EL JUEGO DE HACER VERSOS

Jaime Gil de Biedma


EN QUÉ CONSISTE LA CREACIÓN POÉTICA Y QUÉ FUNCIONES TIENE

ARTÍCULO DE LUIS GARCÍA MONTERO SOBRE POEMA DE JAIME GIL DE BIEDMA

 “El juego de hacer versos”, es un poema de los llamados metapoéticos, porque el poeta trata de explicar en qué consiste la creación poética y qué funciones tiene. El poeta no habla del “oficio” de hacer versos, sino de “juego” y que matiza más tarde “que no es juego” porque entiende que la poesía es más una cuestión de técnica que de sentimientos. Considera que escribir poemas es una manera de entender la vida, aunque el “placer» del comienzo se convierta al final en “vicio solitario”. «El juego de hacer versos» hace un recorrido de la trayectoria del poeta desde la nostálgica adolescencia “demasiados inexpertos, / ni siquiera plagiábamos…” hasta su decadente madurez. Como vemos, el poema tiene una estructura circular, cerrada, comienza y termina con la misma estrofa, aunque con matices diferentes en los dos últimos versos: esta variante hace destacar los efectos del paso del tiempo en la obra del autor. En este poema Gil de Biedma condensa toda su Poética, todo su proceso creador. Admite el arte como vocación, pero también como trabajo «El Arte es otra cosa distinta” … Aprender a pensar / en renglones contados / —y no en los sentimientos / con que nos exaltábamos —» El poeta sabe que la lengua es un instrumento mágico y reconoce que la mejor poesía es la rítmica «el Verbo hecho tango«.

Gil de Biedma tiene la virtud de conectar fácilmente con el lector al utilizar un lenguaje sencillo, cercano y ameno, aunque por ello no trate con gran sensibilidad temas  tan vitales como el conflicto y mala conciencia que le producen la pertenencia a la clase burguesa  “… a vosotros pecadores / como yo, que me avergüenzo de los palos que no me han dado, / señoritos de nacimiento / por mala conciencia escritores / de poesía social, / dedico también un recuerdo, / y a la afición en general“ o la búsqueda constante de su propia identidad enfrentado con el tiempo y con su propia decadencia “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender  más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / […] Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, es el único argumento de la obra” o el amor en su largo y precioso poema “Pandémica y celeste”:  “… Sobre su piel hermosa, / cuando pasen más años y al final estemos, / quiero aplastar los labios invocando / la imagen de su cuerpo / y de todos los cuerpos que una vez amé / aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo, / Para pedir la fuerza de poder vivir / sin belleza, sin fuerza y sin deseo, / mientras seguimos juntos / hasta morir en paz, los dos, / como dicen que mueren los que han amado mucho. “

EL JUEGO DE HACER VERSOS

El juego de hacer versos
–que no es un juego – es algo
parecido en principio
al placer solitario.

Con la primera muda
en los años nostálgicos
de nuestra adolescencia,
a escribir empezamos.

Y son nuestros poemas
del todo imaginarios
–demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos –

porque la Poesía
es un ángel abstracto
y, como todos ellos,
predispuesto a halagarnos.

El arte es otra cosa
distinta. El resultado
de mucha vocación
y un poco de trabajo.

Aprender a pensar
en renglones contados
–y no en los sentimientos
con que nos exaltábamos –,

tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio,
que llega a emborracharnos.

Luego está el instrumento
en su punto afinado:
la mejor poesía
es el Verbo hecho tango.

Y los poemas son
un modo que adoptamos
para que nos entiendan
y que nos entendamos.

Lo que importa explicar
es la vida, los rasgos
de su filantropía,
las noches de sus sábados.

La manera que tiene
sobre todo en verano
de ser un paraíso.

Aunque, de cuando en cuando,

si alguna de esas nubes
que las carga el diablo
uno piensa en la historia
de estos últimos años,

si piensa en esta vida
que nos hace pedazos
de madera podrida,
perdida en un naufragio,

la conciencia le pesa
–por estar intentando
persuadirse en secreto
de que aún es honrado.

El juego de hacer versos,
que no es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio solitario.

Moralidades, 1966.


CLARA JANES Y EL CANTAR DE LOS CANTARES


Discurso de clara janés en la RAE sobre el «cantar de los cantares»

12 de junio de 2016

SENSIBILIDAD POÉTICA

«Salomón —ha comenzado su discurso Clara Janés— escribió, siempre según la leyenda, el Cantar de los cantares, la cual ha generado deslumbrantes destellos y despertado tales ecos (sea a través de la imagen, de las traducciones, de las imitaciones o simbolismos) que han acabado por convertirse en semillas fecundas».

«¿Cómo una obra cuya traducción exacta es casi imposible puede convertirse en una versión y estudio apasionantes (fray Luis), en una égloga (Arias Montano) o ser el germen de una de las mayores creaciones literarias existentes, el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz?», se ha preguntado la poeta catalana, quien ha reconocido que su «vinculación con la escritura empezó precisamente debido al Cántico espiritual, a la lectura y explicación —diría majestuosa— que de él hizo José Manuel Blecua [padre del exdirector de la RAE] —a quien tanto debo— cuando llegué a la Universidad de Barcelona. Él, con su ritmo pausado, me desveló mi sensibilidad poética, a la vez que el origen salomónico del poema de san Juan».

Los versos del Cantar y el mismo personaje de Salomón, ha proseguido Clara Janés, «cruzaron tiempo y espacio con extraordinario vigor. ¿A qué se debe ese vigor respecto a la obra lírica? No cabe duda: algunas de sus palabras y conceptos eran tan fuertes que saltaron por encima de las dificultades de traducción y quien los recibía no quedaba impasible». La nueva académica ha continuado esbozando el trayecto que siguió el Cantar de los cantares desde su origen como epitalamio hasta llegar a los místicos y hebraístas españoles, «un trayecto —o interpretación— complejo y huidizo». 

CÁNTICO ESPIRITUAL

Tras repasar la vía oriental, Janés se ha situado en el Renacimiento y en España, destacando tres hombres de fe y letras: Arias Montano, fray Luis de León y san Juan de la Cruz, al que se suma pronto una mujer también de la fe y entregada a la escritura: santa Teresa de Jesús. «Arias Montano es el primero que se lanza a verter el Cantar del hebreo al romance, pero lo hace convirtiéndolo, según la moda de la época, en una égloga pastoril. En 1554 ya lo ha concluido y llevado a Salamanca. […] Fray Luis hará la traducción y primer comentario de la obra de Salomón en 1561. […] Más tarde, en 1578 escribe san Juan las treinta y una primeras estrofas del Cántico espiritual. […] Cinco años después de la traducción en prosa y comentario del agustino, santa Teresa escribe sus Meditaciones sobre los Cantares». 

El objetivo de Arias Montano era fundamentalmente literario, ha explicado Janés. Y el propósito de fray Luis de León, en cambio, era bien distinto: traducir del hebreo «palabra por palabra». Por su parte, santa Teresa «no se enfrenta a la obra de Salomón como texto, sino a la expresión metafórica de algo que ha vivido, y lo hace parcialmente. Su escrito es una comunicación íntima».

Si fray Luis pretendía trasladar el epitalamio salomónico a la letra, «san Juan lo ha incorporado, ha aceptado en su interior el verdadero enigma que encierra: el amor, un amor que da vida […]. El Cantar de Salomón es la obra de la que más cerca se siente». La nueva académica ha concluido preguntándose qué singulariza la obra de san Juan de la Cruz y qué la hace tan excepcional: «Para empezar, la musicalidad de sus liras. […] Pero eso es solamente el esqueleto donde se monta un cuerpo de gran riqueza de imágenes, que casi podríamos calificar de surrealistas, en las que se superponen planos simbólicos, de modo que no se hacen fácilmente descifrables. El enorme atractivo del Cántico espiritual reside en ello: presenta un enigma. […] La trama de Juan de la Cruz es una poesía fonética, en una poesía de imagen simbólica, montada sobre un ritmo que no se pierde ni un instante».

Del AIRE POÉTICO habló Soledad Puértolas en la presentación del acto, diciendo:

La Academia nos viene a recordar el valor de la poesía, esa misteriosa dama encargada de dar aliento y luz a la aridez de la vida y de dotarla de contrastes, complejidad y hondura, y que nos hace un extraordinario regalo, la intuición de la trascendencia. 

El aire poético de los versos de Clara Janés y de los versos que otros escribieron y que ella ha hecho suyos, parece rodearla siempre. Ella escribe poesía, traduce poesía, habla sobre otros poetas y escritores en ese tono inconfundible de quienes buscan una verdad, […] esa verdad que se vislumbra, efímera, fugitiva, pero intensa y profunda.

Y ha querido recordar «la necesidad de Janés de ampliar su mundo, de traspasar límites, de beber en fuentes situadas en lejanos y misteriosos parajes, que la ha llevado a efectuar una labor de difusión literaria de incalculable valor». 


Imagen de internet – Alamy

Dolor redentor


Lentas siguen las lunas a las lunas,
como cede a la luz la luz, los días a los días,
el párpado tenaz al mismo sueño.
Vivir es fácil. Arduo el sobrevivir a lo vivido.
J.A.Valente

A veces me pregunto
¿Qué quedó de la Tierra de ayer,
de los momentos apenas vividos;
sobre-vividos, a golpe de metáfora?

Nadie como la noche
cultivó las palabras más audaces
contra el aire vacío.
Yo repetía a media voz
los versos aprendidos de tus labios.
Nadie sabrá
del pacto inocente que inmortalizamos
que nos hizo indignos
de los dioses más posesivos.

En hilos de lluvia deshace el viento
caricias de un tiempo no consumido,
lenta lava sobre su propio fuego*
que, como un dolor redentor, perdura.



Dedicado a Paco
* palabras en cursiva de J.A.Valente






Un lecho de dulzura




El vacío oculta miradas
con la docilidad del desarraigo.

El vacío no es olvido.

Es un jardín donde dormita la tibieza de la luna,
un lecho de dulzura donde sestea la muerte
a esperar que el corazón se tome el último sorbo de café.



@mjberistain


¿Qué se considera belleza en Japón?


Wabi-sabi e Iki son dos valores fundamentales de la estética japonesa, en la que se valora lo sencillo, lo sutil y elegante como parte de la belleza.

El japonés Junichiro Tanizaki desgrana en “El elogio de la sombra” la diferencia entre los modos de mirar y de entender la belleza en Occidente y en Oriente.

Apreciar la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

“En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra”. Así comienza el ensayo “El elogio de la sombra” (1933), del escritor japonés Junichiro Tanizaki, en el que afirma que en Japón todo lo bello brota de la oscuridad. Bajo este prisma y a través de numerosos ejemplos, el autor, figura imprescindible de la literatura nipona, nos habla de luces y sombras y de como en este juego de claroscuros nace la verdadera belleza. ¿Qué nos enseña esta obra sobre los japoneses y su manera tan distinta de entender la belleza?

“Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una radiación y expuesta a plena luz, pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”

Junichiro Tanizaki

Aunque “El elogio de la sombra” data de hace casi un siglo, muchos de los ejemplos de Tanizaki siguen vigentes e ilustran con claridad como los ciudadanos del país del sol naciente tienen la capacidad o virtud de “buscar y encontrar lo bello en todo”. Así lo afirma también Masaki Ishiguro en su libro “25 hábitos japoneses para vivir mejor”, donde repasa las costumbres y formas de ser y actuar que mejor representan a la población japonesa.

En Occidente no se entiende la belleza sin la presencia de la luz, una identificación que viene de la antigüedad. Ya en la Edad Media la “estética de la luz” relacionaba la luz, la luminosidad, el esplendor, con lo divino, un concepto que tuvo una importancia trascendental en el arte gótico, arraigó en la sociedad y se ha perpetuado hasta nuestros días. Hoy, la luz juega un papel fundamental en la arquitectura, pero también en el estado de ánimo y la salud.

Pero Tanizaki e Ishiguro cuentan que en Oriente sucede lo contrario. Mientras en occidente, nos hemos olvidado del poder de la sombra, en Japón todo cobra sentido a través de ella. Poner en valor la penumbra, el matiz, lo sutil, es la clave para entender el color de las lacas, de la tinta o de los trajes del teatro nô; para aprender a apreciar el aspecto antiguo del papel o de la pátina que el paso del tiempo deja en los objetos; para captar la belleza en la llama vacilante de una lámpara y descubrir el alma en sus espacios y elementos arquitectónicos. Incluso, el cine japonés, con su trabajo con el contraste de luz y oscuridad y su gusto por los susurros, las elipsis y las pausas, puede relacionarse con este elogio a la sombra y, también, con la estética del vacío, muy presente en las artes y el diseño japonés.

Iki y la belleza sencilla y sutil

Como se ve en las cerámicas raku o los jardines tradicionales japoneses, en esta cultura las formas bellas son las que se inspiran en la naturaleza, son las formas no rebuscadas o elaboradas, son las cosas pequeñas por encima de las grandes construcciones. La tradicional belleza japonesa expresa un delicado sentido del equilibrio, elimina todo, excepto los elementos esencialmente verdaderos, para crear preciosos espacios abiertos en torno a formas simples. En todo momento se huye de la obviedad y la sobreexposición occidental, como señala Tanizaki, y se potencia el concepto de que “menos es más”.

Búsqueda constante de la calidad

Al abordar estas cuestiones, Ishiguro remite al concepto Wabi-sabi, que junto al Iki son dos de los valores fundamentales de la estética japonesa. El Wabi-sabi representa lo imperfecto, lo impermanente, lo incompleto, y también hace hincapié en la simplicidad y en la sobriedad. El Iki se traduce comúnmente como la belleza de la elegancia, la cortesía y el refinamiento sutil. Bajo este precepto se busca la elegancia, lo sensual y lo chic, sin caer en lo exuberante, lo rudo y vulgar.

Una persona o cosa sería Iki y, también, wabi-sabi si es original, sosegada, refinada, sofisticada, pero sin ser ostentosa o complicada. Las geishas, con su belleza, misterio y sensualidad, lo son.

Los japoneses, con su visión de la belleza, nos inspiran a la hora de buscar y encontrar lo bello en todo y a apreciar la riqueza en las cosas más sencillas. Dichos ideales pueden aplicarse a todo lo que nos rodea e, incluso, en el desarrollo personal. Así como uno puede admirar la sutileza, encontrar la belleza tras las sombras o admirar una grieta en un cuenco, también puede aprender a apreciar las imperfecciones que nos caracterizan y nos hacen únicos y diferentes. Así, la belleza de las pequeñas cosas nos impulsa en el camino hacia la felicidad.

反射 Texto e imágenes publicitarios de NISSAN


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Ver: Resilencia
Ver: WABI SABI


Soñé ser lluvia


Voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago
y cintas que dormían en la lluvia
Cortázar

Sońé ser lluvia
En sus ojos cerrados
Iris latido

Aura de luna ID
Corazón insumiso
A manos llenas

Hojas de otoño
Dulce vuelo de sueños
Tapiz del tiempo

Mudas miradas
Gritos que desgarran
Desconsolados

La noche cae,
Al pie de las batallas
Armas desnudas


@mjberistain

Vientos de silencio


Eros ha sacudido las entrañas de la noche
como un viento abriéndose en el monte
sobre las encinas...
SAFO


POESÍA Y FOTOGRAFÍA
en colaboración

OYE AL RIO
SEGURO QUE TE HABLA,
PEZ ESCONDIDO


EN LA MALETA
LLEVO TRES PESOS, TEMOR
RENCOR Y MUERTE


MIRO AL VACÍO
SIN CALCULAR
LA CAÍDA DE MI SOMBRERO


QUÉ PEQUEÑO SOY
BAJ LA SOMBRA DE TU
OMNIPRESENCIA


POR ALTAS CUMBRES
LAS LARGAS PERSPECTIVAS
ME MINIMIZAN


RUMOR QUE CORRE
COMO VERDAD SE QUEDA
ENTRE LA GENTE


GUARDA PALABRAS,
SE LAS LLEVAN LOS VIENTOS
DE LOS SILENCIOS


Autor Haikus: Eugenio Mateo Otto
Fotografía@mjberistain.com
Imágenes:
Arditurri (Gipuzkoa), Saladas de Sástago-Bujaraloz (Aragón), Hondalea (Donostia SS), Ordesa (Aragón) y Perros-Guirec (Bretaña).

La violinista


Tuve una infancia feliz. Cuando tan solo tenía tres años, con la convicción de mis padres de que yo era una artista, me incluyeron en un novedoso programa de educación musical en el que el elemento fundamental era el violín. Hasta entonces cualquier iniciación a la música, desde el punto de vista oficial, pasaba por aprender solfeo a secas y solo meses más tarde llegaba el momento de elegir un instrumento para su aplicación que, en la mayor parte de los casos, solía ser el piano. Por fin, los niños empezábamos a comprender para qué servían tantas horas de lecturas áridas de signos negros colgados de una estructura de cinco líneas horizontales a lo ancho de las páginas de los cuadernos de cuadrícula.

Como he dicho antes, la fórmula de estudio que se planteaba era novedosa en la ciudad y, también lo era por su rareza en la elección del violín como instrumento, debido a la dificultad del aprendizaje y a su escasa proyección a nivel profesional (eso se pensaba entonces en nuestro entorno cultural).

Compaginé mis estudios básicos con él, también los de grado medio y los de grado superior. Siempre con mi violín a cuestas. Puedo decir que ya la vieja caja de madera revestida de piel negra formaba parte de mi vestimenta. El violín fue cambiando a medida que yo crecía. Llegó el momento en que decidí nunca más cambiar el stradivarius de segunda mano que me había regalado un buen amigo de mis padres cuando volvió de uno de sus viajes por Europa. Él me contó…


Stradivarius


Antonio Stradivari fue un luthier italiano. Nació en 1644 en Cremona, Lombardía y vivió hasta 1737. Fue más conocido por la forma latinizada de su nombre, Stradivarius, que se aplicó a todos los instrumentos musicales de cuerda que fabricó.

Su ciudad, Cremona, se hallaba entre un bosque de abetos (madera blanda) y uno de arces (madera dura), por lo que estas maderas eran las usadas por los grandes maestros violeros, como los Amati y los Guarneri. Comenzó a mostrar originalidad y a hacer alteraciones en los modelos de violín de Amati. El arco fue mejorado, los espesores de la madera calculados más exactamente, el barniz más coloreado y la construcción del mástil mejorada. Se considera en general que sus mejores violines fueron construidos entre 1683 y 1715, superando en calidad a los construidos entre 1725 y 1730. Además de violines, Stradivari construyó arpasguitarrasviolas y violoncellos.

Una hipótesis sobre la calidad de los instrumentos creados por Stradivarius sugiere que el clima puede haber sido un factor importante en el extraordinario sonido que poseen. Durante las épocas de frío extremo, los anillos de crecimiento de los árboles son más angostos, están más juntos y la madera tiene mayor densidad. El «mínimo de Maunder» fue un período de frío entre 1645 y 1715 que afectó a Europa, mientras se talaba la madera que Stradivarius habría de utilizar. Así, sin dejar de lado la extraordinaria calidad del trabajo de Stradivarius, se piensa que la singularidad del timbre de estos instrumentos puede tener su origen también en el uso de madera perteneciente a un período climático especial. Cuando acababa su instrumento, el barniz con el que cubría la madera se consideraba muy importante, debido a la transpiración de la madera, etc. Este es uno de los misterios del luthier: la fórmula de su barniz. Fuente: Wikipedia


Desde entonces han pasado muchas cosas por mi vida como en la de cualquier ser humano. He viajado, he tenido familia, amigos, trabajo. He dado conciertos en lugares cutres y otros maravillosos como algunos salones privados de Chateaux franceses. He sobrevivido por unos pocos peniques en pasillos transitados por gente que no amaba la música. He soñado desde niña en ser concertino en la gran Orquesta Sinfónica de Viena.

Murió anoche mi compañera de fatigas, mi amor, mi gran amiga. Formábamos parte de un grupo musical que atendía contrataciones para eventos; bodas y fiestas.

He amanecido junto al mar de una pequeña ciudad del norte donde esperábamos el momento de interpretar un repertorio clásico en los jardines de uno de sus museos. No he dormido. Me he cobijado con mi violín y mi desolación en el interior de un túnel del paseo marítimo. Alguien me ha tocado en el hombro, me ha agradecido la música y me ha ofrecido ayuda. Antes de seguir su camino me ha dejado unas monedas…

Mientras interpretaba a Bach, sin esperar ya nada, seguía soñando con ser concertino de la Orquesta Sinfónica de Viena.




@mjberistain

Tránsito




Tránsito el murmullo de los ríos
y las aguas embalsadas
sobre un lecho de esmeraldas atardecido.
Tránsito de llamadas al amor
de aves de primavera, arrebatadas
por la fronda de los valles.
Tránsito de lluvia menuda que no puede calmar
ansias ancestrales.

Tránsito de alegres amapolas entre el viento
alborotado, como el fruto efímero de mensajes tiernos.
Tránsito entre copa y copa de brillantes mejillas
respirando el aliento que duelen las campanas,
entre cantos y cañizales, de los pueblos pequeños.

Tránsito de luz entre el mortecino dulzor
del magma y la cadencia intempestiva del deseo.

Retazos de piel cuelgan de las paredes,
miradas andróginas; colores y formas
de caricias enmudecidas.
Ardor con nombres desgastados
por los rincones; abrigos,
dormidos aquella tarde, por los pasillos…


@mjberistain

El camino de los tilos


Escucho en el eco del crepúsculo,
llanto; esencia de lágrimas tras las batallas.
Tiempo de silencio ante el paisaje detenido.

Ven a mi vacío, ven a mi no ser,
porque las noches tiemblan como tiemblan
los labios esperando la inminente rendición

En el barro se funden las estrellas,
los tilos y las lunas rotas.
Un calor huérfano
y un gran lecho de humo
habitan el insomnio de las hogueras.


@mjberistain
Imagen de Internet – Creepypasta Wiki

Ulma

de mi libro La canción de NERTA


Segunda Parte

Capítulo I

Agarrada a la botella de bourbon, sus manos de dedos nudosos envejecidos por la artritis repasan pegajosas las gotas de licor reseco como si en cada una de ellas estuviera contenido cada uno de sus recuerdos.

Yo pensaba que Ulma era mi madre —continuó la mujer con voz debilitada en una especie de lamento entrecortado—. Ulma fue la primera persona que me vio nacer. Sus manos fueron el único calor que sentí cuando me ayudaron a salir del cuerpo inerte de la niña todavía llena de sangre y mucosidad a la que, apenas dieciséis años antes, ella misma había rescatado de las aguas de la gran cascada. Suyos eran los abrazos más tiernos de mi infancia, suya la voz suave que cada noche me contaba cuentos y leyendas casi verdaderas. Yo entonces no entendía lo que significaban las palabras huir, guerra, o noches negras. Tampoco entendía cuando me hablaba de mi otra madre; una mujer a la que yo no había conocido porque se había marchado a buscar un país y una casa para vivir las tres juntas lejos de la guerra. Rezábamos por ella cada noche.

Ulma sonreía siempre. Atendía a mis abuelos —los padres de mi madre Louise— como si se tratara de su propia familia. Recuerdo aún el olor y el calor de aquella casa en Suecia, el pequeño jardín de atrás lleno de flores cuando no estaba nevado. El temblor en sus labios cuando me besaban como si aquellos fueran a ser sus últimos besos. Me sentía una niña muy querida y, sin embargo, no tengo conciencia del momento definitivo en el que nos despedimos. —Quizás debieron querer evitarme el duelo—. Tampoco tengo apenas recuerdos del viaje que hicimos en barco Ulma y yo a los Estados Unidos.

Sí, recuerdo el encuentro con Louise, la mujer que lloraba desconsoladamente abrazándonos a Louise y a mí una y otra vez. Habíamos terminado el viaje, estábamos las tres juntas. Pero, aunque yo también recuerdo que lloré, no comprendía el porqué de tanta tristeza.

Desde aquel momento mi madre fueron dos. Vivíamos en un pequeño pueblo cerca de la Universidad de Stanford, en una de las casitas que quedaban semiocultas entre los bosques. Cada mañana salíamos las tres de la casa a la misma hora. Louise tomaba un camino distinto al que nos conducía hacia el colegio, a Ulma y a mí y nos despedía lanzándonos besos que soplaba desde las palmas de sus manos. No dejaba de mirarnos largo rato hasta que desaparecíamos de su vista.

Empecé a pensar que en mi vida había secretos, palabras que nadie quería o se atrevía a pronunciar.  Entre las dos mujeres había algo más fuerte que la amistad, que el amor, que la hermandad. Quizás habían compartido días y noches tan difíciles en sus vidas que les habían unido con la fortaleza de un gran muro de piedra contra cualquier adversidad. Yo no tuve hermanos ni hermanas como para saberlo, pero al verlas juntas, pensaba que aquella forma de quererse era como la de las hermanas. ¿Cómo, entonces, podían ser las dos mis madres?

Quizá alguna vez eché en falta tener un padre. Especialmente cuando, al terminar las clases en el colegio, me quedaba retrasada del grupo de mis compañeras para ver a los chicos jugar al béisbol. Poco más tarde aprendí a mirar a los hombres de otra manera. Desperté a la vida de la mano de mis compañeros de clase. Realmente envidiaba a mis amigas que tenían hermanos mayores.

Falta alguna referencia sobre la ausencia de Ulma

Desde que me quedé sola con mamá Louise, ella fue un modelo para mí. Era cariñosa, inteligente, audaz y apasionada. Ella me enseñó a valorar la familia, la amistad y la naturaleza como —según me explicó— antes lo habría hecho mi abuela con ella. Al principio de conocernos me leía cada noche cuentos de príncipes y princesas paseando a caballo por los bosques de Baviera que siempre terminaban en bodas. Más tarde me leía cosas de los animales, de las plantas y de las flores; dónde vivían, cómo se reproducían.  Supongo que, cuando pensó que yo podía comprender mejor, me habló de los astros, de las razas, las religiones y de las guerras. —Gunhilda se detuvo un momento y continuó con la voz apagada y pensativa—. También me hablaba de la maldad, de la crueldad y del miedo.

Fue entre libros como me acercó al mayor drama de la humanidad que todavía estaba tan próximo en el tiempo. La II Guerra Mundial había terminado en setiembre de 1945 —hacía tan solo 10 años—. Llegó a hacerme consciente de que yo había participado con un papel fundamental en ella. Escuchaba sus relatos, muchas veces con incredulidad. Mi propia historia me parecía ser parte de uno de los cuentos que me leía por las noches. Debió de ser un milagro haber sobrevivido a la noche sórdida del día de mi nacimiento, rodeada de muerte. O, haber dormido dulcemente refugiada en los brazos de aquel hombre que quiso ser mi padre y…, haber salido ilesa. Él había detonado el último explosivo contra su cuerpo, seguramente porque no pudo soportar el horror de los crímenes que había cometido —eso pensaba yo— o porque no fue capaz de enfrentarse a la justicia o a sí mismo.

Viajábamos mucho por el trabajo de mamá Louise. Había dejado su labor docente en la facultad y disfrutaba de su nuevo empleo como directora del Servicio de Ciencias y Naturaleza para la revista National Geographic. Eran viajes cortos que hacíamos con amigos de la universidad y sus hijos, normalmente coincidiendo con los fines de semana. Así fui conociendo el país; las costas, los parques naturales; los glaciares, incluso reservas de algunas tribus indias.

También me enamoré entonces.

—Gunhilda, ¿vas a venir el próximo fin de semana al parque de Yosemite con nosotros? —me interrumpió mi madre un martes por la noche gritándome desde la cocina mientras yo hablaba por teléfono con mi amigo Thomas.

Pienso que a mamá no le gustaba demasiado aquella amistad, siempre buscaba excusas para separarnos. Ahora comprendo que Thomas, en realidad, fue mi primer amor. Teníamos trece años entonces, éramos compañeros de colegio y de juegos, hablábamos y nos reíamos mucho juntos, peleábamos en broma y nos besábamos y nos tocábamos a veces escondidos detrás de las puertas o en la frondosidad de los matorrales de los alrededores de nuestras casas.

—¡Vale…, mamá! —yo respondía arrastrando las palabras con un tono de fastidio para que no se me notara el interés que tenía por ir con ellos.

Yo accedía a ir a aquellas excursiones con mi madre y sus amigos porque estaba enamorada del señor Nathan. Él era “el profesor”, compañero de trabajo de mi madre. Aunque podía tener treinta años más que yo, fue el primer hombre con el que yo me sentía feliz como mujer. Era el que organizaba las excursiones. A mí me parecía un auténtico líder; un hombre culto y serio, aunque cercano, y con sentido del humor. Era atento y atractivo hasta el punto de que yo no podía soportar su presencia cerca porque temblaba como una tierna gota de lluvia a punto de caer al vacío desde lo alto de una brizna de hierba. Tampoco podía con los celos que me producía verlo acercarse a otras mujeres del grupo sin que me dirigiera a mí su mirada, aunque fuera de pasada o de reojo. Era viudo y tenía dos hijos de mi edad a los que yo odiaba —no tenía muy claro el porqué; supongo que estorbaban en mis sueños.

Los años de universidad fueron una locura; y después también. Mamá hacía viajes cada vez más largos y pasaba varios días fuera de casa. Yo sustituí rápidamente a mis dos amores por otros más divertidos. Descubrí que mis amigos podían ser de todas las razas del mundo. Los jóvenes estábamos empeñados en cambiar el sistema, nos angustiaba la idea de un futuro incierto, defendíamos la justicia social a través de la paz, y Dylan representaba nuestro inconformismo y nuestra filosofía de vida lejos de la violencia. Me uní al grupo de Sam, un músico negro con el que había coincidido en algunas materias en la facultad, era magnífico con su armónica, su guitarra y su triste blues. Recuerdo que me escapé unos días con él a Chicago, donde participaba en un concierto, sin que nadie nos echara en falta. Era un personaje. Fueron excitantes tiempos de amor, de música y marihuana, bailábamos hasta la extenuación, nos emborrachábamos de placer y rock&roll. Hubo sexo y ruido, sentadas, y continuas manifestaciones pacíficas contra la guerra de Vietnam, apoyando la vuelta a casa de nuestros soldados americanos.

Podría decir que fue una etapa de rebeldía en la que me distancié de mi madre, llegó un momento en el que ya no soportaba sus críticas y recomendaciones. Conseguí un trabajo de camarera en un bar de música para conseguir algún dinero y libertad antes de pensar —como decía ella— seriamente en mi futuro. Aguantaba educadamente sus visitas, pero yo era feliz en aquel ambiente de amor libre y de pseudo-independencia que me permitían los dólares que me dejaba cuando aparecía cada semana en casa. Me fastidiaba que las conversaciones de los últimos meses solo trataran de mis planes de futuro, lo cierto es que yo tampoco mostraba interés alguno por su vida, aunque ella me hacía partícipe de algunas anécdotas de sus viajes. En una ocasión me dijo:

—Gunhilda, quiero que sepas que voy a solicitar a National Geographic que me incluya en el grupo que se desplazará de aquí para participar en el proyecto del Ártico. Si lo aceptan supondría volver a instalarme en Noruega, no sé por cuánto tiempo, aunque posiblemente sea para largo. Quizás sea mi último destino profesional. Además, pensando a futuro, no descarto instalarme allí mis últimos años; volver a nuestras raíces, la montaña, el mar, nuestra tierra… Me gustaría que, entre tus opciones, una vez que termines la universidad, contemples la posibilidad de venirte conmigo. Piénsalo despacio, tómate tu tiempo y seguiremos hablando…

—Bueno…, no suena mal —dije—, sin darle demasiada importancia.

La idea me resultaba a priori interesante teniendo en cuenta que en aquel momento la ilusión de mi vida era viajar con mis amigos y conocer el mundo. Europa sería, sin duda, un buen comienzo. Otra cosa era que yo tendría que seguir contando con la ayuda de mi madre hasta que pudiera independizarme económicamente.

No dudé, aunque lo medité durante unos cuántos días antes de pronunciarme. Mi madre aceptó concederme un año sabático.

—Por cierto, mamá, —pregunté por mera curiosidad— ¿quiénes van de aquí?

—¡Ah, sí! No lo habíamos comentado. —dijo, con cierto desparpajo—. De esta universidad iríamos un amigo antropólogo, profesor de arqueología y yo. Por cierto, ¡tienes que acordarte de él…!

El estómago me dio un vuelco; me quedé paralizada, muda, deseando que la tierra me tragara…

—¿Te acuerdas de Nathan?


La certeza de un reflejo



Aún no amanece, son las tres de la mañana.

Me apoyo en el cristal frío y desnudo
esperando a la claridad que vendrá
desde la fiel certeza de un reflejo.

Las sombras flotan palpitantes
sobre las sábanas revueltas.

Presencia de pájaros ingrávidos
rasgando límites que me desviven.
Vuelan en el silencio como palabras
de mis páginas hacia un cielo límpido.
Como alas en la noche resplandecen
ante el prodigio de ser solo un sueño
en los espejos, cuando llegue el alba.



Inspirado en un texto de Carlos Alcorta





El Profesor


Miraba con la agudeza de un ave rapaz frente a su próxima víctima. De sonrisa amplia y gesto de bufón se sabía el rey de la fiesta en todos los saraos, era de los que no se fijaba en los demás, sino para servirse de ellos y encumbrarse a sí mismo. Llevaba gafas de intelectual decadente, que sabía que añadían carisma y prestigio entre los cientos de alumnos que se acercaban con curiosidad a sus clases. Se había ganado a pulso la fama de raro personaje de interés en el ámbito del arte de jugar con las palabras.

Por su parte, Julia no comprendía muy bien el atractivo que encontraban sus amigos en frecuentar “El chusco”, el bar cutre donde se congregaban a última hora de la tarde del viernes muchos de sus compañeros de clase en un ambiente teatral en el que, después de unas cuantas copas, conseguían acaparar la atención de aquel hombre y representar una especie de «performance» en la que hacían de él el personaje principal del espectáculo, sin que opusiera ninguna resistencia. Se jactaba entonces con deleite de su capacidad de convocatoria y alentaba a su público a participar activamente en diálogos absurdos y cáusticos para divertimento de todos.

Aún recordaba que la tarde que le conoció, iba vestida de manera informal con unos tejanos raídos y una camiseta básica blanca, mochila y zapatillas deportivas, el pelo desordenado pinzado en una especie de moño con el que solía recoger su melena rizada. Había sonado el móvil en el momento en el que estaba esperando al autobús para irse a casa después de un día agotador. Era Raúl, su amigo del alma, quien le pedía que le acompañara un rato. Necesitaba su compañía aquel día para deshacerse de los demonios que le torturaban después de que hubiera tomado la decisión de asumir su homosexualidad públicamente.

—¡Glubb! No podía negarse.

La abrazó con la pasión de un hombre enamorado cuando se encontraron. La apretó contra su cuerpo –solía hacerlo, y ella no lo evitaba—. Le soltó el moño escudriñando entre su pelo el aroma a hembra que tanto le gustaba, y le propuso asistir juntos a la fiesta que daba su padre a propósito de la visita de un amigo, profesor en la Universidad de Columbia, que estaba en la ciudad aquel año, impartiendo unos cursos de Comunicación Audiovisual. Julia torció el gesto señalando su propio cuerpo e invitándole a Raúl a comprender que su “estilismo” —nada distinguido— no era el más adecuado para asistir a un encuentro social comprometido. Raúl la rodeó con sus brazos y, en volandas, la besó satisfecho y feliz de poder contar con ella en cualquier situación, por imprevisible o urgente que fuera. Ella aceptó solo por hacerle un favor. Pensó sobre la marcha, en hacer de la naturalidad su mejor arma aquella noche.

Hechas las presentaciones de rigor, se situó discretamente cerca de uno de los grandes ventanales que le permitían entretenerse con el paisaje y pasar un tanto desapercibida, medio camuflada, entre el vuelo denso de las amplias cortinas de terciopelo bermellón. Desde allí observaba el movimiento y los gestos de los invitados, que evolucionaban por la preciosa estancia de estilo minimalista. Captaba su atención la espléndida lámpara de lágrimas de cristal colgando del centro de una gran claraboya. De vez en cuando se acercaba Raúl y se apretaba cómplice a su abrazo jurándole odio eterno mientras se reían relajados brindando por esa clase de amor/amistad tan especial que les unía.

En algún momento se dio cuenta, a través del espejo de encima de la chimenea, en la que había dejado la copa de vino blanco a medio terminar, de que estaba tratando de evitar aquella mirada con la que sus ojos se encontraban cada vez que se movía de sitio. Le incomodaba y le excitaba a la vez sentir el influjo de aquella fantasía sexual de finos hilos azules revoloteando a su alrededor. Los imaginaba sorteando las figuras de los invitados, consiguiendo superar la distancia que les separaba, con la fiereza de un rayo en una noche de tormenta.

Trataba de eludir su mirada, pero no pudo evitar que él se acercara y susurrándole al oído, le preguntara, a bocajarro, si podía abrazar allí mismo su cuerpo sugerentemente oculto, o si, por el contrario, prefería que se diera media vuelta y la olvidara… Su voz seductora consiguió que Julia despertara de su ensimismamiento soltando una sonora carcajada. Todas las miradas se dirigieron a ella. Admiraron su delicada figura de belleza natural, su sonrisa luminosa, los rizos desordenados de su melena cayendo en cascada por su cuello hasta posarse en la insolencia de su deseo declarado en sus pechos contra su camiseta. Ella se giró buscando la connivencia de su amigo. Desde la terraza le llegó el dulce azote de la brisa con el soplo de un beso inflamado de Raúl despidiéndose en la oscuridad…


@mjberistain

A vueltas con la luna


 

Me he levantado muy temprano esta mañana.

La ventana de la habitación estaba entreabierta porque respirar el aire de la noche, aunque esté dormida, ahuyenta los malos sueños, y así soy más feliz.

Había una luz que se asomaba tibiamente por encima de las montañas de la parte este del jardín. El aire estaba quieto todavía y solo algunos pajarillos lo removían con sus aleteos nuevos. En esta época del año es cuando mejor se les puede ver; txantxangorris, mirlos, abubillas, entre las flores del cerezo o del verde incipiente de las primeras hojas de los abedules, de los robles, del liquidámbar.

He pensado que hoy era un día perfecto, —como casi todos si uno está dispuesto a vivir la duración, como decía Peter Handke; esa actitud de acoger lo huidizo de la vida, de forma consciente, en lugar de dejarla pasar de largo.

¿Cuántas veces a lo largo de mi vida he tenido la tentación de sacar una foto en mitad de la noche? Infinitas, porque cada vez que miro al horizonte, me sorprende con un frío o con un fuego diferente. ¡Pero esta noche se me ha escapado! Por eso hoy me he levantado tan temprano, para buscar aquella imagen que había entrado por mi ventana solo unas horas antes. Necesitaba volver a encontrarla, aun sabiendo lo efímero de la existencia. Pensaba que podría conseguirlo de nuevo; hubiera necesitado otro instante, solo otro instante, el tiempo que tarda la cámara de fotos en hacer clic. Pero ya era tarde…

Recuerdo que me sacudió con suavidad el sueño cuando inundó la habitación su luz tan nueva, como la rodaja de una naranja jugosa, espléndida en la negrura de la noche. Dudé un momento, sin embargo, me sentía bien en su presencia, sin armas de defensa, y allí, en el cobijo de una nada envolvente, me abandoné a su mirada como a una caricia tierna que llegara desde más allá del universo.

Me he levantado temprano esta mañana, pero la luna huidiza desaparecía en un leve resplandor blanco por el oeste.

.

Texto y fotografía@mjberistain


RESTOS DE INVIERNO



Herida, la hoja recuerda el viento, los bosques que la mecían besando la lenta luz de la tarde



Restos de transparencia en su mirada; raro destello



Escucha afuera la lluvia; una música de hojas y de címbalos



Observa, a su alrededor, la secreta impostura del movimiento…



Silenciosa, mira el tránsito ligero de las nubes, la curva de las ramas, la imposible geometría de los pájaros…



Ninguna era más bella durante aquel fugaz momento en el que me amabas.
¡Resucítame con tus palabras…!



Textos basados en Palabras de Ángel González
fotografía@mariajesusberistain

Como hacía a veces


Vuelve tu recuerdo al costado del invierno
vestida la mirada de escarcha y frutos nuevos.

Amanecí —sería ayer— lejos de los siglos,
de los espejos y de los libros,
con una perezosa rutina de horas quietas.

Miraba los cuadros colgados de las paredes,
el mar sonaba como hacía a veces
en la atalaya de tus pies dormidos.

Quise detener el tiempo y no pude;
hordas de lluvia clamaban,
como aventurados caballos por playas
desabrigadas; no pude.

Vuelves con tu recuerdo y sin abrigo
—los pies desnudos—
a la escasa luz blanca de este enero tardío
que abriga, a orillas de las alfombras.

Yo sigo esperando
tras la ternura de los espejos,
donde el mar suena como hacía a veces…


@mjberistain

A tientas


A tientas la vida de la mano de la muerte,

Una niña bebe agua de un charco,
nieve y sangre en el azul de sus ojos.

La tierra se descompone
entre el lodo y el odio
porque hay dioses menores
con alas de hierro
asestando golpes de luz
por los parques.

¿También los dioses derrotados sentirán miedo a la hora de morir?

—me pregunta.

¡Qué triste sentir misericordia mirando a una niña a los ojos!

Sonrío, llorando en silencio…

Confío en ver a dioses derrotados cabizbajos,
sus lóbregas sombras, asistiendo a su propia nada.



@mjberistain.comT
Texto inspirado en el libro Los dioses derrotados de Pedro J. De la Peña



LA quiero a vivir


Ayer mi amiga Mavi, a la que quiero con el alma, me preguntaba qué había sido de «mi fotografía».

La verdad es que no entendí muy bien su pregunta. Puede ser que se refiera a que mi blog, que se titula así en parte, no esté suficientemente actualizado; y es cierto. Tendría que dedicarle más tiempo a ordenar su contenido y ampliarlo con el trabajo de estos últimos meses.

O, puede ser que me pregunte por la transformación que están sufriendo las imágenes que presento últimamente, en comparación con el tipo de fotografía que hacía hasta antes de la pandemia.

Puede que tenga razón en los dos casos; y, si existen más razones, puede ser que también tenga razón.

La quiero a morir —como dice la canción—. A Mavi la quiero con locura y la respeto, aunque sean escasas las veces que coincidimos porque la vida nos lleva por caminos distintos…

«Ella me atrapa en un lazo que no aprieta jamás y me cose unas alas y me ayuda a subir, a toda prisa, a toda prisa…»

Como no tengo muy claro qué contestar a su pregunta, le dedico unas imágenes…





SE TRATA DE CONTAR

Porque soy una persona libre, escribo en este blog.

Porque si no fuera la persona libre que quiero ser, tendría que buscar un lugar donde pudiera contar la verdad sobre ello. Contar cómo me va la vida con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado. Podría susurrar de cara a un pozo. Podría escribir una carta y mantenerla guardada en mi escritorio. Podría escribir una maldición en una cinta de plomo y enterrarla para que nadie la leyera en mil años.

No se trataría de encontrar un lector, se trata de contar.

Pienso en una persona de pie, sola en un cuarto. La casa en silencio. La persona lee un trozo de papel. No existe nada más. Todas sus venas se pasan al papel. Toma la pluma y escribe en él unos signos que nadie más va a ver; le confiere algo así como una plusvalía,

y todo lo remata con un gesto tan privado y preciso como su propio nombre.


Extractado de un texto de Anne Carson*

(*) Anne Carson es poeta, ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Michigan. Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas. Fue galardonada en 2020 con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

¿De qué manera?


Desde muy joven mantengo una relación de amistad con la torpeza y el error. Como dice Irene Vallejo en uno de sus textos publicado en El País, quizá por esa sabiduría que enseñan las cicatrices.

Ella se refiere a la adolescencia, pero yo hace tiempo que pasé de ella. Reconozco que, en algunas ocasiones, me horroriza equivocarme y defraudar, porque escuché en mi infancia la frase fatídica que hirió mi autoestima para siempre: Si no tienes nada importante que decir; cállate. He madurado silenciando mis preguntas cuando he pensado que debería de saber las respuestas; he ralentizado mis pasos por miedo a un posible tropiezo; he cerrado puertas a mi espontaneidad ante el miedo al desacierto.

Me doy cuenta de que no soy la única persona que sufre de remordimiento y ansiedad. Irene, sabiamente, supongo que para aliviar algún alma abatida que pudiera existir por esta circunstancia, recuerda hechos que ocurrieron antes del siglo V antes de Cristo. Leo con interés la fórmula para protegerme de alguna manera.

Habla de Anne Carson, nacida en Toronto, en 1950, escritora, poeta, ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Michigan. Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas. En 2020 fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

Mucha gente, incluyendo a Aristóteles, opina que el error es un suceso mental interesante y valioso. No es solo que las cosas no son lo que parecen, y de ahí que nos confundamos; además la equivocación es en sí valiosa.

Nuestras estupideces tienen el mérito de zarandear el entramado de inercias y tópicos que nos fabricamos para avanzar cómodos y monótonos por la vida. Hay una belleza veterana y aguerrida en el hecho de reconocer las sandeces propias sin drama, disimulo ni autoflagelación.

Como decía al principio de este pequeño comentario; estoy familiarizada con el miedo a la torpeza y el error, aunque me falta ese punto de heroicidad para lidiar con el ridículo; imaginación para convertir mi torpeza o error en una obra de arte, utilizar el humor como consuelo y a través de él reivindicar esa risa humilde pero no humillante. Y, en definitiva, aprender a salir airosa afirmando mi propia dignidad tambaleante.

Mi agradecimiento a Irene por compartir la gran calidad de su escritura.


Ver: Fe de erratas de IRENE VALLEJO