En esta web encontrarás temas relacionados con la literatura que he ido recopilando a lo largo de los años. Si algo de lo que encuentras aquí te interesa o te resulta agradable para disfrutar unos minutos, eres bienvenido a mi mundo. Gracias por tu aprecio. María Jesús
Despierta al día que llega, despierta. Se alza del sueño con la luz del alba.
Te multiplicas en mil espejos. Ya no eres aquella mujer de mirada borrosa salpicada la frente de oscuridad.
Despierta al día que llega, despierta con la luz del alba de la noche como un palacio de silencio sin ventanas, despierta de los bosques, de los hayedos y de los musgos, despierta del laberinto de lunas, que es dulce el amor en tu copa de sombras.
La luz del día borrará la gravilla de los caminos y las heridas de tus pies descalzos.
@mjberistain2022 Fotografía del Diario El Universo
El silencio perdido entre mis ropas, me miraba el mar desde sus espejos; estrellas en la noche plateada. Conocía su cuerpo, su desnudo bajo sus pies de agua.
El silencio perdido entre mis ropas, el amor en olvido sobre la playa donde la luna clavaba sus anclas. Abandonamos allí algunos sueños bajo sus pies de agua.
Noche quiero entrar en tu alma.
Para mis palabras quiero destellos y ráfagas de locura y la tinta antigua de los poetas para mis palabras quiero y para mis silencios, que dibujaré un borrón en el tiempo parecido a la lágrima de un sueño.
Inspirado en obra de E. Pardospublicada en el Blog TRIANARTS
Vuelves a entrar en mi sueño, no tienes piedad, son las tres de la mañana.
Las sirenas suelen anunciar los peores presagios a esa hora, a las tres de la mañana, y hasta mis delirios llegan los golpes de luz y el eco de las bombas que movilizan los flujos de mi cerebro cuando no puedo dormir.
Sin embargo, hoy presiento que eres tú y no temo. Abro de par en par las ventanas para que entres y te acomodes entre mis somnolientas neuronas. Me concentro para vivir un silencio elocuente, sé que es donde mejor te expresas, con esos ojos negros de mirada profunda, inquietante —diría que inquisidora— si no fuera por la inteligencia y la ternura con la que me regalas cada vez que apareces en mi vida.
Te dejo hacer… Siento cómo tensas algunas de las finas líneas que se entrecruzan en el espacio intra-sideral que te reservo, yo no quería pensar esta noche. Acepto fluir en tu presencia mientras trasteas entre ellas, mis neuronas, organizándote un hueco confortable, librando algunas batallas con mis nudos aquí y allá, salvando las minúsculas distancias que el tiempo impone y borrando algunos flecos que mi impericia suele dejar sueltos.
Y, me doy cuenta de que, poco a poco, descubres que algo tuyo sigue estando ahí. Y no me trastorna. Siempre te he dicho que soy fiel y, como vulgarmente se dice «dura de mollera», que no es fácil que aparte de mi vida a las personas a las que amo.
Pero esta noche no, esta noche en la que el poder de la ignominia hace temblar los cimientos del mundo, esta noche no, no me castigues más.
Encontrarás agujeros negros entre la maraña de líneas envejecidas que hoy pueblan mi cerebro. Sabes que el olvido puede hacer estragos porque no se puede corregir. Así que, si todavía tus ojos siguen iluminando, aunque sea débilmente, esta noche de extravío, permíteme que te sueñe desde la locura de los latidos que inquietaron con destellos inmortales lo que la vida convirtió en recuerdos.
Compréndeme, tú sabes hacerlo.
Y no dudes de que en su fondo sigue existiendo una silla vacía esperando su renacimiento…
Un olor denso, dulce, de flores marchitas, y madera, y humo, y sombra, y melancolía José Hierro
Lo veía llegar su sombra le precedía hombre de suaves navajas y sucias abarcas, no reparó en su mirada, el sol de la tarde deslumbraba.
Hombre de silenciosa presencia joven de corazón cansado, ¿a dónde iría que ella no supiera? No era tiempo de marchar ni de abandonar los huertos donde temblaban historias entre bellísimas flores marchitas.
Un día él dijo:
El tiempo no pone ni quita razones. El tiempo todo lo cura; el tiempo cicatriza.
Y escribió en un pequeño papel de seda:
«Caerán las tristezas como fértiles cortezas del árbol de tu vida y habrá siluetas nuevas —regalos al paisaje— y alegres golondrinas…»
Ella se sentó a esperar, un viento helador acechaba por las esquinas y no hallaba suficiente lluvia para lavar del amor la mortal esencia.
Ella se sentó a esperar.
Bajo su almohada un olor denso, dulce de la última rosa marchita, y madera, y humo, y sombra, y melancolía*
Imagen mjberistain y mjcueli * Los versos en cursiva son de P.A. y José Hierro
Llevaba tiempo deseando tener unos cuantos días libres para perderme por las rutas de los frutales en flor que pueden contemplarse en esta época por nuestra geografía; Cerezos en la zona de Extremadura, Almendros en Tenerife y Aragón o en la zona del Mediterraneo… Maquiné un plan que parecía perfecto. Estaba siendo un final de invierno infernal. Habían llegado tarde, pero con fuerza los vientos de más de cien kilómetros por hora, la lluvia arreciando sin compasión y anegando paisajes que hasta entonces eran de puro secano, y nieve; nieve deseada pero que atrapaba con su bellísimo manto blanco cualquier tipo de tráfico -animal o humano- a pie o por medio de cualquier artilugio mecánico de transporte conocido tipo tren, coche, camión o avión. De verdad que yo andaba necesitada de huir del gris oscuro que envolvía con saña mi cuerpo y mi espíritu.
Optamos por la zona de Levante por cercanía y por asegurarnos un poco de sol y temperaturas amigables para poder disfrutar del bellísimo paisaje de la «floración» en estas fechas. Todo encajaba.
«La producción del almendro en España se concentra en las comunidades del litoral mediterráneo. Es el segundo país productor mundial de almendra después de Estados Unidos. El almendro es un árbol muy robusto y de larga vida, que en la cuenca mediterránea puede vivir entre sesenta y ochenta años, incluso hasta un siglo. Es, junto al olivo, uno de los principales árboles cultivados con fin industrial en el litoral mediterráneo. Ambos toleran climas extremos de inviernos húmedos y veranos calurosos y requieren terrenos pobres. Actualmente se cultivan más de cien variedades debido a la gran riqueza genética, pero existen cinco tipos comerciales definidos y seleccionados entre las variedades de mayor calidad, que son Marcona, Largueta, Planeta, Comunas o Valencias y Mallorca.»
Llegamos tarde. La floración se había adelantado debido a la rara climatología de este año y los árboles se estaban cargando ya de almendras. Había una gran preocupación en la zona porque se esperaba frío y ello podría arruinar el fruto. ¡Nuestro gozo en un pozo!, Recorrimos los valles por sinuosas carreteras, esta vez con una belleza diferente a la que esperábamos, pero el sol y la vista del mar en el horizonte aliviaron nuestra desilusión.
¡Pues… compraríamos almendras!
Encontramos en Guadalest —un pueblo caprichoso encaramado en la sierra como una gran ventana al mediterráneo—, una tienda de productos de la zona.
Allí nos explicaron que la producción de los almendros se vendía íntegramente a la Cooperativa pero que, con suerte, podríamos encontrar algún vecino que quisiera vendernos almendra natural -con cáscara- a «dos coma cinco euros el kilo» aproximadamente (que era el precio de venta al por mayor). El amable dueño de la tienda, propietario también de algunas de las parcelas de almendros de la zona, al que compramos pasta de almendras para postres y otros usos, en su ánimo de aliviar nuestro desconcierto nos ofreció unas pequeñas bolsitas de plástico transparente con unos cuantos gramos de almendras garrapiñadas.
¡Garrapiñadas!
No puedo acordarme de cuándo fue la última vez que comí garrapiñadas, pero debió de ser en el parque de atracciones de Igeldo cuando todavía era una niña.
Tuve que conformarme con hacer algunas fotografías de almendros y cerezos por los alrededores, de camino a casa, cuando volvíamos de viaje, mientras mordisqueaba garrapiñadas que todavía me quedaban por los bolsillos.
Lo viví como pude, como supe, porque todavía no había aprendido lo importante de la Vida.
Hoy es un nuevo año, muy lejano del año en el que nací. No es que quiera mirar hacia atrás, ese tiempo vive en mí, y hay veces que me hace sonreír, porque me lleva de la mano a tomarme un helado o a merendar tortitas con nata, o sencillamente, a ver a los chicos que aparcan sus motos en la acera de enfrente, delante de la heladería.
Sigo buscando la fórmula mágica para que mis fotografías tengan sentido, no uno cualquiera, sino el mío, el que yo quiero darles. Sí, ya sé que todo está en los libros, eso a lo que llaman técnica; la composición, encuadre, enfoque, diafragma, velocidad, objetivos, filtros, el trípode, todo eso referido a la máquina.
¡Ah, claro!
¡Y luego dicen que la máquina no es lo importante!
Hoy voy a suponer que dispongo de lo básico. —Necesito partir de alguna premisa—. Y, para mi nivel es cierto. Ahora bien, siendo capaz de organizar materialmente mi material, valga la redundancia, hay «algo» en mí que rara vez está conforme con el resultado de mi dedicación. Vale, soy una impertinente insatisfecha. Leo, estudio, persigo la obra de los grandes fotógrafos y las imágenes que, descubriendo a través de exposiciones, libros, folletos, revistas y otros «inputs» se acercan a esa imagen poética que me gustaría representar. Voy a explicarme mejor, porque creo que me estoy liando yo sola.
Soy amante de la Naturaleza. Me gusta viajar. No tengo claro si busco o encuentro belleza hasta en una pequeña brizna de hierba, aunque la lluvia no la haya enlucido con su luz, o el aire la haya despeinado, por poner algún ejemplo.
¿Entonces?
Nada, que llego a mi ordenador, con un cargamento de imágenes porque, claro, de cada brizna —como decía antes— hago varios disparos por si acaso va mejorando la calidad de lo que me propongo que sea mi fotografía perfecta, y la proceso con esmero, porque sigo estudiando con más ilusión que cuando tenía que meterme en la cabeza los nombres de los reyes Visigodos o las fechas de las infinitas batallas que nunca se ganaron porque en todas las guerras se pierde.
Y, dudo. Pero también está claro que mi nivel de autoexigencia me bloquea en muchas ocasiones y estoy ya un poco harta de tener que «pedirme permiso».
Por hoy ya está, estoy preparada para volar, no sé hacia dónde, sí sé por qué.
Hoy voy a entresacar algunas imágenes de mi archivo de viajes y me propongo «avanzar», me da lo mismo tener que subir altas montañas con frío, o caminar por caminos imposibles, como lo vengo haciendo, a partir de ahora voy a dejar mi mochila llena de prejuicios en el trastero antes de salir de casa, y que duerma el sueño de los justos.
Hoy necesito liberarme. Porque hoy es todo lo que tengo.
Entre ser y querer ser. Es lo que debe ser vivir. Lola García de Silva «Lo que vale la pena»
He necesitado, para vivir, dudas, caricias, canciones, distancias en un universo inconsistente como la arena de un reloj que se me ha ido escapando de las manos
He necesitado una ruta desbocada un destino de flores marchitas y pasiones cumplidas.
Las sombras me van haciendo hueco en la alfombra dorada del otoño, los recuerdos ahora son difusos envueltos en una niebla que borra los límites de mi mundo, me asombra la caridad de la esperanza.
Camino lentamente observando las huellas de mis propios pasos que aventarán vientos nuevos. Alguien pasa deprisa a mi costado y pienso que quizá sea el futuro de mis hijos…
«Estamos aquí solo por un breve momento. Y pienso que es un accidente tan afortunado haber nacido, que estamos obligados a poner atención.
En cierto sentido, esto es ir muy lejos. Es decir, somos, hasta donde sabemos, la única parte del universo consciente de sí. Podríamos incluso ser la forma consciente del universo.
Tal vez hayamos llegado para que el universo pudiera verse a sí mismo. No sé eso, pero estamos hechos de la misma materia de la que están hechas las estrellas, o de lo que flota en el espacio. Pero nuestra combinación es tal que podemos describir qué es estar vivos, ser testigos.
Mucha de nuestra experiencia es esa de ser testigos. Vemos y escuchamos y olemos otras cosas. Pienso que estar vivo es responder».
Es como si de repente, en el aire, muriese algo que vuela, un indeterminado murmullo de ecos que parecen venir de un túnel blanco. Y es también, desde luego, el ruido de vasos de cristal cuando se pisan, su metáfora fría de élitros batientes, la indecisión de las fieras nocturnas frente al amanecer. Felipe Benítez Reyes
Soy avena silvestre. Algunos me llaman Flor de Bach, porque el famoso músico Johann Sebastian Bach escribió una minúscula partitura para mi. Pero esa historia ocurrió hace más de trescientos años.
Yo le amaba, y a su música.
El sol brillaba aquella tarde silenciosa. En el regazo de una pequeña aldea mis compañeras y yo éramos felices. Sabíamos que la vida era efímera pero no pensábamos en ello entonces. Éramos campesinas. Distinguidas y estilizadas adolescentes de largas melenas rubias. Felices en nuestra parcela de tierra jugosa de color cobrizo, indiferentes al paso de las horas. Amábamos el sol, y crecíamos jugando al escondite con los vientos y chapoteando en el barro que formaban a nuestros pies las lluvias de primavera.
Aquel día estábamos inquietas. Veíamos cómo a lo lejos se levantaba una gran polvareda. Atravesando los campos, acercándose a nosotras cada vez más, llegaba la cosechadora amarilla.
Quise huir.
Inclemente, el sol cubría por entero los campos, hacía mucho calor. Sería difícil escapar y esconderme salvo que encontrara un fino haz de su luz junto a una sombra y pudiera camuflarme en ella. No lo dudé, me tiré al suelo y me arrastré avanzando torpemente entre las piernas de mis compañeras que, ante el estupor de ver de cerca la cosechadora, no se daban cuenta de mi maniobra.
El ruido del motor era aterrador. Llegué hasta el cobertizo de la casa y me refugié en el lado sombrío de un saco de abono abandonado. Estaba exhausta, me quedé quieta viendo la siega de mis compañeras que saltaban por los aires como pequeñas briznas doradas y caían después, una sobre otra, de nuevo a la tierra.
Un rayo de luz cegadora se me acercó y ocupó mi sombra. Se me ocurrió trepar por sus finas fibras para llegar hasta el sol. Sentí que un viento suave tiraba de mí succionando dulcemente. Era, como fluir entre livianas corrientes de aire; como volar sin gravedad.
El sol me recibió con un abrazo cálido. Sin embargo, —me dijo— voy a pedirte algo. Has tenido el coraje de perseguir tu sueño y aquí estás, lo has conseguido. Ahora tienes que ser agradecida a la vida y compartir tu felicidad con los demás. Te convertiré en flor, serás mi flor preferida. Tú te ocuparás de cuidar la tierra. Volverás a ella en forma de lluvia cada primavera para que germinen las semillas y se llenen los campos de espigas. Y lleguen los nuevos veranos y las cosechadoras, y haya trabajo y alimento para todos.
Había llovido cada uno de los últimos días del mes de junio. No era raro, pero sí era distinto a otros años. Sabemos que todos tenemos que actuar y estamos hartos de que en los medios nos llenen la cabeza de mensajes sobre el cambio climático. Así que, pienso que la humanidad no está haciendo lo suficiente, porque seguimos hablando de lo mismo día tras día, y comprobando los estragos de nuestra falta de sensibilidad en imágenes lamentables que nos llegan de cada rincón del planeta. Y la climatología nos está escupiendo directamente a la cara por imbéciles.
Sueño con la bola blanda de un mundo azul, formada fundamentalmente por agua, como nosotros. Compartimos el espacio de pequeños puñados de tierra con otros seres vivos, con frondosos bosques y caudalosos ríos aparecen aquí y allá. No caemos al vacío gracias a la fuerza de gravedad que, por algo misterioso, nos protege. Sueño con el alto azul infinito en el que flota nuestro mundo azul. En realidad, no sé muy bien si flota, si anida o en el que se ancla, pero sí sé que en las noches oscuras el cielo se llena de estrellas y desde el mundo que habitamos su misterio consigue que nos detengamos a contemplar su belleza, o a intentar interpretar mensajes que nos hacen llegar mientras navegan a años luz de nuestros ojos.
HIPARCO DE NICEA NACIÓ EN NICEA DE BITINIA O BITHYNIA, ACTUAL TURQUÍA, ALREDEDOR DEL AÑO 180 A. C.
Fue el mayor astrónomo de su época. También fue geógrafo.
Parece ser que trabajó en Alejandría (donde sucedió a Aristarco en la dirección de la Biblioteca de Alejandría) y Rodas, donde construyó un observatorio. Sobre los instrumentos que utilizaba se conoce muy poco. Según Ptolomeo, inventó un teodolito para medir ángulos. Inventó también una dioptría especial para medir las variaciones del diámetro aparente del Sol y la Luna. Perfeccionó la dioptría común, utilizada para medir la altura de los cuerpos celestes o sus separaciones angulares.
Calculó la duración de las estaciones. Construyó una tabla que enseñaba la posición del Sol para cada día del año que servía para 600 años. Como sucede con muchos otros estudiosos de la antigüedad, sus estudios no han llegado a nuestros días, sólo tenemos información a través de citas en escritos de otros autores, como Estrabón y Ptolomeo.
En el año 134 a. C. elaboró un catálogo de unas 850 estrellas clasificadas según su luminosidad según un sistema de magnitud de brillo, parecido a los sistemas que se usan en la actualidad.
Hiparco calculó el mes sinódico (período de tiempo que tarda la Luna en volver a la misma posición, o sea, en llegar, por ejemplo, de Luna nueva a Luna nueva) con error de menos de un segundo del valor estimado actualmente. Calculó también el mes sidéreo y el mes anómalo.
Descubrió la precesión de los equinoccios (movimiento del eje terrestre al girar la Tierra, como el de una peonza), probablemente su mayor y más bonito descubrimiento.
Probablemente murió sobre el año 120 a. C.
Fuente Internet
Y solía amanecer encapotado. No hacía falta levantar la cabeza para mirar al cielo y ver la inmensa marejada de nubes negras que se desplazaban a diestro y siniestro según por dónde les daba el aire. Yo miraba al suelo gris y mojado de sonrisa triste y me tomaba un café para poder superarlo. Es un decir, pero sí, a veces es aburrido no ver el sol, no es que vayas a hacer nada especial, porque sigues escuchando la radio por la mañana mientras atiendes el trabajo de casa o sales a ganar el pan de cada día fuera o vas a llevar los niños al colegio, o a ayudar a tus padres que se están haciendo mayores y necesitan que alivies sus pequeños problemas rutinarios. En fin, que no es oro todo lo que reluce. Pero, seamos sinceros, la luz es vida y la del sol es alegría, esto dicho con todo mi respeto a los que han estado sufriendo este último tiempo temperaturas de un sol ardiente que apretaba el mercurio de los termómetros hasta casi conseguir que se desbocara como la pasta de dientes cuando se lavan los dientes los pequeños de la casa.
Pero no cedían nuestros intentos de salir una noche con los telescopios, las cámaras fotográficas y trípodes, con las linternas y por supuesto con el picnic para ir a ver las estrellas y la luna, la vía láctea y los planetas de nuestro sistema solar: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón (bueno, tampoco es para tanto, es que me sale de carrerilla). Se ve que algo me ha quedado de los años de colegio. Todavía no se habían incorporado Plutón, Ceres y Eris que se descubrieron más tarde.
Era de día cuando llegamos a la zona de avistamiento. La tarde espléndida prometía mucho, quizás había sido el mejor día de todo el verano. Un brindis por los organizadores, mientras se colocaban y se calibraban los star-trackers, telescopios, prismáticos telescópicos y se preparaba la «afarimerienda» (merienda-cena). Enseguida el atardecer nos regalaba con la visión de Venus. Rápidamente conquistamos la Polaris y nos situamos para reconocer con el puntero de láser las constelaciones, estrellas y otros muchos elementos ambulantes a nuestro alrededor.
¡Apasionante!
Llegados a este punto y mientras escuchábamos a nuestro querido experto astrofísico las más interesantes explicaciones in-situ, os imagináis que no hacíamos otra cosa mas que empaparnos del conocimiento que tan generosamente nos regalaba. Así, embelesados, nos encontraban las horas que pasaban, casi sin darnos cuenta.
La luna de agosto se escondía tras una alta colina que nos impidió disfrutar de ella desde nuestra localización en Artikutza. Sin embargo, sí pudimos verla desde los coches, cuando volvíamos a casa.
Incluyo la fotografía de Victor Bolea, gran fotógrafo y amigo, para dejar constancia de uno de los momentos vividos, mágicos e inolvidables.
Sueño con volver a ver las estrellas y los planetas y a esos amigos con los que se comparten estas locuras.
Te miras en la noche y te mira el día y a tu rostro de luna luna asoma la sonrisa.
En los ojos zarcos de las aguas frías reposa la belleza que enamora tu mirada limpia.
Tú subes a sus cielos con rubor de niña, piel naranja de tacto adolescente, blancor desnudo de amor de novia enamorada desvestida de jazmines derramando sus aromas por los jardines en sombra, galanteo del aire, brizna de celos al arrullo de las olas que besan las orillas.
La noche de agosto te corteja y acompaña de estrellas la luz de tus pupilas.
Cantan los grillos, los relojes marcan las horas en las plazas y suspiran los hados de la buena fortuna.
No bebo agua. No lo tengo prohibido, es más; lo tengo recetado por mi médico de familia. Trata de convencerme diciéndome que mis riñones son la parte más importante de mi organismo, pero no sabe que la parte más importante de mí, es el corazón. No bebo agua por prescripción médica, bebo agua porque sé que soy agua y que necesito reponer mi energía. El agua debería de ser mi alimento esencial, mi alimento preferido, pero siento decir que, hasta la fecha, mi alimento preferido es el chocolate. ¡No puedo evitarlo!
Bebo agua corto fruta Hundo las manos en los follajes del viento Los limoneros riegan el polen del verano Pájaros verdes rasgan mis sueños Me voy con una mirada Una amplia mirada en la que el mundo vuelve a ser Bello desde el principio a la medida del corazón.
Poema del poeta griego Odysséas Elytis. (Premio Nobel Literatura 1979)
«…los últimos de clase, los expulsados por llevar ternura en los bolsillos, seguíamos puros como el viento…» CS
La imagen que me sugiere este poema me lleva a los menores que están siendo devueltos a la vida, a la tierra, a la que jamás querrían volver… Y sé que como país existen normas dictadas desde algún lugar en el que lo humano no tiene tanta trascendencia como lo político o lo económico, pero me da pena la «inutilidad» de tantas miradas ilusionadas al otro lado del horizonte…
Origen: Blog Trianarts
«Amanecer»
1
He visto un niño con tambor a la orilla del agua. Yo no sé si ha venido a lastimarnos con su canción al viento, ni sé si hay forma humana de estar como él, descalzo, ante la espuma, hoy que no en balde subió la marea a hacernos responder de nuestros actos. En esta tierna alfarería, viva y frágil, en este cuerpo que es proyecto y duda, jamás afirmación, ¿me reconocería, ahora que ya mis pasos y mi vida resuenan en lo oscuro?
2
Pero vuelven las barcas con la aurora y vuelvo también yo nuevamente a recordarme solo, junto al mar y los huesos calizos de las sepias. De aquellos merodeos de la infancia, ¿qué queda? Nada está consumado. El tambor suena y el aire gratuito da a las cosas su perfil más exacto, quiero decir, su tenue bruma, su ávida ensoñación. Y prevalece, hoy como entonces, la melancolía, la soledad, lo inútil en la arena.
He buscado y he hallado cosas, valores o temas como la tolerancia, el diálogo con la luz, el aroma de las piedras, la luz negra… en el espacio sin tiempo de Chillida Leku y en los materiales con los que el Artista materializaba su obra.
Acero, Granito, Hierro, Yeso, Alabastro, Madera, Tierra, Tinta negra, Papel
de Vivaldi, Mozart y especialmente de Bach, que muestran su relación con la armonía, el ritmo y el sonido.
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Óxidos
Alabastro
COMPENETRACIÓN ENTRE LUZ Y ESCULTURA, ENTRE LUZ Y ARQUITECTURA EN LA OBRA DE CHILLIDA EL ALABASTRO ES EL MATERIAL QUE ACOGE LA LUZ Y PERMITE QUE ÉSTA SE MUESTRE DE FORMA TRASCENDENTAL.
En Gurutz (Cruz) Chillida excava el alabastro hacia adentro haciendo que la cruz se materialice en el vacío.
Tras experimentar con materias de su tierra natal como la madera y el hierro, el alabastro le condujo a Chillida a elaborar obras más luminosas y diáfanas. Se convertiría en la materia perfecta para captar la «luz oscura» que él identificaba con el mar Cantábrico. Frente a la luz blanca, fuerte, vibrante y cristalina del mármol, el alabastro transmitía una sombría luminosidad, una luz neblinosa y húmeda, más cercana a la luz negra propia del País Vasco.
El mar Cantábrico, un mar encrespado, con oleajes frenéticos y tonalidades grises y plomizas.
En lo translúcido la luminosidad parecía emerger del interior de la piedra como si, retenida en lo más profundo, irradiase de la propia materia.
Más allá, lo profundo es el aire
Este verso de su gran amigo el poeta Jorge Guillén (Cántico), conecta con el Artista que lo interpreta y lo trabajará en su obra como «vacío»
en su primera escultura en alabastro titulada «Mendi huts» (montaña vacía)
en el interior del granito respetando, por contraste, su exterior rugoso natural.
en la contraposición de lleno y vacío de su escultura titulada «Buscando la luz» (en sentido físico, poético y espiritual)
en su proyecto irrealizado en la montaña Tindaya en Fuerteventura.
«Su espacio interior no sería visible desde fuera, pero los que penetraran en su corazón verían la luz del sol y de la luna, dentro de una montaña vacía volcada al mar, y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente»
Sus palabras…
me siento como un árbol que está adecuado en su territorio, pero con los brazos abiertos al mundo
forjar un hierro es luchar contra él
doy mayor valor al conocer que al conocimiento
necesito el peso para rebelarme contra él
prefiero esculpir antes que modelar, las esculturas brotan del yeso seco
tengo las manos de ayer, me faltan las de mañana
Consciente de que la materia iba hacia abajo por ley natural, intuía que el espíritu iba hacia arriba, trabajaba la idea de dar ligereza a las voluminosas masas de piedra o acero dotándolas de una espiritualidad que las elevara por encima de su ser.
Fotografía @mjberistain Apuntes de la Guía General de Chillida Leku