El Dahls

Del libro La canción de Nerta


De nuevo volvía a mirar los mapas, las distancias; la situación. Consultaba compulsivamente los datos meteorológicos en la zona durante las estaciones de primavera y verano, y no lo apuntaba porque tenía una fe ciega en sí misma. Era capaz de retener en su memoria prodigiosa todos los datos que leía y o escuchaba a su alrededor. Había sido como una máquina «traga-datos», además de que su cabeza los gestionaba con agudeza mental. No es que hubiera sido una niña prodigio; no, eso nunca se lo plantearon las personas que la educaron o las que más tarde la conocieron, pero ella sabía de sí misma mucho más de lo que dejaba entrever en público.

Eran las cuatro de la tarde y estaba aturdida. Sí.

Las cuatro de la tarde.

Se incorporó de nuevo para comprobar que no se había equivocado de hora. La luz de la tarde empezaba a caer, los papeles estaban en el suelo, el tazón de chocolate afortunadamente se sostenía boca arriba, todavía le quedaba un tercio de líquido, presentaba un aspecto poco apetecible con esa línea de color oscuro que marcaba las horas que llevaba medio vacío. Se arrebulló en la manta y cerró los ojos. No quería saber nada de nada. Ni de nadie.

Adiós a las agencias de empleo, adiós a las oficinas de turismo, adiós a las clases particulares para niños impertinentes, adiós a los puestos del mercado donde todos eran migrantes que solo venían a ganarse un poco de dinero para largarse cuanto antes a viajar por el mundo. Adiós a las clases de música y a las clases particulares de canto para mayores, y a la dirección de coros. Adiós a la universidad, no quería depender de él. No. Eso lo tenía claro. Sencillamente no.

Se dio la vuelta, su cuerpo boca abajo soltó un grito enfurecido que afortunadamente quedó amortiguado por la almohada. En realidad, sus vecinos no tenían la culpa de nada de lo que a ella le rondaba por la cabeza.

¡Ja!, estaba, sencillamente, desequilibrada.

Los meses estaban pasando por delante de ella sin que se atreviera a intervenir de manera activa en la nueva vida que se le presentaba. No quería ni pensar en la palabra depresión, pero ahí estaba, sumida en un pozo negro del que no sabía cómo salir. Nunca hubiera pensado que le afectaría tanto la muerte de su madre. Sin embargo, no era lo único que la tenía incapacitada. Había sido un cúmulo de situaciones vividas en serie desde su ruptura voluntaria con su vida anterior. Había huido de Estados Unidos sin un proyecto claro de vida. Su viaje iniciático había terminado en tragedia. El riesgo había sido meditado y aceptado por el grupo. Habían aceptado embarcarse en aquel proyecto para ayudar a su amigo a desengancharse de la droga. El altruismo no había sido suficiente para evitar el fatal desenlace, y ello les había marcado profundamente, como una gran carga emocional difícil de superar.

Después de aquello, le había costado recuperar su estado de ánimo. Vivió algunos episodios amorosos ilusionantes, escarceos como meros momentos de alivio y diversión, pero sin ningún sentido, hasta que tuvo que enfrentarse al dramático hecho de la muerte de su madre y al inquietante reencuentro con Nathan…

Estaba agotada.

Sonó el móvil que vibraba en el suelo. Calculó que estaba a una distancia de por lo menos cuatro pasos de su cama. Lo miró con cara de desprecio por la distancia que tenía que salvar para atenderlo que le obligaba a levantarse. Justo cuando decidió poner un pie en el suelo, se hizo el silencio. No retrocedió y pensó que era buena señal; no retroceder. Siempre se lo había dicho su madre: «un paso atrás… ni para tomar impulso». Sonrió con cierta nostalgia. Estaba sola, sí, pero tenía gente alrededor con quienes compartir afectos y risas y sexo y otros momentos especiales, fiestas, encuentros culturales, y viajes. Había logrado hacerse un hueco en el ambiente de la universidad.

—¡Hey! Preciosa. ¿Cómo vas con tus entrevistas? Hace días que no sabemos nada de ti.

La voz sonó impetuosa y alegre.

—Vamos a ir esta tarde a ensayar al Dahls y de paso a tomar unas cervezas. No hace falta que digas nada, te esperamos.

Escuchó el mono-tono del móvil antes de poder pensar en una excusa.

No podía hacerles la faena de faltar. El grupo lo componían cuatro voces, dos chicos; John y Lucas y dos chicas; Ofelia y ella misma. Además, contaban con colaboraciones de guitarra, bajo, batería y saxo. Cada uno de ellos era imprescindible. Además, la fecha de grabación de la maqueta se acercaba y ya se había perdido demasiado tiempo dando largas con su duelo. Se revolvió el pelo delante del espejo, se lavó los dientes y salió sin pensar en más. El estudio estaba a pocas manzanas de su apartamento. Intentó estirar la piel de su cara dándose pequeños pellizcos en las mejillas y esbozando una sonrisa fingida que no le dio mal resultado, incluso se hizo gracia a sí misma. Las luces del atardecer daban a la ciudad un aspecto festivo y trató de tararear los nuevos temas mientras conseguía un taxi para llegar antes que los demás y entonarse un poco.

Sintió en sus venas el frío de la cerveza como algo liberador. Alguien la cogió desde atrás por la cintura. Apreció sentirse enroscada por el abrazo de John —conocía sus manos grandes y sus gestos poderosos—. Compartir otra cerveza y dejarse animar por el fino sentido del humor de su amigo se vino abajo cuando entró como un huracán Ofelia dando todo tipo de explicaciones sobre algo a lo que no prestaron atención, porque ya se sabía, las excusas eran su fuerte; siempre llegaba tarde a todas partes.

Lucas comenzó dando unos pequeños toques rítmicos con su pie derecho en el suelo, impaciente. Pidió que suavizaran las luces para dar un ambiente más profesional, aunque fuese un ensayo, algo así como de mayor intimidad. Estaba harto de sentir que era únicamente él quien se tomaba en serio el grupo. Había compuesto la mayor parte de los temas que iban a incluir en el disco y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de que quedaran perfectos.

Los primeros compases la llevaron a reconocer su propia voz, nueva, con el ímpetu y la belleza de un magma al despertar un volcán largamente desvanecido.


El Ártico

La línea invisible que separa en el mar de Noruega el círculo polar ártico está señalada en tierra por un pequeño poste que sostiene una tabla con una inscripción y una exigua bandera apenas perceptible desde el barco. Lo recuerdo como si fuera este mismo momento, mis madres Ulma y Louise abrazándome entre sus cuerpos, señalándome la línea del Ártico, subida yo a un peldaño del casco del barco al que no me dejaban subir sola. Vuelvo a recordarlo con añoranza de momentos vividos cuando aún no sabía apreciarlo. Me consuela, cuando hablo con mis amigos, el saber que esta sensación la hemos vivido todos de una u otra manera. Solo nos damos cuenta de la suerte que hemos tenido cuando se ha convertido nada más que en un precioso recuerdo.

—¿Alguna vez te has parado a oler la nieve?

Nathan se había dado la vuelta repentinamente, lo que provocó que yo que iba mirando al suelo —lejos en mis ensoñaciones siguiendo sus pasos— casi me topara con él, causando un desequilibrio del que nos salvamos gracias a los bastones de montaña que hacía tan solo unos días había decidido comprar para llevar en nuestras excursiones. Acepté cargar con ellos más por él que por mí, aunque más tarde entendí que eran de gran ayuda.

Ya he dicho que yo seguía sus pasos. Y eran días de felicidad compartida. Él había vuelto a ser aquel profesor al que le apasionaba organizar viajes y excursiones, y rodearse de gente que tuviera curiosidad por la naturaleza y la historia de su país. Entonces, que tenía más tiempo disponible, se pasaba las tardes estudiando planos y libros de historia, de biología, tomando apuntes en folios que llenaba con una letra desordenada y difícil de descifrar para otro ser humano que no fuera él mismo. Me daba mucha paz mirarlo desde el salón, la puerta de su despacho acostumbraba a dejarla entreabierta porque decía que así me sentía cerca. Algunas veces me pedía que revisara sus borradores manuscritos antes de pasarlos al ordenador.  Aquello me llenaba de una sensación íntima de felicidad, aunque me costaba deducir el significado de determinados garabatos en los márgenes y entre las líneas de aquellas páginas, y tenía que recurrir irremediablemente a él para darles sentido. Él sonreía condescendiente y yo me arrimaba a su costado mientras él besaba mis ojos. Eran unos segundos de plenitud. Descubrí que aquel era el sentido de mi vida.

Tiré los palos al suelo. Me agaché e hice una bola de nieve con mis manos enguantadas y me las acerqué a la cara como para oler la nieve.

—¿A qué huele la nieve? —Dime, Profesor, ¿a qué huele la nieve?, y se la pasé por la cara empujándole con mi cuerpo hasta que perdió el equilibrio y terminamos los dos en el suelo nevado entre risas.

Hubo un tiempo, sin embargo, que me marché de Bergen. Trabajé en el centro de Oslo, en un amplio local en la zona del puerto, franquicia de una de las firmas internacionales más lujosas de ropa de caballero. Tenía cinco empleados y personalmente me ocupaba de la dirección y gestión de la propia franquicia. Viajaba y disfrutaba de la relación social que aquel estatus me aportaba. La idea había sido, cómo no, de mi amigo Enric que era emprendedor por naturaleza y hombre de negocios, quien me había animado a salir de mi estado de inquietud permanente. Enric y yo habíamos sido socios durante un tiempo largo, además de amigos.

Aunque yo amaba profundamente a Nathan, trataba de evitar una relación de dependencia por parte de los dos.  Ello no impedía que compartiéramos muchos momentos divertidos, interesantes y entrañables. Todavía había luz afuera, hacía frío y el edredón nos cubría a los dos escasamente. Me lamenté de su tamaño, lo que hizo que —a regañadientes, con aquella sorna que me descolocaba siempre— me apretara hacia él para ofrecerme a la cálida acogida de su abrazo. ¡Tantas veces había soñado con esos momentos!

— Ya veo que no pensaste en volver a compartir tu cama.

Me quedé recogida en posición fetal a su lado sin pretender dar ni un paso más. Él yacía boca arriba leyendo lo que parecía ser un guion, a juzgar por el esquema de sus páginas, aunque yo no alcanzaba a leer su contenido. Parecía realmente interesado, además, me había pedido unos minutos de silencio para terminarlo. Yo contaba las hojas que le quedaban entre los dedos de su mano izquierda tres, dos… y sin poder reprimirme me abracé a él que soltó los papeles como pájaros espantados que miraban desde el aire, cómo nosotros enredados también caíamos a trompicones de la cama y nos rendíamos en la alfombra.

—¿Volarás conmigo? —preguntó más tarde, cuando el latido salvaje de nuestros corazones había cedido y dormitábamos uno junto al otro.

Había un brillo en sus ojos que yo desconocía hasta aquel momento. Imaginé entonces que ya nunca más lloraríamos juntos, quizás habíamos cruzado la fina línea del miedo a la culpa y nos habíamos tropezado inevitablemente con la pasión, tan cercana, y tan esquiva a la vez. Agotados nos abrazamos como si aquel momento formara parte de una despedida, más que de un deseado primer encuentro.

Sonaron las notas de un carrillón a lo lejos.

—Tendremos que cenar algo —dijo Nathan dándome unas suaves palmadas en la espalda.

No quería moverme de allí, podía sentir el fluir lento de nuestras sangres hermanadas. Me había desarmado su entrega y aquella luz que iluminaba su mirada limpia y solícita, agradecida.

Intenté salir de la situación de alguna manera con levedad. Aceptando su idea pregunté:

—¿Has dicho volar en serio?

—Nunca te había visto tan preciosa. Esa sonrisa relajada por fin en tu boca, y tu vestido nuevo revoloteando por mi alfombra…

Todavía no había amanecido y apenas circulaban vehículos por la ciudad. Nathan había quedado con su amigo Joe —el profesor Williams— en el puerto, junto al museo Norway Fisheries para pasar el día juntos. Se conocían desde hacía muchos años y, coincidiendo con que Joe se encontraba en Bergen dando unas conferencias sobre el cambio climático, iban a aprovechar el día para disfrutar de alguna actividad juntos. Convinieron en contratar una excursión en hidroavión. Sobrevolar el cielo noruego despegando desde el mar tenía que ser una experiencia emocionante. Contemplar desde el aire de la belleza de la ciudad de Bergen y la naturaleza que la envolvía, de sus espectaculares montañas nevadas, de los glaciares, de las pequeñas aldeas salpicando las zonas de los fiordos, los inmensos bloques de hielo rumbo al Norte. Ambos estaban ilusionados con la idea, a pesar de que a Nathan le hubiera gustado que yo también me hubiera animado a compartirla. Yo había decidido dejar a los dos vivir la experiencia, dejarlos con sus recuerdos a solas, después de tanto tiempo que hacía que no se veían. Habían desayunado tranquilamente en el hotel intercambiando anécdotas de su vida en común en su etapa anterior. Joe estaba a punto de dejar la docencia y de quedarse únicamente con aquellas conferencias que le llevaran a lugares a los que tenía verdadero interés por visitar.

El agua salpicaba los cristales de la cabina del hidroavión a medida que avanzaba alzando el vuelo. El piloto, después de todas las recomendaciones de rigor, se volvió hacia ellos haciéndoles con el dedo pulgar en alto la señal de «todo en orden, señores, volamos hacia el Círculo Polar Ártico».


Rocas



En todos los lugares del camino encontré rocas y musgos, líquenes,
dulces vientos ululando por los bosques,
en el aliento de las libélulas ecos de cánticos sagrados
y rumores de manantiales y aromas de rituales que me confundieron.



Rocks


Me arriesgo a decirte que estoy asustada. He salido de mi zona de confort y tengo miedo. Las voces del mar suenan muy fuertes en mi cabeza mientras busco por las playas imágenes parecidas a lo que me gustaría mostrar en mis fotografías.

Esas imágenes que muestran su belleza descarnada, a veces violenta y que, sin embargo, al observarlas me ayudan a encontrarme.

Es diferente cuando llevo las imágenes a otro medio como puede ser el ordenador o el papel…

Siento que no he sabido conjugar sus verbos, su poesía se me escapa, duele y me araña muy adentro.

¿Qué me pasa doctora?


Vivir (sin equipaje) en la cuerda floja.


Cada recuerdo tiene la forma de un alfiler que navega a lo hondo
con una precisión de cuchilla que rasga el pétalo carnal del tiempo y de las rosas.
F.Benitez Reyes

Como cada mañana me despierto antes de que el día se proponga alumbrar la esquina más oriental del planeta. Difícil propuesta retórica. ¡Qué estupidez, impropia, de una persona que se supone que conoce desde hace bastante más de medio siglo que el planeta no es cuadrado, que podría dedicarse a dar mil vueltas a su alrededor y no llegar a ninguna esquina! Bueno, en realidad esto sí lo sabe porque de otro modo no estaría sentada delante del ordenador tratando de escribir, y bostezando como un pez, antes de tomar su café.

Decía que amanezco antes de que las luces del día se presenten ante mí como fieles soldados de un ficticio ejército, para limpiar la estancia del polvo que han levantado las estrellas jugando con la memoria en el despiadado laberinto de las noches.

Soy una especie de alienígena aturdido aferrado a un timón descalabrado que se desprendió en algún momento de la nave orientada rumbo al norte y que, ahora, solo sirve como báculo de su pequeño reino de taifas; o sea, para gobernarse a sí mismo mientras busca la difícil verticalidad en este universo de mareas vivas.

Así fue la última vez que pensé en el suicidio. Pero… ¿Por qué debería de renunciar a la vida, o, a la idea que llevo tatuada en mis genes sobre la felicidad? ¿En favor de qué o de quién?

La última copa… el último cigarrillo, la última onza de chocolate…

Por lo menos, dudé.

Abro el baúl en el que guardo gastadas las viejas fotografías que ya han virado en la mayoría de los casos hacia el color sepia. La casa está vacía. Oculté la luz de las ventanas, cuando ya no estabas, con cortinas de niebla y sedas salvajes, sin saber que del tiempo vivido solo quedaría una madeja de amor enredado en un hondo vacío, y que vivir seguiría siendo una búsqueda constante de verbos sin futuro. Hoy soy el único habitante aquí, el superviviente de un juego mortal al que llegué un día cualquiera de abril con las cartas marcadas.

Vivir sin equipaje es una falacia, es decir, una mentira. En algún lugar leí algo así con lo que identifiqué: Somos lo que queda después de que todos se han marchado de la fiesta; la ambigüedad de la resaca del buen vino, la utilidad de las máscaras rotas abandonadas por los pasillos, y el extremo del extraño viaje por coordenadas equivocadas dentro de nosotros mismos. Y, el huir de un tiempo de luz con los deberes sin cumplir.

Así que, me queda la cuerda floja.

Como en un Akelarre, aquí, en este baúl, se me convoca cada vez que me atrevo a bailar sobre ella. Aparecen algunas fotos del mar tomadas en mis rutinas diarias por el paseo de la playa camino de mi trabajo, cuando aún soñaba en el amor con mayúsculas y lo verbalizaba con versos de adolescente. Leo en los ojos casi opacos de mis mayores, el amor fundamental (el de la ternura, el de la complicidad, el comprometido). Releo algunas notas de mis amores marginales, no olvidados, otras, de mis mejores amigos. Aún me parece escuchar el eco de las piedras que solía tirar sin tino al aire mientras jugaba con mi perra en un solar cercano a casa. Ella nunca supo hacia dónde volaban, ni dónde terminarían cayendo —yo tampoco—. Sí, sé que, además del olfato, afinó el oído conmigo. Me llegan desde el papel satinado de sus miradas limpias, las risas de mis hijas y los abrazos del despertar por las mañanas. —Siento frío—. Vuelvo a encontrarme con las montañas, los “tresmiles” que rodeaban nuestros días de vacaciones en un pueblo pequeño de los Pirineos, a los que intentábamos subir una vez y otra por todos los caminos posibles. Recuerdo las pequeñas heridas, los rasponazos en las rodillas, los picotazos de los mosquitos, las marcas en los brazos de los arañones y las moras que recolectábamos entre los espinos. Reconozco en los trozos de tela guardados, los disfraces que inventábamos para la función de teatro de agosto en la piscina, hechos con restos de ropas y abalorios inservibles de otras épocas. Y ahora la caja de las fiestas; los bautizos y comuniones, las bodas, los bailables de algún final de curso. Y los tesoros; el pasaporte con los sellos de los países a donde viajábamos, y mi foto preferida, sentados, tú y yo, en el suelo de una haymah de nuestro primer viaje a Marruecos, hace ya tanto tiempo. Aún perduran servilletas de papel arrugadas con palabras escritas en letra de mosca, pétalos guardados entre las hojas de los libros, cartas llegadas del extranjero que se reconocían por una guirnalda de colores impresos en diagonal en los sobres, y sellos exóticos que coleccionábamos como postales, tarjetas con invitaciones y dedicatorias y felicitaciones de cumpleaños.

Es casi mediodía, en algún momento se ha debido de hacer la luz. No espero a nadie, tendré que inventar una historia para vivir este día. Quizás un paseo a solas por el monte, tomar un café con cafeína o, si lo consigo, con alguien conocido, quizás tendría que salir a buscar imágenes de luces imposibles, o historias verdaderas para contar, porque la vida, en realidad, es la de cualquiera que tenga un corazón latiendo mientras corre el tiempo como un animal salvaje entre los recuerdos y el futuro imperfecto de los verbos.


@mjberistain

El impermeable azul


La última vez que te vi fue hace más de dos años.

Esta mañana he releído este pequeño texto que escribí entonces. Aparto las lágrimas que me asaltan y recibo tu abrazo de silencio con respeto.

Caminabas despacio, embutido en tu viejo impermeable azul de hombros gastados; las manos siempre en los bolsillos. Te imaginé con una rama de tamarindo finísima entre los labios.

Entre una sombra y otra, la luz amarillenta de las farolas del paseo iluminaba tu figura. Una lluvia persistente escurría desde tu gorro hasta la bruma de tus ojos, casi cerrados contra el viento. Arrastrabas tus pasos con ritmo lento como el de las viejas canciones de piano bar. Luchabas, tal vez, a corazón abierto, contra un futuro comprometido.

En un artículo de Rosa Montero leí estas palabras:

… La enfermedad solo adelantó cruelmente esa decadencia que todos los humanos hemos de afrontar. A medida que cumples años, a medida que envejeces, te vas acercando a los confines del mundo. El pasado tira de ti como si llevaras a la espalda una mochila de piedras y empieza a asustarte mirar hacia adelante. Dentro de poco comenzará la edad de la heroicidad.

Todavía estamos a tiempo. Quiero decirte que respeto tu silencio, sin ganas. Comprende que, a alguien necesito decirle que me gustaría acompañarte en el camino, también en esta etapa de la vida, como durante aquellos años en los que nos crecían pequeños poemas por cualquier esquina, y subrayábamos con tinta temblorosa frases que nos identificaban, y que nos hubiera gustado poder firmar.

¿Te acuerdas?

En realidad, esto es solo una reflexión. Soy consciente de que esta pregunta es pura retórica porque se la estoy haciendo a la página en blanco, con quien mantengo una relación de soledad estrecha desde que tú no revisas mis papeles.

Porque, escribir era como subirte a una cometa con cintas de colores en manos de un niño sin saber hacia dónde te llevaría el aire. Volar muy alto y caer de bruces y remontar el vuelo, una vez y otra con las alas hechas trizas, hacia una nueva dimensión.

Jugábamos a ser poetas, —si es que se puede llamar poesía a escribir en líneas que no llegan al borde de la cuartilla—. Había algo misterioso y bello en envolver con endecasílabos las cenizas de la vida que quemábamos. Compartíamos versos, espacios en blanco e incluso los puntos suspensivos hasta que la tristeza, la desilusión o los miedos caían derrotados.

Sé que prefieres hacer el camino en silencio, a solas, —ya me lo has dicho—.  A pesar de que reconozco un punto de dolor y decepción en mi amistad, respeto tu libertad. 

Me gustaría acompañarte en el camino…

Prometería no incomodarte. Llevarte té caliente y pastas de naranja para cuando tu ánimo flaqueara. No te daría conversación, me sentaría cerca de ti algún rato a escuchar tu silencio, o a leerte poemas conocidos, y cuando te recuperaras, tu sonrisa sería mi amuleto. Me marcharía despacio en dirección contraria a tu destino.

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@mjberistain

Metálica

Este título que se me ha ocurrido utilizar para esta serie de imágenes, no tiene nada que ver con aquella película de Stanley Kubrick que recuerdo de allá por los años 90 del siglo XX.

O, ahora que lo pienso, quizás sí. En mi cajón desastre he encontrado algunas fotografías que, hasta ahora no he sabido muy bien qué hacer con ellas. En principio no parecían tener cabida entre los hilos de mi escueta imaginación, aunque reconozco que no es que vaya progresando adecuadamente, es que me lo estoy currando eso de abrir los ojos y la mente a lo inexplorado hasta el momento. Y, de verdad que voy descubriendo cosas. Así es que quizás sí tiene que ver con aquella sensación con la que salí del cine al ver semejante barbarie que no sabía cómo ubicar en mi vida.

Por cierto, se titulaba La chaqueta metálica.

Así que he despertado a mis fotos esta madrugada y, aún con legañas, he vuelto a mirarlas, a buscar entre sus pixels y a bailar con ellos. Y lo que he encontrado ha sido esto que me ha resultado «sugerente» al menos. Ya he dicho que últimamente ando por caminos no asfaltados…


Originalmente son fotografías realizadas en Hondalea Donosti San Sebastian

Inquieta

De «Andanzas por La Corniche»

Si, tengo que reconocer que estoy algo inquieta.

Estos últimos días he salido con mi cámara fotográfica a explorar bosques.

Nunca lo había hecho antes hasta que un día conocí a Mari. En aquella ocasión sentí una extraña energía, luego nada. Fue como un fogonazo. No me atreví a comentarlo con nadie.

«Mari es la diosa principal de la mitología vasca precristiana. Es una divinidad de carácter femenino que habita en todas las cumbres de las montañas vascas, recibiendo un nombre por cada montaña.» 

Creí haberme encontrado con una de las «sorgiñas» (brujas) buenas que poblaban mis cuentos de niña.

Nadie lo supo hasta hoy. Sin embargo, yo habité durante unas horas con ella en uno de sus bosques. No en uno cualquiera, sino en uno de sus bosques preferidos. Esos a los que discretamente solía retirarse cuando necesitaba meditar o reflexionar, o sencillamente disfrutar del silencio o del folclore que le proporcionaban los Basajaun.

«Basajaun o Baxajaun, es el Señor del Bosque o el «Señor Salvaje»: Son personajes de la mitología vasco-navarra y aragonesa de prodigiosa talla y fuerza que los primeros pobladores de aquellas tierras encontraron habitando en los montes y bosques más remotos.​«

Yo le creí cuando me mostraba los rostros de los espíritus del bosque camuflados en los troncos de los árboles y ocultándose entre las ramas, le creí cuando bajábamos al río y los identificaba en las piedras, o entre las algas mientras se recreaban en el agua cristalina de las pozas.

Mari proyecta una energía silenciosa y breve. Han pasado muchas lunas desde que la conocí y hoy reconozco su fuerza en los leves empujones que me va propinado sin que apenas los note, pero que me hacen avanzar por nuevas rutas de leyenda.

Estoy inquieta porque algunos de estos personajes se van colando en mis fotografías y todavía no sé muy bien cómo dirigirme a ellos o cómo tratarlos cuando ella no está cerca…


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Litoral

De «Andanzas por La Corniche»


Explorando nuestras costas voy encontrando pequeñas playas y calas casi inaccesibles entre los bosques que bajan serpenteando desde la carretera hasta las orillas del mar. He estado observando las mareas, y ha habido días en los que he procurado acercarme a las orillas en horarios intempestivos. A esos momentos en los que las rocas quedan al descubierto y yo buscaba algo desconocido.

Estas imágenes son resultado de la observación de las rocas y del descubrimiento de raras imágenes que han ido configurando un proyecto nuevo cerca del mar. Las rocas, sus formas y tamaños, texturas, sugerencias de objetos y personajes, o un cromatismo que en sí mismo me descubre su gran belleza abstracta.

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Las fotografías han sido tomadas en las playas de piedras Lafitenia y Sénix en Acotz, Francia

Permanencia



La hierba luminosa deja crecer el aliento de otros seres,
árboles, flores silvestres, pájaros, nosotros…

Silencio
miradas detenidas
palabras calladas
lenguaje único
una paz atmosférica
alcanzando el cielo.

La piedra del camino,
el cuerpo quieto
y el corazón ambulante
que busca una salida,
grietas…
al abrazo de otra piedra.

¿Qué significa una grieta?
¿Tendrán alma las piedras?

Desciendo hasta el fondo de los años
en ilusión de permanencia…


@mjberistain

Hoy no he visto el mar


Hoy…
No he visto el mar…

Mis ojos
vigías horadantes,
mis ojos avizores
en la noche
de los astrales mundos;

mis ojos errabundos
amigos del vértigo
del abismo;

mis ojos
vagabundos
hoy…
no han visto el mar,

Ni a estas horas mecen mis sueños
sus silencios,
sus sirenas,
sus cóleras,
sus himnos;
su erótica quejumbre…

Hoy… no he visto el mar.



(basado en poema de L.de Greiff)


publicado originalmente en 2016

Despierta


Despierta al día que llega, despierta.
Se alza del sueño con la luz del alba.

Te multiplicas en mil espejos.
Ya no eres aquella mujer
de mirada borrosa
salpicada la frente de oscuridad.

Despierta al día que llega,
despierta con la luz del alba
de la noche como un palacio
de silencio sin ventanas,
despierta de los bosques,
de los hayedos y de los musgos,
despierta del laberinto de lunas,
que es dulce el amor
en tu copa de sombras.

La luz del día borrará
la gravilla de los caminos
y las heridas de tus pies descalzos.


@mjberistain2022
Fotografía del Diario El Universo

La lágrima de un sueño


La Luz existía
más allá de mí misma, y tan lejos…

El silencio perdido entre mis ropas,
me miraba el mar desde sus espejos;
estrellas en la noche plateada.
Conocía su cuerpo, su desnudo
bajo sus pies de agua.

El silencio perdido entre mis ropas,
el amor en olvido sobre la playa
donde la luna clavaba sus anclas.
Abandonamos allí algunos sueños
bajo sus pies de agua.

Noche
quiero entrar en tu alma.

Para mis palabras quiero
destellos y ráfagas de locura
y la tinta antigua de los poetas
para mis palabras quiero
y para mis silencios,
que dibujaré un borrón en el tiempo
parecido a la lágrima de un sueño.



Inspirado en obra de E. Pardos publicada en el Blog TRIANARTS

Anoche


Vuelves a entrar en mi sueño, no tienes piedad, son las tres de la mañana.

Las sirenas suelen anunciar los peores presagios a esa hora, a las tres de la mañana, y hasta mis delirios llegan los golpes de luz y el eco de las bombas que movilizan los flujos de mi cerebro cuando no puedo dormir.

Sin embargo, hoy presiento que eres tú y no temo. Abro de par en par las ventanas para que entres y te acomodes entre mis somnolientas neuronas. Me concentro para vivir un silencio elocuente, sé que es donde mejor te expresas, con esos ojos negros de mirada profunda, inquietante —diría que inquisidora— si no fuera por la inteligencia y la ternura con la que me regalas cada vez que apareces en mi vida.

Te dejo hacer… Siento cómo tensas algunas de las finas líneas que se entrecruzan en el espacio intra-sideral que te reservo, yo no quería pensar esta noche. Acepto fluir en tu presencia mientras trasteas entre ellas, mis neuronas, organizándote un hueco confortable, librando algunas batallas con mis nudos aquí y allá, salvando las minúsculas distancias que el tiempo impone y borrando algunos flecos que mi impericia suele dejar sueltos.

Y, me doy cuenta de que, poco a poco, descubres que algo tuyo sigue estando ahí. Y no me trastorna. Siempre te he dicho que soy fiel y, como vulgarmente se dice «dura de mollera», que no es fácil que aparte de mi vida a las personas a las que amo.

Pero esta noche no, esta noche en la que el poder de la ignominia hace temblar los cimientos del mundo, esta noche no, no me castigues más.

Encontrarás agujeros negros entre la maraña de líneas envejecidas que hoy pueblan mi cerebro. Sabes que el olvido puede hacer estragos porque no se puede corregir. Así que, si todavía tus ojos siguen iluminando, aunque sea débilmente, esta noche de extravío, permíteme que te sueñe desde la locura de los latidos que inquietaron con destellos inmortales lo que la vida convirtió en recuerdos.

Compréndeme, tú sabes hacerlo.

Y no dudes de que en su fondo sigue existiendo una silla vacía esperando su renacimiento…


Texto y Fotografía @mjberistain

Cicatrices


Un olor denso,
dulce, de flores marchitas,
y madera, y humo, y sombra, y melancolía

José Hierro

Lo veía llegar
su sombra le precedía
hombre de suaves navajas y sucias
abarcas, no reparó en su mirada,
el sol de la tarde deslumbraba.

Hombre de silenciosa presencia
joven de corazón cansado,
¿a dónde iría que ella no supiera?
No era tiempo de marchar
ni de abandonar los huertos
donde temblaban historias
entre bellísimas flores marchitas.

Un día él dijo:

El tiempo no pone ni quita razones.
El tiempo todo lo cura; el tiempo cicatriza.

Y escribió en un pequeño papel de seda:

«Caerán las tristezas
como fértiles cortezas del árbol de tu vida
y habrá siluetas nuevas —regalos al paisaje—
y alegres golondrinas
…»

Ella se sentó a esperar,
un viento helador acechaba por las esquinas
y no hallaba suficiente lluvia
para lavar del amor la mortal esencia.

Ella se sentó a esperar.

Bajo su almohada un olor denso, dulce
de la última rosa marchita,
y madera, y humo, y sombra, y melancolía*


Imagen mjberistain y mjcueli
* Los versos en cursiva son de P.A. y José Hierro



Alas para un sueño


Por caminos de kilómetros sin cruces,
alas para un sueño,
allí te encuentro.

Sé que me esperabas,
porque vuelves
con tu brillo de primavera sin lluvia,

Sé que me esperabas
porque vuelves a mí
hasta en la inhabitable sequía…


@mjberistain

Garrapiñadas


Llevaba tiempo deseando tener unos cuantos días libres para perderme por las rutas de los frutales en flor que pueden contemplarse en esta época por nuestra geografía; Cerezos en la zona de Extremadura, Almendros en Tenerife y Aragón o en la zona del Mediterraneo… Maquiné un plan que parecía perfecto. Estaba siendo un final de invierno infernal. Habían llegado tarde, pero con fuerza los vientos de más de cien kilómetros por hora, la lluvia arreciando sin compasión y anegando paisajes que hasta entonces eran de puro secano, y nieve; nieve deseada pero que atrapaba con su bellísimo manto blanco cualquier tipo de tráfico -animal o humano- a pie o por medio de cualquier artilugio mecánico de transporte conocido tipo tren, coche, camión o avión. De verdad que yo andaba necesitada de huir del gris oscuro que envolvía con saña mi cuerpo y mi espíritu.

Optamos por la zona de Levante por cercanía y por asegurarnos un poco de sol y temperaturas amigables para poder disfrutar del bellísimo paisaje de la «floración» en estas fechas. Todo encajaba.

«La producción del almendro en España se concentra en las comunidades del litoral mediterráneo. Es el segundo país productor mundial de almendra después de Estados Unidos. El almendro es un árbol muy robusto y de larga vida, que en la cuenca mediterránea puede vivir entre sesenta y ochenta años, incluso hasta un siglo. Es, junto al olivo, uno de los principales árboles cultivados con fin industrial en el litoral mediterráneo. Ambos toleran climas extremos de inviernos húmedos y veranos calurosos y requieren terrenos pobres. Actualmente se cultivan más de cien variedades debido a la gran riqueza genética, pero existen cinco tipos comerciales definidos y seleccionados entre las variedades de mayor calidad, que son Marcona, Largueta, Planeta, Comunas o Valencias y Mallorca.»

Llegamos tarde. La floración se había adelantado debido a la rara climatología de este año y los árboles se estaban cargando ya de almendras. Había una gran preocupación en la zona porque se esperaba frío y ello podría arruinar el fruto. ¡Nuestro gozo en un pozo!, Recorrimos los valles por sinuosas carreteras, esta vez con una belleza diferente a la que esperábamos, pero el sol y la vista del mar en el horizonte aliviaron nuestra desilusión.

¡Pues… compraríamos almendras!

Encontramos en Guadalest —un pueblo caprichoso encaramado en la sierra como una gran ventana al mediterráneo—, una tienda de productos de la zona.

Allí nos explicaron que la producción de los almendros se vendía íntegramente a la Cooperativa pero que, con suerte, podríamos encontrar algún vecino que quisiera vendernos almendra natural -con cáscara- a «dos coma cinco euros el kilo» aproximadamente (que era el precio de venta al por mayor). El amable dueño de la tienda, propietario también de algunas de las parcelas de almendros de la zona, al que compramos pasta de almendras para postres y otros usos, en su ánimo de aliviar nuestro desconcierto nos ofreció unas pequeñas bolsitas de plástico transparente con unos cuantos gramos de almendras garrapiñadas.

¡Garrapiñadas!

No puedo acordarme de cuándo fue la última vez que comí garrapiñadas, pero debió de ser en el parque de atracciones de Igeldo cuando todavía era una niña.

Tuve que conformarme con hacer algunas fotografías de almendros y cerezos por los alrededores, de camino a casa, cuando volvíamos de viaje, mientras mordisqueaba garrapiñadas que todavía me quedaban por los bolsillos.

Texto y fotografía@mjberistain


Hoy

Un nuevo camino


Ayer era otro Tiempo.

Lo viví como pude, como supe, porque todavía no había aprendido lo importante de la Vida.

Hoy es un nuevo año, muy lejano del año en el que nací. No es que quiera mirar hacia atrás, ese tiempo vive en mí, y hay veces que me hace sonreír, porque me lleva de la mano a tomarme un helado o a merendar tortitas con nata, o sencillamente, a ver a los chicos que aparcan sus motos en la acera de enfrente, delante de la heladería.

Sigo buscando la fórmula mágica para que mis fotografías tengan sentido, no uno cualquiera, sino el mío, el que yo quiero darles. Sí, ya sé que todo está en los libros, eso a lo que llaman técnica; la composición, encuadre, enfoque, diafragma, velocidad, objetivos, filtros, el trípode, todo eso referido a la máquina.

¡Ah, claro!

¡Y luego dicen que la máquina no es lo importante!

Hoy voy a suponer que dispongo de lo básico. —Necesito partir de alguna premisa—. Y, para mi nivel es cierto. Ahora bien, siendo capaz de organizar materialmente mi material, valga la redundancia, hay «algo» en mí que rara vez está conforme con el resultado de mi dedicación. Vale, soy una impertinente insatisfecha. Leo, estudio, persigo la obra de los grandes fotógrafos y las imágenes que, descubriendo a través de exposiciones, libros, folletos, revistas y otros «inputs» se acercan a esa imagen poética que me gustaría representar. Voy a explicarme mejor, porque creo que me estoy liando yo sola.

Soy amante de la Naturaleza. Me gusta viajar. No tengo claro si busco o encuentro belleza hasta en una pequeña brizna de hierba, aunque la lluvia no la haya enlucido con su luz, o el aire la haya despeinado, por poner algún ejemplo.

¿Entonces?

Nada, que llego a mi ordenador, con un cargamento de imágenes porque, claro, de cada brizna —como decía antes— hago varios disparos por si acaso va mejorando la calidad de lo que me propongo que sea mi fotografía perfecta, y la proceso con esmero, porque sigo estudiando con más ilusión que cuando tenía que meterme en la cabeza los nombres de los reyes Visigodos o las fechas de las infinitas batallas que nunca se ganaron porque en todas las guerras se pierde.

Y, dudo. Pero también está claro que mi nivel de autoexigencia me bloquea en muchas ocasiones y estoy ya un poco harta de tener que «pedirme permiso».

Por hoy ya está, estoy preparada para volar, no sé hacia dónde, sí sé por qué.

Hoy voy a entresacar algunas imágenes de mi archivo de viajes y me propongo «avanzar», me da lo mismo tener que subir altas montañas con frío, o caminar por caminos imposibles, como lo vengo haciendo, a partir de ahora voy a dejar mi mochila llena de prejuicios en el trastero antes de salir de casa, y que duerma el sueño de los justos.

Hoy necesito liberarme. Porque hoy es todo lo que tengo.


@mjberistain

El otoño


Entre ser y querer ser. Es lo que debe ser vivir.
Lola García de Silva «Lo que vale la pena»

He necesitado, para vivir, dudas,
caricias, canciones, distancias
en un universo inconsistente
como la arena de un reloj
que se me ha ido escapando
de las manos

He necesitado una ruta desbocada
un destino de flores marchitas
y pasiones cumplidas
.

Las sombras me van haciendo hueco
en la alfombra dorada del otoño,
los recuerdos ahora son difusos
envueltos en una niebla que borra
los límites de mi mundo,
me asombra la caridad de la esperanza.

Camino lentamente observando
las huellas de mis propios pasos
que aventarán vientos nuevos.
Alguien pasa deprisa a mi costado
y pienso que quizá sea el futuro
de mis hijos…

Duele la fugitiva luz de abril.


@mjberistain

Estamos aquí…


 «Estamos aquí solo por un breve momento. Y pienso que es un accidente tan afortunado haber nacido, que estamos obligados a poner atención.

En cierto sentido, esto es ir muy lejos. Es decir, somos, hasta donde sabemos, la única parte del universo consciente de sí. Podríamos incluso ser la forma consciente del universo.

Tal vez hayamos llegado para que el universo pudiera verse a sí mismo. No sé eso, pero estamos hechos de la misma materia de la que están hechas las estrellas, o de lo que flota en el espacio. Pero nuestra combinación es tal que podemos describir qué es estar vivos, ser testigos.

Mucha de nuestra experiencia es esa de ser testigos. Vemos y escuchamos y olemos otras cosas. Pienso que estar vivo es responder».

Mark Strand, Collected Poems
Reblogueado de Culturainquieta

Fotografía de Victor Bolea