrafos, recién llegado, preguntando aquí y allá, y el inocente trayecto de manzana y media tomaba una solemnidad y una intensidad insospechadas. Lo oscuro de la noche y de los transeúntes, las ráfagas del viento y de los automóviles, la zarabanda de las luces, todo componía una especie de fantasmagoría, de realidad espectral —figuraciones y figuras—, a punto de perder pie definitivamente. Y el tono, y las inflexiones de la voz y el gesto, el inoíble pianissimo, suscitaban la idea de una expedición tremenda, misteriosamente significativa, lo mismo que la bajada de Orfeo a los infiernos.

Nunca le había oído leer poesía en público y me pareció admirable. Es además un estupendo explicador, que sabe perfectamente insinuar en los oyentes la atmósfera del poema. Aleixandre es un gran poeta.

J.Gil de Biedma


DESPUÉS DEL AMOR

Tendida tú aquí, en la penumbra del cuarto,
como el silencio que queda después del amor,
yo asciendo levemente desde el fondo de mi reposo
hasta tus bordes, tenues, apagados, que dulces existen.
Y con mi mano repaso las lindes delicadas de tu vivir retraído.
Y siento la musical, callada verdad de tu cuerpo, que hace un instante,
en desorden, como lumbre cantaba.
El reposo consiente a la masa que perdió por el amor su forma continua,
para despegar hacia arriba con la voraz irregularidad de la llama,
convertirse otra vez en el cuerpo veraz que en sus límites se rehace.

Tocando esos bordes, sedosos, indemnes, tibios,
delicadamente desnudos,
se sabe que la amada persiste en su vida.
Momentánea destrucción el amor, combustión que amenaza
al puro ser que amamos, al que nuestro fuego vulnera,
sólo cuando desprendidos de sus lumbres deshechas
la miramos, reconocemos perfecta, cuajada, reciente la vida,
la silenciosa y cálida vida que desde su dulce exterioridad
nos llamaba.
He aquí el perfecto vaso del amor que, colmado,
opulento de su sangre serena, dorado reluce.
He aquí los senos, el vientre, su redondo muslo, su acabado pie,
y arriba los hombros, el cuello de suave pluma reciente,
la mejilla no quemada, no ardida, cándida en su rosa nacido,
y la frente donde habita el pensamiento diario de nuestro
amor, que allí lúcido vela.
En medio, sellando el rostro nítido que la tarde amarilla caldea sin celo,
está la boca fina, rasgada, pura en las luces.
Oh temerosa llave del recinto del fuego.
Rozo tu delicada piel con estos dedos que temen y saben,
mientras pongo mi boca sobre tu cabellera apagada.

V. Aleixandre


La china



«Al salir, pagó el café que se le había olvidado tomar…»
(Truman Capote)

Una lluvia aburrida se había instalado en la ciudad cayendo incansable desde lo alto de un cielo plomizo como el de ayer y el de anteayer; como posiblemente el de la próxima semana, según los partes meteorológicos que ya no sabían cómo explicarlo de forma diferente cada día.

Se había hecho de noche. Al volver la esquina vomitó. Tiró el periódico empapado en una papelera y se dejó allí colgado el paraguas. No tuvo la precaución de arrancar la página de los anuncios antes, aunque, cuando se dio cuenta, tampoco le importó.

Pasaban los días y por muchos esfuerzos que hacía no veía ninguna posibilidad de encontrar un trabajo como el que pensaba que merecía de acuerdo con su historial profesional, su preparación académica y el estatus de su familia. Le quedaban pocos días para cumplir cincuenta años y aunque ese aspecto, en condiciones normales de mercado, hubiera podido ser considerado un valor positivo, él mismo se consideraba un buen fichaje para cualquier empresa, se sentía defraudado, solo, como una isla desierta en mitad de un océano hostil. Era cierto que no había querido llamar a las puertas de los amigos para solicitar ayuda, su orgullo no se lo permitía. La realidad era que había evitado confesar que se encontraba en semejante situación. Cómo iba a imaginárselo nadie a su alrededor. Era del todo increíble que estuviera fuera de mercado, aun admitiendo que entonces los puestos directivos de las empresas se regían más por movimientos políticos y eran menos estables o más dinámicos que en otros tiempos. Ya no servía de nada el pasado. Servía saber venderse para un futuro impredecible. Alguna vez escuchó que era fundamental saber vender humo…

Ocupaba un apartamento en el decimoquinto piso de uno de los miles de edificios a los que llamaban rascacielos que se amontonaban en un barrio bajo de las afueras de la ciudad. Se miró al espejo del ascensor, estaba roto, y sus trozos garabateados con frases y dibujos obscenos. Aún pudo darse cuenta de que su aspecto físico era demoledor. Su calvicie prematura que hasta entonces había llevado con dignidad, su piel reseca, sus cejas caídas en diagonal que daban a su mirada un aspecto lastimoso, sus hombros deformes por el peso de los días. Todo ello no solo maltrataba su espíritu, sino que, además, invalidaba su poder de camuflaje; traspasaba todas las líneas de fuego de sus tripas hasta asomarse al exterior de su cuerpo sin condescendencia. Sin embargo, aquella tarde oscura, la china del último bar al que había llegado tambaleándose para tomarse un café bien cargado le había mirado con detenimiento, con piedad o conmiseración, o, no sabía muy bien cómo interpretar aquella mirada apaisada que apenas dejaba entrever lo que él pensó que eran unos seductores ojos negros, y que le habían aturdido durante un instante. Quizás, para ella, era imposible mirar de otra manera. Se demoró después aferrado a la barra del bar, observándola mirar al resto de clientes que se movían alrededor de él, entrando, consumiendo y saliendo deprisa, y pensó que se estaba volviendo loco. Además, Margot había decidido quedarse a vivir en un pueblo del sur, en una comunidad de gente bohemia, artistas en su mayoría. Había sido bailarina profesional y ahora estaba retirada por una lesión de espalda. Su vida de pareja, definitivamente, estaba rota. Afortunadamente, les habían unido pocas cosas durante su vida juntos, aparte del buen sexo mientras vivieron el encanto de los primeros meses. Se habían conocido en un viaje de empresa descubriendo la Antártida en un crucero de lujo, pero pronto aquel hielo imponente, aquel azul frío, y el silencio como un gran vacío de cristales afilados se habían instalado en su relación de manera irremediable.

Se sintió viejo por primera vez en su vida. Había escogido aquel país, aquella ciudad para comenzar de nuevo porque nadie le conocía. Se sentía un tanto ofuscado, era cierto, pero aquel mundo que le rodeaba se le antojaba un campo de exterminio, la gente uniformada en gris caminando lóbregamente sobre el polvo de un satélite desconocido que estaba cubierto con una gran bola de plástico reciclado, como un cielo plateado del que se desprendían como lluvia punzantes hilos de lava y de ceniza.

El bar estaba cerrado, la china oliendo a perfume de Pachulí permanecía sentada en el zócalo de la puerta a su lado. Sujetaba con sus dos manos una jarra llena de café bien cargado ya frío, y miraba a los viandantes que se desplazaban apresuradamente, bajo la luz todavía mortecina de otra madrugada lluviosa, intentando evitar los charcos, para llegar a tiempo a sus quehaceres diarios.

Cuando le sintió moverse, aventuró: —Buenos días, señor, le estaba esperando. Ayer se marchó usted sin tomarse el café…



@mjberistain

Hazme llover., solo tu me sientes…


Todos tenemos amistades perdidas como túmulos egipcios… hasta que llega la mano de un arqueólogo y desentierra recuerdos que nos maravillan y provocan la lluvia en un desierto de emociones

foy vance – maque it rain

Solo puedo sentir

Elegir los rasgos del rostro que te cautivará en el segundo más inesperado de tu vida. Elegir el tono, el color de la voz que te enamorará pronunciando tu nombre por primera vez. Elegir la delicadeza de las palabras sobre las que viajarán los pensamientos de esa persona que te comprenderá en tus momentos más difíciles. Elegir la mirada que estremecerá el suelo que pisas y te hará sentir… ¿se puede elegir?.

(JMPA Pink Panzer Yorch – Ella y el sentir de la lluvia.)

Tomo prestadas esta música y estas palabras del blog de JMPA Pink Panzer Yorch, con mi agradecimiento.

Let it Be


Cuando se acercó a ella, directamente dijo: ¡Hola, cariño! Además de medio desmayada, se quedó horrorizada. No le conocía de nada y no le gustaban las personas que iban llamando cariño a todo el mundo a la primera de cambio, aunque en esa zona, a trescientos kilómetros de su casa, sabía que era bastante habitual. No se encontraba en condiciones de polemizar en aquel momento, se dejó coger de la mano y pudo sentir después sus cálidas caricias por su hombro y por su brazo izquierdo. Le miró a los ojos y solo pudo rendirse ante el afecto que aquel hombre le ofrecía.

Su mirada era de color azul casi transparente. Su forma de hablar acentuaba sus palabras orgullosamente identificándose con su tierra aragonesa, su voz sonaba tosca y muy cercana, sonreía con una naturalidad innata e inevitable.

Ella no pudo evitar una mueca cuando una maniobra extraña hizo que sus huesos se resintieran de tal forma que hicieron derivar la conversación hacia el tema del dolor. Alejandro era un hombre joven, de configuración cuadrada, curtido —más tarde lo supo— en todos los tipos de dolor que pudieran existir y, sin embargo, su vocación le había llevado a dedicarse a ayudar y consolar a todos aquellos que lo necesitaran.

Confesó que sus tobillos estaban hechos trizas de empujar en primera línea con su equipo de rugby, también su espalda y su cabeza casi rapada. Llevaba una barba rubia de tres días y un pendiente de plata en su oreja izquierda —tres aros de distintos tamaños engarzados—. Consiguió hacerla sonreír cuando apostó porque ella hubiera tenido unos parecidos en su época hippy. Estaba casado y tenía dos niñas, la más pequeña de ellas había nacido con una de esas enfermedades «raras» de las que tan poco se conoce todavía. Su conversación y su sonrisa aliviaban. A pesar de los envites del dolor que ella padecía en su cuerpo magullado. El trayecto se le antojó que había sido excesivamente corto cuando llegaron a destino porque sintió que había quedado mucho por conocer de aquel hombre entrañable. Se abrazaron con emoción contenida y se besaron las manos.

Se quedó con que él era músico, que había estudiado saxo desde niño, primero alto, después se dedicó al saxo tenor… Se quedó con el nombre de su grupo: Ska Blues & Jazz.

Se quedó con su sonrisa, con la transparencia de su mirada. Se quedó con su coraje y el brillo de su vida ocultos discretamente debajo de aquel uniforme de colores fosforescentes. Se quedó con el sonido especial de su voz cerca de su corazón mientras lejanamente oía la sirena de la ambulancia que la había trasladado hasta urgencias.


@mjberistain

A cinco metros de mi


Las altas puertas están abiertas. La lluvia cae con fuerza en el jardín de los jacintos. Hoy el verde no brilla como lo hace otros días. Subo las cinco escaleras que me separan de la entrada. Entro en el Museo, a esta hora nadie se atreve, solo han dado licencia a unos pocos, ocultos tras máscaras, y distantes. Llueve afuera, ya lo he dicho, cae una lluvia densa sobre el asfalto como lo hace en los momentos más rabiosos del otoño. Pero estamos en mayo. Ya quitaron de los mapas abril, este año, y parece que también borrarán el mes de mayo. Solo unos pocos saldrán a las calles, otros saldrán a pesar del temor y de las leyes; saldrán por encima de todo. Y volveremos a empezar; volveremos al principio. La tierra está herida y la muerte acecha afuera. Los muertos se cuentan por miles, mientras sean los de otros.

Entro en el Museo, hay un silencio blanco de techos altos que deslumbra y duele en los ojos. Sigo adelante por los inmensos pasillos vacíos, no hay más puertas, solo paredes pintadas de puro blanco, esquinas y rincones, nada, parece que estuviera en el limbo de los justos, nada me conmueve, suena en el vacío el eco de mis propios pasos, me he dado cuenta de que arrastro un poco uno de mis pies, tendré que hacérmelo mirar, procuro enmendarlo, me estiro, me esfuerzo, quiero estar atento, que no me abrume la soledad, ni el silencio, a falta de cuerpos cercanos. Ya sé que sobrevivo al vacío con cierta facilidad, pero no quiero hundirme en él. Miro hacia un lado, nada; miro hacia el otro y nada, otra sala blanca, una tras otra, salas blancas, sin relieve, sin sonido, pareciera el Museo del Vacío.

—¿Y qué hago yo aquí? —me pregunto— ¿Qué espero encontrar? ¿A qué he venido? ¿Qué busco?

!Ah, sí!, he venido a un Museo, a pasar el tiempo, a llenar el que no puedo llenar con el cariño de los míos. Se han tensado tanto los hilos que una caricia es un lejano roce de puntillas, con las puntas de los dedos de las manos enguantadas. Y siendo mucho, no deja de ser muy triste. Escucho sus voces como un eco metálico a través de los cables, siento que se me electrocuta el corazón mientras se queman las palabras a través del frío y de los cristales líquidos.

¡Deja de pensar!, —me digo—.

Veo a lo lejos un punto negro. Quizás una señal, un contraste, un punto de realidad, una mota de polvo. Sigo arrastrando un pie, pero me muevo con más agilidad que antes. Distingo a una persona vestida de negro sentada en un banco alto. Apenas eleva su mirada hacia mí, despacio. Espera. No dice nada. Le miro a los ojos, también sin ánimo de nada. Un miedo visceral me sacude por dentro, pero no digo nada. De nuevo el vacío. La sala es amplia, blanca, la nada no me calma.

Siento frío.

Solo hay polvo, polvo gris, polvo de ceniza. Se acumula en montones, montones de ceniza bien ordenados, separados unos de otros por la misma distancia. Ocupan toda la sala. Treinta, cuarenta, o cincuenta. ¿Por qué imagino que son pares? Podrían ser impares. No. Es un perfecto cuadrado. Podría contarlos, pero me confunden, son exactamente iguales. Algo se mueve, no sé si en mí o en ellos. Vuelvo a intentarlo. Empiezo por el que tengo más cerca; el que está a cinco metros de mí. Ahora desde el otro ángulo, pretendo avanzar entre hileras, sumo, cuento las filas, calculo las columnas, multiplico, me confundo. Qué importa. ¿Cuántos?

¿Cuál es su significado?

¿Qué es lo que queda después del tiempo que me han dado?, ¿Qué he conseguido hacer de ello?

Me vuelvo a la persona que cuida la sala. De nuevo levanta hacia mí discretamente su mirada y sigue sin decir nada.

Comprendo.

Perfecta formación de montones de ceniza acumulada. Eso es todo; es La Obra.

Se muestra mi miedo en un temblor de mi propia sombra que me persigue por los pasillos a zancadas.

Me dieron flores para engrandecer el jardín de los jacintos, me llamaron por mi nombre y vuelvo tarde y con los brazos llenos de vacío, el cabello húmedo y no tengo palabras, no sé si estoy vivo o muerto, me busco en el corazón de la luz; y solo llevo silencio.

La Obra; esa perfecta formación de montones de ceniza acumulada…


@mjberistain